La última sombra

La última sombra

por Javier Estévez















Antes de ser ficción, Macondo ya existía. Era el nombre de una finca de plátanos de la United Fruit que llamó la atención desde niño a García Márquez por su poética sonoridad. De igual modo sucede con Támara, que era como Néstor Álamo llamaba a su ciudad natal en sus primeros artículos publicados en los años veinte del siglo pasado. Támara no fue nunca ficción.  Fue producto de la intuición del joven escritor quien sospechó que el viejo topónimo de Tamaragaldar, relegado en la actualidad a un llano situado al poniente de la Dehesa, denominaba a un extenso y frondoso palmeral cuyo corazón palpitaba justo donde hoy se extiende la ciudad de Guía.

De hecho, no hay foto antigua de la ciudad en la que no aparezca la silueta de algún ejemplar aislado de palmera o algún pequeño rodal distinguiéndose sobre las torres de la iglesia, el torreón mirador y los tejados antiguos. Guía estuvo siempre rodeada de palmeras que testimoniaban con su presencia aquel bosque de palmas que fue relegado tras la conquista por casas de barro y piedra y extensos cultivos de caña. Y entre todas las palmeras históricas que se erguían junto a la ciudad siempre destacó el grupo que se alzaba a poniente, en la trasera de la antigua calle del Agua y cuya mejor panorámica se disfrutaba desde el final del Callejón del Molino.

Nadie supo jamás su edad, pero nadie tampoco dudó que esos ejemplares centenarios ya vivían cuando sucedió la plaga de langosta y la epidemia de fiebre amarilla hace ya doscientos años, o que estuvieron presentes cuando las primeras campanas repicaron repetidamente desde las torres y anunciaron, tras varios siglos de obras, el final de la fábrica de la iglesia parroquial; también bebieron de los riegos de aguas diáfanas que anegaron las primeras plataneras cultivadas en los albores del mil novecientos e incluso asistieron calladas al sonoro ralentí del primer coche que se atrevió a subir por las calles empedradas de la ciudad.

Juntas atravesaron un tiempo inmenso e inimaginable y juntas consiguieron llegar hasta las postrimerías del siglo veinte impertérritas, sanas, sin lesión ni menoscabo. Hoy, de aquellas altas palmeras que el compositor francés Saint-Saëns tuvo el privilegio de   contemplar mientras el alisio mecía sus copas suavemente cada atardecer, y que ninguna tormenta consiguió jamás derribar, solo queda un único ejemplar.

Macondo ya no existe en la realidad. Y en la ficción quedó destruido del todo aunque su final fuese tan mágico e insólito como lo fue su fundación. Támara, en cambio, persistirá mientras su única palmera proyecte como cada tarde su última sombra en la ciudad.

 San Roque, Junio 2011

 Foto: Guía desde el Callejón del Molino en torno a 1890. Autor: Carl Norman. Fuente: Fedac.

 


El viajero. Javier Estévez

El viajero

por Javier Estévez

Alcanzó el final del puerto con gran dificultad, pero la visión que tuvo desde el alto compensó plenamente todo el esfuerzo realizado. La ciudad, al fin, aparecía por primera vez ante sus ojos cansados.

 

El viajero

por Javier Estévez

Alcanzó
el final del puerto con gran dificultad, pero la visión que tuvo desde
el alto compensó plenamente todo el esfuerzo realizado. La ciudad, al
fin, aparecía por primera vez ante sus ojos cansados.

Tras un breve descanso, decidió prescindir definitivamente de su ángel guardián y con cierta ansiedad por llegar - la tarde comenzaba a extender su luz oxidada sobre los tejados-, descendió por el sendero empedrado que se precipitaba hacia un arroyo de aguas mansas. La fatiga y la sed detuvieron la marcha contra su voluntad. Mientras embalsaba el agua en sus manos, escuchó tras él un aleteo triste y plomizo y pensó en el ángel. Especuló con que habría seguido sus pasos por la insoportable soledad a la que lo había destinado, pero se sorprendió al descubrir una garza asustada que con gran excitación levantaba el vuelo tras unos carrizos agostados. El sendero moría en una calle ancha y polvorienta que, con un trazado curvo, ascendía hacia las primeras casas que ya se distinguían con claridad por su cercanía. Entre las huertas y las viviendas descubrió un árbol bellísimo y extraño. Aquel árbol inverso, pues parecía plantado al revés, exhibía sobre su tronco una caterva de raíces en vez de ramas y culminaba su copa con unas hojas largas y duras. Mientras lo contemplaba, sintió que ya había estado antes allí. Incluso tuvo la certeza absoluta de haber sido muy feliz. Tras dirigirle una sonrisa al árbol solitario y sin más equipaje que su sombrero de fieltro sin aderezo, su morral y la vieja canción que le acompañaba desde su ya lejana infancia, condujo sus pasos hacia el centro de aquella ciudad de apariencia sosegada y luz otoñal.

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La belleza. Relato corto. Javier Estévez

La belleza
Relato corto

Por Javier Estévez

Sentado en el ghat de Pancha Ganga, las escaleras de piedra que descienden hasta el Ganges, contemplaba el insólito amanecer mientras cientos de hombres y mujeres rendían tributo al dios del Sol a la vez que realizaban sus baños purificadores en el río. Cuando los primeros rayos del sol incendiaron al unísono las fachadas de los templos y los rostros de los peregrinos que permanecían sentados en las escaleras, cerró dulcemente los ojos y volvió a escuchar la voz serena de Krishnamurti: sólo cuando observes algo y sientas que desaparezca ese yo que te hace juzgar, desear, poseer y matizar, sólo entonces podrás regocijarte y fundirte con plenitud en lo realmente bello.


La belleza
Relato corto

por Javier Estévez

Sentado
en el ghat de Pancha Ganga, las escaleras de piedra que descienden
hasta el Ganges, contemplaba el insólito amanecer mientras cientos de
hombres y mujeres rendían tributo al dios del Sol a la vez que
realizaban sus baños purificadores en el río. Cuando los primeros rayos
del sol incendiaron al unísono las fachadas de los templos y los
rostros de los peregrinos que permanecían sentados en las escaleras,
cerró dulcemente los ojos y volvió a escuchar la voz serena de
Krishnamurti: sólo cuando observes algo y sientas que desaparezca
ese yo que te hace juzgar, desear, poseer y matizar, sólo entonces
podrás regocijarte y fundirte con plenitud en lo realmente bello.

Gracias a esta revelación, pudo disfrutar de la belleza absoluta cuando contemplaba el fulgor de las estrellas tumbado sobre el empedrado de las eras, o cuando leía las palabras impresas en los paisajes, porque los paisajes suenan, cantan, interpretan y, por supuesto, dicen; o cuando escuchaba una y otra vez el suave lamento del piano en una de las obras que el lenguaje humano no podría calificar jamás. La música, y en concreto aquel adagio sostenuto, siempre había sido el camino que más le acercaba a las lágrimas y a la memoria.

Sin embargo, y a pesar del sincero deleite que experimentaba cada vez que descubría la presencia embriagadora de la  belleza, su espíritu comenzó a mostrar cierta desazón al comprobar cómo sus experiencias con lo bello se limitaban al diálogo que aprendió a establecer con la naturaleza, con las mil entonaciones del viento y de las aguas y la infinita gama de tonalidades que se desprenden de las caricias que esos dos elementos le dan a todo lo que vemos. En menor medida, el arte, en sus diversas manifestaciones, también le había brindado la oportunidad de aprehender la belleza y siempre había admirado febrilmente esa sutil cualidad, que poseen muy pocos seres humanos, de crear orden, belleza y finalidad allí donde el resto de la humanidad sólo es capaz de ver caos y desconcierto.

Entonces, sucedió que fue incapaz de estremecerse al andar entre los bosques de hoja caduca mientras los árboles se encendían con los colores del otoño y el viento colgaba de sus ramas rumores y sinfonías que traía de mares lejanos.  Incluso aquel adagio que tanto lo conmoviera años atrás, en especial cuando el pianista se acercaba al final del primer movimiento encadenando una serie de arpegios ascendentes y descendentes que prologaban la última genialidad –las tres notas que ya parecían todo un riesgo en lo agudo, se trasladaban al registro grave y aparecían como preludio irremediable al adiós- ahora le parecía una melodía vulgar y unísona.

¿Ha perdido la belleza capacidad para sorprenderme?, terminó por preguntarse de modo obsesivo, al no sentir, desde hacía mucho tiempo, emoción, serenidad, solemnidad ni agrado allí dónde antes la belleza se le mostraba de forma excelsa e imprevista.

Una tarde lluviosa de noviembre, regresó a su casa antes de lo previsto. Pasó bajo el manto de silencio que se había extendido esa tarde inesperadamente y  dirigió con determinación sus pasos hasta el dormitorio, intrigado por la sonora ausencia de voces y latidos. Desde el quicio de la puerta contempló a su padre, delgado, enfermo, moribundo, quien dormía abrazado a su hija recién nacida. Mientras la tierra giraba, él permaneció inmóvil durante varios minutos, tratando de no interrumpir con su presencia  aquella extrema fragilidad que abrazaba, sin distinciones, a una vida que se extinguía y a otra que, hacía tan sólo unos días, había pedido a gritos permiso para nacer.

Sentado en la vieja mecedora, decidió cerrar los ojos para llorar calladamente, pues reconoció, en ese abrazo dormido, a la belleza absoluta que nos ofrece de modo esporádico e inesperado la vida y sintió, en última instancia, lo que aquel viejo filósofo definiera sabiamente como la presencia ignorada de dios.

Pineda, diciembre de 2008.



 

 

 

 

 


Mi tía Quica y Paco del Macho. Por Braulio G. Bautista

Mi tía Quica y Paco del Macho

 Por Braulio García Bautista

Había invitado a Pito Juan y a Pepe Matías, palomeros más
veteranos que  un servidor, a subir a la azotea de casa de mi abuela para
 ver como “trabajaban” unos  ladrones de mi propiedad que usaban las torres
de la iglesia como atalayas. Eran un par de ejemplares preciosos: uno “aspiado”
(jaspeado) y el otro “pintorriado” (pintorreado) y los  había traído, todavía piando, de la lejana casa
de Baltasar (Saro)  Ruiz, el Practicante.

MI TÍA QUICA Y PACO EL DEL MACHO


Por Braulio García Bautista.

Había invitado a Pito Juan y a Pepe Matías, palomeros más
veteranos que  un servidor, a subir a la azotea de casa de mi abuela para
 ver como “trabajaban” unos  ladrones de mi propiedad que usaban las torres
de la iglesia como atalayas. Eran un par de ejemplares preciosos: uno “aspiado”
(jaspeado) y el otro “pintorriado” (pintorreado) y los  había traído, todavía piando, de la lejana casa
de Baltasar (Saro)  Ruiz, el Practicante. 

Atravesamos el zaguán  de la casa charlando animadamente sobre
nuestra común afición, subimos  el primer
tramo de las escaleras y, cuando ya estábamos a punto de empezar a subir el
tramo de madera, hizo su aparición en lo alto, con las manos en jarras, mi tía
Quica, quien nos preguntó desabridamente: “¿Dónde se creen ustedes que van con esos
zapatos todos “embarrulados”, eh?... ¿Tú no sabes que hoy es viernes y que se
le da gasoil a toda la casa?”... “Venga, carajo, ya se pueden ir yendo con
viento fresco que aquí no me entra nadie… ¿estamos?”

Pito y Pepe Matías se despidieron de mí, muertos de risa,
imitando la estridente voz y exagerando
los gestos furibundos de mi tía y yo me quedé “azocado”en la puerta de la calle,
pues estaba “chispiando”, más cabreado que un mono, rumiando mi viejo rencor hacia
la “solterona amargada” de mi tía.

Tal vez debiera decirles, para aquellos que no lo sepan,
que Cea (por Mercedes) y Quica (por Francisca) eran mis dos tías “casaderas” y que
ambas estuvieron al frente de la central telefónica de Guía durante muchísimos
años. Cea, la mayor, era más amable, pero Quica tenía un carácter del
carajoparriba y a mí me tenía muy jodido con su manía de restringirme las
visitas al palomar. Además de las horas en que ejercía de telefonista ante el
cuadro de la centralita, Quica tenía otras ocupaciones: se encargaba de recibir
y entregar la ropa que le traían, para limpiar en seco o teñir, como  sucursal en Guía   de la afamada Tintorería Nuria,
cuya central estaba en la entonces lejana capital (dos horas y pico en los
lentísimos Leyland de AICASA) y también  vendía velas, velones, cirios y hasta alguna
que otra pierna o mano de cera, de las que compraban los fieles para pagar sus
promesas.

En realidad,  a Quica
sólo se la veía  plenamente feliz cuando
estaba con las santurronas que formaban  Las Hijas de María, o merendando con los curas salesianos y
doña Eusebia- la benefactora del pueblo… sí hombre, la que nos trajo  “el hongo” que curaba el cáncer-. La pobre de
mi tía se “pirriaba” por una sotana, pero su actitud devota, la unción que mostraba
en los actos litúrgicos, se esfumaba en cuanto yo trataba de entrar con amigos
palomeros a  “emporcarle toda la casa”. Entonces
se transformaba: le soltaba riendas a la lengua y nos echaba sin
contemplaciones, algunas veces, incluso,  si no
la obedecía de inmediato, esgrimiendo con determinación el palo de la escoba.

Así que estaba yo, como les venía contando, en la puerta
de la casa de mi abuela, planeando mil venganzas, cuando en esto veo aparecer,
doblando la esquina de Delfinita, a Paco acompañado, como siempre, de su
inseparable y apestoso macho cabrío. Inmediatamente se me encendió el bombillo
y, en los pocos metros que tuvieron que recorrer para llegar a mi altura, yo le
di forma a mi imperiosa necesidad de venganza.

Antes tengo que aclararles que Paco no lucía,
precisamente, como luce hoy en día, que
lo tienen limpito que da gusto verlo. No, el hombre en aquel momento traía  unas botas herradas llenas de barro, ropa
zurcida y parcheada de labranza, un saco
de papas por la cabeza, a modo de impermeable con capucha, y en una mano una
vara pulida y en la otra, la soga con la que tiraba de su díscolo medio de vida…Oigan,
y
s
i el dueño venía “embarrulado” hasta el tobillo, no quieran saber como
venía el macho, que, siendo blanco y gris,
traía encima un casi completo color “caneloso”, de todo el barro que portaba
desde las pezuñas hasta el comienzo de sus cuernos mochos.

Del animalito en cuestión, les puedo asegurar que, ya antes
de doblar la esquina, uno sabía que se acercaba pues le precedía su nauseabundo
hedor, mezcla del almizcle que segregaban sus potentes gónadas y del orín con
que suelen perfumarse los cabrones para hacerse más atractivos ante las cabras.
La gente, cuando se cruzaban con ellos, se tapaba la nariz y exclamaban “¡Fooo,
coñooo... chacho, Paco, jechale colonia al macho!”,
a lo que él solía
responder maldiciendo por lo bajo… ¡Más te jiede a ti el pájaro y yo no te
digo na!

“Oye Paco, que dice mi tío que subas, que tiene una machorra “pidiendo”- le dije todo
excitado, paladeando ya mi trastada-. Paco me miró con cierto recelo, pero le
aguanté la mirada sin inmutarme. “¿Y dónde la tiene?”- me preguntó
todavía desconfiado, sabiendo como sabía que yo era un punto filipino de mucho
cuidado- “En la “zotea”… sube por ahí”- le dije con fingida
naturalidad- y el pobre Paco atravesó el
zaguán y empezó a subir las escaleras tirando del reacio semental. Yo en un
principio pensé no subir detrás de él y esperar en la calle el resultado de mi
gamberrada, pero después decidí que no me podía perder el espectáculo que se
avecinaba y los seguí escaleras arriba.

Mi tía Quica estaba en la cocina delante del pollo,
trasteando en el fregadero y dándole la espalda a la puerta, pero, de pronto,
se quedo como petrificada,  olisqueó el
aire como un animal que presiente el peligro,  se dio la vuelta rápidamente y se quedó
horrorizada, ante el cuadro que aparecía ante sus incrédulos ojos… ¿Pero qué coño  hacía Paco con aquel apestoso animal en la
puerta de su impoluta cocina?
- debió de preguntarse, hasta que  localizó mi rubia cabellera asomando detrás de
la figura de Paco-… Se produjo entonces ese
cinematográfico silencio que precede a toda sangrienta tragedia, y el que  lo rompió, ya oliéndose lo peor, fue el pobre
Paco: “Buenas Mariquita, ¿dónde está la machorra?”…”¿La
machorra?...¡La machorra es la madre del hijoputa ese”
–respondió mi
tía señalándome fuera de si y agregó, gritando como una posesa- ¡¡¡Fuera
de mi casaaaa, coñooo!!!... Y tú, vete preparando con tu padre, desgraciado,
delincuente, sarasa… que te voy a coger todas esas palomas y me voy a hacer una sopaaaaa… y usted,
bobodemierada-
volviéndose a Paco- ¿como se deja engañar por el “chiquillaje”
este, si todo el mundo sabe que es carne de horca y que  va a acabar en el reformatorio?”…
Mientras gritaba
se armó con la escoba y empezó a darle mandobles al despavorido macho-  hasta creo que el mismo dueño se llevó algún que
otro escobazo-  entonces yo, viendo el
cariz que tomaba el asunto, puse pies en polvorosa y escapé de la masacre por
los pelos.

Una vez en la calle, doblado literalmente de la risa, aunque
también un poco asustado con las posibles consecuencias de mi acción, contemplé
horrorizado como se abría la ventana de la sala de la casa en el piso alto y se
asomaba Quica quien, a voz en cuello,  me
siguió regalando con un montonazo de improperios y maldiciones, sin reparar en  que estábamos frente a su querida la sacristía…
a unos metros escasos del camerín de la Virgen, objeto de su veneración más
profunda.

La gente que estaba comprando en la tienda de Antoñito el
Pájaro se arracimó en la puerta del pequeño establecimiento para indagar sobre
el origen de tamaña escandalera; el piano de doña Dulce y la voz que, sobre sus
notas, solfeaba monótonamente, enmudecieron de pronto; y hasta Perico el
Barbero y un cliente al que estaba afeitando- con toda la cara enjabonada y el
paño blanco alrededor del cuello- se asomaron a la esquina… Entonces, ante la
dimensión que estaba tomando el asunto, decidí poner más tierra de por medio y me
fui corriendo a refugiarme al  barranco,  y no volví de allí hasta que empezó a
oscurecer y el miedo a las tinieblas pudo más que el temor a las represalias.

Obviamente, Paco y su macho llenaron de barro los suelos
ya limpios de las escaleras y del pasillo hasta la cocina, pero lo peor fue el
olor… tuvieron que dejar las ventanas abiertas durante mucho tiempo para que se
ventilara la casa de mi abuela y desapareciera aquel penetrante y fétido aroma
que lo cubría todo.

Mi otra tía, Canca (por Carmen) tuvo que emplearse a
fondo para impedir que Quica, llevando a cabo su terrible amenaza, le retorciera
el pescuezo a mis palomas, las desplumara y se fuera haciendo sopa de pichón
hasta que se le pasara el cabreo. Pero lo peor para mí, fue que  tuvieron que transcurrir por lo menos tres o
cuatro largas semanas hasta  que pude
volver a subir a la azotea para ver a mis queridas ladronas… Por supuesto, sin
Canca, mi valedora, protegiéndome de los “abanazos” de la todavía “insultada”
Quica,  jamás lo habría conseguido.

En cuanto a mi padre, la cosa no pasó de un ligero tirón
de orejas, creo que en el fondo le hizo gracia mi mataperrería. Según supe, por
boca de parientes cubanos con quienes mi padre compartió infancia en Güira de
Melena, yo tenía a quien salir, el viejo también fue una buenísima ficha…Y es
que ya se sabe: “Hijo de gato, caza ratones”.

Años después, cuando la profesión me llevó a vivir al
otro lado del charco, me llegó la triste noticia de que mi tía Quica  había sido atropellada en Las Palmas por una
guagua, que le tuvieron que amputar una pierna y que había muerto poco después
de la operación. Fue
una pena porque, para entonces, ya casi se había olvidado de las gamberradas de
las que fue objeto y, cuando yo volvía por Guía, mantenía conmigo una correcta,
aunque poco cariñosa, relación. No tengo que decirles que el día que me enteré de su trágica desaparición, me
arrepentí, muy sinceramente, de todas las faenas que le hice a la pobre vieja.

De todo lo relatado aun puede dar fe Paco, quien, ya sin
macho, y convertido en un anciano lustroso, todavía se acuerda de la
baladronada que le jugó el hijo de Antoñito el del Molino. No hace mucho me
planté ante él, que estaba sentado en el banco donde descansa para los siglos Charlot, el hermano de Tomasín,  y le
dije: ¿Paco, sabes quién soy …?  y me respondió, después de ajustarse las gafas
y achicar sus pupilas cansadas: “Claro que sé quien eres, rebenque…¡eras más
malo que la quina!”.

Ha dicho.



Mi segunda primera comunión. Por Braulio G. Bautista

MI SEGUNDA PRIMERA COMUNIÓN


 Yo fui
uno de los últimos de mi muchachada en
hacer lo que heréticamente se conocía por entonces como “La Primera Comunión”. Debía de andar
entre los quince y los dieciséis años, o sea, que ya hacía como unos ocho que
había recibido- vestidito de gris, con un breviario con tapas de imitación de
nácar y un rosario enredado en las enguantadas manos- mi “PRIMERA” PRIMERA
COMUNIÓN- me refiero a la de verdad: a
la de don Bruno y Don Fernando (los curas Quintana)-.
Por Braulio G. Bautista.
"MI SEGUNDA PRIMERA COMUNIÓN"

 Por Braulio García Bautista.

Yo fui
uno de los  últimos de mi muchachada en
hacer lo que heréticamente se conocía por entonces  como “La Primera Comunión”. Debía de andar
entre los quince y los dieciséis años, o sea, que ya hacía como unos ocho que
había recibido- vestidito de gris, con un breviario con tapas de imitación de
nácar y un rosario enredado en las enguantadas manos- mi “PRIMERA” PRIMERA
COMUNIÓN- me refiero a  la de verdad: a
la de don Bruno y Don Fernando (los curas Quintana)-.

¿Y
entonces, si ya la había hecho a los ocho, por qué repetirla a los 16…? Bueno,
todo tiene su explicación: en la primera - después de pasar por la preceptiva
catequesis- yo recibí el sacramento de la Eucaristía; y en la segunda- sin cursillo de orientación, sin “catequesis”
previa- lo que recibí fue mi bautizo sexual completo… Así de irreverentes
éramos por entonces en aquel noroeste agreste y cerril… ¡mira que llamar de esa
manera a una “puesta de largo” en tan pecaminosas lides!

Tuve que
vender mi mejor “casar” de palomas
ladronas para conseguir los 8 duros, cuarenta pesetas de las de entonces, que
me costó mi primer encame con una “dama”, porque, aunque ya había tenido algunos balbuceantes
escarceos, jamás había coronado… Todas las pibitas con las que había estado,
llegado el momento de los toqueteos, te decían muy solemnes: “Del
ombligo pa´rriba lo que tú quieras, pero del ombligo pa´bajo ni se te ocurra,
lo guardo para el día que me case, ¿oíste?”.

Aunque
nunca he sido muy meapilas, confieso que, mientras me acercaba al lugar donde
se iba a consumar mi iniciación, me
debatía entre el miedo a condenarme para siempre, de arder en las calderas de
Pedro Botero por una “ETERNIDAD”- ese era un concepto que por entonces me
aterraba, porque no iban a ser 50 años
achicharrándome en aceite hirviendo, ni 1250, ni siquiera 6660… estábamos
hablando de la jodida E T E R N I D A D-
y el deseo natural de conocer hembra;
de folgar; de yacer

Los
curas, que anatemizaban desde los púlpitos, al calor de aquella posguerra tan
favorable, sobre todo lo que significase trasgresión de los rígidos
mandamientos de la Iglesia de Roma, le
metían a uno el miedo een el cuerpo, pero al final pudo más la sabia
naturaleza, el alboroto hormonal y, sobre todo, la curiosidad. Así que, con Roberto Santiago (Gobeto el de Esteban) y Roberto
Ayala (el segundo de “los tres locos de
Don Rafael”) como padrinos, una noche cualquiera de aquellos tiempos de
opresivo oscurantismo, me desvirgaron en el Barranquillo de Gáldar.

Mi introductora
en la cosa del ayuntamiento carnal, fue una tal Margarita, apodada -vaya usted
a saber por qué- “La Yegua Blanca”. A esta señora probablemente tenga yo que
agradecerle el no sufrir ninguno de esos
trauma que se originan en los desflores poco placenteros. Fue tan gentil, tan
comprensiva y cariñosa, que salí de su catre con la impresión de que había pasado el examen con nota alta, y eso,
a tan tierna edad, sirve de mucho para la cosa de la autoestima.

La cueva
donde ocurrieron los hechos estaba “albiada” – que no es lo mismo que albeada o
enjalbegada, que dicen por el Continente- y sus toscas paredes aparecían llenas de imágenes de santos y fotos
coloreadas a mano. Sobre el cabecero de la cama, sin ir más lejos, había un cuadro de Jesús con los brazos
abiertos con su corazón en relieve, extracorpóreo y sangrante, ante el que tuve
que cerrar los ojos para poder iniciar mi debut carnal.

Previamente,
Margarita, mientras se desnudaba, me preguntó que si era mi primera vez, a lo
que yo asentí algo avergonzado; después quiso saber si era “caballero
cubierto”… y al ver mi cara de estupor al no entender qué me preguntaba, se
alongó a través de la cama hasta coger una palmatoria con un cabito de vela que
titilaba débilmente sobre una de las
cajas de Fundador Domecq que le servían de mesitas de noche, y se dispuso
comprobarlo por si misma. Estuvo lo que me pareció una eternidad hurgando en mi
zona pudenda y luego, con una satisfecha sonrisa en su boca pintarrajeada, se
tendió y me hizo señas para que me acercara a su cuerpo blanquecino y fláccido. 

Cuando
estaba tendido a su lado, antes de entrar en faena, me espetó con cierta
brusquedad: “¿Y de quién sos tú, bichillo?”, yo le dije que era de Guía,
pero que mi tío, Carlos Bautista (q.e.p.d.) era el alcalde de Gáldar, lo que,
aparentemente, no le impresionó en lo más mínimo.

Después
del rápido “bautizo”, Margarita tomó un
caldero desconchado, vertió agua en una palangana y procedió a lavarme
cuidadosamente. Luego, de un montoncito
apilado en una de las “mesitas de noche”, cogió un pañito de “toballa”, de aquellos que usaban las féminas cuando
aun no habían llegado las compresas y los tampaxs, y me secó con el mismo
esmero conque me había lavado.

Una vez
vestido, se asomó a la puerta de la cueva, descalza, en “combinación” y con una
pañoleta por los hombros, para asegurarse de que no habían moros en la costa,
y, dándome una nalgadita, me dijo ”Vuelve cuando quieras, mi niño”, mientras me
franqueaba la salida a la fresca noche y al mundo de los pecadores.

Esa
primera visita a una casa “de lenocinio y perdición” –como decían los
predicadores que venían desde fuera a despertar las conciencias dormidas de los
del pueblo- tuvo algunas consecuencias:
alguien le fue con el cuento a mi madre y esta le pidió a mi padre que “me sentara” y me hablara “seriamente”. Ya yo los había oído
cuchichear en la habitación de al lado, así que cuando mi padre se inclinó
sobre mi cama, ya sabía de que iba la cosa y, previendo lo peor, me hice el
dormido. El viejo me sacudió suavemente y cuando “desperté”, me preguntó mirándome inquisitivamente a los
ojos: “¿Dónde estuviste el domingo por la noche?”… “Fui al cine Guayres a ver
una película de Cantinflas
”- le respondí-… ¿Y como volviste de Gáldar a Guía, caminando?... “Sí,
caminando”… “¿Por la carretera o por el barranco?”... “Por el barranco”-
le
respondí con un hilo de voz-… (SILENCIO)… “¿Y pasaste por el Barranquillo…?” No me atreví a contestar a esa
pregunta, me limité a asentir levemente con la cabeza… (SILENCIO MÁS LARGO)… “¿Y te
“ocupaste”…?
”... -me preguntó Antoñito el del Molino, intensificando la
mirada escrutadora que tenía puesta sobre mis desorbitados ojos-. Yo, asustado,
me limité a repetir el mudo asentimiento… “¿Y con quién te ocupaste, si puede saberse…?”... “Con una que se llama Margarita”- le dije esperando el
guantazo en cualquier momento- … “¿Con la Yegua Blanca?- indagó
incrédulo mi padre- y al yo asentir otra vez con la cabeza, exclamó: “Pero
coño, si esa tiene más años que Matusalén… si puede ser tu abuela, carajo…
Bueno mira: tu madre está muy preocupada, porque no sé si sabes que puedes trancar un montón de
enfermedades en esos sitios, así que la próxima vez, si me entero que has
estado putiando, vamos a tener un problema… estás muy joven tú como para que
te me conviertas en un putañero…
¿estamos?”...
( SILENCIO) “Ah, - me dijo mientras abría la
puerta del cuarto, sin volverse- si te sientes picores o cualquier cosa “por ahí debajo” me lo dices,
¿eh?... para llevarte corriendo a
casa de Don Ramón el médico y a casa Chanito pa que te inyecte
unos cuantos millones de unidades de peninsilina”
 y eso fue TODO.

Tengo la
impresión de que mi padre me lanzó esta suave amenaza porque mi vieja lo estaba
oyendo todo desde la otra habitación, porque ni su semblante ni su voz
mostraban cólera… Creo que hasta, en el fondo, se alegró de mi iniciación, de mi desembarco en el mundo de los
machitos- o en la jarca de los pequeños crápulas, como diría cualquiera de aquellos
santos varones de la Adoración Nocturna-.

Ha dicho



La verbena. Por Braulio G. Bautista

LA VERBENA
Relato corto



 Aquel
día decidimos irnos de verbena a Bañaderos. Pocos alicientes, en cuanto
a diversión se refiere, tenía la vida por entonces para una pollada
como la que nosotros formábamos, como para que, encima,  dejáramos
escapar una verbena, un asalto, un vermouth… un jodío baile, en
definitiva. Por Braulio G. Bautista.
LA VERBENA

 Por Braulio García Bautista.

Aquel día decidimos irnos de verbena a Bañaderos. Pocos
alicientes, en cuanto a diversión se refiere, tenía la vida por entonces para una
pollada como la que nosotros formábamos, como para que, encima, dejáramos escapar una verbena, un asalto, un
vermouth… un jodío baile, en definitiva.

Creo que en esta ocasión íbamos Luis Miguel “Pan de a Perra”,
Luis “Sardina”, Manolo “El Papío”, Antonio “El Barrabas” y yo. Sí, por
supuesto, yo también tenía nombrete, o dichete: me llamaban “Yul Brynner”, porque
todos los verano me pelaba casi al cero. Lo bueno de ese mote era que en cuanto
me crecía el pelo ya no tenía razón de ser y dejaban de usarlo para zaherirme.

No puedo precisar como llegamos a Bañaderos. Probablemente
tomamos el coche de hora y nos plantamos allí con bastante antelación, porque  lo que si recuerdo, claramente, es que  estuvimos echándonos unos “guanijais” en uno
de los bares que había a la orilla de la carretera que atravesaba, y atraviesa,
al costero vecindario.

De pronto hasta donde estábamos “beberretiando” llegaron
las primeras notas del Islas Canarias, señal inequívoca de que el bailongo iba
a empezar. Antes nos habían ido llegado
los agudos aullidos, los acoples,  de la
exigua  megafonía colgada en los árboles
de la plaza y los reiterativos “Probando, probando… uno, dos, tres”,
así que ya estábamos pagando la cuenta-
a riguroso escote, o estilo Guía- cuando, como les decía, sonaron las
estentóreas notas de la trompeta de
Juan Mejías atacando en el solo inicial del machacado pasodoble.

Salimos en tropel del bar y corrimos hacia la plaza. Ya había un par
de parejas marcándose nuestro “casihimno”. Se desplazaban por todo el recinto
aprovechándose de que aun no tenían competencia. Ellas un poco avergonzadas y
ellos, con la boina abandonada en la coronilla y el Kruger o el Mecánico
Amarillo en la comisura de los labios, claramente inspirados por los rones con
los que acababan de cauterizar, como todos lo días de Dios, sus sufridas
gargantas. Competían en forzadas evoluciones, pero eso sí, muy serios, dramáticamente
serios diría yo, como si en vez de estar bailando, hubiesen estado velando a un
difunto.

Ya algunas madres estaban sentadas en las sufridas sillas de
tijera dispuestas alrededor de la plaza y al lado de cada una de ellas, en
actitud sumisa, sus  endomingadas pibitas
con trajes estampados y rebequitas de punto casero o de angorina, porque
llegaban del mar unas rachas de brisa muy frescas y no era cosa de trancar un
constipado. 

Decidimos que aun no había “material” que justificara el  pagar un duro por la entrada, así que nos volvimos
al bar y nos echamos otra botella de vino Brillante  con unos enyesques de carne compuesta y unos
manises que el dueño del bar desparramó desdeñosamente sobre el mostrador “enforrado”
con plancha galvanizada.

Para cuando volvimos a la plaza, la verbena estaba en todo
su apogeo. En ese momento la orquesta atacaba un tema muy en boga: “Siga el
baile siga el baile, de la tierra en que nací, la comparsa de los negros al
compás del tamboril”… y la verdad es que se le iban a uno los pies detrás del
contagioso ritmo. Pagamos apresuradamente la entrada  y nos metimos de cabeza en la placita.

Pero, para nuestra desgracia, habíamos tardado mucho y ya
no quedaba una piba que valiera la pena libre. Así que nos tocaba esperar, como
buitres carroñeros, a que alguna dejara plantado a su pareja de baile para
caerles, literalmente, encima. Y en eso
estábamos, cuando alguien divisó a un bombonazo apoyado en la balaustrada en
un extremo de la plaza… “¡Coñóoo, fuerte
jembra!”…

De la niña en cuestión sólo veíamos la cara, de rasgos muy
canarios- o sea: boca grande de labios
carnosos; ojos inmensos y negros como noche sin Luna; pelo “enrizado” etc. etc. etc.- y una
hermosísima pechuga enmarcada por sus brazos cruzados justo debajo de donde
terminaban las glándulas mamarias, como para hacerlas resaltar aun más…

Todos salimos
disparados hacia donde se encontraba, pero Manolo “El Papío” se metió entre las
parejas danzantes y el muy cabrón llegó el primero. Cuando yo arribé jadeando-
no sólo por la carrerita, sino supongo que también por el deseo- Manolo ya
estaba hablando con la pibita y esta le sonreía tímidamente, pero complacida…
Así que me dediqué a buscar otra presa a la que pegarme como una lapa.

Después de dos o tres muchachas con las que sólo alcancé a
bailar un par de piezas- pues se excusaban con el rollo de que estaban
cansadas; o alegaban que sus madres no las dejaban bailar con la misma pareja
más de dos veces- me acerqué a una que, literalmente, me llamaba con la mirada. La piba en
cuestión, todo hay que decirlo, nunca habría ganado un certamen de belleza,
pero eso a mí me importaba muy poco. Lo realmente importante era poder sentir
cerca de tu hambriento cuerpo, a otro
cuerpo joven perteneciente al sexo prohibido… y no crean los que aun no han
llegado, o acaban de llegar, a peinar canas que exagero con lo de prohibido: en
aquellos pacatos tiempos, rozarse siquiera con una fémina era todo una hazaña y
entrañaba, incluso, ciertos riesgos
físicos.

Me vino de perlas que la primera “pieza” que bailamos
fuera el tango “Caminito”, porque ya se
sabe que el tango propicia el contacto corporal. Mi mano izquierda tomó su
áspera mano derecha, le pasé decididamente mi otra mano y mi brazo por su
cintura y la acerqué, sin resistencia, a mi terreno. Me sorprendió
comprobar que no me ponía “el freno”-
casi todas las chicas practicaban esta táctica contra los aprovechados y la
cosa consistía en situar su mano izquierda en el hombro derecho del pollo en
cuestión, a fin de contrarrestar su abrazo de oso y mantenerle bien “aseparado”
de las zonas vitales-

Ni la piba ni yo habíamos bailado el tango en nuestras
cortas vidas -todavía yo no había recibido las lecciones magistrales que sobre
él me dio, años después, en los bailes de Educación y Descanso, África La Churra-, así que
tropezábamos continuamente, lo cual, lejos de ser un inconveniente, era algo
realmente gratificante, pues, en esas faltas de sincronía, su pecho y su
vientre se estrellaban contra el mío, absolutamente ávido de recibir esos
reveladores impactos.

Poco a poco me fui llevando a la pibita hacía el centro de
la plaza, hacia el núcleo de los danzantes, para perdernos de las miradas vigilantes de su madre y de su feísima
hermana mayor- que no bailaba por obvias razones-. Por allí me encontré con el
resto de la pollada con los que intercambié, por encima de los hombros de
nuestras respectivas parejas, imperceptibles señas de asentimiento y regodeo…
El único que faltaba era Manolo el Papío. El hombre seguía de cháchara con la
pechugona, apoyado, muy recatado él, en la balaustrada de la plaza.

Cuando mejor estaba yo, con la muchachita metida ya en
tablas, extasiado de tanta cercanía y rozándonos, de vez en cuando, los cachetes, vino la jodía hermana a decirle-
con regocijo de primitiva maldad en la mirada y  mientras le tironeaba la manga de la rebeca: Chacha, maye dice que ya nos
vamos pa´casa
”.
Yo, apresuradamente, le pregunté que dónde vivía y si
su madre tendría inconveniente en que las acompañara. Ella me contesto en voz
baja y de forma melosa, que vivía “A un tiro de piedra” y que iba a
preguntarle a su madre. Me mantuve alejado mientras hablaban entre las tres y
solo me acerqué cuando la piba me hizo señas de asentimiento con la cabeza.

La vieja ni contestó a mis buenas noches y echó a andar
ligerita, seguida por la fea y, algo más distantes, por nosotros dos…¡chacho, chacho, chacho! ¿a
un tiro de piedra?... casi llegamos a Arucas… Ahora, eso sí, yo por el camino
me cobré las suelas que estaba gastando. Al parecer tanto la vieja como el “mostro”
de la hermanita, se olvidaron de controlarnos y jamás volvieron la cabeza en
todo el largo trayecto para ver que hacíamos, así que fuimos cogiendo confianza
y, mientras caminábamos por la orilla de la carretera, nos dimos banquete- por
cierto, a resultas de aquel “banquete” inconcluso, yo agarré una orquitis del
carajo parriba, diagnosticada al día siguiente por Don Ramón Jiménez, pero ya
ese es otro cuento.

Cuando volví a la plaza donde ya había concluido la
verbena- cansado pero exultante- me encontré con la jarca de Guía en un
ventorrillo jincándose la del estribo. Un minuto después de haber llegado yo,
apareció un Papío también feliz…”Chacho ¿y por qué no bailaste con la
piba…?
- le preguntamos todos a una- y él se quedo mirándonos sonriente,
con aires de superioridad, pero sin  contestarnos, y así estuvo un rato
interminable, hasta que alguno, insistiendo, le preguntó: “Bueno ¿ qué, la ordeñaste o no…?
Ahí Manolo se descompuso y casi echando espuma por la boca vociferó: “Pero
coño ¿es que ustedes no piensan en otra cosa,  salidos de mierda?”...
Nos quedamos
todos atónitos ante lo que nos pareció una reacción excesiva y nadie dijo nada
hasta que le oímos exclamar con pena: “No bailé con ella porque la pobre tenía un
defecto”… “¿Un defecto? qué coño defecto ni que na, estaba buenísima”-
le
gritamos todos otra vez casi al unísono- hasta que él, con tristeza asintió:“Sí,
estaba buenísima, pero tenía una pierna ortodoxa, ¿vale?”
... “¿Una
pierna qué, Manolo”…
 “Coño,
bobosdemierda, una pata metálica, una pata ortodoxa, ¿estamos?…¿no saben que
coño  es eso…? manada de mamones,
ignorantes del carajo
”…

Desde entonces, no hay reunión anual de los pocos que ya vamos
quedando de aquel desbocado curso del Instituto Laboral Sancho de Vargas, en
que no salga a relucir, entre otras muchas, la “aneSdota” de la chica con la patita “ortodoxa”.

Ha dicho.



Estancia de Dña. Catalina de Riberol en la Villa de Guía de Gran Canaria

Estancia de Dña. Catalina de Riberol en la Villa de Guía de Gran Canaria (relato)



Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO



PRÓLOGO DE NICOLÁS GUERRA AGUIAR



Como si
de un drama romántico se tratara, algo a la manera de “Werther”, de
“Don Álvaro o la fuerza del sino” o de “Los amantes de Teruel”, aunque
la acción la sitúa el autor en la primera mitad del siglo XVI,
asistimos en esta novela corta a la dramatización de un amor imposible
que conduce, inexorablemente, a la violencia, a la muerte, quizás
traído a mano por el destino fatal, por el sino trágico, que rompe la
felicidad de una pareja campesina a pesar de que parecía que había
conseguido todo a lo que en la vida puede aspirar: juventud, pasión
amorosa, amor, un hijo que la solidifica y que hace olvidar,
definitivamente, aquellos otros amores prohibidos porque él pertenece a
un estrato social villano, nada señorial.  
Estancia de Dña. Catalina de Riberol en la Villa de Guía de Gran Canaria (relato)

Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO

 PRÓLOGO DE NICOLÁS GUERRA AGUIAR

Como si de un drama romántico se tratara, algo a la manera de “Werther”, de “Don Álvaro o la fuerza del sino” o de “Los amantes de Teruel”, aunque la acción la sitúa el autor en la primera mitad del siglo XVI, asistimos en esta novela corta a la dramatización de un amor imposible que conduce, inexorablemente, a la violencia, a la muerte, quizás traído a mano por el destino fatal, por el sino trágico, que rompe la felicidad de una pareja campesina a pesar de que parecía que había conseguido todo a lo que en la vida puede aspirar: juventud, pasión amorosa, amor, un hijo que la solidifica y que hace olvidar, definitivamente, aquellos otros amores prohibidos porque él pertenece a un estrato social villano, nada señorial.  
 
Pasiones amorosas de otra pareja (él, el mismo villano anterior; ella, egregia señorita) que lleva tiempo viéndose a escondidas, que embriaga sus cuerpos con los vapores de la juventud y del deseo, del inicial amor acaso. Pero relaciones ilícitas, imposibles por el muy riguroso condicionante social: ella es la hija de un hombre de Leyes que llega a ser el personaje más importante de la Villa de Guía. Él, por el contrario, no es más que un peón, un don nadie, por más que su corazón rebose los más serenos y nobles sentimientos. Pero es la sociedad rígida, rigurosa, la que impone las normas. No hay posibilidad de transgresiones, por más que se trate de la felicidad de una hija, la única, educada en el más absoluto acatamiento a lo que sus padres deciden.

Y por eso, cuando la descubren en los brazos del amante -no se trata, por supuesto, del aspirante rico de Agaete- todo se viene abajo, todo se destruye y se encauza su vida, por más que ello signifique la desestabilización psíquica, la necesidad de una celda inquisitorial, de unas cadenas que la unan a la fría e impersonal estancia.

Hay sentimientos de no plenitud cuando se tiene la felicidad al alcance de la mano y surge algo que impide la recreación; corazones que se desbocan ante los roces carnales y que palpitan más allá de las continencias; venganzas con sangre inocente derramada porque el cuerpo del niño no es fruto de su propio parto; locuras y desequilibrios psíquicos que se dan la mano, como en sino fatal, con la imposibilidad de ser feliz.

Y a la manera romántica, la poderosa presencia de la muerte se va sintiendo a medida que pasan las páginas porque sabemos que algo violento ha de suceder, los lectores son conscientes de que no todo puede ser tan sencillo, tan simple, tan natural como es el natural amor entre dos jóvenes que se conocen y se desean.

Y desde el comienzo, un ser misterioso o, mejor, tres seres misteriosos que llegan de muy lejos, de la Italia mediterránea, que a pesar de sus riquezas, de sus posesiones, de sus negocios ya asentados, deciden embarcar y dejarlo todo –poder, dominio, relaciones sociales, presencia dominante- para encerrarse en Guía, en la Villa canaria, de costumbres, usos, maneras, lenguas distintas.

¿Por qué? ¡Ah! Eso lo sabremos solo al final, como en las tragedias románticas

                      Nicolás Guerra Aguiar (Catedrático de Lengua y Literatura)
                         En la Real Ciudad de Gáldar, Viernes 20 de Julio de 2007



La estancia de Dña. Catalina de Riberol en la Villa de Guía de Gran Canaria

En la mañana del 12 de abril de 1527 llegaba a la Villa de Guía, procedente de la ciudad italiana de Génova, el letrado D. Luís de Riberol y Fierro acompañado de su esposa Dña. Constanza Sopranis de Figueroa y de la señorita Dña. Catalina de Riberol y Sopranis, única hija del matrimonio.

D. Luís de Riberol había estudiado la carrera de Leyes en la Facultad de Derecho de la prestigiosa Universidad de Bolonia y pertenecía a una acomodada familia de comerciantes genoveses que construyeron una enorme fortuna debido a las ganancias obtenidas de la explotación y venta de la, por entonces, tan demandada caña de azúcar.

El matrimonio formado por D. Luís de Riberol y Dña. Constanza de Sopranis, al poco tiempo de haber establecido su residencia en la Villa de Guía, mandó levantar una inmensa casona de dos plantas y sótano en la calle de Enmedio, exactamente, en el solar donde, siglos más tarde, sería edificada la llamada “Casa de los Aguilares” (hoy “Casa de las Artesanías”).

El frontis de aquella casona estaba hermosamente adornado por un escudo heráldico en el que figuraban los apellidos Riberol (léase Ribarollo) y Sopranis (grafiado también Sobranis e, incluso, Soberanis). En la primera planta del edificio, tras pasar el zaguán, se llegaba a un amplio patio interior de estilo andalusí mediante el cual se accedía, por una puerta, al suntuoso despacho de D. Luís de Riberol, por otra, a las caballerizas (situadas al fondo del patio) y, por la puerta que llevaba hacia la trasera de la casa, a un jardín con huerta repleta de especies vegetales que la familia había traído consigo desde Italia. Luego, junto al patio, existían unas escaleras -casi interminables- que llegaban al segundo piso del edificio, lugar destinado a las habitaciones personales y dormitorios de los moradores de la vivienda.

El patriarca de la familia había abierto en esta localidad el primer despacho de abogacía del que se tienen noticias. D. Luís de Riberol, debido a su buen hacer profesional como letrado y, sobre todo, a la amabilidad que mostraba con todos sus convecinos, logró ganarse el cariño y respeto del pueblo guiense. Se convirtió, en muy poco tiempo, en uno de los personajes más destacados e influyentes de la municipalidad. Y es que, en 1531, ya figura como Alcalde Real de la Villa de Guía.

Mientras tanto, su mujer y su hija, de 17 años, dedican gran parte de su tiempo libre -que es, prácticamente, todo el día- a organizar las tertulias vespertinas que tenían lugar, muy a menudo, en el enorme jardín de la casa. Por aquellas reuniones de las artes y las letras pasó, según dejaron escritas las plumas de diversos cronistas de la época, gran parte de intelectualidad insular, además de otros muchos personajes relevantes que se encontraban de visita por el Archipiélago.

Entre una cosa y otra, Dña. Catalina de Riberol ya se acercaba a la edad casadera y sus padres, como se hacía comúnmente en aquellos tiempos, decidieron buscarle un pretendiente. El elegido para contraer matrimonio con la joven fue D. Rigoberto Cairasco, un importante banquero de origen genovés que, desde hacía algunos meses, residía en la Villa marinera de Agaete. No hay duda de que, en la opinión de los que iban a ser sus suegros, el Sr. Cairasco era lo que se denominaba un buen partido pues, debido a que su familia había sido muy bien tratada en los repartimientos de tierras procedentes de la época de la Conquista de las Islas, aunaba en su persona uno de los patrimonios más importantes del momento. Pero entre los muchos, muchísimos, inconvenientes que la hermosa Catalina halló en el terrateniente se encontraba el hecho de que D. Rigoberto le doblaba la edad varias veces y, por si esto fuera poco, carecía de atractivo alguno.

Ante semejante situación, la muchacha se negó con total y absoluta rotundidad a matrimoniarse con semejante individuo ya que, al parecer, llevaba algunos meses viéndose a escondidas con un apuesto joven labrador llamado Francisco García, natural de la Villa de Guía e hijo de una familia muy humilde de jornaleros.

Fueron varios los años que la pareja estuvo viéndose sin que sus padres pudieran percatarse de nada anormal hasta que, un día, D. Luís de Riberol y Fierro -ante el extraño comportamiento de su niña- envió a Silvestre Rodríguez (el jardinero) a seguirla, puesto que la joven todas las mañanas salía a la misma hora sin que nadie supiera hacia donde se dirigía.

Este episodio sería, sin duda, un importante punto de inflexión en sus vidas, pues el jardinero -tras seguir a Dña. Catalina de Riberol hasta una hacienda cercana a la Ermita de San Sebastián propiedad del patricio guiense D. Gaspar Suárez de Medina, lugar de trabajo de su amado- vio besarse a la pareja. Tal y como era de esperar, Silvestre Rodríguez corrió con la noticia a su señor, quien entró en cólera y fue, raudo y veloz, en busca de su hija.

D. Luís, acompañado de varios hombres a caballo, llegó a la hacienda y se percató de que, junto a establo, se hallaba Catalina acaramelada con su enamorado Francisco García, con lo que, sin apenas mediar palabra, tomó a la muchacha del brazo y la llevó de regreso a casa.

Mucho tiempo fue el que pasó la joven Catalina castigada en su habitación, absolutamente incomunicada con el mundo exterior. Su amado, Francisco, cada día pasaba frente a su casa en el trayecto de ida y venida a su lugar de trabajo, pero nada sabía de ella. La tristeza y la melancolía estaban menguando la vida del labrador. Apenas comía. No tenía ganas de seguir viviendo.

Pero, tras casi siete años de tristeza, Francisco García conoció a María de los Remedios González, una guapísima joven de esbelta figura, melena al viento y unos ojazos verdes con la que nuestro hombre aprendería a amar de nuevo. La hermosa muchacha trabajaba al servicio de la familia Suárez de Medina, dueños de la hacienda donde también lo hacía Francisco.

María de los Remedios, desde un primer momento, se enamoró perdidamente del labrador y, al poco tiempo, quedó embarazada. La pareja estaba radiante de felicidad. Todo iba maravillosamente bien. Francisco, auque aún no había olvidado del todo los momentos de felicidad vividos junto a su anterior amada, estaba embelesado con su nuevo amor.

Mientras, Catalina de Riberol, debido al encierro en su habitación y también a que entre sus parientes había ciertos antecedentes de desequilibrio mental, enfermó muy gravemente de la cabeza. Aquella patología le venía heredada por la rama de su madre, ya que tanto la abuela como un tío de Catalina habían fallecido tras haber perdido el juicio en extrañas circunstancias.

Fue tal el desquiciamiento mental que sufrió, que sus padres se vieron obligados a construir en el sótano una especie de mazmorra protegida con unos fuertes barrotes de hierro para allí aislar a su hija demente, pues se mostraba bastante agresiva.

Al mismo tiempo que esto ocurría en la Casa Riberol-Sopranis, Francisco estaba inmensamente ilusionado con el nacimiento de su hijo, su primer hijo. En esto, el día 8 de Diciembre de 1548, María de los Remedios González daba a luz a un varón que llevaría también el nombre de Francisco, como su padre. Este hecho hizo que el labrador olvidara, de forma definitiva, lo que había ocurrido en su relación anterior y se centrara en la crianza de su niño, quien había heredado la belleza y los ojos verdes de su madre, además de la gracia y simpatía de su padre.

Catalina, por su parte, se encontraba apresada en aquella fría y oscura mazmorra del sótano. Se hallaba sujeta a la pared con unas gruesas cadenas. Tenía la fuerza de una bestia indomable, por lo que era necesario que los médicos, casi a diario, pasaran por allí para observar su estado y, especialmente, atenuar sus continuos ataques de histeria.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Catalina mejoró ostensiblemente en sus facultades psíquicas. Ahora, los episodios de desequilibrio mental se alternarían con los momentos de cierta lucidez. Todo ello y, por supuesto, el visto bueno de los médicos que la estaban tratando, hicieron que sus padres tomaran la decisión de trasladarla de nuevo a su habitación, en la segunda planta de la vivienda. Su mejoría fue considerable.

D. Luís de Riberol y su esposa, Dña. Constanza, veían con buenos ojos que su hija hiciera, nuevamente, vida normal pero, eso sí, dentro de su casa de la calle de Enmedio, edificio que también daba al llamado callejón de León.

Dña. Catalina, muy mejorada pero nunca lo bien que sus padres e, incluso, los propios médicos creían, estaba casi todo el día mirando desde detrás de los cristales de la ventana de su habitación, hacia la calle. Su aspecto físico era escalofriante. Sus ojos, visiblemente enrojecidos, se presentaban como los únicos anunciantes de lo que podía suceder.

A pesar de este panorama, el 21 de enero de 1549, Francisco García casaba en el templo de la Villa de Guía con su prometida María de los Remedios González. Diariamente y ajeno a todo, el matrimonio pasaba calle de Enmedio arriba y abajo en el trayecto que, luego tomando el callejón Esquivel (callejón que, actualmente, va desde la calle de Enmedio hasta la zona cercana a los Juzgados), le llevaba hacia la finca en la cual ambos trabajaban, como decíamos, propiedad de D. Gaspar Suárez de Medina y ubicada por las inmediaciones de la Ermita de San Sebastián. 

La feliz pareja, residente entonces en una casa muy humilde de la calle de la Carnicería, iba ocasionalmente a su trabajo acompañada de su hijo de pocos años de edad, al que le encantaba jugar con los animales de la finca (vacas, cabras, ovejas, conejos, gallinas...): Francisquito se había convertido en la alegría de aquella hacienda. Era lo que se denomina un niño despierto y espabilado, pues, con frecuencia, hacía preguntas a los mayores impropias de su edad. Era una ricura.

Pero aquella situación de paz y sosiego daría un giro inesperado la noche del 14 de Septiembre de 1553, cuando Catalina de Riberol   -sabedora de todo ello y corroída por los celos- aprovechó que su madre, Dña. Constanza de Soberanis, estaba en misa y que sus cuidadoras se hallaban en la huerta, para escapar de su habitación. La hora de paso de la familia de labradores se acercaba y, al verlos venir a lo lejos, fue a la cocina en busca de un cuchillo. Fuera de sí y cuchillo en mano se dirigió -como alma que lleva el diablo- a la calle y, cuando se hallaban hacia media altura del callejón Esquivel, los abordó bruscamente y por sorpresa.

La tragedia se respiraba en el ambiente. Catalina, descalza y vestida con un largo traje blanco de corte medieval, se hallaba tan desmejorada física y psíquicamente que se mostraba casi  irreconocible. En esto, sin mediar palabra alguna, asestó una cuchillada letal al niño de apenas 5 años, quién cayó muerto al suelo. Acto seguido, intentó hacer lo mismo con su padre -el amor que nunca pudo olvidar- pero, en vista de que no lo consiguió, fue en busca de María de los Remedios, a quién si lograría dar varias cuchilladas en el abdomen y que fallecería desangrada a los pocos minutos.

Ante semejante escena y, especialmente, alertados por el griterío que salía del callejón Esquivel, muchos vecinos se dieron cita en el lugar provistos de palos y piedras. Entonces, Catalina de Riberol, asustada, echó a correr risquetes abajo en dirección al Barranco.

Estuvo varios días desaparecida pero el 18 de Septiembre de 1553 fue descubierta por la Guardia Militar escondida en la cueva que existe junto al lugar donde, actualmente, se encuentra la Presa de las Garzas. Desde entonces, aquella excavación en la roca fue denominada “Cueva de Catalina de Riberol”, en alusión a aquel episodio.

Dña. Catalina de Riberol y Sopranis fue juzgada y condenada a muerte. Su ejecución tuvo lugar el día 2 de Agosto de 1554 en la horca que se instaló, para la ocasión, en la Plaza Mayor de la Villa de Guía de Gran Canaria. Todo el pueblo estuvo presente en aquel ajusticiamiento, el único que se recuerda en esta municipalidad.

Sus padres marcharon nuevamente a Génova. Jamás se supo de ellos, a excepción de lo escrito en una carta que, desde Italia, Dña. Constanza de Sopranis envió a Fray Juan de Mendoza (su confesor espiritual) y en la que decía que se sentía culpable de lo ocurrido ya que, debido a un despiste suyo, hubo varias muertes, incluida la de su hija Catalina. Además, en otro fragmento de la mencionada misiva, rogaba a su destinatario que hiciera llegar a las gentes de Guía que se encontraba muy apenada y avergonzada ante lo sucedido.

A todo esto, las investigaciones policiales averiguaron, décadas después, que el motivo real por el cual la familia Riberol-Sopranis vino a las Islas Canarias, había sido con el afán de proteger a su hija de la justicia genovesa pues, curiosamente, Dña Catalina de Riberol, cuando sólo era una adolescente, asesinó a una prima suya a la que tenía celos. 

Desde que ocurrió el suceso del Callejón Esquivel ya han pasado alrededor de cinco siglos; no obstante, se comenta que, en dicho lugar, ciertas noches se ve vagar la figura espectral de una mujer de mediana edad ataviada con vestimentas propias del s.XVI y que lleva de la mano a un niño pequeño que llora.

                              ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO
                        En Guía de Gran Canaria, Domingo 15 de julio de 2007

NOTA DEL AUTOR: Este texto responde a lo que, en sentido literario, se ha denominado “relato corto”. Por ello, quisiera dejar bien claro que la historia que hoy he tratado de contar, nunca sucedió en la vida real sino que, por suerte, ha surgido de mi imaginación y, consiguientemente, es una total y absoluta ficción. Eso sí, me gustaría aclarar que intenté no caer en incongruencias de tipo temporal, es decir, todo el desarrollo de la trama se ajusta perfectamente al contexto histórico habido en el momento en el que he situado la narración (s.XVI).

AGRADECIMIENTOS: Al Prof. NICOLÁS GUERRA AGUIAR, mi querido y admirado amigo, no sólo por haber accedido a escribirme el prólogo (en mi opinión, una verdadera delicia) sino por sus oportunísimas indicaciones y observaciones, además de por la precisa corrección final del trabajo. Y, por supuesto, también a JAVIER ESTÉVEZ DOMÍNGUEZ por la magnífica fotografía que me facilitó para la portada del libro. A los dos, muchísimas gracias. Les estoy infinitamente agradecido.


IMAGEN PORTADA:



Vista del Callejón Esquivel con la Casa de los Aguilares al fondo.

Fotografía realizada por JAVIER ESTÉVEZ DOMÍNGUEZ (2007).



 

El huevo milagroso (y 4). Javier Estévez

El huevo milagroso (y 4)

Relato corto

Por Javier Estévez

No te miento si te aseguro que a día de hoy, continúo sin saber
cómo pudo urdir, tan velozmente, la trama que desembocó en este impresionante
esperpento. Yo hubiese necesitado varios siglos para tejer semejante fábula.

El huevo milagroso (y 4)

Javier Estévez

No te miento si te aseguro que a día de hoy, continúo sin saber
cómo pudo urdir, tan velozmente, la trama que desembocó en este impresionante
esperpento. Yo hubiese necesitado varios siglos para tejer semejante fábula.
Ahora pienso que puede ser una cualidad consustancial del nombre Juan porque
sólo a él se le pudo ocurrir dar pábulo con semejante
extensión a esta infantil patraña, que donde comenzó, tuvo que haber finalizado.
Sin embargo, mi tío Juan, lejos de contentarse con lo sucedido, introdujo
nuevos ingredientes cultivados, con innata picardía, en su ocurrente
imaginación.

Mientras se estiraba suavemente
los extremos curvados de su bigote, para dar cierto aire de preocupación y
meditación a un tiempo, se dirigió a Marquitos Mendoza con voz grave, accidental y fingida: Marquitos, para saber si estamos ante un
complot celestial o, ante uno de los múltiples artificios de los que se vale el
demonio para introducirse imperceptiblemente entre nosotros,  necesito, ahora más que nunca, tu apreciada
colaboración. Creo que esto es más serio de lo que pensamos. Mientras yo
regreso con el huevo a la tienda, tú
deberás transmitirle a las siguientes personas, la verdadera naturaleza y
trascendencia de este enigmático acontecimiento.  Será  imprescindible
que cites, al mediodía en mi comercio, a los siguientes próceres, que afortunadamente
caminan hoy en nuestra ciudad: mencionarás al párroco Martín Morales, que
aunque haga tan sólo unos meses que la divina providencia lo destinó a  estos solares de dios, he observado que detrás
de sus gafas de anticuario se baten unos ojos insondables que denuncian una sorprendente sabiduría geológica. Por
su responsabilidad ineludible, también deberá asistir D. Fernando Guerra,
nuestro ilustre e irreparable alcalde; y, por último, al notario de mandíbula
carolingia y seseo soporífero, pues sospecho que sobre las letras y su
condición no habrá nadie en esta jurisdicción que alcance su saber. Y por
favor, pídeles, ante todo, que sean puntualmente prudentes.

No había terminado de pronunciar
la última sílaba de su improvisada alocución, cuando, las cosas inexplicables
que sólo suceden en los pueblos disfrazados de ciudad, la noticia del huevo
huero se había movido ya con tanta rapidez y efectividad que había llegado
hasta la comarca de Las Tirajanas. En la plaza de los Álamos y en su rémora de
las Ventas, se creó tal alboroto y bullicio que muchas mujeres pensaron que,
inesperadamente, pues de esa forma transcurrían antes los días, era jornada de
mercado. Vinieron curiosos hasta de los pueblos meridionales, emplazados a
varios días de distancia y la prudencia exigida por Juan murió nada más nacer,
pues según supo después, su mujer tuvo que pedir auxilio al regimiento militar
debido al tumulto dilatado y expectante del vecindario que se había instalado
frente a su venta.  

Una vez reunidos en la tienda,
Juan mostró el huevo entre sus manos mientras les pedía a los escogidos que por precaución, no lo tocaran. El alcalde
observó el huevo con tanta turbación y estupor, que tuvieron que conducirlo
entre apuros y vientos inevitables, al excusado. El párroco, que llegó el
primero ante la desproporción de la noticia, trató de encontrar, sin éxito, una
respuesta decisiva entre los múltiples tratados ecuménicos, catecismos
redundantes y sentencias canónicas cuyos veredictos provenían de los más altos
y conspicuos tribunales eclesiásticos. Por último, el notario, con una postura
que acentuaba su redondez e ingravidez, al hacer coincidir sus manos sobre su
trasero, y refiriendo su discurso más a la débil cruz dibujada tardíamente que
a las letras ovíparas, habló de un francés trasnochado y medieval que gastó
gran parte de su vida en pronosticar acontecimientos apocalípticos. Según contó,
mientras se ajustaba sus tirantes inverosímiles, este gabacho de apellido impronunciable
había previsto la aparición de una Cruz Cósmica que anunciaría el fin del
mundo. Tras pronunciarse el notario, hubo que acercar una batea inimaginable al
regidor municipal ante la recurrente e imprevista disentería.

Ante la irresoluble incógnita en
que se había convertido el huevo premonitorio, mi tío Juan abrió las cuatro
puertas de su comercio y dirigiéndose a la multitud, que llenaba no sólo la
plaza contigua sino todos los caminos y veredas que por su tienda transitaban,
volvió a hacer gala de su pasión por el orden y su estructura, y organizó una
fila única que entraría por la puerta de oriente, pasaría frente al huevo
expuesto en una cesta inclinada, que hacía de nidal improvisado, y saldría por
la puerta opuesta, orientada a occidente, para así evitar aglomeraciones
innecesarias y multitudes opresivas.

El único que no participaba del
acontecimiento era el párroco, que seguía nublado tras sus estudios estériles
pero extensos, pues mientras él buscaba y rebuscaba, ante el mostrador
desfilaron los personajes más simples, los menos frívolos, otros de espíritu
áspero e incorregible, y hasta una estirpe imprevista de visionarios testarudos
y ministros taciturnos. Una señorita de cofia y delantal que se presentó con
una cesta llena de guata, solicitó, de parte de la mujer del notario, el
alquiler temporal del huevo para poder analizarlo detenidamente en su casa. Mi
tío, terriblemente ofendido, no sólo expulsó de malas maneras a esta inocente
remitida, sino que le espetó algo así como: ¡el huevo no es ningún juego,
señorita!

También se acercaron multitud de
enfermos transitorios e hipocondríacos crónicos que arrodillados frente al
huevo y con las manos apoyadas en el mostrador, solicitaban, entre lágrimas y
cánticos incomprensibles, la curación definitiva de sus dolencias refutadas y de
sus ensoñaciones argumentadas.

El paroxismo de esta comedia se
alcanzó cuando coincidieron frente al huevo, un grupo de ateos inexpertos que
recobraron su fe distraída tras escuchar a la mujer del notario, que empujada
por la curiosidad y por el fracaso de su tentativa, jurar por todos sus
muertos, que aquella ortografía era, sin equívoco alguna, la de Santa Teresa de
Jesús.

Toda esta parodia finalizó cuando
mi abuela Leonardita, a la que inevitablemente había visitado también la
noticia, sin reconocer ésta su origen, se presentó con su luto perenne, bajo el
quicio de la puerta principal. Dos zancadas, más que pasos largos, le bastaron
para acercarse hasta el mostrador, alongarse, coger el huevo con rotundidad y
desmoronarlo ante la mirada avergonzada y desmantelada de mi tío.

Tratando de acribillar el silencio
impagable que se instaló en su tienda, Juan comentó a su madre, con inusual
vergüenza  y mientras introducía los
dedos en un saco de arbejas: Pero no se
ponga así madre. Es una broma como otra cualquiera. O cree usted que me pueden
detener o excomulgar por ello.
Y mi madre, que nunca fue una mujer culta
pero sí certera, le contestó, tras provocar un choque de miradas entre ellos al levantarle sutilmente
el mentón reclinado: No Juan, puedes
padecer algo peor: la ignominia, hijo mío, la ignominia.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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El huevo milagroso (3). Javier Estévez

El huevo milagroso (3)
Relato corto

Por Javier Estévez

Del
corral al camino y por los caminos hacia las ciudades. Así se extendió la
noticia, como si fuese una trémula niebla en una larga noche de invierno.

El huevo milagroso (3)

Javier Estévez

 

Del
corral al camino y por los caminos hacia las ciudades. Así se extendió la
noticia, como si fuese una trémula niebla en una larga noche de invierno. La
divulgación galopó sobre el caballo de Marquitos Mendoza, que tras devolver el
huevo a las hermanas, remontó a su cabalgadura, espoleó frenéticamente al
animal y éste, más que correr, voló bajo, despertando en el viento y todos sus componentes, una antigua nostalgia
por el mítico Pegaso.

Tanto
cabalgó y cabalgó que ni se percató de que había atravesado en una sola carrera
y de norte a sur, todo el pueblo de Guía. Al llegar a la pendiente engreída
de Caraballo tiró de las riendas de su alazán,
que no sólo se vio dolorosamente obligado a frenar su carrera sino que clavó en
tierra la baldía excitación del jinete. 

De
vuelta al pueblo, atravesó la nube de polvo que había levantado su jaca 
tras la frenética galopada, y evitó, como pudo, los cientos de adoquines
volteados por el golpe seco y contundente de los cascos traseros de su caballo.
Al pasar junto a la portada del cementerio, desbordado de muertos
incomprendidos, se quitó el sombrero por respeto a los difuntos que allí
yacían, en especial por sus padres; bordeó la ermita por uno de sus costados y
se dirigió hacia la tienda de comestibles y ultramarinos de mi tío Juan Molina,
fraterno suyo no de sangre, sino por obra, tiempo y sentimiento. Cuanto más se acercaba,
más respiraba abdominalmente para digerir cuanto antes, tanto frenesí que se
acumulaba en algún rincón de su confuso vientre.

Sobre
una de las esquinas que dibujaban los límites de  la plaza de San Roque,
se encontraba, primigeniamente, la tienda de mi tío. A pesar de sus ahogadas
dimensiones, Juan, que se había convertido en un auténtico prestidigitador del
orden y su estructura, había conseguido introducir en ella un inimaginable universo
de mercancías. Ofrecía un completo surtido de todo
tipo de productos, desde zapatos hasta mechas para candiles. Sobre el mostrador
principal tenía tres frascos repletos de caramelos, a parte de los necesarios
instrumentos de precisión: una balanza,
pesas y una báscula con plomada. Pegada a la pared del fondo se alzaba una
enorme estantería. Los bajos de la misma estaban destinados a los productos más
cotidianos, mostrándose al público los cajones de legumbres y hortalizas,
interrumpidas por marbetes marcaprecios de cristal esmaltado. Sobre los
cajones, las repisas donde reunía todo tipo de líquidos y bebidas fundamentales
y de cuyas esquinas pendían las medidas
de líquido fabricadas en hojalata
 de diferentes capacidades. Como si de un museo se tratara, los granos se
exponían en grandes sacos, todos remangados por sus cornisas y cada uno con sus
almudes correspondientes, y los repartía
entre los huecos que creaban generosamente las cuatro puertas que ofrecía el
comercio. Sin embargo, en ese orden
aparente había dos elementos cuya presencia me generaban cierta incomodidad
además de crear un ambiente, para mí, hasta esotérico. Colgada del techo, entre
el mostrador y la entrada principal había una rueda, que no era otra cosa más
que un volante de fundición con los típicos radios sinusoidales, que ponía en
movimiento una correa amarrada a uno de los ventanucos que culminaban las
puertas. Hoy en día, sospecho que era un rudimentario sistema de protección
contra robos desesperados. Por otro lado, el juego de espejos de las esquinas
para visualizar en un coup de vue el espacio absoluto de la venta. Yo siempre recordaré a mi tío Juan como un
buen tendero, amante del tremendismo, pero con un humor congénito y una risa
ardiente.

Marquitos Mendoza intentó entrar en la tienda con la única
intención de anunciarle lo que, con sus propios ojos, había visto. Pero ante el
alboroto y la algarada que había en su interior, prefirió permanecer fuera y llamar
su atención hasta que Juan lo alcanzara. Se arrimó a un viejo laurel, plantado
en la última glaciación,  y comenzó a
gesticular afanosamente con sus brazos y manos, con su rostro y con otras
partes inevitables de su cuerpo. A pesar
de que la perspectiva elegida permitía una conexión visual directa entre ambos,
Juan continuaba sin verlo. Desesperado, Marquitos Mendoza volvió a respirar
abdominalmente, esta vez en ocho tiempos, y a pesar de la alergia que le tenía
a los correveidiles, decidió entrar sin anunciarse y decididamente, como si
fuera un guardia civil. Juan Molina, abandona cuanto antes la tienda y
acompáñame a casa de tus padres, pues suceden allí cosas de difícil
explicación.
La risa de mi tío Juan tronó bajo el cielo circunstancial.
Algún que otro despistado que andaba a cuatro manzanas de allí, miró extrañado
al cielo creyendo oír los tambores de Júpiter. Le bastó a Juan ver que el
rostro de su amigo permanecía ingrávidamente circunspecto, para confirmar, con
certeza religiosa, la veracidad de las palabras arrojadas sobre el mostrador.
Se deshizo, como pudo, del delantal y pidió a Dolores, su mujer, que permaneciese
al frente de la venta hasta su regreso.

Montó sobre el curvado lomo del caballo donde ya lo esperaba
Marquitos y ambos se dirigieron a horcajadas, calle abajo, hacia la Vega Mayor.
Cabalgaron tan deprisa que entre los que les vieron corrió el rumor de la
existencia de unos viejos malhechores imperdonables. Su presteza casi les desbarranca al final de la calle del Marqués,
en el encuentro brusco de la misma con la hendidura del barranco.

Ante la insistente petición de Juan para que le aclarara lo
sucedido, Marquitos trató, en un principio, de alejarle la sensación de lo
irremediable asegurándole que nada le sucedía a su familia; intentó,
seguidamente, introducirle la tranquilidad por sus oídos tan mal educados para
la música, y por último, le perjuró que prefería, y lo dijo poniéndose la mano
en el corazón, esperar a llegar hasta su
casa para que fuese él mismo quien descubriera el milagro acontecido, no fuese
a ser que lo tomara por loco o ignorante.

Restaban aún unos cuerpos para llegar a la altura de su casa, y
con el caballo aún entre trote y resoplidos, cuando Juan saltó del rocín a la
tierra. Las siluetas inquietas de Las Canelas se advertían desde el principio
de la larga recta que trazaba el camino en su discurso secular, y sólo cuando
llegó a su altura, les ordenó que le contarán lo sucedido. Éstas,  sin introducción alguna y con los ojos
cerrados, pusieron el huevo en su mano y añadieron al mismo tiempo:
Esto es
un aviso de Dios, Juanito; mire usted, qué mensaje tan terrible
. Por temor
a una caída inoportuna, Juan acunó el huevo entre sus manos, pero con el texto
dispuesto al revés. Con exquisito cuidado y con mayor curiosidad,  lo giró para poder leer el incógnito mensaje
que la cáscara recogía. La incredulidad inicial se tornó rápidamente en un
gesto facial de secreta complicidad, al comprender fácilmente que la grafía
cincelada sobre el cascarón, ni se correspondía con mensajes divinos, ni con
letras de serafines, querubines o de ángeles expulsados, pues la ingenua falta
de ortografía allí registrada, descartaba brutalmente a todo lo celestial y a
lo del más allá, también. De forma precisa, y algo torpe, alguien había escrito
en el huevo:
En este siglo se berá.  Y Juan, mirando hacia la ventana que se
correspondía con el paradero de sus hermanas, dedujo sólidamente, quién había
sido la inocente escritora.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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El huevo milagroso (2). Javier Estévez

El huevo milagroso (2)
Relato corto

Por Javier Estévez

Toda historia, como toda andanza,
tiene su inevitable comienzo. El episodio del “huevo milagroso” se inicia legítimamente con la visita de mi
abuela Leonardita, acompañada por mi
madre, Juana, que entonces contaba con
tan sólo diecisiete años, a una sobrina suya de nombre Wenceslá que vivía, en
el año 1913, cuando todo sucede, en Moya.

El huevo milagroso (2)

Javier Estévez

Toda historia, como toda andanza,
tiene su inevitable comienzo. El episodio del “huevo milagroso” se inicia legítimamente con la visita de mi
abuela Leonardita, acompañada por mi
madre, Juana, que entonces contaba con
tan sólo diecisiete años, a una sobrina suya de nombre Wenceslá que vivía, en
el año 1913, cuando todo sucede, en Moya. Por aquel entonces, los protagonistas
de esta historia eran personas que disfrutaban de una cómoda condición, ya que
no soportaban ninguna dificultad para sobrevivir. Mi madre y cuatro de sus ocho
hermanos vivían en una casa terrera y sobrada, que aún perdura, aunque
vergonzosamente abandonada, donde dicen la Vega Grande.

Al llegar a casa de la sobrina de mi
abuela, mi madre, que andaba siempre sin sombra debido a su pertinaz inquietud,
descolgó de una pared de la cocina un calendario que tenía tantas hojas como
días presentara el año. Eran de ese tipo de almanaques que pretenden instruirte
mientras deshojas mecánicamente al tiempo. El azar quiso que ese día, aún
figurara la hoja de la jornada anterior donde se exponía una vieja receta, de
origen incierto, que revelaba a regañadientes el secreto para escribir frases
imposibles sobre los huevos. Wenceslá se percató de la curiosidad de la joven y
abriendo el enorme cajón de la mesa tocinera, sacó un huevo que aguantaba en
su cáscara los siguientes términos: este huevo lo puso la gallina negra. Ni
mi abuela ni su sobrina pudieron entonces imaginar, y menos calibrar, la
historia que acababan de prologar.

A pesar de que aún restaban unas
horas de luz, pues el sol aún estaba penetrante y diagonal, mi abuela decidió
retornar a Guía, pues esperaba que con el derrumbamiento del día llegaran, para
pernoctar, unas hermanas de pensamientos trabados y espesos, que respondían
sonoramente al apodo de Las Canelas. Tan pronto llegó a oídos de mi madre la
noche que gastarían estas hermanas en su casa, pergeñó la burla más contumaz
que ha sufrido esta comarca en los últimos veinte siglos de su existencia.

Tras un regreso polvoriento y
pedregoso, y nada más apearse de la acémila tras pasar bajo el arco rebajado
del alpendre, sin anuncio alguno, corrió hacia el corral para pertrecharse de
algún huevo que aún hubiese en el nidal. Percatose rápidamente, pues mi madre
tenía buen ojo para los trajines del corral, de la existencia, en el nido de
las gallináceas, de un huevo huero, vano, vacío,
el que por
enfriamiento se pierde en la incubación.
Con el huevo en uno de los bolsillos de su delantal, entró de esquivo en varias
dependencias de la casa para apoderarse de las herramientas rentables y
necesarias que le permitiesen ejecutar puntualmente la candonga que les
gastaría a las hermanas retardadas.

A hurtadillas, pasó
por la cocina para apoderarse de un pedazo de manteca de cerdo sin sal, un vaso
de vinagre, que cogió de la alacena, y una botella vacía de las reservadas para
recoger agua del naciente. Siguió su ronda sigilosa por el escritorio de su
padre, que a esas horas rondaba por los callejones sin suerte de su ciudad
inédita, y consiguió, al verla tendida sobre el buró, una pluma palillera
de guirre, regalo prescindible de un notario atribulado. Volvió astutamente al corral, sin levantar
sospechas, y con una vela y una cuchara, calentó el sebo del cochino para
licuarlo y tintarlo. Con el dedo gordo e índice de la mano izquierda soportó el
huevo, mientras que con la pluma ya cargada escribió rudamente sobre el
cascarón una frase que concibió como
terriblemente agorera. Tan sólo restaba el momento definitivo y sublime; para
cumplir fielmente lo establecido, sumergió, sin aviso previo, al huevo durante
un cuarto de noche en el mar de vinagre.

Para no levantar
sospecha alguna, en vez de volver a la casa, donde andaban repartidos su madre
y sus hermanos, se dirigió hacia un pequeño cuarto disperso y allí se dispuso, mientras el tiempo y el ácido
acético actuaban sobre los carbonatos oriundos de la cáscara, a lustrar todos
los aperos de labranza concernientes a la tierra.

Mientras bruñía y se
esmeraba en la limpieza de esos aparejos agrícolas, unas voces se introdujeron girando y girando
por el único hueco que presentaba el ancho vano del cobertizo. Inmediatamente,
desempolvó de las repisas de su memoria todos los registros auditivos
almacenados hasta encontrar el correspondiente a esas voces saladas y
marineras. Así las identificó casi al tiempo que se introducían a empellones en
sus oídos: las moscas. Estas primas lejanas suyas eran unas alcahuetas
del demonio, pues tan grande era su ignorancia que todo lo relacionaban con el
demontre, con hechizos desatinados y con el negro encantamiento. Temerosa de
que se encontraran con el huevo anotado, resolvió sacarlo del vinagre para
incrustarle una cruz sobre el mensaje grabado de forma soez a la manera
cervantina. De este modo, consiguió defender las letras tanto de voluntades tenebrosas como del
temido fuego eterno.

La noche espesa se
sentó sobre la isla y entonces, cuando las estrellas retozaban sideralmente en
el firmamento, Juana sacó el huevo, sumergido con alevosía y con un fragmento
de nocturnidad en el caldo avinagrado, y
entre risas malandrinas y plumas desvanecidas, levantó a la gallina para poner
bajo ella el huevo con el dictado grabado en relieve.

La noche devino en
luminoso amanecer y antes de que el día sucediera definitivamente a la noche, el canto del
gallo, atravesando como pudo la relentada, avisó del comienzo de una jornada
que, desde tiempos irreconocibles, sería, de manera casi ineludible, similar a
la que inevitablemente ocurrió.

Entonces sucedió lo
que Juana esperaba. Una de las Canelas, que habían dormido en una de los
cuartos perdularios del bajo, se acercó al nidal para recoger lo dispuesto por
la gallina y se encontró no con un huevo cualquiera, sino con el que mi madre
había ilustrado. Asustada, llamó a Manuel, el ovejero, que se preparaba para
sacar el ganado a pacer. Yo no sé leder,  pero letras son, concluyó el pastor, con
su acostumbrada parsimonia y brevedad, antes de empezar a bastonear al hato
hambriento.

Para finales de ese año se había
planeado la boda de  nuestros padres. De
esta manera, se habían vuelto muy frecuentes las visitas de la familia de mi
padre a casa de mi madre y viceversa. Esa misma mañana, tan temprano como el
huevo fue descubierto en el nidal, mi abuela paterna, acompañada por dos tías
nuestras, rindieron visita a Leonardita. Mientras hablaban de zagalejos,
capotillos, casaquillas y justillos, las Canelas, alucinadas con la gallina
ponedora, trataron de abandonar la casa y el huevo, no sin antes mostrarle el
milagro referido a dos jinetes que con sus monturas aletargadas, por allí
coincidieron, aunque llevaran rumbos opuestos, pues mientras don Ramón
cabalgaba a Gáldar, Marquitos Mendoza se dirigía hacia la cercana ciudad de
Guía. Las hermanas, demoradas en inteligencia y con cierta tartamudez mental, les
ordenaron parar, desmontar sus caballos y mirar el huevo huero rayado. Los ojos de Marquitos Mendoza tanto se
agrandaron, por lo que a través de ellos veía, que D. Ramón se apartó unos
pasos de él no fuese se le vayan a salir
de sus cuevas y yo se los pisara.
Encrespado, preguntó a la mayor de Las
Canelas: Señora, pero ¿quién puso este
huevo?
Fiel a la verdad y a su limitada razón, respondió ésta: Pues, una gallina, señor; quién si no.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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