"Salvar La Bodega"
La abrumadora respuesta de la gente nos anima a seguir.
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GALERÍA DE FOTOS
Añadir que en este periodo somos muchos los que colaboramos activamente y que hay buena predisposición por todas las partes para que el objetivo se haga realidad. Tanto la familia propietaria del inmueble, como algunos empresarios y las administraciones públicas, han manifestado su voluntad de que Guía pueda seguir ofreciendo a sus gentes y a los visitantes un espacio único e irremplazable donde poder improvisar una tertulia mientras degustamos el queso de flor, al tiempo que nos sentimos, por momentos, seres coetáneos de cuantos por allí transitaron en el último siglo.
Sólo me queda decirles que animen a la gente a firmar en el LIBRO DE ADHESIONES que insertamos en esta web. Para aquellos que lo deseen, pueden bajarse la hoja de firmas, con vistas a que sean firmadas por quienes, en uso de su libertad, no usan estas tecnologías.
Antonio Aguiar.
info@guiadegrancanaria.org
Guía. 17 de mayo de 2007. BAJARSE LA HOJA DE FIRMAS FIRMAR DIGITALMENTE EN EL LIBRO DE ADHESIÓN
VER GALERÍA DE FOTOS (cedidas por Sergio Aguiar)
La bodega de todos. Juan Dávila García
Por Juan Dávila GarcíaEs un extraordinario estimulo para los guíenses recordar, tan insigne lugar, pero al amparo de tan irreparable perdida, han sido muchas las plumas que sin tener la más remota idea de lo que significa para nosotros –los guíenses-, la bodega de Santiaguito se han lanzado al tatami de la escritura sin saber nada de tan ilustre lugar, haciendo cada uno su comentario sin realzar el valor histórico, cultural y social que la misma le dio a Guía durante muchos años y que jamás será olvidado. Yo como asiduo visitante de tan querido establecimiento, como he manifestado en mi reseña histórica de la bodega publicados en el blog de Alejandro Moreno y en infonortedigital, desde mi más tierna infancia y como conocedor de cuanto allí se coció, no puedo menos que irritarme cuando veo alguna publicación en la página web de Antonio Aguiar de personajillos de tres al cuarto, que no siendo ni tan siquiera naturales de Guía, hacen manifestaciones pateando el diccionario de la lengua para así acreditarse como intelectuales cosas que no son, a los cuales jamás vi en “la bodega de todos”, la ignorancia –como dijo el filosofo- es muy atrevida.
La bodega en sus 71 años de existencia, ha tenido la gallardía de mantener un status de grandilocuentes connotaciones, los ilustres visitantes que allí departieron sobre los más variopintos temas, así lo acreditan. Nombrar la bodega de nuestro pueblo significaba reconocer el buen quehacer de sus propietarios primero Santiago Gil Cabrera y posteriormente su hijo Santiago Gil Romero, los cuales relucieron por ser amigos de todos los que allí nos acercábamos, sin que existiera la más mínima distinción por un cliente determinado. Recuerdo las grandes partidas de subastado donde participaban los mejores y más acreditados jugadores de Guía, o las de domino tan recientes en el tiempo y alguna que otra de ajedrez. Éramos muchos los que ociosamente pasábamos en la bodega la mayor parte de nuestro tiempo, allí no solamente nos distraíamos jugando a algo sino que además Santiaguito y más tarde Chago nos ofrecía el manjar exquisito del queso de Guía en sus diferentes formas, acompañados de un pisco de ron, un vaso de vino o de cualquier otra bebida que degustábamos con enorme placer, el ambiente de la bodega hacía que así fuera. La bodega era sinónimo de patriotismo y los guíenses nos reuníamos allí para debatir los problemas que aquejaban a nuestra municipalidad y de tan carismático lugar salieron acuerdos muy beneficiosos para nuestro pueblo. La bodega era algo entrañable, resumía nobleza e hidalguía y esto se reflejaba en el ambiente que en la misma reinaba.
Recuperar la bodega con todo lo que ella significa para nuestro pueblo, estimo es una labor prioritaria para todos los que nos sentimos guíenses de corazón y amamos a nuestro pueblo, este icono de ilustrada representatividad no se puede perder eternamente, la historia de Guía no puede olvidar lo que ha sido la bodega en su contexto social, testigo fiel de muchos aconteceres que por lo importante de los mismos, no podemos obviar, seamos consecuentes y luchemos para que algo tan hermoso vuelva abrir sus puertas y no regateemos esfuerzos hasta así conseguirlo.
Juan Dávila García
NOTA: TEXTO PUBLICADO EN INFONORTEDIGITAL.COM
Hombre a-sombrado. Alexis Ravelo
“Perdió su sombra como podía haber perdido
cualquier otra cosa”. Así comienza Un hombre solo y sin sombra,
la novela corta que abre y da título al libro más reciente de Santiago Gil
(Guía de Gran Canaria, 1967), una obra que se deja leer con facilidad pero que
se hace pensar una y otra vez hasta conducirnos a las lindes de la relectura.
Por Alexis Ravelo.
Con
ese punto de partida, que cualquier otro hubiera utilizado para elaborar una
ficción de corte fantástico (de hecho muchos lo han hecho, con mejor o peor
resultado), Santiago Gil desarrolla una narración marcadamente realista, que se
acerca, en ciertos y memorables pasajes, al esperpento valleinclanesco o al
despiadado humor de Canetti en Auto de fe. La pérdida de la sombra de Gilberto (una
extraña mezcla de Ignatius J. Reilly, Norman Bates, y Harry Haller), la
obstinada búsqueda que éste realiza de la misma, empeñado en que se la han
sustraído y encontrará a los culpables (cuando el lector, merced a la
complicidad del autor, ha entendido ya desde las primeras páginas que no se
trata más que de una obsesión) y la galería de personajes marginales que le
rodean a lo largo del despliegue de su neurosis (a los que Gil exprime
hábilmente el jugo necesario, sin por ello desviarse de la trama principal),
sirven de excusa para explorar las implicaciones de la celebérrima frase de
Jean Paul Sartre en A puerta cerrada: “El infierno son los otros”. Con
estas palabras, Sartre se refería, entre otras cosas, a la íntima relación
entre la esencial sociabilidad del hombre y la conformación de su identidad.
Por eso se hace inevitable pensar en ellas cuando nos enfrentamos a la suerte
de estos personajes (y los del resto de los cuentos que completan el volumen),
que se han desconectado, o han sido desconectados, de esa máquina de
inmortalidad que la sociedad supone. La sombra es sentida por Gilberto como la
expresión de su alma, su personalidad, la prolongación de la misma hacia el
mundo, hacia los demás. De ahí que no extrañe al lector que no la tengan
tampoco, para este hombre a-sombrado, los excluidos, los desposeídos, los
marginados de la sociedad. Si bien es cierto que, en el caso del protagonista,
enajenación mental y enajenación social funcionan como vasos comunicantes, en
los demás personajes de estas ficciones breves, la última viene dada como
consecuencia del origen geográfico periférico, la senectud, la enfermedad
devastadora o la cercanía de la muerte. Pienso, con el poeta Federico J. Silva,
a la sazón presentador del libro, que todos los personajes principales de las
narraciones que lo conforman comparten con Gilberto ese rasgo de carecer de
proyección. Y tal peculiaridad es metáfora de uno de los temas más interesantes
y fecundos a la literatura contemporánea: la soledad entre la multitud. Los
personajes de estos textos están indefectible e irremediablemente solos en
Madrid o Las Palmas de Gran Canaria, ámbitos urbanos marcadamente conocidos que
Gil trae al texto sobriamente. Sin embargo, en literatura todo es artificio y
el lector no deberá llamarse a engaño: igual que el París de Cortázar, el
Dublín de Joyce, o la Barcelona de Vázquez Montalbán, las ciudades de Gil
no son las que los demás vemos, sino su correlato literario; no su
descripción geométrica sino la geografía, íntimamente conocida por el autor, y
convertida en paisaje a través de su mirada. Pues, parafraseando a Borges,
el creador es aquél que dice asombro donde otros dicen solamente costumbre.
Y
todo esto a través de una prosa fluida, amena, en la que lo coloquial y lo
culto se combinan con naturalidad para llevarnos de la mano a través la trama
hasta su desenlace.
Otro
aspecto de este libro que mueve a la reflexión es la medida de las distancias
que Gil interpone entre sí y los personajes. Si en los cuentos que le siguen,
la emotividad del autor (que apela a la del lector) se encuentra tremendamente
cercana al mundo de los personajes, haciéndonos sentir compasión de ellos (en
el más primitivo sentido de sentir-con el otro), en la nouvelle que abre
el volumen, como el buen humorista que es, aquél es despiadado, se aleja
sentimentalmente de sus criaturas (como el mediofondista de su adversario) y
las presenta caracterizándolas antes por sus defectos que por cualidades que
podrían atraer nuestras simpatías. Y quizá Gil tampoco se equivoca en esto, ya
que éstos sí han elegido perder su identidad, dejarse llevar por los males de
la época, no asumir sus responsabilidades como individuos en ese monstruo que
es la convivencia. Tampoco, y quizá sea esto lo peor, ante sí mismos. El
ejemplo más claro es Gilberto, que, en el ecuador de su vida sustituye el
cultivo de su mente por el pasivo consumo de contenidos televisivos, las
relaciones sentimentales por la edípica protección de los brazos maternos y la
interacción con los demás por un voluntario encierro, roto por salidas
nocturnas de imprevisibles consecuencias a la caza de su sombra. Pero hay
otros, como Pedro Ermitaño (personaje de sospechosos paralelismos con el
protagonista), que ha construido una pecera para sí mismo en forma de emisora pirata
desde la que oculta sus complejos de inferioridad bajo un discurso del más
xenófobo corte nacionalista. O Águeda, la optimista trabajadora social, perdida en los laberintos de la corrección
política. Ninguno de ellos está precisamente encantado de conocerse. Todos
abominan de los espejos, pues han elegido no elegir, no zambullirse de lleno en
la vida, no mirar de frente a la realidad, no arriesgar. Obran, para volver a la terminología sartreana, de
mala fe, porque no eligen la dirección de sus vidas, como todos en alguna
ocasión, pero, en este caso, de forma irreversible. Se instalan en sus
respectivas cámaras de aislamiento y se dejan vivir , esperando hasta el
cese de la existencia; sin felicidad, sin realización, pero con una dosis de
sufrimiento relativamente razonable.
Finalmente,
el efecto es que también acabamos sintiendo compasión por ellos, aunque con una
mezcla de impotencia, pues, si la situación de soledad de los inmigrantes
ilegales, las prostitutas o los ancianos que pululan por las otras historias es
sobrevenida, dictada por circunstancias geopolíticas o macroeconómicas de las
cuales son víctimas anónimas, la de aquéllos es una soledad que han ido
labrando, día a día, con su actividad o, más bien, con su inactividad. Y aún
así, hay esperanza. Cada uno de estos seres es, en su momento, autor de una
frase o de una idea que nos deslumbran en el momento de su lectura, por su
lucidez y valentía. Esto es, en mi opinión, una pista de migas de pan que el
autor ha dejado sembrada en el texto para llevarnos a una intuición que
atraviesa toda su producción hasta ahora, la constatación de que existe algo
que puede destruirnos pero también puede salvarnos: la palabra.
Título: Un hombre solo y sin sombra.
Autor: Santiago Gil.
Género: Narrativa.
Editorial: Anroart Ediciones.
Lugar y fecha de publicación: Las Palmas de Gran Canaria,
2007.
Páginas: 162.
"La presa y la manigua"

Música de Papagüevos
Por Santiago Gil
Nosotros nos criamos jugando en la manigua. La presa eranuestra manigua. Desde niños aquello siempre fue algo distinto al resto del
pueblo, un paisaje que desafiabas desde la altura, torrentes de agua cayendo por
todas partes, la tupida vegetación de laurisilva y palmerales, recovecos,
primeros cigarrillos, primeros amores, escenario de sueños y de tardes enteras
tratando de entender el mundo mirando hacia las aguas mansas sobre las que
dibujaban caminos los patos silenciosos.
La presa también se convirtió luego en el escenario de nuestras primeras gamberradas. Fue muchas veces el espacio de combate de nuestras peleas contra los de La Cuesta, y también el lugar en el que conseguíamos los tallos de las palmas con los que hacíamos los arcos con los que disparábamos las flechas de caña. También nos decían que no debíamos bañarnos, ni en la presa ni el estanque que lleva tantos años seco y lleno de alimañas. Pero nos bañábamos. A mí nunca me gustó mucho bañarme en la presa. Me metieron mucho miedo con aquello de que te chupaba el agua. Estaba todo el rato pendiente de que no me succionaran, y claro, así no hay quien disfrute del agua, del baño ni del paisaje. Había que bañarse por lo mismo que había que tocar las puertas de los torreones, para que no nos tomaran por cagones y para poder seguir disfrutando de cierto predicamento en la pandilla. Nos vendían peligros por todas partes y nosotros no creo que pudiésemos ser más felices que desafiando esos peligros, sobre todo cuando nos colgábamos por los precipicios tratando de abrir caminos de acceso entre los riscos o las zonas más escarpadas. La presa la comparábamos con las selvas que veíamos en las películas, sobre todo la parte que está más cerca a Ingenio Blanco, por donde discurrían canales de agua helada que dejaban crecer la hierba verde a su alrededor. Nosotros a aquello le llamábamos pretenciosamente el césped, y allí nos podíamos tirar largas horas remojándonos en los canales y tratando de encontrarle el placer a eso de acostarse largas horas en la hierba. Al final lo único que conseguías era que se te metiera un carrancio en la entrepierna o en las pocas pelambreras que teníamos entonces en nuestras canillas. En ese momento siempre aparecía el bruto de turno que estaba empeñado en que la única manera de arrancar un carrancio o una garrapata era metiéndole fuego con un fósforo o un mechero. Menos mal que no me dejé quemar por aquellos pirómanos metidos a galenos. No quiero ni pensar cómo podría haber sido luego mi vida sexual de haberme dejado meter un fósforo en los cataplines. Pero me fui salvando del fuego, de morir electrocutado y de acabar succionado por los fondos traicioneros. También escapé loco de las pedradas y de las lanzas de caña con la punta de verguilla de las guirreas. Gracias a eso pude disfrutar luego de la presa como disfrutaría un neoyorquino de Central Park o un madrileño del Retiro. Ya adolescente la presa era el lugar al que acudía en busca de respuestas. Me encantaba perderme por los campos, sobre todo por la zona que conduce a San Juan, en concreto en un pequeño bosque de lauirisilva que había si te desviabas a mano derecha. O me entretenía mirando los horizontes del mar y el Teide, o la visión del casco histórico y el Pico de La Atalaya. Allí acudía a soñar mi futuro, a penar mis primeros desamores o a dejar pasar las horas en esa edad en la que todo tu cuerpo y tu cerebro parecen estar a punto de electrocutarse a sí mismos en cualquier momento. La presa era la manigua que sosegaba mi espíritu convulso. Junto con las orillas de Agaete también fue el lugar en el que se me grabaron muchos de los versos que escribo hoy en día. No manejaba entonces las palabras, pero la energía vital que tenía y que se enaltecía en aquel paisaje seguro que comenzó a escribir lo que ahora parece que invento. Viene todo de aquellas tardes, de cuando se hacía de noche y bajaba por la Cuesta de Caraballo preguntándome qué iba a hacer en el mundo, y sobre todo qué diablos pensaba hacer el mundo conmigo. Hace tiempo que no vuelvo. Cuando regresaba me gustaba ir acompañado de Tomasín. Él iba abriendo siempre el camino cuando mi abuela juntaba a unos cuantos nietos y nos regalaba aquellas tarde memorables en un bosque que a uno ahora le parece mentira que pudiera confundir con un bosque.
La presa era el lugar donde más en contacto estábamos con la naturaleza, nuestro paraíso más edénico y salvaje. Detrás de cada estela que aún queda en el agua mansa de la tarde están los ojos de todos nosotros cuando nos alongábamos al dique en busca de aventuras o respuestas. Cierro los ojos y me veo solo, con aquel aire frío de tantas tardes de invierno golpeando mis sienes, trepando por los riscos o bajando a la orilla donde los patos y las carpas conocían nuestros nombres. O me asombro igual que entonces siguiendo el vuelo majestuoso de aquella pareja de garzas reales que cada tarde danzaba sobre las aguas antes de ocupar su nido trashumante y cálido en la parte más inaccesible de los riscos. Llegaban puntuales cada año. No sé si aún seguirán volviendo. No conozco el tiempo que vive una garza, ni cuántos años les suelen durar los amores. Igual hacen como las gaviotas, que cuando ven morir a su pareja se estrellan violentamente contra las rocas para ir en su busca. Se suicidan. Uno cuando escribe lo único que hace es evitar que los recuerdos terminen haciendo lo mismo que las gaviotas contrariadas. Lo aprendí hace muchos años en nuestra manigua.
Abril de 2007.

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Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 16/05/2007.
Yo quiero volver a La Bodega

Por Javier Estévez.
“¡intelijencia!, dame
el nombre exacto de las cosas”
J.R. Jiménez
Más que nunca, cobra vida y sentido la reflexión que efectuó Antonio Aguiar sobre el cierre de la Bodega: una pérdida reparable. Se acabó el tiempo y el espacio de las lamentaciones. Dejémos éstas exclusivamente para su muro. Hay que recuperar la bodega, y recuperarla como bien público para que su condición y atmósfera entrañable, patrimonial y económica no se pierda jamás.
Es posible que ayer les oliera a quemado en el pueblo. Ese olor provenía de mí, porque ayer pergeñaba y pergeñaba soluciones posibles para recuperar la bodega. Y es posible, vaya que si lo es. Veamos.
En primer lugar, expresé en mi “elegía” a la bodega la paradójica coincidencia entre el cierra de la misma y la celebración de la fiesta del queso, ya que ambas expresan conjuntamente la promoción, de mayor proyección regional, nacional e internacional, de nuestro afamado condumio. Afortunadamente, hay un hecho temporal- social que, sin dilación alguna, debemos aprovechar: las próximas elecciones municipales, insulares y regionales. En nuestro horizonte debe figurar la posibilidad de arrancarle a algún candidato (con posibilidades reales de triunfo) la recuperación, como patrimonio público, de la bodega. Si así lo hacemos, y conseguimos que todos la incorporen a su programa electoral, es evidente que, al tener que ganar alguna de las diferentes opciones, tendremos, todos, motivos tangibles y sólidos para exigirles el cumplimiento íntegro de su promesa.
El paso de promesa a realidad palpable es, a todas luces, factible. Me explicaré. Nuestra realidad política-administrativa, en este caso, se torna rica en posibilidades reales de adquisición, o sea, compra, del espacio que ocupaba la antigua bodega. Para muestra, un botón: en la vecina Gáldar, el Gobierno de Canarias es el dueño del solar donde se encuentra la Cueva Pintada y todo el espacio museístico. Es evidente que nadie ha puesto el grito en el cielo porque de los presupuestos regionales se tenga destinada una partida para la compra y adquisición de espacios que, por sus valores históricos, arqueológicos, etnográficos o paisajísticos, merecen ser patrimonio público para su perpetua conservación y disfrute de los canarios. Es indudable que, para los guienses, grancanarios y canarios, la combinación Bodega- Queso de Flor de Guía tiene un valor etnográfico y cultural inconmensurable. Ni el director de El Día se atrevería a desdeñarla. Seguro.
Por otro lado, empleemos aquellos silogismos que aprendimos de la lógica aristotélica durante el bachillerato. Si el Cabildo tiene dinero y el dinero se emplea,entre otras cosas, para comprar una bandera, hagamos de la compra de la bodega nuestra bandera y el cabildo se hará con la bodega. ¿O no? Otro motivo más. Si hay 450.000 € (unos 75 millones de pesetas) para la tronera- escultura que se levanta en el cruce de Bañaderos, ¿quién se atreve a sostener que no hay dinero para hacer de la Bodega, con todo lo que representa en la esfera cultural canaria, un espacio público? ¿Quién? Si hay alguien que se empeñe en negarnos esa posibilidad, señálenlo como el más que probable autor de la Teoría de la Conspiración. Seguro que fue él.
Por último. A pesar del enorme esfuerzo económico que supondría para el erario municipal (¿erario?), el ayuntamiento podría ser el comprador. Recordemos que con anterioridad ya se han adquirido inmuebles que han supuesto un gran esfuerzo económico. Por ejemplo, el cine Hespérides, que tras una inversión de más 300 millones de pesetas, se reconvertirá y abrirá pronto sus puertas como moderno Teatro-Cine para uso y disfrute de todos.
Creo que ahora sopla el viento a favor. La aprobación definitiva del planeamiento urbanístico y territorial municipal otorga al ayuntamiento un amplio margen para la adquisión de terrenos e inmuebles, bien por la vía directa de la recaudación dineraria a partir de las licencias de obra y, posteriores Impuestos de Bienes Inumebles, bien por la vía indirecta derivada de la obligada cesión de terrenos que tienen que efectuar los promotores urbanísticos al patrimonio municipal.
Siendo vicioso con el uso de la espiral y volviendo al principio, vuelvo a manifestar mi conformidad con el planteamiento de Antonio Aguiar: la bodega es una pérdida reparable. Ahora, eso sí: que, efectivamente, lo sea depende, exclusivamente, de nuestra voluntad. Y como recalcaba siempre mi madre: dame un hombre con voluntad que ése moverá montañas.
Una mala noticia
En esta página que dirige el buen amigo Antonio Aguiar meentero, qué malhadada noticia, de la desaparición de uno de los lugares más
interesantes, emblemáticos y valiosos desde el punto de vista etnográfico de
nuestra ciudad de Guía: la
Bodega de Santiaguito, en el Siete, cierra definitivamente
sus puertas. Erasmo Quintana.
Así pues mis temores, fruto de los más negros presagios, se han
hecho realidad, como obedeciendo a la inapelable ley de Murphy, que sentencia
que todo lo que puede empeorar, empeora inevitablemente. Con la desaparición de
la tienda de Chago el casco histórico pierde en su conjunto una referencia
importante y es, al mismo tiempo, desde ahora ese casco un poquito menos
histórico, pues quien duda que con estos lamentables episodios es como se va
poco a poco empobreciendo, y por ello desvalorizándose, el legado patrimonial que
nuestros mayores nos han confiado para su mantenimiento y conservación.
No podemos entrar en las causas que han dado lugar a esta
mala noticia, ya que lógicamente pertenece al ámbito de lo privado, pero sí
reparar en sus consecuencias. En adelante ya no podremos llevar a alguna
amistad –como solíamos- para degustar el buen queso que Chago tenía reservado
para sorprendernos. Siempre que alguien importante visitaba nuestro municipio y
queríamos agasajarlo, allí acudíamos. Por ello el libro de firmas que guarda
celosamente Santiago Gil debe tener un gran valor: allí quedó estampado la
impresión admirada y llena de alabanzas de quienes degustaron nuestro queso de
flor con la firma de importantes personalidades de la política, la ciencia, el
periodismo, el folclore y la cultura en general.
La tienda de Chago también era un pequeño museo que su
dueño fue enriqueciendo amorosamente durante muchos años. Hoy debe tener un
valor incalculable, por lo que en más de una ocasión le sugerí que el fin
último del mismo debía ser el Archivo histórico de Guía, donde podía estar
plenamente seguro que iba a estar perfectamente custodiado y catalogado, y
donde los estudiosos podían sumergirse en un caudal riquísimo de información y
noticias curiosas del devenir histórico de nuestro pueblo.
Hace poco me hizo saber que su hijo Santi, ese buen
escritor que heredó su misma sensibilidad por todo lo que tiene que ver con la
cultura, deseaba quedárselo para su uso y disfrute. Sinceramente yo lo celebro,
pues no me cabe ninguna duda que estará en buenas manos, en las mejores, con la
plena seguridad de su buen uso.
Tanto el querido director de esta página, Antonio Aguiar,
como el amigo Javier Estévez, han dado la voz de alarma por la triste desaparición de la Bodega de Chago, lugar
insustituible, irrepetible como seña de identidad guiense; ese lugar de
obligado encuentro de la bohemia, de parrandas que duraban hasta el amanecer;
parada obligada en la procesión de Las Marías, para que los cargadores
refrescaran sus gargantas y alguien cantara a la Virgen su inspirada
canción, ya no lo veremos más, si el SOS que han lanzado de Salvar la Bodega se queda en sólo una
buena intención. Por ello, debemos todos arrimar el hombro para darle el éxito
que se merece la iniciativa. Si se quiere, todo tiene solución. La clave está
en la sinceridad de las personas y en la fe en el trabajo para la consecución del objetivo
Erasmo Quintana Ruiz
Sobre Santiago Gil. Federico J. Silva
La alargada sombra
de Santiago Gil
Por Federico J. SilvaDe haber leído Un hombre solo y sin sombra y otros relatos (Las Palmas de Gran Canaria, Anroart Ediciones, 2007) sin conocer el nombre de su autor habría adivinado que se trataba de un conjunto narrativo, más unitario de lo que parece, creado por este escritor compulsivo que es Santiago Gil. Digo ello porque después de seis libros publicados no son extraños a nosotros la recurrencia de un conjunto de estilemas o marcas de estilo y lo que llamaremos sus preocupaciones éticas, que en un sugerente maridaje crean su sombra literaria.
El
protagonista de Un hombre solo y sin sombra se llama Gilberto Cifuentes.
Advertimos inicialmente, sin más disquisiciones, ya que la narrativa es género
de ficción, la semejanza del nombre con el apellido de autor, pero no es
difícil suponer que ello no sea casual.
A
Gilberto “todo se le iba en cumplir sus horarios, en vivir como un autómata”, y
tragarse “lo más cutre que había en la tele”, hasta que un día observó la
desaparición o lo que cree el robo de su sombra, “un compendio mitad
fisiológico, mitad espiritual”, que era “lo que en el fondo Gilberto solía
identificar” con la pérdida del alma y en cierta medida con la muerte. Desde
entonces “casi no vive para otra cosa que para buscar su reflejo”, que para el
narrador omnisciente es “la locura rastreadora en busca de sí mismo”, porque
“los que no tienen sombra saben que nunca van a ser felices”, sentencia la
tercera persona narrativa.
Esta
condición de ser “difuminado”, sin sombra, no es algo novedoso en la producción
narrativa de Santiago Gil. No sería muy arriesgado afirmar que es una constante
en sus personajes, entes siempre infelices, insatisfechos, aunque en distinto
grado, en busca de un mundo distinto a
éste y que no es el único posible. Por ejemplo, ¿rechazaría Gil pues que
afirmemos que el profesor de Literatura jubilado de Por si amanece y no me
encuentras (2005) es también un individuo sin sombra y sin alma?
Ello
confiere un carácter unitario a todo el libro, tanto a la novela corta como a
los siete relatos que la acompañan. Si Gilberto no tiene sombra, no la tienen
su padre, Octavio Cifuentes, atrapado en la dipsomanía, que “recorría Vegueta
de arriba abajo rastreándose así mismo en cada calle”, ni la cocinera Petra
Rodríguez, víctima de la violencia machista. “Tampoco tenían sombra los negros
y los borrachos que dormían en los alrededores de la Playa de Las Canteras”, o
en el relato “El Paraíso” Biri Biri, el negro muerto en la isla de Lobos,
“aterido de frío y de miedo incluso después de la muerte”. Lo mismo podría
decirse de Fausto, protagonista de un relato homónimo, (“Día tras día todo seguiría más o menos
igual en medio de la estulticia y el extrarradio, en el límite mismo de la
frustración y de la derrota. Tal vez por eso cada vez pensaba más en la
muerte”); de Luisa, “La mujer de Agustín”, de María Magdalena, la prostituta
mexicana, o del enfermo de cáncer de “Chacho”.
Además
en todos ellos confluye la quiebra del mito paradisíaco impuesto socialmente.
Gilberto se construyó un paraíso a su medida, en la que no faltaba una madre
cómplice, fallecida, pero parlante en un desdoblamiento narrativo dialógico,
con la que se atiborraba a realitys shows, a talks shows, a videos shows, ocho
o nueve culebrones, concursos horteras y programas sensacionalistas. “Toda su
realidad era virtual, pasada por el filtro de la pantalla. Encadenando lo
trágico y lo cutre, lo hortera y lo sublime, la política y el deporte, la
canción del verano y Vivaldi”. A Biri Biri, que llegó a “las mismísimas puertas
del paraíso”, le escribe desde el centro mismo del Edén otra víctima del sueño
edénico: “yéndote despacito en medio de silenciosos peces que aún guardan tu
memoria”; “notaste cómo te ibas y cómo llegó un momento en que el grito se
convirtió en burbujas y en ahogo, te vinieron todos los recuerdos de tu vida a
la cabeza, y sólo veías el fondo coraliano y los grandes peces que asistían
alucinados a tu muerte”, que cito extensamente por su belleza.
Un
Fausto de vida insulsa rememora “el paraíso de hacía sólo un par de décadas”,
mostrando su pesar porque “aquel Caribe luminoso casi en la misma orilla de
África estuviera siendo arrasado de manera tan insensible y vergonzante”.
Luisa, “La mujer de Agustín”, tras casarse con un patán, “no entendía cómo
diablos podía estar al lado de una inmundicia humana justo en el centro del
paraíso”. María Magdalena “se dejó morir” en París cuando perdió sentido su
sueño de “recorrer Europa como una reina”. Y el dueño de Chacho, lamentaba “el
maldito espíritu ahorrador y maldito afán por acumular propiedades” que no le
servían ahora, en su situación terminal, para asegurar una vida confortable
para el único ser que le importaba en la vida.
La fábula idílica se disuelve ante
la intervención de un narrador implacable con Gilberto Cifuentes. Aunque lo
define como “pobre hombre”, no escatima calificativos más severos: “Se ha
vuelto un cabrón y un grosero desaliñado y sucio”, y “un cerdo”, llegando a
cuestionar el hecho de “la supuesta sombra desaparecida”, que lo mantiene en
“un estado de imbecilidad habitual”.
De la misma manera, el autor no nos escamotea los
aspectos menos agradables de la realidad. El alcoholismo de Octavio Cifuentes,
los sufrimientos de Petra Rodríguez, que “tuvo que aguantar la mala vida que le
dio un marido abusón que no hacía más que levantarle la mano y humillarla a
todas horas”, la falta de solidaridad con los inmigrantes: “Sobre las cinco de
la mañana estaba paseando entre los cuerpos tirados como fardos en los
alrededores del parque de Santa Catalina. Cientos de negros dormían en los
bancos, en la hierba de los jardines, en los portales de los edificios o
acurrucados sobre la misma acera”.
Por último, las manifestaciones
racistas de dos personajes. Pablo Ermitaño, el creador de una emisora de radio
pirata que desde las ondas ilegales vocifera sus trasnochados alegatos, y la
gurú de “Fausto”. El locutor de Un hombre solo y sin sombra defiende que
“la culpa de que no haya parné para todos la tienen esos inmigrantes ilegales
que nos están robando los puestos de trabajo y se están llevando lo que ganan
para sus países, ése sí que es el peligro de este país, y si no hacemos algo
pronto van a acabar con nosotros y nos van a llevar a la ruina”. Por su parte,
la que fuera novia de Fausto “decía que había que correrlos a palos y sacarlos
de la isla por donde mismo habían llegado. Quería arrojarlos al mar de nuevo,
sólo que esta vez sin pateras, para que sepan lo dura que es la vida en estas
ínsulas que antes eran un paraíso, sí, señor, un paraíso en el que existía el respeto
y uno podía dejar las puertas abiertas sin temor a que nadie entrara en su casa
a robar o a violar a sus hijas, pero ahora no, ahora con todos esos negros y
con los mariguanados, a los que también hay que echar a la marea”. En fin,
planteamientos muy verosímiles pues de cuando en cuando se escuchan en estas
islas.
En
otra ocasión anterior escribí que el aspecto metaliterario era un elemento
conformador del universo ficcional de Santiago Gil. Y así es, este autor
practica la escritura intertextual de manera natural, sin ostentación, como en
un movimiento respiratorio no premeditado, y la usa como un pigmento más de su
paleta creativa. Así, el protagonista de Un hombre solo y sin sombra,
leía bastantes libros, tanto poesía como novela, y tuvo intenciones literarias.
“Por la casa todavía deben andar un par de carpetas llenas de poemas de toscos
versos recurrentes junto con algún boceto de novela o relato corto”.
Asimismo,
entre los personajes secundarios de la novela se encuentran Jacinto Revuelta
(“Era un intelectual, y además últimamente también un poeta”), Basilio
Caballero (“Era un poeta incomprendido. Vendía sus versos por la calle y por
los bares, y con lo que se sacaba se agarraba unas melopeas descomunales”,
Cecilio Amaral (“poeta amanerado y franquista cargado de resentimientos y de
complejos”, y por último, Erasmo Perelétegui (“Vivía en el manicomio de Tafira
y escribía unos versos rarísimos que sin embargo le seguían publicando en la
Península, y además salía en las revistas y en los periódicos nacionales como
un genio maldito e incomprendido”).
Además, no pasan desapercibidos la
argentina con ojos tristes, “así como una mezcla perfecta entre la Maga de
Cortázar y Alejandra Pizarnik”, presente en el Piano Bar, y la referencia a
Gregorio Samsa y La metamorfosis de Franz Kafka.
Igualmente, en el relato “No te
recuerda”, una mujer intenta recuperar “los años maravillosos” vividos junto a
una abuela ahora sin habla evocando cuando aquélla nombraba “refranes o citas
de poetas que hablaban de esa fugacidad de la vida y de lo que significaba la
infancia, casi siempre era Rilke”, o los paseos conjuntos “recorriendo barrios
enteros en los que tú situabas las novelas de Galdós y de Pío Baroja, o las
referencias literarias de tus amigos César González-Ruano y Camilo José Cela”.
Por último, no es desdeñable en esta enumeración el relato “El asesino de
poetas” que entiende su higiénica actividad, llamémosla así, como “sacrificio
necesario al servicio de los hombres y de la literatura”, y que recuerda al delirante
café de Malasaña de Los años baldíos.
Esta omnipresencia del elemento
metaliterario tiene su origen en la fe casi ciega que tienen algunos de los
personajes y el propio Santiago Gil en la palabra. Águeda, la asistente social
de Un hombre solo y sin sombra, “creía mucho en la palabra, en la
supuesta fuerza redentora del diálogo y la comunicación, y por eso, aun
habiendo acabado su jornada laboral, estaba durante horas hablando con Gilberto
de los temas más variopintos”. En “No te recuerda” dice la nieta: “Porque tú te
has empeñado en encerrarte en tus silencios, aunque yo sé bien que me estás
entendiendo perfectamente, por eso te hablo, para no dejarte morir”. Y más
adelante: “Seguiremos hablándote, sobre todo hablándote, más que nada
hablándote, porque solo la palabra puede vencer al olvido, y yo sé que tú me
oyes, y que me entiendes, y que sabes perfectamente lo que te estoy diciendo”.
Afortunadamente, Santiago Gil, seis
libros después, sigue apostando por la literatura, por la palabra bien dicha, por
la historia bien contada, por la dignidad y un mundo mejor. Anroart Ediciones
sigue demostrando que es posible mantener una
producción editorial desde Canarias abierta al mundo. Celebrémoslo.
Federico J. Silva
Otro Adiós [LA BODEGA]. Por Javier Estévez.
La Bodega ya cerró. Se acabó. Es el devenir natural de la existencialineal. Todo tiene un principio, un transcurso y un final. Qué curioso,
¿verdad? En plena Fiesta del Queso, cuando más se quiere promocionar
nuestro afamado queso de flor, cuando se pregona, aprovechando el
impulso generoso del alisio, la esperada Denominación de origen, cuando
se traen expertos nacionales en gestión y producción quesera, cierra La
Bodega. Por Javier Estévez.
Dejémonos de discursos curvos y seamos claros, correctos y concisos, como lo es la línea recta: el actual interés turístico de Guía reside únicamente en el Cenobio de Valerón y en La Bodega, por ser ésta última lugar tradicional de venta del Queso de flor. Ni calles adoquinadas, ni fachadas coloreadas, ni Luján Pérez y, menos aún, Néstor Álamo. Es la verdad, admitámoslo. Ojalá lo sean en un futuro, pero actualmente, o mejor, el pasado reciente fue así.
Recuerdo que durante mi estancia en Bruselas, pude comprobar como en una pequeña guía de las Islas Canarias, publicada en flamenco, una de las pocas imágenes que se exponían de nuestra isla, junto con las archiconocidas Dunas de Maspalomas y el Dedo de Dios, era la de Chago en su Bodega rodeado de quesos de flor. Y me sentí orgulloso, muy dichoso, porque de esta manera, mi pequeño pueblo se proyectaba en buena parte del mundo. Y todo gracias a la Bodega. Y al queso, todo hay que decirlo.
Yo, la verdad, nunca fui asiduo de la misma. Quizás porque mi descubrimiento del queso de flor y del queso de Guía fue más bien tarde y azaroso. Lamentablemente. Todo empezó cuando me pidieron que realizara un análisis sobre la composición florística de los pastizales, así como una caracterización y posterior cartografía del área geográfica del Queso de flor. De esta manera, descubrí que el queso era más que un producto, que una mercancía, que un condumio. Tras esa simple y esférica apariencia, se cuaja la más preciada biblioteca y erudición de las medianías: un vasto, curioso y singular léxico bajo el cual se titulan utensilios, percepciones, actos, nombres, lugares, refranes, dicciones, interjecciones y hasta un dispar registro de onomatopeyas. En él se gesta y percibe una precisa y minuciosa lectura del entorno, del ambiente: sus posibilidades, sus limitaciones, sus ritmos, su latido.
Sólo en ocasiones puntuales entraba en La Bodega, la verdad. Nunca fui uno de sus fijos, de sus incondicionales, que los había, me consta. Pero sí que acudía con algún amigo, para mostrarle orgulloso las delicias de nuestro queso, descubiertas por mí tan tardíamente. Chago, y con posterioridad Eduardo, siempre me transmitía su pasión por estos lacticinios. Quesos de flor, media flor y cuajo; de oveja, cabra, vaca, de múltiples combinaciones y proporciones; donde cada queso era un mundo, una historia cuyo desarrollo es como un libro marcado por la cadencia que le imprime su autor.
Yo, particular y modestamente, no creo conocer a nadie con la misma pasión que siente Chago hacia los quesos de flor. El martes pasado, durante la celebración de la fiesta en Guía, entre la multitud, se me acercó y me pidió que me aproximara con él a un puesto donde se mostraba un hermoso queso de flor. Pura crema, Javier, pura crema. Esto si que es un buen queso de flor, una preciosidad, manifestó vehementemente. Y volvió a suceder lo mismo durante la cata celebrada en la casa de Milagrosa Estévez, hoy conocida como EspacioGuía.
¡Cuánta desaparición nos rodea! ¿No tienen a veces la sensación de que el universo ha tenido que dejar de expandirse y ha comenzado su repliegue, ya que son más las pérdidas que se sienten que los comienzos?. Un adiós más para mi registro de despedidas. En este caso, a La Bodega, a “Casa Chago”. Hasta siempre, de corazón.









