Los colores del ayer (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS COLORES DEL AYER



Santiago Gil











Podríamos dejar de escribir para siempre. Dicen los
apocalípticos que la escritura y la era Gutemberg está tocando a su fin,
que no hay futuro, y que quien se empeñe en seguir emborronando hojas está
condenado al olvido, al fracaso, e incluso a la locura. No escribir es no
recordar, morir antes de tiempo, perder el norte, no saber de qué va el
juego, y por supuesto dejarnos llevar por las inercias de la mediocridad,
la monotonía y la estulticia. Por eso me imagino que seguimos escribiendo,
y da lo mismo que recordemos o no, o que hagamos literatura del recuerdo
confundiendo datos, omitiendo o inventando.

Y cuando digo escribir digo leer, otro ejercicio mental
venido a menos y con escaso reconocimiento social en la infantiloide
escala de valores que quieren imponernos últimamente. Llega un momento en
que sólo nos queda la palabra. No lo digo yo, lo han dicho siempre los
poetas. Piensen por un momento en la cantidad de milagros que han tenido
que producirse para que llegáramos a inventar un idioma y unas palabras
con las que comunicarnos. Ahora imaginen que no quedan palabras, que todo
es mímica y silencio, amnesia, incapacidad de identificar objetos con
palabras, de nombrar pueblos y barrancos, de mantener vivos los sucesos
del ayer y de hacer llegar al futuro los que estamos viviendo ahora mismo.

La mente del ser humano se está acomodando
peligrosamente a la pasividad de la imagen, por eso somos cada vez más
manipulables y más olvidadizos. Creo que los que nos hemos criado en la
cultura de la palabra, la oral y la escrita, tenemos el deber de
transmitir su capacidad de milagro para cambiar el mundo y por ende para
cambiar nuestro mundo, ese entorno cercano al que no debemos quitarle el
ojo de encima en ningún momento para que no se nos escore hacia ningún
ismo peligroso y para que no lo manipulen de la forma que hoy tratan de
manipularlo algunos. Se lo debemos a nuestros antepasados y a tantos y
tantos que soñaron un futuro con cultura e igualdades para todos. No
debemos permitir que se camine para atrás o que se siga adelante sin que
haya buenos sueños que marquen el rumbo. Por eso es tan importante
recordar y no dejar que nos entierren el pasado. Los ecos de las músicas
de papagüevos que de vez en cuando me ponen delante del ordenador son un
buen motivo para refrescar tantas memorias y tantos acontecimientos
olvidados.

Todo lo que se vive de niño es un acontecimiento porque
es novedoso y sorprendente. Llevado al argot periodístico todo lo que
acontece en la infancia es noticia, y generalmente noticia de primera
página. Nuestro mundo se va haciendo con todos esos sucesos
consuetudinarios que, como decía Antonio Machado, acontecen en la rúa.
Nuestra rúa, nuestra calle, fue Guía, y por eso volvemos a ella cada vez
que necesitamos coger resuello o asentar algunos valores fundamentales
para no extraviarnos en este mundo de locos que habitamos. La vida era
otra cosa más sencilla y más simple que la estamos viviendo ahora mismo.
No debemos olvidarlo nunca. Cuando murió en Colliure, recién exiliado tras
el triunfo de los facciosos, en la chaqueta de Antonio Machado aparecieron
unas palabras muy sencillas, como esa vida que les vengo diciendo que no
debemos perder. No hablaba de metafísicas ni era un verso prolijo o
enrevesado. Sólo decía esto: "Estos días azules y este sol de mi
infancia". Machado también se crió en el Sur, en Sevilla, y al igual que
nosotros su descubrimiento de la vida fue azul y luminoso. No perdamos
nunca esos colores del ayer. Recuerda siempre que también será el
argumento de lo que escribamos nosotros en el último momento.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 31/10/2006.


Polos proustianos (2006)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

POLOS PROUSTIANOS



Santiago Gil







Si aquí tuviéramos inviernos plomizos de atardeceres a
las cuatro de la tarde nos recordaríamos mojando la magdalena en el té
caliente, pero nuestro recuerdo y nuestra literatura es más tropical y más
fresca, casi hermanada con el Caribe y con esa América que tanto y tanto
se nos parece.

Marcel Proust empezó a escribir En busca del tiempo
perdido
tras el fogonazo de una magdalena mojada en el té que removió
todos los recuerdos de su infancia. Creo que nuestras magdalenas son los
helados y los polos que nos llevan sobre la marcha hacia una infancia algo
distinta a al del bueno de Marcel. Nuestro es azul, caluroso y estival, y
en ese escenario la magia la ponía lo que refrescaba endulzándonos, lo que
nuestros padres y abuelos siempre conocían como mantecados y aquellos
polos de hielo que igual ahora no me atrevería a llevarme a la boca por
cancerígenos, pero que entonces suponían una delicia difícilmente
superable, una delicia sencilla y barata, como tienen que ser siempre las
cosas buenas de la vida para no convertirse en materia de académicos,
pedantes o bobomierdas con ganas de llamar la atención.

Estaban los helados que nos traía Felito desde Gáldar
en una furgoneta celeste que aparcaba en el colegio a la hora del recreo,
los mantecados que vendían para las fiestas en los puestos que ponían en
los alrededores de la plaza y las primeras variedades de polos y cornetos
que ofrecía Kalise, sobre todo con el mulato, que era la joya de la corona
de entonces junto con el vasito y el referido corneto, aquel "Kalise pá
los nervios" que repetían los vendedores ambulantes del Estadio Insular. Y
luego, claro, estaban los polos de hielo, sobre todo los polos de hielo de
Casa Quenque. Difícilmente podré olvidar el sabor del polo de fresa de
Casa Quenque y la mancha arrebolada que nos dejaba en los labios y en la
boca como prueba delatora de nuestra glotonería. Tampoco sería justo si no
nombrara los polos de leche con sabor a vainilla o a coco, o el de
chocolate, o aquella cosa extraña que pretendía suplantar la fórmula de la
Coca Cola.

Yo era uno de los privilegiados que podía pasar a la
trastienda a cogerlos directamente en un congelador de nevera como la que
podía haber en cualquier casa. Estaban metidos en unos moldes de metal,
diferenciados por los colores exagerados que representaban a cada uno de
los sabores. Los de fresa no sabían a fresa, ni los de naranja a naranja,
pero eran una delicia. Siempre quisimos imitarlos en casa con el Royal
Crown o el Clipper pero nunca sabían igual. Por lo visto se hacían con
unos botes que compraban en la farmacia. Recuerdo que estaban en la
despensa, justo al lado de la nevera, con un formato de medicamento y un
tapón como el que utilizaban para guardar las sustancias químicas en el
laboratorio del colegio. La verdad es que acojona pensar en lo que se
estaba metiendo uno en el cuerpo entonces, como mismo asustan los
componentes de los que estarían hechos aquellos pintalabios casi nacarados
o los mil polvos pica pica que formaban marejada a fuerte marejada en tu
boca y tu laringe. Me imagino lo que podía ser el estómago con todas esas
sustancias fermentando y danzando entre los intestinos y el hígado. De
momento hemos sobrevivido, que es lo importante.

Lo que queda de todo eso son los sabores. Cerramos los
ojos y somos capaces de rememorar el sabor de aquellos polos que creo que
llegué a comprar a una peseta. Nos podemos descubrir llegando desesperados
y sudorosos hasta el callejón del Molino para comprar un polo, y después
otro polo, y a veces incluso otro más. Desde el barranco nos metíamos
entre las fincas, atravesábamos estanques – creo recordar uno con una
virgen muy llamativa en el centro o en uno de sus lados- y aparecíamos
como exploradores subiendo un camino de piedras con olor a plataneras y
animales que estaba justo en el límite del Callejón, donde ya sólo había
un espacio de fincas antes de llegar al molino o de seguir camino a la
Boticaria o a Hoya Pineda. Uno cuando se metía por esos riscos y esas
fincas creía estar descubriendo el mundo, aunque luego siempre aparecía un
perro mal encarado o un guardián con malas pulgas, o por lo menos con
peores pulgas peores que las del propio perro, para enseñarnos desde muy
niños lo que era la jodida propiedad privada y la posesión: de niño uno no
concibe que todo lo que esté en el mundo no le pertenezca, por lo menos lo
que está en la calle, al alcance de todos y para todos. De mayor no es que
lo admitas, pero no te queda más remedio que dejarte convencer y cortar
cada día más las alas libertarias.

Hoy se me ha ocurrido escribir estas líneas mientras me
comía un polo más sofisticado e higiénico que aquellos de entonces. Llegó
el sabor y con él el recuerdo. Ahora, la verdad, te sueles quedar casi
siempre con la miel en los labios cuando vives. No se juntan tan a menudo
la intensidad y la inocencia de aquellos años, ni aparece aquella libertad
tan añorada que te hacía sentir dueño del mundo. Nos hemos vuelto más
asépticos y temerosos, y los niños de ahora ya tienen en la etiqueta de
los polos y los helados hasta el número de calorías y proteínas. Nosotros
comíamos sueños y nos daba lo mismo si éstos engordaban o nos ensuciaban
la barriga. Ahora aparecen convertidos en recuerdos. Saben a fresa.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Fenómenos paranormales (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

FENÓMENOS PARANORMALES



Santiago Gil



La verdad es que nosotros entonces
éramos unos tipos curiosos. No digo raros, ni excéntricos, pero sí
curiosos y con muchas inclinaciones hacia lo esotérico y los avistamientos
de Objetos Voladores No Identificados. Me imagino que influiría el hecho
de que Paco Julio el médico y Paquito el taxista se convirtieran en
protagonistas de uno de los avistamientos OVNIS que más ha dado que hablar
en la historia de la ufología. Yo era muy amigo de los hijos de Paco
Julio, sobre todo de Julio y de Rubén, y por tanto tuve información de
primera mano del avistamiento de su padre y de las posteriores
consecuencias del mismo cuando intervino la cúpula militar exigiendo
silencios y discreciones obligadas a los protagonistas. No sé qué sería
aquello que vieron en el campo de cebollas de Piso Firme, pero los colores
que quedaron en la tierra y las descripciones de los testigos ponían los
pelos de punta al más pintado. Hablamos, no lo olviden, de unos años en
los que no había Internet ni tantos efectos especiales en las películas.
Cuatro luces que brillaran en el mar o cerca del Pico de La Atalaya se
convertían sobre la marcha en OVNIS. Todos entendíamos de OVNIS; todos
asegurábamos haber visto un OVNI alguna vez. Si nos atuviéramos a las
afirmaciones de aquellos años uno podría llegar a pensar que entonces
éramos poco menos que el centro del universo, el lugar donde confluían los
extraterrestres de todas partes para echarse un enyesque y tomarnos un
rato el pelo. Entre nosotros, y ahora que no nos escucha nadie, sí creo
que todas aquellas luces no eran más que maniobras clandestinas de la OTAN
o de los integrantes del Pacto de Varsovia en nuestras aguas, y que desde
que entramos, muy a nuestro pesar y en nuestra contra, en la Organización
de los Países del Atlántico Norte, que a ver qué diablos tenemos que ver
nosotros con el Atántico Norte, se acabaron los avistamientos, los
misterios y todas las luces de colorines que aparecían a cualquier hora
por tierra, mar o aire. Ahora las maniobras son a plena luz del día y se
cargan decenas de delfines de una forma rastrera con sus jueguitos de
guerra simulada.

La entrada en la OTAN y la llegada
de la Perestroika hicieron desaparecer toda la ufología de nuestro
entorno. Pero esos aconteceres históricos y socioeconómicos sucedieron
cuando ya nosotros habíamos salido de la infancia. Antes, cuando andábamos
con la guerra fría y todas aquellas charranadas de espionajes, es cierto
que había mucho más juego para la imaginación.

Los avistamientos en nuestra
comarca trajeron hasta Guía al mismísimo doctor Jiménez del Oso, el de Más
Allá. Todos creíamos lo que salía en Más Allá, digamos que era la mecha
que nos faltaba para que sucumbiéramos definitivamente a todo lo
misterioso. Jiménez del Oso estuvo en el colegio del Barranco dando una
charla y no sé cómo diablos me tocó ir a buscarlo en nombre de los alumnos
del colegio al bar del albergue donde estaba comiendo. Impresionaban sus
ojeras y su aspecto tétrico, todo vestido de negro, y sobre todo te
acojonaba aquella voz que parecía de ultratumba y que el tipo modulaba
adaptándola a lo que esperábamos de su papel. En el colegio hasta le
enseñaron fotos con supuestos platillos volantes. Nos contó la historia de
muchos avistamientos y ya desde que aquel día raro era que no viéramos un
OVNI cuando mirábamos hacia el Teide o subíamos por la noche la calle del
Agua. Había OVNIS y extraterrestres por todas partes, y estos últimos
podían ser infiltrados, fantasmales, invisibles, sombreados o de colorines.
Todos nosotros jurábamos haber visto uno o varios tipos con antenas como
los que decían que se había encontrado Paco Julio. Con los años me
encontraba a Jiménez del Oso casi todos los días en el barrio de Malasaña
de Madrid. Vivíamos muy cerca el uno y del otro, y alguna vez estuve a
punto de pararlo para preguntarle si todo aquello que nos contó en el
colegio era realmente cierto, o si formaba parte de una broma o un montaje
para mantener la audiencia de Más Allá y nuestra inocencia paranormal. No
me atreví a preguntarle. Nos decíamos buenos días o buenas tardes y cada
cual seguía a lo suyo, él me imagino que con sus marcianos y sus espíritus
burlones y yo tratando de buscarme la vida como buenamente podía.

Pero la fiebre de los
avistamientos se extendía a otras ramas esotéricas. Siempre había quien
tenía una tía o una abuela que había visto desaparecer un gato negro como
por ensalmo, o quien decía que otro familiar, cuando no él mismo, se había
tropezado con un fantasma o un antepasado muerto. No es que te lo
creyeras, es que no te atrevías a poner en duda nada por si acaso, no se
fueran mosquear los gatos negros o los fantasmas y te hicieran alguna
trastada cuando te quedaras solo en la habitación o te cayera la noche
bajando de La Presa o haciendo el gamberro por el barranco o la Vega. Nos
creíamos todo lo que nos echaban, desde los Apocalipsis de don Bruno y don
Fernando en aquellas misas soporíferas hasta las leyendas más herejes y
endemoniadas. Antes también nos habíamos creído lo del Hombre del Saco o
las historias de los locos que te podían coger y meterte cuatro pedradas
por un quítame allá esas pajas o simplemente por maldad, por ver cómo te
desangrabas o llamabas a gritos a tu padre o al primo más membrudo y
fortachón.

También nos creíamos lo de la
capacidad de succión del agua de los estanques y otros fenómenos de física
apócrifa en los que yo sigo creyendo todavía, o por lo menos sería incapaz
de tirarme ahora mismo en un estanque y no tener en la cabeza la imagen de
aquel niño succionado por las aguas con el que siempre nos metían miedo
para que no nos bañáramos en medio de los batracios y las chiribitas.

Entre la poca iluminación que
había entonces por las calles y esa tendencia al tremendismo había noches
en que llegabas a tu casa acongojado y muerto de miedo. Los OVNIS y esas
apariciones estaban bien para verlas o para imaginarlas entre amigos,
envalentonándonos unos a otros y poniendo caras de siete machos y de tíos
duros. Otra cosa era luego la oscuridad de la habitación y de las calles.
Supongo que era parte del juego y de la imaginación de la infancia. Pero
lo que sí me ha dado siempre mucho que pensar es que hasta el mismísimo
Jiménez del Oso viniera a Guía a interesarse por nosotros y por todos esos
fenómenos paranormales que sucedían en la zona. A lo mejor somos una
especia de enviados, unos tipos influenciados por las energías y los
colorines de todos aquellos marcianos que aparecían varias veces por
semana en todos los horizontes. Ya Jiménez del Oso no está entre nosotros
para preguntarle a conciencia, de hombre a hombre, hasta qué punto era
verdad aquella milonga. En Madrid no me atreví a hacerlo las veces que me
lo encontré por la calle, aunque sí es cierto que me miraba medio raro,
como si me reconociera o viera en mí los vestigios de esos mundos que él
supuestamente visitaba de vez en cuando. ¡A ver si al final va a resultar
que los de Guía tenemos poderes y no nos hemos dado cuenta hasta ahora!


Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 21/01/2010.


La parafernalia de los entierros (2006)

 

Mp


MÚSICA DE
PAPAGÜEVOS

La parafernalia de los entierros

Santiago Gil

También estaba presente la
muerte. Nunca podemos dejar de lado a Tánatos. Aun en los momentos
mágicos y luminosos siempre había alguien que moría, el padre de algún
amigo, todos los abuelos, alguna hermana, y hasta algún amigo más o
menos cercano. Sucede como ahora. Siempre está detrás la maldita parca
echando por tierra todas las alegrías. La muerte para los niños tenía
connotaciones tétricas y tremendas, de infiernos, cielos y abismos
insondables. Digamos que estábamos muy marcados por una religión
demasiado carpetovetónica y ultramontana y muchas leyendas pavorosas
de aparecidos, espíritus burlones y negruras tétricas. Pero por otro
lado éramos capaces de jugar con ella y de meternos en los cementerios
y en el frío desangelado de aquellas tumbas abandonadas del camposanto
de San Roque. Nos colábamos por un muro medio caído que estaba en el
callejón que conducía a la casa de Don Juan García Mateos y sobre la marcha
empezábamos a ver más de lo que veíamos y a imaginar lo que no era. Yo
creo que la mayor parte de los recuerdos de aquellas incursiones están
más unidos a la ficción y a las ganas de aventuras y fantasías que
teníamos entonces que a lo que realmente fueron. Es verdad que hubo
macabras bromas con todos los primerizos que acababan pidiendo socorro
en lo hondo de las fosas, y que por todas partes estaban los huesos y
los restos de nuestros antepasados, pero no era para tanto. También
influían las horas de visita al camposanto abandonado: siempre cuando
caía el sol, a oscuras, con aquella oscuridad de entonces casi sin
luces en la calle y con aquel frío de los inviernos con nieve en el Teide y el pavor en las entrañas. Para nosotros la parafernalia de la
muerte era parte de nuestro entretenimiento infantil, entre otras
cosas porque los muertos que había San Roque eran casi todos lejanos,
desconocidos, y sin rostro o recuerdos que nos metieran el miedo en el
cuerpo. Nunca faltaron los mentirosos que decían haber visto luces,
fuegos fatuos, sombras lúgubres, o los que habían escuchado voces y
ronroneos llorosos que me imagino que serían de los muchos gatos en
celo que habría en las fincas de plataneras circundantes. Nunca
escuché nada, aunque desde la distancia quedaría más literario hablar
de leyendas y de sucesos paranormales, pero a pesar de ello guardo de
aquel cementerio un recuerdo idealizado de lugar bello y mágico, sobre
todo con la fachada de Luján Pérez, el diseño de las tumbas y la mala
hierba empeñada en turbar el descanso eterno de los guienses de otros
siglos.

Pero la muerte que a mí me
provocaba pavor era la que te encontrabas por la calle. Tengo cuatro o
cinco imágenes impactantes de cortejos fúnebres bajando por la calle
del Medio o del Agua cuando veníamos tranquilamente del colegio
dándole patadas a los guijarros o a las chapas que nos encontrábamos
entre los adoquines. Te mataba el silencio, el luto de la gente, los
lamentos entrecortados y sobre todo la sobriedad y el tenebrismo de
los ataúdes. Toda la vida cruzaba en la acera de la calle Poeta Bento,
justo enfrente de la Tienda de Los Humildes, y al lado de la relojería
de Fabio Álamo, para no tropezarme con el escaparate de ataúdes que se
exhibían como esperando tu cuerpo o el de las personas que querías. Yo
perdí a una hermana cuando era muy niño. Me acuerdo perfectamente de
ella y de su fallecimiento, y quizá por eso siempre he temido tanto a
la muerte y a sus funestas consecuencias. En aquellos entierros te
imaginabas a tus seres queridos y no entendías cómo el mundo estaba
tan mal planteado. Te engañaban con la martingala de los cielos y los
descansos eternos, pero desde muy niño empecé a tener claro el ciclo
vital al que pertenecemos y la fantasmada de todas esas teorías que
intentan negar la evidencia. Quizá el gran problema de mucha gente es
precisamente ese convencimiento en la vida eterna: los que tenemos
claro que esto es una vida que no da más de sí perdonamos y tratamos
de ser buena gente todo el rato. Los otros a veces utilizan sus
religiones y sus curas para ser unos malandrines que se creen salvados
con tres golpes de pecho y unos cuantos rezos mirando al Sagrario.

La muerte en Guía sonaba en
latín delante de la puerta de la iglesia. Todos nos peleábamos por ser
monaguillos, pero cuando había entierro ningún chiquillo se acercaba a
aquellos ropajes negros manchados de cera para perfumar de incienso
las lágrimas de los deudos. Los entierros siempre contaban con la
figura de Tomasín junto al conductor de la funeraria. Digamos que era
el único signo de vida en medio de aquella negrura, por más que el
bueno de Tomasín tratara de mostrarse compungido y se presentara con
aquella seriedad inquebrantable y solemne que tan bien estilaba si se
daba el caso.

Las campanas de entierro
volvían más frías y desapacibles las tardes de invierno. Y luego
estaba aquel olor del incienso, que aun siendo el mismo nunca olía
igual que en los días de fiesta, y los latinajos que repetíamos
después en el barranco como un juego macabro. La muerte es más dura y
más cercana en un pueblo que en la gran ciudad, y su intensidad es
mucho más tremenda. Los niños la veíamos bajar por las calles y sobre
la marcha sabíamos que no quedaba más remedio que espantarla a fuerza
de alegrías y de juegos. Es lo que luego hemos seguido haciendo con el
paso del tiempo. Siempre tememos que nos coja la parafernalia tétrica
de aquellos entierros que bajaban silenciosos por la calle del Medio.
Por eso vivimos intensamente, por eso amamos, por eso tratamos de no
perder un solo minuto de la vida en estulticias o jodiendas. Yo de
entrada siempre he pedido que me incineren: ni me apetece ser
protagonista de esos paseos lúgubres de las tardes de invierno ni
tampoco que los niños de dentro de ochenta años se entretengan con mi
fémur, mi tibia o mi radio como si fueran cañas o palos de fregona. La
muerte, desde entonces, me ha servido para no perder el norte de la
vida.

Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Lecciones de vida (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LECCIONES DE VIDA



Santiago Gil



Guía no es un lugar en el que el
mar juegue un papel fundamental en la vida diaria de sus habitantes.
Sabíamos que estaba ahí, que según levantáramos la cabeza siempre
encontraríamos el azul del océano cerrando todos los horizontes. Yo el mar
lo conocí en Agaete. Era otra relación con el agua y la brisa marina,
había más cercanía y no se concebía la vida lejos de la costa. En Guía
éramos más de campo, de andar por los barrancos y las calles de adoquines,
más de procesiones, papagüevos y tardes enteras en la plaza conversando e
inventando nuevos mundos sin salir de este mundo, de aquellos mundos.
Estaban Roque Prieto o San Felipe, pero quedaban lejos, y además siempre
había reminiscencias de ahogados y corrientes peligrosas. Nuestro mar era
un mar de leyendas, un Mar del Norte entre acantilados casi británicos y
oleajes que sólo desafiaban los más osados y conspicuos nadadores.

Lo más que se asemejaba al mar en
mi infancia guiense era la arena fría de los terreros de lucha. Cuando yo
era pequeño el terrero estaba en San Roque, justo al lado del Polvorín.
Allí también estaba la herrería de Juan Del Toro. Me acuerdo de estar
mañanas enteras concentrado en los hierros candentes y en la fragua, en
aquella especie de infierno de andar por casa que estaba justo al lado de
lo que se suponía que eran los vestuarios del terrero de lucha.

De niño practiqué la lucha canaria
como un juego. Lo que todos queríamos entonces era caer en la arena para
revolcarnos. Los luchadores se empeñaban en enseñarnos pardeleras y
burras, pero lo que nosotros queríamos era tirarnos en la arena. Si nos
hubieran dejado también hubiéramos construido castillos y volcanes como
los que hacíamos en la playa de Sardina o en la de Agaete, cuando ésta
todavía tenía una parte de arena negra justo debajo de la avenida.

A las luchas siempre entrábamos
gratis. Recuerdo que había una especie de bombillo en el centro del
terrero de San Roque que ahora en la distancia vuelven casi épicos y algo
caribeños mis recuerdos. Conocíamos a todos los luchadores del Ramón
Jiménez, pero si me preguntan no sería capaz de dar el nombre de uno solo
de ellos. Con los años, a partir de los diez o doce, sí recuerdo que el
equipo guiense, unido al Guanarteme, se quedó campeón de Canarias con
puntales como el Pollo de Moya, Santiago Ojeda, Elías el Palmero o el
Pollo de la Plaza. Pero eso ya fue cuando el terrero ya era más
sofisticado y contaba con todas las comodidades en el barranco.

No sé si fue antes o después de
San Roque cuando las luchas se celebraron en lo que es hoy el Teatro
Municipal, justo al lado de la Casa de la Cultura en el calle de la
Cárcel. Allí recuerdo a Tomasín vestido con ropa de brega animando los
prolegómenos de la luchada, y también me acuerdo que venía un luchador que
era de Veneguera que le había salvado la vida a Tomasín cuando éste se
quedó aislado por la marea a principios de los sesenta. Mi madre daba
clases en Veneguera en aquella época y mi abuela y Tomasín le acompañaron
a pasar el año que debía estar casi aislada del resto de la isla. Por lo
visto Tomás se fue a caminar por la costa con la marea baja y se metió en
una cueva de la sólo pudo salir gracias a la ayuda de unos avezados
pescadores. Uno de ellos, como digo, era uno de esos luchadores que luego
siempre que venía por Guía pasaba a saludarnos por mi casa o por casa de
mi abuela.

Las luchas tenían el mismo encanto
que tenía todo el pueblo entonces. Y no es que uno idealice los recuerdos.
No en vano en la infancia es donde está más presente la violencia y el
abuso de los más fuertes y los más galletones, y en Guía, claro está,
había muchos abusadores y muchos cabrones siempre dispuestos a imponer su
ley a fuerza de piñas, patadas o amenazas. Uno trataba de salvarse como
podía, y por suerte, como luego en la vida adulta, los que vamos de buena
gente somos mayoría y de alguna manera terminamos ganando, o por lo menos
buscamos caminos para que nos respeten esos malvados que en la mayoría de
los casos no han hecho que ir cogiendo cuerpo con el paso de los años. Lo
bueno de la Lucha Canaria es que con un par de técnicas bien ejecutadas
podías dejar en la arena a aquellos fortachones que eran todo músculo. La
lucha, además de fuerza, requiere maña y sobre todo inteligencia y afán de
superación, y muchos de aquellos abusadores no tenían más que fuerza
bruta.

Creo que a la Lucha Canaria la
mataron cuando cambiaron la arena de toda la vida por las colchonetas y el
tatami. El olor de la arena, tanto para el público como para el luchador,
tiene unas connotaciones atávicas que nos unen a nuestros antepasados. Lo
otro es más de lo mismo, sofisticación, horas de gimnasio y encima
últimamente hasta consumo de anabolizantes y otras sustancias no menos
dañinas y tramposas.

Los luchadores de entonces eran
como héroes griegos para los niños que contemplábamos atónitos cómo
peleaban en la arena. Muchos de ellos venían directamente de trabajar las
tierras o de poner ladrillos. No había figurines ni chulos ansiosos de
gloria. Algunos luchaban porque ya lo habían hecho antes sus padres y sus
abuelos. Había mucho de tradición y de orgullo en la práctica de este
deporte, y eso precisamente es lo que lo mantenía tan vivo y tan arraigado
entre la gente. Recuerdo llenazos hasta la bandera en San Roque, en el
Teatro Viejo y en el terrero del barranco. Se vivía con auténtica pasión
cada agarrada y los aficionados pagaban sobre la marcha al ganador, sin
trampa ni cartón, duro a duro, aplauso a aplauso. Y esos duros y esos
aplausos los compartía todo el equipo sin privilegios.

Yo, como tantos otros de mi
generación que nos acercamos a este deporte de forma amateur, aprendimos
mucho de la Lucha Canaria, de su nobleza, de su respeto a unas reglas no
necesariamente escritas y sobre todo del respeto al contrario, al que
pierde y queda en el suelo. Esa enseñanza ha sido vital en mi vida: al
contrario que en otros deportes, en la Lucha Canaria el que gana ayuda al
que pierde a levantarse del suelo, y luego el que pierde le da la mano
reconociendo más que la victoria, que en este caso es lo de menos, la
caballerosidad del triunfador. Te enseñan que tan importante es el que
gana como el que pierde, porque todo es una cuestión de azares y de
suertes, y al día siguiente los papeles pueden estar cambiados. Aprendes
que tus logros y tus retos jamás pueden conllevar el hundimiento o la
humillación de otra persona. A veces aprendes con cuatro o cinco fogonazos
en la infancia lo que tardan años en enseñarte los libros o la propia
vida. La del ganador levantando del suelo al derrotado es una imagen que
jamás se me va de la cabeza. Si olvidas esa regla de oro corres el riesgo
de convertirte en un canalla.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Vísperas de fiesta (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Vísperas de fiesta

Santiago Gil



La fiesta también eran sus
prolegómenos. Las hogueras se disfrutaban durante los días previos que
íbamos de casa en casa sacando trastos viejos para quemar según cayera el
sol en las vísperas de San Antonio, San Juan y San Pedro. Recuerdo que
Forillo y yo organizábamos una gran hoguera en Las Barreras, justo detrás
de donde vivía mi abuela, y que con los años logramos refuerzos entre los
amigos de San Roque y La Plaza. Estábamos a veces dos o tres semanas antes
de la hoguera de San Antonio, que por ser la primera solía ser la más
trabajada y por tanto la más llamativa, visitando carpinterías, recogiendo
hojas de palma secas o árboles carcomidos en la zona de la Presa y
visitando trasteros y trastiendas por todo el pueblo. Nuestro pique era
con la gran hoguera que montaban mis paisanos de San Roque en El Polvorín
y con la que hacían la gente de La Cuesta en la Montaña del Teléfono que
estaba justo detrás de la casa de los Harry. En aquella época éramos más
mediterráneos y esos ritos incendiarios, con todo lo que tienen de
purificación y de olvido de los pasados funestos, estaban mucho más
arraigados que ahora. Cuando mirabas hacia el Pico de La Atalaya, La
Montaña, La Cuesta o San Juan lo veías todo lleno de hogueras. El aire
olía a ceniza por todas partes y se vislumbraba la llegada del verano en
lo eternas que se hacían las tardes y en que casi siempre las hogueras
coincidían con el final de las clases y por tanto con la libertad más
callejera y gamberra para todos nosotros.

Los días previos íbamos avisando a
nuestras madres para que nos guardaran las papas que asábamos en la brasa
de la hoguera y que luego metíamos en una salmuera que les daba punto
definitivo a la cáscara carbonizada y crujiente que casi nos gustaba más
que la propia papa. También asábamos piñas de millo, pero ya éstas las
conseguíamos nosotros metiéndonos en las fincas las noches previas. No voy
a decir dónde por si no han prescrito los pequeños delitos de esa infancia
algo canalla, anarca y libertaria. Legalmente, ni ahora ni entonces
tendrían repercusiones aquellas pillerías, pero seguro que los dueños de
las fincas ni olvidan ni olvidarán nunca las tropelías de aquellos
desalmados que se colaban en sus terrenos. Podíamos haberlas cogido en
nuestras casas o haberlas comprado en cualquier tienda del pueblo, pero ni
era lo mismo ni sabían a lo mismo que sabían las que sisábamos tras un
cuidado plan con vigilantes, salidas alternativas previstas y hasta
distracciones a perros con malas pulgas que generalmente se volvían
dóciles y mansos al reclamo de una caricia o un pan duro.

Y cuando hablo de hogueras hablo
también de las alfombras de Corpus y la recolección de chiribitas o
virutas de madera, o de la Rama y la Romería de Las Marías, que era de lo
que realmente quería hablar en este escrito. También en la Romería
estábamos varias semanas rebuscando maderas, ruedas de cojinetes y cañas
por todo el pueblo. Al contrario que las hogueras, la romería marcaba el
final del verano. Lo bueno es que no nos dábamos cuenta hasta que se
acababa la referida Romería y nos veíamos yendo al colegio al día
siguiente. Yo creo que nos tomábamos tan en serio la construcción de la
carreta para ver si la Virgen nos regalaba el milagro de dejarnos sin
colegio, o por lo menos de hacer que se lo llevara por delante el barranco
o un fuerte ventanero que entonces no tenía la trascendencia mediática y
casi apocalíptica que tiene hoy en día.

Nuestra carreta para el Día de Las
Marías la solíamos construir en el garaje que tenía Francisco Talavera en
su casa, en aquellos años recién estrenada, de Urbanización Pineda.
Recuerdo que a la pandilla habitual se juntaban los que venían a pasar los
veranos a Guía. En nuestro grupo se incorporaban, por ejemplo, Juan Torres
o Jorge Castellano. Lo bueno era que el abuelo de éste último era el dueño
de las fincas de la plataneras que estaban justo detrás de la casa de
Talavera, por lo que teníamos vía libre para entrar varias veces al día a
reponer fuerzas tirando de racimos de plátanos de los de entonces, con
aquellos sabores dulzones que rara vez encuentra uno hoy en los mercados.

La carreta iba mejorando según nos
íbamos haciendo mayores, y de cuatro palos mal puestos pasó el último año,
cuando ya habíamos ingresado en el instituto, a tener carro con ruedas, y
un diseño más o menos curioso con numerosos elementos decorativos. Lo que
hacíamos era que después de estar trabajando en ella durante un par de
semanas la llevábamos la noche antes al zaguán de la casa de Pedro Silvela,
en el callejón de León, para que desde allí se uniera al día siguiente al
cortejo que recorría las calles del pueblo entre sonido de isas y
borracheras por doquier, que si algo caracterizaba a Las Marías eran las
melopeas que se cogían muchos parroquianos que comenzaban a beber desde la
Rama mañanera y que no acababan hasta las tantas de la noche. Sin embargo,
apenas recuerdo peleas y sí muchas canciones y muchas risas. Nosotros
hacíamos entonces nuestras primeras incursiones etílicas, entre papas
arrugás y huevos duros. Recuerdo la melopea que nos cogimos con dieciséis
o diecisiete años a base de una cosa que un romero que no conocíamos de
nada nos regaló. Él lo llamaba mejunje y a nosotros nos parecía que algo
tan dulzón y tan fácil de tragar no podía hacer ningún daño. Entre el
mejunje y los primeros cigarros tragándonos el humo agarramos casi todos
una melopea descomunal de la que sólo recuerdo la primera sensación de
resaca de mi vida al día siguiente.

Pero antes de que nos perdiéramos
por las rutas húmedas y fuéramos a la romería buscando otras cosas que
nada tenían que ver con la promesa de Vergara, gozamos de muchos momentos
inolvidables en la Romería de Guía. Nuestro carro siempre tenía su hueco
entre los romeros y pasábamos ufanos delante de la Virgen con nuestra obra
de ingeniería casera sujeta por tachas y clavos comprados en grandes
cartuchos en la tienda de los Humildes. Entonces recuerdo que decíamos,
sobre todo bajo el efecto eufórico y de exaltación del la amistad de las
primeras chispas, que estuviéramos donde estuviéramos siempre iríamos a
Guía el tercer domingo de septiembre para reencontrarnos y mantener viva
nuestra amistad. Hoy hace muchos años que no ejerzo de romero en Guía. Me
imagino que ahora habrá otros adolescentes buscando cañas y hojas de
palmeras por los barrancos, aunque seguro que las carretas ya serán más
sofisticadas y que en algunos casos hasta contarán con buenos soportes
tecnológicos. Pero como con las hogueras, lo de menos era la romería. Lo
más intenso era lo que vivíamos los días previos, cuando soñábamos con ver
nuestra carreta por la calles del pueblo y cuando disfrutábamos de lo
lindo dándole los últimos retoques en compañía de nuestros mejores y más
inseparables amigos. Pasa con casi todo lo bueno de la vida, con el amor,
con las ilusiones e incluso con los viajes. Lo mejor generalmente son los
preparativos, los momentos previos a que se cumplan los sueños. Después
nos queda esa sensación de pequeña derrota por todo lo que vamos dejando
atrás. Y cuando volvemos ya nada es lo igual ni tiene la misma inocencia
ni la misma intensidad. Ahora no es que se seamos peores que entonces,
pero sí mucho menos imaginativos y emocionables.


Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


En la casa de Saulo (2006)

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EN LA CASA DE SAULO



Para Saulo y Laura, que habitan el espacio en
el que en otro tiempo tuvimos un rincón de nuestro paraíso

Santiago Gil



No sólo jugábamos en la calle. Los días de lluvia buscábamos refugio en
nuestra casa o en las casas de nuestros amigos hasta que escampaba. Los
niños éramos como las moscas o los pájaros y ya sabíamos desde que
empezaba el día cómo iba a estar el tiempo. Todavía conservábamos un
sexto sentido más en contacto con la naturaleza, una especie de herencia
atávica que luego hemos ido perdiendo con el paso de los años y el
alejamiento de la tierra mojada. De niños no teníamos miedo a los
animales. El miedo viene luego con la racionalización de los sueños, las
fobias heredadas y cuatro películas o leyendas mal asimiladas en su
momento. Nos meten el miedo en el cuerpo para intentar tenernos
controlados. Y lo primero que hacen es robarnos la bendita libertad de
seguir haciendo lo que a uno le da la real gana, que es lo que hacíamos
cuando éramos niños, jugar, dejarnos llevar, disfrutar cada segundo de
nuestra existencia y preocuparnos sólo cuando algo se interponía entre
la diversión y nosotros.



La lluvia era una de nuestras más enconadas enemigas. Las calles mojadas
no eran aliadas de las bicicletas y los balones, ni tampoco del callejeo
en busca de aventuras. No quedaba más remedio que buscar refugios para
seguir jugando. Y la Casa de Saulo, en la Calle del Medio, era sin duda
uno de nuestros refugios preferidos. Por allí andaba un gato siamés
abúlico y gandul que era de la Tía Seita, o el genio de la tía de Quica
yendo de un lado para otro y sacándonos a todos nosotros la memoria de
nuestros padres y abuelos, con todo el anecdotario socarrón tan propio
de nuestros mayores. Y luego la tía Carmencita, que recuerdo que fue a
la primera mujer que yo vi fumar, y además Mecánico. Nos quedábamos
mirando para ella alucinados. No era el prototipo de señora mayor que
veíamos por Guía. Tenía mucho carácter, se dirigía a nosotros de tú a tú
y poniendo los puntos sobre las íes cuando hacíamos algo mal, y además
no se casaba con nadie. Con los años la pude conocer más en el Puerto de
Las Nieves, donde siempre iba con sus perros con nombres de personas y
su cigarro pegado a la comisura de los labios. A mí si me dieran a
elegir la vejez no desdeñaría un paisaje como el del Puerto de Las
Nieves de hace treinta años y tres o cuatro perros para pasear al
atardecer. Pude despedirme de ella un día en que Tomasín se metió como
se metía siempre por el hospital de San Roque, igual que Mateo por su
casa, y se empeñó en ir a saludarla. Él me decía que quería ir a ver a
alguien a quien nombraba Ela, Meeela o algo parecido, que yo no era
capaz de descifrar. Íbamos camino de la presa, pero no hubo manera de
detenerlo. Cuando llegué frente a Carmencita, o Canca, que creo que es
como la llamaba siempre su sobrino Braulio, se me puso un nudo en la
garganta. No podía hablar, pero te seguía marcando el paso con los ojos,
y les aseguro que los cruces de miradas entre ella y Tomasín todavía los
conservo como si estuvieran generando la misma electricidad emotiva de
aquel instante.



En la Casa de Saulo estábamos bajo la supervisión de su madre, Mercedes
Gloria, que también tenía la facultad de saber hablarnos a los niños
como si fuéramos adultos. Quizá hable de esta casa porque estaba situada
entre mis dos paraísos infantiles, el de San Roque y Las Barreras y el
de La Plaza y el Barranco. Por allí parábamos todos en las subidas y
bajadas de las pendientes, siempre corriendo, por supuesto, o haciendo
el payaso, o lanzados en bicicleta con el riesgo de rompernos la cabeza
en cualquier esquina.



En la Casa de Saulo reinaba el Monopoly. Los demás podíamos tener el
juego de marras, pero no era lo mismo, no tenía el mismo caché jugar en
tu casa o en cualquier otro lugar que jugar allí con toda la tropa de
amigos peleando por la calle de Alcalá o Leganitos. Voy a nombrar a
alguno de los que parábamos por allí a menudo, aunque de entrada sé que
me voy a dejar a muchos en el olvido. Allá van los que me vienen ahora a
la mente: Carlos Aguiar, Pedro Silvela, Martín Julio Suárez, Víctor
Aguiar, Francisco Talavera, Antonio y Jerónimo Vera, Tano Mateos, Julio
y Rubén Padrón, Octavio Estévez, Miguel Ángel Saavedra, Luis Marino,
Quique Miranda, Santiago Bañolas, Isaac, Juanjo Trujillo, Sergio Aguiar,
Máximo Bautista, Alex Estévez, Javier Mateos, Francisco Aguiar, José
Juan Moreno o Pepe Roque (la casa de éste último era para todos nosotros
el paraíso soñado por la cantidad de juguetes y cachivaches que había
por todas partes). Se me quedan muchos atrás, lo sé, y cualquier error
es una falta de respeto a quienes éramos poco menos que hermanos.



La Casa de Saulo fue testigo de nuestros sueños y de nuestros deseos
para el porvenir. No sé si luego a alguno de nosotros se le cumplió ese
sueño prematuro que con el tiempo seguro que se fue perfilando de otra
manera hasta casi diluirse o parecerse muy poco al original. Saulo tenía
el balón del que ya hablaba en otro relato: un balón que nunca recuerdo
nuevo y que yo creo que duró toda nuestra infancia, con aquel peso justo
para que no te doliera al rematar de cabeza y la textura casi
aterciopelada del cuero ajado y curtido en mil batallas. Pero cuando
hablo de la Casa de Saulo hablo también del zaguán, de la acera que
estaba delante o de la azotea, con esa magia y esa incitación a la
aventura que tienen muchas de las azoteas de Guía. En aquella casa, por
ejemplo, nos decantamos en la final del Mundial 78 por Holanda o por
Argentina. Recuerdo que era el cumpleaños de Saulo. Yo iba con
Argentina, por la influencia de Carnevalli, Brindisi y compañía, aunque
incomprensiblemente ninguno de aquellos argentinos de Las Palmas jugó el
Mundial, y también por Mario Alberto Kempes, uno de mis grandes ídolos
de mi infancia futbolera. Esa final se ha convertido en una de las
imágenes que se siguen presentando nítidas con el paso de los años.
Igual hablo con Saulo o con alguno de los amigos de entonces y ni
siquiera se acuerdan. Puede pasar. De hecho yo creo que para recordar
deberíamos reunirnos con todos los amigos de la infancia para que cada
uno fuera relatando ese momento inolvidable que seguro que el resto no
recuerda, entre otras cosas porque los momentos sublimes e inolvidables
de cada cual son tan subjetivos como la vida misma. Y también porque la
memoria suele hacer con nosotros lo que le da la real gana, aunque por
suerte sí es verdad que tiene tendencia a olvidar lo más funesto, y de
hecho gracias a esos olvidos necesarios podemos seguir sobreviviendo más
o menos dignamente.



Casi todos los amigos que coincidíamos en la Casa de Saulo estudiamos
juntos durante muchos años, la mayor parte de ellos con Nicolás Aguiar
en el colegio que hoy lleva su nombre. Nos unía el callejeo constante,
la búsqueda del juego y un solidario sentido de la diversión y de la
propia existencia. A muchos no los veo hace años, y sin embargo cuando
nos encontramos nos basta una mirada o un pequeño gesto para recocernos
casi como hermanos. No en vano juntos fuimos descubriendo el mundo en
las cuatro calles que ahora parecen tan poca cosa, pero que entonces no
tenían límite porque nuestra calle no eran sólo unos cuantos adoquines y
unas estrechas aceras por las que jamás recuerdo que fuéramos caminando.
Cada paso valía su peso en oro y no nos permitíamos jamás perder el
tiempo. Siempre estaba la imaginación revoloteando como aquellas mágicas
mariposas de colores que andábamos esperando desde que veíamos los
capullos de seda en los muros y las paredes. Al final ni las mariposas
ni nosotros logramos que se eternizara la primavera.

 

Septiembre de 2006.

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Días de fútbol (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Días de fútbol

Santiago Gil












El fútbol suele ser el camino más
corto para volver a la infancia. Nunca queremos dejar de jugar. Ya no
vamos dando patadas a un balón, pero seguimos soñando como entonces, y
sobre todo seguimos vibrando y olvidando los problemas cotidianos cuando
nos metemos de lleno en un partido apasionante. Sin embargo yo no recuerdo
rivalidad mayor que la de los partidos que disputaba el Guía contra el
Unión Moral de Gáldar. Contra La Atalaya, el Galdense o el Agaete también
había su morbo, pero no era lo mismo. Aquellos partidos se vivían con una
intensidad tremenda, y raro era no ver cómo a alguien le faltaba el aire o
tenía un amago de infarto. Los escenarios eran el campo de La Atalaya y el
de Barrial, ambos con tierra de mucha polvajera y rudimentarias gradas. La
gente, además, tenía tendencia a quedarse de pie y a estar a escasos
centímetros del juez de línea, al que yo de niño recuerdo que siempre
llamaba Juan de Línea, y no había nadie que me quitara ese nombre
de la cabeza.

Mi padre estaba en la directiva
del Guía que presidía el inolvidable Octavio Estévez, y creo que de la
misma también formaban parte otros grandes amigos de mi progenitor como
Juanito Paeo o René del Pino. El equipo que a los de mi generación nos
aficionó al fútbol lo recuerdo como un verdadero equipazo. Me acuerdo del
portero, que se llamaba Carmelo y que era casi tan espectacular como
Carnevalli, o yo al menos los rememoro a ambos con idéntica grandeza y
reflejos felinos. Luego estaba un jovencísimo Víctor el Canario, Carreta,
los hermanos Torres, sobre todo el que jugaba de delantero centro, un
Andrés Pineda casi infantil, y muchos más que ahora no recuerdo. También
formaba parte de aquel equipo mi verdadero ídolo de la infancia, mi primo
Nano Saavedra, que venía de jugar con los juveniles de la Unión Deportiva
de Las Palmas junto a gente como Félix, Roque, Noda o Rivero. Yo además de
ir a ver el Guía iba a ver a mi primo Nano, a quien recuerdo como un
jugador técnico, con mucho carácter y demoledor en las inmediaciones del
área. Como a otros genios del balompié le perdía el temperamento. Otro
genio de entonces, aparte de un jugador que creo que se llamaba Juan, era
Isaac, todo un portento y uno de los mejores peloteros que ha dado el
Norte de Gran Canaria, y quien curiosamente terminó jugando en el Unión
Moral en la época dorada en que entrenaba a este equipo un casi novato
Álvaro Pérez.

En aquellos partidos los estadios
presentaban unos llenazos hasta la bandera, y uno se sentaba en las gradas
mirando cómo los más fanáticos amenazaban todo el rato con saltar al campo
a pedirle cuentas al árbitro, o cómo había amagos de peleas cada dos por
tres. El Guía del que les hablo se proclamó campeón de lo que entonces
creo que vendría a ser una especie de Preferente, pero con mucho más caché
que ahora porque en aquellos años no existían ni la Segunda B y en la
Tercera sólo jugaba El Toscal de Tenerife y luego Las Palmas Aficionado,
que es como en aquellos tiempos se llamaba Las Palmas Atlético. Como el
Guía se quedó campeón le tocó jugar en un partido de ida y vuelta que
finalmente perdió con el Real Unión de Tenerife, a la sazón campeón de la
otra provincia.

Cuando salió campeón el Guía sí
recuerdo la procesión de coches con las banderas rojinegras y cómo
abrieron hasta la iglesia a las tantas de la noche para cantar un Salve a
la Virgen de Guía. Tengo viva la imagen de Eulogio el gato envuelto en la
bandera del equipo guiense pegando gritos como un loco por las
inmediaciones de la Plaza Grande. La verdad es que aquello se vivía con
una pasión tremenda.

Cuando jugaron con el Real Unión
fuimos muchas familias de Guía a ver el partido en Tenerife. Yo tendría
siete u ocho años y era la primera vez que subía a un avión. Para mí era
un lujo estar cerca de los jugadores del Guía y del entrenador de
entonces, un señor muy serio y muy respetado por los jugadores que vivía
en La Atalaya y de quien ahora mismo no recuerdo el nombre. Nos quedamos
en el Hotel Parque de Santa Cruz, y tuvimos la suerte de que allí se
alojaba también el Real Club Celta de Vigo para jugar con el Tenerife en
Segunda División. Me vine cargado de autógrafos. De aquel Celta, que era
el típico equipo ascensor que cada dos años salía en las estampas o jugaba
en el Insular, destacaba sobre todo el potero argentino Fenoy. Yo recuerdo
todos los prolegómenos del partido como una fiesta, y de lo menos que me
acuerdo es del encuentro en sí, que se celebró en el estadio de La Salud,
en La Laguna, y donde creo que perdimos 3 a 1. La vuelta fue en La Atalaya
y no remontamos, aunque lo que más recuerdo fue la fiesta posterior al
encuentro que se celebró en el casino de Guía. Allí todos tenían que ver
con un señor que se llamaba Segundo Almeida, que desde aquellos años era
poco menos que dios en el mundo de la radio deportiva de la isla.

Al Guía todos le llamaban el
Tirma. No había manera de que la gente mayor lo nombrara de otra manera.
No en vano era heredero de un pasado futbolístico del que ha escrito
detallada y maravillosamente en este mismo portal digital Juan Dávila,
sobre todo dibujando el perfil de muchas de sus más legendarias figuras. A
mí me hablaban de esa época gloriosa mi padre y mi abuelo, que eran dos
grandes futboleros. Algún día contaré las historias de mi abuelo Santiago
con las palomas mensajeras como anticipo de lo que fue el Carrusel
Deportivo.

El recuerdo más agridulce de mi
infancia futbolera tuvo lugar el año en que les pedí a los Reyes Magos el
equipaje del Guía. No había manera de localizarlo y lo que hicieron mis
padres fue dejarme la vestimenta de la selección española. Recuerdo montar
una carajera de cuidado y maldecir mil veces a los Reyes por no haber
rebuscado en las tiendas el equipaje del representativo guiense. La única
solución de los Reyes fue dejarme a los dos días el equipaje del Bilbao.
En la nota me decían que para formar el equipaje del Guía podía coger el
calzón del equipo vasco, y claro, yo salí a calle más feliz que Ricardito
con mi flamante equipaje del Guía, lo cual no quitaba para que presumiera
ante mis amigos de tener el de la selección, el del Atletic, y combinado
cuidadosamente, también el del Atlético de Madrid. A todos ellos había que
sumar un par de zamarras más, aunque ninguna tan valiosa como aquella de
tela acartonada que tenía el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas, y
que había comprado en el bar de Paquito, en San Roque.

Ahora hace más de veinte años, que
se dice pronto, que no veo un partido del Guía. Sin embargo nadie me quita
la costumbre de ir a buscarlo todos los lunes en la clasificación de la
categoría en la que se encuentre. Cada cual cuenta la feria según le va en
ella, y cada uno tiene sus recuerdos idealizados y grandiosos, aunque
después resulte que no valgan un colín. En mi caso, la intensidad de mis
recuerdos futbolísticos no sólo se escribe con el amarillo de la Unión
Deportiva o el blanco del Real Madrid. Mis primeros colores fueron el rojo
y el negro del Guía, y en la vida uno jamás olvida las luces primeras que
nos emocionaron, ni por supuesto los colores, ni tantos goles memorables
que sólo caben en la imaginación y en el recuerdo más o menos recreado a
nuestro antojo.



Agosto de 2006.

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Barcos de papel (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


BARCOS DE PAPEL

Santiago Gil





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"Aventurero audaz,
jinete de papel
cuadriculado
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal" (Serrat)
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Posiblemente la vida no sea más que
una corta navegación a bordo de delicados barcos de papel que siempre
acaban zozobrando en aguas turbulentas. Nosotros podíamos ser esos barcos
de papel incontrolados y sin consistencia que van de un lado para otro
movidos por la corriente o la fuerza de las aguas. Generalmente nos
dejamos llevar y confiamos en la suerte. Mientras estemos vivos somos
afortunados, navegamos, aunque cada vez nos cueste más mantenernos a
flote.

Aquellos barcos de papel que
construíamos en la infancia nos enseñaron mucho de la fugacidad de la
vida. Pasaba lo mismo con los castillos de arena que levantábamos en las
costas: siempre llegaba el agua arrasando con todo, llevándoselo todo y
despreciando nuestras horas de trabajo, ilusión y sacrificio. Pero los
barcos de papel cuadriculado eran mágicos mientras navegaban airosos sobre
el agua de los riegos de las fincas. Yo recuerdo que Guía parecía entonces
parte de La Alhambra. Por donde quiera que uno se moviera, sobre todo si
salías de las calles principales y te adentrabas por las fincas y los
barrancos, siempre se escuchaba de fondo el sonido del agua por los riegos
y las acequias, o cayendo en presas y maretas. A mí recuerdo que me
encantaban los riegos, sobre todo el que pasaba delante de casa de mi
abuela Bárbara en Las Barreras. Podía estar durante horas mirando el agua,
mojándome las manos o desafiando su fuerza sumergido hasta las rodillas. Y
luego había un olor, aquel olor, mitad tierra mojada, mitad podredumbre,
nada parecido al del marisco de las orillas, un olor más dulce y más
denso, como un vino añejo que recogiera toda la humedad y las hierbas
aromáticas en su líquido.

Los sábados salía corriendo a casa
de mi abuela desde primera hora de la mañana, o me quedaba ya la noche
anterior. De alguna forma aquella era mi casa, mi paraíso, siempre
inventando juegos con Forillo, revoloteando alrededor de mis primas o
sacando a Tomasín de sus casillas con mil mataperrerías. Teníamos un campo
de fútbol propio justo detrás de la casa, en una finca que no era de mi
familia pero que sólo recuerdo ver plantada una vez, y la verdad es que no
creo que diera cosecha alguna. En ese campo salía hierba verde cuando
llovía, unos hierbajos que duraban tres días y que tenían más hortigas que
otra cosa, pero que para nosotros era el césped, y de hecho ése era el
único césped que teníamos entonces para emular a Germán Dévora o a
Brindisi. Bueno, me equivoco, el mejor césped era el de las maretas
abandonadas, sobre todo el que brotaba en la de la Cuesta de La Caraballo.
Esa mareta era el campo oficial del equipo de La Cuesta, una formación que
como las otras del pueblo nunca estuvo federada, pero que sin embargo
tenía forofos a tutilplén y jugadores dispuestos a sudar la camiseta por
sus colores. Otro inciso, tampoco teníamos colores en la camiseta, los de
la Plaza elegían por ejemplo el azul, los de san Roque el rojo, y los de
La Cuesta el amarillo, y luego cada miembro del equipo se buscaba la vida
tratando de ajustar las prendas como mejor podía. Tanito y yo, viviendo en
San Roque, jugábamos en el equipo de La Plaza porque era el que estaba
integrado por nuestros compañeros de clase. Digamos que fuimos unos
mercenarios precursores en el mundo del fútbol, sin duda unos auténticos
adelantados a su tiempo viendo lo que hay hoy en día. Pero yo les hablaba
de lo maravilloso que era jugar en una mareta vacía moviendo el balón
entre la arenilla del fondo y el césped. Hoy en día no sé si me atrevería
a jugar un partido en esas condiciones. Desde arriba, o sea cerrando la
salida y unas escaleras sin protección en las que no sé cómo no nos
rompimos la crisma, nos acechaban los más pendencieros esperando a ver si
protestábamos por algo o acabábamos a empujones, patadas o insultos. No
eran precisamente partidos de hermanitas de la Caridad los que
disputábamos entonces, aunque en La Cuesta preferías no protestar por las
faltas con tal de que te dejaran salir de la claustrofóbica mareta. Sin
duda era otro concepto del fútbol y de la pasión por el deporte, entre
otras cosas porque nos construíamos hasta nuestros propios terrenos de
juego, que ya es decir.

Pero yo les estaba hablando del
riego que pasaba junto a la casa de mi abuela en Las Barreras, poco antes
de llegar al Hospital. En aquel riego era en el que yo echaba a navegar
mis barquitos de papel. Me costaba mucho deshacerme de ellos. Sabías que
desaparecerían en unos segundos. A veces había suerte y salvando los
obstáculos y los distintos saltos de agua aguantaban algunos minutos. Era
una maravilla, algo casi inenarrable comprobar cómo tu pequeño barco
resistía los embates de la corriente y se mantenía airoso sobre el agua.
Parecía que te sonreía cómplice y ufano, aunque para verlo tenías que
correr como un Zatopek saltando piedras, hierbajos y a veces llevándote
por delante a algún paseante despistado que miraba con arrobo el paso del
agua. Alguna vez los vimos perderse a lo lejos, y entonces nos
imaginábamos que llegaban al mar y que luego surcaban océanos lejanos y
recorrían el planeta de punta a punta. La verdad es que con que llegara a
Agaete o a Roque Prieto nos conformábamos. Pobres ilusos, aun no sabíamos
que los riegos de la vida real no se comunican o que esto está montado
sobre secuencias que casi nunca tienen que ver nada entre sí. Pero
entonces sabíamos poco del mundo porque vivíamos más en el mundo. Yo me
entiendo y sé que lo me digo. Echo de menos esos barcos que preparábamos
durante horas y a los que solíamos ponerles algún distintivo para que se
supiera que eran nuestros. Ya hace muchos años que no construyo barcos de
papel, y los riegos los veo casi siempre vacíos. Aquellas fincas de
entonces no existen o están baldías o construidas. En el campo de fútbol
que les contaba, por ejemplo, hay ahora un gran colegio y canchas con
porterías reglamentarias y me imagino que hasta focos, aunque éstas nunca
lograrán tener el encanto de aquel otro campo, ni su luz se parecerá a la
de las linternas que colocábamos en los postes para poder jugar de noche
imitando a nuestros ídolos. Tampoco estará aquella visión majestuosa del
Teide encendido con el arrebol de la tarde cuando alzábamos la vista entre
jugada y jugada hacia un horizonte sin cemento y sin tantas aberraciones
urbanísticas. De mis barcos de papel tampoco he vuelto a tener noticias.
Supongo que los que sobrevivieron como hemos sobrevivido nosotros estarán
por esos mundos dando guerra y viviendo emocionantes aventuras. No creo
que se hayan vuelto también unos nostálgicos coñazos y tendentes a la
melancolía. Aquellos papeles que arrancamos de las libretas del colegio
para construirlos seguro que también andan por el mundo escribiendo lo
que de alguna manera fuimos o quisimos llegar a ser. ¡Que los vientos
respeten siempre sus delicadas velas de celulosa y de sueños!


Agosto de 2006.

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Los escaparates de los sueños

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Los escaparates de los sueños

Santiago Gil


No creo que haya alegrías
comparables a las que teníamos de niños cuando encontrábamos el escaparate
de la tienda de Pepito el de Maestro Blas atiborrado de juguetes. Yo de
niño le llamaba Pepito Mastroblás y lo recuerdo como un hombre
enjuto y atildado, elegante y con un cierto aire intelectual. Su tienda
era el paraíso, sobre todo cuando cualquier mañana de diciembre camino del
colegio o de misa nos la encontrábamos con los regalos de siempre –antes
del marketing y el merchaindaising los regalos de Reyes duraban decenios-
y con las novedades jugueteras de cada año. Era el anticipo de los Reyes
Magos. A mí lo de la Navidad siempre me parecerá una cosa empalagosa que
no recuerdo que se viviera en casi ninguna casa del pueblo, y que lo que
tenía de especial era la cena, los turrones y el aguantar despiertos hasta
las doce de la noche para ir a la Misa del Gallo. Nosotros éramos de Reyes
Magos, y aun hoy no puedo nombrar a los tres Magos de Oriente sin sentir
un cierto escalofrío. Fueron muchos años teniéndolos como lo más de lo más
de la existencia, y por mucho que los típicos enterados de la caja del
agua se empeñaran en desmontarnos la magia nosotros nos seguíamos
desvelando cada 5 de enero, y siempre jurábamos haberlos visto mientras
nos colocaban la bicicleta Orbea de color rojo, el scalextrix o el
paquetón de los Juegos Reunidos. Pero todo eso que deseábamos lo habías
elegido previamente en el escaparate de Pepito Mastroblás. Nos
tirábamos horas delante de su tienda y él siempre nos terminaba por dejar
pasar a condición de que no manoseáramos los juguetes o le hiciéramos un
estropicio, pero a ver quién era el guapo que se resistía a apretar el
botón del robot o a no dejar de poner en marcha el último modelo de coche
de Rico.

Uno pasaba delante de aquel
escaparate y la Navidad se activaba sobre la marcha, mucho antes de que
llegaran los anuncios de la tele, que en aquellos años no eran como ahora.
Entonces sólo se emitían los días previos, con aquel coñazo cursi de las
muñecas de Famosa que se dirigían al portal y el lacrimoso regreso del
eterno estudiante del Almendro. Los anuncios de nuestra Navidad, o por lo
menos de mi Navidad, eran los escaparates de Pepito en la calle del Agua.
Los domingos, cuando estaba cerrado, recuerdo estar con veinte o treinta
chiquillos delante de la cristalera debatiendo la calidad de cada uno de
los objetos y tratando de decidir cuál de todos ellos iba a ser finalmente
el elegido. No sé si luego mis padres se lo comprarían a Pepito, o si lo
harían en otra tienda de Guía, de Gáldar o de Las Palmas, pero yo en mis
cartas recuerdo especificar no sólo los modelos que deseaba sino hasta
dónde estaban situados en el escaparate. Según Pepito nunca se acababan y
siempre había para todos. Lástima que luego no encontrara explicación
cuando algún amigo con pocos recursos se veía casi sin Reyes o con unos
remiendos que no tenían nada que ver con lo que había pedido mirando el
escaparate de marras. Sí recuerdo, en cambio, la solidaridad juguetera del
6 de enero por la mañana. Nos veíamos en la Plaza Grande y compartíamos
todas las bicicletas, los madelman y los balones, que en eso sí he
reconocer que éramos una piña los amigos de entonces.

Lo lamentable era que casi siempre
llovía el 6 de enero, y por tanto se nos acababa mojando la bicicleta o el
balón dejaba de ser una presencia luminosa y blanquinegra en la que
depositábamos tantos sueños y terminaba manchado de barro, o, lo que era
todavía peor, comenzaba a despintarse y a perder parte del cuero, aunque
los balones que nos gustaban eran precisamente los despintados y un poco
más blandos por el uso y el abuso del balompié por las calles, las plazas
y las canchas del pueblo. Parece mentira, y no soy ningún viejo, pero
recuerdo jugar partidos interminables al fútbol en la calle Real, en la de
la Carrera o en la del Medio, o unos partidos espectaculares que se
montaban entre el cementerio viejo que estaba en San Roque y el taller de
Lalo. Estos encuentros se celebraban sobre la una de la tarde y en los
mismos destacaban los dos hijos del emblemático mecánico, tanto Manolín
como Carmelo, que murió poco después mientras cumplía el Servicio Militar-
unos años más tarde también moriría en la malhadada mili uno de mis
grandes amigos de la infancia guiense, José Antonio Morera, y por eso tuve
siempre claro que jamás iría al Cuartel, y de no haber cogido por los
pelos la recién aprobada Ley de Objeción de Conciencia no creo que hubiera
dudado a la hora de haberme hecho insumiso o de haberme fugado del país-.
Pero estábamos hablando de los juguetes y de los Reyes Magos, aunque se me
ha puesto un nudo en la garganta recordando que José Antonio, Tanito
Mateos y yo éramos los primeros que compartíamos la alegría de aquel día
en el zaguán de nuestras casas o dando tumbos por los alrededores de la
Plaza de San Roque. En fin, supongo que hay que decir que es ley de vida o
alguna de esas frases eufemísticas con las que solemos esconder la
impotencia ante la derrota y las pérdidas de los seres queridos. Sigamos
adelante.

En Casa de Pepito Mastroblás
también se frustró mi vocación de cantante. Yo, como muchos otros guienses
de mi generación, quería ser como Braulio. Bueno, primero quería ser medio
rockero, influido por la imagen de los bajos y las guitarras eléctricas
que estaban en la pared de la habitación de mi primo Carlos Larrodé –
alguien a quien también se llevó malévolamente la parca-. También tuvieron
mucho que ver los ensayos del grupo Los Rayos en un local de la casa de
Antonio Aguiar que daba para la calle Real. Yo, con cuatro o cinco años, y
apelando a la presencia de mi primo Carlos, me colaba casi a diario en los
ensayos y me quedaba abobado escuchando la batería. No recuerdo haber
deseado otra cosa en el mundo con la fuerza con la que deseaba aquella
batería, o cualquier batería que supliera los calderos que le quitaba a mi
madre, y tanto insistí que para Reyes me dejaron una al lado de los
zapatos con todo el esplendor de los tambores, los platillos y las
baquetas. No era la que yo quería. Yo había pedido la que tenían los de la
orquesta, y me costó mucho aceptar aquella imitación preparada para que
los niños dieran sus primeros golpes. No me duró un asalto, y en cuatro
días me cargué el bombo y los tambores. Ahí se quedó por tanto mi vocación
de rockero o de émulo de Ringo Starr. Pero eso no hizo que desistiera en
mis sueños musicales. No sé si sería al año siguiente o un par de Reyes
más adelante cuando pedí a los Magos de Oriente una guitarra para hacerme
cantante como Braulio. Ya en el colegio me había llevado un concurso que
hicieron en mi clase cantando con siete u ocho años el Decir Adiós de mi
paisano. Todavía recuerdo la cara de asombro de un profesor que se llamaba
José Ángel que por esos días sustituía a don Nicolás. Con esos profesores
notábamos que algo estaba empezando a cambiar en el país: se presentaban
con grandes barbas, no nos amenazaban con penas o reglazos y se dirigían a
nosotros como colegas. Claro que eso tenía como consecuencia que no les
hiciéramos ningún caso y que nos volveríamos unos rebeldes de cuidado.
Supongo que con los años se fue acentuando ese colegueo y que poco a poco
los alumnos se han ido haciendo con los profesores. Y no es que defienda
la violencia o las amenazas, que antes me quedo con la anarquía actual,
pero sin el respeto al profesor no hay nada que hacer y todo está
condenado al fracaso. Con don José Ángel – él nos decía que le llamáramos
José Ángel, sin el don, pero ya ven- nos pasábamos tres pueblos, y el buen
hombre no tenía más remedio que llevarnos a su terreno improvisando
partidos de fútbol en el patio o montando concursos como ése de canciones
que les estaba contando. Su cara era un poema cuando escuchaba cómo aquel
chiquilicuatro se ponía serio y decía de carrerilla lo de "regresas hoy a
tu país y abatido pensé: ya no podré saciarme en ti tan lejos de mi ser…"
Yo no sabía qué diablos estaba diciendo, pero el tal José Ángel les
aseguro que estaba totalmente anonadado con mi prematura nostalgia de
cuerpos desnudos y noches de blanco satén.

No fui cantante, como tampoco
logré ser futbolista, que a lo mejor por eso mismo he terminado siendo
escritor, para llorar por las metas no alcanzadas. Lo de cantante me lo
quise tomar más en serio. Mi abuelo paterno era un virtuoso del timple –
en realidad era un virtuoso de muchas cosas, como mi otro abuelo, Zenobito
García, y de los dos me gustaría escribir algo próximamente, aunque a
quien traté y conocí fue a mi abuelo Santiago, o Santiaguito el Bodeguero,
que es como se le conocía por disponer su negocio de un maravilloso mundo
interior compuesto por grandes barriles de vino-, y por tanto se suponía
que yo me tendría que manejar de maravilla entre las cuerdas. Nanay de la
China. Realmente lo que no superé fue el solfeo. Pepito me puso a solfear
desde el primer día, y reconozco que no recuerdo nada tan aburrido ni tan
incomprensible como aquéllo, ni siquiera las matemáticas, y ya es decir.
El bueno de Pepito se esforzaba y yo también, y hasta me aprendía las
lecciones y todo lo que me mandaba, pero los malandrines de mi pandilla se
ponían delante del escaparate exhibiendo los balones, los carros de
cojinetes, las cometas, los boliches o las bicicletas, y después de
haberme invitado a viva voz se iban en busca de aventuras. Yo me quedaba
aliquebrado y con la moral por los suelos. Pepito me decía que tenía que
ser disciplinado si quería ser músico, y yo le respondía que yo no quería
ser músico sino cantante como Braulio o como Nino Bravo. Él insistía en
que para ser un buen cantante había que aprender antes solfeo. Era un
purista y además tenía razón, pero para mí era un suplicio aquel
peregrinaje constante de amigos que se movían entre San Roque y La Plaza
dándome de merecer y mirándome como a un bicho raro cuando me veían
recitar el Do Re Mi de las narices. Lo dejé. Si a lo mejor las clases
hubieran coincidido con la época en que Pepito tenía la tienda llena de
juguetes igual hubiera aguantado, pero los juguetes desaparecían del
escaparate justo al día siguiente de Reyes y no volvían a aparecer hasta
el mes de diciembre. En aquellos años, por supuesto, no estaba en Gran
Canaria El Corte Inglés ni había ningún hipermercado de juguetes: todo
tenía su ciclo, y de alguna forma se imitaban los ciclos de la propia
naturaleza heredados durante siglos a través de ancestrales tradiciones.
No creo que deba aclarar que empecé a faltar a las clases de Pepito y por
ello a variar la ruta cuando bajaba o subía a la Plaza o al Colegio,
evitando cuidadosamente la calle del Agua durante varios meses. Luego
llegaron otra vez los Reyes y ya pudo más el tirón de la ilusión que las
vergüenzas por las deserciones musicales. Pepito, que era todo un
caballero, nunca me echó nada en cara. Supongo que él vería sobre la
marcha mi poco futuro en el mundo de la musa Euterpe y los acordes.

En una tele en color de exhibición
que estaba en su escaparate también vimos en esa época toda la
parafernalia fascistoide de la muerte de Franco, la coronación de Juan
Carlos de Borbón o el mismísimo intento de golpe de Estado de aquel
guardia civil chusquero y ultramontano que se llamaba Tejero. Toda la vida
pasó por el escaparate de Pepito el de Mastroblás y seguro que si
hablo con cualquiera de los entonces me refieren similares momentos
mágicos y maravillosos vividos en aquel paraíso de ilusiones cada vez que
llegaba diciembre. El tiempo, cuando se recuerda desde la vorágine de
estos alocados días, parecía como si fuera mucho más despacio. Y no creo
que sea sólo por el propio concepto temporal que uno tiene en la infancia.
La ciudad era mucho más recoleta y paradójicamente más bullanguera y
divertida. A veces te preguntan que por qué en Guía sale tanta gente
valiosa en sus respectivas dedicaciones, y que por qué se ha dado tanto y
tan bien el cultivo del arte y de la belleza. Mi respuesta es siempre la
misma: porque todos ellos tuvieron una infancia maravillosa, imaginativa y
llena de aventuras. Y sé que no todo el monte es orégano y que siempre
resulta peligroso y pueril generalizar, pero en este caso sé lo que me
digo. Incluso a los indeseables se les veía venir desde que éramos niños.


Agosto de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


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