Los cascos. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“La música queda a salvo de la gente”

Los cascos
Santiago Gil
A todos nos gusta que nos interpreten y que nos cuenten. Necesitamos
entendernos en la mirada del otro para saber que no estamos solos.
Cuando andamos por las calles nos miramos, desconocidos y extraños, sin
saber que en cualquier momento podemos cruzar nuestros destinos y
descubrir lo parecido que somos y lo mucho que necesitamos del cariño y
de la complicidad para seguir sobreviviendo. El gran amor de nuestra
vida se cruzó muchas veces delante de nosotros sin que lo
reconociéramos. A veces hay suerte y el azar obra el milagro, pero me
temo que esos amores grandiosos o esas amistades inolvidables se quedan
casi siempre en un simple cruce de miradas mañaneras que no trasciende
más allá de las calles que nos ven pasar a diario.
“La música queda a salvo de la gente”

Los cascos Santiago Gil
A todos nos gusta que nos interpreten y que nos cuenten. Necesitamos entendernos en la mirada del otro para saber que no estamos solos. Cuando andamos por las calles nos miramos, desconocidos y extraños, sin saber que en cualquier momento podemos cruzar nuestros destinos y descubrir lo parecido que somos y lo mucho que necesitamos del cariño y de la complicidad para seguir sobreviviendo. El gran amor de nuestra vida se cruzó muchas veces delante de nosotros sin que lo reconociéramos. A veces hay suerte y el azar obra el milagro, pero me temo que esos amores grandiosos o esas amistades inolvidables se quedan casi siempre en un simple cruce de miradas mañaneras que no trasciende más allá de las calles que nos ven pasar a diario.
En ese ir y venir por las calles peatonales, la mayor parte de nosotros se acompaña de su propia banda sonora. La música queda a salvo de la gente. Cada cual escucha su estado de ánimo mientras se deja llevar a la oficina, al dentista o a un banco solitario en el que matar las horas de aburrimiento. Me pasa a diario cuando camino a primera hora de la mañana por la ciudad. Todos vamos conectados a unos cascos que interpretan la melodía necesaria para que el día se acomode a nuestro ánimo. Un día caminas por Triana escuchando a Omara Portuondo o a Serrat y al siguiente te pierdes con Bach, con Ella Fitzgerald o con Dacio Ferrera. Los otros que te tropiezas y que saludas o miras de soslayo también marcan el ritmo de sus pasos con los acordes que han seleccionado cuidadosamente antes de salir a la calle. Ya no sólo nos reconocemos en la mirada. Las coincidencias de la música que somos ese día serán las que nos irán acercando o alejando de los demás. No se escucha a Beethoven porque sí. La elección matinal de la música ya nos avisa del día que presentimos o que necesitamos. Por eso me preocupan los cerebros de quienes andan con una escandalera insoportable desde primera hora de la mañana. Esos coches que retumban por la ciudad también nos están avisando de algo. Y no creo que sea de nada bueno. No hay cerebro que se salve de esa tortura estridente que hace temblar hasta los cristales de nuestras casas.
La mayoría, por suerte, prefiere el silencio de su propia música cuando sale a la calle. O nos acercamos a la orilla de la playa a escuchar la necesaria musicalidad del océano. Pero la playa queda lejos los días laborables, por eso precisamos de sonidos que nos arrullen y que pongan un poco de emoción a nuestros pasos. No te extrañes, por tanto, de esa complicidad que notas algunas veces cuando paseas por la calle. Tú y ella, o tú y él, se han reconocido inconscientemente en la misma música. Ese momento sólo dura lo que dura un acorde, pero nos sirve para saber que no andamos solos y que no estamos tan lejos los unos de los otros.
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Quien escribe entre sueños siempre acaba repitiendo las mismas pesadillas.
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El pintor. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Desde que el hombre pone la mano sobre un objeto transforma su materia”

El pintor
Santiago Gil
despertar lleva consigo un renacer. Nos levantamos, nos lavamos la
cara, preparamos un té o un café y salimos a la calle sin darnos cuenta
de que estamos formando parte de un gran milagro. La vida, como tal,
cada vez cotiza menos. Lo que manda es el papanatismo y trabajar de sol
a sol para pagar hipotecas y poder financiar planes de pensiones.
Llegamos a la cama y nos refugiamos en la radio para no pensar en nada.
Pero en medio de todo ese proceso de despilfarro diario también nos
podemos encontrar con la magia de unos colores que hace que brillen
nuestros ojos y que parezca que esto consiste en algo más que en una
sucesión interminable de días insulsos y casi siempre repetidos.
“Desde que el hombre pone la mano sobre un objeto transforma su materia”

El pintor Santiago Gil
Cada despertar lleva consigo un renacer. Nos levantamos, nos lavamos la cara, preparamos un té o un café y salimos a la calle sin darnos cuenta de que estamos formando parte de un gran milagro. La vida, como tal, cada vez cotiza menos. Lo que manda es el papanatismo y trabajar de sol a sol para pagar hipotecas y poder financiar planes de pensiones. Llegamos a la cama y nos refugiamos en la radio para no pensar en nada. Pero en medio de todo ese proceso de despilfarro diario también nos podemos encontrar con la magia de unos colores que hace que brillen nuestros ojos y que parezca que esto consiste en algo más que en una sucesión interminable de días insulsos y casi siempre repetidos.
El arte puede servirnos para ganarle la partida a esa competición cainita y absurda en que se ha convertido nuestra existencia. Cada cuadro que se pinta, cada poema que se escribe, cada melodía que toca la fibra sensible de alguien que andaba medio muerto es un triunfo contra la mentira y los falsos cantos de sirena. La salvación comienza por la creación y por la revolución de los sentidos. Sólo recuperando la esencia de nuestra vida podremos salvarnos. Nuestra mortalidad inevitable y azarosa no se merece un argumento tan prosaico y tan poco hedonista como el que estamos protagonizando en estos tiempos. No perdamos un solo día más regalando tiempo a la estulticia.
No sé si se pinta por amor o desamor, con ganas o con desgana, con la mente concentrada en lo que se está haciendo o con la imaginación perdida en otros sueños y otros mundos alejados de este mundo. Supongo que sólo quien traza los contornos y elige los colores sabe lo que está haciendo, y si no lo sabe lo imagina, o lo presiente. Asomarnos a las formas que nos regala el artista es asomarnos a otra dimensión, a otra forma de interpretar y de ver la realidad. No creo que todos veamos lo mismo mirando el mismo objeto o la misma composición pictórica. Tampoco creo que veamos lo que vio el pintor cuando fue creando su obra. Dentro queda la magia, el proceso creativo que fue generando las formas, la urdimbre que no se ve y que sin embargo es lo que diferencia cualquiera de esos cuadros de una calculadora fabricada en serie. Desde que el hombre pone la mano sobre un objeto, tanteando, buscando o rehaciendo, transforma su materia. Ya nada es lo mismo que había antes. Cada paso que damos sobre la arena va dejando nuestra huella dibujada por la orilla. Da lo mismo que luego venga la marea a borrarla haciendo olvidar todos nuestros pasos. También el artista sabe de antemano que todo es olvido y que más tarde o más temprano el arte también será vencido por el tiempo; pero cada huella y cada trazo que va dejando se convierte en un motivo para seguir sobreviviendo. Por eso pinta; gracias a eso sobrevive.
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Las olas iban y venían, pero jamás cometían la torpeza humana de salir del agua.
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Titulares. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Hay gente que se levanta de la cama buscándose titulares”

Titulares
Santiago Gil
gente que se levanta de la cama buscándose titulares. Se tocan por todo
el cuerpo, le dan vueltas al magín o abren la nevera tratando de
encontrar alguna ocurrencia llamativa con la que saltar a los medios
informativos. Todos conocemos a políticos, artistas, pavitontos de la
farándula o jesulinas de tres al cuarto que no hacen otra cosa que
llamar la atención a todas horas. Les vale todo, desde la negación del
cambio climático o los efectos del alcohol en la conducción hasta el
invento de un ligue inexistente. No es fácil salir de plano y dejar de
ser noticia cuando se tiene un ego que depende por completo de la
opinión pública.
“Hay gente que se levanta de la cama buscándose titulares”

Titulares Santiago Gil
Hay gente que se levanta de la cama buscándose titulares. Se tocan por todo el cuerpo, le dan vueltas al magín o abren la nevera tratando de encontrar alguna ocurrencia llamativa con la que saltar a los medios informativos. Todos conocemos a políticos, artistas, pavitontos de la farándula o jesulinas de tres al cuarto que no hacen otra cosa que llamar la atención a todas horas. Les vale todo, desde la negación del cambio climático o los efectos del alcohol en la conducción hasta el invento de un ligue inexistente. No es fácil salir de plano y dejar de ser noticia cuando se tiene un ego que depende por completo de la opinión pública. Uno se imagina a esos personajes cavilando como almas en pena por su casa, o llamando a sus parientas para preguntarles si el grano que les acaba de salir en la rodilla podría servir como titular en algún informativo. Da lástima verlos haciendo el ridículo por no saber quedarse, como decía Pascal, tranquilamente en su casa.
Pero esos personajes no saben que hace tiempo que se están despertando con un titular grabado en la frente. Hay que tener cuidado con lo que se sueña porque, aunque a veces nos parezca mentira, los sueños se acaban cumpliendo, incluso los que parecían sueños imposibles. Pero en ese caso el cuerpo, que lo va somatizando todo, se nutre de la idiotez o de la inteligencia de cada persona. Tu frente se puede presentar una mañana recordándote delante del espejo que eres un sinvergüenza o un vivalavirgen. La mayoría de las veces esos personajes no se dan cuenta de que llevan grabados los titulares en su propia cara. Ellos nos dicen una cosa y su frente, que nunca miente cuando aparece escrita, nos cuenta justo lo contrario. Da pena verlos arrastrándose por todas las Tómbolas con sus mentiras a cuestas. Se creen lo más fetén de los noticiarios y de los programas del petardeo sin saber que también sus ojos, que como todos sabemos no son más que los espejos del alma, se alían con su frente y van poniendo en solfa todo cuanto van largando según la cotización semanal de la mentira o el insulto.
No hace falta que se obsesionen y que se vayan corriendo al espejo cuando terminen de leer este artículo. Uno escribe metafóricamente, pero nunca se sabe. Por si acaso, sí sería conveniente que tuviéramos en cuenta todo el rato esa somatización de las palabras y de los titulares. Todos tenemos en mente dos o tres personajes que cuando dicen negro su frente y sus ojos están diciendo blanco, y viceversa. Ellos no lo saben, pero están cogidos. Quien se engaña una vez delante del espejo se engaña para siempre. Y se pierde, se extravía y ya no hay quien lo salve del ridículo. No importa que luego se desdigan. Ya quedan ungidos y titulados para siempre donde mismo nos ponían de niños una cruz de ceniza.
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Es cierto que somos química, pero cada cual se formula luego como le viene en gana.
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La hora. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Nunca he entendido lo del cambio de hora invernal”

La hora
Santiago Gil
de la base de que el tiempo es relativo. No recuerdo si esto me lo
enseñaron en las clases de física o de filosofía, pero si no me lo
enseñaron lo he terminado aprendiendo con los años. Es relativo,
azaroso, traicionero y hace lo que da la real gana con todos nosotros:
nos envejece, nos vuelve cada día más olvidadizos y pasa veloz
arrasando nuestros placeres y nuestros días, siempre tan cortos como
nuestra propia vida, un visto y no visto en la estela infinita del
universo.
“Nunca he entendido lo del cambio de hora invernal”

La hora Santiago Gil
Partamos de la base de que el tiempo es relativo. No recuerdo si esto me lo enseñaron en las clases de física o de filosofía, pero si no me lo enseñaron lo he terminado aprendiendo con los años. Es relativo, azaroso, traicionero y hace lo que da la real gana con todos nosotros: nos envejece, nos vuelve cada día más olvidadizos y pasa veloz arrasando nuestros placeres y nuestros días, siempre tan cortos como nuestra propia vida, un visto y no visto en la estela infinita del universo.
Pero más que el tiempo, lo que nos descorazona es su medida. Nunca he entendido lo del cambio de hora invernal. Te viene impuesto y tienes que asumirlo como asumes la subida de precios. De niño, nunca olvidaré la cara de uno de nuestros amigos que se regía por la luz solar. Su madre le obligaba a estar en casa según se encendieran las luces de la calle. De un día para otro lo mandaban a encerrarse a las seis de la tarde. Había que ver la cara de pena de mi amigo para saber cómo influye en nuestro ánimo esta oscuridad tan temprana que nos imponen según llega octubre.
Lo tienen todo bien orquestado. Durante dos o tres días nos vienen con la martingala de que nos regalan una hora. No sabes quién te la regala, pero en estos tiempos en los que nadie regala nada, uno hasta se emociona cuando recibe algo gratis. Lógicamente no protestas por ese cambio. Sólo al día siguiente, cuando de repente se oscurece todo a media tarde, te das cuenta del engaño. Y digo engaño porque nunca he entendido qué tiene que ver nuestra luz solar con la de los belgas o los escoceses. Aquí no se hace de noche a las cuatro de la tarde. Con ese horario los que atardecemos y nos volvemos más melancólicos somos nosotros. Deberían reconocernos nuestra condición de ultraperiféricos a la hora de plantear esos cambios. Aquí en diciembre podemos estar en la playa hasta última hora de la tarde, y seguro que hasta los chonis que nos visitan aplaudirían esa medida.
Nos hemos vuelto indolentes. No protestamos ante nada. Pero en este caso nos están robando unas cuantas horas de luz solar cada año. Ya sé que dije que el tiempo era relativo, pero lo que no es tan relativo es la sensación de tristeza que se nos queda cuando oscurece sin que ni siquiera hayan salido los Lunnis en la televisión. No sé a quién tendremos que dirigirnos para solicitar más luz. Goethe la pedía como loco cuando se estaba muriendo. Nosotros no debemos permitir que nos la apaguen tan pronto. Si dejamos que burocraticen también nuestros atardeceres estaremos contribuyendo a la desaparición de los poetas y de los enamorados. Y no están estos tiempos para prescindir de poetas, y mucho menos de enamorados que pongan un poco de ternura en los bancos de los paseos marítimos. Ya Neruda nos advertía que cerca de los puertos todo se vuelve siempre más triste cuando atraca la tarde.
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Cojea porque intenta engañar al tiempo en cada paso.
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Vulnerables. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Nadie tiene respuestas”

Vulnerables
Santiago Gil
cierto que somos contradictorios y caóticos, y también indolentes,
ciclotímicos y, cuando llega el momento, estoicos y valientes. Somos un
poco la consecuencia de lo que no controlamos. El azar tiene esas
cosas, que lo mismo nos sube al séptimo cielo que nos baja al infierno
más siniestro de Dante. Nadie nos ha puesto en las manos un manual para
que podamos vivir sin equivocarnos.
“Nadie tiene respuestas”

Vulnerables Santiago Gil
Es cierto que somos contradictorios y caóticos, y también indolentes, ciclotímicos y, cuando llega el momento, estoicos y valientes. Somos un poco la consecuencia de lo que no controlamos. El azar tiene esas cosas, que lo mismo nos sube al séptimo cielo que nos baja al infierno más siniestro de Dante. Nadie nos ha puesto en las manos un manual para que podamos vivir sin equivocarnos. Tratamos de hacerlo lo mejor que podemos, pero casi nunca depende de nosotros el resultado. Te esfuerzas, sí, y sacas fuerzas de donde no las tienes, pero llega un momento en que te sobrepasan los acontecimientos y no te queda más remedio que dejarte llevar por la corriente del azar para no ahogarte. Qué decirte que tú no sepas. Si estás vivo formas parte del argumento proteico y sorprendente de la novela que vamos escribiendo cada uno de nosotros a diario. O llámalo sueño. A veces te escribes y otras te están escribiendo. O te estás soñando y no te has dado cuenta.
Pero por encima de todo somos vulnerables. Se supone que nos han programado superhombres y que nos tenemos que comer el mundo. Si encendemos la tele siempre encontramos ídolos triunfantes por todas partes. Estos últimos años hemos vivido en la idiotez constante de una bonanza social y económica que, en el caso de los españoles, casi nos hacía mirar por encima del hombro a medio planeta. Habíamos triunfado, éramos un país de primer nivel y se suponía que lo teníamos todo controlado. Ahora nos miramos unos a otros desconfiados. O preguntamos a los directores de los bancos, a los economistas o a esas mentes preclaras que siempre encontraban argumentos en las tertulias. Nadie tiene respuestas. Nadie se aventura a dar fechas más o menos fiables sobre el final de esta crisis. Todos especulan. Yo especulo, tú especulas y ellos también especulan. En el fondo están tan perdidos y tan desorientados como cualquiera de nosotros. Así y todo reitero mi optimismo de otras veces, pero tampoco podemos olvidar, como me dijo el otro día un amigo, que tras el Crack de 1929 vinieron Hitler, Mussolini y Franco. Claro que luego también surgieron The Beatles, Olof Palme o García Márquez.
Nos movemos en esa permanente contradicción que deambula entre el desastre y la apoteosis. Hace poco más de treinta años vivíamos con un canal de televisión en blanco y negro y ya ven dónde hemos llegado con la tecnología audiovisual. Todo puede suceder, pero lo que no podemos olvidar nunca es que somos esencialmente vulnerables y que bastan unas décimas de fiebre para derrotarnos. Nuestra condición de mortales nos desacredita sobre la marcha para aspirar a dioses. Todos somos iguales y nos marcharemos con las mismas pertenencias que vinimos. Después de todo, como decía José Hierro, no queda nada de lo que fue nada, a pesar de que un día lo fue todo.
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Las lluvias traen consigo los recuerdos de los últimos naufragios.
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Conectados. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Siempre te acabará llamando alguien al teléfono móvil”

Conectados
Santiago Gil
empezar como en los cuentos con el érase una vez de nuestra infancia de
Blancanieves y cursis Caperucitas Rojas. Pero esto no es un cuento, ni
tampoco sucedió hace muchos años. Hace nada, apenas una década, éramos
capaces de desconectar del trabajo desde que salíamos de la oficina.
“Siempre te acabará llamando alguien al teléfono móvil”

Conectados Santiago Gil
Podría empezar como en los cuentos con el érase una vez de nuestra infancia de Blancanieves y cursis Caperucitas Rojas. Pero esto no es un cuento, ni tampoco sucedió hace muchos años. Hace nada, apenas una década, éramos capaces de desconectar del trabajo desde que salíamos de la oficina. Si tenías un día libre te ibas a Maspalomas y llegabas como nuevo después de haber estado varias horas sin pensar en las tareas pendientes. Eran los días en que si le querías contar a tus hijos el cuento de Pinocho disponías de todo el tiempo del mundo para explicarles la historia del muñeco de madera al que le crecía la nariz cada vez que decía mentiras. Realmente te encantaría decirles que en la vida real eso nunca termina sucediendo, y que los mentirosos, lejos de afearse con prominencias exageradas, se van al cirujano plástico y salen cada día más guapos en las revistas. Pero estás pidiendo mucho. Ahora ni siquiera te dejan tiempo para que pronuncies la palabra Pinocho. Siempre te acabará llamando alguien al teléfono móvil. Da lo mismo la hora o el motivo de la llamada.
El ser humano le ha cogido vicio a lo de las teclas y busca todo el rato la manera de rentabilizar el aparatito de marras. Tenemos que estar conectados en todas partes, por lo que pudiera pasar, y también por si no ocurre nada. No te escapas de la realidad ni aunque te pierdas por las playas de Jandía. Incluso cuando vas en la guagua te encuentras a una señora dando gritos mientras cuenta que al nieto le han salido las chinas. Por eso prefiero decir que hubo un tiempo, hace apenas diez años, en que te movías sin tener la sensación de estar controlado por satélite en todas partes. Tampoco es que reivindique una vuelta al pleistoceno, pero a uno sí que le gustaría desconectar por completo como desconectábamos antes cuando nos íbamos a comer un potaje de jaramagos a Fontanales.
A veces apagas el teléfono y tratas de salvarte. Pero siempre estás cogido. Y, luego, según lo enciendes, te estresas con los mensajes y con las llamadas perdidas. Te entra el telele, y sobre la marcha piensas en alguna catástrofe. Sin embargo, una y otra vez devuelves las llamadas y casi nunca pasa nada. Todo lo que te dicen te lo podrían haber contado en persona al día siguiente. Pero aun así siempre recaemos, y yo ahora mismo, mientras escribo, no hago más que mirar por el rabillo del ojo hacia las rayas que marcan la cobertura de mi teléfono móvil. No espero ninguna llamada, pero al paso de un par de horas sin percibir pitidos uno llega a tener la sensación de que se ha quedado completamente solo en el planeta. Por eso hablamos como locos a todas horas. Para saber que existimos y que todavía se sigue contando con nosotros.
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No creas que eres el único héroe en esta historia; también los peces han aprendido latín para salvar su pellejo. Si te sumerges en el mar los escucharás declinando quedamente las burbujas del tiempo.
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Correos. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“En el buzón sólo lo siguen intentando los bancos”

Correos
Santiago Gil
El correo electrónico es uno de los inventos más útiles que ha salido
del magín de los humanos. En cuestión de segundos te puedes poner en
contacto con un amigo que está en cualquier parte del mundo y, además
de saludarle y de preguntarle por la familia o por el trabajo, le
puedes pasar una foto de la puesta de sol que estás viendo en Las
Canteras o un archivo con tus elucubraciones más recientes.
“En el buzón sólo lo siguen intentando los bancos”

Correos Santiago Gil
El correo electrónico es uno de los inventos más útiles que ha salido del magín de los humanos. En cuestión de segundos te puedes poner en contacto con un amigo que está en cualquier parte del mundo y, además de saludarle y de preguntarle por la familia o por el trabajo, le puedes pasar una foto de la puesta de sol que estás viendo en Las Canteras o un archivo con tus elucubraciones más recientes. Incluso el amor se declara últimamente a través de la Red. Y hasta estas palabras que ustedes están leyendo ahora mismo han viajado por ese espacio virtual por el que nos estamos comunicando la mayor parte de los humanos. A estas alturas somos muchos los que no podríamos vivir sin mirar el correo por lo menos una vez al día. Uno se siente menos solo cuando recibe cartas, aunque éstas sean virtuales. Está claro que puestos a escapar de la soledad me quedo con las cartas escritas en papel, pero ya casi nadie escribe cartas en papel, y en el buzón del portal sólo lo siguen intentando los bancos. Y uno, ay, jamás se podrá enamorar de ningún banco. Como mucho te sientes atado de por vida, y eso más que amor es sumisión o esclavitud hipotecaria.
Lo que no me convence del correo electrónico es su concepto del trabajo y del descanso. No para nunca. Tú te vas de vacaciones y él sigue recibiendo encargos tan ricamente. Y claro, cuando tú llegas te encuentras más de un centenar de correos en la cuenta del trabajo, y otros tantos en la cuenta personal. Ahí sí que ya no me vale tanta tecnología y tanta evolución. Hace años te ibas de vacaciones y sabías que al regresar no había tareas pendientes. Era como empezar de nuevo por lo menos una vez al año, aunque todos sabemos que realmente empezamos de nuevo cada vez que amanece, y que además nunca dejamos de ser más que unos aprendices en esto de sobrevivir. Lo que sí me fastidia de esta nueva situación es que mientras tú andas relajado en Jandía, en Famara o en Maspalomas, tu correo te va acumulando el trabajo. Y da lo mismo que dejes un mensaje avisando que estás de vacaciones. Cuando regresas tienes todo el trabajo del mes ordenado y esperando una actuación inmediata. No compensa salir de vacaciones si al volver debes redoblar los esfuerzos para atender las supuestas actuaciones urgentes y los trámites que no admiten demora. Llegas relajado, saludas a tu jefe y a tus compañeros, y desde que enciendes el ordenador te rompen el equilibrio zen que traías de la playa. A este paso, cualquier día de éstos acabaremos renunciando también a las vacaciones para no estresarnos a la vuelta. Presiento que no andan desencaminados los que dicen que el modelo productivo chino está cada día más cerca.
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Los años que dejamos atrás nos terminan mirando desde la otra acera con la mirada cáustica e irónica de Robert Mitchum.
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La mirada. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Hay miradas que nos devuelven a la noche de los tiempos”
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La mirada
Santiago Gil
miradas que nos devuelven a la noche de los tiempos. Nuestros ojos sólo
sirven para que nos reconozcamos en los otros. Si acaso nos salva algún
espejo, o un charco de agua transparente que nos devuelve el brillo de
aquellas emociones que se quedaron grabadas en un fondo lejano de
nuestras retinas más nostálgicas. Todo lo que miramos se queda para
siempre en nosotros aunque luego no lo volvamos a recordar jamás en
toda nuestra existencia.
“Hay miradas que nos devuelven a la noche de los tiempos”

La mirada Santiago Gil
Hay miradas que nos devuelven a la noche de los tiempos. Nuestros ojos sólo sirven para que nos reconozcamos en los otros. Si acaso nos salva algún espejo, o un charco de agua transparente que nos devuelve el brillo de aquellas emociones que se quedaron grabadas en un fondo lejano de nuestras retinas más nostálgicas. Todo lo que miramos se queda para siempre en nosotros aunque luego no lo volvamos a recordar jamás en toda nuestra existencia.
Cuando miramos fijamente a los ojos de un animal también estamos volviendo al pasado más remoto de nuestra propia evolución. Hace miles de años los monos que fuimos miraban a los perros, a los caballos o a los gatos con los mismos ojos de asombro con que hoy lo hacemos nosotros. En el fondo, aunque hayamos inventado los aviones y las cámaras digitales, seguimos igual de perplejos ante el paso el tiempo y los caprichos del azar. Y no digamos ante la razón última de nuestra propia existencia. Por eso es conveniente reconocernos de vez en cuando en los geranios del jardín o en los cangrejos prehistóricos que siguen asomándose en las rocas cuando baja la marea y parece que los cataclismos cotidianos se toman un respiro. Nos conviene esa cura de humildad para saber de dónde venimos y qué tenemos que dejar para que los que vengan después de nosotros puedan seguir escribiendo la historia. No somos ni más ni menos que esos perros o esos caballos que nos mantienen la mirada. Ganamos en la razón y en los inventos, pero también perdemos ante ellos en nuestra capacidad autodestructiva y en nuestras cainitas maneras de concebir las relaciones con nuestros semejantes. No me voy a poner pueril o simplón a estas alturas, ni tampoco trato de que nos equiparemos con un mosquito o una mariposa, pero sí que hay un destino que nos hermana y nos compromete. Cada uno sabe lo que digo, porque en el fondo cada cual es consciente de su propia aventura, siempre única y siempre grandiosa, en el planeta.
Quien ha mantenido la mirada de un perro o de un caballo más de treinta segundos sabe de lo que hablo. Hay como una vuelta al origen, una especie de reconocimiento atávico que nos devuelve de inmediato a la noche de los tiempos. Se entiende que los humanos hemos dejado atrás al mono que fuimos y que hemos llegado a componer la Novena Sinfonía, pero aun así queda algo, supongo que casi imperceptible, que sólo reconocemos cuando volvemos a la naturaleza. El darwinismo también se va escribiendo en cada uno de nosotros, y no hay milagro que no valga la pena. Por eso debemos de cuidar a los animales que han ido evolucionando con nosotros como si fueran nuestros propios hermanos. Todo el daño que les hagamos a ellos nos lo estamos haciendo también a nosotros.
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Ya el calamar se defendía con la tinta mucho tiempo antes que nosotros.
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La soledad. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Detrás de cada uno de ellos hay una historia”

La soledad
Santiago Gil
llevo viendo hace varias semanas. Día tras día me la encuentro sentada
en un banco con la mirada perdida. Siempre lleva la misma ropa y
siempre está igual de triste y de ensimismada. Nadie sabe cómo ha
llegado hasta aquí, ni de dónde viene, ni dónde ha pasado la última
noche, en qué portal, debajo de qué puente o en qué calle atiborrada de
coches silenciosos. Uno se imagina un mal de amores, una fuerte
depresión o el acercamiento a las drogas. Pero nadie se acerca a ella
para preguntarle por su vida y por las causas que la han terminado
arrastrando por el escotillón de la marginalidad.
“Detrás de cada uno de ellos hay una historia”

La soledad Santiago Gil
La llevo viendo hace varias semanas. Día tras día me la encuentro sentada en un banco con la mirada perdida. Siempre lleva la misma ropa y siempre está igual de triste y de ensimismada. Nadie sabe cómo ha llegado hasta aquí, ni de dónde viene, ni dónde ha pasado la última noche, en qué portal, debajo de qué puente o en qué calle atiborrada de coches silenciosos. Uno se imagina un mal de amores, una fuerte depresión o el acercamiento a las drogas. Pero nadie se acerca a ella para preguntarle por su vida y por las causas que la han terminado arrastrando por el escotillón de la marginalidad.
Sigue ahí, cada mañana, levantando ligeramente la mirada cuando pasas a su lado, pero siempre silenciosa y abstraída, como habitando otros mundos alejados de este mundo de bocinazos, prisas y carreras alocadas. Cada vez hay más, y nosotros, que algún día podríamos llegar a ser cualquiera de ellos, nos acercamos cada vez menos. Nos han enseñado a seguir adelante sin mirar atrás o a los lados. No nos dejan detenernos, y si no paramos ellos no tienen ninguna posibilidad de salir adelante. Les falta la mano amiga o la institución que ofrezca alguna esperanza, una mínima esperanza, algún atisbo que les permita salir de la calle y del aislamiento al que los sometemos a diario. Detrás de cada uno de ellos hay una historia. Nadie nace yonqui, o borracho, o mendigo desnortado que termina hablando solo por las calles. Hay un largo camino de mal fario, poca suerte o falta de ilusiones. Los canarios nunca hemos sido arrolladores ni trepas sin escrúpulos. No nos han ido las carreras alocadas y el mirar para otro lado cuando alguien sufre o está extraviado en la calle. Yo me acerqué y ella me pidió dos euros. Le dije que no llevaba nada suelto, pero ambos notamos que se había roto ese silencio condenatorio con el que maltratamos a los que se van quedando atrás. A los dos días me la tropecé de nuevo y le di los dos euros sin que me los pidiera. No le pregunté para qué los quería. No tenía pinta de estar metida en la droga o de beber hasta caerse en los abrevaderos abyectos de la madrugada. No sé cómo se llama, ni de dónde viene, ni cuáles son sus sueños. No tiene pinta de querer hablar con nadie. Sólo te mira y te atraviesa con unos ojos tristes que llevan una pena lejana. Está sola, completamente sola. Otros también andan solos en sus casas, en mitad de los centros comerciales o en las plazas atestadas de familias con niños los domingos por la mañana. No pido milagros, pero sí quería recordarles que existen y que están al lado de todos ustedes. Sólo hace falta abrir los ojos para verlos. La mayoría de ellos se conformaría con un par de palabras.
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Las polillas que ahora matas despreocupadamente y sin esfuerzo serán las que acaben devorando la madera de todos tus sueños.
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Sonidos. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“No tiene reglas el recuerdo”

Sonidos
Santiago Gil
tener razón el poeta cuando dice que sólo se canta lo que se pierde,
pero también nos valen los reencuentros de los sonidos olvidados para
retomar historias que fuimos dejando en los márgenes de nuestra propia
biografía. Vale tanto lo sublime como lo pueril, lo casual y lo
pactado, y también todo lo que nos coloque sobre la marcha en el mismo
lugar en el que estábamos escuchando la misma canción, el mismo canto
del pájaro mañanero o el sonido de un océano que siempre es y no es el
mismo.
“No tiene reglas el recuerdo”

Sonidos Santiago Gil
Suele tener razón el poeta cuando dice que sólo se canta lo que se pierde, pero también nos valen los reencuentros de los sonidos olvidados para retomar historias que fuimos dejando en los márgenes de nuestra propia biografía. Vale tanto lo sublime como lo pueril, lo casual y lo pactado, y también todo lo que nos coloque sobre la marcha en el mismo lugar en el que estábamos escuchando la misma canción, el mismo canto del pájaro mañanero o el sonido de un océano que siempre es y no es el mismo. Lo que se escucha tiene un poder evocador que nos permite recuperar de vez en cuando algunas de las muchas vivencias que vamos olvidando para poder seguir viviendo. Y cada nuevo día que vivimos nos regala sonidos que, la mayoría de las veces, ni siquiera nos enteramos que estamos escuchando. Sólo mucho tiempo después, al redescubrirlos o al recordarlos, los acabaremos reconociendo. Y entonces vendrán con ellos las caras, los paisajes y hasta los estados de ánimo de los muchos días que fuimos viviendo sin ser conscientes de que lo estábamos haciendo.
Puede ser el sonido de los goles que salen de una radio el domingo por la tarde. Cada uno de esos goles que hoy pueden marcar Jorge Llarena o el Kun Agüero nos llevarán a los tantos lejanos de Morete o de Gárate, e incluso harán un viaje aún más largo hasta los épicos goles que nunca vimos de Silva o de Mujica. Y en cada uno de esos pitidos que preceden al gol irán apareciendo los domingos de la infancia, los amigos que no vemos hace años y hasta algún primer amor que nunca entendía tanta pasión futbolera. Ya digo que partimos de lo sublime o de lo trivial. No tiene reglas el recuerdo, y lo mismo te hace viajar con Chopin que con la banda de Agaete. Hay sonidos que nos ponen en situación inmediatamente, y casi todos ellos, por lo menos para la gente de mi generación, venían de la radio o de aquella televisión que nos colocaba a todos las mismas vivencias desde un solo canal. Muchos de ustedes seguro que viajarán conmigo si les invito a recordar la sintonía de La Ronda o del Loco de la colina, o las que aún se repiten de Tenderete o de Informe Semanal. Y no les digo nada si nos acercamos a la cantinela en pesetas de los niños de San Ildefonso, o a cualquiera de los anuncios navideños del Almendro o de aquellas muñecas de Famosa que se dirigían al portal la noche antes de que se cumplieran muchos de nuestros sueños. Y todo este panegírico del sonido viene tras el reencuentro de los partidos radiados y la fiesta de goles, anuncios de bebidas espirituosas y comentarios de actuaciones arbitrales. Somos así de previsibles. Pero no podemos olvidar que todos esos pecios que están hundidos en el océano de nuestros propios recuerdos sólo esperan una canción, un olor o unas cuantas palabras para volver a salir a flote. Da lo mismo que luego sea todo mentira.
CICLOTIMIAS
Los pies fríos a esta hora de la tarde nos avisan de que ya está a punto de llegar el otoño.
santiagogil@santiagogil.com
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PUBLICADO EN CANARIAS7

