Fiesta.Por Santiago Gil

Por Santiago Gil
Posiblemente hoy sea el día más festivo
del año. Los demás también conmemoran santos o efemérides, inolvidables
victorias deportivas, años que comienzan o aniversarios que cambiaron
nuestra vida; pero hoy, justo en la mitad de agosto, es cuando más
fiestas se celebran en todo el país, y cuando los que somos de Guía o de
Carrizal de Ingenio mantenemos vivo el olor de la pólvora, ...
Por Santiago Gil
Posiblemente hoy sea el día más festivo del año. Los demás también conmemoran santos o efemérides, inolvidables victorias deportivas, años que comienzan o aniversarios que cambiaron nuestra vida; pero hoy, justo en la mitad de agosto, es cuando más fiestas se celebran en todo el país, y cuando los que somos de Guía o de Carrizal de Ingenio mantenemos vivo el olor de la pólvora, el estruendo de los coches de choque y toda esa electricidad que se genera cuando todo el mundo se pone de acuerdo para ser feliz. Sólo escribiendo agosto nos cambia la cara y el texto que estemos pergeñando. Volvemos a los largos veranos de la infancia, y en mitad de ellos, a esa música de papagüevos o de procesión que hacía que la calle, la misma calle que recorríamos para ir al colegio, se convirtiera en una puerta de entrada al paraíso. Cada uno de ustedes seguro que recuerda el momento en que caminaba hacia el lugar donde acontecía la fiesta de su pueblo, aquel bullicio que se instalaba de repente casi a las puertas de nuestra propia casa. Nos bastaba muy poco para ser felices. Aún no habíamos firmado ninguna hipoteca ni nos cuestionábamos ese futuro que ahora nos impide disfrutar plenamente del presente, ese bendito presente que casi siempre dejamos que se nos escape entre las manos como aquellos manojillos de escarcha que cantaba Serrat.
Hoy habrá otros niños recorriendo esas mismas calles festivas de nuestra infancia. Nosotros, cuando volvemos, ya no somos los mismos. Eso era lo que escribía Neruda rememorando el amor perdido para siempre, pero vale también para ese recuerdo luminoso que aún conserva el niño que fuimos. Nos mira desde la otra acera. Eres tú el que te estás mirando a ti mismo. No sólo te reconoces en los espejos. Eres capaz de verte como eras entonces: endomingado, ufano, capaz de volar si te hubiera dado por extender los brazos. Y lo que fuiste lo sigues siendo. Nunca se pierde todo para siempre. Los momentos grandiosos los llevamos siempre puestos para compensar las desgracias y los malos farios. Si lo miras bien, te reconocerás en su forma de mover las manos cuando camina o en la costumbre de ir golpeando todas las piedras y las chapas que se encuentra por la calle. Está atento al repique de las campanas que anticipa la procesión y a la traca de voladores que hace que retumben las aceras. Hoy es ese día. Y estamos en agosto. No sé a qué estás esperando para salir a la calle o a la playa a recuperar los pasos perdidos de aquel niño que sólo conocía un sentido festivo de la vida. Vivir era jugar. Lo sigo siendo. Hoy puedes empezar a recuperar esos pasos que te tenían siempre tan cerca del paraíso. Nunca es grandilocuente la alegría. Comienza casi siempre en una calle o en un pueblo, en la cercanía de todos esos pequeños momentos que no aparecen en los anales de ninguna historia. Sólo te pertenecen a ti.
Tiendas.Por Santiago Gil
Tiendas

Por Santiago Gil
Una tienda que se cierra en nuestra calle es como una luz que se apaga.
Te acostumbras a la presencia de unos escaparates y de unos empleados
que saludas a diario sin conocer su nombre. Sólo te das cuenta de que
faltan cuando pasas una mañana y te encuentras la cristalera que
mostraba lámparas o ropa de moda totalmente cubierta de periódicos
atrasados.
Por Santiago Gil
Una tienda que se cierra en nuestra calle es como una luz que se apaga. Te acostumbras a la presencia de unos escaparates y de unos empleados que saludas a diario sin conocer su nombre. Sólo te das cuenta de que faltan cuando pasas una mañana y te encuentras la cristalera que mostraba lámparas o ropa de moda totalmente cubierta de periódicos atrasados. Quedan muchos sueños dentro de los locales comerciales que se cierran. La economía nos habla del cierre de los negocios como si hablara de previsiones meteorológicas, pero detrás de cada una de esas claudicaciones hay cientos de biografías que se quiebran y que empiezan a mirar al futuro con miedo. No se cierra una tienda y se pasa página. Los que pusieron todos sus sueños en ella quedan heridos para siempre.
En la novela El dependiente, del escritor norteamericano Malamud, se refleja magníficamente toda la intrahistoria que acontece en las tiendas pequeñas que encierran universos inesperados. No todo el mundo es capaz de resistir la frustración diaria de ver que no entra nadie y que pasan las horas sin poder vender absolutamente nada. Todo es una cuestión de rachas, como en la vida, pero ésta que vivimos ahora va camino de tumbar hasta los más experimentados comerciantes. Quien abre una tienda está arriesgando ilusiones. No sólo es el dinero lo más importante. Por eso, cuando paseo últimamente por Las Palmas de Gran Canaria y veo cómo cada día aparece un nuevo escaparate vacío, siento la desazón de todas esas derrotas que se están sucediendo a diario sin que les pongamos nombres y apellidos. El comerciante que saca la última caja con sus pertenencias personales y apaga la luz del comercio desolado queda herido para siempre. Sólo los que han vivido ese momento saben cuánta tristeza se empoza en el alma. Intentan no volver a recorrer esas calles nunca más. O si lo hacen miran para otro lado, sobre todo cuando ven que pasan los meses y que el local sigue cada día más abandonado. No son seres vivos, pero esos espacios vacíos y olvidados parece como si envejecieran cien años de repente: ya no tiene nada que ver su oscuridad polvorienta con la fiesta de luces y el trasiego de cuando llegaban los clientes. La crisis que vivimos se manifiesta en esas soledades inmobiliarias que nos encontramos a diario por las calles. Un día es una panadería, al día siguiente un bazar y dos días más tarde desaparece aquel escaparate lleno de juguetes que te hacía mirar con nostalgia a la infancia. Con cada uno de esos negocios que muere se va una parte de nosotros. Da lo mismo que no te quieras dar cuenta. El cambio de los decorados también determina el destino de los personajes. Un escenario vacío y oscuro no invita nunca a interpretar la realidad como una comedia que genere ilusiones.
El cajón. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Quedaron escritos”
El cajón
Santiago Gil
Yo de niño jugaba a todas horas con el pasado. No es que fuera un
nostálgico precoz ni un niño ensimismado. Todo lo contrario; no había
quien me metiera en casa si existía la más mínima posibilidad de salir
a la aventura de los juegos y de las calles. Hablo, claro, de los años
setenta y de una infancia en un pueblo que como casi todos los pueblos
de entonces tenían poco que ver con la inseguridad que pueden encontrar
los niños de hoy en día.
“Quedaron escritos”
El cajón
Santiago GilYo de niño jugaba a todas horas con el pasado. No es que fuera un nostálgico precoz ni un niño ensimismado. Todo lo contrario; no había quien me metiera en casa si existía la más mínima posibilidad de salir a la aventura de los juegos y de las calles. Hablo, claro, de los años setenta y de una infancia en un pueblo que como casi todos los pueblos de entonces tenían poco que ver con la inseguridad que pueden encontrar los niños de hoy en día. Nosotros jugábamos entre barrancos, en maretas vacías o en calles de adoquines en las que casi no transitaban los coches. Los balones se iban desgastando sucesivamente y sus únicos dueños eran los que sabían regatear hasta su propia sombra. Nos bastaba muy poco para ser felices.
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Saint-Saëns. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Melpómene estaba en medio de las plataneras”
Saint-Saëns
Santiago Gil
Villa Melpómene era para nosotros una de esas mansiones señoriales que
nos encontrábamos entre las fincas del norte de Gran Canaria cada vez
que decidíamos aventurarnos en busca de nuevos territorios.
“Melpómene estaba en medio de las plataneras”
Saint-Saëns
Santiago GilVilla Melpómene era para nosotros una de esas mansiones señoriales que nos encontrábamos entre las fincas del norte de Gran Canaria cada vez que decidíamos aventurarnos en busca de nuevos territorios. Nos juntábamos tres o cuatro amigos de la infancia y desafiábamos muros de piedra, barrancos y precipicios para descubrir que el mundo no empezaba y terminaba en los límites en los que nos permitían movernos nuestros padres. Siempre que dábamos con una mareta, con unas cuevas o con mansiones como Melpómene nos sentíamos como aquellos conquistadores que protagonizaban las clases de historia en el colegio. Pocas veces he vuelto a sentir aquella sensación de estar descubriendo el mundo. Podemos viajar de punta a punta del planeta, pero creo que era más emocionante el descubrimiento de cualquiera de aquellos barrancos todavía con agua y con una vegetación casi paradisíaca que la llegada ahora a Nueva York o a Buenos Aires.
Melpómene estaba entonces en medio de las plataneras. Cuando nosotros la descubrimos no sabíamos que allí había pasado largas temporadas el músico francés Camille Saint-Saëns. Llamaba la atención el colorido de la casa y los múltiples detalles ornamentales que nada tenían que ver con lo rústico de los establos cercanos o los surcos de las referidas plataneras. Ya con el tiempo, sí volví a Melpómene tratando de imaginar hacia qué horizontes se perdería la mirada del músico cuando buscaba el sosiego o la inspiración. A principios del siglo veinte, aquel paisaje no distaría mucho de lo que identificaríamos con el paraíso. Los verdes de las plataneras y las montañas cercanas contrastarían con la luminosidad volcánica de un pico de La Atalaya aún sin alicatar casi hasta su cima. Por ambos lados vería el mar, y al fondo, hacia el oeste, el Teide se confundiría con las brumas rojizas del arrebol cuando el músico dejara el piano y se acercara a escuchar el sosiego de la naturaleza. Todas esas sensaciones quedarían para siempre en sus acordes. Si escuchamos a Saint-Saëns podemos estar escuchando el paisaje que él miró todas aquellas tardes que, en distintas temporadas, pasó en el municipio de Guía. En sus acordes se reconocerán los cantos de pájaros mañaneros, el ulular del viento entre las plataneras y el silencio que se hace música cuando somos capaces de adentrarnos en él con todas sus consecuencias. El músico francés llegaba siempre a la isla escapando de una vida convulsa en los años en que París era la gran capital cultural del mundo. Nunca sabremos si aquí encontró todo lo que buscaba; pero en su música sí quedó grabado para siempre el eco lejano de aquel paraíso que entonces habitaban nuestros antepasados.
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La virulencia del alzheimer comienza justamente en el momento en que también la palabra alzheimer entra a formar parte del olvido.
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Emigrantes. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Se merecen nuestra admiración”
Emigrantes
Santiago Gil
sangre corre por toda América. En Venezuela, Cuba o Argentina podemos
encontrar gestos similares a los nuestros, mapas genéticos casi
idénticos y el mismo color de ojos que heredamos de nuestros
bisabuelos. Es fácil, por tanto, ponernos en su lugar e imaginar el
desgarro, la pena y el desconsuelo que tuvieron que sentir al
marcharse, muchas veces para siempre, a tierras lejanas y desconocidas.
“Se merecen nuestra admiración”
Emigrantes
Santiago GilNuestra sangre corre por toda América. En Venezuela, Cuba o Argentina podemos encontrar gestos similares a los nuestros, mapas genéticos casi idénticos y el mismo color de ojos que heredamos de nuestros bisabuelos. Es fácil, por tanto, ponernos en su lugar e imaginar el desgarro, la pena y el desconsuelo que tuvieron que sentir al marcharse, muchas veces para siempre, a tierras lejanas y desconocidas. Sólo había que ver las lágrimas del emigrante Juan Magdalena en la última entrega del programa de la televisión autonómica Nuestra América. Salió de Hermigua para Caracas con 19 años y, aun con más de cuatro décadas de ausencia, no dejaba de llorar cada vez que recordaba cualquier detalle de su pueblo y de su familia. Le sucede a todos los emigrantes, pero los insulares quedamos más heridos y nos mostramos más inconsolables: somos una isla que necesita estar siempre cerca de su mar. Da lo mismo la fortuna, la suerte o lo cosmopolita que sea la ciudad que habitemos porque siempre se quiere volver. Sólo concebimos la llegada al puerto de partida. Ya todo eso estaba en La Odisea y en el viaje de vuelta a Ítaca de Ulises. Da lo mismo que luego no regresemos nunca. Lo único que nos mantiene vivos es la posibilidad del retorno.
En ese mismo programa se contó la historia de Inés Molina, una grancanaria que vivía en Buenos Aires y que tuvo que salir de la isla por las represalias franquistas contra su padre. Salió de Guía junto a sus padres y su hermano Gustavo dejando amigos que no ha olvidado ni un sólo día de su existencia. Gustavo murió hace unos años, pero Inés era capaz de recordar cada calle de adoquines y cada rincón añejo de la ciudad de Luján Pérez. También recordaba el nombre de su novio infantil. Decía que Chago le había prometido que la esperaría para casarse cuando ella volviera de América. Inés tenía entonces seis años y Chago siete, pero ella no había olvidado aquella promesa. En el programa lograron comunicar con Chago y los pusieron en contacto por teléfono. Los dos se habían casado y habían tenido varios hijos. Sabían el uno del otro por referencias cada vez más espaciadas. Hablaron de recuerdos y de nombres lejanos, pero su incipiente amor quedó en el olvido para siempre. Aun así, Inés mantenía toda la vinculación con su isla a través de un pequeño rincón de recuerdos que tenía en su casa de Buenos Aires. Lo de su novio y su pueblo era un amor platónico que necesitó mantener vivo todo el tiempo para no extraviarse y para saber quién era y de dónde venía.
Juan había salido de Hermigua huyendo del hambre e Inés había dejado Gran Canaria escapando de la represión franquista contra los republicanos. A los dos les cambiaron los escenarios de su biografía y el destino de sus querencias. Se merecen toda nuestra admiración.
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Siempre queda algo que vuela cuando un niño pronuncia por vez primera la palabra gaviota.
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Autobiografías. Santiago Gil
Autobiografías
Santiago Gil
Sinos viéramos de lejos, también nos reconoceríamos en la ficción. En el
fondo no dejamos de ser unos personajes que se interpretan a sí mismos;
a veces en hilarantes comedias, y otras en tragedias que nos tienen
todo el santo día llorando por las esquinas. Nosotros creamos
personajes y les damos vida en un libro, en una película o en una obra
de teatro, y muchas de esas creaciones, al paso del tiempo, acaban
siendo más reales y más recordadas que las vidas de sus coetáneos de
carne y hueso.
“No dejamos de ser unos personajes que se interpretan a sí mismos”
Autobiografías
Santiago GilSi nos viéramos de lejos, también nos reconoceríamos en la ficción. En el fondo no dejamos de ser unos personajes que se interpretan a sí mismos; a veces en hilarantes comedias, y otras en tragedias que nos tienen todo el santo día llorando por las esquinas. Nosotros creamos personajes y les damos vida en un libro, en una película o en una obra de teatro, y muchas de esas creaciones, al paso del tiempo, acaban siendo más reales y más recordadas que las vidas de sus coetáneos de carne y hueso. Podría poner muchos ejemplos, pero ahí están Don Quijote o Madame Bovary, más reconocibles que la mayor parte de los que asistieron a su nacimiento literario, y, en muchos casos, más reconocidos incluso que Cervantes o que Flaubert. Si lleváramos al papel o al celuloide nuestras propias vidas, probablemente seríamos más recordados que por hacer la declaración de la renta o por cumplir con nuestra jornada laboral. Al leernos también formaríamos parte de esa ficción que comentaba al principio: no puedes olvidar nunca que en las autobiografías hay mucho de recreación interesada, tantas mentiras y tantas recreaciones interesadas como requiere cualquier argumento para resultar creíble.
No forma parte de nuestra tradición literaria la lectura de biografías o de autobiografías, pero en el mundo anglosajón son lo más fetén y lo más solicitado por los lectores. Recuerdo pocos libros tan fascinantes como las memorias de Mark Twain o como los diarios de John Cheever, por citar dos de los grandes escritores, en este caso norteamericanos, de todos los tiempos. En castellano también recuerdo autobiografías memorables, aunque casi siempre han pasado desapercibidas. Ahí están, por nombrar un par de ellas, las de Neruda, Fernán Gómez o Caballero Bonald. O las impagables entregas anuales que nos regala Andrés Trapiello con su Salón de pasos perdidos. Todos ellos se miraron o se miran a sí mismos como personajes, y como tales bucean en sus recuerdos y en sus momentos más trascendentales. Cada uno de nosotros también ha ido escribiendo su propia novela a medida que ha ido viviendo. Las habrá más aventureras y más comedidas, más alocadas y más responsables, y con mayor o menor suerte a la hora de elegir los amores, los amigos y hasta los lugares donde ir pergeñando las vivencias cotidianas. Lo que sí que tendrán todas es una autenticidad reconocible y trascendental. Al fin y al cabo contarán las peripecias de personajes irrepetibles, mortales y casi milagreros. Siempre será grandioso ese libro, como mismo lo es cada día que te escribes desde que sales de la cama. Si te miraran desde lejos también tú serías una recreación inolvidable.
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Nunca te alejarás. Incluso cuando ya no estés seguirás quedándote en el eco de todas las palabras que fuiste pronunciando.
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Esplendores. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Nos creemos la medida de todas las cosas”
Esplendores
Santiago Gil
Creíamos que este último invierno no se iba a terminar nunca. Los que
vivimos en las Medianías hemos llegado casi a las puertas de junio con
el frío de diciembre o las lluvias de febrero. Probablemente siempre
haya sido más o menos así, pero nuestra olvidadiza memoria se empeña en
decir lo contrario, y una y otra vez estamos con la matraquilla de que
nunca había llovido como este año, de que jamás había habido una ola de
calor igual o de que el viento nunca había soplado con tanta fuerza y
sonidos tan extraños.
“Nos creemos la medida de todas las cosas”
Esplendores
Santiago GilCreíamos que este último invierno no se iba a terminar nunca. Los que vivimos en las Medianías hemos llegado casi a las puertas de junio con el frío de diciembre o las lluvias de febrero. Probablemente siempre haya sido más o menos así, pero nuestra olvidadiza memoria se empeña en decir lo contrario, y una y otra vez estamos con la matraquilla de que nunca había llovido como este año, de que jamás había habido una ola de calor igual o de que el viento nunca había soplado con tanta fuerza y sonidos tan extraños. No nos damos cuenta que lo pasa con los vientos es que ya no los escuchamos sin tener la tele o la radio de fondo. Nada que ver con lo que oíamos en las casas de nuestras abuelas, con aquellos sonidos de coruja o de grillos y aquel viento que no dejaba de ulular toda la noche. Antes llovía lo mismo, e incluso me atrevería a decir que llovía mucho más, y caían granizos cada dos por tres que cuajaban en los jardines para que nosotros creyéramos que era nieve. También el calor era similar, y si fuéramos capaces de mirar con honestidad el pasado nos daríamos cuenta de que se llevaban peor aquellas oleadas de aire caliente que nos arrastraban a la playa a las tantas de la noche para tratar de escapar del fuego ambiental que no nos dejaba conciliar el sueño. Pero preferimos olvidar para convertir la vida en un espectáculo diario. Nos creemos la medida de todas las cosas.
Sí es verdad que cuando llueve como ha llovido este año los paisajes de la isla se vuelven impresionantes. Todo está verde y florido en nuestros campos. Los tajinastes, las retamas o las flores de mayo alfombran los horizontes de cualquier valle. Por eso nos viene tan bien cada otoño y cada invierno. Nos vale para saber que todo pasa, que lo que es barro, hielo y tallo seco y pelado se vuelve, si se aguanta el tiempo necesario, incluso más bello de lo que era antes. En invierno nos parece siempre mentira la primavera, y en primavera nos olvidamos de las inclemencias del invierno. Es lo mismo que nos sucede a nosotros con nuestro devenir cotidiano. En medio de las tormentas que estamos viviendo creemos que sólo nos espera el Apocalipsis, pero ya ha habido borrascas peores antes de venir nosotros, y siempre termina saliendo el sol y cambiando milagrosamente lo que parecía imposible de regenerarse. Nuestro paisaje debe ser una metáfora a la que agarrarnos en estos tiempos que parecen tan caóticos y desnortados. Ya vendrán mejores días. Y luego pasará como con esta última primavera, que a mayores lluvias mayores esplendores. Todas esas alegrías que están por llegar serán más intensas que las que veníamos viviendo sin darnos cuenta de lo afortunados que éramos cuando estábamos habitando tan cerca del paraíso.
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Los cuadros también acaban pareciéndose a los ojos que los han ido mirando.
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Toros. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“No sé qué imagen se llevará el toro de nosotros”
Toros
Santiago Gil
Una vez le preguntaba Joaquín Sabina al torero José Tomás que qué nos
diría a los canarios para que dejásemos de prohibir las corridas de
toros. El cantante se refería a nosotros como si fuéramos unos bichos
raros por no aceptar el maltrato público a los animales, y poco menos
que trataba de hacernos pasar por unos tiquismiquis o por unos panolis
sensibleros.
“No sé qué imagen se llevará el toro de nosotros”
Toros
Santiago GilUna vez le preguntaba Joaquín Sabina al torero José Tomás que qué nos diría a los canarios para que dejásemos de prohibir las corridas de toros. El cantante se refería a nosotros como si fuéramos unos bichos raros por no aceptar el maltrato público a los animales, y poco menos que trataba de hacernos pasar por unos tiquismiquis o por unos panolis sensibleros. No entiendo cómo alguien que canta al amor y a la libertad no da un respingo en su asiento cuando escucha mugir de dolor a un toro o cuando contempla su sangre regando a borbotones el albero. Yo particularmente no entendería mi vida sin el acompañamiento de tres o cuatro canciones de Sabina, pero creo que su concepto de vida no se parece en nada al mío.
Lo que sí aplaudo es lo que harán en Las Vegas. Mira que siempre he pensado que los de Las Vegas eran unos horteras que confundían al personal con Venecias de cartón piedra; pero esta vez me quito el sombrero ante ellos: no dejarán que maten a los toros, y para evitarlo las banderillas y la espada tendrán un cinta de velcro que se pegará a una alfombrilla que irá en el lomo del toro. Los que tenemos animales vemos a cada uno de nuestros mejores amigos cada vez que mana la sangre tras un puyazo o cuando se tiran media hora enterrándole un puñal al toro moribundo que mira para todos los lados tratando de que alguien le explique el sinsentido de su muerte. No sé qué imagen se llevará el toro de nosotros al ver a todos esos energúmenos sacando las botas de vino y los pañuelos blancos mientras él se desangra y busca desesperadamente una última bocanada de oxígeno. Tampoco creo que podamos explicarles el macabro sentido de la diversión a los toros lanceados en Tordecillas o a las cabras que morían despanzurradas cuando las tiraban del campanario de Manganeses.
Yo de niño no recuerdo nada más soporífero que aquellas tardes lluviosas e interminables con toros en la única cadena de televisión que teníamos. Claro que entonces no era consciente del triste destino de unos seres vivos que, por mucho que digan los fanáticos, también sufren, lloran y padecen como lo haría cualquiera de nosotros. Nadie nace para que lo maten. Nunca. En ninguna parte. Son otros los que se inventan a las víctimas desde el abuso y la crueldad. La convivencia empieza cuando no se aplaude el daño a ninguna persona ni a ningún animal. Consentir esas torturas y además otorgar medallas a las Bellas Artes a quien ejecuta esas barrabasadas dice muy poco de la evolución de un país. Y para colmo los toreros premiados se enfrentan entre sí porque unos dicen que matan con garbo mientras los otros andan todo el rato cuidándose el careto para la próxima portada del papel cuché. Para mí todos matan y torturan exactamente igual. Lo lamentable es que encima les pongamos medallas por hacer eso.
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Cada golpe de mar se lleva siempre algo de nosotros.
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Equipos. Santiago Gil
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“Sólo te corresponde la resignación o la euforia”
Equipos
Santiago Gil
paso determina nuestro destino. Eliges un amor entre millones de amores
posibles o una ciudad entre todas las ciudades del planeta. Un
quiromántico te diría que ya todo eso estaba escrito en la palma de tus
manos, pero no creo que las palmas de las manos sean las culpables de
nuestros errores y de nuestros aciertos más importantes.
“Sólo te corresponde la resignación o la euforia”
Equipos
Santiago GilCada paso determina nuestro destino. Eliges un amor entre millones de amores posibles o una ciudad entre todas las ciudades del planeta. Un quiromántico te diría que ya todo eso estaba escrito en la palma de tus manos, pero no creo que las palmas de las manos sean las culpables de nuestros errores y de nuestros aciertos más importantes. Para mí que ellas también se van escribiendo según los pasos que vamos dando. Por eso vivir es siempre un milagro, una elección constante al todo o nada que nos convierte en una especie de funambulistas al borde siempre de todos los precipicios. Desde que elegíamos Ciencias o Letras en el instituto, ya estábamos empezando a escribir nuestro destino.
Me he adentrado en estas cuestiones casi existencialistas para hablar de fútbol, y más concretamente de la elección de los equipos que luego marcarán buena parte de nuestras satisfacciones más cotidianas. Uno tiene un equipo cercano, en mi caso la Unión Deportiva Las Palmas, que se convierte en una elección innegociable si se ha vivido la épica que vivimos varias generaciones en el Insular. Claro que cuando yo era pequeño ser de la Unión Deportiva era algo inevitable, sobre todo si se había visto de cerca cómo Brindisi le metía un pase en profundidad a Morete, o cómo Germán se deshacía de tres contrarios con un escorzo casi imposible. Y luego estaba el propio estadio, aquella entelequia que jamás olvidaremos los que vivimos entre sus gradas los mejores años de nuestro infancia más mitómana y volandera. Pero lo que resulta más ilógico es por qué medio grupo de amigos de la infancia se hacía del Real Madrid y la otra mitad del Barcelona. De aquella elección azarosa a los once o doce años ya no te escapas mientras vivas. Yo me hice del Madrid, creo que tras ver un partido magistral de Velázquez en el Insular y por escuchar siempre a los mayores que era un equipo que no se rendía jamás. Sin embargo, con el paso de los años, el equipo que más se asemeja a mi concepción del fútbol y del espectáculo es el Barcelona, sobre todo el actual Barcelona. Pero no puedes cambiar, no te dejan. No puedes llegar mañana al trabajo y decir que te cambias de equipo. No te queda otra que seguir fiel a unos colores que elegiste cuando no sabías nada de las consecuencias futuras de aquella elección improvisada en el patio del colegio. Aute decía que el pensamiento tenía que estar siempre de paso. Estoy de acuerdo con él; pero en el fútbol no te dejan pensar ni estar de paso. Si eliges un equipo, tu estado de ánimo ya sólo depende de los aciertos de un delantero centro. A ti sólo te corresponde la resignación o la euforia. Como en la vida.
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Las cosas hay que hacerlas en su momento. Después también habrá tiempo, pero nunca volverá a ser tu tiempo.
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Pandemias. Santiago Gil
“A los hipocondríacos nos matan a disgustos”
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PandemiasSantiago Gil
Uno viene al mundo arrastrando los miedos del pasado. La carga genética
de quienes nos precedieron nos condiciona más de lo que pensamos. Y no
digamos los mensajes que fuimos recibiendo en la infancia. La mayoría
de nosotros lleva el Apocalipsis grabado en el inconsciente. Cada dos
por tres creemos que se avecina una plaga, una lengua de fuego o una de
esas catástrofes que recrean los americanos en películas con efectos
especiales y con muertos cayendo como si fueran moscas.
“A los hipocondríacos nos matan a disgustos”
Pandemias
Santiago GilUno viene al mundo arrastrando los miedos del pasado. La carga genética de quienes nos precedieron nos condiciona más de lo que pensamos. Y no digamos los mensajes que fuimos recibiendo en la infancia. La mayoría de nosotros lleva el Apocalipsis grabado en el inconsciente. Cada dos por tres creemos que se avecina una plaga, una lengua de fuego o una de esas catástrofes que recrean los americanos en películas con efectos especiales y con muertos cayendo como si fueran moscas. Siempre pensamos que nos va a tocar a nosotros el Apocalipsis. A lo largo de la historia todos los humanos que han ido pasando por aquí se han creído que con ellos se acababa el planeta. Y en parte han tenido razón porque, una vez nos marchamos, con nosotros se acaba el mundo, la Bonoloto y la Liga de las estrellas. Somos lo que vamos siendo. Y lo que tenemos alrededor es lo único que nos pertenece. Pero ya digo que nos empeñamos en complicarnos la existencia con toda clase de temores. Nos paraliza el miedo. Generalmente casi nunca termina sucediendo nada, pero que nos quiten las penas y las malas noches que pasamos poniéndonos en lo peor, o temiendo, que es un verbo siempre peligroso y paralizante cuando se conjuga en primera persona.
Ahora estamos expuestos a otra pandemia. Aparecen cada dos por tres, aunque en este caso parece que la cosa es más seria. A los hipocondríacos nos matan a disgustos con estas noticias tan terribles, y más cuando te dicen que la enfermedad la coges respirando. No es para tomárselo a broma, pero si no soy capaz de reírme de mí y de mis miedos estoy aviado. Ya digo que venimos con una carga genética que nos predispone a imaginar lo más trágico, y que a esa herencia hay que añadirle las películas con incendios, abejas o meteoritos que amenazaban con dejarnos sólo con las raspas. Al final van a tener razón nuestras abuelas cuando estaban empeñadas todo el rato en que cerráramos la boca. Siempre estaban pendientes de que no nos entrara aire cuando salíamos del cine o de nuestras casas. Ellas decían chirote, que es una palabra preciosa y eufónica que hemos ido perdiendo con el paso de los años. No tuvieron tiempo de escuchar lo de la gripe porcina, pero por si acaso ya nos prevenían tapándonos la boca todo el rato. Así y todo no nos queda otra que seguir confiando en que el oxígeno, que hasta ahora es lo único que nos siguen dando gratis, no se acabe convirtiendo también en un veneno peligroso. Entre el boro, la crisis y la gripe porcina nos están dejando aliquebrados desde el desayuno. Menos mal que también hemos heredado genéticamente la capacidad de supervivencia y el olvido. Esto último no estaba en el guión inicial de este artículo, y tampoco me consta que aparezca en ningún manual con credibilidad científica, pero necesito creerlo para no terminar neurótico perdido con tanto Apocalipsis cotidiano.
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Cuando llegue el momento, lo que te lleves será sólo lo que dejas.
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