Cayucos. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Vivimos días tristes en nuestra isla”


Cayucos

Santiago Gil


Uno quisiera escribir sobre atardeceres, playas paradisíacas o versos
de poetas que nos conduzcan por los caminos de la emoción y del
vitalismo. Podría obviar esa foto y todas las otras fotos que van
apolillando las alegrías y las pocas ganas que nos van quedando de
salir a la calle como si fuéramos a bailar la Rama. Pero es la realidad
la que va escribiendo los periódicos y la que hace cambiar los
titulares y los sumarios que estaban previstos. También es la que
remueve sus columnas y la que va marcando los argumentos sobre los que
hay que escribir.
PSICOGRAFÍAS
“Vivimos días tristes en nuestra isla”


Cayucos

Santiago Gil

Uno quisiera escribir sobre atardeceres, playas paradisíacas o versos de poetas que nos conduzcan por los caminos de la emoción y del vitalismo. Podría obviar esa foto y todas las otras fotos que van apolillando las alegrías y las pocas ganas que nos van quedando de salir a la calle como si fuéramos a bailar la Rama. Pero es la realidad la que va escribiendo los periódicos y la que hace cambiar los titulares y los sumarios que estaban previstos. También es la que remueve sus columnas y la que va marcando los argumentos sobre los que hay que escribir. Y no queda otra si uno quiere acercarse, aunque sea de soslayo, al mundo que palpita y que tenemos delante. Vivimos días tristes en nuestra isla. La muerte se ha aparecido por muchas partes y nos ha dejado perplejos y algo más sombríos. Tardaremos mucho tiempo en recuperarnos del impacto de Barajas, pero sabemos que fue un accidente, que no tiene por qué volver a pasar, y que volar, por mucho que ahora estemos dudando hasta de las puertas de los aviones, es un verbo que se lleva conjugando con seguridad desde hace muchas décadas.

Pero las otras muertes, las que nos enseñaron las fotografías de esta semana, ya han dejado de ser accidentales. Hace años que venimos recogiendo cadáveres de la costa para enterrarlos en el anonimato de un nicho sin nombre y sin historia. Uno se niega a reconocer que ese océano azul que tantos sueños despierta en nosotros se haya  convertido en un gran cementerio en el que acaban zozobrando cientos de ilusiones cada año. Nosotros, en su lugar, también estaríamos viajando en esas pateras y en esos cayucos que atraviesan el océano desafiando al sentido común. Me quito el sombrero ante todos ellos como mismo me lo hubiera quitado ante los canarios que salían para América arriesgando su vida en alta mar después de renunciar a sus paisajes y a sus querencias.

 A los que llegan a la costa deberíamos recibirlos como recibiríamos a la Unión Deportiva si ganara la Copa de Europa. Dejemos la demagogia y la macroeconomía para los pragmáticos. Casi todos nosotros sabemos que la valentía y el impulso de las migraciones es la que siempre ha ido escribiendo la historia, y los canarios deberíamos ser los primeros en reconocer que el mestizaje contribuye a engrandecer la cultura y a evitar las tentaciones nacionalistas exacerbadas. Sólo cabe el apoyo económico que contribuya al desarrollo de África para evitar esta tragedia. Mientras eso no suceda, nadie le va a poder poner diques al océano: su inmensidad, como bien sabemos los que nos hemos criado cerca de sus horizontes, nos salva al mismo tiempo que nos condena. Para ellos, para los que esta semana dejaron su vida casi a la orilla del paraíso que venían buscando, era la única puerta de salida disponible.

CICLOTIMIAS

Uno nunca deja de estar presente en aquellos lugares en los que fue realmente feliz.


santiagogil@santiagogil.com


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Alisios. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Este es nuestro verano de cada verano”


Alisios

Santiago Gil


Me dices que estás harta de la panza de burro y del color otoñal que
tienen las calles y los celajes, o que desearías estar en Maspalomas
bajo un cielo azul radiante y un sol que te recuerde todo el tiempo que
es verano. Todos los años me vienes con la misma cantinela
meteorológica y teclosa, y también me cuentas que no volverás más a Las
Canteras en julio y en agosto, que la ciudad está como dormida y que
parecemos portugueses nostálgicos de fados y neblinas.
PSICOGRAFÍAS
“Este es nuestro verano de cada verano”


Alisios

Santiago Gil

Me dices que estás harta de la panza de burro y del color otoñal que tienen las calles y los celajes, o que desearías estar en Maspalomas bajo un cielo azul radiante y un sol que te recuerde todo el tiempo que es verano. Todos los años me vienes con la misma cantinela meteorológica y teclosa, y también me cuentas que no volverás más a Las Canteras en julio y en agosto, que la ciudad está como dormida y que parecemos portugueses nostálgicos de fados y neblinas. Y yo cada verano te respondo lo mismo. Primero trato de explicarte el fenómeno de los alisios y luego acabo dejándote por imposible con tus idealizados cielos caribeños y con el reclamo, casi siempre mendaz, del catálogo de la agencia de viajes. Este es nuestro verano de cada verano, y el día que nos falte nos daremos cuenta de cuánto le debemos y de lo afortunados que hemos sido por no estar achicharrados bajo una canícula que te deja sin oxígeno, sin fuerzas y con las entendederas fuera de juego durante varias semanas. Necesitamos estas sombras para mantener nuestras neuronas a salvo.

En media hora puedes salir a buscar la luz y el cielo azul hacia las cumbres o hacia el sur de la isla, pero mientras trabajas y caminas por las calles de Las Palmas de Gran Canaria no te ves asaltado por un sol de justicia que te terminaría sacando incluso de la playa. También precisamos de la bendita panza de burro para mantener viva esa melancolía de los muchos ancestros portugueses que corren por nuestras venas. Es parte del color de nuestra infancia y de la memoria de nuestros viejos, y además le da un aire londinense o dublinés a nuestros horizontes. No dura todo el año. Ya luego, en plenas navidades, o disfrazados en febrero cuando toda Europa se congela, nosotros tenemos ese azul cobalto e intenso que nos vuelve vitalistas, bullangueros y festivos. El verano, en nuestro caso, es un respiro necesario que no nos agobia ni nos tiene soñando con sombras que nos salven del insoportable calor que otros encuentran en la calle. Todos hemos renegado alguna vez de los alisios, sobre todo los domingos, o en las vacaciones de la adolescencia; pero luego, si has vivido en algunas ciudades mesetarias o meridionales de la Península, es lo más que añoras de los estíos isleños. Ese mar de nubes que nos salva de la canícula nos lo llevaremos puesto a todas partes mientras vivamos. No seríamos los mismos sin esos días que nos vuelven un poco filosóficos mirando los brumosos horizontes portuarios. Lo fácil sería maldecir su presencia, pero tú y yo sabemos que sin esas nubes grises que nos resguardan no seríamos quienes somos. Siempre ha sido así. Lo otro no son más que postales engañosas que nada tienen que ver con nuestro verano.

CICLOTIMIAS

Son las tristezas del alma las que oscurecen la tarde. Las nubes siempre terminan pasando.


santiagogil@santiagogil.com


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El vuelo. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Nacimos para volar”


El vuelo

Santiago Gil


Cualquiera de ellos podría haber sido cualquiera de nosotros. Nos hemos
quedado para siempre en los que murieron y en los que han tenido que ir
enterrando a sus muertos. Ya volar nunca volverá a ser lo mismo. Los
canarios nacimos para emprender el vuelo. Sabemos que para descubrir el
mundo, para estudiar, para curarnos de muchas enfermedades o para jugar
campeonatos deportivos tenemos que subir al avión. Y si queremos seguir
viviendo tendremos que ser valientes y volver a emprender el vuelo. Es
ley de vida. No nos queda otra.
PSICOGRAFÍAS
“Nacimos para volar”


El vuelo

Santiago Gil

Cualquiera de ellos podría haber sido cualquiera de nosotros. Nos hemos quedado para siempre en los que murieron y en los que han tenido que ir enterrando a sus muertos. Ya volar nunca volverá a ser lo mismo. Los canarios nacimos para emprender el vuelo. Sabemos que para descubrir el mundo, para estudiar, para curarnos de muchas enfermedades o para jugar campeonatos deportivos tenemos que subir al avión. Y si queremos seguir viviendo tendremos que ser valientes y volver a emprender el vuelo. Es ley de vida. No nos queda otra.

Todos estábamos en ese maldito avión que se estrelló el pasado miércoles en Barajas. Y también hemos sufrido las mismas esperas con falsas explicaciones, los mismos ninguneos y los sempiternos, vergonzantes e injustificados retrasos. Con los años y la acumulación de miedos, neurosis e inseguridades se nos van complicando los vuelos. Y también con sucesos como éste, sobre todo con sucesos como éste. No paramos de ponernos en la piel de todos los que entraron en el avión deseando llegar a casa, o en la de aquéllos que venían a conocer nuestras playas. Tampoco podemos dejar de pensar en todos esos niños que se han visto condenados al olvido de repente. Ya sé que es parte de nuestra historia diaria. Nos movemos constantemente entre el espanto y la ilusión, entre la muerte y la vida, pero hay días en que el destino se vuelve exageradamente dantesco y horroroso. Uno quisiera que cada una de estas palabras calara en el corazón de los familiares que lo han perdido todo en ese maldito avión. Cada muerte es una pérdida total. No hay negociación ni consuelo, y lo que nos queda es agarrarnos al recuerdo y a la carga genética que nos ha ido programando para poder seguir sobreviviendo. Ya digo que uno lo daría todo por encontrar una palabra que sirviera de alivio a quienes sufren en estos momentos. Sí me gustaría transmitirles que estamos con ellos y que nos tienen a su lado para cualquier cosa que necesiten.

Muchos de los que murieron hubieran estado hojeando hoy este periódico camino de la playa o del reencuentro familiar. A ellos, sobre todo a ellos, me gustaría decirles que los que estamos por aquí no dejaremos que caigan definitivamente en el olvido. Casi todos conocemos a alguien que directa o indirectamente ha vivido de cerca esta pesadilla. Pero estoy seguro que todos los que están leyendo estas líneas han derramado alguna lágrima en  los últimos días. No recuerdo tragedia cercana más desgarradora. Los canarios nos hemos quedado un poco más huérfanos esta semana. Nacimos para volar. Por  eso cada vez que alguien le corta las alas a cualquiera de los nuestros también está acabando con el vuelo de cada uno de nosotros.


CICLOTIMIAS

Nunca lograremos vencer al tiempo y a su maldita costumbre de ir robándonos neuronas y seres queridos.


santiagogil@santiagogil.com


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Olímpicos. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Una Olimpiada lleva a otra Olimpiada”


Olímpicos

Santiago Gil

 

Aparecen
cada cuatro años como si fueran cometas cíclicos que atravesaran
nuestros televisores para recordarnos que siempre termina pasando más o
menos lo mismo. Una Olimpiada lleva a otra Olimpiada, lo mismo que un
Mundial de fútbol lleva a otro Mundial. Recordamos las gestas, pero
realmente eso no es más que una martingala para ubicarnos y
reconocernos a nosotros mismos. Cada Olimpiada tiene un lugar de
veraneo, unas imágenes de televisión, unos exámenes para septiembre o
un día de playa que en el recuerdo siempre parece que duraba más que
estos días de playa.
PSICOGRAFÍAS
“Una Olimpiada lleva a otra Olimpiada”


Olímpicos

Santiago Gil

 
Aparecen cada cuatro años como si fueran cometas cíclicos que atravesaran nuestros televisores para recordarnos que siempre termina pasando más o menos lo mismo. Una Olimpiada lleva a otra Olimpiada, lo mismo que un Mundial de fútbol lleva a otro Mundial. Recordamos las gestas, pero realmente eso no es más que una martingala para ubicarnos y reconocernos a nosotros mismos. Cada Olimpiada tiene un lugar de veraneo, unas imágenes de televisión, unos exámenes para septiembre o un día de playa que en el recuerdo siempre parece que duraba más que estos días de playa. Yo creo que Cubertain puso en marcha los Juegos Olímpicos modernos para que pudiéramos agarrarnos a algo cada cierto tiempo y para que no termináramos totalmente desnortados. A veces lo de menos es la prueba atlética o el piragüista que se empeña en agujerear el agua con una pala. Nosotros sólo estamos pendientes de nuestras referencias, del tiempo que ha pasado desde que nos manteníamos despiertos hasta las tantas para ver a Epi, Corbalán y compañía en Los Ángeles o de cuando Nadia Comaneci deslumbraba al planeta teniendo casi la misma edad que nosotros. Y de todo eso, como decía el poeta, hace ya más de veinte años.

Pero lo más paradójico de cada Olimpiada es la importancia que le damos a deportes que durante cuatro años nos importan una higa. El pobre deportista que se entrena cada día lanzando una jabalina o esgrimiendo un florete nos importa lo mismo que la última petardada de la Jesulina o que la musaraña del Cáucaso, siempre y cuando haya musarañas en el Cáucaso. Ya puede batir el récord del mundo o ganarle al Maradona de la esgrima que no nos detendremos en el breve del periódico que recoja la noticia. Tres cuartos de lo mismo pasa con el taekwondo, el judo o la mismísima natación. Debe resultar muy frustrante esforzarte a diario para que sólo te hagan caso cada cuarenta ocho meses. Eso sí, desde que nos encienden el pebetero ya controlamos de nuevo el récord mundial de los cien metros brasa o los equipos favoritos para ganar en hockey hierba o en ping pong. La verdad es que somos unos tipos curiosos, sobre todo cuando nos sentamos delante de la tele a ver cómo se desloman los demás. Pero no te engañes, lo único que haces cuando te paras a ver los lanzamientos de jabalina es pensar en ti y en el paso del tiempo. Si no existieran las Olimpiadas nos faltarían asideros para poder agarrarnos de vez en cuando a nosotros mismos. Reconoce que según se apaga la antorcha a ti lo que haga el piragüista o el saltador de trampolín te importa un pimiento.

CICLOTIMIAS

La madurez consiste en saber que hay batallas que no ganan ni la razón ni la ternura. Consiste en saber perder a tiempo y en plantar ilusiones nuevas lejos de las botas que pisaron nuestras ilusiones anteriores. Quien ha crecido en el mar haciendo castillos de arena entiende perfectamente lo que quiero decir.


santiagogil@santiagogil.com


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Agosto. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Necesitamos agosto para no extraviarnos”


Agosto

Santiago Gil



La vida nunca hubiera sido la misma de no haber existido agosto. No
importa que salgamos de vacaciones de verano en julio o en septiembre,
o que no nos movamos de casa y nos quedemos repantigados en el sillón
viendo las Olimpiadas.
PSICOGRAFÍAS
“Necesitamos agosto para no extraviarnos”


Agosto

Santiago Gil

 

La vida nunca hubiera sido la misma de no haber existido agosto. No importa que salgamos de vacaciones de verano en julio o en septiembre, o que no nos movamos de casa y nos quedemos repantigados en el sillón viendo las Olimpiadas. Sólo hace falta que alguien pronuncie el nombre de este bendito mes para que regrese  de inmediato el olor a sebas y a salitre que desde niños hemos identificado con la libertad y con esa sensación placentera que ni siquiera se deja atrapar en la asepsia de las palabras. Al paso de los años podríamos llamarle saudade, o nostalgia, o melancolía de los días en que la vida era una inacabable aventura diaria cerca del océano.

Agosto es el mes de los primeros amores. Luego los llamamos amores de verano, pero siempre cuajaban en agosto, y si no se concretaron o no llegaron a ser nos da lo mismo. Nosotros mantenemos el recuerdo confundido con las cálidas noches estrelladas y con la sensación de que, por una vez, estábamos viviendo intensamente cada segundo de nuestra propia existencia. Ahora se mantienen los veranos y, según la suerte de cada cual, también los amores, pero “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Esto último se lo leíamos a Neruda para no volvernos locos y descubrir que antes había habido otros que habían pasado por lo mismo que nosotros. Y cuando digo Neruda, digo Serrat, Silvio, Aute o Gil de Biedma. O aquellos amores en los tiempos del cólera que tanto y tanto marcaron a mi generación, con Fermina Daza y Florentino Ariza reviviendo los mismos veranos que hoy también querríamos revivir nosotros.

Necesitamos agosto para no extraviarnos y para saber que no siempre gana la rutina y la mediocridad. Y ya digo que da lo mismo que tu agosto sea en septiembre o en octubre. Cuando te acercas a la orilla del mar sabiendo que tienes todo el día para disfrutar sin horarios y sin compromisos, se activan sobre la marcha las endorfinas que nos formulan químicamente como seres alegres y relajados. Cada verano nos enamoramos por primera vez. Todo empieza de nuevo. También nos redescubrimos con más michelines y más achaques, y nos sentamos en la orilla a decirnos que no volveremos a perder tanto el tiempo, que se acabaron los días baldíos, y que vamos a hacer todo lo posible por estar siempre como recién salidos del océano, tratando de mantener el salitre más pegado al alma que al propio cuerpo. Y no importa que luego lleguen los septiembres y te veas otra vez luchando como un galeote para pagar la hipoteca y el colegio de los niños. Tú siempre sabes que algún día llegará agosto. Y que ese agosto también traerá de la mano todos los otros agostos que te salvan.

CICLOTIMIAS

Dijeron que no había llegado a nada por poco ambicioso y por buena persona. Ahora se lo estaban comiendo las moscas.

 
santiagogil@santiagogil.com


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El cubo. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“No somos más que unos fingidores”


El cubo

Santiago Gil

Vamos a hablar claro de una vez. Muchos de los que tenemos más de
treinta y cinco años lo único que sabemos hacer con los ordenadores es
fingir que controlamos. Apretamos teclas, ponemos cara de concentración
si alguien nos mira y de vez en cuando soltamos alguna palabreja
informática de nuevo cuño para que los otros crean que estamos a la
última.
PSICOGRAFÍAS
“No somos más que unos fingidores”


El cubo

Santiago Gil

 

Vamos a hablar claro de una vez. Muchos de los que tenemos más de treinta y cinco años lo único que sabemos hacer con los ordenadores es fingir que controlamos. Apretamos teclas, ponemos cara de concentración si alguien nos mira y de vez en cuando soltamos alguna palabreja informática de nuevo cuño para que los otros crean que estamos a la última. A veces crees que ya controlas algo y que más o menos te puedes ir defendiendo, pero a los tres días tienes que empezar otra vez de cero. De no ser porque para trabajar, y hasta para coger número en Correos, nos piden controlar las máquinas, en la vida nos habríamos acercado a ellas. Y claro, nosotros, erre que erre, hacemos como que sabemos para no quedarnos al margen.

Lo que sí temo es que un día de éstos se terminarán dando cuenta de que casi nadie controla y de que no somos más que unos fingidores. Y es que tampoco te puedes dormir en los laureles. Si lo haces te sacan del juego sobre la marcha y te dejan en la misma esquina en la que ponían a los que no aprobaban ni la gimnasia en el colegio. Pero ya no se dice gimnasia sino Educación Física. Tampoco hay una asignatura que se llame Pretecnología. Ahí está clave. Qué se puede esperar de una generación a la que sólo se le enseñó pretecnología. Pues posiblemente lo que estamos demostrando.
Nuestra única tecnología punta era el cubo de Rubik, y a él le debemos las pocas nociones de razonamiento lógico que se nos ocurren para no parecer analfabetos funcionales. Con el cubo de marras estábamos varias semanas dale que te pego, todo el santo día con los colores para arriba y para abajo tratando de ponerlos en fila india. Descubrimos, eso sí, que tenía truco; y eso es algo que luego nos ha servido para saber que la vida también se maneja igual, aunque ya a esos trucos no llegamos ni quemándonos las cejas, ni buscando el arjé de la fisis.

Aquel cubo que ahora parece una reliquia tecnológica era nuestra Nintendo y nuestra Wii, y también el único portátil que llevábamos a todas partes junto con el balón de reglamento y el estuche de lápices de colores. Cuento esto para que los que ahora tienen veinte años sepan algo más de nosotros y nos traten con una cierta consideración cuando nos vean penando delante de las pantallas. Nosotros, les recuerdo, sólo estudiamos pretecnología. Los maestros de entonces no fueron capaces de vislumbrar el mundo que venía. Es verdad que siempre se está aprendiendo, pero nada es lo mismo y pasa como con los idiomas, que sólo se asientan bien en el cerebro cuando se aprenden de niño. A nosotros que nos dejen mover los cuadrados de colores del cubo de Rubik. Si nos sacan de ahí ya no respondemos.

CICLOTIMIAS

Se recordaba descalza en la orilla fría de la tarde frente al océano. Se veía niña, feliz, negra y hermosa. La patera se hundió en mitad del Atlántico y sus sueños quedaron flotando entre Jandía y la costa del Sáhara. Su memoria es ahora la memoria de los peces.

 
santiagogil@santiagogil.com


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El ruido. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Sin escucharnos es imposible que aprendamos”


El ruido

Santiago Gil

 

No
voy a escribir de los trinos festivos de los pájaros ni de la música de
Bach. Tampoco de los cantos de una parranda, de los bandoneones que
desgranan tangos o de un guitarreo rockero de Jimi Hendrix. El ruido es
otra cosa, y además nunca lo elegimos nosotros. Hablo de la moto que a
las cuatro de la madrugada pasa bajo tu ventana haciendo temblar la
casa, o del machango que está empeñado en ponernos a toda pastilla en
su coche la música que le devuelve directamente a la selva.
PSICOGRAFÍAS
“Sin escucharnos es imposible que aprendamos”


El ruido

Santiago Gil

 
No voy a escribir de los trinos festivos de los pájaros ni de la música de Bach. Tampoco de los cantos de una parranda, de los bandoneones que desgranan tangos o de un guitarreo rockero de Jimi Hendrix. El ruido es otra cosa, y además nunca lo elegimos nosotros. Hablo de la moto que a las cuatro de la madrugada pasa bajo tu ventana haciendo temblar la casa, o del machango que está empeñado en ponernos a toda pastilla en su coche la música que le devuelve directamente a la selva.

 Si vas al cine, lo más probable es que te toque cerca algún pesado que no para de retransmitir la película o de sacar paquetes de cualquier cosa supuestamente comestible. En la guagua ya casi todo el mundo va hablando por el móvil, siempre y cuando no te toque un conductor con gusto por las rancheras o por las pachangas de verbena. En ese caso no hay conversación que se salve, ni tampoco libro o periódico que aguante los decibelios. Se entiende que pagamos para viajar, y, si nos dejan, para disfrutar del paisaje, pero últimamente estamos confundiendo los conceptos y lo mismo te toca un discjockey en una guagua que un orador impenitente en el cine o en el teatro. Los conciertos, sobre todo los de música clásica, son caso aparte. Yo a veces no sé si la gente va a toser o a escuchar un pizzicato de violín. Fue sonada, recuerdo, la parada en seco del director Christian Thielemann en el Festival de Música de Canarias de hace dos años. El hombre notaba cómo cada quince segundos se le colaban toses que no reconocía en las partituras, y, claro, lo que se estaba escuchando sonaba a rayos. Y no es que con esto esté diciendo que la gente se asfixie, pero, hombre, siempre se puede llevar un caramelito en el bolsillo. Lo que no es de ley es que también acabemos matando a Chopin y a Mozart con nuestros desplantes y nuestras malas costumbres.

Ya, ya sé que soy un poco maniático del ruido, lo reconozco, pero estarán conmigo en que estamos dejando que los ruidosos hagan lo que les dé la real gana. No vamos a cargarnos los coches o las motos, pero creo que sí debemos exigir que su utilización no conlleve un ataque a nuestro descanso. O igual lo que pasa es que estamos intentando no escucharnos por miedo a reconocernos. Pero, claro, sin escucharnos es imposible que aprendamos nada de nosotros; lo mismo que sin el silencio tampoco podremos acercarnos a los libros, a la buena música o a la naturaleza. El ruido sólo contribuye a que estemos cada día más agresivos y más embrutecidos. Y no es que pida que regresemos a la noche de los tiempos, pero sí sería todo un detalle por nuestra parte mantener a salvo la armonía que, entre largos y sabios silencios, todavía transmiten algunos de nuestros abuelos.

CICLOTIMIAS

No busques fuera. Todos los extravíos acontecen en tu propio laberinto.

 
santiagogil@santiagogil.com


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La Rama. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“Fuimos felices habitando un trozo de paraíso”


La Rama

Santiago Gil



Uno no
abandona nunca los lugares en los que ha sido feliz. Te quedas en las
pupilas de un primer amor, en las canciones que entonabas junto a los
improvisados amigos de las fiestas de verano o en cualquier orilla que
reflejara la alegría desbordante de tus diecisiete años. Dice el adagio
que uno es del lugar en el que estudió el Bachillerato. Lo suscribo,
entre otras cosas porque en esos años vamos descubriendo las claves del
juego de vivir con todas sus luces, y con las malditas sombras que ya
desde entonces se empeñaban en nublarnos lo que para nosotros era una
fiesta interminable.
PSICOGRAFÍAS
“Fuimos felices habitando un trozo de paraíso”


La Rama

Santiago Gil

 

Uno no abandona nunca los lugares en los que ha sido feliz. Te quedas en las pupilas de un primer amor, en las canciones que entonabas junto a los improvisados amigos de las fiestas de verano o en cualquier orilla que reflejara la alegría desbordante de tus diecisiete años. Dice el adagio que uno es del lugar en el que estudió el Bachillerato. Lo suscribo, entre otras cosas porque en esos años vamos descubriendo las claves del juego de vivir con todas sus luces, y con las malditas sombras que ya desde entonces se empeñaban en nublarnos lo que para nosotros era una fiesta interminable. Pero también somos de los veranos de la adolescencia y de la primera juventud, de cada uno de aquellos días estivales en que fuimos dejando escritas muchas de las mejores páginas de nuestra vida. Eso es algo que descubres luego, cuando pasa el tiempo y asumes que son pocas las sensaciones que disfrutas con la bendita inocencia aventurera de aquellos años. Cada día que pasa nos volvemos más teclosos, más tristes y más pusilánimes. Y también asumimos que todo es cíclico, y que más tarde o más temprano termina la fiesta y vuelve la rutina y la resaca de una mediocridad cada vez más insoportable.

Pero en mis veranos, sobre todo en los primeros días de agosto, no le dábamos tregua al hastío. Año tras año nos juntábamos en Agaete una pandilla de soñadores que con el tiempo nos reconocemos casi como hermanos. La Rama era parte de la fiesta. Desde el primer acorde mañanero del 4 de agosto todo se volvía diversión y baile desaforado junto a los papagüevos de Chachá, Cristo, Maggie o Faneque. Nosotros, además, teníamos la suerte de conocer la cara humana de cada uno de esos papagüevos; desde la inolvidable Maggie, que en su día dejó el New York Times para disfrutar de cada minuto de vida en el paraíso culeto, hasta el bueno de Chachá cuando montaba sus improvisadas verbenas nocturnas de canciones y de bailes en las calles del pueblo. Aunque no volvamos a Agaete, en unas horas todos nosotros estaremos pendientes del volador y de La Madelón. Nos basta con cerrar los ojos e imaginar el cielo azul, el verde intenso de las ramas y el blanco recién encalado de las casas. Lejos de las islas, ése ha sido siempre uno de mis recuerdos salvadores cuando quiero evocar el paraíso del que provengo. Pero no nos dio resultado lo de agitar las ramas en la orilla. No hubo milagro que venciera al deterioro del tiempo y de la especulación. Un buen día nos encontramos un antiestético dique de hormigón robándonos el horizonte. La fiesta ya no acababa como antes, con el mar inmenso delante de nuestros ojos y el sol cayendo majestuoso al lado del Teide. Ahora sólo nos quedan unos cuantos acordes para recordar que un día fuimos felices habitando un trozo de paraíso. Por eso me imagino que necesitamos seguir bailando.


CICLOTIMIAS

El vino, antes de ser vino, es un líquido espantoso. Date tiempo.

santiagogil@santiagogil.com


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Antepasados. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“El amor se reconoce siempre en la mirada”


Antepasados

Santiago Gil


El amor se reconoce siempre en la mirada. Uno va por la calle, o está
en una fiesta, o anda facturando el equipaje en el aeropuerto, y de
repente se cruza con una mirada que le cambia la vida. Tenemos la
sensación de que esos ojos los conocemos de siempre, desde mucho tiempo
antes de venir nosotros al mundo. Se activan las endorfinas, se
desperezan los sentidos y una química cercana al paraíso nos lleva de
un lado para otro en volandas. Si el reconocimiento es mutuo y fragua
el milagro todo se vuelve maravilla, aunque no siempre estamos atentos,
y a veces pasa junto a nosotros el amor de nuestra vida y no nos
enteramos.
PSICOGRAFÍAS
“El amor se reconoce siempre en la mirada”


Antepasados

Santiago Gil

El amor se reconoce siempre en la mirada. Uno va por la calle, o está en una fiesta, o anda facturando el equipaje en el aeropuerto, y de repente se cruza con una mirada que le cambia la vida. Tenemos la sensación de que esos ojos los conocemos de siempre, desde mucho tiempo antes de venir nosotros al mundo. Se activan las endorfinas, se desperezan los sentidos y una química cercana al paraíso nos lleva de un lado para otro en volandas. Si el reconocimiento es mutuo y fragua el milagro todo se vuelve maravilla, aunque no siempre estamos atentos, y a veces pasa junto a nosotros el amor de nuestra vida y no nos enteramos. O lo rechazamos por no saber mirar más allá del físico o de la cuenta corriente. Pero quedan muchas vidas y muchos años para que alguna vez coincida ese inevitable reconocimiento. O eso al menos es lo que piensan siempre los contrariados y los que no entienden cómo diablos se puede llegar a estar tan despistado o tan despistada como para dejar que pase de largo el amor y todos sus euforizantes y milagrosos efectos secundarios.

Con nuestros familiares desconocidos pasa algo parecido. Te detienes ante un gesto o una mirada y crees reconocer a un hermano. La sangre y la genética tiran de ti, pero tú no te enteras y sigues tu camino. Pasa sobre todo en las islas, en donde muchos de nosotros estamos inevitablemente emparentados si tiramos trescientos años hacia atrás. Las calles están llenas de descendientes con los que compartimos un tatarabuelo o un bisabuelo del que tampoco conocemos nada. Y, sin embargo, de los desvelos de aquel tatarabuelo que iba y venía a América buscando fortuna venimos todos nosotros. No se embarcaba y se jugaba la vida en alta mar por él, sino por los que estábamos por llegar en el vientre de sus hijas o de las nietas de sus hijas. Es lo mismo que hoy hacen quienes llegan en pateras y cayucos: sólo vienen buscando para sus descendientes el futuro que a ellos les ha sido vedado. Y en unos años también los suyos se tropezarán por las aceras sin reconocerse. Sentirán esa llamada de la sangre que nos retiene unos segundos en la calle cuando casi nos reconocemos en el otro, pero seguirán su camino creyendo que vienen de la nada. Es lo que hoy hacemos nosotros. Y supongo que será también lo que seguirán haciendo los hijos de los hijos de nuestros hijos si algún día alcanzaran a cruzarse en Triana. Siempre estamos pasando de largo. Incluso cuando nos tropezamos con nosotros mismos.

CICLOTIMIAS

Le tenía un miedo cerval a los cangrejos porque le recordaban a los cobardes. Como éstos, atacaban sólo cuando estaban ocultos en sus escondites. Nunca daban la cara, te miraban escondiendo los ojos y desde que podían caminaban para atrás. Desde niño supo que eran ellos los que llegarían más lejos: eran los mejores que soportaban los embates violentos de las olas.

santiagogil@santiagogil.com


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Las máquinas. Santiago Gil

PSICOGRAFÍAS
“No sólo se conjuran los necios”


Las máquinas

Santiago Gil


No sólo se conjuran los necios. También las máquinas tienen montadas
sus propias estrategias para sacarnos de quicio. Hace años, nuestros
padres compraban una lavadora o una nevera y estaban al lado de la
familia toda la vida. Incluso nos íbamos de casa y la máquina seguía
funcionando convenientemente sin dejar de enfriar la comida o de lavar
la ropa. A lo mejor se volvían más asmáticas y se ponían más ajadas,
pero no fallaban ni se apagaban de la noche a la mañana sin venir a
cuento.
PSICOGRAFÍAS
“No sólo se conjuran los necios”


Las máquinas

Santiago Gil

No sólo se conjuran los necios. También las máquinas tienen montadas sus propias estrategias para sacarnos de quicio. Hace años, nuestros padres compraban una lavadora o una nevera y estaban al lado de la familia toda la vida. Incluso nos íbamos de casa y la máquina seguía funcionando convenientemente sin dejar de enfriar la comida o de lavar la ropa. A lo mejor se volvían más asmáticas y se ponían más ajadas, pero no fallaban ni se apagaban de la noche a la mañana sin venir a cuento.

Ahora no ocurre eso, ahora lo normal es que compres una máquina, no sé, pongamos por caso una tele de plasma o una secadora, y que se te pare de repente justo cuando han pasado un par de semanas del vencimiento de la garantía. Ya todo lo hacen para que consumamos y no nos durmamos en los laureles de lo anticuado o de lo meramente útil. Los aparatos, además de cumplir su función, tienen que tener un diseño y unas formas que se ajusten al mobiliario zen de nuestras casas o a los caprichos de los decoradores. Pero lo de dentro, la maquinaria, se conoce que no va con los nuevos tiempos, porque uno entiende que los nuevos tiempos han de mejorar siempre a los que quedaron atrás. En este caso los programas informáticos que instalan dentro de los aparatos, o la calidad de los cables y de los fusibles, no tienen nada que ver con aquellos artilugios que duraban toda una vida. Y encima ahora tampoco hay recambios. En un par de años desaparecen y cambian todas las piezas, y cuando estás delante del electricista se encoge de hombros y te dice que no tiene nada que hacer, y que él lo que haría es comprar algo nuevo sobre la marcha. “¿Una nueva? ¿Pero si esa tele la compramos hace apenas tres años?” Sí, una nueva con las mismas vergonzantes promesas de calidad contrastada, y así estamos cada cuatro o cinco años, saliendo de un crédito y entrando en otro sobre la marcha, que ya me dirán ustedes cómo diablos no vamos a estar siempre en crisis. Lo que ya no sé es si no serán los propios aparatos los que se irán dando aviso unos a otros sobre las fechas de rompimiento. Me imagino a la secadora de madrugada contándole a la lavadora que a partir del día siguiente si quieren secar la ropa ya la pueden ir tendiendo en una azotea. Y nosotros, mientras, nos pasamos la vida trabajando de sol a sol para pagar aparatos, hipotecas y contribuciones urbanas. Nos venden tecnología punta, pero todo se queda en la fachada y en el folleto de publicidad: a la hora de la verdad no nos ofrecen más que unas pobres máquinas moribundas. Incluso nosotros, que ya es decir, somos más inmortales que la mayoría de ellas.

CICLOTIMIAS

Tenía cinco minutos para decidir qué hacía con su futuro. Debía elegir entre Ciencias o Letras y la secretaria del instituto se estaba impacientando.

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PUBLICADO EN CANARIAS7




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