Las Marías `07 (Sergio Aguiar)

Fiesta de la Rama o de Las Marías en Guía de Gran Canaria 2007

Por Sergio Aguiar
Castellano

A la vuelta de la esquina, como quien dice, se nos
acercan  los 200 años de la Fiesta de Las Marías, también conocida como
Rama de Guía, pues está su origen datado en 1811.
 

Fiesta de la
Rama o de Las Marías en Guía de Gran Canaria 2007

Por Sergio Aguiar
Castellano

A la vuelta de la esquina, como quien dice, se nos acercan  los 200 años de la Fiesta de Las Marías, también conocida como Rama de Guía, pues está su origen datado en 1811.

Los próximos días 15 y 16 de septiembre de 2007, los campesinos volverán a cumplir la promesa que sus antepasados hicieron a la Virgen de Guía, de ofrecerles las ramas de árboles y frutos de la tierra, si la cigarra que asolaba sus cultivos y los campos de Gran Canaria desaparecía.

Con respecto a la fecha de inicio de esta votiva fiesta, siempre se ha tenido por válida, especialmente en la tradición oral la de 1811, y seguramente es así porque son fechas que no se olvidan con facilidad, sobre todo porque la cigarra estuvo acompañada de una epidemia de fiebre amarilla, con gran mortandad en Guía, todo un mazazo para  aquellas gentes de principios de siglo XIX, que veían no sólo como sus seres queridos iban muriendo, sino encima, como se quedaban sin sus cultivos, que seguro mimaban en sus huertas, fincas y cortijos, con la consecuente llegada de otra epidemia: el hambre.

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Los “leche espesa”

Los “leche espesa”, un sobrenombre con el que se conocía antaño a los guienses


Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO.

En
esta ocasión, no sé si acertadamente o no, hemos considerado
interesante estudiar en profundidad el origen de la expresión “leche
espesa”, un sobrenombre con el que se conocía antaño a los naturales
del municipio de Santa María de Guía de Gran Canaria (ej: tú eres de
Guía, tú eres un leche espesa).
Los “leche espesa”, un sobrenombre con el que se conocía antaño a los guienses

 Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO.

En esta ocasión, no sé si acertadamente o no, hemos considerado interesante estudiar en profundidad el origen de la expresión “leche espesa”, un sobrenombre con el que se conocía antaño a los naturales del municipio de Santa María de Guía de Gran Canaria (ej: tú eres de Guía, tú eres un leche espesa).

No obstante, antes de entrar en materia conviene aclarar que a pesar de la amplia bibliografía especializada y de los múltiples documentos históricos que hemos consultado exhaustivamente, encontramos muy poca cosa aprovechable para esta pequeña investigación que hoy nos ocupa. Por ello, nos hemos visto obligados a llevar a cabo un cierto trabajo de campo que nos ayudase a conocer el por qué de esta curiosa denominación. 

En la medida de lo posible, así lo hicimos. Fuimos en busca de testimonios autorizados y logramos recabar diversa información muy valiosa de manos de nuestros mayores (la historia viva del pueblo). Luego, cuando la jornada llegó a su fin y comenzamos a poner en orden las muchísimas notas que habíamos ido tomando a lo largo de la misma, nos percatamos de que prácticamente todos los entrevistados coincidían -poco más o menos- en dar una misma versión del asunto en cuestión, pues parece ser que todo se debe a que a finales del s.XIX la ciudad de Santa María de Guía se hizo muy popular en Canarias por la elaboración de la llamada “leche espesa”, un alimento de enormes propiedades salutíferas que se elaboraba casi de forma exclusiva en este municipio norteño.

Referente a la preparación de la “leche espesa”, la señora Dña. Juana María Jiménez Castellano, en un artículo gastronómico publicado en la Revista BienMesabe, dice textualmente: “Mis padres procedían de los altos de Guía y era habitual verlos preparar y tomar su escudilla de leche espesa con gofio. La preparaban a partir de leche cruda o fresca, que distribuían en varios recipientes y la dejaban reposar durante cuatro o cinco días sin más aditivo que la paciencia. Era importante, esencial, imprescindible, que el recipiente no se moviese durante ese tiempo, porque de lo contrario se estropeaba el proceso de fermentación y no había ni leche espesa ni leche cruda. Al cabo de ese tiempo la leche presentaba algunos grumos en superficie, signo inequívoco de que estaba lista; se le quitaba el agua que se había acumulado en la parte superior de la escudilla inclinándola ligeramente, quedando lista para ser degustada bien como desayuno o bien como postre casero. Era, por así decirlo, el yogur de aquellos tiempos. Mi madre me enseñó que el tiempo de cuatro o cinco días podía reducirse si, además de la leche cruda, al comienzo del proceso se añadía en cada escudilla un poco de leche espesa preparada con anterioridad, acelerando así el proceso de fermentación”.

Curiosamente, al hilo de lo que comentaba Dña. Juana María Jiménez, podemos añadir que la palabra “yogurt” significa “leche espesa” en su idioma originario. Se trata de un vocablo que procede del término turco “yogurt” (prononciado [j?'urt]), que a su vez deriva del verbo “yogurmak” (mezclar), en referencia al método de preparación del llamado néctar blanco. La letra g es sorda entre vocales posteriores en el turco moderno, pero antiguamente se pronunciaba como una [?] sonora velar fricativa.

Dicho lo cual, no debemos pasar por alto que en el municipio de Gáldar se da otra versión diferente acerca del posible origen del apelativo “leche espesa”, ya que diversos mayores del lugar nos informaban de que siempre habían escuchado a sus padres y abuelos que esta denominación se debía a que los guienses se han caracterizado por ser personas “pachorrientas”, es decir, personas que nunca tenían prisa para nada y se tomaban las cosas con mucha calma, como si de leche espesa se tratase.

Sea como fuere, una vez dejadas atrás las dos posibles teorías a las que hemos tenido acceso, el memorialista guiense Juan Dávila-García nos explicaba que este sobrenombre se escuchaba habitualmente en los históricos partidos de fútbol que tenían lugar entre el famoso Tirma F.C. (equipo de la ciudad de Guía) y el Galdense C.F. Allí, según palabras de Dávila, uno de los epítetos más recurridos por los aficionados del mítico club de Gáldar hacia los de Guía era, en efecto, el de “leche espesa” (seguramente, en tono despectivo).

Asimismo, yo recuerdo escuchar a mi querida abuela Emérita Miranda entonar una vieja coplilla popular que, al parecer, se hizo muy afamada por esta comarca hacia comienzos del pasado s.XX:

Los de Guía, leche espesa
Los de Gáldar, lagarteros
Los de Agaete, culetos
Y los de Moya, turroneros.

De otro lado, cuando ya casi me disponía a cerrar este estudio, encontré -muy de casualidad- esta misma coplilla popular  recogida por Alfonso O´shanahan (en diferente versión) en su magna obra sobre el habla canaria, unos versos que le facilitó y recopiló Chano Sosa, Cronista Oficial de la Villa de Agaete:

Los de Guía, leche espesa
Los de Gáldar, cebolleros
Los de Agaete y los del Valle,
Son gajitos de romero.

En la citada obra o´shanahaniana, su autor además dice claramente que la expresión “Leche Espesa” se utiliza en el Archipiélago para referirse a los guienses (personas naturales de la ciudad de Santa María de Guía de Gran Canaria).
 
En fin, tras haber aportado todos y cada uno de los datos de que disponemos hasta ahora, esperamos haber añadido algo de luz a este episodio intrahistórico tan interesante como poco estudiado. Y es que, como decíamos al inicio del artículo, dado que este apelativo con el que antiguamente se nos conoció a los guienses se encuentra -a día de hoy- en verdadero retroceso y desuso, hemos creído oportuno acercarnos a él, pues no quepa duda de que para poder convivir en el presente debemos antes conocer los vericuetos y entresijos de nuestro riquísimo pasado.     
               



El huevo milagroso (y 4). Javier Estévez

El huevo milagroso (y 4)

Relato corto

Por Javier Estévez

No te miento si te aseguro que a día de hoy, continúo sin saber
cómo pudo urdir, tan velozmente, la trama que desembocó en este impresionante
esperpento. Yo hubiese necesitado varios siglos para tejer semejante fábula.

El huevo milagroso (y 4)

Javier Estévez

No te miento si te aseguro que a día de hoy, continúo sin saber
cómo pudo urdir, tan velozmente, la trama que desembocó en este impresionante
esperpento. Yo hubiese necesitado varios siglos para tejer semejante fábula.
Ahora pienso que puede ser una cualidad consustancial del nombre Juan porque
sólo a él se le pudo ocurrir dar pábulo con semejante
extensión a esta infantil patraña, que donde comenzó, tuvo que haber finalizado.
Sin embargo, mi tío Juan, lejos de contentarse con lo sucedido, introdujo
nuevos ingredientes cultivados, con innata picardía, en su ocurrente
imaginación.

Mientras se estiraba suavemente
los extremos curvados de su bigote, para dar cierto aire de preocupación y
meditación a un tiempo, se dirigió a Marquitos Mendoza con voz grave, accidental y fingida: Marquitos, para saber si estamos ante un
complot celestial o, ante uno de los múltiples artificios de los que se vale el
demonio para introducirse imperceptiblemente entre nosotros,  necesito, ahora más que nunca, tu apreciada
colaboración. Creo que esto es más serio de lo que pensamos. Mientras yo
regreso con el huevo a la tienda, tú
deberás transmitirle a las siguientes personas, la verdadera naturaleza y
trascendencia de este enigmático acontecimiento.  Será  imprescindible
que cites, al mediodía en mi comercio, a los siguientes próceres, que afortunadamente
caminan hoy en nuestra ciudad: mencionarás al párroco Martín Morales, que
aunque haga tan sólo unos meses que la divina providencia lo destinó a  estos solares de dios, he observado que detrás
de sus gafas de anticuario se baten unos ojos insondables que denuncian una sorprendente sabiduría geológica. Por
su responsabilidad ineludible, también deberá asistir D. Fernando Guerra,
nuestro ilustre e irreparable alcalde; y, por último, al notario de mandíbula
carolingia y seseo soporífero, pues sospecho que sobre las letras y su
condición no habrá nadie en esta jurisdicción que alcance su saber. Y por
favor, pídeles, ante todo, que sean puntualmente prudentes.

No había terminado de pronunciar
la última sílaba de su improvisada alocución, cuando, las cosas inexplicables
que sólo suceden en los pueblos disfrazados de ciudad, la noticia del huevo
huero se había movido ya con tanta rapidez y efectividad que había llegado
hasta la comarca de Las Tirajanas. En la plaza de los Álamos y en su rémora de
las Ventas, se creó tal alboroto y bullicio que muchas mujeres pensaron que,
inesperadamente, pues de esa forma transcurrían antes los días, era jornada de
mercado. Vinieron curiosos hasta de los pueblos meridionales, emplazados a
varios días de distancia y la prudencia exigida por Juan murió nada más nacer,
pues según supo después, su mujer tuvo que pedir auxilio al regimiento militar
debido al tumulto dilatado y expectante del vecindario que se había instalado
frente a su venta.  

Una vez reunidos en la tienda,
Juan mostró el huevo entre sus manos mientras les pedía a los escogidos que por precaución, no lo tocaran. El alcalde
observó el huevo con tanta turbación y estupor, que tuvieron que conducirlo
entre apuros y vientos inevitables, al excusado. El párroco, que llegó el
primero ante la desproporción de la noticia, trató de encontrar, sin éxito, una
respuesta decisiva entre los múltiples tratados ecuménicos, catecismos
redundantes y sentencias canónicas cuyos veredictos provenían de los más altos
y conspicuos tribunales eclesiásticos. Por último, el notario, con una postura
que acentuaba su redondez e ingravidez, al hacer coincidir sus manos sobre su
trasero, y refiriendo su discurso más a la débil cruz dibujada tardíamente que
a las letras ovíparas, habló de un francés trasnochado y medieval que gastó
gran parte de su vida en pronosticar acontecimientos apocalípticos. Según contó,
mientras se ajustaba sus tirantes inverosímiles, este gabacho de apellido impronunciable
había previsto la aparición de una Cruz Cósmica que anunciaría el fin del
mundo. Tras pronunciarse el notario, hubo que acercar una batea inimaginable al
regidor municipal ante la recurrente e imprevista disentería.

Ante la irresoluble incógnita en
que se había convertido el huevo premonitorio, mi tío Juan abrió las cuatro
puertas de su comercio y dirigiéndose a la multitud, que llenaba no sólo la
plaza contigua sino todos los caminos y veredas que por su tienda transitaban,
volvió a hacer gala de su pasión por el orden y su estructura, y organizó una
fila única que entraría por la puerta de oriente, pasaría frente al huevo
expuesto en una cesta inclinada, que hacía de nidal improvisado, y saldría por
la puerta opuesta, orientada a occidente, para así evitar aglomeraciones
innecesarias y multitudes opresivas.

El único que no participaba del
acontecimiento era el párroco, que seguía nublado tras sus estudios estériles
pero extensos, pues mientras él buscaba y rebuscaba, ante el mostrador
desfilaron los personajes más simples, los menos frívolos, otros de espíritu
áspero e incorregible, y hasta una estirpe imprevista de visionarios testarudos
y ministros taciturnos. Una señorita de cofia y delantal que se presentó con
una cesta llena de guata, solicitó, de parte de la mujer del notario, el
alquiler temporal del huevo para poder analizarlo detenidamente en su casa. Mi
tío, terriblemente ofendido, no sólo expulsó de malas maneras a esta inocente
remitida, sino que le espetó algo así como: ¡el huevo no es ningún juego,
señorita!

También se acercaron multitud de
enfermos transitorios e hipocondríacos crónicos que arrodillados frente al
huevo y con las manos apoyadas en el mostrador, solicitaban, entre lágrimas y
cánticos incomprensibles, la curación definitiva de sus dolencias refutadas y de
sus ensoñaciones argumentadas.

El paroxismo de esta comedia se
alcanzó cuando coincidieron frente al huevo, un grupo de ateos inexpertos que
recobraron su fe distraída tras escuchar a la mujer del notario, que empujada
por la curiosidad y por el fracaso de su tentativa, jurar por todos sus
muertos, que aquella ortografía era, sin equívoco alguna, la de Santa Teresa de
Jesús.

Toda esta parodia finalizó cuando
mi abuela Leonardita, a la que inevitablemente había visitado también la
noticia, sin reconocer ésta su origen, se presentó con su luto perenne, bajo el
quicio de la puerta principal. Dos zancadas, más que pasos largos, le bastaron
para acercarse hasta el mostrador, alongarse, coger el huevo con rotundidad y
desmoronarlo ante la mirada avergonzada y desmantelada de mi tío.

Tratando de acribillar el silencio
impagable que se instaló en su tienda, Juan comentó a su madre, con inusual
vergüenza  y mientras introducía los
dedos en un saco de arbejas: Pero no se
ponga así madre. Es una broma como otra cualquiera. O cree usted que me pueden
detener o excomulgar por ello.
Y mi madre, que nunca fue una mujer culta
pero sí certera, le contestó, tras provocar un choque de miradas entre ellos al levantarle sutilmente
el mentón reclinado: No Juan, puedes
padecer algo peor: la ignominia, hijo mío, la ignominia.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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El huevo milagroso (3). Javier Estévez

El huevo milagroso (3)
Relato corto

Por Javier Estévez

Del
corral al camino y por los caminos hacia las ciudades. Así se extendió la
noticia, como si fuese una trémula niebla en una larga noche de invierno.

El huevo milagroso (3)

Javier Estévez

 

Del
corral al camino y por los caminos hacia las ciudades. Así se extendió la
noticia, como si fuese una trémula niebla en una larga noche de invierno. La
divulgación galopó sobre el caballo de Marquitos Mendoza, que tras devolver el
huevo a las hermanas, remontó a su cabalgadura, espoleó frenéticamente al
animal y éste, más que correr, voló bajo, despertando en el viento y todos sus componentes, una antigua nostalgia
por el mítico Pegaso.

Tanto
cabalgó y cabalgó que ni se percató de que había atravesado en una sola carrera
y de norte a sur, todo el pueblo de Guía. Al llegar a la pendiente engreída
de Caraballo tiró de las riendas de su alazán,
que no sólo se vio dolorosamente obligado a frenar su carrera sino que clavó en
tierra la baldía excitación del jinete. 

De
vuelta al pueblo, atravesó la nube de polvo que había levantado su jaca 
tras la frenética galopada, y evitó, como pudo, los cientos de adoquines
volteados por el golpe seco y contundente de los cascos traseros de su caballo.
Al pasar junto a la portada del cementerio, desbordado de muertos
incomprendidos, se quitó el sombrero por respeto a los difuntos que allí
yacían, en especial por sus padres; bordeó la ermita por uno de sus costados y
se dirigió hacia la tienda de comestibles y ultramarinos de mi tío Juan Molina,
fraterno suyo no de sangre, sino por obra, tiempo y sentimiento. Cuanto más se acercaba,
más respiraba abdominalmente para digerir cuanto antes, tanto frenesí que se
acumulaba en algún rincón de su confuso vientre.

Sobre
una de las esquinas que dibujaban los límites de  la plaza de San Roque,
se encontraba, primigeniamente, la tienda de mi tío. A pesar de sus ahogadas
dimensiones, Juan, que se había convertido en un auténtico prestidigitador del
orden y su estructura, había conseguido introducir en ella un inimaginable universo
de mercancías. Ofrecía un completo surtido de todo
tipo de productos, desde zapatos hasta mechas para candiles. Sobre el mostrador
principal tenía tres frascos repletos de caramelos, a parte de los necesarios
instrumentos de precisión: una balanza,
pesas y una báscula con plomada. Pegada a la pared del fondo se alzaba una
enorme estantería. Los bajos de la misma estaban destinados a los productos más
cotidianos, mostrándose al público los cajones de legumbres y hortalizas,
interrumpidas por marbetes marcaprecios de cristal esmaltado. Sobre los
cajones, las repisas donde reunía todo tipo de líquidos y bebidas fundamentales
y de cuyas esquinas pendían las medidas
de líquido fabricadas en hojalata
 de diferentes capacidades. Como si de un museo se tratara, los granos se
exponían en grandes sacos, todos remangados por sus cornisas y cada uno con sus
almudes correspondientes, y los repartía
entre los huecos que creaban generosamente las cuatro puertas que ofrecía el
comercio. Sin embargo, en ese orden
aparente había dos elementos cuya presencia me generaban cierta incomodidad
además de crear un ambiente, para mí, hasta esotérico. Colgada del techo, entre
el mostrador y la entrada principal había una rueda, que no era otra cosa más
que un volante de fundición con los típicos radios sinusoidales, que ponía en
movimiento una correa amarrada a uno de los ventanucos que culminaban las
puertas. Hoy en día, sospecho que era un rudimentario sistema de protección
contra robos desesperados. Por otro lado, el juego de espejos de las esquinas
para visualizar en un coup de vue el espacio absoluto de la venta. Yo siempre recordaré a mi tío Juan como un
buen tendero, amante del tremendismo, pero con un humor congénito y una risa
ardiente.

Marquitos Mendoza intentó entrar en la tienda con la única
intención de anunciarle lo que, con sus propios ojos, había visto. Pero ante el
alboroto y la algarada que había en su interior, prefirió permanecer fuera y llamar
su atención hasta que Juan lo alcanzara. Se arrimó a un viejo laurel, plantado
en la última glaciación,  y comenzó a
gesticular afanosamente con sus brazos y manos, con su rostro y con otras
partes inevitables de su cuerpo. A pesar
de que la perspectiva elegida permitía una conexión visual directa entre ambos,
Juan continuaba sin verlo. Desesperado, Marquitos Mendoza volvió a respirar
abdominalmente, esta vez en ocho tiempos, y a pesar de la alergia que le tenía
a los correveidiles, decidió entrar sin anunciarse y decididamente, como si
fuera un guardia civil. Juan Molina, abandona cuanto antes la tienda y
acompáñame a casa de tus padres, pues suceden allí cosas de difícil
explicación.
La risa de mi tío Juan tronó bajo el cielo circunstancial.
Algún que otro despistado que andaba a cuatro manzanas de allí, miró extrañado
al cielo creyendo oír los tambores de Júpiter. Le bastó a Juan ver que el
rostro de su amigo permanecía ingrávidamente circunspecto, para confirmar, con
certeza religiosa, la veracidad de las palabras arrojadas sobre el mostrador.
Se deshizo, como pudo, del delantal y pidió a Dolores, su mujer, que permaneciese
al frente de la venta hasta su regreso.

Montó sobre el curvado lomo del caballo donde ya lo esperaba
Marquitos y ambos se dirigieron a horcajadas, calle abajo, hacia la Vega Mayor.
Cabalgaron tan deprisa que entre los que les vieron corrió el rumor de la
existencia de unos viejos malhechores imperdonables. Su presteza casi les desbarranca al final de la calle del Marqués,
en el encuentro brusco de la misma con la hendidura del barranco.

Ante la insistente petición de Juan para que le aclarara lo
sucedido, Marquitos trató, en un principio, de alejarle la sensación de lo
irremediable asegurándole que nada le sucedía a su familia; intentó,
seguidamente, introducirle la tranquilidad por sus oídos tan mal educados para
la música, y por último, le perjuró que prefería, y lo dijo poniéndose la mano
en el corazón, esperar a llegar hasta su
casa para que fuese él mismo quien descubriera el milagro acontecido, no fuese
a ser que lo tomara por loco o ignorante.

Restaban aún unos cuerpos para llegar a la altura de su casa, y
con el caballo aún entre trote y resoplidos, cuando Juan saltó del rocín a la
tierra. Las siluetas inquietas de Las Canelas se advertían desde el principio
de la larga recta que trazaba el camino en su discurso secular, y sólo cuando
llegó a su altura, les ordenó que le contarán lo sucedido. Éstas,  sin introducción alguna y con los ojos
cerrados, pusieron el huevo en su mano y añadieron al mismo tiempo:
Esto es
un aviso de Dios, Juanito; mire usted, qué mensaje tan terrible
. Por temor
a una caída inoportuna, Juan acunó el huevo entre sus manos, pero con el texto
dispuesto al revés. Con exquisito cuidado y con mayor curiosidad,  lo giró para poder leer el incógnito mensaje
que la cáscara recogía. La incredulidad inicial se tornó rápidamente en un
gesto facial de secreta complicidad, al comprender fácilmente que la grafía
cincelada sobre el cascarón, ni se correspondía con mensajes divinos, ni con
letras de serafines, querubines o de ángeles expulsados, pues la ingenua falta
de ortografía allí registrada, descartaba brutalmente a todo lo celestial y a
lo del más allá, también. De forma precisa, y algo torpe, alguien había escrito
en el huevo:
En este siglo se berá.  Y Juan, mirando hacia la ventana que se
correspondía con el paradero de sus hermanas, dedujo sólidamente, quién había
sido la inocente escritora.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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Las Marías 2007

PROGRAMA DE LAS MARÍAS
2007

SÁBADO 15 Y DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE

FIESTA DE LAS MARÍAS 2007

Ciudad de Guía de Gran Canaria.
SÁBADO 15 Y DOMINGO 16


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PROGRAMA
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SÁBADO 15

12:00 horas:

ANUNCIO DE LAS FIESTAS, mediante repique de campanas y traca de voladores

16:00 horas:

SALIDA HACIA LA MONTAÑA DE VERGARA.

Salida de las guaguas, sin coste alguno, desde la Avenida de la Juventud de Guía hasta la Montaña de Vergara, con las personas que deseen participar en la Bajada de La Rama.

17:00 horas:

BAJADA DE LA RAMA

Reunidos con los vecinos de Montaña Alta y medianías, salida de la Montaña de Vergara acompañados de todos los romeros que lo deseen, portando ramos y tocando caracolas, cajas de guerra, tambores, etcétera, como un dejo triunfal de alegría y regocijo, a la antigua usanza. En el Hospital, Plaza de San Roque y en la Plaza Grande de la ciudad, estaremos acompañados de la Banda de Música Vitamina Band. En la fachada de la Iglesia nos espera Nuestra Señora la Virgen de Guía, para bailar y ofrecer la rama.

21:30 horas:

XXIII FESTIVAL FOLCLÓRICO DE MÚSICA CANARIA, en la Plaza Grande.

Actuarán las agrupaciones folclóricas COROS Y DANZAS DE VALLE GRAN REY (La Gomera),AMOR CANARIO de Santa Lucía de Tirajana, ARNAO de Telde y LAIRAGA DEL NORTE de Guía de Gran Canaria.

--------------------------------------------------------------------------------

DOMINGO 16

10:30 horas:

PASEO DE LOS ANIMALES QUE PARTICIPARÁN EN LA ROMERÍA, fachada del Templo Parroquial de Santa María de Guía

11:00 horas: Templo Parroquial de San María de Guía

EUCARISTÍA SOLEMNE A LA VIRGEN DE GUÍA

Preside y hará la homilía el Muy Iltre. D. José Miguel Bravo de Laguna y de la Coba, Canónigo de la Catedral de las Palmas de Gran Canaria

La Agrupación Folclórica ATIDAMANA de Las Palmas de G.C., cantará la Misa Canaria.

12:00 horas:

PROCESIÓN Y ROMERÍA, por el recorrido de costumbre.

Se recomienda que porten RAMA como ofrecieron nuestros seres queridos ya fallecidos. A continuación dará comienzo LA ROMERÍA, con participación de carretas, agrupaciones folclóricas, rondallas, parrandas, caballos enjaezados, etc, que partiendo de la carretera general, entrarán en la ciudad por la calle Médico Estévez, San José, Canónigo Gordillo, Luis Suárez Galván y se dirigirán a la Iglesia, donde estará la imagen de la Virgen de Guía, que recibirá pleitesía de todos sus hijos, y muestras de FE y DEVOCIÓN. Finaliza el recorrido la romería bajando por la calle Marqués del Muni.

19:30 horas:

SORTEO DE UN CUCHILLO CANARIO , en la fachada del Templo Parroquial de Santa María de Guía.

Los Mayordomos de la Fiesta de La Marías, sortearán un “Cuchillo Canario ”, entre sus bienhechores por la ayuda económica que han realizado.

FOTOGRAFÍAS DE LA FIESTA DE LAS MARÍAS 2006:




GALERIA DE IMAGENES DE LA FIESTA DE LAS MARÍAS 2006 (JOSE MANUEL VEGA)




FOTOGRAFÍAS DE LA FIESTA DE LAS MARÍAS 2005:

GALERIA DE IMAGENES DE LA FIESTA DE LAS MARÍAS 2005 (INFONORTEDIGITAL.COM)


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Guía de Gran
Canaria


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195 AÑOS DE LA FIESTA DE LA RAMA O DE LAS MARIAS EN ... Por
tanto la Fiesta de las María correspondiente al año 1858 se celebró el
2 de enero de 1859. ...
www.guiadegrancanaria.org/documentacion/sergio_aguiar/sergio_aguiar_las_marias_2006.pdf
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PROLOGO DE LA FIESTA DE
LAS MARIAS


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MARIAS están aquí otra vez. Un. año más vamos a renovar nuestro.
antiguo compromiso. Vamos a ... dición de LAS MARIAS. Una.
tradición que cada año arraiga ...
www.guiadegrancanaria.org/nombrespropios/joaquin_rodriguez/jrodriguez_asmarias1974.pdf
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FIESTA DE LAS
MARÍAS
2006. Galería de imágenes. Haz clic en una imagen para ampliarla.
Pedro Forteza. PROPIETARIO: José Manuel Vega Pérez ...
www.guiadegrancanaria.org/documentacion/reportajes/fotoslasmarias2006/index.html
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GUIA DE GRAN CANARIA

Fiesta de Las
Marías
2006. Artículo de Sergio Aguiar + .... REPORTAJES.
Exposición fotográfica con motivo de la Fiesta de Las Marías 2003
...

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Las Marías
· En 1811 los vecinos de los Altos, del Barranco del Pinar, ...
REPORTAJES. Exposición fotográfica con motivo de la Fiesta de Las Marías
2003 ...
www.guiadegrancanaria.org/index_20_enero_2007.htm -


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Reportaje
fotográfico de la Fiesta de Las Marías 2006. gif/solo.gif (206 bytes)
Memorias de D. Bruno. gif/solo.gif (206 bytes) Ver más reportajes ...
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LAS MEMORIAS DE DON BRUNO,
GUÍA

Pero la Virgen
continuó en él hasta las fiestas de Las Marías o de la Danza de la
Rama, que se celebran siempre el tercer domingo de septiembre desde hace
...

www.guiadegrancanaria.org/memoriasdedonbruno/bruno9.htm -


GUIA DE GRAN CANARIA

Información
recopilada por varios autores y coordinada por Alejandro C. Moreno y
Marrero. Exposición fotográfica con motivo de la Fiesta de Las Marías
2003 ...
www.guiadegrancanaria.org/publicaciones.htm -

 


GUIA DE GRAN CANARIA

UN NUEVO MANTO
VERDE PARA LA VIRGEN DE LAS MARÍAS. Bolaroja.gif (334 bytes) LA
EXTRAÑA DESAPARICIÓN DE SANTIAGO EL MAYOR DEL SEPULCRO ...
www.guiadegrancanaria.org/memoriasdedonbruno/indice.htm -

 


Gigantes en las Hespérides


... árboles singulares y monumentales de las Islas
Canarias


JAVIER ESTÉVEZ
DOMINGUEZ

Están los árboles más altos de Canarias, los más viejos, los más gruesos, los
más caprichosos, los históricos, los solitarios, los agrupados, los viajeros,
algunos ya desaparecidos y hasta los arbustos. El geógrafo Javier Estévez los
ha reunido a todo
s.



Gigantes en las Hespérides: árboles singulares y monumentales de las Islas
Canarias




JAVIER ESTÉVEZ
DOMINGUEZ


Edición de La Caja de Canarias, 2005

ISBN 84-609-3246-X


Precio: 24 €

Están los árboles más altos de Canarias, los más viejos, los más gruesos, los
más caprichosos, los históricos, los solitarios, los agrupados, los viajeros,
algunos ya desaparecidos y hasta los arbustos. El geógrafo Javier Estévez los
ha reunido a todos.

Lleva cinco años recorriendo las Islas en busca de sus árboles más singulares
y monumentales del Archipiélago, donde estos seres vivos, al contrario que en
otras autonomías, no tienen ninguna protección como tales. Ayer presentó el
fruto de ese esfuerzo, titulado 'Gigantes en las Hespérides', la primera obra
de estas características que se realiza en Canarias.

La Obra Social de La Caja apostó hace dos años por este proyecto y ha costeado
el trabajo de investigación de este joven grancanario y la publicación de sus
resultados, dividida en nueve capítulos. Estévez aclara que «es una selección
subjetiva, personal» y que en su tarea ha contado con la desinteresada
colaboración de muchos vecinos, anónimos amantes de los árboles.

El autor de este catálogo se puso tres condiciones a la hora de recopilar el
material, que todos los árboles estuvieran vivos, que fueran fotografiables y
que sean autóctonos o con cierto arraigo en las Islas, aunque ha recogido
también excepciones. La mayoría de las especies retratadas pertenecen a las
comunidades forestales de laurisilva y del bosque termófilo y las islas de las
que aparecen más ejemplares son Gran Canaria y Tenerife, entre otros motivos
porque «no hay una relación directa entre la cantidad de bosques que haya y la
de árboles monumentales», explicó Estévez, que finaliza su trabajo con un
anexo cartográfico sobre la ubicación de estos árboles «no muy detallado»,
admite. «El que quiere celeste, que le cueste», agrega.

En su obra, Estévez nos descubre las leyendas orales que rodean a varios
ejemplares centenarios de pinos, las extrañas formas que han adquirido estas
esculturas de madera, muestras de gigantismo en arbustos como los cardones y
las tabaibas y los secretos de algunos árboles propios del libro Guinnes de
los récords que ahora pasan desapercibidos en cualquier monte de Canarias.

FUENTE: TURCÓN - Ecologistas en acción



La Bodega y Las Marías

Una Fiesta de Las Marías 2007 algo diferente


Por Erasmo Quintana

La
fiesta de Las Marías de este próximo tercer domingo de septiembre ya no
será la misma por mucho que queramos: La Bodega de Chago no se sumará
esta vez al jolgorio colectivo, a la alegría sana de los romeros, a las
parrandas; y la Virgen no tendrá ya que parar para que sus portadores
se refresquen sumándose al alborozo que contagia a todos.

Una fiesta de Las Marías 2007 algo diferente

Erasmo Quintana

La fiesta de Las Marías de este próximo tercer domingo de septiembre ya no será la misma por mucho que queramos: La Bodega de Chago no se sumará esta vez al jolgorio colectivo, a la alegría sana de los romeros, a las parrandas; y la Virgen no tendrá ya que parar para que sus portadores se refresquen sumándose al alborozo que contagia a todos. Parará tal vez la Virgen de Guía donde siempre para descansar, pero allí ya no estará Santiago Gil Romero, solícito como cada año, alcanzando el aperitivo en forma de queso de flor y la fresca cerveza a los sudorosos portadores o costaleros conductores de su trono, y que en esos momentos cómo lo agradecen.

La fiesta de Las Marías en Guía, desde hace ciento noventa y seis años es, después de la de la patrona del mes de agosto, la más importante que se viene celebrando. La organiza un animoso grupo de “patronos” o “mayordomos”, cargo que a lo largo de todo este tiempo heredan de padres a hijos, y participa todo el pueblo. Ese día lucirá como siempre un sol radiantemente luminoso desde un cielo limpio de nubes en el inmenso azul.
La fiesta de Las María en Guía es la fe y la emoción de los romeros; es ese olor  a retama y a eucalipto; es el eco de cantos de parrandas llenando el aire con acordes no por conocidos menos esperados; son las fachadas de las casas engalanadas con utensilios y productos de la tierra; es la promesa pendiente que se paga de rodillas y los pies descalzos; es el saludo del amigo o amiga que hace un año que no ves; es el recorrido de carretas invadiendo al paso olores de sardina asada, el bocadillo de chorizo y la papa arrugada con mojo; es la sangría y la lechera con el cuba libre a granel; es la oración sentida y la canción a la Virgen en la puerta de la Iglesia; es el romero y la Rama.

Pero todo esto en su innegable importancia, que continuará como ha sido durante casi dos siglos, repitiéndose sin dudar año tras año, permítanme la pena que uno pueda sentir por algo que ya no será igual: la estación de parada obligada de la procesión nada más doblar la esquina, abandonando la calle Médico Estévez, y encarar la de Marqués del Muni: la vetusta Bodega de Santiaguito, hoy cerrada y en venta. La tozuda realidad, que no va pareja con nuestros sueños y deseos, nos hace ver que a pesar de las buenas intenciones del responsable de esta página, concienciando a todos del patrimonio que perderemos indefectiblemente si Dios no lo remedia, lo vamos a perder para siempre casi con toda seguridad.

Si nos damos cuenta, el propio discurrir de la vida lo va modificando todo si la mano del hombre no hace que tal cosa ocurra, o a lo menos no con la contundencia conque el azar lo dispone. Por esto, por lo difícil que se está poniendo volver a ver ese valioso patrimonio histórico de Guía de Gran Canaria, referente de una de las artesanías más valiosas que nos identifican como pueblo, el queso de flor, me permito instalarme en la nostalgia: de aquí en delante tendremos que recurrir a las fotos y a nuestra memoria cada vez que hablemos de la Bodega de Chago, pues parece que estemos abocados a vivir siempre con la nostalgia, ya que todo lo cambia el tiempo, máquina sempiterna que no para.


Erasmo Quintana Ruiz            agosto-2007





Discursos de Tomasín como CURA y como ALCALDE

Discursos de Tomasín como CURA y como ALCALDE

Gracias nuevamente a la generosidad de Pachi Rivero, podemos ofrecerles la segunda parte de la entrevista que le hizo y grabó en vídeo Paco Rivero en 1982. En esta toma, Paco Rivero invita a Tomasín a hacer dos discursos: uno, como si del Cura se tratase, en Semana Santa, y otro, en el papel de Alcalde.


El huevo milagroso (2). Javier Estévez

El huevo milagroso (2)
Relato corto

Por Javier Estévez

Toda historia, como toda andanza,
tiene su inevitable comienzo. El episodio del “huevo milagroso” se inicia legítimamente con la visita de mi
abuela Leonardita, acompañada por mi
madre, Juana, que entonces contaba con
tan sólo diecisiete años, a una sobrina suya de nombre Wenceslá que vivía, en
el año 1913, cuando todo sucede, en Moya.

El huevo milagroso (2)

Javier Estévez

Toda historia, como toda andanza,
tiene su inevitable comienzo. El episodio del “huevo milagroso” se inicia legítimamente con la visita de mi
abuela Leonardita, acompañada por mi
madre, Juana, que entonces contaba con
tan sólo diecisiete años, a una sobrina suya de nombre Wenceslá que vivía, en
el año 1913, cuando todo sucede, en Moya. Por aquel entonces, los protagonistas
de esta historia eran personas que disfrutaban de una cómoda condición, ya que
no soportaban ninguna dificultad para sobrevivir. Mi madre y cuatro de sus ocho
hermanos vivían en una casa terrera y sobrada, que aún perdura, aunque
vergonzosamente abandonada, donde dicen la Vega Grande.

Al llegar a casa de la sobrina de mi
abuela, mi madre, que andaba siempre sin sombra debido a su pertinaz inquietud,
descolgó de una pared de la cocina un calendario que tenía tantas hojas como
días presentara el año. Eran de ese tipo de almanaques que pretenden instruirte
mientras deshojas mecánicamente al tiempo. El azar quiso que ese día, aún
figurara la hoja de la jornada anterior donde se exponía una vieja receta, de
origen incierto, que revelaba a regañadientes el secreto para escribir frases
imposibles sobre los huevos. Wenceslá se percató de la curiosidad de la joven y
abriendo el enorme cajón de la mesa tocinera, sacó un huevo que aguantaba en
su cáscara los siguientes términos: este huevo lo puso la gallina negra. Ni
mi abuela ni su sobrina pudieron entonces imaginar, y menos calibrar, la
historia que acababan de prologar.

A pesar de que aún restaban unas
horas de luz, pues el sol aún estaba penetrante y diagonal, mi abuela decidió
retornar a Guía, pues esperaba que con el derrumbamiento del día llegaran, para
pernoctar, unas hermanas de pensamientos trabados y espesos, que respondían
sonoramente al apodo de Las Canelas. Tan pronto llegó a oídos de mi madre la
noche que gastarían estas hermanas en su casa, pergeñó la burla más contumaz
que ha sufrido esta comarca en los últimos veinte siglos de su existencia.

Tras un regreso polvoriento y
pedregoso, y nada más apearse de la acémila tras pasar bajo el arco rebajado
del alpendre, sin anuncio alguno, corrió hacia el corral para pertrecharse de
algún huevo que aún hubiese en el nidal. Percatose rápidamente, pues mi madre
tenía buen ojo para los trajines del corral, de la existencia, en el nido de
las gallináceas, de un huevo huero, vano, vacío,
el que por
enfriamiento se pierde en la incubación.
Con el huevo en uno de los bolsillos de su delantal, entró de esquivo en varias
dependencias de la casa para apoderarse de las herramientas rentables y
necesarias que le permitiesen ejecutar puntualmente la candonga que les
gastaría a las hermanas retardadas.

A hurtadillas, pasó
por la cocina para apoderarse de un pedazo de manteca de cerdo sin sal, un vaso
de vinagre, que cogió de la alacena, y una botella vacía de las reservadas para
recoger agua del naciente. Siguió su ronda sigilosa por el escritorio de su
padre, que a esas horas rondaba por los callejones sin suerte de su ciudad
inédita, y consiguió, al verla tendida sobre el buró, una pluma palillera
de guirre, regalo prescindible de un notario atribulado. Volvió astutamente al corral, sin levantar
sospechas, y con una vela y una cuchara, calentó el sebo del cochino para
licuarlo y tintarlo. Con el dedo gordo e índice de la mano izquierda soportó el
huevo, mientras que con la pluma ya cargada escribió rudamente sobre el
cascarón una frase que concibió como
terriblemente agorera. Tan sólo restaba el momento definitivo y sublime; para
cumplir fielmente lo establecido, sumergió, sin aviso previo, al huevo durante
un cuarto de noche en el mar de vinagre.

Para no levantar
sospecha alguna, en vez de volver a la casa, donde andaban repartidos su madre
y sus hermanos, se dirigió hacia un pequeño cuarto disperso y allí se dispuso, mientras el tiempo y el ácido
acético actuaban sobre los carbonatos oriundos de la cáscara, a lustrar todos
los aperos de labranza concernientes a la tierra.

Mientras bruñía y se
esmeraba en la limpieza de esos aparejos agrícolas, unas voces se introdujeron girando y girando
por el único hueco que presentaba el ancho vano del cobertizo. Inmediatamente,
desempolvó de las repisas de su memoria todos los registros auditivos
almacenados hasta encontrar el correspondiente a esas voces saladas y
marineras. Así las identificó casi al tiempo que se introducían a empellones en
sus oídos: las moscas. Estas primas lejanas suyas eran unas alcahuetas
del demonio, pues tan grande era su ignorancia que todo lo relacionaban con el
demontre, con hechizos desatinados y con el negro encantamiento. Temerosa de
que se encontraran con el huevo anotado, resolvió sacarlo del vinagre para
incrustarle una cruz sobre el mensaje grabado de forma soez a la manera
cervantina. De este modo, consiguió defender las letras tanto de voluntades tenebrosas como del
temido fuego eterno.

La noche espesa se
sentó sobre la isla y entonces, cuando las estrellas retozaban sideralmente en
el firmamento, Juana sacó el huevo, sumergido con alevosía y con un fragmento
de nocturnidad en el caldo avinagrado, y
entre risas malandrinas y plumas desvanecidas, levantó a la gallina para poner
bajo ella el huevo con el dictado grabado en relieve.

La noche devino en
luminoso amanecer y antes de que el día sucediera definitivamente a la noche, el canto del
gallo, atravesando como pudo la relentada, avisó del comienzo de una jornada
que, desde tiempos irreconocibles, sería, de manera casi ineludible, similar a
la que inevitablemente ocurrió.

Entonces sucedió lo
que Juana esperaba. Una de las Canelas, que habían dormido en una de los
cuartos perdularios del bajo, se acercó al nidal para recoger lo dispuesto por
la gallina y se encontró no con un huevo cualquiera, sino con el que mi madre
había ilustrado. Asustada, llamó a Manuel, el ovejero, que se preparaba para
sacar el ganado a pacer. Yo no sé leder,  pero letras son, concluyó el pastor, con
su acostumbrada parsimonia y brevedad, antes de empezar a bastonear al hato
hambriento.

Para finales de ese año se había
planeado la boda de  nuestros padres. De
esta manera, se habían vuelto muy frecuentes las visitas de la familia de mi
padre a casa de mi madre y viceversa. Esa misma mañana, tan temprano como el
huevo fue descubierto en el nidal, mi abuela paterna, acompañada por dos tías
nuestras, rindieron visita a Leonardita. Mientras hablaban de zagalejos,
capotillos, casaquillas y justillos, las Canelas, alucinadas con la gallina
ponedora, trataron de abandonar la casa y el huevo, no sin antes mostrarle el
milagro referido a dos jinetes que con sus monturas aletargadas, por allí
coincidieron, aunque llevaran rumbos opuestos, pues mientras don Ramón
cabalgaba a Gáldar, Marquitos Mendoza se dirigía hacia la cercana ciudad de
Guía. Las hermanas, demoradas en inteligencia y con cierta tartamudez mental, les
ordenaron parar, desmontar sus caballos y mirar el huevo huero rayado. Los ojos de Marquitos Mendoza tanto se
agrandaron, por lo que a través de ellos veía, que D. Ramón se apartó unos
pasos de él no fuese se le vayan a salir
de sus cuevas y yo se los pisara.
Encrespado, preguntó a la mayor de Las
Canelas: Señora, pero ¿quién puso este
huevo?
Fiel a la verdad y a su limitada razón, respondió ésta: Pues, una gallina, señor; quién si no.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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El huevo milagroso (1). Javier Estévez

El huevo milagroso
Relato corto

Por Javier Estévez

Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás
que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando
eternamente el sueño basáltico de la
montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo
en todo el barrio.

Hay pueblos que saben a desdicha.
Se les conoce con sorber un poco de

su aire viejo y entumido, pobre y
flaco como todo lo viejo.

”Pedro Páramo”

Juan Rulfo.

 El huevo milagroso (I)


Javier Estévez

Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás
que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando
eternamente el sueño basáltico de la
montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo
en todo el barrio. Le encontrarás una gran similitud estética con muchas
fachadas de tu barrio. De hecho, como tu casa, tiene unas puertas altísimas bajo unos arcos escarzados. Pero, también,
a diferencia de la tuya, ésta si que consiguieron concluirla.

Bajo esta descripción, no tuvo
problema alguno ni para encontrar la casa donde la esperaban, ni para,
afortunadamente, aparcar a unos metros de la misma. En efecto, para dominar
visualmente la fachada del inmueble hubiese sido necesario trasladarse a la
acera de enfrente, sobre todo para disfrutar de una perspectiva adecuada, pero
la impaciencia la colocó frente a la puerta principal y le empujó a golpearla
secamente dos veces, a pesar de estar tímidamente entreabierta. Esperó unos
segundos; nadie le contestó. Decidida, Davinia entró por el pasillo que moría
en una puerta de barrotes salomónicamente estrangulados. En el ecuador de su
recorrido sonaron unos cantos, y aunque
dedujo fácilmente que pertenecían a mujeres aderezadas en tiempo y vida, tenían
un aire irremediablemente infantil:

Ay balancé, balancé,

balancé de Juan Molina

que engañó a todo el pueblo

con el huevo de una gallina.

Tras las risas, apareció, al otro
lado de la portada, una mujer enjuta, con cierto desaliño y despreocupación en
su vestir, pero con unos ojos pequeñísimos que lejos de esconderse en la
oscuridad, resplandecían magníficamente
en ésta.

-¿Eres Davinia, verdad?- inquirió
mientras abría la portezuela con su mano izquierda agarrada a los barrotes.

- Si,
soy yo; espero no llegar tarde
- espetó Davinia a medio pasillo, acelerando
su paso para finalizar cuanto antes el trayecto que aún le separaba de la
mujer.

- Pasa,
adelante
, y se retiró unos pasos hacia atrás para facilitarle la entrada. Las piernas de Davinia, extensas como un
pecado sin controlar, adelantaron su presencia. Justo después de traspasar
finalmente su cuerpo entero la portada pudo ver a su derecha dos mujeres
sentadas
en un asiento de tres o cuatro pies sin respaldo pero apoyado
en la pared y tapizado con una tela rudimentaria repleta de flores y otros motivos primaverales.- Éstas son mis hermanas, Dolores y
Mercedes. Yo, soy María.-
Tras presentarlas, ésta última, la más joven de ellas en
apariencia, se sentó en una vieja mecedora separada unos metros de sus hermanas
pero con la misma orientación. Por su disposición lineal, Davinia
expelió unas sinceras disculpas ya que le abrazó la sensación de haber
interrumpido algún ceremonial.

Sus ojos, encerrados dentro de unas
pestañas pequeñas pero reforzadas por el rimel que se aplicaba diariamente, recorrieron los rostros de ambas
hermanas, que permanecieron sentadas. Dolores, que prolongaba sus piernas sobre
un pequeño taburete, le exigió un beso por saludo; Mercedes, en cambio, escaneó
pacientemente y sin obstáculo el prolongado cuerpo de Davinia, que se sintió
ciertamente incómoda ante esos ojos de mirada estricta. Aceptó la oferta de
María y se sentó en un pequeño sillón que las enfrentaba a ellas, y que se
cobijaba bajo los primeros peldaños de una escalera de espeluznante pendiente
que, según le contaron después, costó exactamente quinientas pesetas.

- Entonces, tú eres quien compró la casa de mi tío Juanito el del huevo. Abandonó
Dolores estas palabras en el aire del recibidor mientras se incorporaba en su
banqueta y obligaba a sus pies desnudos a rechazar el descanso del que
disfrutaban. Acomodó su postura apoyando su espalda en la pared y tras un
necesario suspiro, apuntó: Quien compra
una casa antigua, no se hace solamente con un inmueble; se apropia también de
su historia. Estaba segura de que tarde o temprano, la historia de Juanito el
huevo, saldría a tu  paso, o, por el
contrario, la encontrarías tú abandonada
en cualquier cajón o dormida anchamente en una esquina de la casa. Ese
encuentro era inevitable, así que, no te miento en absoluto si te confieso que,
al menos yo, te esperaba.
Es curioso, - añadió mientras se
acariciaba sus mejillas y perdía sus ojos en un tiempo inalcanzable,- a lo largo de los últimos veinte años, más que narrarla, me he dedicado a vindicarla, ya que muchas lenguas incautas la han inventado, calumniado, injuriado y
menguado. Así que la historia que oirás aquí, desde su comienzo a su final, es
la más inequívoca de todas las que pululan por esos mentideros, pues, mi madre,
su genuina desencadenante, me la
imprimió cientos de veces y letra a letra en los papeles que amontono en mi
memoria.

Cuando Dolores se preparaba para
iniciar su relato, Davinia la interrumpió para sacar de su pequeño bolso una
libreta de anillas donde, desde hacía unos meses, apuntaba todas las ideas,
versos y suposiciones que le salían a su encuentro. No esperaba escribir un
libro ni un poemario, pero le gustaba la posibilidad de, pasados unos meses,
quizás unos años, reencontrarse de nuevo
frente a sus pensamientos. Hojeó su libreta para situar sus anotaciones; de
manera contemporánea, Mercedes la ojeó a ella. Al cruzar sus pies, volvió a
delinear el amazónico recorrido de sus muslos. Destapó el bolígrafo y le pidió
cortésmente a Dolores que comenzara la historia que varias semanas atrás oyó
por primera vez en una estrafalaria tienda que se encontraba perdida entre los
cientos de rincones  que doblaban
calladamente el trazado rectilíneo de las calles.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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