Las primeras luces

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Estamos marcados inevitablemente por las primeras luces. Elarrebol de los atardeceres de nuestra infancia nos enseñó a buscar siempre la
belleza y armonía, la emoción de los trazos delicados o la fuerza desgarradora
de un rojo intenso o casi negro de nubes y de noche.
Música de Papagüevos
Santiago GilEstamos marcados inevitablemente por las primeras luces. El
arrebol de los atardeceres de nuestra infancia nos enseñó a buscar siempre la
belleza y armonía, la emoción de los trazos delicados o la fuerza desgarradora
de un rojo intenso o casi negro de nubes y de noche. En medio de la calle y de
los juegos, o en mitad de una finca de plataneras, uno miraba al cielo y veía
una fiesta de colores a su alrededor. Y luego estaba el horizonte, con el mar
más oscuro y decadente, de noche anticipada, cuando mirabas hacia La Atalaya o
Llanos de Parra, o el más luminoso y vívido, final último de los días, cuando lo
hacíamos hacia Sardina, Agaete o Tenerife. El mar lejano iba marcando las pautas
a las tonalidades del cielo, y el Teide, siempre el Teide como referencia mágica
y totémica de nuestra infancia, ponía la solemnidad y la grandilocuencia
trasmutando su color o el brillo de las nieves que tantos sueños despertaban en
cada uno de nosotros.
No creo que entonces describiéramos como lo estoy haciendo yo
ahora una puesta de sol. Entraba dentro de la normalidad. La belleza era
entonces parte del paisaje. Sólo al paso de los años, cuando uno recuerda esas
luces y esa majestuosidad celeste encima de nuestras cabezas, se da cuenta de lo
afortunados que fuimos y de cómo quedamos marcados para siempre por ese concepto
de lo bello y de lo emocionante. Fueron miles de ocasos arrebolados y cargados
de amarantos y de improvisadas tonalidades para las que no creo que contáramos
con nombres descriptivos. Los colores de entonces se veían y desaparecían para
siempre. Ni siquiera las fotos eran capaces de guardar aquellos idílicos
momentos. Sí el recuerdo, sin que uno lo supiera entonces, el recuerdo, ese
extraño que camina con nosotros y que guarda sólo lo que a él le viene en gana,
fue conservando nítidos todos aquellos momentos memorables.
Y luego estaba el azul, la sensación de que uno vivía siempre
protegido en el azul del cielo y del mar. Las horas de la tarde, por ejemplo, se
me siguen presentando silenciosas, quedas, sólo con sonidos de pájaros e
insectos, y siempre con ese azul radiante sobre nuestras cabezas. El azul y el
sol luminoso contribuyendo a que el tiempo pareciera todavía eterno. Uno se
recuerda solo entre esos colores y las calles o los barrancos de la infancia.
Nos sentimos bien cuando el recuerdo nos devuelve ese calor tan cómplice y tan
cercano. Y también cuando en cualquier momento memorable del presente nos
sentimos igual de arropados bajo aquel sol de justicia que paradójicamente se
vuelve evocador cuando ya no azota nuestra espalda o nuestra frente sudorosa. El
sol, el azul, el arrebol de la tarde o la tibia hondura del alba nos acompañan
calentando cada paso que vamos dando por el mundo. Nos basta el recuerdo de
cualquiera de esos rayos o de esos cielos eternos para salvarnos de la
mediocridad, de la estulticia o del miedo. Aquellas luces, nuestras primeras
luces, siguen alumbrando cada uno de nuestros días. Si nos ven esbozando una
media sonrisa en mitad de una tormenta en Londres o en París no es que estemos
locos de remate. Sólo andamos recordando nuestro cielo y nuestro sol, aquella
insondable belleza que llevamos en el brillo de nuestra mirada allá donde nos
conduzcan los pasos cada vez más erráticos de nuestra existencia. Uno es casi
más de la luz que de la tierra que le vio nacer, de las primeras luces, de
aquéllas que no se apagan ni cuando el mundo parece empeñado en echarnos encima
todo su abismo de noche y de negrura. Cierra los ojos y recuerda cuando alzabas
la vista a los once o doce años de un tarde de primavera en medio de la plaza.
Quédate con esa luz. No la pierdas nunca. Ahí siempre estarás a salvo.
Mayo de 2007.
En la casa de Saulo
EN LA CASA DE SAULO

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
buscábamos refugio en nuestra casa o en las casas de nuestros amigos
hasta que escampaba. Los niños éramos como las moscas o los pájaros y
ya sabíamos desde que empezaba el día cómo iba a estar el tiempo.
Todavía conservábamos un sexto sentido más en contacto con la
naturaleza, una especie de herencia atávica que luego hemos ido
perdiendo con el paso de los años y el alejamiento de la tierra mojada.
Música de Papagüevos
Santiago GilPara Saulo y Laura, que habitan el espacio en el que en otro tiempo tuvimos un rincón de nuestro paraíso
No sólo jugábamos en la calle. Los días de lluvia buscábamos refugio en nuestra casa o en las casas de nuestros amigos hasta que escampaba. Los niños éramos como las moscas o los pájaros y ya sabíamos desde que empezaba el día cómo iba a estar el tiempo. Todavía conservábamos un sexto sentido más en contacto con la naturaleza, una especie de herencia atávica que luego hemos ido perdiendo con el paso de los años y el alejamiento de la tierra mojada. De niños no teníamos miedo a los animales. El miedo viene luego con la racionalización de los sueños, las fobias heredadas y cuatro películas o leyendas mal asimiladas en su momento. Nos meten el miedo en el cuerpo para intentar tenernos controlados. Y lo primero que hacen es robarnos la bendita libertad de seguir haciendo lo que a uno le da la real gana, que es lo que hacíamos cuando éramos niños, jugar, dejarnos llevar, disfrutar cada segundo de nuestra existencia y preocuparnos sólo cuando algo se interponía entre la diversión y nosotros.
La lluvia era una de nuestras más enconadas enemigas. Las calles mojadas no eran aliadas de las bicicletas y los balones, ni tampoco del callejeo en busca de aventuras. No quedaba más remedio que buscar refugios para seguir jugando. Y la Casa de Saulo, en la Calle del Medio, era sin duda uno de nuestros refugios preferidos. Por allí andaba un gato siamés abúlico y gandul que era de la Tía Seita, o el genio de la tía de Quica yendo de un lado para otro y sacándonos a todos nosotros la memoria de nuestros padres y abuelos, con todo el anecdotario socarrón tan propio de nuestros mayores. Y luego la tía Carmencita, que recuerdo que fue a la primera mujer que yo vi fumar, y además Mecánico. Nos quedábamos mirando para ella alucinados. No era el prototipo de señora mayor que veíamos por Guía. Tenía mucho carácter, se dirigía a nosotros de tú a tú y poniendo los puntos sobre las íes cuando hacíamos algo mal, y además no se casaba con nadie. Con los años la pude conocer más en el Puerto de Las Nieves, donde siempre iba con sus perros con nombres de personas y su cigarro pegado a la comisura de los labios. A mí si me dieran a elegir la vejez no desdeñaría un paisaje como el del Puerto de Las Nieves de hace treinta años y tres o cuatro perros para pasear al atardecer. Pude despedirme de ella un día en que Tomasín se metió como se metía siempre por el hospital de San Roque, igual que Mateo por su casa, y se empeñó en ir a saludarla. Él me decía que quería ir a ver a alguien a quien nombraba Ela, Meeela o algo parecido, que yo no era capaz de descifrar. Íbamos camino de la presa, pero no hubo manera de detenerlo. Cuando llegué frente a Carmencita, o Canca, que creo que es como la llamaba siempre su sobrino Braulio, se me puso un nudo en la garganta. No podía hablar, pero te seguía marcando el paso con los ojos, y les aseguro que los cruces de miradas entre ella y Tomasín todavía los conservo como si estuvieran generando la misma electricidad emotiva de aquel instante.
En la Casa de Saulo estábamos bajo la supervisión de su madre, Mercedes Gloria, que también tenía la facultad de saber hablarnos a los niños como si fuéramos adultos. Quizá hable de esta casa porque estaba situada entre mis dos paraísos infantiles, el de San Roque y Las Barreras y el de La Plaza y el Barranco. Por allí parábamos todos en las subidas y bajadas de las pendientes, siempre corriendo, por supuesto, o haciendo el payaso, o lanzados en bicicleta con el riesgo de rompernos la cabeza en cualquier esquina.
En la Casa de Saulo reinaba el Monopoly. Los demás podíamos tener el juego de marras, pero no era lo mismo, no tenía el mismo caché jugar en tu casa o en cualquier otro lugar que jugar allí con toda la tropa de amigos peleando por la calle de Alcalá o Leganitos. Voy a nombrar a alguno de los que parábamos por allí a menudo, aunque de entrada sé que me voy a dejar a muchos en el olvido. Allá van los que me vienen ahora a la mente: Carlos Aguiar, Pedro Silvela, Martín Julio Suárez, Víctor Aguiar, Francisco Talavera, Antonio y Jerónimo Vera, Tano Mateos, Julio y Rubén Padrón, Octavio Estévez, Miguel Ángel Saavedra, Luis Marino, Quique Miranda, Santiago Bañolas, Isaac, Juanjo Trujillo, Sergio Aguiar, Máximo Bautista, Alex Estévez, Javier Mateos, Francisco Aguiar, José Juan Moreno o Pepe Roque (la casa de éste último era para todos nosotros el paraíso soñado por la cantidad de juguetes y cachivaches que había por todas partes). Se me quedan muchos atrás, lo sé, y cualquier error es una falta de respeto a quienes éramos poco menos que hermanos.
La Casa de Saulo fue testigo de nuestros sueños y de nuestros deseos para el porvenir. No sé si luego a alguno de nosotros se le cumplió ese sueño prematuro que con el tiempo seguro que se fue perfilando de otra manera hasta casi diluirse o parecerse muy poco al original. Saulo tenía el balón del que ya hablaba en otro relato: un balón que nunca recuerdo nuevo y que yo creo que duró toda nuestra infancia, con aquel peso justo para que no te doliera al rematar de cabeza y la textura casi aterciopelada del cuero ajado y curtido en mil batallas. Pero cuando hablo de la Casa de Saulo hablo también del zaguán, de la acera que estaba delante o de la azotea, con esa magia y esa incitación a la aventura que tienen muchas de las azoteas de Guía. En aquella casa, por ejemplo, nos decantamos en la final del Mundial 78 por Holanda o por Argentina. Recuerdo que era el cumpleaños de Saulo. Yo iba con Argentina, por la influencia de Carnevalli, Brindisi y compañía, aunque incomprensiblemente ninguno de aquellos argentinos de Las Palmas jugó el Mundial, y también por Mario Alberto Kempes, uno de mis grandes ídolos de mi infancia futbolera. Esa final se ha convertido en una de las imágenes que se siguen presentando nítidas con el paso de los años. Igual hablo con Saulo o con alguno de los amigos de entonces y ni siquiera se acuerdan. Puede pasar. De hecho yo creo que para recordar deberíamos reunirnos con todos los amigos de la infancia para que cada uno fuera relatando ese momento inolvidable que seguro que el resto no recuerda, entre otras cosas porque los momentos sublimes e inolvidables de cada cual son tan subjetivos como la vida misma. Y también porque la memoria suele hacer con nosotros lo que le da la real gana, aunque por suerte sí es verdad que tiene tendencia a olvidar lo más funesto, y de hecho gracias a esos olvidos necesarios podemos seguir sobreviviendo más o menos dignamente.
Casi todos los amigos que coincidíamos en la Casa de Saulo estudiamos juntos durante muchos años, la mayor parte de ellos con Nicolás Aguiar en el colegio que hoy lleva su nombre. Nos unía el callejeo constante, la búsqueda del juego y un solidario sentido de la diversión y de la propia existencia. A muchos no los veo hace años, y sin embargo cuando nos encontramos nos basta una mirada o un pequeño gesto para recocernos casi como hermanos. No en vano juntos fuimos descubriendo el mundo en las cuatro calles que ahora parecen tan poca cosa, pero que entonces no tenían límite porque nuestra calle no eran sólo unos cuantos adoquines y unas estrechas aceras por las que jamás recuerdo que fuéramos caminando. Cada paso valía su peso en oro y no nos permitíamos jamás perder el tiempo. Siempre estaba la imaginación revoloteando como aquellas mágicas mariposas de colores que andábamos esperando desde que veíamos los capullos de seda en los muros y las paredes. Al final ni las mariposas ni nosotros logramos que se eternizara la primavera.
Septiembre de 2006.
La saudade de los geranios

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Lascalles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje
gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como
si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia
vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera
para que no pisáramos lo mojado.
Música de Papagüevos
Santiago GilVolver a la infancia es recuperar los árboles y las flores que teníamos siempre al alcance cuando mirábamos hacia arriba o hacia los horizontes. Me reconozco con la mirada perdida en los grandes laureles de indias de la Plaza Grande y de San Roque, y pocas cosas recuerdo tan impactantes como cuando los podaban y perdían frondosidad y presencia. Entonces ganaba el cielo azul, pero no era el mismo cielo que nosotros aprendimos a mirar entre las hojas y los troncos de los árboles. Nos sentíamos arropados por los laureles, seguros bajo sus sombras y el trinar de miles de pájaros que encontraban refugio en aquella pequeña selva guiense. Un buen día, sin embargo, nos fuimos a recorrer mundo y empezamos a quedamos a la intemperie. Han podido pasar casi treinta años sin que nos volvamos a acostar en los bancos de madera de la plaza con los ojos puestos en la impresionante arboleda que filtraba los rayos solares y nos regalaba una sombra impagable en las tardes de verano. Supongo que esos árboles habrán seguido creciendo, y que los habrán ido podando cada cierto tiempo. Los que no resistieron el paso del tiempo y la llegada del cemento fueron muchas de las flores y de los árboles que se aliaban con nuestras aventuras en los alrededores del pueblo. Lo mismo que tampoco aguantaron las selvas de plataneras y los frutales de la Vega, del Callejón del Molino o de Las Barreras. Por eso cuando vuelvo evito ciertos lugares. Siempre que miro sólo veo las flores sepultadas y los árboles en los que nos subíamos a emular a Tom Sawyer y a Huckleberry Finn. Uno quisiera hoy acercarse a los viejos árboles y a las flores para filosofar con ellos sobre el paso del tiempo, y sobre lo que ese tiempo ha ido haciendo con cada uno de nosotros. Cada hoja de un árbol, y cada pétalo de una flor, posiblemente tenga más mérito que todos nosotros. Los miramos con desdén, pero detrás de cada verde y cada lila o rojo que vemos hay todo un proceso de aprendizaje y subsistencia ante el que tendríamos que quitarnos el sombrero todo el rato. Pero el hombre se ha vuelto un prepotente de cuidado, y no se da cuenta que cuando regresa los árboles, si han logrado mantenerse en pie, siguen siendo más grandes e imponentes que él. Por eso no los miramos nunca, o lo hacemos con ese aire de suficiencia que estilamos cuando nos creemos lo más fetén de la creación. Cierro los ojos y recuerdo cada uno de los geranios rojos que circundaban el pequeño jardín de la casa de mi abuela en Las Barreras. Me veo sentado en unas piedras lizas debajo del nisperero escuchando a mi abuela desgranar mil historias, siempre sorprendentes, siempre distintas aun siendo las mismas muchas veces, y de fondo recuerdo el agua corriendo por el riego que se llevaba nuestros barquitos de papel y, sin que lo supiéramos entonces, muchos de nuestros más bellos y sublimes momentos. La existencia tiene esas cosas, que nos descubre los instantes más intensos de nuestra vida cuando ya han pasado delante de nosotros. Por eso hay que estar atentos todo el rato. No es un tópico lo del carpe diem de Horacio. Si no andamos con tiento disfrutando cada momento que tenemos de vida nos estamos jugando nuestros gozos y nuestra razón de ser. De niño no teníamos tan distorsionados los sentidos, y el simple correr del agua del riego valía para volver inolvidable una tarde. Y también contábamos con la ayuda y la saudade de nuestras abuelas. No era pachorra, era sabiduría. Lo que siempre se nos ha achacado a los canarios, el bendito aplatanamiento, era una defensa contra la voracidad del tiempo. Lo hacían todo quedamente, y ese ritmo se transmitía luego a su cotidianeidad. Estábamos más cerca de las plantas y de los animales, y también de la brisa que en la tarde aún nos sigue acariciando las sienes sin que nos demos cuenta. Volvamos a casa cuanto antes: al brillo intenso de los geranios, a la quietud de las tardes, al silencio. Apaguemos un rato las teles y los ordenadores y levantemos la vista hacia los árboles y hacia los horizontes. No dejemos que un ritmo que no nos pertenece nos acabemos suicidando cada uno de nuestros días de existencia.
Mayo de 2007.
"Los perros vagabundos"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Lascalles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje
gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como
si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia
vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera
para que no pisáramos lo mojado.
Santiago GilLas calles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera para que no pisáramos lo mojado. Nos echaban de todas las casas los sábados por la mañana para que no pisáramos los suelos recién fregados. Sólo recuerdo quedarme entre cuatro paredes cuando estaba enfermo o cuando llovía más de la cuenta. El resto del tiempo nuestra patria eran todas las calles y todos los campos del pueblo. Pero no andábamos solos. Siempre teníamos un perro que iba con nosotros a todas partes. Perros sin nombre, sin pedigrí y sin correas. Fieles, leales y amigos a carta cabal. Nunca tenían nombres, o mejor, los nombres se los poníamos nosotros el día que empezaban a acompañarnos. Se llamaban Canelo, Rayco, Tobi o Sultán. O bien adoptaban el apelativo de cualquier serie de dibujos animados que estuviera de moda. Se conformaban con los cuatro mendrugos o las dos o tres cáscaras de queso que sacábamos a escondidas de nuestras casas. No sabíamos dónde dormían, pero siempre los encontrábamos en la misma zona del barranco, del Polvorín o de cualquiera de las plazas del pueblo. Se dejaban acariciar y nos lamían las manos en señal de agradecimiento. Qué vida habrían llevado cualquiera de aquellos chuchos de mirada triste. No se les trataba como ahora. Entonces eran pocos los que tenían perros metidos en su casa. Todo lo más andaban por las azoteas o las fincas a su libre albedrío. Quizá los perros de cacería eran los más mirados y los que estaban en casetas más o menos bien alimentados. Bueno, y el pastor alemán de la guardia civil que salía a jugar con nosotros desde que pasábamos junto al aparcamiento de la calle Real. También recuerdo a Felipe, un perro bonachón que pertenecía a Benedita la de la tienda de San Roque y que dormía en la trastienda. Los otros, los que siempre andaban por el pueblo, aparecían y desaparecían igual de misteriosos. Los echábamos de menos un par de días cuando se iban, pero al poco tiempo aparecía otro, habitualmente cojo, atemorizado, y siempre con ojos tristes de traición, derrota o palos. No es la gente de campo un dechado de humanidad cuando se relaciona con otros seres vivos. En el caso de los perros, muchos eran los que no dudaban a la hora de darles un mal golpe (decían que lo acostaban, o que lo echaban) mortal, de propinarle palazos o de abandonarlos a su suerte en cualquier lugar lejano. Nunca olvidaré la imagen de Mansita, la perra que estuvo muchos años en la azotea de casa de mi abuela en Las Barreras, el día que mis primas la encontraron amarrada dentro de un saco. Era hembra y se conoce que el bestia de turno no quería perras hembras. No era más que un cachorro cuando la salvamos. Luego viviría más de 10 años como parte de nuestra familia.
Pero a los otros perros, a los que iban pasando consuetudinariamente por nuestras vidas, uno los recuerda hoy con cierta pena, como si también nosotros les hubiéramos fallado. Nunca se nos ocurrió meterlos en nuestras casas o tratar de cuidarlos de una forma más responsable. No dejábamos de ser niños, y de alguna manera para nosotros eran perros de la calle, curtidos en mil batallas y acostumbrados a sobrevivir a la intemperie, aunque nosotros no supiéramos todavía qué diablos era eso de la intemperie. Iban a todas partes detrás de nosotros. Eran grandes o pequeños, marrones o negros, pero siempre tenían la mirada triste, incluso cuando jugábamos con ellos entre risas y carreras desbocadas. Hoy tengo perro, y si puedo siempre me haré acompañar por la lealtad, la ternura y la sapiencia infinita que uno encuentra en los ojos de un perro cuando le mantiene la mirada. De alguna forma cada caricia que le doy se la estoy dando a todos y cada uno de aquellos perros sin nombre que nunca supimos donde acababan muriendo. Un buen día dejaban de venir, supongo que cogidos por los de la perrera, o perdidos en cualquier cruce de caminos. Recuerdo que siempre iban con nosotros. Se llamaban Rayco, Tobi, Canelo o Sultán. Daba lo mismo.
Mayo de 2007.
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Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
A veces uno quiere escribir sobre el amor y acaba escribiendosobre la muerte. Otras nos planteamos un argumento hilarante y divertido y
terminamos penando por las esquinas con un personaje patético que no da una a
derechas.
Santiago GilA veces uno quiere escribir sobre el amor y acaba escribiendo sobre la muerte. Otras nos planteamos un argumento hilarante y divertido y terminamos penando por las esquinas con un personaje patético que no da una a derechas. Pero también de vez en cuando sentimos cómo tiembla una historia antes de que la escribamos. Es como si nos llamara a gritos, o como si nosotros sólo fuéramos el médium del que se vale para contarse a sí misma tal como ella quiere ser contada. Resulta complicado y misterioso todo este proceso de la creación, y sin duda es siempre sorprendente. Por eso no dejamos de escribir, o de recordar, que también es una forma de hilvanar historias más o menos inventadas. Pasaba lo mismo con la geografía que nos trataban de inculcar en nuestra infancia. Los profesores se empeñaban en enseñarnos el globo terráqueo para demostrarnos que la tierra era redonda, pero luego nosotros veíamos o imaginábamos lo que nos daba la gana. Yo de niño nunca concebí que la tierra fuera realmente redonda. Teníamos miedo a caernos por cualquier parte de la esfera a medida que iba girando. O bien te quedabas pensando cómo diablos nos podíamos quedar bocabajo y no darnos un tortazo o acabar descalabrados contra el suelo. Como no lo veíamos claro no lo creíamos. Decíamos que sí, que lo entendíamos, y cuando había que ponerlo en los exámenes se ponía y santas pascuas. Pero para nosotros la realidad geográfica era sólo la que íbamos experimentando a medida que descubríamos el mundo más cercano. Yo recuerdo, por ejemplo, que a mí no había quien me convenciera de que la montaña de El Gallego era Galicia. Y me daba igual que me llevaran hasta allí o me colocaran al lado de la ermita de San Juan señalándome la cercanía. Cuando yo veía los mapas no estaba viendo los límite de Lugo, Orense, La Coruña y Pontevedra. En mi mente, fuera de la abstracción del mapamundi, lo que aparecía era El Gallego. No concebía las distancias, y al fin y al cabo si ellos decían que era todo redondo yo también me creía con derecho a poner los lugares donde yo los tuviera controlados. Eso sí, más allá de la montaña de El Gallego me imaginaba el Cantábrico, y mucho más arriba Inglaterra, Escocia y el Polo Norte, que en mis elucubraciones venía a quedar a la altura de Moya o de Fontanales. Cada nueva calle que íbamos descubriendo era un país o una región nueva en nuestra geografía mental. Lo otro ya digo que nos lo aprendíamos de carrerilla para aprobar los exámenes, todos aquellos coñazos del mapa físico con ríos, regiones montañosas y mil nombres rarísimos que olvidábamos segundos después de escribirlos en los exámenes o de repetirlos como una letanía en medio de la clase. Ya de entrada nos costaba dios y ayuda entender lo era un río y lo que era una península. Y nos fastidiaba que nunca aparecieran en los mapas el barranco de Las Garzas o el Pico de La Atalaya. Entonces sí que no se daba nada de geografía de Canarias, por eso no nos quedaba más remedio que inventárnosla o que recolocarla en los mapas que nos enseñaban. De lo contrario nos podíamos volver locos estudiando una realidad que ignoraba por completo nuestro mundo, no digo el más cercano y casero, sino incluso el insular y el regional. Las Islas Canarias aparecían entonces a la derecha de Valencia, y ahí las tuve yo situadas hasta que me las cambiaron de la noche a la mañana y las colocaron en otro recuadro, esta vez debajo de Cádiz. Cómo querían que creyéramos en la geografía si lo que nos habían enseñado de primero a quinto de egebé nos lo cambiaban de golpe en sexto y nos movían del mapa el lugar donde vivíamos. Así es normal que los canarios de mi generación no hayamos confiado mucho en la geografía, y que por supuesto nos negáramos a admitir que el planeta era redondo, o que giraba alrededor del sol. Siempre estaba quieto, y el único sol en el que creíamos era el que aparecía por el Albercón de la Virgen y se escondía por la tarde en las montañas de Tenerife.
La nueva ubicación de nuestro territorio fue otro de los muchos cambios que se produjo en ese paso del franquismo a la democracia que nos tocó vivir a los niños de los setenta. No todo el mundo tiene la suerte de pasar por la vida y de haber vivido en dos sitios diferentes del planeta sin haberse movido de su casa. Nosotros sí, nosotros hasta los once años tenemos nuestros recuerdos en la cuenca mediterránea, y se supone que fue allí donde hicimos la primera comunión y metimos nuestros primos goles por la escuadra. Luego, a partir de los doce años, todo lo que fuimos viviendo ya se desarrolló en la costa norte de África, más o menos frente a Cádiz. Y un poco más tarde, cuando teníamos dieciséis o diecisiete años, ya nos bajaron un poco más abajo y nos colocaron donde estamos ahora. No sé el tiempo que duraremos aquí, por eso hay que vivir intensamente cada minuto que nos están regalando en este punto de encuentro entre tres continentes en el que se supone que estamos. Uno teme que cualquier día de éstos nos rueden más abajo y nos dejen a la deriva, o bien que nos suban y se empeñen en colocarnos al lado de Estocolmo haciéndonos más fríos y silenciosos. Así es normal que creamos en San Borondón. Al fin y al cabo es una isla que nunca ha engañado a nadie ni se ha dejado colocar en un mapa para que acabaran jugando con sus contornos como si fuera un Monopoly o un parchís. Ella aparece y desaparece, como para que sepamos que está ahí, pero no se deja trazar nunca por los geógrafos. Nosotros desde que éramos pequeños teníamos claro que lo más creíble de nuestra geografía era San Borondón. La queríamos atisbar detrás de todos los horizontes, o en las costas de Sardina, el Puerto de Las Nieves o Roque Prieto. Después de lo que hemos vivido sabemos que la geografía no es más que un engañabobos que utilizan para movernos a su antojo por todo el planeta. Por eso nadie logra que reneguemos de la magia, la felicidad y la apuesta por la paz y la armonía de San Borondón. San Borondón sigue siendo nuestra única esperanza. Nos da lo mismo que sigan sin colocarla en los mapas.
Mayo de 2007.
IR A LA WEB DE SANTIAGO GIL"Las reglas del juego"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Los días de fiesta cambiaba el escenario. El entorno de laplaza perdía la quietud y el silencio de casi todo el año y se transformaba en
una feria con ruido de ruletas, disparos de balín, altavoces de tómbolas con un
guineo de pareados socorridos y olores a azúcar requemada, garapiñadas y jareas.
Pero lo que más nos atraía de los puestos festeros de nuestra infancia eran las ruletas, y en concreto la ruleta de Carmen. Llegaba cada año a su cita al lado de donde hoy están las cabinas telefónicas la Plaza Chica. Allí extendía sus acristalados naipes y echaba a rodar la ruleta de madera que sonaba a matraca a medida que buscaba la carta elegida. No sé qué edad podíamos tener en aquellos años, pero seguro que andábamos entre los diez y los doce años. No era como hoy: en días de fiesta hasta lo niños podían saltarse las normas cotidianas. Llegábamos con nuestra peseta o nuestro duro y nos jugábamos los cuartos apostando a la Sota de Bastos o al Caballo de Copas. Descubrimos el juego y las reglas del azar prematuramente. Luego, con los años, no he sido reincidente, quizá porque entonces aprendí que se gana y se pierde por puro azar, y que en ese juego te puedes llegar a enganchar. Nosotros estábamos enganchados durante cinco o seis días. Y no hablo de uno o dos chiquillos. Casi todos los niños del pueblo nos arremolinábamos en torno a la ruleta. Lo de los cubiletes o los naipes era una cosa de mayores, de muchas cantidades de dinero y de puertas de bares. Lo nuestro era un juego que te daba para comprar más caramelos de nata o más estampas, y también para adquirir la quincalla y los colgantes que traían los otros feriantes. Nunca nos arruinamos, ni tampoco perdimos grandes cantidades. Y la verdad es que a uno se le pone todavía la piel de gallina cuando recuerda el momento en que salía la carta a la que habíamos apostado nuestro duro. De golpe te sentías el rey del mambo, el más fetén de entre todos los amigos, el tocado por los dioses y la fortuna. Vale que sería ilegal y hasta poco deseable ese acercamiento a los juegos de azar, pero entonces éramos más montaraces y atrevidos. Tampoco nos transportaban con sillas de seguridad en los coches ni llevábamos casco cuando nos aventurábamos en bicicletas sin frenos por las calles del pueblo. Pero aun así sobrevivimos y aprendimos muchas reglas básicas de la vida. En este caso supimos de los caprichos del azar. Siempre manda él. Tú eliges carta pero luego es la ruleta la que determina. Y da lo mismo que berrees, que le reces a santa Rita o que te pongas una herradura en el bolsillo. Sí es verdad que algunas veces, si te concentrabas con todas tus fuerzas en un número, se producía el milagro. Digamos que ocurría algo similar a lo que nos sucede de vez en cuando en la vida. Por eso no nos queda más remedio que seguir deseando con todas nuestras fuerzas aquello que queremos y que necesitamos para ser felices. No hay reglas establecidas ni fórmulas matemáticas que avalen el resultado de esos esfuerzos, pero sí es verdad que como pasaba con la ruleta de Carmen de vez en cuando se produce el milagro. Y al igual que sucedía entonces cuando elegíamos el Caballo de Copas y salía el Caballo de Copas la alegría es incomparable. Por eso seguimos apostando por los sueños.
Abril de 2007.

"La presa y la manigua"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Nosotros nos criamos jugando en la manigua. La presa eranuestra manigua. Desde niños aquello siempre fue algo distinto al resto del
pueblo, un paisaje que desafiabas desde la altura, torrentes de agua cayendo por
todas partes, la tupida vegetación de laurisilva y palmerales, recovecos,
primeros cigarrillos, primeros amores, escenario de sueños y de tardes enteras
tratando de entender el mundo mirando hacia las aguas mansas sobre las que
dibujaban caminos los patos silenciosos.
La presa también se convirtió luego en el escenario de nuestras primeras gamberradas. Fue muchas veces el espacio de combate de nuestras peleas contra los de La Cuesta, y también el lugar en el que conseguíamos los tallos de las palmas con los que hacíamos los arcos con los que disparábamos las flechas de caña. También nos decían que no debíamos bañarnos, ni en la presa ni el estanque que lleva tantos años seco y lleno de alimañas. Pero nos bañábamos. A mí nunca me gustó mucho bañarme en la presa. Me metieron mucho miedo con aquello de que te chupaba el agua. Estaba todo el rato pendiente de que no me succionaran, y claro, así no hay quien disfrute del agua, del baño ni del paisaje. Había que bañarse por lo mismo que había que tocar las puertas de los torreones, para que no nos tomaran por cagones y para poder seguir disfrutando de cierto predicamento en la pandilla. Nos vendían peligros por todas partes y nosotros no creo que pudiésemos ser más felices que desafiando esos peligros, sobre todo cuando nos colgábamos por los precipicios tratando de abrir caminos de acceso entre los riscos o las zonas más escarpadas. La presa la comparábamos con las selvas que veíamos en las películas, sobre todo la parte que está más cerca a Ingenio Blanco, por donde discurrían canales de agua helada que dejaban crecer la hierba verde a su alrededor. Nosotros a aquello le llamábamos pretenciosamente el césped, y allí nos podíamos tirar largas horas remojándonos en los canales y tratando de encontrarle el placer a eso de acostarse largas horas en la hierba. Al final lo único que conseguías era que se te metiera un carrancio en la entrepierna o en las pocas pelambreras que teníamos entonces en nuestras canillas. En ese momento siempre aparecía el bruto de turno que estaba empeñado en que la única manera de arrancar un carrancio o una garrapata era metiéndole fuego con un fósforo o un mechero. Menos mal que no me dejé quemar por aquellos pirómanos metidos a galenos. No quiero ni pensar cómo podría haber sido luego mi vida sexual de haberme dejado meter un fósforo en los cataplines. Pero me fui salvando del fuego, de morir electrocutado y de acabar succionado por los fondos traicioneros. También escapé loco de las pedradas y de las lanzas de caña con la punta de verguilla de las guirreas. Gracias a eso pude disfrutar luego de la presa como disfrutaría un neoyorquino de Central Park o un madrileño del Retiro. Ya adolescente la presa era el lugar al que acudía en busca de respuestas. Me encantaba perderme por los campos, sobre todo por la zona que conduce a San Juan, en concreto en un pequeño bosque de lauirisilva que había si te desviabas a mano derecha. O me entretenía mirando los horizontes del mar y el Teide, o la visión del casco histórico y el Pico de La Atalaya. Allí acudía a soñar mi futuro, a penar mis primeros desamores o a dejar pasar las horas en esa edad en la que todo tu cuerpo y tu cerebro parecen estar a punto de electrocutarse a sí mismos en cualquier momento. La presa era la manigua que sosegaba mi espíritu convulso. Junto con las orillas de Agaete también fue el lugar en el que se me grabaron muchos de los versos que escribo hoy en día. No manejaba entonces las palabras, pero la energía vital que tenía y que se enaltecía en aquel paisaje seguro que comenzó a escribir lo que ahora parece que invento. Viene todo de aquellas tardes, de cuando se hacía de noche y bajaba por la Cuesta de Caraballo preguntándome qué iba a hacer en el mundo, y sobre todo qué diablos pensaba hacer el mundo conmigo. Hace tiempo que no vuelvo. Cuando regresaba me gustaba ir acompañado de Tomasín. Él iba abriendo siempre el camino cuando mi abuela juntaba a unos cuantos nietos y nos regalaba aquellas tarde memorables en un bosque que a uno ahora le parece mentira que pudiera confundir con un bosque.
La presa era el lugar donde más en contacto estábamos con la naturaleza, nuestro paraíso más edénico y salvaje. Detrás de cada estela que aún queda en el agua mansa de la tarde están los ojos de todos nosotros cuando nos alongábamos al dique en busca de aventuras o respuestas. Cierro los ojos y me veo solo, con aquel aire frío de tantas tardes de invierno golpeando mis sienes, trepando por los riscos o bajando a la orilla donde los patos y las carpas conocían nuestros nombres. O me asombro igual que entonces siguiendo el vuelo majestuoso de aquella pareja de garzas reales que cada tarde danzaba sobre las aguas antes de ocupar su nido trashumante y cálido en la parte más inaccesible de los riscos. Llegaban puntuales cada año. No sé si aún seguirán volviendo. No conozco el tiempo que vive una garza, ni cuántos años les suelen durar los amores. Igual hacen como las gaviotas, que cuando ven morir a su pareja se estrellan violentamente contra las rocas para ir en su busca. Se suicidan. Uno cuando escribe lo único que hace es evitar que los recuerdos terminen haciendo lo mismo que las gaviotas contrariadas. Lo aprendí hace muchos años en nuestra manigua.
Abril de 2007.

Monaguillo rojo

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
La infancia es una patria surrealista. Todo podía pasar. Éramoscrédulos y fantasiosos, bullangueros, y devotos de las tradiciones cuando en
éstas se cruzaban los disfraces, los protagonismos o las devociones.
Nuestro objetivo era llevar la camiseta del Guía en un partido de alevines, meternos debajo de los papagüevos, improvisar disfraces o salir a las calles vestidos de monaguillos. A mí lo de monaguillo en la iglesia no me iba mucho. Alguna vez ejercí, pero me aburría sobremanera, y no compensaba el toque de la campanilla cuando llegaba el momento de las bendiciones los sermones interminables de don Bruno. Lo de monaguillo era algo fetén cuando salías a la calle, sobre todo cargando con el incensiario o con aquellas palmatorias que abrían las procesiones. No era fácil conseguir ropa de monaguillo. Pasaba como con los papagüevos, que al final eran los más galletones y los pelotas los que imponían su ley (la infancia es como la vida: casi siempre ganan los más fuertes o los petimetres que halagan y pelotean a quien haga falta para no perder chance). A lo mejor te dejaban la ropa para una procesión menor entre semana, pero no para el día de la Virgen, para Corpus o para el Viernes Santo. La decepción y la impotencia me llevaron a pedirle a mi madre que me comprara una ropa de monaguillo. No era lo mismo que conseguirla en la iglesia, pero al menos no tendría que mirar la procesión desde la acera. Me prepararon una ropa de monaguillo roja y blanca para Corpus. Yo salí muy ufano pisando las alfombras junto a los monaguillos oficiales. No llevaba nada pero estaba en el centro de la fiesta, y además en Corpus, que tenía el plus añadido de pisar el serrín, las chiripitas y los dibujos de sal primero que nadie. Don Bruno hacía la vista gorda a mi apócrifa presencia. Se veía que no le gustaba mucho que yo viniera con el uniforme desde mi casa, pero como éramos pocos claudicaba y nos dejaba salir en procesión. Al Corpus supongo que le siguió el Corazón de Jesús, la Virgen de Guía, San Roque, Santa Lucía y San Sebastián. Ya se habían acostumbrado a mi presencia rojiblanca y me dejaban llevar parte del atrezzo procesional, incluido el incensario que daba gloria bendita olerlo de cerca. Todo fue bien hasta la primera Semana Santa. Me estaba reservando para el día grande. No quise salir ni el martes con el Cristo de la Columna ni el miércoles con la procesión del Encuentro. Yo tenía todas las miras puestas en el Viernes Santo. Los jueves era otro cantar, y la lucha por el protagonismo y por una moneda de diez duros se libraba en el interior de la iglesia: había que estar desde las dos o las tres de la tarde haciendo méritos para ser uno de los doce elegidos en el lavatorio de pies: me tocó alguna vez, y de hecho creo que fue el primer trabajo remunerado de mi vida, para que luego digan que la iglesia no alienta el capitalismo y la mercadotecnia: nos daban diez duros a cada uno de los doce apóstoles y salíamos escopeteados al quiosco a ponernos hasta arriba de golosinas. Pero ya digo que el día grande era el Viernes Santo con todas las imágenes de Luján Pérez en la calle. Yo tenía previsto colocarme entre el Sepulcro y la Dolorosa, que eran las dos representaciones más solemnes del paso procesional. Ya me veía con mi flamante ropa de monaguillo encarnada en medio de la banda y las autoridades, serio pero pendiente de las bromas de los amigos que se quedaran fuera de la fiesta en las aceras. No le dije nada a nadie y me fui a mi casa sobre las cinco de la tarde a ponerme la ropa. Ya cuando bajaba por la calle del Agua noté algunas miradas irónicas y más de una sonrisa. Nadie me dijo nada. Atravesé la entrada de la iglesia ya atestada de gente. Todos iban enlutados, negros o grises, con compungidos gestos, y no había más color que el cielo azul y mi radiante ropa festera de monaguillo encarnado. Aún recuerdo la cara de don Bruno cuando me vio colocarme al lado de la Dolorosa de Luján un par de minutos antes de que bajara las escalinatas de la iglesia. No sé si me llegó a dar algún tirón de orejas, pero sí me acuerdo de su iracundo cabreo por pensar que un chiquillo de siete u ocho años se estaba burlando de la muerte de Cristo. Me mandó a mi casa con cajas destempladas. Yo no entendí lo que pasó hasta muchos años después. No sabía por qué no valía la misma ropa que había llevado ya en varias procesiones ante la mirada pía de los feligreses y la aceptación del sacerdocio oficial de mi pueblo. No recuerdo tarde tan triste como aquélla en la que subía las cuestas camino de San Roque como un Adán recién expulsado del paraíso; de hecho la famosa imagen de Adán y Eva que aparecía en los libros de religión siempre me recordó a mí mismo aquella tarde aciaga de primavera recorriendo las calles que en unos minutos pisarían los santos y los monaguillos blanquinegros. Una vez me cambié de ropa y salí a la calle a ver la procesión desde la acera todos me preguntaban que cómo se me había ocurrido vestirme con colores alegres, y encima de rojo, para asistir al entierro de Jesucristo. Puede que yo dijera que no iba a ningún entierro sino a una procesión, aunque creo que lo único que hacía era quedarme pasmado delante de los integristas que recriminaban mis buenas intenciones piadosas. Desde ese día renuncié a mi vocación de monaguillo y de paso a querer ser cura. Me quedé con la parafernalia siempre colorista y festiva del fútbol o de los carnavales, y con los juegos en la calle. La iglesia siempre fue sinónimo de obligación y de solemnidades que quedaban fuera del conocimiento y de la bonhomía; por eso desde que pude salí corriendo.
Abril de 2007.

"La pachorra de los caracoles"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Ahora que todo parece que se ha acelerado y que seacabaron los sosiegos y las saudades del pasado, quisiera recordar la
pachorra sabia y sempiterna de los caracoles de mi infancia. De vez en
cuando me los tropiezo en los campos y en los jardines justo después de
la lluvia.
No sé si son los mismos porque no conozco la esperanza de vida de un caracol ni si son capaces de desplazarse decenas de kilómetros con su lenta velocidad constante. La sensación es que siguen siendo los mismos que miraba de niños en los campos guienses. Me imagino que yendo tan despacio y sin agobios la vida se les hará más larga, o al menos les cundirá mucho más que a nosotros, eternos acelerados sin saber hacia dónde nos dirigimos a esa velocidad cada día más vertiginosa e hilarante con la que estamos desperdiciando la propia esencia de nuestra vida.
Pocas veces nos deteníamos de niño, pero cuando lo hacíamos era porque realmente merecía la pena. Los caracoles nos paraban en los caminos. No nos salía la sádica conducta infantil de ir destrozando todo lo que uno se encuentra por delante. Con los caracoles teníamos piedad y nos sentábamos en las piedras o en los riscos a esperar que salieran de sus caparazones. Aparecían poco a poco los cuernos, desconfiados, y luego salía todo el cuerpo de espuma que se desplazaba como un buda relajado por la tierra mojada. Alguna vez he escrito poemas sobre los caracoles y su sabia noción del tiempo. Ya digo que de niños jamás se nos ocurrió pisarlos, y al que lo hacía le largábamos dos tortazos o una buena reprimenda. Éramos sensibles y observadores. Nos parábamos delante de los caracoles como mismo lo hacíamos mirando los sapos de las maretas, las mariposas de abril o los contornos nevados del Teide que se nos aparecía en mitad de la tarde según mirábamos al horizonte. Uno no sabía entonces que estaba aprendiendo cosas de la vida que no iba a olvidar nunca, y todavía hoy sigue sorprendiéndome aquella saudade mágica de los caracoles. Luego estaban los burgaos de las costas, pero éstos eran más prosaicos y apenas se movían de las rocas. Los nuestros, los chuchangos, podían ser enormes y extender sus cuerpos de espuma por el barro llevando tras de sí esa casa que todos desearíamos llevar siempre a cuestas cuando nos perdemos por el mundo. Hoy sigo teniendo cuidado con mis pasos cuando camino sobre la tierra mojada. Me pongo de mal humor cuando en un despiste siento el crujido de algún caparazón hecho añicos y el dolor silente del caracol moribundo. Me gusta observarlos y aprehender su noción del tiempo y sus ritmos cotidianos. Uno quisiera sacarle la misma esencia que le sacan ellos a la vida. Ir despacio es una forma de exprimir el tiempo y de no dejar que nos agote y nos desespere con su paso veloz, vertiginoso e insensible. Ahora los ritmos los marcan otros, y desde que nos despistamos nos perdemos lejos del acontecer tranquilo y sabio de la naturaleza. Por eso nos cuesta tanto encontrar el norte. En ese sentido escribir también es una manera de detener o refrenar el tiempo. Cada paso que damos debería tener una gran importancia; sin embargo andamos insensibles, dejándonos llevar, sin enterarnos ni dónde pisamos ni por qué lo estamos haciendo. Vivimos exactamente igual, y cuando nos empezamos a dar cuenta la mitad de nuestra vida ya se nos ha escapado entre los dedos. Por eso hay que volver al caparazón de nuestros propios recuerdos de vez en cuando, caminar con ellos, valorarlos, y moverlos lentamente a medida que nos movemos nosotros. Eso es lo que hacen los caracoles cuando arrastran sus caparazones. Van despacio porque llevan toda su vida tras de sí, y la mueven con esa pachorra que también estilaban nuestros antepasados para sacarle más partido a su existencia. No debemos dejar de observarlos cuando salen a los campos después de la lluvia. Su bendita lentitud nos puede ayudar a salvarnos. Ellos también llegan a su destino, pero no se mueren antes tratando de correr como locos por los campos. Han aprendido a no suicidar ni un solo minuto de su tiempo.
Abril de 2007.
Abril de 2007.

"Scala en Hi Fi"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Hay fotos que nos presentan horteras. En los setenta hubo unaestética muy chirriante y muy dada a los colorines. A nosotros nos vistieron
también con esa estática y todos tenemos fotografías que dan fe de ese escarnio
al buen gusto y a la armonía.
Nunca dejaré de quedarme alelado mirando y oyendo los motores de la piscina del barranco: era como bajar a la bodega de los grandes trasatlánticos, y luego estaba el olor, esa mezcla de cloro y desinfectantes que hacía que el agua perdiera su condición inodora y quedara asociada para siempre con la aventura y el verano. No era como el mar, no digo que ni mejor ni peor, pero eran otros baños y otras formas de entender la cercanía del agua. Fuimos felices en esas piscinas, felices y también horteras con aquellos zuecos que se pusieron de moda una época y que todavía hoy no sé cómo diablos éramos capaces de calzar a todas horas. Menos mal que entonces apenas había cámaras, y que cuando nos cogía Paco Rivero solía ser peinaditos y arreglados en los cumpleaños o en las fiestas de guardar. Si entonces hubiera las posibilidades de inmortalización inmediata que tenemos hoy en día estaríamos realmente aviados.
El culmen de las horteradas de esos años eran las Scalas en Hi Fi. Cada fiesta que se preciara tenía que tener entre sus atractivos un festival de imitaciones musicales en condiciones. Había verdaderos clásicos que interpretaban distintos amigos del pueblo. No voy a decir nombres por no afrentar a nadie, pero aún soy capaz de recrear como si los estuviera viendo ahora mismo a quienes imitaban a los Village People con el famoso In the Navy o a los que se transmutaban en Tequila para dar vida a Ariel Rot y compañía en el Rock de la Cárcel. Esos podríamos decir que eran los grandes clásicos junto con las imitaciones de John Travolta y Olivia Newton Yong en Fiebre del Sábado Noche o Grease, o la de los Bee Gees con aquel Tragedy que levantaba a la gente de sus asientos. Cada grupo tenía su público, lo mismo que los imitadores, y aún recuerdo el terrero de luchas hasta la bandera siguiendo los movimientos, espamódicos y epilépticos, y las imitaciones de los travoltines guienses. Por eso digo que éramos un poco cutres, pero habría que aclarar que quedaban muchos años para que llegara el karaoke, y que lo más vanguardista que teníamos entonces era el programa Aplauso con la Juventud Baila y todos aquellos friquis que reinaban en las discotecas de sus respectivos pueblos.
La Scala en Hi Fi tenía un punto rancio que visto desde la distancia puede que fuera precisamente lo que la hacía atractiva; ese aire y el sempiterno deseo de ser otro. En eso creo que nos hemos ido superando. Pero de vez en cuando tengo pesadillas y todavía me veo metido en una Scala en Hi Fi como las de aquellos años: me sorprendo moviendo la boca e imitando lo que viven otros. Como para disimular que yo soy realmente yo y que controlo mi vida y mis circunstancias orteguianas, hago como que todo va bien y sonrío siempre que tengo ocasión, pero tengo miedo a que termine la música y se acabe la magia. En esos sueños, que en el fondo no son más que trasuntos de nuestras propias vidas, nos vemos seguros e importantes sólo por el hecho de estar vivos. Caminamos, amamos, comemos y de vez en cuando nos damos un baño en la playa. Y a lo mejor no estamos haciendo más que una scala en hi fi de la vida de otro, y finalmente todo es mentira. Entonces era más o menos igual, pero para los que imitaban y para los que veíamos el espectáculo desde las gradas todo aquello formaba parte de una verdad irrefutable, tan verdad como lo pueda ser hoy nuestra propia vida. O tan mentira. Nunca se sabe. Pero por si acaso dejemos que siga sonando la música. De papagüevos, por supuesto.
Abril de 2007.


