RELATOS e-REALES
La red
por Javier Estévez
La sangre no llegó al río. Pero no porque no la hubiese, que la hubo y a litros, sino porque en el pueblo solo había dos barrancos pedregosos, secos e inútiles a los que fueron a desembocar los hilos de sangre guiados por las pendientes de las calles y la oscuridad húmeda de sus callejones.
Tres días después del corte de la conexión – habían justificado la interrupción del servicio alegando reformas urgentes en el cableado –, el pueblo parecía haber regresado a la atonía que tanto había cultivado durante años. El inspector Reina, mientras apuraba un cigarro a la puerta de la comisaría, seguía pensando no sólo en quién podía estar detrás de semejante sabotaje sino que se preguntaba obsesivamente el por qué. La dirección de comunicación de Facebook, a petición de la compañía de teléfonos, había notificado que sus ingenieros informáticos tras investigar el caso no habían visto fallo alguno en la aplicación. Entonces, comentó jocosamente el ayudante Molina cuando terminó de leer el informe, ahí fuera hay alguien que conoce todas y cada una de las contraseñas de acceso que hay en este pueblo y que se ha divertido de lo lindo viendo la que montó.
En ese instante, frente a la comisaría, un joven mal vestido, de piel cetrina y melena generosa esperaba sentado en la parada. El inspector, antes de tirar la colilla a la carretera que los separaba, lo reconoció y pensó en el tiempo transcurrido desde que se vieron por última vez. Era un chico tranquilo, pero ciertamente raro. Su temprana afición por la lectura y la informática lo habían aislado del resto de los jóvenes. Era una isla en el pueblo, pensó el inspector. No le conocía amigo alguno e incluso lo había visto varias veces regresar cabizbajo a su casa porque los chavales y su afilada maldad se burlaban airadamente de él. Qué pena, sentía el inspector mientras lo observaba. El joven descubrió al inspector al otro lado de la vía, mirándolo frente a él. Al coincidir las miradas, el inspector lo saludó alzando la mano que aún retenía absurdamente la colilla apagada y aplastada en el muro de entrada de la comisaría. El joven, sin saludarlo, se levantó de inmediato del asiento de la parada y caminó apresurado calle arriba. El fuerte viento, que soplaba en dirección contraria, levantó su melena e impidió, pensó el inspector, que oyera su nombre al llamarlo reiteradamente. Al marcharse de forma tan precipitada se había dejado atrás una carpeta que recogió el inspector cuando la ausencia de coches le permitió cruzar la calle. Regresó a la comisaría con la carpeta bajo el sobaco y se encerró en su despacho. No me pase llamadas, Molina, le advirtió por la línea interior. Antes de sentarse, puso la carpeta sobre la mesa y cerró la ventana con lentitud. Empezaba a lloviznar y el viento frío e insistente que se había levantado había conseguido estropear la tarde, pensó. Volvió sobre sus pasos y cogió la carpeta de la mesa. La abrió y dejó caer sobre la mesa un documento grueso y encuadernado. Cayó al revés, así que le dio la vuelta y descubrió un título, largo y complejo según intuyó el inspector. Se puso sus viejas gafas de carey y leyó con asombro creciente: Violación de la privacidad y agresividad física y verbal a través de las redes sociales. Resultados en un pueblo menor.
