Las estampas

Por Santiago Gil
no, estampas. A ver cómo te lo explico: nos daba igual que en el sobre
o en el mismo álbum las llamaran cromos. Era lo mismo que los boliches,
que cuando salían por la tele les llamaban canicas.
Música de Papagüevos II

Santiago GilLas estampas
Para nosotros los cromos eran estampas. No, estampitas, no, estampas. A ver cómo te lo explico: nos daba igual que en el sobre o en el mismo álbum las llamaran cromos. Era lo mismo que los boliches, que cuando salían por la tele les llamaban canicas. Digamos que los canarios teníamos un lenguaje más o menos propio para nuestras cosas de la infancia, y que entonces le hacíamos más caso a nuestras abuelas y a nuestros padres que a la tele o a los mismísimos libros de texto. Jugábamos con las tradiciones que venían andando en el tiempo mucho antes de llegar nosotros a ocupar nuestro pequeño papel interpretativo en esta azarosa película que es la existencia, o la vida, llámalo como quieras.
Te hablaba de las estampas porque agarrados a ellas fuimos atravesando buena parte de nuestra infancia. Las había de muchas clases, pero a nosotros las que nos parecían más fetén eran sin duda las de los jugadores de fútbol. También estaban las de estrellas de la canción y el espectáculo, las de dibujos animados y las que nuestros mayores denominaban instructivas. Para éstas últimas nos daban dinero siempre que se lo pedíamos, pero a nosotros eran las que menos nos gustaban porque se parecían a los libros de texto del colegio con mapas, conquistadores y descubrimientos científicos. Las nuestras, como he dicho, eran las futboleras, y dentro de éstas las de la Liga de Primera División.
Lo bueno de aquellos años es que entonces salía la Unión Deportiva Las Palmas en las estampas, aunque más de una vez dejaron el equipo a medias, o simplemente coloreaban de una manera cutre el equipaje sobre las fotos con ropa de calle que tenían de los jugadores. No era bien tratada la Unión Deportiva en aquellas colecciones, si bien no les quedaba más remedio que ponerla en el álbum porque siempre estábamos entre los cinco primeros de la Liga y supongo que hubiera sido muy cantosa su ausencia.
Las estampas olían de una manera especial, a tinta de periódico o de libro recién impreso, y cuando eran adhesivas a un pegamento que no sé si colocaba o no pero que aún soy capaz de rememorar con toda su sugerente emoción. Había algunas que tenían los datos de los futbolistas detrás de los caretos, y otras que salían en las cajas de fósforos que se coleccionaban de chiripa y que eran muy difíciles de obtener porque no dependía de nosotros sino de nuestros mayores. Y cómo olían también las cajas de fósforos de madera cuando las abrías. Otra palabra, fósforo, que luego se volvía cerilla en la asepsia de los libros de texto que tanto nos confundían.
Lo mejor de las estampas no sólo era abrir los sobres. Jugaba un papel determinante la suerte, el que te saliera justo la estampa que te faltaba para completar el Atlético de Madrid o la Unión Deportiva Salamanca. Con esas estampas se confeccionaban luego los equipos de chapas o de cajas, una vez se completaba el álbum y se guardaba pensando que lo íbamos a tener toda la vida a mano. Pobres ilusos, hoy volvemos a casa y no hallamos ni álbumes ni estampas. Todo lo se lo lleva la prosaica necesidad de echar lastres al mar para poder seguir navegando, y también la imposibilidad de cargar recuerdos cuando uno quiere ver mundo y no aferrarse a ninguna ciudad o casa del planeta. Ya digo que para completar las colecciones jugaba primero el azar, pero posteriormente entraba en liza la buena capacidad negociadora que uno tuviera para cambiar los cromos, el ser capaz de renunciar a treinta o cuarenta por uno de los más deseados, y también la pericia que tuviéramos en los juegos. Estaba sobre todo el estampío, que consistía en levantar las estampas con la palma de las manos sabiendo dominar el golpetazo, la entrada del aire y la capacidad de hacer volar el papel acartonado. No valía pegarla a la palma de la mano: los más tramposos se echaban mantequilla para poder dominar la gravedad de la estampa, pero la mantequilla de entonces cantaba lo suyo y lo normal es que nos diéramos cuenta del fraude desde que llegaban ofreciendo juego. Cualquier lugar era un buen tapete, pero las más solicitadas eran las escalinatas, sobre todo las de la Plaza Chica y las de la ermita de San Roque, aunque tampoco desdeñábamos la fuente de la referida plaza o cualquier escalera de cualquier casa en la que se juntaran varios amigos a poner en juego su ejército de sueños futboleros.
La primera colección de estampas que recuerdo completar fue la del Mundial 74. Eran unas pegatinas fabulosas con nombres míticos de la historia del fútbol, aunque casi no había ninguno de la selección española. No nos clasificamos y para compensar había una sección al final del álbum en la que daban cabida a jugadores de selecciones no clasificadas. Creo que eran Íribar y Claramunt el del Valencia los que aparecían en esa sección, pero estoy hablando por hablar porque no lo recuerdo a ciencia cierta.
Además del estampío también jugábamos a la escalera, que era un juego en el que tenías que dejar caer la estampa pegada a una pared y creo que había que esperar a que se quedara vertical o a que se montara de una forma determinada sobre las que se iban quedando en el suelo. Ahí te podías llevar de una tacada más de medio centenar de estampas, por lo que sólo jugabas cuando tenías muchas repetidas y podías permitirte el lujo de arriesgar. Y junto a esos juegos había uno que no recuerdo exactamente, pero sí sé que tenía que ver con el número de letras que tuvieran los futbolistas. Levantabas el flojote -que era otra palabra nuestra distinta al montón- por donde querías y según te saliera un nombre u otro te llevabas más o menos estampas. Había nombres que no se me olvidaron desde entonces, y que de vez en cuando repaso mentalmente viendo los caretos y el color de sus respectivas camisetas. Los más deseados en ese juego azaroso eran, entre otros, Pérez Contreras, Martí Filosía, Fernández Amado, Azpilicueta, Urruticoechea, López Ufarte, Gómez Voglino, Barrachina, Rubén Cano o Roberto Martínez. Luego estaban los que te llevaban al fracaso, nombres como Dani, Rojo, Olmo, Mora, Félix, Noly o Leal. Todas esas alineaciones que aparecían en las estampas son parte de nuestra épica personal, los ejércitos con los que vencimos mil batallas al tedio y al aburrimiento. Aún siguen brillando con aquellos colores satinados que tanto nos emocionaban. Cada una de aquellas estampas que integraban los flojotes que menguaban o crecían según la suerte forma parte de nuestra propia historia. Abrir un sobre recién comprado era acercarte a un mundo de sueños. Rasgabas con cuidado uno de sus extremos y sacabas las estampas a la luz como quien trae hijos al mundo. Dar con alguno de los más deseados era como tocar el cielo. De alguna manera tú también te sentías parte del equipo.
Agosto de 2007.
El despertar de Guía. Nicolás Guerra Aguiar
Por Nicolás Guerra Aguiar
Si
es cierta la afirmación de que los pueblos tienen lo que se merecen, a
la ciudad de Guía (aquello de "Santa María de Guía de Gran Canaria"
pertenece a los tiempos novísimos, los más nuevos) le esperan momentos
de esplendor, de placidez y modernizaciones sin romper -como hizo a
veces la vecina Gáldar- con sus elementos identificadores.
Por Nicolás Guerra AguiarSi es cierta la afirmación de que los pueblos tienen lo que se merecen, a la ciudad de Guía (aquello de "Santa María de Guía de Gran Canaria" pertenece a los tiempos novísimos, los más nuevos) le esperan momentos de esplendor, de placidez y modernizaciones sin romper -como hizo a veces la vecina Gáldar- con sus elementos identificadores.
Allá en los primeros años de su propio nacimiento -dicen los especialistas que a finales del siglo XV- puede darse como iniciada la que recibirá el título de ciudad en 1871 y, en las primeras décadas del siglo XX, dominará el monopolio comercial del Norte, sobre todo en lo que a la agricultura se refiere. Prueba de su potencial económico son, por ejemplo, las bellas casonas que ocupan distintas calles principales, sobre todo en torno a la iglesia, en las pendientes de Marqués del Muni y la trasera.
Pero circunstancias muy distintas -que no entro a analizar en cuanto que están perfectamente estudiadas por el señor Estévez Domínguez- condujeron a aquella ciudad a cerrazones económicas, sociales, culturales y administrativas que la convirtieron en una especie de fortaleza inaccesible, a lo que sin duda contribuyó la inexistencia de una clase media con empuje mercantil que impulsara el desarrollo económico al margen de las anquilosadas fortunas de unas cuantas familias más interesadas en la conservación de sus bienes, sin espíritus renovadores o inversores. Recuerdo que en los años setenta se decía que las fortunas estaban en Guía, pero las visiones comerciales despertaban en Gáldar: por eso se establecieron en la segunda ciudad los bancos más poderosos, incluso los de segunda fila.
Fehaciente prueba de lo que afirmo en ese proceso de anquilosamiento y freno a las adaptaciones que la propia dinámica impone está, por ejemplo, en que la vecina Gáldar -carente de aquellos ilustres apellidos, conservadores por su propia condición- comenzó a desarrollar un inicial tráfico económico muy variado que la llevó, al paso de los años, a convertirse en el centro económico del Noroeste, categoría que mantiene hoy a pesar de los pesares, a pesar de que también fuera abandonada por la Coalición Canaria que gobernó en el Cabildo a lo largo de los años noventa, únicamente interesada en sus reinos de taifas, en sus monopolios de votos y que marginó el arrollador ímpetu galdense.
Pero lo cierto es que, gracias a aquellos nuevos inversores, fue cimentando una nueva clase social -incipiente burguesía- con ansias de expansión económica y, por tanto, creadora de puestos de trabajo. No hay más que desplazarse cualquier mañana de un día laborable a ambas ciudades: en la primera, en Guía, empieza ahora a verse algo de gente, algún que otro comercio nuevo que destaca, sobre todo, por la propia novedad de su aparición.
En Gáldar, por el contrario, la masa afluye a tiendas, establecimientos, mercado, supermercados, en un continuo ir y venir que a veces agobia, constriñe, condiciona en cuanto que necesita ya expandirse, abrirse a nuevas zonas, buscar espacios más amplios que coadyuven al desarrollo y, sobre todo, necesita prudentes e inteligentes políticas de aparcamientos, de servicios elementales, de racionales perspectivas de qué ciudad se quiere legar a los nietos, a quienes la ocupen dentro de cincuenta años.
Porque tengo la impresión de que, por el momento, no hay una visión de futuro planificada y estudiada con rigor, que permita su expansión y crecimiento pero de una manera discursiva, planificada, por supuesto que también recuperadora del pasado que científicamente es constatable y demostrable, pero sin apasionamientos ni desmesuradas exaltaciones de lo que no tiene rigor histórico. Y Gáldar, a diferencia de Guía, destrozó la mayor parte de su propiedad cultural, echó por tierra viejas casonas para construir cajones de dos plantas en su lugar, con absoluto menosprecio a todo lo que representaba parte de su propia identidad: ahí está, como insultante ejemplo, la vivienda del capitán Quesada, figura insigne que en Guía -estoy seguro- hubiera recibido otro trato más digno y respetuoso.
Pues bien: desde hace unos años -con prudente, inteligente y ágil parsimonia- Guía está levantando cabeza, parece que quiere salir del anonimato tras decenios de ensoñaciones y misticismos que a nada conducían. Y lo está haciendo el señor Bañolas Bolaños (¡ños con don Fernando!) quien ha conseguido, al fin, que se hable de Guía con bastante frecuencia, con más costumbre que hasta hace poco. Y, además, que se hable bien, de renovaciones, innovaciones, obras, embellecimientos, recuperaciones de nobles edificios en cuyos interiores reposaban -como en forzadas paradas- las minuciosidades y mínimos detalles que van haciendo a un pueblo recuperar su personal condición de tal.
Guía, sin duda, despierta del largo letargo que le habían impuesto quizás las vacuas tradiciones, los inoperantes anquilosamientos del pasado al que se quiere mantener lejos, muy lejos de los momentos que vivimos. Pero, parece, la luz de la inteligencia y los entendimientos se imponen en aquella ciudad de la que tan gratos recuerdos tengo por los entrañables amigos guienses (Juan, Eduardo, Víctor, Amado, Paco, Manolo, Isaac, Santiago?) conocidos en Gáldar, en el colegio Cardenal Cisneros hace, ya, cuarenta años.
FUENTE: artículo publicado en el periódico La Provincia del 24 de agosto de 2007.
La redención por el estudio. Erasmo Quintana
Relato corto

Tiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente y muy de madrugada se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa y una abundante chiquillería que cabía toda debajo de una cesta.
Relatos cortos (6)
Erasmo QuintanaTiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente y muy de madrugada se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa y una abundante chiquillería que cabía toda debajo de una cesta. Como siempre, también, frugal fue lo que cenaron esa noche: caldo de papas con cilantro que sobró del mediodía, y gofio o un mendrugo de pan duro –a elección- y derechitos al catre. Y así, como respondiendo a un hábito por repetición sin hacer el menor ruido aquella prole famélica, encabezada por el mayor que portaba un quinqué, salía uno tras otro en número de ocho de la mugrienta cocina, si es que se le podía dar ese nombre.
Ignacio el de Tomasita es desde no se sabe cuándo el encargado o mayordomo de la finca de plataneras que don Anselmo Avellaneda posee en una de las zonas más fértiles y llanas junto a la costa orientada al poniente; y es fama la cantidad de racimos y su envergadura que vende a la Cooperativa, siendo este extremo motivo de orgullo de su dueño y la consiguiente envidia de todos. Este es el escenario donde se desarrolla la vida austera y aburridamente cotidiana de nuestro encargado y su familia, donde el mucho trabajo, interminable trabajo se diría, es el pan nuestro de cada día. Allí todas las manos son pocas, pues una plantación tan importante y los animales que tiene también que atender dentro de la finca, hacen de la faena diaria un agobio permanente para él y su compañera. Con los hijos no contaba, ya que algo sí tiene claro: que a poder que él pudiera sus hijos estudiarían todos, para que no sufrieran las privaciones y penalidades por las que sus progenitores estaban pasando; tan seguro estaba de que el estudio los redimiría de aquella precaria situación, haciendo de ellos hombres y mujeres de provecho, honrados y de bien. Es por esto que no los dejaba nunca sin ir a la escuela.
Un buen día el mayor de ellos, Juan José, que terminaba el bachillerato, le trajo un recado de su tutor donde lo citaba para hablarle sobre algo respecto a su hijo. Preocupado por la cita esa noche no durmió, y al despuntar aquel día señalado, dejando la mitad de las cosas sin hacer acudió a la cita tal como estaba: alpargatas, camisa y pantalón manchados de platanera y, gorra en mano pidió permiso para entrar. Después de los saludos y en tono solemne, como creyéndose que cumplía un deber sagrado el tutor fue directo al grano:
- “Sr. Ignacio: lo he mandado llamar porque creo una obligación poner en su conocimiento que su hijo Juan José es uno de mis alumnos más aventajados y con mayores posibilidades de todos los que tengo en clase. Brilla con luz propia en todo: es aplicado, inteligente y muy trabajador. Estas son sus notas, sobresalientes y matrículas de honor; por ello me creo en el deber de decirle que sería imperdonable que este hijo suyo no hiciera una buena carrera universitaria. Yo he cumplido con decírselo. Ahora vaya con Dios y cumpla usted, que es su padre”. Con un “gracias” y un adiós” imprecisos y casi imperceptibles abandonó el despacho Ignacio el de Tomasita, mascullando para sus adentros “¡Qué puedo hacer, pobre de mí, con el sueldo de miseria que gano!” Imposible que su hijo continuara estudiando, y menos en la Universidad, No obstante, pensó, hablaría con don Anselmo por si algo se pudiera solucionar. Después de consultarlo con su esposa, aprovechando que giraba la visita semanal rutinaria a la finca, y después de darle puntualmente las novedades de las reses, según el Veterinario, le empezó contando su problema.
- “Don Anselmo, usted está contento conmigo y son muchos los años que estoy a su servicio; de más está decirle que mi situación no es muy boyante, pues nos hemos ido cargando de hijos, y aunque me permite que algo de los alimentos los coja de la finca, no es suficiente. Días pasados el profesor del mayor de ellos me dijo que es muy bueno con los libros y que debía darle estudios superiores en la Universidad. Lo decía por si usted me puede echar una mano”. Don Anselmo, que había cogido una tosca y corta butaca de alpendre para refrescar y escucharlo, saltando de la misma como un resorte, voz en grito contestó:
- “¡Qué dices, Ignacio, tú te has vuelto loco! ¿Cómo se te ocurre mandar al mayor de tus hijos a la Universidad? ¿Quién limpia entonces, cuando tú no puedas, la florilla? ¿Quién arregla los camellones, quién riega, quién deshija -dímelo tú-, y quién atiende los animales? Además la Universidad, por si no lo sabes, es una fábrica de nihilistas, ácratas y comunistas. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante disparate?” A lo que el temeroso Ignacio contestó como pudo:
- Don Anselmo, tranquilícese, no se preocupe, que le puede dar algo; retiro lo dicho y haga como si nada ha salido de esta boca. Cambiando por completo el mayordomo la conversación, dieron por zanjado el tema.
Esta primera y descomunal adversidad, en nuestro preocupado mayordomo no mermó un ápice el deseo inquebrantable de dar estudios al prometedor Juan José, estimulándolo más si cabe. Tanto empeño puso en ello que al final encontró la amistad que lo puso en contacto con un probo comerciante hindú, quien le dio toda clase de facilidades pecuniarias con la sola condición de presentarle resultados con las mejores notas y reembolsarle parte de los gastos cuando estuviera ejerciendo la carrera. Andando el tiempo, Juan José, que había escogido Medicina, pronto se convirtió en un reputado especialista en Cardiología, jefatura que en la actualidad desempeña en el principal hospital de la provincia. Una tarde el doctor Juan José, como era costumbre, yendo camino de su despacho privado creyó reconocer a don Anselmo Avellaneda en una persona mayor que se tambaleaba a punto de caerse de la acera, encorvado y las manos apretando el bajo vientre y con señales de estar sufriendo un fortísimo y extraño dolor. Corrió cuanto pudo a socorrer al anciano y nada más observarlo, sospechando que se podía tratar de un aneurisma, con la ayuda de algunos viandantes lo subió a un coche que pasaba en esos momentos y lo llevó directamente al hospital. Desde la primera auscultación clínica se confirmó el diagnóstico y lo ingresó urgentemente en quirófano. Hubo suerte tras la operación, pues la aorta quedó perfectamente corregida, y el éxito, fundamentalmente fue debido a que se acudió a tiempo. Una vez que se le subió a planta, el médico que lo había salvado de una muerte segura quiso conocer la evolución postoperatoria. A un enfermo ya plenamente consciente y lúcido y en camino de su plena recuperación, se quiso dar por conocido, diciéndole que su padre era el encargado de la finca de su propiedad, Ignacio el de Tomasita.
-¿Usted, doctor, es hijo de Ignacio? Inquirió visiblemente incrédulo.
-Sí, soy su hijo mayor. Contestó el galeno creyendo con ello de algún modo agradarlo.
-¡Qué hombre bruto –obtuvo como única respuesta- y cabezota es su padre, ese encargado que tengo en la finca! El muy cretino se empeñó en dar estudios a todos sus hijos, ¡incluso superiores a uno de ellos!, y ahora anda como un desgraciado, solos él y su pobre mujer, sin que nadie les eche una mano en los quehaceres de la finca. El muy estúpido va a morir como un perro, convertido en el más infeliz de todos los mayordomos. Se lo tiene merecido, por ignorante.
Erasmo Quintana Ruiz agosto-2007
El mono del recuerdo

Por Santiago Gil
quieren y se esconden de ti y de la gente si nos les interesa que
removamos el pasado por el que ellos ya transitaron. Si no los
escribimos no existen. Y además morirán inevitablemente con nosotros.
Música de Papagüevos II

Santiago GilHoy me he levantado surrealista y burlón y me he acordado de Milagrosa la barrendera corriendo por los alrededores de la Plaza Grande con una especie de mandril subido en su cabeza. La pobre mujer iba desarretada y fuera de sí pegando gritos por todas partes. Era la época en que estaba de moda tener un mono pequeño, un titi o un mandril metido dentro de una jaula. Tenían mala leche los jodidos monos. Si les acercabas la mano te intentaban pegar una dentellada, y más de una vez agarraron la muñeca de los más osados con intención de no soltarla en la vida. Me imagino cómo debían sentirse metidos en aquellas jaulas claustrofóbicas, y con el tiempo uno entiende que estuvieran todo el santo día estresados y de tan mal humor. El que se agarró a la cabeza de Milagrosa sí que era un malandrín de cuidado. La imagen era esperpéntica, pero nosotros en lugar de ayudarla nos tiramos al suelo descojonados de la risa. La pobre mujer, colorada y pegando chillidos como una loca, se ponía a llamar a los guardias municipales. Finalmente no me acuerdo cómo acabó todo, pero sí estoy seguro de que no lo solucionó ninguno de aquellos guardias tan poco versados en el control de animales salvajes y tan dados a echar barriga y a pasear relajadamente por un pueblo que apenas tenía incidencias fuera de las cuatro borracheras de las fiestas.
Milagrosa y el resto de los barrenderos de aquellos años formaban una estampa inolvidable y casi goyesca por las calles de Guía. Iban todos colocados como si hubieran ensayado las posiciones durante años, uno al lado del otro, y dos delante o al fondo del grupo acumulando la basura que los más fuertes metían dentro de un cubo. Barrían con escobas y con hojas de palmeras secas que arrastraban de un tirón los restos que hubiera entre las dos aceras de las calles. La verdad es que uno no valoraba entonces su trabajo, pero ahora, al paso de tantos años, no recuerdo ver unas calles tan limpias como aquellas. Gracias a eso podíamos improvisar nuestros partidos de fútbol o bien ir golpeando las chapas todo el rato desde nuestras casas hasta las mismísimas puertas del colegio. No había entonces reciclajes, como tampoco se percibían los cambios climáticos o las consecuencias del efecto invernadero. Tampoco sé qué exigían para ser barrendero, un oficio, como todos los de aquellos años, enraizado y unido al paisanaje y a la puesta en escena diaria en la que desarrollábamos nuestra vida.
A lo mejor si a Milagrosa no se le hubiera subido el mono en la cabeza, hoy no me estaría acordando de aquella tropa organizada que ponía una percusión suave en la música diaria de nuestras calles, un raspado de adoquines con hojas de palma que ahora soy capaz de rememorar con todos sus sugerentes tonos mañaneros.
Los barrenderos sólo nos incordiaban cuando terminaba la procesión del Corpus y nosotros emprendíamos una guerra con bombas de serrín o chiribitas, puñados de sal y hasta huevos que ponían de decoración en algunas alfombras. Llegaban raudos con sus escobas y sus cubos limpiando nuestro campo de batalla improvisado, y si nos poníamos farrucos nos echaban por delante a los guardias, o Milagrosa pegaba tres gritos de los suyos para que vinieran nuestros padres a echarnos la bronca. Nos duraba poco el escenario bélico y colorista. Sólo al día siguiente, ya camino del colegio, y por tanto cabizbajos y domesticados, echábamos de menos las alfombras y las guerras ulteriores al ver los colores del tinte todavía marcados sobre los adoquines. Supongo que desaparecerían del todo con las primeras lluvias o con los distintos cubos de agua que se echaban desde cada una de las casas una vez se terminaban de limpiar los suelos.
Fíjense todo lo que ha dado sí un mono en la cabeza de una señora desesperada que corría por las calles de mi pueblo. La risa me ha llevado luego a la ternura e incluso me ha puesto a guerrear en una batalla de colores y olores memorables. Porque lo que quedaba de las alfombras era el olor a naturaleza y a madera que se metía en las ranuras de las piedras de la calle. Y ya hace tiempo que aprendimos que los recuerdos terminan oliendo, y que todo lo que huele nunca muere. Trata de recuperar cualquier olor mañanero de tu infancia y verás la cantidad de imágenes que se te aparecen en la película de tu propia vida. Cada día de entonces nos daba para escribir un capítulo memorable.
Agosto de 2007.
Entrevista a Tomasín
Entrevista a Tomasín
Gracias a la generosidad de Pachi Rivero, podemos ofrecerles un documento videográfico fantástico para recordar al personaje popular mas importante de Guía de todos los tiempos. Paco Rivero graba en vídeo una entrevista que le hace con cariño Victoriano Fernandez a alguien que, a su vez, les quería mucho (1982).
Vídeo de El Lindo
Una reunencia con EL LINDO
Grabado por Paco Rivero en 1982, y merced a la generosidad de Pachi Rivero, podemos ofrecerles un documento videográfico fantástico para conocer a uno de nuestros personajes populares mas carismáticos. En este caso se trata de una reunencia de Paco Rivero con José El Lindo, Francisquito Moreno -el guardia- y otros amigos.
El episodio de Juanito “El Huevo”
El episodio de Juanito “El Huevo”
ANÉCDOTA
ocasión, una de las gallinas de Juanito Molina Vega, hacia 1920
aproximadamente, puso un huevo “rodado”, es decir, un huevo que, antes de solidificarse
por completo, puede ser moldeado. Recopilada por Alejandro Moreno Marrero.
Anécdota recopilada por Alejandro Moreno Marrero.
Según cuenta la tradición popular, en ciertaocasión, una de las gallinas de Juanito Molina Vega, hacia 1920
aproximadamente, puso un huevo “rodado”, es decir, un huevo que, antes de solidificarse
por completo, puede ser moldeado.
Como por aquel entonces era bastante raro ver este tipo de huevos, a la hermana de Juanito -aprovechando que el citado huevo todavía no estaba sólido- se le ocurrió la idea (se desconoce con qué finalidad) de escribirle con un lápiz la frase: “En este siglo se verá”. Al poco tiempo después, cuando ya la cáscara había endurecido, se hizo imposible borrar aquella frase.
Ante semejante hecho se armó un importante revuelo en este municipio. Estaba todo el pueblo de Guía esperando el fin del mundo, una hecatombe de inconmensurables dimensiones, etc. El “pánico colectivo” y los pensamientos catastrofistas se habían apoderado de nuestra ciudad y sus gentes. Y es que no hubo guiense que no hubiera pasado por la casa de Juanito Molina para ver aquel extraño ejemplar de huevo. Fue tanto lo que trascendió aquel huevo que hasta la Iglesia tuvo que tomar partido en el asunto. Creo que, por aquella época, estaba de Cura en Guía el Dctor. D. José Martín Morales y se dice que hasta vinieron científicos foráneos a estudiar el caso.
Sin embargo, debido a que la cosa ya comenzaba a escapársele de las manos a la hermana de Juanito, se vio obligada a contar toda la verdad, una verdad que no era otra que revelar que había sido ella la que escribió aquella frase en el huevo. En fin, aunque el asunto quedó resuelto de inmediato, no pasó desapercibido para el pueblo de Guía, quien inmortalizó este gracioso y pintoresco episodio en un balancé (ritmo musical) del que existen tres versiones:
VERSIÓN PRIMERA (más popularizada)
Juanito puso un huevo
Y su hija Juana lo escribió
Y el bobo de Juan Molina
A medio pueblo engañó.
VERSIÓN SEGUNDA (según Juan Dávila-García)
Lionorita puso un huevo
Que su hija Juana escribió
Y el bobo de Juan Molina
A medio pueblo engañó.
VERSIÓN TERCERA (según mi tía Binda Moreno Miranda)
La gallina puso un huevo
Que Lionorita escribió
Y el bobo de Juan Molina
A medio pueblo engañó.
En este sentido, si tenemos en cuenta lo que dice el texto de la tercera versión, tampoco se descarta la idea de que hubiera sido Dña. Leonor Vega (Lionorita, madre de Juanito Molina) la que escribió la frase en el huevo y no su hija (hermana de Juanito) como se había dicho en un principio.
Además, como bien nos explicaba Juan Dávila-García, hay también quienes sostienen que este episodio no tuvo lugar hacia 1920 sino que -verdaderamente- se remonta a los últimos años del siglo anterior (s.XIX), ya que parece ser que las gentes, con la proximidad del cambio del siglo y ante la reveladora frase “En este siglo se verá”, se temían lo peor.
NOTA: Este hecho siempre lo comentaba mi bisabuelo Gregorio Miranda Rodríguez (1892-1972), quien se lo contaba a su hija, es decir, a mi abuela Emérita Miranda Santiago (1916-1989) y así sucesivamente hasta llegar a mí. Asimismo, para conocer más información acerca este asunto, he contado con la gran ayuda de Juan Dávila-García y de mi tía Binda Moreno Miranda.
ACLARACIÓN DEL AUTOR: Esta historia ha llegado hasta nosotros (hasta mí) merced a la tradición popular (mediante diversas fuentes de tipo oral); por ello, es muy posible que haya otras versiones de este mismo episodio e, incluso, existan ciertos elementos que no se ajusten a la realidad.
Recopilada por Alejandro Moreno Marrero
"La Voz Metálica", en diferido
Entrevista a Manolo "Voz Metálica"
Les
ofrecemos un documento audiovisual perteciente al fondo de Paco Rivero,
generosamente cedido por su hijo Pachi. Se trata de una entrevista que
le hizo Paco a Manolo, en el estudio del primero, en 1982.
AHORA EN VÍDEO
Vídeo realizado por Paco Rivero en 1982
Les ofrecemos un documento audiovisual perteciente al fondo de Paco Rivero, generosamente cedido por su hijo Pachi. Se trata de una entrevista que le hizo -y grabó- Paco a Manolo en el estudio del primero, en 1982. José "El Lindo"
José "EL LINDO"
"Soy como la caja del turrón, siempre de fiesta en fiesta"
"Soy como la caja del turrón, siempre de fiesta en fiesta", recordaba Juan Dávila de José El Lindo, en un reportaje publicado en esta web en 2006. Y le asistía una gran razón, concluía Dávila, "para así hacerlo, pues juntamente con Juan Delarte, Domingo el Correlón, Juan el Sabanilla y su hermano Felipe, se les veía en todas las fiestas por lejos que fueran con sus mesas del juego de los cartones, tan prolíferas en aquellos tiempos. Fontanales, Caideros, Juncalillo, Montaña Alta, Firgas, Moya, etc., y los domingos a la entrada del campo de fútbol de la Atalaya".Ahora
tenemos la satisfacción de poder ofrecerles un vídeo sobre EL LINDO
grabado por el malogrado Notario Gráfico de Guía, Paco Rivero.
Las palabras olvidadas. Javier Estévez
Las palabras olvidadas
Por Javier Estévez
RelatoEl
diluvio bíblico caído del cielo nada más estrenarse el día y el
incordio del alisio, que zarandeaba las hojas muertas y los recuerdos
vivos a su antojo mientras ululaba y desafiaba a todos los puntos
cardinales, dibujaron un inesperado paisaje que de forma inevitable e
irresoluble se asemejaba a un pueblo abandonado, vacío e inexistente

Por Javier Estévez.
A mi bisabuelo "Juanito el huevo",
al que nunca conocí pero del que tanto me han hablado.
Hoy escribo mis sueños
donde antes él los fundó.
El diluvio bíblico caído del cielo nada más estrenarse el día y el incordio del alisio, que zarandeaba las hojas muertas y los recuerdos vivos a su antojo mientras ululaba y desafiaba a todos los puntos cardinales, dibujaron un inesperado paisaje que de forma inevitable e irresoluble se asemejaba a un pueblo abandonado, vacío e inexistente. El silencio flotaba fatigosamente entre los adoquines y el incierto techo que imponía el viento que subía y bajaba por las calles y callejones, introduciéndose en lugares y manoseando impúdicamente a las gentes que se encontraban en las tiendas, en el fielato, en las habitaciones de las fondas, en las peleterías y otras ventas de diferente naturaleza y condición que pululaban desordenadamente por la ciudad. Todo estaba extrañamente silenciado.
Ajeno por completo a esta sordina intrusa y apátrida, y profundamente ensimismado y atribulado, Juan Almeida rumiaba y rumiaba circularmente una frase que encontró abandonada por algún desconocido sobre el ajado mostrador de su tienda mientras él buscaba, en la estantería más alta y esquinada, unas viejas tulipas belgas de hierro y de cristal.
…se llamarán planetas porque irremediablemente serán planos. No sabía cómo consiguió llegar ese juego de vocablos al último anaquel donde se encontraba pero cuando bajó a zancadas por los peldaños de su escalera se encontró con la orfandad imprevista de estas palabras, de las que nadie, de los aún presentes al otro lado del tablero, se quiso apropiar.
Por eso, la mañana silenciosa y extraña, Juan Almeida, aparentemente concentrado en la limpieza e inventario de los múltiples e indispensables productos que ofrecía en su negocio, no podía dejar de cuestionarse la veracidad de las palabras relegadas. Su natural insistencia y cuestionamiento le habían granjeado una fama, que él estimaba irreal y desmesurada, de porfiada y terca testarudez. Sin embargo, presentía hondamente que por esta vez, la razón quería subirse a su cuello para bailar abrazado a él, tesis que lo excitaba a la vez que lo turbaba.
Aprovechando la falta de necesitados en el comercio, ordenó a su ayudante que abandonara toda tarea que estuviese llevando a cabo, que cerrara las puertas de la calle a calicanto y lo acompañara. Obedeció mudamente, sin rechistar, ya que era callado de nacimiento. Esta irremediable predisposición a no discutir nunca las órdenes de su patrón erigió en Remigio a un trabajador perseverante e ideal.
Salieron a la calle enfilados, tan pegados el uno del otro que casi caminaban hombro con hombro. Descendieron calle abajo, a barlovento, y tras ocho pasos sonoros y contundentes, Juan Almeida no pudo ni con la rutina ni con sus sueños y tuvo que parar su marcha para girarse y suspirar sobre sus pasos. Entonces, hundió sus ojos tristes, subrayados por la sombra de los insomnios, en la amplia fachada verde que incluía cuatro espigadas puertas púrpuras, y más que esperar, deliraba ante la improbable posibilidad de que algún día la fortuna y la felicidad se decidieran a visitarlo para poder finalizar, de una vez, la casa que él y su mujer habían soñado tan generosamente. La muerte, que todo lo derrumba, paralizó su anhelo geométrico y mineral con la primera planta finalizada. Los albañiles, lánguidos y apesadumbrados por la imprevista desaparición de su mujer, decidieron entre ahogados sollozos, abandonar prematuramente la obra, no sin antes preparar la segunda planta, por si la tristeza del promotor desembocase en el olvido. Mediante un pretil sobre la portada, perfilaron tímidamente la base de los huecos simétricos de las ventanas y colocaron las ménsulas y la meseta que soportarían a un ignoto balcón.
Un desafortunado arquitecto, que paralelamente al tránsito de la esposa de Juan Almeida se había trasladado al barrio, pasó por allí y confundió el espontáneo proceder de los albañiles con la introducción y proyección de algún estilo arquitectónico terriblemente vanguardista, moderno y atrevido. Hoy en día, calle abajo, aún se pueden ver varias fachadas diseñadas por este arquitecto delirante, hambriento de notoriedad, que de forma tan atrevida imitó la solución arquitectónica diseñada fatalmente por la muerte.
Con unas lágrimas timoratas asomándose a su mirada, decidió reanudar su expedición, siempre por el eje longitudinal de la calle. Mientras, sus sombras se proyectaban sobre la mitad occidental de la misma y su larga acera, señalando en su marcha, una a una, las fachadas, que aunque alzadas a poniente, miraban irremediablemente a naciente. De esta manera, el dúo, con la incorporación de las sombras, pasó a ser un pequeño grupo, aunque este aumento no se tradujera en más sonoridad en su andar conjunto. Atravesaron la niebla olorosa e inevitable que levanta el pan recién horneado de la panadería; no pararon ni para santiguarse metódica y cristianamente frente a la capilla oscura pero inimitable de San Antonio de Padua. Y si bien es cierto que alzó la mirada para encontrarse con la torre solitaria y policromada que había levantado un inglés que, según él, hablaba trabando todas las palabras que tenía el castellano, este tropiezo visual no provocó las ensoñaciones que siempre le inducía su condición imaginada de torreón-mirador, fundado únicamente para observar estrellas y constelaciones calladas que sólo brillaban en el firmamento cuando la noche se posaba discretamente sobre los tejados.
Pasaron cerca de un despacho de abogados y el tacto inesperado de las leyes que del inmueble se desprendían, como se desgaja a jirones la pintura envejecida, le sugirió entrar, pues en ese espacio tan letrado e ilustrado debería encontrarse una respuesta satisfecha; pero se percató, tan pronto como ideó esa posibilidad, de que los abogados que deberían atenderle ni tan siquiera habían nacido. Es más, pensó, la solución a esta cuestión no la tiene la justicia, sino que reside solamente en la geografía de la razón.
Con ilimitada determinación, pero ahora por la acera de naciente, continuaron su descenso y en el epílogo de la calle se encontraron con las obras de colocación del nuevo adoquinado. Éstas se traducían, exclusivamente, en sustituir los viejos bloques de granito, sobre los que transitó tanta historia, por otros nuevos de basalto con una novedosa disposición y óptica: se alternaría un adoquín opaco con otro transparente. La idea surgió de un consternado arqueólogo, que insistió apelmazadamente día sí y otros también, teniendo como única y solitaria certeza la advertencia de que, como había sucedido en el pueblo vecino, bajo los adoquines de la ciudad histórica se encontraban desmedidos yacimientos de un pasado, que aunque escaso materialmente, su descubrimiento desembocaría en un próspero e insospechado futuro. Pergeñó, el científico del pasado, la idea de los adoquines transparentes, ya que, según él, y de este modo, tarde o temprano su auspicio sería irreprochablemente demostrado.
Zigzaguearon las calles estrechas y ordenadas hasta que pasaron frente a la sacristía y todo el lateral oriental de la iglesia. En este tramo, Juan Almeida invitó a Remigio a caminar de puntillas señalándose sus pies, y colocándose el dedo índice verticalmente sobre sus labios, solicitó, de manera torpe, silencio al mudo, ante el temor secular que le invadió de ser descubierto, interrogado y con posterioridad, y cierta alevosía, acusado de notable y aguda herejía ante los preceptos de dios nuestro señor.
La calle se estrechó tanto ante la ambiciosa expansión de la iglesia que devino en callejón irregular. En el punto más estrecho del mismo y frente a una esquina de piedras talladas, pulidas y escodadas, pasaron en fila de uno, primero Juan Almeida y tras él, un ignorante Remigio que ni sospechaba ni deducía el origen y el final de tan repentina aventura. Al pasar junto a una ventana de guillotina cerrada desde la fundación de la ciudad, Remigio, que a sus catorce años era inevitablemente pícaro y retozón, aprovechó el papel trabado en las lamas de la ventana para ampliar, con su lápiz desgastado, el mensaje que de forma lacónica allí se expresaba: CARTAS. Tras el paso del jovenzuelo, el papel se enriqueció con un verso inesperado: por favor, sólo CARTAS de amor.
Con el corazón desbocado ambos, uno por la cercanía del lugar donde demostraría su tesis y desmontaría la conjetura vomitada por un prófugo de sus palabras, y el otro, tras acelerar su paso para estar a la altura de su patrón tras quedarse rezagado momentáneamente, cruzaron, dibujando una corta diagonal, la conocida Plaza de la Constitución sin intercambiar saludos ni miradas con la hidalguía y linaje que allí se daba cita para pasear y lustrar, ante nadie, su incierta condición burguesa.
Descendieron como pudieron los escalones que se disponían frente a la decimonónica Sociedad Recreativa y de Instrucción, hasta llegar al lugar donde cambia el peralte de la calle de la Cruz. Aquí, Remigio, párate aquí y mira hacia la derecha, a naciente. ¿Ves?, la calle desciende. Incuestionable. Bien, ahora, Remigio, mira hacia poniente, donde la calle muere colgada sobre el barranco. También desciende. Incuestionable también.
Entonces, como si de una explosión de clarividencia se tratara, cogió dulce y paternalmente a Remigio por la nuca y en un tono sosegado pero con indudable seguridad y certeza afirmó: Remigio, yo no dudo que vivamos sobre un planeta, pero éste es irremediablemente redondo, curvo; no albergo duda alguna. Recuérdalo. Y ahora, volvamos a nuestros menesteres.









