España trágica. Erasmo Quintana
Erasmo QuintanaEn la vieja Piel de Toro, que es como también se conoce a la España peninsular, son innumerables los pueblos en los que el principal protagonista de sus fiestas es el toro bravo, sin perjuicio de variantes como esos en que bárbaros tiran desde el campanario de una iglesia a una pobre cabra, o colgarse el lugareño de un ave intentando no caer al agua, pues el animal está atado a una cuerda, y es de ver cómo se refocilan viendo cuánto aguanta antes de desplomarse llevándose consigo la cabeza. Es la España trágica, esa que corre delante de una manada de toros con evidente peligro de sus vidas; otros le adosan a su cornamenta dos bengalas encendidas y la fiesta es ver cómo se encabrita la bestia presa del pánico embistiendo a todo lo que se mueve.
Recientes noticias que nos llegan de las últimas y frecuentes cogidas sufridas por Cayetano Rivera Ordóñez (va la tercera en dos meses y la última grave), uno de los hijos de Paquirri, refrescaron mi memoria sobre algo que tenía escrito hace veintidós años con este mismo título. Allí decía que la todavía, no sé porqué razón, llamada “fiesta nacional” –termina siempre convertida en un matadero- se había cobrado una nueva víctima, esta vez la vida de un joven, casi niño e ilusionado torero. José Cubero “El Yiyo” se llamaba. Murió con el cuerpo y con el alma que le tocó en suerte vivir orteguiano, “su drama”. Murió absurdamente, con el asta hendida en el flanco y el corazón empitonado. Absurdamente, sí, porque absurdo y estúpido es morir haciéndole cabriolas a la muerte. La parca entra en las plazas de toros sin pagar, pero pudo tal vez “El Yiyo” no morir de haber sido mucho más resolutiva su cuadrilla, arrojándole el trapo a la cara de la fiera llamada “Burlero”, pero, humanos al fin les dominó el miedo.
Pronto saltó la macabra noticia –igual que hacía un año había ocurrido con Paquirri- sobrecogiéndonos; tanto patetismo doloroso e impotente de familiares, aficionados y amigos es insoportable al ánimo, presenciando las imágenes servidas (tras un morboso y exhaustivo alarde profesional de los medios), en este caso por los servicios informativos de televisión, pudimos ver a un aficionado que en su delirio exclamaba: - “¡Asesino, que lo mató un asesino!”, y se estaba refiriendo al toro. Pero, ¿qué dice este loco? La fiereza bruta e instintiva no puede ser asesina; tan solo se defiende de quien, ¡ay!, le da muerte. No, el toro, casta y bravura, en tan buena lid no podía tener mejor y más digna muerte que aquella de morir matando. El otro, su oponente “torero”, merced a la acción del bicho logró traspasar la mítica linde que separa su existir más radical de la nada, el “ser” vital del “no ser” en una suprema pirueta. Embrujo y magia del toreo, aseguran, están precisamente en el juego –dialogado- a muerte de la bestia con la inteligencia; y no hubiera impactado, arraigado tanto en Hemingway, de no ser por el desprecio –calculado siempre- del torero a la muerte. El joven Cayetano Rivera tal vez está tentando demasiado la suerte en el arte de Cúchares, pues aunque poner en sumo peligro la vida es ser torero por definición, no debería tentar la buena estrella durante mucho tiempo. Repárese en que se está jugando la propia existencia en cada lance, y que la llamada “vergüenza torera” no vale una vida.
La “fiesta de los toros” es de las pocas cosas que en este país se han mantenido casi como en sus orígenes salvo alguna variación tal –por ejemplo- en la suerte de rejones (el picador). Para comprobarlo basta leer en “Sangre y Arena” de Vicente Blasco Ibáñez, sus páginas describiendo con detalle la lenta agonía del pobre caballo, sus vísceras sanguinolentas colgando y ensangrentando la arena. Hoy puede verse la misma recua con una malla protectora puesta, con el consiguiente alivio que supone no ver más sangre. Y es que la España inveteradamente trágica no puede estar sin sangre, sin “olor a sangre” y sin violencia. ¿Es el latino ibero-mesetario-carpetovetónico? ¿Es de una hechura, que si el decurso de la realidad histórica no le ofrece el sobrecogerse ante el drama, temblar ante la tragedia -griega-, o sentir muy hondo el pálpito de la emoción fuerte exponiendo su propia vida, entonces él va y se lo fabrica convirtiendo en redondel las plazas? En ello, ciertamente, puede radicar el hecho de haberse mantenido incólume durante centurias, desafiando el tiempo, esa brutalidad y violencia suma elevada a la categoría de “fiesta nacional”.
Erasmo Quintana Ruiz
Septiembre-2007
Epílogo espontáneo de Las Marías 2007

Por Javier Estévez.
Hasta
hace unos 5 millones de años, durante el Mioceno, donde hoy resiste el Conjunto
Histórico de Guía, se explayaba la costa
norte de la isla; tal es así, que los riscos de la Montaña de Guía eran prodigiosos
acantilados batidos por un mar inconcebible y donde se concentraba un rumor
extinguido de olas quebradas. Tras la pacífica y contundente retirada del
océano miocénico y hasta hace unos 500 años, donde hoy se yergue un ordenado amasijo de carne y piedra declarado Conjunto
Histórico Artístico Nacional, campeaba
un soberano bosque de palmas, acebuches, almácigos, dragos y sabinas. Desde
hace 196 años, cada tercer domingo de septiembre vuelven a encontrarse en sus
antiguos dominios, mar y monte, bucio y
rama, mioceno y holoceno.
Si Guía
tuviese tiempo propio, calendario municipal, el primer día del año estaría
reservado para el lunes siguiente a las Marías. Sería inevitable. De este modo,
hoy los guienses estaríamos inaugurando el año 197 de nuestro particular discurso
temporal.
Tengo que confesar que nunca me han gustado los lunes en
los que desembocan inexorablemente Las Marías. Me producen una aguda desazón y
hasta cierta desorientación. Son terribles. Sufre el pueblo una invasión poderosa de silencio y
resaca, que acosa y derrumba todas las horas consumidas durante el fin de
semana, como si fuese la reparación justa y necesaria por interrumpir los
humanos los dominios seculares del sigilo.
La 196a edición del voto de Vergara
contó, por primera vez, con una representación institucional de Gáldar, primera
y última capital de la antigua Canaria. Es de celebrar, que duda cabe, pues el
voto original, el de la
Montaña que alguien en los programas de las fiestas está
empeñado en alomar, contó con las
lágrimas y la esperanza de los paisanos, azorados por la ansiosa langosta, de
Caideros, Saucillo, Fagagesto, Luzana y otros caseríos de las medianías
galdenses. A la 196a edición de Las Marías no acudió, como siempre,
el alisio, escondido perennemente en septiembre tras las colinas amarillas y
agostadas de los cortijos. Su ausencia refuerza su condición de viento ateo y
haragán.
Sin un viento que lleve en sus manos viajeras los vítores,
agradecimientos y reconocimientos a quien se le atribuye el insecticidio
milagroso y liberador, no queda más remedio que conjugar pulmón y bucio y
extraer ese sonido tan marítimo que hasta los barcos lo imitan cuando parten
hacia la nostalgia y el olvido.
Tanto sonaron este fin de semana las caracolas que por las
calles circuló un viento anónimo con olor a mar remoto y pródigo. Uno cierra
los ojos y aún puede escuchar el fragor marino de las caracolas, oler
conjuntamente los abrojos submarinos y el aroma violento y pulmonar que
desprenden las ramas desgarradas de los eucaliptos sin patria. Yo cierro los
ojos y aún vuelvo a ver la silueta de mi padre insuflando arrebatadamente
huracanes y tempestades a una caracola tan vieja y ruda como el mar que la
parió.
Pocas fiestas son tan rústicas como las Marías. La ciudad
se sacude su condición urbana para que el campo irrumpa brutalmente en su geografía. De repente, brotan árboles
frutalmente adornados de entre los adoquines, los balcones son sembrados con
tal profusión que se confunden con huertos imposibles y cercados verticales y Nicasio Guerra seduce delicadamente a la
primavera para que durante unas horas haga con la fachada de la iglesia lo que
en abril hace con los ciruelos. Con el permiso de un verano moribundo, los
ripios, las cornisas y los paramentos estériles se transforman en valles fértiles
donde despuntan arrebatados plumachos, descolladas esterlicias, quiméricas flores
de mundo, anturios de rojo fluorescente y helechos del precámbrico por su
dimensión. Más que un templo parece un jardín sin gravedad.
A mí me da igual que La Rama, la fiesta de los Ramos, las Marías, o la
extendida Fiesta de la Rama
en las Marías sea más antigua, más reciente
o más populosa que otras celebraciones de guardar. A mi me seduce por su
sencillez rural, por su poética emotividad, por su paisaje delicado, por sus
olores, por sus sonidos y por las lágrimas que arrebata del alma basáltica de
muchos guienses de votiva confesión.
Que la
vida los bendiga. Hasta el año que viene y… ¡Feliz 197 a todos!
Gáldar asiste por primera vez a Las Marías de forma oficial

Fotos Las Marias 2007 (JM VEGA y otros)

1.000 fotos de La Romería 2007
|
|
![]()
|
![]()
|
![]()
|
![]()
|
![]()
|
![]()
|
Video La Rama de Las Marías 2007

Vídeo de la llegada de La Rama a la Iglesia
Video Las Marías 2007 (1)
Vídeo de la parada de la Virgen delante de La Bodega (16 de septiembre de 2007)
Un nuevo manto verde para la Virgen de Las Marías
Por Bruno Quintana
bellísimo Camarín) una arqueta de gran tamaño adosada a la pared. Preguntaba yo
qué cosa podía guardarse en ella y me respondían siempre que en su interior
había un manto viejo de la Virgen, pero jamás se me ocurría abrirla, aunque
fuese por curiosidad de ver si tenía valor o no y también porque me parecía que
no era yo el llamado a comprobar lo que allí se guardaba, o porque suponía que
tal manto sería de poco o ningún valor. Así pasaron veinticinco años sin saber
el valor que pudiera tener el manto, que tan bien guardado estaba.
Pero como la Providencia Divina lo tiene todo dispuesto -orden,
medida y para el tiempo que tiene determinado en sus designios eternos, llegó el
día en que por un arrebato de interés me hice acompañar de don Miguel
Gordillo Díaz, profesor de EGB, y nos dirigimos a las "Catacumbas", nombre
que recibía la parte baja de la antigua casa de doña Eusebia Armas, donde estaba
depositada la arqueta por haberse iniciado ya las obras de renovación del
Camarín. Entre los dos sacamos la arqueta al patio y, tras abrirla, nos quedamos
asombrados y sobrecogidos de admiración al encontrar un auténtico y valiosísimo
tesoro, encerrado durante tantos años. Yo, que ya me había dado cuenta de que la
Santísima Virgen sólo tenía un sencillo y pobre manto y traje de color verde
para revestirla en las fiestas de Las Marías y las Ramas vi la posibilidad de
encargar la confección de un nuevo manto y traje verde, enriquecido por todo
aquel lujuriante oro de muchas y variadas formas.
Por eso, al domingo siguiente, fui informando a los fieles en
todas las misas. Les comenté el hallazgo de un tesoro encontrado en un manto de
tisú de plata completamente raído y, por lo tanto, inservible; manifestándoles
al mismo tiempo mi propósito de encargar su confección y traspasar a un nuevo
manto verde todos los bordados y tejidos de oro, para que lo usara la Virgen en
la fiesta de Las Ramas, porque el que tenía era muy pobre y estaba desteñido por
la acción inexorable de la luz. Insistí en que sólo hacía falta una persona
pudiente y devota de la Virgen que sufragara los cuantiosos gastos que tal
trabajo suponía.
Y aquí llega el momento, el día y la hora que el Señor y su
Santísima Madre tenían determinado para el descubrimiento de tal tesoro y el
destino que se le habría de dar. Terminada la misa de las diez de la mañana y
estando ya en la sacristía, llegó la señorita María Torrent Galván
manifestándome que doña Milagros Rodríguez Bolaños de Mauricio, que se
hallaba en el templo, le encargó que me comunicase que ella se haría cargo de
sufragar todos los gastos que el nuevo manto ocasionara.
En aquella misma semana envié a dicha señora el manto viejo y
raído con todo el oro que contenía para que lo viese y se hiciese cargo de la
belleza y el valor del mismo. Pocos días después me dirigí a su domicilio para
agradecerle su generoso ofrecimiento, tener un cambio de impresiones y
determinar la comunidad religiosa a la que había de dirigirse para solicitar de
la misma, mediante contrato, la confección del manto verde y traspasar al mismo
todo el oro encontrado.
Dicha señora, en un gesto de sinceridad, me declaró que el día
que yo anuncié el hallazgo y solicitaba algún "mecenas" para sufragar la
reconstrucción, ella estaba pensando en su asiento, en la entrada de la Capilla
del Calvario, qué cosa, que obsequio ofrecería a la Virgen de Guía para hacerle
pública manifestación por un gran favor que, por su mediación, había recibido en
aquellos días anteriores. Al oír mi alocución, exclamó en su interior: "¡Eso se
lo ha inspirado la Virgen; eso es lo que Ella quiere para que manifieste
públicamente mi gratitud por ese gran favor que me ha obtenido! Por eso,
inmediatamente se lo comuniqué para su conocimiento y satisfacción".
Días después, aquella señora, acompañada de doña Francisca
Estévez Pérez de Mauricio, viajó al Císter de Teror para entrevistarse con
la abadesa del mismo y exponerle su propósito de que en dicho convento se
confeccionase el traje. La entrevista se llevó a cabo y, por un malentendido o
por temor a un trabajo intenso, manifestaron que tardaría en hacerlo años.
Dichas señoras regresaron a Guía desalentadas. Extrañado por
tal negativa, les dije que me encargaría de hablar con las monjas y esperaba que
aceptaran el encargo.
El 15 de noviembre de 1969 invité a don Fortunato Estévez
Galván para que me acompañase a Teror para la entrevista con la abadesa.
Concedida la misma, a través del locutorio le expusimos nuestro objetivo,
dándole cuenta de la anterior visita, de sus resultados y de la desilusión ante
la negativa que aquellas mujeres recibieron. Tras un amplio cambio de
impresiones, definitivamente aceptaron la confección del manto de la Virgen.
En el mes de diciembre empezaron el delicado trabajo. Tardaron
ocho meses, pues en la primera quincena de julio de 1970 avisaron a la señora
Rodríguez de Mauricio que estaba completamente terminado. Doña Milagros y su
esposo, don Antonio Mauricio Padrón, generosos patrocinadores de esta
maravillosa obra, acudieron al Císter y, en una de sus dependencias, pudieron
contemplar el manto, expuesto de una manera espectacular, presentando un aspecto
-según me contaron- que llegaba a subyugar a todo aquel que lo contemplaba.
Entusiasmados por la belleza y riqueza artística de la obra, pagaron el doble de
lo que habían convenido el día que las monjas aceptaron llevar a cabo el
delicado trabajo.
Con gran regocijo y satisfacción se trajeron el nuevo manto a
Guía, previéndose que fuera estrenado en las fiestas del 15 de agosto.
Anteriormente, se dejó expuesto en la Iglesia para que todos pudieran admirarlo.
Sin duda, una joya rescatada del olvido y recuperada para la Virgen.
NOTA: TEXTO EXTRAÍDO DE LAS MEMORIAS DE DON BRUNO, TRANSCRITAS POR SANTIAGO BETANCORT BRITO (q.e.p.d.) EN 1998 y PUBLICADAS EN EL DIARIO DE LAS PALMAS.
La pandilla de San Roque

Santiago GilUno en un pueblo se cría con todos y contra todos. En la calle de entonces se jugaba con el hijo del terrateniente y con el del borracho desahuciado que iba dando tumbos por las calles y casi vivía en la miseria. Nos dábamos cuenta de que algo fallaba cuando llegaban los Reyes o las vacaciones y muchos de nuestros amigos quedaban fuera de plano y no participaban en la fiesta de juguetes o emociones viajeras. Nosotros, sin embargo, elegíamos a los de nuestra pandilla valorando sus capacidades para el divertimento y sus dotes futboleras o imaginativas. Siempre nos movíamos en muchos mundos distintos sin salir de las cuatro calles de nuestro pueblo.
Los de San Roque, por ejemplo, eran distintos a los de la Plaza, o a los de La Cuesta. Cada cual tenía sus normas, sus juegos y sus jefes, aun cuando luego coincidiéramos en los colegios, en las misas o en los equipos de fútbol más o menos federados. En San Roque la infancia era más arriesgada y más aventurera que en la zona de La Plaza, y se vivía de una manera más belicosa. Voy a volver a cometer el error de nombrar a muchos de los que entonces andaban por las calles, pero son los que aparecen: sólo hago de médium de una época que de no ser escrita moriría para siempre con todos nosotros. Yo les voy poniendo cara a medida que los nombro, y también el eco de cada una de sus voces cuando compartíamos juegos y gamberradas en barrancos, fincas o callejones. San Roque era una jauría de chiquillos por las calles. Ahí van a algunos: Magüé, Adrián, Paco, Francisco, José Carlos, Adolfo, Toste, Martín, Artiles, Claudio, Zanini, José Ángel, Alejandro, Gustavo, Manolín, Pepillo, Fernando, Morera, Juani, Pedro, Bartolo, Ángel, Suso, Lucky, Vicente, Javier, Isaac, Víctor, Eloy, Chago, José Ramón, Mateo, Juan Carlos, Máximo, Tanito, Luis Carlos, Forillo, Jesús, Francis, Gerardo, Benjamín o Carlos. Otra vez se me habrán quedado muchos en el camino. Pero más o menos están todos. Ya digo que era una infancia más pendenciera y arriesgada la que uno vivía en San Roque, y lo normal era que nos fuéramos pasando de La Plaza a San Roque o a Las Barrera según quisiéramos más o menos aventura. Puestos a pelear, por ejemplo, era mejor estar con los de San Roque, lo mismo que cuando querías sentirte más siete machos. Pero ya digo que lo bueno de entonces era que tocabas todos los palos, y que salvabas barreras sociales, económicas y culturales varias veces al día. Eso, lo queramos o no, nos da una visión más global y certera de una sociedad, y por supuesto nos hace siempre más solidarios y más comprometidos con los problemas de cada uno de nuestros vecinos. La solidaridad se aprende jugando en la calle, lo mismo que las mañas para vencer a los rastreros y a los abusadores.
En San Roque era frecuente el rearme. Se era más belicoso. Estaban las espadas de madera, los tirachinas, los arcos de palma y las flechas de caña con la punta de verguilla, y por supuesto las piedras. Todo lo teníamos a mano para montar una guerra en dos segundos. Pero también éramos dados a las casetas, a improvisar campamentos con cuatro cartones o cuatro maderos abandonados en cualquier parte. Nunca nos faltaba diversión, y cuando no sabíamos qué hacer callejeábamos en busca de aventuras.
Había varios refugios imprescindibles. El mejor de todos era El Polvorín, pero también estaban los Tres Caballos, las Dos Palmeras, el Cementerio o el callejón del Molino, y por supuesto las muchas fincas que nos íbamos encontrando por cualquier parte. Había jerarquías guerreras y también más de un indeseable, pero en el olvido siempre preferimos matar a los canallas para poder seguir manteniéndonos a flote. El odio, lo mismo que la envidia, son lastres que sólo consiguen que te hundas en los procelosos océanos de la mediocridad y la impotencia. Por eso cuando miramos a la infancia nos quedamos sólo con las risas y las aventuras, y hasta las pedradas recibidas las rememoramos con un cierto orgullo de guerrero heroico que ha logrado llegar a nuestros días.
San Roque era una ermita y una plaza que nunca llegó a ser una plaza porque jamás dejó de estar dividida por una hermosa calle de adoquines. Pero entonces apenas había coches y casi todas nuestras calles se convertían en plazas si uno quería jugar al fútbol, a policías y ladrones o a pinchalaúva, un juego que cambia de nombre según el que lo cuente, pero que siempre ha consistido en romper el lomo de quien ha de soportar el peso de varios amigos tirados como fardos y colgados de cualquier manera entre tu nuca y tu columna vertebral. Milagrosamente seguimos erguidos. Y se supone que sanos y salvos, aunque uno a veces todavía piensa que está jugando al escondite y que en cualquier momento nos van a descubrir y nos van a mandar de nuevo a casa antes de que anochezca. De alguna manera hubo un día en que nos escondimos demasiado tiempo, o demasiado bien, y ya no regresamos a casa. Desde entonces nadie ha podido encontrar al niño que fuimos.
Recuerdo un mundo de tiendas con referencias diminutas y cercanas: Paquito, Benedita, Mariquita o Nievita, Rosita y Lolita. Olía de maravilla en aquellas tiendas de madera vieja y penumbra en las que se iba contando la vida diaria de cada uno de nosotros. Olía a jamonilla, a mortadela, a chorizo de Teror o a fruta y verduras, sobre todo a frutas y verduras que aún iban de la huerta a la tienda sin pasar por esas cámaras frigoríficas que matan los sabores o las maduraciones naturales.
Otro mundo aparte, o todo un universo, era el bar con tienda de Paquito. Allí dentro descubrimos las máquinas de flipper y los primeros y rudimentarios engendros de marcianitos, y también, en mi caso, descubrí la conciencia. Lo cuento ahora porque han pasado muchos años y uno ya puede hacerlo con la distancia y la lejanía que lo convierte todo en anécdota. Tendría unos siete años y estaba a punto de hacer la Primera Comunión. Nos juntamos cuatro o cinco amigos y decidimos robar chocolatinas, estampas, helados y baconcitos. Había tanta confianza entonces que uno podía colarse por debajo de los mostradores y luego arreglar con el de la tienda lo que había cogido, pero no fue el caso. Paquito era uno de los futboleros más apasionados y entendidos que yo haya conocido jamás. Su pasión por la Unión Deportiva Las Palmas era tal que incluso vendía las entradas del Estadio Insular para que la gente del Norte no tuviera que bajar a la capital a buscarlas, y hasta fue quien nos vendió la primera camiseta oficial del equipo amarillo. Su forofismo era tal que cuando había partido se metía en la trastienda con otros tantos futboleros a ver en la tele en color de principios de los setenta los pocos encuentros que retransmitían entonces.
Las primeras veces que nos arriesgamos a robar golosinas fue todo tan fácil que nos parecía mentira. Nos metimos varias veces, siempre coincidiendo con el fútbol, y cogimos un poco de cada cosa para que no se notara mucho nuestra visita. Según terminábamos nos íbamos a cualquier finca a ponernos morados y a repartirnos el botín. Pero por suerte descubrimos pronto que quien anda con malas andanzas acaba siempre mal. Nos cogieron con las manos en la masa. Quisimos justificar el robo de veinte mil maneras inverosímiles, pero Paquito avisó a nuestros padres y creo que aquel día tuve la mayor bronca paterna de mi infancia. Luego todo se fue olvidando, y el primero que dejó los rencores a un lado fue el afectado, entre otras cosas porque notaría enseguida que habíamos aprendido la lección. Otra cosa fue lo de la iglesia y las confesiones. Hacía la primera comunión unas semanas después del robo, y las monjas y los curas nos decían que si no confesábamos todos los pecados antes de comulgar poco menos que se nos iban a caer las columnas de la iglesia sobre nuestras cabezas. Y eso era lo menos apocalíptico si lo comparamos con las cegueras, los infiernos, y todo un manual de sadismo que la verdad es que era como para quitarse el sombrero ante el acojonador que ideó todo aquello. Llegaba al confesionario y sobre la marcha me bloqueaba y no podía cantar el pecado del robo en casa de Paquito. Lo intenté con don Bruno, que era el cura oficial y de toda la vida, y no hubo manera. Luego traté de hacerlo con don Fernando, pero me pasó tres cuarto de lo mismo. Quedaba don Rafael, que era más joven y tenía menos pinta de castigador. Estuve a punto, pero tampoco me atreví. No me veía haciendo la Primera Comunión. Mis amigos y mis padres me preguntaban si había confesado lo del robo, y yo contestaba que sí, que andaba limpio de pecados y de remordimientos. Pero apenas lograba pegar ojo, y yo creo que es de entonces de donde me vienen todos esos miedos inexplicables que me paralizan de vez en cuando. Recuerdo que me salvé en la catedral de Santa Ana, justo una semana ante de haberme quedado ciego o paralítico como aquél de la parábola de Cafarnaú que interpretábamos con el profesor Manuel Jiménez. Aproveché la Primera Comunión de una prima mía y que estaba lejos del pueblo y con un cura que no me conocía. Iba acojonado y temblando al confesionario, y cuando le conté el pecado de marras el cura no le dio ninguna importancia y me preguntó si no tenía más pecados. Yo estuve a punto de contestarle si no le parecía bastante aquella barbaridad de pueblo, pero finalmente me callé y sólo alcancé a preguntarle si ya estaba perdonado y si podía hacer la Primera Comunión. El sacerdote, un tipo joven y con pinta de progre, me dijo que rezara un par de padrenuestros y que me fuera a desfogar a la plaza o a subirme en los perros de Santa Ana. Recuerdo la sensación de placer y de felicidad que sentí entonces. Podría compararla con el día que acabas la carrera y ya sabes que no vas a volver a sufrir más exámenes en tu vida –¡pobres ilusos, no sabemos que justo a partir de ahí es cuando empiezan los exámenes más difíciles!-, pero no creo que tenga parangón porque en ese caso hablamos del alma o del subconsciente, y yo les aseguro que los curas de mi pueblo habían hecho tal trabajito conmigo que cuando me dijeron que la cosa se quitaba con tres padrenuestros poco menos que me faltó dar la vuelta de campeón del mundo alrededor de Santa Ana.
Eso sí, me olvidaba que ya era algo reincidente en lo de los siseos. Un par de años antes le habíamos robado a las monjas parte del dinero diario que teníamos que dejar a los niños pobres. Nos juntábamos varios, y lo que hacíamos era robar alternativamente lo que necesitábamos para pegarnos una hartada de mulatos y cornetos en el bar de La Plaza que entonces regentaba Conrado. No sé el tiempo que estuvimos refrescando nuestra infancia parvularia y algo perdularia, pero también nos cogieron y nos la hicieron pasar canutas mucho tiempo. Yo siempre fui de los asiduos al famoso cuarto oscuro que estaba debajo del escenario del teatro de las Dominicas. Hombre, podría decir que era algo revoltoso, pero creo que no era más que un niño con ganas de divertirse. Y además con un sentido libertario de la vida.
Pero les estaba hablando de San Roque y de las muchas voces y caras que se cruzan entre carreras alocadas y griteríos que se perdían en cualquier callejón. Me imagino que entonces habría una especie de boom de natalidad. No se veían más que chiquillos por todas partes, pero en San Roque esa chiquillería me recuerda a la que aparece en el Nápoles de las películas del neorrealismo italiano. Era como un eco inacabable de juegos y de resultados de partidos de fútbol improvisados. También me llega el olor a pólvora de los primeros petardos, el humo de las hogueras improvisadas y aquel frío de las noches de invierno que nos empujaba para nuestras casas avisándonos de un colegio que no nos dejaba eternizarnos en los juegos y las risas. Cuando despertábamos siempre queríamos soñar que era verano o sábado o domingo por la mañana, y los sueños, por suerte, se cumplían entonces varias veces al año, y por lo menos un par de días a la semana. No recuerdo desayunos más ilusionantes que los de esos días con los sueños cumplidos. Mojabas el pan con mantequilla en el café con leche mientras de fondo ya escuchabas los gritos de amigos que te llamaban desde la calle, o el sonido de los balones golpeando los muros y los adoquines. El teatro se montaba por sí mismo. Nosotros sólo teníamos que salir a escena a interpretar nuestro papel de niños inquietos, imaginativos y bullangueros. Incluso aburridos nos terminábamos divirtiendo.
Septiembre de 2007.


















