La camiseta Puma


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

Supongo
que escribimos porque lo que encontramos en la calle no satisface
nuestros deseos de vivir intensamente. Por eso a veces nos refugiamos
en una habitación y empezamos a darle vueltas a nuestros recuerdos y a
nuestra imaginación más o menos volandera.
.


De niño escribíamos a cada paso que íbamos dando por el mundo. Ahora también escribimos mientras caminamos, amamos, sufrimos o vemos caer el sol a última hora de la tarde. Pero no es lo mismo, siempre queda un regusto agridulce en todo lo que hacemos, una especie de racionalización que acaba matando la magia y el encanto de todos los momentos, incluso de los más sublimes. Y luego están los miedos y está la muerte. De niños, si nos acercábamos alguna vez a la muerte, era jugando; de mayores, en cambio, si la vemos cerca nos solemos quedar apesadumbrados, y cuando se nos va alguien próximo lo tomamos como un toque de atención, como un mensaje evidente de que esto va en serio, de que es verdad que dura tres días, y de que somos vulnerables y febles, esencialmente mortales, y por supuesto no más que unas consecuencias del azar y de los golpes de suerte. Cuando escribimos tratamos de ordenar un poco el mundo, y al mismo tiempo de exorcizar los miedos y esos descontroles que nos dejan a merced de cualquier contingencia, desde una maceta que cae justo sobre nuestra cabeza, a un coche sin frenos o a un virus que a lo mejor ya llevábamos dentro del cuerpo cuando nos veíamos como los reyes del mambo por haber conseguido cuatro o cinco logros más o menos llamativos. Cuando escribimos ponemos las cosas en su sitio, y cuando escribimos recordando nos damos cuenta de que lo único que realmente controlamos y podemos transformar es el pasado. Ahí sí somos los dioses y tenemos capacidad de quitar o poner lo que nos dé la gana para que nada enturbie nuestros recuerdos. Por eso en las memorias hay tanto de falsía y de encubrimiento, porque sentimos la necesidad de tirar casi siempre de lo bueno: sólo olvidando los desastres podemos seguir adelante. Los recuerdos siempre se inventan cuando se escriben, aun siendo verdaderos y presentándolos casi como un acta notarial. Cuando se llevan al papel pasan a ser literatura, y por tanto entran a formar parte de la ficción: todo lo que se lee se sueña. Incluso quien escribe de sí mismo sueña esa vida que reconstruye tirando de fogonazos. Y vale todo para rescribirnos, por ejemplo la camiseta Puma que atravesó conmigo casi toda la infancia. Era la misma camiseta que llevaban en los entrenamientos y en las fotos del As Color y del Don Balón muchos de nuestros ídolos futboleros, sobre todo Carlos Morete "el Puma", aquel delantero centro que arrancaba como un caballo desbocado cada vez que Brindisi le metía un balón en profundidad. Era como una ecuación perfecta: control y pase al hueco, y luego carrera y remate certero al fondo de las mallas. El Insular casi escuchaba el corazón de Morete a medida que corría en busca de la portería con el balón siempre en el lugar preciso para pegarle un chutazo imparable. La camiseta Puma que recuerdo, azul y blanca, me sirve por tanto para ir asociando ideas que de no haber sido por ella a lo mejor no habrían aparecido nunca o lo hubieran hecho de otra manera, acompañadas con otras vivencias y otros rostros. Con esa camiseta que no veo desde hace más de veinticinco años jugué partidos interminables en la cancha del instituto: de esa cancha los recuerdos se asocian al dolor de las caídas y a la constante búsqueda del balón: no nos gustaba jugar en ella porque el gol se convertía en una penitencia si no lo marcabas de tiro raso. Desde que pasaba la media altura se perdía la pelota detrás de unas redes que nunca estuvieran puestas en su sitio. En una portería el balón salía disparado hacia la cancha de baloncesto o directamente al barranco, y en la otra cada gol nos ponía el corazón en un puño si no alcanzábamos a ver sobre la marcha el balón entre la maleza, las tabaibas y las tuneras que había justo detrás de las dos filas de gradas. Claro que si los tiros salían desviados ya te podías ir despidiendo del balón de reglamento. Pero esa camiseta Puma de la que les vengo hablando también fue testigo de los partidos en la cancha del barranco, aquel espacio multiusos y vallado en donde dejamos escritas tantas tardes memorables los niños de mi generación. Allí también te podías romper la crisma con los desniveles, además de hacerte un lío con tantas rayas y tantas campos de juego marcados en el cemento. No nos importaba ese galimatías: teníamos el pueblo a tiro de piedra apenas levantábamos la cabeza y aquellas duchas de agua helada en las que nos metíamos desafiando al invierno para refrescarnos entre partido y partido. La cancha del colegio, en cambio, estando tan cerca y a lo mejor hasta mejor equipada, nunca tuvo el pedigrí de la del Hogar Rural, que era como entonces se conocía al actual Albergue, aunque la cancha actual no se parece en nada a la de entonces. También los balones salían fuera si desviabas un poco el tiro, pero solían quedarse a la vista o más o menos localizados. Esa camiseta, de la que no he vuelto a tener noticia, también estuvo conmigo en los primeros partidos de baloncesto, o en las competiciones de fútbol que improvisábamos en cualquier descampado colocando dos piedras a modo de portería. Uno luego se aleja de los escenarios de la infancia, y también de las ropas y los amigos con los que compartimos todas esas vivencias. Cierro lo ojos y soy capaz de rememorar cada par de playeras o de botas de fútbol de esa época, y hasta los goles logrados con cada una de ellas. Era nuestro equipaje cotidiano para acercarnos a los sueños y para imitar a nuestros grandes ídolos futboleros de la infancia. La camiseta Puma azul y blanca, que siempre me quedó grande - incluso cuando me fui haciendo mayor me seguía quedando grande- se empeñaba en cruzar conmigo cada día memorable de aquellos años: era la que sentía el latido de mi corazón, la que recogía mis primeros sudores y la que sufría los destrozos de alguna que otra pelea o de las jodidas trabazones de cuando nos metíamos en cañaverales o fincas prohibidas. También quedó empapada por la lluvia alguna tarde, o marcada con el barro del balón que golpeaba nuestro estómago o nuestro pecho dejándonos al borde de la asfixia. Lo que no hacíamos los niños de entonces era imitar a nuestros ídolos en el intercambio de camisetas. Yo por lo menos jamás hubiera permitido que mi camiseta Puma azul y blanca la llevara otro que no fuera yo. Luego, ya ven ustedes, pasan los años y no sabemos ni dónde la dejamos ni en qué momento empezamos a traicionarla. Supongo que sucede como con casi todos los pasos que vas dando en la vida: que las cosas suceden sin que nos demos cuenta, desaparecen por sí mismas, nos dejan o las dejamos, y vienen otras que las reemplazan para que siga el curso de la historia y de nuestra vida dentro de ella. Un pasar constante, que era lo que nos decía Heráclito de Éfeso en las primeras clases de filosofía, lo del agua y la imposibilidad de los dos baños en el mismo líquido elemento, aunque en este caso el recuerdo se lleva por delante todas las filosofías. No somos capaces de compartir lo que compartimos con nuestras prendas más queridas de entonces, pero al recordarlas les estamos dando vida, y de paso también nos revivimos a nosotros mismos cuando vestíamos aquellos equipajes de sueños que no nos quitábamos de encima ni cuando íbamos a dormir. La camiseta Puma ha aparecido rediviva después de muchos años. De no haber escrito estas líneas posiblemente hubiera quedado en el olvido para siempre; por eso la literatura es tan mágica, porque hace posible la resurrección y también los milagros. A estas horas no creo que haya otro niño corriendo por las canchas con ella, entre otras cosas porque acabó desteñida y ajada de tanto uso y tantas tardes de pequeñas glorias deportivas. Pero yo sí puedo volver a recuperarla con los brillos y los sudores de entonces: azul con rayas blancas en el cuello y en las mangas, casi siempre por fuera del pantalón, como los jugadores que más nos gustaban entonces. Si alguien la descubre por las calles de mi pueblo que sepa que soy yo el que va dentro de ella camino del barranco.
 
 
Marzo de 2007.




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"Un hombre solo y sin sombra"

Santiago
Gil presenta en Cuasquías su último libro el lunes 23 de abril




Santiago
Gil sitúa a su última novela en un entorno urbano, malévolo y nocturno.

El próximo lunes, 23 de abril, a
partir de las 20.30, el espacio literario Matasombras de la sala Cuasquías se
suma a la celebración del Día del Libro con la presentación de Un hombre
solo y sin sombra
, el título más reciente de Santiago Gil (Guía de Gran Canaria,
1967).

 

El acto contará con la presencia del autor, acompañado por Alexis
Ravelo, uno de los coordinadores del espacio, quien hará algunos apuntes de
lectura de esta obra. 

 
 

Un hombre solo y sin sombra
cuenta la historia de un hombre obsesionado por la pérdida de esa prolongación
personal, y lo hace desde la ironía y con una cierta intención metafórica. La
obsesión diaria del protagonista le lleva a recorrer las calles de Las Palmas
de Gran Canaria en busca de su sombra, pero sobre todo se nos cuenta la
intrahistoria de un personaje maniático y obsesivo que convive con otros seres
no menos sorprendentes y contradictorios.

Ver extracto del libro

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 Santiago Gil


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Los trenes


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

No sé si condiciona o no crecer sin tener cerca una estación de trenes por la que escaparse. Las aventuras son más aventuras cuando se mueven en tren, lo mismo que la marcha en busca de la gloria, o el mismísimo regreso cuando volver es un sinónimo de fracaso.

aSasa
La vida pasa de otra manera en los trenes, sobre todo en aquellos lejanos de vapor que ya no vimos, pero también en los destartalados, lentos y oscuros que recorrían los años sesenta y setenta de la Península. Nosotros no teníamos trenes a los que subirnos en busca de la gloria o el fracaso. Para escapar teníamos que acudir al barco o al avión. La tierra no es nunca lugar de huida para los canarios. Sólo podemos escapar por mar o por aire, de ahí nuestra inevitable melancolía y la tendencia que tenemos a escondernos en todas las orillas o en la lejana presencia del cielo y las estrellas. La huida era un sueño que recreábamos siempre mirando las olas de la playa. En otros lados bastaba una mochila y un poco de determinación para saltar a los vagones de un tren, o para subir a una guagua que ayudara a cambiar de destino, de lengua y de mundo. Nuestras guaguas siempre acababan encontrando las playas o los acantilados de la costa, y el avión era caro, caro y poco romántico para marchar llevando sueños volanderos metidos en la cabeza. Los canarios hubiéramos sido distintos de haber tenido tierra para huir. Pero nos tuvimos que quedar, o regresamos con los mismos turistas que vienen aquí como quienes van a Disneylandia. Ahora tampoco los trenes tienen ese halo aventurero, y de hecho son casi iguales a los aviones. Nuestro romanticismo viajero lo encontrábamos en el barco, pero la huida en barco es lenta, pesarosa y dada a la meditación y al arrepentimiento por las muchas horas muertas que tenemos para pensar. El tren, en cambio, va rápido y aleja igual de raudo los paisajes. Casi no nos deja tiempo para la nostalgia.
aSasa
Nosotros sólo teníamos trenes eléctricos para soñar. Nos encantaba estar durante horas siguiendo la agilidad casi felina de la máquina que iba arrastrando sus hierros por los raíles. Éramos capaces de estar durante horas dejándonos hipnotizar por la velocidad soñadora de los trenes eléctricos. No recuerdo quedarme quieto de niño muchas veces, me aburrían los juegos lentos o los que requerían pensar más de la cuenta. Tampoco aguantábamos los entretenimientos pasivos. Sin embargo los trenes tenían algo que nos paraba y nos hipnotizaba, tardes enteras escuchando el runrún mecánico de una maquinaria coordinada y perfecta, casi mítica para nosotros. Los trenes salían en las películas, y como tales se confundían con el divismo de las estrellas, con los campos de batalla del Lejano Oeste y con todo ese otro mundo que tantas veces supimos confundir benditamente con la realidad.
aSasa
No estábamos sobrados de máquinas en los setenta. Recuerdo que de niños sólo había ascensor en el edificio del Banco Hispano Americano. Para nosotros ir a casa de algunos de los amigos que vivían en ese edificio era como entrar en algunas de esas películas de las que les vengo hablando. Nos tirábamos todo el día subiendo y bajando pisos en el ascensor hasta que el bueno de Dominguito el portero era avisado por alguna vecina apurada por no poder subir las escaleras en un medio que era la envidia de todas sus vecinas guienses. Y lo mismo que digo de los ascensores lo podría decir de los coches teledirigidos: entonces los coches que funcionaban con pilas iban a donde ellos les daba la gana. Tú le dabas a una especie de palanca y ellos se desbocaban chocando con las sillas o partiéndose en cuatro trozos al caer por una escalera. La llegada del Mercedes o el Pegaso de Rico fue una gran novedad, casi equiparable a lo que hoy puede ser una videoconsola: esos modelos, y otros semejantes que empezaron a aparecer, venían con un cable incorporado y un mando con el que podías dirigir los movimientos y la dirección del vehículo. Acababas rendido después de estar durante horas siguiendo a menos de medio metro las evoluciones del Mercedes o del Pegaso, pero por lo menos lo hacías tuyo y de alguna manera lo controlabas para que no se estrellara contra las paredes y las patas de todas las sillas de la casa. La aparición de los primeros coches teledirigidos ya nos cogió un poco mayores a los de mi generación, pero no por ello dejamos de alucinar con las inmensas posibilidades de los veloces coches que tú dirigías tranquilamente desde cualquier banco de la plaza. Eso sólo lo podíamos hacer nosotros con los bólidos del escalextrix, pero no era lo mismo, entre otras cosas porque el escalextrix era un coñazo cada vez que te ponías a armarlo y porque tampoco lo podías llevar a la plaza. Los coches teledirigidos llegaron más o menos en los mismos años que las teles en color, y la verdad es que nosotros vimos todo aquello como una consecuencia de la muerte de Franco: atribuíamos la llegada de las máquinas y los colores a la desaparición de un régimen que sí percibíamos opresor, mojigato, sombrío y sacristanesco sin saber siquiera qué significaban todas esas palabras o la falta de libertad.
aSasa
Yo los trenes los descubrí en Inglaterra con doce o trece años, y además pude viajar en una de las réplicas de los primeros modelos que inventaron los ingleses, con aquella famosa máquina de un tal Watt (me suena eso de la máquina de vapor del inglés Watt como una retahíla de las muchas que nos metieron en la sesera en los años de colegio). Como siempre ocurre en la vida, la experiencia fue muy gratificante pero no se asemejó en nada a lo que yo había soñado durante años. Estaba el traqueteo y el paisaje verde que siempre iba quedando atrás. Y también la sensación de que tú te movías más rápido que la tierra. Estaba bien, pero no era lo que yo había recreado cuando seguía los movimientos de los trenes eléctricos de mi infancia. Claro que eran reales, y que había raíles, y que las estaciones, aún hoy, siguen teniendo ese encanto que nunca encontraremos en los aeropuertos o las paradas de guaguas. Tal vez lo que me ocurría es que los trenes no recorrían los paisajes de nuestra isla, que es lo que soñábamos nosotros todo el rato. Incluso me acuerdo de unos raíles que estaban por la Avenida Marítima y la carretera del Sur por los que supuestamente tenía que circular un tren que yo nunca vi. Siempre preguntábamos y nos quedábamos mirando aquellos raíles surrealistas que cortaban el horizonte capitalino, pero nos contestaban con evasivas o no tenían respuestas. Nunca vi el famoso tren, aunque creo recordar que contemplé algunas fotos en los archivos del periódico con el susodicho recorriendo la Avenida Marítima por aquellas aberrantes y antiestéticas vías.
aSasa
Seguimos sin poder huir en tren; y a lo mejor por eso nos quedamos y nos vamos quedando. Hace años también nos bastaban cuatro latas amarradas con una soga para soñar con la escapada y la aventura. La imaginación era el raíl por el que discurría el traqueteo de la máquina de nuestros sueños más volanderos. No había estaciones ni factores, pero parte de nuestra infancia quedó varada entre zigzagueantes trenes eléctricos que todavía hoy somos capaces de escuchar entrecortadamente cuando necesitamos aventuras para poder seguir sobreviviendo.
aSasa
Marzo de 2007.


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Los sellos luminosos


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

El buzón de correos era parte del paisaje de nuestra infancia.
Nos encantaba echar las cartas en aquellas moles cilíndricas y metálicas que
nosotros soñábamos casi mágicas. Cuando veías caer la carta no pensabas nunca
que se quedaría dentro hasta que llegara el cartero con la llave a retirarla.

 
Había algo esotérico que te hacía pensar que la postal o la carta ya caminaba en busca de su destinatario por caminos subterráneos o por invisibles conductos que nosotros no éramos capaces de ver. Todo eso me imagino que vendría por las cartas a los Reyes Magos que depositábamos cuidadosamente en los buzones amarillos de nuestra infancia. No parábamos de preguntar si era seguro que a través del buzón llegaría sin problemas a Baltasar, Gaspar o Melchor. No las teníamos todas con nosotros, y de una forma tácita todos los niños nos poníamos de acuerdo para utilizar el mismo buzón. No sé si fue por ser el primero que había a la entrada al pueblo o por ser uno de los más llamativos, pero lo cierto es que casi todos coincidíamos metiendo nuestras cartas peticionarias en el que estaba en la esquina de Médico Estévez con la calle Real, justo enfrente del comercio de mi padre. Cuando echabas la carta encomendabas tu suerte a la magia del buzón elegido. Antes habíamos ido a comprar la referida carta a la librería de Doña Mercedes y don Pepito Pons en la calle Marqués del Muni. Siempre me he preguntado qué diablos harán los carteros con las miles de cartas de niños que reciben en navidad. Si yo fuera cartero tendría una colección interminable de cartas de reyes. No sé que daría yo ahora mismo por volver a encontrarme con uno de aquellos textos que escribía cuidadosamente y con la mejor de mis letras pidiendo la bicicleta, el robot o la cartuchera con la pistola de mixtos. Igual los carteros se desternillaban de risa cuando leían nuestras ingenuidades, sobre todo cuando nos poníamos a justificar nuestras conductas anuales y nuestros pequeños pecadillos de infancia. Esas cartas casi nunca necesitaban sellos. Venían con un diseño y con el sobre y el papel configurado para llegar directamente a los magos de Oriente sin necesidad de pegarle el cabezolo de Franco. Así y todo muchas veces no nos convencían y terminábamos estampando el sello de marras al lado de las efigies de Melchor, Gaspar y Baltasar. Supongo que todas esas cartas hace tiempo que forman parte de la historia de los vertederos guienses, pero uno siempre tiene la duda y a veces llega a pensar si no estarán aún por el subsuelo de aquel buzón en el que depositábamos todos nuestros sueños.

En aquellos años crédulos y fantasiosos de nuestra infancia las postales tenían un brillo especial que las volvía un poco kitsch, casi siempre retocadas por alguien a quien se le iba la mano con los brillos y los colores. Las de Guía me acuerdo que aparecían siempre con unas plataneras de un verde tan intenso que casi parecía una ciénaga o parte del Amazonas más profundo. Aquellas postales que recibíamos junto a los sellos entonces también más luminosos y brillantes eran como invitaciones a los sueños y a los viajes más soñados. Siempre que llegaba una postal de la Península, de otras islas, y no digamos del extranjero, nos poníamos a volar sobre la marcha imaginando lo que habría detrás de cada una de aquellas fotos. Era parte de un juego necesario para ensanchar el mundo en una generación que sólo tenía un canal televisivo y que aún no disponía del Google Earth para recorrer el planeta.

Yo fui coleccionador de sellos de correo, usados o recién salidos en colecciones que nos guardaban en las oficinas y que llegaban a nuestras manos cargadas de historia y referencias conmemorativas. Cada sello era un billete con el que poder recorrer el mundo. Nos guardaban los sobres y nosotros los poníamos en remojo para desprender los sellos matasellados en Caracas, en Río de Janeiro o en Sevilla. Tocando y mirando los sellos tocábamos y mirábamos las ciudades de donde procedían y también todo el camino que habían recorrido hasta caer en nuestras manos. La lupa servía entonces para engrandecer nuestra capacidad soñadora. Cada sello era una aventura.

Hoy andamos con comunicaciones más asépticas e inmediatas. En un segundo hacemos llegar un mensaje al otro lado del planeta a través del correo electrónico. Pero no es lo mismo, nunca tendrán el encanto ni la luminosidad del sello que anticipa las emociones. Las cartas de amor sin sellos están como huérfanas, y no digamos las declaraciones virtuales o a través de unas webcams que nos robotizan y nos convierten en una especie de autómatas o de hermanos clónicos de Blade Runner. No creo que los niños de ahora estén enviando sus cartas a los Reyes Magos a través del correo electrónico, pero no me extrañaría, y si no lo hacen ya lo harán en el futuro. Vale que se ahorra papel y que gana el medio ambiente, pero no creo que haya papeles mejor gastados que los de las cartas y los sobres de toda la vida. Si acabamos con ellos acabaremos también con nuestra propia historia. Y luego está cartero, esa figura referencial y emblemática que iba por todo el pueblo llevando una saca cargada de cartas que más de una hacían cambiar la vida o el ánimo de quien las recibía. A lo mejor me estoy poniendo pesado y poco amigo de los avances tecnológicos. No reniego del correo electrónico, y de hecho me parece uno de los grandes milagros en la evolución de la raza humana, pero los avances no tienen por qué arramblar nuestras pequeñas referencias cotidianas. Las cartas, los buzones o los carteros deben seguir formando parte de nuestra vida. Si suprimiéramos los sellos estaríamos suprimiendo también nuestros instintos más aventureros e imaginativos, la huella que queda de nuestro paso por el mundo, el matasellos que certifica nuestras querencias y nuestras amistades más lejanas. Cuando alguna vez abro mi colección de sellos de la infancia regreso inmediatamente a casa.

 

Marzo de 2007.




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LIBRO COMPLETO

Música de papagüevos I (LIBRO COMPLETO)


Santiago Gil

En Música
de Papagüevos
, Santiago Gil relata vivencias de la infancia, haciéndonos revivir emociones,
colores y aromas de aquella maravillosa etapa, que también fue la nuestra.
Santiago
Gil nació el 10 de abril de 1967 en Guía de Gran Canaria.
 
Es
Licenciado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, donde
frecuenta los ambientes literarios, forma parte de distintos proyectos creativos
y colabora en varios programas radiofónicos.





El guá de la plaza chica

(2006)




Los papagüevos

(2006)




El Circo Bruselas

(2006)




Los escaparates de los sueños
 (2006)




Barcos de papel (2006)




Días de fútbol (2006)




En la casa de Saulo
(2006)




Vísperas de fiesta (2006)




Lecciones de vida (2006)




La parafernalia de los entierros (2006)




Fenómenos paranormales (2006)




Polos proustianos (2006)




Los colores del ayer (2006)




Luces de domingo (2006)




Tenis en Barranco Hondo (2006)




Los olvidos (2006)




Los charcos del recuerdo (2006)




Las bicicletas (2006)




Los vietnamitas (2006)




Cuestionario imprescindible
(2006)




El inevitable azar (2006)




Dulces variados (2006)




Los nispereros (2006)




El Rubio y las telefonistas
(2006)




Las alas del recuerdo (2006)




Corazones de Tiza (2006)




El niño que volaba (2007)




Las chapas futboleras (2007)




Los celajes (2007)




Puertas abiertas (2007)




Los primeros pitillos (2007)




El chirote (2007)




Máscaras y cenizas (2007)




El pan como milagro (2007)




Las leyes de la física (2007)




Las canastas (2007)




Los trenes (2007)




Los sellos luminosos (2007)




La camiseta Puma (2007)


Las Canastas


Música de Papagüevos

Por Santiago Gil

Uno siempre recuerda las estructuras de las que colgaban las canastas de baloncesto como unos estorbos que teníamos que estar todo el santo día moviendo de un lado para otro cuando queríamos jugar al fútbol. Nosotros no éramos como los niños de ahora que tienen tropecientas mil ofertas deportivas. 

Entonces sólo teníamos el fútbol, la lucha canaria, la natación y un poco de voleibol y balonmano. Pero como el deporte que practicábamos era improvisado, a menudo montando campos en pedregales o en fondos de maretas vacías, solía ser el fútbol lo más demandado y socorrido. También influía que en los periódicos, en la tele o en la radio no se hablaba de otra cosa. No hacían falta entrenamientos o estar federados para montar partidos de máxima rivalidad entre calles o barrios del pueblo. Poco a poco, sin embargo, se fueron sofisticando las infraestructuras y empezamos a utilizar las canchas que supuestamente se habían construido para jugar a balonmano, a voleibol o baloncesto como canchas de futbito, que era como entonces llamábamos todos a eso que ahora llaman fútbol sala – para nosotros hubiera sido algo hilarante meter en sala cualquier deporte, y mucho menos el futbito, aunque cuando íbamos a jugar los partidos interescolares al Vega Mateos de Gáldar casi nos veíamos jugando en el Bernabéu-. Estaba la cancha del albergue, que siempre conocimos como la cancha del barranco, la del Instituto y la del colegio. La preferida era sin duda la del barranco, el gran escenario de casi todos nuestros pequeños hitos deportivos. El problema de esta cancha es que era un poco multiusos, y si había gente jugando a baloncesto no se podía jugar al fútbol. Hasta que tuvimos doce o trece años siempre perdían los de baloncesto, que eran poco menos que unos bichos raros. Para jugar tenían que ir a las horas que sabían que no habría nadie con ganas de jugar al fútbol, después de almorzar o a primera hora de la mañana. Pero más tarde o más temprano aparecíamos quince o veinte fanáticos con el balón de fútbol y hacíamos valer nuestra prevalencia y nuestra mayoría absoluta y aplastante. Antes teníamos que estar rodando las estructuras de hierro de las que colgaban las canastas. Estaban equipadas con ruedas y a nosotros nos servían más para hacer el mono que para jugar al baloncesto.

No sé cuando se viraron las tornas, aunque el fútbol nunca dejó de ser lo más importante. Me imagino que los primeros acercamientos al baloncesto coincidieron con el Madrid de nuestro paisano Carmelo Cabrera, y que luego se fueron concretando con la llegada de aquella generación de grandes jugadores que tuvo su corolario con la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. A los doce o trece años nos entró el gusanillo de la canasta. De repente descubrimos que nos divertíamos más con la intensidad, la participación y la velocidad de basket que con las patadas y el alejamiento cada vez mayor del romanticismo futbolero. Yo hubiera querido ser un gran jugador de fútbol, pero pronto descubrí que era un poco patán con las piernas. En el baloncesto, sin embargo, me defendía mucho mejor y además podías progresar una barbaridad practicando por mi cuenta los tiros a canasta, el dominio del balón en carrera o las fintas o movimientos más o menos espectaculares. Por entonces empezamos a ver los primeros partidos de la NBA en televisión, los famosos Lakers contra los Celtics. Como pasaba como el Real Madrid y el Barcelona en los terrenos futbolísticos y baloncestísticos, nuestra generación se fue decantando por la seguridad y la efectividad de Larry Bird o por los arabescos de Magic Johnson. Yo opté sobre la marcha por los Lakers y por intentar jugar con el espíritu de Magic. Pero junto a esas referencias que entonces nos parecían poco menos que de ciencia ficción estaban aquellos partidos de infarto de la selección española con los Corbalán, Epi, Fernando Martín y compañía. De repente las estructuras que servían para sostener y elevar los aros de baloncesto le fueron ganando la partida a las porterías futboleras. Cada canasta era un camino a la gloria, y las tardes se nos iban improvisando partidos de tres contra tres en un solo aro o formando equipos que nos permitían organizar pequeñas liguillas. Habíamos dejado de ser aquellos gárrulos que nos reíamos de Feluco, Ferrer, Sosa, Paco y tantos otros pioneros que cuando nadie sabía siquiera lo que eran tres segundos en la zona se tiraban la tarde botando el balón y tirando a canasta, casi siempre solos, y generalmente siendo víctimas de las malévolas bromas de los que sólo imitábamos a los que salían en las estampas o en el Don Balón. Poco a poco se fueron mejorando las canchas, los materiales los aros, los equipajes y por supuesto las playeras. Entonces, cuando nos empezó a entrar el gusanillo del baloncesto a finales de los setenta, no había ni redes en las canastas, y lo normal era que jugáramos durante meses tratando de encestar en un aro medio desconchado y desclavado del tablero. Al igual que en el futbito y en el resto de los deportes que practicábamos con una espontánea determinación jamás había árbitro. Nos entendíamos entre nosotros, y quizá en esa práctica deportiva fue donde empezamos a descubrir que, al igual que en la vida, los hay nobles e innobles, tramposos y honrados, creativos e imitadores, y también compañeros o egoístas: toda la vida se estaba recreando en la cancha, aunque nosotros entonces no éramos conscientes de ello. También descubrimos el valor del esfuerzo y la constancia, y por supuesto la importancia de la suerte. Ahora hace años que no tiro a canasta y que no pruebo a lanzar un penalti o a practicar una contrapardelera, pero sí reconozco que aprendí mucho en las canchas de deporte de mi infancia. Con los años todos aquellos jugadores han ido creciendo y comportándose más o menos como lo hacían en el deporte. No sé qué ha sido de muchos de ellos pero seguro que el tramposo sigue dedicado a las trampas y que el voluntarioso sigue luchando a brazo partido por ganar los partidos de la vida diaria. Creo que casi todos éramos nobles y buenos deportistas, por eso podíamos jugar casi siempre sin árbitro. Pero siempre había alguno que venía a enturbiarlo todo con sus malas formas y sus abusos. Eran pocos, pero como descubrimos cuando crecemos y nos movemos en otros ámbitos de la realidad, también entonces se hacían notar y nos terminaban jodiendo los partidos.

Marzo de 2007.

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