Un falso personaje llamado SANCHO DE VARGAS-MACHUCA. Rumeu de Armas

Un falso personaje llamado SANCHO DE VARGAS-MACHUCA



Por Antonio Ruméu de Ármas


La
personalidad de Sancho de Vargas y, sobre todo, sus ancestros se han
visto desfigurados por los genealogistas de turno, empecinados en
entroncarle con una familia madrileña de prosapia.
Un falso personaje llamado SANCHO DE VARGAS-MACHUCA*

Por Antonio Ruméu de Ármas

La personalidad de Sancho de Vargas y, sobre todo, sus ancestros se han visto desfigurados por los genealogistas de turno, empecinados en entroncarle con una familia madrileña de prosapia.

En dos libros fundamentales para la historia de Canarias, cuya autoría nos corresponde -escasamente conocidos en el archipiélago, el lector culto sabrá por qué-, venimos sosteniendo desde hace cuarenta años que el fundador de Guía de Gran Canaria nunca se llamó Sancho de Vargas-Machuca, no estando emparentado con los Vargas madrileños y, menos aún, con los Vargas-Machuca andaluces. Veamos ahora algunos significados miembros de ambas estirpes, nacidas de un tronco común.

De acuerdo con la hagiografía tradicional, un madrileño Iván de Vargas, que vivía en la segunda mitad del s.XII, tuvo como colono a San Isidro el Labrador, patrono de la capital de España. La rama principal de este linaje quedó para siempre afincada en Madrid, siendo el vástago más preeminente de la estirpe, tres centurias después, el tesorero de los Reyes Católicos Francisco de Vargas, contemporáneo del fundador de Guía.

El afamado genealogista isleño Francisco Fernández Bethencourt se afana por establecer el parentesco entre ambos, considerando a Sancho tío carnal del tesorero regio, disparate que no se sostiene en pie y que deja perplejo al menos avezado en la materia.

Para animar un poco el artículo, no estará de más declarar que Francisco de Vargas, fue un eficiente burócrata con olfato de sabueso. Por eso el Rey Fernando, al despachar con sus secretarios, solía repetir, como una cantinela, “averígüelo, Vargas” El famoso dicho que ha pasado al lenguaje vulgar castellano.

Otro Vargas de singular relieve fue el hijo del tesorero, Gutierre de Vargas Carvajal, Obispo de Placencia y constructor en Madrid de la admirable capilla del Obispo, con espléndido retablo plateresco e impresionantes sepulturas de sí mismo y de sus progenitores.

La segunda rama importante de la estirpe se afincó en Andalucía, participando en las conquistas de Córdoba y Sevilla. Héroe sobresaliente en la campaña fue García Pérez de Vargas, llamado Machuca por su habilidad con el manejo de la espada contra las testas sarracenas.

Hay que señalar una flagrante contradicción: si estaba emparentado con los madrileños nos se podía llamar Machuca, epíteto reservado para los caballeros andaluces y su descendencia.


* TEXTO EXTRAÍDO POR ALEJANDRO C. MORENO Y MARRERO DEL ARTÍCULO PUBLICADO POR ANTONIO RUMEU DE ARMAS EN EL DIARIO "LA PROVINCIA" DEL 21 DE ENERO DE 1990, CUYO TÍTULO ORIGINAL ES "SANCHO DE VARGAS, FUNDADOR DE LA CIUDAD DE GUÍA DE GRAN CANARIA".


icon VER EL TEXTO ÍNTEGRO PUBLICADO EN "LA PROVINCIA" (Archivo de GuiaDeGranCanaria.Org)



Reencuentro con Guía de Gran Canaria. Antonio María González Padrón

Reencuentro con Guía de Gran Canaria


Antonio María González Padrón

La
semana pasada, concretamente el martes 13 de noviembre, fui invitado a
participar como ponente en un curso de protocolo, disertando sobre La
nobleza en el Archipiélago Canario ante un más que interesado
auditorio. Aunque la conferencia estaba programada para las siete y
cuarto, llegué a Guía sobre las cinco y media de la tarde.
Reencuentro con Guía de Gran Canaria

Antonio María González Padrón

La semana pasada, concretamente el martes 13 de noviembre, fui invitado a participar como ponente en un curso de protocolo, disertando sobre La nobleza en el Archipiélago Canario ante un más que interesado auditorio. Aunque la conferencia estaba programada para las siete y cuarto, llegué a Guía sobre las cinco y media de la tarde. Caía el sol y lo hacía con una variopinta paleta de colores en donde los ocres y anaranjados tomaban para sí todo el protagonismo. Muy prontamente la claridad huyó por el oeste y, poco a poco, una tenue oscuridad se hizo con el paisaje urbano. Era la hora mágica en que todo se embarga en una melancolía, no exenta de paz y sosiego. La ciudad, otrora villa, desde su fundación por Sancho de Vargas y Machuca hasta los buenos oficios de Fernando de León y Castillo, se mostraba coqueta que no esquiva, y así cada calle nos ofrecía iconos arquitectónicos dignos de guardar en nuestra retina.

Semejante visión se me antojaba como una sugerente bailarina del vientre, que al ritmo de la música de mis pasos se iba despojando, lentamente, una y otra vez de los velos de la Historia. También, bien pudiera parecerse esta hospitalaria urbe a una notable miscelánea en donde hubiesen quedado plasmadas vivencias de tiempos pretéritos.

Una observación detenida y casi perimetral de su augusto templo matriz, dedicado a la Santísima Virgen, bajo la advocación de Santa María de Guía o de la Guía, nos trajo a la memoria a aquel extraordinario tallista-escultor nacido en la cercana calle de en medio: José de Luján Pérez, verdadero renovador de ese noble arte en nuestro archipiélago; pero también se hizo presente el verbo apasionado y apasionante del canónigo Gordillo, ilustre parlamentario allá en el Cádiz patriótico de 1812. Además de las célebres misiones de Antonio María Claret, quien recorriera la Gran Canaria toda en aquellos meses de 1848.

Muchas y muy profundas rememoraciones anidaron, no sé bien a ciencia cierta si en mi corazón o en mi mente. Allí, encontré de nuevo el genio chispeante de Néstor Álamo preñado de grancanariedad, la “retranca” intelectual de su hermana Augusto, íntimo amigo de guerra y paz de mi padre; también Juan Ramón, mi condiscípulo en las aulas de la Salle aruquense, que tenía nombre de poeta, y como no, mi querido amigo y compañero en estos avatares de cronista Pedro González Sosa, reconocido hombre de letras de certeros estudios sobre su ciudad y sus gentes.

Después de perderme una y mil veces por calles y callejones, páginas escritas a golpe de trabajos sobre cantería y mampuesto, llegué a la ruidosa del Marqués del Muni, y allí ante la escultura en bronce de don Fernando de León y Castillo, teldense de nacimiento y guiense por vocación política, pude admirar de nuevo la obra de mi entrañable y siempre fraternal Luis Arencibia Betancort.

Guía me transportó a otra bella villa-ciudad de Canarias, concretamente a la Orotava. El extenso platanal de una y otra, hoy cada vez más ocupado por construcciones de dudosa filiación arquitectónica, pero ascendiendo desde el barrio noble hasta las alturas de una inclinada loma se desarrolla una y otra en una urdimbre de calles y plazas custodiadas a diestra y siniestra por edificios de los siglos en que las Islas han creado su Historia.

Mucho y bueno se puede decir de lo guiense y los guienses, pero me temo que la brevedad impuesta por un artículo de estas características lo haga inviable. Sólo apuntar aquí y ahora que de todos los múltiples rincones realmente bellos de la ciudad norteña, siempre he admirado la pequeña y angosta calle de San José. Su número 3 es una delicia del buen quehacer de nuestros artesanos, en ella se muestra la sencillez extrema con la que los canarios solíamos dotar a las construcciones de los siglos XVI, XVII y parte del XVIII. Justo a su vera un soberbio edificio de trazas modernistas, adornado en su epidermis con los llamado azulejos belgas, que tanto abundaron en nuestras construcciones del primer tercio del siglo XX. Y en la esquina de arriba la casa en donde viese la luz por primera vez ese otro Néstor, que en su tumba capitalina nos manda a callar para que recemos.

Guía de Gran Canaria posee en su zona fundacional tantos ejemplos de maestría arquitectónica que en nada debe envidiar a otras ciudades de la Isla o del Archipiélago, muy comparable con San Cristóbal de La Laguna, la anteriormente mentada Orotava, Santa Cruz de La Palma o Arucas. Ya quisiera yo para mi Telde una zona calle de nuestra ciudad norteña. Desde aquí animo a los grancanarios que tanto nos gusta conocer otros lares que visitemos Guía, seguro que quedarán enamorados de por vida. Su gastronomía, entre la que destaca como elemento esencial el archifamoso queso de flor, es un aliciente más que completará sobremanera esa experiencia turístico-cultural.

Antonio María González Padrón

Cronista Oficial de la Ciudad de Telde
Director-Conservador de la Casa Museo León y Castillo
Miembro de la Junta de Gobierno de I.C.O.M. – España



FUENTE: INFONORTEDIGITAL.COM (
Jueves 22 de Noviembre de 2007), excepto la foto.

Preocupación por un posible cierre de la carretera del Norte saca a la luz una necrópolis aborigen

Preocupación por un posible cierre de la carretera el norte
 

Infonortedigital
recoge estos días sendos comunicados de los ayuntamientos de Guía y
Gáldar sobre un eventual cierre temporal de la carretera actual, como
consecuencia de las obras de desdoblamiento del tramo Pagador-Guía. Antonio Aguiar.
Preocupación por un posible cierre de la carretera el norte
 
Infonortedigital recoge estos días sendos comunicados de los ayuntamientos de Guía y Gáldar sobre un eventual cierre temporal de la carretera actual, como consecuencia de las obras de desdoblamiento del tramo Pagador-Guía.

Es evidente que el asunto es de la máxima importancia para nuestra comarca, ya que tal cierre llevaría consigo utilizar la antigua Cuesta de Silva, lo que complicaría aún más, si cabe, la situación que estamos padeciendo desde hace años con unas carreteras miopemente planificadas.

La gravedad del asunto requiere un pronunciamiento inmediato de la Mancomunidad del Norte, recabando la información precisa y adoptando las medidas que sean necesarias, intentando por todos los medios que no se produzca nigún cierre de la carretera.

El actual presidente de la Mancomunidad ha manifestado que tiene una reunión ya programada con el titular del Gobierno competente en la materia y que, según la información que posee en estos momentos, no se prevé un cierre inminente de la carretera, no obstante lo cual es su intención tratar el asunto con el Gobierno lo antes posible con objeto de poder adoptar con tiempo suficiente las medidas que procedan.

 Antonio Aguiar.

VER INFORMACIÓN OFRECIDA POR INFONORTEDIGITAL



Sin recuerdos de la lluvia. Javier Estévez

Sin recuerdos de la lluvia

Javier Estévez

El poeta argentino Juan Gelmán, reciente Premio Cervantes vomitó
una vez el siguiente aforismo: Lo contrario del olvido no es la memoria, sino
la verdad
. Y yo, como confío
plenamente en el verbo del poeta y en los registros almacenados en los
pluviómetros, me animo a desmitificar de una vez por siempre, ese secular
conjuro que reúne a la memoria y a la lluvia
: antes, no llovía más.

Sin recuerdos de la lluvia (reflexión)

Javier Estévez

…el agua por
el barranco…”

                                                                                         Néstor Álamo

El poeta argentino Juan Gelmán, reciente Premio Cervantes vomitó
una vez el siguiente aforismo: Lo contrario del olvido no es la memoria, sino
la verdad
. Y yo, como confío
plenamente en el verbo del poeta y en los registros almacenados en los
pluviómetros, me animo a desmitificar de una vez por siempre, ese secular
conjuro que reúne a la memoria y a la lluvia
: antes, no llovía más.

 Al oír el repiqueteo sigiloso de las gotas abandonadas
por una lluvia medrosa sobre los cristales, recordé como, en el año 2000, mientras participaba en un proyecto de
ordenación territorial, tuve que
realizar un informe bioclimático que puso en mis manos un caudal de datos
pluviométricos que abarcaban todos los años transcurridos desde 1930 hasta 1999.
La estadística me desveló, contundentemente, que la memoria colectiva sobre el
clima es muy cuestionable pues, desde el paisaje que revelaban los registros
pluviométricos consultados, cualquier tiempo pasado nunca fue mejor. Certifico
que  mi generación no ha sufrido las
volcánicas sequías de 1937, 1938, 1948 y sobre todo, 1961, año en el que no es
que lloviera poco sino que ¡no llovió absolutamente nada! Es cierto que la
década de los años cincuenta fue extraordinariamente pluviosa, pero los
registros de 1992, 1993 y 1996 son muy superiores a los de la década de los
cuarenta, los sesenta, los setenta y los ochenta. La conclusión que extraje, a
la luz de los datos, era simple: esas
lluvias bíblicas y prodigiosas del pasado sólo estaban registradas en ese
complejo sistema de interconexiones neuronales donde cohabitan  la memoria colectiva y la imaginación.

 Este último desenlace desembocó irremediablemente
en la siguiente tesis: ¿por qué existe entonces esa percepción colectiva de un
pasado más lluvioso?

 Desde el año 1960, en que empezó a
desarrollarse la geografía de la percepción y del comportamiento, han ido
apareciendo diferentes estudios que tienen como base la percepción, la imagen y
el comportamiento espacial. Son conceptos que se sustentan en una corriente de
pensamiento geográfico que se interesa por los distintos esquemas perceptivos e
imágenes mentales que tienen los individuos respecto al territorio donde
habitan.

 De este modo, la respuesta a mi
pesquisa no es nada compleja y descansa en un razonamiento colectivo sólidamente
lógico: todos aquellos conciudadanos a los que solicité  un argumento que justificase objetivamente esa
pluviosa percepción del pasado, evocaron, de manera inequívoca y casi unísona,
la imagen de los barrancos corriendo.
Es decir, se puede enunciar esta sencilla  asociación que para muchos norteños es la
prueba irrefutable donde reposa la verdad de su apreciación: antes llovía más porque en el pasado los
barrancos corrían más.
Y en este punto no les falta razón: la última vez,
por ejemplo, que el barranco de Guía sintió el transcurso del agua por su espalda
fue en enero de 1995. Hace ya casi trece años que no baja, ni equivocada, una
gota de agua por su cauce. Nunca antes el barranco había resistido semejante
estiaje y sed.

 Vuelco en el papel una reflexión
que escribí hace ya unos meses: Hoy por hoy, los barrancos constituyen el
concepto espacial que globalmente caracteriza el paisaje de las islas, tanto
por su representatividad geomorfológica como por su referencia cultural. En
ellos tienen lugar expresiones de todo lo positivo y lo negativo de la relación
del ser humano con su entorno: desde su extrema y absoluta dependencia para su
subsistencia, hasta su modificación y, en algunos casos, su total
transformación y degradación.

 Basta con cerrar los ojos e
imaginar una escena cotidiana de ese pasado; donde tras una habitual tromba de
agua, el barranco baja turbio de lado a
lado
. Las acequias, que rayan todo el municipio, cargan cientos de azadas que,
entre canales, buscan una boca que las vomite sobre los amazónicos cultivos de
plataneras. Los riscos y barranquillos ofrecen cientos de nacientes y
manantiales, ocultos siempre tras el verde detenido de las ñameras y los
berros. Los pilares aún resisten entre el sonido ferroviario que expelen los
motores que delatan la actividad extractiva de los pozos. El agua y sus consecuencias
siempre estaba presente en el paisaje. No es de perogrullo afirmar, en dialecto
cotidiano, lo siguiente: antes corría más el agua por los barrancos porque
antes había más agua. Sin embargo, no llovía más.

¿Por qué desapareció, entonces,
tan drásticamente el agua de nuestro paisaje cotidiano? Temo, parafraseando a
Bob Dylan, que la respuesta, amigo, está sumergida en la vertical oscuridad de los
pozos. Nunca imaginó aquel religioso ilustrado de nombre Pedro Gordillo Ramos,
que el decreto aprobado el 11 de julio de 1811, por
iniciativa suya, que permitía la apertura de los primeros pozos en Gran
Canaria, tendría, a la larga, un efecto devastador sobre el paisaje y su
memoria. Casi doscientos años después el resultado de su decisión, es una
epidermis agujereada como un colador y una isla con la mayor densidad del mundo
en número de pozos por hectárea. Ésta es la herencia de la hidrófila platanera
y de la irrupción de un fenómeno económico y social, el turismo, que en sólo
unas décadas consumiría tanta agua como la vertida en las parcelas agrícolas a
lo largo de sus más de 500 años de historia. De repente, nuestras entrañas se
llenaron de vacío. Donde hubo agua, sólo quedó su eco. Aquella isla que se
comportaba como una esponja tenaz y prodigiosa, pasó a ser en unas décadas, un
desierto por dentro y una geografía
desolada por fuera. La isla dejó de escupir agua porque su saliva simplemente desapareció.


En Inglaterra comentan
muchos naturalistas, entre suspiros, que la revolución agrícola e industrial devastó
sus bosques pero que, afortunadamente, conservaron de manera terca sus árboles. Nosotros, desgraciadamente, podremos
desmontar la leyenda que registra más lluvia en el pasado, pero tendremos que aceptar
 la naturaleza anfibia de nuestros
mayores. Antes, sí que había más agua.

 


 


La verbena. Por Braulio G. Bautista

LA VERBENA
Relato corto



 Aquel
día decidimos irnos de verbena a Bañaderos. Pocos alicientes, en cuanto
a diversión se refiere, tenía la vida por entonces para una pollada
como la que nosotros formábamos, como para que, encima,  dejáramos
escapar una verbena, un asalto, un vermouth… un jodío baile, en
definitiva. Por Braulio G. Bautista.
LA VERBENA

 Por Braulio García Bautista.

Aquel día decidimos irnos de verbena a Bañaderos. Pocos
alicientes, en cuanto a diversión se refiere, tenía la vida por entonces para una
pollada como la que nosotros formábamos, como para que, encima, dejáramos escapar una verbena, un asalto, un
vermouth… un jodío baile, en definitiva.

Creo que en esta ocasión íbamos Luis Miguel “Pan de a Perra”,
Luis “Sardina”, Manolo “El Papío”, Antonio “El Barrabas” y yo. Sí, por
supuesto, yo también tenía nombrete, o dichete: me llamaban “Yul Brynner”, porque
todos los verano me pelaba casi al cero. Lo bueno de ese mote era que en cuanto
me crecía el pelo ya no tenía razón de ser y dejaban de usarlo para zaherirme.

No puedo precisar como llegamos a Bañaderos. Probablemente
tomamos el coche de hora y nos plantamos allí con bastante antelación, porque  lo que si recuerdo, claramente, es que  estuvimos echándonos unos “guanijais” en uno
de los bares que había a la orilla de la carretera que atravesaba, y atraviesa,
al costero vecindario.

De pronto hasta donde estábamos “beberretiando” llegaron
las primeras notas del Islas Canarias, señal inequívoca de que el bailongo iba
a empezar. Antes nos habían ido llegado
los agudos aullidos, los acoples,  de la
exigua  megafonía colgada en los árboles
de la plaza y los reiterativos “Probando, probando… uno, dos, tres”,
así que ya estábamos pagando la cuenta-
a riguroso escote, o estilo Guía- cuando, como les decía, sonaron las
estentóreas notas de la trompeta de
Juan Mejías atacando en el solo inicial del machacado pasodoble.

Salimos en tropel del bar y corrimos hacia la plaza. Ya había un par
de parejas marcándose nuestro “casihimno”. Se desplazaban por todo el recinto
aprovechándose de que aun no tenían competencia. Ellas un poco avergonzadas y
ellos, con la boina abandonada en la coronilla y el Kruger o el Mecánico
Amarillo en la comisura de los labios, claramente inspirados por los rones con
los que acababan de cauterizar, como todos lo días de Dios, sus sufridas
gargantas. Competían en forzadas evoluciones, pero eso sí, muy serios, dramáticamente
serios diría yo, como si en vez de estar bailando, hubiesen estado velando a un
difunto.

Ya algunas madres estaban sentadas en las sufridas sillas de
tijera dispuestas alrededor de la plaza y al lado de cada una de ellas, en
actitud sumisa, sus  endomingadas pibitas
con trajes estampados y rebequitas de punto casero o de angorina, porque
llegaban del mar unas rachas de brisa muy frescas y no era cosa de trancar un
constipado. 

Decidimos que aun no había “material” que justificara el  pagar un duro por la entrada, así que nos volvimos
al bar y nos echamos otra botella de vino Brillante  con unos enyesques de carne compuesta y unos
manises que el dueño del bar desparramó desdeñosamente sobre el mostrador “enforrado”
con plancha galvanizada.

Para cuando volvimos a la plaza, la verbena estaba en todo
su apogeo. En ese momento la orquesta atacaba un tema muy en boga: “Siga el
baile siga el baile, de la tierra en que nací, la comparsa de los negros al
compás del tamboril”… y la verdad es que se le iban a uno los pies detrás del
contagioso ritmo. Pagamos apresuradamente la entrada  y nos metimos de cabeza en la placita.

Pero, para nuestra desgracia, habíamos tardado mucho y ya
no quedaba una piba que valiera la pena libre. Así que nos tocaba esperar, como
buitres carroñeros, a que alguna dejara plantado a su pareja de baile para
caerles, literalmente, encima. Y en eso
estábamos, cuando alguien divisó a un bombonazo apoyado en la balaustrada en
un extremo de la plaza… “¡Coñóoo, fuerte
jembra!”…

De la niña en cuestión sólo veíamos la cara, de rasgos muy
canarios- o sea: boca grande de labios
carnosos; ojos inmensos y negros como noche sin Luna; pelo “enrizado” etc. etc. etc.- y una
hermosísima pechuga enmarcada por sus brazos cruzados justo debajo de donde
terminaban las glándulas mamarias, como para hacerlas resaltar aun más…

Todos salimos
disparados hacia donde se encontraba, pero Manolo “El Papío” se metió entre las
parejas danzantes y el muy cabrón llegó el primero. Cuando yo arribé jadeando-
no sólo por la carrerita, sino supongo que también por el deseo- Manolo ya
estaba hablando con la pibita y esta le sonreía tímidamente, pero complacida…
Así que me dediqué a buscar otra presa a la que pegarme como una lapa.

Después de dos o tres muchachas con las que sólo alcancé a
bailar un par de piezas- pues se excusaban con el rollo de que estaban
cansadas; o alegaban que sus madres no las dejaban bailar con la misma pareja
más de dos veces- me acerqué a una que, literalmente, me llamaba con la mirada. La piba en
cuestión, todo hay que decirlo, nunca habría ganado un certamen de belleza,
pero eso a mí me importaba muy poco. Lo realmente importante era poder sentir
cerca de tu hambriento cuerpo, a otro
cuerpo joven perteneciente al sexo prohibido… y no crean los que aun no han
llegado, o acaban de llegar, a peinar canas que exagero con lo de prohibido: en
aquellos pacatos tiempos, rozarse siquiera con una fémina era todo una hazaña y
entrañaba, incluso, ciertos riesgos
físicos.

Me vino de perlas que la primera “pieza” que bailamos
fuera el tango “Caminito”, porque ya se
sabe que el tango propicia el contacto corporal. Mi mano izquierda tomó su
áspera mano derecha, le pasé decididamente mi otra mano y mi brazo por su
cintura y la acerqué, sin resistencia, a mi terreno. Me sorprendió
comprobar que no me ponía “el freno”-
casi todas las chicas practicaban esta táctica contra los aprovechados y la
cosa consistía en situar su mano izquierda en el hombro derecho del pollo en
cuestión, a fin de contrarrestar su abrazo de oso y mantenerle bien “aseparado”
de las zonas vitales-

Ni la piba ni yo habíamos bailado el tango en nuestras
cortas vidas -todavía yo no había recibido las lecciones magistrales que sobre
él me dio, años después, en los bailes de Educación y Descanso, África La Churra-, así que
tropezábamos continuamente, lo cual, lejos de ser un inconveniente, era algo
realmente gratificante, pues, en esas faltas de sincronía, su pecho y su
vientre se estrellaban contra el mío, absolutamente ávido de recibir esos
reveladores impactos.

Poco a poco me fui llevando a la pibita hacía el centro de
la plaza, hacia el núcleo de los danzantes, para perdernos de las miradas vigilantes de su madre y de su feísima
hermana mayor- que no bailaba por obvias razones-. Por allí me encontré con el
resto de la pollada con los que intercambié, por encima de los hombros de
nuestras respectivas parejas, imperceptibles señas de asentimiento y regodeo…
El único que faltaba era Manolo el Papío. El hombre seguía de cháchara con la
pechugona, apoyado, muy recatado él, en la balaustrada de la plaza.

Cuando mejor estaba yo, con la muchachita metida ya en
tablas, extasiado de tanta cercanía y rozándonos, de vez en cuando, los cachetes, vino la jodía hermana a decirle-
con regocijo de primitiva maldad en la mirada y  mientras le tironeaba la manga de la rebeca: Chacha, maye dice que ya nos
vamos pa´casa
”.
Yo, apresuradamente, le pregunté que dónde vivía y si
su madre tendría inconveniente en que las acompañara. Ella me contesto en voz
baja y de forma melosa, que vivía “A un tiro de piedra” y que iba a
preguntarle a su madre. Me mantuve alejado mientras hablaban entre las tres y
solo me acerqué cuando la piba me hizo señas de asentimiento con la cabeza.

La vieja ni contestó a mis buenas noches y echó a andar
ligerita, seguida por la fea y, algo más distantes, por nosotros dos…¡chacho, chacho, chacho! ¿a
un tiro de piedra?... casi llegamos a Arucas… Ahora, eso sí, yo por el camino
me cobré las suelas que estaba gastando. Al parecer tanto la vieja como el “mostro”
de la hermanita, se olvidaron de controlarnos y jamás volvieron la cabeza en
todo el largo trayecto para ver que hacíamos, así que fuimos cogiendo confianza
y, mientras caminábamos por la orilla de la carretera, nos dimos banquete- por
cierto, a resultas de aquel “banquete” inconcluso, yo agarré una orquitis del
carajo parriba, diagnosticada al día siguiente por Don Ramón Jiménez, pero ya
ese es otro cuento.

Cuando volví a la plaza donde ya había concluido la
verbena- cansado pero exultante- me encontré con la jarca de Guía en un
ventorrillo jincándose la del estribo. Un minuto después de haber llegado yo,
apareció un Papío también feliz…”Chacho ¿y por qué no bailaste con la
piba…?
- le preguntamos todos a una- y él se quedo mirándonos sonriente,
con aires de superioridad, pero sin  contestarnos, y así estuvo un rato
interminable, hasta que alguno, insistiendo, le preguntó: “Bueno ¿ qué, la ordeñaste o no…?
Ahí Manolo se descompuso y casi echando espuma por la boca vociferó: “Pero
coño ¿es que ustedes no piensan en otra cosa,  salidos de mierda?”...
Nos quedamos
todos atónitos ante lo que nos pareció una reacción excesiva y nadie dijo nada
hasta que le oímos exclamar con pena: “No bailé con ella porque la pobre tenía un
defecto”… “¿Un defecto? qué coño defecto ni que na, estaba buenísima”-
le
gritamos todos otra vez casi al unísono- hasta que él, con tristeza asintió:“Sí,
estaba buenísima, pero tenía una pierna ortodoxa, ¿vale?”
... “¿Una
pierna qué, Manolo”…
 “Coño,
bobosdemierda, una pata metálica, una pata ortodoxa, ¿estamos?…¿no saben que
coño  es eso…? manada de mamones,
ignorantes del carajo
”…

Desde entonces, no hay reunión anual de los pocos que ya vamos
quedando de aquel desbocado curso del Instituto Laboral Sancho de Vargas, en
que no salga a relucir, entre otras muchas, la “aneSdota” de la chica con la patita “ortodoxa”.

Ha dicho.



Santa María de Guía

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