
Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
El buzón de correos era parte del paisaje de nuestra infancia.Nos encantaba echar las cartas en aquellas moles cilíndricas y metálicas que
nosotros soñábamos casi mágicas. Cuando veías caer la carta no pensabas nunca
que se quedaría dentro hasta que llegara el cartero con la llave a retirarla.
En aquellos años crédulos y fantasiosos de nuestra infancia las postales tenían un brillo especial que las volvía un poco kitsch, casi siempre retocadas por alguien a quien se le iba la mano con los brillos y los colores. Las de Guía me acuerdo que aparecían siempre con unas plataneras de un verde tan intenso que casi parecía una ciénaga o parte del Amazonas más profundo. Aquellas postales que recibíamos junto a los sellos entonces también más luminosos y brillantes eran como invitaciones a los sueños y a los viajes más soñados. Siempre que llegaba una postal de la Península, de otras islas, y no digamos del extranjero, nos poníamos a volar sobre la marcha imaginando lo que habría detrás de cada una de aquellas fotos. Era parte de un juego necesario para ensanchar el mundo en una generación que sólo tenía un canal televisivo y que aún no disponía del Google Earth para recorrer el planeta.
Yo fui coleccionador de sellos de correo, usados o recién salidos en colecciones que nos guardaban en las oficinas y que llegaban a nuestras manos cargadas de historia y referencias conmemorativas. Cada sello era un billete con el que poder recorrer el mundo. Nos guardaban los sobres y nosotros los poníamos en remojo para desprender los sellos matasellados en Caracas, en Río de Janeiro o en Sevilla. Tocando y mirando los sellos tocábamos y mirábamos las ciudades de donde procedían y también todo el camino que habían recorrido hasta caer en nuestras manos. La lupa servía entonces para engrandecer nuestra capacidad soñadora. Cada sello era una aventura.
Hoy andamos con comunicaciones más asépticas e inmediatas. En un segundo hacemos llegar un mensaje al otro lado del planeta a través del correo electrónico. Pero no es lo mismo, nunca tendrán el encanto ni la luminosidad del sello que anticipa las emociones. Las cartas de amor sin sellos están como huérfanas, y no digamos las declaraciones virtuales o a través de unas webcams que nos robotizan y nos convierten en una especie de autómatas o de hermanos clónicos de Blade Runner. No creo que los niños de ahora estén enviando sus cartas a los Reyes Magos a través del correo electrónico, pero no me extrañaría, y si no lo hacen ya lo harán en el futuro. Vale que se ahorra papel y que gana el medio ambiente, pero no creo que haya papeles mejor gastados que los de las cartas y los sobres de toda la vida. Si acabamos con ellos acabaremos también con nuestra propia historia. Y luego está cartero, esa figura referencial y emblemática que iba por todo el pueblo llevando una saca cargada de cartas que más de una hacían cambiar la vida o el ánimo de quien las recibía. A lo mejor me estoy poniendo pesado y poco amigo de los avances tecnológicos. No reniego del correo electrónico, y de hecho me parece uno de los grandes milagros en la evolución de la raza humana, pero los avances no tienen por qué arramblar nuestras pequeñas referencias cotidianas. Las cartas, los buzones o los carteros deben seguir formando parte de nuestra vida. Si suprimiéramos los sellos estaríamos suprimiendo también nuestros instintos más aventureros e imaginativos, la huella que queda de nuestro paso por el mundo, el matasellos que certifica nuestras querencias y nuestras amistades más lejanas. Cuando alguna vez abro mi colección de sellos de la infancia regreso inmediatamente a casa.

