Recuerdo emocionado de Manuel González Sosa. Carlos Murciano

Recuerdo emocionado de Manuel González Sosa

por CARLOS MURCIANO

Al cabo de un largo vivir, y el mío ya lo es, uno pasa las hojas del libro de la amistad -ese libro invisible que anida en el corazón- y comprueba, con nostalgia más que con dolor, que hay en él nombres escritos con tinta indeleble. No aludo necesariamente a quienes nos dejaran, sino a quienes -idos o no- permanecen.

Recuerdo emocionado de Manuel González Sosa

por CARLOS MURCIANO

Al
cabo de un largo vivir, y el mío ya lo es, uno pasa las hojas del libro
de la amistad -ese libro invisible que anida en el corazón- y
comprueba, con nostalgia más que con dolor, que hay en él nombres
escritos con tinta indeleble. No aludo necesariamente a quienes nos
dejaran, sino a quienes -idos o no- permanecen.

Allí, en ese libro y con esa tinta, luce el nombre de Manolo González Sosa, quien ayer no más estaba con nosotros. La distancia geográfica, él en la isla, yo en la capital madrileña, no propiciaba encuentros frecuentes; mas nunca esta situación mermó nuestros contactos. Iban mis libros y venían los suyos, siempre tan pulcros, tan cuidados, tan cuajados de una poesía corazonada y perfilada de finura. En uno de ellos, manuscribió esta dedicatoria: “Para Carlos Murciano, siempre fiel a mi fidelidad permanente”.

Había en él una especie de pudor, de intimidad celada, que le hacían ajeno a homenajes y celebraciones, por justos que fueran. Su verso fluía con limpieza extrema, y sus claros endecasílabos encajaban en sus sonetos con perfección artesana: “Aquí viví los siglos de la infancia./ Esa luz me coció…”. La luz de su Guía natal le coció, sí, y al par le guió siempre por el camino del buen hacer.

     Él hubiera firmado con gusto la “Oración de la obra bien hecha”, que un día escribiera Eugenio D´Ors, para ser dicha por los creyentes en los ángeles. Nunca hablé con él de estos celestes seres alados, pero creo que cuando se entregaba a su poesía debía de tener a uno de ellos -no hablo de religión, sino de arte-, gobernando el ritmo de su pluma. Mas de una vez he pensado que el día en que hilvanó su breve poema “Las garzas” -sólo cuatro versos-, pudo haberlo titulado “Los ángeles”. “Nunca las vi. Siempre quise/ horadar vuestro nombre y contemplaros/ cuando, bajabais, lentas, hacia/ uno de mis recuerdos no vividos”.

     “Tránsito a tientas” tituló uno de sus libros, aparecido en 2002. Sé que ahora, en este tránsito definitivo, no hubiera tenido necesidad de hacerlo a tientas, porque una de esas criaturas le habría conducido, con su esplendorosa luz, a su Lugar de Para Siempre.

Carlos MURCIANO


Carlos Murciano (Arcos de la Frontera, 1931) es un reconocido poeta y prosista español, destacado también como musicólogo, crítico de arte y crítico literario. Entre sus numerosos galardones cabe destacar tal vez el Premio Nacional de Poesía de 1970 por Este claro silencio y el Premio Nacional de literatura infantil y juvenil de 1982 por El mar sigue esperando ......


La duda. Un relato de Javier Estevez

RELATOS E-REALES
La duda

por Javier Estévez

Respiró hondamente tratando de calmarse pero ni aún así consiguió aplacar aquella extraña inquietud. Afuera, tras el ventanal rectangular que enmarcaba un trozo de calle y de cielo, la lluvia caía oblicua y con  fuerza.  Sus dedos tamborileaban sobre la mesa mientras veía cómo  el paisaje se desdibujaba tras las  vírgulas de agua en los cristales.

RELATOS E-REALES

La duda

por Javier Estévez

Respiró hondamente tratando de calmarse pero ni aún así consiguió aplacar aquella extraña inquietud. Afuera, tras el ventanal rectangular que enmarcaba un trozo de calle y de cielo, la lluvia caía oblicua y con  fuerza.  Sus dedos tamborileaban sobre la mesa mientras veía cómo  el paisaje se desdibujaba tras las  vírgulas de agua en los cristales.  No conseguía decidirse y el tiempo apremiaba. Cada vez más. En unos días debería exponer  los resultados de su investigación no solo al equipo directivo de la fundación sino también  a los medios de comunicación que se habían convocado. Sabía que  si revelaba  aquel secreto que hasta entonces nadie conocía y que ni tan siquiera sospechaban, su notoriedad estaba garantizada y que gracias a las numerosas entrevistas que concedería posteriormente su proyección profesional se consolidaría definitivamente a pesar del oscuro panorama que la incertidumbre actual dibujaba.

Desde que le encargaron la catalogación de toda  la obra de aquel fotógrafo, que la fundación cultural para la que trabajaba había adquirido tan solo unas semanas después de su repentino fallecimiento, sabía que se le había presentado no solo la oportunidad de ser el primer investigador que estudiaría en profundidad toda la  producción de uno de los artistas más prestigiosos y populares de la isla sino que la posterior difusión de todo el legado que ya se acumulaba en los archivos de la fundación era un filón económico e intelectual incuestionable.

Tan pronto comenzó a digitalizar los negativos dividió su obra entre las imágenes de carácter artístico y aquellas otras que tenían un cariz más profesional: fotografías de prensa, paisajes rurales y marítimos, eventos públicos y  privados y retratos de familia o individuales que permitieron al fotógrafo disfrutar en sus inicios de unos ingresos humildes pero constantes. No llevaba ni un tercio de su obra más banal digitalizada cuando le llamó la atención la frecuencia con la que aparecía entre los negativos unas instantáneas en las que figuraba siempre una mujer cuyos ojos planetarios y su constante sonrisa le transmitieron desde la primera vez que la vio una agradable sensación de plenitud y de alegría.  

Sin levantar sospechas consiguió averiguar su identidad y con posterioridad supo hasta algunos retazos de su vida que si bien en apariencia podían parecer insignificantes a él se le presentaron como muy reveladores, sobre todo cuando su intuición le sugirió enfrentar la biografía de los dos. Supo entonces que habían nacido no solo el mismo año sino que lo habían hecho en el mismo lugar. Ambos vieron la luz por primera vez en aquella ciudad pequeña de casas bajas y encaladas que gustaba tanto a los viajeros por la altura de sus palmeras, por sus tardes luminosas y la apacible sencillez de sus calles. De su infancia consiguió reseñas sin trascendencia, pero con el resto de datos que obtuvo coligió que fue en la adolescencia, en el momento en el que él comenzó a realizar sus primeros retratos gracias a aquella vieja cámara que le obsequió un fotógrafo holandés antes de regresar definitivamente a su país, cuando él comenzó a retratarla en la distancia, sola o en grupo, pero siempre sin que ella jamás lo supiese.

Tan solo un mes después de que ella anunciara su compromiso con aquel militar de mirada torva, ya había abierto él su estudio fotográfico donde revelaba y encuadernaba los reportajes de boda y bautizos con los que se anunciaba. Ella nunca supo – ni tan siquiera imaginó- que toda su vida había desfilado por su cámara, desde aquellas primeras e inocentes fotos de la adolescencia hasta que aquella epidemia de fiebres que desoló la ciudad durante un verano interminable  separó para siempre lo que nunca antes había estado unido.  

La muerte de ella fue el nacimiento de él como artista. A partir de entonces, retrató febrilmente los rostros de la soledad, el dolor y el fracaso. La crítica comenzó a comentar su obra, y empezó a recibir reconocimientos y premios en museos y certámenes de indudable prestigio. Todos alababan esa inaudita capacidad de fotografiar algo que antes nadie había conseguido retratar: el silencio.  Pero ni tan siquiera la fama internacional consiguió que trasladara su residencia  a las grandes ciudades del continente donde anidaban conjuntamente la cultura y el glamur. Él, sin que nadie llegara nunca a suponer el por qué, prefirió continuar en la isla, en su ciudad natal, en su casa, ese espacio que él mismo definió en la única entrevista que concedió, como el sitio ideal para la vida de un hombre solo y de alma desprendida.  

Afuera la lluvia arreciaba con una fuerza insólita. Abrió su paraguas y encaró calle abajo las rachas violentas de viento y agua. Caminó hasta donde había aparcado su coche antes de entrar en la fundación. Abrió la puerta, se sacudió dentro la lluvia que aún retenía su cabello, giró la llave del contacto y escuchó durante unos segundos la suave cadencia  del motor. Antes de arrancar, accionó el limpiaparabrisas y siguió con su mirada cansada su movimiento pendular hasta que volvió a pensar en el fotógrafo, en ella, en ambos, en el secreto que durante tanto tiempo había pasado totalmente desapercibido y que hasta entonces nadie conocía ni imaginaba y volvió a suspirar con hondura. No sabía qué hacer y no sabía adónde ir. Decidió por lo pronto abrir la guantera y sacar el cedé de aquel cantante canadiense que tanto le gustaba. Su voz, pensaba, era la voz de la melancolía. Buscó intencionadamente una canción y cuando comenzaron a sonar las primeras cuerdas de la guitarra, arrancó el coche y condujo mientras se adentraba con la duda en la inmensa oscuridad de la noche.

San Roque, noviembre de 2011

 


TEDDY, CACO, JUANJO Y LA VAPULEADA SGAE. Braulio A. García

TEDDY, CACO, JUANJO Y LA  VAPULEADA SGAE



Braulio A. García


Primero tengo que decir que Teddy fue mi referente musical cuando él era
el líder de “Los Ídolos” y yo empezaba a hacer mis pinitos con grupos
locales del  Noroeste de Gran Canaria. Además, como  los especialistas
en genealogía local dicen que somos parientes lejanos - su familia
proviene de La Atalaya de Guía y en nuestros DNI llevamos, aunque
invertidos,  los mismos apellidos-  su influencia en mí, tenía, si cabe,
aún más peso específico, gracias a esa posible consanguinidad.
TEDDY, CACO, JUANJO Y LA  VAPULEADA SGAE


Braulio A. García

Primero tengo que decir que Teddy fue mi referente musical cuando él era el líder de “Los Ídolos” y yo empezaba a hacer mis pinitos con grupos locales del  Noroeste de Gran Canaria. Además, como  los especialistas en genealogía local dicen que somos parientes lejanos - su familia proviene de La Atalaya de Guía y en nuestros DNI llevamos, aunque invertidos,  los mismos apellidos-  su influencia en mí, tenía, si cabe, aún más peso específico, gracias a esa posible consanguinidad.

Uno de los recuerdos más tristes de esa época en la que Los Ídolos lideraban “la música moderna”, o “Ye Ye”,  en Canarias, fue cuando, por falta de medios, no pude  verlos tocar, allá por el 65 o 66,  junto a nada menos que Cliff Richard y los Shadows, en El Flamingo, aquel cabaretito que estaba cerca del Hotel Santa Catalina.

Casi una década después, en los estertores del franquismo, cuando yo empecé a hacerme algo conocido en la Península,  asistí - con todo el rojerío de la época: Víctor Manuel,  Ana Belén, Miguel Ríos, Massiel, etc.- a varias reuniones clandestinas, organizadas por Teddy en Colegios Mayores de Madrid, donde se trató, infructuosamente,  de montar un Sindicato de la Música Libre. Incluso también llegué a participar, ya en los albores de la Democracia y siempre invitado por mi pariente lejano, en alguna marcha anti OTAN. Por aquel entonces  lo consideraba un tipo austero, de bien ancladas convicciones político sociales, y muy cercano a las tesis de aquel Partido Comunista de Santiago Carrillo.

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En la muerte de Manuel González Sosa. Por Eugenio Suárez-Galbán Guerra

En la muerte de Manuel
González Sosa


Eugenio Suárez-Galbán Guerra


Con
el título de “En la periferia de la periferia: la lírica de Manuel
González Sosa” publicó Cuadernos del matemático  (no. 36, diciembre:
100-103) un trabajo dedicado a este poeta grancanario que recién nos ha
dejado. Título que no podía ser más representativo, tanto de la
personalidad como de la poesía de González Sosa.

En la muerte de Manuel
González Sosa

Eugenio Suárez-Galbán Guerra




Con el título de “En la periferia de la periferia: la lírica de Manuel González Sosa” publicó Cuadernos del matemático  (no. 36, diciembre: 100-103) un trabajo dedicado a este poeta grancanario que recién nos ha dejado. Título que no podía ser más representativo, tanto de la personalidad como de la poesía de González Sosa.  Pues  lejos de preocuparle la condición canaria de periferia nacional, muy al contrario, siempre su poesía mantuvo en alto la identidad isleña y el recuerdo de la tierra natal.  Y lejos asimismo de los tiempos mediáticos que corren, se colocó aún más en la periferia de la periferia, rehuyendo siempre –y hasta obsesivamente, podría decirse – toda fama y todo protagonismo.  Los que tuvimos  la dicha de conocerlo podemos atestiguar que ello no respondía ni a falsa humildad, ni a un simple (y muy comprensible) deseo de evitar todo el trajín y agobio que conlleva la fama, sino que fue su total compromiso con la poesía y la literatura lo que explica su excepción a la máxima ciceroniana que sostiene que el ansia de honor sostiene el arte. 

Para él la honra y la fama que trae el arte fueron, si algo,  solo una desviación de la misión del poeta, que él siempre consideró que no es otra que la búsqueda  y difusión de la belleza a través del lenguaje. Sin duda, su periodismo y su crítica literaria, con los que aupaba frecuentemente la obra de otros, descubriendo desconocidos valores de la literatura isleña del pasado y del presente, halló más lectores que su verso, pues sabido es que el público lector de poesía es hoy uno minoritario.  No obstante, permanecerá esa poesía, pues poemas como “El cuerpo entero”, de Cuaderno americano, o   “El cruzado”, de Paréntesis, entre tantos, son indiscutiblemente hitos poéticos de la poesía del siglo pasado y comienzos del presente, aun cuando por el momento permanezcan en el barbecho donde cayó la semilla de la fama que nunca esparció el poeta. 

Pero ¿qué duda cabe que germinará esa otra semilla del verso vibrante de vida y belleza  que tan cuidadosamente cultivó González Sosa?  Pues sabido es que ese mismo público minoritario de la poesía lo es también uno fiel y comprometido, y es simplemente inconcebible que tal hondura lírica como la de González Sosa no aflore una y otra vez en el futuro cuando, como suele ocurrir tantas veces, descubran su poesía las generaciones venideras en esas ediciones de Las Garzas  que por su bella sencillez complementan a la perfección la desnuda elegancia de su verso que no necesita de más ornamentos y ropaje.

Difícil es hacer justicia a una personalidad y un poeta tan ejemplares, por mucho que él siempre  resistiera y resintiera cualquier elogio.  Pero quizá sea su propia poesía la que mejor nos permita aproximarnos a esa justicia inalcanzable.  Pues con la misma altura y fortaleza de esa gran mole que él tan magistralmente poetizó en “El Pico de la Atalaya”, quedará su memoria de hombre bueno, cabal y generoso, y poeta exclusivamente consagrado a la pureza de la palabra que siempre mantuvo “viva/la llama en su hoz, y activa/la sonaja de su espuela”. 
                                              
Eugenio Suárez-Galbán Guerra


HERMANO DE NUESTRO CRONISTA OFICIAL

Falleció el poeta guiense Manuel
González Sosa

El poeta guiense Manuel González Sosa (1921), ha fallecido en la mañana de ayer lunes a los 90 años de edad.

El autor de obras como 'Sonetos andariegos', 'A pesar de los vientos' o 'Contraluz italiana', fue también el creador de los pliegos poéticos 'San Borondón', que salieron a la luz en 1958 y en 1960. En 1963 fundó 'Cartel de las letras y las artes', página literaria de 'Diario de Las Palmas', que llegaría a ser uno de los suplementos de mayor duración publicados en las Islas.

A partir de 1980 fueron frecuentes las estancias del poeta en Italia, circunstancia que queda recogida en su libro 'Contraluz italiana'. En 1983 creó la colección 'Piélago', de breves entregas poéticas. Fue incluido por Sebastián de La nuez en 1986 en la antología 'Poesía canaria' (1940-1984) y en 1993 en la antología 'Literatura canaria contemporánea'
 
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