La crisis. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Aquí no venimos con ningún guión escrito”

La crisis
Santiago Gil
un best seller ni una de esas previsibles películas americanas en las
que siempre pasa lo mismo. Lo bueno de nuestra existencia es que es
imprevisible y azarosa. Llámalo milagro si quieres. En el fondo, si lo
piensas fríamente, no somos más que un milagro. Venimos de la nada y
vamos hacia otra nada desconocida.
“Aquí no venimos con ningún guión escrito”

La crisis
Santiago Gil
Aquí no venimos con ningún guión escrito. La vida no es un best seller ni una de esas previsibles películas americanas en las que siempre pasa lo mismo. Lo bueno de nuestra existencia es que es imprevisible y azarosa. Llámalo milagro si quieres. En el fondo, si lo piensas fríamente, no somos más que un milagro. Venimos de la nada y vamos hacia otra nada desconocida. A lo largo de ese camino nos enamoramos, nos bañamos en el mar, aprendemos de los golpes cotidianos, nos aburrimos y andamos constantemente dudando entre si esto es un paraíso o un infierno. Las crisis las encontramos en medio de todas esas contingencias cotidianas. Ahora, por ejemplo, andamos en crisis. Suben las hipotecas, pierden poder adquisitivo los sueldos y no damos con una solución para lo de las energías. Como no sabemos por dónde buscar respuestas, nos ponemos a mirar como lelos hacia la pantalla del televisor para ver si alguien se presenta con una solución efectiva e inmediata. Pero los telediarios no tienen nada que ver con esas películas previsibles que contaba al principio. En la vida real aparece todo cada vez más embarullado, y nunca sale James Stewart sonriendo de oreja a oreja como en Qué bello es vivir, ni tampoco nos van cayendo ángeles salvadores desde el cielo.
La actual crisis, más que económica, es de valores. Uno se siente como si viniera interpretando una obra de teatro y de repente, en mitad de la función, le cambiaran el decorado. O como si vestidos con ropajes del siglo XVII nos colocaran mañana mismo en medio de la Quinta Avenida. No sabes cómo moverte para no meter la pata y no llamar la atención. Todo queda fuera de lugar. Es lo que nos está sucediendo a nosotros. Nos vendieron una milonga de bienestar y felicidad bobalicona, y no queríamos ver que la mayor parte de la humanidad se seguía muriendo de hambre o que estábamos deteriorando el planeta. Ahora no nos queda más remedio que quitarnos las ropas pasadas de moda si queremos seguir protagonizando dignamente esta comedia diaria. No basta con bajar el euribor o los tipos de interés. La solución requiere un esfuerzo mucho más enjundioso. No soy de los pesimistas. En unos años este pequeño calvario, cíclico y habitual a lo largo de nuestra propia historia, se convertirá en un recuerdo lejano. Pero como en las otras crisis del pasado, nos veremos obligados a cambiar por completo el guión que nos habían dado al principio de la obra. Los valores, la forma de concebir las relaciones con nuestros semejantes o el cuidado de nuestro entorno serán los capítulos estelares de ese nuevo argumento. Lo único que sí sabemos es que los protagonistas seguiremos siendo igual de mortales, y que el final, pase lo que pase, tiene que quedar siempre abierto.
CICLOTIMIAS
Se reía por cualquier cosa, y la verdad es que la gente ya lo tomaba por idiota: si se es feliz hay que aprender primero a disimularlo.
santiagogil@santiagogil.com
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La raíz. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Cuando entra en juego el azar se acaba el formulismo”

La raíz
Santiago Gil
En la vida nos condenan muchas veces al mal de Diógenes. A lo largo de
los años nos han obligado a acumular conocimientos, recuerdos y objetos
que no nos han servido absolutamente para nada. Ni hemos encontrado
emoción, ni nos han compensado los esfuerzos de concentración o
aprendizaje. Es normal que habiendo gastado tantas neuronas
innecesariamente acabemos luego desorientados y sin saber por dónde
diablos se encuentra la puerta de salida.
“Cuando entra en juego el azar se acaba el formulismo”

La raíz
Santiago Gil
En la vida nos condenan muchas veces al mal de Diógenes. A lo largo de los años nos han obligado a acumular conocimientos, recuerdos y objetos que no nos han servido absolutamente para nada. Ni hemos encontrado emoción, ni nos han compensado los esfuerzos de concentración o aprendizaje. Es normal que habiendo gastado tantas neuronas innecesariamente acabemos luego desorientados y sin saber por dónde diablos se encuentra la puerta de salida. No sé si el cerebro será o no será rencoroso, pero que pasa factura y cobra lo que le haces es algo que creo que nadie puede negar. De lo que lo vayamos alimentando dependen nuestros equilibrios y lo mucho o poco que sepamos sobrellevar eso que los tremendistas denominan los embates de la vida.
Pero vamos a hablar claro de una vez. A quién le pedimos cuentas por las neuronas desperdiciadas en adquirir conocimientos que luego no nos han servido para nada. Las raíces cuadradas, por ejemplo. Quitando a los matemáticos y a los ingenieros, alguien me puede decir para qué le ha servido una raíz cuadrada en su vida cotidiana. Si al menos sirviera para soportar un desamor o para estirar la nómina y llegar a fin de mes, a lo mejor perdonábamos a los que se empeñaron durante semanas en martirizarnos con aquellos bailes de números que ahora resuelve en un plis plas la calculadora de cualquier teléfono móvil. Unos dirán que lo hacían para desarrollar nuestro intelecto, pero qué intelecto. Ese es el problema: en lugar de llevarnos a jugar un partido de fútbol en la playa de Las Canteras, nos torturaban con fórmulas matemáticas; y ahora, al paso de los años, los cerebritos que están al frente de todos los cotarros no saben ponerle imaginación o espiritualidad a la vida. Y tampoco se atreven a contarnos que no les valen para nada las fórmulas, entre otras cosas porque ellos saben que cuando entra en juego el azar se acaba el formulismo y empieza la aventura, con toda la bendita anarquía que eso conlleva.
Pero sigamos poniendo las cartas boca arriba. Cuántos de ustedes recuerdan cómo se resolvía una raíz cuadrada. No, no vale volver al cuaderno escolar, ni meterte en Internet, ni tampoco preguntarle rápido al chiquillo que está en la habitación peleándose con las mismas fórmulas que también nos robaban a nosotros tantos y tantos días de la bendita infancia. Reconoce que no te acuerdas, y que además no te han servido para nada en todos estos años. Ni la raíz cuadrada ni la trigonometría. La vida es otra cosa que no tiene nada que ver con las matemáticas. Pero cuando lo empiezas a ver claro ya no te quedan neuronas para resolver el entuerto.
CICLOTIMIAS
Le llamó Herodes Judas Caín a su primer hijo para amargarle la vida. Se llamaba Otelo y estaba seguro que el niño no era de él.
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