Pelos con historia

Música de Papagüevos II

Santiago Gil
            


Yo de niño no sabía que el pelo crecía casi al ritmo de la luna. Era pelo y había que cortarlo cada cierto tiempo. Esa era nuestra única certeza. Ahora me he vuelto más metafísico y en cada pelo que pierdo, además de la congoja por una posible calvicie, hay mucha reflexión sobre el paso el paso del tiempo y sobre lo que vamos dejando atrás. Además de recuerdos, dejamos pelos. De alguna manera son un presagio del polvo que seremos,  una parte de nosotros que queda a merced del viento o de los vertederos. A lo mejor por eso, a partir de una cierta edad, nos da tanta pereza cortarlo.

Con cada nueva pelada no hacemos más que seguir los ciclos de la propia naturaleza. Nos hemos acostumbrado a desprendernos de los pelos sin gorigoris y sin llantos funerarios. Desde niño nos llevaban al barbero y nos dejaban la cabeza como una pista de aterrizaje. Para que el efecto aerodinámico fuera más creíble nos decían que nos pasaban el avión por la nuca. Siempre pensé que era verdad que el motor de aquella máquina era el de un avión. Nunca me atreví a mirar. Por una vez hacía caso y me quedaba quieto y con los ojos cerrados, supongo que soñando mil aventuras a bordo del boeing que venía a recoger mis pelos y a volar sobre mi cabeza todavía llena de pájaros y de sueños.

Nosotros elegíamos los barberos –todavía no habían pasado a llamarse peluqueros- según el tiempo que tardaran en cortarnos el pelo. No daba igual la estética, por lo menos antes de los trece o catorce años, y lo único que buscábamos era salir corriendo cuanto antes para la calle. Yo me pelaba, según las prisas o las cercanías, en la barbería de Juan Fernando que estaba en esa maravillosa calle escalonada que conduce al cine Hespérides, o con Fidel en el Siete. Fidel era el moderno y Juan Fernando el clásico, y de eso se daba cuenta uno por los aparatos, el diseño de las peluquerías y hasta por las propuestas de pelada que nos ofrecían. Alguna vez me pelé también en una maravillosa barbería que estaba en la Plaza de San Roque regentada Juan. También recuerdo la estampa cotidiana y conservada en el tiempo de la barbería de Facundo en la trasera de la iglesia. En todas ellas había un porrón de agua helada, sobre todo en las más antiguas. Llegábamos sudorosos en busca de un agua que no es verdad que fuera insípida. Es mentira que el agua sea insípida, por lo menos cuando se recuerda nunca lo es.

Los barberos de antes nos pelaban mientras conversaban con muchos compañeros de tertulia, sobre todo en la peluquería de Juan Fernando y Juan el de La Atalaya. Uno aprendía lo suyo manteniéndose callado y escuchando. Se comentaban las noticias de los periódicos y las últimas cuitas del pueblo, y la radio estaba todo el rato actualizando la información de los parroquianos. Se hablaba despacio, y de fondo sólo se escuchaba el traqueteo incesante de las tijeras y las voces pausadas de quienes sabían que tenían todo el tiempo del mundo para pergeñar una idea o dar con la metáfora perfecta, aun cuando la mayoría no supiera lo que era una metáfora.

Nosotros nos mirábamos concentrados en el espejo calculando el tiempo que quedaba para salir corriendo. Generalmente eran nuestros padres los que ya habían dado las consignas previas de nuestras peladas. Ni siquiera las pagábamos nosotros. Llegábamos, nos asomábamos, y si no había nadie nos poníamos en manos del barbero. También nos gustaba esperar ojeando las revistas, o leyendo los carteles antiguos y las marcas de los  distintos recipientes que había por todas partes. Nos encantaba la proliferación de aparatos antiguos, que seguro que habían pertenecido a abuelos, bisabuelos o tatarabuelos de los barberos que esquilaban nuestras testas frondosas.

También queda el olor. Los olores no se pueden escribir. Se recuerdan y se comparten con quienes los descubrimos. Cada barbería tenía su propio aroma particular, olores a espumas y colonias, a marcas casi todas desaparecidas que más que perfumar te condenaban de por vida a ir por el mundo llevando un aura olorosa indeleble. No eran nada sutiles aquellos olores de entonces. De alguna manera era el propio olor de los tiempos que vivíamos, un aire algo carca y poco delicado que luego acababa mezclándose con el olor de la cera de las velas de las iglesias y con tabacos de acres y densas humaredas.

Buena parte de nuestras miradas quedaron atrapadas para siempre en aquellos grandes espejos, algunas veces mezclándose con antepasados nuestros de los que ni siquiera habíamos tenido noticias. Es mentira que no permanezcamos en los lugares por los que vamos pasando: los espejos nos atrapan y nos mantienen en el azogue con la misma cara y los mismos gestos de entonces. Lo que pasa es que no nos vemos. Aún no tenemos capacidad para atravesar los espejos y adentrarnos como Alicia en otros mundos. Pero estamos por ahí dentro, seguros y a salvo, y además recién pelados y perfumados de arriba abajo.

Lo que sí me he preguntado siempre es qué se haría con cada uno de nuestros pelos. Quedaría poco literario pensar que eran tirados a la basura. No lo creo, entre otras cosas porque antes todo acababa teniendo su utilidad. Supongo que nuestros pelos estarán metidos en cojines o colchones de muchas casas del pueblo, o a lo mejor sirvieron de abono para las tierras y nos los terminamos comiendo en el corazón de las papas o de las piñas de millo. La estampa es hermosa y casi cinematográfica: un niño rodeado de pelos recién cortados en una barbería con olor aroma de otros tiempos. Parecía como si fueran pelándonos como a una cebolla hasta llegar al centro, pero el centro es muy aburrido, y con cada pelada yo creo que nos estaban robando pequeñas unidades de ensoñación e inocencia. Ahora vas a la peluquería y te dejas trasquilar asépticamente por cualquier anónimo amañado, y ya te da lo mismo el espejo en el que te miras, y lo que hagan o dejen de hacer con tus pelos. Sin embargo, si lo piensas, sigue habiendo algo mágico en cada una de esas renovaciones capilares, una especie de atavismo que nos mantiene unidos al salvaje que fuimos (o que seguimos siendo). García Márquez decía que veníamos al mundo con los polvos contados. Estoy de acuerdo. Pero también llegamos con las peladas numeradas. Y da igual que te quedes calvo prematuramente o que te dejes el pelo a lo Bob Marley. Ya de niño nos fueron arrancando la fuerza (¡y mira que nos advertían con lo del rollo de Sansón y Dalila!) y buena parte de la magia con cada una de las peladas. No nos dábamos cuenta, pero nos estaban trasquilando el sentido común de nuestros sueños y de nuestras benditas inocencias. A lo mejor por ahí es por donde nos viene buena parte de nuestra malhadada alopecia cotidiana.

Septiembre de 2007.

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Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.




YO, A MI CUERPO, Domingo Rivero


                      Sección dedicada a la poesía escrita por guienses


uno de los grandes


YO, A MI CUERPO


¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?
¿Por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, y altivo
con mi ambición latió cuando era fuerte.

Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseria.
¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día

que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.



NOTA: Extraído del libro: Domingo Rivero: Yo a mi cuerpo
Transcripción: Javier Estévez


Referencia de la obra:

Cuadernos del Acantilado, 21
Poesía
ISBN: 978-84-96489-60-8
64 páginas - 7 €

Donde poder comprar el libro



LO QUE HAN DICHO DEL POETA Y SU OBRA:

"La humanísima, cálida, y clara poesía de Domingo Rivero nos descubre nada menos que un corazón fraterno, un hombre a la altura del hombre, y desde luego a un notable posmodernista al que será ya imprescindible recordar en las antologías".
Luis Antonio de Villena, El País, Babelia

"Mínimo e inmenso puñado de versos memorables."
 José Luis García Martín, ABC, Las letras y las artes

"Leer este libro es una experiencia reconfortante, es acercarse a una sabiduría que está en extinción y nadie protege."
Raúl Rivero, El Mundo

«Estamos ante un poeta de tanta honestidad como modestia, y todo sabe en él a veraz. Se despierta en el lector entonces un natural y cálido acercamiento. Y eso es lo que todo poeta auténtico desearía que le pudiera suceder.»
Francisco Brines. Ed. Acantilado


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Reportaje Las Marías 2007

REPORTAJE SOBRE LAS MARÍAS
2007

REPORTAJE SOBRE LAS MARÍAS
2007

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España trágica. Erasmo Quintana

ESSPAÑA TRÁGICA

Erasmo Quintana


En la vieja Piel de Toro, que es como también se conoce a la España peninsular, son innumerables los pueblos en los que el principal protagonista de sus fiestas es el toro bravo, sin perjuicio de variantes como esos en que bárbaros tiran desde el campanario de una iglesia a una pobre cabra, o colgarse el lugareño de un ave intentando no caer al agua, pues el animal está atado a una cuerda, y es de ver cómo se refocilan viendo cuánto aguanta antes de desplomarse llevándose consigo la cabeza. Es la España trágica, esa que corre delante de una manada de toros con evidente peligro de sus vidas; otros le adosan a su cornamenta dos bengalas encendidas y la fiesta es ver cómo se encabrita la bestia presa del pánico embistiendo a todo lo que se mueve.

Recientes noticias que nos llegan de las últimas y frecuentes cogidas sufridas por Cayetano Rivera Ordóñez (va la tercera en dos meses y la última grave), uno de los hijos de Paquirri, refrescaron mi memoria sobre algo que tenía escrito hace veintidós años con este mismo título. Allí decía que la todavía, no sé porqué razón, llamada “fiesta nacional” –termina siempre convertida en un matadero- se había cobrado una nueva víctima, esta vez la vida de un joven, casi niño e ilusionado torero. José Cubero “El Yiyo” se llamaba. Murió con el cuerpo y con el alma que le tocó en suerte vivir orteguiano, “su drama”. Murió absurdamente, con el asta hendida en el flanco y el corazón empitonado. Absurdamente, sí, porque absurdo y estúpido es morir haciéndole cabriolas a la muerte. La parca entra en las plazas de toros sin pagar, pero pudo tal vez “El Yiyo” no morir de haber sido mucho más resolutiva su cuadrilla, arrojándole el trapo a la cara de la fiera llamada “Burlero”, pero, humanos al fin les dominó el miedo.

    Pronto saltó la macabra noticia –igual que hacía un año había ocurrido con Paquirri- sobrecogiéndonos; tanto patetismo doloroso e impotente de familiares, aficionados y amigos es insoportable al ánimo, presenciando las imágenes servidas (tras un morboso y exhaustivo alarde profesional de los medios), en este caso por los servicios informativos de televisión, pudimos ver a un aficionado que en su delirio exclamaba: - “¡Asesino, que lo mató un asesino!”, y se estaba refiriendo al toro. Pero, ¿qué dice este loco? La fiereza bruta e instintiva no puede ser asesina; tan solo se defiende de quien, ¡ay!, le da muerte. No, el toro, casta y bravura, en tan buena lid no podía tener mejor y más digna muerte que aquella de morir matando. El otro, su oponente “torero”, merced a la acción del bicho logró traspasar la mítica linde que separa su existir más radical de la nada, el “ser” vital del “no ser” en una suprema pirueta. Embrujo y magia del toreo, aseguran, están precisamente en el juego –dialogado- a muerte de la bestia con la inteligencia; y no hubiera impactado, arraigado tanto en Hemingway, de no ser por el desprecio –calculado siempre- del torero a la muerte. El joven Cayetano Rivera tal vez está tentando demasiado la suerte en el arte de Cúchares, pues aunque poner en sumo peligro la vida es ser torero por definición, no debería tentar la buena estrella durante mucho tiempo. Repárese en que se está jugando la propia existencia en cada lance, y que la llamada “vergüenza torera” no vale una vida.  

La “fiesta de los toros” es de las pocas cosas que en este país se han mantenido casi como en sus orígenes salvo alguna variación tal –por ejemplo- en la suerte de rejones (el picador). Para comprobarlo basta leer en “Sangre y Arena” de Vicente Blasco Ibáñez, sus páginas describiendo con detalle la lenta agonía del pobre caballo, sus vísceras sanguinolentas colgando y ensangrentando la arena. Hoy puede verse la misma recua con una malla protectora puesta, con el consiguiente alivio que supone no ver más sangre. Y es que la España inveteradamente trágica no puede estar sin sangre, sin “olor a sangre” y sin violencia. ¿Es el latino ibero-mesetario-carpetovetónico? ¿Es de una hechura, que si el decurso de la realidad histórica no le ofrece el sobrecogerse ante el drama, temblar ante la tragedia -griega-, o sentir muy hondo el pálpito de la emoción fuerte exponiendo su propia vida, entonces él va y se lo fabrica convirtiendo en redondel las plazas? En ello, ciertamente, puede radicar el hecho de haberse mantenido incólume durante centurias, desafiando el tiempo, esa brutalidad y violencia suma elevada a la categoría de “fiesta nacional”.


Erasmo Quintana Ruiz 
Septiembre-2007





Epílogo espontáneo de Las Marías 2007


Por Javier Estévez.

Hasta
hace unos 5 millones de años, durante el Mioceno, donde hoy resiste el Conjunto
Histórico de Guía, se explayaba la costa
norte de la isla; tal es así, que los riscos de la Montaña de Guía eran prodigiosos
acantilados batidos por un mar inconcebible y donde se concentraba un rumor
extinguido de olas quebradas. Tras la pacífica y contundente retirada del
océano miocénico y hasta hace unos 500 años, donde hoy se yergue un ordenado amasijo de carne y piedra declarado Conjunto
Histórico Artístico Nacional, campeaba
un soberano bosque de palmas, acebuches, almácigos, dragos y sabinas. Desde
hace 196 años, cada tercer domingo de septiembre vuelven a encontrarse en sus
antiguos dominios, mar y monte, bucio y
rama, mioceno y holoceno.

Si Guía
tuviese tiempo propio, calendario municipal, el primer día del año estaría
reservado para el lunes siguiente a las Marías. Sería inevitable. De este modo,
hoy los guienses estaríamos inaugurando el año 197 de nuestro particular discurso
temporal.

Tengo que confesar que nunca me han gustado los lunes en
los que desembocan inexorablemente Las Marías. Me producen una aguda desazón y
hasta cierta desorientación. Son terribles. Sufre el pueblo una invasión poderosa de silencio y
resaca, que acosa y derrumba todas las horas consumidas durante el fin de
semana, como si fuese la reparación justa y necesaria por interrumpir los
humanos los dominios seculares del sigilo.

La 196a edición del voto de Vergara
contó, por primera vez, con una representación institucional de Gáldar, primera
y última capital de la antigua Canaria. Es de celebrar, que duda cabe, pues el
voto original, el de la
Montaña que alguien en los programas de las fiestas está
empeñado en alomar, contó con las
lágrimas y la esperanza de los paisanos, azorados por la ansiosa langosta, de
Caideros, Saucillo, Fagagesto, Luzana y otros caseríos de las medianías
galdenses. A la 196a edición de Las Marías no acudió, como siempre,
el alisio, escondido perennemente en septiembre tras las colinas amarillas y
agostadas de los cortijos. Su ausencia refuerza su condición de viento ateo y
haragán.

Sin un viento que lleve en sus manos viajeras los vítores,
agradecimientos y reconocimientos a quien se le atribuye el insecticidio
milagroso y liberador, no queda más remedio que conjugar pulmón y bucio y
extraer ese sonido tan marítimo que hasta los barcos lo imitan cuando parten
hacia la nostalgia y el olvido.

Tanto sonaron este fin de semana las caracolas que por las
calles circuló un viento anónimo con olor a mar remoto y pródigo. Uno cierra
los ojos y aún puede escuchar el fragor marino de las caracolas, oler
conjuntamente los abrojos submarinos y el aroma violento y pulmonar que
desprenden las ramas desgarradas de los eucaliptos sin patria. Yo cierro los
ojos y aún vuelvo a ver la silueta de mi padre insuflando arrebatadamente
huracanes y tempestades a una caracola tan vieja y ruda como el mar que la
parió.

Pocas fiestas son tan rústicas como las Marías. La ciudad
se sacude su condición urbana para que el campo irrumpa brutalmente en su geografía. De repente, brotan árboles
frutalmente adornados de entre los adoquines, los balcones son sembrados con
tal profusión que se confunden con huertos imposibles y cercados verticales y  Nicasio Guerra seduce delicadamente a la
primavera para que durante unas horas haga con la fachada de la iglesia lo que
en abril hace con los ciruelos. Con el permiso de un verano moribundo, los
ripios, las cornisas y los paramentos estériles se transforman en valles fértiles
donde despuntan arrebatados plumachos, descolladas esterlicias, quiméricas flores
de mundo, anturios de rojo fluorescente y helechos del precámbrico por su
dimensión. Más que un templo parece un jardín sin gravedad.

A mí me da igual que La Rama, la fiesta de los Ramos, las Marías, o la
extendida Fiesta de la Rama
en las Marías sea más antigua, más reciente
o más populosa que otras celebraciones de guardar. A mi me seduce por su
sencillez rural, por su poética emotividad, por su paisaje delicado, por sus
olores, por sus sonidos y por las lágrimas que arrebata del alma basáltica de
muchos guienses de votiva confesión.

Que la
vida los bendiga. Hasta el año que viene y… ¡Feliz 197 a todos!


 


Gáldar asiste por primera vez a Las Marías de forma oficial

El alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa, es el primer representante legal de nuestro querido municipio vecino que asiste a la Romería de Las Marías.

Al tiempo que nos sentimos agradecidos, formulamos un deseo: que el año próximo esté también presente el municipio de Moya, y así hasta 2011, aniversario que deberíamos celebrar los tres municipios que imploramos a la Virgen en 1811 para que trajera la lluvia que acabara con la plaga de la cigarra.


Fotos Las Marias 2007 (JM VEGA y otros)


1.000 fotos de La Romería 2007




 
 

 
 

 

 

 


Fotos de



José Manuel Vega (1)




 

 

 

 

 

 

 


Fotos de



Irene Aguiar

   



 

 

 

 

 

 

 


Fotos de



José Manuel Vega (2)




 

 

 

 

 

 

 



Fotos de Pachi Rivero

   



 

 

 

 

 

 

 


Fotos de



José Manuel Vega (3)




 

 

 

 

 

 

 


Fotos de
Pedro Naranjo

   



 

 

 

 

 

 


Fotos de



José Manuel Vega (4)

 

Fotos de La Rama (Las Marias 2007)


         Fotos de La Rama 2007
                Pedro Naranjo y Antonio Aguiar


Video La Rama de Las Marías 2007


Vídeo de la llegada de La Rama a la Iglesia
Vídeo de la llegada de La Rama a la Iglesia, en la víspera de la ofrenda a la Virgen (15 de septiembre de 2007)


Fachadas Las Marias 2007


     Fachadas Las Marías 2007