El Rubio y las telefonistas (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

El Rubio y las telefonistas



Santiago Gil






Cuando era niño, muy niño, para llamar por teléfono
había que descolgar los aparatos de baquelita y pedirle a la telefonista
que te pusiera con el número con el que querías hablar. En Guía creo que
todos los números tenían tres cifras como máximo. Creo recordar que el de
mi casa era el 231 y el de la tienda de mi padre el 67. Resulta increíble
que esto fuera así cuando con apenas treinta años ya estábamos conectados
vía Internet con todo el mundo y cuando ahora nos acompaña el teléfono
móvil hasta por los riscales de Tejeda que cantara el paisano Néstor
Álamo. Hemos cambiado mucho en sólo treinta años. Es lo normal. Lo raro
sería que todo siguiera igual que antes. Cambiamos nosotros y cambian los
que van con nosotros. Todos nos vamos haciendo más viejos. De cualquier
forma sí es cierto que los cambios en estas tres últimas décadas han sido
más descomunales y exagerados que en otras épocas históricas, por lo menos
desde el punto tecnológico, aunque cuando yo nací el hombre ya había
pisado la luna. Y mucho tiempo antes había descubierto el fuego, y la
navegación de los mares, y por supuesto había aprendido a hacer el pan,
qué milagro el pan y todo lo que parece sencillo, y qué de azares hicieron
falta para que se concretara, igual que el vino o el aceite de oliva.
Vamos pasando por la vida y viviendo como podemos el planeta que nos va
correspondiendo.

Entonces, cuando yo era niño, también éramos un poco
brutos y estábamos algo asilvestrados, supongo que por la propia falta de
medios de comunicación y por los miedos, casi todos atávicos o promovidos
por aquella iglesia empeñada siempre en la culpa y el castigo, o por los
gobernantes facciosos y despóticos de la época. Recuerdo, por ejemplo, las
consecuencias que tuvo en nuestra infancia el secuestro, y en principio
también asesinato, de Eufemiano Fuentes. Ahí nació el mito del Rubio como
personaje que entró a formar parte de la leyenda urbana y rural de
Canarias. En todas partes veían al Rubio, se rastreaban fincas de
plataneras, buscaban en los bosques de la Cumbre, en las cuevas o en las
playas más lejanas e inaccesibles. Incluso hubo hasta un muerto en
Tenerife por culpa de una supuesta confusión y por el histerismo colectivo
que vivía la sociedad canaria.

A los niños nos metieron el miedo en el cuerpo con
Ángel Cabrera, el Rubio. Lo veíamos por todas partes. Decían que iba
disfrazado de mujer o que andaba escondiéndose por las fincas pertrechado
de pistolas y puñales. De alguna manera se había convertido en el forajido
de andar por casa que crecía cada día en las portadas de los periódicos y
en los comentarios que escuchábamos en las calles. En todas las sombras
inesperadas que nos aparecían por los campos después del atardecer estaba
el fugitivo de Arucas, y no digamos cuando nos metíamos en las plataneras
jugando a Policías y Ladrones. Recuerdo sobre todo el día en que fuimos
todos los niños detrás de una mujer vestida de negro, hermosa, muy en la
línea de las existencialistas parisinas que rodeaban a Sartre y a Simone
de Beavoir. Todos la perseguimos desde que la vimos aparecer por la plaza.
Fuimos tras ella gritando y escondiéndonos en las esquinas cuando la pobre
mujer recorría el pueblo a última hora de la tarde. Me imagino lo que
pensaría de todos aquellos salvajes que gritaban desde lejos que llevaba
peluca, o que era un hombre, o que estábamos seguro de que ella era el
Rubio. Vino hasta la policía municipal, y no recuerdo ahora qué agente fue
el que se acercó a identificarla en el callejón del cine, delante mismo de
un bar que entonces regentaba el padre de Manolín y Pepillo, dos de
nuestros amigos de la pandilla callejera de aquellos años. Durante años no
he hecho más que ponerme en el pellejo de aquella chica - que resultó ser
argentina-con pinta de intelectual, casi diría que sacada de una novela de
Cortázar, si no era la mismísima Maga de Rayuela en carne y hueso.
Nosotros seguimos la escena desde lejos. Yo debía de tener diez u once
años, no más, pero la cara de aquella mujer de rasgos equinos se me ha
quedado grabada para siempre en la memoria. Por mucho que después vi fotos
del Rubio, jamás pude dejar de identificar al personaje con un hombre
disfrazado de mujer morena que reía irónicamente cuando nosotros la
seguíamos en tropel por las calles de Guía. Yo creo que nos debimos juntar
en la persecución más de treinta chiquillos. El guardia decidió que no era
El Rubio y la mujer siguió su camino, pero nosotros no confiábamos mucho
en la eficacia de los municipales de nuestro pueblo: los veíamos poco
capacitados para resolver casos tan complicados como aquél, entre otras
cosas porque no se nos parecían a Kojak, a Colombo, a Baretta o a Los
Hombres de Harrelson. Tampoco tenían nada que ver con Los ángeles de
Charlie. A decir verdad uno hubiera dado entonces media vida por tener
cerca cualquiera de aquellas tres psicalípticas y bellas mujeres que
salían los sábados por la tarde en la televisión. Siempre mantuvimos que
el Rubio se había logrado zafar de la justicia por las negligencias y el
atraso de nuestros policías y de la Guardia Civil, que estaban a años luz
de los sofisticados medios de la policía estadounidense. Sólo había que
comparar el coche de Starsky & Hutch con el Seat 850 con el que la Policía
Local de Guía pretendía desarmar a los bandidos. En el fondo ya veíamos el
camino de la modernidad a la vuelta de la esquina, aunque todavía no
sabíamos lo que era el ADN ni habíamos visto CSI. Por eso me digo siempre
que ya está bien de mitificar tanto la infancia, que parece que nos
hubiésemos criado en los Campos Elíseos parisinos o en las calles de
Brooklyn. Teníamos muchas cosas buenas y otras no tan buenas, como
cualquier niño en cualquier parte del mundo. Es cierto que luego cada uno
de esos niños exagera y mitifica su paraíso de infancia, a lo mejor porque
es en esos años cuando único nos acercamos al paraíso de una forma
natural, sin tener que teorizar, añorar o pagar un precio demasiado alto
por querer tocar el cielo con las manos todo el rato. Incluso llamando a
la centralita telefónica teníamos la sensación de que los sueños podían
llegar a concretarse. Ahora llamamos y ya no hay una voz que medie entre
nosotros y nuestros deseos. Sólo escuchamos monótonos pitidos o
contestadores con voces cibernéticas y poco creíbles. Por eso los niños de
los últimos años ya no han imaginado más que asesinos virtuales a los que
les pegaban tres tiros en la cabeza en cualquiera de esos videjuegos
nipones que tanto les han terminado alejando de los mitos callejeros. Yo
creo que si nos diera por explicarles cómo era el proceso de las llamadas
telefónicas de entonces lo más probable es que nos encerraran sobre la
marcha en un frenopático. Y tampoco se te ocurra nombrarles a Gila, por si
acaso.

Diciembre de 2006.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los nispereros (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS



Los nispereros

Santiago Gil






Estos días de principios de diciembre andan los
nispereros de la isla vestidos con las flores que anticipan la llegada de
los nísperos. Los nispereros, como las higueras, son árboles que quizá por
muy vistos y por su capacidad de adaptación no nos llaman tanto la
atención como otros con nombres más rimbombantes o procedencias más
exóticas. Y no sé ustedes, pero yo no entendería mi infancia sin el sabor
de los nísperos y de los higos que encontraba en cualquier camino o en
mitad de un huerto medio abandonado. Cada cual tiene un árbol, una montaña
o una orilla de mar que le ha marcado especialmente. En mi caso reconozco
que el nisperero es sin duda el árbol con el que identifico mi infancia, y
en concreto el que estaba en el huerto que tenía mi abuela Bárbara en Las
Barreras. Desde estos primeros días de diciembre estaba tan ansioso por la
llegada de los Reyes Magos como por la pronta aparición de los nísperos
que ya estaban avisando en la nívea y bendita floración que aparecía en
todos los nispereros del pueblo. Era el primero que se ofrecía para regar
con la manguera el huerto y a estar pendiente de los cuidados de los
geranios, los rosales, el limonero y por supuesto del ya referido
nisperero. La llegada del fruto era casi más milagrosa que la aparición de
los regalos la mañana del 6 de enero. Íbamos siguiendo atentos el proceso
de cambio que convertía la flor en un níspero casi inapreciable y
posteriormente en un fruto luminoso, anaranjado y sabroso. Hace tiempo que
no compro nísperos. No me saben a nada si no me los como directamente del
árbol, a ser posible encaramado en la rama más alta, y seleccionando muy
bien aquellos que ya estén en su punto de maduración. Los otros, los que
alguna vez he comprado en el mercado, siempre me han parecido apócrifos y
sin sabor, o por lo menos sin el sabor que uno recuerda de entonces. Podía
estar mañanas enteras trepando entre las ramas del enorme nisperero que
estaba en la trasera de la casa de mi abuela. Tenía controlado hasta el
níspero más inaccesible, y eran precisamente ésos, los que quedaban más
altos y costaba más cogerlos, los que sabían mejor. A veces no
aguardábamos lo suficiente y nos los comíamos medio verdosos, con aquel
sabor agrio que tanto nos gustaba y que tantas veces nos dejó la tripa
hecha añicos. Supongo que uno con los años se va aferrando a los olores y
a los sabores para no perderse del todo en la vorágine del tiempo. Casi
nunca miramos atrás. Es el propio tiempo el que suele mirar para nosotros
cuando nos pone delante referencias, canciones, olores o sabores que para
nosotros quedaron grabados en días inolvidables. Eso es lo que me ocurre a
mí con los nispereros que estos días me encuentro blanqueando Sataute o
las Medianías guienses. Y luego estaba la ruta que uno tenía marcada, la
de aquellos nispereros que crecían casi sin cuidado en huertas dejadas de
la mano de dios, o la de los jardines de algunas casas cuyos dueños no se
preocupaban en recoger los frutos. Saqueábamos todos los nispereros del
pueblo, aunque siempre nos quedaba el nuestro bien protegido con el celo
avaricioso de quien intenta vencer las leyes del tiempo perpetuando los
frutos. Intentábamos que aguantara con nísperos casi hasta el imposible,
aunque los pájaros, que eran los que compartían con nosotros ese milagro
del sabor furtivo y sin asepsias, se encargaban de comer poco a poco los
que maduraban más de la cuenta. De cualquier manera había una conciencia
clara de que todo aquello también les pertenecía a los pájaros. Supongo
que nuestras abuelas nos enseñaron a convivir de esa forma tan ejemplar
con los otros animales que había por el campo. Me recuerdo encaramado al
nisperero comiendo nísperos mientras un grupo de pájaros palmeros podía
estar a mi lado picoteando tranquilamente parte de aquel manjar a veces
agrio y a veces almibarado y dulzón. Lo pelábamos directamente con las
manos, aunque la impaciencia nos llevaba en ocasiones a comerlo con la
cáscara y el polvillo que lo volvía un poco áspero. No sé que pasaría por
mi cabeza durante las muchas horas que permanecí en lo alto de aquel
enorme nisperero de Las Barreras que como muchas de las referencias de mi
infancia quedaron sepultadas bajo el cemento y el hormigón que tanto mal
ha hecho y sigue haciendo en nuestra isla. A lo mejor, quién sabe, estaba
pergeñando estas notas que ahora, treinta años después, escribo la mañana
de un domingo ventoso en la pantalla de un ordenador. No tiene nada que
ver esta tecnología y este juego de palabras que pretende acercar las
emociones de entonces con la intensidad y la viveza de aquellos días de
aventuras y cercanías a la naturaleza. Ahora los nispereros nos quedan más
cerca, ya no nos parecen tan grandes, y en la mayoría de ellos alcanzamos
los frutos directamente con la mano o acercándonos las ramas más altas.
Pero tampoco estos nísperos de ahora saben igual. No digo que su sabor sea
tan insípido como el que uno encuentra en los que venden perfectamente
envasados en los supermercados, pero sí es verdad que quedan a años luz
del que tenía entonces. Tal vez sean nuestras propias papilas gustativas
las que no perciben con la misma intensidad, o igual el sol que le llega
al fruto ya no tiene la misma tibieza de hace unas décadas. O es parte de
la lógica de los propios años: ganamos en unas cosas y perdemos en otras,
y al final todo queda más o menos compensado. Sin embargo, aun admitiendo
ese juego de paridades y compensaciones, sí es cierto que uno entregaría
unos cuantos días laborables y televisivos de ahora por volver a saber en
qué ramas hay que poner los pies y las manos para trepar poco a poco en
busca del fruto más inaccesible, aquél que guardó para siempre el sabor
único, inolvidable y por supuesto indescriptible de una buena parte de
nuestra infancia.





Diciembre de 2006.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


El inevitable azar (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


El inevitable azar


Santiago Gil





A estas alturas de la vida sigo teniendo pocas cosas
claras. Quizás sabes que el amor y la salud es lo primero, y que hay días
mejores y días cuya suerte desde que amanece parece que la carga el
diablo. Tampoco te queda ninguna duda de que estás en manos del azar.
Claro que vale el esfuerzo personal, las circunstancias, el ambiente en el
que uno vive y los valores que nos hayan transmitido, pero puesto todo en
paridad de condiciones ya lo otro queda en manos del azar. Desde que
éramos niños estamos regidos por sus caprichos, incluso antes de haber
nacido, cuando podíamos habernos quedado como cualquiera de aquellos
millones de espermatozoides que lucharon contra el nuestro y perdieron,
millones y millones de sueños rotos y de rostros que jamás llegaron a ser.
De niños también nos pudo haber descalabrado cualquier pedrada de aquellas
guirreas en los barrancos y en las montañas del pueblo, o nos pudimos
ahogar en las maretas o en los mares bravíos en los que nos adentrábamos
desafiando al sentido común. Por eso es una suerte estar vivos y poder
celebrarlo.

Siempre me he planteado qué diablos hubiera sido de mi
generación si no hubiera muerto Franco en 1975. Me acuerdo perfectamente
de la pacata, gris y claustrofóbica vida que se vivía antes de la llegada
de la democracia. Es verdad que uno era niño y que estaba todo el santo
día jugando y viviendo intensamente la vida como si se fuera a acabar a
cada momento. No teníamos ni idea de la situación política ni entendíamos
nada de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Pero había algo que
volvía otoñales y grises incluso los días más radiantes del verano, una
especie de sotana desvaída, un olor a cera y a naftalina, aquellos
uniformes y tricornios de los guardias civiles de entonces, o el abuso
prepotente y despiadado de unos guardias municipales que además de
quitarte la pelota si jugabas en la plaza amenazaban siempre con pegarte
dos cachetones si se te ocurría pedir explicaciones. Y luego estaba
aquella bandera de la Falange con el yugo y las flechas que colocaban en
lo más alto del ayuntamiento, y los de la OJE pegando gritos marciales y
jugando a ser mayores vestidos de militronchos de cornetas y tambores. Y
qué decir del Cara al Sol. Sonaba por todas partes. Me acuerdo un día que
yendo para el colegio me encontré a muchos hombres con camisas azules
cantando ese himno de marras en la plaza, creo recordar que en la Cruz de
los Caídos. Fue algo impresionante que todavía retumba en mi memoria con
el mismo pavor con que retumbó entonces, aun cuando no supiera de qué iba
la letra ni a quién invocaban aquellos fanáticos. Recuerdo sus aires
marciales y la rabia en sus gestos, muy a lo Millán Astray o a lo Franco
con el gesto que traía en los cinco duros o en los sellos de media peseta.
Eran los tiempos de un canal en la tele, de la Semana Santa sin poder
hacer un ruido más alto que otro, cuando ni siquiera nos dejaban jugar al
fútbol el Viernes Santo, o estar correteando como locos, como siempre
entonces, por las calles del pueblo. Pero ya digo que mi generación tuvo
suerte y se escapó a tiempo de aquel gris de abrigo de astracán y
autarquía que tanto mal sigue haciendo en el subconsciente de la sociedad
que vivimos ahora mismo.

Gracias a ese cambio somos como somos hoy en día. No
digo que seamos mejores o peores que las otras generaciones, pero sí que
contamos con la suerte de ver un mundo sin tantas censuras. La sensación
que uno tiene de entonces es que llegó el color. Me imagino que esa
sensación está marcada por la llegada del propio color a la tele.
Recuerdo, además, que las primeras imágenes a color en la televisión
fueron justamente las del entierro de Franco y la posterior Coronación de
Juan Carlos como Rey. Eran pocos los que en aquellos años contaban con
tele en color en su casa, y por eso todos los chiquillos nos quedábamos
abobados durante horas viendo pasar la gente en las pantallas que sacaron
a sus escaparates Pepito el de mastroblás y las peluqueras que estaban en
la calle Poeta Bento, al lado mismo de la Plaza de San Roque. Nos gustaba
más esta segunda opción porque por ese callejón apenas pasaban coches y
porque nos podíamos sentar en la acera y los portales que estaban en
frente a mirar alelados las imágenes. Es increíble cuánto hemos cambiado
desde el punto de vista tecnológico y lo cutres que éramos entonces. Y
luego resulta paradójico que justo el primer recuerdo de color y por tanto
de emoción y cierta felicidad que tiene la gente de mi generación sea
justamente el entierro de Franco. Entonces no sabíamos nada del Caudillo
más allá de que estaba hasta en la sopa y de que no te quitaba la mirada
de encima ni cuando ibas al colegio y te lo encontrabas mirando para ti
junto al Crucifijo, justo al lado de un par de mapas repintados. Los
mayores nos mandaban a callar cuando nos veían muertos de la risa y
gesticulando delante de la tele. Nos decían que era una cosa seria que no
debía tomarse a choteo, y la verdad es que viendo la cara de la mayoría
era para asustarse. La gente estaba como si se les hubiera muerto el padre
y no supieran qué hacer con su vida. Las señoras mayores se persignaban
cuando pasaban al lado de la pantalla y algún que otro hombre derramaba
una lágrima o se quedaba mirando serio y circunspecto casi sin permitir
que nosotros respiráramos y mucho menos que diéramos rienda suelta a
nuestra maravillosa capacidad para la burla y la risa. Luego, cuando la
Coronación del Rey, ya sí nos dejaron reír a mandíbula batiente. No
entendíamos nada porque para nosotros el entierro y la coronación no
dejaban de ser parte de la misma historia, pero ya digo que en la segunda
ya no lloraba la gente cuando pasaba delante de la pantalla, y hasta nos
decían que miráramos bien porque estábamos asistiendo a un hecho histórico
que recordaríamos toda la vida. Y por lo que escribo ahora no se
equivocaron, aunque los recuerdos no sean como los que querían ellos.
Ahora aparecen es como una especie de arjé de la fisis filosófica, como el
momento del cambio del gris al color de nuestra infancia.

Y lo bueno de aquellos días en que el azar quiso
regalarnos otro futuro no sólo era ese acercamiento a las pantallas que
refulgían y brillaban de colorines en los escaparates. Lo mejor era que no
teníamos clase en el colegio. Eso era el no va más de nuestra infancia, y
me imagino que de cualquier infancia que se precie. Vernos un lunes o un
martes de noviembre haciendo el gamberro por las calles del pueblo nos
convertía en los seres más afortunados de la tierra, y encima con el
regalo de esas primeras imágenes en color. Al final está claro que
terminamos cansándonos de tanto desfile de gente compungida y preferimos
volver a nuestros barrancos, nuestros boliches o nuestras cometas de papel
cebolla. En eso no había variado la infancia anterior al 20 de noviembre
de 1975, pero sí en lo otro, en la mirada de la gente, en el color de las
banderas, y en una especie de felicidad y emoción que empezó a impregnarlo
todo. Nosotros fuimos creciendo con esa conquista de las libertades y eso
se notaba sobre todo en la enseñanza. Lorca, Antonio Machado o Pérez
Galdós se convirtieron en los grandes protagonistas de los manuales de
literatura en el instituto, y los profesores nos contaban una historia en
la que cabían todos, aun cuando todavía hubiera un cierto temor a los
facciosos y a los ultramontanos. El 23 de febrero de 1981 nos enseñó que
ese temor no era infundado y que nunca debemos bajar la guardia. Yo
recuerdo que ese día, ya con más uso de razón pues andaba cerca de los
catorce años, estaba jugando al fútbol en la cancha del barranco cuando
alguien nos dijo que recogiéramos nuestras cosas y nos marcháramos porque
había habido un golpe de estado. Ya entonces había tele en color en
nuestras casas y no teníamos que estar por los escaparates para ver lo que
estaba pasando. Hubo momentos de miedo y de incertidumbre, y no ha pasado
tanto tiempo. Todos los de la camisa azul que yo había visto cantando
marciales en la plaza seguro que estaban ya preparando su vuelta al
pasado. Pero esa vez el azar estuvo nuevamente con nosotros y todo quedó
en una burda y casposa representación media zarzuelera con un tal Tejero
pegando tiros al aire en el Parlamento, un recuerdo chusquero más que
sumar a una infancia en la que siempre te encontrabas con uniformes y
sotanas por todas partes.

Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/06/2009.


Cuestionario imprescindible (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Cuestionario imprescindible


Santiago Gil





¿Dónde percibiste la primera emoción de un acorde?
¿Cuál fue la primera canción que escuchaste? ¿Cuándo cantaste por vez
primera? ¿Cómo se llamaba tu primer amor? ¿En qué momento entendiste lo
que era un gol? ¿Dónde golpeaste el primer balón de fútbol? ¿Quién horneó
el primer pan que probaste? ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que
cataste el alcohol? ¿Dónde te fumaste el primer cigarrillo? ¿Con quién lo
compartiste? ¿Cuándo viste el primer pecho de mujer? ¿Recuerdas por qué
llorabas de niño? ¿Qué era lo que más ilusión te hacía cuando tenías seis
o siete años? ¿En qué momento aprendiste que la a era a y que la b con la
a sonaba ba? ¿Cuándo entendiste que dos más dos sumaban cuatro? ¿Quién te
enseñó qué representaba el cuatro y cuantos unos hacían falta para que el
cuatro fuera justamente cuatro y no cinco o dieciséis? ¿Eres capaz de
recordar de carrerilla el nombre de tus diez mejores amigos de la
infancia? ¿Qué alimento te daba asco? ¿Te acuerdas de las truchas de
batata por Navidad? ¿Y del olor a gofio recién molido? ¿Recuerdas cuando
comprabas en la tienda cien gramos de jamonilla? ¿Qué golosinas pedías en
los bazares y los quioscos? ¿Por qué te hiciste del Real Madrid o del
Barça? ¿Cuándo empezaste a entender que en la vida no siempre gana el que
se lo merece? ¿Cuándo fue la primera vez que te diste cuenta de que existe
el abuso? ¿Recuerdas el nombre de alguno de aquellos perros callejeros que
adoptabas con tus amigos durante varias semanas? ¿Dónde se llevaban luego
a esos perros? ¿Por qué desaparecían? ¿Por qué sigues encontrándote perros
con la mirada perdida en las cunetas de las carreteras? ¿Te acuerdas de
los caracoles? ¿Y de las mariposas de colores? ¿Y de aquellos gatos que se
dejaban acariciar por nosotros desde que eran cachorros? ¿Serías capaz de
reconocer los lugares en los que te escondías cuando jugabas a Policías y
Ladrones o al Escondite? ¿Por qué te daban miedo las campanas cuando
tocaban a muerte? ¿Por qué, en cambio, te ponías eufórico cuando tocaban a
rebato y se confundían con las tracas de voladores? ¿Te acuerdas de
aquellas misas interminables? ¿Y de cuando descubrimos el campo en las
primeras escapadas? ¿Y de las casetas que construíamos con cuatro
cartones? ¿Cuánto hace que no te acuerdas de tus abuelos? ¿Serías capaz de
colocar en su sitio a todos los que ya no están, en sus tiendas, sus
talleres, sus balcones o sus tertulias interminables en bancos de madera
de plazas que eran entonces el centro de la actividad cotidiana? ¿Es
preciso olvidar para seguir sobreviviendo? ¿No traicionamos nuestra propia
vida cuando olvidamos? ¿Serías capaz de resolver una raíz cuadrada si te
la pusieran ahora mismo delante? ¿Cuándo entendiste lo que significaba la
muerte? ¿Dónde te viste flotando por primera vez? ¿Cuál fue el primer
poema que te leyeron? ¿Quién fue la primera persona que te levantó la
mano? ¿Podrías rememorar una por una las noches de Reyes de tus primeros
doce años? ¿Y te acuerdas del sabor de la hostia el día de la Primera
Comunión? ¿Quién te explicó en qué consistía el tiempo? ¿Cuándo entendiste
lo que marcaban las manecillas del reloj? ¿Quién te enseñó a montar en
bicicleta? ¿Dónde diste tus primeros pasos sobre la tierra? ¿Qué te hacía
reír cuando eras niño? ¿Cuándo empiezas a alejarte de la esencia de las
cosas? ¿En qué momento comienza la rutina a ganarle la batalla a la
aventura diaria y a la emoción? ¿Por qué las hogueras te llevan sobre la
marcha a la infancia? ¿Por qué hay olores que por más años y más ausencias
que les caigan encima siempre hacen posible el milagro del regreso? ¿Dónde
quedó escrito todo ese pasado que formó parte de cada uno de nosotros?
¿Cuánta vida dejaste entre las calles de tu pueblo?

Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los vietnamitas (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS




Los vietnamitas

Santiago Gil


Las primeras nociones que tengo de la actualidad
internacional son la guerra de Vietnam y el caso Watergate. Recuerdo
escuchar el nombre de Richard Nixon como una especie de letanía
ininteligible en los informativos del diario hablado de Radio
Nacional de España. Yo preguntaba que qué era eso del Watergate y que
quién era Nixon, y alguna que otra vez pregunté también por el Vietnam.
Debía tener seis o siete años pero era tal la insistencia diaria de
aquellos locutores que todos esos nombres entraron a formar parte de mi
mitología infantil. Mi madre me decía que eran cosas de mayores, y con el
tiempo descubrí que efectivamente eran chanchullos, abusos de poder y
ataques despiadados a víctimas civiles e inocentes que no tenían nada que
ver con mis juegos de la infancia.

Yo me iba para el colegio repitiendo el nombre de Nixon,
que a mí me sonaba a integrante de Los Hombres de Harrelson o a personaje
secundario de aquellas teleseries policíacas que tanto proliferaban en la
única cadena de televisión que teníamos entonces. Luego en el colegio le
preguntaba a otros amigos si sabían quién era el tal Nixon, pero o no
respondían o estaban tan perdidos como yo en las cuestiones de política
internacional. Tampoco sabíamos nada de Vietnam. Ambos nombres se unieron
a los numerosos arcanos de la infancia que no siempre se aclaran al paso
de los años. Supe luego lo que fue el Watergate, y más o menos tengo un
par de ideas claras de lo que pasó en Vietnam. Otros temas y otros nombres
sí es verdad que se quedaron para siempre en el olvido o en el misterio.

Lo de Vietnam nos cogió más de cerca. Un buen día nos
dijeron en el colegio que iban a venir a quedarse al Hogar Rural unas
cuantas familias vietnamitas que venían huyendo de la guerra. Nos contaron
que habían sufrido mucho y que habían visto atrocidades innombrables.
Pedían que fuéramos solidarios con ellos y que ayudáramos a los niños a
integrarse en nuestro grupo de amigos. Lo hicimos. O por lo menos tratamos
de hacerlo. Había un niño, del que no recuerdo el nombre, que era más o
menos de nuestra edad. Cuando nos acercamos a él se mostró temeroso y
huidizo, desconfiado, y en su mirada se atisbaba el miedo y la soledad.
Siendo como éramos burleteros y crueles los unos con los otros, y sobre
todo con las miserias y los defectos de los demás, no nos atrevimos a
gastarle bromas pesadas ni a burlarnos de su desconocimiento del idioma y
de nuestras costumbres. Los que ya sabíamos algo de inglés por estar
estudiando en clases particulares con María del Carmen Rodríguez (Tata)
nos lográbamos comunicar a duras penas con los recién llegados, pero
tampoco su manejo del inglés era muy avanzado y supongo que el que
conocían sería el más coloquial y peor pronunciado que hablaban los
soldados norteamericanos. Así y todo fuimos poco a poco estableciendo
contacto, sobre todo aprovechando los partidos de ping pong que
disputábamos en una mesa ajada y curtida en mil batallas que estaba en una
de las salas de la planta baja del Hogar Rural. La verdad es que no
recuerdo mesa de ping pong mejor que aquélla. Quizá la del Casino se le
aproximaba, pero el material, las medidas y el lugar en el que estaba la
del Hogar la traen a mi recuerdo como un fogonazo en el que reconozco
muchas tardes inolvidables de la infancia. Luego nos colocaron otras más
modernas en el terrero de luchas, pero nunca superaron la magia y el
encanto de aquella otra que soy capaz de volver a ver, y sobre todo a
oler, con solo cerrar un momento los ojos.

En esa mesa se fraguó nuestra amistad con este amigo
vietnamita al que le castellanizamos el nombre, aunque siempre le seguimos
llamando por su nombre vietnamita, utilizado en diminutivo en el momento
en que dejábamos de llamarnos por nuestros nombres y recurríamos al alias
y al nombrete que cada uno tenía asignado por vínculo familiar o por pura
casualidad azarosa.

Alguna vez hablamos de la guerra. Realmente lo hacíamos
nosotros. Nuestros mayores nos decían que eran niños que habían sufrido
mucho y en todo momento intentábamos que nos contaran batallas y
estruendos de bombas, pero lo que para nosotros era un juego como el que
improvisábamos con dos cartucheras y un par de pistolas de mistos, para
ellos era el desasosiego y la muerte, el desgarro, el dolor y una especie
de miedo permanente que jamás se disipaba de la mirada de ninguno, sobre
todo de la de los abuelos y los padres.

Pasada la novedad y una vez empezaron a aprender
nuestro idioma se integraron en nuestro pueblo y estuvieron varios años
viviendo en el Hogar. Un buen día, sin embargo, les dijeron que debían
marcharse a una casona enorme que estaba en la misma orilla de la
carretera, a la altura de Casa Ayala. Hasta ahí sé se ellos. Luego, con
los años, sí hice un reportaje en Diario de Las Palmas sobre aquellos
vietnamitas que fueron acogidos en Canarias al término de la guerra.
Localicé a uno que tenía un restaurante en San Agustín, pero me contó que
se habían dispersado y se habían perdido la pista los unos a los otros.
Supongo que es parte de esa magia y ese azar que va moviendo cada una de
nuestras existencias. Quién le iba a decir a cualquiera de ellos que iban
a terminar viviendo a muchos miles de kilómetros de sus selvas y sus
arrozales, en un pueblo perdido en mitad de unas islas atlánticas
localizadas en el continente africano pero con cultura y costumbres
occidentales. Y por supuesto, quién me iba a decir a mí que iba a tener
testimonios directos y palpitantes de aquellas noticias extrañas que
escuchaba en mi casa en el informativo de la una y media justo antes de
salir corriendo para el colegio. De Vietnam a Guía en los primeros
setenta, todo un salto al vacío, que para ellos y para nosotros se acabó
convirtiendo en un cruce de culturas y costumbres que seguro que acabó
enriqueciéndonos a todos sin que nos diéramos cuenta. Por lo menos en mi
caso nunca he tenido la sensación de que el mundo le pertenezca a nadie
por haber nacido en uno u otro lugar del planeta. Aprendí que el destino
te podía llevar a Vietnam o a la Conchinchina, y que en ambos lugares uno
tiene el derecho de sentirse como en casa. Hoy pasa algo parecido con los
que vienen huyendo del hambre. El mundo también les pertenece, y dentro
del mundo nuestro mundo, que es tan de ellos como nuestro mientras estemos
vivos. No recuerdo su nombre, pero sí que contribuyó a hacernos más
tolerantes, más sabios y más cosmopolitas. Nos sentíamos unos afortunados
por no haber vivido lo que vivieron ellos. Hasta entonces pensábamos que
las guerras sólo eran cosa de la tele, del cine o de la radio. Sus ojos y
sus largos silencios nos enseñaron que las guerras se quedan para siempre
en la mirada de quienes las sufren. Nunca quiso contarnos lo que le pasó.

Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Las bicicletas (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS BICICLETAS



Santiago Gil






No concebiría la infancia sin bicicletas. Hay un
pedaleo que nos lleva directamente a las tardes en la Plaza Grande dando
vueltas como en un carrusel de sueños. No era cómodo ir en bicicleta por
nuestro pueblo. Por todas partes te encontrabas con subidas y bajadas
pronunciadas, e incluso las que creíamos calles llanas como Médico Estévez
se convertían en empinadas cuestas apenas empezabas a circular por ellas.
No era nada fácil mantener un ritmo de subida constante por la calle del
Agua o la calle Real, y no digamos por el callejón trasero al Ayuntamiento
o cuando nos daba por subir en dirección contraria la calle que hoy lleva
el nombre de Santiago Betancort Brito. Hacían falta buenas piernas para
apechar esas calles empinadas que canta Braulio en su canción y en la que
tantas veces caímos derrotados echando pie en tierra a media subida.

Otra cosa eran las bajadas. Íbamos como locos
desafiando las esquinas y los muchos baches que encontrábamos en los
adoquines. Entonces había pocos coches circulando por las calles del
pueblo y la verdad es que nosotros debíamos ser de goma, que sólo así se
entiende que hayamos llegado sanos y salvos a estos días y que podamos
estar hoy rememorando aquella sensación de libertad absoluta, y creo que
inigualable, de cuando nos sentíamos volar por algunas de las muchas
pendientes del casco histórico guiense.

Todas las bicicletas que tuve fueron rojas. No recuerdo
el color del triciclo, pero sí el de la bici de ruedas macizas y el de la
Orbea que comenzó su andadura arrastrando dos ruedas traseras de seguridad
que, además de hacer un ruido insoportable, nos llenaban de vergüenza y
nos dejaban en evidencia delante de los que ya casi volaban por la Plaza
Grande. Ya he dicho muchas veces que uno de los días más recordados de mi
infancia fue el primero en que con ayuda de una llave inglesa cogida por
algún amigo en su casa separé las dos ruedas traseras y empecé a descubrir
que el mundo era verdaderamente maravilloso cuando te dejabas llevar por
el pedaleo y sentías el aire golpeando tu cara. No voy a decir que
volábamos, pero era como si lo hiciéramos, sobre todo cuando nos dejábamos
ir sin frenos por las carreteras de La Vega y llegábamos a Gáldar casi tan
rápido como los coches que bajaban bordeando el Pico de La Atalaya.

Debíamos tener doce o trece años cuando nos hacíamos
esas escapadas. Para el regreso, previo paseo triunfal por las calles
Gáldar tratando de llamar la atención de la novia soñada de turno, nos
metíamos por la zona de La Montaña y nos adentrábamos por Rojas, Becerril
y La Atalaya. Alguna que otra vez nos las tuvimos que ver con grupos de
gamberros que nos lanzaban piedras o amenazaban con robarnos las
bicicletas, pero la sangre nunca llegó al barranco de Las Garzas y con el
tiempo aquellos gamberros se convirtieron en nuestros camaradas en equipos
de fútbol o lucha canaria, o bien compitiendo cada lunes en los partidos
interescolares que disputábamos en el pabellón Juan Vega Mateos de Gáldar.
Para jugar esos partidos no íbamos en bicicleta sino que nos metíamos ya
con el equipaje puesto en el coche de don Cesáreo. Lo que no entiendo es
cómo cabíamos allí dentro. Creo recordar que era un SEAT 127 rojo, y si no
era ese modelo era uno similar. Desde la distancia, y teniendo en cuenta
la tensión de los músculos en aquel espacio claustrofóbico, empiezo a
entender por qué perdíamos casi todos los partidos. De todas formas jugar
en aquel polideportivo, entonces recién estrenado, era para nosotros casi
como hacerlo en el Nou Camp o en el Bernabéu, aunque en ese caso el césped
era sustituido por el parquet.

Cuando nos íbamos de aventuras nunca íbamos solos. Casi
siempre quedábamos entre cinco y diez amigos que aparecían con distintos
modelos, desde las sofisticadas Chopper y las primeras bicis con cambios
en el volante, hasta la Orbea o la BH de toda la vida que utilizábamos la
mayoría. A la hora de correr o de subir las cuestas no valían los modelos,
y de hecho los más creídos y confiados en las marcas solían quedarse
siempre los últimos.

Con el tiempo nos hicimos con bicicletas de carrera,
pero ya eso fue en el instituto y en mi caso prefiero no recordarlo porque
si hoy estoy vivo es de milagro. Una tarde lluviosa de febrero salí
volando por La Cuesta de Silva a una velocidad tremenda después de no
haber tocado freno en las tres o cuatro curvas que hay después del Cenobio
Valerón. Guardo unas cuantas cicatrices en mi cuerpo que dan fe de aquel
milagro.

Pero esas bicicletas de carrera ya no tenían el encanto
de las otras, de aquellas que pesaban un quintal y que no sé cómo diablos
mantenían la estabilidad. Para ahorrarme las cuestas que conducían a San
Roque yo guardaba la mía en el almacén de la Bodega de mi familia, en El
Siete, aparcada entre cestas de turrones y cajas de refrescos. A veces
estaba varios meses sin moverse. Como todo en nuestra infancia había unos
ciclos, me imagino que atávicos o meteorológicos, que nos hacían
decantarnos por las distintas aficiones o juegos según los meses. Cuando
tocaba bicicleta estábamos todo el santo día con la bici para arriba y
para abajo, lo mismo que cuando tocaba boliches, cometas o carricoches de
cojinetes, pero luego cualquiera de esos fieles acompañantes desaparecía y
se podían tirar meses olvidados. Hubo una vez, claro, en que el olvido se
alargó más de lo debido y ha llegado hasta nuestros días. Quizá el único
objeto al que guardábamos fidelidad todo el año era el balón; de resto
todo era pasajero, cíclico o una cuestión de modas, anuncios en la tele o
en el caso de la bicicleta coincidencia con la Vuelta Ciclista a España o
el Tour de Francia.

Ya digo que un buen día se detuvieron los ciclos y
todos esos juegos se fueron olvidando, lo mismo que los objetos y los
lugares en donde los practicábamos. No sé cómo acabó la Orbea roja, ni si
a estas alturas existe en alguna parte. Tampoco sé en qué lugar se
perdieron las colecciones de estampas, los boliches o los equipajes de
fútbol que se nos fueron quedando pequeños a medida que crecíamos y la
vida nos iba metiendo en otros juegos mucho menos divertidos y
vocacionales. Sucedió lo mismo con los amigos de entonces, con todos
aquellos que se escapaban con nosotros de aventura pedaleando en busca de
unos sueños que creíamos eternos cuando nos daba el aire en la cara y
parecía que siempre íbamos a estar en disposición de descubrir el mundo.



Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/06/2009.


Los charcos del recuerdo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Los charcos del recuerdo

Santiago Gil









También guardamos recuerdos humedecidos por la lluvia,
olores de tierra mojada y sensaciones cercanas que nos devuelven siempre a
la infancia desde que caen tres gotas o el frío aparece de repente
anunciando la llegada del otoño. He visto llover en muchas ciudades del
mundo, y sería capaz de reconocer los olores de la lluvia en cada una de
ellas, pero ningún olor a tierra o hierba mojada tendrá nunca la
complicidad y la cercanía que tenían los días de lluvia en mi infancia
guiense. Nuestra lluvia llevaba aguas del Atlántico y cuando descargaba se
asemejaba al olor de las rocas en la bajamar, pero también se mezclaba con
hierbas aromáticas y con plataneras, con el olor de los potajes que salía
de las casas, con el incienso de la iglesia o con el cuero gastado de los
balones embarrados y húmedos que tanto dolían cuando rebotaban violentos
en nuestra cara o nuestros muslos ateridos de fríos. Hay una parte de
todos nosotros que sólo reaparece en los días de lluvia, sensaciones y
olores que de repente nos sorprenden en cualquier parte apenas notamos la
humedad de las primeras gotas de lluvia. Por eso octubre, noviembre y
diciembre son meses tan dados a la melancolía. Estaba el frío de cuando
metíamos los pies accidentalmente en un charco que nos helaba los dedos,
la caída de la bicicleta en el asfalto o en los adoquines mojados o el
referido balonazo en la cara con el balón empapado y dispuesto a dejarnos
una marca encarnada y dolorosa durante varias horas; pero la lluvia
también nos trae el sonido de los barrancos corriendo, o de los
innumerables torrentes que se formaban entre los riscales de las montañas,
y el agua que bajaba rauda y sonora por todas las calles del pueblo, aquel
sonido de invierno y tardes enteras esperando a que escampara para poder
salir al paraíso de la calle. Y estaban los chuchangos que aparecían como
por ensalmo cuando cesaba el aguacero, y las jodidas gotas traicioneras
que asaeteaban la espalda cuando caían desde cualquier balcón o azotea, y
el barro que se pegaba en los zapatos hasta casi impedir que siguieras
caminando. Y también el canto de los pájaros, la salida de la gente a la
calle, la vuelta al ajetreo y a los sonidos cotidianos desde que la lluvia
cesaba y todos actuaban como si hubieran sobrevivido al gran diluvio, y
por supuesto no podía faltar el arcoiris esplendoroso que de vez en cuando
nos sorprendía en medio de la batalla de claroscuros que se traían entre
manos el sol y las nubes negras que recogían el agua del océano. Tenemos
una parte de nuestra historia escrita en ese color cercano al sepia de los
otoños y los inviernos que venían cargados de agua. No todo era azul y
luminoso. Nos damos cuenta ahora que volvemos a quedarnos en casa mirando
cómo cae el agua al otro lado de la ventana. Otra vez nos entretenemos
dibujando siluetas en el vaho de los cristales o mirando arrobados cómo
cae la lluvia sobre los tejados y los adoquines. Y luego está el sonido
hipnótico y cercano que nos devuelve a aquellas mañanas interminables en
el colegio, con el guineo de la tabla de multiplicar confundiéndose con
las cascadas de agua que caían desde las planchas de uralita. Y los
partidos de fútbol o baloncesto de la hora de Educación Física que se
suspendían para meternos en el malhadado gimnasio a colgarnos de las
espalderas o a hacer el mono trepando sogas o palos de madera desde los
que no nos rompimos la crisma de puro milagro. Fuera del colegio, en
cambio, pocas veces suspendimos un partido por culpa de la lluvia. Nos
gustaba aquella sensación de sentirnos casi profesionales en los partidos
improvisados en barrizales o campos encharcados. Otra cosa, como he dicho,
era la sensación que te dejaban los balonazos, sobre todo los inesperados,
que como en la vida son siempre los que más duelen.

Y por supuesto estaba el frío y la lluvia de las
mañanas camino del colegio, con el viento destrozando los paraguas, y
también aquella maravillosa sensación de los sábados y los domingos
desayunando en casa pan y mantequilla con el aroma siempre cómplice y
protector del café con leche o el colacao, cuando la leche era leche, y no
esos sucedáneas en tetra brik que no saben a nada. Entonces la leche nos
la traía Nicolás el lechero, y éramos los niños los que bajábamos con la
lechera cuando escuchábamos su llamada o cuando lo veíamos llegar cargado
de unos recipientes enormes que en muchos casos se iban ensamblando como
una Matriuska: nunca olvidaré el sabor y el color de aquella leche que
luego nuestras madres y abuelas mezclaban con el gofio que nosotros
también recogíamos religiosamente cada viernes por la tarde en el Callejón
del Molino. Eran tiempos de atavismos, de pequeños ritos cotidianos y
costumbres que nos mantenían quizá más atados a nuestros ancestros, a lo
mismo que ya habían hecho nuestros padres y nuestros abuelos muchos años
antes. También a ellos les mojó la lluvia sus recuerdos.

Quienes viven en un lugar, en cualquier lugar,
comparten siempre una patria de olores y recuerdos comunes que vale mil
veces más que cualquier papelucho o certificado a la hora de saber a qué
lugar del mundo pertenecemos, sobre todo cuando nos perdemos a muchos
miles de kilómetros de distancia, o cuando la distancia se confunde con la
impotencia que produce ver los destrozos y la desaparición casi diaria de
muchos de los elementos que conformaban nuestro pequeño paraíso. Pero
siempre nos queda ese olor, ese horizonte perdido y gris que nos regala la
lluvia, cualquier lluvia en cualquier lugar del mundo, para volver y
reconocer uno a uno todos los charcos en los quedaron flotando nuestros
recuerdos más lejanos.

Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los olvidos (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS OLVIDOS



Santiago Gil











Cuando miramos hacia atrás nos las tenemos que ver con
el olvido. Casi siempre nos gana la partida y nos deja aliquebrados y con
la moral por los suelos cuando nos damos cuenta de que no podemos recordar
el nombre de aquel compañero de juegos con el que compartimos muchos días
de aventuras, o cuando se nos ha borrado de la mente un camino o un lugar
del que sólo nos llegan sombras, pequeños retazos casi irreconocibles que
casi siempre acaban confundiéndonos o haciéndonos dudar hasta de nuestra
propia existencia. El pasado, por tanto, tiene el constante riesgo del
olvido, y contra él tenemos que luchar a brazo partido si no queremos
quedarnos amnésicos y sin referencias. Y tampoco conviene enfrentarse
abiertamente a ese olvido del que les vengo hablando: a veces es mejor
parlamentar, llegar a acuerdos y suscribir pequeños pactos en los que
nosotros cedemos a su influjo y renunciamos a algunos momentos ya vividos
a cambio de que él nos deje recuperar de vez en cuando otras vivencias que
ni siquiera recordábamos haber protagonizado.

Ahora, por ejemplo, me gustaría recordar cómo se
llamaban las bolas con pequeñas púas con las que montábamos unas guerras
de campeonato por los barrancos, o cuál era el nombre de aquellas otras
semillas, que venían en vainas como las habichuelas, que cuando las
pisabas dejaban un hedor insoportable alrededor. Huelga decir que éstas
últimas fueron utilizadas mil veces como bombas fétidas en cines, espacios
públicos y otros lugares que es mejor no desvelar no sea que me meta en
algún follón al paso de tantos años. No le pido al olvido que me deje
rememorar su nombre botánico o su referencia científica: me conformaría
con volver a recordar cómo las llamábamos nosotros. Esos nombres, casi
siempre originales, pasajeros e inventados se quedaron en el olvido para
siempre, lo mismo que los nombretes con que nos conocíamos todos entonces,
o los lugares que rebautizábamos en pos de las aventuras, sitios como los
Tres Caballos o las Dos Palmeras en los que jugábamos a imitar a los
héroes de las películas del Oeste de Sesión de tarde o de los Spaghetti
Western que nos ponían en la matiné de los domingos en el cine Hespérides.

Y luego están los nombres de tantas y tantas personas
del pueblo que veíamos por las calles camino de misa o del colegio. Los
nombres, y en muchos casos las caras, las voces y los gestos de aquéllos
que formaban parte de nuestro decorado de la infancia, y sin cuya
presencia nada hubiera sido como fue y como lo vivimos. Supongo que no
queda más remedio que olvidar si queremos acumular nuevos datos en el
magín que nos permitan seguir sobreviviendo, o también pudo ser que
entonces no hicimos ningún esfuerzo por grabar en la zona más protegida
del cerebro nuestros recuerdos: de niño pensamos que todo va a durar
eternamente, y que jamás flaquearán las fuerzas o empezarán a escasear las
neuronas. Yo he olvidado los nombres de muchas caras, de los juegos, y
también de los árboles y de las flores que tan bien conocíamos entonces
gracias a nuestras abuelas o a los más viejos del lugar. Igual que no
sería capaz de resolver una raíz cuadrada tampoco me veo echando mano de
fórmulas que me permitan recuperar lo perdido. De vez en cuando me llegan
fogonazos mientras escribo, y a lo mejor por eso escribimos, para intentar
que en medio de lo que imagina a nuestro cerebro se le escapen datos que
formaron parte de nuestra vida y que ahora el hace, deshace o esconde a su
antojo.

Dicen los que han estado en el umbral de la muerte y
han vuelto a la vida que en ese momento revivimos todo, de ahí que siempre
se diga que lo que se hace en la vida se terminará pagando en el otro
lado. Yo más que en el otro lado creo que se paga en ese viaje postrero,
cuando lo que recordamos nos devuelva la paz de haber sido buena gente y
haber obrado siempre con buenas intenciones, o bien cuando nos encontremos
que en ese recuento final sólo hay mentiras, falsedades y mezquindades.
Por eso conviene no convertirse nunca en un cabrón o un indeseable si no
queremos sufrir un viaje con náuseas provocadas por nosotros mismos. Uno
se consuela pensando que en ese momento llegarán todos los nombres, las
vivencias memorables y aquello que uno ha amado de todo corazón en la
vida. Me desespera no poder recuperar ahora cada minuto vivido en el
pasado, sobre todo en esa patria llena de intensidades y grandezas que es
la infancia. Escribo estos recuerdos para tratar de poner un poco de orden
en ese caos que mezcla lo imaginado con lo vivido. Sé que aunque sea a
tientas uno puede rastrear siempre en el pasado. A lo mejor seguimos sin
poder recordar los nombres, las caras y las calles, pero nos llega su
calor y nos sentimos seguros. Hay algo de nosotros escondido entre las
calles de Guía que nos salvaguarda de la miseria y de las mezquindades
cotidianas que nos encontramos a diario en esa selva que es a veces la
realidad. No es que huyamos o tratemos de evadirnos a todas horas. De lo
que se trata es de no perder las referencias y de no dejar que el olvido
arrase con todo. Dicen que los enfermos de Alzheimer adonde primero
vuelven es a la infancia. Nosotros, de una forma o de otra, también
acabaremos volviendo algún día.



Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Tenis en Barranco Hondo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

TENIS EN BARRANCO HONDO



Santiago Gil





No era Macondo, pero teníamos una cancha de tenis en
medio de las plataneras y los riscos. Nadie nos enseñó nunca a jugar al
tenis. Aprendimos viendo en la tele a Ilie Nastasse y a Manuel Orantes, y
más adelante a McEnroe, a Borg o a Jimmy Connors. Nunca supimos quiénes
eran los dueños de la pista. Era de todos, y sólo bastaba con llegar a
Barranco Hondo y pedirle a Paquito la red y los tubos que la sustentaban
para sentirnos como en Roland Garros o en Wimblendon. Fueron muchos los
días de verano y los sábados que pasamos jugando al tenis en medio del
campo. También había una pequeña pared pintada de verde para el frontenis,
aunque para la práctica de este deporte nada se podía igualar a la pared
del campo de La Atalaya.

La cancha de Barranco Hondo estaba pintada de color
tierra, como queriendo imitar la pista central de París, y la verdad es
que uno jugaba allí sintiéndose un profesional. Imitábamos el revés a dos
manos de Connors, la agresividad de McEnroe y la seguridad en los golpes
del sueco Borg. No sé quién mandaría a construir la cancha ni tampoco si
en estos momentos sigue existiendo. Digamos que es uno de esos lugares que
uno prefiere dejar a salvo del regreso para no llevarse decepciones y no
descubrir que lo que nos parecía poco menos que un club de lujo no era más
que una bacheada cancha con desniveles, grietas y hierbajos que casi se
metían en la línea de fondo. En Guía también teníamos la cancha de tenis
del Instituto, con sus defectos de construcción y una superficie infame
que te provocaba heridas y raspaduras si tenías la mala suerte de dar un
mal paso, y durante un tiempo también tuvimos una pista que se improvisó
en donde estaba la cancha de futbito del colegio del barranco. En esa
pista del colegio, un sábado por la mañana, no se me ocurrió otra cosa que
interponerme entre la raqueta y la pelota de tenis que iba a golpear el
ahora destacado artista plástico Francis Naranjo. Me quedé con los labios
rotos y llenos de sangre, y todavía hoy Francis recuerda el impacto y el
mal rollo que le produjo ver mi boca manchada de rojo por culpa de aquel
malhadado raquetazo. Yo sólo recuerdo la sensación que se te queda en la
cara cuando te dan un golpe y notas que todo se vuelve sangre y moretón.
Digamos que de niños estábamos muy acostumbrados a esos accidentes
prácticamente diarios, lo mismo que a ver sangrar las rodillas sin que
nunca llegara a cicatrizar una herida antes de que se abriera la otra.

Pero de lo que estábamos hablando era de la cancha de
tenis de Barranco Hondo y de los muchos momentos memorables que vivimos
allí los amigos de los setenta y los ochenta. Sin que nadie nos enseñara
tengo que reconocer que jugábamos con mucha soltura, apurando los golpes a
las líneas de fondo y marcando perfectamente los movimientos de los
saques, tal como veíamos que hacían nuestros ídolos en la televisión.
Teníamos polos de tenis, pantalones cortos y tratábamos de estar a la
última en las raquetas. El problema de Barranco Hondo eran las pelotas. En
cualquier partido lo normal era que desaparecieran dos o tres pelotas y
que encontráramos otras tantas que habían perdido jugadores de otras
semanas o meses anteriores. Digamos que había como una democrática norma
no escrita por la que cada jugador contribuía dejando entre las tabaibas,
los veroles y las tuneras un par de pelotas de tenis más o menos
desgastadas para que los que vinieran luego pudieran seguir con el juego
sin mucha demora y sin estar buscando la bola de marras todo el día.

Al principio jugábamos cuando aún no se había abierto
la Variante de Silva, y por tanto llegar hasta la cancha tenía a veces más
riesgos que tirarte en parapente. Luego, una vez desviaron el tráfico por
la referida Variante, sólo te jugabas el pellejo hasta el Albercón de la
Virgen. De ahí en adelante podíamos ir incluso golpeando las pelotas de
tenis o haciendo el gamberro entre los árboles y el barranco. La verdad es
que ahora recuerdo el grupo de casas que estaban antes de llegar a la
cancha como si fuera una especie de pueblo del Caribe, con el agua por la
acequia, las macetas llenas de verdor y de flores y una cierta sensación
de lugar tropical incluso en los días de invierno en que aquello se volvía
poco menos que Siberia. Por eso nombraba Macondo al principio del relato,
porque en el entorno de la cancha, en el propio diseño de la misma y en el
paisaje que teníamos de fondo, siempre con el mar y los riscales
delimitando barrancos y precipicios, había algo esotérico y mágico, como
si no perteneciera a nuestro mundo.

Jugar al tenis nos hacía sentir un poco anglosajones y
nos alejaba de la casposa realidad que vivíamos a veces. Alguna vez me
contaron el origen de la cancha, y supongo que sería la historia de algún
terrateniente esnob o de influencia inglesa que quiso darse el capricho de
disponer de una cancha de tenis para uso personal y familiar. Me imagino
que en los años en que la cancha estuvo cuidada y pintada cada año no
podría entrar el populacho como luego entramos nosotros, cuando ya no
había puertas y las raíces empezaban a salir entre las mismísimas líneas
que delimitaban la cancha de juego. Prefiero que no me cuenten cómo la
diseñaron o quién fue el impulsor de la idea. Lo que me importa es que
estaba allí, pintada la superficie de color tierra como si fuera tierra
batida y perfectamente trazada debajo de un cielo limpio en el que no
paraba de escucharse el trino de los pájaros que elevaban el vuelo para no
verse sorprendidos por una bola desviada por algún patán con poca maña
para un deporte que nos hacía sentir importantes y cosmopolitas durante
unas horas. Ninguno de nosotros llegó a nada en el tenis, pero en Barranco
Hondo soñamos muchas veces que dejábamos a Borg plantado en la red, o que
McConroe rompía la raqueta a golpetazos ante la impotencia de nuestras
dejadas, nuestras voleas de drive o nuestros smashs demoledores. Podría
volver, pero no quiero. Igual ya no queda cancha o si queda estará oculta
entre la maleza. No es conveniente acercarse a los recuerdos o a los
sueños más de lo que nos acercaríamos a una hoguera. Es preferible que nos
llegue el calor, la imagen de entonces, y no que no nos abrasemos delante
de las evidencias. Incluso estando igual nunca sería la misma. Seguro que
quedan muchas de nuestras pelotas perdidas entre las tabaibas y las
tuneras. Lo mejor será que las encuentren otros y que esos otros sigan
perpetuando los sueños. Nosotros ya fuimos héroes en esa cancha. Lo saben
todas esas pelotas picoteadas por los lagartos y los mirlos que se ocultan
entre la maleza del Barranco Hondo.

Octubre de 2006.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 29/09/2008.


Luces de domingo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Luces de domingo

Santiago Gil






La infancia es una mañana de domingo. Podíamos ser
felices todos los días y todas las horas, sobre todo en vacaciones y en
fiestas de guardar, pero lo de los domingos era otra cosa. Quizá todavía
hoy asocie la sensación de paraíso y de despertar casi edénico con los
domingos. Entonces salíamos de la cama para ir a misa de diez. Lo de menos
era la misa, o bien pensado la obligatoriedad de la misa era un buen
motivo para reencontrarnos todos los amigos en una hora y un lugar
determinado. Con los años dejamos de ir a misa y a muchos de los amigos
más cercanos no los vimos durante años y en algunos casos jamás los hemos
vuelto a ver.

Entonces ya digo que todo era más fácil. Había que ir
para no quedarse tullido o para que no nos cayera un malhadado rayo del
cielo por nuestra herejía y nuestro incumplimiento religioso. Cada misa
tenía su público. La de la siete de la tarde del sábado solía contar con
gente mayor, generalmente viudas y viudos, y con los meapilas que se
tragaban la misa diaria. Luego estaba la de las doce y media del domingo,
que era la más festiva y familiar, con todos aquellos niños y niñas
vestidos de domingo chupando un pirulí de los que hacían Doña María y Don
Federico o bien saboreando un petisú recién comprado en la dulcería de
Milagrito a la salida de la iglesia. Digamos que esa era la misa más
importante de la semana, y por supuesto la más concurrida. Luego estaba la
de las siete de la tarde del domingo, que era la de los rezagados, una
misa triste, más solariega, y ya con la amenaza del lunes a la vuelta de
la esquina. La nuestra era la misa de diez. Durante un par de años me tocó
leer las cartas de los apóstoles en la misa de marras, aquellas misivas de
San Pablo a los tesalonicenses o a los corintios de las que nunca me
enteré de nada, y cómo no, me tocó cantar las versiones de Simon and
Garfunkel y compañía con las letras cambiadas y ajustadas al espíritu del
Vaticano Segundo de Juan XXIII. Digamos que esa etapa pía, como la de
ejercer de monaguillo en los grandes fastos, me duró hasta los once o doce
años, o un par de años después de hacer la Primera Comunión. Luego
seguíamos yendo a misa, pero ya empezábamos a salirnos de la iglesia
ocupando los últimos sitios del templo, en nuestro caso los últimos bancos
según se entraba a la derecha. Allí hacíamos los planes para el resto de
la mañana, generalmente con algún partido de fútbol o de voleibol que ver
en el barranco, o con una improvisación de Policías y Ladrones o un
campeonato de chapas o de cajas con los caretos de los jugadores de
Primera División en la casa de Héctor Estévez, en la calle San José.

Lo de menos era la misa. No nos enterábamos de lo que
decía don Bruno, aunque ahora recuerdo que solíamos ir justamente a misa
de diez porque no las daba don Bruno sino don Rafael Izquier, que era un
cura más moderno, más cómplice y por supuesto mucho menos pesado y plúmbeo
que don Bruno. Con don Rafael una misa nunca pasaba de la media hora, y
con don Bruno, y no digamos con don Fernando, siempre te quedabas cerca de
la hora. No llevábamos bien la lentitud de palabra, los latinajos y las
reflexiones interminables de don Bruno. A esa edad, con todas las energías
bullendo para salir a la calle a comerte el mundo, no podían pedirnos que
nos comportáramos y atendiéramos a don Bruno como si nos fuera la vida en
ello. Las veces que dio la misa de diez nos llamó la atención más de una
vez con cajas destempladas desde el púlpito, para vergüenza y escarnio de
quienes ya nos veíamos poco menos que crepitando en las llamas del
infierno. No parábamos de hablar, sobre todo del partido de la noche
anterior de la Unión Deportiva Las Palmas que la mayoría había visto en el
Insular, aunque lo peor era la risa. Jamás me he reído tanto como en la
iglesia y jamás me ha costado tanto reprimir las ganas de reír como en
aquellas misas matinales. Sabíamos que no debíamos hacerlo pero aquéllo
era superior a nuestras fuerzas. Bastaba un parpadeo raro de alguien para
que se desatara la risa floja al fondo del templo. Don Rafael solía hacer
la vista gorda, pero don Bruno, y no digamos algunas señoras de agrio
carácter que te mataban con la mirada, creo que nos llegó a echar de la
iglesia. Con los años cada cual fue racionalizando su fe o creyendo cada
día más en lo que trataban de enseñarnos entonces, y en principio confío
en que ninguno de los muchos que nos poníamos al final de la iglesia
acabemos en el infierno por blasfemos e irreverentes: éramos niños, y
además niños con la energía desbordante de una mañana de domingo, y ante
eso no hay ni dios ni César que logre parar las ganas de vivir. Y a pesar
de esas salidas de tono éramos buena gente. De hecho, cuando entrevisté a
don Bruno para Diario de Las Palmas, en la que fue la última entrevista
que se le hizo, nos reímos bastante con los recuerdos de aquellos años. Él
se acordaba de nuestras escaramuzas rebeldes, pero nos recordaba con
ternura y con la nostalgia de quien ya no era el centro de la vida del
pueblo. Entonces estaba muy mayor, internado la Residencia de Tafira Baja,
siempre con su gran papada y sus enormes gafas como signos distintivos.
Fue emocionante el reencuentro, para él y para mí. No en vano el nombre de
don Bruno era para nosotros casi más importante que el del Papa. No entro
a juzgar su labor en la iglesia durante los muchos años que estuvo en
Guía, que ahí cada cual te da su versión según su experiencia personal,
pero sí reconozco que su nombre está indiscutiblemente unido a la historia
de Guía, o por lo menos a la historia de muchas generaciones que ya vamos
peinando canas.

De la misa salíamos casi antes de que nos dijeran que
podíamos irnos en paz. Salíamos corriendo para ganar sitio en el quiosco,
o para coger la cancha del barranco, o los dos bancos de la plaza grande
que nos servían de porterías para un partido de chapas. Lo que no recuerdo
es que saliéramos meditando las palabras de Cristo ni ungidos de santidad.
A lo mejor el día de la Primera Comunión salimos algo más solemnes, pero a
la hora de la verdad de lo que estábamos pendientes era de los regalos y
de entregar las tarjetitas de recuerdo que avalaban nuestro ingreso en la
grey vestidos de marineritos o de príncipes horteras.

Al mediodía cada cual acudía a su respectiva casa a
comer la sopa y el pollo en salsa, o la sopa y la carne en salsa o
cualquiera de los que entonces estaban considerados como platos de domingo
en casi todos los hogares del municipio. Yo tenía la suerte de que el
domingo nos juntábamos en casa de mi abuela materna en Las Barreras más de
treinta primos, casi todos venidos de Las Palmas, con el consiguiente
prurito de importancia que eso tenía entonces para nosotros, sobre todo
porque nos enseñaban las últimos modismos del habla y algún que otro juego
que todavía no había traspasado la Cuesta de Silva.

Después de comer la cita era en el cine Hespérides.
Como en misa, lo de menos era la película. Allí íbamos a comer chucherías,
a reírnos y a hacer el gamberro ante la desesperación de una histérica
Milagritos que nos buscaba de un lado a otro con la linterna. Casi todas
las películas de entonces eran de aventuras y otras tantas del Oeste, de
aquel Oeste cutre de los Spaghetti westerns que se rodaban en Almería.
Recuerdo que todavía echaban el Nodo y que teníamos descanso. De hecho
jamás hubiéramos ido al cine de no haber habido descanso para comprarle
las golosinas a Milagritos, o para salir fuera y hacer lo propio en la
dulcería de Guillermito, un señor con mucha bonhomía que siempre nos
llamaba bichos.

La salida del cine, casi siempre oscureciendo, ya
presagiaba la llegada del maldito lunes de colegio y madrugón.
Generalmente echábamos el resto en la Plaza Grande, desfogándonos detrás
de una chapa o improvisando juegos que hicieran olvidar los deberes que
habíamos dejado a medio terminar o el examen cogido con alfileres que
teníamos fijado al día siguiente. En mi caso siempre acababa los domingos
dando un paseo con mis padres por las calles de Gáldar y comprando helados
y dulces como difícilmente creo que vuelva a probar en la dulcería
Castellanos, cuando ésta estaba en la calle Guaires. Luego tocaba terminar
los deberes o el mapa que tenías que entregar al día siguiente con los
ríos de España o las capitales de Europa, o bien ver Estudio Estadio,
cuando lo pasaron al domingo, porque antes la tecnología no permitía ver
los resúmenes de los partidos del fin de semana hasta el lunes por la
noche. Contado así no parece que este plan dominguero fuera nada del otro
mundo, pero les aseguro que en medio de todo ese dietario se daba cita la
magia y una alegría desbordante que nos hacía sentirnos dueños del
planeta, entre otras cosas porque el planeta empezaba y acababa entre las
calles y las fincas de nuestro pueblo. No había más. No hacía falta nada
más. La calle, los amigos y todo un día por delante para jugar a ser
felices.


Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/07/2009.


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