El huevo milagroso (1). Javier Estévez
Hay pueblos que saben a desdicha.
Se les conoce con sorber un poco de
su aire viejo y entumido, pobre y
flaco como todo lo viejo.
”Pedro Páramo”
Juan Rulfo.
El huevo milagroso (I)
Javier Estévez
Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás
que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando
eternamente el sueño basáltico de la
montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo
en todo el barrio. Le encontrarás una gran similitud estética con muchas
fachadas de tu barrio. De hecho, como tu casa, tiene unas puertas altísimas bajo unos arcos escarzados. Pero, también,
a diferencia de la tuya, ésta si que consiguieron concluirla.
Bajo esta descripción, no tuvo
problema alguno ni para encontrar la casa donde la esperaban, ni para,
afortunadamente, aparcar a unos metros de la misma. En efecto, para dominar
visualmente la fachada del inmueble hubiese sido necesario trasladarse a la
acera de enfrente, sobre todo para disfrutar de una perspectiva adecuada, pero
la impaciencia la colocó frente a la puerta principal y le empujó a golpearla
secamente dos veces, a pesar de estar tímidamente entreabierta. Esperó unos
segundos; nadie le contestó. Decidida, Davinia entró por el pasillo que moría
en una puerta de barrotes salomónicamente estrangulados. En el ecuador de su
recorrido sonaron unos cantos, y aunque
dedujo fácilmente que pertenecían a mujeres aderezadas en tiempo y vida, tenían
un aire irremediablemente infantil:
Ay balancé, balancé,
balancé de Juan Molina
que engañó a todo el pueblo
con el huevo de una gallina.
Tras las risas, apareció, al otro
lado de la portada, una mujer enjuta, con cierto desaliño y despreocupación en
su vestir, pero con unos ojos pequeñísimos que lejos de esconderse en la
oscuridad, resplandecían magníficamente
en ésta.
-¿Eres Davinia, verdad?- inquirió
mientras abría la portezuela con su mano izquierda agarrada a los barrotes.
- Si,
soy yo; espero no llegar tarde - espetó Davinia a medio pasillo, acelerando
su paso para finalizar cuanto antes el trayecto que aún le separaba de la
mujer.
- Pasa,
adelante, y se retiró unos pasos hacia atrás para facilitarle la entrada. Las piernas de Davinia, extensas como un
pecado sin controlar, adelantaron su presencia. Justo después de traspasar
finalmente su cuerpo entero la portada pudo ver a su derecha dos mujeres
sentadas en un asiento de tres o cuatro pies sin respaldo pero apoyado
en la pared y tapizado con una tela rudimentaria repleta de flores y otros motivos primaverales.- Éstas son mis hermanas, Dolores y
Mercedes. Yo, soy María.- Tras presentarlas, ésta última, la más joven de ellas en
apariencia, se sentó en una vieja mecedora separada unos metros de sus hermanas
pero con la misma orientación. Por su disposición lineal, Davinia
expelió unas sinceras disculpas ya que le abrazó la sensación de haber
interrumpido algún ceremonial.
Sus ojos, encerrados dentro de unas
pestañas pequeñas pero reforzadas por el rimel que se aplicaba diariamente, recorrieron los rostros de ambas
hermanas, que permanecieron sentadas. Dolores, que prolongaba sus piernas sobre
un pequeño taburete, le exigió un beso por saludo; Mercedes, en cambio, escaneó
pacientemente y sin obstáculo el prolongado cuerpo de Davinia, que se sintió
ciertamente incómoda ante esos ojos de mirada estricta. Aceptó la oferta de
María y se sentó en un pequeño sillón que las enfrentaba a ellas, y que se
cobijaba bajo los primeros peldaños de una escalera de espeluznante pendiente
que, según le contaron después, costó exactamente quinientas pesetas.
- Entonces, tú eres quien compró la casa de mi tío Juanito el del huevo. Abandonó
Dolores estas palabras en el aire del recibidor mientras se incorporaba en su
banqueta y obligaba a sus pies desnudos a rechazar el descanso del que
disfrutaban. Acomodó su postura apoyando su espalda en la pared y tras un
necesario suspiro, apuntó: Quien compra
una casa antigua, no se hace solamente con un inmueble; se apropia también de
su historia. Estaba segura de que tarde o temprano, la historia de Juanito el
huevo, saldría a tu paso, o, por el
contrario, la encontrarías tú abandonada
en cualquier cajón o dormida anchamente en una esquina de la casa. Ese
encuentro era inevitable, así que, no te miento en absoluto si te confieso que,
al menos yo, te esperaba. Es curioso, - añadió mientras se
acariciaba sus mejillas y perdía sus ojos en un tiempo inalcanzable,- a lo largo de los últimos veinte años, más que narrarla, me he dedicado a vindicarla, ya que muchas lenguas incautas la han inventado, calumniado, injuriado y
menguado. Así que la historia que oirás aquí, desde su comienzo a su final, es
la más inequívoca de todas las que pululan por esos mentideros, pues, mi madre,
su genuina desencadenante, me la
imprimió cientos de veces y letra a letra en los papeles que amontono en mi
memoria.
Cuando Dolores se preparaba para
iniciar su relato, Davinia la interrumpió para sacar de su pequeño bolso una
libreta de anillas donde, desde hacía unos meses, apuntaba todas las ideas,
versos y suposiciones que le salían a su encuentro. No esperaba escribir un
libro ni un poemario, pero le gustaba la posibilidad de, pasados unos meses,
quizás unos años, reencontrarse de nuevo
frente a sus pensamientos. Hojeó su libreta para situar sus anotaciones; de
manera contemporánea, Mercedes la ojeó a ella. Al cruzar sus pies, volvió a
delinear el amazónico recorrido de sus muslos. Destapó el bolígrafo y le pidió
cortésmente a Dolores que comenzara la historia que varias semanas atrás oyó
por primera vez en una estrafalaria tienda que se encontraba perdida entre los
cientos de rincones que doblaban
calladamente el trazado rectilíneo de las calles.
Javier Estévez, agosto de 2007.
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Vamos pa´l Pino
Con motivo de la Romería del Pino de Teror el Ayuntamiento de Guía ya está confeccionando la carreta que este año ha sido diseñada por el artista Toni Caballero. Se trata de una carreta del siglo XVIII adornada con plátanos, flores y frutas. Esta carreta estará acompañada por el grupo folclórico “Noroeste Guiense”. Por otro lado el Ayuntamiento de Guía pondrá una guagua a disposición de los ciudadanos que quieran asistir a esta Romería Ofrenda que será el día el 7 de septiembre, la hora de salida será las 14:00 horas desde el Cine Hespérides.
Las personas interesadas han de apuntarse en la concejalía de festejos de 8.30 a 1.30hs o llamando al tfno. 928 89 65 55 extensión 1108.
FUENTE: Infonortedigital
El mono del recuerdo

Santiago GilHoy me he levantado surrealista y burlón y me he acordado de Milagrosa la barrendera corriendo por los alrededores de la Plaza Grande con una especie de mandril subido en su cabeza. La pobre mujer iba desarretada y fuera de sí pegando gritos por todas partes. Era la época en que estaba de moda tener un mono pequeño, un titi o un mandril metido dentro de una jaula. Tenían mala leche los jodidos monos. Si les acercabas la mano te intentaban pegar una dentellada, y más de una vez agarraron la muñeca de los más osados con intención de no soltarla en la vida. Me imagino cómo debían sentirse metidos en aquellas jaulas claustrofóbicas, y con el tiempo uno entiende que estuvieran todo el santo día estresados y de tan mal humor. El que se agarró a la cabeza de Milagrosa sí que era un malandrín de cuidado. La imagen era esperpéntica, pero nosotros en lugar de ayudarla nos tiramos al suelo descojonados de la risa. La pobre mujer, colorada y pegando chillidos como una loca, se ponía a llamar a los guardias municipales. Finalmente no me acuerdo cómo acabó todo, pero sí estoy seguro de que no lo solucionó ninguno de aquellos guardias tan poco versados en el control de animales salvajes y tan dados a echar barriga y a pasear relajadamente por un pueblo que apenas tenía incidencias fuera de las cuatro borracheras de las fiestas.
Milagrosa y el resto de los barrenderos de aquellos años formaban una estampa inolvidable y casi goyesca por las calles de Guía. Iban todos colocados como si hubieran ensayado las posiciones durante años, uno al lado del otro, y dos delante o al fondo del grupo acumulando la basura que los más fuertes metían dentro de un cubo. Barrían con escobas y con hojas de palmeras secas que arrastraban de un tirón los restos que hubiera entre las dos aceras de las calles. La verdad es que uno no valoraba entonces su trabajo, pero ahora, al paso de tantos años, no recuerdo ver unas calles tan limpias como aquellas. Gracias a eso podíamos improvisar nuestros partidos de fútbol o bien ir golpeando las chapas todo el rato desde nuestras casas hasta las mismísimas puertas del colegio. No había entonces reciclajes, como tampoco se percibían los cambios climáticos o las consecuencias del efecto invernadero. Tampoco sé qué exigían para ser barrendero, un oficio, como todos los de aquellos años, enraizado y unido al paisanaje y a la puesta en escena diaria en la que desarrollábamos nuestra vida.
A lo mejor si a Milagrosa no se le hubiera subido el mono en la cabeza, hoy no me estaría acordando de aquella tropa organizada que ponía una percusión suave en la música diaria de nuestras calles, un raspado de adoquines con hojas de palma que ahora soy capaz de rememorar con todos sus sugerentes tonos mañaneros.
Los barrenderos sólo nos incordiaban cuando terminaba la procesión del Corpus y nosotros emprendíamos una guerra con bombas de serrín o chiribitas, puñados de sal y hasta huevos que ponían de decoración en algunas alfombras. Llegaban raudos con sus escobas y sus cubos limpiando nuestro campo de batalla improvisado, y si nos poníamos farrucos nos echaban por delante a los guardias, o Milagrosa pegaba tres gritos de los suyos para que vinieran nuestros padres a echarnos la bronca. Nos duraba poco el escenario bélico y colorista. Sólo al día siguiente, ya camino del colegio, y por tanto cabizbajos y domesticados, echábamos de menos las alfombras y las guerras ulteriores al ver los colores del tinte todavía marcados sobre los adoquines. Supongo que desaparecerían del todo con las primeras lluvias o con los distintos cubos de agua que se echaban desde cada una de las casas una vez se terminaban de limpiar los suelos.
Fíjense todo lo que ha dado sí un mono en la cabeza de una señora desesperada que corría por las calles de mi pueblo. La risa me ha llevado luego a la ternura e incluso me ha puesto a guerrear en una batalla de colores y olores memorables. Porque lo que quedaba de las alfombras era el olor a naturaleza y a madera que se metía en las ranuras de las piedras de la calle. Y ya hace tiempo que aprendimos que los recuerdos terminan oliendo, y que todo lo que huele nunca muere. Trata de recuperar cualquier olor mañanero de tu infancia y verás la cantidad de imágenes que se te aparecen en la película de tu propia vida. Cada día de entonces nos daba para escribir un capítulo memorable.
Agosto de 2007.
La redención por el estudio. Erasmo Quintana
Erasmo QuintanaTiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente y muy de madrugada se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa y una abundante chiquillería que cabía toda debajo de una cesta. Como siempre, también, frugal fue lo que cenaron esa noche: caldo de papas con cilantro que sobró del mediodía, y gofio o un mendrugo de pan duro –a elección- y derechitos al catre. Y así, como respondiendo a un hábito por repetición sin hacer el menor ruido aquella prole famélica, encabezada por el mayor que portaba un quinqué, salía uno tras otro en número de ocho de la mugrienta cocina, si es que se le podía dar ese nombre.
Ignacio el de Tomasita es desde no se sabe cuándo el encargado o mayordomo de la finca de plataneras que don Anselmo Avellaneda posee en una de las zonas más fértiles y llanas junto a la costa orientada al poniente; y es fama la cantidad de racimos y su envergadura que vende a la Cooperativa, siendo este extremo motivo de orgullo de su dueño y la consiguiente envidia de todos. Este es el escenario donde se desarrolla la vida austera y aburridamente cotidiana de nuestro encargado y su familia, donde el mucho trabajo, interminable trabajo se diría, es el pan nuestro de cada día. Allí todas las manos son pocas, pues una plantación tan importante y los animales que tiene también que atender dentro de la finca, hacen de la faena diaria un agobio permanente para él y su compañera. Con los hijos no contaba, ya que algo sí tiene claro: que a poder que él pudiera sus hijos estudiarían todos, para que no sufrieran las privaciones y penalidades por las que sus progenitores estaban pasando; tan seguro estaba de que el estudio los redimiría de aquella precaria situación, haciendo de ellos hombres y mujeres de provecho, honrados y de bien. Es por esto que no los dejaba nunca sin ir a la escuela.
Un buen día el mayor de ellos, Juan José, que terminaba el bachillerato, le trajo un recado de su tutor donde lo citaba para hablarle sobre algo respecto a su hijo. Preocupado por la cita esa noche no durmió, y al despuntar aquel día señalado, dejando la mitad de las cosas sin hacer acudió a la cita tal como estaba: alpargatas, camisa y pantalón manchados de platanera y, gorra en mano pidió permiso para entrar. Después de los saludos y en tono solemne, como creyéndose que cumplía un deber sagrado el tutor fue directo al grano:
- “Sr. Ignacio: lo he mandado llamar porque creo una obligación poner en su conocimiento que su hijo Juan José es uno de mis alumnos más aventajados y con mayores posibilidades de todos los que tengo en clase. Brilla con luz propia en todo: es aplicado, inteligente y muy trabajador. Estas son sus notas, sobresalientes y matrículas de honor; por ello me creo en el deber de decirle que sería imperdonable que este hijo suyo no hiciera una buena carrera universitaria. Yo he cumplido con decírselo. Ahora vaya con Dios y cumpla usted, que es su padre”. Con un “gracias” y un adiós” imprecisos y casi imperceptibles abandonó el despacho Ignacio el de Tomasita, mascullando para sus adentros “¡Qué puedo hacer, pobre de mí, con el sueldo de miseria que gano!” Imposible que su hijo continuara estudiando, y menos en la Universidad, No obstante, pensó, hablaría con don Anselmo por si algo se pudiera solucionar. Después de consultarlo con su esposa, aprovechando que giraba la visita semanal rutinaria a la finca, y después de darle puntualmente las novedades de las reses, según el Veterinario, le empezó contando su problema.
- “Don Anselmo, usted está contento conmigo y son muchos los años que estoy a su servicio; de más está decirle que mi situación no es muy boyante, pues nos hemos ido cargando de hijos, y aunque me permite que algo de los alimentos los coja de la finca, no es suficiente. Días pasados el profesor del mayor de ellos me dijo que es muy bueno con los libros y que debía darle estudios superiores en la Universidad. Lo decía por si usted me puede echar una mano”. Don Anselmo, que había cogido una tosca y corta butaca de alpendre para refrescar y escucharlo, saltando de la misma como un resorte, voz en grito contestó:
- “¡Qué dices, Ignacio, tú te has vuelto loco! ¿Cómo se te ocurre mandar al mayor de tus hijos a la Universidad? ¿Quién limpia entonces, cuando tú no puedas, la florilla? ¿Quién arregla los camellones, quién riega, quién deshija -dímelo tú-, y quién atiende los animales? Además la Universidad, por si no lo sabes, es una fábrica de nihilistas, ácratas y comunistas. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante disparate?” A lo que el temeroso Ignacio contestó como pudo:
- Don Anselmo, tranquilícese, no se preocupe, que le puede dar algo; retiro lo dicho y haga como si nada ha salido de esta boca. Cambiando por completo el mayordomo la conversación, dieron por zanjado el tema.
Esta primera y descomunal adversidad, en nuestro preocupado mayordomo no mermó un ápice el deseo inquebrantable de dar estudios al prometedor Juan José, estimulándolo más si cabe. Tanto empeño puso en ello que al final encontró la amistad que lo puso en contacto con un probo comerciante hindú, quien le dio toda clase de facilidades pecuniarias con la sola condición de presentarle resultados con las mejores notas y reembolsarle parte de los gastos cuando estuviera ejerciendo la carrera. Andando el tiempo, Juan José, que había escogido Medicina, pronto se convirtió en un reputado especialista en Cardiología, jefatura que en la actualidad desempeña en el principal hospital de la provincia. Una tarde el doctor Juan José, como era costumbre, yendo camino de su despacho privado creyó reconocer a don Anselmo Avellaneda en una persona mayor que se tambaleaba a punto de caerse de la acera, encorvado y las manos apretando el bajo vientre y con señales de estar sufriendo un fortísimo y extraño dolor. Corrió cuanto pudo a socorrer al anciano y nada más observarlo, sospechando que se podía tratar de un aneurisma, con la ayuda de algunos viandantes lo subió a un coche que pasaba en esos momentos y lo llevó directamente al hospital. Desde la primera auscultación clínica se confirmó el diagnóstico y lo ingresó urgentemente en quirófano. Hubo suerte tras la operación, pues la aorta quedó perfectamente corregida, y el éxito, fundamentalmente fue debido a que se acudió a tiempo. Una vez que se le subió a planta, el médico que lo había salvado de una muerte segura quiso conocer la evolución postoperatoria. A un enfermo ya plenamente consciente y lúcido y en camino de su plena recuperación, se quiso dar por conocido, diciéndole que su padre era el encargado de la finca de su propiedad, Ignacio el de Tomasita.
-¿Usted, doctor, es hijo de Ignacio? Inquirió visiblemente incrédulo.
-Sí, soy su hijo mayor. Contestó el galeno creyendo con ello de algún modo agradarlo.
-¡Qué hombre bruto –obtuvo como única respuesta- y cabezota es su padre, ese encargado que tengo en la finca! El muy cretino se empeñó en dar estudios a todos sus hijos, ¡incluso superiores a uno de ellos!, y ahora anda como un desgraciado, solos él y su pobre mujer, sin que nadie les eche una mano en los quehaceres de la finca. El muy estúpido va a morir como un perro, convertido en el más infeliz de todos los mayordomos. Se lo tiene merecido, por ignorante.
Erasmo Quintana Ruiz agosto-2007
El despertar de Guía. Nicolás Guerra Aguiar
Por Nicolás Guerra AguiarSi es cierta la afirmación de que los pueblos tienen lo que se merecen, a la ciudad de Guía (aquello de "Santa María de Guía de Gran Canaria" pertenece a los tiempos novísimos, los más nuevos) le esperan momentos de esplendor, de placidez y modernizaciones sin romper -como hizo a veces la vecina Gáldar- con sus elementos identificadores.
Allá en los primeros años de su propio nacimiento -dicen los especialistas que a finales del siglo XV- puede darse como iniciada la que recibirá el título de ciudad en 1871 y, en las primeras décadas del siglo XX, dominará el monopolio comercial del Norte, sobre todo en lo que a la agricultura se refiere. Prueba de su potencial económico son, por ejemplo, las bellas casonas que ocupan distintas calles principales, sobre todo en torno a la iglesia, en las pendientes de Marqués del Muni y la trasera.
Pero circunstancias muy distintas -que no entro a analizar en cuanto que están perfectamente estudiadas por el señor Estévez Domínguez- condujeron a aquella ciudad a cerrazones económicas, sociales, culturales y administrativas que la convirtieron en una especie de fortaleza inaccesible, a lo que sin duda contribuyó la inexistencia de una clase media con empuje mercantil que impulsara el desarrollo económico al margen de las anquilosadas fortunas de unas cuantas familias más interesadas en la conservación de sus bienes, sin espíritus renovadores o inversores. Recuerdo que en los años setenta se decía que las fortunas estaban en Guía, pero las visiones comerciales despertaban en Gáldar: por eso se establecieron en la segunda ciudad los bancos más poderosos, incluso los de segunda fila.
Fehaciente prueba de lo que afirmo en ese proceso de anquilosamiento y freno a las adaptaciones que la propia dinámica impone está, por ejemplo, en que la vecina Gáldar -carente de aquellos ilustres apellidos, conservadores por su propia condición- comenzó a desarrollar un inicial tráfico económico muy variado que la llevó, al paso de los años, a convertirse en el centro económico del Noroeste, categoría que mantiene hoy a pesar de los pesares, a pesar de que también fuera abandonada por la Coalición Canaria que gobernó en el Cabildo a lo largo de los años noventa, únicamente interesada en sus reinos de taifas, en sus monopolios de votos y que marginó el arrollador ímpetu galdense.
Pero lo cierto es que, gracias a aquellos nuevos inversores, fue cimentando una nueva clase social -incipiente burguesía- con ansias de expansión económica y, por tanto, creadora de puestos de trabajo. No hay más que desplazarse cualquier mañana de un día laborable a ambas ciudades: en la primera, en Guía, empieza ahora a verse algo de gente, algún que otro comercio nuevo que destaca, sobre todo, por la propia novedad de su aparición.
En Gáldar, por el contrario, la masa afluye a tiendas, establecimientos, mercado, supermercados, en un continuo ir y venir que a veces agobia, constriñe, condiciona en cuanto que necesita ya expandirse, abrirse a nuevas zonas, buscar espacios más amplios que coadyuven al desarrollo y, sobre todo, necesita prudentes e inteligentes políticas de aparcamientos, de servicios elementales, de racionales perspectivas de qué ciudad se quiere legar a los nietos, a quienes la ocupen dentro de cincuenta años.
Porque tengo la impresión de que, por el momento, no hay una visión de futuro planificada y estudiada con rigor, que permita su expansión y crecimiento pero de una manera discursiva, planificada, por supuesto que también recuperadora del pasado que científicamente es constatable y demostrable, pero sin apasionamientos ni desmesuradas exaltaciones de lo que no tiene rigor histórico. Y Gáldar, a diferencia de Guía, destrozó la mayor parte de su propiedad cultural, echó por tierra viejas casonas para construir cajones de dos plantas en su lugar, con absoluto menosprecio a todo lo que representaba parte de su propia identidad: ahí está, como insultante ejemplo, la vivienda del capitán Quesada, figura insigne que en Guía -estoy seguro- hubiera recibido otro trato más digno y respetuoso.
Pues bien: desde hace unos años -con prudente, inteligente y ágil parsimonia- Guía está levantando cabeza, parece que quiere salir del anonimato tras decenios de ensoñaciones y misticismos que a nada conducían. Y lo está haciendo el señor Bañolas Bolaños (¡ños con don Fernando!) quien ha conseguido, al fin, que se hable de Guía con bastante frecuencia, con más costumbre que hasta hace poco. Y, además, que se hable bien, de renovaciones, innovaciones, obras, embellecimientos, recuperaciones de nobles edificios en cuyos interiores reposaban -como en forzadas paradas- las minuciosidades y mínimos detalles que van haciendo a un pueblo recuperar su personal condición de tal.
Guía, sin duda, despierta del largo letargo que le habían impuesto quizás las vacuas tradiciones, los inoperantes anquilosamientos del pasado al que se quiere mantener lejos, muy lejos de los momentos que vivimos. Pero, parece, la luz de la inteligencia y los entendimientos se imponen en aquella ciudad de la que tan gratos recuerdos tengo por los entrañables amigos guienses (Juan, Eduardo, Víctor, Amado, Paco, Manolo, Isaac, Santiago?) conocidos en Gáldar, en el colegio Cardenal Cisneros hace, ya, cuarenta años.
FUENTE: artículo publicado en el periódico La Provincia del 24 de agosto de 2007.
Francis Naranjo en Chile 2007
Francis Naranjo, en la Casa de América y en Chile 2007
Del 27 de septiembre al 3 de noviembre
inquietante paradoja que atraviesa toda la trayectoria creativa de
Francis Naranjo (Santa María de Guía, Gran Canaria, 1961)". José Jiménez
También participa en ViVamérica, en la Casa de América de Madrid
Del 27 de septiembre hasta el 14 de octubre en Madrid
Del 16 de octubre al 3 de noviembre en Chile
"No ver y ser visto. Esa dualidad expresa el núcleo de la inquietante paradoja que atraviesa toda la trayectoria creativa de Francis Naranjo (Santa María de Guía, Gran Canaria, 1961). La visión nos hace humanos, a través de ella llegamos al conocimiento y entramos en relación con los otros y con el mundo. Pero no siempre vemos. Y ahí se sitúa el impulso de la propuesta artística de Naranjo: el arte debe permitimos apropiarnos de la visión. Con un matiz importante: sus instalaciones, en las que siempre ha destacado la perfección formal de su acabado, rompen el tópico obsoleto de una visión plástica "instantánea" o "inmediata" para llevamos a un ámbito en el que la visión es una secuencia y exige la participación activa del espectador, de quien mira.
Se trata, además, de hablar del mundo de hoy. En la experiencia de /as sociedades de control (Gilles Deleuze) de esta época, en las que la tecnología nos arrebata la posibilidad de ver y nos convierte en objetos pasivos de visión y control, la tarea de liberación de la mirada se convierte en un proceso de emancipación sensible, conceptual y ético. Todas estas cuestiones delimitan la propuesta de esta exposición: Tell me more, para la Galería AFA, en la que Francis Naranjo plantea un itinerario de reconocimiento de nuestra indefensión ante los ojos del control electrónico y de las derivas hospitalarias de un tipo de sociedades en las que los criterios de visualización y de sentido permanecen celosamente ocultos. Guardados por poderes que no se dejan ver". José Jiménez (2007)
VISITAR LA GALERÍA AFA
MAS INFORMACIÓN
IR A LA WEB DE FRANCIS NARANJO
También en la Casa de América, en Madrid
Los participantes han sido invitados a reflejar en sus montajes e intervenciones aspectos vinculados con su cultura de origen. Las caballerizas del Palacio de Linares, sede de la Casa de América, acogerán las siempre sorprendentes instalaciones de la mexicana Teresa Margolles, la pintura del argentino Jorge Macchi y las esculturas del portugués Noé Sendas, entre otras exposiciones.
Los artistas invitados participarán también en encuentros con el público y tertulias multidisciplinares en los que debatirán, entre otros temas, sobre el proceso creativo, los géneros artísticos, la influencia entre las distintas artes, el cruce de fronteras entre disciplinas y la globalización cultural.
MAS INFO
Vídeo de El Lindo
Una reunencia con EL LINDO
Grabado por Paco Rivero en 1982, y merced a la generosidad de Pachi Rivero, podemos ofrecerles un documento videográfico fantástico para conocer a uno de nuestros personajes populares mas carismáticos. En este caso se trata de una reunencia de Paco Rivero con José El Lindo, Francisquito Moreno -el guardia- y otros amigos.
Entrevista a Tomasín
Gracias a la generosidad de Pachi Rivero, podemos ofrecerles un documento videográfico fantástico para recordar al personaje popular mas importante de Guía de todos los tiempos. Paco Rivero graba en vídeo una entrevista que le hace con cariño Victoriano Fernandez a alguien que, a su vez, les quería mucho (1982).
El episodio de Juanito “El Huevo”
ANÉCDOTA
ocasión, una de las gallinas de Juanito Molina Vega, hacia 1920
aproximadamente, puso un huevo “rodado”, es decir, un huevo que, antes de solidificarse
por completo, puede ser moldeado. Recopilada por Alejandro Moreno Marrero.
Anécdota recopilada por Alejandro Moreno Marrero.
Según cuenta la tradición popular, en ciertaocasión, una de las gallinas de Juanito Molina Vega, hacia 1920
aproximadamente, puso un huevo “rodado”, es decir, un huevo que, antes de solidificarse
por completo, puede ser moldeado.
Como por aquel entonces era bastante raro ver este tipo de huevos, a la hermana de Juanito -aprovechando que el citado huevo todavía no estaba sólido- se le ocurrió la idea (se desconoce con qué finalidad) de escribirle con un lápiz la frase: “En este siglo se verá”. Al poco tiempo después, cuando ya la cáscara había endurecido, se hizo imposible borrar aquella frase.
Ante semejante hecho se armó un importante revuelo en este municipio. Estaba todo el pueblo de Guía esperando el fin del mundo, una hecatombe de inconmensurables dimensiones, etc. El “pánico colectivo” y los pensamientos catastrofistas se habían apoderado de nuestra ciudad y sus gentes. Y es que no hubo guiense que no hubiera pasado por la casa de Juanito Molina para ver aquel extraño ejemplar de huevo. Fue tanto lo que trascendió aquel huevo que hasta la Iglesia tuvo que tomar partido en el asunto. Creo que, por aquella época, estaba de Cura en Guía el Dctor. D. José Martín Morales y se dice que hasta vinieron científicos foráneos a estudiar el caso.
Sin embargo, debido a que la cosa ya comenzaba a escapársele de las manos a la hermana de Juanito, se vio obligada a contar toda la verdad, una verdad que no era otra que revelar que había sido ella la que escribió aquella frase en el huevo. En fin, aunque el asunto quedó resuelto de inmediato, no pasó desapercibido para el pueblo de Guía, quien inmortalizó este gracioso y pintoresco episodio en un balancé (ritmo musical) del que existen tres versiones:
VERSIÓN PRIMERA (más popularizada)
Juanito puso un huevo
Y su hija Juana lo escribió
Y el bobo de Juan Molina
A medio pueblo engañó.
VERSIÓN SEGUNDA (según Juan Dávila-García)
Lionorita puso un huevo
Que su hija Juana escribió
Y el bobo de Juan Molina
A medio pueblo engañó.
VERSIÓN TERCERA (según mi tía Binda Moreno Miranda)
La gallina puso un huevo
Que Lionorita escribió
Y el bobo de Juan Molina
A medio pueblo engañó.
En este sentido, si tenemos en cuenta lo que dice el texto de la tercera versión, tampoco se descarta la idea de que hubiera sido Dña. Leonor Vega (Lionorita, madre de Juanito Molina) la que escribió la frase en el huevo y no su hija (hermana de Juanito) como se había dicho en un principio.
Además, como bien nos explicaba Juan Dávila-García, hay también quienes sostienen que este episodio no tuvo lugar hacia 1920 sino que -verdaderamente- se remonta a los últimos años del siglo anterior (s.XIX), ya que parece ser que las gentes, con la proximidad del cambio del siglo y ante la reveladora frase “En este siglo se verá”, se temían lo peor.
NOTA: Este hecho siempre lo comentaba mi bisabuelo Gregorio Miranda Rodríguez (1892-1972), quien se lo contaba a su hija, es decir, a mi abuela Emérita Miranda Santiago (1916-1989) y así sucesivamente hasta llegar a mí. Asimismo, para conocer más información acerca este asunto, he contado con la gran ayuda de Juan Dávila-García y de mi tía Binda Moreno Miranda.
ACLARACIÓN DEL AUTOR: Esta historia ha llegado hasta nosotros (hasta mí) merced a la tradición popular (mediante diversas fuentes de tipo oral); por ello, es muy posible que haya otras versiones de este mismo episodio e, incluso, existan ciertos elementos que no se ajusten a la realidad.
Recopilada por Alejandro Moreno Marrero
José "El Lindo"
"Soy como la caja del turrón, siempre de fiesta en fiesta"
"Soy como la caja del turrón, siempre de fiesta en fiesta", recordaba Juan Dávila de José El Lindo, en un reportaje publicado en esta web en 2006. Y le asistía una gran razón, concluía Dávila, "para así hacerlo, pues juntamente con Juan Delarte, Domingo el Correlón, Juan el Sabanilla y su hermano Felipe, se les veía en todas las fiestas por lejos que fueran con sus mesas del juego de los cartones, tan prolíferas en aquellos tiempos. Fontanales, Caideros, Juncalillo, Montaña Alta, Firgas, Moya, etc., y los domingos a la entrada del campo de fútbol de la Atalaya".Ahora
tenemos la satisfacción de poder ofrecerles un vídeo sobre EL LINDO
grabado por el malogrado Notario Gráfico de Guía, Paco Rivero.










