Los diez duros. Por Santiago Gil

LOS DIEZ DUROS
Por Santiago Gil
nuestro primer amor y de todos aquellos estrenos que han ido marcando
el destino de nuestra existencia. Yo, por ejemplo, recuerdo cada Jueves
Santo el primer sueldo de mi vida. Fue después de misa, hace más de
treinta años. Cobramos diez duros por dejarnos lavar los pies en una
función religiosa con la iglesia de Guía totalmente atiborrada y con
todo el boato de don Bruno y el sacristaneo de los meapilas de aquellos
años.
Música de Papagüevos II


Santiago Gil
No nos acordamos de nuestros primeros pasos, pero sí de nuestro primer amor y de todos aquellos estrenos que han ido marcando el destino de nuestra existencia. Yo, por ejemplo, recuerdo cada Jueves Santo el primer sueldo de mi vida. Fue después de misa, hace más de treinta años. Cobramos diez duros por dejarnos lavar los pies en una función religiosa con la iglesia de Guía totalmente atiborrada y con todo el boato de don Bruno y el sacristaneo de los meapilas de aquellos años. Nosotros hubiésemos pagado por estar donde estábamos, y de hecho había que pelotearse durante semanas al ínclito don Bruno para que te seleccionara en ese equipo de privilegiados del que estaba pendiente todo el pueblo. El resto de los días de Semana Santa lo que valía era la ropa de monaguillo para coger el incensiario o cualquiera de las palmatorias que ponían la penumbra y el olor a cera en las procesiones. Yo conseguí mi puesto de apóstol gracias a Manolo el sacristán. No tenía nada que ver con don Bruno. Era un hombre bonachón y relajado que yo creo que iba por la iglesia para darle rienda suelta a su vena artística tocando el órgano y cantando canciones en latín. Ser elegido apóstol era garantizarte diez duros de los de entonces para golosinas y dulces en el quiosco de Doña María o en la dulcería de Milagritos que estaba justo al principio de aquella calle de adoquines y escaleras que uno cree haber encontrado luego en Lisboa, una calle de fados y de sombras que una y otra vez aparece en mis recuerdos de infancia o en las carreras casi suicidas camino del barranco.
Los diez duros, que eran unas monedas de empaque, pesadas y enormes, nos los daba don Bruno cuando acababa la misa y ya habíamos colocado en los roperos que estaban a la entrada de la subida del camerín las grotescas ropas de monaguillo con las que nos disfrazaban de san Juan , san Pedro o san Felipe. El agua estaba helada, pero a uno le daba igual el frío cuando pensaba en la milhojas o en la decena de sobres de estampas que podríamos agenciarnos con los diez duros. No sé si los curas se creían que estábamos allí por devoción. Allá ellos con sus sus creencias. Entonces está claro que uno no se atrevía a cuestionar los dogmas; ni tampoco sabíamos que hubiera vida inteligente más allá de los cielos y de los infiernos. Pero aun así sí teníamos claro el interés de la parafernalia. Ya el Viernes Santo sabíamos escaparnos a tiempo del sermón de las Siete Palabras y aparecer por la iglesia sólo cuando iban a salir las imágenes de Luján Pérez en procesión. No valía la pena aguantar aquellos plúmbeos, aburridos e interminables sermones de don Bruno para ir detrás de los santos. Lo que hacíamos era meternos entre los tronos, acercarles el agua a los cargadores y mirar con cara de pasmados los rostros sufrientes de La Dolorosa o del Cristo de la Columna. Uno, en Guía, sí es verdad que se siente afortunado de haber podido gozar de un arte tan sublime desde niño. Nos pusieron el listón muy alto. No me queda nada de la religión de entonces, casi todo falacia y martirilogio, pero sí es verdad que mis cánones y mis conceptos de belleza sí quedaron marcados por la genial imaginería de Luján.
Ahora te pagan y no ves nunca el dinero, y cuando te lo dan contante y sonante te quedas traspuesto y mirando a los celajes por la poca consistencia de las monedas o por el trasluz tan poco romántico de los billetes. Aquellos diez duros que nos daban entonces, moneda bruta y enorme donde la hubiera, sí era una recompensa aceptable que pesaba en tu bolsillo y dibujaba un gesto de asombro entre los amigos que no habían tenido la fortuna de haber sido elegidos como apóstoles. Yo fui apóstol por lo menos una vez en mi infancia. Eso es algo que no puede decir todo el mundo. Y cobré de aquellas monedas nada virtuales y manejables que yo creo que gastabas sobre la marcha para no tener que cargar más de un día. Lo material tenía otro valor en aquellos años, y sólo me basta recordar también las llaves enormes de las casas de mis abuelas. Se presumía de que las puertas no se cerraban nunca, pero yo creo que no lo hacían para no tener que estar cargando en los bolsillos aquellas llaves parecidas a las que llevaba San Pedro cuando salía en procesión por La Atalaya. Hoy quiero celebrar el aniversario de ese primer sueldo apostólico que gasté en milhojas, caramelos, cornetos y masticables. Me pagaron por lavarme los pies, sólo por eso. Luego he podido cobrar mucho más dinero por los diferentes trabajos que he ido realizando a lo largo de mi vida. Pero nunca fue tan fácil ganar monedas como entonces, ni tampoco he vuelto a notar la recompensa con el mismo peso y el mismo tacto de aquella vez. Ahora supuestamente también cobro, pero sólo lo veo en la pantalla de un ordenador. Entonces no sólo cobraba con más peso. También lo que ganaba me lo gastaba en los quioscos de golosinas o en aquellas dulcerías que olían siempre como uno soñaba que debía oler el paraíso.
21 de marzo de 2008.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
La rondas de la radio. Por Santiago Gil

LAS RONDAS DE LA RADIO
Por Santiago Gil
crucé mi infancia con el eco de estas radios sonando en casa de mis dos
abuelas. Recuerdo coplas, radionovelas o rosarios interminables. Sonaba
como el Nodo, pero con el tiempo todas aquellas voces se terminaron
volviendo mágicas, tan mágicas y tan milagrosas que soy capaz de
rememorarlas con toda la intensidad y todo el misterio de entonces.
Música de Papagüevos II


Santiago Gil
A los niños de hoy en día les puede parecer cosa de lelos que uno preguntara todo el rato de dónde salían aquellas voces. Como eran radios grandes te podías imaginar a un hombre muy pequeño metido dentro del aparato. Yo siempre pensé que había alguien metido dentro de aquellas radios con nombres de ciudades lejanas en las pantallas iluminadas y unos botones que parecían los mandos de trenes o de los aviones que veíamos volar cerca de nosotros cuando levantábamos la cabeza hacia el cielo interminable y siempre azul que coronaba nuestra infancia.
El fútbol parecía algo mucho más épico cuando escuchabas el sonido ambiente de los estadios entre pitidos de interferencias y gritos apasionados de comentaristas que yo creo que sentían más las camisetas, por lo menos la camiseta amarilla de la Unión Deportiva, que los propios jugadores. También los presentadores declamaban de otra manera, y no digamos los actores y las actrices de las radionovelas. A lo mejor uno no se acuerda, pero igual llegamos a la magia de la literatura y la imaginación poniéndole imágenes a aquellas palabras que contaban desamores o rutinas cotidianas mientras nosotros andábamos con el Lego o haciendo rodar coches de hojalata. Nos vamos haciendo en muchas partes y con muchos sonidos, y la mayor parte de las veces ni siquiera recordamos lo que nos convirtió en lo que somos. Yo, sin la radio, jamás hubiera sido el mismo. Sus emisoras morunas, las canciones que aprendías de memoria, los anuncios, las cuestaciones de San Juan de Dios, qué se yo, Mara González, el Butanito, la música clásica que no sabíamos que era música clásica y que nos detenía en mitad de la tarde para descubrir un violín o un acorde de Mozart, las misas, los cánticos regionales, el ángelus, el mismo ángelus que teníamos que rezar en el colegio antes de volver a casa a las doce, la sintonía del parte de Radio Nacional de España, Nixon, el Watergate, Braulio sonando para toda España, las músicas militares cuando murió Carrero o Franco robándole el espacio a la alegría de las voces y de los sorteos de productos de limpieza o pastillas de Avecrem. Parece cosa de hace muchos siglos si lo acercamos al fuego de las nuevas tecnologías. A esos recuerdos les pasa un poco lo que a nosotros, que estamos y no estamos en estos nuevos tiempos. Aquellas radios de galena, y los transistores cutres de unos años más tarde, fueron nuestra escuela tecnológica y nuestra ventana a un mundo que parecía mucho más fantástico y lejano que lo que vemos ahora en el google earth o en cualquier viaje de un par de horas que nos lleva de una punta a otra del planeta. Somos de donde venimos. También de lo que fuimos escuchando.
Las noches de nuestra primera infancia también servían para soñar amores platónicos. Y lo hacíamos al ritmo de las canciones que nos iban poniendo en La Ronda, un programa de peticiones musicales que escuchábamos todos metidos en la cama, con el transistor debajo de la almohada y dejándonos acunar por los boleros y las canciones que elegían los enamorados para acercar las distancias o penar males de amores. Me llega el eco de La Ronda en la radio del coche cuando veníamos de Las Palmas o íbamos camino de Agaete, o cuando estaba jugando un parchís porque al día siguiente no había colegio y te podías acostar más tarde. La radio fue también nuestra escuela. De ella nos llegaron noticias y canciones que fueron cambiándonos la vida y la propia manera de entender el mundo. Más tarde, ya en la adolescencia, llegó El loco de la colina para rematar todos esos años de escuchas previas. Nos licenció en sensibilidades, versos, seducciones y canciones inolvidables. Desde entonces soy incapaz de dormir sin escuchar, aunque sea sólo unos minutos, lo que dice la radio. Ese hombre, que ahora debe ser todavía más viejo y más pequeño, sigue empeñado en contar historias que vienen de ninguna parte y se quedan debajo de la almohada confundiéndose muchas veces con mis propios sueños.
15 de marzo de 2008.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Detrás de las ventanas. Por Santiago Gil

DETRÁS DE LAS VENTANAS
Por Santiago Gil
de sombras. Uno a veces tenía la sensación de estar pisando los mismos
pasos de otros que nunca conocimos, antepasados que también subirían y
bajarían esas mismas cuestas con el ánimo ciclotímico de cada momento.
Ni siquiera a última hora de la noche, con el pueblo vacío y
silencioso, te llegabas a sentir solo en el mundo. A veces tengo la
sensación de que hay ciertas corrientes de aire que mantienen habitadas
cada una de las esquinas del casco histórico guiense, y lo más probable
es que hasta nosotros mismos formemos parte de esas presencias
abstractas y algo fantasmales que casi siempre se acaban confundiendo
con los recuerdos.
Música de Papagüevos II


Santiago Gil
También estaban todas aquellas mujeres que miraban desde las ventanas. Algunas jamás salían a la calle, o lo hacían sólo para ir a misa y cumplir con los mandatos de la iglesia. No hacía falta que levantaras la vista para saber que te estaban mirando, a veces ocultas detrás de visillos o postigos, y otras directamente apoyadas en el cristal, pálidas y casi siempre tristes. Supongo que muchas de ellas estarían penando males de amores, depresiones mal curadas o viudedades que entonces suponían poco menos que una condena o casi un entierro en vida. Las menos escondidas nos saludaban tímidamente con la mano, pero a nosotros nos daban miedo sus ojos cavernosos y sus gestos sombríos. No nos dejaban ver nunca a los muertos, pero siempre supusimos que serían como aquellos espectros que nos miraban desde las casas en penumbra. Alguna vez nos contaban la historia de la encerrada o el encerrado, falsas leyendas y mitos que se iban llenando de mentiras increíbles y de toda clase de exageraciones. Me imagino que casi todos aquellos espectros de mi niñez ya habrán muerto, o igual ya estaban muertas entonces y siguen asomadas a los mismos ventanales entornados de la calle del Medio o la calle del Agua.
En esas muchas idas y venidas entre San Roque y La Plaza siempre nos encontrábamos con Delfi asomada a su ventana, con un cojín para apoyar sus brazos, y con otro sobre la silla que la elevaba y la hacía sobresalir desde que uno venía a la altura del callejón de León, en caso de que subiéramos, o desde la panadería o el bar de Pepe Flores cuando bajábamos camino de la Plaza. Delfi no se escondía. Supongo que su vida fue un eterno desconsuelo por los amores que no podía tener y por los viajes que jamás se atrevió a realizar. Su joroba y sus torpes andares, sin embargo, la acercaban más a los sueños. A los niños nos encantaba pararnos debajo de su ventana, apenas a un metro de la acera, para escuchar sus aventuras inventadas o las muchas referencias familiares de nuestros ancestros que iba rememorando. Su figura desgarbada y contrahecha forma parte del paisaje diario de nuestra infancia. A ella le gustaba estar siempre elegante, supongo que por si aparecía el amor de su vida: no hay vida que resista si no conserva, aun en lo más remoto de su deseo, el deseo de la aparición de una mirada, un perfume o un gesto que le dé sentido a nuestra existencia.
Con los años compartí con Delfi la afición a coleccionar sellos y a soñar que cada una de aquellas estampas mataselladas había llevado noticias que, en muchos casos, seguro que cambiaron el curso de la vida de sus destinatarios. Incluso me regaló uno de mis más preciados tesoros: numerosos sellos matasellados y luminosos de principios de siglo y de la Segunda República. Esa afición también la compartía con nosotros Sergio Aguiar Castellano, quien desde niño ya mostraba las mismas querencias por todo lo que oliera a pasado y a memoria de otros tiempos. Yo dejé de coleccionar sellos a los dieciséis o diecisiete, supongo que por desear descubrir cuanto antes ese mundo que soñaba como lo hacía Delfi cada vez que dirigía la lupa sobre una efigie de Brasil, de Venezuela o de Francia. Me imagino que en los setenta o principios de los ochenta ella debía andar ya por encima de los sesenta años. Luego yo me fui de Guía y con los años me enteré de su muerte, mucho tiempo después de que sucediera. Esa es una de las cosas que peor se llevan en la distancia: las noticias diferidas y los ritos que uno querría haber cumplido por lealtad a la persona que un día formó parte de nuestra vida diaria. Me ha pasado hace poco algo parecido con Luis Castellano, con quien junto a Carlos Aguiar y al ya citado Sergio me acerqué a la literatura a mediados de los ochenta. Luis escribía de maravilla, y sobre todo era un tipo culto y tremendamente humano. El jodido cáncer también se lo ha llevado por delante sin respetar edades o proyectos. Me quedan sus pausadas palabras de tantas noches hablando de Rayuela de Cortázar, del Rojo y Negro de Stendhal o de alguna novedad editorial más o menos de moda. Hacía muchos años que no hablábamos: es lo de siempre, que pensamos que vamos a tener todo el tiempo del mundo para recuperar viejas amistades y cuando menos te lo esperas aparecen las parcas y se lo llevan todo por delante.
Pero estábamos hablando de Delfi. Y me acordaba de ella por la ternura y la complicidad de su presencia diaria, tan distinta a las tétricas siluetas que nunca salían de las cárceles de sus casonas blasonadas. Uno recrea esas idas y venidas por las calles del pueblo y le parece que anda recordando una de aquellas películas que nos ponían los domingos en la matiné del Hespérides, o un libro leído hace muchos años. No parece cosa de la realidad, sobre todo cuando lo pasamos por el tamiz de estos tiempos tan tecnificados y ultramodernos. Añoramos esos ritmos y esas presencias, incluso las más sombrías. La realidad parecía mucho más literaria, y de hecho a veces pienso que si escribo es por la propia inercia de esos años, que lo hago para no dejar morir aquella convivencia con las sombras y las leyendas a la que me acostumbré de niño. Incluso más de una vez, cuando recreo un diálogo, me recuerdo como mismo hablaba con mis abuelas o con Delfi durante horas. No eran como esos mentecatos o esas cursis que se empeñan en hablar con los niños como si fueran idiotas. Ellas lo hacían de tú a tú, valorando nuestra imaginación y contándonos sucesos que nos mantenían con los ojos en vilo hasta que terminaban de aclararse. Seguramente de ahí viene todo lo que escribo. De aquellas voces. De aquellos ecos no olvidados. De tantas tardes escuchando a mi abuela Bárbara inventándose el mundo sentada debajo de un nisperero.
3 de marzo de 2008.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Carlos Aguiar. Por Santiago Gil

CARLOS AGUIAR
Por Santiago Gil
vida. Hubo otros, como fue Tano Mateos, con los que también aprendí a
descubrir el mundo antes de que pasaran los años y cambiaran los
escenarios de mi vida cotidiana.
Música de Papagüevos II


Santiago Gil
Hace veinticuatro horas que mi vida es un flashback constante. Aparecen recuerdos y vivencias de más de veinte años, desde aquellos interminables partidos de chapas en la plaza cuando salíamos del colegio hasta cada uno de los amores que nos inventábamos y escribíamos con tiza a todas horas por las calles. Fastidia saber que ya no dispondré del punto de vista de la única persona que vivió más de media vida junto a mí muchos de los momentos más mágicos y sublimes. En el fútbol, por ejemplo, Carlos también estaba tocado por los dioses, y si no llega a ser por el maldito asma que tanto refrenó su vida, yo estoy seguro que hubiera llegado donde le hubiera dado la gana. Algo parecido pasaba en los estudios: siempre era el empollón de la clase, aunque jamás ejercía como tal, o por lo menos nunca se chuleaba como lo hacían otros con un par de sobresalientes. Estuvimos juntos en clase, que se dice pronto, los ocho años de EGB y luego los dos últimos años de instituto, y también todas las horas de ocio entre medias, las mañanas de los sábados y los domingos, y posteriormente en las primeras parrandas, en las sonadas borracheras de cuando descubrimos el alcohol o en el acercamiento a los primeros amores. No tuvo suerte con las mujeres. Nunca entendí por qué, pero le hirieron más de una vez, y le costó mucho remontar el vuelo, y de hecho, por lo que me cuentan de sus últimos años, incluso le dejaron herido de muerte hace un tiempo.
Bueno, Carlos, cambio de caballo y de voz narrativa en pleno texto. Prefiero seguir hablando contigo y tenerte cerca, a lo mejor rememorando algún recuerdo, o cantando a voz en grito Querida o Penélope de Serrat, o algo del canalla Sabina que descubrimos recién salido aquel directo que tanto nos acompañó en las primeras farras de mediados de los ochenta. Es imposible hacerse a la idea de la desaparición para siempre de aquellas personas que piensas que van a estar al otro lado del teléfono toda la vida. Tú bien lo sabes porque lo viviste de cerca hace poco con tu padre, otro gran tipo, y con tu tía, y de hecho buena parte de tu tristeza reciente venía de esas pérdidas que tanto te dolieron. Podría ponerme de nuevo serratiano y cantar contigo la Elegía de Miguel Hernández. Lo hago en silencio como mismo lo hicimos los dos más de una vez entonando los versos que María Teresa Ojeda nos ponía en las clases de Literatura del instituto. Anoche, por cierto, también estuvo por el tanatorio María Teresa. Pues imagínate, destrozada: para ella éramos sus hijos, y siempre presumía de nosotros como de sus mejores alumnos: nos enseñó a amar la literatura y nosotros nos dejamos enamorar fácilmente por versos y argumentos sin los que no hubiéramos concebido la vida en los años siguientes. Ya digo que pasa siempre, que no somos capaces de asumir las ausencias definitivas que nombraba Benedetti. Tú bien lo sabes porque siempre viste más allá que todos nosotros, y posiblemente fuera por esa visión más panorámica y real del mundo que vivimos por lo que caíste primero que nadie en el desasosiego y la tristeza. “Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado”. Lo escribo de memoria como lo cantaba Serrat. Así estoy ahora Carlos, “sintiendo más tu muerte que mi vida”. Igual me acerco dentro de un rato al cementerio a despedirte, o igual no tengo fuerzas y me quedo recordándote y recordándonos en cualquier banco de un parque o delante de un mar que hoy está más bravío y gris que otras veces: una vez más todo se ajusta a nuestro ánimo, y el mar, que en el fondo no deja de ser el espejo de nuestras propias almas, no podía nunca aparecer azul y radiante esta mañana. Siempre estarás detrás de cada renglón que escriba porque una y otra vez me preguntaré qué pensará Carlos Aguiar de todo lo que vaya escribiendo. Un placer haberte conocido, amigo. Por aquí andaremos cuidando tu memoria y los muchos buenos ratos que nos regalaste.
4 de enero de 2008.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
El día de mañana. Por Santiago Gil

EL DÍA DE MAÑANA
Por Santiago Gil
lejos cuando nos lo repetían a todas horas nuestras abuelas y los
maestros que trataban de hacer de nosotros hombres y mujeres de
provecho. Siempre te estaban preguntando que qué querías ser cuando
fueras mayor.
Música de Papagüevos II

Santiago GilSupongo que el día de mañana ya ha llegado. Quedaba lejos cuando nos lo repetían a todas horas nuestras abuelas y los maestros que trataban de hacer de nosotros hombres y mujeres de provecho. Siempre te estaban preguntando que qué querías ser cuando fueras mayor. Quedaba bien elegir lo que a uno le daba la gana, y nunca había nadie que pusiera pegas a nuestras ilusiones más o menos improvisadas. A nosotros, la verdad, nos daba lo mismo ese día indefinido y lejano al que pensábamos que nunca acabaríamos llegando. Uno en la infancia piensa que va a estar en el reino de la felicidad y de la anarquía toda la santa vida. Luego llega, no sabemos cómo, ni a partir de cuándo, pero un buen día nos vemos tomando decisiones que marcan el futuro de nuestra existencia. Desde que nos decantábamos por Ciencias o Letras en el instituto ya estábamos escribiendo nuestro gran parte de nuestro porvenir, y por tanto de este futuro que cada cual lleva como buenamente puede.
Uno sueña siempre con vivir el día a día y con no estar pendiente de un porvenir que ni controla ni sabe siquiera si va a transitar con el resto de los humanos que vayan sobreviviendo. De niño jamás pensábamos en el mañana. Decíamos que sí, que estudiábamos para ese día lejano, y hasta repetíamos de carrerilla que queríamos ser abogados, periodistas, médicos o delanteros de la Unión Deportiva Las Palmas. Pero era una forma de callar a los previsores y de seguir a los nuestro sin dar más explicaciones. Todo aquello era una entelequia que no tenía nada que ver con la improvisación de nuestros juegos y con el único objetivo que marcaba nuestras vidas: divertirnos y estar activos y contentos todo el santo día. Lo demás era el aburrimiento, el sopor de la escuela, las misas interminables o los días en cama cuando llegaba cualquier infección de garganta o andabas con un empacho de dulces, de nísperos todavía verdes o de higos cogidos furtivamente después de un día de solajero. Supongo que hubo un momento en que sin darnos cuenta nos alcanzó por fin ese día de mañana en el que ahora seguimos viviendo temerosos y siempre pendientes de la subida de las hipotecas, de la estabilidad laboral y de una salud cada día más delicada y vulnerable. No tiene nada que ver este trasiego diario que no nos deja tiempo para ser nosotros mismos con la intensidad de los días en los que sólo importaba el presente más palpitante e inmediato.
Sí es cierto que hay preguntas para las que es mejor no encontrar respuestas jamás. Aquel juego que estilábamos para quitarnos de encima a los más previsores se acabó convirtiendo en realidad. A lo mejor no somos todo lo que dijimos que queríamos ser cuando nos preguntaban por un futuro que nos importaba tres pitos, pero yo creo que en la mayoría de los casos lo que se decía se ha ido cumpliendo, y ahora te ves de periodista, de médico o de abogado y te preguntas qué diablos tiene que ver eso con tu vida. O te ves en el paro, o bien mirando de lejos tus sueños, y te respondes con argumentos todavía más descorazonadores, entre otras cosas porque nadie decía entonces que quería ser un pobre infeliz sin oficio ni beneficio, y al que repetía que no quería ser nada, que todo le daba igual, se ponían a buscarle salidas laborales sobre la marcha. Me imagino que para acallar tanto coñazo acabaría aceptando lo que le pronosticaran, aquello de tú tienes cara de maestro, de cura o de arquitecto. Nadie decía que teníamos cara de borrachos, de parados depresivos o de hombres con mucha mala suerte y peor vida. Pero ya digo que el día de mañana se presentó de improviso y puso a cada uno donde le dio la real gana. Ya no salimos a la calle henchidos de ilusiones y con la única intención de divertirnos y no desperdiciar un solo segundo de nuestra existencia. Si añoramos la infancia es precisamente por esa anarquía atrevida que no derrochaba nada de lo esencial y de lo que realmente valía la pena, y porque además era la época del descubrimiento constante y de la creencia en todos los sueños. Ahora no es que malvivamos, que cada cual seguro que tiene sus momentos de gloria y sus querencias, pero ya nadie nos pregunta por el día de mañana con la misma intención que en aquellos años. Ahora ya no te permiten cambiar y decir lo que te dé la gana para quitarte de encima a los inquisidores. Eres lo que eres y estás donde estás, y a veces lo mejor es no pensar en ese día de mañana. Piensas en él porque prácticamente vivimos demorando todos los planes y los sueños, y estamos más pendientes de los pagos que nos quedan que de las alegrías que podamos encontrar. También asusta pensar que al paso de otros veinte o treinta años el referido día de mañana nos convertirá en aquellos viejos que se sentaban a esperar a las parcas en los bancos de la plaza grande. Ya no podemos decir, por ejemplo, que queremos ser delanteros centro del Guía o de Las Palmas, y tendríamos que dar muchas explicaciones si siendo abogados o electricistas decimos que queremos ser fontaneros o médicos, o viceversa. Ya somos lo que somos, y no se espera mucho más de nosotros, o se espera que seamos consecuentes con lo que elegimos en su día o con lo que nos ha tocado. Siempre se puede cambiar por completo el argumento de la historia y romper todo lo que parecía previsible, pero la mayoría deja que todo discurra como está, y se deja llevar, siempre nos dejamos llevar: por más que creamos que somos nosotros los que andamos, suele ser el azar el que marca las rutas. Ya digo que llegó ese día de mañana en el que todos nos querían ver como hombres provecho. Nadie nos dijo que el paso del tiempo acrecienta nuestra condición de mortales y nos vuelve más temerosos y previsores. Cada vez nos quedan menos alas para intentar volar. De niños incluso soñábamos con poder volar algún día, pero ahora sabemos que los golpes de la caída duelen y a veces se vuelven incurables. Andamos asegurando todo lo que tenemos, y hasta nuestros huesos están tasados con una cuota mensual que garantiza unos euros a quien nos sobreviva. No me imagino de niño pensando en esas previsiones. Nos preguntaban por ese futuro y contestábamos lo primero que nos venía a la mente. Era como un juego. Y además nunca pensábamos que llegaríamos a rendir cuentas por aquellas intenciones improvisadas, pero mira por donde aquellas preguntas tenían trampa. Y cuando lo descubres ya no tienes tiempo para soñarte distinto a lo que eres.
Enero de 2008.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
La memoria sepia. Por Santiago Gil

LA MEMORIA SEPIA
Por Santiago Gil
noticias caducas. Bajaba a un cuarto trastero que estaba en la casa de
mi abuela y abría cajas antiguas de madera llenas de recortes
amarillentos que hablaban de sucesos lejanos y de protagonistas que
casi siempre estaban muertos o formaban parte de recuerdos ignotos.
Música de Papagüevos II

Santiago GilYo me crié entre recortes sepias de periódicos y noticias caducas. Bajaba a un cuarto trastero que estaba en la casa de mi abuela y abría cajas antiguas de madera llenas de recortes amarillentos que hablaban de sucesos lejanos y de protagonistas que casi siempre estaban muertos o formaban parte de recuerdos ignotos. Mi abuelo Zenobio García Bautista fue durante muchos años corresponsal de muchos periódicos de la capital en la zona Norte, y también estuvo detrás de los que sacaron adelante La Voz del Norte. Pero no sólo iba guardando las crónicas que él publicaba en prensa: la caja de mis sueños infantiles contenía toda clase de noticias relacionadas con Guía, desde sucesos sanguinarios a gestas deportivas. Mientras en la calle vivía una realidad más o menos tangible y cotidiana, en aquel cuarto yo me adentraba en el mismo pueblo pero de una manera más literaria que real, como si lo estuviera soñando en cada una de las palabras que iba leyendo, aun cuando a veces no me enterara de la misa la media. Preguntaba a mi abuela y a mis tíos Fernando o Paco detalles de aquellas crónicas, y entre eso y la imaginación que yo le ponía fui conformando un universo guiense que al día de hoy me parece más literario e imaginado que verdadero. Tengo la misma sensación que cuando leí Cien años de soledad, la de algo que es y no es, que yo he creído haber visto, pero que no he podido ver porque llegué tarde y cuando las cosas ya habían cambiado, o directamente porque nunca tuvo relación lo que llevaba al magín con lo que leía o se suponía que contaban aquellas crónicas. Por eso a veces siento como si me hubiera criado en una especie de entelequia llamada Guía de Gran Canaria y no entre las calles que todavía sigo reconociendo cuando regreso. Yo me entiendo, y espero que ustedes también. También le debo a esas incursiones mis dos grandes vocaciones: el periodismo y la literatura. De alguna manera estaba predestinado a ser lo que soy. En aquella caja antigua llena de papeles desgastados había encontrado escrito mi propio destino.
Con el tiempo buena parte de aquellas noticias fueron expoliadas por algunos que se aprovecharon de la buena fe de mi abuela. Le pedían permiso para consultar datos, o simplemente para curiosear un poco por el pasado del pueblo, y se llevaban recortes relacionados con sus familias o sucesos que no querían que quedaran guardados para siempre en el papel. Del archivo que existe ahora mismo desapareció gran parte de lo que yo recuerdo haber leído de niño. Lo único que no tocaron fueron las crónicas deportivas, las esquelas y unas cuantas noticias más o menos asépticas o insustanciales. Pero supongo que eso será parte del destino del papel. Como nosotros, también está condenado al olvido más tarde o más temprano.
Creo que fue por esos mismos años cuando comencé a escribir mi primera novela. No recuerdo el título ni tampoco cuántas páginas llegó a tener. Supongo que no pasaría de diez o doce hojas de bloc de cuadros o de dos rayas. La escribí a cuatro manos con Carlos Aguiar. No sé cómo nos dio por meternos a escritores. Sí creo que iba de fútbol, de los sueños futboleros de un niño tan soñador como éramos nosotros entonces. Escribir formaba parte de un juego, y se conoce que más o menos tuvo que ser divertido porque con los años recaí varias veces en él, y de hecho ahora mismo no entendería mi vida sin contar con la alianza de palabras o de libros que me salven de la chabacanería, la mediocridad y de lo absurdo de nuestra poca existencia.
No mienten quienes dicen que la vida se va a en un abrir y cerrar de ojos. Creo que cada uno de nosotros tiene sobrados ejemplos de la verdad que encierra ese adagio. Y también es cierto que en medio de esa voracidad del tiempo y del caos más o menos cotidiano cada cual se defiende como buenamente puede. Yo lo hago tirando de las palabras. Ya no es tanto un juego como una necesidad imperiosa para asirme al mundo y para no perder las referencias del pasado. Digamos que es una forma de alargar nuestra propia existencia. Cada tarde que nos sentamos a recordar o a contar a otros nuestros recuerdos nos estamos regalando una moviola que nos ensancha y nos vuelve un poco menos temporales. Sólo así se entiende esta perseverancia literaria. Incluso las noticias que hoy leemos por encima en los periódicos las convertirán en sueños quienes nos sobrevivan. Si no escribimos, nuestra existencia no será más que una cita cronológica de hechos aburridos que se acabará muriendo indefectiblemente con nosotros. Sólo poniéndole ánima y palabra salvamos a nuestro tiempo del olvido.
Noviembre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
El carrusel de los lunes

EL CARRUSEL DE LOS LUNES
Por Santiago Gil
más comas que le pongamos al texto el tiempo ni se detiene ni deja de
dibujar sus rastros en nosotros y en todas las cosas que nos rodean. Ya
lo decía el poeta: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Otra cosa son los fogonazos que nos permiten husmear las brasas casi
apagadas de otros tiempos.
Música de Papagüevos II

Santiago GilCuando se escribe se quiere detener el tiempo. Pero por más comas que le pongamos al texto el tiempo ni se detiene ni deja de dibujar sus rastros en nosotros y en todas las cosas que nos rodean. Ya lo decía el poeta: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Otra cosa son los fogonazos que nos permiten husmear las brasas casi apagadas de otros tiempos. A mí me ha pasado hoy con el soniquete de los programas deportivos de los domingos por la tarde. Todavía hoy me gusta poner de fondo el sonido de los goles y el apasionamiento de los comentaristas que hablan desde San Mamés, el Santiago Bernabéu o Balaídos. Las tardes de domingo siempre tenían de fondo el nombre de épicos futbolistas y de estadios que recitábamos de carrerilla. Entonces la Unión Deportiva Las Palmas también participaba en el festín de los grandes, aunque para seguir al equipo amarillo contábamos con voces más familiares y cercanas como las de Antonio Lemus, Pascual Calabuig, Nanino Díaz Cutillas o Segundo Almeida. La radio estaba siempre de fondo, sin molestar ni en nuestros juegos ni en las conversaciones de nuestros mayores, y sólo se reparaba en ella cuando llegaba un gol importante o faltaban pocos minutos para culminar alguna gesta deportiva.
Hoy he vuelto a dejar que el sonsonete del Carrusel Deportivo aligere la tristeza del domingo por la tarde. Y sobre la marcha he viajado en el tiempo a los lunes por la mañana camino del colegio del barranco. No recordaba desde hacía años al señor en silla de ruedas que estaba siempre en el callejón que está frente al cine Hespérides. Tú corrías barranco abajo, o bien andabas dando vueltas por los alrededores de la plaza, y siempre te lo encontrabas en su silla de hierros con un gran aparato de radio apostado a su lado. Nos contaban que había tenido un accidente de moto. Solíamos preguntarle a su hijo Álvaro por los detalles de ese accidente, pero el chiquillo trataba siempre de cambiar de tema y de improvisar cualquier juego que contribuyera a no remover sufrimientos. El recuerdo de este señor y de las torturas mañaneras de los lunes me lo ha traído el fútbol. Desde nuestra clase se escuchaba siempre de fondo el carrusel deportivo del domingo anterior. El padre de Álvaro lo grababa y lo escuchaba los lunes por la mañana como si viviera el domingo. La estampa era algo surrealista: mientras nosotros tratábamos de memorizar la tabla del siete, de fondo escuchábamos los goles de Kempes o de Morete como si fueran en directo. Todo el pueblo, cuando alguna vez salías del colegio a media mañana, parecía marcado por la tristeza de los lunes. Me pasa lo mismo cuando estoy en cualquier ciudad del mundo, incluso aunque ande de vacaciones. Es como si el malhumor, el miedo y el bajón anímico de la gente se concretara en el color del cielo y en la energía del ambiente. Pero en medio de esas sensaciones, lo único que ponía luz y alegría era el sonido diferido del carrusel deportivo que salía de la radio de aquel señor de la silla de ruedas. Por un momento creías que era posible el milagro de regresar atrás, pero luego seguían las clases, los exámenes y el deseo de que las horas pasaran cuanto antes para volver a casa o a los juegos de la calle. Al mediodía, cuando salíamos del colegio y dejábamos atrás el puente del barranco, todavía estaban los partidos en pleno auge. Yo creo que ponía las cintas varias veces, y alguna vez, se comprende que con necesidad de olvidar un poco más la grisura cotidiana, las ponía en mitad de la semana. Nos parecía una cosa de locos. Incluso puede que nos burláramos de sus nostalgias futboleras; pero resultaba mágico verlo celebrar los goles o emocionarse como si no supiera de sobra lo que iba a pasar. Supongo que sería una de sus defensas ante el tedio y ante la impotencia de verse postrado en una silla. Sonreía y se emocionaba. Y de alguna manera viajaba a otra realidad más acogedora. Intentaba quedarse en el domingo todo el rato. En el fondo era lo que también soñábamos todos. Nunca queríamos salir del domingo ni del carrusel de juegos y de sueños que nos regalaba la fiesta y la inexistencia de horarios y de obligaciones. Hoy me han dado ganas de grabar el carrusel deportivo para ponérmelo cualquier día de la semana en el mp3 camino del trabajo. Aquel hombre sabía soñar los domingos. Supongo que porque no le quedaba otro remedio. Ahora que han pasado los años lo he acabado entendiendo. Entonces su empeño radiofónico parecía algo fuera de toda lógica. Sé que, al igual que ocurre con las comas y los puntos cuando escribes un texto, no podré detener el tiempo que va pasando ante nosotros cada vez más raudo y menos intenso. Pero sí que podría colocar algunas luces festivas en el camino que va quedando atrás. Y algunas voces. Nunca tendrían la misma intensidad del directo, pero al menos me permitirían soñar y esbozar una sonrisa beatífica por lo feliz que he sido y por la buena gente que he ido conociendo en este viaje. Si me dejaran, elegiría la misma sonrisa de aquel hombre triste que se creía sus propias mentiras para poder seguir sobreviviendo.
Noviembre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Fuera de juego

FUERA DE JUEGO
Por Santiago Gil
día te ves en una ciudad extraña o en la sala de embarque de un
aeropuerto y te preguntas qué estás haciendo y hacia dónde estás
conduciendo tus pasos cada vez más apurados y estresantes. Pero también
te pasa al lado de tu casa, o cuando la muerte te golpea de cerca, o en
esos días que amanecen tristes incluso antes de que tú despiertes y
entres a formar parte de la comedia diaria.
Música de Papagüevos II

Santiago GilMe ha pasado muchas veces a lo largo de la vida. Un buen día te ves en una ciudad extraña o en la sala de embarque de un aeropuerto y te preguntas qué estás haciendo y hacia dónde estás conduciendo tus pasos cada vez más apurados y estresantes. Pero también te pasa al lado de tu casa, o cuando la muerte te golpea de cerca, o en esos días que amanecen tristes incluso antes de que tú despiertes y entres a formar parte de la comedia diaria. Te ves en fuera de fuego, como si no entendieras nada de lo que pasa y como si te hubieran dejado a la intemperie, solo y desangelado en mitad de un campo que no te pertenece.
A mí esa sensación de orfandad y de desarraigo me lleva directamente al primer partido federado que jugué con la camiseta del Guía. No sé qué edad tendría, pero no creo que pasara de los ocho años. Entonces no había cadena de filiales, ni entrenamientos sistemáticos, ni mucho menos clases teóricas en las que nos enseñaran las claves y los intríngulis del fútbol. Aprendíamos a jugar en las calles, las maretas vacías y en las canchas bacheadas que había por el pueblo. Lo de ir al campo de La Atalaya, que entonces era el oficial y el único más o menos decente que había en el pueblo, eran palabras mayores. Detrás de esos primeros equipos de fútbol de la Unión Deportiva Guía estaba siempre el bueno de Paquito Gordillo. Yo creo que hasta compraba las camisetas y las botas que nos daban en aquellos primeros encuentros federados. Por lo menos los bocadillos y las botellas de agua sí las pagaba de su bolsillo. Se movía por la pasión futbolera, y ejercía de directivo, entrenador, delegado de campo y padre putativo de todos nosotros. Nos íbamos a La Atalaya o a Barrial y nos distribuíamos en el campo como buenamente podíamos o cabíamos. Recuerdo el primer partido más o menos serio. Jugábamos contra La Atalaya y cuando Paquito me preguntó que de qué quería jugar yo le dije que de delantero centro. Sonaba bien lo de delantero centro del Guía, y además me hermanaba con Santillana, Quini o Carlos, un jugador del Bilbao que creo que fue el goleador de la Liga de aquel año. Entré en la segunda parte con una camiseta que me llegaba a las rodillas y me fui directamente a la zona del punto de penalti. No recuerdo nada más que los gritos de Paquito desde la grada para que me viniera al centro del campo. Yo le decía que no, que quería meter goles y que además allí estaba solo, sin ningún defensa alrededor que me marcara. Nadie me había explicado lo que era el fuera de juego, y si lo habían hecho yo me había enterado de bien poco. Sólo quería estar para meter goles, y lo demás, las reglas del juego y las estrategias, me importaba una higa. No sé cómo acabó aquella escena surrealista. Recuerdo que se me acercó el árbitro y que trató de explicarme la situación, pero no hubo manera de sacarme de las inmediaciones del área. A lo mejor volvía un momento a mi campo, pero desde que veía que el balón iba para delante ya estaba colocado nuevamente detrás de los defensas. Todos eran mucho mayores que yo y tenían claras las cuatro reglas básicas del fútbol. Me sentía fatal siendo un incomprendido, y no sé si me expulsó el árbitro o si el pobre Paquito me sacó del campo lo más rápido que pudo para evitar el ridículo. Aprendí lo que era el fuera de juego un poco más adelante y ya pude jugar partidos siguiendo las normas establecidas. Nosotros, cuando jugábamos por las calles o los campos improvisados, jamás contábamos con el fuera de juego, y me imagino que por eso aquellos encuentros eran tan entretenidos y terminaban casi siempre con marcadores de más de dos dígitos. Las reglas encorsetan siempre las pasiones y los divertimentos.
Para mí el fuera de juego, por más que lo entienda y que sepa cómo se evita, siempre será aquella sensación de orfandad e incomprensión que tuve una mañana de sábado en el campo de La Atalaya. Salvando las distancias, es la misma que uno se encuentra muchas veces en la lucha diaria de la supervivencia. Cada vez son más las veces en que los acontecimientos que observo a mi alrededor me dejan igual de desorientado y perdido. No entiendo muchas de las cosas que están pasando por cotidianas. Me niego a aceptar, por ejemplo, la manipulación, el abuso o la desigualdad. Yo veo que los demás juegan, y que encima te piden que te quites de en medio, o que te metas en su campo para ser como ellos. Y cuando no lo haces te ves como perdido y extraviado en medio de un mundo que no reconoces y no entiendes. Entonces era un juego, y resultaba hasta divertido y anecdótico. Ahora, en cambio, me descorazona cada vez más esa sensación de quedarte en fuera de juego en medio de una vorágine cotidiana que te sobrepasa y que trata de someterte a todas horas. Por eso me quedaré siempre con la libertad de los partidos sin árbitros que jugaba en la calle. No es que en la vida preconice la anarquía, pero cada día echo más de menos el poder disfrutar de la libertad como me plazca. Y si lo haces, lo más probable es que te acabe expulsando inmediatamente cualquiera de los árbitros moralistas que se te aparecen por todas partes. Jugamos, sí, pero casi siempre sin imaginación y sin alegría. No nos dejan hacer lo que queramos. Sólo pretendemos meter goles y ser felices. Tenemos que negarnos a la especulación y a la renuncia del divertimento y del espectáculo. Tanto en la vida como en el deporte.
Noviembre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Los caminos de la aventura

LOS CAMINOS DE LA AVENTURA
Por Santiago Gil
hacia las montañas. Delante estaba el mar, pero el mar frenaba nuestros
pasos. Sugería otros mundos y otros escenarios, pero quedaban lejos y jamás se veían desde la orilla.
Música de Papagüevos II

Santiago GilNuestros pasos más aventureros nos conducían siempre hacia las montañas. Delante estaba el mar, pero el mar frenaba nuestros pasos. Sugería otros mundos y otros escenarios, pero quedaban lejos y jamás se veían desde la orilla. Las montañas, en cambio, nos invitaban a buscar detrás de ellas: en el mar aprendimos a soñar; en la montaña fuimos haciendo el camino.
Qué habría detrás de los riscales y los montes. Esa era la pregunta que guiaba nuestros pasos más osados. Partíamos hacia Ingenio Blanco, hacia Hoya Pineda o hacia San Juan con la intención de descubrir otros mundos y otras gentes detrás de cada loma. Nosotros, para sobrevivir, tenemos que exagerar las distancias de nuestros límites insulares. Cuando eres niño parecen inabarcables, pero también llega un momento en que pueden resultar claustrofóbicas, sobre todo desde que llegamos a todas partes en un par de horas y desde que atisbamos los cuatro puntos cardinales. No resulta fácil asumir la cortedad de miras, por eso, a medida que vamos creciendo y asumiendo nuestros límites, necesitamos tanto el mar para ampliar los horizontes, y también para soñar y para darle un sentido más trascendental y mítico a nuestra propia existencia. En aquellas incursiones de la infancia todavía creíamos que la tierra no se acababa nunca. Subíamos hacia Hoya Pineda descubriendo un mundo que para nosotros podía ser casi tan grandioso como el descubierto por Colón y por cualquier Livingstone metido en las entrañas africanas. Nunca llegábamos al final; por tanto la isla no la teníamos asumida: siempre quedaban caminos por recorrer.
Mis escapadas hacia el campo las hacía subiendo por las pendientes de la Cuesta de Caraballo o de la presa. Conocía al dedillo esos caminos porque mi madre había estado dando clases en la escuela de Ingenio Blanco y alguna que otra vez nos había llevado de aventura por esos campos. Y también porque iba con mi abuela Bárbara a una casa abandonada que tenía en la zona del Gallego a coger moras rojas: mantengo intacto el sabor agraz, lo mismo que la sensación de aventura cuando nos adentrábamos entre las zarzas y la maleza. En las islas la maleza y las hierbas silvestres son casi edénicas, luminosas y sorprendentes por la cantidad de flores bellas que nacen entre tanta maraña. También aprendimos que entre la mala hierba suelen salir muchas veces las flores más hermosas, y que la naturaleza es en sí misma un milagro, vida y muerte diaria conviviendo más allá de nosotros y de nuestras triviales ambiciones pequeñoburguesas.
La escuela rural de Ingenio Blanco en la que mi madre daba clases se integraba maravillosamente en el paisaje con sus tejas y sus blancas tapias, y aún hoy permanece en el mismo lugar dándole a esa zona de nuestras medianías un toque reconocible y cercano. Subiendo todo recto desde La Cuesta se llegaba a la escuela, y de ahí hacia arriba se gestaba la aventura con el descubrimiento de paisajes, bosques y animales cada día más llamativos y sorprendentes. Nos encantaba el olor de la hierba mojada, la neblina, la tierra cada día más roja manchando las playeras y los pantalones, y el agua limpia y helada que nos daban en las casas cuando llegábamos exhaustos de tanta cuesta y de tanto camino zigzagueante y escarpado. Tendríamos doce o trece años. Íbamos sin permiso, que es como único concebíamos las aventuras. Lo otro, lo pactado con los padres o los profesores, eran excursiones de tortillas de papas y canciones cutres en las que no se corría ningún riesgo, y en las que tampoco podías esperar nada fuera del guión que previamente te habían contado. Sólo se salvaban las primeras excursiones con los Scouts. Yo pertenecí a la primera promoción de exploradores que hubo en Guía. Nos reunió la madre Gloria en las Dominicas un sábado por la tarde y nos planteó la posibilidad de crear un grupo para ir de acampadas algunos fines de semana. Lo pasábamos de maravilla descubriendo Guayadeque o los pinares cumbreros, y sobre todo durmiendo en las casetas de campaña, con toda la aventura improvisada de los animales nocturnos, los ruidos desasosegantes y la sensación de supervivientes y osados que teníamos cuando nos veíamos amaneciendo en medio de un bosque de pinos. Nunca olvidaré el olor de esas primeras mañanas cumbreras, ni tampoco el cielo azul y limpio que casi tocábamos sobre nuestras cabezas. Con los años los Scouts se fueron consolidando y convirtiéndose en un referente para varias generaciones de guienses. De Gloria Betancort habría que hablar largo y tendido. Era una monja atípica por su apuesta decidida por los postulados del Vaticano II y por la filosofía más progre y social de Juan XXIII. Nos transmitió un código ético imprescindible a muchos niños de entonces. Uno se ha alejado de la iglesia, sobre todo de la oficialista y carca que manda hoy en día, pero siempre reconozco los valores que aprendí con Gloria entre acampadas y participativas clases de religión. Mi agnosticismo se ajusta a buena parte de aquellas enseñanzas sobre la solidaridad, la entrega a los demás y la apuesta por la justicia social y la igualdad entre todos los seres humanos. Y creo que aquel mensaje caló porque nos fue transmitido en medio del divertimento y la aventura. Y como buen scouts también aprendí a respetar a los animales y a defender cualquier iniciativa que conlleve el cuidado y la preservación de la naturaleza.
Con los años fuimos descubriendo que las montañas también tenían un final. Salimos de la isla en busca de nuevos horizontes, y poco a poco aprendimos a asumir nuestra condición de insulares apegados a un territorio separado del resto. Ahora nuestra mirada se fija más en el mar que en las montañas. Y soñamos cada dos por tres con salir en busca de nuevos horizontes. Pero siempre volvemos para coger resuello y para no perder el norte de nuestra existencia. Cada paso que damos sigue teniendo la misma fuerza que aquéllos que íbamos dando para descubrir lo que había detrás de los riscos y los montes. Ahora quizá trascendemos un poco más, y escribimos, y también llevamos el recuerdo de muchos muertos que en su día caminaron junto a nosotros. Pero sigue siendo mágica esa sensación diaria de salir a la calle. Todo puedo suceder. Lo aprendimos encarando los senderos de la infancia y desbrozando los horizontes. Sigamos doblando esquinas y adentrándonos en la aventura diaria que nos ofrecen los caminos.
Octubre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Love of my life

LOVE OF MY LIFE
Por Santiago Gil
con el maestro Serrat a la cabeza, y también con Silvio, Pablo Milanés,
Luis Eduardo Aute, Víctor Manuel, y por supuesto Braulio.
Música de Papagüevos II

Santiago GilTeníamos nuestras canciones. Estaban los cantautores, con el maestro Serrat a la cabeza, y también con Silvio, Pablo Milanés, Luis Eduardo Aute, Víctor Manuel, y por supuesto Braulio. Y también sonaban los estribillos de moda, las canciones más o menos horteras del verano, los ritmos latinos que nos traía Rubén Blades y esa bossa nova que todavía hoy me sigue poniendo la piel de gallina con la gran Maria Bethania, o con Gal Costa, Toquihno, Caetano Veloso y compañía. Pero también estaba la influencia anglosajona, y en medio de todas las canciones que nos llegaban de Inglaterra estaba Queen, sobre todo Queen. Nos sabíamos todos los temas de memoria. Había mucha conexión con el Reino Unido en nuestro pueblo. Yo estuve cinco veces en Londres antes de pisar Madrid. Gracias a las clases particulares de María del Carmen Rodríguez, y a la academia que dirigía Carmelo López, los niños de Guía aprendimos inglés casi antes de hablar correctamente el castellano. Y esa influencia anglosajona se notaba en la música, en todos los descubrimientos- y en los entendimientos- de los grandes grupos de los sesenta y los setenta. Desde un principio me decanté por los Beatles antes que por los Rollings, se conoce que por ser un sentimental aun cuando ni siquiera supiera lo que era eso. Pero nuestro himno, la canción que tarareábamos siempre en las primeras borracheras y en medio de los primeros enamoramientos era Love of my life de Queen interpretada por el genial y mil veces admirado Freddy Mercury. Reconozco que es de las pocas canciones que no ha matado el tiempo, y todavía hoy, cuando la escucho, me llegan los ecos de Saulo, Julio, Carlos, Víctor o Juanito en plena exaltación de la amistad y de la música.
Una de las grandes frustraciones de mi vida fue no haber asistido a un concierto de Queen en directo. Estuve a punto de verlos en el norte de Inglaterra en 1980, con trece años. Habíamos ido un grupo de niños de Guía a convivir con familias británicas para aprender inglés. Le debo mucho a ese viaje iniciático, tanto que posiblemente mi vida nunca habría sido la que es sin ese descubrimiento de otras formas y otros estilos de vida. De Guía fuimos a Doncaster Fernando y Penty Guerra, Pepe Roque, Pedro Ayala y el que esto escribe -Héctor Estévez también fue con nosotros, pero le tocó quedarse en Rotherham- aún con la nostalgia de los verdes de Yorkshire grabados en los horizontes de la memoria más decisiva. Hablo de unos años en los que para bajar a Las Palmas todavía teníamos que ir por la Cuesta de Silva. Mientras nosotros veíamos a los punkies en Picadilly Circus, en España todavía estábamos en las vísperas del intento de golpe de estado de Tejero de febrero de 1981. Nos sorprendía absolutamente todo, desde los corn flakes a los programas de la tele. Por mucho que nos vendieran en los telediarios, todavía andábamos en los estertores de la España autárquica y sacristanesca. El mundo fue diferente a partir de aquel viaje y de los sucesivos contactos que tuve con Inglaterra. Me enseñaron a ser universal y tolerante, y sólo por eso ya me quitaría el sombrero aquí y donde hiciera falta ante los ingleses.
Al final la vida no son más que tres o cuatro canciones y un par de viajes más o menos memorables. En medio hay algo de amor y amistad, y dos o tres momentos sublimes, pero nunca seríamos nada sin la música que mantiene vivo el recuerdo de todos esos momentos maravillosos. Escribo tras volver a escuchar a Queen cantando Love of my life, y después de poner un conciertazo de Maria Bethania titulado Tempo en el DVD. Tanto acorde emocionado y tanta y tanta evocación no podía conducir sino a esto que ahora escribo. Las canciones y los olores es lo que nos acerca más al pasado, o por lo menos nos lo aproxima de manera más fidedigna o directa, que no verdadera. Es distinto lo que uno vive a lo que uno rememora. Por eso son tan grandiosos siempre los viajes musicales. Nos muestran la pátina, el detalle casi imperceptible, lo más frágil y también lo más grandioso de cada momento vivido: Love of my life, por ejemplo. Seguro que tú también recuerdas conmigo toda una vida, o el amor de tu vida, desde que suena el primer acorde de esta sublime canción. Nuestra existencia no existiría sin la música. A lo mejor toda nuestra evolución no ha tenido más fin que el de dar con tres o cuatro sinfonías y un par de canciones conmovedoras. El paso del hombre por la tierra se justifica en un piano o en una guitarra. También en unos besos, en unos cuantos polvos enamorados, y en un par de conversaciones sobre lo divino y lo humano, una vez agotado-como decía el poeta- el tema de la vida. Tarareemos para seguir sobreviviendo. Da lo mismo un bolero que un rock and roll. La cosa es seguir sonando.
Octubre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.

