Video La Rama de Las Marías 2007

Vídeo de la llegada de La Rama a la Iglesia
Video Las Marías 2007 (1)
Vídeo de la parada de la Virgen delante de La Bodega (16 de septiembre de 2007)
Un nuevo manto verde para la Virgen de Las Marías
Un nuevo manto verde para la Virgen de Las Marías
Por Bruno Quintana
una arqueta de gran tamaño adosada a la pared. Preguntaba yo qué cosa podía
guardarse en ella y me respondían siempre que en su interior había un manto
viejo de la Virgen, pero jamás se me ocurría abrirla, aunque fuese por
curiosidad de ver si tenía valor o no y también porque me parecía que no era yo
el llamado a comprobar lo que allí se guardaba, o porque suponía que tal manto
sería de poco o ningún valor. Así pasaron veinticinco años sin saber el valor
que pudiera tener el manto, que tan bien guardado estaba.
Un nuevo manto verde para la Virgen de Las Marías
Por Bruno Quintana
bellísimo Camarín) una arqueta de gran tamaño adosada a la pared. Preguntaba yo
qué cosa podía guardarse en ella y me respondían siempre que en su interior
había un manto viejo de la Virgen, pero jamás se me ocurría abrirla, aunque
fuese por curiosidad de ver si tenía valor o no y también porque me parecía que
no era yo el llamado a comprobar lo que allí se guardaba, o porque suponía que
tal manto sería de poco o ningún valor. Así pasaron veinticinco años sin saber
el valor que pudiera tener el manto, que tan bien guardado estaba.
Pero como la Providencia Divina lo tiene todo dispuesto -orden,
medida y para el tiempo que tiene determinado en sus designios eternos, llegó el
día en que por un arrebato de interés me hice acompañar de don Miguel
Gordillo Díaz, profesor de EGB, y nos dirigimos a las "Catacumbas", nombre
que recibía la parte baja de la antigua casa de doña Eusebia Armas, donde estaba
depositada la arqueta por haberse iniciado ya las obras de renovación del
Camarín. Entre los dos sacamos la arqueta al patio y, tras abrirla, nos quedamos
asombrados y sobrecogidos de admiración al encontrar un auténtico y valiosísimo
tesoro, encerrado durante tantos años. Yo, que ya me había dado cuenta de que la
Santísima Virgen sólo tenía un sencillo y pobre manto y traje de color verde
para revestirla en las fiestas de Las Marías y las Ramas vi la posibilidad de
encargar la confección de un nuevo manto y traje verde, enriquecido por todo
aquel lujuriante oro de muchas y variadas formas.
Por eso, al domingo siguiente, fui informando a los fieles en
todas las misas. Les comenté el hallazgo de un tesoro encontrado en un manto de
tisú de plata completamente raído y, por lo tanto, inservible; manifestándoles
al mismo tiempo mi propósito de encargar su confección y traspasar a un nuevo
manto verde todos los bordados y tejidos de oro, para que lo usara la Virgen en
la fiesta de Las Ramas, porque el que tenía era muy pobre y estaba desteñido por
la acción inexorable de la luz. Insistí en que sólo hacía falta una persona
pudiente y devota de la Virgen que sufragara los cuantiosos gastos que tal
trabajo suponía.
Y aquí llega el momento, el día y la hora que el Señor y su
Santísima Madre tenían determinado para el descubrimiento de tal tesoro y el
destino que se le habría de dar. Terminada la misa de las diez de la mañana y
estando ya en la sacristía, llegó la señorita María Torrent Galván
manifestándome que doña Milagros Rodríguez Bolaños de Mauricio, que se
hallaba en el templo, le encargó que me comunicase que ella se haría cargo de
sufragar todos los gastos que el nuevo manto ocasionara.
En aquella misma semana envié a dicha señora el manto viejo y
raído con todo el oro que contenía para que lo viese y se hiciese cargo de la
belleza y el valor del mismo. Pocos días después me dirigí a su domicilio para
agradecerle su generoso ofrecimiento, tener un cambio de impresiones y
determinar la comunidad religiosa a la que había de dirigirse para solicitar de
la misma, mediante contrato, la confección del manto verde y traspasar al mismo
todo el oro encontrado.
Dicha señora, en un gesto de sinceridad, me declaró que el día
que yo anuncié el hallazgo y solicitaba algún "mecenas" para sufragar la
reconstrucción, ella estaba pensando en su asiento, en la entrada de la Capilla
del Calvario, qué cosa, que obsequio ofrecería a la Virgen de Guía para hacerle
pública manifestación por un gran favor que, por su mediación, había recibido en
aquellos días anteriores. Al oír mi alocución, exclamó en su interior: "¡Eso se
lo ha inspirado la Virgen; eso es lo que Ella quiere para que manifieste
públicamente mi gratitud por ese gran favor que me ha obtenido! Por eso,
inmediatamente se lo comuniqué para su conocimiento y satisfacción".
Días después, aquella señora, acompañada de doña Francisca
Estévez Pérez de Mauricio, viajó al Císter de Teror para entrevistarse con
la abadesa del mismo y exponerle su propósito de que en dicho convento se
confeccionase el traje. La entrevista se llevó a cabo y, por un malentendido o
por temor a un trabajo intenso, manifestaron que tardaría en hacerlo años.
Dichas señoras regresaron a Guía desalentadas. Extrañado por
tal negativa, les dije que me encargaría de hablar con las monjas y esperaba que
aceptaran el encargo.
El 15 de noviembre de 1969 invité a don Fortunato Estévez
Galván para que me acompañase a Teror para la entrevista con la abadesa.
Concedida la misma, a través del locutorio le expusimos nuestro objetivo,
dándole cuenta de la anterior visita, de sus resultados y de la desilusión ante
la negativa que aquellas mujeres recibieron. Tras un amplio cambio de
impresiones, definitivamente aceptaron la confección del manto de la Virgen.
En el mes de diciembre empezaron el delicado trabajo. Tardaron
ocho meses, pues en la primera quincena de julio de 1970 avisaron a la señora
Rodríguez de Mauricio que estaba completamente terminado. Doña Milagros y su
esposo, don Antonio Mauricio Padrón, generosos patrocinadores de esta
maravillosa obra, acudieron al Císter y, en una de sus dependencias, pudieron
contemplar el manto, expuesto de una manera espectacular, presentando un aspecto
-según me contaron- que llegaba a subyugar a todo aquel que lo contemplaba.
Entusiasmados por la belleza y riqueza artística de la obra, pagaron el doble de
lo que habían convenido el día que las monjas aceptaron llevar a cabo el
delicado trabajo.
Con gran regocijo y satisfacción se trajeron el nuevo manto a
Guía, previéndose que fuera estrenado en las fiestas del 15 de agosto.
Anteriormente, se dejó expuesto en la Iglesia para que todos pudieran admirarlo.
Sin duda, una joya rescatada del olvido y recuperada para la Virgen.
NOTA: TEXTO EXTRAÍDO DE LAS MEMORIAS DE DON BRUNO, TRANSCRITAS POR SANTIAGO BETANCORT BRITO (q.e.p.d.) EN 1998 y PUBLICADAS EN EL DIARIO DE LAS PALMAS.
La pandilla de San Roque

LA PANDILLA DE SAN ROQUE
Por Santiago Gil
calle de entonces se jugaba con el hijo del terrateniente y con el del
borracho desahuciado que iba dando tumbos por las calles y casi vivía
en la miseria.
Música de Papagüevos II

Santiago GilUno en un pueblo se cría con todos y contra todos. En la calle de entonces se jugaba con el hijo del terrateniente y con el del borracho desahuciado que iba dando tumbos por las calles y casi vivía en la miseria. Nos dábamos cuenta de que algo fallaba cuando llegaban los Reyes o las vacaciones y muchos de nuestros amigos quedaban fuera de plano y no participaban en la fiesta de juguetes o emociones viajeras. Nosotros, sin embargo, elegíamos a los de nuestra pandilla valorando sus capacidades para el divertimento y sus dotes futboleras o imaginativas. Siempre nos movíamos en muchos mundos distintos sin salir de las cuatro calles de nuestro pueblo.
Los de San Roque, por ejemplo, eran distintos a los de la Plaza, o a los de La Cuesta. Cada cual tenía sus normas, sus juegos y sus jefes, aun cuando luego coincidiéramos en los colegios, en las misas o en los equipos de fútbol más o menos federados. En San Roque la infancia era más arriesgada y más aventurera que en la zona de La Plaza, y se vivía de una manera más belicosa. Voy a volver a cometer el error de nombrar a muchos de los que entonces andaban por las calles, pero son los que aparecen: sólo hago de médium de una época que de no ser escrita moriría para siempre con todos nosotros. Yo les voy poniendo cara a medida que los nombro, y también el eco de cada una de sus voces cuando compartíamos juegos y gamberradas en barrancos, fincas o callejones. San Roque era una jauría de chiquillos por las calles. Ahí van a algunos: Magüé, Adrián, Paco, Francisco, José Carlos, Adolfo, Toste, Martín, Artiles, Claudio, Zanini, José Ángel, Alejandro, Gustavo, Manolín, Pepillo, Fernando, Morera, Juani, Pedro, Bartolo, Ángel, Suso, Lucky, Vicente, Javier, Isaac, Víctor, Eloy, Chago, José Ramón, Mateo, Juan Carlos, Máximo, Tanito, Luis Carlos, Forillo, Jesús, Francis, Gerardo, Benjamín o Carlos. Otra vez se me habrán quedado muchos en el camino. Pero más o menos están todos. Ya digo que era una infancia más pendenciera y arriesgada la que uno vivía en San Roque, y lo normal era que nos fuéramos pasando de La Plaza a San Roque o a Las Barrera según quisiéramos más o menos aventura. Puestos a pelear, por ejemplo, era mejor estar con los de San Roque, lo mismo que cuando querías sentirte más siete machos. Pero ya digo que lo bueno de entonces era que tocabas todos los palos, y que salvabas barreras sociales, económicas y culturales varias veces al día. Eso, lo queramos o no, nos da una visión más global y certera de una sociedad, y por supuesto nos hace siempre más solidarios y más comprometidos con los problemas de cada uno de nuestros vecinos. La solidaridad se aprende jugando en la calle, lo mismo que las mañas para vencer a los rastreros y a los abusadores.
En San Roque era frecuente el rearme. Se era más belicoso. Estaban las espadas de madera, los tirachinas, los arcos de palma y las flechas de caña con la punta de verguilla, y por supuesto las piedras. Todo lo teníamos a mano para montar una guerra en dos segundos. Pero también éramos dados a las casetas, a improvisar campamentos con cuatro cartones o cuatro maderos abandonados en cualquier parte. Nunca nos faltaba diversión, y cuando no sabíamos qué hacer callejeábamos en busca de aventuras.
Había varios refugios imprescindibles. El mejor de todos era El Polvorín, pero también estaban los Tres Caballos, las Dos Palmeras, el Cementerio o el callejón del Molino, y por supuesto las muchas fincas que nos íbamos encontrando por cualquier parte. Había jerarquías guerreras y también más de un indeseable, pero en el olvido siempre preferimos matar a los canallas para poder seguir manteniéndonos a flote. El odio, lo mismo que la envidia, son lastres que sólo consiguen que te hundas en los procelosos océanos de la mediocridad y la impotencia. Por eso cuando miramos a la infancia nos quedamos sólo con las risas y las aventuras, y hasta las pedradas recibidas las rememoramos con un cierto orgullo de guerrero heroico que ha logrado llegar a nuestros días.
San Roque era una ermita y una plaza que nunca llegó a ser una plaza porque jamás dejó de estar dividida por una hermosa calle de adoquines. Pero entonces apenas había coches y casi todas nuestras calles se convertían en plazas si uno quería jugar al fútbol, a policías y ladrones o a pinchalaúva, un juego que cambia de nombre según el que lo cuente, pero que siempre ha consistido en romper el lomo de quien ha de soportar el peso de varios amigos tirados como fardos y colgados de cualquier manera entre tu nuca y tu columna vertebral. Milagrosamente seguimos erguidos. Y se supone que sanos y salvos, aunque uno a veces todavía piensa que está jugando al escondite y que en cualquier momento nos van a descubrir y nos van a mandar de nuevo a casa antes de que anochezca. De alguna manera hubo un día en que nos escondimos demasiado tiempo, o demasiado bien, y ya no regresamos a casa. Desde entonces nadie ha podido encontrar al niño que fuimos.
Recuerdo un mundo de tiendas con referencias diminutas y cercanas: Paquito, Benedita, Mariquita o Nievita, Rosita y Lolita. Olía de maravilla en aquellas tiendas de madera vieja y penumbra en las que se iba contando la vida diaria de cada uno de nosotros. Olía a jamonilla, a mortadela, a chorizo de Teror o a fruta y verduras, sobre todo a frutas y verduras que aún iban de la huerta a la tienda sin pasar por esas cámaras frigoríficas que matan los sabores o las maduraciones naturales.
Otro mundo aparte, o todo un universo, era el bar con tienda de Paquito. Allí dentro descubrimos las máquinas de flipper y los primeros y rudimentarios engendros de marcianitos, y también, en mi caso, descubrí la conciencia. Lo cuento ahora porque han pasado muchos años y uno ya puede hacerlo con la distancia y la lejanía que lo convierte todo en anécdota. Tendría unos siete años y estaba a punto de hacer la Primera Comunión. Nos juntamos cuatro o cinco amigos y decidimos robar chocolatinas, estampas, helados y baconcitos. Había tanta confianza entonces que uno podía colarse por debajo de los mostradores y luego arreglar con el de la tienda lo que había cogido, pero no fue el caso. Paquito era uno de los futboleros más apasionados y entendidos que yo haya conocido jamás. Su pasión por la Unión Deportiva Las Palmas era tal que incluso vendía las entradas del Estadio Insular para que la gente del Norte no tuviera que bajar a la capital a buscarlas, y hasta fue quien nos vendió la primera camiseta oficial del equipo amarillo. Su forofismo era tal que cuando había partido se metía en la trastienda con otros tantos futboleros a ver en la tele en color de principios de los setenta los pocos encuentros que retransmitían entonces.
Las primeras veces que nos arriesgamos a robar golosinas fue todo tan fácil que nos parecía mentira. Nos metimos varias veces, siempre coincidiendo con el fútbol, y cogimos un poco de cada cosa para que no se notara mucho nuestra visita. Según terminábamos nos íbamos a cualquier finca a ponernos morados y a repartirnos el botín. Pero por suerte descubrimos pronto que quien anda con malas andanzas acaba siempre mal. Nos cogieron con las manos en la masa. Quisimos justificar el robo de veinte mil maneras inverosímiles, pero Paquito avisó a nuestros padres y creo que aquel día tuve la mayor bronca paterna de mi infancia. Luego todo se fue olvidando, y el primero que dejó los rencores a un lado fue el afectado, entre otras cosas porque notaría enseguida que habíamos aprendido la lección. Otra cosa fue lo de la iglesia y las confesiones. Hacía la primera comunión unas semanas después del robo, y las monjas y los curas nos decían que si no confesábamos todos los pecados antes de comulgar poco menos que se nos iban a caer las columnas de la iglesia sobre nuestras cabezas. Y eso era lo menos apocalíptico si lo comparamos con las cegueras, los infiernos, y todo un manual de sadismo que la verdad es que era como para quitarse el sombrero ante el acojonador que ideó todo aquello. Llegaba al confesionario y sobre la marcha me bloqueaba y no podía cantar el pecado del robo en casa de Paquito. Lo intenté con don Bruno, que era el cura oficial y de toda la vida, y no hubo manera. Luego traté de hacerlo con don Fernando, pero me pasó tres cuarto de lo mismo. Quedaba don Rafael, que era más joven y tenía menos pinta de castigador. Estuve a punto, pero tampoco me atreví. No me veía haciendo la Primera Comunión. Mis amigos y mis padres me preguntaban si había confesado lo del robo, y yo contestaba que sí, que andaba limpio de pecados y de remordimientos. Pero apenas lograba pegar ojo, y yo creo que es de entonces de donde me vienen todos esos miedos inexplicables que me paralizan de vez en cuando. Recuerdo que me salvé en la catedral de Santa Ana, justo una semana ante de haberme quedado ciego o paralítico como aquél de la parábola de Cafarnaú que interpretábamos con el profesor Manuel Jiménez. Aproveché la Primera Comunión de una prima mía y que estaba lejos del pueblo y con un cura que no me conocía. Iba acojonado y temblando al confesionario, y cuando le conté el pecado de marras el cura no le dio ninguna importancia y me preguntó si no tenía más pecados. Yo estuve a punto de contestarle si no le parecía bastante aquella barbaridad de pueblo, pero finalmente me callé y sólo alcancé a preguntarle si ya estaba perdonado y si podía hacer la Primera Comunión. El sacerdote, un tipo joven y con pinta de progre, me dijo que rezara un par de padrenuestros y que me fuera a desfogar a la plaza o a subirme en los perros de Santa Ana. Recuerdo la sensación de placer y de felicidad que sentí entonces. Podría compararla con el día que acabas la carrera y ya sabes que no vas a volver a sufrir más exámenes en tu vida –¡pobres ilusos, no sabemos que justo a partir de ahí es cuando empiezan los exámenes más difíciles!-, pero no creo que tenga parangón porque en ese caso hablamos del alma o del subconsciente, y yo les aseguro que los curas de mi pueblo habían hecho tal trabajito conmigo que cuando me dijeron que la cosa se quitaba con tres padrenuestros poco menos que me faltó dar la vuelta de campeón del mundo alrededor de Santa Ana.
Eso sí, me olvidaba que ya era algo reincidente en lo de los siseos. Un par de años antes le habíamos robado a las monjas parte del dinero diario que teníamos que dejar a los niños pobres. Nos juntábamos varios, y lo que hacíamos era robar alternativamente lo que necesitábamos para pegarnos una hartada de mulatos y cornetos en el bar de La Plaza que entonces regentaba Conrado. No sé el tiempo que estuvimos refrescando nuestra infancia parvularia y algo perdularia, pero también nos cogieron y nos la hicieron pasar canutas mucho tiempo. Yo siempre fui de los asiduos al famoso cuarto oscuro que estaba debajo del escenario del teatro de las Dominicas. Hombre, podría decir que era algo revoltoso, pero creo que no era más que un niño con ganas de divertirse. Y además con un sentido libertario de la vida.
Pero les estaba hablando de San Roque y de las muchas voces y caras que se cruzan entre carreras alocadas y griteríos que se perdían en cualquier callejón. Me imagino que entonces habría una especie de boom de natalidad. No se veían más que chiquillos por todas partes, pero en San Roque esa chiquillería me recuerda a la que aparece en el Nápoles de las películas del neorrealismo italiano. Era como un eco inacabable de juegos y de resultados de partidos de fútbol improvisados. También me llega el olor a pólvora de los primeros petardos, el humo de las hogueras improvisadas y aquel frío de las noches de invierno que nos empujaba para nuestras casas avisándonos de un colegio que no nos dejaba eternizarnos en los juegos y las risas. Cuando despertábamos siempre queríamos soñar que era verano o sábado o domingo por la mañana, y los sueños, por suerte, se cumplían entonces varias veces al año, y por lo menos un par de días a la semana. No recuerdo desayunos más ilusionantes que los de esos días con los sueños cumplidos. Mojabas el pan con mantequilla en el café con leche mientras de fondo ya escuchabas los gritos de amigos que te llamaban desde la calle, o el sonido de los balones golpeando los muros y los adoquines. El teatro se montaba por sí mismo. Nosotros sólo teníamos que salir a escena a interpretar nuestro papel de niños inquietos, imaginativos y bullangueros. Incluso aburridos nos terminábamos divirtiendo.
Septiembre de 2007.
Olivia Stone en Guía
La visita de Olivia Stone a la ciudad de Guía
Por Alejandro C. Moreno y Marrero
La escritora británica OliviaStone, acompañada de su marido, llegó a Canarias el 5 de septiembre de 1883 con
la idea de contar sus experiencias y observaciones en un libro.
Por ALEJANDRO C. MORENO y MARRERO
La escritora británica Olivia
Stone, acompañada de su marido, llegó a Canarias el 5 de septiembre de 1883 con
la idea de contar sus experiencias y observaciones en un libro. Esta obra fue
editada en el año 1887 con el desafortunado titulo de “Tenerife y sus seis
satélites”; sin embargo, debido a su amenidad narrativa, el encanto de la
prosa, la incesante curiosidad de su autora y, sobre todo, la inmensa cantidad
de información que acumula en sus dos volúmenes de alrededor de mil páginas, ocupa
un lugar privilegiado dentro de la riquísima literatura de viajes que existe
sobre el Archipiélago.
Según palabras del prof. Jonathan Allen, Olivia Stone
preparó admirablemente bien su viaje a las islas durante largas consultas que
la llevaron a la biblioteca del Museo Británico, donde manejó toda la bibliografía
disponible sobre Canarias. Estos estudios preeliminares le permitieron incluso
formarse opiniones sobre determinados aspectos antropológicos y arqueológicos
de los aborígenes y contrastar distinta información. Asimismo, expresa el prof.
Allen que una vez en las Islas Canarias, contactos claves en Las Palmas de Gran
Canaria, La Laguna,
Santa Cruz de Tenerife y de La
Palma, le brindan a la escritora valiosas cartas de
presentación dirigidas a los próceres de las islas menores y diversas personalidades
de las mayores, lo que constituye una red vital que impulsa los trayectos y
abre la puerta a impresiones y visiones difícilmente accesibles al viajero o
turista normal.
Sea como fuere, lo que a nosotros hoy verdaderamente
interesa es la visita que el miércoles 7 de noviembre de 1883 la señora Stone
hizo a la ciudad de Guía. Por este motivo, gracias a la magnífica traducción de
Juan Bedford, hemos considerado conveniente transcribir íntegramente de forma
literal su percepción de la misma:
Hay una fonda bastante buena en
Guía, a la que llegamos a las 4: 30 p.m. La hora en Guía, sin embargo, tiene
siempre un adelanto de treinta y cinco minutos sobre la de Las Palmas, aunque
nadie nos pudo explicar la razón. La cena resultó buena y después salimos y
llevamos a cabo algunas visitas para entregar nuestras cartas de presentación.
D. Francisco Martín Bento nos acogió en su despacho. La mayoría de las
viviendas tienen un cuarto en el piso bajo, cerca de la puerta de entrada que
ocupa el cabeza de familia y que es su despacho o biblioteca (o ambas cosas a
la vez). Para mí es la habitación más alegre de la casa, quizá por la presencia
de los libros que le dan una aire de comodidad y de habitado que nos
proporcionan las flores de cera, los paños de ganchillo y los cuadros de
santos. Tras una corta conversación, D. Francisco nos llevó hasta su esposa y
amablemente nos agasajaron con vino y galletas. Queríamos obtener información
sobre lo que podía verse en los alrededores y especialmente sobre la Cueva de Gáldar, tan
importante históricamente. Sin embargo, cuando D. Francisco se enteró de que
teníamos una carta de presentación para D. Rafael Almeida Mateos, nos dijo: “D.
Rafael les dará toda clase de información y ayuda”. Por lo tanto fuimos a ver a
D. Rafael, que afortunadamente para nosotros se encontraba en casa. Nos dijo
que sería imposible ver la cueva porque estaba cubierta de tierra y desechos.
Viendo lo decepcionados que estábamos, pensó un momento y dijo que enviaría un
mensaje a su hermano y que intentasen limpiarla. Si podríamos esperar un día o
dos se podría hacer fácilmente. Esto, sin embargo, era imposible ya que nos
quedaba mucho camino que recorrer y mucho que ver. A la mañana siguiente
descubrimos lo que habían trabajado durante toda la noche D. Rafael y sus
amigos para satisfacer nuestros deseos. Un incidente gracioso ocurrió en la
casa de D. Rafael. Nos quejamos de que nuestros caballos no eran muy buenos, de
que casi era imposible hacer que cabalgasen, y mencionamos que nos gustaría
conseguir mejores animales si era posible. D. Rafael dio unas palmadas -una
costumbre muy extendida y que suena muy oriental y de “Cuentos de mil y una noches”-
y se presentó un criado a quien le pidió que trajese a un arriero, el mejor que
hubiese. Después de unos minutos apareció un hombre en la puerta ¡que resultó
ser nuestro arriero! Rápidamente le comenté a D. Rafael en voz baja lo que
ocurría y él encontró la situación tan divertida como nosotros. Le preguntó al
hombre sobre sus animales, pero no había esperanza de cambiarlos si era verdad
que ya teníamos los mejores de la zona. Los caballos de montar son
tremendamente escasos y malos, excepto por supuesto los de la gente bien, pero
lo de alquiler son los peores del Archipiélago. Creo que más tarde descubrimos
la razón. Nos despedimos de D. Rafael, concertando una cita para el día
siguiente. De camino a la fonda tuvimos que entrar en una tienda para preguntar
cómo se llegaba a ella, y nos lo señalaron amablemente; el tendero, que estaba
cenando un plato de puchero, inmediatamente nos ofreció un poco. Es costumbre
invitar a los presentes, o a los que llegan durante una comida, a compartirla.
Aunque tal invitación no suele aceptarse, del mismo modo que no se espera que
alguien se apropie de la casa de un hombre, de sus muebles, de sus libros o de
sus caballos, cuando se indican que están “a disposición de usted”. Es simple
cortesía. El campesino irlandés también le ofrecerá que comparta lo que hay en
su casa, aunque sólo sean papas, pero su ofrecimiento es genuino y se siente
ofendido si usted rehúsa. Muchos consideran estas costumbres de los isleños
como una señal de hipocresía y, por ello, hacen comentarios muy duros olvidando
que una fórmula de cortesía no significa nada. No creo que queramos realmente
saber, harto preocupados, cuál es el estado de salud de todo aquel con que nos
encontramos, cuando les preguntamos “¿cómo está usted?”.
De estas breves líneas que Olivia Stone dedica en el libro
de viajes a su paso por la ciudad de Guía, nos ha parecido ciertamente destacable
el hecho de que -por entonces- la hora de este pueblo tuviera alrededor de treinta
y cinco minutos de diferencia con respecto a la de Las Palmas de Gran Canaria y
que, como ella misma escribía, nadie fuera capaz de darle una explicación a
semejante fenomenología, pues recordemos que no se entrevistó con personas ignorantes
sino todo lo contrario.
En este sentido, por lo que hemos podido averiguar, todo
apunta a que el Francisco Martín Bento del que habla la señora Stone en su
relato era un afamado Procurador de los Tribunales hermano de D. Salvador
Martín Bento, quien figura como Alcalde de Guía cuando se le concede a este
municipio el título de ciudad, en el año 1871. Dicho lo cual, sobra comentar que
ambos personajes eran parientes de nuestro admirado Poeta Bento, aquel guiense
ilustre cuya vida y obra ha sido ampliamente estudiada por el ingente investigador
Joaquín Rodríguez Ramos.
Por otro lado, Olivia Stone cita también al señor D.
Rafael Almeida Mateos, una de las figuras más relevantes e influyentes de la sociedad
de la época. De esta manera, el historiador Pedro González-Sosa, utilizando
como fuente de información una pequeña reseña biográfica que realizaron sus
nietos, nos dice que Rafael Almeida fue un hombre incansable en política, agricultura
y todo aquello que significase mejora para Gran Canaria y, de forma especial,
para su pueblo natal, Guía, del que llegó a ser Alcalde. Además, nuestro
cronista dice igualmente que Almeida era un viajero infatigable que fomentó el
cultivo de la caña de azúcar y cooperó en los primeros cultivos de la
platanera, ya avanzado el siglo XX.
El estudioso Marcos Hormiga considera que los escritores
de viajes, sin excepción de nacionalidades, opinan cuando comparan, ya que
opinan a través de la propia comparación y sus juicios están mediatizados por
la cultura o por el modo de vivir del que provienen. Sostiene Hormiga que independientemente
de las opiniones recogidas de autores anteriores, los escritores de viajes son
fieles referentes de una época y de una forma de pensar; no obstante, dice
también que la señora Olivia Stone, una mujer del siglo XIX de la que suponemos
que al igual que sus coetáneas sería una frágil, sumisa y timorata figura
femenina al servicio de su esposo, fue capaz de viajar en condiciones
infrahumanas y recoger observaciones bajo un prisma puramente victoriano, mejor
dicho, femeninamente victoriano.
En fin, el propósito de este trabajo nunca ha sido otra
cosa que no fuera ofrecerles una visión diferente pero, en nuestra opinión, muy
interesante y necesaria del transcurrir de la vida en esta municipalidad de
Guía a fines del s.XIX. Así, no quepa duda de que con tan sólo haber logrado acercarnos
a ello, nos sentiríamos enormemente contentados.
BIBLIOGRAFÍA Y OTRAS FUENTES CONSULTADAS:
EDWARDS, Charles: “Excursiones
y estudios en las Islas Canarias”. Las Palmas de Gran Canarias, 1998. GONZÁLEZ
CRUZ, María Isabel: “La convivencia
anglocanaria: Estudio sociocultural y lingüístico (1880-1914)”. Las Palmas
de Gran Canaria, 1995. GONZÁLEZ LEMUS, Nicolás: “Viajeros victorianos en Canarias”. Las Palmas de Gran Canaria,
1998. GONZÁLEZ-SOSA, Pedro: “Guía de Gran
Canaria: Historia de la máquina y el cultivo de la caña dulce en el siglo XIX”.
Las Palmas de Gran Canaria, 2004. GONZÁLEZ-SOSA, Pedro: “Guía de Gran Canaria: Historia del Ayuntamiento y de los edificios que
fueron sede institucional”. Las Palmas de Gran Canaria, 2002. GONZÁLEZ-SOSA,
Pedro: “Guía de Gran Canaria: Primero
villa, después ciudad. Y otras noticias históricas”. Las Palmas de Gran
Canaria, 1997. HORMIGA, Marcos: “La
visión anglosajona sobre las Islas Canarias”. La Orotava, 2005. LATIMER,
Frances: “Los ingleses en las Islas Canarias”.
Las Palmas de Gran Canaria, 2005. LUJÁN GARCÍA, Carmen: “La lengua inglesa en Canarias: Usos y
actitudes”. Las Palmas de Gran Canaria, 2003. STONE, Olivia: “Tenerife y sus seis satélites” (traducido
y anotado por Juan A. Bedford). Las
Palmas de Gran Canarias, 1995.
Show de "La Voz Metálica", en vídeo
Lesofrecemos un documento audiovisual perteciente al fondo de Paco Rivero, generosamente cedido por su hijo Pachi. Se trata de la continuación a la entrevista que
le hizo Paco a Manolo, en el estudio del primero, en 1982. En este vídeo podemos ver y escuchar a "la Voz Metálica" en uno de sus shows característicos.
Vídeo realizado por Paco Rivero en 1982
Lesofrecemos un documento audiovisual perteciente al fondo de Paco Rivero,
generosamente cedido por su hijo Pachi. Se trata de la continuación a
la entrevista que
le hizo Paco a Manolo, en el estudio del primero, en 1982. En este
vídeo podemos ver y escuchar a "la Voz Metálica" en uno de sus shows
característicos.
Sobre la televisión basura. Erasmo Quintana

Tal
vez se trate de alguna deformación mía, pero siempre he sido sensible
al gran problema en el que ha venido a parar el fenómeno televisión. Nos quejamos, con razón, de que hoy no se enseña en las escuelas buenos modales, urbanidad, para entendernos.
Erasmo QuintanaTal vez se trate de alguna deformación mía, pero siempre he sido sensible al gran problema en el que ha venido a parar el fenómeno televisión. Todo empezó con el advenimiento de los canales privados, pues cuando teníamos la TV única y en blanco y negro, cortaban la emisión a la hora de ir a la cama, estaba censurada y era la voz autorizada del Régimen, no asistíamos a los nauseabundos programas donde el mérito es para el que más grita y quien más insulta y difama al contrario. Tristísimos realitis y programas de sexo duro, que no digo que estén mal para personas maduras, pero me parece el mayor de los disparates ponerlos en franjas horarias en las que los enanos de la casa están frente al televisor.
Allá por el año 1998 hubo un movimiento a todos los niveles de concienciación al que nos unimos desde nuestra pertenencia a la Asociación Andersen, y a la que se sumaron el Grupo Espiral, la Federación de APAs Pérez Galdós y la Asociación de Consumidores de Canarias, todos formando una Plataforma por la calidad y el buen gusto frente a la tele basura. Coincidíamos todos en que algo había que hacer ante un fenómeno que nos desbordaba a padres y educadores. Los que somos de esa generación en que solo tuvimos el cine los domingos, en aquellas célebres matinée y, circunstancialmente algún que otro estreno de películas de Rin Tin Tin el perro lobo, o Fu Man Chu ataca, los jueves, no nos vimos afectados por esto de ahora en que el cine y lo que no es cine se nos mete en nuestras casas sin pedir permiso, y no hay alma que controle el incesante bombardeo al que someten a nuestros hijos pequeños, auténticas víctimas de una programación anárquica, zafia y sin criterios de a qué público se está dirigiendo en cada momento. Hay comisiones gubernamentales del ramo y asociaciones de padres y consumidores creados para poner coto a estos desmanes y, francamente, no vemos resultados fehacientes ya que puede más el dinero.
Y es una pena, puesto que todo el mundo conoce y sabe la poderosa fuerza de influencia que la televisión ejerce para alienar las mentes, nos preguntamos ¿porqué no se usa este poderoso medio para formarlas de manera adecuada, en vez de para destruirlas? ¿Tan difícil es establecer, con la complicidad de los educadores responsables, franjas horarias en las que se emitan temas culturales y formativos –al estilo de Cesta y Puntos, por ejemplo- para un público que sabemos devorador de imágenes: el infantil y juvenil?
Nos quejamos, con razón, de que hoy no se enseña en las escuelas buenos modales, urbanidad, para entendernos. Que la educación consiste solo en introducir conceptos, que le valdrán posiblemente al educando para una disciplina futura en el campo de las ciencias o de las letras, pero que no le servirán seguramente para ser hombres y mujeres educados, respetuosos y atentos con los mayores o disminuidos, inclinándolos al saludo y a ceder la preferencia cuando sea necesario; humanos y amantes de la Naturaleza, seres íntegros y llenos de valores, en fin. A este respecto, aclarar que no conocemos la nueva y discutida asignatura Educación para la Ciudadanía. Es posible que la misma recoja lo fundamental que echamos de menos en el presente comentario, y un gravísimo error sería si no se contemplara.
Erasmo Quintana Ruiz
Septiembre-2007










