Eduardo Gregorio y su obra en Guía

El escultor Eduardo Gregorio talló, me dicen que es en madera de cedro, el extraordinario y magnifico púlpito de aquella iglesia que incluye un no menos artístico "tornavoz", de cuya obra presume no solo el estamento religioso sino la ciudad entera que lo tiene como uno de los más valiosos concebidos y tallados ricamente en el pasado siglo XX. De Eduardo Gregorio son, también, las dos puertas laterales del altar mayor, asimismo ricamente talladas en el mismo tipo de madera, obras que realiza, precisamente, en tiempos en que su tío, el mentado José Martín Morales, regentaba la parroquia.
Edición 9 marzo 2007
9 de marzo de 2007

Fernando Silva
Guía, 1974. Es Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna (97-01). Cuarto curso de Bellas Artes realizado en la Academia di Belle Arti, especialidad de escultura: talla de mármol, en Carrara, Italia. C.A.

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ANÉCDOTA
AASASAS
Las guerras, lejos de ser una anécdota y nada “santas”, si provocan en su transcurso multitud de anécdotas de distinto cariz. La que hoy nos ocupa, y que oí de mi padre, tuvo por protagonista al vecino de esta nuestra Ciudad, D. Manuel Bautista Galván, que vivía en la Cuesta Caraballo. Por Joaquín Rodríguez.
Durante la guerra civil, muchos jóvenes se alistaron o fueron incorporados al ejército y trasladados a distintos frentes de la península. Entre ellos, D. Manuel Bautista, aun sin cumplir los 16 años de edad. No hemos aclarado a que frente, ni que vicisitudes pasó, sólo que en algún momento del conflicto, le tocó sustituir a un soldado herido, ocupando su lugar en la trinchera, donde también sufrió el infortunio de ser herido en una mano y en la sien, teniendo que ser evacuado a un hospital de campaña, en aparente estado de gravedad.
A la sazón en dicho frente, se encontraba su convecino y pariente D. Juan Torrens Galván (piloto de bombarderos), quien al enterarse de lo sucedido acudió al hospital a visitarle, encontrándoselo ya recuperado. Al terminar la visita, quedó en volver a visitarle en un par de días. Y efectivamente volvió D. Juan, pero sólo encontró la cama vacía -aún con el letrero de “Manuel Bautista Galván”- y al preguntar por él, le contestaron que había muerto. Grande fue la consternación y pena de D. Juan, pues apreciaba a su joven pariente. Inmediatamente procedió a comunicar el hecho a D. León Galván, primo de ambos y también vecino de Guía.
D. León se aprestó a trasladarse a Las Palmas de Gran Canaria a llevar la triste noticia, toda vez que la familia de D. Manuel, circunstancialmente, estaba residiendo en la capital insular. Llegado al domicilio de su tía Dª Rosa María Galván (madre de nuestro protagonista), se encontró con una alegre celebración de aniversario u onomástica, faltándole valor para cumplir su misión. Así, hubo de volver al día siguiente para dar cuenta del luctuoso suceso.
La familia convocó el oportuno funeral por el alma de D. Manuel, en nuestra Ciudad de Guía, donde en esos días tenía lugar alguna festividad con verbena incluida. Dado que la familia gozaba de merecida consideración, también se suspendió dicha verbena.
¿Y mientras? Mientras, dejamos a D. Manuel Bautista en su cama del hospital de campaña, ya fuera de peligro, sólo que en el ínterin de las dos visitas de D. Juan Torrens, las necesidades hospitalarias dieron lugar a que le trasladasen de sala, con objeto de que su cama la ocupase el soldado que le sustituyó en la trinchera, muy malherido y que falleció en pocas horas. Con los apuros de la necesidad y las prisas, no se quitó el cartelito con el nombre de nuestro protagonista y de ahí la confusión que dio lugar al malentendido de su muerte.
Afortunadamente, en cuanto pudo valerse, le dieron permiso de convalecencia en su tierra, donde regresó, para alegría y asombro de propios y extraños. Alegría que los vecinos de Guía mostraron recuperando la verbena suspendida por su “muerte”.
D. Manuel se recuperó de sus heridas y logró destino en el famoso Regimiento de Guía, donde sirvió hasta la terminación de la contienda. Siguió su vida en nuestra Ciudad, creando familia, ganándose el afecto de sus convecinos y disfrutando de la “vida”, hasta octubre de 1982 en que, a los 62 años, esta vez sí, entregó su alma al Señor. Su familia, amigos y vecinos volvieron a celebrarle funerales.
¡Que Dios le tenga en su gloria!
P.D.- Agradezco a D. Guillermo Domínguez las precisiones sobre esta historia, y al amigo Manolo Bautista Harris su contraste.
Joaquín Rodríguez. 2007.





