Los sellos luminosos


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

El buzón de correos era parte del paisaje de nuestra infancia.
Nos encantaba echar las cartas en aquellas moles cilíndricas y metálicas que
nosotros soñábamos casi mágicas. Cuando veías caer la carta no pensabas nunca
que se quedaría dentro hasta que llegara el cartero con la llave a retirarla.

 
Había algo esotérico que te hacía pensar que la postal o la carta ya caminaba en busca de su destinatario por caminos subterráneos o por invisibles conductos que nosotros no éramos capaces de ver. Todo eso me imagino que vendría por las cartas a los Reyes Magos que depositábamos cuidadosamente en los buzones amarillos de nuestra infancia. No parábamos de preguntar si era seguro que a través del buzón llegaría sin problemas a Baltasar, Gaspar o Melchor. No las teníamos todas con nosotros, y de una forma tácita todos los niños nos poníamos de acuerdo para utilizar el mismo buzón. No sé si fue por ser el primero que había a la entrada al pueblo o por ser uno de los más llamativos, pero lo cierto es que casi todos coincidíamos metiendo nuestras cartas peticionarias en el que estaba en la esquina de Médico Estévez con la calle Real, justo enfrente del comercio de mi padre. Cuando echabas la carta encomendabas tu suerte a la magia del buzón elegido. Antes habíamos ido a comprar la referida carta a la librería de Doña Mercedes y don Pepito Pons en la calle Marqués del Muni. Siempre me he preguntado qué diablos harán los carteros con las miles de cartas de niños que reciben en navidad. Si yo fuera cartero tendría una colección interminable de cartas de reyes. No sé que daría yo ahora mismo por volver a encontrarme con uno de aquellos textos que escribía cuidadosamente y con la mejor de mis letras pidiendo la bicicleta, el robot o la cartuchera con la pistola de mixtos. Igual los carteros se desternillaban de risa cuando leían nuestras ingenuidades, sobre todo cuando nos poníamos a justificar nuestras conductas anuales y nuestros pequeños pecadillos de infancia. Esas cartas casi nunca necesitaban sellos. Venían con un diseño y con el sobre y el papel configurado para llegar directamente a los magos de Oriente sin necesidad de pegarle el cabezolo de Franco. Así y todo muchas veces no nos convencían y terminábamos estampando el sello de marras al lado de las efigies de Melchor, Gaspar y Baltasar. Supongo que todas esas cartas hace tiempo que forman parte de la historia de los vertederos guienses, pero uno siempre tiene la duda y a veces llega a pensar si no estarán aún por el subsuelo de aquel buzón en el que depositábamos todos nuestros sueños.

En aquellos años crédulos y fantasiosos de nuestra infancia las postales tenían un brillo especial que las volvía un poco kitsch, casi siempre retocadas por alguien a quien se le iba la mano con los brillos y los colores. Las de Guía me acuerdo que aparecían siempre con unas plataneras de un verde tan intenso que casi parecía una ciénaga o parte del Amazonas más profundo. Aquellas postales que recibíamos junto a los sellos entonces también más luminosos y brillantes eran como invitaciones a los sueños y a los viajes más soñados. Siempre que llegaba una postal de la Península, de otras islas, y no digamos del extranjero, nos poníamos a volar sobre la marcha imaginando lo que habría detrás de cada una de aquellas fotos. Era parte de un juego necesario para ensanchar el mundo en una generación que sólo tenía un canal televisivo y que aún no disponía del Google Earth para recorrer el planeta.

Yo fui coleccionador de sellos de correo, usados o recién salidos en colecciones que nos guardaban en las oficinas y que llegaban a nuestras manos cargadas de historia y referencias conmemorativas. Cada sello era un billete con el que poder recorrer el mundo. Nos guardaban los sobres y nosotros los poníamos en remojo para desprender los sellos matasellados en Caracas, en Río de Janeiro o en Sevilla. Tocando y mirando los sellos tocábamos y mirábamos las ciudades de donde procedían y también todo el camino que habían recorrido hasta caer en nuestras manos. La lupa servía entonces para engrandecer nuestra capacidad soñadora. Cada sello era una aventura.

Hoy andamos con comunicaciones más asépticas e inmediatas. En un segundo hacemos llegar un mensaje al otro lado del planeta a través del correo electrónico. Pero no es lo mismo, nunca tendrán el encanto ni la luminosidad del sello que anticipa las emociones. Las cartas de amor sin sellos están como huérfanas, y no digamos las declaraciones virtuales o a través de unas webcams que nos robotizan y nos convierten en una especie de autómatas o de hermanos clónicos de Blade Runner. No creo que los niños de ahora estén enviando sus cartas a los Reyes Magos a través del correo electrónico, pero no me extrañaría, y si no lo hacen ya lo harán en el futuro. Vale que se ahorra papel y que gana el medio ambiente, pero no creo que haya papeles mejor gastados que los de las cartas y los sobres de toda la vida. Si acabamos con ellos acabaremos también con nuestra propia historia. Y luego está cartero, esa figura referencial y emblemática que iba por todo el pueblo llevando una saca cargada de cartas que más de una hacían cambiar la vida o el ánimo de quien las recibía. A lo mejor me estoy poniendo pesado y poco amigo de los avances tecnológicos. No reniego del correo electrónico, y de hecho me parece uno de los grandes milagros en la evolución de la raza humana, pero los avances no tienen por qué arramblar nuestras pequeñas referencias cotidianas. Las cartas, los buzones o los carteros deben seguir formando parte de nuestra vida. Si suprimiéramos los sellos estaríamos suprimiendo también nuestros instintos más aventureros e imaginativos, la huella que queda de nuestro paso por el mundo, el matasellos que certifica nuestras querencias y nuestras amistades más lejanas. Cuando alguna vez abro mi colección de sellos de la infancia regreso inmediatamente a casa.

 

Marzo de 2007.




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LIBRO COMPLETO

Música de papagüevos I (LIBRO COMPLETO)


Santiago Gil

En Música
de Papagüevos
, Santiago Gil relata vivencias de la infancia, haciéndonos revivir emociones,
colores y aromas de aquella maravillosa etapa, que también fue la nuestra.
Santiago
Gil nació el 10 de abril de 1967 en Guía de Gran Canaria.
 
Es
Licenciado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, donde
frecuenta los ambientes literarios, forma parte de distintos proyectos creativos
y colabora en varios programas radiofónicos.





El guá de la plaza chica

(2006)




Los papagüevos

(2006)




El Circo Bruselas

(2006)




Los escaparates de los sueños
 (2006)




Barcos de papel (2006)




Días de fútbol (2006)




En la casa de Saulo
(2006)




Vísperas de fiesta (2006)




Lecciones de vida (2006)




La parafernalia de los entierros (2006)




Fenómenos paranormales (2006)




Polos proustianos (2006)




Los colores del ayer (2006)




Luces de domingo (2006)




Tenis en Barranco Hondo (2006)




Los olvidos (2006)




Los charcos del recuerdo (2006)




Las bicicletas (2006)




Los vietnamitas (2006)




Cuestionario imprescindible
(2006)




El inevitable azar (2006)




Dulces variados (2006)




Los nispereros (2006)




El Rubio y las telefonistas
(2006)




Las alas del recuerdo (2006)




Corazones de Tiza (2006)




El niño que volaba (2007)




Las chapas futboleras (2007)




Los celajes (2007)




Puertas abiertas (2007)




Los primeros pitillos (2007)




El chirote (2007)




Máscaras y cenizas (2007)




El pan como milagro (2007)




Las leyes de la física (2007)




Las canastas (2007)




Los trenes (2007)




Los sellos luminosos (2007)




La camiseta Puma (2007)


Las Canastas


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

Uno siempre recuerda las estructuras de las que colgaban las canastas de baloncesto como unos estorbos que teníamos que estar todo el santo día moviendo de un lado para otro cuando queríamos jugar al fútbol. Nosotros no éramos como los niños de ahora que tienen tropecientas mil ofertas deportivas. 

Entonces sólo teníamos el fútbol, la lucha canaria, la natación y un poco de voleibol y balonmano. Pero como el deporte que practicábamos era improvisado, a menudo montando campos en pedregales o en fondos de maretas vacías, solía ser el fútbol lo más demandado y socorrido. También influía que en los periódicos, en la tele o en la radio no se hablaba de otra cosa. No hacían falta entrenamientos o estar federados para montar partidos de máxima rivalidad entre calles o barrios del pueblo. Poco a poco, sin embargo, se fueron sofisticando las infraestructuras y empezamos a utilizar las canchas que supuestamente se habían construido para jugar a balonmano, a voleibol o baloncesto como canchas de futbito, que era como entonces llamábamos todos a eso que ahora llaman fútbol sala – para nosotros hubiera sido algo hilarante meter en sala cualquier deporte, y mucho menos el futbito, aunque cuando íbamos a jugar los partidos interescolares al Vega Mateos de Gáldar casi nos veíamos jugando en el Bernabéu-. Estaba la cancha del albergue, que siempre conocimos como la cancha del barranco, la del Instituto y la del colegio. La preferida era sin duda la del barranco, el gran escenario de casi todos nuestros pequeños hitos deportivos. El problema de esta cancha es que era un poco multiusos, y si había gente jugando a baloncesto no se podía jugar al fútbol. Hasta que tuvimos doce o trece años siempre perdían los de baloncesto, que eran poco menos que unos bichos raros. Para jugar tenían que ir a las horas que sabían que no habría nadie con ganas de jugar al fútbol, después de almorzar o a primera hora de la mañana. Pero más tarde o más temprano aparecíamos quince o veinte fanáticos con el balón de fútbol y hacíamos valer nuestra prevalencia y nuestra mayoría absoluta y aplastante. Antes teníamos que estar rodando las estructuras de hierro de las que colgaban las canastas. Estaban equipadas con ruedas y a nosotros nos servían más para hacer el mono que para jugar al baloncesto.

No sé cuando se viraron las tornas, aunque el fútbol nunca dejó de ser lo más importante. Me imagino que los primeros acercamientos al baloncesto coincidieron con el Madrid de nuestro paisano Carmelo Cabrera, y que luego se fueron concretando con la llegada de aquella generación de grandes jugadores que tuvo su corolario con la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. A los doce o trece años nos entró el gusanillo de la canasta. De repente descubrimos que nos divertíamos más con la intensidad, la participación y la velocidad de basket que con las patadas y el alejamiento cada vez mayor del romanticismo futbolero. Yo hubiera querido ser un gran jugador de fútbol, pero pronto descubrí que era un poco patán con las piernas. En el baloncesto, sin embargo, me defendía mucho mejor y además podías progresar una barbaridad practicando por mi cuenta los tiros a canasta, el dominio del balón en carrera o las fintas o movimientos más o menos espectaculares. Por entonces empezamos a ver los primeros partidos de la NBA en televisión, los famosos Lakers contra los Celtics. Como pasaba como el Real Madrid y el Barcelona en los terrenos futbolísticos y baloncestísticos, nuestra generación se fue decantando por la seguridad y la efectividad de Larry Bird o por los arabescos de Magic Johnson. Yo opté sobre la marcha por los Lakers y por intentar jugar con el espíritu de Magic. Pero junto a esas referencias que entonces nos parecían poco menos que de ciencia ficción estaban aquellos partidos de infarto de la selección española con los Corbalán, Epi, Fernando Martín y compañía. De repente las estructuras que servían para sostener y elevar los aros de baloncesto le fueron ganando la partida a las porterías futboleras. Cada canasta era un camino a la gloria, y las tardes se nos iban improvisando partidos de tres contra tres en un solo aro o formando equipos que nos permitían organizar pequeñas liguillas. Habíamos dejado de ser aquellos gárrulos que nos reíamos de Feluco, Ferrer, Sosa, Paco y tantos otros pioneros que cuando nadie sabía siquiera lo que eran tres segundos en la zona se tiraban la tarde botando el balón y tirando a canasta, casi siempre solos, y generalmente siendo víctimas de las malévolas bromas de los que sólo imitábamos a los que salían en las estampas o en el Don Balón. Poco a poco se fueron mejorando las canchas, los materiales los aros, los equipajes y por supuesto las playeras. Entonces, cuando nos empezó a entrar el gusanillo del baloncesto a finales de los setenta, no había ni redes en las canastas, y lo normal era que jugáramos durante meses tratando de encestar en un aro medio desconchado y desclavado del tablero. Al igual que en el futbito y en el resto de los deportes que practicábamos con una espontánea determinación jamás había árbitro. Nos entendíamos entre nosotros, y quizá en esa práctica deportiva fue donde empezamos a descubrir que, al igual que en la vida, los hay nobles e innobles, tramposos y honrados, creativos e imitadores, y también compañeros o egoístas: toda la vida se estaba recreando en la cancha, aunque nosotros entonces no éramos conscientes de ello. También descubrimos el valor del esfuerzo y la constancia, y por supuesto la importancia de la suerte. Ahora hace años que no tiro a canasta y que no pruebo a lanzar un penalti o a practicar una contrapardelera, pero sí reconozco que aprendí mucho en las canchas de deporte de mi infancia. Con los años todos aquellos jugadores han ido creciendo y comportándose más o menos como lo hacían en el deporte. No sé qué ha sido de muchos de ellos pero seguro que el tramposo sigue dedicado a las trampas y que el voluntarioso sigue luchando a brazo partido por ganar los partidos de la vida diaria. Creo que casi todos éramos nobles y buenos deportistas, por eso podíamos jugar casi siempre sin árbitro. Pero siempre había alguno que venía a enturbiarlo todo con sus malas formas y sus abusos. Eran pocos, pero como descubrimos cuando crecemos y nos movemos en otros ámbitos de la realidad, también entonces se hacían notar y nos terminaban jodiendo los partidos.

Marzo de 2007.

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Edición 5 enero 2007

Portada

5 de enero de 2007

Luján Pérez

En 2006 se cumplen 250 años del nacimiento del escultor guiense José Luján Pérez; sin duda, el artista guiense de mayor proyección. +

Agenda 21 Participa en la encuesta

El Ayuntamiento de Guía trabaja actualmente en la denominada Agenda Local 21 cuyo objetivo es desarrollar un Plan de Acción Municipal basado

Anecdotario guiense

En esta sección, idea de Alejandro C. Moreno y Marrero, que la coordina, se rememoran anécdotas graciosas de nuestro pueblo y sus personajes. +

Crónicas del ayer

Sección interactiva en la que se insertan crónicas y noticias del pasado guiense

Cruce de cartas

Entre Néstor Álamo y el párroco don Bruno Quintana, tras la retirada de aquel de la dirección del Camarón de la Virgen +

Sergio Aguiar, filólogo e historiador

En el campo de la investigación histórica, Sergio Aguiar ha desarrollado un amplio trabajo con respecto a la historia de Guía de Gran canaria y de la Comarca Norte de la isla. +

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En 1811 los vecinos de los Altos, del Barranco del Pinar, de Piedra de Molino, de Junquillo y Verdejo, Palmitales,

Toño, pregonero 2006

El Pregón de las Fiestas de la Virgen 2006 corri? a cargo del hijo de este municipio Luis Antonio González Mendoza, Medalla de Oro de esta Ciudad

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El Alcalde de Guía tom? posesión el día 3 como nuevo presidente de la Mancomunidad del Norte. Afirm? que la comarca "solo saldr?

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Restaurante de comida mediterránea, con un toque de tradición familiar, para disfrutar y comer bien +


Los Estay´s

Los Estay´s

En la zona norte de la isla,
concretamente en el núcleo urbano Guía-Gáldar, se había fundado, en julio del
67, el conjunto, como se llamaba en aquella época, Los Estay´s. Sus
primeros integrantes fueron Cristino Arencibia, guitarra solista; Antonio Sosa,
guitarra rítmica; Santiago Molina, bajo; e Isaac Oropez, a la batería.

Hicieron su debut el 25 de julio, en el Festival de Conjuntos en Gáldar, donde
también participaron Los Stu and Crack (grupo de Moya) y Los Sterlings. Al mes
siguiente, el 15 de agosto, actuaron en el ya célebre Festival de Guía,
compartiendo gala con Los tipos, Los Randas y Los Leones. También tocaron en
varios lugares de Arucas y en La
Aldea de San Nicolás. En enero de 1968, una segunda versión
de este conjunto, que se4 denominó Los
Estay,s-Sub2
, incorporaba al bajo a Pablo Sosa en lugar de Santiago Molina,
aunque, a su vez, a los pocos meses fue sustituido por Carmelo Alemán, “el
Gordo”, y el estilo del grupo entró en una línea mas anglosajona. Así, tocaron
en el Festival de San Juan de Arucas y en el Festivas del Conjuntos de La Atalaya de Guía, junto a
Los Genios y el grupo guiense Los Rayos.

NOTA: Texto extraído del Libro "Historia de las Bandas de Rock en Gran Canaria. 1961-1971". Autor: Benjamin Domínguez.


Ver reportaje gráfico sobre
grupos musicales del noroeste grancanario en los años sesenta y setenta
del siglo XX:

 VER GALERÍA DE IMÁGENES



Los Genios

Los Genios

Los Genios
fue un conjunto musical de Gáldar destacado de los años 60 y 70. Participó en numerosos festivales y eventos
desarrollados en la zona norte de la Isla de Gran Canaria y estaba formado por Antonio Molina,
guitarra rítmica; Jesús Moreno, guitarra solista; Víctor Saavedra, bajo; y
francisco Javier Molina, “Fran”, batería. Habían surgido como consecuencia de
la separación de otro grupo galdense denominado Los Pickermans, de los cuales
adquirieron sus instrumentos.

En Las Palmas
tocaron en el Gabinete Literario, en el Círculo Mercantil y en el Club Natación
Metropole, entre otros muchos lugares. Fuera de la isla, actuaron en Lanzarote
y en Las Palmas. Su repertorio estaba basado en las piezas con voces,
especialmente de The Beatles. Tenían, también, algunas composiciones propias y
acompañaban, de forma habitual, al cantante guiense Braulio, en los comienzos
de su carrera. Puntualmente, le acompañaron en uno de los primeros Festivales
de Guía. Una vez, actuando en el Teatro Municipal de Gáldar, que conservaba aún
el piso de madera, una enorme rata salió al escenario en medio de una canción.
El grupo siguió tocando y las chicas se oyeron gritar desde la plaza. Algunos
llegarían a pensar que se trataba del momento sublime de la actuación…

NOTA: Texto extraído del Libro "Historia de las Bandas de Rock en Gran Canaria. 1961-1971". Autor: Benjamin Domínguez.

Reportaje gráfico sobre Los Stu and Drak, Los Genios, Los X, Los Rayos y otros
grupos musicales del noroeste grancanario en los años sesenta y setenta
del siglo XX:

 VER GALERÍA DE IMÁGENES



Los " X "

Los X

Conjunto musical de los años 60.

Reportaje sobre Los Stu and Drak, Los Genios, Los X, Los Rayos y otros grupos musicales del noroeste grancanario de los años sesenta y setenta del siglo XX:


STU AND DRAK +

LOS GENIOS

LOS "X"

 

LOS RAYOS

VER REPORTAJE SOBRE LOS STU AND DARK

 VER GALERÍA DE IMÁGENES




Los Rayos

LOS RAYOS
Reportaje
sobre los
grupos musicales del noroeste grancanario de los años sesenta y setenta

LOS RAYOS

Reportaje
sobre  musicales del noroeste grancanario de los años sesenta y setenta
del siglo XX

 

LOS RAYOS

Con distintas incorporaciones en el área vocal, como los cantantes Corujo, Carmelo el C. o Tony Cliny, la formación base estaba integrada por Pago González (bajo), Juan Martín (guitarra), Antonio Aguiar (teclados) y Emilio Sosa (batería).

icon VER REPORTAJE PUBLICADO EN LA REVISTA AGUAYRO EN AGOSTO DE 1971

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Los tejeros

Por Juan Dávila-García

Los tejeros realizaban en su quehacer diario la construcción de las tejas, pieza de barro cocido y de forma acanalada que sirve para cubrir los tejados de las casas y dejar escurrir el agua de la lluvia. Los tejeros hoy han ampliado su función y además de las consabidas tejas construyen ladrillos y otro tipo de piezas especialmente utilizados en la construcción.

La casa típica canaria es muy proclive a realzar su belleza mediante el uso de las tejas, las cuales colocan aparte de en sus tejados, en balcones, volados y otro tipo de elementos con que adornan de manera brillante tan elegante construcción. El color predominante de este elemento, -rojizo anaranjado-, conocido también por color teja, le dan a las construcciones que hoy se llevan a cabo un colorido y un tipismo de incalculable valor.

Los tejeros más conocidos en el territorio guíense fueron los Felipe y los Deniz del Palmital. Desde siempre fueron los abastecedores de estas piezas a la mayor parte de los maestros de obras existentes en nuestro municipio y zonas limítrofes. Las hacían a mano usando como materia prima la arcilla, dándole la forma acanalada que de manera elocuente las distingue y una vez secadas al sol las introducían en el horno con el fin de darle el punto de cocción preciso para que tuviera la textura y el vigor necesario para que no se rompieran con facilidad. Los hornos utilizados eran de piedra y como combustible utilizaban leña que recogían en el monte, procedente de diferentes tipos de árboles y matorral. Posiblemente hoy dado lo avanzado de las ciencias se utilicen hornos eléctricos y la construcción de la teja ya no se haga a mano sino de forma estandarizada en maquinas especialmente diseñadas para ello.

Las tejas, que de entre sus principales funciones destacaba hacer de escurridera del agua procedente de la lluvia, ya que se solían colocar a faz con la parte exterior del techo, hoy tiene un uso más de decoración y su colocación es más proclive a ubicarse en los dinteles de las puertas, ventanas y en los volados ya citados. Las tejas, dada su estructura acanalada son muy fáciles de ensamblar lo que le da a la edificación donde se ubican una belleza y hermosura difícil de igualar.

En la actualidad la utilización de la teja tiene especial relevancia en las zonas residenciales donde los edificios que se construyen tienen la tipología de chalets asemejándose mucho a las antiguas construcciones manchegas, castellanas y canarias, donde los tejados o tejares se hacían imprescindibles ya que su uso estaba totalmente arraigado a la idiosincrasia de los moradores de estas comarcas. Las tejas, han perdurado en el tiempo y estimo que jamás desaparecerán como utensilio decorativo en la construcción.

jocdavila@yahoo.es

Diciembre de 2006

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Los albarderos

Por Juan Dávila-García

Eran los constructores de las albardas o aparejos de las caballerías de carga, que consiste en una especie de almohadón relleno de paja que va sujeto sobre el lomo del equino, -caballo, mulo o burro-, y que cae por los lados.

En Guía existieron algunos albarderos que hicieron de esta profesión una dignísima forma de ganarse el sustento diario. Para confeccionar las mismas utilizaban un tipo de tela de gran consistencia, ya que de no ser así el uso diario las deterioraba rápidamente y su costo era bastante apreciable, ya que hacerla por encargo y a medida requería por parte del constructor unos cuantos días de trabajo.

Entre los muchos albarderos que hubieron en nuestro pueblo destacar por encima de todos a maestro Manuel él mula, el cual era un verdadero artista, lo que hacía que sus albardas se cotizaran a un precio bastante elevado. Era un fino artesano, que a gusto del cliente solía darle a su producto verdaderos toques artísticos decorándolas con figuras triangulares y cuadrangulares de diferentes colores. Sus trabajos eran perfectamente identificados cuando se veía pasar a una bestia "enjaezada" con albarda y los serones donde llevaban la carga.

Las albardas disponían de varios complementos para que su operatividad fuera lo más eficiente posible, así todas ellas llevaban acopladas las angarillas y las cinchas, las primeras estaban hechas de hierro y tenían una configuración que permitían su perfecto ajuste a la albarda, a ambos lados disponía de una curvatura donde se solía poner la carga a transportar que era bastante variopinta, desde un par de racimos de plátanos a serones llenos de arena u otro material usado en la construcción, recordar a los cochineros de Ingenio que haciendo ventas transhumantes de las crías del chancho, los llevaban en unos habitáculos dispuestos en las albardas. Las cinchas eran unas correas de gran espesor, tenían como misión amarrar la carga, para así conseguirlo la cincha se pasaba por el lomo y la barriga de la bestia amarrándose sus terminales a unos palos que ataban la carga con una total seguridad.

A los albarderos siempre se les llamo alabarderos, denominaciones que aunque guardan alguna relación por la influencia de las caballerías, no tienen esa gran afinidad que siempre se le quiso dar, la albarda en una construcción rudimentaria para acomodarse encima de un equipo, los alabarderos son la guardia real montada a caballo.

La profesión que más relación tiene con los albarderos son los arrieros, estos al utilizar reatas de mulos/as necesitaban de las albardas para así poder transportar las mercancías que le encargaban, las empresas y los comerciantes. La albardería tuvo en su existencia una época esplendorosa y los ejercientes de tal profesión, se esmeraron para ofrecer sus productos como los mejores hechos y terminados, cada uno tenía su propia marca las cuales distinguían a los diferentes constructores.

jocdavila@yahoo.es

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Diciembre de 2006