Gigantes en las Hespérides



Gigantes en las Hespérides: árboles singulares y monumentales de las Islas
Canarias




JAVIER ESTÉVEZ
DOMINGUEZ


Edición de La Caja de Canarias, 2005

ISBN 84-609-3246-X


Precio: 24 €

Están los árboles más altos de Canarias, los más viejos, los más gruesos, los
más caprichosos, los históricos, los solitarios, los agrupados, los viajeros,
algunos ya desaparecidos y hasta los arbustos. El geógrafo Javier Estévez los
ha reunido a todos.

Lleva cinco años recorriendo las Islas en busca de sus árboles más singulares
y monumentales del Archipiélago, donde estos seres vivos, al contrario que en
otras autonomías, no tienen ninguna protección como tales. Ayer presentó el
fruto de ese esfuerzo, titulado 'Gigantes en las Hespérides', la primera obra
de estas características que se realiza en Canarias.

La Obra Social de La Caja apostó hace dos años por este proyecto y ha costeado
el trabajo de investigación de este joven grancanario y la publicación de sus
resultados, dividida en nueve capítulos. Estévez aclara que «es una selección
subjetiva, personal» y que en su tarea ha contado con la desinteresada
colaboración de muchos vecinos, anónimos amantes de los árboles.

El autor de este catálogo se puso tres condiciones a la hora de recopilar el
material, que todos los árboles estuvieran vivos, que fueran fotografiables y
que sean autóctonos o con cierto arraigo en las Islas, aunque ha recogido
también excepciones. La mayoría de las especies retratadas pertenecen a las
comunidades forestales de laurisilva y del bosque termófilo y las islas de las
que aparecen más ejemplares son Gran Canaria y Tenerife, entre otros motivos
porque «no hay una relación directa entre la cantidad de bosques que haya y la
de árboles monumentales», explicó Estévez, que finaliza su trabajo con un
anexo cartográfico sobre la ubicación de estos árboles «no muy detallado»,
admite. «El que quiere celeste, que le cueste», agrega.

En su obra, Estévez nos descubre las leyendas orales que rodean a varios
ejemplares centenarios de pinos, las extrañas formas que han adquirido estas
esculturas de madera, muestras de gigantismo en arbustos como los cardones y
las tabaibas y los secretos de algunos árboles propios del libro Guinnes de
los récords que ahora pasan desapercibidos en cualquier monte de Canarias.

FUENTE: TURCÓN - Ecologistas en acción



La Bodega y Las Marías

Una fiesta de Las Marías 2007 algo diferente

Erasmo Quintana

La fiesta de Las Marías de este próximo tercer domingo de septiembre ya no será la misma por mucho que queramos: La Bodega de Chago no se sumará esta vez al jolgorio colectivo, a la alegría sana de los romeros, a las parrandas; y la Virgen no tendrá ya que parar para que sus portadores se refresquen sumándose al alborozo que contagia a todos. Parará tal vez la Virgen de Guía donde siempre para descansar, pero allí ya no estará Santiago Gil Romero, solícito como cada año, alcanzando el aperitivo en forma de queso de flor y la fresca cerveza a los sudorosos portadores o costaleros conductores de su trono, y que en esos momentos cómo lo agradecen.

La fiesta de Las Marías en Guía, desde hace ciento noventa y seis años es, después de la de la patrona del mes de agosto, la más importante que se viene celebrando. La organiza un animoso grupo de “patronos” o “mayordomos”, cargo que a lo largo de todo este tiempo heredan de padres a hijos, y participa todo el pueblo. Ese día lucirá como siempre un sol radiantemente luminoso desde un cielo limpio de nubes en el inmenso azul.
La fiesta de Las María en Guía es la fe y la emoción de los romeros; es ese olor  a retama y a eucalipto; es el eco de cantos de parrandas llenando el aire con acordes no por conocidos menos esperados; son las fachadas de las casas engalanadas con utensilios y productos de la tierra; es la promesa pendiente que se paga de rodillas y los pies descalzos; es el saludo del amigo o amiga que hace un año que no ves; es el recorrido de carretas invadiendo al paso olores de sardina asada, el bocadillo de chorizo y la papa arrugada con mojo; es la sangría y la lechera con el cuba libre a granel; es la oración sentida y la canción a la Virgen en la puerta de la Iglesia; es el romero y la Rama.

Pero todo esto en su innegable importancia, que continuará como ha sido durante casi dos siglos, repitiéndose sin dudar año tras año, permítanme la pena que uno pueda sentir por algo que ya no será igual: la estación de parada obligada de la procesión nada más doblar la esquina, abandonando la calle Médico Estévez, y encarar la de Marqués del Muni: la vetusta Bodega de Santiaguito, hoy cerrada y en venta. La tozuda realidad, que no va pareja con nuestros sueños y deseos, nos hace ver que a pesar de las buenas intenciones del responsable de esta página, concienciando a todos del patrimonio que perderemos indefectiblemente si Dios no lo remedia, lo vamos a perder para siempre casi con toda seguridad.

Si nos damos cuenta, el propio discurrir de la vida lo va modificando todo si la mano del hombre no hace que tal cosa ocurra, o a lo menos no con la contundencia conque el azar lo dispone. Por esto, por lo difícil que se está poniendo volver a ver ese valioso patrimonio histórico de Guía de Gran Canaria, referente de una de las artesanías más valiosas que nos identifican como pueblo, el queso de flor, me permito instalarme en la nostalgia: de aquí en delante tendremos que recurrir a las fotos y a nuestra memoria cada vez que hablemos de la Bodega de Chago, pues parece que estemos abocados a vivir siempre con la nostalgia, ya que todo lo cambia el tiempo, máquina sempiterna que no para.


Erasmo Quintana Ruiz            agosto-2007





Discursos de Tomasín como CURA y como ALCALDE

Gracias nuevamente a la generosidad de Pachi Rivero, podemos ofrecerles la segunda parte de la entrevista que le hizo y grabó en vídeo Paco Rivero en 1982. En esta toma, Paco Rivero invita a Tomasín a hacer dos discursos: uno, como si del Cura se tratase, en Semana Santa, y otro, en el papel de Alcalde.


El huevo milagroso (2). Javier Estévez

Javier Estévez

Toda historia, como toda andanza,
tiene su inevitable comienzo. El episodio del “huevo milagroso” se inicia legítimamente con la visita de mi
abuela Leonardita, acompañada por mi
madre, Juana, que entonces contaba con
tan sólo diecisiete años, a una sobrina suya de nombre Wenceslá que vivía, en
el año 1913, cuando todo sucede, en Moya. Por aquel entonces, los protagonistas
de esta historia eran personas que disfrutaban de una cómoda condición, ya que
no soportaban ninguna dificultad para sobrevivir. Mi madre y cuatro de sus ocho
hermanos vivían en una casa terrera y sobrada, que aún perdura, aunque
vergonzosamente abandonada, donde dicen la Vega Grande.

Al llegar a casa de la sobrina de mi
abuela, mi madre, que andaba siempre sin sombra debido a su pertinaz inquietud,
descolgó de una pared de la cocina un calendario que tenía tantas hojas como
días presentara el año. Eran de ese tipo de almanaques que pretenden instruirte
mientras deshojas mecánicamente al tiempo. El azar quiso que ese día, aún
figurara la hoja de la jornada anterior donde se exponía una vieja receta, de
origen incierto, que revelaba a regañadientes el secreto para escribir frases
imposibles sobre los huevos. Wenceslá se percató de la curiosidad de la joven y
abriendo el enorme cajón de la mesa tocinera, sacó un huevo que aguantaba en
su cáscara los siguientes términos: este huevo lo puso la gallina negra. Ni
mi abuela ni su sobrina pudieron entonces imaginar, y menos calibrar, la
historia que acababan de prologar.

A pesar de que aún restaban unas
horas de luz, pues el sol aún estaba penetrante y diagonal, mi abuela decidió
retornar a Guía, pues esperaba que con el derrumbamiento del día llegaran, para
pernoctar, unas hermanas de pensamientos trabados y espesos, que respondían
sonoramente al apodo de Las Canelas. Tan pronto llegó a oídos de mi madre la
noche que gastarían estas hermanas en su casa, pergeñó la burla más contumaz
que ha sufrido esta comarca en los últimos veinte siglos de su existencia.

Tras un regreso polvoriento y
pedregoso, y nada más apearse de la acémila tras pasar bajo el arco rebajado
del alpendre, sin anuncio alguno, corrió hacia el corral para pertrecharse de
algún huevo que aún hubiese en el nidal. Percatose rápidamente, pues mi madre
tenía buen ojo para los trajines del corral, de la existencia, en el nido de
las gallináceas, de un huevo huero, vano, vacío,
el que por
enfriamiento se pierde en la incubación.
Con el huevo en uno de los bolsillos de su delantal, entró de esquivo en varias
dependencias de la casa para apoderarse de las herramientas rentables y
necesarias que le permitiesen ejecutar puntualmente la candonga que les
gastaría a las hermanas retardadas.

A hurtadillas, pasó
por la cocina para apoderarse de un pedazo de manteca de cerdo sin sal, un vaso
de vinagre, que cogió de la alacena, y una botella vacía de las reservadas para
recoger agua del naciente. Siguió su ronda sigilosa por el escritorio de su
padre, que a esas horas rondaba por los callejones sin suerte de su ciudad
inédita, y consiguió, al verla tendida sobre el buró, una pluma palillera
de guirre, regalo prescindible de un notario atribulado. Volvió astutamente al corral, sin levantar
sospechas, y con una vela y una cuchara, calentó el sebo del cochino para
licuarlo y tintarlo. Con el dedo gordo e índice de la mano izquierda soportó el
huevo, mientras que con la pluma ya cargada escribió rudamente sobre el
cascarón una frase que concibió como
terriblemente agorera. Tan sólo restaba el momento definitivo y sublime; para
cumplir fielmente lo establecido, sumergió, sin aviso previo, al huevo durante
un cuarto de noche en el mar de vinagre.

Para no levantar
sospecha alguna, en vez de volver a la casa, donde andaban repartidos su madre
y sus hermanos, se dirigió hacia un pequeño cuarto disperso y allí se dispuso, mientras el tiempo y el ácido
acético actuaban sobre los carbonatos oriundos de la cáscara, a lustrar todos
los aperos de labranza concernientes a la tierra.

Mientras bruñía y se
esmeraba en la limpieza de esos aparejos agrícolas, unas voces se introdujeron girando y girando
por el único hueco que presentaba el ancho vano del cobertizo. Inmediatamente,
desempolvó de las repisas de su memoria todos los registros auditivos
almacenados hasta encontrar el correspondiente a esas voces saladas y
marineras. Así las identificó casi al tiempo que se introducían a empellones en
sus oídos: las moscas. Estas primas lejanas suyas eran unas alcahuetas
del demonio, pues tan grande era su ignorancia que todo lo relacionaban con el
demontre, con hechizos desatinados y con el negro encantamiento. Temerosa de
que se encontraran con el huevo anotado, resolvió sacarlo del vinagre para
incrustarle una cruz sobre el mensaje grabado de forma soez a la manera
cervantina. De este modo, consiguió defender las letras tanto de voluntades tenebrosas como del
temido fuego eterno.

La noche espesa se
sentó sobre la isla y entonces, cuando las estrellas retozaban sideralmente en
el firmamento, Juana sacó el huevo, sumergido con alevosía y con un fragmento
de nocturnidad en el caldo avinagrado, y
entre risas malandrinas y plumas desvanecidas, levantó a la gallina para poner
bajo ella el huevo con el dictado grabado en relieve.

La noche devino en
luminoso amanecer y antes de que el día sucediera definitivamente a la noche, el canto del
gallo, atravesando como pudo la relentada, avisó del comienzo de una jornada
que, desde tiempos irreconocibles, sería, de manera casi ineludible, similar a
la que inevitablemente ocurrió.

Entonces sucedió lo
que Juana esperaba. Una de las Canelas, que habían dormido en una de los
cuartos perdularios del bajo, se acercó al nidal para recoger lo dispuesto por
la gallina y se encontró no con un huevo cualquiera, sino con el que mi madre
había ilustrado. Asustada, llamó a Manuel, el ovejero, que se preparaba para
sacar el ganado a pacer. Yo no sé leder,  pero letras son, concluyó el pastor, con
su acostumbrada parsimonia y brevedad, antes de empezar a bastonear al hato
hambriento.

Para finales de ese año se había
planeado la boda de  nuestros padres. De
esta manera, se habían vuelto muy frecuentes las visitas de la familia de mi
padre a casa de mi madre y viceversa. Esa misma mañana, tan temprano como el
huevo fue descubierto en el nidal, mi abuela paterna, acompañada por dos tías
nuestras, rindieron visita a Leonardita. Mientras hablaban de zagalejos,
capotillos, casaquillas y justillos, las Canelas, alucinadas con la gallina
ponedora, trataron de abandonar la casa y el huevo, no sin antes mostrarle el
milagro referido a dos jinetes que con sus monturas aletargadas, por allí
coincidieron, aunque llevaran rumbos opuestos, pues mientras don Ramón
cabalgaba a Gáldar, Marquitos Mendoza se dirigía hacia la cercana ciudad de
Guía. Las hermanas, demoradas en inteligencia y con cierta tartamudez mental, les
ordenaron parar, desmontar sus caballos y mirar el huevo huero rayado. Los ojos de Marquitos Mendoza tanto se
agrandaron, por lo que a través de ellos veía, que D. Ramón se apartó unos
pasos de él no fuese se le vayan a salir
de sus cuevas y yo se los pisara.
Encrespado, preguntó a la mayor de Las
Canelas: Señora, pero ¿quién puso este
huevo?
Fiel a la verdad y a su limitada razón, respondió ésta: Pues, una gallina, señor; quién si no.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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El huevo milagroso (1). Javier Estévez

Hay pueblos que saben a desdicha.
Se les conoce con sorber un poco de

su aire viejo y entumido, pobre y
flaco como todo lo viejo.

”Pedro Páramo”

Juan Rulfo.

 El huevo milagroso (I)


Javier Estévez

Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás
que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando
eternamente el sueño basáltico de la
montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo
en todo el barrio. Le encontrarás una gran similitud estética con muchas
fachadas de tu barrio. De hecho, como tu casa, tiene unas puertas altísimas bajo unos arcos escarzados. Pero, también,
a diferencia de la tuya, ésta si que consiguieron concluirla.

Bajo esta descripción, no tuvo
problema alguno ni para encontrar la casa donde la esperaban, ni para,
afortunadamente, aparcar a unos metros de la misma. En efecto, para dominar
visualmente la fachada del inmueble hubiese sido necesario trasladarse a la
acera de enfrente, sobre todo para disfrutar de una perspectiva adecuada, pero
la impaciencia la colocó frente a la puerta principal y le empujó a golpearla
secamente dos veces, a pesar de estar tímidamente entreabierta. Esperó unos
segundos; nadie le contestó. Decidida, Davinia entró por el pasillo que moría
en una puerta de barrotes salomónicamente estrangulados. En el ecuador de su
recorrido sonaron unos cantos, y aunque
dedujo fácilmente que pertenecían a mujeres aderezadas en tiempo y vida, tenían
un aire irremediablemente infantil:

Ay balancé, balancé,

balancé de Juan Molina

que engañó a todo el pueblo

con el huevo de una gallina.

Tras las risas, apareció, al otro
lado de la portada, una mujer enjuta, con cierto desaliño y despreocupación en
su vestir, pero con unos ojos pequeñísimos que lejos de esconderse en la
oscuridad, resplandecían magníficamente
en ésta.

-¿Eres Davinia, verdad?- inquirió
mientras abría la portezuela con su mano izquierda agarrada a los barrotes.

- Si,
soy yo; espero no llegar tarde
- espetó Davinia a medio pasillo, acelerando
su paso para finalizar cuanto antes el trayecto que aún le separaba de la
mujer.

- Pasa,
adelante
, y se retiró unos pasos hacia atrás para facilitarle la entrada. Las piernas de Davinia, extensas como un
pecado sin controlar, adelantaron su presencia. Justo después de traspasar
finalmente su cuerpo entero la portada pudo ver a su derecha dos mujeres
sentadas
en un asiento de tres o cuatro pies sin respaldo pero apoyado
en la pared y tapizado con una tela rudimentaria repleta de flores y otros motivos primaverales.- Éstas son mis hermanas, Dolores y
Mercedes. Yo, soy María.-
Tras presentarlas, ésta última, la más joven de ellas en
apariencia, se sentó en una vieja mecedora separada unos metros de sus hermanas
pero con la misma orientación. Por su disposición lineal, Davinia
expelió unas sinceras disculpas ya que le abrazó la sensación de haber
interrumpido algún ceremonial.

Sus ojos, encerrados dentro de unas
pestañas pequeñas pero reforzadas por el rimel que se aplicaba diariamente, recorrieron los rostros de ambas
hermanas, que permanecieron sentadas. Dolores, que prolongaba sus piernas sobre
un pequeño taburete, le exigió un beso por saludo; Mercedes, en cambio, escaneó
pacientemente y sin obstáculo el prolongado cuerpo de Davinia, que se sintió
ciertamente incómoda ante esos ojos de mirada estricta. Aceptó la oferta de
María y se sentó en un pequeño sillón que las enfrentaba a ellas, y que se
cobijaba bajo los primeros peldaños de una escalera de espeluznante pendiente
que, según le contaron después, costó exactamente quinientas pesetas.

- Entonces, tú eres quien compró la casa de mi tío Juanito el del huevo. Abandonó
Dolores estas palabras en el aire del recibidor mientras se incorporaba en su
banqueta y obligaba a sus pies desnudos a rechazar el descanso del que
disfrutaban. Acomodó su postura apoyando su espalda en la pared y tras un
necesario suspiro, apuntó: Quien compra
una casa antigua, no se hace solamente con un inmueble; se apropia también de
su historia. Estaba segura de que tarde o temprano, la historia de Juanito el
huevo, saldría a tu  paso, o, por el
contrario, la encontrarías tú abandonada
en cualquier cajón o dormida anchamente en una esquina de la casa. Ese
encuentro era inevitable, así que, no te miento en absoluto si te confieso que,
al menos yo, te esperaba.
Es curioso, - añadió mientras se
acariciaba sus mejillas y perdía sus ojos en un tiempo inalcanzable,- a lo largo de los últimos veinte años, más que narrarla, me he dedicado a vindicarla, ya que muchas lenguas incautas la han inventado, calumniado, injuriado y
menguado. Así que la historia que oirás aquí, desde su comienzo a su final, es
la más inequívoca de todas las que pululan por esos mentideros, pues, mi madre,
su genuina desencadenante, me la
imprimió cientos de veces y letra a letra en los papeles que amontono en mi
memoria.

Cuando Dolores se preparaba para
iniciar su relato, Davinia la interrumpió para sacar de su pequeño bolso una
libreta de anillas donde, desde hacía unos meses, apuntaba todas las ideas,
versos y suposiciones que le salían a su encuentro. No esperaba escribir un
libro ni un poemario, pero le gustaba la posibilidad de, pasados unos meses,
quizás unos años, reencontrarse de nuevo
frente a sus pensamientos. Hojeó su libreta para situar sus anotaciones; de
manera contemporánea, Mercedes la ojeó a ella. Al cruzar sus pies, volvió a
delinear el amazónico recorrido de sus muslos. Destapó el bolígrafo y le pidió
cortésmente a Dolores que comenzara la historia que varias semanas atrás oyó
por primera vez en una estrafalaria tienda que se encontraba perdida entre los
cientos de rincones  que doblaban
calladamente el trazado rectilíneo de las calles.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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Las estampas

Música de Papagüevos II

Santiago Gil
            

Para nosotros los cromos eran estampas. No, estampitas, no, estampas. A ver cómo te lo explico: nos daba igual que en el sobre o en el mismo álbum las llamaran cromos. Era lo mismo que los boliches, que cuando salían por la tele les llamaban canicas. Digamos que los canarios teníamos un lenguaje más o menos propio para nuestras cosas de la infancia, y que entonces le hacíamos más caso a nuestras abuelas y a nuestros padres que a la tele o a los mismísimos libros de texto. Jugábamos con las tradiciones que venían andando en el tiempo mucho antes de llegar nosotros a ocupar nuestro pequeño papel interpretativo en esta azarosa película que es la existencia, o la vida, llámalo como quieras.

Te hablaba de las estampas porque agarrados a ellas fuimos atravesando buena parte de nuestra infancia. Las había de muchas clases, pero a  nosotros las que nos parecían más fetén eran sin duda las de los jugadores de fútbol. También estaban las de estrellas de la canción y el espectáculo, las de dibujos animados y las que nuestros mayores denominaban instructivas. Para éstas últimas nos daban dinero siempre que se lo pedíamos, pero a nosotros eran las que menos nos gustaban porque se parecían a los libros de texto del colegio con mapas, conquistadores y descubrimientos científicos. Las nuestras, como he dicho, eran las futboleras, y dentro de éstas las de la Liga de Primera División.

Lo bueno de aquellos años es que entonces salía la Unión Deportiva Las Palmas en las estampas, aunque más de una vez dejaron el equipo a medias, o simplemente coloreaban de una manera cutre el equipaje sobre las fotos con ropa de calle que tenían de los jugadores. No era bien tratada la Unión Deportiva en aquellas colecciones, si bien no les quedaba más remedio que ponerla en el álbum porque siempre estábamos entre los cinco primeros de la Liga y supongo que hubiera sido muy cantosa su ausencia.
Las estampas olían de una manera especial, a tinta de periódico o de libro recién impreso, y cuando eran adhesivas a un pegamento que no sé si colocaba o no pero que aún soy capaz de rememorar con toda su sugerente emoción. Había algunas que tenían los datos de los futbolistas detrás de los caretos, y otras que salían en las cajas de fósforos que se coleccionaban de chiripa y  que eran muy difíciles de obtener porque no dependía de nosotros sino de nuestros mayores. Y cómo olían también las cajas de fósforos de madera cuando las abrías. Otra palabra, fósforo, que luego se volvía cerilla en la asepsia de los libros de texto que tanto nos confundían.

Lo mejor de las estampas no sólo era abrir los sobres. Jugaba un papel determinante la suerte, el que te saliera justo la estampa que te faltaba para completar el Atlético de Madrid o la Unión Deportiva Salamanca. Con esas estampas se confeccionaban luego los equipos de chapas o de cajas, una vez se completaba el álbum y se guardaba pensando que lo íbamos a tener toda la vida a mano. Pobres ilusos, hoy volvemos a casa y no hallamos ni álbumes ni estampas. Todo lo se lo lleva la prosaica necesidad de echar lastres al mar para poder seguir navegando, y también la imposibilidad de cargar recuerdos cuando uno quiere ver mundo y no aferrarse a ninguna ciudad o casa del planeta. Ya digo que para completar las colecciones jugaba primero el azar, pero posteriormente entraba en liza la buena capacidad negociadora que uno tuviera para cambiar los cromos, el ser capaz de renunciar a treinta o cuarenta por uno de los más deseados,  y también la pericia que tuviéramos en los juegos. Estaba sobre todo el estampío, que consistía en levantar las estampas con la palma de las manos sabiendo dominar el golpetazo, la entrada del aire y la capacidad de hacer volar el papel acartonado. No valía pegarla a la palma de la mano: los más tramposos  se echaban mantequilla para poder dominar la gravedad de la estampa, pero la mantequilla de entonces cantaba lo suyo y lo normal es que nos diéramos cuenta del fraude desde que llegaban ofreciendo juego. Cualquier lugar era un buen tapete, pero las más solicitadas eran las escalinatas, sobre todo las de la Plaza Chica y las de la ermita de San Roque, aunque tampoco desdeñábamos la fuente de la referida plaza o cualquier escalera de cualquier casa en la que se juntaran varios amigos a poner en juego su ejército de sueños futboleros.

La primera colección de estampas que recuerdo completar fue la del Mundial 74. Eran unas pegatinas fabulosas con nombres míticos de la historia del fútbol, aunque casi no había ninguno de la selección española. No nos clasificamos y para compensar había una sección al final del álbum en la que daban cabida a jugadores de selecciones no clasificadas. Creo que eran Íribar y Claramunt el del Valencia los que aparecían en esa sección, pero estoy hablando por hablar porque no lo recuerdo a ciencia cierta.

Además del estampío también jugábamos a la escalera, que era un juego en el que tenías que dejar caer la estampa pegada a una pared y creo que había que esperar a que se quedara vertical o a que se montara de una forma determinada sobre las que se iban quedando en el suelo. Ahí te podías llevar de una tacada más de medio centenar de estampas,  por lo que sólo jugabas cuando tenías muchas repetidas y podías permitirte el lujo de arriesgar. Y junto a esos juegos había uno que no recuerdo exactamente, pero sí sé que tenía que ver con el número de letras que tuvieran los futbolistas. Levantabas el flojote -que era otra palabra nuestra distinta al montón- por donde querías y según te saliera un nombre u otro te llevabas más o menos estampas. Había nombres que no se me olvidaron desde entonces, y que de vez en cuando repaso mentalmente viendo los caretos y el color de sus respectivas camisetas. Los más deseados en ese juego azaroso eran, entre otros, Pérez Contreras, Martí Filosía, Fernández Amado, Azpilicueta, Urruticoechea, López Ufarte, Gómez Voglino, Barrachina, Rubén Cano o Roberto Martínez. Luego estaban los que te llevaban al fracaso, nombres como Dani, Rojo, Olmo, Mora, Félix, Noly o Leal. Todas esas alineaciones que aparecían en las estampas son parte de nuestra épica personal, los ejércitos con los que vencimos mil batallas al tedio y al aburrimiento. Aún siguen brillando con aquellos colores satinados que tanto nos emocionaban. Cada una de aquellas estampas que integraban los flojotes que menguaban o crecían según la suerte forma parte de nuestra propia historia. Abrir un sobre recién comprado era acercarte a un mundo de sueños. Rasgabas con cuidado uno de sus extremos y sacabas las estampas a la luz como quien trae hijos al mundo. Dar con alguno de los más deseados era como tocar el cielo. De alguna manera tú también te sentías parte del equipo.

Agosto de 2007.

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Vamos pa´l Pino

GUÍA PREPARA SU CARRETA PARA LA ROMERIA DEL PINO EN TEROR 2007 
 
Con motivo de la Romería del Pino de Teror el Ayuntamiento de Guía ya está confeccionando la carreta que este año ha sido diseñada por el artista Toni Caballero. Se trata de una carreta del siglo XVIII adornada con plátanos, flores y frutas. Esta carreta estará acompañada por el grupo folclórico “Noroeste Guiense”.

Por otro lado el Ayuntamiento de Guía pondrá una guagua a disposición de los ciudadanos que quieran asistir a esta Romería Ofrenda que será el día el 7 de septiembre, la hora de salida será las 14:00 horas desde el Cine Hespérides.

Las personas interesadas han de apuntarse en la concejalía de festejos de 8.30 a 1.30hs o llamando al tfno. 928 89 65 55 extensión 1108.

FUENTE: Infonortedigital
 


 

El despertar de Guía. Nicolás Guerra Aguiar

ImagePor Nicolás Guerra Aguiar

Si es cierta la afirmación de que los pueblos tienen lo que se merecen, a la ciudad de Guía (aquello de "Santa María de Guía de Gran Canaria" pertenece a los tiempos novísimos, los más nuevos) le esperan momentos de esplendor, de placidez y modernizaciones sin romper -como hizo a veces la vecina Gáldar- con sus elementos identificadores.


Allá en los primeros años de su propio nacimiento -dicen los especialistas que a finales del siglo XV- puede darse como iniciada la que recibirá el título de ciudad en 1871 y, en las primeras décadas del siglo XX, dominará el monopolio comercial del Norte, sobre todo en lo que a la agricultura se refiere. Prueba de su potencial económico son, por ejemplo, las bellas casonas que ocupan distintas calles principales, sobre todo en torno a la iglesia, en las pendientes de Marqués del Muni y la trasera.

Pero circunstancias muy distintas -que no entro a analizar en cuanto que están perfectamente estudiadas por el señor Estévez Domínguez- condujeron a aquella ciudad a cerrazones económicas, sociales, culturales y administrativas que la convirtieron en una especie de fortaleza inaccesible, a lo que sin duda contribuyó la inexistencia de una clase media con empuje mercantil que impulsara el desarrollo económico al margen de las anquilosadas fortunas de unas cuantas familias más interesadas en la conservación de sus bienes, sin espíritus renovadores o inversores. Recuerdo que en los años setenta se decía que las fortunas estaban en Guía, pero las visiones comerciales despertaban en Gáldar: por eso se establecieron en la segunda ciudad los bancos más poderosos, incluso los de segunda fila.

Fehaciente prueba de lo que afirmo en ese proceso de anquilosamiento y freno a las adaptaciones que la propia dinámica impone está, por ejemplo, en que la vecina Gáldar -carente de aquellos ilustres apellidos, conservadores por su propia condición- comenzó a desarrollar un inicial tráfico económico muy variado que la llevó, al paso de los años, a convertirse en el centro económico del Noroeste, categoría que mantiene hoy a pesar de los pesares, a pesar de que también fuera abandonada por la Coalición Canaria que gobernó en el Cabildo a lo largo de los años noventa, únicamente interesada en sus reinos de taifas, en sus monopolios de votos y que marginó el arrollador ímpetu galdense.

Pero lo cierto es que, gracias a aquellos nuevos inversores, fue cimentando una nueva clase social -incipiente burguesía- con ansias de expansión económica y, por tanto, creadora de puestos de trabajo. No hay más que desplazarse cualquier mañana de un día laborable a ambas ciudades: en la primera, en Guía, empieza ahora a verse algo de gente, algún que otro comercio nuevo que destaca, sobre todo, por la propia novedad de su aparición.

En Gáldar, por el contrario, la masa afluye a tiendas, establecimientos, mercado, supermercados, en un continuo ir y venir que a veces agobia, constriñe, condiciona en cuanto que necesita ya expandirse, abrirse a nuevas zonas, buscar espacios más amplios que coadyuven al desarrollo y, sobre todo, necesita prudentes e inteligentes políticas de aparcamientos, de servicios elementales, de racionales perspectivas de qué ciudad se quiere legar a los nietos, a quienes la ocupen dentro de cincuenta años.

Porque tengo la impresión de que, por el momento, no hay una visión de futuro planificada y estudiada con rigor, que permita su expansión y crecimiento pero de una manera discursiva, planificada, por supuesto que también recuperadora del pasado que científicamente es constatable y demostrable, pero sin apasionamientos ni desmesuradas exaltaciones de lo que no tiene rigor histórico. Y Gáldar, a diferencia de Guía, destrozó la mayor parte de su propiedad cultural, echó por tierra viejas casonas para construir cajones de dos plantas en su lugar, con absoluto menosprecio a todo lo que representaba parte de su propia identidad: ahí está, como insultante ejemplo, la vivienda del capitán Quesada, figura insigne que en Guía -estoy seguro- hubiera recibido otro trato más digno y respetuoso.

Pues bien: desde hace unos años -con prudente, inteligente y ágil parsimonia- Guía está levantando cabeza, parece que quiere salir del anonimato tras decenios de ensoñaciones y misticismos que a nada conducían. Y lo está haciendo el señor Bañolas Bolaños (¡ños con don Fernando!) quien ha conseguido, al fin, que se hable de Guía con bastante frecuencia, con más costumbre que hasta hace poco. Y, además, que se hable bien, de renovaciones, innovaciones, obras, embellecimientos, recuperaciones de nobles edificios en cuyos interiores reposaban -como en forzadas paradas- las minuciosidades y mínimos detalles que van haciendo a un pueblo recuperar su personal condición de tal.

Guía, sin duda, despierta del largo letargo que le habían impuesto quizás las vacuas tradiciones, los inoperantes anquilosamientos del pasado al que se quiere mantener lejos, muy lejos de los momentos que vivimos. Pero, parece, la luz de la inteligencia y los entendimientos se imponen en aquella ciudad de la que tan gratos recuerdos tengo por los entrañables amigos guienses (Juan, Eduardo, Víctor, Amado, Paco, Manolo, Isaac, Santiago?) conocidos en Gáldar, en el colegio Cardenal Cisneros hace, ya, cuarenta años.

FUENTE: artículo publicado en el periódico La Provincia del 24 de agosto de 2007.



La redención por el estudio. Erasmo Quintana

Relatos cortos (6)

Erasmo Quintana

Tiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente y muy de madrugada se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa y una abundante chiquillería que cabía toda debajo de una cesta. Como siempre, también, frugal fue lo que cenaron esa noche: caldo de papas con cilantro que sobró del mediodía, y gofio o un mendrugo de pan duro –a elección- y derechitos al catre. Y así, como respondiendo a un hábito por repetición sin hacer el menor ruido aquella prole famélica, encabezada por el mayor que portaba un quinqué, salía uno tras otro en número de ocho de la mugrienta cocina, si es que se le podía dar ese nombre.

Ignacio el de Tomasita es desde no se sabe cuándo el encargado o mayordomo de la finca de plataneras que don Anselmo Avellaneda posee en una de las zonas más fértiles y llanas junto a la costa orientada al poniente; y es fama la cantidad de racimos y su envergadura que vende a la Cooperativa, siendo este extremo motivo de orgullo de su dueño y la consiguiente envidia de todos. Este es el escenario donde se desarrolla la vida austera y aburridamente cotidiana de nuestro encargado y su familia, donde el mucho trabajo, interminable trabajo se diría, es el pan nuestro de cada día. Allí todas las manos son pocas, pues una plantación tan importante y los animales que tiene también que atender dentro de la finca, hacen de la faena diaria un agobio permanente para él y su compañera. Con los hijos no contaba, ya que algo sí tiene claro: que a poder que él pudiera sus hijos estudiarían todos, para que no sufrieran las privaciones y penalidades por las que sus progenitores estaban pasando; tan seguro estaba de que el estudio los redimiría de aquella precaria situación, haciendo de ellos hombres y mujeres de provecho, honrados y de bien. Es por esto que no los dejaba nunca sin ir a la escuela.

Un buen día el mayor de ellos, Juan José, que terminaba el bachillerato, le trajo un recado de su tutor donde lo citaba para hablarle sobre algo respecto a su hijo. Preocupado por la cita esa noche no durmió, y al despuntar aquel día señalado, dejando la mitad de las cosas sin hacer acudió a la cita tal como estaba: alpargatas, camisa y pantalón manchados de platanera y, gorra en mano pidió permiso para entrar. Después de los saludos y en tono solemne, como creyéndose que cumplía un deber sagrado el tutor fue directo al grano:

-    “Sr. Ignacio: lo he mandado llamar porque creo una obligación poner en su conocimiento que su hijo Juan José es uno de mis alumnos más aventajados y con mayores posibilidades de todos los que tengo en clase. Brilla con luz propia en todo: es aplicado, inteligente y muy trabajador. Estas son sus notas, sobresalientes y matrículas de honor; por ello me creo en el deber de decirle que sería imperdonable que este hijo suyo no hiciera una buena carrera universitaria. Yo he cumplido con decírselo. Ahora vaya con Dios y cumpla usted, que es su padre”. Con un “gracias” y un adiós” imprecisos y casi imperceptibles abandonó el despacho Ignacio el de Tomasita, mascullando para sus adentros “¡Qué puedo hacer, pobre de mí, con el sueldo de miseria que gano!” Imposible que su hijo continuara estudiando, y menos en la Universidad, No obstante, pensó, hablaría con don Anselmo por si algo se pudiera solucionar. Después de consultarlo con su esposa, aprovechando que giraba la visita semanal rutinaria a la finca, y después de darle puntualmente las novedades de las reses, según el Veterinario, le empezó contando su problema.


-    “Don Anselmo, usted está contento conmigo y son muchos los años que estoy a su servicio; de más está decirle que mi situación no es muy boyante, pues nos hemos ido cargando de hijos, y aunque me permite que algo de los alimentos los coja de la finca, no es suficiente. Días pasados el profesor del mayor de ellos me dijo que es muy bueno con los libros y que debía darle estudios superiores en la Universidad. Lo decía por si usted me puede echar una mano”.  Don Anselmo, que había cogido una tosca y corta butaca de alpendre para refrescar y escucharlo, saltando de la misma como un resorte, voz en grito contestó:


-    “¡Qué dices, Ignacio, tú te has vuelto loco! ¿Cómo se te ocurre mandar al mayor de tus hijos a la Universidad? ¿Quién limpia entonces, cuando tú no puedas, la florilla? ¿Quién arregla los camellones, quién riega, quién deshija -dímelo tú-, y quién atiende los animales? Además la Universidad, por si no lo sabes, es una fábrica de nihilistas, ácratas y comunistas. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante disparate?”  A lo que el temeroso Ignacio contestó como pudo:

-    Don Anselmo, tranquilícese, no se preocupe, que le puede dar algo; retiro lo dicho y haga como si nada ha salido de esta boca. Cambiando por completo el mayordomo la conversación, dieron por zanjado el tema.

Esta primera y descomunal adversidad, en nuestro preocupado mayordomo no mermó un ápice el deseo inquebrantable de dar estudios al prometedor Juan José, estimulándolo más si cabe. Tanto empeño puso en ello que al final encontró la amistad que lo puso en contacto con un probo comerciante hindú, quien le dio toda clase de facilidades pecuniarias con la sola condición de presentarle resultados con las mejores notas y reembolsarle parte de los gastos cuando estuviera ejerciendo la carrera. Andando el tiempo, Juan José, que había escogido Medicina, pronto se convirtió en un reputado especialista en Cardiología, jefatura que en la actualidad desempeña en el principal hospital de la provincia. Una tarde el doctor Juan José, como era costumbre, yendo camino de su despacho privado creyó reconocer a don Anselmo Avellaneda en una persona mayor que se tambaleaba a punto de caerse de la acera, encorvado y las manos apretando el bajo vientre y con señales de estar sufriendo un fortísimo y extraño dolor. Corrió cuanto pudo a socorrer al anciano y nada más observarlo, sospechando que se podía tratar de un aneurisma, con la ayuda de algunos viandantes lo subió a un coche que pasaba en esos momentos y lo llevó directamente al hospital. Desde la primera auscultación clínica se confirmó el diagnóstico y lo ingresó urgentemente en quirófano. Hubo suerte tras la operación, pues la aorta quedó perfectamente corregida, y el éxito, fundamentalmente fue debido a que se acudió a tiempo. Una vez que se le subió a planta, el médico que lo había salvado de una muerte segura quiso conocer la evolución postoperatoria. A un enfermo ya plenamente consciente y lúcido y en camino de su plena recuperación, se quiso dar por conocido, diciéndole que su padre era el encargado de la finca de su propiedad, Ignacio el de Tomasita.

 -¿Usted, doctor, es hijo de Ignacio? Inquirió visiblemente incrédulo.

 -Sí, soy su hijo mayor. Contestó el galeno creyendo con ello de algún modo agradarlo.

 -¡Qué hombre bruto –obtuvo como única respuesta- y cabezota es su padre, ese encargado que tengo en la finca! El muy cretino se empeñó en dar estudios a todos sus hijos, ¡incluso superiores a uno de ellos!, y ahora anda como un desgraciado, solos él y su pobre mujer, sin que nadie les eche una mano en los quehaceres de la finca. El muy estúpido va a morir como un perro, convertido en el más infeliz de todos los mayordomos. Se lo tiene merecido, por ignorante.


Erasmo Quintana Ruiz            agosto-2007





El mono del recuerdo

Música de Papagüevos II 

Santiago Gil
            

Los recuerdos no tienen segundas partes. Vienen cuando quieren y se esconden de ti y de la gente si nos les interesa que removamos el pasado por el que ellos ya transitaron. Si no los escribimos no existen. Y además morirán inevitablemente con nosotros. Recordar es revivir, o reeditar en mejor formato lo que un día protagonizamos o vimos protagonizar desde la primera fila de un patio de butacas cargado de complicidades y caras conocidas. Vuelvo a la infancia porque ella quiere invitarme al regreso. Sin dobleces y sin segundas, cara a cara otra vez con los olores y los fogonazos que ya no sabes si son verdad, mentira, o medias verdades y medias mentiras que se confunden con la literatura y la fuerza de las palabras. No busco nada, sólo encuentro. Y los hallazgos me sirven para echarme unas carcajadas que me salven a tiempo de la mediocridad, o para ponerle un brillo cómplice y cercano a mi mirada. También para hacer revivir algunos muertos. Y para no olvidar, sobre todo para no olvidar.

Hoy me he levantado surrealista y burlón y me he acordado de Milagrosa la barrendera corriendo por los alrededores de la Plaza Grande con una especie de mandril subido en su cabeza. La pobre mujer iba desarretada y fuera de sí pegando gritos por todas partes. Era la época en que estaba de moda tener un mono pequeño, un titi o un mandril metido dentro de una jaula. Tenían mala leche los jodidos monos. Si les acercabas la mano te intentaban pegar una dentellada, y más de una vez agarraron la muñeca de los más osados con intención de no soltarla en la vida. Me imagino cómo debían sentirse metidos en aquellas jaulas claustrofóbicas, y con el tiempo uno entiende que estuvieran todo el santo día estresados y de tan mal humor. El que se agarró a la cabeza de Milagrosa sí que era un malandrín de cuidado. La imagen era esperpéntica, pero nosotros en lugar de ayudarla nos tiramos al suelo descojonados de la risa. La pobre mujer, colorada y pegando chillidos como una loca, se ponía a llamar a los guardias municipales. Finalmente no me acuerdo cómo acabó todo, pero sí estoy seguro de que no lo solucionó ninguno de aquellos guardias tan poco versados en el control de animales salvajes y tan dados a echar barriga y a pasear  relajadamente por un pueblo que apenas tenía incidencias fuera de las cuatro borracheras de las fiestas.

Milagrosa y el resto de los barrenderos de aquellos años formaban una estampa inolvidable y casi goyesca por las calles de Guía. Iban todos colocados como si hubieran ensayado las posiciones durante años, uno al lado del otro, y dos delante o al fondo del grupo acumulando la basura que los más fuertes metían dentro de un cubo. Barrían con escobas y con hojas de palmeras secas que arrastraban de un tirón los restos que hubiera entre las dos aceras de las calles. La verdad es que uno no valoraba entonces su trabajo, pero ahora, al paso de tantos años, no recuerdo ver unas calles tan limpias como aquellas. Gracias a eso podíamos improvisar nuestros partidos de fútbol o bien ir golpeando las chapas todo el rato desde nuestras casas hasta las mismísimas puertas del colegio. No había entonces reciclajes, como tampoco se percibían los cambios climáticos o las consecuencias del efecto invernadero. Tampoco sé qué exigían para ser barrendero, un oficio, como todos los de aquellos años, enraizado y unido al paisanaje y a la puesta en escena diaria en la que desarrollábamos nuestra vida.

A lo mejor si a Milagrosa no se le hubiera subido el mono en la cabeza, hoy no me estaría acordando de aquella tropa organizada que ponía una percusión suave en la música diaria de nuestras calles, un raspado de adoquines con hojas de palma que ahora soy capaz de rememorar con todos sus sugerentes tonos mañaneros.

Los barrenderos sólo nos incordiaban cuando terminaba la procesión del Corpus y nosotros emprendíamos una guerra con bombas de serrín o chiribitas, puñados de sal y hasta huevos que ponían de decoración en algunas alfombras. Llegaban raudos con sus escobas y sus cubos limpiando nuestro campo de batalla improvisado, y si nos poníamos farrucos nos echaban por delante a los guardias, o Milagrosa pegaba tres gritos de los suyos para que vinieran nuestros padres a echarnos la bronca. Nos duraba poco el escenario bélico y colorista. Sólo al día siguiente, ya camino del colegio, y por tanto cabizbajos y domesticados, echábamos de menos las alfombras y las guerras ulteriores al ver los colores del tinte todavía marcados sobre los adoquines. Supongo que desaparecerían del todo con las primeras lluvias o con los distintos cubos de agua que se echaban desde cada una de las casas una vez se terminaban de limpiar los suelos.

Fíjense todo lo que ha dado sí un mono en la cabeza de una señora desesperada que corría por las calles de mi pueblo. La risa me ha llevado luego a la ternura e incluso me ha puesto a guerrear en una batalla de colores y olores memorables. Porque lo que quedaba de las alfombras era el olor a naturaleza y a madera que se metía en las ranuras de las piedras de la calle. Y ya hace tiempo que aprendimos que los recuerdos terminan oliendo, y que todo lo que huele nunca muere. Trata de recuperar cualquier olor mañanero de tu infancia y verás la cantidad de imágenes que se te aparecen en la película de tu propia vida. Cada día de entonces nos daba para escribir un capítulo memorable.  

Agosto de 2007.

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