Los papagüevos

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


EN LA PIEL DE UN PAPAGÜEVO

Santiago Gil

Llego a Guía y escucho de lejos la música de los
papagüevos. Estamos a principios de agosto. Los papagüevos eran los que
anunciaban las llegadas de los días festivos, pero al mismo tiempo su
presencia era sinónimo de diversión y de presagios de buenos momentos.
Todavía hoy cuando me los encuentro bajando por la calle del Medio o dando
los revoloteos postreros y vertiginosos en las inmediaciones de la Iglesia
noto cómo el niño que llevo dentro trata de abrirse paso sobre la marcha
para unirse a la fiesta. Los papagüevos de Guía han tenido siempre un halo
mágico y descomunal. Eran más grandes y más llamativos que los de otros
lugares y vistos desde la altura de un niño impresionaban lo suyo. Los
guienses, acostumbrados desde pequeños a su presencia, los veíamos como
parte de nuestro paisanaje. Sin embargo, recuerdo a mis primos o a otros
niños que venían de fuera escondiéndose muertos de miedo entre las faldas
de sus madres cuando veían aparecer a las enormes presencias de madera y
cartón piedra. Lo bueno de los papagüevos de Guía es que siempre siguen
siendo más grandes que nosotros. Quizá por eso quedan a salvo de la
decepción que a uno le supone ir creciendo y encontrando que todo se le va
haciendo chico, pueril o poco divertido. A mí todavía me emocionan cuando
los veo danzar entre los niños y las calles de adoquines en las que llevan
bailando desde que yo era niño. Me emocionan y me ponen un nudo en la
garganta. También hacen el mismo efecto que la magdalena de Marcel Proust:
nos remueve el pasado y nos coloca delante amigos, recuerdos y situaciones
que creíamos olvidadas.

De niño había ritos que cumplir cada estación. Unas
veces tocaba ser monaguillo, otras andar como locos con las manos
manchadas de tinta y chiribitas haciendo alfombras por las calles, o ya en
septiembre tocaba vestirnos de típicos después de haber estado varias
semanas juntando maderas y cañas para preparar una carreta con la que
presumir durante unas horas delante de todo el mundo. Pero sin duda,
llevar un papagüevo era una de las grandes aspiraciones de los niños de mi
generación, sobre todo llevar un papagüevo pequeño o más correctamente un
cabezudo o cabezón. Nos podíamos tirar varias semanas haciéndole la pelota
a Suso el Maipó, a René Gordillo o a Dominguito para que nos dejaran el
cabezón con el que pasearnos por las calles del pueblo como unos héroes
paganos y unos elegidos. Los más galletones trataban de imponer su ley y a
veces no te quedaba más remedio que aliarte con alguno de esos abusadores
para por lo menos salir en un pasacalles. Las joyas de la corona
papagüevera
eran la Cabalgata y la Batalla de Flores, además de La
Rama que entonces se celebraba la mañana antes de la Romería del tercer
domingo de septiembre. Estaban el enano, los cerditos y otros engendros en
cartón piedra que iban acompañados de ropajes pasados de moda, horteras y
deshilachados, que eran parte del encanto de aquella aventura y que además
nos acercaban a las calendas carnavaleras. Los papagüevos estaban en la
trasera del ayuntamiento, donde estaba instalado el mercado municipal que
creo que nunca vi funcionando más allá de una carnicería que había en la
parte superior a la que íbamos a buscar la carne los viernes por la tarde
(después nos dirigíamos al Callejón del Molino para que Lita nos diera los
cartuchos de gofio recién molido para toda la semana). Los niños estábamos
varias horas antes de que salieran los papagüevos haciendo cola en los
portones del callejón que estaba detrás del ayuntamiento, aunque al final
ya digo que solía imponerse la ley del más fuerte o las cuñas de los que
eran amigos de los encargados de distribuir los cabezones que acompañaban
a los papagüevos. Ese callejón tenía la particularidad de estar siempre
lleno de niños en los meses de colegio, y todavía me recuerdo corriendo
por él antes de las nueve de la mañana o de las dos de la tarde, o
tratando de superarlo cuesta arriba después de un día entero de colegio.
El resto del año, y sobre todo los fines de semana, apenas lo
transitábamos. No lo decíamos entonces, pero creo que era como una especie
de repulsa inconsciente a lo que suponía el colegio y a su inevitable robo
de la libertad y el callejeo que era nuestro mundo y nuestro único
escenario para la felicidad y la aventura. Incluso hoy apenas piso ese
callejón estrecho y pronunciado del que, paradojas de la vida, o más que
paradojas amnesias interesadas, no recuerdo ni siquiera el nombre. Más
paradójico aún es que los papagüevos pasaran adonde creo que hoy está el
tanatorio, y si no estaban ahí era justo al lado donde tenían su vivienda
improvisada cuando no nos acordábamos de ellos.

Yo tuve la suerte de conseguir el "cabezudo" que iba
con los papagüevos en más de una Cabalgata y en otros días que carecían
del mismo mérito que ese día grande y estelar para los que entonces no
teníamos otra intención en la vida que tratar de ser felices. Recuerdo,
además, que no hacíamos más que levantarnos todo el rato el cabezón de
marras para que nos vieran y nos reconocieran. Lo de menos era el
misterio: nosotros queríamos ser reconocidos y convertirnos en la envidia
de nuestros amigos cuando nos vieran moviéndonos donde los guardias no
dejaban entrar a nadie y abriendo el cortejo de las carrozas. Lo bueno de
la Cabalgata era que no había gente bailando alrededor de los papagüevos.
Los días de pasacalles, y no digamos en La Rama de septiembre, recibías
golpetazos por todas partes en el cabezón. y estabas más pendiente de
descubrir al malandrín que se divertía tocando los bongós sobre tu cabezón
que de pasártelo bien. Tiempos de papagüevos. Todavía hoy recuerdo los
sonidos de la banda de Agaete marcando los ritmos que íbamos danzando los
cabezones y los papagüevos. Mirabas y respirabas por la boca de un cabezón
repintado de cartón piedra, y les aseguro que el mundo pocas veces me ha
parecido más mágico y más lleno de diversión y de fantasía. Era un lujo
sentirte en medio de la fiesta y ser parte de la misma. Hoy, por mucho que
uno quiera mirar con idénticos ojos, ya no logramos esas intensidades y
esos fogonazos de diversión, y no son precisamente sonrientes y
despreocupados papagüevos lo que nos encontramos cuando alzamos la vista
hacia arriba confiando todavía en los milagros. Por eso nos aferramos
tantas veces a la infancia. Para intentar salvarnos.

Agosto de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


El guá de la plaza chica

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EL GUA DE LA PLAZA CHICA

Santiago Gil

Mis recuerdos están dispersos por todo el pueblo.
Cuando paseo por las calles o por los caminos cercanos al casco histórico
de Guía me llegan a todas horas voces, olores e imágenes que me
desenmascaran ante el tiempo. No puede ser que de casi todo aquello hayan
pasado más de veinticinco años. Parece mentira. Rilke decía que nuestra
patria es la infancia, y no sé quién repetía que uno es del lugar en el
que estudió el bachillerato. En ambos casos, salvo los recuerdos que como
otros muchos guienses guardo de los veranos en Agaete, el escenario es el
mismo. Me basta cerrar los ojos para verme sobre la marcha guerreando a
pedrada limpia contra los de La Cuesta en la Montaña del Teléfono o para
reconocerme con un pirulí recién comprado a Doña María y a don Federico en
el quiosco azul de latón que estaba frente a la iglesia. Dejándome llevar
no acabaría nunca de rememorar lugares, personajes y momentos inolvidables
que me fueron abriendo los ojos a la vida.

En Guía aprendí a dar mis primeros pasos sobre la
tierra, leí mis primeras palabras y sentí la libertad casi inexplicable
del primer momento en que parecía que volaba sobre una bicicleta ya sin
las malditas ruedas traseras de la vergüenza, auténtico baldón para quien
las sufría por impericia o por miedo a perder el equilibrio. La Plaza
Chica fue testigo de muchos de esos momentos, aunque la libertad de la
bicicleta la gané en la Plaza Grande, sin duda nuestro circuito predilecto
para todo lo que rodara por no tener obstáculos en todo el contorno. En la
Plaza Chica siempre había alguien que recordaba haber visto la fuente
iluminada y llena de agua. Yo sólo la recuerdo con agua un año para las
Fiestas de la Virgen, y siempre la recreo como parte de nuestro escenario
para los juegos o para andar dando trompicones de un lado para otro o
serpenteando como un reptil ufano.

También estaban el tobogán, unos artilugios aburridos
que creo que conocíamos como los remos y los columpios y la barca. Desde
esta última salimos volando más de una vez sin que de momento a ninguno de
los de entonces nos haya pasado factura en la cabeza. También podías salir
con la cara amoratada y los dientes tirados por el suelo por culpa del
efecto rebote de la jodida barca en el momento en que la impulsabas desde
fuera. Supongo que serían dientes de leche y que además estarían
acostumbrados a salir varias veces al año. Sólo así me puedo explicar que
hoy no estemos mellados todos los guienses que tenemos entre treinta y
cinco y cincuenta años.

En la Plaza Chica también hacíamos mucha vida social en
las escaleras de piedra que conducen a uno de los laterales de la iglesia.
Solía ser el tapete preferido para jugar a las estampas o para
destrozarnos los pantalones o las rodillas rodando por las escalinatas.
También en esas escaleras se escribieron muchas primeras historias de amor
que no pasaban de un ligero y arrobado pestañeo o de unos dedos
entrelazados, que ya me dirán ustedes para qué diablos se entrelazaban los
dedos entonces. En fin, ya más adelante descubrimos los bancos más
recónditos de la Plaza Grande, el gallinero del cine Hespérides y otros
lugares que creo que por el bien de todos y para que no pierdan su propio
encanto lo mejor es que cada uno se guarde para sí con la misma intensidad
con la que se guarda el primer beso.

Junto a esas escaleras, y al lado mismo del que se
supone que es el busto de Luján Pérez - ya desde aquellos años teníamos
claro que a quien se parecía era al Cristóbal Colón que estaba en las
ilustraciones de los libros de texto- se encontraba un gua que fue
sobreviviendo estoica y milagrosamente a las distintas pequeñas reformas
de la plaza. Hasta Tomasito el jardinero se cuidaba de que no se
enchumbara cuando andaba con la manguera reverdeciendo los muchos jardines
del entorno de la Plaza. A Tomasito recuerdo que le pedíamos que nos
echara agua en la cara cuando acabábamos de jugar a las chapas y sudábamos
de arriba abajo. Cuando nos echaba el agua nos sentíamos igual que los
jugadores del Guía o de la Unión Deportiva Las Palmas, y el bueno de
Tomasito nunca quiso que frustráramos nuestros sueños de grandeza
futbolística. También nos dejaba enjuagarnos la boca con el agua y hasta
coger la manguera para echar un par de chorros entre las raíces de los
laureles de indias de la Plaza Grande. Pero yo estaba hablando del gua de
cemento situado en medio de la Plaza Chica. No sé cuántas generaciones
habrán jugado al boliche en ese gua. Yo por lo menos tengo recuerdos de
tardes enteras tirado en el suelo tratando de atinar con el boliche y de
sumar bolas de colorines para mi colección, o lo que era la repera: aquel
bolón enorme que no cabía en el bolsillo y que tenía más de diez colores.
Creo que desde entonces aprendimos que la vida es una cuestión de rachas,
y, tal como sucede ahora, a veces regresabas a tu casa con los bolsillos
llenos y otras con el sabor amargo de la derrota dibujada en la comisura
de los labios. Cierro los ojos y soy capaz de rememorar el ruido que
hacían los boliches cuando chocaban violentamente. Jamás se rompían. Se
ajaban y perdían brillo, pero esos eran justamente los más deseados, los
que habían pasado por las manos de los más expertos y los que habían
protagonizado muchas partidas memorables. No conservo ni un solo boliche
de aquellos años, pero sería capaz de señalar el punto exacto en el que
estaba el gua de la Plaza Chica. De hecho, no creo que pueda mirar el
pavimento de esa plaza sin verlo: uno cuando mira los lugares en los que
fue feliz los vuelve a ver como eran antaño, con los mismos amigos por los
alrededores y el mismo color de la tarde reflejado por todas partes. Por
eso evitamos tantas veces regresar a Ítaca: para salvarnos de los
desengaños y de los destrozos del tiempo. A nosotros no nos queda París.
Lo que tenemos para seguir sobreviviendo es la Guía de entonces, que era
la más nuestra porque fue en la que aprendimos a ver el mundo. Los niños
de ahora seguro que dirán lo mismo dentro de treinta años, aunque la
verdad es que a los niños de ahora no los veo yo como nos veíamos nosotros
en la calle. La calle era la vida, nuestra casa,
nuestra libertad, nuestro único paraíso imaginable.

Agosto de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los sellos luminosos


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

El buzón de correos era parte del paisaje de nuestra infancia.
Nos encantaba echar las cartas en aquellas moles cilíndricas y metálicas que
nosotros soñábamos casi mágicas. Cuando veías caer la carta no pensabas nunca
que se quedaría dentro hasta que llegara el cartero con la llave a retirarla.

 
Había algo esotérico que te hacía pensar que la postal o la carta ya caminaba en busca de su destinatario por caminos subterráneos o por invisibles conductos que nosotros no éramos capaces de ver. Todo eso me imagino que vendría por las cartas a los Reyes Magos que depositábamos cuidadosamente en los buzones amarillos de nuestra infancia. No parábamos de preguntar si era seguro que a través del buzón llegaría sin problemas a Baltasar, Gaspar o Melchor. No las teníamos todas con nosotros, y de una forma tácita todos los niños nos poníamos de acuerdo para utilizar el mismo buzón. No sé si fue por ser el primero que había a la entrada al pueblo o por ser uno de los más llamativos, pero lo cierto es que casi todos coincidíamos metiendo nuestras cartas peticionarias en el que estaba en la esquina de Médico Estévez con la calle Real, justo enfrente del comercio de mi padre. Cuando echabas la carta encomendabas tu suerte a la magia del buzón elegido. Antes habíamos ido a comprar la referida carta a la librería de Doña Mercedes y don Pepito Pons en la calle Marqués del Muni. Siempre me he preguntado qué diablos harán los carteros con las miles de cartas de niños que reciben en navidad. Si yo fuera cartero tendría una colección interminable de cartas de reyes. No sé que daría yo ahora mismo por volver a encontrarme con uno de aquellos textos que escribía cuidadosamente y con la mejor de mis letras pidiendo la bicicleta, el robot o la cartuchera con la pistola de mixtos. Igual los carteros se desternillaban de risa cuando leían nuestras ingenuidades, sobre todo cuando nos poníamos a justificar nuestras conductas anuales y nuestros pequeños pecadillos de infancia. Esas cartas casi nunca necesitaban sellos. Venían con un diseño y con el sobre y el papel configurado para llegar directamente a los magos de Oriente sin necesidad de pegarle el cabezolo de Franco. Así y todo muchas veces no nos convencían y terminábamos estampando el sello de marras al lado de las efigies de Melchor, Gaspar y Baltasar. Supongo que todas esas cartas hace tiempo que forman parte de la historia de los vertederos guienses, pero uno siempre tiene la duda y a veces llega a pensar si no estarán aún por el subsuelo de aquel buzón en el que depositábamos todos nuestros sueños.

En aquellos años crédulos y fantasiosos de nuestra infancia las postales tenían un brillo especial que las volvía un poco kitsch, casi siempre retocadas por alguien a quien se le iba la mano con los brillos y los colores. Las de Guía me acuerdo que aparecían siempre con unas plataneras de un verde tan intenso que casi parecía una ciénaga o parte del Amazonas más profundo. Aquellas postales que recibíamos junto a los sellos entonces también más luminosos y brillantes eran como invitaciones a los sueños y a los viajes más soñados. Siempre que llegaba una postal de la Península, de otras islas, y no digamos del extranjero, nos poníamos a volar sobre la marcha imaginando lo que habría detrás de cada una de aquellas fotos. Era parte de un juego necesario para ensanchar el mundo en una generación que sólo tenía un canal televisivo y que aún no disponía del Google Earth para recorrer el planeta.

Yo fui coleccionador de sellos de correo, usados o recién salidos en colecciones que nos guardaban en las oficinas y que llegaban a nuestras manos cargadas de historia y referencias conmemorativas. Cada sello era un billete con el que poder recorrer el mundo. Nos guardaban los sobres y nosotros los poníamos en remojo para desprender los sellos matasellados en Caracas, en Río de Janeiro o en Sevilla. Tocando y mirando los sellos tocábamos y mirábamos las ciudades de donde procedían y también todo el camino que habían recorrido hasta caer en nuestras manos. La lupa servía entonces para engrandecer nuestra capacidad soñadora. Cada sello era una aventura.

Hoy andamos con comunicaciones más asépticas e inmediatas. En un segundo hacemos llegar un mensaje al otro lado del planeta a través del correo electrónico. Pero no es lo mismo, nunca tendrán el encanto ni la luminosidad del sello que anticipa las emociones. Las cartas de amor sin sellos están como huérfanas, y no digamos las declaraciones virtuales o a través de unas webcams que nos robotizan y nos convierten en una especie de autómatas o de hermanos clónicos de Blade Runner. No creo que los niños de ahora estén enviando sus cartas a los Reyes Magos a través del correo electrónico, pero no me extrañaría, y si no lo hacen ya lo harán en el futuro. Vale que se ahorra papel y que gana el medio ambiente, pero no creo que haya papeles mejor gastados que los de las cartas y los sobres de toda la vida. Si acabamos con ellos acabaremos también con nuestra propia historia. Y luego está cartero, esa figura referencial y emblemática que iba por todo el pueblo llevando una saca cargada de cartas que más de una hacían cambiar la vida o el ánimo de quien las recibía. A lo mejor me estoy poniendo pesado y poco amigo de los avances tecnológicos. No reniego del correo electrónico, y de hecho me parece uno de los grandes milagros en la evolución de la raza humana, pero los avances no tienen por qué arramblar nuestras pequeñas referencias cotidianas. Las cartas, los buzones o los carteros deben seguir formando parte de nuestra vida. Si suprimiéramos los sellos estaríamos suprimiendo también nuestros instintos más aventureros e imaginativos, la huella que queda de nuestro paso por el mundo, el matasellos que certifica nuestras querencias y nuestras amistades más lejanas. Cuando alguna vez abro mi colección de sellos de la infancia regreso inmediatamente a casa.

 

Marzo de 2007.




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Los trenes


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

No sé si condiciona o no crecer sin tener cerca una estación de trenes por la que escaparse. Las aventuras son más aventuras cuando se mueven en tren, lo mismo que la marcha en busca de la gloria, o el mismísimo regreso cuando volver es un sinónimo de fracaso.

aSasa
La vida pasa de otra manera en los trenes, sobre todo en aquellos lejanos de vapor que ya no vimos, pero también en los destartalados, lentos y oscuros que recorrían los años sesenta y setenta de la Península. Nosotros no teníamos trenes a los que subirnos en busca de la gloria o el fracaso. Para escapar teníamos que acudir al barco o al avión. La tierra no es nunca lugar de huida para los canarios. Sólo podemos escapar por mar o por aire, de ahí nuestra inevitable melancolía y la tendencia que tenemos a escondernos en todas las orillas o en la lejana presencia del cielo y las estrellas. La huida era un sueño que recreábamos siempre mirando las olas de la playa. En otros lados bastaba una mochila y un poco de determinación para saltar a los vagones de un tren, o para subir a una guagua que ayudara a cambiar de destino, de lengua y de mundo. Nuestras guaguas siempre acababan encontrando las playas o los acantilados de la costa, y el avión era caro, caro y poco romántico para marchar llevando sueños volanderos metidos en la cabeza. Los canarios hubiéramos sido distintos de haber tenido tierra para huir. Pero nos tuvimos que quedar, o regresamos con los mismos turistas que vienen aquí como quienes van a Disneylandia. Ahora tampoco los trenes tienen ese halo aventurero, y de hecho son casi iguales a los aviones. Nuestro romanticismo viajero lo encontrábamos en el barco, pero la huida en barco es lenta, pesarosa y dada a la meditación y al arrepentimiento por las muchas horas muertas que tenemos para pensar. El tren, en cambio, va rápido y aleja igual de raudo los paisajes. Casi no nos deja tiempo para la nostalgia.
aSasa
Nosotros sólo teníamos trenes eléctricos para soñar. Nos encantaba estar durante horas siguiendo la agilidad casi felina de la máquina que iba arrastrando sus hierros por los raíles. Éramos capaces de estar durante horas dejándonos hipnotizar por la velocidad soñadora de los trenes eléctricos. No recuerdo quedarme quieto de niño muchas veces, me aburrían los juegos lentos o los que requerían pensar más de la cuenta. Tampoco aguantábamos los entretenimientos pasivos. Sin embargo los trenes tenían algo que nos paraba y nos hipnotizaba, tardes enteras escuchando el runrún mecánico de una maquinaria coordinada y perfecta, casi mítica para nosotros. Los trenes salían en las películas, y como tales se confundían con el divismo de las estrellas, con los campos de batalla del Lejano Oeste y con todo ese otro mundo que tantas veces supimos confundir benditamente con la realidad.
aSasa
No estábamos sobrados de máquinas en los setenta. Recuerdo que de niños sólo había ascensor en el edificio del Banco Hispano Americano. Para nosotros ir a casa de algunos de los amigos que vivían en ese edificio era como entrar en algunas de esas películas de las que les vengo hablando. Nos tirábamos todo el día subiendo y bajando pisos en el ascensor hasta que el bueno de Dominguito el portero era avisado por alguna vecina apurada por no poder subir las escaleras en un medio que era la envidia de todas sus vecinas guienses. Y lo mismo que digo de los ascensores lo podría decir de los coches teledirigidos: entonces los coches que funcionaban con pilas iban a donde ellos les daba la gana. Tú le dabas a una especie de palanca y ellos se desbocaban chocando con las sillas o partiéndose en cuatro trozos al caer por una escalera. La llegada del Mercedes o el Pegaso de Rico fue una gran novedad, casi equiparable a lo que hoy puede ser una videoconsola: esos modelos, y otros semejantes que empezaron a aparecer, venían con un cable incorporado y un mando con el que podías dirigir los movimientos y la dirección del vehículo. Acababas rendido después de estar durante horas siguiendo a menos de medio metro las evoluciones del Mercedes o del Pegaso, pero por lo menos lo hacías tuyo y de alguna manera lo controlabas para que no se estrellara contra las paredes y las patas de todas las sillas de la casa. La aparición de los primeros coches teledirigidos ya nos cogió un poco mayores a los de mi generación, pero no por ello dejamos de alucinar con las inmensas posibilidades de los veloces coches que tú dirigías tranquilamente desde cualquier banco de la plaza. Eso sólo lo podíamos hacer nosotros con los bólidos del escalextrix, pero no era lo mismo, entre otras cosas porque el escalextrix era un coñazo cada vez que te ponías a armarlo y porque tampoco lo podías llevar a la plaza. Los coches teledirigidos llegaron más o menos en los mismos años que las teles en color, y la verdad es que nosotros vimos todo aquello como una consecuencia de la muerte de Franco: atribuíamos la llegada de las máquinas y los colores a la desaparición de un régimen que sí percibíamos opresor, mojigato, sombrío y sacristanesco sin saber siquiera qué significaban todas esas palabras o la falta de libertad.
aSasa
Yo los trenes los descubrí en Inglaterra con doce o trece años, y además pude viajar en una de las réplicas de los primeros modelos que inventaron los ingleses, con aquella famosa máquina de un tal Watt (me suena eso de la máquina de vapor del inglés Watt como una retahíla de las muchas que nos metieron en la sesera en los años de colegio). Como siempre ocurre en la vida, la experiencia fue muy gratificante pero no se asemejó en nada a lo que yo había soñado durante años. Estaba el traqueteo y el paisaje verde que siempre iba quedando atrás. Y también la sensación de que tú te movías más rápido que la tierra. Estaba bien, pero no era lo que yo había recreado cuando seguía los movimientos de los trenes eléctricos de mi infancia. Claro que eran reales, y que había raíles, y que las estaciones, aún hoy, siguen teniendo ese encanto que nunca encontraremos en los aeropuertos o las paradas de guaguas. Tal vez lo que me ocurría es que los trenes no recorrían los paisajes de nuestra isla, que es lo que soñábamos nosotros todo el rato. Incluso me acuerdo de unos raíles que estaban por la Avenida Marítima y la carretera del Sur por los que supuestamente tenía que circular un tren que yo nunca vi. Siempre preguntábamos y nos quedábamos mirando aquellos raíles surrealistas que cortaban el horizonte capitalino, pero nos contestaban con evasivas o no tenían respuestas. Nunca vi el famoso tren, aunque creo recordar que contemplé algunas fotos en los archivos del periódico con el susodicho recorriendo la Avenida Marítima por aquellas aberrantes y antiestéticas vías.
aSasa
Seguimos sin poder huir en tren; y a lo mejor por eso nos quedamos y nos vamos quedando. Hace años también nos bastaban cuatro latas amarradas con una soga para soñar con la escapada y la aventura. La imaginación era el raíl por el que discurría el traqueteo de la máquina de nuestros sueños más volanderos. No había estaciones ni factores, pero parte de nuestra infancia quedó varada entre zigzagueantes trenes eléctricos que todavía hoy somos capaces de escuchar entrecortadamente cuando necesitamos aventuras para poder seguir sobreviviendo.
aSasa
Marzo de 2007.


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Las Canastas


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

Uno siempre recuerda las estructuras de las que colgaban las canastas de baloncesto como unos estorbos que teníamos que estar todo el santo día moviendo de un lado para otro cuando queríamos jugar al fútbol. Nosotros no éramos como los niños de ahora que tienen tropecientas mil ofertas deportivas. 

Entonces sólo teníamos el fútbol, la lucha canaria, la natación y un poco de voleibol y balonmano. Pero como el deporte que practicábamos era improvisado, a menudo montando campos en pedregales o en fondos de maretas vacías, solía ser el fútbol lo más demandado y socorrido. También influía que en los periódicos, en la tele o en la radio no se hablaba de otra cosa. No hacían falta entrenamientos o estar federados para montar partidos de máxima rivalidad entre calles o barrios del pueblo. Poco a poco, sin embargo, se fueron sofisticando las infraestructuras y empezamos a utilizar las canchas que supuestamente se habían construido para jugar a balonmano, a voleibol o baloncesto como canchas de futbito, que era como entonces llamábamos todos a eso que ahora llaman fútbol sala – para nosotros hubiera sido algo hilarante meter en sala cualquier deporte, y mucho menos el futbito, aunque cuando íbamos a jugar los partidos interescolares al Vega Mateos de Gáldar casi nos veíamos jugando en el Bernabéu-. Estaba la cancha del albergue, que siempre conocimos como la cancha del barranco, la del Instituto y la del colegio. La preferida era sin duda la del barranco, el gran escenario de casi todos nuestros pequeños hitos deportivos. El problema de esta cancha es que era un poco multiusos, y si había gente jugando a baloncesto no se podía jugar al fútbol. Hasta que tuvimos doce o trece años siempre perdían los de baloncesto, que eran poco menos que unos bichos raros. Para jugar tenían que ir a las horas que sabían que no habría nadie con ganas de jugar al fútbol, después de almorzar o a primera hora de la mañana. Pero más tarde o más temprano aparecíamos quince o veinte fanáticos con el balón de fútbol y hacíamos valer nuestra prevalencia y nuestra mayoría absoluta y aplastante. Antes teníamos que estar rodando las estructuras de hierro de las que colgaban las canastas. Estaban equipadas con ruedas y a nosotros nos servían más para hacer el mono que para jugar al baloncesto.

No sé cuando se viraron las tornas, aunque el fútbol nunca dejó de ser lo más importante. Me imagino que los primeros acercamientos al baloncesto coincidieron con el Madrid de nuestro paisano Carmelo Cabrera, y que luego se fueron concretando con la llegada de aquella generación de grandes jugadores que tuvo su corolario con la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. A los doce o trece años nos entró el gusanillo de la canasta. De repente descubrimos que nos divertíamos más con la intensidad, la participación y la velocidad de basket que con las patadas y el alejamiento cada vez mayor del romanticismo futbolero. Yo hubiera querido ser un gran jugador de fútbol, pero pronto descubrí que era un poco patán con las piernas. En el baloncesto, sin embargo, me defendía mucho mejor y además podías progresar una barbaridad practicando por mi cuenta los tiros a canasta, el dominio del balón en carrera o las fintas o movimientos más o menos espectaculares. Por entonces empezamos a ver los primeros partidos de la NBA en televisión, los famosos Lakers contra los Celtics. Como pasaba como el Real Madrid y el Barcelona en los terrenos futbolísticos y baloncestísticos, nuestra generación se fue decantando por la seguridad y la efectividad de Larry Bird o por los arabescos de Magic Johnson. Yo opté sobre la marcha por los Lakers y por intentar jugar con el espíritu de Magic. Pero junto a esas referencias que entonces nos parecían poco menos que de ciencia ficción estaban aquellos partidos de infarto de la selección española con los Corbalán, Epi, Fernando Martín y compañía. De repente las estructuras que servían para sostener y elevar los aros de baloncesto le fueron ganando la partida a las porterías futboleras. Cada canasta era un camino a la gloria, y las tardes se nos iban improvisando partidos de tres contra tres en un solo aro o formando equipos que nos permitían organizar pequeñas liguillas. Habíamos dejado de ser aquellos gárrulos que nos reíamos de Feluco, Ferrer, Sosa, Paco y tantos otros pioneros que cuando nadie sabía siquiera lo que eran tres segundos en la zona se tiraban la tarde botando el balón y tirando a canasta, casi siempre solos, y generalmente siendo víctimas de las malévolas bromas de los que sólo imitábamos a los que salían en las estampas o en el Don Balón. Poco a poco se fueron mejorando las canchas, los materiales los aros, los equipajes y por supuesto las playeras. Entonces, cuando nos empezó a entrar el gusanillo del baloncesto a finales de los setenta, no había ni redes en las canastas, y lo normal era que jugáramos durante meses tratando de encestar en un aro medio desconchado y desclavado del tablero. Al igual que en el futbito y en el resto de los deportes que practicábamos con una espontánea determinación jamás había árbitro. Nos entendíamos entre nosotros, y quizá en esa práctica deportiva fue donde empezamos a descubrir que, al igual que en la vida, los hay nobles e innobles, tramposos y honrados, creativos e imitadores, y también compañeros o egoístas: toda la vida se estaba recreando en la cancha, aunque nosotros entonces no éramos conscientes de ello. También descubrimos el valor del esfuerzo y la constancia, y por supuesto la importancia de la suerte. Ahora hace años que no tiro a canasta y que no pruebo a lanzar un penalti o a practicar una contrapardelera, pero sí reconozco que aprendí mucho en las canchas de deporte de mi infancia. Con los años todos aquellos jugadores han ido creciendo y comportándose más o menos como lo hacían en el deporte. No sé qué ha sido de muchos de ellos pero seguro que el tramposo sigue dedicado a las trampas y que el voluntarioso sigue luchando a brazo partido por ganar los partidos de la vida diaria. Creo que casi todos éramos nobles y buenos deportistas, por eso podíamos jugar casi siempre sin árbitro. Pero siempre había alguno que venía a enturbiarlo todo con sus malas formas y sus abusos. Eran pocos, pero como descubrimos cuando crecemos y nos movemos en otros ámbitos de la realidad, también entonces se hacían notar y nos terminaban jodiendo los partidos.

Marzo de 2007.

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LIBRO COMPLETO

Música de papagüevos I (LIBRO COMPLETO)


Santiago Gil

En Música
de Papagüevos
, Santiago Gil relata vivencias de la infancia, haciéndonos revivir emociones,
colores y aromas de aquella maravillosa etapa, que también fue la nuestra.
Santiago
Gil nació el 10 de abril de 1967 en Guía de Gran Canaria.
 
Es
Licenciado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, donde
frecuenta los ambientes literarios, forma parte de distintos proyectos creativos
y colabora en varios programas radiofónicos.





El guá de la plaza chica

(2006)




Los papagüevos

(2006)




El Circo Bruselas

(2006)




Los escaparates de los sueños
 (2006)




Barcos de papel (2006)




Días de fútbol (2006)




En la casa de Saulo
(2006)




Vísperas de fiesta (2006)




Lecciones de vida (2006)




La parafernalia de los entierros (2006)




Fenómenos paranormales (2006)




Polos proustianos (2006)




Los colores del ayer (2006)




Luces de domingo (2006)




Tenis en Barranco Hondo (2006)




Los olvidos (2006)




Los charcos del recuerdo (2006)




Las bicicletas (2006)




Los vietnamitas (2006)




Cuestionario imprescindible
(2006)




El inevitable azar (2006)




Dulces variados (2006)




Los nispereros (2006)




El Rubio y las telefonistas
(2006)




Las alas del recuerdo (2006)




Corazones de Tiza (2006)




El niño que volaba (2007)




Las chapas futboleras (2007)




Los celajes (2007)




Puertas abiertas (2007)




Los primeros pitillos (2007)




El chirote (2007)




Máscaras y cenizas (2007)




El pan como milagro (2007)




Las leyes de la física (2007)




Las canastas (2007)




Los trenes (2007)




Los sellos luminosos (2007)




La camiseta Puma (2007)


Edición 5 enero 2007

Guía de Gran Canaria

5 de enero de 2007

Luján Pérez

En 2006 se cumplen 250 años del nacimiento del escultor guiense José Luján Pérez; sin duda, el artista guiense de mayor proyección.

La habanera "La Perla" no es de Néstor Álamo

De forma machacona, a pesar de que me dicen él mismo aclaró en algún sitio que no es el autor de la música ni de la letra, se sigue atribuyendo a Néstor Álamo la autoría de la bonita habanera “la Perla”. La reiterada atribución puede llegar a confundir a la gente y es justo que se aclare de una vez la cuestión.

Néstor Álamo

2006, centenario Con motivo del centenario de su nacimiento se han organizado diversos actos de homenaje

Juan J.

Caballero: Una vida dedicada a la artesanía

Tomasín, personaje

popular donde los haya El 5 de enero de 2000 falleció el personaje más popular de Guía, y lo hacía en el mismo momento en que la Cabalgata de los Reyes Magos pasaba debajo de la habitación 334 que ocupaba en la clínica Santa Catalina. + Ver reportaje

Agenda 21

El Ayuntamiento de Guía trabaja actualmente en la denominada Agenda Local 21 cuyo objetivo es desarrollar un Plan de Acción Municipal basado en un desarrollo sostenible y que integra las políticas ambientales, económicas y sociales del municipio con la participación de todos los agentes sociales del mismo. + Participa en la encuesta

Audio MP3

Pedro Forteza contando una anécdota del Alcalde Juan García Mateos, cuando en los años cincuenta invitó a un "comistraje" a lo mejor de cada casa

Alejandro C. Moreno y Marrero

coordina la sección sobre los oficios tradicionales de Guía, en la que Juan Dávila hace una aportación importante .

Pepe

Mejías, "la hiedra" “La Hiedra”, un espacio radiofónico dedicado al bolero, dirigido y presentado por José Mejías Ruiz.

Crónicas del ayer

Sección interactiva en la que se insertan crónicas y noticias del pasado guiense .

Homenaje

a Gloria Betancort Más de un centenar de personas asistieron el viernes 20 de octubre de 2006 al homenaje que el Instituto de Enseñanza Secundaria Guía rindió a la profesora y monja dominica, Gloria Betancort Brito, con motivo de su jubilación como docente tras 40 años dedicada a la enseñanza

El Pleito Insular,

según Néstor Álamo Del libro "EL GABINETE LITERARIO, CRÓNICA DE UN SIGLO", de Néstor Álamo, hemos entresacado estos párrafos sobre nuestro eterno Pleito Insular

Cruce de cartas

Entre Néstor Álamo y el párroco don Bruno Quintana, tras la retirada de aquél de la dirección del Camarín de la Virgen

El niño que

volaba Homenaje a Tomasín Yo de niño volaba. Con los años he ido perdiendo las alas, poco a poco, casi sin que me diera cuenta. Realmente no sé cuándo dejé de volar. Ya algo mayor podía hacerlo de vez en cuando al lado de la persona que me enseñó a creer que todo lo que uno imagina se puede llegar a conseguir. Él fue fiel a los sueños hasta el último de sus días.

Sergio Aguiar, filólogo e historiador

En el campo de la investigación histórica, Sergio Aguiar ha desarrollado un amplio trabajo con respecto a la historia de Guía de Gran canaria y de la Comarca Norte de la isla.

Pedro González-Sosa recibió el justo homenaje

El 13 de agosto de 2006 tuvo lugar en el Teatro Viejo el homenaje a nuestro Cronista Oficial. Minutos antes se inauguró la placa de la calle que levará su nombre. CALLE CRONISTA PEDRO GONZÁLEZ-SOSA

Toño,

pregonero 2006 El Pregón de las Fiestas de la Virgen 2006 corrió a cargo del hijo de este municipio Luís Antonio González Mendoza, Medalla de Oro de esta Ciudad

Restaurante La Parra

Restaurante de comida mediterránea, con un toque de tradición familiar, para disfrutar y comer bien

Más en esta edición

Portada reconstruida a partir de la copia del Wayback Machine de 06/03/2007 de la edición original.


Recordando a Tomasín

 

 

Por Santiago Gil

 

Si le hacemos caso al cantante grancanario Braulio, el pasado día 5 de enero de 2000 murió el personaje más importante de Guía, y lo hacía en el mismo momento en que la Cabalgata de los Reyes Magos pasaba debajo de la habitación 334 que ocupaba en la clínica Santa Catalina. Corrosivo, tierno, "permanentemente enamorado" y catador de una cara de la vida sólo reservada para inocentes, de Tomasín nos queda cuerda para rato en anécdotas y recuerdos que jalonan una biografía casi tan mitificada como la de la mayor parte de los prohombres de todas las historias.

 

El fallecimiento de Tomasín ha producido en la isla de Gran Canaria una especie de conato o brote extraño de una enfermedad que nada tiene que ver con la muerte. La noticia de su desaparición llegó a todas partes como un reguero de pólvora en cuestión de horas, pero las reacciones a la misma llegaron a mosquear a los mismísimos dioses. De las lágrimas y los dolores iniciales se pasaba, casi de inmediato, a la risa y al recorrido de un anecdotario que para sí lo quisieran los más grandes cómicos de la historia.

Tomasín, como dicen por Guía, fue mucho Tomasín, y a lo largo de su existencia dio sobradas muestras del porqué de esta coletilla que te espetan según lo nombras por el noroeste grancanario. Una vez lo llamaron de la Caja de Reclutas y armó una carajera de la que sólo se libró por padecer el síndrome de Down, pero eso no quita para que fuera el primer gran insumiso de la isla. Cuando le preguntabas que qué había sucedido en la calle Reyes Católicos, él, antes de echarse a reír como un descosido, te decía que había ido "con Ramón Pérez, Manolo el zapatero y con un bobo del campo", que por supuesto no era él. Pero no contaba lo otro, lo de cómo le quitó la gorra a un comandante de los entonces y la que se armó con su presencia de minutos entre los de caqui.

Murió con 59 años, una edad que entre quienes padecen su enfermedad equivale casi a los cien años de los llamados "normales". En vida recibió siempre todo el cariño de su familia y de sus vecinos, e incluso el municipio guiense, por mediación de la Asociación de la Fiesta del Queso, le levantó un busto de bronce en la Plaza de San Roque. ¡Y la que se armaba si allí meaba un niño o cagaba una paloma! Para Tomás García Díaz el que estaba en la estatua –Tomasín- era como Dios, y cuando él pasaba delante de sí mismo se detenía, se santiguaba y si venía al caso le pedía algún milagro o algún favorcillo más terrenal y posible; si le cagaban las palomas no dudaba en bajar con un paño y un bote de Pronto que le diera brillo y lustre a su inmortalizado.

Era, como dice Braulio en su canción, el primero en todos los entierros, bodas y bautizos, y tanto ejercía de guardia municipal, como de cantante, de cura o de puntal de lucha canaria. De último ejerció de médico del seguro, para lo que dicen los que le conocieron que tenía mano de santo. Cuando era puntal del equipo de lucha de Guía siempre lo echaban al terrero contra uno de Gáldar más fuerte que él ante el que perdía todas las agarradas, pero eso en el terrero, porque fuera de él se las ganaba todas con picardía y listeza. Mientras el triunfador se quedaba en la arena recibiendo las ovaciones, Tomás, tan cuico como siempre, se subía a las gradas a pedirles el dinero a unos sorprendidos espectadores que rompiendo la tradición de nuestro deporte vernáculo se veían entregándole los duros al derrotado.

Tras la muerte de su madre, Bárbara Díaz Moreno, Tomasín llevaba cuatro años montando su despacho de médico en la casa de cada una de las hermanas y hermanos que se hicieron cargo de él. Por eso no fue de extrañar que junto a la corona del ayuntamiento de Guía, aparecieran las de Agaete y las de otros puntos de la isla tan distantes del lugar de sus andanzas más sonadas. Precisamente el alcalde de su pueblo, Fernando Bañolas Bolaños, fue de los primeros que se movieron para que su "ciudadano más popular" fuera velado y tratado con honores de prohombre en su ciudad natal.

Fue enterrado, como no podía ser menos, el día de Reyes, el más mágico y más inocente de todo el año, y su muerte, al paso de las tristezas iniciales, sólo ha dejado recuerdos, sonrisas y un anecdotario de coñas con el que se podrían escribir hasta tesis doctorales, pero lo bueno de Tomasín es que las anécdotas las dejó todas escritas en las víctimas de sus sanas maldades y, sobre todo, en los afortunados receptores de sus ternuras y sus cariños mas sinceros.

 

Una canción para el recuerdo.

Braulio no faltó al entierro de Tomasín. Desde primera hora de la mañana hasta el momento del adiós definitivo en el cementerio, el cantante guiense estuvo junto a su amigo como en los buenos tiempos, cuando Tomás, espoleado por el gracejo y la picardía del artista, no dejaba títere con cabeza.

Braulio repetía una y otra vez que el entierro de Tomasín tenía que haber sido el más multitudinario y participativo de la historia de su pueblo, y aunque se le justificaba la falta de algunos por la gran tromba de agua que estaba cayendo, el cantante, defendiendo siempre la integridad de su amigo, repetía que eran miles las visitas que le debían en Guía a quien durante décadas abría el cortejo de todos los entierros sin distingo alguno, que en eso de las clases sociales y las distinciones más o menos oficiales fue Tomasín muy suyo, y lo mismo le daba un alcalde que un pobre paria tirado en la calle.

Braulio, junto a parte de su "tropa barranquera" de la infancia, una tropa en la que Tomasín actuaba de general o de gran maestro de ceremonias, contaba entre la lágrima y la sonrisa las andanzas de un amigo que ayer le dejó un poco más huérfano de cachondeos y bondades. La canción que él le dedicara hace tiempo, y que presentó en las piscinas municipales de Guía a principios de los setenta con Tomasín a su lado, queda como el mejor y más sincero testimonio de alguien que pasó por estos pagos sólo para hacer feliz a la gente: "Tomasín, personaje popular donde los haya, general que nada sabe de batallas, orador que a todo el pueblo hace reír…"

Guía, a 9 de enero de 2000

MAS INFORMACIÓN


Nombres Propios

 

NOMBRES PROPIOS

En esta sección se recopila
información sobre los guienses (de nacimiento o adopción) cuya actividad trasciende, o ha trascendido,
los límites de nuestro municipio y, en general, de todos cuantos
contribuyen, o han contribuido, con su personalidad o dedicación al conocimiento de la
historia e identidad de Guía de Gran Canaria.




Tomasín

 


Santiago Gil




Don Luis Cortí

 




Camilo Saint-Saëns





Luján Pérez
 


Amado Moreno




Miguel Santiago

 




Braulio García Bautista



Néstor Álamo

 


Juan Dávila-García




Pedro González-Sosa

 




Javier Estévez Domínguez





Jesús Bombín
 


Alejandro C. Moreno y
Marrero






Domingo Rivero
 


Sergio Aguiar Castellano




Manuel González Sosa

 


Juan José Caballero




Santiago Betancort Brito

 




Francis Naranjo



Don Bruno

 


Luis A. González Mendoza




Paco Rivero

 




Eusebia de Armas Almeida

Pedro Perdomo Acedo

 




Luis Suárez Galván



Rafael Bento y Travieso

 




Dolores Sosa Suárez



Juan García Mateos

 




Sor Catalina de San Mateo



Joaquín Rodríguez Ramos

 




Juan Pedro Bolaños Hernández



Santiago Bolaños

 


María Auxiliadora Pérez






Jonás Vega Morera
 


Carmelo Artiles Bolaños



Miguel Ángel Hernández

 

Beatriz Mendoza Rivero


Juan Mejías Suárez

 


Gloria Betancort Brito

 NOTA:
El orden es aleatorio.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 31/10/2006.


Su obra y Guía

 

LUJÁN PÉREZ Y GUÍA DE GRAN CANARIA

SU OBRA

Existen muchas pruebas de que Luján se sintió siempre
vinculado sentimentalmente a su pueblo natal. Como testimonio definitivo
está esa maestra de afecto contenida en su testimonio: «Declaro, que a
impulsos del amor que profeso al pueblo de Guía, por ser mi patria..

.>>. Pero ese amor no se quedó sólo en sentimiento; fue ligo más. En
muchas ocasiones lo confirmó con hechos de cuyas consecuencias se siguen
beneficiando todavía los habitantes de Guía. Así, por ejemplo, el único
reloj de torre que existe que en aquella ciudad que cuenta y marca el paso
del tiempo, se debe a un rasgo generoso del artista que, a pesar de
hallarse radicado en Las Palmas, siempre vio en los problemas de su pueblo
algo que le atañía muy de cerca.

La manda testamentaria por la que Luján dona el reloj
nos habla con harta elocuencia no solamente de su patrimonio, sino también
de su sincera preocupación por el bienestar de sus paisanos. Porque él no
lega el reloj llevado del deseo vanidoso de ganarse la gratitud de los
guienses o para darle notoriedad a su nombre. «Es mi voluntad
declara- se ponga un reloj en una de las torres de aquella iglesia
parroquial, a fin de que los vecinos disfrutaran de este beneficio y
puedan arreglar las distribuciones de sus aguas, que es de tanto interés
para la agricultura y para no causar disturbios ni desavenencias entre sus
partícipes. Con su regalo contribuía, además, a poner remedio a un estado
de cosas que con frecuencia alteraba la armonía de la pequeña comunidad y,
en más de una ocasión, con alborotos en los que si la sangre no llegó a
las acequias, poco faltó para ello. Para poder colocar el reloj se tuvo
que terminar la segunda torre de la iglesia -pues hasta entonces ésta sólo
tenía la del campanario-, y debido a las penurias de la parroquia y del
ayuntamiento, se recurrió a establecer un impuesto entre los vecinos más
pudientes. Felizmente la torre se pudo acabar; el reloj se adquirió en
Inglaterra, y una vez aquí se instaló coincidiendo con la visita pastoral
que hizo a la entonces villa el obispo don Judas José de Romo, en 1838.

El reloj, sin embargo no estaba completo; le faltaba la
campana, y desde La Habana, donde era canónigo arcediano, don Pedro José
Gordillo hizo posible su adquisición mediante un donativo en dinero. En el
día de la bendición, se le puso a la campana los nombres de María,
por la patrona de Guía y Petra por el donante. Las primeras
campanadas que sonaron, al mediodía, fueron seguidas de dobles en recuerdo
del imaginero, fallecido en 1815.

Hay más pruebas del patriotismo de Luján con respecto a
Guía. Según José Miguel Alzola, las imágenes de la Dolorosa y del Cristo a
la Columna con que cuenta aquella parroquia, se deben a otro rasgo
generoso del escultor. Las había hecho para Telde, pero viendo que se
retrasaba demasiado el cobro de las mismas, una noche, acompañado de
algunos paisanos, se trasladó a la población sureña, las rescató e hizo
que fueran llevadas a su pueblo de nacimiento.

El Señor en el Huerto es otro regalo suyo. La génesis
de esta obra es pintoresca y reveladora de la gran confianza que el
artista tenía en sí mismo. Cuentan que durante una de sus estancias
guienses, le llevaron sus paisanos la talla del Cristo de la Oración que
debía de estar muy deteriorado, porque en un gesto que le retrataba
perfectamente, la partió en dos de un hachazo. Sorprendidos, y seguramente
alarmados ante semejante estropicio, los comisionados hicieron ver al
estatuario que la Semana Santa era inminente y que la efigie destruida
necesariamente habría de salir en procesión. Luján los tranquilizó
diciéndoles: «Váyanse tranquilos, para entonces yo les haré otro mejor». Y
tal como lo prometió lo hizo; aquel año el retablo de la Semana Santa
guiense se enriqueció con otra nueva muestra del arte del gran imaginero.

Suyo es también el Crucificado que forma parte del
Calvario de la capilla de su nombre en la iglesia de Guía y que ahora sale
en la procesión del Viernes Santo. Lo talló en la tribuna de la entonces
iglesia del Hospicio, y de ello sí que hay constancia documental en los
libros de la Fábrica parroquia1 guiense. Originariamente lo hizo para ser
colocado en el segundo cuerpo del retablo del altar mayor que también es
obra suya- pero después pasó a ser un paso de la Semana Santa. En su lugar
se colocó, y aún está, un no menos admirable Crucificado, obra también
debida a él, pero de su primera etapa. En Guía está también el San
Sebastián que talló para la ermita de su nombre, hoy en el camarín de la
iglesia.

Además, existió en aquella iglesia un tabernáculo en el
altar mayor hasta mediados del siglo XIX, y que tenía un pequeño crucifijo
que hoy está igualmente en el camarín de la Virgen. Este tabernáculo tuvo
también su historia. Quiso el párroco de Guía, don Juan Suárez Aguilar,
colocar en el centro del presbiterio, en el altar mayor, el tabernáculo
encargado por su antecesor, don Francisco Almeida, con limosnas que había
dado doña Ignacia de Silva. Pero se opuso a ello don Blas Sánchez Ochando,
yerno de don Marcos Falcón, militar de aquel Regimiento y figura
preeminente de la localidad, alegando que en ese lugar su familia poseía
en propiedad algunas sepulturas. Ante esta circunstancia, el obispo, don
Manuel Verdugo, pidió a Luján un informe, porque, dice en el escrito,
«bajo su dirección está informado haberse hecho el tabernáculo». La
contestación del imaginero no se hizo esperar y, pese a la amistad con la
familia Sánchez Ochando, Luján firma el siguiente informe: «José Luxán y
Pérez, en vista del informe que se le pide por S.1. dice que es
cierto haberse fabricado el Tabernáculo que se expresa, en tiempo del
Beneficiado don Francisco Almeida con limosna que para ello dejó doña
Ignacia de Silva, bajo la idea de colocarlo en medio de la capilla mayor,
a fin de dar al coro que queda por atrás, la debida extensión y la mejor
vista y comodidad al Pueblo. Porque es indudable que puesto en semejan te
sitio no quedará capilla ni ángulo de la Iglesia desde donde no se
descubra la Realidad, que es lo principal que debe procurarse en los
templos; y de no hacerlo así se faltaría indispensablemente al plan con
que se trazó, y por consiguiente a la comodidad del clero, que se tuvo
presente y a la mejor cabida del Pueblo; pues, mal puede servir de
obstáculo a lo más útil y cómodo al Pueblo, y al clero, el sepulcro de un
particular que según se expresa, no fue concedido sino solamente para don
Marcos Falcón y su consorte, que ya fallecieron y por tanto no debe tener
más uso, especialmente cuando ya en dicha iglesia no se entierra a nadie
de tres años a esta parte, sino en el cementerio que está fuera del
pueblo». La respuesta del prelado fue concluyendo: «-Habiendo visto la
carta y el informe que antecede. Dixo: que se coloque el nuevo tabernáculo
en la iglesia parroquia1 de Guía conforme al Plan con que ha sido
trazado». El tabernáculo, que fue pintado y dorado por José Ossavarry,
permaneció en aquella iglesia hasta mediado el siglo XIX en que se
desmontó para darle al retablo del altar principal mayor vistosidad.
Mientras el tabernáculo estuvo colocado, la imagen de la Patrona, que
actualmente figura en la hornacina central, se exhibía en el altar de la
derecha o de la epístola, hoy conocido como el del Carmen.

La Virgen de las Mercedes, tenida como una de sus más
bellas obras y tallada en un solo tronco de madera de cedro, la hizo por
encargo de don Lorenzo Montesdeoca, uno de los hermanos Montesdeoca, los
ilustres clérigos guienses que fueron fraternales amigos del escultor. Fue
bendecida el 24 de septiembre de 1802, el día de su fiesta litúrgica.
Aunque Tejera afirma en su biografía de Luján que con esta imagen se
instauró en Guía el culto a la advocación mariana de La Merced, lo cierto
es que tal devoción ya tenía su tradición, como lo demuestra el que en un
inventario de 1782 se hable de «una imagen de las Mercedes, que está en su
altar, frente al de ánimas>>.

Finalmente, es bastante presumible que algunas de las
imágenes con que cuenta Guía -y alguna otra localidad del Norte de la
isla- las tallara Luján en un hipotético taller que la tradición oral dice
que tuvo en el llamado callejón de León. Hace años, una persona de mi
familia, ya desaparecida, me contaba una anécdota sobre Luján que parece
abonar vagamente esa suposición. En cierta ocasión dos carboneros que
pasaban por el callejón de León, se detuvieron ante la puerta del estudio
de Luján para contemplar al artista, que trabajaba en una obrecilla que,
según la versión más generalizada, representaba un pájaro posado sobre una
espiga completamente ‘erguida. Después de admirar por un momento la
destreza del escultor, uno de los carboneros comentó algo al oído de su
compañero y éste, de pronto, soltó ruidosamente una carcajada que de
inmediato contagió al otro maúro. Sorprendido, casi molesto, Luján
preguntó a los carboneros la razón de tanto regocijo. «Es que nos
hace mucha gracia que una espiga no se cambe con el peso del
pájaro», contestaron.

El maestro, reconociendo lo atinado de la observación
de los palurdos, acabó por arrojar la figurita contra el suelo. Hasta aquí
el cuento, que tiene todas las apariencias de ser una leyenda aplicada a
nuestro artista. De todas formas, no queda más remedio que reconocer que
el epílogo de la anécdota tiene la impronta del carácter de Luján Pérez,
que, a juzgar por otras cosas que de él sabemos, además de un genio, debió
de ser bastante genioso.

Respecto a que Luján fuera el autor de los planos del
frontis de la iglesia de Guía, uno tiene la sospecha de que se trata de
una atribución infundada, aunque en papeles impresos conste esta
pretendida paternidad. En contra de la atribución aducida, se sabe que la
fecha de los planos data de 1780, época en la que el artista apenas si
tenía 24 años de edad, y en la que, por consiguiente, y a menos que se
haga más luz sobre su etapa formativa, no se hallaba en condiciones de
realizar un trabajo del mérito de éste, aunque ya después, muy
posteriormente, sus trabajos de arquitectura en otros templos (el
principal, la conclusión de la catedral de Las Palmas) lo califiquen
también como un consumado arquitecto. Acaso, y en eso coincidimos con el
desaparecido profesor de Historia de Arte, Miguel Tarquis, Luján Pérez
fuera autor tan sólo del proyecto del cuerpo superior de la parte central
del frontis, ya que la torre del reloj se concluyó ya muerto el artista,
en 1838.

Finalmente, existe una prueba más del amor del
imaginero por su tierra natal. Y está recogida -como la manda para la
compra del reloj- en su testamento. Se refiere a su declaración sobre lo
prevenido respecto al fin de sus bienes si, llegado el momento, hubieran
fallecido todos sus herederos directos; esto es, sus hermanos y sus hijos.

Sus bienes, entonces, quedarían para la dotación de
cuna Escuela de primeras letras en la villa de Guía, con cargo de dar
papel y demás a los niños pobres, costa de bancos, etc.»

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TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO DE PEDRO GONZÁLEZ-SOSA "EL
IMAGINERO JOSÉ LUJÁN PÉREZ, NOTICIAS PARA UNA BIOGRAFÍA DEL HOMBRE. 1990".

 

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 16/11/2006.


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