Los títulos. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“No valen los planes ni las consignas”
Los títulos
Santiago Gil
Generalmente el título es lo último que escribo. Parece un
contrasentido, pero la propia vida también lo es y nadie monta ningún
gorigori por eso. Hasta que no llegas al final no sabes cómo va a
quedar el asunto. En las novelas, por ejemplo, te puedes ver matando en
la página veinte al que pensabas que iba a ser el personaje principal o
escribiendo sobre la soledad cuando lo que pretendías era acercarte al
jolgorio de los carnavales.
“No valen los planes ni las consignas”
Los títulos
Santiago GilGeneralmente el título es lo último que escribo. Parece un contrasentido, pero la propia vida también lo es y nadie monta ningún gorigori por eso. Hasta que no llegas al final no sabes cómo va a quedar el asunto. En las novelas, por ejemplo, te puedes ver matando en la página veinte al que pensabas que iba a ser el personaje principal o escribiendo sobre la soledad cuando lo que pretendías era acercarte al jolgorio de los carnavales. Titulando desde un primer momento corres el riesgo de que luego el título no se parezca ni a la realidad ni a lo que finalmente terminas escribiendo.
La cosa es ir empujando el carro un poco más cada día que pasa. No valen los planes ni las consignas. Está bien marcar una serie de objetivos y defender hasta donde podamos algunos valores esenciales que hagan que esto no acabe pareciéndose a un infierno. Pero lo sabio consiste también en saber cambiar a tiempo esos argumentos que pensábamos protagonizar si vemos que todo se pone en nuestra contra o que los mimbres que tenemos no dan para lo que pretendíamos. A los nueve años puedes soñar con jugar de pívot en la NBA, pero si luego no pasas del metro ochenta lo mejor es que cambies de posición o de sueño sobre la marcha. Nadie tiene por qué frustrarse en ningún fracaso. Las metas son tan azarosas como la propia vida que nos rodea. Nos las han podido imponer inconscientemente la familia, los maestros, los medios de comunicación o una película que nos marcó el destino cuando estábamos en la edad del pavo. Aquí se empieza cada día desde cero. Los sueños hay que rehacerlos y ajustarlos a nuestras propias circunstancias. Y no me contradigo si digo que en ese pragmatismo diario caben los sueños imposibles. Es parte del propio juego. También están los que requieren la llegada de otros tiempos menos atrabiliarios y mercantilistas para concretarse. Y ya digo que no pasa nada si no se concretan o si hemos de cambiarlos de arriba abajo para poder seguir sobreviviendo. Lo triste es comprobar que hay gente que lo da todo por perdido porque perdieron un sueño, o dos, o incluso quince o veinte. La felicidad consiste en saber buscar y en rehacer desde la nada cuando parece que lo tenemos todo perdido. No hay mañana que valga la pena si uno no se ajusta a ella con todas las consecuencias. A veces nuestra felicidad depende de nosotros, pero otras muchas veces estamos a expensas de los hados y de los azares tanto como lo están los pájaros silvestres de la climatología o del vuelo rasante de las rapaces. No vale titular de antemano. Todo queda a expensas de la trama diaria. Para ser felices hemos de aprender a ser flexibles a la hora de escribirnos y de titularnos a nosotros mismos. Dejemos que sean otros los que nos escriban los epitafios.
CICLOTIMIAS
Al barrer las calles también nos están barriendo a nosotros con todos nuestros pasos y todos nuestros sueños perdidos en las aceras.
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Los saludos. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“La soledad comienza cuando nadie te conoce por la calle”
Los saludos
Santiago Gil
soledad de las ciudades comienza cuando nadie te conoce por la calle.
En los pueblos te sientes siempre más acompañado. Es cierto que a veces
agobia la gente meticona y la sensación de que a uno le están mirando
desde todas las celosías y desde todas las ventanas entreabiertas.
“La soledad comienza cuando nadie te conoce por la calle”
Los saludos
Santiago GilLa soledad de las ciudades comienza cuando nadie te conoce por la calle. En los pueblos te sientes siempre más acompañado. Es cierto que a veces agobia la gente meticona y la sensación de que a uno le están mirando desde todas las celosías y desde todas las ventanas entreabiertas. Las grandes ciudades como Londres o Nueva York te dejan siempre solo por las aceras cuando más falta hace una mirada cómplice o un par de palabras que te levanten el ánimo. Reivindico el anonimato y la bendita vida privada que no deba explicaciones a nadie, pero no a costa de afectos. Hay términos medios, ciudades que se mueven entre lo vecinal y lo cosmopolita, en donde nos sentimos más sosegados y más seguros. En Las Palmas de Gran Canaria todavía es posible tropezarse con amigos por las calles. Por eso quizá nos atrae tanto a pesar del ruido y del caos mañanero de los días laborables. También está el mar, la necesaria presencia que más se requiere cuando pintan bastos o cuando los tiempos vienen cargados de funestos vaticinios.
En Madrid o en Bruselas ya casi nadie te mira a los ojos cuando caminas por la acera. De niños, los que nos criamos en un pueblo pequeño, aprendimos quiénes eran los prepotentes y los engreídos. No lo sabíamos entonces, pero nos quedábamos de una pieza cuando no devolvían nuestro saludo. Nos habían enseñado a dejar paso a las señoras mayores en las aceras y a saludar a quienes te tropezabas en la tienda de ultramarinos o en la barbería en la que te rapaban como a un niño de postguerra. Con el tiempo descubrimos que aquellos individuos de mirada torva eran justamente los canallas. Más o menos eran todos parecidos. Igual había alguno que por timidez negaba el saludo, pero no era lo normal. A los engreídos se les reconocía porque ni miraban a los ojos ni devolvían nuestras inocentes salutaciones infantiles: los canallas siempre se entienden entre sí sin necesidad de mirarse a los ojos. Si realmente se miraran los unos a los otros descubrirían que hace ya mucho tiempo que caminan sin sombra y sin decencia.
La sensación de desarraigo comienza siempre en la palabra. No hay angustia mayor que sentirte extranjero en un lugar en el que ni siquiera sabes qué es lo que está diciendo la gente a tus espaldas. Por eso los canarios tiraron siempre hacia América cuando tuvieron que salir buscando nuevas tierras en las que asentar sus esperanzas de futuro. Sólo te acoge la palabra y la mirada limpia de quien te recibe. No debemos olvidarlo cada vez que nos cruzamos con quienes han venido desde muy lejos buscando lo que buscaron antes nuestros abuelos en otros continentes. No vale bajar la mirada. Si lo hacemos nos acabaremos pareciendo a aquellos indeseables que recorrían altaneros y engreídos las calles de nuestros pueblos.
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Todos los seres humanos tenemos, inevitablemente, una orilla común. Da lo mismo lo lejos que estés de la costa.
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Virtuales. Santiago Gil
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“Ya hay un lugar en el que cualquiera puede encontrarnos”
Virtuales
Santiago Gil
Hay preguntas que siguen sin respuestas desde la noche de los tiempos.
En el periodismo nos enseñaron desde el primer momento que las noticias
se completan respondiendo una serie de preguntas que se supone que se
hará el lector. El qué, el quién, el cuándo o el dónde suelen estar
respondidas en casi todas las informaciones que ustedes leen a diario
en la prensa escrita. A veces cuesta llegar a esas respuestas, pero con
un poco de esfuerzo, con buenas fuentes y con un buen instinto
periodístico se suele completar cada día el rompecabezas de la vida
cotidiana.
“Ya hay un lugar en el que cualquiera puede encontrarnos”
Virtuales
Santiago GilHay preguntas que siguen sin respuestas desde la noche de los tiempos. En el periodismo nos enseñaron desde el primer momento que las noticias se completan respondiendo una serie de preguntas que se supone que se hará el lector. El qué, el quién, el cuándo o el dónde suelen estar respondidas en casi todas las informaciones que ustedes leen a diario en la prensa escrita. A veces cuesta llegar a esas respuestas, pero con un poco de esfuerzo, con buenas fuentes y con un buen instinto periodístico se suele completar cada día el rompecabezas de la vida cotidiana. Otra cosa son las respuestas que hay buscar para entendernos a nosotros mismos. Ya ahí se maneja cada cual como buenamente puede o como le dejan. Los quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos forman parte de nuestro genoma más interrogante y enrevesado. Hasta ahora seguimos sin contar con respuestas convincentes. Nadie ha vuelto nunca del otro lado del espejo.
Pero a pesar de dejar sin respuestas las preguntas fundamentales nos hemos ido acostumbrando a vivir más o menos dignamente según la suerte y según las circunstancias, casi siempre tan azarosas y proteicas como la vida misma. Y además hemos aprendido a ser virtuales. Hacía meses que varios amigos me insistían para que abriera un perfil en Facebook, un sitio de Internet en el que ya se cuentan más de ciento veinte millones de personas censadas y localizadas. Como soy un Aries con ascendente Libra, me veo siempre entre la impulsividad y la moderación, y según los casos gana Marte o gana Venus. Está vez ganó Marte y me aventuré con lo del perfil. A las pocas horas de colgar mis datos aparecieron amigos por todas partes que querían saber de mí, de ese otro yo que se mueve por la Red y que contesta y responde sin necesidad de que nadie cerciore su existencia. En Facebook te aparecen compañeros de colegio y de universidad de los que no sabías nada hacía años, amigos de otros países o compañeros de fatigas en ciudades lejanas en las que viviste alguna vez. Te vuelves virtual y dudas hasta de tu propia existencia. Sigues sin responder a esas preguntas esenciales que contaba hace un rato, pero casi te ves siendo otro en medio de la aldea global. No es de coña, pero uno llega a pensar que ese otro que se mueve por la virtualidad se quedará chateando aunque nosotros ya no estemos. Se abre una nueva manera de relacionarnos los unos con los otros en el ciberespacio. Y de eternizarnos. Ya hay un lugar en el que cualquiera puede encontrarnos. Sólo precisamos un perfil. Les basta con eso. Con una buena foto ya eres otro sin dejar nunca de ser el mismo.
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Qué más da que te confundas de día, de mes o de año en el almanaque. Más tarde o más temprano descubrirás que es imposible atrapar al tiempo entre los números.
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La canción. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Los boleros nunca mienten”
La canción
Santiago Gil
Hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras. Lo
dice el bolero y los boleros, por más que algunos se empeñen en lo
contrario, nunca mienten. Tampoco mienten los tangos cuando aseguran
que hoy sigue valiendo lo mismo un burro que un gran profesor o que
vivimos revueltos en un mismo lodo, todos manoseados. Con Yira
aprendimos que en la vida llega un momento en que te encuentras secas
las pilas de todos los timbres en los que tocas pidiendo ayuda.
“Los boleros nunca mienten”
La canción
Santiago GilHay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras. Lo dice el bolero y los boleros, por más que algunos se empeñen en lo contrario, nunca mienten. Tampoco mienten los tangos cuando aseguran que hoy sigue valiendo lo mismo un burro que un gran profesor o que vivimos revueltos en un mismo lodo, todos manoseados. Con Yira aprendimos que en la vida llega un momento en que te encuentras secas las pilas de todos los timbres en los que tocas pidiendo ayuda. Pero siempre, aunque uno contradiga a Gardel, nos queda la música para no perder el norte de nuestra propia biografía. Una canción, como dice Pedro Guerra, es un libro de viajes, y en ella rebrotan los recuerdos y los días que quedaron unidos a otras canciones que por más tiempo que pase siempre nos llevan de vuelta al lugar en el que un día fuimos felices. Y si no lo fuimos, el sortilegio de la música nos permite endulzar las penas con la melodía de la distancia.
No entendería la vida sin la música. Desde Bach hasta Serrat, pasando por el jazz, el rock, la bosanova o la malagueña canaria. Todo lo que vibra y hace vibrar vale la pena. No entiendo a los que se resisten al poder de las emociones y reniegan de lo sencillo o de lo excelso por una alicorta cuestión de principios. Cada canción que escuchamos nos va perteneciendo a medida que la vamos haciendo nuestra. Sólo con tararear Tenerife de Braulio, uno regresa a las perritas de vino en La Laguna; lo mismo que se vuelve a las primeras citas que aún nos esperan a las cuatro y diez si recordamos que James Dean tiraba piedras a una casa blanca y que entonces la besamos, y que era verdad, como cantaba Aute, que sus labios parecían de papel, y que uno era capaz de darle una canción cuando aparecía el milagro del amor, o de gritar hasta el desconsuelo el Ne me quitte pas si nos dejaban con el corazón roto y malherido. Y si alguna vez fuimos sabios en amores lo aprendimos de sus labios cantores cuando pedíamos que nos tomaran tal como éramos y que no nos obligaran a crecer. Desde Yesterday todas las penas parecen ya lejanas. Aquel reloj que pedíamos que se detuviera en las noches de verano siguió marcando las horas. No le conmovió que nuestra vida, como cantábamos exagerados y románticos, se pudiera apagar. No pasó nada. Aquí estamos, rememorando entre canciones que nos fueron escribiendo. Ya no somos tan tremendos, pero de vez en cuando sí es verdad que la vida, como cantaba Serrat, nos vuelve a pasear por las calles en volandas. Y es cierto que no quedaría rastro de nosotros de no habernos cantado alguna vez. Uno querría, parafraseando a Alberto Cortez, tener un corazón de guitarra para volver cada vez que fuera necesario. No nos encontraríamos con aquél que fuimos, pero sí con los únicos recuerdos que merecieron quedarse a nuestro lado para siempre.
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En las raíces de los árboles también se acaban percibiendo los olores de los fondos oceánicos.
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El nudo. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Nos olvidamos que desatar el nudo era realmente lo más fácil”
El nudo
Santiago Gil
Las repeticiones de los actos cotidianos suelen conducir al olvido. No
valoramos los esfuerzos que tuvimos que hacer para aprender el
abecedario o la tabla de multiplicar. En nuestra concepción cada día
más egocéntrica de la vida, a veces nos llegamos a creer que venimos
enseñados y con todos los manuales ya sabidos de antemano. Nos
olvidamos de los maestros y de quienes aprendimos lo esencial de
nuestra existencia. Por eso andamos hoy medio desorientados y sin saber
qué hacer.
“Nos olvidamos que desatar el nudo era realmente lo más fácil”
El nudo
Santiago GilLas repeticiones de los actos cotidianos suelen conducir al olvido. No valoramos los esfuerzos que tuvimos que hacer para aprender el abecedario o la tabla de multiplicar. En nuestra concepción cada día más egocéntrica de la vida, a veces nos llegamos a creer que venimos enseñados y con todos los manuales ya sabidos de antemano. Nos olvidamos de los maestros y de quienes aprendimos lo esencial de nuestra existencia. Por eso andamos hoy medio desorientados y sin saber qué hacer. En lugar de preguntar a los abuelos, los encerramos en el olvido de una residencia. Nos creemos capacitados para superar todos los obstáculos, y no sabemos que lo único que estamos haciendo es repetir los errores que cíclicamente se han ido repitiendo a lo largo de la historia. Otras culturas más sabias y menos alocadas siempre han identificado la vejez con la sabiduría, sobre todo cuando se llega a esa vejez después de una vida dedicada a la cultura y al análisis, y con la sapiencia de que todo ha de conducir a algo tan esencial como es la búsqueda de la felicidad.
De niños, siempre recordamos el día en que nuestra madre nos enseñó a hacer el nudo de los cordones de los zapatos. Quizá ése fuera uno de nuestros primeros momentos de libertad: ya no teníamos que esperar a que alguien anudara nuestros pies para salir a la aventura de la calle y de los juegos. Ahora nos amarramos los zapatos sin pensar en la técnica ni en la dificultad de aquel aprendizaje lejano. Tampoco valoramos aquellos pequeños esfuerzos diarios de nuestros mayores. Nos creemos omnipotentes y ultratecnológicos. No recurrimos a la mirada sabia de quien realmente sabe de qué va esta comedia diaria. Los apartamos, los ignoramos o los dejamos a un lado en esta carrera frenética que no deja tiempo para la pausa necesaria. En el fútbol también nos enseñaron que si el juego andaba descontrolado, lo primero que teníamos que hacer era bajar el balón al suelo. Sólo desde la serenidad y la quietud se podía empezar de nuevo con cordura. Lo mismo nos pasaba con la literatura. Teníamos un planteamiento y un desenlace, pero en medio estaba el nudo del que dependía la historia. Ese nudo de los argumentos teatrales es el que ahora mismo estamos viviendo nosotros, pero creo que lo estamos enredando de tal forma que difícilmente encontraremos la manera de dar con un final creíble. Sí es verdad que jugamos con la ventaja de que nuestro desenlace definitivo no depende de nosotros, pero es una pena que pudiendo enredar bien nuestros días prefiramos el caos del prepotente que no mira a la historia ni a sus mayores para poner algo de cordura en este juego de galimatías financieros. Nos olvidamos que desatar el nudo era realmente lo más fácil. Incluso los nudos gordianos. Lo saben ellos; pero nadie les pregunta.
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Cada acorde sueña siempre con una sinfonía perfecta.
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La magia. Santiago Gil
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“Sobrevivir ya es en sí mismo un triunfo diario”
La magia
Santiago Gil
Los años no hacen más que repetirnos los protagonistas que fuimos
descubriendo cuando éramos niños. Cambian las caras y las manías, pero
no las conductas. El empollón, el apocado, el pelota o el chivato se
aparecen por donde quiera que uno se mueva como mismo se aparecían
cuando estábamos en el colegio. Aun así no creo que vengamos
genéticamente destinados a jugar ningún papel. Supongo que serán las
circunstancias las que nos irán colocando en el lugar que nos
corresponde según cada momento de nuestra vida. Sobrevivir ya es en sí
mismo un triunfo diario.
“Sobrevivir ya es en sí mismo un triunfo diario”
La magia
Santiago GilLos años no hacen más que repetirnos los protagonistas que fuimos descubriendo cuando éramos niños. Cambian las caras y las manías, pero no las conductas. El empollón, el apocado, el pelota o el chivato se aparecen por donde quiera que uno se mueva como mismo se aparecían cuando estábamos en el colegio. Aun así no creo que vengamos genéticamente destinados a jugar ningún papel. Supongo que serán las circunstancias las que nos irán colocando en el lugar que nos corresponde según cada momento de nuestra vida. Sobrevivir ya es en sí mismo un triunfo diario.
También entonces el escenario se poblaba a todas horas de pragmáticos y de soñadores. Pasaba sobre todo cuando se acercaba la víspera de Reyes. Por un lado nos situábamos los que, no queriendo salir de la magia de los sueños, nos negábamos a asumir las evidencias. En el otro lado de la escena estaban, cómo no, los aguafiestas y los sabelotodos empeñados en echar por tierra cada fotograma de nuestras ensoñaciones reales. No servía de nada que aseguráramos haber escuchado cómo Melchor, Gaspar y Baltasar habían dejado los regalos junto a nuestros zapatos liliputienses. Siempre estaban los otros diciendo que los que se movían con sigilo eran nuestros propios padres. No sé cuándo empezamos a perder las ilusiones, pero sí estoy seguro de que las primeras derrotas nos llegan en el momento en que debemos asumir que ganan los pragmáticos. Así y todo, un soñador nunca pierde la esperanza, aun a riesgo de quedar como un ingenuo. Por más que le diéramos la razón a los galletones que querían matar la magia de los Reyes, uno se acostaba luego con sus propias ilusiones. Daba lo mismo que durante el día todo fuera previsible, aburrido y comercial. Nos quedaba el embrujo de la noche y de los muchos años crédulos para saber que no todo acaba en la evidencia. En estos tiempos tan violentos y desnortados también necesitamos recuperar las ilusiones para saber que no todo se lo lleva la macroeconomía, el euríbor y ese torrente revuelto de noticias catastrofistas que nos golpean a diario en los periódicos y en los telediarios. En aquellas noches mágicas aprendimos que, si uno lo deseaba, los camellos subían seis o siete pisos cargados con nuestra bicicleta y nuestro escalextrix. Ahora son otros los regalos que pedimos antes de quedarnos dormidos. De entrada, apostamos por la armonía y por un mundo más solidario y más justo. Y ya sé que puedo parecer un iluso, tan iluso como Lennon cuando cantaba el Imagine antes de que la balacera de un loco lo dejara tirado en las calles de Nueva York. Pero creo que no nos queda otra que aferrarnos a la magia de todo lo que vuela. Nos valen las mariposas, las palomas y, sobre todo, los sueños.
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Posiblemente la inocencia se acaba cuando nos explican en Ciencias Naturales que a las mariposas hay que llamarlas lepidópteras.
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El regalo. Santiago Gil
PSICOGRAFÍAS
“Casi nunca encuentras lo que vas buscando”
El regalo
Santiago Gil
No hay manera de escapar. Todos los años te dices que nunca más, que la
próxima vez irás comprando los regalos poco a poco, desde el verano o
desde primeros de octubre. Te desesperas buscando una cajera que te
cobre o revolviendo entre libros, osos de peluche y camisas. Casi nunca
encuentras lo que vas buscando, aunque al final, milagrosamente,
terminas cargado de paquetes como un rey mago de pacotilla y sin
ninguna gracia.
“Casi nunca encuentras lo que vas buscando”

El regalo Santiago Gil
No hay manera de escapar. Todos los años te dices que nunca más, que la próxima vez irás comprando los regalos poco a poco, desde el verano o desde primeros de octubre. Te desesperas buscando una cajera que te cobre o revolviendo entre libros, osos de peluche y camisas. Casi nunca encuentras lo que vas buscando, aunque al final, milagrosamente, terminas cargado de paquetes como un rey mago de pacotilla y sin ninguna gracia. Vives relajado y lejos de la vorágine de las tiendas y de los centros comerciales hasta que de repente aparecen los villancicos como si fueran las sirenas que nos avisaban del final de las clases. Todavía para Nochebuena te escapas y aprovechas que llegas más o menos lúcido y descansado a las tiendas para encontrar algo. Pero la cosa se complica con el regalo de Reyes. Ya no sabes dónde buscar, ni qué diablos comprar. Paseas como un alma en pena por los centros comerciales tratando de esquivar a otros desesperados tan ansiosos como tú. Buscas y rebuscas, y al final compras cualquier cosa para salir del paso: lo único que ansiamos cuando vamos a buscar los regalos es salir cuanto antes de la tienda y del estrés de villancicos, pisotones y niños teclosos exigiendo siempre los juguetes electrónicos más caros.
Pero también está la tentación de otros regalos que no deberían admitir devolución. Estos días son muchos los que se plantean llevar un perro a su casa sin atender a las consecuencias y al crecimiento de ese cachorro que aún no raya el parqué ni hay que dejar en ninguna parte porque queremos salir de vacaciones. No creo que pueda haber mejor regalo que un perro, pero si estás pensando en llevar esa felicidad a tu casa plantéate también la responsabilidad y los pequeños sacrificios. En estos momentos hay cientos de perros abandonados en albergues como el de Bañaderos o Santa Brígida a los que podríamos salvarles la vida. No concibo regalo mejor. Regalaríamos alegría, cariño y una enseñanza diaria de lealtad y de ternura. También ellos confían en el milagro navideño para cambiar su destino y para ayudar a cambiar el nuestro. Lo he dicho otras veces: jamás aprendí tanto de la vida y de la lealtad como de la perra que tuve a mi lado más de doce años. Pero recuerda que esa aventura maravillosa requiere responsabilidad y entrega diaria. Ni más ni menos que las que requiere el amor o la amistad. No admite traiciones. Ahora todavía nos lo podemos pensar dos veces: no dejemos que luego las miradas de julio, cuando los perros andan extraviados por las calles, o recién atropellados en las cunetas, nos recuerden las euforias inconscientes de diciembre.
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Le gustaba escribir de madrugada para robarle a los sueños los argumentos de todas sus historias.
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Lo efímero. Santiago Gil
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“Sólo lo que se aprende con naturalidad se asimila sabiamente ”

Lo efímero
Santiago Gil
Sólo lo que se aprende con naturalidad se asimila sabiamente. Nos
pueden obligar a estudiar teorías, fórmulas y declinaciones, pero
luego, cuando salimos a la vida real, todo eso cae en el olvido y nos
sirve de poco para orientarnos y para no perder el norte de nuestro
propio destino. El pájaro no estudia solfeo para aprender a cantar
divinamente, ni tampoco el sol hace cálculos logarítmicos para que el
calor llegue a todos los puntos cardinales del planeta. Nosotros, para
nacer, no recuerdo que tuviéramos que pasar ningún examen académico.
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“Sólo lo que se aprende con naturalidad se asimila sabiamente ”
Lo efímero
Santiago Gil
Sólo lo que se aprende con naturalidad se asimila sabiamente. Nos pueden obligar a estudiar teorías, fórmulas y declinaciones, pero luego, cuando salimos a la vida real, todo eso cae en el olvido y nos sirve de poco para orientarnos y para no perder el norte de nuestro propio destino. El pájaro no estudia solfeo para aprender a cantar divinamente, ni tampoco el sol hace cálculos logarítmicos para que el calor llegue a todos los puntos cardinales del planeta. Nosotros, para nacer, no recuerdo que tuviéramos que pasar ningún examen académico. Se supone que veníamos aprendidos para saber respirar y para ir poco a poco reconociendo lo que veíamos. Luego sí es verdad que vamos perdiendo ese instinto y que, a medida que pasan los años, nos extraviamos por caminos cada día más confusos. Nos hemos vuelto tecnológicos, pero tanta sofisticación nos ha complicado la existencia y la economía. Apenas controlamos lo que pasa a nuestro alrededor. Respiramos, sí, pero no sabemos cómo diablos llegar a fin de mes.
Estos días, paseando junto al maravilloso Belén que han creado en la playa de Las Canteras algunos de los mejores escultores de arena del mundo, he recordado aquellas enseñanzas naturales que uno no captaba entonces con la intensidad con que podemos recordarlas ahora. Hablo de lo efímero, de lo que se crea sabiendo que está irremisiblemente condenado a la desaparición. Todo el esfuerzo de esos creadores de Las Canteras no sobrevivirá a la segunda semana de enero. Lo saben desde que dibujan el boceto o moldean pacientemente cada pliegue o cada arruga de lo que van recreando. Nosotros, cuando de niños construíamos castillos de arena o volcanes en la orilla, también sabíamos que luego llegaría la marea arrasándolo todo. No nos servían de nada los diques de contención ni los esfuerzos por salvar lo creado. Con dos o tres olas, todo el esfuerzo de una tarde se iba borrando hasta que no quedaba ni rastro de nuestros sueños en la orilla. Toda la metafísica que nos ayuda a vivir la vida partiendo de la temporalidad de las cosas la aprendimos entonces. Llorábamos o nos quejábamos impotentes ante la imposibilidad de vencer a la marea, pero aun no sabíamos que la sabiduría consiste justamente en empezar cada nuevo día partiendo de la nada. Metafóricamente, como siempre, el mar nos estaba enseñando el bendito arte de lo efímero. Nuestro carpe diem lo aprendimos jugando en la orilla y bañándonos luego en las aguas que habían borrado nuestras propias huellas. No nos hizo falta estudiar en ninguna parte para saber que, hagamos lo que hagamos, toda nuestra obra acabará como acababan las almenas de aquellos castillos que se tragaban las aguas ante nuestros ojos atónitos.
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Se estaba riendo a todas horas y en todas partes. Por lo visto había oído que reír adelgazaba y ella estaba obsesionada con el cuerpo.
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Iván Santiago Gil
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“Nadie le va a devolver la vida que tenía por delante”
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Iván
Santiago Gil
Nadie
le va a devolver la vida que tenía por delante. Todos tuvimos veinte
años y salimos a las tantas de una discoteca o de un estruendo de
bochinches y música pachanguera. Por eso nos hemos identificado tanto
con Iván: semana de clases y exámenes, partido de baloncesto el sábado
por la mañana, cita con algún amor que uno creía para toda la vida y
una noche de fiesta y de risas con los amigos. Alguna vez también nos
vimos acorralados. Recuerdo los carnavales de hace unos años, con
pandillas que iban sembrando el pánico por el Parque de Santa Catalina.
Te podía tocar. Tiraban un vaso al aire y luego pateaban al que tenía
la mala suerte de que le cayera encima. Lo de Iván no es algo que haya
sucedido de repente. Se veía venir. Estaba viniendo y no nos queríamos
dar cuenta.
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“Nadie le va a devolver
la vida que tenía por delante”
Iván
Santiago Gil
Nadie le va a devolver la vida que tenía por delante. Todos tuvimos veinte años y salimos a las tantas de una discoteca o de un estruendo de bochinches y música pachanguera. Por eso nos hemos identificado tanto con Iván: semana de clases y exámenes, partido de baloncesto el sábado por la mañana, cita con algún amor que uno creía para toda la vida y una noche de fiesta y de risas con los amigos. Alguna vez también nos vimos acorralados. Recuerdo los carnavales de hace unos años, con pandillas que iban sembrando el pánico por el Parque de Santa Catalina. Te podía tocar. Tiraban un vaso al aire y luego pateaban al que tenía la mala suerte de que le cayera encima. Lo de Iván no es algo que haya sucedido de repente. Se veía venir. Estaba viniendo y no nos queríamos dar cuenta.
Hemos dejado que la marginalidad se asiente en los arrabales de la ciudad, y no por mirar para otro lado nos vamos a escapar de sus consecuencias. Los barrios de Las Palmas de Gran Canaria han carecido estos últimos años de estímulos culturales, educacionales o deportivos. Algunos creían que todo se solucionaba inaugurando un parque con muchos metros cuadrados en vísperas de las elecciones. Y no hay que olvidar que esos mismos barrios fueron un baluarte esencial en nuestro desarrollo democrático durante unos años en los que la pobreza o la falta de oportunidades se combatían con búsquedas de proyectos sociales y con un compromiso por cambiar la sociedad y volverla más justa y solidaria. Pero hoy estamos confundiendo a los más débiles con un bombardeo de valores televisivos que echan por tierra todos los esfuerzos de los maestros: hemos asumido con naturalidad una cultura televisiva de la violencia y del todo vale que no tiene nada que ver con nosotros. Incluso en sus juegos matan y golpean virtualmente sin saber que de la pantalla a la realidad hay sólo un paso que se cruza fácilmente cuando faltan los asideros y los valores morales que pongan freno al salvajismo.
No cambiaremos de repente lo que hemos dejado crecer durante años, pero sí que podemos evitar que el futuro se convierta en una dantesca realidad marcada por el miedo, la inseguridad y el triunfo del más fuerte y del más pendenciero. El ejemplo que todos debemos seguir es el del padre de Iván Robaina. Ante la barbarie sólo queda la cordura y la vuelta a los valores que emanan de la justicia, la igualdad y la libertad que tantos siglos nos ha costado conquistar. Siempre habrá salvajes dispuestos a patearnos en cualquier esquina, pero no podemos dejar que se salgan con la suya.
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La lluvia. Santiago Gil
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“Cuando llueve en la calle también está lloviendo dentro de nosotros”

La lluvia
Santiago Gil
La lluvia se hermana siempre con el recuerdo de otras lluvias
anteriores. Incluso en la ciudad uno percibe el olor de la tierra
mojada que remueve los caminos de la infancia. Lejos de las islas, cada
vez que llueve parece como si el mar se hubiera venido con nosotros.
Hay un olor a océano en cada chaparrón que nos sorprende, un olor que
proviene de cuando nuestras abuelas nos decían que las nubes grises que
veíamos en el horizonte estaban recogiendo el agua del mar. Aquellas
nubes descargaban luego sobre los campos lo que nosotros creíamos que
era el agua de la playa.
“Cuando llueve en la calle también está lloviendo dentro de nosotros”

La lluvia Santiago Gil
La lluvia se hermana siempre con el recuerdo de otras lluvias anteriores. Incluso en la ciudad uno percibe el olor de la tierra mojada que remueve los caminos de la infancia. Lejos de las islas, cada vez que llueve parece como si el mar se hubiera venido con nosotros. Hay un olor a océano en cada chaparrón que nos sorprende, un olor que proviene de cuando nuestras abuelas nos decían que las nubes grises que veíamos en el horizonte estaban recogiendo el agua del mar. Aquellas nubes descargaban luego sobre los campos lo que nosotros creíamos que era el agua de la playa. Por eso la lluvia siempre nos ha olido a brisa marina, más dulzona y algo putrefacta, pero brisa oceánica al fin y al cabo. Y el mar, como bien sabemos los canarios, es nuestro camino de vuelta más directo hacia la infancia.
Cuando llueve en la calle también está lloviendo dentro de nosotros mismos. Nos cambia el estado de ánimo y buscamos un lugar seguro hasta que escampe. Viendo caer la lluvia vemos caer nuestras horas igual de inasibles y de perecederas. Y, aunque no lo recordemos, nos remontamos a cuando éramos un espermatozoide compitiendo con otros miles de espermatozoides que nunca llegaron a ninguna parte. También entonces nos movíamos por los las aguas como mismo se movieron nuestros ancestros más lejanos antes de salir del océano y de adentrarse en una evolución que nos llevó desde una simple molécula hasta Mozart o Galdós. La lluvia es como una letanía que remueve las tristezas que ni siquiera nos pertenecen, aquéllas que heredamos en nuestro genoma y que nos dejan perplejos cuando descubrimos que a ese amor que acabamos de conocer ya lo conocíamos de mucho tiempo atrás, lo mismo que aquel paisaje hasta entonces ignorado o la sensación que nos deja un instante que parece repetirse una y otra vez siendo siempre distinto. Ese reencuentro lo guarda la lluvia entre los olores de la tierra mojada o de la arena de la playa, que nunca huele igual que cuando la moja la marea.
La lluvia también es un luto de pájaros que de repente callan y desaparecen de los campos para dejar que sean los caracoles los que arrastren su saudade por el barro. Cuando llueve, uno tiene la sensación de que se detiene el tiempo y de que, al parar la lluvia, todo va a cambiar por completo. Y efectivamente cambia, aunque nosotros no nos demos cuenta. Con unas cuantas gotas nuestros campos se vuelven verdes. Tenemos una tierra sabia que ha aprendido a renacer siempre con el agua como mismo deberíamos aprender a renacer nosotros. Podríamos aprovechar para empezar de nuevo después de cada borrasca. No deberíamos olvidar nunca que, cada vez que sobrevivimos a la lluvia, atávicamente estamos sobreviviendo al gran diluvio.
CICLOTIMIAS
Al final el mendigo es el único que termina compartiendo su pan con las palomas.
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