"Me sumaré a esta reivindicación"
En un artículo publicado en el suplemento de La Provincia "PELLAGOFIO" del 7 de junio de 2007, Fernando Bañolas, alcalde de Guía, apoya la plataforma ciudadana "SALVAR LA BODEGA" y se compromete a hacer los esfuerzos que sean necesarios para su reapertura.
Fernando BañolasAlcalde de Guía Hace unas semanas cerró sus puertas la Bodega de Chago, uno de los lugares más emblemáticos no sólo del municipio de Santa María de Guía, sino de toda la comarca norte de Gran Canaria. Desde su apertura, a comienzos del pasado siglo, este establecimiento ha sido durante cerca de cien años un lugar de referencia cultural, social, turística y etnográfica de todo un pueblo. Cuando en el año 1936 se hace cargo de su explotación Santiago Gil Cabrera y, más tarde, su hijo Santiago Gil Romero, el lugar se convierte en todo un símbolo del pueblo, al haber conservado, casi sin modificaciones, su estética interior en forma de antigua tienda-bodega, una auténtica abacería.
Para aquellos que no hayan podido conocerla, acceder a ella suponía adentrarse en un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Ubicada en un precioso edificio a la entrada del casco histórico, todo en ella evocaba el sabor de lo antiguo, desde su mostrador principal, acristalado y construido en mármol y madera, a sus antiquísimas estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de botellas de vino añejo. Y presidiéndolo todo, en un lugar destacado tras el mostrador, estaban los cañizos cargados con queso de flor de Guía. Porque la Bodega de Chago ha sido, entre otras muchas cosas, una ventana abierta al mundo desde donde promocionar este producto único y artesanal, mucho antes de que nadie se plantease siquiera su valor (hoy consolidado tras la obtención de su denominación de origen).
Durante décadas, hemos visto como este lugar era punto de encuentro y parada obligada en el norte grancanario para todas las personalidades del mundo de la política, la cultura o el periodismo que se acercaban por una u otra razón a esta zona de la isla. Cuando aún no estaba en boca de todos como ahora la defensa de nuestra identidad y de nuestras tradiciones, Santiago Gil Romero, Chago para todos, defendía ya esos valores desde detrás de su mostrador. Poco a poco, con mucho empeño y tesón, fue logrando que ese sentir fuese calando en todos nosotros. Por eso ocupa hoy un lugar tan especial en la memoria sentimental, cercana y más cómplice de los ciudadanos de Guía y de esta comarca.
Casi sin darnos cuenta, la Bodega de Chago se convirtió con los años, y hasta su cierre, en un auténtico destino turístico, un verdadero reclamo para los turistas que llegaban hasta aquí con la intención de comprar y llevarse a casa un producto artesano, exclusivo y de calidad. Muchos de ellos, tal vez la mayoría, desconocían que contamos con uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del archipiélago –el Cenobio de Valerón–, o que aquí nació Luján Pérez –el imaginero más importante que ha dado Canarias en toda su historia–. Pero a pesar de este desconocimiento, miles de turistas venidos desde todas partes de la Península y Europa se han acercado durante las últimas décadas al casco histórico de Guía en busca de la Bodega de Chago. Porque este lugar posee un valor patrimonial en sí mismo. Es toda una referencia turística, etnográfica y social. Es un patrimonio excepcional y un lujo para nosotros haber contado con él y poder seguir haciéndolo en el futuro.
Ahora y ante el anuncio de su cierre, se ha puesto en marcha, de forma espontánea, un movimiento ciudadano para reivindicar que este espacio no se pierda, que se recupere y se proteja como patrimonio de todos los canarios. Como vecino de este municipio me siento orgulloso de esta iniciativa popular, y como representante ciudadano me sumaré a esta reivindicación realizando cuantas gestiones sean oportunas para recuperar y salvar la Bodega de Chago para los guienses, para los canarios y para todos aquellos foráneos que aún buscan en nuestra tierra un lugar genuino y auténtico donde se dé valor y se respete la memoria de nuestro pueblo. AAAAAAAAAAAAA
Fernando Bañolas
Alcalde de Guía
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"Los perros vagabundos"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Lascalles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje
gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como
si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia
vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera
para que no pisáramos lo mojado.
Santiago GilLas calles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera para que no pisáramos lo mojado. Nos echaban de todas las casas los sábados por la mañana para que no pisáramos los suelos recién fregados. Sólo recuerdo quedarme entre cuatro paredes cuando estaba enfermo o cuando llovía más de la cuenta. El resto del tiempo nuestra patria eran todas las calles y todos los campos del pueblo. Pero no andábamos solos. Siempre teníamos un perro que iba con nosotros a todas partes. Perros sin nombre, sin pedigrí y sin correas. Fieles, leales y amigos a carta cabal. Nunca tenían nombres, o mejor, los nombres se los poníamos nosotros el día que empezaban a acompañarnos. Se llamaban Canelo, Rayco, Tobi o Sultán. O bien adoptaban el apelativo de cualquier serie de dibujos animados que estuviera de moda. Se conformaban con los cuatro mendrugos o las dos o tres cáscaras de queso que sacábamos a escondidas de nuestras casas. No sabíamos dónde dormían, pero siempre los encontrábamos en la misma zona del barranco, del Polvorín o de cualquiera de las plazas del pueblo. Se dejaban acariciar y nos lamían las manos en señal de agradecimiento. Qué vida habrían llevado cualquiera de aquellos chuchos de mirada triste. No se les trataba como ahora. Entonces eran pocos los que tenían perros metidos en su casa. Todo lo más andaban por las azoteas o las fincas a su libre albedrío. Quizá los perros de cacería eran los más mirados y los que estaban en casetas más o menos bien alimentados. Bueno, y el pastor alemán de la guardia civil que salía a jugar con nosotros desde que pasábamos junto al aparcamiento de la calle Real. También recuerdo a Felipe, un perro bonachón que pertenecía a Benedita la de la tienda de San Roque y que dormía en la trastienda. Los otros, los que siempre andaban por el pueblo, aparecían y desaparecían igual de misteriosos. Los echábamos de menos un par de días cuando se iban, pero al poco tiempo aparecía otro, habitualmente cojo, atemorizado, y siempre con ojos tristes de traición, derrota o palos. No es la gente de campo un dechado de humanidad cuando se relaciona con otros seres vivos. En el caso de los perros, muchos eran los que no dudaban a la hora de darles un mal golpe (decían que lo acostaban, o que lo echaban) mortal, de propinarle palazos o de abandonarlos a su suerte en cualquier lugar lejano. Nunca olvidaré la imagen de Mansita, la perra que estuvo muchos años en la azotea de casa de mi abuela en Las Barreras, el día que mis primas la encontraron amarrada dentro de un saco. Era hembra y se conoce que el bestia de turno no quería perras hembras. No era más que un cachorro cuando la salvamos. Luego viviría más de 10 años como parte de nuestra familia.
Pero a los otros perros, a los que iban pasando consuetudinariamente por nuestras vidas, uno los recuerda hoy con cierta pena, como si también nosotros les hubiéramos fallado. Nunca se nos ocurrió meterlos en nuestras casas o tratar de cuidarlos de una forma más responsable. No dejábamos de ser niños, y de alguna manera para nosotros eran perros de la calle, curtidos en mil batallas y acostumbrados a sobrevivir a la intemperie, aunque nosotros no supiéramos todavía qué diablos era eso de la intemperie. Iban a todas partes detrás de nosotros. Eran grandes o pequeños, marrones o negros, pero siempre tenían la mirada triste, incluso cuando jugábamos con ellos entre risas y carreras desbocadas. Hoy tengo perro, y si puedo siempre me haré acompañar por la lealtad, la ternura y la sapiencia infinita que uno encuentra en los ojos de un perro cuando le mantiene la mirada. De alguna forma cada caricia que le doy se la estoy dando a todos y cada uno de aquellos perros sin nombre que nunca supimos donde acababan muriendo. Un buen día dejaban de venir, supongo que cogidos por los de la perrera, o perdidos en cualquier cruce de caminos. Recuerdo que siempre iban con nosotros. Se llamaban Rayco, Tobi, Canelo o Sultán. Daba lo mismo.
Mayo de 2007.
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