El arco iris

EL ARCO IRIS
Por Santiago Gil
calles mojadas, resol en las fachadas de algunas casas y aquella
sensación de apego absoluto a la naturaleza. Levantabas la vista y te encontrabas el semicírculo
festivo coronando todo el cielo del pueblo. Uno se sentía entonces un
tipo casi mitológico.
Música de Papagüevos II

Santiago GilUn buen día apareció el arco iris. Frío en los huesos, calles mojadas, resol en las fachadas de algunas casas y aquella sensación de apego absoluto a la naturaleza. Levantabas la vista y te encontrabas el semicírculo festivo coronando todo el cielo del pueblo. Uno se sentía entonces un tipo casi mitológico. Y preguntaba cómo nacía el arco iris, de dónde venía y por qué se diluía hasta desaparecer en unos pocos minutos. Hay una foto fija con reflejos de color que se me ha grabado para siempre. No creo que nadie sea inmune al paso del arco iris, sobre todo del primer arco iris. Forma parte de esos milagros que quizá no valoramos en su justa medida. No es un dibujo del hombre ni tiene que ver con el avance de la ciencia. Lo crea la propia naturaleza partiendo de la nada. Colorea nuestros celajes y de paso acaba vistiendo de technicolor nuestros propios recuerdos.
Siempre me ha resultado surrealista esa combinación de lluvia y sol que precede a los arco iris. Esté donde esté siempre lo busco tratando de recuperar aquella luz primera que tanto marcó nuestra noción de la belleza. Lo he visto en muchas ciudades del mundo, arco iris inmensos, desafiantes y algunos casi milagrosos. Pero ninguno puede ser comparado con el que un buen día nos cogió por sorpresa en las calles del pueblo. Nos quedamos marcados para siempre por esas primeras luces de colores que iluminaron nuestros juegos y nuestros atónitos ojos siempre expectantes y atentos a todos los milagros que acontecían a su alrededor.
Aún tenemos mucho que aprender de la naturaleza. De entrada, deberíamos asumir cuanto antes la naturalidad con la que pasan las estaciones, sin estridencias ni grandes alharacas, lo mismo que esa mezcla de fuego y agua que precede al arco iris. Cuentan que quien lo ve se aproxima a la suerte o al final de los malos tiempos. Creo que viene de Noé y del diluvio universal. En el fondo no hemos cambiado mucho desde entonces, y a pesar de las estaciones espaciales y el internet seguimos siendo igual de vulnerables a las inclemencias del tiempo o del destino. Recuerdo las grandes granizadas de la infancia, las calles con piedras de hielo por todas partes, y aquel sueño recurrente que teníamos todos con la nieve. Nunca cayó nieve en nuestras calles, pero con cuatro granizos ya casi nos veíamos esquiando. Al final, en vista de la decepción, nos acabábamos lanzando bolones unos contra otros hasta manchar de barro y de grasa el hielo que se diluía entre los adoquines. Lo fugaz del granizo lo aproxima en mi mitología infantil a la presencia del arco iris. Eran situaciones que se daban poco, realmente excepcionales, y sobre todo inesperadas y festivas. He ahí el origen del milagro: lo imprevisto, y al mismo tiempo efímero, sigue siendo lo único que nos despabila de la modorra cotidiana.
Octubre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Los niños con botas

LOS NIÑOS CON BOTAS
Por Santiago Gil
planos. A lo mejor sería lo más deseable para andar por el mundo. Tal
vez la naturaleza, que es sabia y actúa según los principios de Darwin,
no quiere que nos asentemos a la tierra y pisemos seguros sobre ella,
entre otras cosas porque el planeta cada vez está más complicado de
pisar.
Música de Papagüevos II

Santiago GilSupongo que muchos niños seguirán naciendo con los pies planos. A lo mejor sería lo más deseable para andar por el mundo. Tal vez la naturaleza, que es sabia y actúa según los principios de Darwin, no quiere que nos asentemos a la tierra y pisemos seguros sobre ella, entre otras cosas porque el planeta cada vez está más complicado de pisar. Pero yo quiero recordar los pies planos de cuando nosotros éramos niños. Había mucha obsesión con el tema, y supongo que los medios para moldear la planta de los pies no estarían tan avanzados como hoy en día. Sólo así se entiende el paisaje de botas decimonónicas y cantosas por las calles de nuestra infancia.
Nos enseñaron a valorar cada uno de nuestros pasos sobre la tierra. Yo creo que el mismo par de botas duró toda la infancia. Vale que los pies crecen y todas esas cosas, pero es que yo me recuerdo con las mismas botas, siempre remendadas y rotas de tanto fútbol, tratando de correr o de saltar por la calles del pueblo. Todos estábamos anclados a las mismas formas y a los mismos cueros. Y no sé hasta qué punto serían las mismas que ya habían usado nuestros padres y nuestros abuelos. Para mí que eran las mismas, y a lo mejor fue por ahí por donde heredamos el pasado, que ya se sabe que en la planta de los pies están las conexiones con todo el cuerpo, incluido el cerebro y por tanto la memoria y el recuerdo.
Uno es lo que pisa y donde pisa, y también cómo pisa. Nuestro sueño recurrente era estar con playeras o con botas de fútbol todo el día, pero nos decían que para que eso pudiera llegar a suceder teníamos que llevar plantillas, y por tanto botas, durante varios años. Ahora, la verdad, veo a los niños con playeras casi desde que son bebés, con lo cual quisiera que alguien me explicara aquel sadismo podológico que nos aplicaron a nosotros.
Pesaban un quintal y uno se avergonzaba de ellas en todas partes. Lo que hacíamos era tratar de romperlas a golpe de balonazos y de golpear piedras por las calles y los barrancos. No había nada más desalentador que jugar un partido de fútbol con las jodidas botas frenando los sueños de los pies por marcar goles antológicos o inventar regates imposibles y memorables. Casi preferíamos jugar descalzos, y de hecho es lo que hacíamos muchas veces. Las botas fuera de los pies parecían parte del atrezzo de una película muda, y también contribuyen a que nuestros recuerdos sigan siendo en blanco y negro.
Pero con las botas estaban las zapaterías, aquel olor y aquel mundo mágico de cueros, clavos y trabajo artesano que nos encantaba mirar durante horas. Yo solía frecuentar la de San Roque, la de la calle del Medio y la de la calle de la Cárcel, aunque por cercanía estaba casi siempre en la que regentaba Manolo en San Roque con la ayuda de Juan el Guardia. Eran parte de nuestro paisaje cotidiano, puertas que se mantenían abiertas junto con las de los bares, las tiendas o las barberías en donde se improvisaban tertulias y la vida se iba escribiendo manual y pausadamente. Nosotros íbamos cada dos por tres para que remendaran nuestras botas polvorientas y callejeras que acababan luego entre cientos de zapatos de todos los tiempos numerados y con un profundo olor a betún. Yo creo que en aquellas zapaterías se fueron quedando los zapatos de más de un muerto que no tuvo tiempo de volver a recuperar sus pasos perdidos. Había zapatos por todas partes, y trozos de cuero y de suela, y clavos, y aquellos bancos en los que nos encantaba sentarnos desde que el zapatero se movía a buscar cualquier herramienta. Hoy lo de los zapatos está unido a la propia asepsia de estos tiempos, y al despilfarro de cambiar sobre la marcha lo que está ajado o deteriorado. Entonces se arreglaba todo, y con un poco de maña y otro poco de voluntad los objetos duraban varios años. De buena gana, sin embargo, habríamos hecho desaparecer aquellas botas que nosotros conocíamos despectivamente como potrancas. Nos acabaron marcando el paso más de lo que imaginamos, y de alguna manera uniformaron nuestras correrías y nuestras caminatas aventureras. Para mí que todos teníamos los pies planos, y apenas recuerdo a alguien que no calzara al menos por unos meses esas botas que generaron tantas burlas y tantas bromas pesadas y malévolas. El problema seguro que estaba más relacionado con el tamaño de las plantillas, que en eso sí reconozco que hemos mejorado una barbaridad. Pero sigo siendo un sentimental, y por tanto no puedo dejar de recordar con cierto cariño y complicidad los muchos pasos que di por el mundo con aquellas botas de cuero marrón que casi formaban parte de mi propio cuerpo. De hecho, cuando recuerdo mi infancia, me veo más con botas que con dedos en los pies. Nos amenazaban con no sé cuántos defectos futuros si no formábamos bien el puente de los pies, y entonces sí es verdad que éramos mucho más aprensivos y menos rebeldes con las leyendas urbanas y sanitarias que venían heredándose desde hacía cientos de años. Igual tenían razón y nos han ayudado a mantener el equilibrio de nuestros pasos cuando parecía imposible que soportáramos los embates del destino o de la mala suerte. Nos anclaron bien a la tierra, y nos enseñaron a caminar con pasos cortos y contundentes. También se nos quedó grabado por esos rincones perdidos e ignotos de nuestros cerebros que en caso de desgaste siempre podemos cambiar la suela y empezar de nuevo. No nos creíamos lo de las leguas del gato con botas. Nos parecía una charranada y una cosa de dibujos animados cursis y redichos. Nosotros éramos los verdaderos caminantes con botas. Y no sé si hubo milagro o no, pero sí que no nos recordaríamos igual de no haber mediado la estética y el peso de las botas en nuestros pies. Todavía hoy, cuando miro hacia abajo con ánimo de trascender o de encontrar respuestas, parece que las veo andando conmigo por las resbaladizas y peligrosas calles de esta farsa en que se ha convertido la vida.
Octubre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
Pelos con historia

PELOS CON HISTORIA
Por Santiago Gil
la luna. Era pelo y había que cortarlo cada cierto tiempo. Esa era
nuestra única certeza. Ahora me he vuelto más metafísico y en cada pelo
que pierdo, además de la congoja por una posible calvicie, hay mucha
reflexión sobre el paso el paso del tiempo y sobre lo que vamos dejando
atrás.
Música de Papagüevos II

Santiago GilYo de niño no sabía que el pelo crecía casi al ritmo de la luna. Era pelo y había que cortarlo cada cierto tiempo. Esa era nuestra única certeza. Ahora me he vuelto más metafísico y en cada pelo que pierdo, además de la congoja por una posible calvicie, hay mucha reflexión sobre el paso el paso del tiempo y sobre lo que vamos dejando atrás. Además de recuerdos, dejamos pelos. De alguna manera son un presagio del polvo que seremos, una parte de nosotros que queda a merced del viento o de los vertederos. A lo mejor por eso, a partir de una cierta edad, nos da tanta pereza cortarlo.
Con cada nueva pelada no hacemos más que seguir los ciclos de la propia naturaleza. Nos hemos acostumbrado a desprendernos de los pelos sin gorigoris y sin llantos funerarios. Desde niño nos llevaban al barbero y nos dejaban la cabeza como una pista de aterrizaje. Para que el efecto aerodinámico fuera más creíble nos decían que nos pasaban el avión por la nuca. Siempre pensé que era verdad que el motor de aquella máquina era el de un avión. Nunca me atreví a mirar. Por una vez hacía caso y me quedaba quieto y con los ojos cerrados, supongo que soñando mil aventuras a bordo del boeing que venía a recoger mis pelos y a volar sobre mi cabeza todavía llena de pájaros y de sueños.
Nosotros elegíamos los barberos –todavía no habían pasado a llamarse peluqueros- según el tiempo que tardaran en cortarnos el pelo. No daba igual la estética, por lo menos antes de los trece o catorce años, y lo único que buscábamos era salir corriendo cuanto antes para la calle. Yo me pelaba, según las prisas o las cercanías, en la barbería de Juan Fernando que estaba en esa maravillosa calle escalonada que conduce al cine Hespérides, o con Fidel en el Siete. Fidel era el moderno y Juan Fernando el clásico, y de eso se daba cuenta uno por los aparatos, el diseño de las peluquerías y hasta por las propuestas de pelada que nos ofrecían. Alguna vez me pelé también en una maravillosa barbería que estaba en la Plaza de San Roque regentada Juan. También recuerdo la estampa cotidiana y conservada en el tiempo de la barbería de Facundo en la trasera de la iglesia. En todas ellas había un porrón de agua helada, sobre todo en las más antiguas. Llegábamos sudorosos en busca de un agua que no es verdad que fuera insípida. Es mentira que el agua sea insípida, por lo menos cuando se recuerda nunca lo es.
Los barberos de antes nos pelaban mientras conversaban con muchos compañeros de tertulia, sobre todo en la peluquería de Juan Fernando y Juan el de La Atalaya. Uno aprendía lo suyo manteniéndose callado y escuchando. Se comentaban las noticias de los periódicos y las últimas cuitas del pueblo, y la radio estaba todo el rato actualizando la información de los parroquianos. Se hablaba despacio, y de fondo sólo se escuchaba el traqueteo incesante de las tijeras y las voces pausadas de quienes sabían que tenían todo el tiempo del mundo para pergeñar una idea o dar con la metáfora perfecta, aun cuando la mayoría no supiera lo que era una metáfora.
Nosotros nos mirábamos concentrados en el espejo calculando el tiempo que quedaba para salir corriendo. Generalmente eran nuestros padres los que ya habían dado las consignas previas de nuestras peladas. Ni siquiera las pagábamos nosotros. Llegábamos, nos asomábamos, y si no había nadie nos poníamos en manos del barbero. También nos gustaba esperar ojeando las revistas, o leyendo los carteles antiguos y las marcas de los distintos recipientes que había por todas partes. Nos encantaba la proliferación de aparatos antiguos, que seguro que habían pertenecido a abuelos, bisabuelos o tatarabuelos de los barberos que esquilaban nuestras testas frondosas.
También queda el olor. Los olores no se pueden escribir. Se recuerdan y se comparten con quienes los descubrimos. Cada barbería tenía su propio aroma particular, olores a espumas y colonias, a marcas casi todas desaparecidas que más que perfumar te condenaban de por vida a ir por el mundo llevando un aura olorosa indeleble. No eran nada sutiles aquellos olores de entonces. De alguna manera era el propio olor de los tiempos que vivíamos, un aire algo carca y poco delicado que luego acababa mezclándose con el olor de la cera de las velas de las iglesias y con tabacos de acres y densas humaredas.
Buena parte de nuestras miradas quedaron atrapadas para siempre en aquellos grandes espejos, algunas veces mezclándose con antepasados nuestros de los que ni siquiera habíamos tenido noticias. Es mentira que no permanezcamos en los lugares por los que vamos pasando: los espejos nos atrapan y nos mantienen en el azogue con la misma cara y los mismos gestos de entonces. Lo que pasa es que no nos vemos. Aún no tenemos capacidad para atravesar los espejos y adentrarnos como Alicia en otros mundos. Pero estamos por ahí dentro, seguros y a salvo, y además recién pelados y perfumados de arriba abajo.
Lo que sí me he preguntado siempre es qué se haría con cada uno de nuestros pelos. Quedaría poco literario pensar que eran tirados a la basura. No lo creo, entre otras cosas porque antes todo acababa teniendo su utilidad. Supongo que nuestros pelos estarán metidos en cojines o colchones de muchas casas del pueblo, o a lo mejor sirvieron de abono para las tierras y nos los terminamos comiendo en el corazón de las papas o de las piñas de millo. La estampa es hermosa y casi cinematográfica: un niño rodeado de pelos recién cortados en una barbería con olor aroma de otros tiempos. Parecía como si fueran pelándonos como a una cebolla hasta llegar al centro, pero el centro es muy aburrido, y con cada pelada yo creo que nos estaban robando pequeñas unidades de ensoñación e inocencia. Ahora vas a la peluquería y te dejas trasquilar asépticamente por cualquier anónimo amañado, y ya te da lo mismo el espejo en el que te miras, y lo que hagan o dejen de hacer con tus pelos. Sin embargo, si lo piensas, sigue habiendo algo mágico en cada una de esas renovaciones capilares, una especie de atavismo que nos mantiene unidos al salvaje que fuimos (o que seguimos siendo). García Márquez decía que veníamos al mundo con los polvos contados. Estoy de acuerdo. Pero también llegamos con las peladas numeradas. Y da igual que te quedes calvo prematuramente o que te dejes el pelo a lo Bob Marley. Ya de niño nos fueron arrancando la fuerza (¡y mira que nos advertían con lo del rollo de Sansón y Dalila!) y buena parte de la magia con cada una de las peladas. No nos dábamos cuenta, pero nos estaban trasquilando el sentido común de nuestros sueños y de nuestras benditas inocencias. A lo mejor por ahí es por donde nos viene buena parte de nuestra malhadada alopecia cotidiana.
Septiembre de 2007.
Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.
La pandilla de San Roque

LA PANDILLA DE SAN ROQUE
Por Santiago Gil
calle de entonces se jugaba con el hijo del terrateniente y con el del
borracho desahuciado que iba dando tumbos por las calles y casi vivía
en la miseria.
Música de Papagüevos II

Santiago GilUno en un pueblo se cría con todos y contra todos. En la calle de entonces se jugaba con el hijo del terrateniente y con el del borracho desahuciado que iba dando tumbos por las calles y casi vivía en la miseria. Nos dábamos cuenta de que algo fallaba cuando llegaban los Reyes o las vacaciones y muchos de nuestros amigos quedaban fuera de plano y no participaban en la fiesta de juguetes o emociones viajeras. Nosotros, sin embargo, elegíamos a los de nuestra pandilla valorando sus capacidades para el divertimento y sus dotes futboleras o imaginativas. Siempre nos movíamos en muchos mundos distintos sin salir de las cuatro calles de nuestro pueblo.
Los de San Roque, por ejemplo, eran distintos a los de la Plaza, o a los de La Cuesta. Cada cual tenía sus normas, sus juegos y sus jefes, aun cuando luego coincidiéramos en los colegios, en las misas o en los equipos de fútbol más o menos federados. En San Roque la infancia era más arriesgada y más aventurera que en la zona de La Plaza, y se vivía de una manera más belicosa. Voy a volver a cometer el error de nombrar a muchos de los que entonces andaban por las calles, pero son los que aparecen: sólo hago de médium de una época que de no ser escrita moriría para siempre con todos nosotros. Yo les voy poniendo cara a medida que los nombro, y también el eco de cada una de sus voces cuando compartíamos juegos y gamberradas en barrancos, fincas o callejones. San Roque era una jauría de chiquillos por las calles. Ahí van a algunos: Magüé, Adrián, Paco, Francisco, José Carlos, Adolfo, Toste, Martín, Artiles, Claudio, Zanini, José Ángel, Alejandro, Gustavo, Manolín, Pepillo, Fernando, Morera, Juani, Pedro, Bartolo, Ángel, Suso, Lucky, Vicente, Javier, Isaac, Víctor, Eloy, Chago, José Ramón, Mateo, Juan Carlos, Máximo, Tanito, Luis Carlos, Forillo, Jesús, Francis, Gerardo, Benjamín o Carlos. Otra vez se me habrán quedado muchos en el camino. Pero más o menos están todos. Ya digo que era una infancia más pendenciera y arriesgada la que uno vivía en San Roque, y lo normal era que nos fuéramos pasando de La Plaza a San Roque o a Las Barrera según quisiéramos más o menos aventura. Puestos a pelear, por ejemplo, era mejor estar con los de San Roque, lo mismo que cuando querías sentirte más siete machos. Pero ya digo que lo bueno de entonces era que tocabas todos los palos, y que salvabas barreras sociales, económicas y culturales varias veces al día. Eso, lo queramos o no, nos da una visión más global y certera de una sociedad, y por supuesto nos hace siempre más solidarios y más comprometidos con los problemas de cada uno de nuestros vecinos. La solidaridad se aprende jugando en la calle, lo mismo que las mañas para vencer a los rastreros y a los abusadores.
En San Roque era frecuente el rearme. Se era más belicoso. Estaban las espadas de madera, los tirachinas, los arcos de palma y las flechas de caña con la punta de verguilla, y por supuesto las piedras. Todo lo teníamos a mano para montar una guerra en dos segundos. Pero también éramos dados a las casetas, a improvisar campamentos con cuatro cartones o cuatro maderos abandonados en cualquier parte. Nunca nos faltaba diversión, y cuando no sabíamos qué hacer callejeábamos en busca de aventuras.
Había varios refugios imprescindibles. El mejor de todos era El Polvorín, pero también estaban los Tres Caballos, las Dos Palmeras, el Cementerio o el callejón del Molino, y por supuesto las muchas fincas que nos íbamos encontrando por cualquier parte. Había jerarquías guerreras y también más de un indeseable, pero en el olvido siempre preferimos matar a los canallas para poder seguir manteniéndonos a flote. El odio, lo mismo que la envidia, son lastres que sólo consiguen que te hundas en los procelosos océanos de la mediocridad y la impotencia. Por eso cuando miramos a la infancia nos quedamos sólo con las risas y las aventuras, y hasta las pedradas recibidas las rememoramos con un cierto orgullo de guerrero heroico que ha logrado llegar a nuestros días.
San Roque era una ermita y una plaza que nunca llegó a ser una plaza porque jamás dejó de estar dividida por una hermosa calle de adoquines. Pero entonces apenas había coches y casi todas nuestras calles se convertían en plazas si uno quería jugar al fútbol, a policías y ladrones o a pinchalaúva, un juego que cambia de nombre según el que lo cuente, pero que siempre ha consistido en romper el lomo de quien ha de soportar el peso de varios amigos tirados como fardos y colgados de cualquier manera entre tu nuca y tu columna vertebral. Milagrosamente seguimos erguidos. Y se supone que sanos y salvos, aunque uno a veces todavía piensa que está jugando al escondite y que en cualquier momento nos van a descubrir y nos van a mandar de nuevo a casa antes de que anochezca. De alguna manera hubo un día en que nos escondimos demasiado tiempo, o demasiado bien, y ya no regresamos a casa. Desde entonces nadie ha podido encontrar al niño que fuimos.
Recuerdo un mundo de tiendas con referencias diminutas y cercanas: Paquito, Benedita, Mariquita o Nievita, Rosita y Lolita. Olía de maravilla en aquellas tiendas de madera vieja y penumbra en las que se iba contando la vida diaria de cada uno de nosotros. Olía a jamonilla, a mortadela, a chorizo de Teror o a fruta y verduras, sobre todo a frutas y verduras que aún iban de la huerta a la tienda sin pasar por esas cámaras frigoríficas que matan los sabores o las maduraciones naturales.
Otro mundo aparte, o todo un universo, era el bar con tienda de Paquito. Allí dentro descubrimos las máquinas de flipper y los primeros y rudimentarios engendros de marcianitos, y también, en mi caso, descubrí la conciencia. Lo cuento ahora porque han pasado muchos años y uno ya puede hacerlo con la distancia y la lejanía que lo convierte todo en anécdota. Tendría unos siete años y estaba a punto de hacer la Primera Comunión. Nos juntamos cuatro o cinco amigos y decidimos robar chocolatinas, estampas, helados y baconcitos. Había tanta confianza entonces que uno podía colarse por debajo de los mostradores y luego arreglar con el de la tienda lo que había cogido, pero no fue el caso. Paquito era uno de los futboleros más apasionados y entendidos que yo haya conocido jamás. Su pasión por la Unión Deportiva Las Palmas era tal que incluso vendía las entradas del Estadio Insular para que la gente del Norte no tuviera que bajar a la capital a buscarlas, y hasta fue quien nos vendió la primera camiseta oficial del equipo amarillo. Su forofismo era tal que cuando había partido se metía en la trastienda con otros tantos futboleros a ver en la tele en color de principios de los setenta los pocos encuentros que retransmitían entonces.
Las primeras veces que nos arriesgamos a robar golosinas fue todo tan fácil que nos parecía mentira. Nos metimos varias veces, siempre coincidiendo con el fútbol, y cogimos un poco de cada cosa para que no se notara mucho nuestra visita. Según terminábamos nos íbamos a cualquier finca a ponernos morados y a repartirnos el botín. Pero por suerte descubrimos pronto que quien anda con malas andanzas acaba siempre mal. Nos cogieron con las manos en la masa. Quisimos justificar el robo de veinte mil maneras inverosímiles, pero Paquito avisó a nuestros padres y creo que aquel día tuve la mayor bronca paterna de mi infancia. Luego todo se fue olvidando, y el primero que dejó los rencores a un lado fue el afectado, entre otras cosas porque notaría enseguida que habíamos aprendido la lección. Otra cosa fue lo de la iglesia y las confesiones. Hacía la primera comunión unas semanas después del robo, y las monjas y los curas nos decían que si no confesábamos todos los pecados antes de comulgar poco menos que se nos iban a caer las columnas de la iglesia sobre nuestras cabezas. Y eso era lo menos apocalíptico si lo comparamos con las cegueras, los infiernos, y todo un manual de sadismo que la verdad es que era como para quitarse el sombrero ante el acojonador que ideó todo aquello. Llegaba al confesionario y sobre la marcha me bloqueaba y no podía cantar el pecado del robo en casa de Paquito. Lo intenté con don Bruno, que era el cura oficial y de toda la vida, y no hubo manera. Luego traté de hacerlo con don Fernando, pero me pasó tres cuarto de lo mismo. Quedaba don Rafael, que era más joven y tenía menos pinta de castigador. Estuve a punto, pero tampoco me atreví. No me veía haciendo la Primera Comunión. Mis amigos y mis padres me preguntaban si había confesado lo del robo, y yo contestaba que sí, que andaba limpio de pecados y de remordimientos. Pero apenas lograba pegar ojo, y yo creo que es de entonces de donde me vienen todos esos miedos inexplicables que me paralizan de vez en cuando. Recuerdo que me salvé en la catedral de Santa Ana, justo una semana ante de haberme quedado ciego o paralítico como aquél de la parábola de Cafarnaú que interpretábamos con el profesor Manuel Jiménez. Aproveché la Primera Comunión de una prima mía y que estaba lejos del pueblo y con un cura que no me conocía. Iba acojonado y temblando al confesionario, y cuando le conté el pecado de marras el cura no le dio ninguna importancia y me preguntó si no tenía más pecados. Yo estuve a punto de contestarle si no le parecía bastante aquella barbaridad de pueblo, pero finalmente me callé y sólo alcancé a preguntarle si ya estaba perdonado y si podía hacer la Primera Comunión. El sacerdote, un tipo joven y con pinta de progre, me dijo que rezara un par de padrenuestros y que me fuera a desfogar a la plaza o a subirme en los perros de Santa Ana. Recuerdo la sensación de placer y de felicidad que sentí entonces. Podría compararla con el día que acabas la carrera y ya sabes que no vas a volver a sufrir más exámenes en tu vida –¡pobres ilusos, no sabemos que justo a partir de ahí es cuando empiezan los exámenes más difíciles!-, pero no creo que tenga parangón porque en ese caso hablamos del alma o del subconsciente, y yo les aseguro que los curas de mi pueblo habían hecho tal trabajito conmigo que cuando me dijeron que la cosa se quitaba con tres padrenuestros poco menos que me faltó dar la vuelta de campeón del mundo alrededor de Santa Ana.
Eso sí, me olvidaba que ya era algo reincidente en lo de los siseos. Un par de años antes le habíamos robado a las monjas parte del dinero diario que teníamos que dejar a los niños pobres. Nos juntábamos varios, y lo que hacíamos era robar alternativamente lo que necesitábamos para pegarnos una hartada de mulatos y cornetos en el bar de La Plaza que entonces regentaba Conrado. No sé el tiempo que estuvimos refrescando nuestra infancia parvularia y algo perdularia, pero también nos cogieron y nos la hicieron pasar canutas mucho tiempo. Yo siempre fui de los asiduos al famoso cuarto oscuro que estaba debajo del escenario del teatro de las Dominicas. Hombre, podría decir que era algo revoltoso, pero creo que no era más que un niño con ganas de divertirse. Y además con un sentido libertario de la vida.
Pero les estaba hablando de San Roque y de las muchas voces y caras que se cruzan entre carreras alocadas y griteríos que se perdían en cualquier callejón. Me imagino que entonces habría una especie de boom de natalidad. No se veían más que chiquillos por todas partes, pero en San Roque esa chiquillería me recuerda a la que aparece en el Nápoles de las películas del neorrealismo italiano. Era como un eco inacabable de juegos y de resultados de partidos de fútbol improvisados. También me llega el olor a pólvora de los primeros petardos, el humo de las hogueras improvisadas y aquel frío de las noches de invierno que nos empujaba para nuestras casas avisándonos de un colegio que no nos dejaba eternizarnos en los juegos y las risas. Cuando despertábamos siempre queríamos soñar que era verano o sábado o domingo por la mañana, y los sueños, por suerte, se cumplían entonces varias veces al año, y por lo menos un par de días a la semana. No recuerdo desayunos más ilusionantes que los de esos días con los sueños cumplidos. Mojabas el pan con mantequilla en el café con leche mientras de fondo ya escuchabas los gritos de amigos que te llamaban desde la calle, o el sonido de los balones golpeando los muros y los adoquines. El teatro se montaba por sí mismo. Nosotros sólo teníamos que salir a escena a interpretar nuestro papel de niños inquietos, imaginativos y bullangueros. Incluso aburridos nos terminábamos divirtiendo.
Septiembre de 2007.
Las estampas

Por Santiago Gil
no, estampas. A ver cómo te lo explico: nos daba igual que en el sobre
o en el mismo álbum las llamaran cromos. Era lo mismo que los boliches,
que cuando salían por la tele les llamaban canicas.
Música de Papagüevos II

Santiago GilLas estampas
Para nosotros los cromos eran estampas. No, estampitas, no, estampas. A ver cómo te lo explico: nos daba igual que en el sobre o en el mismo álbum las llamaran cromos. Era lo mismo que los boliches, que cuando salían por la tele les llamaban canicas. Digamos que los canarios teníamos un lenguaje más o menos propio para nuestras cosas de la infancia, y que entonces le hacíamos más caso a nuestras abuelas y a nuestros padres que a la tele o a los mismísimos libros de texto. Jugábamos con las tradiciones que venían andando en el tiempo mucho antes de llegar nosotros a ocupar nuestro pequeño papel interpretativo en esta azarosa película que es la existencia, o la vida, llámalo como quieras.
Te hablaba de las estampas porque agarrados a ellas fuimos atravesando buena parte de nuestra infancia. Las había de muchas clases, pero a nosotros las que nos parecían más fetén eran sin duda las de los jugadores de fútbol. También estaban las de estrellas de la canción y el espectáculo, las de dibujos animados y las que nuestros mayores denominaban instructivas. Para éstas últimas nos daban dinero siempre que se lo pedíamos, pero a nosotros eran las que menos nos gustaban porque se parecían a los libros de texto del colegio con mapas, conquistadores y descubrimientos científicos. Las nuestras, como he dicho, eran las futboleras, y dentro de éstas las de la Liga de Primera División.
Lo bueno de aquellos años es que entonces salía la Unión Deportiva Las Palmas en las estampas, aunque más de una vez dejaron el equipo a medias, o simplemente coloreaban de una manera cutre el equipaje sobre las fotos con ropa de calle que tenían de los jugadores. No era bien tratada la Unión Deportiva en aquellas colecciones, si bien no les quedaba más remedio que ponerla en el álbum porque siempre estábamos entre los cinco primeros de la Liga y supongo que hubiera sido muy cantosa su ausencia.
Las estampas olían de una manera especial, a tinta de periódico o de libro recién impreso, y cuando eran adhesivas a un pegamento que no sé si colocaba o no pero que aún soy capaz de rememorar con toda su sugerente emoción. Había algunas que tenían los datos de los futbolistas detrás de los caretos, y otras que salían en las cajas de fósforos que se coleccionaban de chiripa y que eran muy difíciles de obtener porque no dependía de nosotros sino de nuestros mayores. Y cómo olían también las cajas de fósforos de madera cuando las abrías. Otra palabra, fósforo, que luego se volvía cerilla en la asepsia de los libros de texto que tanto nos confundían.
Lo mejor de las estampas no sólo era abrir los sobres. Jugaba un papel determinante la suerte, el que te saliera justo la estampa que te faltaba para completar el Atlético de Madrid o la Unión Deportiva Salamanca. Con esas estampas se confeccionaban luego los equipos de chapas o de cajas, una vez se completaba el álbum y se guardaba pensando que lo íbamos a tener toda la vida a mano. Pobres ilusos, hoy volvemos a casa y no hallamos ni álbumes ni estampas. Todo lo se lo lleva la prosaica necesidad de echar lastres al mar para poder seguir navegando, y también la imposibilidad de cargar recuerdos cuando uno quiere ver mundo y no aferrarse a ninguna ciudad o casa del planeta. Ya digo que para completar las colecciones jugaba primero el azar, pero posteriormente entraba en liza la buena capacidad negociadora que uno tuviera para cambiar los cromos, el ser capaz de renunciar a treinta o cuarenta por uno de los más deseados, y también la pericia que tuviéramos en los juegos. Estaba sobre todo el estampío, que consistía en levantar las estampas con la palma de las manos sabiendo dominar el golpetazo, la entrada del aire y la capacidad de hacer volar el papel acartonado. No valía pegarla a la palma de la mano: los más tramposos se echaban mantequilla para poder dominar la gravedad de la estampa, pero la mantequilla de entonces cantaba lo suyo y lo normal es que nos diéramos cuenta del fraude desde que llegaban ofreciendo juego. Cualquier lugar era un buen tapete, pero las más solicitadas eran las escalinatas, sobre todo las de la Plaza Chica y las de la ermita de San Roque, aunque tampoco desdeñábamos la fuente de la referida plaza o cualquier escalera de cualquier casa en la que se juntaran varios amigos a poner en juego su ejército de sueños futboleros.
La primera colección de estampas que recuerdo completar fue la del Mundial 74. Eran unas pegatinas fabulosas con nombres míticos de la historia del fútbol, aunque casi no había ninguno de la selección española. No nos clasificamos y para compensar había una sección al final del álbum en la que daban cabida a jugadores de selecciones no clasificadas. Creo que eran Íribar y Claramunt el del Valencia los que aparecían en esa sección, pero estoy hablando por hablar porque no lo recuerdo a ciencia cierta.
Además del estampío también jugábamos a la escalera, que era un juego en el que tenías que dejar caer la estampa pegada a una pared y creo que había que esperar a que se quedara vertical o a que se montara de una forma determinada sobre las que se iban quedando en el suelo. Ahí te podías llevar de una tacada más de medio centenar de estampas, por lo que sólo jugabas cuando tenías muchas repetidas y podías permitirte el lujo de arriesgar. Y junto a esos juegos había uno que no recuerdo exactamente, pero sí sé que tenía que ver con el número de letras que tuvieran los futbolistas. Levantabas el flojote -que era otra palabra nuestra distinta al montón- por donde querías y según te saliera un nombre u otro te llevabas más o menos estampas. Había nombres que no se me olvidaron desde entonces, y que de vez en cuando repaso mentalmente viendo los caretos y el color de sus respectivas camisetas. Los más deseados en ese juego azaroso eran, entre otros, Pérez Contreras, Martí Filosía, Fernández Amado, Azpilicueta, Urruticoechea, López Ufarte, Gómez Voglino, Barrachina, Rubén Cano o Roberto Martínez. Luego estaban los que te llevaban al fracaso, nombres como Dani, Rojo, Olmo, Mora, Félix, Noly o Leal. Todas esas alineaciones que aparecían en las estampas son parte de nuestra épica personal, los ejércitos con los que vencimos mil batallas al tedio y al aburrimiento. Aún siguen brillando con aquellos colores satinados que tanto nos emocionaban. Cada una de aquellas estampas que integraban los flojotes que menguaban o crecían según la suerte forma parte de nuestra propia historia. Abrir un sobre recién comprado era acercarte a un mundo de sueños. Rasgabas con cuidado uno de sus extremos y sacabas las estampas a la luz como quien trae hijos al mundo. Dar con alguno de los más deseados era como tocar el cielo. De alguna manera tú también te sentías parte del equipo.
Agosto de 2007.
El mono del recuerdo

Por Santiago Gil
quieren y se esconden de ti y de la gente si nos les interesa que
removamos el pasado por el que ellos ya transitaron. Si no los
escribimos no existen. Y además morirán inevitablemente con nosotros.
Música de Papagüevos II

Santiago GilHoy me he levantado surrealista y burlón y me he acordado de Milagrosa la barrendera corriendo por los alrededores de la Plaza Grande con una especie de mandril subido en su cabeza. La pobre mujer iba desarretada y fuera de sí pegando gritos por todas partes. Era la época en que estaba de moda tener un mono pequeño, un titi o un mandril metido dentro de una jaula. Tenían mala leche los jodidos monos. Si les acercabas la mano te intentaban pegar una dentellada, y más de una vez agarraron la muñeca de los más osados con intención de no soltarla en la vida. Me imagino cómo debían sentirse metidos en aquellas jaulas claustrofóbicas, y con el tiempo uno entiende que estuvieran todo el santo día estresados y de tan mal humor. El que se agarró a la cabeza de Milagrosa sí que era un malandrín de cuidado. La imagen era esperpéntica, pero nosotros en lugar de ayudarla nos tiramos al suelo descojonados de la risa. La pobre mujer, colorada y pegando chillidos como una loca, se ponía a llamar a los guardias municipales. Finalmente no me acuerdo cómo acabó todo, pero sí estoy seguro de que no lo solucionó ninguno de aquellos guardias tan poco versados en el control de animales salvajes y tan dados a echar barriga y a pasear relajadamente por un pueblo que apenas tenía incidencias fuera de las cuatro borracheras de las fiestas.
Milagrosa y el resto de los barrenderos de aquellos años formaban una estampa inolvidable y casi goyesca por las calles de Guía. Iban todos colocados como si hubieran ensayado las posiciones durante años, uno al lado del otro, y dos delante o al fondo del grupo acumulando la basura que los más fuertes metían dentro de un cubo. Barrían con escobas y con hojas de palmeras secas que arrastraban de un tirón los restos que hubiera entre las dos aceras de las calles. La verdad es que uno no valoraba entonces su trabajo, pero ahora, al paso de tantos años, no recuerdo ver unas calles tan limpias como aquellas. Gracias a eso podíamos improvisar nuestros partidos de fútbol o bien ir golpeando las chapas todo el rato desde nuestras casas hasta las mismísimas puertas del colegio. No había entonces reciclajes, como tampoco se percibían los cambios climáticos o las consecuencias del efecto invernadero. Tampoco sé qué exigían para ser barrendero, un oficio, como todos los de aquellos años, enraizado y unido al paisanaje y a la puesta en escena diaria en la que desarrollábamos nuestra vida.
A lo mejor si a Milagrosa no se le hubiera subido el mono en la cabeza, hoy no me estaría acordando de aquella tropa organizada que ponía una percusión suave en la música diaria de nuestras calles, un raspado de adoquines con hojas de palma que ahora soy capaz de rememorar con todos sus sugerentes tonos mañaneros.
Los barrenderos sólo nos incordiaban cuando terminaba la procesión del Corpus y nosotros emprendíamos una guerra con bombas de serrín o chiribitas, puñados de sal y hasta huevos que ponían de decoración en algunas alfombras. Llegaban raudos con sus escobas y sus cubos limpiando nuestro campo de batalla improvisado, y si nos poníamos farrucos nos echaban por delante a los guardias, o Milagrosa pegaba tres gritos de los suyos para que vinieran nuestros padres a echarnos la bronca. Nos duraba poco el escenario bélico y colorista. Sólo al día siguiente, ya camino del colegio, y por tanto cabizbajos y domesticados, echábamos de menos las alfombras y las guerras ulteriores al ver los colores del tinte todavía marcados sobre los adoquines. Supongo que desaparecerían del todo con las primeras lluvias o con los distintos cubos de agua que se echaban desde cada una de las casas una vez se terminaban de limpiar los suelos.
Fíjense todo lo que ha dado sí un mono en la cabeza de una señora desesperada que corría por las calles de mi pueblo. La risa me ha llevado luego a la ternura e incluso me ha puesto a guerrear en una batalla de colores y olores memorables. Porque lo que quedaba de las alfombras era el olor a naturaleza y a madera que se metía en las ranuras de las piedras de la calle. Y ya hace tiempo que aprendimos que los recuerdos terminan oliendo, y que todo lo que huele nunca muere. Trata de recuperar cualquier olor mañanero de tu infancia y verás la cantidad de imágenes que se te aparecen en la película de tu propia vida. Cada día de entonces nos daba para escribir un capítulo memorable.
Agosto de 2007.

