La red

RELATOS e-REALES

La red

por Javier Estévez

La sangre no llegó al río. Pero no porque no la hubiese, que la hubo y a litros, sino porque en el pueblo solo había dos barrancos pedregosos, secos e inútiles a los que fueron a desembocar los hilos de sangre guiados por las pendientes de las calles y la oscuridad húmeda de sus callejones.

Sin embargo, unas horas después de asegurarle al alcalde que pronto todo se tranquilizaría, los vecinos se acusaban recíprocamente de hipócritas, hideputas, meapilas, golfas y lameculos. El inspector, que no entendía nada de lo que pasaba, llamó a su despacho a su ayudante Molina para que le explicara qué demonios era aquello de muros, mensajes y perfiles que tanto gritaban unos y otros. El feisbu, señor inspector, el feisbu, le comentó mientras abría en su ordenador la aplicación, entraba en su perfil y le mostraba entusiasmado quiénes eran sus amigos y cómo podía comunicarse con ellos e intercambiar fotos, música o artículos. El asombro que había dibujado en su cara el inspector mientras seguía la explicación de su ayudante lo acompañó con un colérico, vaya estupidez, por dios, y con una pregunta que escondía una advertencia evidente: ¿no estará, Molina, usando esa tontería en el trabajo, verdad? El inspector decidió obviar la titubeante negativa del ayudante y le pidió que le explicara lentamente qué estaba sucediendo entonces. Bien, comenzó dubitativo el ayudante, lo que sucede es que antiguos mensajes privados, conversaciones íntimas que tenían en esta aplicación unos amigos con otros, aparecen ahora visibles en los muros de todos sin que se puedan eliminar. Y claro, al salir a flote toda la cloaca verbal que estaba oculta en las alcantarillas de cada ordenador se ha armado la de San Quintín. Para que usted me entienda, inspector, es como si yo solicitara su amistad, usted la acepta y desde que se da la vuelta, y sin que me oiga, por supuesto, le digo de todo menos bonito. Pero por un descuido mío, o por lo que sea, usted va y se entera. El guantazo que me mete me pone en Santa Elena, exageró ostensiblemente el ayudante. ¿Me entiende, no? No, Molina, no. No entiendo nada, NA-DA, dijo con énfasis el inspector. Pero es que nos hemos vueltos todos gilipollas en este país o qué, Molina, espetó indignado. Valiente estupidez me acaba de contar. Yo, inspector, trataba de explic....Sí, Molina, sí, le interrumpió mientras se servía su cuarto café de la mañana. No me refería a usted, hombre, sino a esa guerra civil que tenemos en las calles y que no tengo ni puta idea de cómo la vamos a detener, carajo. Al parecer, ahí fuera, dijo señalando enérgicamente hacia la puerta de la comisaría, ahora mismo hay hermanos dándose garrotazos, amigos de toda la vida que ciegos de ira se rajan a navajazos, compañeros de trabajo que se azotan sin miramientos, mujeres histéricas que se tiran de los pelos y se abofetean con ambas manos mientras sus hijos se lían a trompazos y patadas. Medio pueblo, Molina, parece que medio pueblo le ha declarado la guerra a la otra mitad. Un silencio de derrota se instaló en la habitación. Cortemos la conexión a internet, inspector, sugirió con los ojos abiertos el ayudante. Muerto el perro, se acabó la rabia, concluyó con una sonrisa ostensible que esperaba la reprobación de su superior. Póngame en contacto con el director general de la compañía telefónica, Molina, urgentemente, se limitó a ordenar el inspector. Rápido, no hay tiempo que perder.

Tres días después del corte de la conexión – habían justificado la interrupción del servicio alegando reformas urgentes en el cableado –, el pueblo parecía haber regresado a la atonía que tanto había cultivado durante años. El inspector Reina, mientras apuraba un cigarro a la puerta de la comisaría, seguía pensando no sólo en quién podía estar detrás de semejante sabotaje sino que se preguntaba obsesivamente el por qué. La dirección de comunicación de Facebook, a petición de la compañía de teléfonos, había notificado que sus ingenieros informáticos tras investigar el caso no habían visto fallo alguno en la aplicación. Entonces, comentó jocosamente el ayudante Molina cuando terminó de leer el informe, ahí fuera hay alguien que conoce todas y cada una de las contraseñas de acceso que hay en este pueblo y que se ha divertido de lo lindo viendo la que montó.

En ese instante, frente a la comisaría, un joven mal vestido, de piel cetrina y melena generosa esperaba sentado en la parada. El inspector, antes de tirar la colilla a la carretera que los separaba, lo reconoció y pensó en el tiempo transcurrido desde que se vieron por última vez. Era un chico tranquilo, pero ciertamente raro. Su temprana afición por la lectura y la informática lo habían aislado del resto de los jóvenes. Era una isla en el pueblo, pensó el inspector. No le conocía amigo alguno e incluso lo había visto varias veces regresar cabizbajo a su casa porque los chavales y su afilada maldad se burlaban airadamente de él. Qué pena, sentía el inspector mientras lo observaba. El joven descubrió al inspector al otro lado de la vía, mirándolo frente a él. Al coincidir las miradas, el inspector lo saludó alzando la mano que aún retenía absurdamente la colilla apagada y aplastada en el muro de entrada de la comisaría. El joven, sin saludarlo, se levantó de inmediato del asiento de la parada y caminó apresurado calle arriba. El fuerte viento, que soplaba en dirección contraria, levantó su melena e impidió, pensó el inspector, que oyera su nombre al llamarlo reiteradamente. Al marcharse de forma tan precipitada se había dejado atrás una carpeta que recogió el inspector cuando la ausencia de coches le permitió cruzar la calle. Regresó a la comisaría con la carpeta bajo el sobaco y se encerró en su despacho. No me pase llamadas, Molina, le advirtió por la línea interior. Antes de sentarse, puso la carpeta sobre la mesa y cerró la ventana con lentitud. Empezaba a lloviznar y el viento frío e insistente que se había levantado  había conseguido estropear la tarde, pensó. Volvió sobre sus pasos y cogió la carpeta de la mesa. La abrió y dejó caer sobre la mesa un documento grueso y encuadernado. Cayó al revés, así que le dio la vuelta y descubrió un título, largo y complejo según intuyó el inspector. Se puso sus viejas gafas de carey y leyó con asombro creciente: Violación de la privacidad y agresividad física y verbal a través de las redes sociales. Resultados en un pueblo menor.

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RELATOS e-REALES. Todo es extraño. Por Javier Estévez

RELATOS e-REALES

Todo es extraño


Por Javier Estévez

 

Están muertos. Y sin embargo ahí figuran, en medio de la calle, hablando
entre ellos. Paso a su lado, se callan, se giran despacio y me miran.
Para mi sorpresa, todos me saludan, repitiendo los mismos gestos que
hacían cuando aún estaban vivos.  La calle está desierta y las casas
permanecen cerradas. Puertas y ventanas. Aún así, tengo la sensación de
que alguien me espía, oculto tras las paredes, aguantando la
respiración.
RELATOS e-REALES

Todo es extraño


Por Javier Estévez

Están muertos. Y sin embargo ahí figuran, en medio de la calle, hablando entre ellos. Paso a su lado, se callan, se giran despacio y me miran. Para mi sorpresa, todos me saludan, repitiendo los mismos gestos que hacían cuando aún estaban vivos.  La calle está desierta y las casas permanecen cerradas. Puertas y ventanas. Aún así, tengo la sensación de que alguien me espía, oculto tras las paredes, aguantando la respiración. Por las fachadas  escalan rápidas las sombras que hasta hace un momento dormían en el asfalto y sobre las azoteas, el cielo es un desfile sin orden de nubes que chocan torpes entre sí. Unos pasos que se acercan devuelven mi atención  a la calle. Es esa mujer de andar obstinado y trajes desmedidos con su carpeta de cartón asida fuertemente bajo el brazo. Me mira con los mismos ojos perdidos de los que miran el vacío y sigue su camino cuesta abajo, envuelta en su peculiar indiferencia.

Tras el eco cada vez más débil  de sus pasos se instala un silencio ancho, como de madrugada. Me detengo y tan pronto cierro los ojos para escuchar ese hermoso instrumento que es el silencio, irrumpe un viento inesperado que trae consigo una bulla lejana, una confusión de voces, gritos y lamentos que por más que me esfuerce no consigo situar. Reanudo mis pasos con la extraña certeza de no saber hacia dónde voy. Siento  angustia y comienzo a correr como si huyera de esa tremolina imprevista a través de un espacio repleto de líneas rectas y rectángulos irregulares. La ciudad en la que vivo se ha convertido en un dédalo de calles que no conozco y que crecen y crecen sin ofrecer salidas para nadie.  Tengo la impresión de no saber dónde estoy.

Me adentro en un estrecho callejón y me detengo sorprendido al descubrir que el viento que me persigue es incapaz de entrar en él.  Cuando me giro, tras el paso definitivo del viento, asisto a la insólita irrupción de un árbol en mitad de  este río de adoquín y silencio. En tan solo un instante, el árbol alcanza tal altura que para ver su copa debo hacer pantalla con la mano. Aún así, me deslumbran los rayos que consiguen filtrarse entre sus ramas.  Aturdido por la luz, regreso la vista abajo, donde la hierba tan pronto verdea como se agosta en las juntas geométricas de los adoquines, apareciendo aquí y allá, dibujando caprichosas líneas en el pavimento de basalto ennegrecido.

Sorteo el tronco del árbol con dificultad creyendo haber visto tras el ramaje un velero que navega solitario sobre la línea del horizonte. Creo alcanzar el mar pero desemboco en una plaza irregular que para mi sorpresa se desplaza y gira sobre el mar que la rodea. Los árboles plantados en sus parterres están intensamente florecidos. Me emociono ante semejante belleza.  Ahora me envuelve una luz ahogada como de océano viejo. Solo se oye el zumbido intenso de las abejas mientras copulan lujuriosas en las corolas encendidas.

Sobre la plaza, el cielo es tan pesado que el mar comienza a sacudirse y a retirarse de las calles dejando tras de sí una extensa bajamar poblada de fachadas ennegrecidas por el hollín de los incendios. Las casas tienen sus vientres reventados y en las  aceras se acumulan montañas de cristales rotos donde los pájaros picotean con sorprendente fruición. Levanto la mirada y veo a una señora que se desgañita desde un balcón gritándole a nadie, no te vayas, por favor, quédate.

Regreso a mi casa con la sensación de estar atravesando un lugar abandonado, recién desalojado. Bajo la luz mortecina de las farolas, mientras asciendo por las calles que se llenan de sonidos de viejos galopes y ruedas que giran y sacuden el firme polvoriento, voy dibujando con mi dedo índice las siluetas de las casas, las escamas de los tejados, las torres afiladas y las palmeras solitarias que a lo lejos se balancean junto a los últimas suspiros del atardecer.

Llego a casa y todo está vacío. No hay nada ni nadie.  Solo encuentro en el suelo de mi habitación un periódico abierto con páginas llenas de rectángulos. Parecen esquelas. Mientras camino hacia el periódico me sobrecoge entonces una súbita aprensión: sospecho que mi nombre figurará escrito en una esquela, la más grande, ésa que ocupa la mitad superior de la página derecha. Sin embargo, unos pasos antes de alcanzarlo, un soplo de aire que corre por los pasillos  alborota las hojas alterando ahora el orden de las páginas. Cuando por fin tengo el periódico en mis manos, lo hojeo y solo veo páginas  vacías, que en blanco y llenas de polvo no dicen nada. Siento, por primera vez en mi vida, que estoy solo, absolutamente solo. 

Ahora estoy sentado y confuso en un banco que roza la pared y desconcha el sucio enlucido. Llevo varias horas pensando que últimamente todo lo que sucede a mi alrededor es extraño. Como si estuviese soñando.



ASESINATO EN MI CASA. Un relato de Braulio G. Bautista

"Asesinato en mi casa"

Un relato de Braulio A. García

Me acabo de enterar, con absoluta consternación, que en
mi casa se ha cometido un asesinato repulsivo: alguien ha matado, de
forma innecesariamente cruel, a la gallina negra del pescuezo pelao, la
'única que estaba poniendo, religiosamente, cada dos días.
 

ASESINATO EN MI CASA
Un relato de Braulio A. García

Me acabo de enterar, con absoluta consternación, que en mi casa se ha cometido un asesinato repulsivo: alguien ha matado, de forma innecesariamente cruel, a la gallina negra del pescuezo pelao, la 'única que estaba poniendo, religiosamente, cada dos días. Probablemente la víctima fue sorprendida fuera del espacio vallado dedicado a las aves de corral y abatida por el malhechor, o malhechores, antes de que pudiera cacarear pidiendo auxilio.


Cuando la persona que se encarga del cuidado de la casa en mi ausencia descubrió la horripilante escena, de inmediato dio cuenta a la Guardia Civil. Llegaron varias parejas del Seprona, avisaron al juez y procedieron al levantamiento de las pocas plumas que quedaron de la occisa.



Como sospechosos principales, aunque todavía sin imputación, figuran Chacha y Rebenque García, los perros guardianes de la casa, dos elementos con bastantes antecedentes. 


En el prontuario de estos dos personajes figuran delitos tales como ataques sangrientos a dos inocentes ovejas pelibuey; asesinatos de varios gatos de la vecindad; e intento de asesinato en la persona de un ratón erizo, hecho que no pudieron consumar gracias a las afiladas púas del asustado roedor.

Estos dos peligrosos delincuentes, haciendo gala de un cinismo malévolo, han tratado de implicar a Gara, la chihuahua centenaria (ya saben la proporcionalidad: 7 años por cada año de vida humana) pero 'esta se defendió aduciendo que "cómo diablos iba ella a ultimar a una gallina que la dobla en estatura y peso y que todo el corral sabe que era un animalito de reconocida malaleche". Además adujo que, con sus achaques y su artritis, ya no puede correr ni tras su propia sombra. No quiso, sin embargo, implicar a los American Bulldogs, probablemente por miedo a represalias, y guardó sepulcral silencio cuando se le preguntó si había observado algo anormal el d'ia de los hechos, aunque su lenguaje corporal y sus titubeos, indican que muy probablemente presenció el execrable crimen.

Los American Bulldogs han elegido como defensor al letrado Don Simplicio del Rosario (o sea, que se vayan preparando con la cuenta) quien de inmediato invocó la presunción de inocencia para sus clientes. Como fiscal actuará el abogado Antonio Aguiar, conocido por su enorme parecido con el televisivo letrado Javier Nart.

Hasta que los del Seprona logren conseguir pruebas que incriminen claramente a los cánidos (para lo cual han estado recogiendo bastantes huellas dactilares en el lugar de los hechos; algunas muestras de fluidos bucales, como salivas o babas de gusto, extraídas directamente de los despojos de la desventurada plumífera, en las que se buscará el ADN de los criminales; y también sabemos que están a la espera de que el juez autorice la utilización del polígrafo para someter a Chacha y a Rebenque al infalible Detector de Mentiras) el juez de guardia del Juzgado Número 1 de lo Perruno, ha decretado el secreto del sumario enterado de que los sospechosos ya habían pactado aparecer en algunos programas de televisión amarillista, por lo que pensaban cobrar una buena pasta.

Se estima que el juicio puede durar más que el de Camps y el de Garzón y que levantará más expectación que los prolegómenos del caso contra Unbobilín, digo Unrobalín, es decir, Undargarín.

Preguntado el padre de los sospechosos (o sea, yo) sobre que opina de la posible imputación a sus dos hijos en este horripilante asesinato, dijo (o sea, dije) con voz entrecortada:

“Si se demuestra que son culpables, que caiga todo el peso de la Ley sobre mis muchachos… la desaparición de la gallina del pescuezo pelao me va a obligar a comprar huevos… y eso, tal como está la cosa, significará un golpe bajo a mi ya debilitada economía… En todo caso, igual que lo ha hecho su letrado, pido que se respete el derecho a la presunci’n de inocencia de mis hijos… quienes sí, son algo violentos, lo admito, pero no lso creo capaces de llegar a matar a nadie… por pura diversión”

Les mantendremos informados de lo que podamos saber sobre la marcha de la investigación y de la posible causa, si se llegara a acusar formalmente a los dos sospechosos.




LA INYECCIÓN. Un relato de Braulio G. Bautista

LA INYECCIÓN
Un relato de Braulio A. García
 

 El
propietario de un afamado restaurant en New York, un cubano jaranero y
listo como el hambre, que había llegado en su tardía juventud a la Yuma
con una mano detrás y otra delante, me contó, después de múltiples
libaciones, mientras estábamos acodados ante la bien surtida barra de su

LA INYECCIÓN
Un relato de Braulio A. García

El propietario de un afamado restaurant en New York, un cubano jaranero y listo como el hambre, que había llegado en su tardía juventud a la Yuma con una mano detrás y otra delante, me contó, después de múltiples libaciones, mientras estábamos acodados ante la bien surtida barra de su negocio, un día que nevaba copiosamente sobre Mahattan, una historia que me horripiló y me produjo un dolor reflejo, solidario, en la entrepierna.

El hombre andaba ya en los setenta y se había enamorado como un burro de una hispana mucho más joven que vivía en Queens, el populoso barrio al otro lado del río Hudson. En esa época aún no habían fármacos en forma de pastillas azules para remediar la disfunción eréctil, así que nuestro amigo, babeando de deseo, antes de ir a visitar a su adorado tormento, tenía que ir a la consulta de un médico, quien, a cambio de la nada módica cantidad de $350 "dólOres" –nunca mejor dicho- le aplicaba una inyección “dolArosísima” en donde ustedes ya se pueden imaginar, que hacía que su hibernado órgano reproductor recobrara la lozanía perdida y se pusiera en paralelo con el frío suelo.

El efecto de la cruel inyección duraba como mucho una horita, así que el hombre, una vez clavado en todos los sentidos, tenía que salir disparado para Queens cruzando el Queensboro Bridge, e irse desnudando, prácticamente, en el mismo taxi, para, en llegando a su destino, entrar como una exhalación en la casa de la complaciente amiguita y cumplir como todo un veterano campeón, vencedor de mil batallas libradas en cientos de camas, a lo largo de su apasionada vida.

La muchacha en cuestión, damisela divorciada cercana a la cuarentena, ignoraba el sacrificio que mi amigo, hoy ya fallecido, tenía que hacer para poder estar a la altura de las circunstancias, así que no entendía las urgencias de éste… ¿cómo es posible que pretendiera ponerse a la labor en cuanto atravesaba el umbral de la puerta de su apartamento?... Él argüía que tenía una cita muy importante de negocios luego, y que no tenía tiempo para nada… Entonces ella se quejaba, amargamente, de que sólo pensaba en él… y, con voz melosa, le explicaba, como si él fuera un jovenzuelo que se inicia en el jeugo del amor, que una mujer precisaba de unos prolegómenos, más o menos largos, para compartir la predisposición a la cosa del ayuntamiento.

El hombre trató de buscar un médico por Queens, se pateó todita la otra ribera del Hudson, pero ninguno de los que consultó se prestó a inyectarle. Le podían prescribir la medicina, pero no se la aplicarían… Pensó en pedírselo al taxista dominicano que siempre lo transportaba, pero ¿cómo explicarle al tipo que necesitaba que tomase entre sus rudas manos “su cosita”… aunque SÓLO fuera para clavarle una aguja hipodérmica?... seguro que le contestaría en esa simpática jerga de su cálido país:

"Oh, Oh... ¡Ofrecome Virgen de la Altagracia!.... ¿pero qué vaina e eta?... ¿Ute eta hablando en serio, Don?"

La gota que colmó el vaso de su frustración cayó un aciago día en que se dirigía a Queens después de recibir la maldita inyección y se produjo un accidente en el puente. Una rastra había patinado y obstaculizaba todos los carriles del Queensboro Bridge en la dirección donde le esperaban los ardorosos brazos de su joven amada. Y, encima, el enorme vehículo portaba algún tipo de mercancía peligrosa y las labores de recuperación de las vías debían de ir, forzosamente, despacio... muy despacio ¡Y él estaba atrapado justamente en medio del jodido puentecito!

A medida que transcurrían los eternos minutos metido en aquella cárcel amarillo chillona, mientras el chofer del taxi escuchaba distraídamente un juego de pelota (beisbol), mi amigo sintió que algo le languidecía poco a poco en su entrepierna…

Cuando por fin se reanudó de nuevo la circulación del puente, habían pasado casi dos horas y, fatalmente, su miembro viril había vuelto a su estado de hibernación habitual… Así que ni se detuvo en la casa de su amada.

Aquella noche alguien le dijo que en Miami había un médico chileno, de origen árabe- al que llamaban “El Terrorista” porque era el que más “bombas” ponía en la Capital del Sol- que seguro le podría solucionar su problema. La broma tenía su justificación: el galeno chileno se había especializado en poner unos implantes en sálvese la parte, que se erguían, despertaban, cuando recibían aire insuflado por una bombita dispuesta en unos de los testículos del paciente… que la operación no entrañaba mayores riesgos y que en unas semanas, una vez todo cicatrizado, se podía desarrollar toda la actividad sexual que uno quisiera o demandara la contra parte.

Lamentablemente, después dos semanas de mal justificada ausencia, cuando el hombre volvió exultante de Miami a tocar en la puerta de la ninfa dueña de sus eróticos sueños, ya ésta había encontrado a otro caballero igual de rico, pero mucho menos apurado que él…

Desde entonces, me dijo,  él trataba de rentabilizar su implante, porque le había costado un egg y la mitad del otro, pero me aseguró que no era lo mismo… “¡Ninguna como mi muchachita de Queens!… ¡Ojalá pudiera volver con ella aunque tuvieran que ponerme dos mil inyecciones ya sabes donde y, de ñapa, también en mis arrugaditos congojos!
Como decimos en Canarias: “La Jodienda no tiene Enmienda”.



La buena samaritana (RELATOS e-REALES). Por Javier Estévez

RELATOS e-REALES

"La buena samaritana"



Por Javier Estévez


La ventana de mi habitación está siempre abierta. Así puedo ver el azul
del mar, tenso hasta el horizonte en los días espléndidos sin nubes, y
la luz dorada que se pulveriza casi todas las tardes sobre él. Pero no,
no creas que soy como esos escritorzuelos de tres al cuarto y todo ese
poeterío de ciudad que tan pronto pronuncian la palabra mar parece
caérseles las babas al suelo.
RELATOS e-REALES

"La buena samaritana"


Por Javier Estévez

La ventana de mi habitación está siempre abierta. Así puedo ver el azul del mar, tenso hasta el horizonte en los días espléndidos sin nubes, y la luz dorada que se pulveriza casi todas las tardes sobre él. Pero no, no creas que soy como esos escritorzuelos de tres al cuarto y todo ese poeterío de ciudad que tan pronto pronuncian la palabra mar parece caérseles las babas al suelo. No. A mí el mar no me emociona.  Además, si estoy aquí no es para hablarte de las vistas que disfruto o del olor a redes, musgo y algas que inunda la casa cada bajamar, sino de él, de ese hombre que desde hace dos meses yace en la cama de mi habitación con la boca amarga y entreabierta  como la de un pez que agoniza.

Hace  muchos años –me parece más cercano  el horizonte que ultima el paisaje que ese tiempo ya vivido- estuve enamorada de él. Por entonces me embelesaba su figura esbelta y proporcionada y sus ojos oscuros y profundos, como el mar cuando deja de ser mar para ser océano. Jóvenes nos casamos y jóvenes nos distanciamos. Tan pronto supo que de mi vientre no saldría fruto alguno, se alejó de mí.  Con apenas veinte años ya andaba por el mundo sola, fría y sin afectos. Solo me acompañaba la ignominia, el abandono y la deshonra. Tuve que aceptar que lo mejor era fingir una indiferencia recíproca. La casa dejó de ser un hogar para convertirse en un puerto más para él, una parada obligada a la que acudía a recoger algún efecto personal, acaso algún que otro recuerdo; pero nada que estuviera vivo, que fuera inseparable de él. Su casa fue una escala trivial entre el mar y ese sucio prostíbulo donde creía encontrar lo que no quiso buscar más en mí.

El  mismo odio que sentí hacia mi propio cuerpo lo volqué hacia los demás. No quise ver a nadie. Nunca más. Luego, se sumó la vergüenza. Mis hermanas trataban de consolar mi angustia con palabras disfrazadas de ternura pero con el tiempo se acostumbraron a mis llantos momentáneos. Pronto cesaron sus palabras de aliento y sus abrazos. Entonces la vergüenza fue mayor porque era evidente que más que producirles lástima les tenía que resultar ridícula. En mi hundimiento alcancé el epicentro de la humillación.

Hasta que una tarde de invierno la borrasca que se anunciaba desde hacía varios días trajo consigo no solo la lluvia y el viento que se esperaba. Una apoplejía había obrado el milagro: regresaba a casa para siempre. Es cierto que eran las circunstancias y no su voluntad quien lo había traído de vuelta, pero no me importaba porque ya no abandonaría jamás su hogar. Aún recuerdo al médico, que en su primera visita me imaginó hondamente afligida  y me miraba y trataba de animarme con palabras tan extrañas para mí. Me hablaba reiteradamente de fortaleza y apoyo familiar. Sin embargo, una vez, antes de marcharse definitivamente, dijo algo que se grabó a fuego en mi memoria. Con un tono más propio de cura que de médico me indicó, mientras nos dirigíamos a la puerta, que a pesar de la insensibilidad de sus músculos, su alma no era impermeable a la emociones. A pesar de su estado, concluyó antes de despedirnos, aún era capaz de sentir. Y de sufrir también, pensé tan pronto cerré la puerta.

Al llegar a la habitación percibí rápidamente lo paradójico de la situación. Tras muchísimo tiempo volvíamos a estar solos él y yo pero ahora el escenario era distinto. Los papeles se habían invertido: a partir de ahora quien permanecería inmóvil sería él y quien dispondría de plena libertad de movimiento iba a ser yo.  Recuerdo lo primero que sentí al verlo postrado ante mí: tuve ganas de abandonarlo, de dejarlo allí en la cama, sin aseo, que se acostumbrase a vivir entre sus orines  y excrementos. Recuerdo incluso que pensé en darle de cenar las sobras que les ofrecía cada noche a los perros que por entonces vagabundeaban por las calles de esta ciudad. Para su suerte, tuve que abandonar esta idea. No por compasión hacia él sino porque las futuras visitas de las asistentas sociales podrían poner en peligro la ayuda que en breve comenzaría a cobrar.

Una mañana abrí la ventana y el sonido inesperado del mar inundó toda la habitación. El violento bramido del océano embistiendo contra las rocas causó una inesperada excitación en él.  Su respiración se hizo más sonora. Empezó a jadear y a parpadear con más frecuencia e intensidad. Entonces comprendí al instante por qué decía mi madre aquello de que es el diablo quien realmente da las llaves del cielo.  

Dejé la ventana abierta, caminé despacio hacia la cama y me tendí junto a él. Lentamente, comencé a desabrocharme la camisa. Él me miraba de soslayo. Con la camisa semiabierta me incorporé y acerqué mi rostro al suyo, tanto que nuestros hálitos se mezclaron hasta formar un solo aliento. Estaba nervioso. Terminé de  desabrocharme la camisa, pero de manera aún más lenta. Sentí su excitación entre mis piernas. Entonces acerqué mis pechos a su boca pero cuando él trató de morder mis pezones los retiré sutilmente de su alcance. Una y otra vez. Yo también estaba excitada: mi sexo estaba húmedo. Mucho. Tanto que en la habitación ya no olía a mar. Ahora flotaba entre nosotros el penetrante olor de mis fluidos. Mi ardor aumentó hasta tal punto que me desnudé y al verme otra vez desnuda junto a él sentí que mi cuerpo volvía a tener algo de personal, de único, de inimitable. No era el más vulgar de los cuerpos como había llegado a pensar sino todo lo contrario, era extraordinario, hermoso, bello. Monté sobre uno de sus muslos y empecé a frotar suavemente mi pubis. Cerré los ojos y sentí como desde lejos se aproximaba una forma de placer que creía ya perdido y olvidado. Cuanto más aceleraba mis movimientos más aceleraba su llegada. Traté de prolongar varios minutos aquel júbilo inmenso que se extendía por todas las partes de mi cuerpo. Hasta que mi grito anunció la liberación definitiva de aquel gozo indescriptible, de aquella alegría física y espiritual. Unos segundos después volví a abrir los ojos y lo vi llorar como solo lloran los hombres cuando se ahogan en el charco en el que se han convertido sus días. Ya ves, justo cuando yo volvía a la vida, la suya parecía tocar su fin.

Hoy ya no siento ni odio ni vergüenza y en la casa solo habitan sus lamentos. Cada día  paseo sola hasta los muelles donde termina la ciudad vieja, allí donde la luz se desploma inevitablemente cada atardecer. A mi paso, algunos hombres me reconocen y oigo que murmuran algo entre ellos. Sé que hablan de mí. Y sé, también, que desde el pasado invierno me conocen por Inés, la buena samaritana.

San Roque, marzo 2012


ALBERTO CONTADOR. Por Braulio A. García

ALBERTO CONTADOR


Por Braulio A. García

En uno de mis anteriores viajes a La Península subí con
dos de mis nietos, Javier y Macarena (8 y 6 añitos, respectivamente) al
Puerto de Navacerrada en la sierra de Madrid. Debió ser un día entre
semana y en un mes no frío porque no había un alma. Yo prefiero esos
días, a los del tumulto de esquiadores y al espectáculo de los coches
sin cadenas varados en los arcenes llenos de nieve de la sinuosa
carretera.
ALBERTO CONTADOR


Por Braulio A. García

En uno de mis anteriores viajes a La Península subí con dos de mis nietos, Javier y Macarena (8 y 6 añitos, respectivamente) al Puerto de Navacerrada en la sierra de Madrid. Debió ser un día entre semana y en un mes no frío porque no había un alma. Yo prefiero esos días, a los del tumulto de esquiadores y al espectáculo de los coches sin cadenas varados en los arcenes llenos de nieve de la sinuosa carretera.

Como casi siempre, elegí La Venta Arias para comer y en esas estábamos, solitos los tres en el comedor, ante a chimenea apagada, cuando oímos unas voces aparentemente airadas que provenían de la barra, a la entrada del local...

-"¡Que no Campeón, que le he dicho a usted que no!"
y luego, ruido de risas y pasos apresurados... entonces apareció ante nosotros un chico muy delgado embutido en uno de esos trajes de ciclistas de colores estridentes (como para que los vean hasta los conductores más cegatos)... Era Contador quien, con una sonrisa que no le cabía en el rostro, huía de un par de camareros por toda la Venta. Se volvió hasta donde estábamos y nos pidió perdón por irrumpir de aquella manera en el comedor, dribló a los camareros valiéndose de las mesas y salió a la calle gritándoles

-"Gracias muchachos"...

Yo me quedé estupefacto, mis nietos no sabían quién era y estaba tratando de explicárselo, cuando el camarero que nos atendía se acerco preguntándome:

-"¿Sabe Ud. quién era ese chico tan majo?... Contador, el ciclista... ¡es más buena gente!... todo este lío es porque pidió unas botellas de agua para él y otros dos chicos que le acompañan en su entrenamiento y no se las quisimos cobrar... ¡A ver!... ¿cómo le vamos a cobrar unas botellas de agua, con todas las alegrías que nos da?... Pues el muy cabrito nos dejó el dinero en el mostrador y nosotros se lo queríamos devolver... ¡que tipo más salao!... ¡la madre que lo pario!… ¡corre como un conejo!".

No sé nada de ciclismo, pero me parece el más agotador de  todos los deportes, el que exige un esfuerzo más constante y precisa de una determinación y una entrega sin fisuras... - y pensar que yo llegaba asfixiadito al Siete de Guía después de subir la cuestecita del Lomo de Guillén en mi BH negra, mientras esos esforzados atletas conquistan el Tourmalet o el Angliru, luchando contra “la pajara,” para al día siguiente meterse otros doscientos kilómetros en el cuerpo a base de pantorrillas y pulmones-.

Hoy me he enterado, con muchísima pena, que un rígido tribunal deportivo ha condenado a Contador y lo ha despojado de todo lo que ha ganado desde que se le detectó una ínfima cantidad de clembuterol en su organismo. Él pobre muchacho ha dado pruebas de que ama a ese esforzado deporte y ha vuelto a ganar otros premios, seguido de cerca por los huelebraguetas recolectores de meadas, … ¿por qué despojarle entonces de lo que ha ganado limpiamente?... Francamente, no lo entiendo.

Sospecho que las pobres mamás de los implacables y despiadados jueces que lo han condenado hoy, no olerán demasiado bien… Pues bien, yo también quiero sumarme, aún a sabiendas de que las pobres señoras no tienen la culpa, y contando, de seguro, con la anuencia del personal de La Venta de Arias, a ese envío continuo de regalitos escatológicos para esas distinguidas damas, y para toda la parentela de tres generaciones previas, de TODOS y cada uno de los rebenques que tan injustamente han juzgado a un muchacho al que ahora no le cabe la tristeza en la cara.

“Pues no faltaba más”- como diría el mítico Pascual Calabuig-.

P. D. Se me olvidaba comentarles que, ya de regreso a Madrid, vi por el retrovisor interior del coche que Macarena estaba algo pensativa sentada en su sillita llena de amarres,

-¿En qué piensas Maca?

y ella me respondió con otra pregunta:

-¿Abuelo, y dónde llevan el dinero los “biciclistas”?... y, siguiendo el ejemplo de su hermano mayor, se quedó frita casi instantáneamente, antes de que yo me pudiera inventarme algo… porque sabido es que un abuelo tiene el DEBER de contestar a todo.



La duda. Un relato de Javier Estevez

RELATOS E-REALES
La duda

por Javier Estévez

Respiró hondamente tratando de calmarse pero ni aún así consiguió aplacar aquella extraña inquietud. Afuera, tras el ventanal rectangular que enmarcaba un trozo de calle y de cielo, la lluvia caía oblicua y con  fuerza.  Sus dedos tamborileaban sobre la mesa mientras veía cómo  el paisaje se desdibujaba tras las  vírgulas de agua en los cristales.

RELATOS E-REALES

La duda

por Javier Estévez

Respiró hondamente tratando de calmarse pero ni aún así consiguió aplacar aquella extraña inquietud. Afuera, tras el ventanal rectangular que enmarcaba un trozo de calle y de cielo, la lluvia caía oblicua y con  fuerza.  Sus dedos tamborileaban sobre la mesa mientras veía cómo  el paisaje se desdibujaba tras las  vírgulas de agua en los cristales.  No conseguía decidirse y el tiempo apremiaba. Cada vez más. En unos días debería exponer  los resultados de su investigación no solo al equipo directivo de la fundación sino también  a los medios de comunicación que se habían convocado. Sabía que  si revelaba  aquel secreto que hasta entonces nadie conocía y que ni tan siquiera sospechaban, su notoriedad estaba garantizada y que gracias a las numerosas entrevistas que concedería posteriormente su proyección profesional se consolidaría definitivamente a pesar del oscuro panorama que la incertidumbre actual dibujaba.

Desde que le encargaron la catalogación de toda  la obra de aquel fotógrafo, que la fundación cultural para la que trabajaba había adquirido tan solo unas semanas después de su repentino fallecimiento, sabía que se le había presentado no solo la oportunidad de ser el primer investigador que estudiaría en profundidad toda la  producción de uno de los artistas más prestigiosos y populares de la isla sino que la posterior difusión de todo el legado que ya se acumulaba en los archivos de la fundación era un filón económico e intelectual incuestionable.

Tan pronto comenzó a digitalizar los negativos dividió su obra entre las imágenes de carácter artístico y aquellas otras que tenían un cariz más profesional: fotografías de prensa, paisajes rurales y marítimos, eventos públicos y  privados y retratos de familia o individuales que permitieron al fotógrafo disfrutar en sus inicios de unos ingresos humildes pero constantes. No llevaba ni un tercio de su obra más banal digitalizada cuando le llamó la atención la frecuencia con la que aparecía entre los negativos unas instantáneas en las que figuraba siempre una mujer cuyos ojos planetarios y su constante sonrisa le transmitieron desde la primera vez que la vio una agradable sensación de plenitud y de alegría.  

Sin levantar sospechas consiguió averiguar su identidad y con posterioridad supo hasta algunos retazos de su vida que si bien en apariencia podían parecer insignificantes a él se le presentaron como muy reveladores, sobre todo cuando su intuición le sugirió enfrentar la biografía de los dos. Supo entonces que habían nacido no solo el mismo año sino que lo habían hecho en el mismo lugar. Ambos vieron la luz por primera vez en aquella ciudad pequeña de casas bajas y encaladas que gustaba tanto a los viajeros por la altura de sus palmeras, por sus tardes luminosas y la apacible sencillez de sus calles. De su infancia consiguió reseñas sin trascendencia, pero con el resto de datos que obtuvo coligió que fue en la adolescencia, en el momento en el que él comenzó a realizar sus primeros retratos gracias a aquella vieja cámara que le obsequió un fotógrafo holandés antes de regresar definitivamente a su país, cuando él comenzó a retratarla en la distancia, sola o en grupo, pero siempre sin que ella jamás lo supiese.

Tan solo un mes después de que ella anunciara su compromiso con aquel militar de mirada torva, ya había abierto él su estudio fotográfico donde revelaba y encuadernaba los reportajes de boda y bautizos con los que se anunciaba. Ella nunca supo – ni tan siquiera imaginó- que toda su vida había desfilado por su cámara, desde aquellas primeras e inocentes fotos de la adolescencia hasta que aquella epidemia de fiebres que desoló la ciudad durante un verano interminable  separó para siempre lo que nunca antes había estado unido.  

La muerte de ella fue el nacimiento de él como artista. A partir de entonces, retrató febrilmente los rostros de la soledad, el dolor y el fracaso. La crítica comenzó a comentar su obra, y empezó a recibir reconocimientos y premios en museos y certámenes de indudable prestigio. Todos alababan esa inaudita capacidad de fotografiar algo que antes nadie había conseguido retratar: el silencio.  Pero ni tan siquiera la fama internacional consiguió que trasladara su residencia  a las grandes ciudades del continente donde anidaban conjuntamente la cultura y el glamur. Él, sin que nadie llegara nunca a suponer el por qué, prefirió continuar en la isla, en su ciudad natal, en su casa, ese espacio que él mismo definió en la única entrevista que concedió, como el sitio ideal para la vida de un hombre solo y de alma desprendida.  

Afuera la lluvia arreciaba con una fuerza insólita. Abrió su paraguas y encaró calle abajo las rachas violentas de viento y agua. Caminó hasta donde había aparcado su coche antes de entrar en la fundación. Abrió la puerta, se sacudió dentro la lluvia que aún retenía su cabello, giró la llave del contacto y escuchó durante unos segundos la suave cadencia  del motor. Antes de arrancar, accionó el limpiaparabrisas y siguió con su mirada cansada su movimiento pendular hasta que volvió a pensar en el fotógrafo, en ella, en ambos, en el secreto que durante tanto tiempo había pasado totalmente desapercibido y que hasta entonces nadie conocía ni imaginaba y volvió a suspirar con hondura. No sabía qué hacer y no sabía adónde ir. Decidió por lo pronto abrir la guantera y sacar el cedé de aquel cantante canadiense que tanto le gustaba. Su voz, pensaba, era la voz de la melancolía. Buscó intencionadamente una canción y cuando comenzaron a sonar las primeras cuerdas de la guitarra, arrancó el coche y condujo mientras se adentraba con la duda en la inmensa oscuridad de la noche.

San Roque, noviembre de 2011

 


GRILLO. Un relato de Braulio G. Bautista

GRILLO

Un relato de Braulio A. García

A Grillo lo encontramos Celia- mi pareja de entonces- y yo, en la Carretera de Canillejas a Vicálvaro, un día que salimos con la intención de hacernos con un perrito y estábamos tratando de localizar a una protectora de animales situada en algún lugar entre esos dos barrios madrileños. El pobre estaba junto a un taller mecánico en actitud mendigante, con el rabito metido entre las patas y las orejas gachas.

GRILLO
Un relato de Braulio A. García

A Grillo lo encontramos Celia- mi pareja de entonces- y yo, en la Carretera de Canillejas a Vicálvaro, un día que salimos con la intención de hacernos con un perrito y estábamos tratando de localizar a una protectora de animales situada en algún lugar entre esos dos barrios madrileños. El pobre estaba junto a un taller mecánico en actitud mendigante, con el rabito metido entre las patas y las orejas gachas. Al interesarnos por él, nos dijeron los del taller que probablemente  alguien lo habría  abandonado y que se mantenía por allí porque ellos le daban un trozo de pan de vez en cuando, que si lo queríamos, nos lo podíamos llevar sin problema, que mejor estaría en nuestra casa que cerca de aquella carretera con tanto tráfico.

Celia lo llamó y, sin abandonar su actitud sumisa, vino trotando ladeado, como lo hacen todos los cachorrillos, hasta nuestro coche. En sus ojillos legañosos traía encendida  la esperanza de haber encontrado a unos buenos samaritanos dispuestos a matarle un poco el hambre. “Pobretico, ¿nos lo llevamos?” – me preguntó la granaína mientras recibía cien mil lametazos del perrillo-. Cuando lo cogí para meterlo en mi Dodge Dart del año catapún, “me di de cuenta” que el pobre esta “lisiadito” de pulgas y  pringado- o emporcado-  de hocico a rabo.

Nada más llegar a casa, lo metimos en la tina y lo bañamos a conciencia para descubrir, después de cuatro o cinco enjabonadas y otros tantos aclarados,  que además de pulgas y de la costra de grasa y tizne del taller,  también portaba un buen número de bien aferradas garrapatas. Lo secamos vigorosamente entre los dos para que se le quitara el tembliqueo- estábamos en invierno- y le arrancamos con unas pinzas, una a una, un par de decenas de esos asquerosos ácaros. Entonces, ¡oh milagro!,  empezó a emerger ante nuestros ojos una preciosidad de unos tres  meses de edad, de color negro azabache, ojos vivaces, y unas  patas enormes que acababan en unas almohadillas también desproporcionadas, lo que me hizo pensar que el jodío iba a ser grandecito. Mientras devoraba con glotonería una escudilla de leche tibiecita con pan en remojo, decidimos llamarlo Grillo, haciendo honor a su color.

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La noche. Relatos e.reales. Por Javier Estévez

RELATOS E-REALES

La noche

por Javier Estévez

La jornada se acercaba a su fin. Miró a través de la ventana y vio un rectángulo de cielo azul salpicado de algunas nubes peregrinas. Volvió su mirada al interior del despacho, ojeó el listado que estaba ante él y comprobó que tan solo quedaban dos pacientes por pasar.

RELATOS E-REALES

La noche

por Javier Estévez

La jornada se acercaba a su fin. Miró a través de la ventana y vio un rectángulo de cielo azul salpicado de algunas nubes peregrinas. Volvió su mirada al interior del despacho, ojeó el listado que estaba ante él y comprobó que tan solo quedaban dos pacientes por pasar. Se sentía satisfecho no solo por cómo había transcurrido el día, sino por haber tomado la decisión de cubrir la vacante de geriatría que anunciaba el portal de la consejería de sanidad. Además aquel lugar tenía un indudable valor añadido para él: era su pueblo natal y el lugar donde residió hasta los catorce años, cuando sus padres le anunciaron con lágrimas en los ojos que debían dejar el pueblo inevitablemente y mudarse a la ciuda.

El paciente que acaba de abandonar la consulta había dejado la puerta abierta y una mujer apareció en el umbral sin atreverse a entrar. Con un gesto de la mano la invitó a pasar y le sugirió que tomara asiento en la única silla disponible que había en la habitación. Buenos días, dijo la mujer nada más tomar asiento. Buenos días, contestó él sin mirarle mientras subrayaba el nombre y los apellidos que aparecían en la lista trabada en el portafolio y que le permitían no solo confirmar la asistencia de sus pacientes a la consulta sino también algo que era muy importante para él: poder llamarlos por su nombre sin tener que preguntárselo antes.

Cuando alzó la mirada y descubrió aquellos ojos verdes y rasgados que estaban frente a él, no se atrevió a sugerirle que le contara lo que le sucedía porque sintió tal emoción y rubor que no consiguió hablar. Aquella mirada le había traído a su memoria el recuerdo de una mujer que no veía desde su adolescencia, del último verano que pasó en el pueblo antes de emigrar.

Trató de disimular su conmoción corrigiendo su postura en la silla. Sin atreverse a mirarla, sacó el bolígrafo del bolsillo superior de su bata, hojeó sin interés varios folios que tenía sobre su mesa y trazó varios círculos en torno al nombre de la mujer que figuraba en la lista. Cuando finalmente se decidió, alzó con lentitud sus ojos y al reencontrarse de nuevo con su mirada confirmó, sin duda, que la mujer que acababa de recordar era la misma que ahora estaba sentada frente a él.

A ella le debía no solo la primera emoción que sintió ante la revelación de la belleza sino el descubrimiento íntimo y precoz del vigor y la profunda excitación que desprende siempre el deseo.

Ocurrió durante el último verano que pasó en el pueblo. Él ayudaba en una terraza limpiando las mesas y atendiendo a los clientes. Lo recordaba ahora con asombrosa nitidez. Era la semana de las fiestas y en la noche de los fuegos él la vio aparecer sola entre la muchedumbre. Ella se acercó hasta la terraza y permaneció unos segundos de pie mirando qué mesa ocupar. Tenía el pelo color caoba, liso, recogido en un moño alto con la raya a un lado. Llevaba puesto un vestido rojo muy ceñido que acentuaba su piel blanca y la atractiva sinuosidad de su cuerpo. Sus piernas no tenían medias y sus tobillos desnudos descansaban sobre unos tacones altos de color negro. Desde la puerta del local él la seguía con su mirada, embelesado, cuando la voz del encargado interrumpió aquella visión sublime para ordenarle atender la mesa tres. Justo la que ella acaba de ocupar. Al llegar a la mesa la saludó con su timidez de adolescente y comenzó a retirar los cascos vacíos de refrescos y cervezas. Mientras limpiaba el mantel, ella encendió un cigarro y él aprovechó ese momento para mirar de reojo la hondura de su escote y la forma puntiaguda de sus senos. Cuando se irguió para preguntarle qué deseaba tomar vio que sus ojos eran de un color verde inimaginable. Antes de contestar, expiró la calada, apartó el cigarro de su rostro, humedeció su labio superior con la punta de la lengua y le respondió, sin pestañear, que por lo pronto prefería no tomar nada. Esperaba compañía.

Esa noche se acostó con la madrugada avanzada. Entró sigiloso en su casa, se encerró en su cuarto y se tumbó en la cama desnudo. Durante varios minutos permaneció inmóvil sobre las sábanas obsesionado con la imagen de ella. Al principio solo veía sus ojos, pero luego recordó su postura en la silla, el hueco del escote, sus piernas sugerentes y empezó a imaginar su nuca, sus pies frescos y desnudos, sus pechos, la aureola rosada de sus pezones, su boca entreabierta y la lengua humedeciendo los labios. Cada imagen de ella le provocaba una agitación interior, un deseo inédito e incontrolable que empujó a su mano a buscar y encontrar en la oscuridad su miembro húmedo y erecto. Entonces experimentó la delicia del contacto, de la agitación frenética e incontrolable que aceleró su palpitación y agitó su respiración hasta extremos que nunca antes había alcanzado. Tumbado en la cama, sobre las sábanas húmedas por el sudor, tan solo deseó prolongar esa agradable excitación, pero un espasmo eléctrico, una contracción placentera e involuntaria de todo su cuerpo provocó el breve final de la eyaculación.

Nada más terminar notó sus dedos mojados y cómo una sensación de frío y humedad se desplazaba lentamente de su vientre hacia las ingles. Le desconcertó no solo el rápido desvanecimiento de su cuerpo sino la inesperada irrupción de un sentimiento de vergüenza, de arrepentimiento e incluso de miedo. En el colegio salesiano en el que estudiaba les advertían casi a diario de las consecuencias que provoca el ejercicio continuado de aquel vicio solitario. Daba igual que ésta hubiese sido su primera vez. Se había masturbado de forma premeditada y ese acto, que unos minutos antes le había parecido el colmo del placer, se le presentaba ahora como más propio de un animal irracional y de personas salvajes y enfermas capaces de vivir sin moral. Había pecado contra la pureza de su alma.

No pudo conciliar el sueño. Envuelto en las sábanas y en el silencio mortal de la casa se pasó toda la noche encogido, inmóvil como un animal asustado que espera agazapado en el interior de su madriguera. 

El carraspeo de ella lo sacó de sus recuerdos y lo devolvió a la consulta. Volvió a ver sus ojos frente a él y tuvo ganas de sonreír pero su profesionalidad se lo impidió. Cuénteme, dijo al fin, qué le ocurre. Entonces fue ella quien bajó su mirada y de forma indecisa comenzó a confesar que hacía varios días que no podía dormir. Mientras él la escuchaba observó la piel ajada y llena de manchas de sus manos, delgadas, huesudas, y se fijó también en la abundancia de líneas rectas y curvas que arrugaban su cara. Qué injusta e infame es la vejez, pensó. No puedo dormir, repetía una y otra vez ella con la cabeza gacha. Hasta que en un gesto de inesperada dignidad, levantó sus ojos, los fijó en él y casi sin pestañear reveló que pasaba las noches sola y desnuda en la cama, que sentía tanta inquietud y zozobra que no encontraba postura ni para dormir ni para estar despierta. Tengo un miedo atroz, continuó, a cerrar los ojos en la oscuridad de la noche… por si no los vuelvo a abrir nunca más.


San Roque, agosto 2011


El traspatio. Javier Estévez

El traspatio

(relato e-real)

por Javier Estévez

Llevo varios días tumbado en la cama. Lo que no consiguieron los consejos de mi secretaria, quien a diario me advertía que suavizara el ritmo de trabajo y me tomase unos días de descanso, lo hizo una lumbalgia. Apenas puedo moverme y solo me incorporo para ir al baño y a la cocina, donde cada mañana mi madre deja varios tuppers con comida preparada.

El traspatio

(relato e-real)

por Javier Estévez

Llevo varios días tumbado en la cama. Lo que no consiguieron los consejos de mi secretaria, quien a diario me advertía que suavizara el ritmo de trabajo y me tomase unos días de descanso, lo hizo una lumbalgia. Apenas puedo moverme y solo me incorporo para ir al baño y a la cocina, donde cada mañana mi madre deja varios tuppers con comida preparada.

Hasta hace tan solo un momento estaba inmerso en esos océanos de silencio, tumbado boca arriba, mirando el techo con las manos enlazadas tras la nuca y dejándome abrazar por el aire fresco que entra a través de las ventanas que había abierto hacia el traspatio.  Solo se oía mi respiración, profunda, cadenciosa, placentera. Así de relajado estaba cuando comencé a oír a alguien barriendo afuera.  No se oían voces.  Ni pasos. Solo el sonido característico que produce el roce intermitente de una escoba en el suelo.  Quien lo hacía barría con fruición y con empeño, a tenor de lo intensos que llegaban sus barridos a mis oídos. En ocasiones, se pausaba y se oía con gran nitidez cómo arrastraba las macetas por el suelo, como si estuviera cambiándolas de sitio. Luego se reiniciaba de nuevo la tarea que para mi sorpresa ocurría  en mi casa y sin que nadie me avisara previamente.

 Por un momento pensé que serían los vecinos limpiando su azotea. Pero no, no podía ser. Agucé todo lo que pude el oído hasta que me convencí plenamente de que quién coño fuese el que estuviera barriendo afuera, lo estaba haciendo en mi traspatio. No eran mis vecinos y no sucedía precisamente en su azotea.

 Evidentemente, me pudo tanto  la curiosidad como  la incipiente indignación que empezaba a notar dentro de mí. Sentí la necesidad de levantarme y comprobar de una vez quién y por qué habían entrado en mi casa sin aviso ni autorización siquiera. Me levanté con cuidado, muy lentamente, tratando de esquivar el dolor, pero de nada me sirvió pues una punzada terrible me volvió a sentar. Aún así, conseguí alzar mi cuerpo, no sin entornar los ojos por el dolor, meter los pies en las zapatillas y el resto del cuerpo en la bata, y ligeramente encorvado dirigí mis pasos a través del pasillo hacia la puerta del traspatio.

 Afuera, el  sonido no solo continuaba sino que era más nítido cuanto más me acercaba. Alcancé la puerta, agarré el pomo, giré la llave y abrí. En el traspatio no había nadie y no se escuchaba nada. Me sorprendí al ver lo sucio que estaba el suelo, lleno de flores muertas de las diplademias y de hojas secas de los melindros que el viento de la noche había amontonado junto a unas sillas plegadas que estaban apoyadas en la pared.

 Me volví a la cama con más dolor del que sentía cuando me levanté. Me acosté y traté de calmar la lumbalgia con el calor de la manta eléctrica. No llevaba ni un minuto tendido cuando el móvil comenzó a sonar en la mesilla de noche. Lo alcancé sin esfuerzo y miré en la pantalla para saber quién llamaba aunque mi intención era no contestar.  Al ver el nombre de mi tío no dudé un momento y contesté. Él conocía bien mi casa - hacía dos años que yo se la había comprado a él y él a su vez se la había comprado a sus hermanos tras la muerte de su padre, y quizás por esa razón le conté de sopetón la confusión que había tenido con los sonidos que procedían del traspatio. El silencio con el que respondió a lo que le acababa de contar no me gustó.  

- A ver si va a ser tu abuela – finalmente contestó

- ¿Cómo? – pregunté

- Tu abuela – repitió - Era un mujer especial –dijo separando de manera intencionada las palabras mujer y especial - Muchas veces comentaba que desde pequeña ya veía pasar delante de ella a la muerte. Normalmente no la miraba pero una vez entrecruzaron sus miradas y lo que vio en sus ojos le causó tanta impresión que su reacción fue ponerse a barrer el traspatio sin apartar la vista de las losetas. Pensaba que así no podría evitar su paso pero sí al menos su mirada.

- Ahí va – dije tratando de escrutar el grado de verdad que había en sus palabras.

- No exagero un ápice – aseguró - Yo fui testigo directo de lo que  te estoy contando en dos ocasiones. La primera vez fue con mi hermano Juan José. Una tarde llegó a casa muy asustado porque había empezado a orinar sangre en el trabajo.  Lo único que dijo tu abuela fue un escueto, lo sabía, y en vez de llamar al médico me mandó rápido a buscar al cura a la sacristía. Tu abuelo, al oírla, se indignó de tal manera que advirtió que tan pronto el cura pusiera un pie en su casa,  él saldría por la misma puerta. Ella aceptó su voluntad, que era llamar al médico de inmediato, pero ya sabía que lo de mi hermano no tenía solución. Se pasó varios días barriendo y barriendo el traspatio, hasta que Juan José finalmente murió. Tenía una hemorragia interna… ¿Estás ahí? – me preguntó tras instalarse entre nosotros un incómodo silencio.

- Claro - respondí

- Como no dices nada.

- Porque te estoy escuchando – le espeté – Pero sigue, anda, que aún te queda la segunda vez.

- Tuvieron que pasar muchos años hasta que una mañana, al regresar yo del instituto, encontré de nuevo a mi madre en el traspatio barriendo con la misma escoba y con la misma obstinación que mostró cuando el episodio de Juan José. Sin embargo, esta vez no habló. No dijo nada. No soltó por su boca ni deseos ni malos augurios. Solo barría y barría y a pesar de que mis hermanas le preguntaban qué le ocurría, ella siempre les respondía de igual manera: nada. A la mañana siguiente amaneció muerta en el sofá. Murió con los ojos abiertos en exceso, como si hubiese muerto de un susto, y con el puño izquierdo tan apretado que nunca pudieron arrancarle el escapulario que guardaba. Entendieron que era un gesto de última voluntad y así la enterraron, con la mano izquierda cerrada y el escapulario aún en su interior.

 Luego hablamos de otras cosas, todas sin trascendencia, y todas siempre por iniciativa mía pues no me apetecía colgar. Cuando ya no pude dilatar más la  conversación,  se despidió. Al devolver el móvil a la mesilla de noche noté el sudor de mis manos. Estaba acojonado. De repente me puse nervioso. Traté de tranquilizarme. Abrí el libro por donde  estaba el separador de hojas pero volví a cerrarlo al instante al comprobar que no podría leer.  Estaba tan excitado que no lograría concentrarme. Recordé que el médico me había advertido que en mi situación  lo mejor era evitar el estrés y las inquietudes porque una tensión añadida perjudicaría aún más mi ya ajada espalda.

 Ahora mismo  estoy tumbado en la cama, rígido, más dolorido que nunca. Respiro entrecortado, oyendo mi propio estertor, mientras un ramalazo insoportable, un dolor incorregible me inmoviliza contra mi voluntad. El dolor es tan intenso que no me puedo mover.

 Aún así, puedo oír con increíble exactitud cómo alguien acaba de abrir la puerta del traspatio y cómo la ha cerrado con suavidad. Sus pasos avanzan por el pasillo. Sea quien sea, se acerca poco a poco a mi habitación.

San Roque, junio 2011

 


Santa María de Guía

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