El huevo milagroso (1). Javier Estévez
El huevo milagroso
Relato corto
Por Javier Estévez
Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás
que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando
eternamente el sueño basáltico de la
montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo
en todo el barrio.
Hay pueblos que saben a desdicha.
Se les conoce con sorber un poco de
su aire viejo y entumido, pobre y
flaco como todo lo viejo.
”Pedro Páramo”
Juan Rulfo.
El huevo milagroso (I)
Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás
que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando
eternamente el sueño basáltico de la
montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo
en todo el barrio. Le encontrarás una gran similitud estética con muchas
fachadas de tu barrio. De hecho, como tu casa, tiene unas puertas altísimas bajo unos arcos escarzados. Pero, también,
a diferencia de la tuya, ésta si que consiguieron concluirla.
Bajo esta descripción, no tuvo
problema alguno ni para encontrar la casa donde la esperaban, ni para,
afortunadamente, aparcar a unos metros de la misma. En efecto, para dominar
visualmente la fachada del inmueble hubiese sido necesario trasladarse a la
acera de enfrente, sobre todo para disfrutar de una perspectiva adecuada, pero
la impaciencia la colocó frente a la puerta principal y le empujó a golpearla
secamente dos veces, a pesar de estar tímidamente entreabierta. Esperó unos
segundos; nadie le contestó. Decidida, Davinia entró por el pasillo que moría
en una puerta de barrotes salomónicamente estrangulados. En el ecuador de su
recorrido sonaron unos cantos, y aunque
dedujo fácilmente que pertenecían a mujeres aderezadas en tiempo y vida, tenían
un aire irremediablemente infantil:
Ay balancé, balancé,
balancé de Juan Molina
que engañó a todo el pueblo
con el huevo de una gallina.
Tras las risas, apareció, al otro
lado de la portada, una mujer enjuta, con cierto desaliño y despreocupación en
su vestir, pero con unos ojos pequeñísimos que lejos de esconderse en la
oscuridad, resplandecían magníficamente
en ésta.
-¿Eres Davinia, verdad?- inquirió
mientras abría la portezuela con su mano izquierda agarrada a los barrotes.
- Si,
soy yo; espero no llegar tarde - espetó Davinia a medio pasillo, acelerando
su paso para finalizar cuanto antes el trayecto que aún le separaba de la
mujer.
- Pasa,
adelante, y se retiró unos pasos hacia atrás para facilitarle la entrada. Las piernas de Davinia, extensas como un
pecado sin controlar, adelantaron su presencia. Justo después de traspasar
finalmente su cuerpo entero la portada pudo ver a su derecha dos mujeres
sentadas en un asiento de tres o cuatro pies sin respaldo pero apoyado
en la pared y tapizado con una tela rudimentaria repleta de flores y otros motivos primaverales.- Éstas son mis hermanas, Dolores y
Mercedes. Yo, soy María.- Tras presentarlas, ésta última, la más joven de ellas en
apariencia, se sentó en una vieja mecedora separada unos metros de sus hermanas
pero con la misma orientación. Por su disposición lineal, Davinia
expelió unas sinceras disculpas ya que le abrazó la sensación de haber
interrumpido algún ceremonial.
Sus ojos, encerrados dentro de unas
pestañas pequeñas pero reforzadas por el rimel que se aplicaba diariamente, recorrieron los rostros de ambas
hermanas, que permanecieron sentadas. Dolores, que prolongaba sus piernas sobre
un pequeño taburete, le exigió un beso por saludo; Mercedes, en cambio, escaneó
pacientemente y sin obstáculo el prolongado cuerpo de Davinia, que se sintió
ciertamente incómoda ante esos ojos de mirada estricta. Aceptó la oferta de
María y se sentó en un pequeño sillón que las enfrentaba a ellas, y que se
cobijaba bajo los primeros peldaños de una escalera de espeluznante pendiente
que, según le contaron después, costó exactamente quinientas pesetas.
- Entonces, tú eres quien compró la casa de mi tío Juanito el del huevo. Abandonó
Dolores estas palabras en el aire del recibidor mientras se incorporaba en su
banqueta y obligaba a sus pies desnudos a rechazar el descanso del que
disfrutaban. Acomodó su postura apoyando su espalda en la pared y tras un
necesario suspiro, apuntó: Quien compra
una casa antigua, no se hace solamente con un inmueble; se apropia también de
su historia. Estaba segura de que tarde o temprano, la historia de Juanito el
huevo, saldría a tu paso, o, por el
contrario, la encontrarías tú abandonada
en cualquier cajón o dormida anchamente en una esquina de la casa. Ese
encuentro era inevitable, así que, no te miento en absoluto si te confieso que,
al menos yo, te esperaba. Es curioso, - añadió mientras se
acariciaba sus mejillas y perdía sus ojos en un tiempo inalcanzable,- a lo largo de los últimos veinte años, más que narrarla, me he dedicado a vindicarla, ya que muchas lenguas incautas la han inventado, calumniado, injuriado y
menguado. Así que la historia que oirás aquí, desde su comienzo a su final, es
la más inequívoca de todas las que pululan por esos mentideros, pues, mi madre,
su genuina desencadenante, me la
imprimió cientos de veces y letra a letra en los papeles que amontono en mi
memoria.
Cuando Dolores se preparaba para
iniciar su relato, Davinia la interrumpió para sacar de su pequeño bolso una
libreta de anillas donde, desde hacía unos meses, apuntaba todas las ideas,
versos y suposiciones que le salían a su encuentro. No esperaba escribir un
libro ni un poemario, pero le gustaba la posibilidad de, pasados unos meses,
quizás unos años, reencontrarse de nuevo
frente a sus pensamientos. Hojeó su libreta para situar sus anotaciones; de
manera contemporánea, Mercedes la ojeó a ella. Al cruzar sus pies, volvió a
delinear el amazónico recorrido de sus muslos. Destapó el bolígrafo y le pidió
cortésmente a Dolores que comenzara la historia que varias semanas atrás oyó
por primera vez en una estrafalaria tienda que se encontraba perdida entre los
cientos de rincones que doblaban
calladamente el trazado rectilíneo de las calles.
Javier Estévez, agosto de 2007.
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La redención por el estudio. Erasmo Quintana
Relato corto

Tiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente y muy de madrugada se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa y una abundante chiquillería que cabía toda debajo de una cesta.
Relatos cortos (6)
Erasmo QuintanaTiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente y muy de madrugada se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa y una abundante chiquillería que cabía toda debajo de una cesta. Como siempre, también, frugal fue lo que cenaron esa noche: caldo de papas con cilantro que sobró del mediodía, y gofio o un mendrugo de pan duro –a elección- y derechitos al catre. Y así, como respondiendo a un hábito por repetición sin hacer el menor ruido aquella prole famélica, encabezada por el mayor que portaba un quinqué, salía uno tras otro en número de ocho de la mugrienta cocina, si es que se le podía dar ese nombre.
Ignacio el de Tomasita es desde no se sabe cuándo el encargado o mayordomo de la finca de plataneras que don Anselmo Avellaneda posee en una de las zonas más fértiles y llanas junto a la costa orientada al poniente; y es fama la cantidad de racimos y su envergadura que vende a la Cooperativa, siendo este extremo motivo de orgullo de su dueño y la consiguiente envidia de todos. Este es el escenario donde se desarrolla la vida austera y aburridamente cotidiana de nuestro encargado y su familia, donde el mucho trabajo, interminable trabajo se diría, es el pan nuestro de cada día. Allí todas las manos son pocas, pues una plantación tan importante y los animales que tiene también que atender dentro de la finca, hacen de la faena diaria un agobio permanente para él y su compañera. Con los hijos no contaba, ya que algo sí tiene claro: que a poder que él pudiera sus hijos estudiarían todos, para que no sufrieran las privaciones y penalidades por las que sus progenitores estaban pasando; tan seguro estaba de que el estudio los redimiría de aquella precaria situación, haciendo de ellos hombres y mujeres de provecho, honrados y de bien. Es por esto que no los dejaba nunca sin ir a la escuela.
Un buen día el mayor de ellos, Juan José, que terminaba el bachillerato, le trajo un recado de su tutor donde lo citaba para hablarle sobre algo respecto a su hijo. Preocupado por la cita esa noche no durmió, y al despuntar aquel día señalado, dejando la mitad de las cosas sin hacer acudió a la cita tal como estaba: alpargatas, camisa y pantalón manchados de platanera y, gorra en mano pidió permiso para entrar. Después de los saludos y en tono solemne, como creyéndose que cumplía un deber sagrado el tutor fue directo al grano:
- “Sr. Ignacio: lo he mandado llamar porque creo una obligación poner en su conocimiento que su hijo Juan José es uno de mis alumnos más aventajados y con mayores posibilidades de todos los que tengo en clase. Brilla con luz propia en todo: es aplicado, inteligente y muy trabajador. Estas son sus notas, sobresalientes y matrículas de honor; por ello me creo en el deber de decirle que sería imperdonable que este hijo suyo no hiciera una buena carrera universitaria. Yo he cumplido con decírselo. Ahora vaya con Dios y cumpla usted, que es su padre”. Con un “gracias” y un adiós” imprecisos y casi imperceptibles abandonó el despacho Ignacio el de Tomasita, mascullando para sus adentros “¡Qué puedo hacer, pobre de mí, con el sueldo de miseria que gano!” Imposible que su hijo continuara estudiando, y menos en la Universidad, No obstante, pensó, hablaría con don Anselmo por si algo se pudiera solucionar. Después de consultarlo con su esposa, aprovechando que giraba la visita semanal rutinaria a la finca, y después de darle puntualmente las novedades de las reses, según el Veterinario, le empezó contando su problema.
- “Don Anselmo, usted está contento conmigo y son muchos los años que estoy a su servicio; de más está decirle que mi situación no es muy boyante, pues nos hemos ido cargando de hijos, y aunque me permite que algo de los alimentos los coja de la finca, no es suficiente. Días pasados el profesor del mayor de ellos me dijo que es muy bueno con los libros y que debía darle estudios superiores en la Universidad. Lo decía por si usted me puede echar una mano”. Don Anselmo, que había cogido una tosca y corta butaca de alpendre para refrescar y escucharlo, saltando de la misma como un resorte, voz en grito contestó:
- “¡Qué dices, Ignacio, tú te has vuelto loco! ¿Cómo se te ocurre mandar al mayor de tus hijos a la Universidad? ¿Quién limpia entonces, cuando tú no puedas, la florilla? ¿Quién arregla los camellones, quién riega, quién deshija -dímelo tú-, y quién atiende los animales? Además la Universidad, por si no lo sabes, es una fábrica de nihilistas, ácratas y comunistas. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante disparate?” A lo que el temeroso Ignacio contestó como pudo:
- Don Anselmo, tranquilícese, no se preocupe, que le puede dar algo; retiro lo dicho y haga como si nada ha salido de esta boca. Cambiando por completo el mayordomo la conversación, dieron por zanjado el tema.
Esta primera y descomunal adversidad, en nuestro preocupado mayordomo no mermó un ápice el deseo inquebrantable de dar estudios al prometedor Juan José, estimulándolo más si cabe. Tanto empeño puso en ello que al final encontró la amistad que lo puso en contacto con un probo comerciante hindú, quien le dio toda clase de facilidades pecuniarias con la sola condición de presentarle resultados con las mejores notas y reembolsarle parte de los gastos cuando estuviera ejerciendo la carrera. Andando el tiempo, Juan José, que había escogido Medicina, pronto se convirtió en un reputado especialista en Cardiología, jefatura que en la actualidad desempeña en el principal hospital de la provincia. Una tarde el doctor Juan José, como era costumbre, yendo camino de su despacho privado creyó reconocer a don Anselmo Avellaneda en una persona mayor que se tambaleaba a punto de caerse de la acera, encorvado y las manos apretando el bajo vientre y con señales de estar sufriendo un fortísimo y extraño dolor. Corrió cuanto pudo a socorrer al anciano y nada más observarlo, sospechando que se podía tratar de un aneurisma, con la ayuda de algunos viandantes lo subió a un coche que pasaba en esos momentos y lo llevó directamente al hospital. Desde la primera auscultación clínica se confirmó el diagnóstico y lo ingresó urgentemente en quirófano. Hubo suerte tras la operación, pues la aorta quedó perfectamente corregida, y el éxito, fundamentalmente fue debido a que se acudió a tiempo. Una vez que se le subió a planta, el médico que lo había salvado de una muerte segura quiso conocer la evolución postoperatoria. A un enfermo ya plenamente consciente y lúcido y en camino de su plena recuperación, se quiso dar por conocido, diciéndole que su padre era el encargado de la finca de su propiedad, Ignacio el de Tomasita.
-¿Usted, doctor, es hijo de Ignacio? Inquirió visiblemente incrédulo.
-Sí, soy su hijo mayor. Contestó el galeno creyendo con ello de algún modo agradarlo.
-¡Qué hombre bruto –obtuvo como única respuesta- y cabezota es su padre, ese encargado que tengo en la finca! El muy cretino se empeñó en dar estudios a todos sus hijos, ¡incluso superiores a uno de ellos!, y ahora anda como un desgraciado, solos él y su pobre mujer, sin que nadie les eche una mano en los quehaceres de la finca. El muy estúpido va a morir como un perro, convertido en el más infeliz de todos los mayordomos. Se lo tiene merecido, por ignorante.
Erasmo Quintana Ruiz agosto-2007
Las palabras olvidadas. Javier Estévez
Las palabras olvidadas
Por Javier Estévez
RelatoEl
diluvio bíblico caído del cielo nada más estrenarse el día y el
incordio del alisio, que zarandeaba las hojas muertas y los recuerdos
vivos a su antojo mientras ululaba y desafiaba a todos los puntos
cardinales, dibujaron un inesperado paisaje que de forma inevitable e
irresoluble se asemejaba a un pueblo abandonado, vacío e inexistente

Por Javier Estévez.
A mi bisabuelo "Juanito el huevo",
al que nunca conocí pero del que tanto me han hablado.
Hoy escribo mis sueños
donde antes él los fundó.
El diluvio bíblico caído del cielo nada más estrenarse el día y el incordio del alisio, que zarandeaba las hojas muertas y los recuerdos vivos a su antojo mientras ululaba y desafiaba a todos los puntos cardinales, dibujaron un inesperado paisaje que de forma inevitable e irresoluble se asemejaba a un pueblo abandonado, vacío e inexistente. El silencio flotaba fatigosamente entre los adoquines y el incierto techo que imponía el viento que subía y bajaba por las calles y callejones, introduciéndose en lugares y manoseando impúdicamente a las gentes que se encontraban en las tiendas, en el fielato, en las habitaciones de las fondas, en las peleterías y otras ventas de diferente naturaleza y condición que pululaban desordenadamente por la ciudad. Todo estaba extrañamente silenciado.
Ajeno por completo a esta sordina intrusa y apátrida, y profundamente ensimismado y atribulado, Juan Almeida rumiaba y rumiaba circularmente una frase que encontró abandonada por algún desconocido sobre el ajado mostrador de su tienda mientras él buscaba, en la estantería más alta y esquinada, unas viejas tulipas belgas de hierro y de cristal.
…se llamarán planetas porque irremediablemente serán planos. No sabía cómo consiguió llegar ese juego de vocablos al último anaquel donde se encontraba pero cuando bajó a zancadas por los peldaños de su escalera se encontró con la orfandad imprevista de estas palabras, de las que nadie, de los aún presentes al otro lado del tablero, se quiso apropiar.
Por eso, la mañana silenciosa y extraña, Juan Almeida, aparentemente concentrado en la limpieza e inventario de los múltiples e indispensables productos que ofrecía en su negocio, no podía dejar de cuestionarse la veracidad de las palabras relegadas. Su natural insistencia y cuestionamiento le habían granjeado una fama, que él estimaba irreal y desmesurada, de porfiada y terca testarudez. Sin embargo, presentía hondamente que por esta vez, la razón quería subirse a su cuello para bailar abrazado a él, tesis que lo excitaba a la vez que lo turbaba.
Aprovechando la falta de necesitados en el comercio, ordenó a su ayudante que abandonara toda tarea que estuviese llevando a cabo, que cerrara las puertas de la calle a calicanto y lo acompañara. Obedeció mudamente, sin rechistar, ya que era callado de nacimiento. Esta irremediable predisposición a no discutir nunca las órdenes de su patrón erigió en Remigio a un trabajador perseverante e ideal.
Salieron a la calle enfilados, tan pegados el uno del otro que casi caminaban hombro con hombro. Descendieron calle abajo, a barlovento, y tras ocho pasos sonoros y contundentes, Juan Almeida no pudo ni con la rutina ni con sus sueños y tuvo que parar su marcha para girarse y suspirar sobre sus pasos. Entonces, hundió sus ojos tristes, subrayados por la sombra de los insomnios, en la amplia fachada verde que incluía cuatro espigadas puertas púrpuras, y más que esperar, deliraba ante la improbable posibilidad de que algún día la fortuna y la felicidad se decidieran a visitarlo para poder finalizar, de una vez, la casa que él y su mujer habían soñado tan generosamente. La muerte, que todo lo derrumba, paralizó su anhelo geométrico y mineral con la primera planta finalizada. Los albañiles, lánguidos y apesadumbrados por la imprevista desaparición de su mujer, decidieron entre ahogados sollozos, abandonar prematuramente la obra, no sin antes preparar la segunda planta, por si la tristeza del promotor desembocase en el olvido. Mediante un pretil sobre la portada, perfilaron tímidamente la base de los huecos simétricos de las ventanas y colocaron las ménsulas y la meseta que soportarían a un ignoto balcón.
Un desafortunado arquitecto, que paralelamente al tránsito de la esposa de Juan Almeida se había trasladado al barrio, pasó por allí y confundió el espontáneo proceder de los albañiles con la introducción y proyección de algún estilo arquitectónico terriblemente vanguardista, moderno y atrevido. Hoy en día, calle abajo, aún se pueden ver varias fachadas diseñadas por este arquitecto delirante, hambriento de notoriedad, que de forma tan atrevida imitó la solución arquitectónica diseñada fatalmente por la muerte.
Con unas lágrimas timoratas asomándose a su mirada, decidió reanudar su expedición, siempre por el eje longitudinal de la calle. Mientras, sus sombras se proyectaban sobre la mitad occidental de la misma y su larga acera, señalando en su marcha, una a una, las fachadas, que aunque alzadas a poniente, miraban irremediablemente a naciente. De esta manera, el dúo, con la incorporación de las sombras, pasó a ser un pequeño grupo, aunque este aumento no se tradujera en más sonoridad en su andar conjunto. Atravesaron la niebla olorosa e inevitable que levanta el pan recién horneado de la panadería; no pararon ni para santiguarse metódica y cristianamente frente a la capilla oscura pero inimitable de San Antonio de Padua. Y si bien es cierto que alzó la mirada para encontrarse con la torre solitaria y policromada que había levantado un inglés que, según él, hablaba trabando todas las palabras que tenía el castellano, este tropiezo visual no provocó las ensoñaciones que siempre le inducía su condición imaginada de torreón-mirador, fundado únicamente para observar estrellas y constelaciones calladas que sólo brillaban en el firmamento cuando la noche se posaba discretamente sobre los tejados.
Pasaron cerca de un despacho de abogados y el tacto inesperado de las leyes que del inmueble se desprendían, como se desgaja a jirones la pintura envejecida, le sugirió entrar, pues en ese espacio tan letrado e ilustrado debería encontrarse una respuesta satisfecha; pero se percató, tan pronto como ideó esa posibilidad, de que los abogados que deberían atenderle ni tan siquiera habían nacido. Es más, pensó, la solución a esta cuestión no la tiene la justicia, sino que reside solamente en la geografía de la razón.
Con ilimitada determinación, pero ahora por la acera de naciente, continuaron su descenso y en el epílogo de la calle se encontraron con las obras de colocación del nuevo adoquinado. Éstas se traducían, exclusivamente, en sustituir los viejos bloques de granito, sobre los que transitó tanta historia, por otros nuevos de basalto con una novedosa disposición y óptica: se alternaría un adoquín opaco con otro transparente. La idea surgió de un consternado arqueólogo, que insistió apelmazadamente día sí y otros también, teniendo como única y solitaria certeza la advertencia de que, como había sucedido en el pueblo vecino, bajo los adoquines de la ciudad histórica se encontraban desmedidos yacimientos de un pasado, que aunque escaso materialmente, su descubrimiento desembocaría en un próspero e insospechado futuro. Pergeñó, el científico del pasado, la idea de los adoquines transparentes, ya que, según él, y de este modo, tarde o temprano su auspicio sería irreprochablemente demostrado.
Zigzaguearon las calles estrechas y ordenadas hasta que pasaron frente a la sacristía y todo el lateral oriental de la iglesia. En este tramo, Juan Almeida invitó a Remigio a caminar de puntillas señalándose sus pies, y colocándose el dedo índice verticalmente sobre sus labios, solicitó, de manera torpe, silencio al mudo, ante el temor secular que le invadió de ser descubierto, interrogado y con posterioridad, y cierta alevosía, acusado de notable y aguda herejía ante los preceptos de dios nuestro señor.
La calle se estrechó tanto ante la ambiciosa expansión de la iglesia que devino en callejón irregular. En el punto más estrecho del mismo y frente a una esquina de piedras talladas, pulidas y escodadas, pasaron en fila de uno, primero Juan Almeida y tras él, un ignorante Remigio que ni sospechaba ni deducía el origen y el final de tan repentina aventura. Al pasar junto a una ventana de guillotina cerrada desde la fundación de la ciudad, Remigio, que a sus catorce años era inevitablemente pícaro y retozón, aprovechó el papel trabado en las lamas de la ventana para ampliar, con su lápiz desgastado, el mensaje que de forma lacónica allí se expresaba: CARTAS. Tras el paso del jovenzuelo, el papel se enriqueció con un verso inesperado: por favor, sólo CARTAS de amor.
Con el corazón desbocado ambos, uno por la cercanía del lugar donde demostraría su tesis y desmontaría la conjetura vomitada por un prófugo de sus palabras, y el otro, tras acelerar su paso para estar a la altura de su patrón tras quedarse rezagado momentáneamente, cruzaron, dibujando una corta diagonal, la conocida Plaza de la Constitución sin intercambiar saludos ni miradas con la hidalguía y linaje que allí se daba cita para pasear y lustrar, ante nadie, su incierta condición burguesa.
Descendieron como pudieron los escalones que se disponían frente a la decimonónica Sociedad Recreativa y de Instrucción, hasta llegar al lugar donde cambia el peralte de la calle de la Cruz. Aquí, Remigio, párate aquí y mira hacia la derecha, a naciente. ¿Ves?, la calle desciende. Incuestionable. Bien, ahora, Remigio, mira hacia poniente, donde la calle muere colgada sobre el barranco. También desciende. Incuestionable también.
Entonces, como si de una explosión de clarividencia se tratara, cogió dulce y paternalmente a Remigio por la nuca y en un tono sosegado pero con indudable seguridad y certeza afirmó: Remigio, yo no dudo que vivamos sobre un planeta, pero éste es irremediablemente redondo, curvo; no albergo duda alguna. Recuérdalo. Y ahora, volvamos a nuestros menesteres.
Cuestión de fe. Erasmo Quintana
Relato corto

Por Erasmo Quintana
El
Supremo Hacedor de todas las cosas, sin que yo haga nada para
merecerlo, ha sido sumamente bondadoso conmigo: Me ha dado una
excelente compañera de fatigas y cuatro hijos que me han hecho ser más
responsable de lo que era cuando no estaban en este mundo. Siendo aún
pequeños solía disponer el tiempo necesario para dedicarlo enteramente
a ellos, y, acompañados su madre, dábamos por ahí con relativa
frecuencia paseos en nuestro coche para que se me oxigenaran, cosa que
les hacía mucha ilusión.
Relatos cortos (6)
Erasmo QuintanaEl Supremo Hacedor de todas las cosas, sin que yo haga nada para merecerlo, ha sido sumamente bondadoso conmigo: Me ha dado una excelente compañera de fatigas y cuatro hijos que me han hecho ser más responsable de lo que era cuando no estaban en este mundo. Siendo aún pequeños solía disponer el tiempo necesario para dedicarlo enteramente a ellos, y, acompañados su madre, dábamos por ahí con relativa frecuencia paseos en nuestro coche para que se me oxigenaran, cosa que les hacía mucha ilusión.
Uno de esos días, mi hija la menor, con ocho años no cumplidos y en esos momentos preparándose para la primera comunión, con el desparpajo propio de sus pocos años me sorprendió haciendo la siguiente pregunta mientras el autor de sus días iba atento al volante: -Papá, ¿por qué yo no veo a Dios? A lo cual contesté: - Dios no es visible a nuestros ojos, pero sí podemos adivinarlo, o verlo si tú quieres, a través de su inmensa e inalcanzable obra; Dios está en todas partes, y el lugar donde se le va a rezar y a pedirle algo importante es en las iglesias.
Mientras esto como pude contestaba (que es lo que siempre me enseñaron), comprendí que no iba a bastarle. En efecto no quedó su curiosidad infantil del todo satisfecha, porque inmediatamente me espetó algo contrariada: - Yo no lo veo en ninguna parte, papá, y en las iglesias, son estatuas las que hay, o cuadros, representándolo. Insistí diciéndole que en las iglesias hay una lamparita siempre encendida, que es el Santísimo, y allí está Él continuamente presente; y que cada vez que se celebra una misa entrega su cuerpo y su sangre, todo por su infinito amor a nosotros. De soslayo y por el retrovisor pude observar que hacía un mohín que la delataba, por lo que pude adivinar en ella una cierta reacción mezcla de frustración y desencanto, a lo que me dije para lo cóncavo de mi corazón: - ¡Es mucho para sus pocos años!
Desde aquel día no hice sino desear que cuando tuviera más edad, pueda ver a Dios en la ola que rompe en la roca; en la brisa que mueve la hoja; en la mariposa que va, coqueta, posándose leve de ésta a aquella rosa. En el pinzón azul, que azaroso, protege su nido; en la cara del niño en su cuna dormido. En el abuelo contemplativo y paciente esperando su “hora”; en el joven, que inflamado de ilusión temblorosa, requiebra a la moza. En la alegría, la pena tenebrosa; en las esperanzas rotas. En esos por-qué, para-qué, a-dónde de nuestra existencia. En el desaliento, en fin, y la euforia loca, y en esos insondables abismos del alma quiero que vea a Dios, como su padre.
Erasmo Quintana Ruiz agosto-2007
De subjetividades. Erasmo Quintana
Relato corto

Por Erasmo Quintana
Ernesto
es lo que se dice un hombre de los tiempos que corren. Proveniente de
familia acomodada, estudió en los mejores colegios y completó su
formación haciendo estudios universitarios, siempre con notas de
sobresaliente.
Relatos cortos (5)
Erasmo QuintanaErnesto es lo que se dice un hombre de los tiempos que corren. Proveniente de familia acomodada, estudió en los mejores colegios y completó su formación haciendo estudios universitarios, siempre con notas de sobresaliente. Hombre metódico y disciplinado, no tuvo grandes problemas para alcanzar los objetivos que se había marcado. Hoy es un alto ejecutivo de una gran empresa multinacional, por lo que son frecuentes sus viajes entre continentes. Su aspecto es de lo más pulcro y elegante; viste ropa de marca y trajes a medida bien cortados. Cuida mucho de su aspecto: elige muy bien sus camisas y corbatas, con las que va siempre a la moda. A ello une un físico de gimnasio y es bien parecido. Gusta a todo el mundo porque es simpático, y a su natural facundia la acompaña con una excelente versatilidad, que es un gusto oirle hablar sobre cualquier tema que se tercie en su conversación con amigos o con los rigurosos contactos con personas que tienen que ver con su alta responsabilidad profesional. Ernesto es, pues, un triunfador: las mujeres se lo disputan y él, con afectada cortesía, procura quedar bien con todas, porque siempre hay un hueco en su apretada agenda para complacerlas.
Cada final de jornada busca el descanso obsesivamente en el apartamento de lujo que posee en una de las principales vías de la capital de la villa y corte. Suena el teléfono mientras sale de la ducha, esperando oir al otro lado una voz femenina que esperaba. Su sorpresa fue doble porque la voz no era la presentida y, además, de un hombre que conoció al instante.
-¡Hombre, no me digas que eres tú, Jacinto!
-Sí; me enteré que vas a estar aquí de negocios –le contesto- y no me lo pensé dos veces localizarte. Me agradaría que dispusieras un poco de tu agenda para recordar juntos nuestros buenos tiempos.
Ernesto es el amigo de pupitre y mi mejor confidente desde la época de los primeros estudios; fue mi cómplice y mentor; en aplicación y resultados siempre brilló más que yo en todas las disciplinas académicas. Ello, sin embargo, no impidió que entre ambos creciera una afectiva amistad y un rotundo y sincero aprecio. Acabados los estudios preuniversitarios, cada uno siguió distinto camino, pues yo, por imperativos familiares no hice el acceso a la Universidad, incorporándome al mundo laboral, sin grandes pretensiones, siendo el derrotero final en el que incardiné mi vida. Han pasado años desde entonces, y ambos con deseos de encontrarnos de nuevo y rememorar tiempos idos, felices y despreocupados. Nos citamos para el día siguiente en una terraza de moda, donde acude gente guapa y del mayor postín de la capital.
El primero en aparecer al lugar de la cita fui yo. Tomé asiento en la mesa más próxima, y con el ceremonial de rigor, parsimoniosamente encendí el primer cigarrillo mientras examinaba lo que acontecía a mi alrededor. Ví un grupo de gente que me pareció pija, no solo por su vestimenta, sino en los modales y teatralidad con la que se hablaban. Fijé mi atención especialmente en una joven que gesticula con ademanes estudiados, haciendo que sus compañeros de tertulia repararan en sus joyas –que debían ser costosísimas-, adornando su mano izquierda y un generoso pecho escotado, en el que uno de ellos –el más salido de todos- tenía fijada la mirada libidinosa. Sus interlocutores no eran menos, y respondíanles con gestos igualmente teatralmente afectados y desproporcionados. Mientras, yo me impacientaba con la espera, y mi atención ahora se centra en la espesa polución de tanto automóvil que circula por la zona, cosa que me es ostensible al ser atravesada por los últimos rayos del sol de la tarde.
Oí mi nombre en una voz conocida, e inmediatamente me giré convencido de no estar equivocado. En efecto, era Ernesto; di un salto en mi asiento y me fundí en un cálido abrazo con el amigo, tanto tiempo ausente. Tras los primeros saludos de rigor, pedimos algo al camarero que servía en las mesas; pausadamente hablamos de lo divino y lo humano. Ernesto, con su proverbial facundia me contaba toda clase de peripecias que le llevaron al actual envidiable estatus que disfruta. Hablaba sin parar, y yo, todo oídos, sin darme cuenta, poco a poco me voy desconectando de lo que escuchaba; mi atención ya está en otra parte. Nada oigo, más bien reparo en cómo lo dice, en los gestos, en su más que impecable vestimenta; la forma de poner los labios y el arqueo de las cejas me empiezan a ser molestos. Las manos de Ernesto igualmente no paran de gesticular, cosa que me desagrada en extremo y me decía para mis adentros “a ver si las para ya de una vez, coño”. Noto que un rizo de su mediana y cuidada melena se le introduce en la comisura de su ojo derecho, provocando en mí un irrefrenable deseo de quitárselo, cosa que no hago. La voz de mi amigo me sonaba ya en los oídos como un profundo eco lejano, y siento un deseo infinito de que se calle, cesando su antipática letanía, y con ello, la ocasión de poder levantarme, desapareciendo de la escena.
No pienso más que en lo incómodo que me encuentro con el estirado ejecutivo. Me revuelvo nervioso en mi silla metálica, mirando de reojo mi reloj de pulsera; aumenta por momentos mi malestar comprobando que habían transcurrido más de tres horas sin yo casi poder articular palabra. Consumíamos –tampoco había reparado en ello- el quinto café con coñac y nata, y el cenicero, que había sido reemplazado varias veces, estaba atiborrado de colillas mal apagadas que se desparramaban por la mesa y por los suelos. Aquel personaje que tenía delante, otro tiempo tan simpático y grato para mí, ahora se me antojaba, sin ningún género de duda, antipático y lleno de defectos. A su lado me estaba sintiendo fatal; de él ahora me desagrada casi todo, por lo que, no aguantando más tan enojosa situación, y deseando aliviarme respirando hondo en mi soledad, bruscamente lo interrumpí de su larga perorata, espetándole: “Ernesto: adiós, hasta nunca”, y desaparecí de la escena como alma que lleva el diablo.
Doblando la esquina oí que Ernesto, no alcanzando a comprender tal vez mi gesto inesperado, junto a la sorpresa que llevó aparejada, para él, tan extraña conducta, oí que decía:
-“No he disfrutado la compañía de un amigo de toda mi vida, como esperaba; he estado todo este tiempo al lado de alguien que ha resultado ser un extraño, un completo desconocido para mí ”.
Erasmo Quintana Ruiz agosto-2007
El misántropo. Erasmo Quintana
Relato corto
Por Erasmo QuintanaNuestro
personaje, solitario y algo hosco, se confunde con la estancia llena de
libros predilectos, y nunca ésta sería la misma sin él.
Relatos cortos (1)
Erasmo Quintana
Nuestro personaje, solitario y algo hosco, se confunde con la estancia llena de libros predilectos, y nunca ésta sería la misma sin él. La silla desvencijada en que se sienta ha tomado su forma anatómica, como que no tiene sentido si no es prestando apoyo a su anatomía. Llevándolo al extremo, es como un libro, que pierde todo su sentido y razón de ser, cuando la mirada que se posa en sus páginas desaparece.Aparte del inmenso número de libros, deformemente apilados por todas partes, hay también una lámpara de pie con una inclinación muy sui géneris –tiene una inclinación que nos recuerda su espalda contrahecha-, por lo que también habla sin palabras de su dueño. Se diría que la especie de guarida donde suele pasar un tiempo indeterminado ha ido cogiendo el sello personal inconfundible de su propietario. Una luz natural recibe de un patio interior, lo que no evita la atmósfera lóbrega reinante. Abundan viejas revistas muy manoseadas y recortes de periódicos, donde proliferan subrayados y llamadas a simple lápiz, o a bolígrafo, en sus páginas amarillentas y llenas de mugre en un ordenado desorden por todos los rincones, lo que hace empresa harto difícil ir de un lado a otro de la habitación.
En uno de los tomos que se apilan caprichosamente sobre su abarrotada mesa de escritorio, conserva aún, casi borrada, una mancha de misterioso carmín, pues a nuestro personaje, que frisa la cuarentena, no se le conoce compañera o amante todavía. La persona contratada de servicio, que tiene prohibido tocar nada del escritorio, suele hojear cada mañana, mientras pasa levemente el plumero por todo objeto, el libro de poemas apilado, al tiempo que va dejando notas de amor encendido dirigidas al misántropo que se sienta todas las tardes a leer y componer poesía. Para ello, el hosco solitario invoca a todas las musas, y a ellas dirige sus cantos en ausencia de la mujer tangible que le hubiera podido inspirar.
La encargada de limpiar aquella vieja estancia es una mujer de mediana estatura y de complexión estilizada; muy joven, morena pero de tez blanca y unos ojos castaños almibarados, grandes, expresivos y llenos además del encanto enternecedor de la ingenuidad; no se oye su paso leve por donde va; de bello continente, su parca y algo andrajosa vestimenta entra en franca contradicción con la gentileza de su bello y deseable porte femenino. Hoy, la enamorada silenciosa, entre suspiro y suspiro, ha dejado en la portada del libro de poemas preferido, junto a un más visible rastro de carmín reflejando la exuberante carnosidad de sus labios, una recién cortada flor que ha manchado la superficie con gotas que parecen del rocío, pero que en verdad son lágrimas de una enamorada incomprendida y anónima. En la rutinaria ceremonia de llegar al sórdido lugar y sentarse en la silla con la anatomía de su humanidad, nuestro misántropo solitario se percata de la aparición de aquella flor tan extraña, ante lo cual, malhumorado la coge y tira a una mal llamada papelera que tiene a su lado. A continuación, agenciándose de lápiz y papel, anota con el ceño fruncido algo importante de realizar el día siguiente. Dicha nota rezaba: “Srta. Julia: No sea usted tan descuidada con mis cosas y no vaya dejando flores recién cortadas sobre mis libros. Se le agradece el estricto cumplimiento de esta orden.” R.S.
La joven debió contar, dolorida, el incidente a una amistad muy próxima, la cual le informa de la homosexualidad de su soñado y romántico amor. Este curioso caso es parangonable con el de la señora Von Meck, espléndida mecenas del compositor ruso Chaikovski, de quien estaba enamorada y que, al enterarse de la condición homosexual del músico, rompió bruscamente toda relación con él y, por ende, su mecenazgo. El final de nuestra gentil damisela fue, sin dar la más mínima explicación, recoger todas sus cosas y desaparecer de aquel antro.
Erasmo Quintana Ruiz/julio-2007
Azul. Erasmo Quintana
Relato corto

Por Erasmo Quintana
Esta mañana me he tropezado –como es costumbre- con el ciego que vende
cupones en la esquina de la calle de mi casa. Todos los días que voy de
camino al trabajo paso a su lado y me saluda porque conoce el taconeo
de mis zapatos.
Relatos cortos (2)
Erasmo QuintanaEsta mañana me he tropezado –como es costumbre- con el ciego que vende cupones en la esquina de la calle de mi casa. Todos los días que voy de camino al trabajo paso a su lado y me saluda porque conoce el taconeo de mis zapatos. Un buen día el ciego, Zacarías es su nombre, parándome en seco me pidió que le describiera el color azul del cielo, a él, que es ciego de nacimiento. Ante tan extraña solicitud me armé de valor y, sentándome a su lado, empecé diciéndole que el azul del cielo infinito es uno de mis colores preferidos porque me infunde profunda alegría en mis momentos bajos de ánimo. El color azul –seguí diciéndole- es un estado de paz en el alma: conduce los buenos sentimientos y embriaga de felicidad las relaciones humanas. Contrariamente al color rojo, que te irrita y te incita a la inquietud y al malestar sintiéndote incómodo, lo contrario del amarillo, que te enerva, el azul da tranquilidad y un bienestar prolongado y remansado.
Azul es la mano amistosa que se posa en tu hombro para expresarte el aprecio del amigo que te quiere bien. Azul es el cumplido que te hace el caminante, y azul es el fresco aire que acaricia tu semblante con la pureza de la brisa.
El color azul es esos momentos en que te sientes pletórico porque, no sabiendo muy bien por qué, estás rebosando alegría, sobrado de bienestar y felicidad.
Erasmo Quintana Ruiz
Las Palmas de Gran Canaria - julio/2007
Un sueño. Erasmo Quintana
Relato corto
Por Erasmo QuintanaSumido en una vaga duermevela noto que todos se han
ido y me encuentro en casa, solo, al cuidado de uno de mis sobrinos de apenas
cinco años.
Relatos cortos (3)
Erasmo QuintanaSumido en una vaga duermevela noto que todos se han
ido y me encuentro en casa, solo, al cuidado de uno de mis sobrinos de apenas
cinco años. Desde hace no sé qué tiempo ando de un lado para otro buscando, sin
conseguirlo, las llaves de la puerta de acceso a la azotea y el niño, de
natural inquieto, no para con sus endiabladas travesuras: busca y rebusca sus
golosinas ora abriendo las puertas de la alacena, ora las de la nevera, pero
nunca da con el lugar donde las escondo.“Ten cuidado con Mario, que puede subir
a la azotea”, resuena con insistencia en mis oídos la advertencia de mi
hermana. El niño es toda mi preocupación y malestar. Estoy en mi casa pero
advierto que no es en realidad la mía; que, aunque es una casona antigua
también, ésta en la que estoy sus techos son más altos, con más ventanales y un
número mayor de estancias.
El niño me
preocupa y oprime el estómago porque no para de dar grandes zancadas de un lado
a otro de la galería; intento cogerlo para mi tranquilidad porque sigo sin encontrar
las llaves perdidas de la azotea, pero se me esfuma siempre de las manos. Ello
me llena de angustia por momentos. Lo sigo observando cómo se mueve e intento
por enésima vez atraparlo, siempre sin éxito, a lo largo de un infinito pasillo
del piso alto. Noto con qué intensidad golpea mi corazón en el pecho, a punto
de reventar; corro con desesperación tras de Mario y nunca lo alcanzo. Éste
logra llegar hasta la escalera y la sube raudo como una centella con mi agobio
tras sus talones. Veo en mi desesperación, que sube al pretil de la primera
azotea, origen de mis temores, pues es la que está sin protección. Cuando me abalanzo
sobre él para cogerlo atenazándolo, lo único que consigo es que se arroja al
vacío cogido fuertemente de mi mano. Ambos nos precipitamos, pero no caemos en
tierra, sino que es en el mar, donde nos sumergimos. Yo trato insistentemente
de no soltarlo, y a pesar de que avanzamos en las profundidades, observo con
asombro que puedo (y puede Mario) respirar bajo el agua mientras nadamos.
Cuanto más nos hundimos, más
contento se pone el niño, el cual guía nuestra trayectoria. Próximos ya a los
arrecifes de coral marino me parece ver un destellante resplandor que procede
de un manojo de llaves, cosa que le hice saber a mi sobrino para que nos
detuviéramos, y averiguar si eran las que con tanta insistencia yo estaba toda
la tarde buscando sin fortuna. Mi alegría no tiene límites, ya que entre ellas
distingo la llave deseada pero, al poco de tenerlas observo que no son llaves
lo que había aprehendido, sino que era un manojo de caracolas minúsculas. Con
enorme inquietud veo cómo se nos acercan grandes escualos en actitud
amenazante, e incluso, alguno me ataca abiertas sus enormes y terroríficas
fauces pero, extrañamente, no siento los efectos de su descomunal dentellada, y
se alejan como han venido hasta nosotros.
Mi angustia y pavor crecen a cada
instante, pues, aunque lo trato de evitar desesperadamente, Mario se me aleja
sin que yo pueda evitarlo. Me atormenta tanto que bloquea mi percepción onírica
y, de pronto, me veo nuevamente delante de una casa extraña para mí. De ella
entran y salen grupos de personas siniestramente desconocidas; vagan en
silencio y cabizbajas, vestidas de riguroso negro. Con mucho esfuerzo por fin
llego al umbral de la puerta objeto de tanto trasiego, y es una amplia
habitación en penumbra, sólo iluminada por la incierta y mortecina luz de
cuatro pequeños candelabros que rodean a una reducida caja blanca, y un fuerte
olor a azahares y cera quemada domina la estancia. Me acerco y veo dentro de la
cajita, orlado de rosas blancas y amarillas, el pálido y marfileño rostro de un
niño esbozando una sonrisa de ángeles en su rostro de la inocencia.
Nadie me reprocha ni pide
explicaciones por nada, pero yo no paro de repetir “No es mía la culpa; Mario
jugaba con sus primos en la azotea, y fue el destino, la fatalidad. Ninguno
pudo hacer nada por salvarlo; yo tampoco”. Y repito y repito con monótona
letanía la misma insustancial excusa –que, he dicho, nadie me pide- a
sonámbulos que tropiezan ásperamente conmigo y parecen no escucharme. Pero yo,
en mi profunda estadía onírica, quiero convencerme, y estoy seguro de ello, que
sueño que estoy soñando y Mario, mi sobrino, alborotándolo todo, me incomoda
continuamente con sus endiabladas travesuras.
Erasmo Quintana Ruiz julio/2007
El agua. Erasmo Quintana
Relato corto
Por Erasmo QuintanaEl médico se
pone pesado con nosotros cuando nos vamos haciendo mayores, y debe ser por eso
que el mío me aconsejó hace tan sólo unos días que tomara mucha agua por los
incipientes problemas –no muy graves- de mis pobres riñones.
Relatos cortos (4)
Erasmo Quintana
El médico se
pone pesado con nosotros cuando nos vamos haciendo mayores, y debe ser por eso
que el mío me aconsejó hace tan sólo unos días que tomara mucha agua por los
incipientes problemas –no muy graves- de mis pobres riñones. Bebo agua como un
poseso desde entonces, y debo describir el tracto interior de este maravilloso
líquido conectándolo con un estado de conciencia. El agua llega a mi garganta
fresca y cristalina como una bendición de la naturaleza, y si es precipitada de
lo alto, como un regalo de frescor, y pasa al estómago cual bálsamo
reconfortante. En efecto, el refrescante
líquido llega al tracto digestivo proporcionándome un estado de pleno
bienestar; limpia las vísceras y pasa a los riñones donde hace de reparadora
limpieza consiguiendo que en esos precisos momentos sienta un estado de alivio
inconmensurable.
El agua pues
como líquido indispensable para que haya vida me produce un doble bien, cual es
la sensación gratificante de frescor en mi calenturienta garganta y como medida
de limpieza de mi organismo por su acción de arrastre de todas las excrecencias
que un cuerpo saludable debe desechar. Produce mi sudor, que es un mecanismo
natural de refrigerarse nuestro cuerpo, y conducto –ya señalado- de eliminación
también de toxinas.
La cada vez
más escasa agua que me alimenta asimismo es mi consuelo, pues cuando me vienen
momentos de profunda tristeza acude en mi ayuda en forma de lágrimas como el
mejor de los desahogos y hace que al final acabe sintiéndome mejor.
Y quién lo duda, el agua es un
bálsamo, es la vida misma y sin ella el milagro sería imposible: mantiene
verdes los llanos y praderas y es un don inestimable de la naturaleza. Todo
campo resucita y vive, estacionalmente, con su benefactor y mágico efecto.
Erasmo Quintana Ruiz
Las Palmas de Gran Canaria - julio 2007
La calle. Javier Estévez
La calle

Por Javier Estévez
Hubo un tiempo en el que la vida campaba en las calles, o mejor, las calles
canalizaban la vida. Hoy, en cambio, la vida se precipita por ellas. Todo se
hacía sobre el adoquín: los juegos, las ventas, las charlas y discusiones, el
amor, la muerte. La calle educaba. Le debemos tanto.

Por Javier Estévez
Hubo un tiempo en el que la vida campaba en las calles, o mejor, las calles
canalizaban la vida. Hoy, en cambio, la vida se precipita por ellas. Todo se
hacía sobre el adoquín: los juegos, las ventas, las charlas y discusiones, el
amor, la muerte. La calle educaba. Le debemos tanto.
Esta instantánea la tomé el domingo por la tarde en la calle
donde vivo, la calle de Enmedio, hoy en día conocida como Pérez Galdós. A la
altura de la panadería de Antonia, jugaban alegremente a la pelota Ancor y sus
amigos. La calle está cerrada por obras, y evoca pues imágenes hoy en día
díficilmente imaginables. Hay que ver: se prohiben los coches y vuelve la vida a
las calles.
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Estas obras nos permiten redescubrir la verdadera dimensión
de las mismas, porque sólo se pueden medir sin coches. ¡Han visto que anchas
son!.Para mi, los coches son a las calles como la viruela a la
piel.
Pasear por estas calles ahora cerradas al tráfico es un
verdadero juego para nuestros sentidos. El caminar placentero por el centro de
las mismas permite descubrir perspectivas originales de las fachadas; nos deja
oir sonidos actuales contaminados por el volumen alto de la televisión e
imaginar sonidos antiguos, como el andar rítmico y sonoro de las bestias, los
ganados trashumantes balando y discurriendo velozmente por ellas, oler el
sofrito de las comidas mientras suena el tañido de las campanas anunciando el
angelus, husmear y perseguir el rastro del café recién hecho.
esos motores que en nombre del progreso y de la comodidad, han expulsado
nuestros sueños lejos del adoquín.

Javier Estévez
TEXTO PUBLICADO EN EL BLOG DE JAVIER ESTÉVEZ
4 de abril de 2007
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