Mi segunda primera comunión. Por Braulio G. Bautista

MI SEGUNDA PRIMERA COMUNIÓN


 Yo fui
uno de los últimos de mi muchachada en
hacer lo que heréticamente se conocía por entonces como “La Primera Comunión”. Debía de andar
entre los quince y los dieciséis años, o sea, que ya hacía como unos ocho que
había recibido- vestidito de gris, con un breviario con tapas de imitación de
nácar y un rosario enredado en las enguantadas manos- mi “PRIMERA” PRIMERA
COMUNIÓN- me refiero a la de verdad: a
la de don Bruno y Don Fernando (los curas Quintana)-.
Por Braulio G. Bautista.
"MI SEGUNDA PRIMERA COMUNIÓN"

 Por Braulio García Bautista.

Yo fui
uno de los  últimos de mi muchachada en
hacer lo que heréticamente se conocía por entonces  como “La Primera Comunión”. Debía de andar
entre los quince y los dieciséis años, o sea, que ya hacía como unos ocho que
había recibido- vestidito de gris, con un breviario con tapas de imitación de
nácar y un rosario enredado en las enguantadas manos- mi “PRIMERA” PRIMERA
COMUNIÓN- me refiero a  la de verdad: a
la de don Bruno y Don Fernando (los curas Quintana)-.

¿Y
entonces, si ya la había hecho a los ocho, por qué repetirla a los 16…? Bueno,
todo tiene su explicación: en la primera - después de pasar por la preceptiva
catequesis- yo recibí el sacramento de la Eucaristía; y en la segunda- sin cursillo de orientación, sin “catequesis”
previa- lo que recibí fue mi bautizo sexual completo… Así de irreverentes
éramos por entonces en aquel noroeste agreste y cerril… ¡mira que llamar de esa
manera a una “puesta de largo” en tan pecaminosas lides!

Tuve que
vender mi mejor “casar” de palomas
ladronas para conseguir los 8 duros, cuarenta pesetas de las de entonces, que
me costó mi primer encame con una “dama”, porque, aunque ya había tenido algunos balbuceantes
escarceos, jamás había coronado… Todas las pibitas con las que había estado,
llegado el momento de los toqueteos, te decían muy solemnes: “Del
ombligo pa´rriba lo que tú quieras, pero del ombligo pa´bajo ni se te ocurra,
lo guardo para el día que me case, ¿oíste?”.

Aunque
nunca he sido muy meapilas, confieso que, mientras me acercaba al lugar donde
se iba a consumar mi iniciación, me
debatía entre el miedo a condenarme para siempre, de arder en las calderas de
Pedro Botero por una “ETERNIDAD”- ese era un concepto que por entonces me
aterraba, porque no iban a ser 50 años
achicharrándome en aceite hirviendo, ni 1250, ni siquiera 6660… estábamos
hablando de la jodida E T E R N I D A D-
y el deseo natural de conocer hembra;
de folgar; de yacer

Los
curas, que anatemizaban desde los púlpitos, al calor de aquella posguerra tan
favorable, sobre todo lo que significase trasgresión de los rígidos
mandamientos de la Iglesia de Roma, le
metían a uno el miedo een el cuerpo, pero al final pudo más la sabia
naturaleza, el alboroto hormonal y, sobre todo, la curiosidad. Así que, con Roberto Santiago (Gobeto el de Esteban) y Roberto
Ayala (el segundo de “los tres locos de
Don Rafael”) como padrinos, una noche cualquiera de aquellos tiempos de
opresivo oscurantismo, me desvirgaron en el Barranquillo de Gáldar.

Mi introductora
en la cosa del ayuntamiento carnal, fue una tal Margarita, apodada -vaya usted
a saber por qué- “La Yegua Blanca”. A esta señora probablemente tenga yo que
agradecerle el no sufrir ninguno de esos
trauma que se originan en los desflores poco placenteros. Fue tan gentil, tan
comprensiva y cariñosa, que salí de su catre con la impresión de que había pasado el examen con nota alta, y eso,
a tan tierna edad, sirve de mucho para la cosa de la autoestima.

La cueva
donde ocurrieron los hechos estaba “albiada” – que no es lo mismo que albeada o
enjalbegada, que dicen por el Continente- y sus toscas paredes aparecían llenas de imágenes de santos y fotos
coloreadas a mano. Sobre el cabecero de la cama, sin ir más lejos, había un cuadro de Jesús con los brazos
abiertos con su corazón en relieve, extracorpóreo y sangrante, ante el que tuve
que cerrar los ojos para poder iniciar mi debut carnal.

Previamente,
Margarita, mientras se desnudaba, me preguntó que si era mi primera vez, a lo
que yo asentí algo avergonzado; después quiso saber si era “caballero
cubierto”… y al ver mi cara de estupor al no entender qué me preguntaba, se
alongó a través de la cama hasta coger una palmatoria con un cabito de vela que
titilaba débilmente sobre una de las
cajas de Fundador Domecq que le servían de mesitas de noche, y se dispuso
comprobarlo por si misma. Estuvo lo que me pareció una eternidad hurgando en mi
zona pudenda y luego, con una satisfecha sonrisa en su boca pintarrajeada, se
tendió y me hizo señas para que me acercara a su cuerpo blanquecino y fláccido. 

Cuando
estaba tendido a su lado, antes de entrar en faena, me espetó con cierta
brusquedad: “¿Y de quién sos tú, bichillo?”, yo le dije que era de Guía,
pero que mi tío, Carlos Bautista (q.e.p.d.) era el alcalde de Gáldar, lo que,
aparentemente, no le impresionó en lo más mínimo.

Después
del rápido “bautizo”, Margarita tomó un
caldero desconchado, vertió agua en una palangana y procedió a lavarme
cuidadosamente. Luego, de un montoncito
apilado en una de las “mesitas de noche”, cogió un pañito de “toballa”, de aquellos que usaban las féminas cuando
aun no habían llegado las compresas y los tampaxs, y me secó con el mismo
esmero conque me había lavado.

Una vez
vestido, se asomó a la puerta de la cueva, descalza, en “combinación” y con una
pañoleta por los hombros, para asegurarse de que no habían moros en la costa,
y, dándome una nalgadita, me dijo ”Vuelve cuando quieras, mi niño”, mientras me
franqueaba la salida a la fresca noche y al mundo de los pecadores.

Esa
primera visita a una casa “de lenocinio y perdición” –como decían los
predicadores que venían desde fuera a despertar las conciencias dormidas de los
del pueblo- tuvo algunas consecuencias:
alguien le fue con el cuento a mi madre y esta le pidió a mi padre que “me sentara” y me hablara “seriamente”. Ya yo los había oído
cuchichear en la habitación de al lado, así que cuando mi padre se inclinó
sobre mi cama, ya sabía de que iba la cosa y, previendo lo peor, me hice el
dormido. El viejo me sacudió suavemente y cuando “desperté”, me preguntó mirándome inquisitivamente a los
ojos: “¿Dónde estuviste el domingo por la noche?”… “Fui al cine Guayres a ver
una película de Cantinflas
”- le respondí-… ¿Y como volviste de Gáldar a Guía, caminando?... “Sí,
caminando”… “¿Por la carretera o por el barranco?”... “Por el barranco”-
le
respondí con un hilo de voz-… (SILENCIO)… “¿Y pasaste por el Barranquillo…?” No me atreví a contestar a esa
pregunta, me limité a asentir levemente con la cabeza… (SILENCIO MÁS LARGO)… “¿Y te
“ocupaste”…?
”... -me preguntó Antoñito el del Molino, intensificando la
mirada escrutadora que tenía puesta sobre mis desorbitados ojos-. Yo, asustado,
me limité a repetir el mudo asentimiento… “¿Y con quién te ocupaste, si puede saberse…?”... “Con una que se llama Margarita”- le dije esperando el
guantazo en cualquier momento- … “¿Con la Yegua Blanca?- indagó
incrédulo mi padre- y al yo asentir otra vez con la cabeza, exclamó: “Pero
coño, si esa tiene más años que Matusalén… si puede ser tu abuela, carajo…
Bueno mira: tu madre está muy preocupada, porque no sé si sabes que puedes trancar un montón de
enfermedades en esos sitios, así que la próxima vez, si me entero que has
estado putiando, vamos a tener un problema… estás muy joven tú como para que
te me conviertas en un putañero…
¿estamos?”...
( SILENCIO) “Ah, - me dijo mientras abría la
puerta del cuarto, sin volverse- si te sientes picores o cualquier cosa “por ahí debajo” me lo dices,
¿eh?... para llevarte corriendo a
casa de Don Ramón el médico y a casa Chanito pa que te inyecte
unos cuantos millones de unidades de peninsilina”
 y eso fue TODO.

Tengo la
impresión de que mi padre me lanzó esta suave amenaza porque mi vieja lo estaba
oyendo todo desde la otra habitación, porque ni su semblante ni su voz
mostraban cólera… Creo que hasta, en el fondo, se alegró de mi iniciación, de mi desembarco en el mundo de los
machitos- o en la jarca de los pequeños crápulas, como diría cualquiera de aquellos
santos varones de la Adoración Nocturna-.

Ha dicho



La Plaza Chica

La Plaza Chica


Por Sergio Aguiar y Javier Estévez

Segundo capítulo dedicado a los espacios arbolados históricos del municipio. A la Plaza Grande le sucede La PLaza Chica. Estamos ante una vertiente desconocida y novedosa de nuestra historia municipal, que no hará más que enriquecer y completar las investigaciones ya realizadas por otros investigadores profesionales y noveles.

La Plaza Chica

Por Sergio Aguiar y Javier Estévez


Segundo
capítulo dedicado a los espacios arbolados históricos del municipio. A
la Plaza Grande le sucede La PLaza Chica. Estamos ante una vertiente
desconocida y novedosa de nuestra historia municipal, que no hará más
que enriquecer y completar las investigaciones ya realizadas por otros
investigadores profesionales y noveles.
 
Al igual que la Plaza Grande, la Chica, así denominada en contraposición a aquella, que está situada a escasos metros y es mayor en metros cuadrados, también ha tenido a lo largo de su historia diversas denominaciones. La más antigua fue la de Plaza del Mercado, pues en ella se desarrollaba semanalmente un mercado de ventas de todo tipo de productos, especialmente los domingos y días de fiesta.

Documentalmente hablando, la primera noticia que hemos localizado de esta plaza la encontramos en el año 1835, por medio de un expediente abierto por el Ayuntamiento contra el coronel del Regimiento de Milicias de Guía, Juan Gregorio Jaquez de Mesas, del que se deduce que la plaza fue agrandándose a base de un huerto o solar propiedad del coronel. Pues en la alegación de Jaquez de Mesas podemos leer:

“...que los materiales que cerraban los muros quedaron
en aquella parte descubiertos y a merced del que quisiera; pero
como además en la misma plaza y en los domingos hay una
especie de feria, los concurrentes por no estar de pie, o lo que
es más cierto, para llevar a cabo la empresa de socavar el sitio
de piedras proporcionadas, que colocándolas junto al mercado
se sentaban, pero concluida la feria, las dejaban allí sin
tornarlas a su sitio....Penetrado el Sr. Coronel Jaquez de que
todo el empeño de aquellos nagüetes era reducido a que el sitio
quedase arrasado sirviendo para aumentar la Plaza...se ha
visto que el Ayuntamiento y sus concejales del pueblo de Guía
se han apoderado del referido sitio y por medio de peones han
arrojado los materiales que habían en el barranco extrayendo
los terrumes que también se conservaban allí, le han
terraplenado y ensanchando la plaza como si no tuviera dueño
conocido...”.

Podemos deducir de este contencioso que el coronel Jaquez era propietario de la casa y del huerto que había junto a la misma, y que no es otra que la que ocupó durante muchos años el Ayuntamiento de Guía y el Colegio Santa María, así como diversos negocios, entre otros el de la familia Álamo Hernández.

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Carlos Aguiar. Por Santiago Gil



CARLOS AGUIAR
Por Santiago Gil

Ayer perdí al mejor amigo de mis primeros veinte años de
vida. Hubo otros, como fue Tano Mateos, con los que también aprendí a
descubrir el mundo antes de que pasaran los años y cambiaran los
escenarios de mi vida cotidiana.
  

CARLOS AGUIAR
Música de Papagüevos II


Santiago Gil

     
      

Ayer perdí al mejor amigo de mis primeros veinte años de vida. Hubo otros, como fue Tano Mateos, con los que también aprendí a descubrir el mundo antes de que pasaran los años y cambiaran los escenarios de mi vida cotidiana. Pero no pasó eso con Carlos Aguiar. Justo entre los catorce y los veinte años fue cuando más unidos estuvimos, y también cuando empezamos a encontrar nuestros referentes comunes. Siempre estaba Serrat. Ahí fui yo el que me adelanté y el que con mi tozudez y mi fanatismo casi logré imponerlo para que escribiera la banda sonora de aquellos años. Carlos y yo llegamos incluso a conocer a Serrat en persona y viajamos con él entre Tenerife y Gran Canaria después de habernos corrido una farra en La Laguna con Saulo, Víctor y los otros guienses que por entonces estudiaban en la ciudad del Adelantado. Yo coloqué a Serrat, pero Carlos colocó en mi vida a escritores fundamentales en mi formación humana y literaria. Podría dar muchos nombres, pero por encima de todos siempre estaba Gabriel García Márquez. No sé ni cuantas veces leímos, sobre todo él, Cien Años de Soledad para sacarle hasta el último detalle más oculto y para quedarnos perplejos una y otra vez ante el talento del gran escritor colombiano. Pero también por entonces catamos los mismos alcoholes como antes habíamos compartido los primeros cigarros y los primeros sueños. Carlos, de niño, siempre fue el más inteligente y el más creativo de todos nosotros. Ya dije un día que juntos intentamos escribir una novela a dos manos cuando teníamos doce o trece años, pero en todos los años siguientes no dejó de escribir, aun cuando la hondura de la herida de su alma le carcomiera la esperanza y la tranquilidad para acercarse a las letras. Con dieciocho años escribía guiones que luego eran grabados en Televisión Española, y me consta que Miguel Fortuny, uno de los grandes productores de este país, le ofreció irse a Barcelona a desarrollar su inmensa capacidad creativa y la vis cómica de sus guiones. Cada día tengo más claro que la vida es una cuestión de suerte, y que estamos irremediablemente en manos del azar. Sólo así puedo entender el proceso de deterioro psíquico de Carlos en los últimos años. Uno trataba de animarlo y de empujarlo fuera de la tristeza y de la depresión, y sobre todo tratábamos de ayudarle a vencer la maldita ansiedad que finalmente le ganó la batalla. Durante una época le pedí textos literarios que publicábamos en Diario de Las Palmas, y cada año, incluso cuando yo vivía en Londres, me pasaba los magníficos pregones que escribía para los carnavales guienses. Yo, al escribir, siempre lo he tenido presente: uno cuando escribe piensa en lo que pensarán de esos escritos unas cuantas personas, y Carlos, por supuesto estaba en ese grupo. Mi primera novela, escrita en Madrid a principios de los noventa, y que jamás será publicada por pueril, inmadura y previsible, sólo se la pasé a dos personas para que le echaran un vistazo, y él, claro, fue una de esas dos.

Hace veinticuatro horas que mi vida es un flashback constante. Aparecen recuerdos y vivencias de más de veinte años, desde aquellos interminables partidos de chapas en la plaza cuando salíamos del colegio hasta cada uno de los amores que nos inventábamos y escribíamos con tiza a todas horas por las calles. Fastidia saber que ya no dispondré del punto de vista de la única persona que vivió más de media vida junto a mí muchos de los momentos más mágicos y sublimes. En el fútbol, por ejemplo, Carlos también estaba tocado por los dioses, y si no llega a ser por el maldito asma que tanto refrenó su vida, yo estoy seguro que hubiera llegado donde le hubiera dado la gana. Algo parecido pasaba en los estudios: siempre era el empollón de la clase, aunque jamás ejercía como tal, o por lo menos nunca se chuleaba como lo hacían otros con un par de sobresalientes. Estuvimos juntos en clase, que se dice pronto, los ocho años de EGB y luego los dos últimos años de instituto, y también todas las horas de ocio entre medias, las mañanas de los sábados y los domingos, y posteriormente en las primeras parrandas, en las sonadas borracheras de cuando descubrimos el alcohol o en el acercamiento a los primeros amores. No tuvo suerte con las mujeres. Nunca entendí por qué, pero le hirieron más de una vez, y le costó mucho remontar el vuelo, y de hecho, por lo que me cuentan de sus últimos años, incluso le dejaron herido de muerte hace un tiempo.

Bueno, Carlos, cambio de caballo y de voz narrativa en pleno texto. Prefiero seguir hablando contigo y tenerte cerca, a lo mejor rememorando algún recuerdo, o cantando a voz en grito Querida o Penélope de Serrat, o algo del canalla Sabina que descubrimos recién salido aquel directo que tanto nos acompañó en las primeras farras de mediados de los ochenta. Es imposible hacerse a la idea de la desaparición para siempre de aquellas personas que piensas que van a estar al otro lado del teléfono toda la vida. Tú bien lo sabes porque lo viviste de cerca hace poco con tu padre, otro gran tipo, y con tu tía, y de hecho buena parte de tu tristeza reciente venía de esas pérdidas que tanto te dolieron. Podría ponerme de nuevo serratiano y cantar contigo la Elegía de Miguel Hernández. Lo hago en silencio como mismo lo hicimos los dos más de una vez entonando los versos que María Teresa Ojeda nos ponía en las clases de Literatura del instituto. Anoche, por cierto, también estuvo por el tanatorio María Teresa. Pues imagínate, destrozada: para ella éramos sus hijos, y siempre presumía de nosotros como de sus mejores alumnos: nos enseñó a amar la literatura y nosotros nos dejamos enamorar fácilmente por versos y argumentos sin los que no hubiéramos concebido la vida en los años siguientes. Ya digo que pasa siempre, que no somos capaces de asumir las ausencias definitivas que nombraba Benedetti. Tú bien lo sabes porque siempre viste más allá que todos nosotros, y posiblemente fuera por esa visión más panorámica y real del mundo que vivimos por lo que caíste primero que nadie en el desasosiego y la tristeza. “Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado”. Lo escribo de memoria como lo cantaba Serrat. Así estoy ahora Carlos, “sintiendo más tu muerte que mi vida”. Igual me acerco dentro de un rato al cementerio a despedirte, o igual no tengo fuerzas y me quedo recordándote y recordándonos en cualquier banco de un parque o delante de un mar que hoy está más bravío y gris que otras veces: una vez más todo se ajusta a nuestro ánimo, y el mar, que en el fondo no deja de ser el espejo de nuestras propias almas, no podía nunca aparecer azul y radiante esta mañana. Siempre estarás detrás de cada renglón que escriba porque una y otra vez me preguntaré qué pensará Carlos Aguiar de todo lo que vaya escribiendo. Un placer haberte conocido, amigo. Por aquí andaremos cuidando tu memoria y los muchos buenos ratos que nos regalaste.

4 de enero de 2008.

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"Las islas de nuevo encontradas”. F. H. Guarch

"LAS ISLAS DE NUEVO ENCONTRADAS": otra visión de la colonización de Canarias
Último libro de Fernando Hernández Guarch
 
En el libro “Las islas de nuevo encontradas”, Fernando Hernández Guarch realiza un recorrido cronológico por todo el periodo de la conquista de Canarias.   Fija la posición de los contendientes, aborígenes y castellano,  y de otros actos de la conquista como la iglesia y los portugueses.  Busca realzar un relato ágil y documentado de cómo fueron los hechos principales, sus protagonistas y las consecuencias que tuvo para los naturales de las islas.  Incorpora al intento de conquista de una zona de la Berbería que a su juicio formó parte del plan de los castellanos y que al no conseguirse dejó incompleta la empresa de conquista.

"LAS ISLAS DE NUEVO ENCONTRADAS": otra visión de la colonización de Canarias
 

En
el libro “Las islas de nuevo encontradas”, Fernando Hernández Guarch realiza un recorrido cronológico por todo el periodo de la
conquista de Canarias.  
Fija
la posición de los contendientes, aborígenes y castellano,  y de otros
actos de la conquista como la iglesia y los portugueses.
Busca
realzar un relato ágil y documentado de cómo fueron los hechos
principales, sus protagonistas y las consecuencias que tuvo para los
naturales de las islas. 
Incorpora
al intento de conquista de una zona de la Berbería que a su juicio
formó parte del plan de los castellanos y que al no conseguirse dejó
incompleta la empresa de conquista.



Reseña sobre
LAS ISLAS DE NUEVO ENCONTRADAS

Por GORGONIO MARTÍN MUÑOZ

En la
primera página de Las islas de nuevo encontradas su autor, Fernando
Hernández Guarch, nos dice que es una sencilla narración. Esta
afirmación es fruto de  la moderación característica del  libro, pero su
verdadero valor reside en contar con sentido crítico lo que cronistas,
historiadores y estudiosos han ido vertiendo, en estudios parciales y a veces
subjetivos, sobre la ocupación de las Islas Canarias. La distancia de los siglos
y un mayor y mejor conocimiento de los verdaderos motivos que exploradores y
adelantados tuvieron para lanzarse a la conquista del archipiélago hacen que
esta obra ofrezca al lector, de forma cohesionada, la visión amena y ágil
de los hechos que llevaron al sometimiento de las Canarias a Castilla.

Un lenguaje
actual, resuelto y al tiempo riguroso; unas pocas ilustraciones, significativas
y  cuidadosamente seleccionadas,  y una edición manejable hacen de Las islas
de nuevo encontradas
un texto de importancia para todo aquel que se interese
por nuestro archipiélago, bien porque habite aquí o porque como turista o
viajero se inicie en el conocimiento de este territorio.

Gorgonio
Martín Muñoz.



Elogio a Miguel Santiago. ALEJANDRO C. MORENO

ELOGIO A MIGUEL SANTIAGO



Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO



ES UN INMENSO HONOR

Y UNA ABSOLUTA ALEGRÍA

QUE HAYA NACIDO EN GUÍA

TAN GLORIOSO HISTORIADOR.

TAN LAUREADO ESCRITOR  

ESTUDIOSO DE LA FILOLOGÍA   

TORRENTE DE SABIDURÍA

Y EMINENTE INVESTIGADOR.

¡OH! ADMIRADO PAISANO

ILUSTRE E INMORTAL GUIENSE  

DISTINGUIDO CIUDADANO

¡OH! INSIGNE CANARHIENSE

AMADO Y QUERIDO HERMANO

PARADIGMA HISPANENSE. 

ELOGIO A MIGUEL SANTIAGO

Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO

ES UN INMENSO HONOR
Y UNA ABSOLUTA ALEGRÍA
QUE HAYA NACIDO EN GUÍA
TAN GLORIOSO HISTORIADOR.
TAN LAUREADO ESCRITOR  
ESTUDIOSO DE LA FILOLOGÍA   
TORRENTE DE SABIDURÍA
Y EMINENTE INVESTIGADOR.
¡OH! ADMIRADO PAISANO
ILUSTRE E INMORTAL GUIENSE  
DISTINGUIDO CIUDADANO
¡OH! INSIGNE CANARHIENSE
AMADO Y QUERIDO HERMANO
PARADIGMA HISPANENSE.


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El día de mañana. Por Santiago Gil



EL DÍA DE MAÑANA
Por Santiago Gil

Supongo que el día de mañana ya ha llegado. Quedaba
lejos cuando nos lo repetían a todas horas nuestras abuelas y los
maestros que trataban de hacer de nosotros hombres y mujeres de
provecho. Siempre te estaban preguntando que qué querías ser cuando
fueras mayor.
  

EL DÍA DE MAÑANA
Música de Papagüevos II

Santiago Gil
            

Supongo que el día de mañana ya ha llegado. Quedaba lejos cuando nos lo repetían a todas horas nuestras abuelas y los maestros que trataban de hacer de nosotros hombres y mujeres de provecho. Siempre te estaban preguntando que qué querías ser cuando fueras mayor. Quedaba bien elegir lo que a uno le daba la gana, y nunca había nadie que pusiera pegas a nuestras ilusiones más o menos improvisadas. A nosotros, la verdad, nos daba lo mismo ese día indefinido y lejano al que pensábamos que nunca acabaríamos llegando. Uno en la infancia piensa que va a estar en el reino de la felicidad y de la anarquía toda la santa vida. Luego llega, no sabemos cómo, ni a partir de cuándo, pero un buen día nos vemos tomando decisiones que marcan el futuro de nuestra existencia. Desde que nos decantábamos por Ciencias o Letras en el instituto ya estábamos escribiendo nuestro gran parte de nuestro porvenir, y por tanto de este futuro que cada cual lleva como buenamente puede.

Uno sueña siempre con vivir el día a día y con no estar pendiente de un porvenir que ni controla ni sabe siquiera si va a transitar con el resto de los humanos que vayan sobreviviendo. De niño jamás pensábamos en el mañana. Decíamos que sí, que estudiábamos para ese día lejano, y hasta repetíamos de carrerilla que queríamos ser abogados, periodistas, médicos o delanteros de la Unión Deportiva Las Palmas. Pero era una forma de callar a los previsores y de seguir a los nuestro sin dar más explicaciones. Todo aquello era una entelequia que no tenía nada que ver con la improvisación de nuestros juegos y con el único objetivo que marcaba nuestras vidas: divertirnos y estar activos y contentos todo el santo día. Lo demás era el aburrimiento, el sopor de la escuela, las misas interminables o los días en cama cuando llegaba cualquier infección de garganta o andabas con un empacho de dulces, de nísperos todavía verdes o de higos cogidos furtivamente después de un día de solajero. Supongo que hubo un momento en que sin darnos cuenta nos alcanzó por fin ese día de mañana en el que ahora seguimos viviendo temerosos y siempre pendientes de la subida de las hipotecas, de la estabilidad laboral y de una salud cada día más delicada y vulnerable. No tiene nada que ver este trasiego diario que no nos deja tiempo para ser nosotros mismos con la intensidad de los días en los que sólo importaba el presente más palpitante e inmediato.

Sí es cierto que hay preguntas para las que es mejor no encontrar respuestas jamás. Aquel juego que estilábamos para quitarnos de encima a los más previsores se acabó convirtiendo en realidad. A lo mejor no somos todo lo que dijimos que queríamos ser cuando nos preguntaban por un futuro que nos importaba tres pitos, pero yo creo que en la mayoría de los casos lo que se decía se ha ido cumpliendo, y ahora te ves de periodista, de médico o de abogado y te preguntas qué diablos tiene que ver eso con tu vida. O te ves en el paro, o bien mirando de lejos tus sueños, y te respondes con argumentos todavía más descorazonadores, entre otras cosas porque nadie decía entonces que quería ser un pobre infeliz sin oficio ni beneficio, y al que repetía que no quería ser nada, que todo le daba igual, se ponían a buscarle salidas laborales sobre la marcha. Me imagino que para acallar tanto coñazo acabaría aceptando lo que le pronosticaran, aquello de tú tienes cara de maestro, de cura o de arquitecto. Nadie decía que teníamos cara de borrachos, de parados depresivos o de hombres con mucha mala suerte y peor vida. Pero ya digo que el día de mañana se presentó de improviso y puso a cada uno donde le dio la real gana. Ya no salimos a la calle henchidos de ilusiones y con la única intención de divertirnos y no desperdiciar un solo segundo de nuestra existencia. Si añoramos la infancia es precisamente por esa anarquía atrevida que no derrochaba nada de lo esencial y de lo que realmente valía la pena, y porque además era la época del descubrimiento constante y de la creencia en todos los sueños. Ahora no es que malvivamos, que cada cual seguro que tiene sus momentos de gloria y sus querencias, pero ya nadie nos pregunta por el día de mañana con la misma intención que en aquellos años. Ahora ya no te permiten cambiar y decir lo que te dé la gana para quitarte de encima a los inquisidores. Eres lo que eres y estás donde estás, y a veces lo mejor es no pensar en ese día de mañana. Piensas en él porque prácticamente vivimos demorando todos los planes y los sueños, y estamos más pendientes de los pagos que nos quedan que de las alegrías que podamos encontrar. También asusta pensar que al paso de otros veinte o treinta años el referido día de mañana nos convertirá en aquellos viejos que se sentaban a esperar a las parcas en los bancos de la plaza grande. Ya no podemos decir, por ejemplo, que queremos ser delanteros centro del Guía o de Las Palmas, y tendríamos que dar muchas explicaciones si siendo abogados o electricistas decimos que queremos ser fontaneros o médicos, o viceversa. Ya somos lo que somos, y no se espera mucho más de nosotros, o se espera que seamos consecuentes con lo que elegimos en su día o con lo que nos ha tocado. Siempre se puede cambiar por completo el argumento de la historia y romper todo lo que parecía previsible, pero la mayoría deja que todo discurra como está, y se deja llevar, siempre nos dejamos llevar: por más que creamos que somos nosotros los que andamos, suele ser el azar el que marca las rutas. Ya digo que llegó ese día de mañana en el que todos nos querían ver como hombres provecho. Nadie nos dijo que el paso del tiempo acrecienta nuestra condición de mortales y nos vuelve más temerosos y previsores. Cada vez nos quedan menos alas para intentar volar. De niños incluso soñábamos con poder volar algún día, pero ahora sabemos que los golpes de la caída duelen y a veces se vuelven incurables. Andamos asegurando todo lo que tenemos, y hasta nuestros huesos están tasados con una cuota mensual que garantiza unos euros a quien nos sobreviva. No me imagino de niño pensando en esas previsiones. Nos preguntaban por ese futuro y contestábamos lo primero que nos venía a la mente. Era como un juego. Y además nunca pensábamos que llegaríamos a rendir cuentas por aquellas intenciones improvisadas, pero mira por donde aquellas preguntas tenían trampa. Y cuando lo descubres ya no tienes tiempo para soñarte distinto a lo que eres.

Enero de 2008.

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