El médico guiense Miguel Gordillo y Almeida, en la literatura cubana del siglo XIX

El médico guiense Miguel Gordillo y Almeida, en la literatura cubana del siglo XIX



Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO


En este caprichoso afán de continuar profundizando en la vida y obra de
diversos personajes guienses ilustres que -por unas u otras
circunstancias- hoy se presentan como completos desconocidos en su
pueblo natal, esta vez trataremos de acercarnos a la figura del médico,
periodista, poeta, escritor y geógrafo Miguel Gordillo y Almeida, uno
de los máximos referentes de la literatura nacional cubana del s.XIX.
EL MÉDICO GUIENSE MIGUEL GORDILLO Y ALMEIDA EN LA LITERATURA NACIONAL CUBANA DEL S. XIX

Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO

En este caprichoso afán de continuar profundizando en la vida y obra de diversos personajes guienses ilustres que -por unas u otras circunstancias- hoy se presentan como completos desconocidos en su pueblo natal, esta vez trataremos de acercarnos a la figura del médico, periodista, poeta, escritor y geógrafo Miguel Gordillo y Almeida, uno de los máximos referentes de la literatura nacional cubana del s.XIX.

El Dctor. Miguel Gordillo y Almeida, nace en la ciudad de Guía de Gran Canaria en el año 1809. Siendo aún muy joven, tras concluir sus estudios de pilotaje, emigró a la Isla de Cuba, lugar donde se licenció en Medicina por la Universidad de La Habana (especializándose en Cirugía).

Según escribía José Antonio Pérez Carrión en su magna obra dedicada a los canarios en América (publicada en 1897), el guiense Miguel Gordillo fue uno de los más ardientes y decididos defensores del periódico “El Mencey”, un diario que -como explica Gregorio Cabrera Déniz- fue fundado en La Habana en 1864 para defender los intereses de los isleños establecidos en Cuba. Asimismo, Eliseo Izquierdo en su trabajo sobre los periodistas de las Islas Canarias recoge que Miguel Gordillo y Almeida no sólo fue habitual colaborador de “El Mencey” sino que también llegó a ser redactor del referido periódico.

Por otro lado, en su faceta de escritor, sabemos que Miguel Gordillo fue autor de numerosas publicaciones bibliográficas tales como, por ejemplo: “Compendio de Geografía de España” (1878), “Compendio de la Geografía Física de la Isla de Cuba” (1879), “Compendio de la Geografía de la Isla de Cuba” (1882), etc. En este sentido, según palabras de la estudiosa Paloma Jiménez del Campo, esta última obra -editada en verso- obtuvo un enorme éxito, pues se agotaron dos ediciones y se hizo una tercera considerablemente aumentada que contenía una primera parte sobre nociones generales de geografía y una segunda en la que se define la distribución político-administrativa de la isla incorporando la nueva división en provincias establecida después de la Paz de Zanjón. Además, al margen de estas obras, alguna de ellas rimadas, el Dctor. Gordillo también fue un excelente verseador y poeta, ya que dejó escrita muchísima poesía que fue publicada en diversos periódicos locales de la época.

Pero no hay duda alguna de que aunque Miguel Gordillo y Almeida estaba muy lejos de Canarias, siempre mantuvo una estrechísima vinculación con su tierra de origen, pues hacia el año 1862 -siendo Alcalde de la villa de Guía de Gran Canaria Salvador Martín Bento- nuestro paisano encabezó desde La Habana una iniciativa con el fin de recaudar fondos económicos para la realización de un puente sobre el llamado Barranco de Las Garzas.

Acerca de este asunto, la historiadora Ana María Quesada Acosta nos dice que debido a que en un principio era imposible llevar a cabo la realización de la referida obra de ingeniería únicamente con las donaciones de los ciudadanos residentes en Guía, la Corporación Municipal de entones optó por ampliar la suscripción pública a la Isla de Cuba, lugar donde residía una importante colonia de guienses. De este modo, la comisión cubana estuvo constituida por el Miguel Gordillo, Francisco Rodríguez, Juan Cruz, Blas Falcón y Lorenzo Bento (médico, hijo del insigne poeta guiense Rafael Bento y Travieso), quienes aportaron desde La Habana un total de 14000 reales. En definitiva, como escribía Quesada Acosta, el puente del Barranco de las Garzas (al igual que el llamado Embarcadero de la Playa de Rio, en las inmediaciones de Llano de Parras) fue realizado por el ingeniero Juan León y Castillo, concluyéndose las obras en el año 1866. Así las cosas, en el periódico “El Ómnibus” se publicó que tanto las autoridades como los suscriptores decidieron que debía ser colocada una lápida en él con los nombres de las personas que habían contribuido económicamente; sin embargo, parece ser que esta idea no llegó a cristalizarse, pues a pesar de que el puente es una absoluta realidad, la placa no está donde debiera.

Miguel Gordillo -según expresa Cristóbal García del Rosario- fue Miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas desde 1866. Además, dice Eliseo Izquierdo que también figura como uno de los fundadores de la Asociación Canaria de La Habana, de la Asociación de la Beneficencia y de la Asociación de la Protección Agrícola de Cuba, siendo miembro de su Directiva durante muchos años.

El periódico canario-cubano “La Voz de Canarias”, de fecha 2 de Noviembre de 1884, informaba a sus lectores que el Dctor. Miguel Gordillo había abierto en la ciudad de La Habana varios establecimientos de hidroterapia, concretamente en las calles Galvano, San José y Barcelona.

Por último, según afirma el prof. Cioranescu, el ilustre médico y escritor guiense Miguel Gordillo y Almeida muere en La Habana (Cuba) en abril del año 1898. No obstante, nosotros estamos completamente convencidos de que este pequeño trabajo de investigación sobre su persona ha hecho que -al menos por unos minutos- nuestro querido y admirado paisano esté más vivo que nunca. Para él vaya nuestro recuerdo, nuestro reconocimiento, nuestro modesto homenaje.

AGRADECIMIMENTOS: A D. Luís Regueira Benítez, Archivero del Museo Canario, por su colaboración e impagable ayuda en esta investigación. Muchísimas gracias.

 

BIBLIOGRAFÍA Y OTRAS FUENTES CONSULTADAS:

ÁLAMO HERNÁNDEZ, Néstor: “Para la historia de Guía de Gran Canaria,
del Juzgado y de otros asuntos”.
Santa María de Guía, 1931. ARTILES,
Joaquín y QUINTANA MARRERO, Ignacio: “Historia de la literatura canaria”.
Las Palmas de Gran Canaria, 1978. CABRERA DÉNIZ, Gregorio: “Canarios en Cuba, un capítulo de la historia
del archipiélago”.
Las Palmas de Gran Canaria, 1996. CIORANESCU, Alejandro: “Diccionario biográfico de
canarios-americanos”.
Santa Cruz de Tenerife, 1992. GARCÍA DEL ROSARIO,
Cristóbal: “Historia de la Real Sociedad Económica de
Amigos del País de Las Palmas”.
Las Palmas de Gran Canaria, 1981.
GONZÁLEZ-SOSA, Pedro: “Canónigo Gordillo,
un genio de la discordia”.
Las Palmas de Gran Canaria, 2001. GONZÁLEZ-SOSA,
Pedro: “Guía de Gran Canaria, primero
villa después ciudad”.
Santa María de Guía, 1997. IZQUIERDO PÉREZ, Eliseo: “Periodistas canarios, siglos XVIII al XX”.
Islas Canarias, 2005. JIMÉNEZ DEL CAMPO: Paloma: “Escritores canario en Cuba, literatura de emigración”. Las Palmas
de Gran Canaria, 2003. PÉREZ CARRIÓN, José Antonio: “Los canarios en América”. La Habana, 1897. QUESADA ACOSTA, Ana María: “Artífices de la arquitectura del
ochocientos en el Ayuntamiento de Santa María de Guía”
(Boletín Millares
Carló). Las Palmas de Gran Canaria, 1996. RODRÍGUEZ PADRÓN, Jorge: “Primer
ensayo para un diccionario de la literatura en Canarias”
. Islas Canarias,
1992.

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Prestidigitación en el territorio. Por Javier Estévez

Prestidigitación en el territorio

Por Javier Estévez


Una de las lecturas que se pueden realizar de la sentencia del Tribunal
Superior de Justicia de Canarias que anula la actuación viaria en el
corredor del Norte de Gran Canaria, en concreto entre la Granja
Experimental y Guía, es, sin duda alguna, de como las tensiones
territoriales derivadas del crecimiento poblacional y económico de
enorme magnitud comienzan a aflorar. Era totalmente previsible.
PRESTIDIGITACIÓN EN EL TERRITORIO

Una proposición es correcta cuando, dentro de un sistema lógico, está deducida de acuerdo con las reglas aceptadas. Un sistema tiene contenido de verdad según con qué grado de certeza y completitud quepa coordinarlo con la totalidad de la experiencia. Una proposición correcta obtiene su “verdad” del contenido de verdad del sistema a que pertenece.
Albert Einstein. Notas autobiográficas


Por Javier Estévez

Una de las lecturas que se pueden realizar de la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Canarias que anula la actuación viaria en el corredor del Norte de Gran Canaria, en concreto entre la Granja Experimental y Guía, es, sin duda alguna, de como las tensiones territoriales derivadas del crecimiento poblacional y económico de enorme magnitud comienzan a aflorar. Era totalmente previsible.

Es posible que el norte de Gran Canaria sea la primera comarca de toda Canarias que muera por sobredosis de planeamiento. Para muestra un botón: sobre una misma parcela se pueden acumular diferentes determinaciones que provienen de Planes Especiales, Planes Generales de Ordenación Municipal, Planes Territoriales, Planes Insulares y Directrices Generales de Ordenación. Tanto celo con el suelo, mata.

Por otro lado, la concentración de actividades e intervenciones en un medio tan limitado y fragmentado no sólo pone de manifiesto la complejidad de la actividad del planeamiento territorial en Canarias -hoy en día, hacer planeamiento en este territorio es como jugar al fútbol en una tienda de antigüedades-. También revela la descoordinación del marco competencial vigente: un marco en virtud del cual, cada administración actúa en el ámbito de sus competencias de modo autónomo. Esta pauta de funcionamiento, que puede no tener trascendencia en un territorio de grandes dimensiones  y, por ello, con menos tensiones de uso como las grandes áreas agrícolas continentales, tiene efectos dramáticos en un territorio tan frágil y pequeño como el norte grancanario.

La comarca norte de Gran Canaria, y aquí parafraseo a Ángel Tristán Pimienta, es el territorio con mayor número de coitos interruptus de Canarias.  Nunca hubo una geografía que soportara tantas entelequias como las que ha sufrido el norte, desde la ciudad oriental de Botija hasta el aeropuerto imaginario que proyectó un consejero atribulado que en afortunado silencio descansa.

A muchos nos cuesta aceptar que el territorio tenga una capacidad de carga limitada. Tenemos un discurso continental para un espacio insular. Y esa mentalidad conduce hacia modelos insostenibles desde el punto de vista ambiental, económico y social. Desde hace una década, cualquier propuesta con incidencia territorial causa tensiones y conflictos que no hacen más que mostrar los síntomas de agotamiento y de dificultad existente entre el  modelo de desarrollo económico planteado y nuestra realidad territorial. Desgraciadamente, sobran los ejemplos: la segunda pista de Gando, la nueva cárcel, la ubicación de la innecesaria planta de gas, las futuras carreteras, etcétera. Nuestra geografía sufre demasiadas expectativas por metro cuadrado. Y eso también mata.

Hay una máxima incuestionable sobre la estrecha relación entre carreteras y automóviles: a más carreteras, más coches. Sin embargo, cuanto más aumenta el tráfico individual, más carreteras son necesarias para mantener un aceptable nivel de fluidez, pero al mejorar éste, más incentivos existen para adquirir nuevos automóviles, lo que lleva en poco tiempo a aumentar la congestión y, de nuevo a aumentar la construcción de carreteras. Así, nos encontramos en una rueda que parece no tener fin y que va deteriorando continuamente el espacio, tanto, que, por ejemplo, cuando finalice la cuarta fase de la circunvalación tendremos tres carreteras diferentes para desplazarnos entre Las Palmas y Arucas. Más que Reserva, somos la Vergüenza de la Biosfera, el más claro ejemplo de lo que no debe hacerse en un territorio insular.

    A pesar de asumir el territorio más frágil de toda Europa, tenemos el parque automovilístico más numeroso del continente, con más de un coche por cada dos personas. Si todas las carreteras asfaltadas de las islas se unieran en una línea recta, éstas superarían al diámetro de la tierra, es decir, más de 12.756 kilómetros bituminosos. Más que un orgullo, es un escarnio.

    Hay un estudio realizado que señala sin ambages que de continuar el ritmo actual de matriculación de automóviles en la isla, sería necesario construir cada año la nada desdeñable cantidad de 115 kilómetros de nuevas carreteras. En esta dinámica, terminaremos por asfaltar hasta el sendero que accede al Roque Nublo.

    A su vez, hay una realidad demográfica con una novedosa proyección territorial: la población en los municipios del norte lejos de crecer, se estanca e incluso desciende; mientras, crecen exponencialmente los suelos clasificados como urbanos y urbanizables. Los recientes Planes Generales de Ordenación reservan suelo no sólo para la población local sino también para atraer a su municipio población foránea. Si se cumplen las previsiones de estos Planes, que dios nos coja confesados, porque si con la población actual las futuras carreteras nacen ya saturadas, ¿qué sucederá en el norte si se cumplen las expectativas que recogen los ya aprobados planes generales de ordenación municipal? Sólo entre Agaete, Gáldar y Guía esperan a más de 12.000 nuevos habitantes.
    
    Es evidente que ante este panorama y circunstancias, la solución al problema del tráfico pasa, inevitablemente, por la disminución del transporte privado y por la incentivación del transporte colectivo, pues nos encontramos plenamente instalados en la espiral más coches, más carreteras, más coches…

    Obviamente, esta espiral es disparatada pero no irracional puesto que constituye un excelente negocio para los constructores de carreteras y los vendedores de coches y gasolina, por no hablar de los impuestos recaudados. Es más, cuanto mayor es la congestión, más gasolina se despilfarra y más aumenta el PIB. Así de simple.

    Ante este escenario, la pregunta relevante en consecuencia es: ¿qué problema resuelve la construcción de más carreteras?, porque es evidente que el problema del tráfico, NO.


 


Conferencia sobre Néstor Álamo - Juan José Laforet 2007

Conferencia pronunciada por Juan José Laforet con motivo de la presentación del Patronato Néstor Álamo

"Cada
personaje tiene una geografía propia por la que, en distintos lugares y
épocas no sólo discurre su vida, a través de los años y de las
diferentes etapas de su biografía, sino que llega a existir, en mas de
una ocasión, una auténtica simbiosis entre el personaje y un lugar
determinado, produciéndose entre ambos una verdadera interacción, una
caracterización y una significación que le llega a definir con una
imagen propia y peculiar". Así comienza la conferencia que pronunció el
cronista oficial de Gran Canaria, en la Casa de la Cultura de Guía, el pasado 19
de octubre de 2007, con motivo de la clausura de las jornadas de
presentación del Patronato Néstor Álamo, embrión del futuro museo del
mismo nombre que abrirá sus puertas, previsiblemente, en 2008.

Conferencia pronunciada por Juan José Laforet con motivo de la presentación del Patronato Néstor Álamo

"Cada
personaje tiene una geografía propia por la que, en distintos lugares y
épocas no sólo discurre su vida, a través de los años y de las
diferentes etapas de su biografía, sino que llega a existir, en mas de
una ocasión, una auténtica simbiosis entre el personaje y un lugar
determinado, produciéndose entre ambos una verdadera interacción, una
caracterización y una significación que le llega a definir con una
imagen propia y peculiar". Así comienza la conferencia que pronunció el
cronista oficial de Gran Canaria, en la Casa de la Cultura de Guía, el pasado 19
de octubre de 2007, con motivo de la clausura de las jornadas de
presentación del Patronato Néstor Álamo, embrión del futuro museo del
mismo nombre que abrirá sus puertas, previsiblemente, en 2008.

Nuestro cronista insular proseguía en los siguientes términos: "En el caso de Néstor Álamo se pueden rastrear a lo largo de su vida distintos lugares que sin él, y él sin ellos, ya no serían lo mismo, podemos hablar de su Guía natal, pero también y en mucho de Teror, o de diferentes rincones de Vegueta, de la Casa de Colón o de El Museo Canario.

Sin embargo, personalmente donde le conocí y pude compartir con él muchas horas de tertulia entre amigos fue en la calle de La Peregrina, quizá el último jalón significativo de su geografía vital y creativa, donde convirtió su tienda y taller de restauración de antigüedades no sólo en su estudio cotidiano, en el que, entre el chirriar de sierras, golpes de martillos, olor a barniz y a madera recién cortada, surgían muchos de sus artículos periodísticos, corregía y aumentaba nuevas ediciones de sus obras, como fue la de “La Perejila”, que tuve la oportunidad de comentar con él,  o despachaba infinidad de consultas que periodistas, autoridades, profesores, responsables de agrupaciones musicales y folclóricas y otras muchas personas le hacían a diario sobre la historia y tradiciones de la isla y sus personajes – no en vano era un eficaz y ejerciente Cronista Oficial de Gran Canaria–, sino en un verdadero ágora de grancanariedad, en el que a diario se daba mas de una reunión o tertulia  para debatir o reflexionar de muchos temas de actualidad o históricos que él siempre contemplaba a la luz de toda la trascendencia que podían o debían tener para Gran Canaria, tomándose muy a pecho, y como cosa propia, cualquier asunto que pudiera afectar mínimamente a la isla y a sus gentes, sin dudar en echarnos una enérgica reprimenda, con epítetos, algún que otro taco o palabra malsonante incluida si era necesario para resaltar la gravedad que le veía al asunto –aunque luego, enseguida, cambiaba hasta su semblante, que se dulcificaba, nos pedía perdón y nos decía que debíamos comprender su enfado y preocupación, pero el asunto lo merecía–"

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Conferencia pronunciada por Miguel Santiago en 1930

La cultura mínima como medio de nivelación social y enaltecimiento personal


Por Miguel Santiago (1905-1972)

"Señoras,
Señoritas, Amigos: Invitado por elementos de vuestra junta directiva, a
los cuales no podía dar una negativa por diversas circunstancias,
especialmente aquellas que se refieren a la camaradería nacida en los
años mozos, de recuerdos inolvidables, he aceptado contra mi voluntad
pero no contra mis sentimientos, el honor de estar hoy, esta noche,
ante vosotros en un acto público que, según parece,  no es frecuente".
Conferencia pronunciada en Guía en 1930.

LA CULTURA MÍNIMA COMO MEDIO DE NIVELACIÓN SOCIAL Y ENALTECIMIENTO PERSONAL

Conferencia pronunciada por Miguel Santiago Rodríguez (1905-1972), el 5 de Septiembre de 1930, en el CENTRO OBRERO DE GUÍA DE GRAN CANARIA

Señoras, Señoritas, Amigos: Invitado por elementos de vuestra junta directiva, a los cuales no podía dar una negativa por diversas circunstancias, especialmente aquellas que se refieren a la camaradería nacida en los años mozos, de recuerdos inolvidables, he aceptado contra mi voluntad pero no contra mis sentimientos, el honor de estar hoy, esta noche, ante vosotros en un acto público que, según parece,  no es frecuente. Digo que contra mi voluntad porque me había propuesto dedicar los pocos días que por ahora me quedaban de estancia en este mi querido pueblo, a mi completo reposo intelectual y dedicarlo sólo a la vida física. También he dicho que no contra mis sentimientos pues si en algún sitio estoy en mi medio éste es aquí. Sí señores, aunque es verdad que por circunstancias favorables en mi vida, que ahora no son del caso analizar, estoy aparentemente apartado de un centro como éste, allá en el fondo, en mis recuerdos de niñez, quedan siempre como imborrables las huellas de la vida del rudo trabajo, del trabajo manual digno y honrado que mis padres y abuelos practicaron y que yo también comencé, como todos vosotros. Ese recuerdo me sirve a mi como punto de mira, como referencia y comparación y, por tanto, es un estímulo para siempre tener conciencia de la evolución de mi trabajo. Repito que al ser invitado por algunos miembros de vuestra directiva para que hablase aquí de algún tema apropiado me negué rotundamente: vi al momento la gravedad que el asunto para mí implicaba ¿de qué os iba a hablar? ¿cómo lo iba a hacer con un desentreno tamaño como el que ahora tengo?.

NOTA: Texto extraído de la conferencia pronunciada por Miguel Santiago Rodríguez el 5 de Septiembre de 1930, en el CENTRO OBRERO DE GUÍA DE GRAN CANARIA.

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Espléndida conferencia sobre Miguel Santiago

Espléndida conferencia sobre Miguel Santiago
Elena Santiago Páez, Licenciada en Historia y Doctora en Arte, pronunció ayer (23.10.07) una conferencia magistral sobra la vida y obra de Miguel Santiago. Su condición de hija del ilustre guiense no le impidió tratar al personaje con absoluta objetividad, excepto en el tono de su voz y en algunos gestos emocionados, inevitables por otro lado, y que, en todo caso, dan cuenta de la talla humana de la conferenciante. En este reportaje iremos ofreciendo imágenes del acto, tanto en fotos como en vídeo, la conferencia en audio MP3 y, por supuesto, el texto íntegro de la misma. Antonio Aguiar. 
Espléndida conferencia sobre Miguel Santiago

Elena Santiago Páez, Licenciada en Historia y Doctora en Arte, pronunció ayer (23.10.07) una conferencia magistral sobra la vida y obra
de Miguel Santiago. Su condición de hija del ilustre guiense no le
impidió tratar al personaje con absoluta objetividad, excepto en el
tono de su voz y en algunos gestos emocionados, inevitables por otro
lado, y que, en todo caso, dan cuenta de la talla humana de la
conferenciante. En este reportaje iremos ofreciendo imágenes del acto,
tanto en fotos como en vídeo, la conferencia en audio MP3 y, por
supuesto, el texto íntegro de la misma.
Antonio Aguiar. 

El martes 23 de octubre de 2007, a las 20:00 horas en la Casa de la Cultura, y con motivo del Día Internacional de las Bibliotecas, la concejalía de cultura del Ayuntamiento de Guía, que dirige Mari Carmen Mendoza Hernández, tuvo lugar la conferencia que lleva por título “Las bibliotecas en el pensamiento de Miguel Santiago” impartida por la hija del que fuera investigador guiense D. Miguel Santiago Rodríguez , que nació en Guía en 1905, cuyo nombre denomina hoy día a la Biblioteca Pública Municipal.



LAS BIBLIOTECAS EN EL PENSAMIENTO DE MIGUEL SANTIAGO
RODRÍGUEZ

                                     

Por Elena Mª Santiago Páez

 

Buenas
tardes, en primer lugar quiero agradecer muy sinceramente a Dª María del Carmen Mendoza, Concejala de
Cultura de Santa María de Guía la gentileza que ha tenido al invitarme a dar
esta conferencia en la
Biblioteca que lleva el nombre de mi padre. Creo que hoy
estará muy contento porque para él su pueblo, su Guía, los libros y las
bibliotecas eran algo fundamental en su vida. Y creo que también estará contento
otro Miguel, Miguel Roque Santiago, mi primo, que tanto quería a Guía y tanto
quería a mi padre y que, por desgracia, no puede estar aquí en persona pero
estoy segura de que nos está viendo.

 

A lo
largo de esta charla quisiera contarles y mostrarles a través de una serie de
fotos algunos retazos de la vida de Miguel Santiago y, a través de ellos, se
verá cuales eran sus ideas sobre el papel fundamental que pueden tener los
libros y las bibliotecas en la vida de los hombres, en su desarrollo personal y
social y también en el progreso de los pueblos. Su trabajo en las bibliotecas
se centró en la primera parte de su vida, entre 1930 y 1940, años de actividad
muy intensa e ilusionada. Después, y hasta su muerte, se centró principalmente
en los trabajos de archivo y en las investigaciones sobre las Islas Canarias, tanto de tipo
histórico como filológico, fruto de las cuales son casi un centenar de
publicaciones. 

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VÍDEO (PRIMERA PARTE)




VÍDEO (SEGUNDA PARTE)



VÍDEO (TERCERA PARTE)



DATOS BIOGRÁFICOS DE LA CONFERENCIANTE

Elena Santiago Páez posee un amplio currículum, y al igual que su padre ha estado vinculada al mundo de los archivos y bibliotecas. Licenciada en Geografía e Historia en 1964 por la Universidad  Complutense de Madrid, es Doctora en Arte por la misma Universidad. En 1966 ingresó en el Cuerpo Facultativo de Bibliotecarios del Estado. En 1968 fue nombrada Jefe de la Sección de Geografía y Mapas de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó hasta 1983 en que pasó a la Jefatura del Departamento de Dibujos y Grabados de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó hasta su jubilación en el año 2004.  Ha sido comisaria y co-autora de los catálogos de numerosas exposiciones como:

- La Historia en los Mapas Manuscritos de la Biblioteca Nacional (1984)
- El Escorial en la Biblioteca Nacional (1985)
- Miguel Jacinto Meléndez, pintor de Felipe V (1989)
- Dibujos de arquitectura de la Biblioteca Nacional (1991)
- Los Austrias. Grabados de la Biblioteca Nacional (1993)
- "Ydioma Universal". Goya  en la Biblioteca Nacional, junto con Juliet Wilson Bareau (1996)
-    Rembrandt. De lo divino a lo humano. Estampas de la Biblioteca Nacional (1998)
-    Del Amor y la Muerte. Dibujos y grabados de la Biblioteca Nacional (2001)
-    La Real Biblioteca Pública 1711-1760. De Felipe V a Fernando VI
-    La luz de la sombra. Grabados de Rembrandt.

También ha publicado instrumentos para la investigación como la Guía de las colecciones públicas de dibujos y grabados en España (1997) y es autora de numerosos artículos sobre el grabado español y la historia de las bibliotecas en España.





Vídeo sobre el Poeta Bento

Vídeo de la charla sobre el Poeta Bento (1)

Les ofrecemos la primera parte del vídeo realizado sobre la charla y alución que sobre nuestro poeta hizo Joaquín
Rodríguez,
con Clemente Reyes y Misael Jordán, en la Casa de la Cultura el 1 de agosto de 2007.



Una buena puesta en escena de una documentada charla

Oportuna charla sobre la trayectoria vital de nuestro Poeta Bento

Les ofrecemos la primera parte del vídeo realizado sobre la charla y alución que sobre nuestro poeta hizo Joaquín
Rodríguez, con Clemente Reyes y Misael Jordán,
en la Casa de la Cultura el 1 de agosto de 2007. Joaquín
Rodríguez ofreció una
charla sobre la vida y obra de quien ha sido calificado como
el iniciador del romanticismo en
Canarias desde el punto de vista histórico, que agradó por su contenido y por su puesta en escena.


Asistieron unas 90 personas que agradecieron la documentada exposición y el esfuerzo realizado en escenografía. Joaquín agradecció a Carlos Santos su motivación, llevando corbata de pajarita - su prenda identificativa junto a su bonhomía-; a Néstor Álamo le recordó con un bastón ("que le prestaron en la tienda de Ofelia"); a Pepe Evora por su libro, que se colocó en un atril, como un tesoro; y a Cayetano Guerra por su magnífico dibujo del poeta en formato A1. Un ejemplo de integración y cooperación.

Ya en la obra, presentó a Clemente Reyes y a Misael Jordán, quienes iban vestidos a la usanza de la época. Mentó también a Juany Santana como "espontáneo", que se lució con aquello de "Soberana Tontería..."; sólo 4 estrofas, pero con tal arte que le tributaron un sonoro aplauso, ¡impresionante!

Si no la primera desde el punto de vista cronológico, sí puede decirse que fue la audición publica realizada anoche de parte del poemario de Bento es la gestada con mayor documentación y despliegue de medios.



En la recta final de su charla, Joaquín Rodríguez manifestó que la obra de Bento merece ser más conocida, pues con sus defectos y virtudes forma parte de la poesía neoclasicista prerromántica y de la historia de esta Ciudad.

A título reivindicativo, hizo las siguientes reflexiones:

"El 7 de julio de 1931, con motivo del Centenario de su muerte, se publicaba en “La Voz del Norte”, un largo artículo de Miguel Santiago, sobre la obra dramática de nuestro Poeta. De todo lo dicho en el mismo, me he quedado con este párrafo:

“... Aunque no estoy minuciosamente enterado del asunto, tengo entendido que uno de los actos de este Homenaje al poeta, consistirá en la publicación de las composiciones poéticas debidas a su aventurera pluma y que por feliz casualidad, y conservadas “como oro en paño” posee un culto y amante hijo de Guía...”

El 26 de noviembre de ese mismo año, poco más de 4 meses después, Néstor Álamo recordaba en el Diario de Las Palmas, el centenario, terminándolo así:

“... Hubo un espíritu selecto que quiso reinvidicar desde su situación pública el nombre caído en el olvido. El esfuerzo, noble, no llegó a cristalizar. En el primer centenario de su muerte, quizá serán estas líneas la única reverencia hecha a su vida y muerte. Muerte y olvido de Rafael Bento... “

En ese Centenario se dio nombre a una calle, que parece fue cambiada y que hoy es la que une Luis Suárez Galván con la calle Real.

Con el tiempo, también Las Palmas de Gran Canaria y Telde le han dedicado una calle. Insignes profesores y escritores le siguen citando. En 1983 se publicó el más completo y moderno estudio de nuestro poeta, el libro de José Évora"

225º aniversario de su nacimiento.

El conferenciante finalizó con las siguientes palabras: "Una vez más, al igual que en 1976 y en 2003, me encuentro solicitando, exigiendo, que algún organismo (hacemos especial llamamiento al Excelentísimo Ayuntamiento de Santa María de Guía), ponga un poco de empeño y edite una compilación o la totalidad de su obra. Publicación que no sólo merece Bento, sino también a la que, como guienses, tenemos derecho"

Tampoco sería descabellado, añadió, en esta Ciudad que se ha preciado de celebrar Juegos Florales de altura, el estudiar la creación de un premio de Poesía que lleve su nombre. En tanto llega ese día, se honra honrando la memoria del poeta olvidado, figura destacada del parnaso isleño y uno de los más legítimos valores de nuestra tierra.

 GALERÍA DE IMÁGENES (realizadas por Javier Estévez)



Los caminos de la aventura



LOS CAMINOS DE LA AVENTURA
Por Santiago Gil

Nuestros pasos más aventureros nos conducían siempre
hacia las montañas. Delante estaba el mar, pero el mar frenaba nuestros
pasos. 
Sugería otros mundos y otros escenarios, pero quedaban lejos y jamás se veían desde la orilla.

LOS CAMINOS DE LA AVENTURA
Música de Papagüevos II

Santiago Gil
            


Nuestros pasos más aventureros nos conducían siempre hacia las montañas. Delante estaba el mar, pero el mar frenaba nuestros pasos. Sugería otros mundos y otros escenarios, pero quedaban lejos y jamás se veían desde la orilla. Las montañas, en cambio, nos invitaban a buscar detrás de ellas: en el mar aprendimos a soñar; en la montaña fuimos haciendo el camino.

Qué habría detrás de los riscales y los montes. Esa era la pregunta que guiaba nuestros pasos más osados. Partíamos hacia Ingenio Blanco, hacia Hoya Pineda o hacia San Juan con la intención de descubrir otros mundos y otras gentes detrás de cada loma. Nosotros, para sobrevivir, tenemos que exagerar las distancias de nuestros límites insulares. Cuando eres niño parecen inabarcables, pero también llega un momento en que pueden resultar claustrofóbicas, sobre todo desde que llegamos a todas partes en un par de horas y desde que atisbamos los cuatro puntos cardinales. No resulta fácil asumir la cortedad de miras, por eso, a medida que vamos creciendo y asumiendo nuestros límites, necesitamos tanto el mar para ampliar los horizontes, y también para soñar y para darle un sentido más trascendental y mítico a nuestra propia existencia. En aquellas incursiones de la infancia todavía creíamos que la tierra no se acababa nunca. Subíamos hacia Hoya Pineda descubriendo un mundo que para nosotros podía ser casi tan grandioso como el descubierto por Colón y por cualquier Livingstone metido en las entrañas africanas. Nunca llegábamos al final; por tanto la isla no la teníamos asumida: siempre quedaban caminos por recorrer.

Mis escapadas hacia el campo las hacía subiendo por las pendientes de la Cuesta de Caraballo o de la presa. Conocía al dedillo esos caminos porque mi madre había estado dando clases en la escuela de Ingenio Blanco y alguna que otra vez nos había llevado de aventura por esos campos. Y también porque iba con mi abuela Bárbara a una casa abandonada que tenía en la zona del Gallego a coger moras rojas: mantengo intacto el sabor agraz, lo mismo que la sensación de aventura cuando nos adentrábamos entre las zarzas y la maleza. En las islas la maleza y las hierbas silvestres son casi edénicas, luminosas y sorprendentes por la cantidad de flores bellas que nacen entre tanta maraña. También aprendimos que entre la mala hierba suelen salir muchas veces las flores más hermosas, y que la naturaleza es en sí misma un milagro, vida y muerte diaria conviviendo más allá de nosotros y de nuestras triviales ambiciones pequeñoburguesas.

La escuela rural de Ingenio Blanco en la que mi madre daba clases se integraba maravillosamente en el paisaje con sus tejas y sus blancas tapias, y aún hoy permanece en el mismo lugar dándole a esa zona de nuestras medianías un toque reconocible y cercano. Subiendo todo recto desde La Cuesta se llegaba a la escuela, y de ahí hacia arriba se gestaba la aventura con el descubrimiento de paisajes, bosques y animales cada día más llamativos y sorprendentes. Nos encantaba el olor de la hierba mojada, la neblina, la tierra cada día más roja manchando las playeras y los pantalones, y el agua limpia y helada que nos daban en las casas cuando llegábamos exhaustos de tanta cuesta y de tanto camino zigzagueante y escarpado. Tendríamos doce o trece años. Íbamos sin permiso, que es como único concebíamos las aventuras. Lo otro, lo pactado con los padres o los profesores, eran excursiones de tortillas de papas y canciones cutres en las que no se corría ningún riesgo, y en las que tampoco podías esperar nada fuera del guión que previamente te habían contado. Sólo se salvaban las primeras excursiones con los Scouts. Yo pertenecí a la primera promoción de exploradores que hubo en Guía. Nos reunió la madre Gloria en las Dominicas un sábado por la tarde y nos planteó la posibilidad de crear un grupo para ir de acampadas algunos fines de semana. Lo pasábamos de maravilla descubriendo Guayadeque o los pinares cumbreros, y sobre todo durmiendo en las casetas de campaña, con toda la aventura improvisada de los animales nocturnos, los ruidos desasosegantes y la sensación de supervivientes y osados que teníamos cuando nos veíamos amaneciendo en medio de un bosque de pinos. Nunca olvidaré el olor de esas primeras mañanas cumbreras, ni tampoco el cielo azul y limpio que casi tocábamos sobre nuestras cabezas. Con los años los Scouts se fueron consolidando y convirtiéndose en un referente para varias generaciones de guienses. De Gloria Betancort habría que hablar largo y tendido. Era una monja atípica por su apuesta decidida por los postulados del Vaticano II y por la filosofía más progre y social de Juan XXIII. Nos transmitió un código ético imprescindible a muchos niños de entonces. Uno se ha alejado de la iglesia, sobre todo de la oficialista y carca que manda hoy en día, pero siempre reconozco los valores que aprendí con Gloria entre acampadas y participativas clases de religión. Mi agnosticismo se ajusta a buena parte de aquellas enseñanzas sobre la solidaridad, la entrega a los demás y la apuesta por la justicia social y la igualdad entre todos los seres humanos. Y creo que aquel mensaje caló porque nos fue transmitido en medio del divertimento y la aventura. Y como buen scouts también aprendí a respetar a los animales y a defender cualquier iniciativa que conlleve el cuidado y la preservación de la naturaleza.

Con los años fuimos descubriendo que las montañas también tenían un final. Salimos de la isla en busca de nuevos horizontes, y poco a poco aprendimos a asumir nuestra condición de insulares apegados a un territorio separado del resto. Ahora nuestra mirada se fija más en el mar que en las montañas. Y soñamos cada dos por tres con salir en busca de nuevos horizontes. Pero siempre volvemos para coger resuello y para no perder el norte de nuestra existencia. Cada paso que damos sigue teniendo la misma fuerza que aquéllos que íbamos dando para descubrir lo que había detrás de los riscos y los montes. Ahora quizá trascendemos un poco más, y escribimos, y también llevamos el recuerdo de muchos muertos que en su día caminaron junto a nosotros. Pero sigue siendo mágica esa sensación diaria de salir a la calle. Todo puedo suceder. Lo aprendimos encarando los senderos de la infancia y desbrozando los horizontes. Sigamos doblando esquinas y adentrándonos en la aventura diaria que nos ofrecen los caminos.

Octubre de 2007.

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Love of my life



LOVE OF MY LIFE
Por Santiago Gil

Teníamos nuestras canciones. Estaban los cantautores,
con el maestro Serrat a la cabeza, y también con Silvio, Pablo Milanés,
Luis Eduardo Aute, Víctor Manuel, y por supuesto Braulio.
 

LOVE OF MY LIFE
Música de Papagüevos II

Santiago Gil
            


Teníamos nuestras canciones. Estaban los cantautores, con el maestro Serrat a la cabeza, y también con Silvio, Pablo Milanés, Luis Eduardo Aute, Víctor Manuel, y por supuesto Braulio. Y también sonaban los estribillos de moda, las canciones más o menos horteras del verano, los ritmos latinos que nos traía Rubén Blades y esa bossa nova que todavía hoy me sigue poniendo la piel de gallina con la gran Maria Bethania, o con Gal Costa, Toquihno, Caetano Veloso y compañía. Pero también estaba la influencia anglosajona, y en medio de todas las canciones que nos llegaban de Inglaterra estaba Queen, sobre todo Queen. Nos sabíamos todos los temas de memoria. Había mucha conexión con el Reino Unido en nuestro pueblo. Yo estuve cinco veces en Londres antes de pisar Madrid. Gracias a las clases particulares de María del Carmen Rodríguez, y a la academia que dirigía Carmelo López, los niños de Guía aprendimos inglés casi antes de hablar correctamente el castellano. Y esa influencia anglosajona se notaba en la música, en todos los descubrimientos- y en los entendimientos- de los grandes grupos de los sesenta y los setenta. Desde un principio me decanté por los Beatles antes que por los Rollings, se conoce que por ser un sentimental aun cuando ni siquiera supiera lo que era eso. Pero nuestro himno, la canción que tarareábamos siempre en las primeras borracheras y en medio de los primeros enamoramientos era Love of my life de Queen interpretada por el genial y mil veces admirado Freddy Mercury. Reconozco que es de las pocas canciones que no ha matado el tiempo, y todavía hoy, cuando la escucho, me llegan los ecos de Saulo, Julio, Carlos, Víctor o Juanito en plena exaltación de la amistad y de la música.

Una de las grandes frustraciones de mi vida fue no haber asistido a un concierto de Queen en directo. Estuve a punto de verlos en el norte de Inglaterra en 1980, con trece años. Habíamos ido un grupo de niños de Guía a convivir con familias británicas para aprender inglés. Le debo mucho a ese viaje iniciático, tanto que posiblemente mi vida nunca habría sido la que es sin ese descubrimiento de otras formas y otros estilos de vida. De Guía fuimos a Doncaster Fernando y Penty Guerra, Pepe Roque, Pedro Ayala y el que esto escribe -Héctor Estévez también fue con nosotros, pero le tocó quedarse en Rotherham- aún con la nostalgia de los verdes de Yorkshire grabados en los horizontes de la memoria más decisiva. Hablo de unos años en los que para bajar a Las Palmas todavía teníamos que ir por la Cuesta de Silva. Mientras nosotros veíamos a los punkies en Picadilly Circus, en España todavía estábamos en las vísperas del intento de golpe de estado de Tejero de febrero de 1981. Nos sorprendía absolutamente todo, desde los corn flakes a los programas de la tele. Por mucho que nos vendieran en los telediarios, todavía andábamos en los estertores de la España autárquica y sacristanesca. El mundo fue diferente a partir de aquel viaje y de los sucesivos contactos que tuve con Inglaterra. Me enseñaron a ser universal y tolerante, y sólo por eso ya me quitaría el sombrero aquí y donde hiciera falta ante los ingleses.

Al final la vida no son más que tres o cuatro canciones y un par de viajes más o menos memorables. En medio hay algo de amor y amistad, y dos o tres momentos sublimes, pero nunca seríamos nada sin la música que mantiene vivo el recuerdo de todos esos momentos maravillosos. Escribo tras volver a escuchar a Queen cantando Love of my life, y después de poner un conciertazo de Maria Bethania titulado Tempo en el DVD. Tanto acorde emocionado y tanta y tanta evocación no podía conducir sino a esto que ahora escribo. Las canciones y los olores es lo que nos acerca más al pasado, o por lo menos nos lo aproxima de manera más fidedigna o directa, que no verdadera. Es distinto lo que uno vive a lo que uno rememora. Por eso son tan grandiosos siempre los viajes musicales. Nos muestran la pátina, el detalle casi imperceptible, lo más frágil y también lo más grandioso de cada momento vivido: Love of my life, por ejemplo. Seguro que tú también recuerdas conmigo toda una vida, o el amor de tu vida, desde que suena el primer acorde de esta sublime canción. Nuestra existencia no existiría sin la música. A lo mejor toda nuestra evolución no ha tenido más fin que el de dar con tres o cuatro sinfonías y un par de canciones conmovedoras. El paso del hombre por la tierra se justifica en un piano o en una guitarra. También en unos besos, en unos cuantos polvos enamorados, y en un par de conversaciones sobre lo divino y lo humano, una vez agotado-como decía el poeta- el tema de la vida. Tarareemos para seguir sobreviviendo. Da lo mismo un bolero que un rock and roll. La cosa es seguir sonando.

Octubre de 2007.

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Pregón de 2001. Suárez-Galbán Guerra

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE LA
VIRGEN DE 2001

Por D. Eugenio Suárez-Galbán
Guerra

Acaso le extrañe a más de uno
que yo tenga la osadía de autonombrarme vuestro compueblano habiendo nacido y
habiéndome criado fuera. Y no es sólo que nunca me he sentido extranjero aquí,
sino que Guía siempre ha sido una constante en mi vida, una presencia, si no
siempre física, sí siempre real por cuanto sabemos que no sólo del pan vive el
hombre, que el ser humano es algo más que materia. Yo nunca llegué a Guía:
siempre he vuelto, como se vuelve al mundo perdido de la infancia que todo
regreso intenta en vano recobrar, pero que, no obstante, se vuelve a soñar. Tan
así que recuerdo que en una ocasión me propuse poner a prueba esa misteriosa
sensación de regreso apareciendo en Guía sin anunciárselo a  nadie.

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE LA VIRGEN DE 2001
Por D. Eugenio Suárez-Galbán Guerra

Iltmo. Sr. Alcalde D. Fernando Bañolas Bolaños, Escama. Corporación de Santa María de Guía, Sr. Concejal de Cultura D. Erasmo Quintana, queridos amigos, compueblanos y familia:

            Acaso le extrañe a más de uno que yo tenga la osadía de autonombrarme vuestro compueblano habiendo nacido y habiéndome criado fuera. Y no es sólo que nunca me he sentido extranjero aquí, sino que Guía siempre ha sido una constante en mi vida, una presencia, si no siempre física, sí siempre real por cuanto sabemos que no sólo del pan vive el hombre, que el ser humano es algo más que materia. Yo nunca llegué a Guía: siempre he vuelto, como se vuelve al mundo perdido de la infancia que todo regreso intenta en vano recobrar, pero que, no obstante, se vuelve a soñar. Tan así que recuerdo que en una ocasión me propuse poner a prueba esa misteriosa sensación de regreso apareciendo en Guía sin anunciárselo a  nadie. Tanto tiempo había transcurrido desde mi última visita a Canarias, que al preguntar en Gando por un pirata que me trajera a Guía, el hombre me miró sorprendido y simplemente me dijo: “mi niño, ¡ya los piratas no existen”!

             Supongo –curiosamente, no lo recuerdo ahora- que me trajo una guaguita pequeña o furgoneta. Y quizá no lo recuerde porque la memoria es selectiva, y hoy me devuelve sólo mi empeño de  entonces de ir constatando los lugares que yo escasamente conocía, y que sin embargo reconocía, y hasta anticipaba durante el trayecto de Las Palmas a Guía: una curva cualquiera, la casa de verano de mi tío Juan Aguilar en San Andrés, la Cuesta de Silva (donde mi tío Geño perdió los frenos una vez y salvó la situación arrimando el coche al lateral rocoso de la carretera, iluminado en ese momento sin duda alguna por las oraciones de su esposa y mi queridísima tía Ana María), el drago al borde de la vía, el lugar exacto donde aparecería, ya sin bruma y siempre imponente, el Pico de la Atalaya. Misteriosamente, en efecto, yo volvía, pero no con la sensación de regresar simplemente a mis raíces, sino de sumergirme de nuevo en un sueño que en el pasado había sido realidad.

             Pero no vengo a hablar de mí hoy, sino más bien de los guienses que me han marcado, y a quienes debo principalmente mi amor por este pueblo, y el orgullo que siento por mi sangra canaria.

             Permítaseme, no obstante, alguna anécdota personal reciente que resulta ilustrativa de esa constante presencia en mi vida de Guía y de Canarias, presencia que no vacilaría en calificar de obsesión si este término no resultara ser indicio de algún mal. Y aunque parezca que estoy contradiciendo y recurriendo descaradamente a la antigua artimaña retórica de anunciar lo que voy a hacer para continuar a hacerlo, téngase en cuenta que Guía me ha llegado, y tan hondamente, a través más que nadie y que nada de esos dos guienses, uno de los cuales, de hecho, nunca conocí, y así que a ellos está subyugada cualquier anécdota que voy a contar. Por lo mismo, mi amor por esta ciudad y este pueblo siempre, de alguna manera u otra, se remonta a estas dos personas por el momento permanecerán en el anonimato para asegurarme de que, al menos por el momento también, nadie se me duerma. Antes de continuar con la anunciada anécdota, me apresuro a añadir, sin embargo, que si la mayor fuente de mi amor y admiración por Guía brota de esas dos personas, ese manantial ha sido constantemente aumentado a través de los años, y no obstante las ausencias, por tantos familiares y amigos cuyo cariño ha aumentado a su vez esa misma sensación de regresar siempre a un sueño que fue real.

             Paseando yo por las calles de La Habana un día del pasado mes de marzo tras una intensa jornada de trabajo, al levantar la vista me hallo, sin habérmelo propuesto, frente a la sede de la Asociación Canaria de Cuba “Leonor Pérez Cabrera”. Un freudiano diría que mi subconsciente me guió allí, pero más atractiva, y hasta poética, se me antoja la explicación que sin duda daría mi madre (q.e.p.d.): la Virgen de Guía fue la que ahí te guió. El caso es que al entrar y comunicarle a la recepcionista que yo venía de Madrid, de cuyo Hogar Canario soy miembro, asumiendo ya la buena mujer que yo, precisamente criado en un barrio de La Habana, era canario cabal, me interrumpe para excusarse porque el presidente –Carmelo González Acosta- estaba reunido, pero que me recibiría el vicepresidente (Lázaro Rivero Galbán, con la misma be que también sustituyó la uve de mi apellido en Cuba, por cierto). En efecto, apareció momentos después el vicepresidente, no sin antes haber movilizado al camarero del bar para que me sirviera lo que me apetecía. Le expliqué mi complicado caso de canario-cubano-neoyorquino, el cual caso resumió unos minutos después al presentarme al presidente de la siguiente manera tan original: ¡”Este es un señor tan canario que nació en Nueva York, se crió en Cuba, lo llevaron a Canarias de niño, volvió a Nueva York y lleva veintiséis años en Madrid”!

             Dos casualidades canarias más me acontecieron durante este viaje: acompañaba yo a un grupo de un museo de arte, y sabido es que el Cementerio de La Habana es una visita obligada por la enorme y valiosa cantidad de escultura que ahí se encuentran. Años antes, había participado en un congreso literario que incluía una peregrinación literaria para visitar la tumba del escritor Lezama Lima. Largo tiempo busqué infructuosamente la tumba de mi abuelo, Luis Suárez-Galván. En esta ocasión, falto de tiempo, había desistido de reanudar la búsqueda, cuando un señor del grupo me pregunta por mi apellido, y acto seguido me guía –nunca mejor pronunciado el verbo- a la tumba de mi abuelo. De nuevo, no puedo evitar pensar que la Virgen de Guía y la poesía  me rondaban en ese momento.

             Finalmente, y para terminar con este reciente viaje, celebrando una cena en un antiguo palacio de la bella ciudad de Cienfuegos, se nos invita a subir a la azotea para contemplar la vista. Entablé conversación con un empleado, quien al enterarse de mi origen doblemente isleño, me comunica que una amiga suya estaba a punto de partir para Canarias en unos días. ¿”A cual isla”?, pregunto. “Gran Canaria”, me contesta. ¿”Las Palmas”?, conjeturo, más que preguntar ahora. “No”, viene la respuesta, “a un pueblo que se llama Santa María de Guía. ¿Lo conoce”? Estoy seguro que hasta ahora el cronista Pedro González Sosa le hubiera perdonado, como yo, el haber revertido a Guía a la condición de pueblo, tanta fue la emoción que sentí en ese momento al ver mis dos patrias tan hermanadas y presentes por otra bella casualidad.

             El buen señor quedó en intentar comunicarse con su amiga para que fuera a desayunar en el hotel, pues yo tenía que regresar a La Habana temprano la próxima mañana. No apareció. Pero no pierdo la esperanza de duplicar en Guía la casualidad de Cuba. Así que si alguien conoce a una cubana llegada de Cienfuegos, díganle por favor de mi parte que tenemos un desayuno pendiente

             Podría continuar relatando anécdotas relacionadas con Guía que me han ocurrido, y que se me antojan muchas veces, si no milagrosas, entonces ciertamente maravillosas, como cuando en pleno Nueva York, desempeñando la enseñanza en la universidad, un alumno me trae un recado del director del departamento de filología hispánica para que acuda a su oficina después de clase. No era la primera vez que se me solicitaba para ayudar a algún hispano parlante a rellenar algún formulario, o simplemente para indicarle alguna oficina del gobierno donde podrían atender sus necesidades, aunque sí me extrañó que no hubiera nadie en el departamento en ese momento que pudiera llevar a cabo esta tarea. Resultó ser un marinero mercante español que había decidido quedarse en tierra, un muchacho nada menos que del barrio de San Roque, que al ver mis apellidos en la puerta de mi oficina, insistió mediante señas y gestos que se me llamara. Pero más que quedarnos en anécdotas, insisto en que mejor me parece encausar mis palabras y esas anécdotas a destacar la importancia que sobre mi persona han dejado esos dos guienses, pero no por lo que a mi persona respecta, sino como ejemplo del valor humano y cultural que puede trasmitir la personalidad y la vida de nuestros antepasados.

             Alguno ya habrá adivinado que los dos guienses a los que me he referido son mi madre y mi abuelo paterno. Cuando afirmo que yo me crié en Guía a seis mil kilómetros de distancia simplemente estoy diciendo que mi madre nunca olvidó su pueblo. Mi prima, María Mercedes, recordará sin duda alguna el retrato de la Virgen de Guía que siempre adornó el armario de mi madre. Para mí la Virgen ha sido siempre esa imagen guiense. A la edad de cualquier niño criado en Guía, ya yo conocía el célebre milagro de la estatua que los bueyes no pudieron arrastrar más allá del lugar guiense señalado. Antes de que me trajera por primera vez a Guía - ¡hace ya cincuenta y un años!- ya yo conocía a don Bruno, ya yo sabía cómo era el campanario de la iglesia, que mi tía Nati hablaba inglés, y que a mi tía Manola la reconocería enseguida por su cabellera roja, que Gáldar (de donde, por cierto, procedía mi bisabuelo paterno, Matías Suárez Rodríguez) no era Guía, ni muchísimo menos, ¡no te confundas, muchacho! sabía, además, los nombres de las fincas de mi abuelo Fernando y que en una se cultivaba plátano, y en otra frutales que no acababan de dar fruta. Y hasta sabía que el caballo de mi abuelo materno, que llegaría a montar de niño, era de color grisáceo. Luego, lo que mi madre no me contaba, me lo contaba mi tía Toñy, aquella bella mujer que, con el permiso de mi tío Marino, enloqueció a tantos cubanos que –cariñosamente, y con el respeto que sólo es concebible dentro de cierto relajo cubano –la apodaron “el pichoncito canario”.

             Por otro lado, también es verdad que la historia ha bendecido a dos pueblos uniendo de manera hasta hoy indisoluble a Canarias y Cuba. “Cuba y Canarias: dos pueblos, un solo corazón” reza acertadamente el lema del escudo de la Asociación Canaria de Cuba. Luego, ¿no es cierto también  que existen afinidades entre dos pueblos que son justamente quizá las que explican esos lazos tan entrelazados?, si me perdonan la redundancia. Pero supuesto que el hombre es historia, y de alguna manera la historia canaria encajó con la cubana y viceversa, acaso más que lo que ocurrió en otras tierras. ¿Me ciega mi parte y patriotismo cubano? Recuérdese que fueron la actual República Dominicana y Haití, la antigua Hispaniola, el original centro de la Conquista. Desde ahí partían las naves hacia otras tierras y nuevas colonizaciones, y fue ahí donde se establecieron las dos primeras universidades americanas. Incluso, podría argüirse  -y se ha argüido – que hasta fines del XVII y comienzos del XVIII no empieza a ceder La Hispaniola esa su posición privilegiada a la mayor de las Antillas. Es más, también el mismo Puerto Rico, al hallarse a la entrada del Caribe, con todo y ser relegado fundamentalmente a una estrategia militar – o acaso precisamente por ello -  parece revestir mayor importancia que Cuba en un momento dado. Fue desde allí, y no desde la más próxima Cuba, desde donde partió la expedición de Ponce de León que terminaría en la conquista de la Florida, cuando los indios de Boriquen, para librarse del conquistador – al menos, eso afirman ciertos historiadores -, le convencieron que allá, en la Florida, se encontraba la fuente de la juventud. A las tres islas antillanas llegaron canarios, y muy tempranamente. En Puerto Rico, tierra de mi esposa, he probado un maravilloso gofio – canarión, de millo, naturalmente – que me brindaron los descendientes de canarios arribados a principios del siglo XIX. Sin embargo, creo que pocos discutirían que ha sido Cuba donde lo canario ha calado más hondamente. Y si Venezuela llegaría a rivalizar con Cuba en este sentido, esa honra le tocaría después. Ya que la literatura ha sido para mí, más que un modus vivendi, un modo de vivir embellecido, me vais a permitir recordar ahora que cuando la literatura canaria en castellano estaba aún en lo que quizá podría llamarse el último esplendor – y sin duda el más brillante – de su lento alba que había despuntado siglo y medio antes don las Endechas a Guillén Peraza, ya en Cuba un canario iniciaba la literatura de esa isla a comienzos del siglo XVI. Recientemente, un crítico cubano ha puesto en duda dicha primacía del Espejo de paciencia de Silvestre de Balboa, alegando que más que cubanizar el canario Balboa su mundo literario, los cubanos lo cubanizaron a él en un momento (siglo XIX) en que la isla forjaba su identidad nacional-literaria, para lo cual, innecesario es decir, una épica venía al pelo. Luego, que un canario se cubanice con tanta facilidad, y que su obra permanezca como característica en tantos sentidos de la literatura que se seguirá desarrollando en Cuba, ya de por sí pone en entredicho la última validez de cuestionar la nacionalidad literaria de esa obra. Como si una obra, y más si escrita en la misma lengua, no pudiera pertenecer simultáneamente a dos literaturas.

             Sin menospreciar, ni muchísimo menos, la importante contribución también de nuestros hermanos gallegos, hay que reconocer, no obstante, que fue no sólo posterior a la canaria, sino asimismo procedente de una región de España que no admite comparación con la canaria por sus afinidades con el entorno geográfico, social e histórico de Cuba, como recuerda, de hecho, el crítico literario Lázaro Santana para explicar precisamente porqué fue un canario el iniciador de la literatura cubana. Sin duda esta mayor afinidad entre cubanos y canarios explica también porqué el término gallego se convierte en Cuba en metonimia de español para todos los españoles, menos para los canarios, que aún reciben el fraternal calificativo de isleños.

             Precisamente un gallego (de verdad, de la propia Galicia), Cándido del Río, y un isleño, Luis Suárez Galván, ambos hombres, se encuentran un buen día en Cuba y realizan una de esas raras epopeyas que vienen a reforzar mitos y leyendas de la emigración. Porque si es verdad que la historia la escriben los vencedores, también lo es que de la emigración suelen recordarse demasiadas veces sólo los triunfos, salvo en estudios especializados cuyas estadísticas desmienten las fábulas y ficciones de calles pavimentadas de oro. De niño escuché también historias fantásticas de hombres que se lanzaban sin más a la aventura (de aquel lejano pariente, por ejemplo, cuyo nombre ahora no puedo recordar, que bajó un día a Las Palmas, y ahí mismo decidió de golpe vender su caballo por el precio de un pasaje a Cuba, a donde fue a parar sin  más también, aunque enviando un recado a su esposa que se iba de viaje). Que los isleños en general, y el canario en particular, tengan un carácter aventurero, bien puede ser, aunque quizá el refrán de a la fuerza ahorcan es lo que mejor explica la fiebre emigratoria que asoló a Canarias durante la segunda mitad del XIX, y que en lo que a Guía respecta, quedan tan exactamente documentada en la obra de Pedro González Sosa. Y su hermano, Manolo, una vez me contó que otro antepasado mío, Salvador Guerra –personaje estrafalario y pintoresco que ha regalado leyendas por Canarias y Cuba- de niño jugaba a lanzarse al mar en una barquilla con otros amigos rumbo a Cuba, y en una ocasión al menos tuvieron que ser rescatados por las autoridades marinas. Aun así, ¿qué duda cabe que casos como el descrito por Andrés Navarro Torrent en su Diario representan a la postre una clara minoría? ¿Cuántos, como Navarro, pudieron darse el lujo de abandonar profesión y vida acomodada en búsqueda de una fortuna aún mayor de la que gozaba? Si algo típico hay en ese diario es el resultado final de la aventura emigratoria, pues si su caso es excepcional por haberse lanzado a la aventura sin necesidad aparente, a la postre, sin embargo, esa su aventura se hace pareja a la de tantos que como Navarro encontraron desilusión y engaño al final del camino.

             Este, ciertamente, no fue el caso de Luis Suárez Galván: empezó pobre como casi todos y terminó rico como pocos. De mi abuelo, quien muriera veintidós años antes de nacer su último nieto que hoy les habla, sé lo que he podido leer en una breves memorias que escribió para su nieto mayor, así como por un libro que trata de canarios en Cuba que le dedica un capítulo, y otras memorias breves que compuso uno de sus socios, Heriberto Lobo, para el acto que celebraba su jubilación justo ese mismo año de 1.938 que me vio nacer. Gran parte de ese discurso reproduce las palabras dedicadas a Luis Suárez Galván que en la revista Cuba y Canarias había publicado ya en 1.912 Heriberto Lobo. Completa mi información lo que he podido recoger en conversaciones con personas ya fallecidas que conocieron a mi abuelo. Una curiosa coincidencia lo une a Silvestre de Balboa: también mi abuelo ejerció de escribano, si bien, contrario a Balboa, nunca pudo cumplir su sueño de ser escritor. Su mismo nacimiento estuvo marcado por adversidades, pues el año en que vino al mundo –1.851- azotaba el cólera a Guía. Su madre sufrió la epidemia, a resultas de lo cual mi abuelo tuvo un desarrollo tardío, no logrando caminar hasta los seis años, y no pudiendo asistir al colegio hasta los nueve. Y a tan temprana edad muestra una feroz tenacidad, superando obstáculo mediante el esfuerzo y el trabajo que le permiten pronto alcanzar el mismo nivel escolar que sus coetáneos. La pobreza le acarrea la que sin duda fue la más grande desilusión de su vida: no poder continuar el bachillerato en Las Palmas, como era la costumbre en Guía en aquel entonces para los que disponían de los medios necesarios. En vez, tuvo que ejercer de aprendiz a los doce años en un taller de zapatería, pero poco después, debido a su buen manejo de letras y matemáticas, el Cabildo Municipal lo emplearía como amanuense y ayudante de un agrimensor, ganando una peseta diaria, pasándose la semana entera fuera del hogar y pernoctando en cuevas donde se guardaban los alimentos para el ganado. Una vez más, las letras y los estudios le permiten mejorar de situación, y logra colocarse en una escribanía en Guía. Ya para este entonces, entrando mi abuelo en la adolescencia, un tío materno había escrito desde Cuba ofreciéndole una plaza en su pequeño comercio. Mi abuelo ni quería ir a Cuba, ni quería ser comerciante, pero a la pobreza de su situación vino a unirse otro motivo cuyo carácter macabro no deja de encerrar cierta nota humorística debido a unas circunstancias que sus memorias narran con verdadera maestría: aun vacilante respecto a si aceptar o no la oferta de emigrar a Cuba, la escribanía le pide a mi abuelo que redacte un informe sobre una autopsia en el cementerio de Guía, para lo cual era necesario su presencia durante la actuación del cirujano. Ahí mismo decidió emigrar.

             Corría el año 1.867, contando mi abuelo quince años y medio, cuando embarcó para Cuba. En vez de cama con sábanas de holanda, le esperaba un catre en el almacén del comercio que montaba por la noche y desmontaba a la madrugada. Pero si mi abuelo no pudo seguir el camino de las letras que tanto anhelaba, y que de alguna manera llegó a compensar con una intensa lectura, al punto de ganarse la reputación de un hombre de fina cultura, su vida en cambio se tornó novela. Novela realista, a lo Galdós, si se quiere, en determinados momentos, como cuando, al tocar los veinte años, y al decidir el tío materno regresar a Canarias, se encuentra ya mi abuelo a cargo de la empresa debido a su inteligencia y capacidad de trabajo, tal cual uno de esos personajes en los que don Benito veía el porvenir de España. Esa dicha que le permitía aprender de todo, sacarle provecho a la más desventajosa situación, brindaba ya sus frutos. Pero también novela maravillosa, fabulosa, más próxima ahora al realismo latinoamericano.

             Recién he nombrado a Cándido del Río. Por otra de esas casualidades de la vida, mi familia tropezó en Madrid hace años con la descendiente de del Río, relación que nos une hasta hoy. Intercambiando  anécdotas, he logrado completar lo escrito tanto por  y de mi abuelo. Sin duda lo más llamativo fue el primer encuentro entre el gallego y el canario. Debió ser un domingo, pues mi abuelo cruzaba la Bahía de La Habana hacia el casco de la ciudad como solía hacer cada otro domingo, único tiempo de solaz que le permitían las circunstancias. El negocio de del Río era precisamente el de facilitar el trayecto en su barco a través de la bahía, negocio que floreció hasta permitirle adquirir una pequeña flota. Por lo visto, del Río y mi abuelo entablaron enseguida una sincera amistad, la cual fraguaría algún tiempo después en lo que sólo puede describirse como uno de esos episodios tan maravillosamente novelescos que vuelven a comprobar que la vida, en efecto, puede llegar a superar la ficción. Pues en uno de esos trayectos, Cándido del Río le revela a Luis Suárez Galván que sus años de ardua labor le habían permitido acumular un capital considerable. Él, sin embargo, desconocía el mundo de los negocios que mi abuelo ya para ese entonces sí conocía a trancas y barrancas en el pequeño comercio de su tío materno. Y hay quien cuenta que el gallego, que  como tantos entonces no creía en la blanca, le enseñó a mi abuelo un cofre lleno de dinero. Para mayor maravilla aún, la muerte de su socio gallego años después sumió a mi abuelo en una profunda tristeza, desmintiendo así el tópico de la incompatibilidad entre amistad y negocio, pero también brindando un claro indicio de la gratitud que siempre sintió y profesó mi abuelo hacia su socio y amigo. La misma, dicho sea de paso, que aquel otro socio posterior, Heriberto Lobo, alabaría en su discurso de jubilación.

             Así, con un golpe de suerte de carácter novelesco, digno de un García Márquez, me atrevo a decir, comenzó la fortuna de Luis Suárez Galván. Y si maravillosa es la anécdota, no menos lo es la humildad de mi abuelo. Porque lo que acabo de contar es lo mismo que cuenta don Luis en sus memorias familiares, y lo mismo que después me contaron los nietos de del Río. Es decir, Luis Suárez Galván, indudable genio empresarial y hombre de negocios admirado por todos, no tiene ningún reparo en admitir que una sonrisa de la suerte le abrió el camino de la prosperidad y el reconocimiento. Y esa humildad, naturalmente, no refleja una virtud aislada, sino que es más bien reflejo de una personalidad y un carácter fundamentalmente éticos. Los hechos vuelven a confirmarlo, no las palabras de su nieto que aquí se limitan a recordar esos hechos.

             Que Guía honre la memoria de Luis Suárez Galván con el nombre de una calle y su retrato en el ayuntamiento, habla ya del sentido de la lealtad de mi abuelo. Como también mi madre, mi abuelo jamás olvidó su pueblo, tal que cuando le llegó fortuna, la repartió generosamente aquí. También en mi reciente viaje a Cuba, al entrar en el Hotel Inglaterra (el mismo, por cierto, en el que se alojó García Lorca durante su estancia en La Habana), descubrí una placa dedicada a Nicolás Estévanez, aquel canario, que siendo aún español en aquel entonces antes de consumarse su evolución hacia posturas más radicales, renunció a su carrera militar en protesta por el fusilamiento de unos estudiantes cubanos. Mi abuelo no fue tan dramático. Lo debió pasar mal durante la Guerra de Cuba, aunque sabido es que los canarios fueron mejor considerados en general por la población, y, de hecho, un número de isleños simpatizó con la causa cubana, al igual que otros españoles, entre los que se encontraban, por cierto, los que querían una intervención norteamericana por favorecer sus negocios. Otros, como el propio Estévanez, sienten el desgarro entre la patria y el derecho a la libertad y la justicia. Y aunque es el silencio la nota predominante en las memorias de mi abuelo durante este periodo, una acción posterior da a entender a las claras que su corazón debió estar como el de Estévanez partido en dos.

             Tras la independencia de Cuba, pero durante la primera intervención norteamericana en la isla, debido justamente al ya mencionado reconocimiento del que gozaba mi abuelo como hombre emprendedor y empresario inteligente que ya lo había llevado a la presidencia de la Cámara de Comercio de Cuba (de la que también sería presidente honorífico después), así como a ser miembro de la junta directiva de la institución bancaria de Nueva York que era depositaria del dinero del gobierno cubana, dicha institución le encarga a mi abuelo fundar y organizar el Banco Nacional de Cuba. Acepta, funda y organiza, pero al cabo de un año, en marcha ya el proyecto, renuncia el guiense Luis Suárez Galván al puesto de Presidente del Banco Nacional de Cuba, esgrimiendo justamente su condición de canario, español y extranjero, alegando que no era propio que un extranjero presidiera el banco nacional cubano. En ese momento en que norteamericanos y españoles se reparten el comercio cubano, un comerciante español defiende la justicia y el derecho de los cubanos a regir su destino en materia tan imprescindible como la economía. Lo de menos es que su ejemplo no fue emulado, pues le sucedió otro extranjero al puesto. Lo notable es que don Luis siguió su conciencia una vez más en contra de toda tentación de vanidad y avaricia. Una vez más, porque se trata de la misma rectitud y el mismo sentido de justicia que siempre practicó mi abuelo, cuya generosidad le llevó a repartir fortuna también entre sus empleados, ofreciéndoles la oportunidad de convertirse en socios de Galbán y Co. Así como nunca olvidó su pueblo, jamás tampoco olvidó a los que como él no heredaron, sino que forjaron su propia fortuna.

             Recientemente se presentó en Londres un bello libro fotográfico sobre La Habana escrito por la nieta de Heriberto Lobo, cuyo apellido pasaría a Galbán y Ca., llamándose en adelante Galbán Lobo y Ca. Esa empresa que fundó como pequeño comerciante un guiense, José Antonio Galván, el tío de mi abuelo, y que otro guiense, Luis Suárez Galván, convertiría en una multinacional azucarera, pasaría a ser tras la muerte de mi abuelo un imperio azucarero que se extendía desde Cuba a Filipinas. Lo cual era del todo previsible al morir mi abuelo, quien ya desde principios de siglo había abierto oficinas en Nueva York, tal era la magnitud de su negocio. En las palabras introductorias de ese libro fotográfico sobre La Habana, sin embargo, no se habla de Luis Suárez Galván, aunque sí de la empresa que él fundó de los restos de aquel pequeño comercio de su tío materno, incluyendo, por cierto, el central azucarero más importante de esa empresa que hasta la fecha lleva el nombre del príncipe guanche Tinguaro que le debió dar mi abuelo, o quizá su socio en honor al canario que le acogió cuando Heriberto Lobo se vio forzado a huir de la dictadura venezolana de Cipriano Castro. Lo digo sin ninguna animosidad, y con total comprensión, pues la autora escribe para honrar la memoria de su padre, el hijo de Heriberto Lobo. Pero además, la ausencia ahí del nombre de Luis Suárez Galván resulta del todo consubstancial con su personalidad.

             Innegable es que todo escrito autobiográfico responde a una dosis de vanidad. Si a alguien se le ocurriera ahora recordar el caso de Teresa de Ávila, cuyas memorias responden al mandato de su confesor, basta recordar también ahora que era una santa, y por tanto, la obligada excepción a la regla. También mi abuelo tuvo su dosis de vanidad, pero a menos que admitamos que la vanidad puede ser virtuosa en algún momento, tendríamos que decir que en su caso se trata más bien de la satisfacción personal que conlleva cumplir con la justicia y con la solidaridad hacia el prójimo. Porque si de algo se precia Luis Suárez Galván en sus memorias es de haber respondido a todo momento a ese sentido de justicia y solidaridad, a los cuales, de hecho, subyugó esa otra vanidad mundana, ausentándose de honores y reconocimientos, conforme hace constar también su socio Heriberto Lobo en su escrito. Es más, el hijo de Heriberto, Julio Lobo, último presidente de la compañía, bajo cuyo mandato, muerto ya mi abuelo, la casa prosperó inmensamente, en cierta ocasión me expresó la misma admiración por mi abuelo en términos extraordinariamente emotivos. Hombre inmensamente rico, como se podrá imaginar, había viajado por todo el mundo, aunque no a Canarias. Pero tan grande fue esa admiración por mi abuelo, que antes de morir en su exilio madrileño, este empresario cubano viajó a Canarias y a Guía para conocer personalmente la tierra donde nació Luis Suárez Galván en una especie de peregrinación al verdadero origen de todo lo que tanto había significado en su vida de empresario. Y lo más curioso para mí es que este otro gran hombre de negocios, tan poderoso que llegó a influir en la política cubana de su tiempo, no hablaba de la misma capacidad empresarial de mi abuelo tanto como de su admiración por el carácter recto y la personalidad que infundía respeto y admiración de Luis Suárez Galván.

             En Cuba y en Canarias, el nombre de Luis Suárez Galván evoca la épica de un emigrante que remando contra viento y marea arribó al puerto de la bienaventuranza. Y aunque sin menospreciar en lo más mínimo esa hazaña, más meritoria aún para él y para todos nosotros es saber que de Guía salió un hombre a quién el éxito con todos sus peligros y tentaciones no pudo privar de disfrutar de esa otra bienaventuranza de los humildes. Hombre sencillo, de Santa María de Guía, que aún muchacho tuvo que emigrar, pero que nunca olvidó la tierra que tuvo que abandonar por tristes circunstancias, porque tampoco olvidó nunca que la tierra propia no se mide por beneficios materiales, sino por el cariño, el calor y la cultura que forman la verdadera fortuna de los hombres sabios.

             Si hoy he hablado de dos guienses a los que me unió el destino y la vida con franco orgullo por la sangre guiense que corre por mis venas, repito que ha sido con la intención de poder compartir con todos ese orgullo de nuestros antepasados que tantos valores y riquezas espirituales nos ha legado. Cabal canario, mi abuelo, clara canaria, mi madre, que me inculcaron con sus memorias y su ejemplo el amor a este pueblo que hoy, celebrando el cuatrocientos setenta y cinco aniversario de su fundación, honra a su nieto e hijo invitándole a pronunciar este pregón que yo hubiera deseado cantar con mejor plectro. Bien sabe la Virgen de Guía que jamás como hoy he envidiado a los poetas, no pecaminosamente –también lo sabe la Virgen-, sino sanamente para poder hacer justicia poética a este pueblo, cuna de mi ser aunque no de mi nacimiento. Para compensar por el vacío de mi verbo, usurpo los versos del poeta guiense, Manuel González Sosa, que con la misteriosa maravilla de todo poema me da en el blanco del corazón, expresa mi sentir hoy el mismo que el de su personaje “El Cruzado” al regresar a su pueblo:
                                                         
Entra en su valle. Absorto detiene el paso.

Canta
Un mirlo entre los álamos.
Yo también regreso hoy con el canto del mirlo a postrarme bajo el manto de la Virgen de Santa María de Guía y de los álamos de su pueblo, que siempre ha sido el mío

Muchas gracias, y ¡que viva Santa María de Guía!



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