Personajes populares 3

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (3)

Por Juan Dávila-García

Hoy me toca hablar de un guíense muy amante de su pueblo, al cual le
revestían una

serie de virtudes de estimadas connotaciones, aunque era algo dado a
practicar el arte

Baco. Su profesión de toda la vida fue la de marchante o tratante de
ganado. Se

recorría las medianías y cumbres de la comarca para comprar reses, que

posteriormente eran sacrificadas en el matadero municipal, poniéndose a
la venta

después en la carnicería que estaba situada detrás de la casa de Miguel
García, donde

últimamente ha vivido la familia Trujillo. Este estimado y querido
personaje era

Antonio Jiménez, conocido por Antonio "Huertas", pseudónimo que le
viene de la

relación con la tal denominada finca propiedad del Condado de la Vega
Grande, y

que regentaba en calidad de arrendataria su hermana Marcelinita, suegra
de

Francisco Miranda Santiago, conocido por Pancho "Serio".

Antonio Huertas, era el sempiterno juerguistas de copas y guitarras,
era muy

extrovertido y simpático hasta la saciedad, especialmente cuanto tenia
más de

una copa. Su bebida predilecta era el ron, siendo muy normal verlo
subir por

la calle Medico Estévez, perfectamente empaquetado con un enorme
pañuelo

rojo en el bolsillo superior de su chaqueta, o una hermosa rosa en su
ojal. El

retorno hacia su casa del siete, -junto a la óptica-, con una "cargasera"
de no

te menees, eso ya era –harina de otro costal-, totalmente desaliñado,
con la camisa

por fuera, la chaqueta mal abrochada los pantalones medio caídos, y del
pañuelo

o de la flor nada de nada. Los que formábamos mi pandilla le dábamos la
lata

y le hicimos más de alguna perrería.

Las juergas de tan elocuente guíense eran de cuatro o cinco días,
localizarlo

era casi imposible, igual estaba en Becerril, la Atalaya o en el
Barranquillo.

Su yerno Pepe Aguiar, se les veía y deseaba para encontrarlo y llevarlo
a

su casa donde le esperaba su hija y su cuñada María Pepa, se había
quedado

viudo relativamente joven. Más tarde se caso con la citada cuñada.

Su gracejo surgía de manera espontánea y la gente que estaba a su
alrededor

sentados en un banco de la plaza o en unos de los bares que
frecuentaba,

tales como el de Pepe Trujillo, el Farol –que era de Alvarito Vega- o
la Golosina,

rompían a reír dada sus elocuentes y graciosas manifestaciones.

En la bifurcación de las calles Medico Estévez y la de la Cárcel,
estaba ubicada

la fonda de Forteza, la misma estaba dirigida por Basilisita, -viuda
del citado señor

Forteza-, padres de Pepe Forteza, insigne miembro de la comunidad
guíense dado

el gran afecto y cariño que siempre mostró hacía Guía, donde desarrollo
una gran

labor social, cultural y deportiva, como Vicepresidente del gran Tirma
C.F. y de la

Rondalla Tirma-Guíense respectivamente. Toda su vida fue un alto
funcionario del

Registro de la Propiedad.

Cuando Antonio Huertas, bajaba por mi calle –la de Medico Estévez-,
bajo los

efectos de una monumental "templaera", sobre las diez u once de la
noche, al pasar

por delante de mi casa, mi madre que como ya manifesté en mi articulo
número 2

de Personajes Populares, disfrutaba haciendo perrerías, -sanas por
supuesto-, le

siseaba –chss…..-, y el bueno de Antonio Huertas casi sin poder
mantener

el equilibrio, se paraba frente a la fonda citada, y comenzaba a
desgranar una

serie de epítetos mal sonantes, -por supuestos-, dirigidos al difunto
Forteza, la

chispa no le permitía discernir, sobre el conocimiento que tenia sobrio
de la

muerte del citado señor, tales como:

"Forteza, h…. de p……, c…….., baja si eres hombre, para que te las veas

con el macho de Antonio Huertas"

Mi madre volvía a sisearle y esto lo ponía más indignado, y aporreando
la

puerta de la fonda, seguía diatribando de manera soez, y cada vez más
fuera

de si. Supongo que algún vecino llamaba a la Guardia Municipal, y

apareciendo por allí una pareja de la misma del servicio de noche que
hacían

los agentes Juan Marques e Hilario Rivero, se lo llevaban a duras a
penas

hasta su casa, para que durmiera la mona.

Por la mañana no se acordaba en absoluto de sus andanzas de la noche

anterior. Resaltar que Antonio Huertas, era un hombre serio, trabajador
y

competente profesional de la marchantería. Jamás observe en el ninguna

palabra mal sonante, era muy respetuoso mientras estaba sobrio, pero
todos

sabemos los efectos que producen la bebida, y cuando se emborrachaba se

disparaba, sin que hubiera forma de pararlo.

En un otoño de la década de los 50, del pasado siglo XX, tuvimos una
invasión

de cigarras, y mientras la gente acudía a los campos ayudar para
espantar a

tales bichos, el borracho como una cuba y con una guitarrilla que tenia

sentado en Plaza Grande cantaba y alegraba su espíritu, totalmente
ajeno a cuanto

estaba sucediendo. Fue un extraordinario personaje del cual guardo
muchos y

gratos recuerdos. Antonio Huertas fue todo un icono entre la gente
popular de

Guía.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Julio 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 13/12/2009.


Personajes populares 2

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (2)

Por Juan Dávila-García

Mi recuerdo hoy va hacia la familia Artiles, naturales de Guía y que
más tarde al menos uno de ellos llamado Francisco emigro a Gáldar padre de
la famosa Claudina, tan conocida en ese pueblo por una serie de motivos de
diferente naturaleza. El patriarcado de tan significada familia estaba
formado por el matrimonio Manolito y Anita Artiles, fotógrafos de
profesión, -parientes de los Estévez conocidos por los Reina y de los
González, entre otros Manolito el "Guajiro" y sus hermanos Severo, Siso,
-fallecido muy joven y que fue un gran bregador de la lucha canaria-, y
Corrita. Este matrimonio tenían los siguientes hijos, Claudina, -guapísima
hembra y la única normal-, Francisco, Tito, Manolo, a los cuales les
revestía una disminución psíquica de constatados quilates, especialmente a
Tito y Manolo, -este ultimo va a ser el personaje central de tan afectuoso
trabajo-, pues no en vano Claudina su hermana, tenia mucha relación con mi
madre y mis tías en la calle Medico Estévez.

Manolo Artiles, tiene en su haber unos episodios de grandilocuente
realce dado lo graciosos y simpáticos que fueron, -que lo hacen ser un
personaje popular dentro del contexto de los que han habitado y habitan en
Guía-.

Según me comentaba mi madre, -manifestar que la misma era muy
extrovertida y empleando el termino coloquial "cachondeo" le encantaba
hacer perrerías de contenido sano y sin dañar a nadie-, este sujeto solía
ir de visitas casa de mi familia, acompañando a su hermana la citada
Claudina, -estoy hablando posiblemente del año 1926 del pasado siglo XX-.
Entonces mi madre le decía a Manolo, que cantara y el le manifestaba, que
canto Antonia, y mi madre le argumentaba la siguiente letra, --Manolito
Artiles y Anita la boba--, refiriéndose a sus padres que tampoco eran
normales, le daba una perra y lo echaba a la calle y el infeliz de Manolo
empleando melodías inventadas por el, iba desde la calle donde residía mi
familia hasta su casa, -que era donde siempre vivieron los Guajiros-, con
la letanía anteriormente expuesta.

En una ocasión estando en la azotea de su casa, sintió que llegaba a la
Plaza, una excursión, y ni corto ni perezoso se tiro a la calle y allí se
quedo todo "espachurrado", cuando el medico lo estaba curando le pregunto,
¿porque lo hiciste Manolo?, y el tan pancho le contesto, -para llegar
primero-. En otro momento de su simpática vida, se confeccionó unas alas
de papel de periódico, y se arrojo a la calle intentando volar, el
batacazo fue impresionante. Pero todavía hay una anécdota de Manolo, de
mucho más calado, aunque con connotaciones sacrílegas, aunque nadie se la
tuvo en cuenta dada su profunda subnormalidad. Este episodio, estimo
pertinente relatarlo en negritas:

"Manolo Artiles, un día se metió en la iglesia y dirigiéndose al
sagrario, lo abrió y tomando el copón donde estaban las hostias
consagradas las cogió, y metiéndoselas en la boca se las comió, una vez
que hubo salido de la misma corriendo se dirigió hacía la plaza gritando,
-me he comido todos los dioses".

Este elemento gracioso aunque limitado siguió haciendo, de las suyas,
aunque su trayectoria terrenal no fue muy amplia pues falleció bastante
joven.

Sus padres Manolito y Anita, tuvieron un estudio fotográfico, por
debajo de la peluquería de Juan Fernando, la cual fue más tarde de Juan
Aguiar conocido por Juan Gopar, casi frente a la casa donde posteriormente
vivieron los Guajiros, el viejo Mayoyo con su esposa, -como le llamaba mi
padre-, y sus hijos Lito y Paco fallecido creo que en Venezuela.

Esta familia Artiles desarrolló desde punto de vista social una gran
labor en Guía, puesto que como se decía en aquellos tiempos eran los
únicos "retratistas" existentes en mi pueblo. Tengo en mi poder algunas
fotos realizadas por esta singular pareja, cuyo valor estimo hoy es
incalculable, especialmente una de mi madre con unas dimensiones de 1,20
de alto por 80 cms., de ancho, con una gran nitidez y elocuente formato.

Todavía quedan muchos personajes populares de Guía, de los cuales
seguiré hablando, pues estimo que la grandeza de un pueblo no solo estriba
en mencionar a las personalidades que por su condición social, titulación,
cultura, etc., hayan nacido en el mismo, también estos seres quizás algo
anodinos por sus elocuentes taras, merecen ser recordados e incluidos, en
el rol, como en este caso y otros, en la rica historia de nuestro pueblo.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Julio 2006.

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Personajes populares 1

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (1)

Por Juan Dávila-García

Por antonomasia o por excelencia, si se quiere, es muy común en los
pueblos canarios, la existencia de personajes populares, que le han dado
al entorno un gran significado a la gracia y simpatía que a los mismos en
ciertos y determinados momentos les reviste, y que es como una impronta de
alto valor, cuyas connotaciones a veces grandilocuentes definen de manera
sistemática el carisma y arropamiento que sus conciudadanos les otorgamos.
Guía, no podía dejar de ser ajena a tan elocuente realidad de este iconismo de tal virtual transcendencia. Dado que la mayoría de
estos personajes estaban aquejados de una cierta disfunción orgánica, -y
quiero dejar bien patente que estas manifestaciones no encierran por mi
parte ningún sentimiento peyorativo, todo lo contrario, siento hacia ellos
un gran cariño y afecto, y me enorgullezco de haber tratado con amistad a
todos cuanto aquí voy a nombrar y en especial, al personaje central de
este trabajo-. Así por ejemplo recordar a Tito y Manolo Artiles, Lala la
barrendera, Polo, Pedro el de maestro Nolasco al cual le llamábamos Mister
Churchill y por supuesto al gran Tomasín, al cual Braulio le ha dedicado
una canción de elocuente valor artístico, con una melodía y una letra de
magnifico contenido.

Pero el personaje que quiero enjuiciar, era una ser normal y muy
capacitado, pero que padecía un síndrome muy característico en aquellos
tiempos, su gran amor a la pesca, y dentro de esta ciencia ictiológica,
era una elocuente pescador de morenas, posiblemente el mejor que yo haya
conocido en toda mi existencia.

Me refiero a Francisco Estévez, conocido por Paco mano. Trabajaba con
mi padre, y todos los lunes muy tempranito, siendo yo un niño nos íbamos a
pasar el día a la Baja y Pasopalos. En la Atalaya, a la entrada de la
misma en la tienda de Alvarito, que era algo sordo comprábamos latas de
sardinas, pan, fruta, una botella de ron y algunas cosas más. Una vez
abajo "Paco mano" preparaba sus pertrechos pesqueros e iniciaba su faena,
en pos de conseguir la mayor cantidad de esta especie anguiliforme de rico
sabor.

Es hasta cierto punto gracioso hacer constar, el artilugio que este
entrañable amigo utilizaba para la captura de las morenas y machos
morenas, -valga la redundancia-, que consistía "en un trozo de caña de un
metro aproximado de longitud totalmente hueca, dentro de la misma en forma
de lazo introducía un cordel que formaba una onda en el termino de la
misma, -la parte que se metía en el agua del charco-, con un pequeño
alfiler curvado le ataba un "un burgáo o trozo de lapa" a modo de carnada
y cuando el pez intentando comerse lo que estimaba un festín y pasaba la
cabeza por la onda, Paco tiraba fuertemente del cordel y la dejaba
enganchada", -como ahorcada-, y machacándole la cabeza la tiraba a la zona
seca que tenia detrás. El amigo Paco para llevar adelante tan elocuente
faena, utilizaba una liturgia, decía el de connotaciones ancestrales, como
era el "canto de la morena", muy usado en aquella época y que creo por lo
que me han comentado algunos pescadores siguen utilizándolo hoy. Era una
verdadera epopeya verlo en cuclillas en la orilla del charco rocoso,
sacando incesantemente morena tras morena a veces hasta diez y quince
ejemplares.

Cuando llegaba la hora de comer, cogía la morena más pequeña, y
haciéndola rodajitas, las asaba en un fuego que hacíamos con las cañas que
cogíamos por el camino del exterior de la finca de los Molinas. Son
momento de mi infancia que recuerdo con verdadera emoción, Paco mano, era
una personaje singular y por desgracia para el relativamente joven y por
problemas en la vista no pudo seguir ejerciendo, la gran pasión de su vida
"la pesca de la morena".

Posiblemente hoy en Guía no se le recuerde, falleció no hace muchos
años. Pero sus hijos, nietos y biznietos, -Inmaculada, Antonio Afonso "su
yerno" y demás miembros de su estimada familia si que siempre lo
recordaran-, fue un hombre honrado, trabajador y dada esa peculiaridad tan
verosímil de hombre del mar, -olfateaba las diferentes mareas y a veces
pescando en algún punto de la costa guíense, veía venir los tiempos tan
típicos de la zona, el norte o el noreste con sus grandes olas y la enorme
virulencia de sus vientos, y así se lo advertía a los que estaban pescando
a su alrededor, para que tuvieran cuidado-.

No era un intelectual, -entendiéndose la palabra como tal-, pero estaba
en posesión de una gran sabiduría, la cual le venia de sus largas estancia
en la orilla del mar la cual conocía como nadie, y a más de algún
aficionado pescador salvo de graves apuros, haciéndole ver la dificultad
que ejercer esa función mitad arte y mitad deporte les podía acarrear.

Paco mano, fue un hombre popular y por eso le dedico, recordándole con
afecto este reconocimiento que estimo se merece, por las grandes
cualidades que le revestían. Los pueblos como decía al principio tienen a
sus personajes populares con más o menos relevancia, Paco Estévez merece
figurar en la galería de estos seres que la constituyen y que le dan a
Guía la importancia y la grandeza que tiene.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Junio 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/12/2009.


Prólogo de Alejandro C. Moreno y Marrero

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA

Por  Juan Dávila-García

PRÓLOGO DE ALEJANDRO C. MORENO Y MARRERO

Históricamente, los personajes populares han sido
estudiados dentro de lo se ha denominado folklore (conjunto de
tradiciones, usos, costumbres, creencias, leyendas, cuentos y canciones

de un pueblo).

La expresión folklore (saber popular) fue acuñada en
1864 por el inglés William Thoms. Todos sabemos la imprecisión que
encierra este término (considero infinitamente más exacto el vocablo
alemán "volklehre"); sin embargo, según Francisco Carreras y Candí, parece
claro que se trata de algo que existe desde mucho antes de la aparición
del citado anglicismo.

En los últimos tiempos se han propuesto las palabras
demotecnografía
(técnica de descripción del pueblo), demopsicología
(psicología del pueblo), demobiografía (biografía del pueblo o
personajes populares), demosofía (sabiduría del pueblo) e incluso
demopedia (instrucción o enseñanza del pueblo) para hacer
referencia a estos aspectos del folklore.

Sea como fuere, escasos han sido los tratados
folklóricos que han abordado en España el estudio de los personajes
populares. La primera referencia bibliográfica de esta naturaleza que se
conoce nos lleva a la obra de Cristóbal Suárez de Figueroa titulada
"Plaza universal de todas ciencias y artes",
publicada en Cataluña en
el año 1615 y donde se dedica numerosos artículos a la descripción y
análisis de los llamados personajes populares y de oficios (alcahuetes,
bailarines, buhoneros, cazadores, casamenteros, ciegos, danzantes, rameras,
soplones, alarifes, algodoneros, barberos, cuchilleros, carpinteros y
otros varios) de la España de la época.

Varios siglos tuvieron que pasar hasta volver a
encontrar en nuestra literatura folklórica nuevos trabajos acerca del
estudio de estos personajes entrañables. Esto se produciría hacia 1831
merced a una serie de artículos del estudioso malagueño Serafín Estévanez
Calderón en los cuales gentes populares como "Manolito Gázquez "el
Sevillano"
aparecen perfectamente retratados.

Inferior en cuanto a viveza y colorido a Serafín
Estébanez, aunque no por ello menos importante, sería la figura del
folklorista madrileño Ramón Mesonero Romanos, quien, entre 1832 y 1836
respectivamente, publica en la capital española los dos tomos de las
"Escenas matritenses".

Muchos especialistas han considerado que la diferencia
existente entre ambos autores estriba en que mientras Estébanez se limitó
a recoger en sus artículos episodios brillantes del pueblo andaluz,
Mesonero Romanos rescató también aquello que, sin bullangas, sin
estridencias, sin relieve, frío e incoloro, cotidianamente ocurría en el
Madrid de sus tiempos.

A primera vista, parece que las escenas matritenses de
Mesonero Romanos son artículos sin más trascendencia que la de entretener,
sin embargo, cuando se profundiza en ellos, se puede apreciar la sutileza
de un observador que dedicó su vida a mirar a sus conciudadanos de toda
clase y condición social para conservar sus memorias.



"el hombre en el fondo siempre es el mismo, aunque
con distintos disfraces en la forma: el palaciego que antes adulaba a
los reyes, sirve hoy y adula a la plebe bajo el nombre de tribuno; el
devoto se ha convertido en humanitario; el vago y calavera en
facciosos y patriota; el historiador en hombre de historia; el
mayorazgo en pretendiente; el chispero y la manola en ciudadanos
libres y pueblo soberano. Andarán los tiempos, mudáranse las horas, y
todos estos tipos, pasarán, como los otros, a ser añejos y
retrógrados, y nuestros nietos nos pagarán con sendas carcajadas las
pullas y chanzonetas que hoy regalamos a nuestros abuelos. ¿Quién
reirá el último?"
(Fragmento del prólogo de las Escenas
Matritenses de Ramón Mesonero Romanos).



El editor madrileño Ignacio Boix, siguiendo esta misma
línea, concibió la idea de realizar una colección dedicada a los
personajes populares. Desde un primer momento, deseó que la obra fuese
colectiva, y así surge en 1843 "Los españoles pintados por sí mismos",
una colección en la que el Sr. Boix recurrió a los principales
folkloristas españoles de la época, entre los cuales, obviamente se
encontraban los dos personajes antes citados así como Manuel Bretón de los
Herreros, Juan Eugenio Hartzenbusch, Vicente de la Fuente, José María
Tenorio, Fermín Caballero, Juan Martínez Villegas, Jacinto de Salas y
Quiroga, y otros muchos que decidieron encubrirse con el anónimo.

Años más tarde, concretamente en 1848, vería la luz la
primera edición de la obra "Doce españoles de brocha gorda" del
escritor Antonio Flores, quien ya había colaborado en la colección
anterior, pero que, esta vez, penetrando más en la vida popular y
analizando minuciosamente las características diferenciales de los
individuos, logró hallar personajes que no habían sido estudiados hasta
ese momento.

Es algunas décadas después, cuando el Romanticismo
literario español enlaza con lo que sería denominado "Costumbrismo
canario", un movimiento que, como su propio nombre indica, presta especial
atención a las costumbres típicas (entiéndase también los personajes
populares) de nuestras islas. Asimismo, conviene aclarar que en Canarias
no existen formas concretas de costumbrismo, sino sutiles derivaciones de
un interés por los "tipos y personajes populares" que, mezcladas con otras
formas literarias, van desde la aproximación folklórica hasta la crónica
periodística.

Dejando a un lado el antecedente que supone la prosa
lírica que representa el lanzaroteño José Clavijo y Fajardo al preocuparse
por algunas gentes populares propias de cierto periodismo ilustrado
tardío, es sólo a partir de finales del s.XIX cuando, en efecto, se pueden
identificar en el Archipiélago algunas huellas folklórico-costumbristas.

El interés por personas, casos y comportamientos
típicos de la región canaria (o tipificados por el escritor), comienza a
observase con claridad en la obra de los hermanos Millares; sin embargo,
ni el uno ni el otro pueden ser denominados costumbristas, pues, los
comportamientos y los diferentes tipos populares verdaderamente
aparecerían descritos hacia 1926 en el libro "Canariadas de antaño".

En este contexto, otros prosistas y dramaturgos del
llamado regionalismo finisecular también deben ser citados: desde Benito
Pérez Armas hasta Ángel Guerra, pasando por Diego Crossa. No obstante, se
considera que fue el ¿modernista? Alonso Quesada en cuya obra "Crónicas
de la ciudad y de la noche"
(1919) se pueden vislumbrar ciertas formas
costumbristas, pero inmensamente fundidas con la crónica periodística tan
demandada entonces en Canarias e Hispanoamérica.

Algunos autores posteriores quisieron regresar de nuevo
al costumbrismo decimonónico a través de personajes entrañables a los que
se les atribuye la observación social así como la descripción de sus
comportamientos. Este sería el caso, obviamente, de Francisco Guerra
Navarro, quien a través de Pepe Monagas representa al personaje popular
por antonomasia, aunque profundamente retocado por la voluntad
humorística.

En 1963, el folklorista Néstor Álamo publicaba la
primera edición de su estudio sobre Dña. Agustina González y Romero
(cariñosamente conocida como "La Perejila"), donde nos acerca a unos de
los personajes más populares de la Vegueta de finales del XIX.

Relativamente recientes son, solo por citar algunos,
los trabajos del prof. Antonio Bethencourt y Massieu acerca de su homónimo
y comerciante de la calle de la Peregrina D. Antonio Bethencourt, la obra
de José Miguel Alzola sobre "D. Chano Corvo: crónicas de un jardinero y
su jardín"
; o, incluso, el ensayo de José Luís López Pedrol dedicado a
la tan recordada Lolita Pluma.

Dicho lo cual, en nuestra ciudad de Guía de Gran
Canaria tampoco han faltado quienes se hayan interesado por los personajes
populares.

Así, el periodista Sigfrido Calero, en un magnífico
artículo publicado en La Provincia el 4 de Abril de 1987, escribía:



"Es muy posible que al relacionar estos apodos
cariñosos que tuvieron muchos guienses, nuestra mente nos lleve a la
nostalgia de otras épocas… A la historia de nuestro municipio, la de
las gentes y sus apodos. Les recuerdan algo los dichetes de Lala,
Sasito, El Brimba, Matías, El Canuto, La Caja, Pochivio, Tomasín, El
Tranquilo, El Vinagre, Cubanito, El Pollo de Anzo, El Mudo, El Chilgo,
Paeo, El Cuetero, Copá, Sendito, El Herrero, Cigarro Puro, Lugino,
Santito, El del Drago, Pilarito Fox, El Tisnao, El Menú, El Largo,
Manolete, El Rubio, El Bambi, Blasón, El Sepulturero, El Molinero, El
Tigre, El Pelú, El Claca, El Barato, El Papona, El Dentista, El
Recadero, El Málaga, El Pájaro, El Bodeguero, Serío, Colasa, La de los
Chochos, La de los Siete Machos, Meina, Pan de a Perra, El Papa, El
Cáscara, El Gago, El de la Luz, Jirió, Tarzán, El Peo, Peo Pica,
Cepillillo, Los Humildes, El de la Viela, Yoyo, Las Cubanas, Maestro
Blas, Los Churros, Los Salustie, La Sorda, El Lechero, Los Burros, El
Sacristán, Caganío, El Campanera, El Malacara, El Empenao, Polo,
Flores, El Sardina, Basilisco, El Cachimba, El Fatiga, El Plegaria, El
Pianista, El Mortadela, El Mole, El Bandurrín, El Liberato, El
Estiércol, El Galleta, El Malena, Bartolito, El Grullo, Los Pavos, Los
Blancos, Los Meicos, El Zurdo, El Mula, El de la Botica, Los Moscos,
El Justicia, Los Virgilios, EL Gato y El Chico".



Y, por supuesto, el prolífero Memorialista guiense Juan
Dávila García, quien con su colección de personajes populares ha rescatado
del olvido una buena parte de nuestra historia chica que, de no haber sido
por la publicación de tan entrañables artículos, seguramente se hubiera
perdido.

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Julio de 2006

E-mail:

alejandromorenomarrero@yahoo.es

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Poema de Alejandro C. Moreno y Marrero dedicado a Juan Dávila

 


A JUAN DÁVILA

Poema de ALEJANDRO C. MORENO Y MARRERO

 

Prolífico escritor

Eminente folklorista

Nombre, hombre y artista

Elocuente conversador.

De la música, cultivador

De la palabra,
equilibrista

De nuestra tierra,
cronista

De la cultura, difusor.

Hijo de esta ciudad,

De la noble ciudad de Guía

Así es mi querido amigo,

Mi admirado Juan Dávila
García.
      

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Autor. Alejandro
C. Moreno y Marrero,
Guía de G.C. a 9 de Junio de 2006.

E-mail:

alejandromorenomarrero@yahoo.es

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Personajes populares 12

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (12)



Pepito Martín

Por Juan Dávila-García

Allá por los años cuarenta y cinco y posteriores, -tal vez hasta
finales de la década de los cincuenta-, el almacén de los Betancores en
Guía estaba regentado por José Martín conocido por todos como Pepito
Martín, que lucía un enorme mostacho muy de acorde con su gran humanidad.
Amante de los perros, siempre se hacía acompañar por un perro negro de
enormes proporciones, -creo que de la raza San Bernardo-, al igual que
otro que tuvo posteriormente pero este mezclado de color blanco y negro.
Pepito Martín siempre estuvo respaldado por el encargado general del
almacén de empaquetado que era Miguel Armas, -que fue durante muchos años
el insigne portero del mítico Tirma C.F.- Este personaje al que le quiero
dedicar hoy mi relato era muy enamoradizo y tuvo más de un fracaso
sentimental, hasta que ya bastante mayor se casó con una joven de Agaete.

Vivía junto con su hermana Linita y Antonia Rodríguez en el callejón de
León, en un hermoso caserón cuya arquitectura tenía una gran relación con
las edificaciones coloniales de épocas pasadas, con un hermoso patio
engalanado con unas frondas de enorme belleza y elocuente contenido. En
los risquetes frente a la zapatería de maestro Pedro Porin, tenía una casa
la cual era usada comúnmente como vestuario de los jugadores del citado
club de fútbol del cual era presidente y también para otros menesteres
bastantes menos edificantes.

Aproximadamente en el año 1946, arribo a un burdel de la Atalaya, una
prostituta procedente de Las Palmas, llamada Matelle, la cual constituía
un compendio de hermosura y belleza fuera de lo común, ni que decir tiene
que se enamoro locamente de ella y se la llevo a vivir a su casa citada de
los risquetes. A esta mujer preciosa de cuerpo, la revestía también una
gran facilidad para cantar, y así lo acreditó en diferentes ocasiones en
algunas serenatas donde acompañada de mi padre, mi primo Alberto, Pepiyiyo
y Mariano Chirivella, se exhibieron en la ventana de mi casa y en muchas
casas más de Guía. Fue tal la locura de amor que sintió por ella que llego
hasta proponerle matrimonio, cosa que ella acepto aparentemente de manera
provisional, pues cuando llego la hora de iniciar los preparativos para la
boda, incluso con la casa amueblada y ordenada para la cohabitación,
Matelle se rajo, y mi padre que era muy prolifero a contar musicalmente
cuanto aconteceres se le pusieran por delante les dedico una copla, que
decía: "Y ahora dice Matelle que no se casa con los muebles comprados y
Pepe en casa". Recuerdo oírle cantar esta copla con ritmo de isas, folias
y malagueñas, a Juan el claca en muchas ocasiones en parrandas privadas,
pues mi padre nunca permitió que la misma saliera a la calle y fuera del
dominio de todos los cantadores de la época.

Pepito Martín, fue una excelente persona, caballeroso, gentil y muy
servicial, pero tenía esa irremediable afición, el gusto excesivo por las
mujeres. Fue un significado personaje en Guía y se implico bastante en la
vida social de nuestro querido pueblo, al cual desde la presidencia del
Tirma C.F., le dio una gran pujanza ya que consiguió con este
extraordinario equipo sonados triunfos que repercutieron de manera
ostensible en la semblanza de los guíenses, que disfrutábamos con el
desarrollo que los miembros del mismo acreditaban en la cancha.

Durante muchos años ejerció como gerente o regente de los Hermanos
Betancores, en la zona, y desde ese puesto privilegiado ayudo a muchas
familias, otorgando puestos de trabajo a gran cantidad de gentes. Tenía la
virtud del "mecenas" e hizo elocuentes favores de toda índole.

A la hora del aperitivo se iba a la bodega de Santiago Gil Cabrera y no
se si por esnobismo, o porque era un buen "gourmet", se tomaba sus copitas
de coñac "Magno", algo privativo para la mayoría de los ciudadanos de a
pie en aquellos tiempos ya que se trataba de un oloroso de elevado precio.
Era elocuente su forma de apreciar el hermoso color ámbar de tan preciado
licor el cual saboreaba con connotaciones sibaritistas.

En fin que Pepito Martín, ejerció en Guía una gran labor que muchos
habitantes de nuestro pueblo todavía recuerdan, no en vano se implico
socialmente en la vida cultural del mismo y cuando todavía los Carnavales
estaban proscritos muchas veces presto los salones del almacén para que en
los mismos se celebrasen extraordinarios bailes de mascaras, donde de
manera muy natural intervenía, animando a las gentes a que pasasen a
divertirse. Dada la gran amistad que le unía con mi familia especialmente
con mi tía Lorenza y mi padre, siempre se le tuvo un gran aprecio en el
seno de la misma. Nunca fue asiduo visitante del casino, su singladura
estaba lejos de ser un comparsa más en el mismo, el iba a lo suyo y de
verdad que supo sacarle partida a la vida.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Julio 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 10/12/2009.


La camiseta Puma (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LA CAMISETA PUMA



Santiago Gil














Supongo que escribimos porque lo que encontramos en la
calle no satisface nuestros deseos de vivir intensamente. Por eso a veces
nos refugiamos en una habitación y empezamos a darle vueltas a nuestros
recuerdos y a nuestra imaginación más o menos volandera. De niño
escribíamos a cada paso que íbamos dando por el mundo. Ahora también
escribimos mientras caminamos, amamos, sufrimos o vemos caer el sol a
última hora de la tarde. Pero no es lo mismo, siempre queda un regusto
agridulce en todo lo que hacemos, una especie de racionalización que acaba
matando la magia y el encanto de todos los momentos, incluso de los más
sublimes. Y luego están los miedos y está la muerte. De niños, si nos
acercábamos alguna vez a la muerte, era jugando; de mayores, en cambio, si
la vemos cerca nos solemos quedar apesadumbrados, y cuando se nos va
alguien próximo lo tomamos como un toque de atención, como un mensaje
evidente de que esto va en serio, de que es verdad que dura tres días, y
de que somos vulnerables y febles, esencialmente mortales, y por supuesto
no más que unas consecuencias del azar y de los golpes de suerte. Cuando
escribimos tratamos de ordenar un poco el mundo, y al mismo tiempo de
exorcizar los miedos y esos descontroles que nos dejan a merced de
cualquier contingencia, desde una maceta que cae justo sobre nuestra
cabeza, a un coche sin frenos o a un virus que a lo mejor ya llevábamos
dentro del cuerpo cuando nos veíamos como los reyes del mambo por haber
conseguido cuatro o cinco logros más o menos llamativos. Cuando escribimos
ponemos las cosas en su sitio, y cuando escribimos recordando nos damos
cuenta de que lo único que realmente controlamos y podemos transformar es
el pasado. Ahí sí somos los dioses y tenemos capacidad de quitar o poner
lo que nos dé la gana para que nada enturbie nuestros recuerdos. Por eso
en las memorias hay tanto de falsía y de encubrimiento, porque sentimos la
necesidad de tirar casi siempre de lo bueno: sólo olvidando los desastres
podemos seguir adelante. Los recuerdos siempre se inventan cuando se
escriben, aun siendo verdaderos y presentándolos casi como un acta
notarial. Cuando se llevan al papel pasan a ser literatura, y por tanto
entran a formar parte de la ficción: todo lo que se lee se sueña. Incluso
quien escribe de sí mismo sueña esa vida que reconstruye tirando de
fogonazos. Y vale todo para rescribirnos, por ejemplo la camiseta Puma que
atravesó conmigo casi toda la infancia. Era la misma camiseta que llevaban
en los entrenamientos y en las fotos del As Color y del Don Balón muchos
de nuestros ídolos futboleros, sobre todo Carlos Morete "el Puma", aquel
delantero centro que arrancaba como un caballo desbocado cada vez que
Brindisi le metía un balón en profundidad. Era como una ecuación perfecta:
control y pase al hueco, y luego carrera y remate certero al fondo de las
mallas. El Insular casi escuchaba el corazón de Morete a medida que corría
en busca de la portería con el balón siempre en el lugar preciso para
pegarle un chutazo imparable. La camiseta Puma que recuerdo, azul y
blanca, me sirve por tanto para ir asociando ideas que de no haber sido
por ella a lo mejor no habrían aparecido nunca o lo hubieran hecho de otra
manera, acompañadas con otras vivencias y otros rostros. Con esa camiseta
que no veo desde hace más de veinticinco años jugué partidos interminables
en la cancha del instituto: de esa cancha los recuerdos se asocian al
dolor de las caídas y a la constante búsqueda del balón: no nos gustaba
jugar en ella porque el gol se convertía en una penitencia si no lo
marcabas de tiro raso. Desde que pasaba la media altura se perdía la
pelota detrás de unas redes que nunca estuvieran puestas en su sitio. En
una portería el balón salía disparado hacia la cancha de baloncesto o
directamente al barranco, y en la otra cada gol nos ponía el corazón en un
puño si no alcanzábamos a ver sobre la marcha el balón entre la maleza,
las tabaibas y las tuneras que había justo detrás de las dos filas de
gradas. Claro que si los tiros salían desviados ya te podías ir
despidiendo del balón de reglamento. Pero esa camiseta Puma de la que les
vengo hablando también fue testigo de los partidos en la cancha del
barranco, aquel espacio multiusos y vallado en donde dejamos escritas
tantas tardes memorables los niños de mi generación. Allí también te
podías romper la crisma con los desniveles, además de hacerte un lío con
tantas rayas y tantas campos de juego marcados en el cemento. No nos
importaba ese galimatías: teníamos el pueblo a tiro de piedra apenas
levantábamos la cabeza y aquellas duchas de agua helada en las que nos
metíamos desafiando al invierno para refrescarnos entre partido y partido.
La cancha del colegio, en cambio, estando tan cerca y a lo mejor hasta
mejor equipada, nunca tuvo el pedigrí de la del Hogar Rural, que era como
entonces se conocía al actual Albergue, aunque la cancha actual no se
parece en nada a la de entonces. También los balones salían fuera si
desviabas un poco el tiro, pero solían quedarse a la vista o más o menos
localizados. Esa camiseta, de la que no he vuelto a tener noticia, también
estuvo conmigo en los primeros partidos de baloncesto, o en las
competiciones de fútbol que improvisábamos en cualquier descampado
colocando dos piedras a modo de portería. Uno luego se aleja de los
escenarios de la infancia, y también de las ropas y los amigos con los que
compartimos todas esas vivencias. Cierro lo ojos y soy capaz de rememorar
cada par de playeras o de botas de fútbol de esa época, y hasta los goles
logrados con cada una de ellas. Era nuestro equipaje cotidiano para
acercarnos a los sueños y para imitar a nuestros grandes ídolos futboleros
de la infancia. La camiseta Puma azul y blanca, que siempre me quedó
grande - incluso cuando me fui haciendo mayor me seguía quedando grande-
se empeñaba en cruzar conmigo cada día memorable de aquellos años: era la
que sentía el latido de mi corazón, la que recogía mis primeros sudores y
la que sufría los destrozos de alguna que otra pelea o de las jodidas
trabazones de cuando nos metíamos en cañaverales o fincas prohibidas.
También quedó empapada por la lluvia alguna tarde, o marcada con el barro
del balón que golpeaba nuestro estómago o nuestro pecho dejándonos al
borde de la asfixia. Lo que no hacíamos los niños de entonces era imitar a
nuestros ídolos en el intercambio de camisetas. Yo por lo menos jamás
hubiera permitido que mi camiseta Puma azul y blanca la llevara otro que
no fuera yo. Luego, ya ven ustedes, pasan los años y no sabemos ni dónde
la dejamos ni en qué momento empezamos a traicionarla. Supongo que sucede
como con casi todos los pasos que vas dando en la vida: que las cosas
suceden sin que nos demos cuenta, desaparecen por sí mismas, nos dejan o
las dejamos, y vienen otras que las reemplazan para que siga el curso de
la historia y de nuestra vida dentro de ella. Un pasar constante, que era
lo que nos decía Heráclito de Éfeso en las primeras clases de filosofía,
lo del agua y la imposibilidad de los dos baños en el mismo líquido
elemento, aunque en este caso el recuerdo se lleva por delante todas las
filosofías. No somos capaces de compartir lo que compartimos con nuestras
prendas más queridas de entonces, pero al recordarlas les estamos dando
vida, y de paso también nos revivimos a nosotros mismos cuando vestíamos
aquellos equipajes de sueños que no nos quitábamos de encima ni cuando
íbamos a dormir. La camiseta Puma ha aparecido rediviva después de muchos
años. De no haber escrito estas líneas posiblemente hubiera quedado en el
olvido para siempre; por eso la literatura es tan mágica, porque hace
posible la resurrección y también los milagros. A estas horas no creo que
haya otro niño corriendo por las canchas con ella, entre otras cosas
porque acabó desteñida y ajada de tanto uso y tantas tardes de pequeñas
glorias deportivas. Pero yo sí puedo volver a recuperarla con los brillos
y los sudores de entonces: azul con rayas blancas en el cuello y en las
mangas, casi siempre por fuera del pantalón, como los jugadores que más
nos gustaban entonces. Si alguien la descubre por las calles de mi pueblo
que sepa que soy yo el que va dentro de ella camino del barranco.

Abril de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los sellos luminosos (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS SELLOS LUMINOSOS



Santiago Gil














El buzón de correos era parte del paisaje de nuestra
infancia. Nos encantaba echar las cartas en aquellas moles cilíndricas y
metálicas que nosotros soñábamos casi mágicas. Cuando veías caer la carta
no pensabas nunca que se quedaría dentro hasta que llegara el cartero con
la llave a retirarla. Había algo esotérico que te hacía pensar que la
postal o la carta ya caminaba en busca de su destinatario por caminos
subterráneos o por invisibles conductos que nosotros no éramos capaces de
ver. Todo eso me imagino que vendría por las cartas a los Reyes Magos que
depositábamos cuidadosamente en los buzones amarillos de nuestra infancia.
No parábamos de preguntar si era seguro que a través del buzón llegaría
sin problemas a Baltasar, Gaspar o Melchor. No las teníamos todas con
nosotros, y de una forma tácita todos los niños nos poníamos de acuerdo
para utilizar el mismo buzón. No sé si fue por ser el primero que había a
la entrada al pueblo o por ser uno de los más llamativos, pero lo cierto
es que casi todos coincidíamos metiendo nuestras cartas peticionarias en
el que estaba en la esquina de Médico Estévez con la calle Real, justo
enfrente del comercio de mi padre. Cuando echabas la carta encomendabas tu
suerte a la magia del buzón elegido. Antes habíamos ido a comprar la
referida carta a la librería de Doña Mercedes y don Pepito Pons en la
calle Marqués del Muni. Siempre me he preguntado qué diablos harán los
carteros con las miles de cartas de niños que reciben en navidad. Si yo
fuera cartero tendría una colección interminable de cartas de reyes. No sé
que daría yo ahora mismo por volver a encontrarme con uno de aquellos
textos que escribía cuidadosamente y con la mejor de mis letras pidiendo
la bicicleta, el robot o la cartuchera con la pistola de mixtos. Igual los
carteros se desternillaban de risa cuando leían nuestras ingenuidades,
sobre todo cuando nos poníamos a justificar nuestras conductas anuales y
nuestros pequeños pecadillos de infancia. Esas cartas casi nunca
necesitaban sellos. Venían con un diseño y con el sobre y el papel
configurado para llegar directamente a los magos de Oriente sin necesidad
de pegarle el cabezolo de Franco. Así y todo muchas veces no nos
convencían y terminábamos estampando el sello de marras al lado de las
efigies de Melchor, Gaspar y Baltasar. Supongo que todas esas cartas hace
tiempo que forman parte de la historia de los vertederos guienses, pero
uno siempre tiene la duda y a veces llega a pensar si no estarán aún por
el subsuelo de aquel buzón en el que depositábamos todos nuestros sueños.

En aquellos años crédulos y fantasiosos de nuestra
infancia las postales tenían un brillo especial que las volvía un poco
kitsch, casi siempre retocadas por alguien a quien se le iba la mano con
los brillos y los colores. Las de Guía me acuerdo que aparecían siempre
con unas plataneras de un verde tan intenso que casi parecía una ciénaga o
parte del Amazonas más profundo. Aquellas postales que recibíamos junto a
los sellos entonces también más luminosos y brillantes eran como
invitaciones a los sueños y a los viajes más soñados. Siempre que llegaba
una postal de la Península, de otras islas, y no digamos del extranjero,
nos poníamos a volar sobre la marcha imaginando lo que habría detrás de
cada una de aquellas fotos. Era parte de un juego necesario para ensanchar
el mundo en una generación que sólo tenía un canal televisivo y que aún no
disponía del Google Earth para recorrer el planeta.

Yo fui coleccionador de sellos de correo, usados o
recién salidos en colecciones que nos guardaban en las oficinas y que
llegaban a nuestras manos cargadas de historia y referencias
conmemorativas. Cada sello era un billete con el que poder recorrer el
mundo. Nos guardaban los sobres y nosotros los poníamos en remojo para
desprender los sellos matasellados en Caracas, en Río de Janeiro o en
Sevilla. Tocando y mirando los sellos tocábamos y mirábamos las ciudades
de donde procedían y también todo el camino que habían recorrido hasta
caer en nuestras manos. La lupa servía entonces para engrandecer nuestra
capacidad soñadora. Cada sello era una aventura.

Hoy andamos con comunicaciones más asépticas e
inmediatas. En un segundo hacemos llegar un mensaje al otro lado del
planeta a través del correo electrónico. Pero no es lo mismo, nunca
tendrán el encanto ni la luminosidad del sello que anticipa las emociones.
Las cartas de amor sin sellos están como huérfanas, y no digamos las
declaraciones virtuales o a través de unas webcams que nos robotizan y nos
convierten en una especie de autómatas o de hermanos clónicos de Blade
Runner. No creo que los niños de ahora estén enviando sus cartas a los
Reyes Magos a través del correo electrónico, pero no me extrañaría, y si
no lo hacen ya lo harán en el futuro. Vale que se ahorra papel y que gana
el medio ambiente, pero no creo que haya papeles mejor gastados que los de
las cartas y los sobres de toda la vida. Si acabamos con ellos acabaremos
también con nuestra propia historia. Y luego está cartero, esa figura
referencial y emblemática que iba por todo el pueblo llevando una saca
cargada de cartas que más de una hacían cambiar la vida o el ánimo de
quien las recibía. A lo mejor me estoy poniendo pesado y poco amigo de los
avances tecnológicos. No reniego del correo electrónico, y de hecho me
parece uno de los grandes milagros en la evolución de la raza humana, pero
los avances no tienen por qué arramblar nuestras pequeñas referencias
cotidianas. Las cartas, los buzones o los carteros deben seguir formando
parte de nuestra vida. Si suprimiéramos los sellos estaríamos suprimiendo
también nuestros instintos más aventureros e imaginativos, la huella que
queda de nuestro paso por el mundo, el matasellos que certifica nuestras
querencias y nuestras amistades más lejanas. Cuando alguna vez abro mi
colección de sellos de la infancia regreso inmediatamente a casa.

Marzo de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los trenes (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS TRENES



Santiago Gil














No sé si condiciona o no crecer sin tener cerca una
estación de trenes por la que escaparse. Las aventuras son más aventuras
cuando se mueven en tren, lo mismo que la marcha en busca de la gloria, o
el mismísimo regreso cuando volver es un sinónimo de fracaso. La vida pasa
de otra manera en los trenes, sobre todo en aquellos lejanos de vapor que
ya no vimos, pero también en los destartalados, lentos y oscuros que
recorrían los años sesenta y setenta de la Península. Nosotros no teníamos
trenes a los que subirnos en busca de la gloria o el fracaso. Para escapar
teníamos que acudir al barco o al avión. La tierra no es nunca lugar de
huida para los canarios. Sólo podemos escapar por mar o por aire, de ahí
nuestra inevitable melancolía y la tendencia que tenemos a escondernos en
todas las orillas o en la lejana presencia del cielo y las estrellas. La
huida era un sueño que recreábamos siempre mirando las olas de la playa.
En otros lados bastaba una mochila y un poco de determinación para saltar
a los vagones de un tren, o para subir a una guagua que ayudara a cambiar
de destino, de lengua y de mundo. Nuestras guaguas siempre acababan
encontrando las playas o los acantilados de la costa, y el avión era caro,
caro y poco romántico para marchar llevando sueños volanderos metidos en
la cabeza. Los canarios hubiéramos sido distintos de haber tenido tierra
para huir. Pero nos tuvimos que quedar, o regresamos con los mismos
turistas que vienen aquí como quienes van a Disneylandia. Ahora tampoco
los trenes tienen ese halo aventurero, y de hecho son casi iguales a los
aviones. Nuestro romanticismo viajero lo encontrábamos en el barco, pero
la huida en barco es lenta, pesarosa y dada a la meditación y al
arrepentimiento por las muchas horas muertas que tenemos para pensar. El
tren, en cambio, va rápido y aleja igual de raudo los paisajes. Casi no
nos deja tiempo para la nostalgia.

Nosotros sólo teníamos trenes eléctricos para soñar.
Nos encantaba estar durante horas siguiendo la agilidad casi felina de la
máquina que iba arrastrando sus hierros por los raíles. Éramos capaces de
estar durante horas dejándonos hipnotizar por la velocidad soñadora de los
trenes eléctricos. No recuerdo quedarme quieto de niño muchas veces, me
aburrían los juegos lentos o los que requerían pensar más de la cuenta.
Tampoco aguantábamos los entretenimientos pasivos. Sin embargo los trenes
tenían algo que nos paraba y nos hipnotizaba, tardes enteras escuchando el
runrún mecánico de una maquinaria coordinada y perfecta, casi mítica para
nosotros. Los trenes salían en las películas, y como tales se confundían
con el divismo de las estrellas, con los campos de batalla del Lejano
Oeste y con todo ese otro mundo que tantas veces supimos confundir
benditamente con la realidad.

No estábamos sobrados de máquinas en los setenta.
Recuerdo que de niños sólo había ascensor en el edificio del Banco Hispano
Americano. Para nosotros ir a casa de algunos de los amigos que vivían en
ese edificio era como entrar en algunas de esas películas de las que les
vengo hablando. Nos tirábamos todo el día subiendo y bajando pisos en el
ascensor hasta que el bueno de Dominguito el portero era avisado por
alguna vecina apurada por no poder subir las escaleras en un medio que era
la envidia de todas sus vecinas guienses. Y lo mismo que digo de los
ascensores lo podría decir de los coches teledirigidos: entonces los
coches que funcionaban con pilas iban a donde ellos les daba la gana. Tú
le dabas a una especie de palanca y ellos se desbocaban chocando con las
sillas o partiéndose en cuatro trozos al caer por una escalera. La llegada
del Mercedes o el Pegaso de Rico fue una gran novedad, casi equiparable a
lo que hoy puede ser una videoconsola: esos modelos, y otros semejantes
que empezaron a aparecer, venían con un cable incorporado y un mando con
el que podías dirigir los movimientos y la dirección del vehículo.
Acababas rendido después de estar durante horas siguiendo a menos de medio
metro las evoluciones del Mercedes o del Pegaso, pero por lo menos lo
hacías tuyo y de alguna manera lo controlabas para que no se estrellara
contra las paredes y las patas de todas las sillas de la casa. La
aparición de los primeros coches teledirigidos ya nos cogió un poco
mayores a los de mi generación, pero no por ello dejamos de alucinar con
las inmensas posibilidades de los veloces coches que tú dirigías
tranquilamente desde cualquier banco de la plaza. Eso sólo lo podíamos
hacer nosotros con los bólidos del escalextrix, pero no era lo mismo,
entre otras cosas porque el escalextrix era un coñazo cada vez que te
ponías a armarlo y porque tampoco lo podías llevar a la plaza. Los coches
teledirigidos llegaron más o menos en los mismos años que las teles en
color, y la verdad es que nosotros vimos todo aquello como una
consecuencia de la muerte de Franco: atribuíamos la llegada de las
máquinas y los colores a la desaparición de un régimen que sí percibíamos
opresor, mojigato, sombrío y sacristanesco sin saber siquiera qué
significaban todas esas palabras o la falta de libertad.

Yo los trenes los descubrí en Inglaterra con doce o
trece años, y además pude viajar en una de las réplicas de los primeros
modelos que inventaron los ingleses, con aquella famosa máquina de un tal
Watt (me suena eso de la máquina de vapor del inglés Watt como una
retahíla de las muchas que nos metieron en la sesera en los años de
colegio). Como siempre ocurre en la vida, la experiencia fue muy
gratificante pero no se asemejó en nada a lo que yo había soñado durante
años. Estaba el traqueteo y el paisaje verde que siempre iba quedando
atrás. Y también la sensación de que tú te movías más rápido que la
tierra. Estaba bien, pero no era lo que yo había recreado cuando seguía
los movimientos de los trenes eléctricos de mi infancia. Claro que eran
reales, y que había raíles, y que las estaciones, aún hoy, siguen teniendo
ese encanto que nunca encontraremos en los aeropuertos o las paradas de
guaguas. Tal vez lo que me ocurría es que los trenes no recorrían los
paisajes de nuestra isla, que es lo que soñábamos nosotros todo el rato.
Incluso me acuerdo de unos raíles que estaban por la Avenida Marítima y la
carretera del Sur por los que supuestamente tenía que circular un tren que
yo nunca vi. Siempre preguntábamos y nos quedábamos mirando aquellos
raíles surrealistas que cortaban el horizonte capitalino, pero nos
contestaban con evasivas o no tenían respuestas. Nunca vi el famoso tren,
aunque creo recordar que contemplé algunas fotos en los archivos del
periódico con el susodicho recorriendo la Avenida Marítima por aquellas
aberrantes y antiestéticas vías.

Seguimos sin poder huir en tren; y a lo mejor por eso
nos quedamos y nos vamos quedando. Hace años también nos bastaban cuatro
latas amarradas con una soga para soñar con la escapada y la aventura. La
imaginación era el raíl por el que discurría el traqueteo de la máquina de
nuestros sueños más volanderos. No había estaciones ni factores, pero
parte de nuestra infancia quedó varada entre zigzagueantes trenes
eléctricos que todavía hoy somos capaces de escuchar entrecortadamente
cuando necesitamos aventuras para poder seguir sobreviviendo.

Marzo de 2007.




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Las canastas (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS CANASTAS



Santiago Gil














Uno siempre recuerda las estructuras de las que
colgaban las canastas de baloncesto como unos estorbos que teníamos que
estar todo el santo día moviendo de un lado para otro cuando queríamos
jugar al fútbol. Nosotros no éramos como los niños de ahora que tienen
tropecientas mil ofertas deportivas. Entonces sólo teníamos el fútbol, la
lucha canaria, la natación y un poco de voleibol y balonmano. Pero como el
deporte que practicábamos era improvisado, a menudo montando campos en
pedregales o en fondos de maretas vacías, solía ser el fútbol lo más
demandado y socorrido. También influía que en los periódicos, en la tele o
en la radio no se hablaba de otra cosa. No hacían falta entrenamientos o
estar federados para montar partidos de máxima rivalidad entre calles o
barrios del pueblo. Poco a poco, sin embargo, se fueron sofisticando las
infraestructuras y empezamos a utilizar las canchas que supuestamente se
habían construido para jugar a balonmano, a voleibol o baloncesto como
canchas de futbito, que era como entonces llamábamos todos a eso que ahora
llaman fútbol sala – para nosotros hubiera sido algo hilarante meter en
sala cualquier deporte, y mucho menos el futbito, aunque cuando íbamos a
jugar los partidos interescolares al Vega Mateos de Gáldar casi nos
veíamos jugando en el Bernabéu-. Estaba la cancha del albergue, que
siempre conocimos como la cancha del barranco, la del Instituto y la del
colegio. La preferida era sin duda la del barranco, el gran escenario de
casi todos nuestros pequeños hitos deportivos. El problema de esta cancha
es que era un poco multiusos, y si había gente jugando a baloncesto no se
podía jugar al fútbol. Hasta que tuvimos doce o trece años siempre perdían
los de baloncesto, que eran poco menos que unos bichos raros. Para jugar
tenían que ir a las horas que sabían que no habría nadie con ganas de
jugar al fútbol, después de almorzar o a primera hora de la mañana. Pero
más tarde o más temprano aparecíamos quince o veinte fanáticos con el
balón de fútbol y hacíamos valer nuestra prevalencia y nuestra mayoría
absoluta y aplastante. Antes teníamos que estar rodando las estructuras de
hierro de las que colgaban las canastas. Estaban equipadas con ruedas y a
nosotros nos servían más para hacer el mono que para jugar al baloncesto.

No sé cuando se viraron las tornas, aunque el fútbol
nunca dejó de ser lo más importante. Me imagino que los primeros
acercamientos al baloncesto coincidieron con el Madrid de nuestro paisano
Carmelo Cabrera, y que luego se fueron concretando con la llegada de
aquella generación de grandes jugadores que tuvo su corolario con la
medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. A los doce o
trece años nos entró el gusanillo de la canasta. De repente descubrimos
que nos divertíamos más con la intensidad, la participación y la velocidad
de basket que con las patadas y el alejamiento cada vez mayor del
romanticismo futbolero. Yo hubiera querido ser un gran jugador de fútbol,
pero pronto descubrí que era un poco patán con las piernas. En el
baloncesto, sin embargo, me defendía mucho mejor y además podías progresar
una barbaridad practicando por mi cuenta los tiros a canasta, el dominio
del balón en carrera o las fintas o movimientos más o menos
espectaculares. Por entonces empezamos a ver los primeros partidos de la
NBA en televisión, los famosos Lakers contra los Celtics. Como pasaba como
el Real Madrid y el Barcelona en los terrenos futbolísticos y
baloncestísticos, nuestra generación se fue decantando por la seguridad y
la efectividad de Larry Bird o por los arabescos de Magic Johnson. Yo opté
sobre la marcha por los Lakers y por intentar jugar con el espíritu de
Magic. Pero junto a esas referencias que entonces nos parecían poco menos
que de ciencia ficción estaban aquellos partidos de infarto de la
selección española con los Corbalán, Epi, Fernando Martín y compañía. De
repente las estructuras que servían para sostener y elevar los aros de
baloncesto le fueron ganando la partida a las porterías futboleras. Cada
canasta era un camino a la gloria, y las tardes se nos iban improvisando
partidos de tres contra tres en un solo aro o formando equipos que nos
permitían organizar pequeñas liguillas. Habíamos dejado de ser aquellos
gárrulos que nos reíamos de Feluco, Ferrer, Sosa, Paco y tantos otros
pioneros que cuando nadie sabía siquiera lo que eran tres segundos en la
zona se tiraban la tarde botando el balón y tirando a canasta, casi
siempre solos, y generalmente siendo víctimas de las malévolas bromas de
los que sólo imitábamos a los que salían en las estampas o en el Don
Balón. Poco a poco se fueron mejorando las canchas, los materiales los
aros, los equipajes y por supuesto las playeras. Entonces, cuando nos
empezó a entrar el gusanillo del baloncesto a finales de los setenta, no
había ni redes en las canastas, y lo normal era que jugáramos durante
meses tratando de encestar en un aro medio desconchado y desclavado del
tablero. Al igual que en el futbito y en el resto de los deportes que
practicábamos con una espontánea determinación jamás había árbitro. Nos
entendíamos entre nosotros, y quizá en esa práctica deportiva fue donde
empezamos a descubrir que, al igual que en la vida, los hay nobles e
innobles, tramposos y honrados, creativos e imitadores, y también
compañeros o egoístas: toda la vida se estaba recreando en la cancha,
aunque nosotros entonces no éramos conscientes de ello. También
descubrimos el valor del esfuerzo y la constancia, y por supuesto la
importancia de la suerte. Ahora hace años que no tiro a canasta y que no
pruebo a lanzar un penalti o a practicar una contrapardelera, pero sí
reconozco que aprendí mucho en las canchas de deporte de mi infancia. Con
los años todos aquellos jugadores han ido creciendo y comportándose más o
menos como lo hacían en el deporte. No sé qué ha sido de muchos de ellos
pero seguro que el tramposo sigue dedicado a las trampas y que el
voluntarioso sigue luchando a brazo partido por ganar los partidos de la
vida diaria. Creo que casi todos éramos nobles y buenos deportistas, por
eso podíamos jugar casi siempre sin árbitro. Pero siempre había alguno que
venía a enturbiarlo todo con sus malas formas y sus abusos. Eran pocos,
pero como descubrimos cuando crecemos y nos movemos en otros ámbitos de la
realidad, también entonces se hacían notar y nos terminaban jodiendo los
partidos.

Marzo de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 06/06/2008.