"La pachorra de los caracoles"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Ahora que todo parece que se ha acelerado y que seacabaron los sosiegos y las saudades del pasado, quisiera recordar la
pachorra sabia y sempiterna de los caracoles de mi infancia. De vez en
cuando me los tropiezo en los campos y en los jardines justo después de
la lluvia.
No sé si son los mismos porque no conozco la esperanza de vida de un caracol ni si son capaces de desplazarse decenas de kilómetros con su lenta velocidad constante. La sensación es que siguen siendo los mismos que miraba de niños en los campos guienses. Me imagino que yendo tan despacio y sin agobios la vida se les hará más larga, o al menos les cundirá mucho más que a nosotros, eternos acelerados sin saber hacia dónde nos dirigimos a esa velocidad cada día más vertiginosa e hilarante con la que estamos desperdiciando la propia esencia de nuestra vida.
Pocas veces nos deteníamos de niño, pero cuando lo hacíamos era porque realmente merecía la pena. Los caracoles nos paraban en los caminos. No nos salía la sádica conducta infantil de ir destrozando todo lo que uno se encuentra por delante. Con los caracoles teníamos piedad y nos sentábamos en las piedras o en los riscos a esperar que salieran de sus caparazones. Aparecían poco a poco los cuernos, desconfiados, y luego salía todo el cuerpo de espuma que se desplazaba como un buda relajado por la tierra mojada. Alguna vez he escrito poemas sobre los caracoles y su sabia noción del tiempo. Ya digo que de niños jamás se nos ocurrió pisarlos, y al que lo hacía le largábamos dos tortazos o una buena reprimenda. Éramos sensibles y observadores. Nos parábamos delante de los caracoles como mismo lo hacíamos mirando los sapos de las maretas, las mariposas de abril o los contornos nevados del Teide que se nos aparecía en mitad de la tarde según mirábamos al horizonte. Uno no sabía entonces que estaba aprendiendo cosas de la vida que no iba a olvidar nunca, y todavía hoy sigue sorprendiéndome aquella saudade mágica de los caracoles. Luego estaban los burgaos de las costas, pero éstos eran más prosaicos y apenas se movían de las rocas. Los nuestros, los chuchangos, podían ser enormes y extender sus cuerpos de espuma por el barro llevando tras de sí esa casa que todos desearíamos llevar siempre a cuestas cuando nos perdemos por el mundo. Hoy sigo teniendo cuidado con mis pasos cuando camino sobre la tierra mojada. Me pongo de mal humor cuando en un despiste siento el crujido de algún caparazón hecho añicos y el dolor silente del caracol moribundo. Me gusta observarlos y aprehender su noción del tiempo y sus ritmos cotidianos. Uno quisiera sacarle la misma esencia que le sacan ellos a la vida. Ir despacio es una forma de exprimir el tiempo y de no dejar que nos agote y nos desespere con su paso veloz, vertiginoso e insensible. Ahora los ritmos los marcan otros, y desde que nos despistamos nos perdemos lejos del acontecer tranquilo y sabio de la naturaleza. Por eso nos cuesta tanto encontrar el norte. En ese sentido escribir también es una manera de detener o refrenar el tiempo. Cada paso que damos debería tener una gran importancia; sin embargo andamos insensibles, dejándonos llevar, sin enterarnos ni dónde pisamos ni por qué lo estamos haciendo. Vivimos exactamente igual, y cuando nos empezamos a dar cuenta la mitad de nuestra vida ya se nos ha escapado entre los dedos. Por eso hay que volver al caparazón de nuestros propios recuerdos de vez en cuando, caminar con ellos, valorarlos, y moverlos lentamente a medida que nos movemos nosotros. Eso es lo que hacen los caracoles cuando arrastran sus caparazones. Van despacio porque llevan toda su vida tras de sí, y la mueven con esa pachorra que también estilaban nuestros antepasados para sacarle más partido a su existencia. No debemos dejar de observarlos cuando salen a los campos después de la lluvia. Su bendita lentitud nos puede ayudar a salvarnos. Ellos también llegan a su destino, pero no se mueren antes tratando de correr como locos por los campos. Han aprendido a no suicidar ni un solo minuto de su tiempo.
Abril de 2007.
Abril de 2007.

Luján: su obra y Guía
Por Pedro González-Sosa.Existen
muchas pruebas de que Luján se sintió siempre vinculado
sentimentalmente a su pueblo natal. Como testimonio definitivo está esa
maestra de afecto contenida en su testimonio: «Declaro, que a impulsos
del amor que profeso al pueblo de Guía, por ser mi patria.. .>>.
Pero ese amor no se quedó sólo en sentimiento; fue ligo más. En muchas ocasiones lo confirmó con hechos de cuyas consecuencias se siguen beneficiando todavía los habitantes de Guía. Así, por ejemplo, el único reloj de torre que existe que en aquella ciudad que cuenta y marca el paso del tiempo, se debe a un rasgo generoso del artista que, a pesar de hallarse radicado en Las Palmas, siempre vio en los problemas de su pueblo algo que le atañía muy de cerca.
La manda testamentaria por la que Luján dona el reloj nos habla con harta elocuencia no solamente de su patrimonio, sino también de su sincera preocupación por el bienestar de sus paisanos. Porque él no lega el reloj llevado del deseo vanidoso de ganarse la gratitud de los guienses o para darle notoriedad a su nombre. «Es mi voluntad declara- se ponga un reloj en una de las torres de aquella iglesia parroquial, a fin de que los vecinos disfrutaran de este beneficio y puedan arreglar las distribuciones de sus aguas, que es de tanto interés para la agricultura y para no causar disturbios ni desavenencias entre sus partícipes. Con su regalo contribuía, además, a poner remedio a un estado de cosas que con frecuencia alteraba la armonía de la pequeña comunidad y, en más de una ocasión, con alborotos en los que si la sangre no llegó a las acequias, poco faltó para ello. Para poder colocar el reloj se tuvo que terminar la segunda torre de la iglesia -pues hasta entonces ésta sólo tenía la del campanario-, y debido a las penurias de la parroquia y del ayuntamiento, se recurrió a establecer un impuesto entre los vecinos más pudientes. Felizmente la torre se pudo acabar; el reloj se adquirió en Inglaterra, y una vez aquí se instaló coincidiendo con la visita pastoral que hizo a la entonces villa el obispo don Judas José de Romo, en 1838.
El reloj, sin embargo no estaba completo; le faltaba la campana, y desde La Habana, donde era canónigo arcediano, don Pedro José Gordillo hizo posible su adquisición mediante un donativo en dinero. En el día de la bendición, se le puso a la campana los nombres de María, por la patrona de Guía y Petra por el donante. Las primeras campanadas que sonaron, al mediodía, fueron seguidas de dobles en recuerdo del imaginero, fallecido en 1815.
Hay más pruebas del patriotismo de Luján con respecto a Guía. Según José Miguel Alzola, las imágenes de la Dolorosa y del Cristo a la Columna con que cuenta aquella parroquia, se deben a otro rasgo generoso del escultor. Las había hecho para Telde, pero viendo que se retrasaba demasiado el cobro de las mismas, una noche, acompañado de algunos paisanos, se trasladó a la población sureña, las rescató e hizo que fueran llevadas a su pueblo de nacimiento.
El Señor en el Huerto es otro regalo suyo. La génesis de esta obra es pintoresca y reveladora de la gran confianza que el artista tenía en sí mismo. Cuentan que durante una de sus estancias guienses, le llevaron sus paisanos la talla del Cristo de la Oración que debía de estar muy deteriorado, porque en un gesto que le retrataba perfectamente, la partió en dos de un hachazo. Sorprendidos, y seguramente alarmados ante semejante estropicio, los comisionados hicieron ver al estatuario que la Semana Santa era inminente y que la efigie destruida necesariamente habría de salir en procesión. Luján los tranquilizó diciéndoles: «Váyanse tranquilos, para entonces yo les haré otro mejor». Y tal como lo prometió lo hizo; aquel año el retablo de la Semana Santa guiense se enriqueció con otra nueva muestra del arte del gran imaginero.
Suyo es también el Crucificado que forma parte del Calvario de la capilla de su nombre en la iglesia de Guía y que ahora sale en la procesión del Viernes Santo. Lo talló en la tribuna de la entonces iglesia del Hospicio, y de ello sí que hay constancia documental en los libros de la Fábrica parroquia1 guiense. Originariamente lo hizo para ser colocado en el segundo cuerpo del retablo del altar mayor que también es obra suya- pero después pasó a ser un paso de la Semana Santa. En su lugar se colocó, y aún está, un no menos admirable Crucificado, obra también debida a él, pero de su primera etapa. En Guía está también el San Sebastián que talló para la ermita de su nombre, hoy en el camarín de la iglesia.
Además, existió en aquella iglesia un tabernáculo en el altar mayor hasta mediados del siglo XIX, y que tenía un pequeño crucifijo que hoy está igualmente en el camarín de la Virgen. Este tabernáculo tuvo también su historia. Quiso el párroco de Guía, don Juan Suárez Aguilar, colocar en el centro del presbiterio, en el altar mayor, el tabernáculo encargado por su antecesor, don Francisco Almeida, con limosnas que había dado doña Ignacia de Silva. Pero se opuso a ello don Blas Sánchez Ochando, yerno de don Marcos Falcón, militar de aquel Regimiento y figura preeminente de la localidad, alegando que en ese lugar su familia poseía en propiedad algunas sepulturas. Ante esta circunstancia, el obispo, don Manuel Verdugo, pidió a Luján un informe, porque, dice en el escrito, «bajo su dirección está informado haberse hecho el tabernáculo». La contestación del imaginero no se hizo esperar y, pese a la amistad con la familia Sánchez Ochando, Luján firma el siguiente informe: «José Luxán y Pérez, en vista del informe que se le pide por S.1. dice que es cierto haberse fabricado el Tabernáculo que se expresa, en tiempo del Beneficiado don Francisco Almeida con limosna que para ello dejó doña Ignacia de Silva, bajo la idea de colocarlo en medio de la capilla mayor, a fin de dar al coro que queda por atrás, la debida extensión y la mejor vista y comodidad al Pueblo. Porque es indudable que puesto en semejan te sitio no quedará capilla ni ángulo de la Iglesia desde donde no se descubra la Realidad, que es lo principal que debe procurarse en los templos; y de no hacerlo así se faltaría indispensablemente al plan con que se trazó, y por consiguiente a la comodidad del clero, que se tuvo presente y a la mejor cabida del Pueblo; pues, mal puede servir de obstáculo a lo más útil y cómodo al Pueblo, y al clero, el sepulcro de un particular que según se expresa, no fue concedido sino solamente para don Marcos Falcón y su consorte, que ya fallecieron y por tanto no debe tener más uso, especialmente cuando ya en dicha iglesia no se entierra a nadie de tres años a esta parte, sino en el cementerio que está fuera del pueblo». La respuesta del prelado fue concluyendo: «-Habiendo visto la carta y el informe que antecede. Dixo: que se coloque el nuevo tabernáculo en la iglesia parroquia1 de Guía conforme al Plan con que ha sido trazado». El tabernáculo, que fue pintado y dorado por José Ossavarry, permaneció en aquella iglesia hasta mediado el siglo XIX en que se desmontó para darle al retablo del altar principal mayor vistosidad. Mientras el tabernáculo estuvo colocado, la imagen de la Patrona, que actualmente figura en la hornacina central, se exhibía en el altar de la derecha o de la epístola, hoy conocido como el del Carmen.
La Virgen de las Mercedes, tenida como una de sus más bellas obras y tallada en un solo tronco de madera de cedro, la hizo por encargo de don Lorenzo Montesdeoca, uno de los hermanos Montesdeoca, los ilustres clérigos guienses que fueron fraternales amigos del escultor. Fue bendecida el 24 de septiembre de 1802, el día de su fiesta litúrgica. Aunque Tejera afirma en su biografía de Luján que con esta imagen se instauró en Guía el culto a la advocación mariana de La Merced, lo cierto es que tal devoción ya tenía su tradición, como lo demuestra el que en un inventario de 1782 se hable de «una imagen de las Mercedes, que está en su altar, frente al de ánimas>>.
Finalmente, es bastante presumible que algunas de las imágenes con que cuenta Guía -y alguna otra localidad del Norte de la isla- las tallara Luján en un hipotético taller que la tradición oral dice que tuvo en el llamado callejón de León. Hace años, una persona de mi familia, ya desaparecida, me contaba una anécdota sobre Luján que parece abonar vagamente esa suposición. En cierta ocasión dos carboneros que pasaban por el callejón de León, se detuvieron ante la puerta del estudio de Luján para contemplar al artista, que trabajaba en una obrecilla que, según la versión más generalizada, representaba un pájaro posado sobre una espiga completamente ‘erguida. Después de admirar por un momento la destreza del escultor, uno de los carboneros comentó algo al oído de su compañero y éste, de pronto, soltó ruidosamente una carcajada que de inmediato contagió al otro maúro. Sorprendido, casi molesto, Luján preguntó a los carboneros la razón de tanto regocijo. «Es que nos hace mucha gracia que una espiga no se cambe con el peso del pájaro», contestaron.
El maestro, reconociendo lo atinado de la observación de los palurdos, acabó por arrojar la figurita contra el suelo. Hasta aquí el cuento, que tiene todas las apariencias de ser una leyenda aplicada a nuestro artista. De todas formas, no queda más remedio que reconocer que el epílogo de la anécdota tiene la impronta del carácter de Luján Pérez, que, a juzgar por otras cosas que de él sabemos, además de un genio, debió de ser bastante genioso.
Respecto a que Luján fuera el autor de los planos del frontis de la iglesia de Guía, uno tiene la sospecha de que se trata de una atribución infundada, aunque en papeles impresos conste esta pretendida paternidad. En contra de la atribución aducida, se sabe que la fecha de los planos data de 1780, época en la que el artista apenas si tenía 24 años de edad, y en la que, por consiguiente, y a menos que se haga más luz sobre su etapa formativa, no se hallaba en condiciones de realizar un trabajo del mérito de éste, aunque ya después, muy posteriormente, sus trabajos de arquitectura en otros templos (el principal, la conclusión de la catedral de Las Palmas) lo califiquen también como un consumado arquitecto. Acaso, y en eso coincidimos con el desaparecido profesor de Historia de Arte, Miguel Tarquis, Luján Pérez fuera autor tan sólo del proyecto del cuerpo superior de la parte central del frontis, ya que la torre del reloj se concluyó ya muerto el artista, en 1838.
Finalmente, existe una prueba más del amor del imaginero por su tierra natal. Y está recogida -como la manda para la compra del reloj- en su testamento. Se refiere a su declaración sobre lo prevenido respecto al fin de sus bienes si, llegado el momento, hubieran fallecido todos sus herederos directos; esto es, sus hermanos y sus hijos.
Sus bienes, entonces, quedarían para la dotación de cuna Escuela de primeras letras en la villa de Guía, con cargo de dar papel y demás a los niños pobres, costa de bancos, etc.»
--------------
TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO DE PEDRO GONZÁLEZ-SOSA "EL IMAGINERO JOSÉ LUJÁN PÉREZ, NOTICIAS PARA UNA BIOGRAFÍA DEL HOMBRE. 1990".
Monaguillo rojo

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
La infancia es una patria surrealista. Todo podía pasar. Éramoscrédulos y fantasiosos, bullangueros, y devotos de las tradiciones cuando en
éstas se cruzaban los disfraces, los protagonismos o las devociones.
Nuestro objetivo era llevar la camiseta del Guía en un partido de alevines, meternos debajo de los papagüevos, improvisar disfraces o salir a las calles vestidos de monaguillos. A mí lo de monaguillo en la iglesia no me iba mucho. Alguna vez ejercí, pero me aburría sobremanera, y no compensaba el toque de la campanilla cuando llegaba el momento de las bendiciones los sermones interminables de don Bruno. Lo de monaguillo era algo fetén cuando salías a la calle, sobre todo cargando con el incensiario o con aquellas palmatorias que abrían las procesiones. No era fácil conseguir ropa de monaguillo. Pasaba como con los papagüevos, que al final eran los más galletones y los pelotas los que imponían su ley (la infancia es como la vida: casi siempre ganan los más fuertes o los petimetres que halagan y pelotean a quien haga falta para no perder chance). A lo mejor te dejaban la ropa para una procesión menor entre semana, pero no para el día de la Virgen, para Corpus o para el Viernes Santo. La decepción y la impotencia me llevaron a pedirle a mi madre que me comprara una ropa de monaguillo. No era lo mismo que conseguirla en la iglesia, pero al menos no tendría que mirar la procesión desde la acera. Me prepararon una ropa de monaguillo roja y blanca para Corpus. Yo salí muy ufano pisando las alfombras junto a los monaguillos oficiales. No llevaba nada pero estaba en el centro de la fiesta, y además en Corpus, que tenía el plus añadido de pisar el serrín, las chiripitas y los dibujos de sal primero que nadie. Don Bruno hacía la vista gorda a mi apócrifa presencia. Se veía que no le gustaba mucho que yo viniera con el uniforme desde mi casa, pero como éramos pocos claudicaba y nos dejaba salir en procesión. Al Corpus supongo que le siguió el Corazón de Jesús, la Virgen de Guía, San Roque, Santa Lucía y San Sebastián. Ya se habían acostumbrado a mi presencia rojiblanca y me dejaban llevar parte del atrezzo procesional, incluido el incensario que daba gloria bendita olerlo de cerca. Todo fue bien hasta la primera Semana Santa. Me estaba reservando para el día grande. No quise salir ni el martes con el Cristo de la Columna ni el miércoles con la procesión del Encuentro. Yo tenía todas las miras puestas en el Viernes Santo. Los jueves era otro cantar, y la lucha por el protagonismo y por una moneda de diez duros se libraba en el interior de la iglesia: había que estar desde las dos o las tres de la tarde haciendo méritos para ser uno de los doce elegidos en el lavatorio de pies: me tocó alguna vez, y de hecho creo que fue el primer trabajo remunerado de mi vida, para que luego digan que la iglesia no alienta el capitalismo y la mercadotecnia: nos daban diez duros a cada uno de los doce apóstoles y salíamos escopeteados al quiosco a ponernos hasta arriba de golosinas. Pero ya digo que el día grande era el Viernes Santo con todas las imágenes de Luján Pérez en la calle. Yo tenía previsto colocarme entre el Sepulcro y la Dolorosa, que eran las dos representaciones más solemnes del paso procesional. Ya me veía con mi flamante ropa de monaguillo encarnada en medio de la banda y las autoridades, serio pero pendiente de las bromas de los amigos que se quedaran fuera de la fiesta en las aceras. No le dije nada a nadie y me fui a mi casa sobre las cinco de la tarde a ponerme la ropa. Ya cuando bajaba por la calle del Agua noté algunas miradas irónicas y más de una sonrisa. Nadie me dijo nada. Atravesé la entrada de la iglesia ya atestada de gente. Todos iban enlutados, negros o grises, con compungidos gestos, y no había más color que el cielo azul y mi radiante ropa festera de monaguillo encarnado. Aún recuerdo la cara de don Bruno cuando me vio colocarme al lado de la Dolorosa de Luján un par de minutos antes de que bajara las escalinatas de la iglesia. No sé si me llegó a dar algún tirón de orejas, pero sí me acuerdo de su iracundo cabreo por pensar que un chiquillo de siete u ocho años se estaba burlando de la muerte de Cristo. Me mandó a mi casa con cajas destempladas. Yo no entendí lo que pasó hasta muchos años después. No sabía por qué no valía la misma ropa que había llevado ya en varias procesiones ante la mirada pía de los feligreses y la aceptación del sacerdocio oficial de mi pueblo. No recuerdo tarde tan triste como aquélla en la que subía las cuestas camino de San Roque como un Adán recién expulsado del paraíso; de hecho la famosa imagen de Adán y Eva que aparecía en los libros de religión siempre me recordó a mí mismo aquella tarde aciaga de primavera recorriendo las calles que en unos minutos pisarían los santos y los monaguillos blanquinegros. Una vez me cambié de ropa y salí a la calle a ver la procesión desde la acera todos me preguntaban que cómo se me había ocurrido vestirme con colores alegres, y encima de rojo, para asistir al entierro de Jesucristo. Puede que yo dijera que no iba a ningún entierro sino a una procesión, aunque creo que lo único que hacía era quedarme pasmado delante de los integristas que recriminaban mis buenas intenciones piadosas. Desde ese día renuncié a mi vocación de monaguillo y de paso a querer ser cura. Me quedé con la parafernalia siempre colorista y festiva del fútbol o de los carnavales, y con los juegos en la calle. La iglesia siempre fue sinónimo de obligación y de solemnidades que quedaban fuera del conocimiento y de la bonhomía; por eso desde que pude salí corriendo.
Abril de 2007.

Una verguenza
Cada vez que me desplazo a mi querida
tierra -Guía de Gran Canaria- observo con pena y a la vez con rabia el
pasaje que tengo que tomar para cambiar de la pista a la carretera que se
dirige a mi pueblo, un pasadizo en forma de pequeño túnel, que iniciándose a la
altura casi de la Villa Melpómene
en el camino hacía Llanos de Parra sale frente a los antiguos Almacenes de los
Roques. Por Juan Dávila-García
En este aspecto se hace una vez más patente la desconsideración de las
autoridades, -las que sean-, con respecto a los ciudadanos de Guía y muchas
gentes que procedentes de otros pueblos no entran en el mismo por la fealdad ignominiosa
que representa en citado acceso y deciden pasar de largo. En diferentes
ocasiones le he manifestado a nuestro estimado alcalde Fernando Bañolas, la
incongruencia que representa tan nefasto acceso para una ciudad de la categoría
de Guía en cuyo interior se encuentra uno de los más hermosos cascos antiguos
de Canarias y que debían ser promocionados como tal.
Nuestro pueblo tiene muchas cosas que
enseñarle a los visitantes que al mismo arriban, entre estas destacar el bello
Camerino de la Virgen,
todo lo que constituye el entramado de la iglesia con su arquitectura neoclásica
y las veneradas imágenes que en el mismo se albergan con especial incidencia
las esculpidas por Luján Pérez, donde destacan todas las relativas a la pasión,
y la hermosura sin igual de la
Virgen de las Mercedes posiblemente unas de las obras más importantes
de cuantas realizo nuestro insigne paisano. Alababa hace unos días en una
tertulia de amigos las impresionantes bellezas que posee mi pueblo y alguien
con razón me realzaba la grandilocuencia del citado casco antiguo, tan impoluto
y conservado, como sino hubieran pasado los años por el, incluso otros me
indicaban el resurgir de Guía especialmente en la zonas nuevas de Marente y la Huerta, donde se observa un
crecimiento muy homogéneo –en lo referido a sus construcciones-, de características posmodernistas y que se va
ampliando día a día, es muy posible que esa sea la zona que le vuelva a dar
Guía la categoría que siempre tuvo con relación a los demás pueblos de
noroeste. También mi pueblo posee un notorio relicto prehispánico, donde
destaca el Cenobio –y no granero- de Valerón y el Tagoror del Gallego con su
gran cantidad de túmulos funerarios.
No nos permiteremos caer una vez más en el
tópico de la desidia, nuestro pueblo esta en el buen camino, son muchas las
cosas buenas que se están realizando gracias a la excelente labor de su
alcalde, un patriota donde los haya y seremos muchos los que sigamos su seguro
caminar en pos de obtener la grandeza perdida. Guía de Gran Canaria tiene que
volver a por sus fueros y nada ni nadie nos va a impedir, que la herencia que
nos dejo nuestro fundador Sancho de Vargas y Machuca vuelva a ser mancillada,
como un nuevo amanecer Guía tiene que volver a su esplendor de antaño, ya nos
hemos inhibidos de aquellos comportamientos caciquiles que algunas familias sin
ninguna preponderancia obviaron nuestro sentir patriótico llevando a nuestro
pueblo a la más ignominiosa decadencia.
Cuanto he manifestado aquí puede ser
posible, pero necesitamos que las necesidades del pueblo sean cubiertas, como
primera providencia estimo necesario que la entrada a nuestro municipio y que
ya he expuesto, sea arreglada cuanto antes, que desaparezca ese angosto
puentecillo de connotaciones escatológicas y en que su lugar se haga una
rotonda perfectamente rotulada donde se anuncie todas las maravillas que Guía
le ofrece al visitante.
Que el acicate que nos mueva a llevar
adelante tal labor no sea adventicia, sino que sea toda una realidad. Como
siempre es para mi un honor ponerme a disposición de las autoridades de mi
pueblo y de su gente, para llevar adelante tan importante obra, y decirle a sus
habitantes tan queridos por mi, que todo consiste en ponernos en marcha
exigiendo a quien sea, -cabildo, gobiernos autónomo o central-, que Guía existe
y que dada su encomiable historia se la tenga en cuenta, y que a la urgencia
debida se nos arregle el acceso al pueblo, para que este pueda ofrecer sus
excelencias a quien decida visitarnos y dejemos de decir como hasta ahora una
vergüenza al menos en lo referido en este articulo.
jocdavila@yahoo.es
Luján: familia e infancia
Por Pedro González-Sosa José
Luján Pérez nació en el guiense pago de Las Tres Palmas, el día 9 de
mayo de 1756. Fue hijo de un matrimonio de labradores regularmente
acomodado y el segundo de cinco hermanos: José Domingo, nacido, como
todos, en Guía, el 28 de julio de 1754 y que murió muy niño; Carlos
Fernando, nacido el 4 de octubre de 1760; María José, venida al mundo
el 24 de junio de 1765 y Juan José, que fue bautizado en 1769.
Los padres, José Luján Bolaños y Ana Pérez Sánchez, fueron casados en Guía por el entonces beneficiado de la parroquia don Baltasar José Rodríguez Déniz y Quintana, el 3 de abril de 175 1, asistiendo como testigos don Alonso de Olivares, Pedro Correa y Francisco Navarro, hermano de ella, todos vecinos del mismo pueblo. El padre del imaginero murió en Las Palmas el 7 de agosto de 1807 y, por expreso deseo de su hijo, fue enterrado delante del altar de la Virgen de La Antigua, en la Catedral, cuando todavía estaba en la hornacina una antigua imagen de esta advocación que fue sustituida por la soberbia escultura que ahora existe allí, y que el imaginero comenzó a cincelar en agosto de 1808 por encargo del Cabildo Catedral. La imagen fue entregada al Cabildo, después de muerto el artista, por su hermano Carlos, en 1815.
La partida de defunción del padre del imaginero se encuentra en el desaparecido Libro 6 de los de Defunciones de la antigua iglesia del Sagrario (hoy de San Agustín) que se guardan en el Archivo Diocesano. El libro desapareció, nos han informado, en el traslado que se hizo de San Agustín al citado Archivo, desde luego después de 1974, año en que lo relacionó Francisco Morales Padrón en un inventario que hizo de todos los libros sacramentales de las iglesias de la Diócesis de Canarias. Pero quien escribe, antes de su pérdida, tuvo tiempo de consultarlo alguna vez, advirtiendo que allí indicaba que el fallecido era viudo, cuando en realidad su esposa, Ana Pérez Sánchez, le sobrevivió algunos años más y murió en Guía, donde fue enterrada en 1812 en el cementerio de La Atalaya, aquel que se había bendecido para los muertos de la epidemia de fiebre amarilla de 1811.
El beneficiado de turno olvidó inscribir en el libro correspondiente la partida de bautismo de María José, la hermana de Luján, por lo que el padre hubo de tramitar en 1793 un expediente para subsanar la omisión. En él fue necesaria la testificación de varios vecinos, entre otros Ana de Quintana, que fue quien llevó la niña a la pila, recordando también, dice en su declaración, que aquel mismo día nació en Guía una niña llamada Juana, hija de Antonio Herrera, señalando el juez instructor comisionado que de la información recogida resulta que María José de los Dolores Luján Pérez nació el 24 de mayo de 1765 y que fue bautizada al día siguiente. Para salvar las contradicciones en que incurrieron la madre de la niña, Ana Pérez, y la mujer que la llevó a bautizar, respecto de la hora del nacimiento, se acuerda hacer constar que fue «por la noche del dicho día 24 y por no haber en estos pueblos reloj público para asegurarse en la hora terminan te de su nacimiento.
Es curioso advertir cómo en casi todos estos hermanos destacó alguna faceta no vulgar; singularidad que tuvo su expresión cimera luminosa en el talento artístico de Luján Pérez y su revés negativo en el pobre Juan José, que era, según un documento coetáneo, fatuo e inhábil; es decir, lisiado de cuerpo y de espíritu. Respecto al otro hermano del imaginero, Carlos, hasta nosotros han llegado noticias que hablan de una acusada hurañía que contrastaba con su habilidad para la labra de la madera, que aplicó de modo especial a la decoración de yugos y otros instrumentos de labranza.
A la hora de hablar de la familia Luján Pérez sería injusto que silenciáramos el nombre del presbítero don Fernando Sánchez Navarro, hermano de su madre, y que se constituyó de por vida -y aún después de muerto- en el ángel tutelar de sus sobrinos. Su protección comienza desde que aquéllos nacen, pues de todos es padrino de pila, y su celo cariñoso le lleva, en el momento de otorgar testamento ante el escribano de Guía Miguel Álvarez Oramas, a condicionar el disfrute de sus bienes al cuidado y manutención de Juan José, el sobrino malaventurado. Dadas estas premisas, acaso no sea fantasioso aventurar que el juvenil Luján Pérez encontró decisivos alientos en el corazón y en la bolsa de su tío.
En el testamento del presbítero Sánchez Navarro se descubre la buena posición económica de que disfrutaba, ya que cuando se refiere a la declaración de terrenos, señala como bienes suyos «por diversas compras que he hechos abundantes terrenos, aparte de otros habidos por herencia de su padre, tal uno «situado en la parte de arriba lindando con Los Nogales, que linda también con el camino real que va a Artenara, con la Degollada de la Bruma y que viene a dar sobre las fuentes. Declara don Fernando por sus únicos y universales herederos a su hermana, Ana Sánchez y a su cuñado José Luján Bolaños, padres del artista. En caso de quedar sin sucesión, los bienes deberían pasar a los hijos de su hermano Francisco. Pero en todos los casos sujeta esta disposición testamentaria a la obligación de pagar los tributos, y «también de mantener hasta su fallecimiento a Juan José, mi sobrino, fatuo e inhábil de poder mantenerse, aunque sea hombres.
Luján Pérez nació, pues, en el seno de una regularmente situada familia de labradores. Su nacimiento en el pago de Las Tres Palmas, fue accidental, en época en que sus padres estaban en la casa de la finca familiar. Por documentos de entonces puede conocerse que la residencia habitual de la familia era una casa que tenían en el casco de Guía, en la calle de Enmedio (conocida también como la de San Antonio y de los Malrubios), en la que murieron él, su madre y sus hermanos Carlos y María José.
Es muy probable que Luján Pérez, niño, ya viviera en Las Tres Palmas ya en la calle de Enmedio de la localidad, fuera instruido de las primeras letras en la Escuela que habían creado en el Hospicio los franciscanos, al lado de la iglesia levantada, a principios de 1700, en el lugar donde naciera la famosa monja sor Catalina de San Mateo.
José Luján Bolaños, padre del escultor, no circunscribía su actividad a la agricultura, sino que también participó en la política local. En un documento ante el escribano Pedro Tomás Aríñez, en relación con el arrendamiento a medias de tierras labradías donde llaman el Cortijo de la Caldera y de Las Mesas, consta que era Diputado Regidor de la villa.
A partir de los datos de su nacimiento y confirmación, la noticia que conocemos relativa a la primera época de la vida de Luján, es de carácter legendario, y es una anécdota muy divulgada que don Juan Batista Palenzuela tomó de labios de un primo del escultor. Don Juan Batista fue un caballero guiense de larga vida- murió a los cien años en 1933- y también de largo amor por las cosas de su pueblo.
Él fue durante muchísimo tiempo algo así como el oráculo de la tradición guiense. El libro de Santiago Tejera y la biografía de Gordillo escrita por el señor Moya se surtieron abundantemente en el arsenal de noticias de su memoria. Y fue una lástima que no tuviera don Juan Batista mayor afición de la que tuvo a la escritura, pues de seguro hubiera rescatado del olvido mucho material histórico y anecdótico del que hoy nos sentimos tan necesitados.
«Refieren parientes muy cercanos -escribió don Juan en un cuaderno de notas- que a los nueve años fue llevado Luján por su madre a la ermita de Fontanales a hacer la primera comunión. Estaba encargado de la ermita un frayle que no debía ser tonto por lo que ocurrió: mientras su madre hablaba con el sacerdote en la sacristía, el niño quedó como extasiado ante la imagen de San Bartolomé, y, al salir el frayle acompañado de su madre y pararse junto al niño dijo éste que le gustaba mucho el santo, agregando que él «haría uno como éste, pero si tuviera mi cuchillo». Le regaló el cura una navaja y Luján quedó comprometido a hacerle un San Bartolomé, prometiéndole el sacerdote un regalo. Se vino Luján a su casa y cogió un trozo de madera de escobón; y a los quince días volvió con su preciosa copia del santo, pero tan exacta, con tanto parecido en los mínimos detalles, que el frayle exclamó: «esto no es cosa humana. Aquí está la mano de Dios». Y al momento cogió al niño y se fue con él al Cabildo de Las Palmas y le expuso lo ocurrido y el mismo Cabildo se ocupó de la educación del pequeño».
Huelga decir que el relato debe más a la leyenda que a la historia. Porque quien influyó cerca de la familia de Luján para que éste fuera llevado de Guía a Las Palmas a iniciarse en los estudios artísticos, fue, a lo que parece, don Blas Sánchez Ochando, teniente del Regimiento de Guía de las Milicias Provinciales, que casó con dama guiense muy principal.
Don Blas había nacido en Murcia, y este dato hace suponer que fuera el ejemplo de su paisano Salzillo el que le movió a preocuparse porque no se desperdiciaran las aptitudes que apuntaban en el muchacho nacido en Las Tres Palmas. Uno se pregunta: sin la presencia de este avisado murciano en el Guía de 1700 y pico, aislado, en un ambiente sin tradición artística, se hubiera acertado a encauzar adecuadamente las aptitudes de Luján Pérez? Es cierto que, según los resultados, sus cualidades eran de las que no pueden ser sofocadas por ningún género de limitaciones, pero no es menos verdad que sin la formación básica y los estímulos de toda clase que recibió en Las Palmas, probablemente no hubiera pasado de ser uno de los tantos fabricantes de santos que brotaron en las islas, un amañado, sin duda con más habilidad y gusto que los otros, más artista si se quiere, pero de ninguna manera el maestro que llegó a ser. Su hazaña más sonada hubiera sido tal vez muy por el estilo de aquella que protagonizó un sacristán con ínfulas de gran organista, paisano suyo, que en cierta ocasión, después de escuchar nada menos que a Saint-Saens que interpretaba unos impromptus en el órgano de la iglesia de Guía -estrenado por el músico y compositor francés a finales de 1900- exclamó con despectiva suficiencia: «Este señor de música no sabe ni papa Acerca de quién pudo aleccionar a Luján desde su llegada a Las Palmas, se citan varios nombres, destacando sobremanera por la importancia del descubrimiento el del maestro San Guillermo, dato que debemos a José Miguel Alzola, quien encontró entre los viejos papeles de don Domingo Déniz la noticia de que «el primero que en la provincia trabajó en la escultura con gusto y delicadeza es el conocido, aún vulgar y tradicionalmente, San Guillermo, excelente tallista, natural de Gran Canaria, que aleccionó a Luján Pérez, cuyo discípulo señaladamente aventajó a su maestro,. Tampoco debe olvidarse las enseñanzas de dibujo que recibió de don Cristóbal Afonso, ni las que obtuvo en la entonces recién creada Escuela de Dibujo, fundada en 1782 por el Deán Jerónimo de Roo, o en aquella otra Escuela gratuita de Dibujo de Las Palmas, patrocinada por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, donde aprendería los primeros y rudimentarios conocimientos arquitectónicos. Dada su edad, es muy posible que Luján fuera compañero de infancia de los hermanos Montesdeoca y, andando el tiempo, trató íntimamente a otros guienses que como él ocuparon puestos sobresalientes en la historia de la isla y de los que consta su estima por el escultor: entre otros, don Pedro José Gordillo y Ramos, el canónigo inteligente arriscado que llegó a ser Presidente de las Cortes de Cádiz, y el poeta Rafael Bento y Travieso, quizás mucho más interesante por su vida complicada que por los méritos de su obra.
------------------
NOTA: TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO DE PEDRO GONZÁLEZ-SOSA "EL IMAGINERO JOSÉ LUJÁN PÉREZ, NOTICIAS PARA UNA BIOGRAFÍA DEL HOMBRE. 1990".
María Petra (El Reloj). SOBRE EL LEGADO DE LUJÁN PÉREZ
María Petra, al son de las horas
Por Joaquín Rodríguez.
Nuestro
insigne imaginero D. José Luján Pérez, no sólo nos legó su abundante y
excelsa obra escultórica, sino también que su última voluntad fue la
donación del reloj de la parroquia.
La vida en nuestra ciudad palpita bajo el bienhechor influjo de los sones de la campana de nuestro reloj. Y así mismo, bajo su influjo, hemos querido revivir su historia.
Nuestro insigne imaginero D. José Luján Pérez, no sólo nos legó su abundante y excelsa obra escul-tórica, sino también que su última voluntad fue la donación del reloj de la parroquia:
«Declaro que, a impulsos del amor y afecto que profeso al pueblo de Guía por ser mi patria, es mi voluntad se ponga un reloj en una de las torres de aquella Iglesia Parroquial a fin de que sus vecinos disfruten ese benefi-cio y puedan arreglar la distribu-ción de sus aguas que es de tanto interés para la agricultura y para no causar disturbios ni desave-nencias entre sus partícipes, a cuyo fin he mandado entregar mil pesos»
Y su voluntad se cumplió. Hubo reloj. Pero faltaba que sus horas no tan sólo se viesen, sino que fuesen oídas. Y también hubo sonido: D Pedro José Gordillo y Ramos, hijo preclaro de esta ciudad y Arcediano de la Catedral de la Habana, regaló la campana destina-da al reloj.
Buscando datos sobre estos hechos, encontramos en el Libro de Mandatos del Archivo Parroquial y, en el folio 27 vto., lo siguiente:
«Santa Visita Pastoral a la Villa de Guía, 6 de Octubre de 1836.
El Iltmo. Sr. D. Judas José Romo, Obispo de Canarias...
... En el día 9 a las doce de la mañana, bendijo S. S. I. la cam-pana que regaló D. Pedro Gordi-llo, Arcediano titular de la Igle-sia; y mandó S. I. que se pusiese a disposición del Ayuntamiento para que se colocase en la torre. Esta ceremonia de la Bendición que se hizo según S. I. en treinta y cuatro minutos»
Según otros informes se le dio los nombres de MARIA por ser la Patrona, y PETRA, por el del do-nante.
Aproximadamente dos años después, el día 26 de julio de 1838, fue solemnemente inaugurado. En tal ocasión, el Ilustre Canónigo y doctoral de la Santa Iglesia Cate-dral de Canarias, D. Graciliano Afonso, compuso el siguiente sone-to:
CON MESURADO PASO, BLANDO, LENTO
MIDES EL TIEMPO, OH PÉNDOLA CANORA,
EL QUE INSACIABLE CON AFÁN DEVORA
TRAS SIGLO TANTO EL VOLADOR MOMENTO.
TÚ MARCAS SU VIVIR AL GRAN TALENTO
Y EN LA CIMA DE OLVIDO ASOLADORA
TAMBIÉN RODAR VERÁS LA ARPA SONORA
QUE AL HÉROE ENSALZA Y ENCADENA EL VIENTO.
¿Y ALLÍ ESTARÁS TAMBIÉN, LUJÁN SUBLIME?
¿HASTA DE TU CINCEL NO HABRÁ MEMORIA?
¿TU PATRIA AHOGARÁ LA VOZ QUE GIME
PERDIENDO DE TU GENIO LA ALTA GLORIA?
GUÍA, NO LLORES, QUE VIRTUD EXIME.
MUERA EL PATRIOTA Y DÉ SU DON LA HISTORIA.
Y, hora tras hora, durante dos siglos ha venido marcando la pauta de nuestra vida hasta llegar al año 1956.
El día 9 de mayo de ese año, 1956, tuvieron lugar los actos con-memorativos de su bicentenario. Actos que dieron comienzo con el repique de campanas comenzando a las doce del día y repetido cada hora, inmediatamente que dejaba de sonar el reloj parroquial, hasta el toque de oración, siendo una evo-cación del que tuvo lugar el citado día 28 de octubre de 1836, con motivo de la bendición del reloj.
Al día siguiente, 10 de mayo se descubrió en el frontis de la torre que alberga el reloj, una lápida conmemorativa. Intervino en este acto, el finado D. Luis Doreste Silva, ilustre escritor y poeta, que leyó unos sonetos alusivos.
Desde entonces, el reloj, la campana y la lápida nos recuerda, en el transcurso del tiempo, que su existencia se debe al gran artista guiense el reloj; y al ilustre Dr. D. Pedro Gordillo, la campana.
Campana que sigue sonando, marcando las horas su reloj, y nues-tra ciudad, sigue palpitando. Gozo-sa ahora, por la celebración de sus Fiestas Patronales.
JOAQUÍN RODRÍGUEZ
EL ECO DE CANARIAS
14 de agosto de 1971
NOTA ACTUALIZADA: Este artículo se publicó enriquecido con una fotografía de la torre del reloj y otra de D. Salustiano Alamo (experto profesional local) repasando los grafismos de la esfera del reloj; ambas del añorado Paco Rivero.
IR A LA WEB DE JOAQUÍN RODRÍGUEZ
Documento histórico - Luján 1932
El extinto periodico EL DEFENSOR DE CANARIAS publicó en 1932 una noticia firmada por su corresponsal, fechada en 17 de diciembre del mismo año, en la que daba cuenta del "solemne acto de la inauguración
de un monumento al gran imaginero canario Luján Pérez, orgullo de la ciudad de
Guía que le vio nacer".
Desde Guía
Inauguración de un
monumento a Luján Pérez
EL DEFENSOR DE
CANARIAS. 17 DE DICIEMBRE DE 1932
El jueves a la tarde [15.12.1932], según se
habrá anunciado, tuvo lugar en esta ciudad el solemne acto de la inauguración
de un monumento al gran imaginero canario Luján Pérez, orgullo de la ciudad de
Guía que le vio nacer.
Este monumento, que perpetuará
la memoria de tan esclarecido hijo, está emplazado en la plazoleta que lleva su
nombre, siendo obra del director de la Escuela “Luján
Pérez”, el notable escultor don Gregorio López Martín.
Desde mucho antes de la hora
anunciad, y a pesar de lo desapacible del tiempo, notábase mucha animación,
invadiendo la plaza mucha gente ansiosa de presenciar tan patriótico acto.
Mientras tanto, la banda municipal ejecutaba un selecto programa....
A las cuatro y media llegó el
gobernador civil de la provincia acompañado de su secretario particular don
Domingo Cárdenes y del secretario del Gobierno don Eduardo Carqué, siendo
recibidos por las autoridades de esta ciudad.
Momento de la inauguración
Al descubrir el busto el
alcalde de Guía don Francisco Jiménez, la banda municipal ejecutó el Himno de
Riego, dando lectura a continuación el señor Ayala a unas hermosas cuartillas
elogiando la inconmensurable labor de Luján Pérez, a quien –dijo- la ciudad de
Guía satisfacía la deuda con él contraída, a los ciento diez y siete años de su
fallecimiento.
Refiriéndose a la labor
realizada por Luján Pérez –siguió diciendo el orador- que para ejecutar más de
doscientas maravillas de la escultura el insigne canario trabajó durante toda
su vida en perfeccionarse, logrando, en una época en que Canarias era nula en
materia de bellas artes, crear obras que sobrepujaron a las realizadas por
otros escultores célebres.
Termina su discurso el señor Ayala
dándole las gracias en nombre de la Corporación
municipal, al escultor don Gregorio López, sin cuyo concurso, colaboración y
patriótico desprendimiento, Guía no hubiese podido rendir este tributo a la
memoria del gran imaginero sin hacer para ello un enorme sacrificio. Asimismo
dio las gracias a las autoridades y representaciones asistieron al acto, siendo
muy aplaudido.
A continuación, y por enfermedad
repentina de don Domingo Doreste hace uso de la palabra don Juan Rodríguez
Doreste, que en un lido de labor del gran Luján Pérez, que puso –dice- todo su
arte al servicio de su religión, mostrándose orgullosa la ciudad de Guía al
erigirle un monumento para perpetuar su memoria. Las últimas palabras del señor
Rodríguez fueron subrayadas con aplausos.
Terminado este simpático acto
los asistentes se trasladaron al Ayuntamiento en donde fueron espléndidamente
obsequiados con pastos, licores y tabacos.
Entre los numerosos invitados
encontrábase el señor juez de Instrucción, don Julián Santos Cantero, Vble, Párroco,
don José Martín Morales, Registrador, don Francisco Aponte, notario don José
Cma Frades, don Fernando Máximo Guerra, don Juan P. Guerra, don Antonio
Sarmiento, don Luís Pérez Silva, don Santiago S. León, don Blas Saavedra, don
Salustiano Estévez, don Juan Ramírez, don Juan Arencibia, maestras y maestros
nacionales, doctor don José Blanco Hernández, don Manuel Rodríguez Hernández,
don Federico Martín, los alcaldes de Arúcas, Agaete y Gáldar, los concejales
del Ayuntamiento de Guía y otras personas cuyos nombres lamentamos no poder
recordar
EL CORRESPONSAL.
Guía, 17-12-1932.
NOTA: TRANSCRIPCIÓN DEL
PERIÓDICO HECHA POR ANTONIO AGUIAR. NUESTRO AGRADECIMIENTO A SERGIO AGUIAR POR APORTAR EL ORIGINAL.
VER ORGINAL DEL PERIODICO EN
PDF
El busto colombino de Luján. Alejandro C. Moreno
En un texto publicadohoy en guiadegrancanaria.org en el que Antonio Aguiar trascribía -a su modo- una
conversación telefónica que mantenía con Pedro González-Sosa entorno al error
histórico del busto colombino, puede leerse: “En la segunda edición del
libro de Luján que acaba de salir a la luz consta que Eduardo Gregorio tomó
como referencia a la hora de realizar el busto un retrato de Luján realizado
hacia 1850, que a su vez se basó en la imagen de la
hija del imaginero guiense, ya que no se disponía de retrato original de
nuestro insigne escultor”. Por Alejandro C. Moreno y Marrero.
Dicho esto, ha quedado suficientemente claro que para lo que sí se tomó de modelo Dña. Francisca (hija de Luján Pérez) fue para la realización en 1850 del retrato de Luján pero, como decía anteriormente, en ningún momento se recoge en dicho libro que Eduardo Gregorio tomara aquel retrato de 1850 o bien a su hija Francisca como modelo para la realización del busto colombino (de Cristóbal Colón).
De otro lado, no quisiera dejar de mencionar que en el texto de publicado hoy -reitero, trascrito a su modo por Antonio Aguiar- también apunta Pedro González-Sosa que la leyenda de la identidad del busto surge de un artículo suyo publicado en el Eco de Canarias entre los años 1960-1970. Así, puedo decir que eso no es cierto. Nada más lejos de la realidad, pues, el memorialista guiense Juan Dávila-García dice en un texto publicado hace unos días que desde mucho antes de esa fecha que daba González-Sosa, la identidad del busto ya era un tema habitual en las tertulias guienses celebradas en casa de D. Francisco Miranda Santiago, en el despacho del abogado D. Miguel García Lorenzo así como también en las celebradas en la farmacia de D. Fernando Guerra Alemán.
Por último, ya que Antonio Aguiar está tan interesado en aclarar este turbio asunto, quisiera que llamase a José Miguel Alzola (biógrafo de Luján) así como a la Catedrática de Historia del Arte de la Universidad de La laguna Dña. Clementina Calero Ruíz (también biógrafa y especialista en Luján) y a quien el Gobierno de Canarias en el año 1991 le encargó para su Biblioteca de Artistas Canarios el tomo primero (volumen con el que da comienzo dicha colección), dedicado a la figura de ilustre imaginero guiense Joseph Luján Pérez. Y es que, me gustaría que, de la misma forma que llamó a Pedro González-Sosa, llamara también a sendos especialistas Lujanianos, ya que, no debemos olvidar que Luján Pérez no es simplemente una figura local sino que su obra posee una dimensión que va mucho más allá de nuestras fronteras. No es nada bonito posicionarse siempre del lado del más fuerte sin tener en cuenta la opinión del que -a priori- es considerado el más débil, simplemente por su juventud.
Apelativos guienses (y V)
Cuando no teníamos apellidos (y V)
Esta es la últimaentrega de los apelativos existentes en mí pueblo Guía de Gran Canaria,
recordarlos, seleccionarlos y desarrollarlos ha significado para mí un
extraordinario placer, ya que me han traído a la memoria recuerdos de mi
infancia y de mi juventud. Por Juan Dávila.
Durante cuatro días he convivido metafóricamente y
de una manera distendida con un montón de gente de mi pueblo a los hacía tiempo
no recordaba, hoy gracias a este esfuerzo los tengo de una manera nítida en mi
memoria y para conocimiento de estas familias y personajes que he ido citando
decirles que a partir de ahora jamás los olvidare y que mi afecto y cariño
hacía ellos tendrá siempre un huequito en mi corazón. Y así tenemos:
A los “moles”,
apelativo este que le daban a Juan Rivero y sus hijos, Juan, Felix, Alfonso,
Salomé, María Teresa y Amadita; los “churros”, constituidos por la familia de
José Bolaños y sus hijos, Fefa, Enrique, Fernando, Amada, Hilda y Norberto conocido
por Betín; los “latoneros”, familia formada por Manuel Jiménez Ossorio y
Genovevita Suárez, sus hijos Paco, Manolo, Mercedes, Genoveva, Lia y Pedro,
también eran conocidos por este apelativo Luís el de Cristina y Manolo García
Jiménez hijo de Miguelito en peninsular que fue durante muchos años cartero
rural de Becerril y que estaba casado con María de Guía Jiménez Ossorio; los
“nolascos” como se llamaban a los hijos de Nolasco Suárez, Pedro conocido por
churchill, Juan que era herrero y Carmela la mujer de Fabio Álamo; los
“clacas”, familia de la
Atalaya apellidado Quintana, citar entre ellos a Santiago,
Juan, del que se ha dicho ha sido un gran cantador cuestión esta muy dubitable
y la mujer de Antoñito el enfermero cuyo hijo Carmelo Suárez Quintana residente
hoy en Maspalomas, que fue nominado en su momento como el mejor cantador de
aires canarios de la isla; Manolo León conocido por el “gago”; los “maría
luisa”, apellidados Estévez Abreu, Antonia, Boro, Nano, Pino, Pila, Chona y
Juan; los “girioles”, cuyo apellido era Álamo, figurando entre ellos, José,
Antonio, Candido, Teodoro y otras; los de “Juan el grande”, familia formada por
Juan Díaz y Pinito Calcines y sus hijos, Pepe conocido por el kilo, Reyes,
Blanca, Ofelia, Juana, Nena, Juan, Kiko y Tano entre otros; los “chonas”,
familia de Chonita Ossorio Ortega cuyo único hijo Pepe era conocido por el
chona, y sus nietos Pepe, Tere y otros por los “chochas”; los “reinas”, familia
formada por Antoñito Estévez y Lolita Pérez, y sus hijos, Manuel, Geño
dentista, Antonio, Pepe, Juan, Martín psiquiatra, Leonor, Frascorra, María
Milagrosa y una que era monja que no recuerdo su nombre; los “malacaras”,
familia formada por Juan Martínez guardia municipal y sus hijos, Chico,
Gabriel, Momo, María, etc; los “ricardos” que eran Juan Ricardo Moreno y sus
hijos, destacando entre estos a Antonio que fue profesor de la Universidad de La Laguna; los “serranos”,
padre e hijos destacar entre estos a Juan extraordinario tallista, que
acrecentó su fama como tal en las obras del camerino de la Virgen de Guía, además era
funcionario de Correos; los “morrocoyos”, familia compuesta por Paquito
González y sus hijas; los “poetas”, familia liderada por Andrés el poeta y sus
hijos Enrique, Herminia y otros; los “birranos”, Batistas de apellido descendientes
de maestro Vicente Batista experto cuchillero y sus hijos Vicente y Juanito uno
de los mejores trompetistas que ha habido en Canarias.
Y esto ha sido
todo, espero que este trabajo en cinco episodios les haya resultado ameno y
además ilustrativo. Fue difícil recopilar tanto nombre y darle una forma
literaria acorde con los personajes mencionados, todos grandes y eminentes
hijos de mi pueblo Guía de Gran Canaria, la mayoría de los mismos hace muchos
años que descansan en la paz del Señor, pero sus descendientes viven aún para
ellos mi emocionado recuerdo.
jocdavila@yahoo.es
Pedro G. Sosa habla sobre el busto
Nuestro Cronista aclara la leyenda
Nuestro cronista oficial, Pedro Gozález-Sosa, me ha llamado para aportar luz sobre el debate suscitado en torno al busto original de Luján Pérez, afirmando con rotundidad que dicho busto corresponde, sin lugar a dudas, al imaginero guiense. Por Antonio Aguiar.
Informa nuestro Cronista que la tal llamada leyenda parte precisamente de un artículo de prensa publicado por él mismo en el Eco de Canarias en los años 60-70, en el que en tono jocoso hacía alusión al parecido que Luján tenía con Cristobal Colón, a la vista del busto emplazado en la Plaza Chica de Guía. Pero nada mas lejos de su intención que ello diera pie a una leyenda sobre un supuesto error sufrido en su día
y que ocasionó que el busto traído a Guía correspondiese al descubridor de América. El Cronista añade que Eduardo Gregorio no realizó ningún busto sobre Colón.
Pedro González-Sosa nos explica, y así consta en su libro sobre Luján del que acaba de salir la segunda edición, que Eduardo Gregorio tomó como referencia un retrato de Luján realizado en 1850, que a su vez se basó -esto último no figura en el libro- en la imagen de la hija del imaginero guiense, ya que no se disponía de retrato original de nuestro insigne escultor. El gran parecido que según se afirmaba en la época tenía la hija de Luján con su progenitor animó a realizar el retrato en cuestión, con la particularidad de que el retratista plasmó incluso el pelo y peinado de la propia hija, lo que explica el entuerto del que hemos sido víctimas varias generaciones.
Añado yo que quizá el modelo utilizado por Eduardo Gregorio fuera el retrato de su hija que aparece a la izquierda, realizado por su hijo Amaranto Martinez de Escobar; observen el gran parecido que tiene con el busto original de Luján.
La solvencia que tiene acreditada nuestro Cronista Oficial creo que es suficiente para otorgar a su versión la mayor credibilidad. Ello no es obstáculo para proseguir con el plan trazado por el Ayuntamiento, consistente en restaurar el busto original, que será reubicado en la Casa de la Cultura, e inaugurar uno nuevo que será emplazado donde estaba la fuente de la Plaza Luján Pérez.
Aprovecho para recordar que el nuevo busto será inaugurado pasado mañana dia 18 a las 21 horas en la fuente de la Plaza Chica.
Antonio Aguiar.
13
de abril de 2007 (actualizaodo el 25 de abril de 2007).






