Catálogo Luján Pérez

Se presenta el lunes 2 de julio en la Casa de Colón


El próximo lunes, 2 de julio, se presenta el Catálogo de la exposición “Luján Pérez y su tiempo” en la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria.
Catálogo de la exposición “Luján Pérez y su tiempo”

El próximo lunes, 2 de julio, se presenta el Catálogo de la exposición “Luján Pérez y su tiempo”

La Casa de Colón acoge a las 20:30 horas la presentación una cuidada edición de 500 páginas, en la que colaboran varios investigadores y que constituye una referencia imprescindible sobre el imaginero canario

El Gobierno de Canarias, a través de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas y la Casa de Colón del Cabildo de Gran Canaria, el Ayuntamiento de Santa María de Guía y la Fundación Canaria Luján Pérez presentan el próximo lunes, 2 de julio, a las 20:30 horas en las dependencias de este museo capitalino el Catálogo de la exposición “Luján Pérez y su tiempo”. El acto contará con la presencia del Director General del Libro Archivos y Bibliotecas del Gobierno de Canarias, José María Hernández, el presidente de la Fundación Canaria Luján Pérez, Fernando Bañolas, la Comisaria de esta exposición, María de los Reyes Hernández y la Coordinadora de la misma, además de Directora de la Casa de Colón,  Elena Acosta.

El Catálogo de la exposición “Luján Pérez y su tiempo” reúne en 500 páginas dieciséis textos científicos de profesores y catedráticos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la Universidad de La Laguna, la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Málaga y la Universidad de Granada. Investigadores como José Concepción Rodríguez, Margarita Rodríguez González y Gerardo Fuentes Pérez, entre otros, aportan en esta publicación los resultados de sus estudios sobre diversos aspectos relacionados con la figura y el tiempo de Luján Pérez.

Otros autores participan con comentarios sobre el Catálogo en este libro, que dispone de una amplia sección gráfica con todas las piezas de la Exposición. Se han publicado mil ejemplares de este catálogo, que cuenta con una cuidada edición y que se convertirá, sin lugar a dudas, en una referencia imprescindible para los interesados en Luján Pérez.

La exposición “Luján Pérez y su tiempo”, que permanecerá abierta al público hasta el 9 de julio en la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria, la Iglesia y el Teatro Municipal de Santa María de Guía, está recibiendo una excelente respuesta de visitantes.   

Las Palmas de Gran Canaria, 29 de junio de 2007.
Gabinete de Prensa del Cabildo.



Erotismo con olor a sotal y naftalina (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EROTISMO CON OLOR A SOTAL Y NAFTALINA



Santiago Gil
















No, no hablo de algo que sucedió hace un siglo. Hace
sólo treinta años vivíamos una represión sexual y cinematográfica que casi
resulta impensable en este tiempo de conexiones digitales, televisiones
por cable y anuncios pornos en los periódicos. En los años setenta
nosotros para ver un par de tetas o a una mujer desnuda teníamos que
recurrir a las revistas pornográficas que no sé cómo diablos conseguía uno
de los de la pandilla que prefiero guardar en el anonimato para no
comprometer su actual papel de hombre serio y responsable. Sólo cuando
alguna vez bajábamos a las playas del Sur se nos ponían los ojos como
chiribitas viendo a las nórdicas en cueros, pero no es lo mismo el desnudo
playero que el insinuante de una revista o una película. Los desnudos de
playa se vuelven naturales y suelen perder el encanto de lo erótico, que
precisamente encuentra su morbo en el ocultamiento o en la insinuación.

La tele entonces era un páramo en blanco y negro que no
excitaba lo más mínimo, y como primera serie más o menos carnal recuerdo
Simplicisimus, o algo así, las orgías que sugerían en Yo Claudio, y sobre
todo Poldak, que para nosotros era la historia de un señor inglés que se
enrollaba con una cuñada que nos ponía a todos a cien. En esos años le
largaban dos rombos hasta a las azafatas del Un, dos, tres. Pero en medio
de esa represión siempre nos quedaba el cine. Tras la muerte de Franco
llegó el destape y las películas infumables llenas de tetas y de culos
bamboleantes que aún no comprendo cómo nos podían llegar a excitar. Bueno,
es lógico que en medio de tanta gazmoñería y tanta religión represiva
aquellos desnudos de entonces nos parecieran el no va más del erotismo.
Pero la cosa es que nunca nos dejaban pasar al cine a ver lo que nosotros
queríamos. Muchas veces nos teníamos que conformar sólo con las fotos en
cartón piedra que ponían encima de la taquilla tapando con puntos negros
los pezones, las areolas y los montes de Venus (me puedo imaginar al
susodicho o a la susodicha en ese ritual hilarante y cutre, con trozos de
papeles negros o pegatinas de quita y pon rebuscando entre las zonas
erógenas de las fotografías). Casi todas las películas estaban prohibidas
para menores de 14 años - aunque en esas últimas alguna vez hacían la
vista gorda- y las buenas, las únicas que nos interesaba ver, aparecían
con un cartelón de 18 años que nos dejaba sin posibilidad alguna de
entrada, o por lo menos de entrada con la papeleta sellada en la mano.
Alguna vez, aprovechando nuestra poca estatura, logramos colarnos entre la
gente, aunque lo más habitual es que lo hiciéramos en los descansos por
una puerta lateral que estaba donde los baños y que a veces entornaban no
sé si para darnos una oportunidad a todos los desesperados que andábamos
por los alrededores. Donde sí eran más permisivos era en el cine Guaires
de Gáldar. Allí recuerdo haber visto, en medio de cientos de menores,
películas cercanas al porno, o pornos sin medias tintas como una que se
titulaba Alicia en el país de las pornomaravillas que nos tuvo en manos de
Onán durante semanas. En Guía se la cogían con papel de fumar y eran más
papistas que el Papa para hacer la vista gorda. Sólo había una excepción:
las películas de karatecas asiáticos pegando leches y tortazos a todas
horas. En todas esas películas siempre aparecía una oriental desnuda o con
las tetas al aire. Nosotros íbamos sólo a eso, a ver los treinta segundos
de tetamen de las chinas. Se conoce que en ese caso, como en los
documentales de África que ya empezaban a poner alguna vez en la tele, no
había restricciones ni censuras. Y hablo de unos años en los que todavía
emitían el Nodo al principio de las películas. La verdad es que éramos
unos reprimidos de cuidado, aunque luego nos cogió de lleno el destape y
el despendole, y pasamos de la nada al todo en un abrir y cerrar de ojos.
Y ya comenté al principio que de eso no hace sino treinta años, apenas un
soplo de tiempo, un visto y no visto. Somos una generación marcada por
todos esos cambios radicales y tremendos a la que no le quedó más remedio
que aprender a separar por sí misma la libertad del libertinaje, o el
erotismo de la pornografía cutre con la que pretendían despertar nuestra
libido. Todavía olía a sotal y a naftalina en los cines. El mismo olor que
uno encontraba casi siempre en la calle.

Mayo de 2007.




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Los traumas animados (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS TRAUMAS ANIMADOS



Santiago Gil















Cuando yo era pequeño sólo había en Canarias una canal
de televisión. Hasta el Mundial 82 con Naranjito y el enésimo fracaso de
la selección española no llegó la segunda cadena, y para las primeras
privadas casi tuvimos que esperar a finales de los ochenta o principios de
los noventa. Entonces nos alienaban a todos uniformemente, aunque
reconozco que la programación con una o dos cadenas era a veces mejor, más
aprovechable y más interesante que la que uno se encuentra muchas veces
cuando pasa ciento y pico canales en la digital sin saber dónde diablos
pararse. Esa imposibilidad de elección hizo que durante años todos
viéramos los mismos programas, las mismas películas e idénticas series
televisivas. Desde Los hombres de Harrelson a Sturski & Hutch, todos los
personajes que iban saliendo por la caja tonta con una frecuencia semanal
se ponían de moda y eran utilizados como inspiración para nombretes o para
improvisar aventuras. Nos tiraban los tipos con una vida azarosa y
aventurera, como mismo preferíamos las películas del oeste que ponían
todos los sábados en Sesión de Tarde. Pero antes de la película de marras
teníamos nuestra sesión de futura neurosis. Quitando Mazinguer Z, que nos
volvió un poco pendencieros y cibernéticos, y Orzowei y Sandokán, que nos
hacían soñar con países exóticos o selvas como las que ya habíamos
visitado con Tarzán, Chita y compañía, lo que marcó nuestra infancia fue
los melodramas lacrimógenos y casi me atrevería a decir que sádicos de
Heidi y de Marco. Todavía Heidi tenía su punto de candor y diversión,
aunque nunca olvidaremos los sufrimientos que pasamos por la orfandad de
la niña, la desaparición del Copito de nieve de las narices, y sobre todo
con los esfuerzos de Clara para empezar a caminar. También descubrimos a
ese espécimen de personaje que con los años nos íbamos a encontrar en
tantos trabajos, vecindades o simples paseos callejeros. La famosa
señorita Rottermeyer nos vino bien para saber de la vida y de los
malandrines y gaznápiros que se mueven por ella pisoteando, insultando o
maltratando por pura maldad. Heidi nos dio algunas malas tardes, mucha
carga neurótica y varias malas digestiones. Pero quien nos traía a mal
vivir y nos convirtió en lo que somos fue aquel Marco que salió de Génova
en busca de su mamá. Nunca olvidaré lo que para nosotros representaba
aquella Bahía Blanca en la que el niño y su mono Amedio esperaban tener
noticias de su madre. Qué suplicio, qué lágrimas y qué sufrimiento la de
aquellas tardes de mediados de los setenta. Yo creo que estábamos toda la
semana con el pomo desarretado después de haber visto la mala suerte que
acompañaba al niño y al mono. Ya desde que sonaba la canción te ponías en
guardia sobre la marcha. Todos éramos Marco, y un poco Heidi, y aquel
sufrimiento que nos metimos entre pecho y espalda cada mediodía tiene
buena culpa de nuestras neuras y nuestros miedos de hoy en día. Ahora los
niños se pueden escapar cambiando de canal o viendo dibujos animados
nipones más espabilados y nada dados a la melancolía o a la tristeza casi
masoca que estilaba el niño que de los Apeninos fue a parar a Los Andes.
Ahora es al revés, ahora se conoce que los nipones quieren que los niños
del futuro sean violentos, malhablados y pendencieros. Los dibujos que les
ponen en estos momentos se centran más en las artes marciales, los
griteríos y las leches con banda sonora y sonidos onomatopéyicos. Entonces
no, entonces se comprende que todavía estaban con la resaca de la Segunda
Guerra Mundial y de Hiroshima, porque sólo así se entiende esa pasión por
lo trágico y lo dramático. Porque vale que el autor del Marco es el
italiano De Amicis, pero no tiene nada que ver esa narración con la banda
sonora y sobre todo con las eternas lágrimas que el chiquillo tenía
siempre puestas en los ojos desde el principio hasta el final de cada
capítulo. Nosotros nos veíamos luego en la Plaza o en las canchas del
barranco, pero ni de coña nos podíamos divertir como lo hacíamos cualquier
otro día de la semana. Aun sin decirnos nada, todos andábamos aliquebrados
y tristes mascullando las andanzas del malhadado niño italiano. Menos que
en verano nunca ponían estas series, pero se pueden imaginar cómo podía
ser un sábado de lluvia en enero o febrero después de haber penado la
media hora televisiva. Se nos venía el mundo abajo, como si ensayáramos
las muchas tardes tristes de los malos días del futuro. A lo mejor se
trataba de eso, de prepararnos para las despedidas, las pérdidas y las
decepciones que nos esperaban. Vale que no puede uno pelearse ahora con el
entonces director general del ente, pero sí que dan ganas de buscar algún
responsable que nos explique a santo de qué nos inocularon tanta tristeza
existencial con la Heidi y sobre todo con el Marco del puerto italiano al
pie las montañas. Menos mal que luego nosotros compensábamos toda esa
virtualidad engañosa sacando nuestras ganas de vivir y de divertirnos,
aunque no siempre encontrábamos argumentos para parar la llorera y el
embajonamiento. Igual de ahí vienen hoy esas tristezas que vez en cuando
nos sorprenden al mediodía de los sábados o los domingos del otoño o del
invierno. Con eso, y después con lo que nos hizo sufrir el lumbrera al que
se le ocurrió matar a Chanquete para entretenernos un verano, nos
volvieron melancólicos y tristones de por vida. Y no digan que la tele no
influye en los niños. Hablen con cualquiera de mi generación, y sobre todo
hagan un estudio en las consultas de los psicoanalistas. Ni el perro
Niebla, ni Pedro el pastor, ni tampoco el mono Amedio sirvieron para que
nos tomáramos como ficción y como coña los avatares de aquellos personajes
que diseñaban los sádicos guionistas japoneses. Nosotros lo creíamos todo
a pie juntillas y nos bebíamos las lágrimas. Busquen por ahí cuando, como
decía Neruda, se les vuelvan tristes los muelles cuando atraca la tarde.

Mayo de 2007.




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Las primeras luces (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS PRIMERAS LUCES



Santiago Gil














Estamos marcados inevitablemente por las primeras
luces. El arrebol de los atardeceres de nuestra infancia nos enseñó a
buscar siempre la belleza y armonía, la emoción de los trazos delicados o
la fuerza desgarradora de un rojo intenso o casi negro de nubes y de
noche. En medio de la calle y de los juegos, o en mitad de una finca de
plataneras, uno miraba al cielo y veía una fiesta de colores a su
alrededor. Y luego estaba el horizonte, con el mar más oscuro y decadente,
de noche anticipada, cuando mirabas hacia La Atalaya o Llanos de Parra, o
el más luminoso y vívido, final último de los días, cuando lo hacíamos
hacia Sardina, Agaete o Tenerife. El mar lejano iba marcando las pautas a
las tonalidades del cielo, y el Teide, siempre el Teide como referencia
mágica y totémica de nuestra infancia, ponía la solemnidad y la
grandilocuencia trasmutando su color o el brillo de las nieves que tantos
sueños despertaban en cada uno de nosotros.

No creo que entonces describiéramos como lo estoy
haciendo yo ahora una puesta de sol. Entraba dentro de la normalidad. La
belleza era entonces parte del paisaje. Sólo al paso de los años, cuando
uno recuerda esas luces y esa majestuosidad celeste encima de nuestras
cabezas, se da cuenta de lo afortunados que fuimos y de cómo quedamos
marcados para siempre por ese concepto de lo bello y de lo emocionante.
Fueron miles de ocasos arrebolados y cargados de amarantos y de
improvisadas tonalidades para las que no creo que contáramos con nombres
descriptivos. Los colores de entonces se veían y desaparecían para
siempre. Ni siquiera las fotos eran capaces de guardar aquellos idílicos
momentos. Sí el recuerdo, sin que uno lo supiera entonces, el recuerdo,
ese extraño que camina con nosotros y que guarda sólo lo que a él le viene
en gana, fue conservando nítidos todos aquellos momentos memorables.

Y luego estaba el azul, la sensación de que uno vivía
siempre protegido en el azul del cielo y del mar. Las horas de la tarde,
por ejemplo, se me siguen presentando silenciosas, quedas, sólo con
sonidos de pájaros e insectos, y siempre con ese azul radiante sobre
nuestras cabezas. El azul y el sol luminoso contribuyendo a que el tiempo
pareciera todavía eterno. Uno se recuerda solo entre esos colores y las
calles o los barrancos de la infancia. Nos sentimos bien cuando el
recuerdo nos devuelve ese calor tan cómplice y tan cercano. Y también
cuando en cualquier momento memorable del presente nos sentimos igual de
arropados bajo aquel sol de justicia que paradójicamente se vuelve
evocador cuando ya no azota nuestra espalda o nuestra frente sudorosa. El
sol, el azul, el arrebol de la tarde o la tibia hondura del alba nos
acompañan calentando cada paso que vamos dando por el mundo. Nos basta el
recuerdo de cualquiera de esos rayos o de esos cielos eternos para
salvarnos de la mediocridad, de la estulticia o del miedo. Aquellas luces,
nuestras primeras luces, siguen alumbrando cada uno de nuestros días. Si
nos ven esbozando una media sonrisa en mitad de una tormenta en Londres o
en París no es que estemos locos de remate. Sólo andamos recordando
nuestro cielo y nuestro sol, aquella insondable belleza que llevamos en el
brillo de nuestra mirada allá donde nos conduzcan los pasos cada vez más
erráticos de nuestra existencia. Uno es casi más de la luz que de la
tierra que le vio nacer, de las primeras luces, de aquéllas que no se
apagan ni cuando el mundo parece empeñado en echarnos encima todo su
abismo de noche y de negrura. Cierra los ojos y recuerda cuando alzabas la
vista a los once o doce años de un tarde de primavera en medio de la
plaza. Quédate con esa luz. No la pierdas nunca. Ahí siempre estarás a
salvo.

Mayo de 2007.




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La saudade de los geranios (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


La saudade de los geranios



Santiago Gil
















Supongo que uno también se va quedando en todo lo que
mira. Cada vez que posamos nuestros ojos en cualquier persona o cualquier
objeto estamos dejando algo de nosotros. Nunca se puede mirar en vano, ni
siquiera cuando perdemos la vista en un programa cutre de televisión o en
un soporífero partido de fútbol. Nos nutrimos de lo que vemos, de lo que
escuchamos y de lo que amamos. Incluso los ciegos imaginan lo que están
mirando para hacerse una idea del mundo y para permanecer en lo que
perciben. Yo me he quedado siempre en todos los geranios que he ido
mirando, pero sobre todo en los geranios del jardín de la casa de mi
abuela. Y cuando digo los geranios también estoy diciendo los rosales, los
nispereros o las flores de mayo. Los geranios, quizá por su esplendor sin
estridencias, son las flores que más me han recordado siempre a la
infancia. Lo mismo que la tierra mojada cuando regábamos el jardín con la
manguera o el almíbar de los nísperos que comíamos encaramados en el
séptimo cielo de cualquier nisperero. Uno crece con sus flores, sus
plantas y sus árboles. Y nuestros recuerdos se nutren de sus colores, de
sus olores y del aprendizaje que desde niño nos brindaron con sus ciclos y
sus ritmos naturales, con aquél ir y venir de lo marchito a lo
esplendoroso, de la muerte a la vida, y viceversa. Por eso creemos siempre
en los milagros, porque vimos brotar la vida muchas veces donde ya no
había más que hojarasca y mala hierba.

Volver a la infancia es recuperar los árboles y las
flores que teníamos siempre al alcance cuando mirábamos hacia arriba o
hacia los horizontes. Me reconozco con la mirada perdida en los grandes
laureles de indias de la Plaza Grande y de San Roque, y pocas cosas
recuerdo tan impactantes como cuando los podaban y perdían frondosidad y
presencia. Entonces ganaba el cielo azul, pero no era el mismo cielo que
nosotros aprendimos a mirar entre las hojas y los troncos de los árboles.
Nos sentíamos arropados por los laureles, seguros bajo sus sombras y el
trinar de miles de pájaros que encontraban refugio en aquella pequeña
selva guiense. Un buen día, sin embargo, nos fuimos a recorrer mundo y
empezamos a quedamos a la intemperie. Han podido pasar casi treinta años
sin que nos volvamos a acostar en los bancos de madera de la plaza con los
ojos puestos en la impresionante arboleda que filtraba los rayos solares y
nos regalaba una sombra impagable en las tardes de verano. Supongo que
esos árboles habrán seguido creciendo, y que los habrán ido podando cada
cierto tiempo. Los que no resistieron el paso del tiempo y la llegada del
cemento fueron muchas de las flores y de los árboles que se aliaban con
nuestras aventuras en los alrededores del pueblo. Lo mismo que tampoco
aguantaron las selvas de plataneras y los frutales de la Vega, del
Callejón del Molino o de Las Barreras. Por eso cuando vuelvo evito ciertos
lugares. Siempre que miro sólo veo las flores sepultadas y los árboles en
los que nos subíamos a emular a Tom Sawyer y a Huckleberry Finn. Uno
quisiera hoy acercarse a los viejos árboles y a las flores para filosofar
con ellos sobre el paso del tiempo, y sobre lo que ese tiempo ha ido
haciendo con cada uno de nosotros. Cada hoja de un árbol, y cada pétalo de
una flor, posiblemente tenga más mérito que todos nosotros. Los miramos
con desdén, pero detrás de cada verde y cada lila o rojo que vemos hay
todo un proceso de aprendizaje y subsistencia ante el que tendríamos que
quitarnos el sombrero todo el rato. Pero el hombre se ha vuelto un
prepotente de cuidado, y no se da cuenta que cuando regresa los árboles,
si han logrado mantenerse en pie, siguen siendo más grandes e imponentes
que él. Por eso no los miramos nunca, o lo hacemos con ese aire de
suficiencia que estilamos cuando nos creemos lo más fetén de la creación.
Cierro los ojos y recuerdo cada uno de los geranios rojos que circundaban
el pequeño jardín de la casa de mi abuela en Las Barreras. Me veo sentado
en unas piedras lizas debajo del nisperero escuchando a mi abuela
desgranar mil historias, siempre sorprendentes, siempre distintas aun
siendo las mismas muchas veces, y de fondo recuerdo el agua corriendo por
el riego que se llevaba nuestros barquitos de papel y, sin que lo
supiéramos entonces, muchos de nuestros más bellos y sublimes momentos. La
existencia tiene esas cosas, que nos descubre los instantes más intensos
de nuestra vida cuando ya han pasado delante de nosotros. Por eso hay que
estar atentos todo el rato. No es un tópico lo del carpe diem de Horacio.
Si no andamos con tiento disfrutando cada momento que tenemos de vida nos
estamos jugando nuestros gozos y nuestra razón de ser. De niño no teníamos
tan distorsionados los sentidos, y el simple correr del agua del riego
valía para volver inolvidable una tarde. Y también contábamos con la ayuda
y la saudade de nuestras abuelas. No era pachorra, era sabiduría. Lo que
siempre se nos ha achacado a los canarios, el bendito aplatanamiento, era
una defensa contra la voracidad del tiempo. Lo hacían todo quedamente, y
ese ritmo se transmitía luego a su cotidianeidad. Estábamos más cerca de
las plantas y de los animales, y también de la brisa que en la tarde aún
nos sigue acariciando las sienes sin que nos demos cuenta. Volvamos a casa
cuanto antes: al brillo intenso de los geranios, a la quietud de las
tardes, al silencio. Apaguemos un rato las teles y los ordenadores y
levantemos la vista hacia los árboles y hacia los horizontes. No dejemos
que un ritmo que no nos pertenece nos acabemos suicidando cada uno de
nuestros días de existencia.

Mayo de 2007.




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Los perros vagabundos (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS PERROS VAGABUNDOS



Santiago Gil

















Las calles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa
proponía un viaje gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo
de acera como si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su
propia vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra
acera para que no pisáramos lo mojado. Nos echaban de todas las casas los
sábados por la mañana para que no pisáramos los suelos recién fregados.
Sólo recuerdo quedarme entre cuatro paredes cuando estaba enfermo o cuando
llovía más de la cuenta. El resto del tiempo nuestra patria eran todas las
calles y todos los campos del pueblo. Pero no andábamos solos. Siempre
teníamos un perro que iba con nosotros a todas partes. Perros sin nombre,
sin pedigrí y sin correas. Fieles, leales y amigos a carta cabal. Nunca
tenían nombres, o mejor, los nombres se los poníamos nosotros el día que
empezaban a acompañarnos. Se llamaban Canelo, Rayco, Tobi o Sultán. O bien
adoptaban el apelativo de cualquier serie de dibujos animados que
estuviera de moda. Se conformaban con los cuatro mendrugos o las dos o
tres cáscaras de queso que sacábamos a escondidas de nuestras casas. No
sabíamos dónde dormían, pero siempre los encontrábamos en la misma zona
del barranco, del Polvorín o de cualquiera de las plazas del pueblo. Se
dejaban acariciar y nos lamían las manos en señal de agradecimiento. Qué
vida habrían llevado cualquiera de aquellos chuchos de mirada triste. No
se les trataba como ahora. Entonces eran pocos los que tenían perros
metidos en su casa. Todo lo más andaban por las azoteas o las fincas a su
libre albedrío. Quizá los perros de cacería eran los más mirados y los que
estaban en casetas más o menos bien alimentados. Bueno, y el pastor alemán
de la guardia civil que salía a jugar con nosotros desde que pasábamos
junto al aparcamiento de la calle Real. También recuerdo a Felipe, un
perro bonachón que pertenecía a Benedita la de la tienda de San Roque y
que dormía en la trastienda. Los otros, los que siempre andaban por el
pueblo, aparecían y desaparecían igual de misteriosos. Los echábamos de
menos un par de días cuando se iban, pero al poco tiempo aparecía otro,
habitualmente cojo, atemorizado, y siempre con ojos tristes de traición,
derrota o palos. No es la gente de campo un dechado de humanidad cuando se
relaciona con otros seres vivos. En el caso de los perros, muchos eran los
que no dudaban a la hora de darles un mal golpe (decían que lo acostaban,
o que lo echaban) mortal, de propinarle palazos o de abandonarlos a su
suerte en cualquier lugar lejano. Nunca olvidaré la imagen de Mansita, la
perra que estuvo muchos años en la azotea de casa de mi abuela en Las
Barreras, el día que mis primas la encontraron amarrada dentro de un saco.
Era hembra y se conoce que el bestia de turno no quería perras hembras. No
era más que un cachorro cuando la salvamos. Luego viviría más de 10 años
como parte de nuestra familia.

Pero a los otros perros, a los que iban pasando
consuetudinariamente por nuestras vidas, uno los recuerda hoy con cierta
pena, como si también nosotros les hubiéramos fallado. Nunca se nos
ocurrió meterlos en nuestras casas o tratar de cuidarlos de una forma más
responsable. No dejábamos de ser niños, y de alguna manera para nosotros
eran perros de la calle, curtidos en mil batallas y acostumbrados a
sobrevivir a la intemperie, aunque nosotros no supiéramos todavía qué
diablos era eso de la intemperie. Iban a todas partes detrás de nosotros.
Eran grandes o pequeños, marrones o negros, pero siempre tenían la mirada
triste, incluso cuando jugábamos con ellos entre risas y carreras
desbocadas. Hoy tengo perro, y si puedo siempre me haré acompañar por la
lealtad, la ternura y la sapiencia infinita que uno encuentra en los ojos
de un perro cuando le mantiene la mirada. De alguna forma cada caricia que
le doy se la estoy dando a todos y cada uno de aquellos perros sin nombre
que nunca supimos donde acababan muriendo. Un buen día dejaban de venir,
supongo que cogidos por los de la perrera, o perdidos en cualquier cruce
de caminos. Recuerdo que siempre iban con nosotros. Se llamaban Rayco,
Tobi, Canelo o Sultán. Daba lo mismo.

Mayo de 2007.




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Geografías (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

GEOGRAFÍAS



Santiago Gil

















A veces uno quiere escribir sobre el amor y acaba
escribiendo sobre la muerte. Otras nos planteamos un argumento hilarante y
divertido y terminamos penando por las esquinas con un personaje patético
que no da una a derechas. Pero también de vez en cuando sentimos cómo
tiembla una historia antes de que la escribamos. Es como si nos llamara a
gritos, o como si nosotros sólo fuéramos el médium del que se vale para
contarse a sí misma tal como ella quiere ser contada. Resulta complicado y
misterioso todo este proceso de la creación, y sin duda es siempre
sorprendente. Por eso no dejamos de escribir, o de recordar, que también
es una forma de hilvanar historias más o menos inventadas. Pasaba lo mismo
con la geografía que nos trataban de inculcar en nuestra infancia. Los
profesores se empeñaban en enseñarnos el globo terráqueo para demostrarnos
que la tierra era redonda, pero luego nosotros veíamos o imaginábamos lo
que nos daba la gana. Yo de niño nunca concebí que la tierra fuera
realmente redonda. Teníamos miedo a caernos por cualquier parte de la
esfera a medida que iba girando. O bien te quedabas pensando cómo diablos
nos podíamos quedar bocabajo y no darnos un tortazo o acabar descalabrados
contra el suelo. Como no lo veíamos claro no lo creíamos. Decíamos que sí,
que lo entendíamos, y cuando había que ponerlo en los exámenes se ponía y
santas pascuas. Pero para nosotros la realidad geográfica era sólo la que
íbamos experimentando a medida que descubríamos el mundo más cercano. Yo
recuerdo, por ejemplo, que a mí no había quien me convenciera de que la
montaña de El Gallego era Galicia. Y me daba igual que me llevaran hasta
allí o me colocaran al lado de la ermita de San Juan señalándome la
cercanía. Cuando yo veía los mapas no estaba viendo los límite de Lugo,
Orense, La Coruña y Pontevedra. En mi mente, fuera de la abstracción del
mapamundi, lo que aparecía era El Gallego. No concebía las distancias, y
al fin y al cabo si ellos decían que era todo redondo yo también me creía
con derecho a poner los lugares donde yo los tuviera controlados. Eso sí,
más allá de la montaña de El Gallego me imaginaba el Cantábrico, y mucho
más arriba Inglaterra, Escocia y el Polo Norte, que en mis elucubraciones
venía a quedar a la altura de Moya o de Fontanales. Cada nueva calle que
íbamos descubriendo era un país o una región nueva en nuestra geografía
mental. Lo otro ya digo que nos lo aprendíamos de carrerilla para aprobar
los exámenes, todos aquellos coñazos del mapa físico con ríos, regiones
montañosas y mil nombres rarísimos que olvidábamos segundos después de
escribirlos en los exámenes o de repetirlos como una letanía en medio de
la clase. Ya de entrada nos costaba dios y ayuda entender lo era un río y
lo que era una península. Y nos fastidiaba que nunca aparecieran en los
mapas el barranco de Las Garzas o el Pico de La Atalaya. Entonces sí que
no se daba nada de geografía de Canarias, por eso no nos quedaba más
remedio que inventárnosla o que recolocarla en los mapas que nos
enseñaban. De lo contrario nos podíamos volver locos estudiando una
realidad que ignoraba por completo nuestro mundo, no digo el más cercano y
casero, sino incluso el insular y el regional. Las Islas Canarias
aparecían entonces a la derecha de Valencia, y ahí las tuve yo situadas
hasta que me las cambiaron de la noche a la mañana y las colocaron en otro
recuadro, esta vez debajo de Cádiz. Cómo querían que creyéramos en la
geografía si lo que nos habían enseñado de primero a quinto de egebé nos
lo cambiaban de golpe en sexto y nos movían del mapa el lugar donde
vivíamos. Así es normal que los canarios de mi generación no hayamos
confiado mucho en la geografía, y que por supuesto nos negáramos a admitir
que el planeta era redondo, o que giraba alrededor del sol. Siempre estaba
quieto, y el único sol en el que creíamos era el que aparecía por el
Albercón de la Virgen y se escondía por la tarde en las montañas de
Tenerife.

La nueva ubicación de nuestro territorio fue otro de
los muchos cambios que se produjo en ese paso del franquismo a la
democracia que nos tocó vivir a los niños de los setenta. No todo el mundo
tiene la suerte de pasar por la vida y de haber vivido en dos sitios
diferentes del planeta sin haberse movido de su casa. Nosotros sí,
nosotros hasta los once años tenemos nuestros recuerdos en la cuenca
mediterránea, y se supone que fue allí donde hicimos la primera comunión y
metimos nuestros primos goles por la escuadra. Luego, a partir de los doce
años, todo lo que fuimos viviendo ya se desarrolló en la costa norte de
África, más o menos frente a Cádiz. Y un poco más tarde, cuando teníamos
dieciséis o diecisiete años, ya nos bajaron un poco más abajo y nos
colocaron donde estamos ahora. No sé el tiempo que duraremos aquí, por eso
hay que vivir intensamente cada minuto que nos están regalando en este
punto de encuentro entre tres continentes en el que se supone que estamos.
Uno teme que cualquier día de éstos nos rueden más abajo y nos dejen a la
deriva, o bien que nos suban y se empeñen en colocarnos al lado de
Estocolmo haciéndonos más fríos y silenciosos. Así es normal que creamos
en San Borondón. Al fin y al cabo es una isla que nunca ha engañado a
nadie ni se ha dejado colocar en un mapa para que acabaran jugando con sus
contornos como si fuera un Monopoly o un parchís. Ella aparece y
desaparece, como para que sepamos que está ahí, pero no se deja trazar
nunca por los geógrafos. Nosotros desde que éramos pequeños teníamos claro
que lo más creíble de nuestra geografía era San Borondón. La queríamos
atisbar detrás de todos los horizontes, o en las costas de Sardina, el
Puerto de Las Nieves o Roque Prieto. Después de lo que hemos vivido
sabemos que la geografía no es más que un engañabobos que utilizan para
movernos a su antojo por todo el planeta. Por eso nadie logra que
reneguemos de la magia, la felicidad y la apuesta por la paz y la armonía
de San Borondón. San Borondón sigue siendo nuestra única esperanza. Nos da
lo mismo que sigan sin colocarla en los mapas.

Mayo de 2007.




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Las reglas del juego (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS REGLAS DEL JUEGO



Santiago Gil
















Los días de fiesta cambiaba el escenario. El entorno de
la plaza perdía la quietud y el silencio de casi todo el año y se
transformaba en una feria con ruido de ruletas, disparos de balín,
altavoces de tómbolas con un guineo de pareados socorridos y olores a
azúcar requemada, garapiñadas y jareas. A veces tocaban los cochitos y
algún que otro tiovivo en la Plaza Chica. Los coches de choque, sin duda
los reyes de todas las fiestas, buscaban acomodo en el barranco. No creo
que haya momentos tan intensos en la vida como aquellos en los que
estábamos tensos y ansiosos antes de echar la ficha amarilla en la ranura
del coche: según sonaba la sirena y el coche echaba a andar sentías que
volabas. Daba lo mismo los volantazos y las violentas acometidas de los
más bestias. Estabas en tu coche, dibujando trompos y sintiendo por vez
primera que tú controlabas la velocidad y el espacio de tus propios
sueños. Uno entonces hubiera dado cualquier cosa por ser el hijo del dueño
de los coches de choque. Además de ligar en todas las fiestas, podía darse
el gustazo de subir las veces que quisiera en los vehículos de colores
chirriantes y luminosos que chispeaban en los techos metálicos. Hacerte
amigo suyo era garantizarte muchas tardes de gloria en agosto. De lo
contrario tenías que vértelas buscando duros por todas partes para que no
te bajaran del carrusel de emociones que se instalaba debajo de la carpa
que servía de circuito. Con cinco pesetas te comías el mundo, pero los
trayectos duraban poco, siempre eran cortos, escasos, y a veces no
compensaban las emociones de la espera. Allí empezamos a descubrir esa
sensación agridulce que casi siempre nos regala la vida en todos sus
grandes momentos, esa imperfección que tiene el hombre para culminar el
goce y el placer: siempre nos faltaba una vuelta para completar la
expectativa de nuestras ilusiones.

Pero lo que más nos atraía de los puestos festeros de
nuestra infancia eran las ruletas, y en concreto la ruleta de Carmen.
Llegaba cada año a su cita al lado de donde hoy están las cabinas
telefónicas la Plaza Chica. Allí extendía sus acristalados naipes y echaba
a rodar la ruleta de madera que sonaba a matraca a medida que buscaba la
carta elegida. No sé qué edad podíamos tener en aquellos años, pero seguro
que andábamos entre los diez y los doce años. No era como hoy: en días de
fiesta hasta lo niños podían saltarse las normas cotidianas. Llegábamos
con nuestra peseta o nuestro duro y nos jugábamos los cuartos apostando a
la Sota de Bastos o al Caballo de Copas. Descubrimos el juego y las reglas
del azar prematuramente. Luego, con los años, no he sido reincidente,
quizá porque entonces aprendí que se gana y se pierde por puro azar, y que
en ese juego te puedes llegar a enganchar. Nosotros estábamos enganchados
durante cinco o seis días. Y no hablo de uno o dos chiquillos. Casi todos
los niños del pueblo nos arremolinábamos en torno a la ruleta. Lo de los
cubiletes o los naipes era una cosa de mayores, de muchas cantidades de
dinero y de puertas de bares. Lo nuestro era un juego que te daba para
comprar más caramelos de nata o más estampas, y también para adquirir la
quincalla y los colgantes que traían los otros feriantes. Nunca nos
arruinamos, ni tampoco perdimos grandes cantidades. Y la verdad es que a
uno se le pone todavía la piel de gallina cuando recuerda el momento en
que salía la carta a la que habíamos apostado nuestro duro. De golpe te
sentías el rey del mambo, el más fetén de entre todos los amigos, el
tocado por los dioses y la fortuna. Vale que sería ilegal y hasta poco
deseable ese acercamiento a los juegos de azar, pero entonces éramos más
montaraces y atrevidos. Tampoco nos transportaban con sillas de seguridad
en los coches ni llevábamos casco cuando nos aventurábamos en bicicletas
sin frenos por las calles del pueblo. Pero aun así sobrevivimos y
aprendimos muchas reglas básicas de la vida. En este caso supimos de los
caprichos del azar. Siempre manda él. Tú eliges carta pero luego es la
ruleta la que determina. Y da lo mismo que berrees, que le reces a santa
Rita o que te pongas una herradura en el bolsillo. Sí es verdad que
algunas veces, si te concentrabas con todas tus fuerzas en un número, se
producía el milagro. Digamos que ocurría algo similar a lo que nos sucede
de vez en cuando en la vida. Por eso no nos queda más remedio que seguir
deseando con todas nuestras fuerzas aquello que queremos y que necesitamos
para ser felices. No hay reglas establecidas ni fórmulas matemáticas que
avalen el resultado de esos esfuerzos, pero sí es verdad que como pasaba
con la ruleta de Carmen de vez en cuando se produce el milagro. Y al igual
que sucedía entonces cuando elegíamos el Caballo de Copas y salía el
Caballo de Copas la alegría es incomparable. Por eso seguimos apostando
por los sueños.

Abril de 2007.




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La presa y la manigua (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LA PRESA Y LA MANIGUA



Santiago Gil















Nosotros nos criamos jugando en la manigua. La presa
era nuestra manigua. Desde niños aquello siempre fue algo distinto al
resto del pueblo, un paisaje que desafiabas desde la altura, torrentes de
agua cayendo por todas partes, la tupida vegetación de laurisilva y
palmerales, recovecos, primeros cigarrillos, primeros amores, escenario de
sueños y de tardes enteras tratando de entender el mundo mirando hacia las
aguas mansas sobre las que dibujaban caminos los patos silenciosos. La
presa eran las tardes en que mi abuela Bárbara se animaba a preparar un
par de bocadillos que nos comíamos en aquel pequeño bosque que estaba
entre el estanque y el dique. Salíamos de Las Barreras, que es donde
estaba mi paraíso de la infancia, y que además fue el lugar en el que yo
empecé a descubrir el mundo. Allí viví mis primeros meses de vida y desde
que podía me iba en busca de aquellas fincas que tanto saben de mis juegos
y mis sueños. Pero lo más grande era la presa, aquel camino que empezaba
antes de llegar al hospital. Primero te encontrabas con un torreón que
como muchos otros que había por todo el pueblo exhibía una calavera
amenazante para que no lo tocaras. Acojonaba lo suyo aquel dibujo, y si
querían asustarnos lo consiguieron de sobra: "Peligro, muerte", y al lado
aquella exageración de rayos y de símbolos amenazantes. Recuerdo el
momento de tocar esas puertas de metal como uno de los más intensos de mi
infancia. Nunca me atrevía, me tenían que estar convenciendo mucho tiempo
para que pusiera la mano al lado de la calavera. Pero la puse muchas
veces, por no quedar como un cobarde. Si hubiera sido verdad no hubiera
llegado nunca a escribir esto. De cualquier forma me quedó siempre ese
miedo, y aún hoy no me atrevo a tocar ninguno de esos torreones que
entonces formaban parte del paisaje rural y urbano de nuestro pueblo
mostrando una estética que sí se ajustaba al paisaje. Mi abuela no nos
dejaba tocar el jodido torreón, como tampoco nos dejaba alongarnos a la
mareta que estaba justo antes de llegar al bosque y a la presa. Esa mareta
era mucho más peligrosa que la propia presa, pero a mí me encantaba
acercarme lo más abajo posible para dar de comer a los patos. De alguna
manera, lo más que nos gustaba entonces de aquellas excursiones
improvisadas era llevarles el pan duro a los patos, a los de la mareta y a
los de la presa. Uno les tenía más cariño a los primeros, quizá por la
costumbre que siempre he tenido de querer lo más débil, lo menos llamativo
y lo que te transmite más ternura. Aquellos patos no tenían las distancias
para nadar que sí disfrutaban los de la presa. Por eso eran más
reconocibles y cercanos, y te agradecían mucho más los mendrugos que les
ibas llevando. Me pasé muchos años llevando pan a los patos silenciosos
que tanto sabían de mis misantropías y mis sueños.

La presa también se convirtió luego en el escenario de
nuestras primeras gamberradas. Fue muchas veces el espacio de combate de
nuestras peleas contra los de La Cuesta, y también el lugar en el que
conseguíamos los tallos de las palmas con los que hacíamos los arcos con
los que disparábamos las flechas de caña. También nos decían que no
debíamos bañarnos, ni en la presa ni el estanque que lleva tantos años
seco y lleno de alimañas. Pero nos bañábamos. A mí nunca me gustó mucho
bañarme en la presa. Me metieron mucho miedo con aquello de que te chupaba
el agua. Estaba todo el rato pendiente de que no me succionaran, y claro,
así no hay quien disfrute del agua, del baño ni del paisaje. Había que
bañarse por lo mismo que había que tocar las puertas de los torreones,
para que no nos tomaran por cagones y para poder seguir disfrutando de
cierto predicamento en la pandilla. Nos vendían peligros por todas partes
y nosotros no creo que pudiésemos ser más felices que desafiando esos
peligros, sobre todo cuando nos colgábamos por los precipicios tratando de
abrir caminos de acceso entre los riscos o las zonas más escarpadas. La
presa la comparábamos con las selvas que veíamos en las películas, sobre
todo la parte que está más cerca a Ingenio Blanco, por donde discurrían
canales de agua helada que dejaban crecer la hierba verde a su alrededor.
Nosotros a aquello le llamábamos pretenciosamente el césped, y allí nos
podíamos tirar largas horas remojándonos en los canales y tratando de
encontrarle el placer a eso de acostarse largas horas en la hierba. Al
final lo único que conseguías era que se te metiera un carrancio en la
entrepierna o en las pocas pelambreras que teníamos entonces en nuestras
canillas. En ese momento siempre aparecía el bruto de turno que estaba
empeñado en que la única manera de arrancar un carrancio o una garrapata
era metiéndole fuego con un fósforo o un mechero. Menos mal que no me dejé
quemar por aquellos pirómanos metidos a galenos. No quiero ni pensar cómo
podría haber sido luego mi vida sexual de haberme dejado meter un fósforo
en los cataplines. Pero me fui salvando del fuego, de morir electrocutado
y de acabar succionado por los fondos traicioneros. También escapé loco de
las pedradas y de las lanzas de caña con la punta de verguilla de las
guirreas. Gracias a eso pude disfrutar luego de la presa como disfrutaría
un neoyorquino de Central Park o un madrileño del Retiro. Ya adolescente
la presa era el lugar al que acudía en busca de respuestas. Me encantaba
perderme por los campos, sobre todo por la zona que conduce a San Juan, en
concreto en un pequeño bosque de lauirisilva que había si te desviabas a
mano derecha. O me entretenía mirando los horizontes del mar y el Teide, o
la visión del casco histórico y el Pico de La Atalaya. Allí acudía a soñar
mi futuro, a penar mis primeros desamores o a dejar pasar las horas en esa
edad en la que todo tu cuerpo y tu cerebro parecen estar a punto de
electrocutarse a sí mismos en cualquier momento. La presa era la manigua
que sosegaba mi espíritu convulso. Junto con las orillas de Agaete también
fue el lugar en el que se me grabaron muchos de los versos que escribo hoy
en día. No manejaba entonces las palabras, pero la energía vital que tenía
y que se enaltecía en aquel paisaje seguro que comenzó a escribir lo que
ahora parece que invento. Viene todo de aquellas tardes, de cuando se
hacía de noche y bajaba por la Cuesta de Caraballo preguntándome qué iba a
hacer en el mundo, y sobre todo qué diablos pensaba hacer el mundo
conmigo. Hace tiempo que no vuelvo. Cuando regresaba me gustaba ir
acompañado de Tomasín. Él iba abriendo siempre el camino cuando mi abuela
juntaba a unos cuantos nietos y nos regalaba aquellas tarde memorables en
un bosque que a uno ahora le parece mentira que pudiera confundir con un
bosque.

La presa era el lugar donde más en contacto estábamos
con la naturaleza, nuestro paraíso más edénico y salvaje. Detrás de cada
estela que aún queda en el agua mansa de la tarde están los ojos de todos
nosotros cuando nos alongábamos al dique en busca de aventuras o
respuestas. Cierro los ojos y me veo solo, con aquel aire frío de tantas
tardes de invierno golpeando mis sienes, trepando por los riscos o bajando
a la orilla donde los patos y las carpas conocían nuestros nombres. O me
asombro igual que entonces siguiendo el vuelo majestuoso de aquella pareja
de garzas reales que cada tarde danzaba sobre las aguas antes de ocupar su
nido trashumante y cálido en la parte más inaccesible de los riscos.
Llegaban puntuales cada año. No sé si aún seguirán volviendo. No conozco
el tiempo que vive una garza, ni cuántos años les suelen durar los amores.
Igual hacen como las gaviotas, que cuando ven morir a su pareja se
estrellan violentamente contra las rocas para ir en su busca. Se suicidan.
Uno cuando escribe lo único que hace es evitar que los recuerdos terminen
haciendo lo mismo que las gaviotas contrariadas. Lo aprendí hace muchos
años en nuestra manigua.

Abril de 2007.




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Scala en Hi Fi (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

SCALA EN HI FI



Santiago Gil















Hay fotos que nos presentan horteras. En los setenta
hubo una estética muy chirriante y muy dada a los colorines. A nosotros
nos vistieron también con esa estática y todos tenemos fotografías que dan
fe de ese escarnio al buen gusto y a la armonía. Éramos divertidos pero no
nos caracterizábamos precisamente por la pulcritud o el pijerío de
nuestras vestimentas. Nos poníamos cualquier cosa y nos largábamos a la
calle a corretear y a ver mundo, todo ese mundo tan cercano y al mismo
tiempo tan aventurero que vivíamos entonces. Uno cierra los ojos y
recuerda las ropas que llevábamos a misa los domingos y la verdad es que
dan ganas de llorar. No sé si se acuerdan de los zapatos charolados, de
los pantalones de campanas, de los pulóver de cuello alto con colores que
mejor no reseñar o de aquellos enormes cinturones tachonados que parecían
recién sacados de un spaghetti western cutre. Y luego estaban los
peinados, a lo que saliera, o queriendo formar rizos con el pelo mojado y
una sacudida capilar. No había mucho más donde elegir y uno, la verdad,
tampoco reparaba entonces en esas menudencias del vestir y la buena
presencia. De hecho las restricciones del agua jugaban a nuestro favor y
sólo nos obligaban a pasar por la ducha o la bañera un par de veces a la
semana. Entonces se acababa el agua cada dos por tres. Parece mentira que
eso ocurriera hace tan pocos años, pero lo normal era que nos quedáramos
sin agua varios días y que nuestra obsesión fuera el sonido de las
tuberías o el del bidón llenándose en la azotea. Nos criamos valorando el
agua como el oro, y aún hoy creo que la gente de mi generación es incapaz
de ver cómo se malgasta y quedarse como si tal cosa. El agua es la vida, y
en aquellos años tuvimos ocasión de aprenderlo. Por eso nos encantaba
tanto la piscina, y por eso supuso lo que supuso la apertura de las
piscinas en el barranco: aquello era para nosotros como una especie de
parque temático para los niños de hoy, agua por todas partes y a todas
horas, un mundo de sensaciones maravillosas cuando margullábamos o nos
tirábamos el día entero zascandileando entre las corcheas y los sumideros,
siempre a la vera del bueno de Benino o se Suso el campanera, dos seres
emblemáticos y queridos donde los haya para los niños de los setenta.

Nunca dejaré de quedarme alelado mirando y oyendo los
motores de la piscina del barranco: era como bajar a la bodega de los
grandes trasatlánticos, y luego estaba el olor, esa mezcla de cloro y
desinfectantes que hacía que el agua perdiera su condición inodora y
quedara asociada para siempre con la aventura y el verano. No era como el
mar, no digo que ni mejor ni peor, pero eran otros baños y otras formas de
entender la cercanía del agua. Fuimos felices en esas piscinas, felices y
también horteras con aquellos zuecos que se pusieron de moda una época y
que todavía hoy no sé cómo diablos éramos capaces de calzar a todas horas.
Menos mal que entonces apenas había cámaras, y que cuando nos cogía Paco
Rivero solía ser peinaditos y arreglados en los cumpleaños o en las
fiestas de guardar. Si entonces hubiera las posibilidades de
inmortalización inmediata que tenemos hoy en día estaríamos realmente
aviados.

El culmen de las horteradas de esos años eran las
Scalas en Hi Fi. Cada fiesta que se preciara tenía que tener entre sus
atractivos un festival de imitaciones musicales en condiciones. Había
verdaderos clásicos que interpretaban distintos amigos del pueblo. No voy
a decir nombres por no afrentar a nadie, pero aún soy capaz de recrear
como si los estuviera viendo ahora mismo a quienes imitaban a los Village
People con el famoso In the Navy o a los que se transmutaban en Tequila
para dar vida a Ariel Rot y compañía en el Rock de la Cárcel. Esos
podríamos decir que eran los grandes clásicos junto con las imitaciones de
John Travolta y Olivia Newton Yong en Fiebre del Sábado Noche o Grease, o
la de los Bee Gees con aquel Tragedy que levantaba a la gente de sus
asientos. Cada grupo tenía su público, lo mismo que los imitadores, y aún
recuerdo el terrero de luchas hasta la bandera siguiendo los movimientos,
espamódicos y epilépticos, y las imitaciones de los travoltines guienses.
Por eso digo que éramos un poco cutres, pero habría que aclarar que
quedaban muchos años para que llegara el karaoke, y que lo más
vanguardista que teníamos entonces era el programa Aplauso con la Juventud
Baila y todos aquellos friquis que reinaban en las discotecas de sus
respectivos pueblos.

La Scala en Hi Fi tenía un punto rancio que visto desde
la distancia puede que fuera precisamente lo que la hacía atractiva; ese
aire y el sempiterno deseo de ser otro. En eso creo que nos hemos ido
superando. Pero de vez en cuando tengo pesadillas y todavía me veo metido
en una Scala en Hi Fi como las de aquellos años: me sorprendo moviendo la
boca e imitando lo que viven otros. Como para disimular que yo soy
realmente yo y que controlo mi vida y mis circunstancias orteguianas, hago
como que todo va bien y sonrío siempre que tengo ocasión, pero tengo miedo
a que termine la música y se acabe la magia. En esos sueños, que en el
fondo no son más que trasuntos de nuestras propias vidas, nos vemos
seguros e importantes sólo por el hecho de estar vivos. Caminamos, amamos,
comemos y de vez en cuando nos damos un baño en la playa. Y a lo mejor no
estamos haciendo más que una scala en hi fi de la vida de otro, y
finalmente todo es mentira. Entonces era más o menos igual, pero para los
que imitaban y para los que veíamos el espectáculo desde las gradas todo
aquello formaba parte de una verdad irrefutable, tan verdad como lo pueda
ser hoy nuestra propia vida. O tan mentira. Nunca se sabe. Pero por si
acaso dejemos que siga sonando la música. De papagüevos, por supuesto.

Abril de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.