UN HOMBRE QUE VIVÍA SOLO PARA LA POESÍA. Santiago Gil
UN HOMBRE QUE VIVÍA SOLO PARA LA POESÍA
Santiago Gil
Es cierto que cuando muere un poeta no se para el mundo. Ya lo advertía
Brodsky cuando escribía que nunca vendrá el gran diluvio detrás de la
ausencia de ninguno de nosotros. Pero cuando se muere un poeta, sobre
todo en este mundo tan necesitado de miradas limpias y de palabras que
no parezcan huecas, sí es verdad que se abre una herida que escuece por
todo lo que ya no podrá seguir escribiendo.
Santiago Gil
Es cierto que cuando muere un poeta no se para el mundo. Ya lo advertía Brodsky cuando escribía que nunca vendrá el gran diluvio detrás de la ausencia de ninguno de nosotros. Pero cuando se muere un poeta, sobre todo en este mundo tan necesitado de miradas limpias y de palabras que no parezcan huecas, sí es verdad que se abre una herida que escuece por todo lo que ya no podrá seguir escribiendo.
Manuel González Sosa fue un poeta para la inmensa minoría que cantara Juan Ramón Jiménez, alguien que vivía la poesía casi tan intensamente como la escribía, un gran lector, un alejado del mundo y de esos ruidos que tantas veces enturbian la mirada de lo más sencillo y de lo que más emociona.
El poeta guiense fue una especie de Bartleby que me consta que iba rechazando reconocimientos, homenajes y todas esas alharacas en las que a veces se pierden tantos escritores. Aprendió a mirar el mundo en aquel paisaje bucólico de Las Barreras, asombrándose entre nispereros y geranios de lo milagrosa que es la vida en lo más cercano y en la mágica sencillez de las palabras. Nos quedan sus versos. Son ellos los que siempre sobreviven cuando se aleja el cuerpo del poeta. Manuel González Sosa quedó escrito y se seguirá escribiendo cada vez que alguien se acerque a cualquiera de sus poemas.
DESDE LA INSIGNE ALDEA HASTA SIEMPRE DON MANUEL. Por Sergio Aguiar Castellano
A MANUEL GONZALEZ SOSA
Por Sergio Aguiar Castellano
En agosto de 2001 conocí a don Manuel González Sosa, al ser presentado
por su hermano Pedro, Cronista Oficial de nuestra Ciudad, al desplazarse
a Guía con motivo del homenaje tributado al poeta guíense Domingo
Rivero, autor sobre el que don Manuel fue un destacado y consumado
crítico literario (Domingo Rivero. Enfoques laterales, 2000).
Por Sergio Aguiar Castellano
En agosto de 2001 conocí a don Manuel González Sosa, al ser presentado por su hermano Pedro, Cronista Oficial de nuestra Ciudad, al desplazarse a Guía con motivo del homenaje tributado al poeta guíense Domingo Rivero, autor sobre el que don Manuel fue un destacado y consumado crítico literario (Domingo Rivero. Enfoques laterales, 2000).
Desde entonces tuve un contacto muy fluido con él, de tal manera que durante los diez años que han pasado, bien por teléfono, carta o personalmente en su casa, tuve la oportunidad de conocer como diría Antonio Machado, un hombre en el mejor sentido de la palabra, “un hombre bueno".
Fue don Manuel un intelectual con una vasta cultura, conocedor como pocos de los entresijos de la literatura y cultura hecha en Canarias desde 1950, y en lo que respecta a Guía, siempre que hablábamos o me escribía, lo primero que hacía era interesarse por su “insigne aldea”, de la que tanto sabía y por la que tanto hizo de manera silenciosa y casi anónima.
En estos diez años de amistad, conocí a un hombre comprometido con la cultura canaria, pero desde la más absoluta discreción intelectual, pues a pesar de sus facetas de poeta, animador literario, crítico y articulista, siempre quiso pasar desapercibido. Esa actitud de pasar de puntillas por cuantos proyectos ejecutaba o con los que colaboraba, lo han situado en “la periferia de la periferia”, como ha señalado el crítico y profesor Eugenio Suárez-Galbán Guerra, que añade que “en su caso lo periférico parece una vocación más que una condición impuesta por la geografía” (Cuadernos del Matemático nº 37).
Estimado don Manuel, fue un privilegio contar con su amistad. Hasta siempre.
“Aquí viví los siglos de la infancia./ Esta luz me coció, y el rojo monte/ que el pretil azul sueña distancias/prendió en mi su desvelo de horizonte.// Me fui, pero me acerco a fieles saltos/hora a hora aunque avance hacia otro suelo./ Sabes que hasta los pájaros más altos/ rumbo a su sombra anclada van de vuelo.// Ellos de cualquier legua de un camino/recogerán la mía, y con su carga/ vendrán para dejarla sobre el huerto// donde sólo se siembra. Aquí el destino/ tendrá por fuerza que enterrar la amarga/ simiente vana de mi cuerpo muerto”. (Poema de Manuel González Sosa).
Poeta Manuel González Sosa
HERMANO DE NUESTRO CRONISTA OFICIAL
Poeta Manuel
González Sosa
El poeta guiense Manuel González Sosa (1921), fallecido el 24 de octubre de 2011 a los 90 años de edad, fue autor de obras como 'Sonetos andariegos', 'A pesar de los vientos' o'Contraluz italiana'; fue también el creador de los pliegos poéticos
'San Borondón', que salieron a la luz en 1958 y en 1960. En 1963 fundó
'Cartel de las letras y las artes', página literaria de 'Diario de Las
Palmas', que llegaría a ser uno de los suplementos de mayor duración
publicados en las Islas.
HERMANO DE NUESTRO CRONISTA OFICIAL
Manuel
González Sosa, poeta
Elpoeta guiense Manuel González Sosa (1921), fallecido el 24 de octubre
de 2011 a los 90 años de edad, fue autor de obras como 'Sonetos
andariegos', 'A pesar de los vientos' o
'Contraluz italiana'; fue también el creador de los pliegos poéticos 'San Borondón', que salieron a la luz en 1958 y en 1960. En 1963 fundó 'Cartel de las letras y las artes', página literaria de 'Diario de Las Palmas', que llegaría a ser uno de los suplementos de mayor duración publicados en las Islas.
A partir de 1980 fueron frecuentes las estancias del poeta en Italia, circunstancia que queda recogida en su libro 'Contraluz italiana'. En 1983 creó la colección 'Piélago', de breves entregas poéticas. Fue incluido por Sebastián de La nuez en 1986 en la antología 'Poesía canaria' (1940-1984) y en 1993 en la antología 'Literatura canaria contemporánea'
Biografía
En el año 1958,
Manuel González Sosa fundó en Las Palmas una colección poética que, aun teniendo
en cuenta su vida efímera, ocupa un lugar decisivo en la poesía de la última
posguerra. Gracias a los Pliegos de San Borondón -tal era su título- accedió a
la vida pública un grupo de jóvenes poetas que, andando el tiempo, se convierten
en nexo fundamental entre la poesía de posguerra propiamente dicha y las jóvenes
generaciones de poetas nacidos a partir de los años
cuarenta.
Manuel González Sosa fundó en Las Palmas una colección poética que, aun teniendo
en cuenta su vida efímera, ocupa un lugar decisivo en la poesía de la última
posguerra. Gracias a los Pliegos de San Borondón -tal era su título- accedió a
la vida pública un grupo de jóvenes poetas que, andando el tiempo, se convierten
en nexo fundamental entre la poesía de posguerra propiamente dicha y las jóvenes
generaciones de poetas nacidos a partir de los años cuarenta. San Borondón
dedicó sus entregas a Felipe Baeza, Arturo Maccanti y Manuel Padorno, escritores
que con el propio González Sosa abandonarán la rigurosa dictadura de la poesía
testimonial inmediatamente anterior (que, en cierto modo, también ellos
cultivaron) y, sin abdicar del compromiso directo con la historia que aquélla
había asumido, ni rechazar tampoco su característica expresividad (la urgencia,
la solicitud, los interrogantes fundamentales de la existencia...), se
esforzarán por imponer a su obra una mayor exigencia reflexiva, una mayor
serenidad, y operar con el lenguaje desde una posición abiertamente
experimental, si bien no todos lo hacen con la misma intensidad. En estos poetas
debe destacarse, por encima de toda otra cosa, la superación de la contingencia
inmediata de los temas y la voluntad metafísica que alienta en su escritura; la
dimensión más profunda y abarcadora que encierran sus acercamientos a la
realidad; el individualismo, en fin, del que todos parten para avanzar -en un
proceso explícitamente conceptual- hacia una plenitud solidaria derivada de la
cada vez más exigente exploración de su tiempo y de su lenguaje. Una poesía que
acepta el reto de la historia, pero que no renuncia por ello -todo lo contrario-
a una perfección estética cada vez más exigente.
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Recuerdo
Carlos Murciano
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Curioso breviario impreso en 1723. Pedro González-Sosa
Pedro González-Sosa
Entre los ejemplares, simplemente "curiosos", conservados en la modesta y particular biblioteca destaca con especial predilección un breviario encuadernado con tapa dura y adornos con pan de oro algo deteriorados por el paso de los muchos años, regalo recibido allá por los años cincuenta del pasado siglo del que fue durante más de cuarenta años párroco de Guía, Bruno Quintana.
Curioso breviario impreso en 1723
Pedro González-Sosa
Entre los ejemplares, simplemente "curiosos", conservados en la modesta y particular biblioteca destaca con especial predilección un breviario encuadernado con tapa dura y adornos con pan de oro algo deteriorados por el paso de los muchos años, regalo recibido allá por los años cincuenta del pasado siglo del que fue durante más de cuarenta años párroco de Guía, Bruno Quintana, por nuestra particular afición a la vieja historia de aquel pueblo y que, según manifestó, lo había recibido como dádiva de otro sacerdote nacido en aquella localidad, José Pérez Rodríguez, que había sido organista de la catedral y que en recta final de su existencia y regresado al pueblo se dedicó hasta su fallecimiento a dar clases de piano.
En realidad se trata, según el titulo impreso lógicamente en latín, de un "Libro de Oficios para la fiesta del Corpus Christi unida con la conmemoración de la Fiesta Ordinaria que concurren con ella, según el Misal y Breviario mandado editar por los Pontífices Pío V, Clemente VIII y Urbano VIII". El ejemplar fue editado e impreso en Amberes en 1723 en la entonces conocida como "Ex-tipografía Plantiniana", que no fue otra que la que fundó en aquella localidad belga a principios del siglo XVIII Cristóbal Plantini y que se dedicó principalmente a la impresión de libros religiosos.
Este raro ejemplar contiene además de la particularidad de su antigüedad otras curiosidades que quedaron en sus páginas posteriormente porque figuran en ellas las firmas de dos clérigos que, evidentemente, fueron sus propietarios en determinados momentos de sus vida por razón de su condición de sacerdotes que debieron utilizarlo para aquellos oficios religiosos. En la primera de las rúbricas aparece el nombre de un Fray Juan de la Puebla, con toda probabilidad religioso que formó parte, en algún momento (desde luego después de 1723 fecha de la impresión del librito), de la comunidad franciscana del Convento de San Antonio de Gáldar, aunque en la larga nómina de estos frailes que aparece en el libro del P. Diego Inchaurbe no consta, porque recogió solamente los que fueron provinciales y superiores de los conventos de las islas y los que habían fallecido en sus periodos respectivos.
La otra firma pertenece a Ignacio Mederos y Oliva, un presbítero nacido en Gáldar en 1841 y fallecido allí en junio de 1902 cuando vivía en la calle Guayres, al que se le descubre como párroco de Agüimes en 1777 cuando mandó construir el púlpito de aquella iglesia y del que se sabe fue, al parecer, coadjutor en la iglesia de Santiago de Gáldar en la época en que era párroco José Romero, además de gran amigo del deán José López Martín con el que aparece en algunas fotos conocidas, notándose igualmente su presencia en la vecina iglesia guiense, suponemos que como ayudante o coadjutor, pues allí aparece su rúbrica en algunos documentos. Ignacio Mederos fue tío de un famoso sochantre que tuvo la iglesia galdense llamado Juan García Mederos.
GRILLO. Un relato de Braulio G. Bautista
Un relato de Braulio A. García
A Grillo lo encontramos Celia- mi pareja de entonces- y yo, en la Carretera de Canillejas a Vicálvaro, un día que salimos con la intención de hacernos con un perrito y estábamos tratando de localizar a una protectora de animales situada en algún lugar entre esos dos barrios madrileños. El pobre estaba junto a un taller mecánico en actitud mendigante, con el rabito metido entre las patas y las orejas gachas.
GRILLOUn relato de Braulio A. García
A Grillo lo encontramos Celia- mi pareja de entonces- y yo, en la Carretera de Canillejas a Vicálvaro, un día que salimos con la intención de hacernos con un perrito y estábamos tratando de localizar a una protectora de animales situada en algún lugar entre esos dos barrios madrileños. El pobre estaba junto a un taller mecánico en actitud mendigante, con el rabito metido entre las patas y las orejas gachas. Al interesarnos por él, nos dijeron los del taller que probablemente alguien lo habría abandonado y que se mantenía por allí porque ellos le daban un trozo de pan de vez en cuando, que si lo queríamos, nos lo podíamos llevar sin problema, que mejor estaría en nuestra casa que cerca de aquella carretera con tanto tráfico.
Celia lo llamó y, sin abandonar su actitud sumisa, vino trotando ladeado, como lo hacen todos los cachorrillos, hasta nuestro coche. En sus ojillos legañosos traía encendida la esperanza de haber encontrado a unos buenos samaritanos dispuestos a matarle un poco el hambre. “Pobretico, ¿nos lo llevamos?” – me preguntó la granaína mientras recibía cien mil lametazos del perrillo-. Cuando lo cogí para meterlo en mi Dodge Dart del año catapún, “me di de cuenta” que el pobre esta “lisiadito” de pulgas y pringado- o emporcado- de hocico a rabo.
Nada más llegar a casa, lo metimos en la tina y lo bañamos a conciencia para descubrir, después de cuatro o cinco enjabonadas y otros tantos aclarados, que además de pulgas y de la costra de grasa y tizne del taller, también portaba un buen número de bien aferradas garrapatas. Lo secamos vigorosamente entre los dos para que se le quitara el tembliqueo- estábamos en invierno- y le arrancamos con unas pinzas, una a una, un par de decenas de esos asquerosos ácaros. Entonces, ¡oh milagro!, empezó a emerger ante nuestros ojos una preciosidad de unos tres meses de edad, de color negro azabache, ojos vivaces, y unas patas enormes que acababan en unas almohadillas también desproporcionadas, lo que me hizo pensar que el jodío iba a ser grandecito. Mientras devoraba con glotonería una escudilla de leche tibiecita con pan en remojo, decidimos llamarlo Grillo, haciendo honor a su color.




