Las leyes de la física (2007)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS LEYES DE LA FÍSICA



Santiago Gil














Había un tiempo en que no existían los videojuegos y en
que la televisión era un canal en blanco y negro que emitía sólo unas
cuantas horas al día. La vida estaba en la calle y por supuesto también
los juegos y la diversión. Los fines de semana, los festivos y los días de
vacaciones se convertían en una aventura diaria. A veces los juegos venían
marcados por la llegada al quiosco y a las tiendas de los boliches, las
estampas de la nueva Liga de fútbol o algún artefacto juguetero,
generalmente tirando a cutre, que regalaran por un par de paquetes de
chicles o unos cuantos envoltorios de caramelos. Pero nuestra diversión
era mucho más anárquica e improvisada. Me imagino que a cualquiera de
nosotros se le ocurría sobre la marcha construir una caseta de dos pisos o
una subterránea e inmediatamente nos poníamos manos a la obra buscando
cartones, maderas, tachas y plásticos. Luego los otros grupos de amigos se
picaban y hacían lo propio en otras fincas abandonadas en las afueras del
casco urbano guiense. Casi todo era creado por nosotros mismos. Ahora que
soy un manazas recuerdo con nostalgia la soltura y la sapiencia que
estilábamos entonces, unos con más técnica que otros, en la construcción
de cualquier artefacto o caseta que nos propusiéramos. En el colegio
llamaban trabajos manuales, y luego pretecnología, a aquella asignatura en
lo que uno creaba por sí mismo. En esos casos sí nos parecían aburridas y
ridículas las manufacturas, todas aquellas formas geométricas o los
dibujitos para el Día de la Madre, y no digamos cuando había que
reproducir el careto de Cervantes o la silueta del Quijote para celebrar
el Día del Libro. Eso era parte de una asignatura, y por tanto una
obligación: desde niños teníamos claro que las obligaciones jamás son
divertidas. Luego en la calle seguro que aplicábamos más leyes geométricas
y hacíamos más mediciones cada vez que pergeñábamos un nuevo invento, pero
eso era diferente, era un juego, nadie nos ponía nota, y sobre todo
dejábamos rienda suelta a la imaginación.

Hoy en día seguro que no sabría construir un carro de
cojinetes. De niño construía uno cada año, cuando nos daba a todos por
echarnos a rodar por las calles del pueblo con aquellos estruendosos
inventos que apenas lograban doblar cuando aparecía la primera esquina; y
eso a pesar de que la parte delantera era dinámica y la gobernábamos con
un trozo de soga que imitaba las riendas de los carruajes de las películas
del oeste que veíamos los sábados al mediodía en la televisión. Esos
carros desaparecían luego cuando acababa la moda o el ciclo de sus juegos.
Nunca supe de nadie que guardara uno, y mucho menos que algunos de esos
carros llegaran por ejemplo a nuestros días. Supongo que los
destrozaríamos y una vez destrozados pasarían al barranco, que era donde
entonces se acumulaba la basura, los detritus y los restos inutilizables o
que quedaban fuera de moda o de uso. En el barranco, antes de llegar a
Gáldar, siempre olía a basura quemada y veías cómo las ratas se movían
entre las cáscaras de naranja y las latas carbonizadas. Era otro concepto
de tratamiento de residuos sólidos urbanos, casi el mismo que se habría
seguido durante cientos de años. Nosotros desobedecíamos las órdenes
paternas y una y otra vez nos íbamos al vertedero a buscar bicicletas
medio desconchadas, gomas de camión que todavía rodaban por las cuestas y
todos los artefactos que viéramos y que nos sirvieran para improvisar un
día de juegos diferente. Éramos un poco traperos, pero tan traperos como
osados e imaginativos.

Para casi todo hacía falta dominar las cuatro reglas
básicas de un carpintero o de un maestro de obras. Para las hogueras, por
ejemplo, no bastaba con acumular ramas, cartones o colchones en desuso:
había que saber cómo colocarlos para que quemaran correctamente o para que
no se viniera abajo todo desde que empezaran las llamas a flamear como
grandes banderolas majestuosas. Había un halo mágico en todas aquellas
construcciones, creaciones o colocaciones de arretrancos. Aun no habíamos
estudiado las leyes de física pero las aplicábamos sin conocerlas, y luego
cuando las supimos nunca nos explicó nadie que era lo mismo que estábamos
haciendo desde niños: nos las ponían en fórmulas y en complicados
problemas que nos quitaban el sueño. Nosotros sí que dominábamos el
espacio, la velocidad o el tiempo, pero lo hacíamos con la naturalidad con
la que lo hace la propia naturaleza, como ese pájaro que vuela sin ser
consciente que está desplazándose a una velocidad su cero de no sé cuántos
dígitos y por supuesto sin saber quién diablos era Newton: como mucho
conoce la manzana, pero para comérsela, que es para lo único que existe la
manzana.

La técnica también la empleábamos en la construcción de
cometas. Había que montar correctamente la estructura de caña y verguillas,
y luego teníamos que calcular el tamaño de la cola de retales que hacía
que el viento no la dislocase cuando se elevaba y comenzaba la danza de
improvisados giros casi imposibles por los celajes del pueblo. Nosotros
íbamos soltando o recogiendo hilo carreto según se fuera a derecha o a
izquierda. Todavía hoy soy capaz de oler el hilo carreto entre mis dedos,
aquel olor a aventura y a vuelos lejanos que identificamos sobre la marcha
con las cometas y con la maravilla de comprobar que lo que uno hacía
volaba y se elevaba muy por encima de nosotros, allá donde soñábamos que
todo debía de ser poco menos que divino. Soñábamos con volar, por
supuesto, todos los niños sueñan que vuelan sin saber que están volando
cada vez que se suben en la magia de un nuevo día. Se vuela con
naturalidad y sin grandes alharacas, unos días en el papel cebolla de las
cometas de colores y otros en el humo de las hogueras que se terminaba
confundiendo con el arrebol del horizonte o con las primeras negruras de
la noche.

Hacíamos y deshacíamos nuestros propios sueños. No
hubiéramos soportado nunca la pasividad de los juegos actuales, nos
hubiéramos aburridos como ostras siguiendo el rastro de un balón virtual
sin olor a cuero, sin manchas de barro o sin sentirlo golpear contra el
poste o el larguero de cualquier portería improvisada en mitad de una
finca abandonada, con dos palos o dos piedras superpuestas. También los
campos de fútbol los construíamos nosotros, y el césped duraba sólo unos
días después de las primeras lluvias del invierno, pero no era de plástico
ni de material sintético. Todo tenía olor y palpitaba alrededor nuestro.
De alguna manera nosotros también contribuíamos a que todo fuera mucho más
auténtico, con un par de maderas, con unos cuantos cartones, con unos
pocos metros de hilo carreto o con una caja de clavos y de tachas.
Sabíamos cómo se construían sueños.

Febrero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


El pan como milagro (2007)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EL PAN COMO MILAGRO



Santiago Gil















El pan siempre tiene algo de milagro. Ya lo comían tus
bisabuelos y también ellos se asombraban delante del horno viéndolo crecer
y dorarse antes de partirlo y llevárselo a la boca. El pan no sólo es
sabor, yo diría que es más olor que sabor, más visión que gusto, y por
supuesto es recuerdo, mañanas de infancia untando mantequilla y remojando
en el café con leche los trozos que tu madre iba cortando según salían de
la talega. Nos encantaba ir a la panificadora (entonces no la llamábamos
panadería). Estaba en la calle del Medio. Lo de menos era el recado que
teníamos que hacer. Generalmente odiábamos tener que hacer de recaderos,
todas aquellas idas y vueltas en busca de un paquete de fideos o de un
kilo de papas que nos robaban minutos de juego y diversión. Lo del pan era
diferente. Nos atraía el olor que aún hoy nos sigue llevando sobre la
marcha a la infancia, y también todo aquel trajín de harina y levadura, de
cajones de madera oliendo a pan caliente y de hombres sudorosos
acercándose al calor del horno para sacar el pan recién horneado. No había
cosa que nos gustara más que ayudar a hacer el pan dándole forma a una
masa fría, sin ánima y escurridiza. Al rato la veíamos convertida en pan.
Era un milagro, y casi nos daba pena comernos el milagro cuando llegábamos
a casa. Recuerdo a Miguel, siempre presto a explicarnos los intríngulis de
todo el proceso de fabricación, y al padre y la madre de Norberto y de
Puri, compañeros de estudios en el colegio. También hacían, y por suerte
siguen haciendo, unos dulces exquisitos, pero a nosotros lo que nos
gustaba era el pan, el olor del pan que avanzaba por la calle y llegaba a
San Roque y casi hasta La Plaza, el mismo olor que hoy me hace detenerme
en cualquier calle del mundo y rememorar inmediatamente a los amigos y a
los familiares que entonces formaban parte de nuestro pequeño paraíso
cotidiano. Mis primos de Las Palmas se volvían locos con el pan de Guía,
tanto con el de la calle del Medio como con el que fabricaba Nino en
Becerril. Cada pan era diferente, con su sabor, su textura y su cuidado
particular, pero ya digo que uno entonces se decantaba por el proceso de
fabricación y por los olores. Entrar en la panificadora de la calle del
Medio era como adentrarse en el mismo misterio atávico de nuestros
antepasados. Se conservaba el decorado de las tahonas de principios de
siglo, con el fulgor del horno irradiándolo todo y el calor quemando
nuestras caras y tiznando las paredes. Los que crecimos asistiendo casi a
diario al milagro del pan jamás nos lo podremos comer sin olvidar de donde
viene y lo que representa. El pan es recuerdo, puntas crujientes que
llevarnos a la boca, talega de tela que quemaba si la acercabas a la cara,
todo un mundo de sensaciones que uno se niega a olvidar o a trivializar
para poder seguir existiendo. Cierro los ojos y recuerdo el sabor y la
textura de aquellos panes que nos encontraron cuando no levantábamos un
par de palmos del suelo y nos dejaron un día a las puertas de la
universidad. Nos alejamos del pan que nos pertenece como mismo dejamos las
calles y las gentes que crecieron con nosotros, pero el pan sigue presente
y sigue facilitándonos los viajes de vuelta según nos damos de bruces con
su esencia eterna.. No entenderíamos nuestra existencia sin ese aroma
misterioso que se va idealizando a medida que crecemos. Ahora que casi
todo es asepsia y que ya no asistimos a la creación de los productos, uno
se da cuenta de hasta qué punto fuimos afortunados en nuestra infancia
guiense. La panificadora era como la fragua, como las hogueras de junio,
un culto al fuego como redención y como alimento, el milagro de lo que
arde y lejos de consumirse se renueva. No todo sucumbe en las llamas. La
crudeza tampoco nos dice mucho si no se combina con el calor que hace
crujir los recuerdos. El pan como metáfora, el pan como símbolo y como
atavismo de otros tiempos más rudimentarios y cercanos. Milagrosamente
sigue llegando cada mañana a casa. Ya no sabemos de dónde, ya no conocemos
a las personas que le dan forma y lo hornean, pero sigue llegando, que es
lo importante. El día que nos falte el pan nos faltará la vida. Sólo me
basta llevarme las manos a la cara con la inocencia de entonces para
recuperar el olor de aquellas cestas en las que caían los panes recién
horneados. Cierras los ojos y en medio de ese cúmulo mágico de sensaciones
también se te aparece el niño que corría como loco por las calles del
pueblo con la talega llena de panes calientes. Corríamos sin saber que
estábamos llevando con nosotros un milagro que ya rara vez nos hemos
vuelto a encontrar con la intensidad de entonces.

Febrero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 21/06/2008.


Música de Papagüevos

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

MÁSCARAS Y CENIZAS



Santiago Gil














Hace años la vida tenía sus ciclos mucho más marcados
que ahora. Los carnavales no necesitaban de diseñadores rumbosos ni de
campañas publicitarias y mediáticas para lograr que las fiestas salieran a
la calle. En los años del franquismo estaban prohibidas las
carnestolendas, aunque en sus epígonos recuerdo disfrazarme por las calles
del pueblo con tres o cuatro retales y una careta desgastada de diablo o
de payaso. Posiblemente hicieran la vista gorda con los niños, no lo sé.
Sí recuerdo que entonces no había comparsas glamurosas, murgas o
parafernalias espectaculares. Lo que había eran mascaritas que salían a la
calle con un palo de fregona o de escoba, cuatro telas viejas para cubrir
el cuerpo y una voz atiplada con la que esconder la identidad. Nosotros
éramos la mascaritas que andábamos por Guía en los primeros años de los
setenta. Lo que nos gustaba, aparte de la asunción de nuevas
personalidades y del vacilón, era ir de casa en casa pidiendo huevos. No
queríamos caramelos, ni dulces, y a lo sumo aceptábamos alguna media
peseta o un duro: lo que perseguíamos las muchas mascaritas que entonces
nos cruzábamos por las calles con nuestra cutre puesta en escena era
llenar los cestos o las talegas de huevos. Tocabas en las puertas, o
directamente pasabas al interior de la casa anunciando la fiesta con tu
voz más festiva o con un par de aplausos más o menos ruidosos. Salían
todos a preguntarte que quién eras, y se podían tirar media tarde
haciéndote preguntas y sacándote pistas por la voz, por tus movimientos o
por lo poco que tapábamos nuestra verdadera identidad. El premio era que
te dieran un huevito, que es lo que pedíamos nosotros desde que tocábamos
en la puerta, "¿me da un huevito?", mientras que los que trataban de
sonsacarte empezaban con frases con retranca en las que siempre aparecía
la palabra mascarita como una letanía que posiblemente se llevaba
repitiendo cientos de años. Las caretas eran de plástico y generalmente se
presentaban en los escaparates con colores chillones y llamativos que
luego se iban destiñendo con el agua de las lluvias o nuestro propio
sudor. Molestaba una barbaridad el elástico con el que te las sujetabas a
la cabeza, y como ya he dicho solían durar varios carnavales y además eran
intercambiables. Nos pasábamos las caretas unos a otros, cada vez más
ajadas, cada vez menos engañosas. A medida que fueron pasando los años ya
sabíamos cada uno de nosotros quién estaba detrás de la cara de Popeye o
de aquellos diablillos pintarrajeados con colores chillones que se iban
quedando cada vez más mansos y descoloridos. Pero a pesar de ese cutrerío
había mucho encanto en aquellos carnavales improvisados que nos sacaban a
la calle desde que salíamos del colegio. En las casas también nos daban
tortillas de carnaval, de hecho el premio mejor era la combinación de unas
cuantas tortillas de carnaval y un par de huevitos. No recuerdo si los
huevos llegaban luego a nuestras casas. Eso era lo menos que nos
importaba. Lo que valía es que a las ocho de la noche, que era la hora en
que nos solíamos reencontrar casi todas las mascaritas en el entorno de la
plaza grande, tú tuvieras el número suficiente para ganar y para demostrar
que eras el que más habías llamado la atención en el pueblo. Se entendía
que cuanto más gracioso, más llamativo y más festivo fuera tu disfraz y tu
gracejo más huevos te darían en las casas, y de alguna forma se cumplía
ese adagio, aunque supongo que siempre estaría el listillo que compraría
los huevos en la tienda o los cogería directamente en la nevera de su
casa. Las ropas valían más cuanto más horteras, viejas y coloristas, y
sobre todo nos volvíamos locos por las más antiguas, por sagalejos, trajes
o batas del año de Maricastaña. Nos encantaba hurgar en los baúles y los
cuartos de trastos de las casas de nuestras abuelas y encontrar entre los
gramófonos y las lavativas cualquier prenda que nos convirtiera por unas
horas en los reyes del mambo carnavalero guiense. También recuerdo algunas
guerras a palazo limpio por las calles. Había algunos que ni disfrazados
podían dejar a un lado las pendencias, y luego estaban los cobardes que
aprovechándose del palo y la careta pretendían vengar afrentas pasadas.
Pero fueron pocas las emboscadas y las peleas, entre otras cosas porque
uno también llevaba su palo y no dudaba en esgrimirlo cuando aparecía
alguno de aquellos gaznápiros que ya desde entonces andaban enturbiando la
fiesta. No duraban mucho los carnavales, y de hecho creo recordar que sólo
salíamos a la calle el lunes y el martes de carnaval, y que por supuesto
no había festivos a los que agarrarse. Siendo febrero y conociendo el frío
y el chirote de nuestras calles en esa época, me siento extraño recordando
el sudor y el calor de las ropas y las caretas, como si el carnaval
hubiera sido en el mes de julio y en un entorno caribeño. Luego todo se
fue sofisticando y ya empezaron las cabalgatas y las murgas que nosotros
veíamos alelados cuando ponían en la tele los carnavales de Tenerife,
incluso recuerdo que estuve en Santa Cruz con ocho o nueve años y descubrí
qué poco se parecía aquel tropel festivo y ruidoso con el carnaval de
huellas lejanas de mascaritas pisando los adoquines del pueblo silencioso.
Pero igual que llegaba el carnaval se presentaba el Miércoles de Ceniza
con toda la carga de tristeza y de fin de fiesta. El Miércoles de Ceniza
era lo que con los años fue para nosotros el amanecer en las noches de
fiestas más rumbosas y divertidas, el final de la diversión, la vuelta a
la rutina y al silencio, y también la desaparición del otro yo que sólo
aspiraba a divertirse y a epatar a la gente que se encontraba en su
camino. Porque entonces íbamos a la iglesia y nos sentábamos junto a todas
aquellas señoras vestidas de negro y de mirada torva que tarde tras tarde
andaban por el templo repitiendo letanías interminables. Nos decían que
teníamos que ir a que nos dibujaran la cruz en la frente. Era como el
estigma que acababa con la fiesta y nos encerraba en las negruras previas
a la Semana Santa. El cura repetía que aquella señal era indeleble y
eterna, y todavía hoy me miro de vez en cuando al espejo por si se
reproduce o me ha vuelto a salir sin darme cuenta. Nos tiznaban y nos
metían miedo diciendo que no podíamos tocarla. Las amenazas eran más o
menos las de siempre, todo aquel ritual del fuego eterno, la caída de los
rayos fulminantes de los cielos y el resto del martirilogio con el que
trataban de matarnos toda la fiesta que llevábamos dentro. Uno lo ve ahora
como parte del mismo ritual y casi me parecen más literarias que reales
todas esas vivencias que la gente de veinte años se niega a creer cuando
se las cuentas. No conciben un mundo tan rudimentario hace tan poco
tiempo. Pero es verdad que somos la última generación que vivió esos ritos
ancestrales como parte de la normalidad de la infancia. Por eso quizá
cuando miramos al pasado nos vemos más como personajes de ficción que como
seres reales. No resulta normal, mirado con los ojos de estos tiempos, que
fuéramos por las casas pidiendo huevos y que luego nos dejáramos tiznar la
frente con música de órgano y cantos religiosos de fondo. La verdad es que
parece todo cosa de la literatura, del cine o del teatro.

Febrero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los primeros pitillos (2007)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


LOS PRIMEROS PITILLOS




Fumar era una manera de sentirnos adultos. No entiendo
esa relación medio freudiana que tenemos con los cigarrillos, pero sí es
cierto que el primer día que sentimos el humo tibio y prohibido bajando
por la laringe nos veíamos ya más hombres y más galletones. Todos
recordamos el primer cigarro, no tanto por la tos y los amagos de asfixia,
como por el sabor tan especial y distinto que cataban nuestras pupilas
gustativas. No había habido nada parecido antes, y con los años sólo damos
con un par de sensaciones que le igualan o le superan. Entre otras cosas
porque fumar era también un acto de osadía y de rebeldía, una
desobediencia que casi nos hermanaba con los gansters de las películas y
sobre todo con esa imagen que inconscientemente todos veneramos de
Humphrey Bogart, y sobre todo de Humpbrey Bogart en Casablanca con Ingrid
Bergman dispuesta a dar la vida por él si hacía falta. Mi primer cigarro
fue un Coronas. Tendría doce o trece años. Fumaríamos durante dos o tres
semanas a la salida del colegio, aunque luego ya no volvería a fumar hasta
los dieciocho. Con los años fui de los devotos a los rubios, mucho más
cinéfilos y seductores que los negros, pero aun así no podía resistirme de
vez en cuando a catar un Coronas que me llevara sobre la marcha a los días
de aventuras y riesgos de la primera adolescencia. Entonces no había tanta
aversión y tantos informes médicos denostando al tabaco. Casi todo el
mundo fumaba en nuestro entorno, pero estaba claro que para los niños
seguía siendo el gran tabú y uno de los vicios más proscritos. Por eso
precisamente nos gustaba tanto. Nosotros ya no éramos de la generación que
pasó del pantalón corto al pantalón largo. Ya nosotros vestíamos ambas
prendas desde los cinco o los seis años, sobre todo con la llegada de los
uniformes a los colegios y su equiparación tanto para los más pequeños
como para los que estaban en los últimos cursos. El cigarro quizá era lo
que marcaba ese cambio metafórico de pantalones. Nos agenciábamos Coronas
porque eran los más baratos y los que teníamos más a mano. Se los quitaba
uno de nuestros amigos a su padre, o bien iba directamente a casa de
Paquito, en San Roque, y lo compraba como para su padre. Ya con el cigarro
rubio tuvimos más problemas porque ninguno de nuestros padres tenía a
Marlboro o a Winston como a uno de sus aliados. Finalmente sí dimos con
uno de la pandilla que tenía una hermana que fumaba Camel. O bien le
robaba los cigarros o iba a la tienda con un par de pesetas a comprar un
par de pitillos sueltos para ella. Recuerdo la sensación placentera que
tuvimos cuando pasamos del Coronas al Camel, con aquella suavidad del
cigarro rubio, y su sabor más dulzón y acaramelado. Poco a poco se fueron
sumando amigos a la fiesta, aunque siempre hubo algún chivato que en lugar
de probarlo, o de callarse si no le apetecía, empezó a contarlo por el
pueblo y hasta se lo confesó a Don Bruno en la iglesia. Recuerdo que el
citado don Bruno, sin venir a cuento, me dijo un día que tuviera cuidado
con los cigarros y con los otros vicios. Yo salté como un resorte y le
dije que nunca había fumado, a lo que él respondió con uno de aquellos
ataques de tos ostentosos y sonoros que hacían temblar hasta las columnas
de la iglesia. Hubo un amigo que se tragó el humo y luego no pudo sacarlo
de los pulmones. Hasta el día de hoy creo que ha estado sin sacar el
dichoso humo para afuera, y encima era asmático y aprensivo. Por supuesto
que nunca más volvió a fumar. Yo luego fumé mucho entre los dieciocho y
los treinta años, y desde entonces logré dejarlo de lado. Posiblemente es
uno de los logros de los que más orgulloso me siento, entre otras cosas
porque uno fumaba buscando el sabor de aquellas primeras caladas, y
necesitaba cincuenta o sesenta cigarrillos para al menos aproximarse en
una calada a las sensaciones de entonces. No compensaba tanto humo, y
mucho menos cuando notabas cómo te afectaba a tu salud y te hacía perder
hasta el gusto y el olfato. Pero cuando fumábamos aquellos primeros
cigarros no se hablaba de efectos secundarios, y si se hubiera hablado de
ellos nos hubiera importado tres pitos.

Para fumar teníamos varios escondites desperdigados por
todo el pueblo, aunque el más frecuentado era el que estaba donde luego se
construyeron Las Malvinas, justo detrás de lo que había sido el terrero de
luchas y la herrería de Juan del Toro con aquella fragua incandescente que
tantos niños de entonces guardamos entre nuestros recuerdos casi míticos,
o por lo menos de unos tiempos asaz alejados de éstos tan asépticos y
tecnológicos. El lugar donde más nos gustaba ponernos estaba detrás de la
casa abandonada en la que creo que tiempo atrás había estado el polvorín
del regimiento militar que estuvo en Guía. Siempre nos contábamos leyendas
de esa casa, que si estaba llena de dinamita, que si había fusiles en su
interior, o bien nos decantábamos por pensar que había sido una cárcel o
una estancia secreta en la que probaban el armamento. Lo más probable es
que dentro no hubiera más que cuatro baldes oxidados y un buen ejército de
ratones o cucarachas, pero es algo que nunca quisimos constatar. Y mejor
la dejamos como la teníamos en nuestras cábalas infantiles, con aquella
azotea que sí tomábamos al asalto para nuestros juegos y nuestras pequeñas
gamberradas. Allí encendíamos los cigarros, después de muchos fósforos
apagados por el viento, pendientes todo el rato de que no pasara nadie por
el camino que conducía al barranco y a las canchas del instituto. Nuestras
primeras caladas guardan la imagen de la ermita de San Juan, el muro
lejano de la presa y todas aquellas fincas de frutales y plataneras que
desafiaban la ley de la gravedad con bancales que hoy, si es que queda
alguno, no son más que terrenos yermos o ya conquistados por la barbarie
urbanística que amenaza con cerrarnos todos los horizontes.

Fumar, como decía, era parte del juego. Luego pasaba la
moda y te dedicabas a otras cosas. Sí es verdad que algunos pasaron del
cigarro al primer porro, y que de ahí hacia arriba se fueron perdiendo
para siempre en cócteles cada vez más explosivos que en algunos casos les
condujeron a la muerte o a la marginalidad. Tampoco hubo nadie que les
avisara entonces del peligro que corrían, y por eso de alguna manera
nosotros fuimos unos afortunados por no seguir esos caminos en muchos
casos inevitables por las malas compañías o las dejaciones familiares. Yo
me quedo con la épica casi anecdótica de los pitillos, aquellos Coronas
que cada vez que huelo por la calle me recuerdan sobre la marcha el humo
azul que salía de nuestra boca haciéndonos más hombres y más osados. Un
humo cómplice, cálido y lejano que como el propio recuerdo se ha ido
diluyendo poco a poco con el paso del tiempo.

Enero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Puertas abiertas (2007)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

PUERTAS ABIERTAS



Santiago Gil










Cuando yo era niño las puertas de casi todas las casas
estaban siempre abiertas de par en par o con el gancho puesto para que uno
pudiera pasar sin necesidad de timbrazos o mirillas de seguridad. Yo creo
que el cierre de las casas es una de las causas que más han contribuido a
la mortandad que a veces se respira en las calles de Guía. Antes se notaba
más la vida y la actividad y el trajín diario de las gentes. Paseabas por
las calles y veías las macetas llenas de flores de los recibidores,
escuchabas el canto de los pájaros o el ladrido de los perros y te parabas
a pegar la hebra con quienes se sentaban junto a la ventana abierta, o
directamente delante de la puerta de su casa. En las casas de mis dos
abuelas nunca hubo timbres. Todo lo más, cuando se cerraba por la noche o
por alguna salida prolongada, se tocaba la aldaba o se golpeaba
directamente la madera. Entrabas y salías levantando el gancho, como mismo
hacías en la mayoría de las casas terreras del pueblo. Tocabas y te decían
que podías pasar, no había los miedos, ni tampoco las inseguridades que
tenemos hoy en día. Hay cosas que cambian para bien, y otras que nos
vuelven más desconfiados y temerosos, y por tanto menos felices. Las
puertas abiertas o entornadas llenaban las calles del pueblo del olor de
las comidas y de los estribillos de las canciones que entonaban quienes
andaban limpiando los suelos o fregando los platos. No se escuchaban los
televisores, entre otras cosas porque no emitían todo el día como ahora, y
también porque la gente no veía más que un par de programas más o menos
populares, las películas y los pocos partidos de fútbol que entonces daban
en directo. La reina de la casa era la radio, una radio de anuncios
imaginativos y sonoros y de mucha participación ciudadana.

Se ha perdido esa sensación de cercanía que te hacía
sentir verdaderamente como en casa reconociendo los olores del sofrito de
los potajes o los adobos. Ya sé que ahora vendrán todos esos ultramontanos
y nostálgicos franquistas hablando de la seguridad que había en la
dictadura, del respeto y de todas esas martingalas con las que intentan
justificar la falta de libertades y el abuso de poder. No cambio la
libertad de ahora por la supuesta seguridad de antes, aunque no creo que
tenga que ver una cosa con la otra. Más bien se trata de un cambio de
hábitos y de formas de entender la vida. También ha influido mucho la
llegada de la droga y el constante machaqueo para que la gente se vuelva
ambiciosa y sólo quiera dinero a costa de cualquier cosa, sobre todo a
costa de su honradez y de su dignidad personal. También el mundo se ha
llenado de miedos y de desconfianzas, y ahora el ocio está de puertas
adentro, mirando como lelos las pantallas de los televisores o de los
ordenadores. Ya no hace falta hablar con el vecino. y si hoy tuviéramos la
puerta abierta como antaño lo más probable es que el primer yonqui
enmonado que pasara junto a ella se llevaría hasta las macetas de violetas
o de geranios luminosos. Yo recuerdo mis trayectos entre San Roque y La
Plaza como una especie de procesión de saludos que uno iba repitiendo en
cada portal y en cada ventana. Vimos envejecer y luego morir a casi todos
los que nos veían pasar de niños camino del colegio o de las canchas del
barranco. Recuerdo, por ejemplo, mis largas peroratas con Delfi, en la
calle del Medio. Estaba todo el día sentada viendo pasar a la gente,
probablemente soñando una vida en la que no tuviera los problemas físicos
que le impidieron salir al mundo en igualdad de condiciones que el resto
de sus vecinas y amigas. Coleccionaba sellos, posiblemente para soñar con
los viajes que nunca pudo hacer, y me imagino que también para inventarse
amores y príncipes azules. También estaban las inevitables chismosas, casi
siempre con rostros avinagrados y miradas traidoras, que actuaban cuando
ya tú habías pasado y podían ponerte a parir entre cuchicheos y
maledicencias. Pero me quedo con la parte festiva de esa vida de calle que
ahora ha desaparecido. A veces, cuando camino por las calles del pueblo
sin tropezarme a nadie por la calle y con todas las puertas cerradas a cal
y canto, soy capaz de recrear todas aquellas voces y aquellos olores de
antaño. Y por supuesto sitúo a los que ya no están entre nosotros en sus
ventanas o sus sillas de tea colocadas junto a la puerta. Recuerdo las
casas de mis amigos, los patios luminosos, las flores y las plantas, los
suelos de madera y sobre todo los olores de cada una de esas casas que
ahora parecen abandonadas o ajenas a la realidad cotidiana de la gente que
hace vida en el pueblo. Entonces golpeabas la aldaba contra el metal de la
puerta o te anunciabas directamente por la ranura que dejaba el gancho que
la mantenía entornada todo el día. Teníamos otra percepción de la ciudad,
la conocíamos por dentro, con sus cocinas, sus patios y sus trasteros, y
quizá por eso la veíamos tan inabarcable y tan grande. No sólo era nuestra
mirada de niño la que la agrandaba y la hacía parecer el centro del
universo. Aquellos escenarios con los cortinajes siempre abiertos de par
en par se convertían en teatros cotidianos que nos hacían soñar en un
mundo lleno de curiosos personajes y decorados variopintos. También detrás
de cada una de esas puertas uno todavía sigue guardando la interminable
galería de personajes que formaban parte de nuestra infancia más
callejera, entrometida y parlanchina.

Enero de 2007.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los celajes (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Los celajes


Santiago Gil





Resulta paradójico, pero a medida que vamos creciendo
nos vamos alejando cada vez más de las nubes y del cielo azul que nos ha
acompañado en cada una de nuestras pequeñas aventuras sobre la tierra.
Cuando éramos niños estábamos más cerca del cielo porque teníamos más
tiempo para mirarlo, o por lo menos para mirarlo con ojos más limpios y
mente más volandera y cómplice con los sueños. A partir de una cierta edad
podemos estar varios años sin mirar a los celajes, o si lo hacemos casi no
nos enteramos de que lo estamos haciendo. Antes, cuando nos tiráramos en
cualquier descampado a mirar hacia arriba podíamos estar descubriendo
animales y caras en las nubes durante horas. Uno también sabía que en todo
momento estaba el cielo azul sobre nuestras cabezas. Nos protegía y nos
hacía sentir como en casa en cualquier parte. A lo mejor ahora, de una
forma inconsciente, todavía nos sigue sirviendo para asentar nuestro
concepto de patria, ese lugar de cualquier parte del planeta en el que
brille un sol parecido al de nuestra infancia. No era yo de los niños
meapilas que estaban buscando a dios todo el rato en las alturas. Para mí
el cielo era sinónimo de seguridad, una especie de parapeto que te podías
llevar a todas partes. Ahora trato nuevamente de mirar durante horas las
formas caprichosas de las nubes, o el brillo que tiene el cielo según las
horas del día o la posición desde donde lo observemos. No tengo la
capacidad de abstracción ni la imaginación de cuando era niño, pero sí que
me tranquiliza comprobar que hay cosas que no cambian, y que en principio
tampoco cambiarán cuando ya no estemos nosotros. Bueno, quizá si no
reaccionamos a tiempo y nos tomamos en serio lo del cambio climático y los
atentados diarios que estamos cometiendo contra la naturaleza – que como
todo lo bello es frágil- un día de éstos hasta nos cargamos el color del
cielo, o el propio cielo. Pero de momento permanece azul cuando uno
precisa mirarlo para poner los pies en el suelo. Otra paradoja: la
necesidad de mirar al cielo para poner los pies sobre la tierra. Sin
embargo, vernos tan pequeños y tan poco trascendentes nos ayuda a tomarnos
la vida con menos agobios y menos angustias existenciales. Mirarnos el
ombligo, en cambio, sólo nos vuelve cada día más mamarrachos y patéticos.
Ahora mismo me puedo dejar llevar por el azul intenso del mediodía. Un
reactor ha dejado la misma estela blanca que nos asombraba desde el patio
del colegio o encaramados a cualquier árbol en el que convivíamos con
pájaros sin nombre que nos miraban asombrados y pendientes todo el rato de
nuestras escaramuzas con el tirachinas.

Todos se empeñaban en alejarnos del cielo, sobre todo
en el colegio, donde no había escape mejor que mirar por la ventana
soñando otros mundos mientras de fondo escuchabas el guineo de las tablas
de multiplicar o cualquiera de aquellas poesías cursis que nos obligaban a
memorizar para escarnio de la propia poesía. Generalmente te despertaba de
tu sueño escapista un vozarrón indignado o un golpetazo que te hacía
volver sobre la marcha a la casposa y aburrida realidad de las aulas
colegiales. Es una pena que nos eduquen alejándonos tanto de los celajes
de la imaginación. Desde ese despertar sobresaltado nos empiezan a robar
parte de unas esencias que con mucho esfuerzo, y valiéndonos de lecturas,
vivencias, canciones y amores, uno trata de volver a recuperar el resto de
su vida. Pero sólo nos volvemos a aproximar al temblor de aquellos sueños
y a la capacidad de descubrir mil formas sugerentes. Ya sabemos, por
ejemplo, que las nubes no son de algodón, y que ese azul que vemos no es
azul ni se puede tocar con las manos por mucho que uno suba y se empeñe en
fundirse con él. La física, la química, los aviones que nos llevan de una
punta a otra del planeta, y nuestro empirismo cada día más tecnológico se
empeñan en alejarnos de aquella sensación de plenitud que encontrabas
cuando te tendías entre la hierba y mirabas alelado durante horas las
formas cambiantes y proteicas del cielo y de las nubes. Había un vértigo
que ahora sería incapaz de describirlo con palabras, una especie de caída
en otra dimensión que sólo estaba al alcance de nuestros ojos casi
vírgenes de patetismos y desvergüenzas. Era un universo de sueños que sólo
era posible descubrir a través de aquellas pequeñas miradas efímeras. El
azul que desde entonces buscamos como locos entre los escasos resquicios
que nos van quedando del paraíso.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Las chapas futboleras (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Las chapas futboleras


Santiago Gil





Uno se recuerda de niño golpeando todo lo que nos
tropezábamos por las calles, desde guijarros a chapas de botella, pasando
por trozos de madera, pelotas de papel o pequeñas bolas caídas de
cualquier árbol con necesidad de aligerar peso y echar nuevas simientes en
el planeta. Nuestra obsesión principal por las calles empinadas de nuestro
pueblo era ir subiendo el objeto golpeado a las distintas aceras que nos
íbamos encontrando en nuestro camino. Cuanto más altas más desafiantes
eran nuestros tiros con efecto o con técnicas improvisadas que superaban
al mejor futbolero de aquellos años. Destrozábamos zapatos y playeras que
quedaban enganchadas entre los adoquines o marcadas irremediablemente por
las aristas de las piedras que se convertían en improvisadas pelotas
callejeras. Con una piedra y un buen par de zapatos podíamos estar toda la
tarde subiendo y bajando la calle del Agua, elevando y bajando el
susodicho guijarro en función de nuestras ganas de epatar a los que iban
pasando por la calle en ese momento.

Pero sin duda no había nada como las chapas de las
botellas. Nos daba igual que igual que fueran de Nick, limón o naranja, de
Pepsi Cola, de Clipper de naranja o de Royal Crown. Tampoco les hacíamos
ascos a las del agua de San Roque, de Agaete o de Firgas. Íbamos por todos
los bares pidiendo tapas de botella. En aquellos años también solían venir
regalos debajo de la goma que colocaban en la parte interna de la referida
chapa. Por una parte las cogíamos para hacer equipos de fútbol y jugar con
ellas en campos improvisado en los pasillos de nuestras casas. Les
machacábamos los bordes, les pegábamos el cabezón de los futbolistas de
moda y seguidamente las disparábamos con un tirador de metal que las
presionaba en sus bordes machacados y las conducía a la pelotita que a su
vez sacábamos de los tapones de las botellas de cognac o de whisky. La
verdad es que no tirábamos nada y no necesitábamos apuestas virtuales o
complicadas para divertirnos. Digamos que esa era la utilidad de las
chapas desde el punto de vista manual: íbamos formando diferentes equipos
y les poníamos por debajo cera de vela para que se deslizaran mejor por el
suelo. Para guardarlas les echábamos una capa de polvos talco como mismo
le echan naftalina a la ropa para que no se la coman las polillas. Los
equipos de chapas, machacadas en sus bordes o enteras con la cera también
por debajo, competían con los equipos que hacíamos con cajas de fósforos
en las gavetas más escondidas de nuestras habitaciones. Los equipos con
cajas de fósforos tenían una prestancia más llamativa y colorista, como
más real, y quizá por eso casi siempre acababan ganando la partida a la
hora de decidirnos por qué competición decantarnos en las tardes de verano
o en aquellos sábados eternos en que nos daba tiempo para jugar a veinte
mil juegos y ver la película del mediodía. Con dos tizas trazábamos un
campo de juego en cualquier parte, y para las porterías utilizábamos
trozos de madera y redes que sacábamos de las cajas de fruta. Éramos muy
apañados, la verdad.

Luego estaba la chapa anaeróbica, la que sustituía al
balón o a la pelota de tenis en nuestro golpeo por las calles o en los
interminables partidos en la Plaza Grande. En la Plaza, sobre todo entre
las cuatro y las siete de cualquier tarde, cuando no había casi nadie, o
los que habíamos estábamos sólo para jugar, poníamos dos bancos de madera
de portería y montábamos equipos de hasta diez contra diez, aunque lo
normal es que fuéramos haciendo pequeños equipos de tres o cuatro
jugadores que iban eliminándose entre sí. También estaban los partidos a
dos golpes de uno contra uno, con certeros tiros que elevaban la chapa y
la metían por toda la escuadra del banco de madera. Nunca se podían
utilizar las manos, ni siquiera en la portería. Yo recuerdo salir del
colegio a mediodía y jugar casi hasta la hora de comer, llegar a casa
sudoroso, ser reprendido por nuestra sempiterna tardanza, y volver a la
escuela a dejar que pasaran las horas de la tarde, aquellas dos horas
entre las dos y las cuatro que parecían siempre inacabables y tan
soporíferas, para volver a la cancha de la Plaza Grande a continuar con
nuestra particular liguilla. Teníamos hasta clasificaciones y tabla de
goleadores, y sin necesidad de árbitro éramos capaces de respetar el
fair play
y las más elementales reglas del juego. No consentíamos que
viniera nadie a echar por tierra nuestra diversión, y si venía con esa
ladina intención tenía todas las de perder.

Recuerdo los partidos de las noches de los sábados.
Nuestros padres llegaban de ver a la Unión Deportiva en el Insular y se
tomaban el último guanijai en el bar que estaba en los bajos de la Plaza
Chica. Solíamos coincidir varios amigos que íbamos juntos al Insular cada
quince días en el Peugeot de tres o cuatro filas de asientos de Manuel
Moreno, el de la DISA, o de René del Pino. Cuando llegábamos a la Plaza,
sobre las diez y media o las once de la doce, José Juan, Alexis y yo, y
los que fueran viniendo a cada uno aquellos partidos, nos encontrábamos la
Plaza Grande para nosotros solos. Sobre la marcha improvisábamos partidos
espectaculares en los que tratábamos de imitar los regates eléctricos de
Cruyff que acabábamos de ver en el Estadio Insular o las faltas lanzadas
por Miguel Ángel Brindisi. Nuestros padres solían estar en el bar hasta
las doce de la noche y nos dejaban en la Plaza como mismo pueden dejar hoy
a un niño en una guardería, con la tranquilidad de que estábamos en un
espacio seguro, en nuestro espacio natural, el mismo que treinta o
cuarenta años antes también había sido el suyo, probablemente teniendo
como porterías los mismos bancos decimonónicos de madera que utilizábamos
nosotros.

Me llega el olor de aquellas chapas cuando las
elevábamos al aire para elegir campo o saque. En los bares pedíamos que
tuvieran cuidado al abrirlas para que nos las deterioraran más de la
cuenta. Nos solían hacer caso, y además nos las guardaban en bolsas hasta
que íbamos a buscarlas. Era así de sencillo casi todo, así de sencillo y
así de grandioso. Emocionante, palpable, vivaz. Cualquiera de los de
entonces sólo tiene que cerrar los ojos unos instantes para recordar el
sonido de las chapas rodando por el suelo de la plaza o para rememorar
esos olores de los que les vengo hablando. Lo de menos eran los goles o
quiénes ganaban los partidos. De hecho no recordamos a ningún ganador ni a
ningún perdedor en especial. Sólo nos queda la fiesta del partido, la
libertad de vernos corriendo detrás de un metal en el que depositábamos
cada tarde buena parte de nuestros sueños.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 24/12/2008.


El niño que volaba (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EL NIÑO QUE VOLABA



Santiago Gil








Yo de niño volaba. Con los años he ido perdiendo las
alas, poco a poco, casi sin que me diera cuenta. Realmente no sé cuándo
dejé de volar. Ya algo mayor podía hacerlo de vez en cuando al lado de la
persona que me enseñó a creer que todo lo que uno imagina se puede llegar
a conseguir. Él fue fiel a los sueños hasta el último de sus días. Si
quería ser cura decía que era cura y no había nadie que le llevara la
contraria. Yo vi como cambiaba de oficio cada semana y a veces varias
veces al día. Lo mismo podía ser médico, futbolista, camarero, cantante de
folías, guardia urbano que hombre serio y circunspecto, casi
imperturbable. Yo de niño lo envidiaba porque no tenía que ir al colegio
ni a trabajar. Para él nunca existió la tortura de los domingos por la
tarde. Vivió por tanto una vida libre, defendiendo siempre su particular
anarquía y manteniendo una defensa a ultranza de la amistad y de la
lealtad hacia sus amigos y su amor platónico. Un buen día dijo que se
había enamorado y ya fue fiel para siempre a su amada aunque ésta
estuviera a muchos kilómetros de distancia. En eso, y en casi todo, era
muy Quijote.

Para un niño es un lujo poder jugar con alguien de
treinta y tantos años y hacerlo como lo haría con un compañero de
Primaria. Tomasín marcaba las pautas del juego y los sobrinos seguíamos a
rajatabla sus consignas. También nos convertía en camareros auxiliares,
futbolistas suplentes, o guardias urbanos vigilantes de sus surrealistas
pertenencias. Nos gustaba molestarle y hacerle rabiar, sobre todo
empujándole la puerta de la habitación en la que se encerraba durante
horas a trazar los planes de sus futuros sueños. Tenía Síndrome de Down.
No era como el resto de los mayores, nunca se hizo mayor. Encaneció, se
avejentó, pero nunca dejó de comportarse como un niño grande. Llegó un día
en que los mayores éramos nosotros. Cuando estabas un rato a su lado te
dabas cuenta de cómo te había cambiado la vida. Cada vez iba quedando
menos del niño soñador e imaginativo que fuimos, pero bastaba estar con
Tomás un par de horas para recuperar parte de las esencias perdidas. Él
seguía siendo el mismo, incluso se sentía más importante desde que le
levantaron un busto en la Plaza de San Roque. Antes ya se había sentido
como dios cuando su amigo Braulio le compuso esa canción que tan bien lo
describe. Era un tipo feliz, y de tonto, la verdad, no tenía un pelo. Como
te diera por burlarte de él lo más probable es que salieras trasquilado o
con un par insultos subidos de tono que generalmente daban en la diana de
los burleteros que querían hacerlo pasar por un caricato. Hoy me he
encontrado una foto de uno de mis cumpleaños. En ella Tomasín me está
enseñando a volar. A los pocos meses les juro que ya me soltaba y era
capaz de quedarme flotando en el aire de los juegos y las risas del que
posiblemente me estaba hablando en el momento en que Paco Rivero encendió
el flash. Yo jamás hubiera sido el mismo de no haberme criado tan cerca de
Tomasín. No hubiera desarrollado algunas de mis aficiones favoritas, sobre
todo la de creer que todo puede ser posible si uno se propone que lo sea.
Gracias a eso escribo y puedo hacer creíbles las historias. Él hacía lo
mismo cuando nos contaba trolas increíbles durante horas. Nos las creíamos
todas. El día que lo enterramos, hace ahora siete años, sabía que una
parte de mí se perdería para siempre. Posiblemente por eso desde entonces
es cuando más he escrito y más he leído. Me falta su bendita inocencia y
su capacidad para hacerme revivir al niño que se fue quedando cada vez más
lejos a medida que asumía responsabilidades y se comprometía con hipotecas
y otras zarandajas por el estilo de las que Tomasín jamás tuvo noticia.
Cuando perdí a mi hermana pequeña Tomás fue uno de los que más se preocupó
para que no cayera en una tristeza que inevitablemente siempre ha estado
aposentada por ahí adentro. Era de los pocos que no me decía que mi
hermana Mónica estaba en las estrellas o que era un ángel de los que
aparecían en los cuadros de los santos. Él hablaba de ella como si
estuviera viva, o como si nos la fuéramos a encontrar otra vez en
cualquier fiesta de cumpleaños. Gracias a eso siempre pude endulzar su
ausencia y evitar las negruras con que la iglesia y los más necrófilos
suelen vestir a la muerte. Me enseñó que a los muertos se les mantiene
vivos cuando los recordamos tal como eran, o cuando los escribimos o los
tenemos presentes con toda su felicidad y su ternura. Es lo que estoy
haciendo yo ahora cuando me he acordado de él, escribirle un rato sin
tener que contarle que el mundo sigue siendo el mismo lodazal del que
siempre supo mantenerse a salvo. Nació sabiendo volar.

5 de enero de 2007.

MAS INFORMACIÓN SOBRE TOMASÍN


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 12/12/2008.


Corazones de Tiza (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

CORAZONES DE TIZA



Santiago Gil









Los niños de los setenta veíamos escrito nuestro amor
por las paredes y las calles del pueblo. Generalmente lo escribían los
amigos cuando robaban cuatro tizas desgastadas en el colegio. Dibujaban un
corazón y dentro colocaban tu nombre con la novia que ellos creían que te
convenía en ese momento. Nos cuidábamos mucho de desvelar nuestros
enamoramientos. Desde que nombrabas a la deseada ya estaba en boca de todo
el mundo y lo más probable es que en un par de días estuviera escrito por
todas las calles. A veces éramos nosotros mismos, bien escondidos de los
demás y cambiando la letra, los que escribíamos los nombres que nos
interesaban. Era una forma curiosa de declararte o de dejar caer una
noticia a ver qué tal la acogía la susodicha. De todas aquellas parejas
que fueron escribiendo sus comienzos con tizas blancas no creo que se
concretara casi ninguna. Echando la vista atrás creo que sólo una se
mantiene tal y como la trazábamos entonces. Las demás no solían durar más
de dos o tres semanas, y generalmente se quedaban sólo en un rumor, en un
cruce de cómplices miradas o en un par de paseos nerviosos por los
alrededores de la plaza. A veces se podía llegar a la confidencia, pero
poco más. No se escribieron nuestros primeros besos en esos amores que se
trazaban con tiza. Fueron tan efímeros como el propio material que se
utilizaba para los escritos. Se borraban con un par de gotas de lluvia o
con los baldes de agua que tiraban a la calle una vez terminaban de
limpiar las casas. Uno no recuerda hoy ni siquiera los nombres. Sí
mantenemos algunas caras, tal vez un par de gestos, o el recuerdo de los
recaditos en papeles anónimos. Hoy no sabría reconocerlas si me las
tropezara por la calle.

La tiza tenía ese encanto del amor, pero también servía
para el insulto o la burla cuando trazaban cualquier barbaridad por las
calles. Lo rayábamos todo, pero nuestros grafitis eran inocuos y no
perduraban ni dañaban las piedras históricas del pueblo. No tenía nada que
ver ese uso de las tizas con el que les dábamos en el colegio cuando nos
mandaban a la pizarra a resolver cualquiera de aquellos problemas
matemáticos que tanto nos descorazonaban. La pizarra era una especie de
escenario del que nos viene a la mayoría el miedo escénico. Resultaba
terrorífico estar delante de toda la clase con una tiza en la mano y sin
saber cómo diablos se resolvían aquellos condenados polinomios de las
narices. Uno lo único que deseaba en esos momentos era que se lo tragara
la tierra.

Luego estaban las tizas que equivalían a armas
arrojadizas y que volaban de un lado para otro cuando no estaba el
maestro, o si éste era despistado o estaba todo el santo día pensando en
los celajes. Un machangazo de tiza lanzado con fuerza y puntería te podía
dejar la cara como los palillos que ponían para que disparáramos con las
escopetas de balines en las casetas de las fiestas. Abrir un paquete nuevo
de tizas era como descubrir una mina. Te sentías medio explorador teniendo
entre los dedos todos aquellos tesoros sin desgastar. Hablo de las tizas
blancas de aristas marcadas. Las de colores, en cambio, eran menos
atractivas, y encima te dejaban la ropa toda manchada a poco que te
despistaras. Las blancas se quitaban con una buena sacudida en la ropa o
metiendo las manos debajo del chorro unos segundos. Pero ya digo que esos
trozos de tizas que iban quedando en la parte baja de la pizarra, o del
encerado, que es como llamaban a la pizarra las profesoras más cursis,
eran las que servían luego para escribir la actualidad amorosa del pueblo
por todas las calles. Pocas veces se escribían con tinta los nombres y las
cuitas que queríamos hacer saber a todo el mundo. De alguna forma teníamos
claro que la tiza era efímera, tan efímera y tan pasajera como la propia
esencia de los amores que contaba. Un mes de enamoramiento entonces podía
equivaler a un par de años de ahora. La tiza era como una especie de
ceniza blanca que iba desapareciendo tan rauda como nuestras proteicas
pasiones. No quedaba nada de ambas. Los escritos se borraban como los
propios amores improvisados. Ni siquiera recordamos los nombres con los
que un día compartimos corazones blancos en las aceras o en los muros de
las casas y de las fincas.

Diciembre de 2006.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 22/06/2008.


Las alas del recuerdo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS ALAS DEL RECUERDO



Santiago Gil







Me queda un recuerdo vago de mi abuelo paterno. Cuando
murió yo tenía siete años recién cumplidos, pero entre lo que uno siempre
vislumbra de ese primer pasado que tantas veces se confunde con la
imaginación, y lo que me han ido contando todos estos años, he podido ir
completando un retrato humano que creo que hace justicia con su bonhomía,
sus pasiones pajareras y musicales, y lo que fue su forma de entender la
existencia y propio trabajo. Yo recuerdo a mi abuelo como un hombre alto,
fuerte y bonachón que desde la perspectiva de un niño de cinco años se
volvía casi gigante e inalcanzable. Sin embargo, según te acercabas a él,
se hacía cómplice de tus juegos y tus dudas y sabía bajar al mundo en el
que habitan los niños. Todavía recuerdo, al igual que todo el pueblo, el
olor y el sabor de sus comidas, sobre todo de la carne mechada. Siempre se
cuenta que ese olor empezaba a subir por El Siete y llegaba a la Plaza
Grande, a San Roque, y a todas las calles de Guía con el reclamo de lo
sublime y lo sabroso. Forma parte del recuerdo de varias generaciones de
guienses. No en vano mi abuelo se movía en los dos polos que tanto
alientan siempre los recuerdos: los olores y la música. Entremezclados con
esos olores de especias que nunca nadie pudo imitar, desde la Bodega del
Siete salían los acordes del timple que a todas horas sonaba buscando el
sonido perfecto y la melodía más sublime, o aspirando a que la música
convirtiera la vida en algo más que una suma insulsa de años o una
continua sucesión de sístoles y diástoles sin emociones que vuelvan
grandioso cualquier pequeño momento. Y también estaban los quesos de Guía
que venían a buscar desde todos los puntos de la isla y que tanta fama han
dado siempre a nuestro pueblo en las islas y entre los grandes sibaritas
amantes del queso de todo el mundo. Mi abuelo, luego mi padre, y otros
comerciantes guienses como Augusto o Arturo fueron los que lo
comercializaron durante años y los que dieron fama a los cortijos de las
Medianías en los que se elaboraban siguiendo las ancestrales y originales
costumbres de sus antepasados.

Mi abuelo cerraba el negocio y podía estar hasta las
tantas de la madrugada desgranando los sonidos de su timple, o bien asido
a la guitarra con la que tarareaba todos esos sones que fueron y vinieron
entre Cuba y Canarias mejorando siempre su cadencia en cada viaje. Y luego
estaban las aves, los cientos de pájaros que tenía en la bodega, en el
patio de la casa de mi abuela que estaba justo encima del negocio, o en la
azotea, pájaros y palomas, y también gallos de pelea. Cuánto Caribe había
entonces en nuestra gente, tanto en la cadencia y en la forma que tenían
de tomarse la vida como en la manera de hablar y en sus aficiones. Mi
abuelo, además, era un devoto del deporte, del incipiente fútbol de
aquellos años, de la Lucha Canaria o de la mismísima Natación. Pero yo
quiero volver a los pájaros, a aquel ensordecedor bullicio de canarios y
palmeros, o a los solos de pájaros a los que casi había enseñado a cantar
haciéndoles escuchar durante horas la música del timple. Se cuenta
siempre, y mi padre puede dar fe de ello, que llegó a enseñar a un pájaro
canario a piar una folía. Subir a la azotea era sumergirte sobre la marcha
en un mundo de presencias aladas por todas partes. Los palomares lo
llenaban todo y tras las sueltas el cielo de mi pueblo parecía más
proclive o más cercano a los milagros. Uno las veía perderse en la
distancia y luego volver, milagrosamente, a la mano de mi abuelo.

Otra de las anécdotas sonadas de mi abuelo Santiago Gil
Cabrera que yo no viví por lejana, y porque cuando vine al mundo ya
teníamos televisión, fue la de las retransmisiones en directo de los
partidos de fútbol o de las grandes agarradas de lucha canaria. Hace
cincuenta años no había Carrusel Deportivo, y mucho menos para los
partidos de los equipos de pueblo. Lo que hacía mi abuelo es que se
llevaba un cajón lleno de palomas y las iba soltando cada vez que había
novedad en los encuentros. Delante de la casa del Siete que hace chaflán
entre Marqués del Muni y Médico Estévez se concentraba medio pueblo
pendiente de las palomas mensajeras que mandaba mi abuelo con las
incidencias deportivas. Mi padre esperaba en la azotea, y era el que se
encargaba de desanillarlas y de decir a viva voz si había marcado el
Tirma, el Victoria o si el Ajódar seguía consolidando su leyenda en el
mundillo de la Lucha Canaria. La verdad es que cuando uno escribe esas
anécdotas se siente como si estuviera inventándose un mundo que nunca
existió. Lo mismo que cuando mi abuelo tenía el surtidor de gasolina justo
enfrente de la bodega, también en El Siete, y tenía que bajar a reponer a
las tantas de la madrugada si venía un camión cargado de tomates de La
Aldea o había que bajar urgentemente para la capital. Todo quedaba más a
mano y tenía su nombre, su cara y aquella sabia pachorra que tanto
añoramos en estos tiempos alocados en los que hemos perdido la mayor parte
de las referencias de nuestros ancestros. Ya no veo tantos pájaros como
antes. Uno iba a cualquier casa y lo primero que le llamaba la atención
era la fiesta pajarera que apenas dejaba escuchar nuestras palabras. Me
imagino que será porque los propios pájaros, con este clima tan raro que
tenemos hoy en día, estarán también desnortados y con pocas ganas de
cantarle a la vida y a un sol que tampoco se parece al mismo sol que
cantaban eufóricos y festivos los pájaros de nuestros abuelos. Los que
vivimos con muy pocos años los epígonos de aquel mundo que poco a poco
hemos ido perdiendo casi por completo, sí conservamos una especie de
recuerdo de paraíso que a lo mejor puede ser mendaz o inventado, pero que
en muchos días grises y aburridos nos ayuda a reconciliarnos con la vida.
Nuestros abuelos tenían una serie de conceptos esenciales bastante claros,
sobre todo el del paso del tiempo y la convivencia con el medio y la fauna
que habitaban. Hoy en día los pájaros y nosotros nos miramos como bichos
raros, como si nunca hubiéramos compartido tantas horas de trinos
confundidos con el sonido de los timples y los ecos de folías o de boleros
nostálgicos que nos llegaban de Cuba. Mi abuelo formaba parte de ese mundo
mágico de entonces. Dejó unos olores y unos sonidos que lo reviven apenas
cerramos los ojos. Posiblemente en esos pequeños asideros sea donde se
queda para siempre el espíritu que tanto se afanan en complicar los curas
y los filósofos. El espíritu o el recuerdo. Pueden llamarlo como les
apetezca.

Diciembre de 2006.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.