Pedro González-Sosa

 

     

 

     


PEDRO GONZÁLEZ-SOSA


Es Cronista Oficial de Guía de
Gran Canaria desde el 30 de septiembre de 1980, siendo alcalde José Carlos González Ruiz, e Hijo
Predilecto de la misma desde 1986, cuando ejercía la alcaldía Oscar Bautista
Afonso.

       

ARTÍCULOS -
CONFERENCIAS - RELATOS





Biografía
     


Néstor Álamo
y Guía de Gran Canaria



(2006)

       

Las andas, el sol y la media luna de plata de la
Virgen de Guía



Su pregón de 1971
     


El órgano que inauguró Saint-Säens



Libro "LA MÁQUINA"
     

TEXTO DE LA PRESENTACIÓN del libro "Canónigo Gordillo: biografía de un
genio de la discordia"
(2001)



Estatuto del Cronista

     

Miguel Santiago, el hijo de
"maestro Sergio el relojero"

       

El Colegio de La Inmaculada

       

Guía de Gran Canaria: los
alcaldes reales desde 1526 hasta 1812
(2003)

       



El Albercón de la Virgen
(2003)

     

Por qué no hubo
"desaparecidos" en julio de 1936 en Guía de Gran Canaria


(2003)

     

El apellido Fernández del Campo de la
marquesa de Arucas procede de Guía



(2003)

     

Una

anécdota
sobre el trono de la Virgen de Guía

(1998)
     

Sobre la denominación del
Municipio



(
Del libro "Guía de Gran
Canaria: primero Villa, después Ciudad". 1997
)

       


Su pregón para las Fiestas de la Virgen de 1971

       

El piso de mármol que tiene su iglesia se colocó
entre 1885 y 1889

       

Infantes Florido: recuerdos de una entrevista en
Sevilla cuando fue preconizado obispo de Canarias en 1967

       

El palacete RODRÍGUEZ QUEGLES, un magnífico edificio
modernista

       

El Puente de Verdugo

       

En 1814 el obispo Verdugo propuso al rey a cinco
canarios para ocupar sedes episcopales en España o América

       

LIBROS PUBLICADOS
SOBRE GUÍA

         
       

Canónigo Gordillo: biografía de un genio de la discordia
, editado
por el Cabildo de Gran Canaria en 2001, con prólogo del Historiador de La
Habana Eusebio Leal.
       

Contribución para una historia de Guía de Gran Canaria
. Edición del Ayuntamiento de Guía, 1985.
     
Guía de
Gran Canaria: Primero Villa, después Ciudad (y otras noticias históricas)
. Edición
del Cabildo Insular de Gran Canaria y del Ayuntamiento de Guía, 1997.
       
Fundación
de las Ermitas Capillas y Altares de la Parroquia de Guía
.
Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1994.
       


Guía de
Gran Canaria: Historia del Ayuntamiento y de los edificios que fueron sede
institucional.
Edita: Ayuntamiento de Santa María de Guía y Cabildo
Insular de Gran Canaria. Año 2001

       
Guía
de Gran Canaria: la casa donde murió Luján Pérez
(allí vivió de
niño y de joven y pasó sus estancias guienses). Edita: Excmo. Ayto. de
Santa María de Guía. Año:1999
       
Extractos
del Libro Primero de Matrimonios de la Iglesia de Guía (Gran Canaria)
1565-1636.
Edita: Excmo Cabildo Insular de G.C. Año: 1985
       
El
Imaginero José Luján Pérez. Noticias para una biografía del hombre.

Edita: La Caja de Canarias. Año: 1990
       
El Órgano
de la Iglesia de Santa María de Guía.
Edita: Ayuntamiento de Santa
María de Guía. Año: 2003
       

Guía de Gran Canaria: historia de “la Máquina” y el cultivo de la caña
dulce en el siglo XIX.
Edita: Ayuntamiento de Santa
María de Guía. Año: 2004.

         
       

OTROS LIBROS PUBLICADOS

         
       
Contribución al estudio sobre la emigración canaria en el siglo XIX.

VI Coloquio de Historia Canario- Americana (1984).Tomo I -1ª Parte

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


Pedro González-Sosa



BIOGRAFÍA DE PEDRO GONZÁLEZ-SOSA


Cronista Oficial de Guía de Gran Canaria

Pedro González-Sosa nació en
en Guía de Gran Canaria el 13
de junio de 1933
, trasladándose con su familia a
Las Palmas sobre 1947, aunque en ningún momento, como se verá, dejó de
vincularse con su tierra natal.

Es diplomado en Periodismo
con el primer ciclo de la Licenciatura aprobado, con el número del Registro Oficial de Periodistas 4.316,
y
cronista oficial de Guía de Gran Canaria desde
1980, siendo alcalde José Carlos González Ruiz, e hijo predilecto de la misma
desde 1986, cuando ejercía la alcaldía Oscar Bautista Afonso.

Su actividad sobre la investigación
histórica para descubrir aspectos del pasado de Guía se inició, por pura
casualidad, en 1955 cuando hubo de trasladarse desde Las Palmas, donde
residía, a Guía para reponerse de una intervención quirúrgica. Fue en aquel
tiempo, cuando inició sus visitas a los archivos de la iglesia y del
Ayuntamiento, (cuando éste se encontraba todavía en el caserón de la calle de
Enmedio o Pérez Galdós). A partir de aquel momento empezó a enviar al
periódico Falange –único que se editaba por las mañanas, pues por la tarde
salía Diario de Las Palmas—algunas croniquillas sobre aspectos históricos de
Guía y de su iglesia, principalmente.

A principios de 1956 "descubrió" que
ese año se cumplía el 200 aniversario del nacimiento de José Luján Pérez y
envió al periódico un artículo invitando a las autoridades provinciales y de
Guía a que organizaran algunos actos con este motivo. El entonces director del
diario, el poeta Ignacio Quintana Marrero, le invitó a que siguiera con una
campaña periodística a tal fin. Así fue como el Ayuntamiento de Las Palmas que
presidía José Ramírez Bethencourt incluyó entre los actos de las fiestas de
San Pedro Mártir una magna exposición de la obra de Luján en la isla. Formó
parte de la comisión constituida al efecto e integrada, además, por José
Miguel Alzola y el biznieto del imaginero Teófilo Naranjo y Martínez de
Escobar, exponiéndose en la catedral 96 imágenes que se trajeron de casi todas
as iglesias de Gran Canaria. Con poco mas de veinte años dio su primera
conferencia titulada "Guía en la vida y en la obra de Luján" aquel mismo 1956
en El Museo Canario en un ciclo organizado por la Sociedad con motivo del
bicentenario de Lujan, junto a otros oradores como Juan Rodríguez Doreste,
José Miguel Alzola y Enrique Marco Dorta, un tinerfeño profesor de arte de la
Universidad de Sevilla.

El entonces alcalde de Guía, Juan
García Mateo, organizó asimismo unos actos que consistieron en una ofrenda
floral ante el monumento del artista con asistencia de todos los municipios y
sociedades científicas y culturales de la isla. En el mismo acto se descubrió
la lapida que todavía existe en la torre del reloj y se inauguró una
exposición de la obra pequeña de Lujan en el entonces llamado "Teatro Viejo".
A partir de entonces siguieron las investigaciones sobre Guía y la publicación
de trabajos en la prensa local, y cabe destacar que fruto de aquellas en 1957
publicó un extenso y documentado trabajo en el que se descubría que la actual
imagen de la Virgen de Guía se intituló anteriormente de Candelaria y era
propiedad de la familia de los Riveroles, que la habían traído de Génova, y
estaba colocada en altar propio en la primitiva iglesia y el cambio se realizó
a principio del siglo XVII en que pasó a ser titular de la parroquia con su
nueva advocación pues la colocada por el fundador Sancho de Vargas era de
talla y de reducidas dimensiones.

Asimismo hace unos cuatro años
localizó documentalmente la casa en la calle Enmedio donde vivió de niño y de
joven, y allí murió en 1815, el imaginero guiense, lugar donde al Ayuntamiento
hizo colocar una lápida conmemorativa..

Incorporado como redactor --jefe de
Información Local-- en el periódico El Eco de Canarias en 1963 desarrolló
desde entonces su labor periodística de todos y de sobra conocida, primero en
este diario para terminar como delegado de la Agencia EFE en Las Palmas en
1988 en su jubilación. Asimismo fue, en las décadas de los años 60 y 70 del
pasado siglo corresponsal, primero, y redactor después en Las Palmas del
Centro Emisor del Atlántico de Radio Nacional de España en Canarias, en el que
cesó voluntariamente.

Es miembro correspondiente de la Real
Academia de la Historia de España desde 1990 y de la Academia Nacional de la
Historia de Venezuela 1987, además de miembro de la Academia de Ciencias
Humanísticas y Relaciones de la República Dominicana. También, miembro del
Instituto de Estudios Canarios, de Tenerife; de El Museo Canario, de Las
Palmas y de la Asociación Canaria de Estudios Históricos "Rey Fernando
Guanarteme", de Las Palmas.

Ha publicado numerosos artículos sobre
temas históricos en periódicos y revistas regionales de Canarias y nacionales.

Su labor investigadora, sobre todo en
lo referente a Guía, le ha lleva do a dar a la luz numerosos libros de tal
forma que ignoramos la existencia de otro guiense que tenga en su haber tan
elevado número de publicaciones sobre la historia y el pasado de nuestro
pueblo.

Ha publicado los siguientes libros:


  • "Contribución para una historia
    de Guía de Gran Canaria"
    , editado en 1985 por el Ayuntamiento de Guía
    con prólogo de Manuel Lobo Cabrera.

  • "El imaginero Luján Pérez:
    noticias para una biografía del hombre",
    editado en 1990 por la Caja
    Insular de Ahorros de Gran Canaria con prólogo de José Miguel Alzola.

  • "Trascripción del libro primero
    de matrimonios de la iglesia de Guía, (1565-1636)"
    , editado por el
    Cabildo Insular en 1995 con prólogo de Francisco Morales Padrón.

  • "Fundación de las ermitas,
    capillas y altares de la Parroquia de Guía"
    , editado por el Cabildo
    de Gran Canaria en 1994 con prólogo de Antonio Bethencourt Massieu.

  • "Guía de Gran Canaria. Primero
    villa, después ciudad"
    , editado por el Ayuntamiento de Guía en
    colaboración con el Cabildo en 1997 con prólogo de la entonces concejal de
    Cultura Eloina García Alemán.

  • "Canónigo Gordillo: biografía de
    un genio de la discordia"
    , editado por el Cabildo de Gran Canaria
    en 2001 con prólogo del Historiador de La Habana Eusebio Leal.

  • "Historia del Ayuntamiento y de
    los edificios que fueron Casas Consistoriales"
    , editado por el
    Ayuntamiento de Guía en 2001 con prólogo del concejal de Cultura Erasmo
    Quintana Ruiz.

  • "Historia de ‘la máquina’ y el
    cultivo de la caña de azúcar en el siglo XIX"
    , editado por el
    Ayuntamiento de Guía en 2003 con prólogo de Erasmo Quintana Ruiz)


  • "El Órgano
    de la Iglesia de Santa María de Guía",
    editado por el Ayuntamiento de Santa
    María de Guía. Año: 2003.



  • Además, tiene entregados a imprenta,
    previéndose su publicación durante el año 2006, los siguientes originales:

    • "El escultor José Luján Pérez.
      Noticias para una biografía del hombre"
      (Segunda edición ampliada a
      cargo de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Gobierno
      de Canarias al cumplirse en mayo el 250 aniversario del nacimiento del
      escultor guiense con Prologo y Presentación a cargo, respectivamente, de
      José Miguel Alzota y Jesús Hernández Perera)

    • "Relación Genealógica de Fray
      Juan Suárez de Quintana".
      (Trascripción del original que se encuentra en
      El Museo Canario con una amplia biografía del fraile franciscano nacido en
      Guía. Contiene la reproducción de numerosas páginas obtenidas del original.
      Edición a cargo de la Caja de Canarias, con Prólogo de Juan Gómez-Pamo
      Guerra)

    • "Trascripción del libro primero
      de bautizos de la iglesia de Guía. 1565-1636)"
      , (Editado por el Servicio
      de Publicaciones del Cabildo de Gran Canaria, con Prólogo de Miguel
      Rodríguez Díaz de Quintana).

    Por último, tiene preparada para su
    edición la obra "
    Trascripción del "Diario" del
    memorialista guiense Juan Batista Palenzuela"





    Guía de Gran Canaria, a 9 de febrero
    de 2006.

     

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


    Tránsito a tientas

    Manuel González Sosa

    Tránsito a tientas

    Estudio preliminar de Jorge Rodríguez Padrón


    LA
    PALABRA CONFIADA

     

    En el año 1958, Manuel González Sosa
    fundó en Las Palmas una colección poética que, aun teniendo en cuenta su vida
    efímera, ocupa un lugar decisivo en la poesía de la última posguerra. Gracias
    a los Pliegos de San Borondón -tal era su título- accedió a la vida
    pública un grupo de jóvenes poetas que, andando el tiempo, se convierten en
    nexo fundamental entre la poesía de posguerra propiamente dicha y las jóvenes
    generaciones de poetas nacidos a partir de los años cuarenta. San Borondón
    dedicó sus entregas a Felipe Baeza, Arturo Maccanti y Manuel Padorno,
    escritores que con el propio González Sosa abandonarán la rigurosa dictadura
    de la poesía testimonial inmediatamente anterior (que, en cierto modo, también
    ellos cultivaron) y, sin abdicar del compromiso directo con la historia que
    aquélla había asumido, ni rechazar tampoco su característica expresividad (la
    urgencia, la solicitud, los interrogantes fundamentales de la existencia...),
    se esforzarán por imponer a su obra una mayor exigencia reflexiva, una mayor
    serenidad, y operar con el lenguaje desde una posición abiertamente
    experimental, si bien no todos lo hacen con la misma intensidad. En estos
    poetas debe destacarse, por encima de toda otra cosa, la superación de la
    contingencia inmediata de los temas y la voluntad metafísica que alienta en su
    escritura; la dimensión más profunda y abarcadora que encierran sus
    acercamientos a la realidad; el individualismo, en fin, del que todos parten
    para avanzar -en un proceso explícitamente conceptual- hacia una plenitud
    solidaria derivada de la cada vez más exigente exploración de su tiempo y de
    su lenguaje. Una poesía que acepta el reto de la historia, pero que no
    renuncia por ello -todo lo contrario- a una perfección estética cada vez más
    exigente. A esto se refiere Ventura Doreste cuando, al hablar de Manuel
    Padorno, diga que para contar -para desarrollar narrativamente su discurso
    poético- el poeta «acude a lo significativamente lírico y utiliza un
    procedimiento de eliminación y potenciación, con lo cual se acrece la
    intensidad emotiva». Para añadir inmediatamente que Padorno «no describe con
    fiel objetividad lo que ve, sino que elige intuíciones y palabras, construye
    un verso admirable». Procedimientos todos ellos, como se ve, que exigen una
    dejación de lo inmediato, de lo propiamente narrativo, para favorecer la
    dimensión poética, trascendente, de la palabra; que exigen igualmente un
    esfuerzo intelectual sobre el lenguaje y sobre el poema como unidad
    significativa y estructural. Eliminar, elegir, dar intensidad nueva a la
    palabra, dejarse poseer de las intuiciones; el poema como ámbito de expresión
    lingúística que resulta ser, de esa forma, un ámbito de exploración de la
    existencia. Poesía conceptual más que comunicativa, pero nunca insolidaria;
    poesía -como escribe Miguel Martinón- «como medio aventurado de indagación y
    conocimiento».

    Pero también será común a estos poetas
    la tenaz negativa de todos a publicar con regularidad. En realidad
    (exceptuando las plaquettes o breves entregas que hayan publicado), sólo
    contamos hasta el momento con uno o dos libros tan sólo de cada uno de ellos
    (en el caso de Felipe Baeza, ni siquiera eso). Una negativa que, en gran
    medida, debemos entender como consecuencia de la exigente autocrítica con que
    afrontan el hecho poético; consecuencia de aceptar el oficio de escritor como
    compromiso riguroso y extremo con el lenguaje y consigo mismos; consecuencia,
    también, de una constante labor correctora y depuradora de sus textos, de ese
    proceso de eliminación y potenciación que tiende a elevar la intensidad
    emotiva y a reconquistar la pureza y exactitud de la palabra poética. En otras
    ocasiones me he referido a este caso, recurrente en la poesía insular, del
    escritor retraído, opuesto a una difusión incondicional de su obra; y he dicho
    entonces que tal actitud descubre un escaso afán por asumir la condición de
    escritor, una voluntad diletante, ensimismadora, que no responde a la
    exigencia de diálogo con el lector que la tarea de escribir impone. He dicho
    también que tal vez sea éste uno de los escollos más difíciles de salvar por
    el escritor insular, cuando pretende alcanzar una normal difusión de su obra.
    El ejemplo de los poetas que ahora nos ocupan, si bien participan de esa misma
    condición, obedece, y en gran medida, a esos aspectos particulares citados en
    primer lugar, y ello los singulariza -sin duda ninguna- frente a sus
    coetáneos.

    Manuel González Sosa (1921) es un caso
    característico en este sentido. A su contrastada actividad en favor de la
    poesía, que ha sido constante; a su protagonismo como editor de Pliegos de
    San Borondón
    (de esa forma participa y se incluye en las actividades de
    este grupo, a pesar de su diferencia de edad), debe añadirse la creación, en
    1962, de la sección literaria semanal del Diario de Las Palmas,
    «Cartel de las artes y las letras», cuya trayectoria aún hoy se mantiene;
    después de pasar por diversas etapas, crisis y alternativas. «Cartel» ha sido,
    durante bastantes años, el órgano de expresión de los escritores de la década
    del sesenta, lugar de encuentro y de polémica, cuya historia podría explicar,
    en no pocos aspectos, las tensiones literarias vividas en esas dos últimas
    décadas. Un nuevo intento editorial -también forzosamente breve- fue
    protagonizado por González Sosa en 1963: los cuadernillos poéticos de La
    fuente que mana y corre.
    Y a lo largo de todo ese tiempo, la obra poética
    propia fue gestándose en el anonimato. Algunos poemas suyos habían visto la
    luz en revistas diversas o en las mismas secciones literarias de la prensa
    insular, pero muy poco más. Será en 1967 cuando una nueva colección poética,
    también con el título de San Borondón, y editada esta vez por el Museo
    Canario, al cuidado de Manuel Hernández Suárez, dará a la imprenta el primer
    libro de González Sosa: Sonetos andariegos. Constituido por
    diecinueve sonetos, escritos entre 1945 y 1963, definitorios de la
    personalidad poética de nuestro autor. Estos poemas, y algunos otros
    aparecidos -como digo- en publicaciones periódicas, nos han permitido
    reconstruir la trayectoria poética de un escritor que a pesar, como veremos,
    del interés que la obra tiene, siempre se ha negado a considerarse otra cosa
    que un simple amante de la literatura que, ocasionalmente, escribe algunos
    poemas.

    La poesía de Manuel González Sosa se
    escribe desde un incuestionable presente, desde una vivencia muy intensa de su
    tiempo, situación que por las especiales características de inseguridad,
    turbulencia y progresiva deshumanización, obliga al escritor a volverse hacia
    su ayer para, a medida que recupera su memoria, su raíz, reflexionar
    detenidamente sobre el verdadero sentido de su identidad, no ya individual,
    sino como hombre arraigado en una existencia y seguro de ese su inquebrantable
    compromiso. Alguna vez, el propio escritor ha declarado cómo la «patria
    luminosa y amable; me atrevería a afirmar que enteramente dichosa» de la
    infancia dejó en él, como herencia, una «casi altanera certidumbre de que lo
    mejor que ellos me ofrecieron sigue vivo y actuante en mí». La poesía, por
    tanto, como la propia vida. Poesía ensimismada, que no por ello evasiva, ni
    ajena a los problemas cruciales del hombre, ni descuidada en la forma. Ese
    conocimiento existencial que se deriva de su obra se instala en el misterio
    descubierto en un transcurrir «por geografías interiores», como explica Pedro
    Lezcano; un misterio que el poeta se esfuerza por racionalizar, por darle
    forma adecuada y exacta, precisa, rigurosa, con una palabra dialógica que
    vuelve hacia sí mismo. «González Sosa -continúa Pedro Lezcano- se esfuerza por
    conocer y sobre todo por conocerse; pero termina humildemente conforme con su
    humana ignorancia, dueño de una sola certeza: esta certeza de que estoy
    soñando
    ». La identidad así conseguida es un intercambio, un
    reconocimiento, a través del diálogo, de una vivencia unánime (la naturaleza
    guarda la respuesta, pero la capacidad del hombre no es suficiente para
    «sospechar siquiera qué respuesta/ cela en su voz el mar, el ave, el viento»).
    Diálogo entre el poeta y aquellas otras criaturas (personajes o no) que son su
    reflejo espejeante; y diálogo también entre el poeta y su doble: protagonista
    y testigo, a un tiempo, el escritor formula sus textos desde una segunda
    persona, desde un tú de carácter reflexivo, cuya especulación dual concluye en
    amarga ironía o en una solícita conversación consigo mismo, en busca del Dios
    machadiano, habitante del soliloquio, del convencimiento del amor y del dolor
    como sentimientos compartidos y solidarios. Aspectos estos últimos que
    González Sosa destaca específicamente en los dos poemas dedicados a Antonio
    Machado, uno de ellos incluido en Sonetos andariegos, publicado
    el otro en la revista Fablas (julio/agosto, 1970). De ahí la
    fuerte expresividad que opone al silencio:

    ¿O una distinta luz mis cicatrices
    untará? Pero ¿a quién hablo? ¿Acaso
    sabe el hombre respuestas ciertas? Vaso 
    sólo es de preguntas desaladas.
    Y lo demás son bocas apretadas.

    La fuerza de una pregunta que
    contrarresta el hermetismo del mensaje que la realidad oculta siempre.
    Interrogación ante el misterio de la existencia cotidiana, y explicación
    (poética) de las raíces del mismo. Localización del lugar de la palabra allá,
    en el territorio de una infancia cuya plenitud ha logrado mantenerse firme a
    lo largo del tiempo, y que por eso lo supera, estableciendo una nueva
    temporalidad (ahora intelectual, metafísica) en la que el poeta se hace con
    aquellos seres que dieron sentido a su vida:

    No he de pedirte
    entero tu secreto: si es desierto,
    o mar, o senda, o cima, o bosque umbrío 
    lo que se ve después. Quiero sentirte
    para saber si ahí se está despierto.

    Poesía como la vida. Poesía que es
    camino y sabiduría, y que aun contando con el esfuerzo racionalizador del
    diálogo, de la distancia conceptual, deja presente la necesidad de recuperar
    siempre ese principio, de confirmar la virtud conciliadora y reveladora de la
    infancia.

    Pero este caminar hacia el secreto,
    hacia el misterio del conocimiento, se produce gracias a una fuerte excitación
    de los sentidos, trasmitida inmediatamente al ritmo con que progresa su
    lenguaje («A veces, una súbita fragancia,/ o un cántico de niños, quizá un
    trino,/ estremece mi sangre e imagino/ que alborea el milagro. Y crece el
    ansia/ de que madure ya. Ya la distancia/ y el tiempo caen a tierra. Un aire
    fino/ brota frondas. Allí, aquí estoy soñando/ con el mañana»), puesto que con
    la elevación de los sentidos se hace mucho más nítida y absoluta la captación
    profunda del conocimiento, de esa sabiduría misteriosa tan arduamente
    perseguida. Cuando el poeta confiese -sin que ello suponga restricción de
    valor alguno- la cercana influencia en su obra de poetas como Quevedo o San
    Juan de la Cruz, de Unamuno o de León Felipe, nos pone en la pista de esa
    identidad conceptual, fuertemente intelectualizada, de su obra que sin embargo
    fluye con un fervor pasional que no puede ocultar esa fuerte impregnación de
    sensualidad; nos pone en la pista de ese sentido místico tan peculiar (místico
    en cuanto a persecución del misterio) que la impregna toda; nos confiesa, en
    una palabra, su voluntad esencialmente poética, su deseo de alcanzar la
    palabra original, inaugural, que define la poesía. Precisamente en un poema
    ofrecido a San Juan de la Cruz, escribe:

    Hasta la propia boca de la fuente 
    traigo mi seco verso y su bautismo 
    ardientemente pido a tu agua pura.
    Como el tuyo, él discurra bajo el puente
    del tiempo musitando siempre el mismo 
    aromoso latido de frescura.

    Nos hallamos, pues, ante una sensualidad
    que desborda el sentimiento y concentra y ahonda la meditación reflexiva,
    producida a partir de la contemplación de ciertos absortos o desvalidos con
    los cuales el poeta se encuentra, bien en la realidad (vid. «Tres poemas
    peruanos», en Fablas, noviembre/diciembre 1975) bien en la
    expresiva pintura de Antonio Padrón («Qué música secreta de afiladas volutas/
    entra por vuestra sangre y va agrandando en incesante siega de latidos/ la
    tensa bóveda del éxtasis?»).

    Como ya he insinuado, el encuentro con
    la pureza del lugar y el tiempo (siglos) de la infancia servirá para iluminar
    el sentido totalizador y solidario de la experiencia. Lo elemental, «la avidez
    y el goce del contacto con la libre Naturaleza», la referencia constante a
    elementos desnudos, sencillos y originales (tierra, muro, semilla, vagido...)
    se elevará a la categoría de sueño, al nivel metafísico, porque lo anecdótico
    rompe sus límites; el espacio se hace absoluto gracias a la voluntad de
    transformación poética mostrada por el escritor («Pero sembré los ojos en
    lejanos/ cielos que las mantenían más hermosas»), y esa plena identidad
    solidaria se establece fuera del tiempo, en un discurrir poético cuyos ritmos
    y cuyas presencias inauguran ese orbe deseado.

    Al publicarse Sonetos andariegos,
    hubo quienes dudaron de la oportunidad de reunir, en un mismo libro,
    poemas tan arraigados en la insularidad (a la que González Sosa no sólo no ha
    renunciado nunca, sino que la expresa con singular eficacia) con otros
    explícitamente castellanos por su desnudez y ascetismo, por su condición de
    poemas de tierra adentro. Lo que no se comprendió entonces fue que esa fusión
    de lugares y personajes aparentemente tan distintos se justificaba, y además
    adquiría toda su significación, instalada en esa nueva temporalidad, en ese
    espacio metafísico que González Sosa inauguraba con su reflexión poética. Eran
    lugares y personajes con los cuales el poeta coincidía a través de un
    compartido carácter esencial, gracias a su paralela fuerza en el fluir
    interior. «No sólo es el paisaje lo que alienta en sus páginas -escribe Rafael
    Morales-, sino también lo que de él ata a la tierra, lo que él significa bajo
    el peso interior, íntimo, lo que ahonda en la alegría o la amargura de ir
    viviendo, de ir caminando». Nada importa, pues, que el poeta se refiera al
    paisaje de Fuerteventura o que se extasíe ante la rudeza de la piedra que ciñe
    a la ciudad de Ávila; tanto da que penetre dramáticamente en su propia
    existencia, como que se acerque a la herencia dejada tras su muerte por
    Unamuno o Machado y reviva sus, por diversas razones, trágicas existencias. La
    de González Sosa es una voz que se esfuerza -como la de aquellos escritores,
    como la de aquellas tierras- en vivir su aislamiento, en polarizarse entre la
    desnudez idéntica de la tierra en que hinca sus raíces y la ligereza y
    vibración de absoluto hacia la que tiende siempre su alma y su palabra:

    Aquí ya sólo falta izar la fuerte
    ancla de piedra y entregar las velas 
    a los piadosos vientos de la muerte.

    Con estos versos concluye su poema
    «Fuerteventura»: un «aquí» que se repite de forma recurrente, una confianza en
    una tierra que no se agota en sí misma, sino que es giro constante provocado
    por la luz unánime de ese tiempo encontrado:

    Todo el paisaje es luz unánime
    -mentís definitivo de la sombra-.
    Cielos, lavas, el mar, mi cuerpo juntos 
    arden en una hoguera jubilosa.
    ...............................................................
    
    No tengo ya memoria ni apetencias.
    Cambié de forma, mas no soy ceniza.
    Soy una inmensa piedra giratoria.

    Escribe en otro poema, «Metamorfosis»,
    dedicado al paisaje de Lanzarote.

    De aquí que su lenguaje se revista de un
    tono solemne, de una cierta altura literaria, de un prestigio que le confiere
    su ritmo reposado y, sobre todo, algo que me parece muy importante subrayar:
    de qué manera esta poesía, asentada sin duda en lo conceptuoso, en una palabra
    ascética e interrogativa, heredada de poetas como Quevedo o Unamuno, en una
    palabra urgida y dramática, asume también la continuidad del modernismo que le
    permitirá magnificar la realidad por medio de los sentidos y de la
    implantación de una imagen visionaria y de la palabra como conjuro. Tal sucede
    en un texto de reciente publicación, «Impromptus de La Umbría», pero observado
    ya embrionariamente en poemas anteriores:

    La hoguera del silencio arde en el huerto.
    Arrebatada luz el día ordeña.
    Cerca de un palpitante libro abierto, 
    bajo el durazno en flor, un niño sueña.

    No en vano la presencia simbolizadora de
    la palabra mística de San Juan de la Cruz habita en el centro de esta poesía,
    como ya he señalado; y no en vano, tampoco, ese esencialismo conceptista está
    cruzado por la peculiar sensualidad irónica del modernismo insular. Valdrá la
    pena detenerse en el primero de los textos citados. Se trata, en realidad, de
    dos sonetos agrupados bajo ese título común; sonetos que González Sosa libera
    sutilmente de su rigor estructural al rimar alternadamente y en asonante los
    versos de los cuartetos. Una modificación aparentemente escasa que permite,
    sin embargo, al escritor instalarse en otra posición con respecto al texto;
    una posición diferente a la observada hasta ahora («Otro es el blanco de mi
    búsqueda», escribe en el primero de ellos). Y la sorpresa contemplativa con
    que lo inicia establece una relación entre los dos polos de su espacio,
    dinámico y sensual, que hallan su punto de confluencia en la propia mirada del
    poeta, la distancia perpleja desde la cual observa el mundo:

     

    Contra tu móvil litoral, oh cielo, 
    esta ola vuelca sonrosada espuma. 
    Ola verde parada en el momento 
    de ceder al imán de la llanura.

    Así, el espacio se matiza con una
    extremada sensualidad que es posibilidad, tensión, en el litoral/ llanura, y
    que es enriquecido cromatismo en la espuma/ ola. Pero, entre ambos extremos,
    como decía, el éxtasis del instante, significado aquí en el apóstrofe «oh
    cielo» y en la oportuna atención a ese pararse «en el momento de ceder». Un
    espacio no sólo ofrecido a la contemplación, sino al goce, a la vivencia, que
    el escritor acepta hasta penetrar decidido sus laberintos:

    Por la cresta de nácar ya me adentro.
    Mis pasos por su seno se aventuran.
    Valvas, espira, laberintos dejo
    atrás. Otro es el blanco de mi búsqueda.

    Al ingresar en el misterio que lo
    arrastra, como la llanura del cielo a la ola, se produce una nueva vibración
    instantánea, en el primer terceto, donde vuelve a fulgurar esa sensualidad
    intelectualizada que decíamos: tiempo durativo y tiempo instantáneo dibujan
    las dos líneas de fuerza que se conjugan en ese nuevo espacio:

    El cénit es un ábside de fuego
    que en incesante ruina se derrumba 
    encima de la concha transparente.

    Y es precisamente la transparencia lo
    que facilita el encuentro con ese nuevo blanco, una transparencia que abatirá
    «las piedras que obstruyeron/ el turbio rosetón de mis penumbras». Por eso, el
    último verso, en su impresionante imagen posesiva, concluye con una profesión
    de fe en la luz: «sorbo esta luz rabiosa y ávidamente». González Sosa, además,
    elimina cualquier puntuación en el verso, de modo que el adjetivo «rabiosa»
    adjudicado a «luz» puede valer también como adverbio que refuerza la acción
    del verbo «sorber». Todo este soneto primero, y no sólo por las formas
    verbales, funda un presente, determina un tiempo y un espacio poéticos cuya
    sensualidad es la base de toda construcción, que mantiene un equilibrio
    sorprendente entre la tensión dinámica contenida en la imagen y la
    confirmación extática que aporta la reflexión intelectual del escritor.

    El otro soneto insiste en la misma
    tensión entre dinamismo y estatismo. Pero en vez de referida al espacio,
    referida al tiempo (el subtítulo «La estela», ya nos previene de su valor
    sucesivo). Un tiempo que gira en una alternativa de creación y destrucción
    constantes, iniciándose con ese «segar sin descanso» que conduce al cero, a la
    fijación marmórea del suceder. Se inicia, pues, un discurso (la función de los
    verbos en presente se destaca ahora de forma especial: «siega sin descanso»,
    «tira», «marchita», «edifica», «amasa») que sólo se romperá al final, en la
    conclusión encerrada en el último terceto. Pero antes, las dos estrofas
    centrales construyen ese ciclo sucesivo del tiempo, por medio de imágenes
    paralelas y contrarias: la primera, que perfila ese lento marchitarse, ese
    edificar «una nocturna máscara de cera» precisamente con «el zumo de los
    siglos», con el residuo que deja ese tiempo. Conviene advertir cómo, en el
    primer caso, el mismo «zumo» es el que edifica esa «nocturna máscara», pero
    será el tiempo quien amase «con la ceniza» ese nuevo «temblor de belleza». La
    «fiebre», los «sueños», las «mejillas» serán así los opuestos de la
    enumeración que cierra el primer terceto («tumba su calle espigas, rosas,
    alas») que es el resultado (y el poeta los sitúa en el final del ciclo, como
    la otra enumeración lo está en el comienzo) de amasar con ceniza «otra vez el
    temblor de su belleza»; el resultado de la repetición del ciclo de la vida y
    la muerte que se ofrece en una sugestiva relación espejeante. El final del
    poema es, sin embargo, sorprendente: a la pujanza igualadora del tiempo, a su
    fuerza siempre constructora y siempre destructora, se opondrá la imagen
    visionaria de lo que no se nombra, de lo aludido por medio de una metáfora
    arriesgada en la que se vuelven a unir lo sensual y lo intelectual, la pasión
    y la serenidad, que González Sosa ha aprendido de los místicos:

    Su furia sólo contra ti fracasa, 
    miel que filtró la solitaria abeja
    del corazón de Cristo desbandada.

    La aparición del amor enfrentándose así
    a la muerte (del «amor constante más allá de la muerte») anula aquella estela
    que el tiempo ha dejado.

    La poesía de Manuel González Sosa, en
    consecuencia, vive de un doble aliento: de una parte, su incontenible fervor,
    su pasión por la verdad; de otra, su contenida estructura, su sólida
    organización interna. Ya advierte Pedro Lezcano que nuestro poeta no es un
    improvisador, que «en reflexiva decantación, va convirtiendo su obra en
    vivencia propia». Y Luis Doreste Silva escribió de forma elocuente, al
    publicarse Sonetos andariegos: «Improvisador nunca, Manuel
    González Sosa, en tanto orfebre. Ciertamente el gran caudal de ternura podría
    incitarle. Decantación, siempre...». González Sosa, por mucho que se hunda en
    el misterio del mundo, por mucho que se pregunte por (y busque) la esencia
    escondida que unifica ese mundo (y al hombre en el mundo) no deja de ser un
    poeta confiado, un poeta en quien pervive el fluir inaugural de la infancia y
    la memoria iluminadora que hacia ella conduce, aunque, como hemos visto, se
    camine con la misma virginidad en otra dirección. Así, su opción por el
    soneto, por la ordenación conceptual que el mismo impone y por el desarrollo
    rítmico que ofrece, ajustará su escritura a tales pautas. Pero, al mismo
    tiempo, el poeta demostrará la vitalidad de su palabra manejando con notable
    ductilidad la estructura toda del poema, gracias a la sabia utilización del
    encabalgamiento, gracias a la intencionada fragmentación de la sintaxis versal
    con pausas, interrogantes o exclamaciones, y gracias también a la valoración
    sensual de la palabra con constantes aliteraciones que, curiosamente, atenúan
    o suavizan la aspereza e incomodidad de las preguntas, de la tensión
    inquietante que lo mueve hacia lo absoluto:

    Cuando hablo 
    a ver si me responden, tú, callando, 
    me devuelves mi voz sola y ansiosa.
    Cada imagen o sombra que se posa 
    sobre ti alguna vez, ¿no va a tu fondo 
    y allí se queda para siempre, ilesa? 
    ¿O sólo buceando hacia lo hondo 
    de la riada del tiempo se hace presa?

    Lamentablemente, la obra poética de
    González Sosa es, en estos momentos, una obra prácticamente desconocida.
    Aunque haya seguido publicando de forma dispersa y ocasional algunos textos,
    pienso que no quedará nunca bien explicada (la nuestra sólo ha pretendido ser
    una tentativa inicial) hasta que no sea, primero, ordenada de acuerdo con su
    evolución cronológica y, después, publicada en su totalidad. De todas maneras,
    valdrá -espero- esta aproximación para entender su poesía en el contexto de su
    generación, señalando aquellos rasgos que lo acercan a sus más próximos
    compañeros de aventura literaria, y advirtiendo aquellos otros que determinan
    los perfiles de su originalidad.

    JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN

     


    
    AQUEL durazno... Y busco. Y no lo encuentro.
    Ni aquel cañaveral, ni la palmera
    que entregaba, sensual, su cabellera
    al viento que aún retoza. Allá adentro
    
    la cosecha de ausencias precipita
    vaharadas de sombra y va velando
    las horas que el cenit está incendiando
    con los jirones de una luz marchita.
    
    Pero la muerte es sólo una mudanza.
    Todo lo acoge bajo los cristales
    de su fanal la bienaventuranza.
    
    Árboles, muros, rostros, cuantas cosas
    faltan de este paisaje, están, cabales,
    vivas, en mi recuerdo. Y más hermosas.
    
    


    TÚNELES, noches, voces
    con dientes, manos dentro
    de unos guantes de ortigas,
    la inmersión de los pasos,
    
    qué miserable precio
    para este don: sentirte
    sobre un camino, yendo
    a cualquier parte, ebrio
    
    de la luz donde cuaja
    ese médano en llamas,
    aquel vuelo flechando
    
    el cenit, los dos labios
    del horizonte, mudos
    pero afirmando siempre.
    
    
              (De SONETOS ANDARIEGOS, recopilados en 1992)
    
    

    INTERMEDIO VENEZOLANO
    
    
    
    EL DORADO
    
    
    NI riesgos ni horizontes
    huraños te ocultaban.
    Pero todos salieron a buscarte
    por foscos rumbos que pagaban
    su fatiga y su hambre
    con ubres manaderas
    de locura o de muerte.
    
    ¿Qué venda espesa los cegaba?
    Porque basta mirar, como yo miro
    ahora, a la ladera,
    al huerto, a la barranca,
    sólo a cualquier orilla del camino,
    para untar nuestros ojos
    con tu fulgor y poseerte
    sin hazañas ni alquimia,
    araguaney* solar,
    trémulo cerro de oro vivo.
    
    
    
    VISITACIÓN AL ORINOCO
    
    
    CRIATURA soy del jable,
    de un arenal brizado
    por la espuma incesante
    del océano, oh río
    turbio y vasto que lames
    mi sombra, modelada
    hoy por la luz del trópico.
    
    Déjame que te beba
    con mis ojos, que llene
    mi memoria hasta el fondo
    con tu visión, que absorba
    por cada poro el vaho
    de tu pleamar perenne,
    sabia en raíces, densa
    de limos germinales,
    yéndose en mudas ondas
    pero herida en la entraña
    del recuerdo por ecos
    de clamantes umbrías.
    Así, cuando rehuelle
    el terrón de mi cepa,
    seré muro de aljibe,
    tacto de nube, ensalmo
    de raudal arrullando
    la vieja sed del suelo
    de irisadas cenizas.
    
    Grito soy del sequero
    mendigando tan sólo
    vaharadas de tu selva
    de lentas aguas pardas
    y espesas, Orinoco.
    Escúchalo y empápame 
    la entraña con tu hálito.
    
    
              (De CUADERNO AMERICANO, 1997)
    
    

    ENVÉS
    
    No eres tú quien recibe el lanzazo fulgente,
    sino la noche. Entonces, el viaje en vilo cruza
    un efímero trecho donde tus ojos pueden
    entrever el paisaje de la ciega aventura.
    
    Un círculo murado de horizontes desiertos.
    Arriba, sólo el hueco de un cielo fugitivo.
    Y en el nadir, la sombra cayendo en el vacío
    sin encontrar el eco de una estela o de un vuelo.
    
    
              (De CONTRALUZ ITALIANA, 1988)
    
    

    LAS GARZAS
    
    NUNCA os vi. Siempre quise
    horadar vuestro nombre y contemplaros
    cuando bajabais, lentas, hacia
    uno de mis recuerdos no vividos.
    
    
    
    QUERENCIA
    
    ERIGES tú sin pausas
    el sino sedicioso.
    Nunca cesa tu sueño
    y, aunque quisiera, nunca
    descansará. Lo cría
    la belleza del mundo:
    el miedo a que tus párpados
    la aniquilen.
    	             Los años
    disipen tus pisadas,
    olvido y lejanías
    el eco de tu nombre,
    mas la memoria quede
    errabunda en el aire
    rondando formas, luces,
    aromas, pulpas, sones,
    como un humo invisible.
    
    
              (De PARÉNTESIS, 2000)
    
    

    ANTE UNA CASA EN RUINAS
    
    AQUÍ latió la sangre y se fue trasvasando.
    Día a día ardió el sueño como hoguera secreta.
    Dolor o gozo antaño a veces abrevaron
    criaturas ya perdidas en la muerte o las leguas.
    
    Alguna, en este instante, de seguro el abrigo
    de este nidal vejado conmovida recuerda,
    y echa a andar de repente su memoria a la busca
    de un tiempo generoso de las horas risueñas.
    
    (Entra un pájaro oscuro por la cuenca vacía
    de la ventana. Cae, repentina, una piedra
    sobre la tarde. Pasa su tenue mano el viento
    por el vello erizado del lomo de la puerta.)
    
    Mas no hallará siquiera un rastro evanescente
    esa sombra anhelosa que aquí acaso ahora llega.
    La dicha se deshace más pronto que las cosas
    y de sus ascuas queda solamente la ausencia.
    
    
    
    FORMA simple, tocada
    de perfección definitiva,
    boga sobre los hombros,
                                                sola
    la enlutada yacija.
    
    Huele a hornos precoces
    la tarde de la aldea.
    Hosco cielo rezuma
    luz de líquida cera
    sobre una higuera seca, arrodillada
    junto al muro de piedra.
    
                                         Humos. Vencejos.
    
    ...Y la vida tapiando con olvidos 
    un corazón vacío de recuerdos.
    
    
    
    PORQUE es de noche, hermanos. Para siempre
    aquí es de noche. En vano
    encendemos hogueras en las frentes
    y en las montañas de la tierra.
    Nunca es la luz. Nunca será la luz
    aquí, ni aquí veremos
    la víspera del alba.
    La inmensa llamarada de los astros
    y el caudal de los zumos alumbrados
    en milenios de búsqueda incesante
    no bastarán para rasgar la venda
    que anula nuestros ojos. Somos hombres:
    pájaros de la sombra, ciegos peces
    rasando las honduras de un océano.
    Arriba, derramado sobre el cántico
    del oleaje, un mediodía
    perenne tal vez arde.
    Pero quien surja al ámbito
    de aquella sobrehaz, ya no es la misma
    criatura abisal. Se deja tantas
    porciones de sí misma entre las horas,
    bajo la tierra, en el recuerdo
    de los otros hermanos,
    que acaso ávidamente
    después añoraría
    la noche, como ahora 
    el día inalcanzable.
    
    
    
    SÉ que es de noche, pero sé que arde
    entre las sombras nuestro sueño, y unta
    de luz los negros ámbitos.
                                                  Y vemos
    radiante espuma en las sombrías olas
    del tiempo,
    árboles, alas
    en fuga hacia una aurora, piedras
    con mar o mediodía, puros cuerpos
    que premian con largueza en un instante
    vastos siglos de tedio, nubes, brazos
    abiertos anchamente
    como bahías que nos llaman.
    
    Nos da, en fin, la abundante
    sustancia con que hacemos
    la cotidiana miel de olvidos
    y el pan que algunos llaman
    melancólicamente la esperanza.
    
    Con las tibias pavesas que se quedan
    volando en el recuerdo
    restauramos la lumbre
    cuando una dura planta
    o un viento helado nos la apaga.
    
    Nada importa la hora
    en que sea imposible resucitar de nuevo
    la fiel misericordia de las llamas,
    porque ya no seremos
    
    		                  -y si somos
    aún, es porque alguien
    habrá encendido un día que no acaba.
    
    
    
    PARÁBOLA
    
    LA higuera sobre el aire se volcaba
    quemada por la flama de la tarde.
    Roto de plenitud, a mi cobarde
    apetito su fruto se brindaba,
    
    y dudando pasé de largo. Pero
    volví para comerlo. Era testigo
    del convite fugaz yo solo. El higo
    no medró para darse al pudridero.
    
    Sino frutal marcó también mi suerte.
    Batida sin cesar, mi sangre cuaja
    la pulpa que a colmar vendrá la muerte.
    
    Que alguien pase a mi lado en el momento
    de la plena sazón, que me desgaja
    si no un íntimo enjambre, o quizá el viento.
    
    
    
    ¿LLEGA un tiempo tal vez en que las manos
    pierden su vocación de aves rapaces?
    ¿El corazón se cubre de cenizas
    antes de que lo escondan bajo tierra?
    
    ¿Tenemos nuestra sangre socavada
    y por sus minas entra cualquier día
    una lenta marea que nos pudre
    con narcótica sal las avideces?
    
    ¿Vivir es ir juntando ansiosamente
    sueños, deseos, esperanzas, para
    abandonarlos luego uno a uno
    sin que rabia o dolor llenen sus huecos?
    
    (¿Vine a cumplirme sólo en este islote
    móvil y tenue que es mi sombra en fuga
    y estorban las raíces que hambreaban
    viciosamente halagos de otros humus?)
    
    ¿O todo estriba acaso en que una fuerza
    misericorde así nos va templando
    para llegar curtidos a la fragua
    donde, omnímodo adiós, quemas tu hierro?
    
    
    
    NO sé, nadie lo sabe,
    qué palabras, qué texto
    escribirá en el viento
    el azar con el zumo
    caliente de mi sangre.
    
    Pero yo sé que al cabo,
    donde lo escrito cese,
    punto final, un poco
    de oscura cal sembrada
    resumirá mis huellas.
    
    Por eso no preciso
    tercas señales, tanto
    recordatorio súbito
    de cuando en cuando, dentro
    de tanta pulpa, en pena
    de cada vuelo ebrio
    hacia otro azul alzado.
    
    Allá donde se hunde
    mi tiempo en precipicio,
    del aire que ahora habito
    se exhalará tu breve
    polvareda sombría.
    
    Lo sé. Lo supe siempre,
    como sé que en mis huesos
    secretamente anidas.
    Por eso, no me aceches
    día a día los sueños
    mientras mis horas lleguen
    encinta de otras horas 
    con luz. No necesito
    predisponer mi boca
    a tu sabor.
    
                        Ayúdame,
    ceniza, a que olvide.
    
    
    
    LLANTO SOBRE LA NOCHE
    
    NO es de un niño esa queja,
    no puede ser de un niño aunque del pecho
    de un niño se derrame.
    Este nocturno llanto salta
    desde otro odre de dolor más viejo.
    
    Sube desde la cueva
    profunda donde el tiempo
    va atesorando lágrimas,
    congojas, sangre, zumos
    de agonías, lamentos,
    cada pena incubada
    bajo la piel del hombre.
    Del pozo adonde afluye
    todo el dolor del mundo
    que allí, lento, fermenta
    en el vasto sollozo
    que ahora anega la noche.
    Sólo gárgola, cauce, leve arcaduz apenas,
    es la carne del niño.
    Ella cruje y se agita,
    pero un enjambre amargo
    de ajenas voces viene
    a sonar en su boca.
    Así una rama tierna
    tañida por un viento gemebundo.
    
                      (De TRÁNSITO A TIENTAS, 2002)
    

    FUENTE:
    http://es.geocities.com/r_tintachina/mgonzalezsosa.htm

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


    Cuchillo Canario

    DOCUMENTOS
    DE INTERÉS PARA 

    GUÍA DE GRAN CANARIA

    CUCHILLOS CANARIOS

     


    Por

    Nicolás Guerra Aguiar


    INFONORTEDIGITAL.COM Sábado 17 de Septiembre de 2005

     

    Que un riguroso planteamiento sobre
    el origen y denominación del cuchillo canario actual me haya obligado a
    reflexionar detenidamente y, al menos, a poner en duda su ascendencia
    inglesa resulta, como poco, harto interesante para quien siente la
    curiosidad de conocer lo relacionado con su historia y con la lengua. En
    efecto: desde hace mucho tiempo he apoyado la teoría de una procedencia
    británica que, en resumen, relaciona el anglicismo "knife" (cuchillo de
    labranza introducido en Canarias por los ingleses) con el que aquí se
    utiliza, naife. O lo que es lo mismo, los canarios adoptaron la
    pronunciación extranjera del vocablo lo mismo que pasó, por ejemplo, con
    la palabra "kake" (nuestro queque). Por analogía, supuse, nos encontramos
    en la misma situación de adaptaciones fonéticas. Pero, en este momento, ya
    no estoy tan seguro de que el término se refiera a lo que, en rigor,
    llamamos cuchillo canario, o lo que es lo mismo, ¿es el naife el cuchillo
    canario tal como lo conocemos hoy?

    Hace unas semanas, Infonortedigital y arretranco.com (dos periódicos
    digitales de mi pueblo, Gáldar), me remitieron a una página en la que se
    hablaba de ellos. Llevado por la curiosidad, descubro que no sólo hay muy
    interesantes fotografías de algunos mangos (colección particular del
    autor), sino que -y es lo que tanto agradezco dado mi desconocimiento del
    tema- se completa con una rigurosa información, seria, documentada y
    basada en fuentes bibliográficas que van desde los estudios lingüísticos (Corominas,
    mi admirado profesor Morera) o literarios (citas de autores canarios que
    hablan en su obra sobre el cuchillo) hasta los que se refieren a usos y
    costumbres de canarios (Grau-Bassas, Pérez Cruz, Lobo Cabrera). Se
    completa con bibliografía sobre cuchillería, armas blancas, navajas, etc.
    (Martínez del Peral y otros).

    Tras la amplísima información sobre el particular, le escribí a su autor
    (don Alejandro Moreno Marrero), felicitándolo por su trabajo y por haberlo
    dado a conocer. Supuse, obviamente, que se trataba de algún señor ya
    maduro y del interior de alguna isla. Grande -y satisfactoria- fue mi
    sorpresa: Alejandro Moreno es un joven universitario de veintipocos años
    y, además, paisano cebollero, de La Montaña. Pronto estuve en su casa
    (acompañado de mi mujer) y, de verdad, nos quedamos admirados no sólo por
    el exquisito mimo con que cuida y atiende las casi setenta bellísimas
    piezas de distintos tamaños sino porque conoce, al detalle, la historia de
    cada una (algunas, de doscientos años), la escuela del cuchillero del que
    procede cada unidad, los elementos usados para su confección, las
    características de las incrustaciones (es capaz de localizar al autor por
    las mismas)...

    Cuando, cuchillo en mano, empezó a explicamos su teoría de la procedencia
    morisco-cristiana (Toledo y Albacete, fundamentalmente), me detuve en sus
    argumentos técnicos y recordé que, en efecto, los moriscos (musulmanes que
    se quedaron en tierras peninsulares tras las conquistas de los cristianos)
    habían sido excelentes artesanos y dominaban el labrado y tratamiento de
    los metales. Sin duda alguna, a pesar de las diferencias en la estructura
    externa (lo que le hace suponer que hubo adaptación a las necesidades del
    canario), la minuciosidad en la ornamentación retrotrae a la actividad
    artística morisca, recreadora de mínimos elementos decorativos que, en
    conjunto, crean armónica belleza y matemática conjunción. No se trata, en
    efecto, de la desordenada acumulación de simples elementos embellecedores,
    colocados al azar o en desorden. No: muy al contrario, la rigurosa
    simetría y adecuada proporción de las partes crean, en la sencillez de su
    relación, serena hermosura, relajante impacto visual que traduce, incluso,
    una manera de sentir la vida tal como la define la filosofía árabe.

    Y todo eso, y mucho más, aprendí en la visita que le hice a mi paisano.
    Por eso apunté más arriba que mantengo la procedencia fonética del término
    relacionado, estrictamente, con un cuchillo canario: no pongo en duda la
    identificación "knife" / naife, pero sí tengo ya mis reservas sobre si a
    lo que en Canarias llamamos como tal (naife) se refiere escrupulosamente
    al cuchillo canario que hoy se maneja. Puede ser -y entro ya en la pura
    especulación- que, en efecto, hubiera algún tipo de cuchillo en Canarias
    (naife) parecido al que introdujeron los ingleses. Pero que el actual, el
    que hoy se define como tal, parece mucho más próximo a los confeccionados
    por los mozárabes es algo de lo que no tengo la menor duda. Conclusión a
    la que he llegado, por supuesto, después de las explicaciones de Alejandro
    Moreno.

    La página que Alejandro tiene en internet con su tío don Norberto Marrero
    (profesor en la facultad de Medicina, La Laguna) ha recibido en poco
    tiempo cinco mil visitas, lo cual traduce no sólo el gran interés de
    nuestros paisanos por lo que a sus tradiciones se refiere, sino, y sobre
    todo, la seriedad investigadora que ofrece a los interesados porque no se
    basa en especulaciones gratuitas, sino en el exhaustivo rigor que ha de
    marcar las investigaciones.

    Alegra, en fin, saber que nuestros jóvenes se interesan por elementos
    definidores de nuestra cultura, de nuestro acervo histórico. Y satisface
    más, si cabe, tenerlos como paisanos cebolleros. Al menos, a mí.


    Una opinión de Nicolás
    Guerra Aguiar


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    La batalla de los quesos

    LA BATALLA DE LOS QUESOS

                 Esta famosa batalla, que
    se dio realmente, ha sido y continúa siendo objeto de empecinada
    controversia, no por lo que a su existencia se refiere, que como decimos es
    aceptada por la mayoría de los especializados en estas cuestiones, sino por
    su ubicación, ya que es imposible llegar a un acuerdo en cuanto al tiempo en
    que dicha batalla debió celebrarse con exactitud y el lugar concreto donde
    pudo haber tenido lugar.

                En sí, la batalla como
    tal, y el hecho de ser apellidada “de los quesos”, nada tiene de particular
    ni ofrece motivo alguno para que pueda ser puesta en tela de juicio. En
    realidad, lo que en ella sucedió no fue ni más ni menos que lo que puede
    ocurrir en un caso semejante en cualquier hueco de la historia bélica del
    hombre.

                Nos cuentan las
    crónicas, que en esto de chismografía siempre parecen estar muy adelantadas
    y no sabemos como, pero bien informadas, que después de la primera batalla
    de Tirajana, las huestes de Pedro de Vera intentaron acorralar de nuevo al
    ejército guanche, que acaudillado por Doramas y Taxarte, había cobrado
    nuevos bríos con aquella primera victoria.    Tampoco en esto están de
    acuerdo los historiadores. En este caso de la batalla de los quesos la
    confusión resulta completa. Hay quienes la achacan
    al caudillo guanche Ventagay, al que ya conocemos como intérprete de otros
    interesante pasajes de la epopeya canaria y un estratega brillante de su
    pueblo. Sin embargo, por razones
    físicas y metafísicas, preferimos la primera versión y seguimos a las
    huestes de ambos ejércitos jugando a la guerra por las cumbres isleñas, en
    donde vemos a Pedro de Vera empeñado en cortar la retirada de los guanches,
    para impedirles su acceso a Tejeda.

                Parece ser que para la
    época de esta batalla, ya el rey de Gáldar, Egonayga Semidan, se había
    convertido al catolicismo y a la causa hispana, con el nombre de Fernando
    Guanarteme y era utilizado por Pedro de Vera, Gobernador a la sazón de Gran
    Canaria, para intermediar con los indómitos nativos que no querían aceptar la
    definitiva sumisión a la nueva Corona. En uno de estos riscos,
    rodeados de profundos valles y cañadas, se atrincheraron los canarios,
    seguidos muy de cerca por las tropas de Vera, quien antes de dar batalla,
    puso en práctica su método disuasivo utilizando para ello los servicios de
    don Fernando. Los canarios se hicieron
    fuertes en torno a unas cuevas y construcciones de pastores, próximas a un
    retirado Cenobio que albergaba un número que la historia no precisa, de
    “magadas” dedicadas al culto y a la meditación. Al requerir Don Fernando
    a los rebeldes y exhortarles a la pacífica entrega de sus armas, deponiendo
    para siempre su hostil actitud hacia la causa invasora, aprovechan los
    historiadores tal coyuntura para poner en boca de Doramas una de las más
    hermosas y floridas piezas de la oratorio dramática de la epopeya guanche.

                Afeó en efecto 
    Doramas
    al Guanarteme su papel de sometido intermediario, con estas palabras:   

                 "Mucho me afrenta  y avergüenza que un hombre de tu estirpe, apellidado
    hermano de raza y mi pariente, a quien un día he servido como fiel vasallo,
    haya traicionado nuestra causa, claudicando cobardemente ante el invasor. Vuélvete con tus
    aliados si de verdad quieres ponerte de nuevo al frente de los tuyos, ya que
    estamos dispuestos a luchar hasta la muerte. ¡Que lejana tu conducta
    y tu imagen de mi abuelo y gran Rey Artemi Semidan, que cayó luchando por
    su tierra y por los suyos! ¡Imposible me resulta creer que seas hijo de tan
    grande hombre!"

               
    Pero todo fue en vano y
    la batalla dio comienzo. La lucha fue desesperada
    y cada hueco del terreno, cada piedra, servía para ocultarse y defenderse
    tenazmente de los bien preparados y aguerridos atacantes, secundados además
    por un nutrido de nativos muy conocedores de aquellos parajes. La pelea se alargaba
    porque Pedro de Vera con objeto de evitar un mayor derramamiento de sangre,
    influido por los ruegos de Don Fernando, pretendía sitiar por hambre al
    ejército canario , en la seguridad de que en un corto plazo tendrían  que
    deponer necesariamente sus armas, al carecer de alimentos.

                Y aquí es donde entra en
    juego la tan señalada importancia de estos cenobios o monasterios en los que
    las personas encargadas del culto, generalmente sacerdotisas acompañadas por
    mujeres ancianas de la familia que las ayudaban en sus menesteres, iban
    acumulando objetos y alimentos que en épocas adversas y de malas cosechas,
    se repartían entre la población vecina, y a su vez contribuía de algún modo,
    al mantenimiento de dichos cenobios.

                En esta oportunidad la
    circunstancia de tal almacenamiento no solo sirvió par prolongar la
    resistencia de la gente canaria, sino que, como vamos a ver, parte de estos
    recursos fueron utilizados como verdaderas armas contra los soldados
    españoles. Como pasaron los días y
    Pedro de Vera no viera señales de debilidad en el bando contrario, encontró
    la explicación al problema, por lo cual ordenó concentrar los esfuerzos de
    sus hombres hacia el agreste lugar en donde estaba enclavado el cenobio. El paraje no podía ser
    más escabroso. Construido en una
    pequeña plataforma que quedaba libre sobre el saliente de un farallón, el
    cenobio resultaba casi inexpugnable y los hombres que lo defendían, tenían
    suficiente tarea con echar a rodar ladera abajo gruesas piedras que hacían
    verdaderos estragos entre la tropa atacante.

                Pero fue tan intensa y
    tan duradera la ofensiva, que las piedras comenzaban a menudear  y los
    hombres de Vera, protegiéndose tras sus escudos y rodelas, gateando
    peligrosamente iban progresando vertiente arriba, pegados al terreno cual si
    de él formaran parte. Detrás, los arqueros con
    sus venablos trataban de proteger este avance de la infantería, con buenos
    resultados.

                Por parte de los
    guanches, todo el mundo tomaba parte en la batalla. Grandes y chicos.
    Hombres y mujeres. Jóvenes y ancianos. Pero la desazón y el
    cansancio si iban apoderando de la gente. Todo comenzaba a escasear y los
    heridos mezclaban sus lamentos con los gritos de los combatientes y el
    fragor de piedras y venablos chocando estrepitosamente. Alguien dio la orden de
    utilizar los grandes y endurecidos quesos que se guardaban en las profundas
    cuevas del cenobio, para lanzarlos contra los agresores. Por un momento,
    trabajando con ahínco mujeres, niños y ancianos, los defensores pudieron
    disponer de nuevo material arrojadizo que utilizaban con verdadera maestría. Los quesos, en forma de
    grandes bolas, eran echados a rodar por la pendiente, alcanzando
    directamente a los que con tanta tenacidad trataban de cercarse.

                ¿Cuál fue el resultado
    de tan singular operación? En principio los cosas
    parecían  marchar satisfactoriamente. Sin embargo, como dice
    el refrán, “en el pecado se llevó la  penitencia”, porque los quesos al
    deshacerse, llamaron la atención de los atacantes, uno de los cuales por pura
    curiosidad, se llevo a la boca un trozo de aquella materia blancuzca,
    observando con sorpresa, no exenta de satisfacción, que se trataba de balas
    comestibles.

                Y esta fue la perdición
    de los canarios, ya que sin pretenderlo contribuyeron a alimentar
    generosamente sus adversarios.

                Ya se habrá imaginado el
    lector que este queso para los sitiados ofrecía pocas posibilidades de ayuda
    alimenticia, ya que, faltos de agua, su ingestión mas bien les producía
    molestias que beneficio, convirtiéndose así este alimento en el tan conocido
    “ahoga-gatos”, que muchos lectores habrán conocido en sus respectivas
    regiones. Sin embargo, los
    atacantes, con mas libertad de movimientos y mejor pertrechados, encontraron
    en estos quesos la providencialidad de un nuevo maná .

                Como era de esperar, la
    batalla terminó con  la rendición de la gente canaria que probablemente con
    tan infausto motivo, y ante tan adversos resultados obtenidos con el queso de
    marras, se formaría el propósito de permanecer sin probar este alimento
    durante una buena temporada.

    -----------

    NOTA:
    Leyenda que recoge
    García de la Torre en el libro titulado “Nuevas Leyendas Guanches”,
    publicado en Barcelona en 1969.

     

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    Consideraciones sobre el origen del cuchillo canario

    DOCUMENTOS
    DE INTERÉS PARA 

    GUÍA DE GRAN CANARIA

     

    CONSIDERACIONES
    GENERALES SOBRE

    EL ORIGEN Y
    PROCEDENCIA DEL CUCHILLO CANARIO

     


    Por ALEJANDRO C. MORENO Y MARRERO


    Santa María de Guía, a 22 de febrero de 2005

    Para los estudiosos, hablar del origen y procedencia del
    Cuchillo Canario suele presentarse como una tarea ciertamente conflictiva e
    incómoda. Sobre ello, como ya hemos apuntado en otras ocasiones, mucho es lo
    que hay que decir y escaso lo que se podría afirmar. Sea como fuere, el
    propósito de este estudio es añadir algo de luz a una cuestión que durante
    muchos años ha mantenido en vilo a cuchillólogos y coleccionistas, así como
    también a todos aquellos que nos consideramos amantes de lo nuestro.

    Según indica el Diccionario Etimológico
    de Juan Corominas, la palabra cuchillo procede del latín "cultellus"
    (instrumento cortante formado por una hoja de acero de un solo corte con un
    mango de metal, madera, etc). El cuchillo es algo tan antiguo como la propia
    humanidad. Su aparición se pierde en la oscuridad de los
    tiempos. Históricamente, ha sido un elemento consustancial al hombre. Para
    bien o para mal, el cuchillo siempre ha tenido un importante papel en la
    supervivencia de la raza humana. Una de las características que diferencian al
    homo sapiens del resto de los seres humanos es el uso de herramientas hechas
    por él mismo. Desde la prehistoria existen pruebas de que el hombre primitivo
    fabricaba este tipo de utensilios para subsistir y, en ocasiones, destruir; o
    bien para defenderse de la naturaleza, de los animales o de sus congéneres.

    La historia del cuchillo empieza en la
    Edad de Piedra. En un principio, fueron fabricados en cuerno, hueso o madera;
    sin embargo, posteriormente se descubrieron materiales más duros y resistentes
    (pedernal, sílex y obsidiana). Los arqueólogos sostienen que los cuchillos
    utilizados en la Época Clásica por los griegos y los romanos distaban muy poco
    de los que usamos en la actualidad. Hasta finales del s.XVI, el cuchillo tuvo
    una doble utilidad: cuchillo y tenedor, pues servía a la vez para cortar los
    alimentos y para llevarlos a la boca.

    El progreso de la cuchillería se produce
    como consecuencia del episodio de las Cruzadas (los métodos más avanzados de
    forja y temple del acero practicados en Oriente fueron adoptados por Europa).
    Desde entonces se ha considerado a la Industria Cuchillera española,
    influenciada casi en su totalidad por las formas de gusto árabe (no hay que
    olvidar que los musulmanes estuvieron casi ocho siglos
    asentados en España), como
    una de las más importantes potencias armeras del mundo. Dentro de ella,
    los centros cuchilleros más afamados fueron Toledo y Albacete, ciudades donde
    la fabricación de las armas blancas había sido heredada de los árabes.

    Según el prof. Ocete Rubio, "cuando
    los castellanos llegaron a las Islas Canarias, los aborígenes aún utilizaban
    armas fabricadas de obsidiana".
    Sobre el origen y procedencia del Cuchillo
    Canario existen varias teorías diferenciadas entre sí. Algunos investigadores
    sostienen que fueron los ingleses quienes lo trajeron a las islas.
    Personalmente, dado que hasta ahora ha sido imposible hallar en la Industria
    Cuchillera británica un tipo de cuchillo similar al canario, debo decir que no
    estoy nada de acuerdo con esta primera afirmación. Dicho esto, lo que si que
    se ha considerado originario de Inglaterra es la expresión "naife"; pues, como
    todos sabrán, ella proviene del vocablo inglés "knife" (nombre con el que los
    británicos llegados a las islas desde el s.XVI denominaban al cuchillo y que,
    como escribiera el prof. Marcial Morera, entró a nuestras gentes por el oído,
    con lo que se ha reproducido su pronunciación y no su escritura). Otros
    estudiosos del tema dicen que, por las peculiares características del mango,
    el Cuchillo Canario proviene del norte de África. Nada es lo que tengo que
    añadir a esta segunda teoría. Según la tradición oral, hay también quienes no
    descartan la idea de que el Cuchillo Canario pueda tener su origen en la isla
    de Cuba. Acerca de esta hipótesis he de comentar que la respeto inmensamente,
    pero no la comparto; ya que, estarán conmigo, en que este planteamiento cae
    por su propio peso. Sin embargo, curiosamente tenemos conocimiento fidedigno
    que desde las islas se enviaban Cuchillos Canarios hacia la "Perla del Caribe"
    (Cuba). Esto lo hemos conocido merced a lo expresado en un documento fechado
    en marzo de 1882, en Guía de Gran Canaria, donde se dice de forma literal
    "yo D. Juan de León Aguiar, vecino de esta Ciudad, recibí D. Francisco Martín
    Bento, como apoderado de D. Juan González Boza, con el objeto de remitir por
    mi medio a Dña. María de los Dolores González y López, hija del D. Juan
    González y residente en La Habana, una cajita con diferentes prendas de oro,
    dos hoces y tres Cuchillos Canarios, por un importe de ciento noventa y
    cinco reales de vellón";
    así como en otro, donde unos meses más tarde la
    citada María de los Dolores González escribe desde Cuba confirmando haber
    recibido lo que le fue enviado desde Canarias.

    Con respecto a la cronología del
    Cuchillo Canario ocurre algo similar a lo acaecido con su origen y
    procedencia. Así, mientras unos mantienen que es adoptado por la población
    insular desde el s.XVIII como complemento a su vestimenta; otros afirman que
    su presencia en Canarias no se remonta más allá de mediados del s.XIX (inicios
    del cultivo del plátano).

    En cualquier caso, una vez abordadas
    todas las posibles teorías acerca del origen y procedencia del Cuchillo
    Canario a las que hemos tenido acceso; particularmente,
    y tras una minuciosa investigación sobre ello, considero
    que el origen del Cuchillo Canario está en aquellos territorios peninsulares
    donde permanecieron los árabes después de finalizada la Reconquista. Para
    mayores señas, me atrevería a afirmar que se encuentra focalizado o localizado
    en las regiones de Toledo y Albacete, ciudades donde, como escribiera Martínez
    del Peral, la fabricación de los cuchillos proviene de los moriscos, hábiles
    artesanos en el labrado y tratamiento de los metales. El Dctor. Grau-Bassas,
    en su obra "Usos y Costumbres de la Población Campesina de Gran Canaria",
    escribía "los cabos de los cuchillos tienen un hermoso aspecto llenos
    completamente de embutidos de gusto árabe
    ". Por otro lado, conocemos que
    en Canarias, según una factura fechada en abril de 1892 donde fueron recogidos
    todos lo objetos que se llevaron desde Guía de Gran Canaria a la Exposición
    Fiesta de las Flores (lugar donde se daban cita lo más destacados artesanos de
    la época) celebrada en Las Palmas de Gran Canaria, ha sido siempre algo
    habitual la importación de hojas de cuchillo procedentes de la Fábrica de
    Toledo. Así, en dicha factura puede leerse, entre otras cosas, que "D. José
    Batista y González
    (padre del insigne cuchillero guiense "Maestro Vicente
    Batista) llevó tres cuchillos, de los cuales, dos de ellos eran con hoja
    del país y cabo de cuerno e incrustaciones en plata; y el tercero de ellos,
    con hoja de la Fábrica de Toledo con incrustaciones en oro y plata".

    Dicho lo cual, a mi juicio, el Cuchillo Canario es simplemente el resultado de
    la evolución sufrida en las islas por el Cuchillo Hispanoárabe que en Canarias
    fue modificado como consecuencia de las nuevas tareas que tendría que
    desempeñar (cultivo del plátano, picado para los animales…). Este cuchillo
    mudéjar fue introducido en el Archipiélago con la llegada de los propios
    conquistadores castellanos, así como, por la gran afluencia de comerciantes y
    mercaderes foráneos venidos a nuestra tierra. Según el prof. Lobo Cabrera,
    desde el s.XVI existen noticias de la presencia en Canarias de armas blancas
    de procedencia peninsular. Concretamente, nos habla de "una espada
    toledana, una daga, cinco navajas y treinta cuchillos de cabos prietos"

    que en el año 1570 son enviadas a Las Palmas de Gran Canarias desde la
    provincia de Cádiz. Así las cosas, todo cabe indicar que desde entonces el uso
    del Cuchillo Hispanoárabe, como ocurriera siglos atrás en las principales
    ciudades españolas, se hizo bastante popular entre la población insular. Con
    el transcurrir de los tiempos, este tipo de cuchillo de ascendencia morisca
    fue modificando algunos de sus elementos definitorios para ser sustituidos por
    otros realizados por nuestros artesanos locales con la intención de satisfacer
    las necesidades del hombre canario. El proceso evolutivo o modificador fue
    bastante duradero, pues hasta aproximadamente mediados del s.XIX no puede
    hablarse de un Cuchillo Canario propiamente dicho o definido por completo. El
    prof. Sosa Álamo, respaldando aún más nuestra teoría, escribe "es muy
    posible que en un principio el origen del Cuchillo Canario fuese Toledo; y que
    luego enraizó en nuestra isla, donde ha pasado a formar parte de nuestro
    acervo cultural, y donde ha quedado y permanece".
    La británica Olivia
    Stone, a su paso por la ciudad grancanaria de Telde, debió encontrar buena
    prueba de ello, ya que su libro de viajes está ilustrado con un Cuchillo
    Canario que, dada su similitud, podría ser fácilmente confundido con una Faca
    toledana o con un Cuchillo albacetense. Por último, el estudioso José Antonio
    Pérez Cruz, en su obra sobre la vestimenta tradicional grancanaria, recoge
    "el cabo, como parte más considerada del naife, ofrece una interminable gama
    de dibujos de inspiración árabe o morisca…"
    En la actualidad, el Cuchillo
    Canario aún conserva muchos de aquellos primitivos rasgos de marcada
    ascendencia hispanoárabe, morisca, mudéjar, musulmana o peninsular (motivos
    florales o vegetales, jaqueados, dameros, ajedrezados…), pues, como dice el
    refranero popular, "por más que se quiera, nadie puede negar su raza".

    Si más, a modo de conclusión final,
    considero que el origen y procedencia del Cuchillo Canario se encuentra en los
    árabes que tras la Reconquista se establecieron en las ciudades de Toledo y
    Albacete; no obstante, lo verdaderamente importante es que a día de hoy
    podemos hablar de él como algo nuestro, como algo que ha pasado de generación
    en generación, como algo con lo que todos nos sentimos identificados, como
    algo digno de admiración…; en definitiva, como el Cuchillo de Canarias, o si
    se me permite la expresión, de la Isla de la Gran Canaria.

    NOTA: LOS
    CUCHILLOS CANARIOS QUE ILUSTRAN EL PRESENTE TRABAJO PERTENECEN A LA COLECCIÓN
    PARTICULAR DEL AUTOR.

    BIBLIOGRAFÍA

    1) Corominas, Joan:
    "Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana".
    Madrid, 2003.

    2) Donoso-Cortés, Ricardo;
    Martínez del Peral y Fortón,
    Rafael y Alonso Gargallo, Pilar:
    "
    Una Mirada a la Historia de la Cuchillería de Albacete".
    Albacete, 1994.

    3) González, Hilario:
    "La Fábrica de Armas Blancas de Toledo".
    Valencia, 1996.

    4) Grau-Bassas, Víctor: "Usos
    y Costumbres de la Población Campesina de Gran Canaria".
    Las Palmas, 1980.

    5) Lobo Cabrera, Manuel: "Gran
    Canaria e Indias durante los primeros Austrias".
    Madrid, 1990.

    6) Martínez del Peral y Fortón,
    Rafael: "Las Armas Blancas en España e Indias". Madrid, 1992.

    7) Martínez del Peral y Fortón,
    Rafael: "Los Cuchilleros de Albacete en los siglos XVII y XVIII".
    Madrid, 1993.

    8) Morera, Marcial:
    "Diccionario Histórico Etimológico del Habla Canaria".
    Islas Canarias,
    2001.

    9) Mouret, Jean-Noël: "El
    Mundo de los Cuchillos".
    Barcelona, 1996.

    10) Noiret, Michel: "Cuchillos
    y Navajas".
    Barcelona, 2000.

    11) Ocete Rubio, Rafael: "Las
    armas Blancas en España".
    Madrid, 1988.

    12) Pascual, Mariana (de) y
    Sánchez Ferrer,
    José: "Cuchillería, Arte y Patrimonio de Castilla La
    Mancha".
    Albacete, 2004.

    13) Pérez Cruz, José Antonio:
    "La Vestimenta Tradicional en Gran Canaria".
    Las Palmas de Gran Canaria,
    1996

    14) Sach, Jan: "Enciclopedia
    ilustrada de las Armas Blancas".
    Madrid, 1999.

    15) Sánchez Ferrer, José:
    "Introducción al Estudio de la Cuchillería Artística de Albacete".

    Albacete, 2001.

    16) Sosa Álamo, Sebastián:
    "Catálogo de la Exposición sobre el Cuchillo Canario celebrada en el Casino de
    Las Palmas".
    Las Palmas", 1998.

    17) Stone, Olivia: "Tenerife y
    su Seis Satélites".
    Las Palmas, 1995.

     

    Otras fuentes consultadas

    18) Archivo particular de Alejandro C.
    Moreno y Marrero.

    19) Fondo Documental Pedro Bautista
    Hernández (Archivo Municipal de Guía de Gran Canaria).

     

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


    El Cuchillo Canario: tradición e identidad

    DOCUMENTOS
    DE INTERÉS PARA 

    GUÍA DE GRAN CANARIA

     

    EL CHUCHILLO
    CANARIO: TRADICIÓN E IDENTIDAD

     

     


    Por ALEJANDRO C. MORENO Y MARRERO


    Santa María de Guía, Diciembre de 2005

    El Cuchillo Canario ha sido
    desde antaño una herramienta indispensable para el agricultor y ganadero
    grancanario. Su origen está en las Industrias cuchilleras de Toledo y
    Albacete, ciudades donde se establecieron los árabes una vez finalizada la
    Reconquista. Muchos autores consideran que el Cuchillo Canario es adoptado
    por la población insular como complemento a su vestimenta desde el s.XVIII;
    sin embargo, otros investigadores sostienen que realmente su presencia en
    Canarias no se remota más allá de mediados del s.XIX (inicios del cultivo
    del plátano). La localización geográfica de sus fabricantes siempre estuvo
    relacionada con el platanar (Guía, Gáldar, Arucas y Telde). Con el
    transcurrir de los tiempos el Cuchillo Canario ha pasado de ser aquel
    instrumento íntimamente ligado al ajuar de nuestros abuelos a ser
    considerado una verdadera pieza de orfebrería. En la actualidad, tenemos
    el honor de contar con un gran elenco de maestros cuchilleros que nos
    garantizan la total y absoluta pervivencia en las islas de esta tan
    arraigada tradición. Así, el Cuchillo Canario, erróneamente llamado
    “naife”, se configura como uno de los más importantes símbolos de nuestra
    identidad y/o cultura popular canaria, una cultura que entre todos hemos
    hecho y de la cual debemos sentirnos inmensamente orgullosos.

                                                                                                               
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    ALEJANDRO C. MORENO Y MARRERO

    nace en la ciudad de Gáldar.
    Cursa sus primeros estudios en el C.P. Antonio Padrón de Gáldar.
    Posteriormente, prosigue su formación académica en el I.B. Saulo Torón del
    mismo municipio, donde tiene como profesores a Antonio J. Cruz y Saavedra
    y a Celso Oliva Sosa. Todo ello lo combina con los estudios de piano y
    guitarra en la Escuela Municipal de Música de Gáldar, y luego en la
    Escuela Municipal de Música de Santa María de Guía, donde recibe clases de
    manos de los profesores Víctor Batista y

    Es miembro de la Tertulia Agustín Espinosa, así como autor de varias
    publicaciones: "Maestro Vicente Batista Léon y su contribución al mundo de
    la cuchillería en Canarias" (2003, infonortedigital); "El monumento al
    Cuchillo Canario" (2004, Infonortedigital); "Pequeña historia de los
    papagüevos de Guia de G.C." (2004, Infonortedigital); “Los títulos
    nobiliarios de Castilla que radican en las Islas Canarias" (2005,
    Infonortedigital); "Origen y procedencia del Cuchillo Canario" (2005,
    Infonortedigital); "El Cuchillo Canario, arte popular" (2005, Revista
    digital BienMesabe) y "Consideraciones generales sobre el Cuchillo
    Canario" (2005, Revista de etnografía El Pajar). Ahora, nos presenta su
    último trabajo titulado ”Estudio Jurídico del Cuchillo Canario".

    También es Director de www.CuchilloCanario.com , cuchillólogo,
    especialista y coleccionista de Cuchillos Canarios (posee una colección de
    alrededor de unas 70 piezas de los siglos XIX, XX y XXI).

    En la actualidad, cursa estudios de Derecho en la Facultad de Ciencias
    Jurídicas de la Universidad de Las Palmas de G.C.

    Lleva varios años preparando la publicación de un minucioso trabajo de
    investigación sobre el Cuchillo Canario que muy pronto saldrá a la luz.

    Otras fuentes consultadas

    18) Archivo particular de Alejandro C.
    Moreno y Marrero.

    19) Fondo Documental Pedro Bautista
    Hernández (Archivo Municipal de Guía de Gran Canaria).

    -----------------------------------


    EL CANÓNIGO GORDILLO, MI PARIENTE.
    Miércoles 07 de Diciembre de 2005

    En las siguientes líneas, como curiosidad, trataré de
    exponer grosso modo el resultado obtenido de una pequeña investigación
    acerca de una de las ramas de mi familia; pues, felizmente, he logrado
    averiguar que estoy emparentado con el ilustre personaje dieciochista
    D. PEDRO J. GORDILLO y RAMOS,
    quién, como todos sabemos, fuera
    Presidente de las Cortes de Cádiz de 1812. Dña. Inés Gordillo y Ramos
    (hermana del Canónigo) casó con D. Agustín Luján (pariente del prestigioso
    imaginero José Luján Pérez). De este matrimonio nace Dña. Juana Luján
    Gordillo, casada con su primo D. Juan Gordillo. Hijo de este casamiento
    fue D. José Luján Gordillo, quien casó con Dña. Antonia Vitoria
    (descendiente de D. Juan de Vitoria y Vélez, suegro del Capitán Quesada).
    De este matrimonio nació D. Cayetano Gordillo Vitoria, quien casó con Dña.
    Dolores Lucía Vega Bermúdez. Hijo de este casamiento fue D. Cayetano
    Gordillo Vega, matrimoniado con Dña. Matilde Martell Pérez. De este enlace
    nació Dña. Cristobalina Gordillo Martell casada con D. Luís Norberto
    Marrero Bolaños. Hija de este matrimonio sería Dña. María del Carmen
    Marrero Gordillo, quién casó con D. Manuel Moreno Miranda. Finalmente,
    fruto de este casamiento nace

     Alejandro C. Moreno y Marrero

    FUENTE:
    WWW.INFONORTEDIGITAL.COM

     

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


    Texto íntegro del amplio suplemento que le dedicó el periódico LA PROVINCIA

    IN MEMORIAM HOMENAJE A UN
    HISTÓRICO DEL PERIODISMO CANARIO: Falleció Santiago Betancort Brito

    La despedida emocionada de algunos de sus
    mejores amigos



    Portada
    del diario LA PROVINCIA
    del 18 de enero
    de 2006


    El último adiós
    .
    Información de LA PROVINCIA del 19 de enero de 2006

    El último APUNTE

    de Santiago para CANAL 9 TELEVISIÓN


    Pasión por el
    periodismo
    .
    Por Amado Moreno

     


    Gran
    periodista, amigo inolvidable.
      Por Guillermo
    García-Alcalde

    Hasta luego, querido amigo.
    P
    or Lorenzo Olarte

    Pura sangre del periodismo. Por Antonio Cruz Domínguez


    In
    Memoriam, Santiago
    .
    Por Onelio Ramos

    Hasta siempre, Santiago. Por Pedro González Sosa

    Un maestro, uno de los imprescindibles.
    Por Santiago Gil

    Dejas tu impronta en nuestras vidas. Por José Abraham Domínguez

    Santiago Betancort Brito, el apunte de un adiós. Por Juan José
    Laforet

    Luto en la docencia. Por José Manuel Vega

    Santiago, adiós amigo. Por Sebastián Sarmiento Domínguez

     


    SUPLEMENTO PUBLICADO POR

    LOS DÍAS
    18, 19 Y 20 DE ENERO DE 2006

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


    Los títulos nobiliarios que radican en Canarias

    DOCUMENTOS
    DE INTERÉS PARA 

    GUÍA DE GRAN CANARIA

    LOS TÍTULOS NOBILIARIOS DE CASTILLA

    QUE RADICAN EN LAS ISLAS CANARIAS

     

    Por ALEJANDRO C.
    MORENO Y MARRERO.

    Estudiante de
    Derecho, U.L.P.G.C.

    Guía,
    a 7 de diciembre de 2004.

         
    Como su propio nombre indica, el propósito de este estudio es abordar de forma
    ordenada y cronológica todos y cada uno de los títulos nobiliarios concedidos
    por los monarcas españoles a las Islas Canarias. Así, quien no ha escuchado
    hablar alguna vez de la Torre de los Condes de la Gomera, la generosidad y
    valor de D. Agustín de Herrera y Rojas (Marqués de Lanzarote), la famosa
    Tertulia de Nava (reunida en torno al palacio lagunero de D. Tomás de Nava-Grimón,
    Marqués de Villanueva del Prado), el radical Marqués de la Florida (D. Luís
    Benítez de Lugo y Benítez de Lugo), el máximo responsable de la fundación de
    la Universidad de La Laguna (D. Antonio Porlier y Sobranis, Marqués de
    Bajamar), el precursor de la Ilustración en Canarias (D. Cristóbal del Hoyo
    Solórzano, Marqués de San Andrés y Vizconde de Buen Paso), el patrimonio del
    Conde de la Vega Grande, la actividad cívica de D. Valeriano Weyler y Nicolau
    (Marqués de Tenerife), la intachable trayectoria política de D. Fernando León
    y Castillo (Marqués del Muni) o los hermosos jardines de la Marquesa de Arucas
    (Dña. Rosario Massieu y Fernández del Campo, recientemente fallecida). Sin más
    dilación, de todo ello y mucho más versará, a grandes rasgos, nuestro trabajo
    de hoy.   

        
    La noticia más antigua que se
    conoce acerca de la existencia de personas investidas en honores y
    preeminencias sociales para dar esplendor al trono de los reyes, la
    encontramos en la monarquía visigoda, así como en las posteriores monarquías
    formadas con el fenómeno de la Reconquista. Este conjunto de personajes
    áulicos que rodea al monarca, denominados en los textos de la época con el
    nombre de Aula Regis o Palatium Regis, representará lo que en la Edad Moderna
    serían los "Grandes de España".

         A partir del s.XII estos
    altos dignatarios, conocidos hasta entonces en Castilla y León como magnates,
    y en Cataluña, Aragón y Navarra como barones, comienzan a ser designados con
    el calificativo de "ricos hombres" (hombres poderosos). En su calidad de
    nobles de elevada posición, gozaban de numerosos privilegios, tales como
    exenciones tributarias, jurisdicción de mixto imperio en sus dominios y
    atribuciones para efectuar reclutamientos de huestes militares propias. Se
    trataba de prestar servicios al monarca por vínculo de vasallaje, y ser
    servidos, a su vez, por sus propios vasallos (nobles de inferior jerarquía
    llamados infanzones o caballeros).

         Por aquellos servicios,
    principalmente de carácter castrense, prestados por los ricos hombres a sus
    monarcas, eran recompensados con el usufructo o propiedad perpetua de grandes
    dominios territoriales en los que ejercían poderes quasi plenos. En estos
    señoríos, tenían potestad para administrar justicia (excepto en última
    instancia, ya que los reyes se guardaban el derecho de apelación de la Corona)
    e instituir patronatos eclesiásticos con la prerrogativa de intervenir en la
    designación de los ministros de culto que habían de hacerse cargo de iglesias
    y capellanías en los territorios que el rey les había concedido. 

         Los ricos hombres, llegaron
    a constituir un auténtico grupo social que a comienzos de la Edad Moderna pasa
    a ser denominado "Grandeza de España". Formaban la jerarquía superior del
    estamento nobiliario titulado. De entre sus muchos privilegios, podríamos
    destacar: ocupar determinados cargos en el llamado servicio de etiqueta de la
    Corte, tener derecho a acudir siempre en calidad de jefes a las campañas
    castrenses en las que tomaran parte, preceder a los prelados en las ceremonias
    y tener libre acceso en el Real Palacio.

         Con el beneplácito de los
    monarcas, los Grandes de España alcanzaron un boato muy similar al regio,
    llegando a mantener en torno a ellos verdaderas cortes paralelas a la de los
    soberanos. Esta posición, a pesar de ser simplemente honorífica, llevaba
    consigo una preeminencia política y unas ventajas económicas que explican el
    hecho de que durante el llamado Antiguo Régimen fuesen los Grandes de España
    los que detentaron los resortes de la gobernación, puesto que, en gran medida,
    de ellos dependía que los monarcas nombrasen para altos cargos castrenses o
    administrativos a nobles de menor jerarquía, o incluso, a personas no
    pertenecientes al estamento nobiliario, pero vinculados unos y otros por algún
    lazo de parentesco o servilismo.    

         Desde finales del s.XV, se
    han empleado en nuestro país las expresiones "ricos hombres" y "grandes de
    España" la una como sinónimo de la otra. La tradición ha considerado a Carlos
    I de España, al ser coronado Emperador de Alemania en 1520, quién dio al
    término de "grande" un reconocimiento legal; sin embargo, no ha sido posible
    encontrar el Real Decreto emanado de la voluntad del monarca donde se recoja
    la creación de esta "Grandeza Española".

         En Canarias, la llamada
    clase privilegiada se forma en torno a los grandes señores de las Islas de
    Señorío; y a los conquistadores castellanos más relevantes (Castillo, Vergara,
    Benítez, Lope Fernández, Sotomayor, Fierro), los miembros pertenecientes a
    destacados "albergo" genoveses (Ponte, Sobranis, Lercaro-Justiniani, Rizo,
    Grimaldi) y un minoritario grupo de mercaderes flamencos (Monteverde, Massieu,
    Van de Walle) de las Islas Realengas. Todos ellos tenían en común la riqueza y
    el ejercicio del poder. Esta riqueza provenía, en unos casos, de importantes
    fortunas adquiridas antes de su llegada al Archipiélago; y en otros, del
    beneficio de los grandes repartimientos. Con el paso del tiempo, este conjunto
    tan heterogéneo fue cohesionándose hasta crear una verdadera nobleza local.
    Los medios para lograrlo fueron, entre otros, la fijación de un estatuto
    privilegiado, la creación de linajes mediante la institución del mayorazgo y
    la transmisión hereditaria de cargos. El tránsito de la aristocracia canaria a
    la verdadera nobleza se produce al generalizarse la transmisión hereditaria de
    cargos y honores; así como, la vinculación de los bienes patrimoniales al
    mayorazgo. En cualquier caso, la consolidación de esta clase social se ha
    solido identificar con el establecimiento obligatorio de lazos familiares
    entre sus miembros, proceso endogámico bastante habitual entre el patriciado
    de la Baja Andalucía.

         La primera referencia
    nobiliaria que radica en Canarias de la que se tiene conocimiento fidedigno es
    la de Condes de la Gomera. Este título fue concedido en 1487 por los
    Reyes Católicos a D. Diego García de Herrera y a su esposa Dña. Inés Peraza de
    las Casas, Señores de las Islas Canarias. De un lado, D. Diego de Herrera, I
    Conde de la Gomera, era hijo de D. Pedro García de Herrera, Rico-ome (léase
    rico hombre) y Mariscal de Castilla, Señor de Ampudia y Capitán General de
    Xeréz de la Frontera, y de Dña. María de Ayala, Señora del Estado y de la Casa
    de Ayala; y de otro, Dña. Inés Peraza de las Casas, I Condesa de la Gomera,
    había nacido fruto del matrimonio entre Hernán Peraza (el Viejo) y Dña. Inés
    de las Casas. La actividad desplegada por Diego de Herrera, en representación
    y defensa de los derechos señoriales de su esposa (hija y heredera de Hernán
    Peraza), fue bastante continuada y enérgica. Su primera acción importante fue
    la recuperación de Lanzarote, cuyos vecinos, tras desalojar a los portugueses
    en 1450, se habían alzado contra el señorío pidiendo su pase al realengo.
    Pacificadas las islas conquistadas, Herrera realizó diversas incursiones en
    Gran Canaria y Tenerife, levantando torres en Añaza (actual Puerto de la Cruz,
    Tenerife) y Gando (Gran Canaria). Desde 1459, las pretensiones portuguesas le
    obligaron a defender el señorío. Ese mismo año el Capitán luso Diego de Silva
    atacó Lanzarote y Gran Canaria, sin embargo, logró saldar ese episodio con el
    casamiento de Silva con su hija María de Ayala. Según la historiografía, el
    mandato de Diego de Herrera se caracterizó por su dureza con los hombres del
    señorío. La Corona, finalmente, decidió pasar a la conquista de las restantes
    islas, comprando los derechos que los Herrera-Peraza tenían sobre ellas. El
    título de Conde de la Gomera es confirmado, según Real Decreto de 18 de julio
    de 1670, en favor de D. Guillén Peraza de Ayala y Rojas, por la Reina
    Gobernadora Dña. Mariana de Austria. El 2 de octubre de 1985 se expidió carta
    de sucesión en favor de Dña. María Cotoner y Martos, hermana del Marqués de
    Adeje.

         Las mercedes de Conde
    y Marqués de Lanzarote son otorgadas, según Reales Decretos de 9 de
    septiembre de 1567 y de 1 de mayo de 1584, respectivamente, a D. Agustín de
    Herrera y Rojas, Señor de Lanzarote y Fuerteventura, por Felipe II. Según
    Viera y Clavijo, nuestro más ilustre historiador, D. Agustín de Herrera
    "estaba adornado de méritos personales que le hacían digno de mandar todas las
    Canarias y no era incapaz de conquistarlas de nuevo". Era hijo de D. Pedro
    Fernández de Saavedra y Dña. Constanza de Sarmiento. Casó en primeras nupcias
    con Dña. Inés Benítez de las Cuevas, hija de D. Pedro Ponte, de quien no tuvo
    descendencia. Con la lanzaroteña Bernardina de Cabrera tuvo dos hijas
    ilegítimas, llamadas Juana y Constanza de Herrera, casada esta última con D.
    Gonzalo Argote de Molina. En 1588 contrajo matrimonio en Madrid con Dña.
    Mariana Henríquez Manrique de la Vega, de quien tuvo un hijo que detentó su
    mismo nombre y le sucedería en el señorío. De su actividad político-militar
    podemos destacar: sus constantes entradas en Berbería y su mando en Madeira
    como Capitán General de esa Isla. D. Agustín de Herrera y Rojas se presenta
    como una de las figuras más sobresalientes en la historia de las islas
    señoriales. Viera y Clavijo dice, nuevamente, de él "fue este personaje un
    caballero dotado de todas las excelentes cualidades que hacen el verdadero
    mérito de un hombre de mundo, y quizá ningún canario le excedió en
    generosidad, en valor, en grandeza de alma, en nobleza de pensamientos, en
    actividad y conducta". Su muerte tiene lugar en Teguise (Lanzarote) en 1598.
    El título Marqués de Lanzarote se expidió, mediante carta de sucesión, el 24
    de febrero de 1967 en favor de D. Luís Benítez de Lugo y Massieu, hijo de D.
    Luís Benítez de Lugo y Ascanio (Marqués de la Florida) y Dña. Rosario Massieu
    y Fernández del Campo (Marquesa de Arucas), recientemente fallecida.

         El título de Marqués de
    Celada
    es concedido, según Real Decreto de 8 de septiembre de 1614, a D.
    Alonso Fernández de Córdoba y Figueroa, Mayordomo Mayor del Rey y Comendador
    de la Orden de Calatrava, por S.M. el Rey Felipe II. D. Alonso Fernández de
    Córdoba, I Marqués de Celada, era hijo del Marqués de Villafranca y la
    Marquesa de Priego. El 16 de marzo de 1956 se expidió carta sucesoria en favor
    de D. Diego Benítez de Lugo y Ascanio (hermano del Marqués de la Florida)
    casado con la Marquesa de Ibarra, Dña. María Ascanio y Poggio.   

         Hasta 1640, los monarcas
    españoles fueron poco generosos a la hora de otorgar la dignidad de la
    grandeza (si bien debemos decir que cuando accede al trono Felipe II, los
    primitivos grandes que había en España hasta entonces llegaron a duplicarse),
    pero a partir del citado año, coincidiendo con el máximo apogeo de esta clase
    social, los reyes Felipe IV primero, y Carlos II después, se mostrarían
    bastante pródigos en otorgar "Grandezas de España".

         En el año 1666 se conceden
    a Canarias varias dignidades nobiliarias.

    En primer lugar, el título de
    Marqués de Adeje
    (léase también Adexe), concedido, según Real Decreto de
    15 de abril de 1666, a D. Juan Bautista de Ponte-Fonte y Pagés, Maestre de
    Campo y Alcaide del Castillo de Adeje, por el monarca Carlos II. El 31 de mayo
    de 1994 se expidió carta de sucesión en favor de D. Nicolás Cotoner y Martos,
    hermano de la Condesa de la Gomera.

    En segundo lugar, el de
    Marqués de Acialcázar
    , concedido, según Real Decreto de 16 de abril de
    1666, a D. Baltasar López de Vergara y Grimón, Señor de la Villa de Acialcázar,
    por  Carlos II. El 10 de julio de 1953 se expidió carta de sucesión en favor
    de D. Gonzalo de Quintana y Nelson.

    En tercer y último lugar, el de
    Marqués de Villanueva del Prado, concedido, según Real Decreto de 16 de
    noviembre de 1666, a D. Tomás de Nava y Grimón, Regidor Perpetuo de la Isla de
    Tenerife, por Carlos II. Entre los personajes más importantes de esta casa
    nobiliaria hay que destacar la figura de D. Tomás de Nava-Grimón y Porlier
    (1734-79), V Marqués de Villanueva del Prado. Era hijo de Pedro Antonio de
    Nava-Grimón y Aguilar (IV Marqués de Villanueva del Prado) y de su esposa Dña.
    Felipa Magdalena Porlier y Sopranis (hermana del que luego sería I Marqués de
    Bajamar). D. Tomás de Nava-Grimón y Porlier fue Regidor Perpetuo del Cabildo
    Tinerfeño y Diputado de la Corte. Pertenecía al grupo de los canarios
    ilustrados. Su contribución a la cultura en las islas fue bastante
    enriquecedora: era el anfitrión de la conocida Tertulia de Nava, conjunto de
    sabios reunidos en torno a su palacio de Santa Catalina (La Laguna) que
    pasaron de comentar los sucesos cotidianos de la ciudad a las discusiones
    sobre sus estudios, lecturas e ideas; y el impulsor de la Real Sociedad
    Económica de Amigos del País de Tenerife. No menos importante fue su hijo D.
    Alonso de Nava-Grimón y Benítez de Lugo (1759-1832, VI Marqués de Villanueva
    del Prado), considerado uno de los más significativos oligarcas canarios. D.
    Alonso de Nava-Grimón, poseedor de una vasta cultura y viajero por Francia y
    España, fue un teórico del mercantilismo y el verdadero artífice del Jardín
    Botánico de La Orotava; así como Presidente de la Junta Suprema de 1808, donde
    expresó como nadie los postulados reformistas y los límites de su grupo
    social. El título de Marqués de Villanueva del Prado se expidió, mediante
    carta de sucesión, el 22 de octubre de 1968 en favor de D. Manuel de Quintana
    y Sáenz.

         La dignidad de Marqués
    de Torre Hermosa
    es concedida, según Real Decreto de 5 de agosto de 1671,
    a D. José de Mesa y Llarena Lugo-Calderón, Caballero de Calatrava y Regidor
    Perpetuo de la Isla de Tenerife, por Carlos II. El 18 de febrero de 1970 se
    expidió carta de sucesión en favor de D. Leopoldo Cólogan y Osborne, Marqués
    de la Candia.

         La merced de Marqués de
    la Fuente de Las Palmas
    es concedida, según Real Decreto de 16 de octubre
    de 1679, a D. Diego de Dotelo Jorba-Calderón Franiel Montes de Oca Henestrosa
    Ribera y Velásquez de Cuéllar, Caballero de Calatrava, por Carlos II. El 8 de
    enero de 1985 se expidió carta de sucesión en favor de D. Elicio Lecuona y
    Rodríguez.

          El título de Marqués de
    la Breña
    es concedido, por Real Decreto de 8 de noviembre de 1679, a D.
    Diego de Alvarado-Bracamonte y Vergara Crespo y Grimón por Carlos II. Según
    Fernández de Bethencourt, D. Diego de Alvarado, I Marqués de la Breña, era
    hijo homónimo del Gobernador de las islas de Tenerife y La Palma D. Diego de
    Alvarado Bracamonte. Fue Maestre de Campo de un tercio levantado en Canarias
    con destino a la defensa del Imperio de Europa y América, General de
    Artillería y Ministro del Consejo de Guerra. El título de Marqués de la Breña
    se expidió, mediante carta de sucesión, el 7 de mayo de 1969 en favor de Dña.
    María Salamanca y Laffite.

         El título de Marqués de
    Villafuerte
    es otorgado, por Real Decreto de 29 de noviembre de 1680, a D.
    Francisco de Molina y Lugo Llarena y Carrasco por D. Carlos II. El 20 de junio
    de 1904 se expidió carta de sucesión en favor de Dña. María del Carmen de
    León-Huerta y Cólogan.

         La dignidad de Marqués
    de la Florida
    es concedida, según Real Decreto de 24 de septiembre de
    1685, a D. Francisco del Hoyo y Calderón Lugo y Benítez de Vergara, Regidor
    Perpetuo de Tenerife, por Carlos II. En esta casa nobiliaria destaca
    sobremanera la figura de D. Luís Benítez de Lugo y Benítez de Lugo (1837-76),
    VIII Marqués de la Florida. El "radical Marqués de la Florida", como así lo
    denominara Marcos Guimerá Peraza, era hijo primogénito de D. Luís Jerónimo
    Benítez de Lugo y del Hoyo Solórzano (VII Marqués de la Florida, que había
    heredado el título de su padre D. Luís Bonifacio del Hoyo y Lugo Sotomayor) y
    Dña. Elena Benítez de Lugo y Urstusáustegui. El título de Marqués de la
    Florida se expidió, mediante carta de sucesión, el 20 de julio de 1940 en
    favor de D. Luís Benítez de Lugo y Ascanio (X Marqués de la Florida), casado
    con Dña. Rosario Massieu y Fernández del Campo, Marquesa de Arucas,
    recientemente fallecida.

         La merced de Conde del
    Valle de Salazar
    es concedida, según Real Decreto de 21 de enero de 1686,
    a D. Cristóbal Lázaro Salazar de Frías Espinosa Abarca del Hoyo y Alzola,
    Maestre de Campo y Caballero de Calatrava, por Carlos II. D. Cristóbal
    Salazar, I Conde del Valle de Salazar, nace en La Laguna el 31 de marzo de
    1645. Sus padres fueron D. Cristóbal de Frías Salazar y Dña. Inés Espinosa y
    Hoyos. En 1671 ingresó en la Orden de Calatrava. Desempeñó el cargo de
    Gobernador del Castillo de Sanlúcar de Barrameda. Casó con Dña. María de Ayala
    y Rojas, hermana del VIII Conde de la Gomera, de la que no tuvo descendencia
    alguna. Murió en Milán en 1716. El título de Conde del Valle de Salazar se
    expidió, mediante carta de sucesión, el 16 de marzo de 1925 en favor de Dña.
    Laura Salazar de Frías y Benítez de Lugo, Marquesa viuda de la Villa de San
    Andrés y Vizcondesa de Buen Paso.

         El título de Conde del
    Palmar
    es otorgado, por Real Decreto de 22 de noviembre de 1686, a D.
    Pedro de Ponte y Llarena Hoyo y Calderón por el monarca español Carlos II. D.
    Pedro de Ponte y Llarena, nacido en Garachico (La Palma), tomó parte en las
    campañas de Portugal y Flandes, haciéndose famoso por su audacia. El rey
    premió su servicio asignándole la Capitanía General de Tierra Firme y la
    presidencia de la Real Audiencia de Panamá, primero; y concediéndole el título
    de Conde del Palmar, después; a la vez que premiaba a su hermano con la
    concesión del marquesado de la Quinta Roja. El Gobierno de D. Pedro de Ponte y
    Llarena, I Conde del Palmar, se caracterizó por su intemperancia con las
    personas. Había intentado abusar de D. Cristóbal, I Conde del Valle de
    Salazar, de D. Juan del Hoyo, su propio primo y Marqués de Siete Fuentes, y de
    otros muchos caballeros de su alrededor. Nuestro mayor historiador D. José
    Viera y Clavijo escribe, en su Historia de las Islas Canarias, que a D. Pedro
    de Ponte y Llarena se le acusaba "la viva ansia de tomar dinero por todos los
    caminos posibles, costumbre que trajo de Panamá; dar los empleos militares y
    de rentas a los suyos; descuidar lo que le tocaba, por atender a lo que no era
    de su incumbencia, abuso que se halla en muchas partes". El título de Conde
    del Palmar se expidió, mediante carta de sucesión, el 28 de agosto de 1976 en
    favor de otro D. Pedro de Ponte y Llarena.

         La dignidad de Marqués
    de la Quinta Roja
    es otorgada, según Real Decreto de 17 de julio de 1689,
    a D. Cristóbal de Ponte y Juárez Llarena y Calderón, hermano del anterior, por
    S.M. el Rey Carlos II. El 9 de marzo de 1964 se expidió carta de sucesión en
    favor de D. José Augusto de Ponte y Méndez de Lugo.

         El título de Marqués de
    Bajamar
    (léase también Baxamar) es concedido en Perú, según Real Decreto
    de 12 de marzo de 1791, a D. Antonio Porlier y Sobranis Ruth y Dutaris, por el
    monarca español Carlos IV. D. Antonio Porlier, I Marqués de Bajamar, era hijo
    de D. Esteban Porlier, Cónsul de Francia en Tenerife, y de Dña. Rita de la Luz
    Sobranis. Nació en La Laguna en 1722. Después de una corta estancia en Sevilla
    (en compañía de su hermana mayor, la Marquesa de la Florida), regresa a su
    ciudad natal donde comienza sus estudios de Teología y Artes. En 1748 se
    licenció en Leyes por la Universidad de Salamanca. Posteriormente, marcha a
    Madrid donde trabó gran amistad con destacados intelectuales, a cuyas
    tertulias y salones concurrió demostrando en ellos las condiciones que
    atesoraba y le llevaron al puesto de Fiscal en la Real Audiencia de Lima
    (Perú). Luego, sería llamado a España para ocupar el cargo de Fiscal Supremo
    en el Real Consejo de Indias. Carlos III le concedió la cruz de Caballero de
    su Real Orden. En 1780 ascendió al puesto de Consejero de la citada Cámara,
    siendo en 1887 Secretario de Estado y del Despacho Universal de Gracia y
    Justicia de Indias (cargo equivalente al de un Ministro del Gobierno de hoy).
    En relación con las islas, D. Antonio Porlier había conseguido en 1792 que se
    concediera el derecho a una universidad (Universidad de La Laguna). El I
    Marqués de Bajamar pertenece a la segunda generación de ilustrados canarios.
    Según Marcos Guimerá Peraza, de sus retratos (no numerosos pero suficientes) y
    de su firma, se puede extraer que era un hombre de mucho carácter, de genio
    fuerte, de gran tesón y un temperamento muy nervioso. D. Antonio Porlier fue
    miembro de las Reales Academias de la Lengua Española, de la Historia de
    España y de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. La Real Sociedad
    Económica de Amigos del País de Tenerife lo designó su Director, cargo que
    desempeñó durante varios años. Se ha considerado a Porlier un excelente
    representante de las virtudes cívicas e intelectuales, por las que se
    distinguió en una época muy complicada y en la que también se hicieron famosos
    otros ilustres canarios. Fue un gran patriota, un hombre digno y trabajador
    que vio ensombrecidos los últimos años de su vida por la tormentosa situación
    política, en la cual, por su alto cargo, se vio envuelto (fallece en 1813). El
    título de Marqués de Bajamar se expidió, mediante carta de sucesión, el 10 de
    octubre 1974 en favor de D. Antonio Francisco de Paula Porlier y Jarava.

         El título de Conde de
    Siete Fuentes
    es concedido, por Real Decreto de 18 de septiembre de 1698,
    a D. Juan del Hoyo Solórzano y Sotelo Gallegos y Jorba, Caballero de
    Calatrava, por S.M. el Rey Carlos II. D. Juan del Hoyo Solórzano, I Conde de
    Siete Fuentes, era hijo de D. Gaspar del Hoyo Solórzano y Dña. Ana Jacinta de
    Sotomayor; y hermano de D. Cristóbal del Hoyo y Solórzano (I Marqués de la
    Villa de San Andrés y Vizconde de Buen Paso). Casó con Dña. Ana Sánchez. Fue
    Capitán de Fragata y Gobernador del Castillo de La Habana, donde residió por
    un período cercano a los veinte años. El título de Conde de Siete Fuentes se
    expidió, mediante carta de sucesión, el 8 de noviembre de 1963 en favor de D.
    Ildefonso Salazar y Frías del Hoyo Solórzano.

         Con los albores del s.XVIII,
    y la llegada de Felipe V, primer monarca de la Dinastía Borbón en el trono
    español, se situará en 113 las grandezas otorgadas en España, número
    considerable que la gratitud de dicho soberano se encargaría de incrementar.
    De estas 113 grandezas, serían alrededor de unas 16 las que, hasta entonces,
    radican en las Islas Canarias.

         Las dignidades de
    Marqués de la Villa de San Andrés
    y Vizconde de Buen Paso
    recaerían, según Real Decreto de 10 de febrero de 1708, en la persona de D.
    Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor Alzola y Fonte Topete y Massieu,
    concedidas por S.M. el Rey D. Felipe V. D. Cristóbal del Hoyo Solórzano, I
    Marqués de San Andrés y Vizconde de Buen Paso, fue un espíritu inquieto,
    resuelto, curioso, rebelde..., pero sobre todo, el verdadero precursor de la
    Ilustración en Canarias. Nace el 31 de diciembre de 1677 en Tazacorte (La
    Palma). Sus padres fueron D. Gaspar del Hoyo, Caballero de la Orden de
    Calatrava y Capitán General de la Nueva Andalucía, y su esposa Dña. Jacinta
    Montemayor. Pasó su juventud en la isla de La Palma, donde hizo sus primeros
    estudios. Luego se trasladaría a Europa, recorriendo Inglaterra, Francia,
    Holanda, Portugal y España. Estuvo varios años residiendo en París disfrutando
    de la vida ociosa, disipada y libre de la nobleza de entonces. En 1716, cuando
    contaba 38 años de edad, regresa a su España y se instala en la isla de
    Tenerife, lugar donde habitaba una parte de su familia. Allí tuvo la desgracia
    de encontrase con su sobrina, la señorita Dña. Leonor del Hoyo, de la que se
    enamora con la ligereza propia de su carácter, y de quien perece ser, fue
    correspondido. Fijó entonces su residencia en Icod. La inclinación del Marqués
    de San Andrés a la implacable y sangrienta crítica que nada respeta, le había
    ocasionado graves disgustos con el clero, amigos e incluso con la Inquisición.
    El placer de decir chiste oportuno, para lo que poseían una gracia inimitable,
    le lanzó muchas veces en las más funestas imprudencias. En cualquier caso, el
    origen de sus futuras desgracias sería una carta que escribió a su sobrina y
    que enseñó a D. Lucas Conejero, Obispo de la Diócesis. D. Cristóbal del Hoyo y
    Solórzano, como consecuencia de ello, fue aprisionado una noche del 4 de
    diciembre de 1732 en uno de los más apartados calabozos del Castillo de Paso
    Alto, principal fortaleza del entonces lugar de Santa Cruz de Tenerife.
    Permaneció allí encerrado alrededor de unos 8 años, sin embargo, después de
    unas aventuras rocambolescas, logró escapar y pasar a la isla de Madeira.
    Desde ahí, pasó a Lisboa, para luego avecindarse en Madrid, en cuya ciudad
    contrae matrimonio y permanece unos 17 años. Finalmente, regresa de nuevo
    Tenerife, donde muere hacia 1762. D. Cristóbal del Hoyo y Solórzano es,
    posiblemente, el mejor poeta canario del s.XVIII (neoclasicismo en Canarias) y
    su prosa, por su vigor y originalidad, recuerda, según los expertos, al mejor
    Quevedo. El título de Marqués de la Villa de San Andrés se expidió, mediante
    Real carta de sucesión, el 20 de julio de 1979 en favor de D. Felipe del Hoyo
    y Machado. La merced nobiliaria de Vizconde de Buen Paso fue expedida,
    mediante carta de sucesión, el 15 de abril de 1983 en favor de Dña. María
    Adela del Hoyo-Solórzano y Lorenzo-Cáceres.

         El título de Marqués del
    Toro
    es otorgado en Venezuela, por Real Decreto de 26 de septiembre de
    1732, a D. Bernardo Rodríguez del Toro (nacido en Teror, Gran Canaria), por
    Felipe V. El 14 de agosto de 1975 se expidió carta sucesoria en favor de Dña.
    María Cristina Méndez y Morales.

         El título de Marqués de
    la Casa Boza
    es concedido en Perú, según Real Decreto de 11 de julio de
    1736, a D. Jerónimo de Boza Lima y Pacheco-Solís por S.M. el Rey D. Felipe V.
    D. Jerónimo de Boza Lima, I Marqués de la Casa Boza, nace en La Laguna en
    1683. Fue Caballero de la Orden de Santiago, Coronel de Caballería, Gobernador
    y Alcalde de Lima, donde muere en 1749. El título de Marqués de la Casa Boza
    se expidió, mediante carta de sucesión, el 6 de mayo de 1960 en favor de D.
    Francisco de Mendoza y Canaval.

         La merced de Marqués de
    la Candia
    es otorgada, según Real Decreto de 22 de abril de 1739, a D.
    Cristóbal Joaquín de Franchi y Benítez de Lugo, por Carlos III. D. Cristóbal
    de Franchi, I Marqués de la Candia y del Sauzal, nace en La Orotava en 1700.
    Como Coronel de los tercios aragoneses, intervino en 1736 en las Conquistas de
    Nápoles y Sicilia. Casó en Sevilla con Dña. Teresa Tous de Monsalve, hermana
    del III Marqués de Tous y de la Cueva del Rey. Alcanzó el grado de Teniente
    General. Fue Gobernador General de Castelnuovo, Capitán General de Granada,
    Inspector General de las Milicias de Canarias, Ministro en Dinamarca y
    Embajador en Portugal. Murió en Sevilla, sin descendencia, el 12 de agosto de
    1766. El marquesado de la Candia fue heredado por su sobrino D. Segundo de
    Franchi y Llarena. El título de Marqués de la Candia es confirmado, según Real
    Decreto de 2 de marzo de 1818, en favor de Dña. Rosalía Pía de Franchi y
    Villalba, por Fernando VII. El 23 de marzo de 1956 se expidió carta de
    sucesión en favor de D. Leopoldo Cólogan y Osborne, Marqués de Torre Hermosa.

         El título de Marqués del
    Sauzal
    es otorgado, por Real Decreto de 10 de febrero de 1745, a D.
    Cristóbal Joaquín Franchi y Benítez de Lugo, I Marqués de la Candia, por
    Felipe V. Como indicábamos al estudiar al Marqués de la Candia, D. Cristóbal
    de Franchi, murió en Sevilla sin descendencia, siendo  heredado el título de
    Marqués del Sauzal por su hermano D. Juan Bautista Franchi y Benítez de Lugo.
    El 4 de mayo de 1951 se expidió carta de sucesión en favor de D. Bernardo
    Cólogan y Ascanio.

         La merced de Marqués de
    la Casa Hermosa
    es concedido, según Real Decreto de 30 de octubre de 1766,
    a D. Francisco Mesa y Ponte Pagés Castilla y Machado por Carlos III. El 31 de
    diciembre de 1957 se expidió carta de sucesión en favor de Dña. Elvira
    García-Mesa y Aguado de Palma.

         La dignidad de Marqués
    de Guisla Guiselín
    es otorgado, por Real Decreto de 23 de junio de 1776, a
    Juan Domingo de Guisla y Boot Salazar de Frías y Abreu, Caballero de Santiago
    y Regidor de la Isla de La Palma, por Carlos III. El título de Marqués de
    Guisla Guiselín se expidió, mediante carta de sucesión, el 20 de agosto de
    1977en favor de D. Tomás Van de Walle y Sotomayor, nacido en Las Palmas de
    Gran Canaria en 1949 e hijo de D. Louis Van de Walle y Aguilar (Ingeniero
    Aeronáutico) y su esposa Dña. Mercedes de Sotomayor y Van de Walle.

         El título de Conde de la
    Vega Grande de Guadalupe
    es concedido, por Real Decreto de 23 de
    septiembre de 1777, a D. Fernando Bruno del Castillo Ruíz de Vergara y
    Castillo Cabeza de Vaca y Cairasco de Figueroa, por el monarca Carlos III. D.
    Fernando Bruno del Castillo-Ruíz de Vergara, I Conde de la Vega Grande, era
    hijo del célebre historiador D. Pedro Agustín del Castillo y Ruíz de Vergara
    (Alférez Mayor de Canarias, Regidor Perpetuo y Decano de su Ayuntamiento,
    Alcaide del Castillo de la Luz de Las Palmas, Corregidor y Capitán de Guerra
    de la Isla, Patrono del Convento de San Pedro Mártir) y de su esposa Dña.
    Jerónima del Castillo y Cabeza de Vaca. Casó con Dña. Luisa Amoreto Manrique,
    de la importante familia sureña de los Amoretos. En esta casa nobiliaria es de
    destacar la figura de D. Agustín del Castillo y Bethencourt, IV Conde de la
    Vega Grande, último Alférez Mayor de Gran Canaria y Caballero de Calatrava.
    Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1805. En su persona se ejemplifica el
    proceso de aburguesamiento de la terratenencia decimonónica. Se esforzó
    enormemente en para superar las formas caducas de explotación de la tierra y
    adaptar la economía rural al triunfante espíritu capitalista. Fue miembro de
    las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País de Santa Cruz de Tenerife
    y de Las Palmas de Gran Canaria. Siendo comisario regio de agricultura,
    promovió diversas actividades económicas como la cría del gusano de seda y la
    caña de azúcar. Como uno de los más significativos líderes del Partido
    Canario, tuvo una gran influencia política durante el período 1843-68: ejerció
    como Senador Vitalicio e influyó notablemente en la concesión de los Puertos
    Francos y en la división provincial de 1852. D. Agustín del Castillo muere, en
    1870, en la misma ciudad que le vio nacer. Según el escritor Domingo de
    Laguna, también es digno de mención su sobrino D. Cristóbal del Castillo y
    Manrique de Lara, canario de abolengo, inteligente, desprendido y, sobre todo,
    muy amante de su tierra. Este personaje nace en Las Palmas de Gran Canaria el
    14 de julio de 1818. Era hijo de D. Diego del Castillo y Bethencourt y de su
    esposa Dña. Elvira Manrique de Lara y Cabrera, de la poderosa línea de los
    lezonales de Fuerteventura. Por sus ideas conservadoras, y para la mejor
    defensa de los intereses de Gran Canaria, se afilió al partido cuya Jefatura
    era ejercida por D. Juan Bravo Murillo. En distintas elecciones fue Diputado a
    Cortes, recabando dos veces la división de provincia, y obteniendo, junto a su
    tío, el antes mencionado D. Agustín del Castillo, la beneficiosa concesión de
    los Puertos Francos, desde entonces existente en nuestro Archipiélago. D.
    Cristóbal del Castillo sería Diputado provincial en 1844 y Alcalde de Las
    Palmas de Gran Canaria en 1858. Casó en 1845 con su prima hermana Dña. Luisa
    Manrique de Lara y Manrique de Lara, hija de D. Agustín Manrique de Lara y del
    Castillo y de Dña. María de los Dolores Manrique de Lara y Cabrera. Formó con
    D. Antonio López Botas y su pariente D. Fernando León y Castillo (Marqués del
    Muni) un magnífico triunvirato político. Fue Caballero de Calatrava, Caballero
    Maestrante de la Real Caballería de Sevilla, y condecorado con la Cruz de la
    Orden de Isabel la Católica. Igualmente, fue Abogado de los Tribunales de
    Reino y Secretario honorario de la Reina Dña. Isabel II. D. Cristóbal del
    Castillo y Manrique de Lara fue un político sin tacha alguna y dejó tras de sí
    una estela de hombre recto, amante como el que más de Gran Canaria, a la que
    legó una enorme fortuna. Murió en Telde el 28 de febrero de 1871, sin haber
    dejado descendencia. El título de Conde de la Vega Grande de Guadalupe se
    expidió, mediante carta de sucesión, el 27 de agosto de 1977 en favor del D.
    Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna, casado con Dña. María del Carmen
    Benítez de Lugo y Massieu, hija del Marqués de la Florida (D. Luís Benítez de
    Lugo y Ascanio) y de Dña. Rosario Massieu y Fernández del Campo, Marquesa de
    Arucas, recientemente fallecida.

         La merced de Marqués del
    Buen Suceso
    es concedida, por Real Decreto de 14 de marzo de 1783, a D.
    Bartolomé Francisco Hernández Naranjo y Gutiérrez del Castillo (nacido en Las
    Palmas de Gran Canaria) por Carlos III.

         El título de Marqués de
    Santa Lucía
    es otorgado, según el Real Decreto de 1 de julio de 1819, a D.
    Francisco de Borja de León Molina Huerta y Graaf, Regidor Perpetuo de
    Tenerife, por S.M. el Rey D. Fernando VII. El 29 de abril de 1970 se expidió
    carta de sucesión en favor de D. Estanislao Brotons de Ascanio.

         La dignidad de Conde de
    Lucena
    es concedida, por Real Decreto de 25 de julio de 1847, a D.
    Leopoldo O´Donnel y Jorris por Isabel II. D. Leopoldo O´Donnell nació en Santa
    Cruz de Tenerife el 12 de enero de 1809. Sus padres fueron D. Carlos O´Donnell
    Anetham, Teniente de Rey, y Dña. Josefa Jorris, una cartagenera que había sido
    camarista de la Reina. Su infancia la pasó muy cerca de su padre y, según Ibo
    Alfaro (uno de sus biógrafos), desde muy joven se le entreveía una decidida
    tendencia a la carrera de las armas. En 1819 ingresa en el ejército con el
    grado de subteniente, desempeñando sus deberes en el Regimiento de Artillería.
    El 19 de abril de 1828 ascendió a Capitán. Casó con la catalana Dña. Manuela
    Bargés. La primera guerra carlista supondrá el desarrollo de una fulgurante
    carrera para nuestro personaje. Su destacado papel en esta empresa le permitió
    ser ascendido a Coronel de Infantería. Según Real Cédula de 5 de diciembre de
    1834, es galardonado con la Cruz Laureada de San Fernando. Tras un año
    apartado de los frentes de combate a causa de una herida sufrida, en 1835 fue
    elegido Comandante de la Guardia. En 1836 se le confió el mando del Regimiento
    de Gerona. Su gran actuación en la batalla de Unza contra los carlistas le
    supuso su segunda Cruz Laureada de San Fernando. Un año más tarde, por su
    comportamiento en Fuenterrabía e Irún, recibió la Gran Cruz de Isabel la
    Católica. El 7 de agosto de 1937, es designado General del Cuerpo del Ejército
    de la Costa Cantábrica. Ese mismo año, por sus proezas al mando de este
    cuerpo, es ascendido, a propuesta del General Espartero, a Mariscal de Campo.
    Con motivo de sus brillantes e ininterrumpidos servicios prestados a la Reina
    María Cristina en dicha Guerra, es nuevamente recompensado con la Cruz de San
    Fernando. En 1839 se le designa para el mando del Ejército del Centro y para
    Capitán General de los reinos de Aragón, Valencia y Murcia. Antes de finalizar
    1839 ya era Teniente General. No es fácil encontrar una carrera tan fulgurante
    como la suya en la historia militar española. En 1840, D. Leopoldo O´Donnell,
    por discrepancias con el Duque de la Victoria, se vio obligado a emigrar a
    Francia. Regresó a España en 1844 para ser nombrado Capitán General de La
    Habana. Las aspiraciones políticas de O´Donnell comienzan hacia 1851. El
    tinerfeño es nombrado Ministro de Guerra y forma un partido político llamado
    "Unión Liberal", que jugaría un papel importante en los años venideros. Así,
    constituido el Gobierno en torno a los dos personajes más importantes del
    momento, en el ámbito político fueron configurándose las diferencias
    doctrinales entre los progresistas que apoyaban a Espartero y los moderados de
    la Unión Liberal que seguían a O´Donnell. La falta de entendimiento entre
    ambos, llevó a Espartero a dimitir de su cargo quedando la presidencia en
    manos de general canario durante tres meses, siendo luego sustituido por
    Narváez. Sin embargo, ante las manifestaciones populares, la Reina se vio
    obligada a llamarlo de nuevo, manteniéndose en la presidencia del Gobierno
    hasta 1864. Después de cinco años en el gobierno, el desgaste se hizo
    ostensible. Los acosos llegaron incluso por parte de antiguos colaboradores,
    lo que, entre otras cosas, le hizo dimitir hacia 1863. Fue D. Leopoldo, gran
    amigo personal de Napoleón III, quien invitaba a menudo al matrimonio
    O´Donnell a su palacio de Compiegne. La muerte le sorprendió el 15 de
    noviembre de 1867. La Infanta Dña. Luisa Fernanda, cuñada de la Reina,
    escribió a su viuda lo siguiente: "la nación ha perdido un buen español, el
    Ejército un buen general y el trono constitucional, un baluarte para un día de
    peligro". Proféticas palabras, porque poco después Isabel II tuvo que
    abandonar España. El título de Conde de Lucena se expidió, mediante carta de
    sucesión, el 31 de diciembre de 1957 en favor de D. Hugo O´Donnell y Estrada.

         El título de Duque de
    Tetuán
    es concedido, según Real Decreto de 27 de abril de 1860, a D.
    Leopoldo O´Donnell y Jorris, I Conde de Lucena, por S.M. la Reina Dña. Isabel
    II. El 23 de marzo de 1953 se expidió carta de sucesión en favor de D.
    Leopoldo O´Donnell y Lara.

         El título de Marqués de
    Bérriz
    es otorgado el 6 de enero de 1876 por Carlos VII de Borbón,
    Pretendiente a la Corona Real, a D. Elicio Bérriz y Román. Nace en Santa Cruz
    de Tenerife en 1827. Fue Comandante del Departamento de la Habana, Director
    del Parque de Artillería y de la Escuela Militar de Tiro de Puerto Rico. En
    1873 obtuvo su retiro del Ejército, incorporándose ese mismo año al ejército
    carlista. Fue Comandante General de Vizcaya y Ayudante de Campo del
    pretendiente a la Corona Carlos VII de Borbón, quien le confirió el cargo de
    Secretario de Estado y Ministro de Guerra y la grandeza de Marqués de Bérriz.
    Finalizada la guerra emigró a Francia, acogiéndose en 1877 a la ley de
    amnistía. La protocolización del marquesado de Bérriz se exhibió ante el
    Cónsul General de España en Génova el 20 de febrero de 1957 en favor de D.
    Vicente de Cárdenas y Vicent.

         La dignidad de Conde de
    Madan
    es concedido en Cuba, por Real Decreto de 15 de octubre de 1880, a
    D. Agustín Madan y Madan, Licenciado en Leyes, por Alfonso XII. D. Agustín
    Madan, I Conde de Madan, era hijo de D. Joaquín Madan y Gutiérrez (nacido en
    La Habana) y de su esposa, a la vez que prima hermana, Dña. Josefa Madan y
    Lenard.

         El título de Marqués de
    Tenerife
    es otorgado, según Real Orden de 12 de octubre de 1887, a D.
    Valeriano Weyler y Nicolau por S.M. la Reina regente Dña. María Cristina de
    Austria. D. Valeriano Weyler, I Marqués de Tenerife, nace en Palma de Mallorca
    el 17 de septiembre de 1838. Era hijo del médico madrileño D. Fernando Weyler
    y Laviña. Fue Capitán General de Canarias, Baleares, Filipinas, Burgos,
    Navarra, Vascongadas, Cataluña, Cuba y Madrid; así como Senador por Málaga y
    por Canarias, Senador vitalicio por designación Real, Jefe del Estado Mayor
    Central del Ejército y Ministro de Guerra, cargo que llegó a simultanear con
    el de Ministro de Marina. En Canarias desarrolló una gran actividad cívica,
    pues, según palabras D. Francisco Viera, Alcalde republicano de Santa Cruz de
    Tenerife, "durante los seis años que ejerció el mando militar de Canarias, la
    obra realizada por el que había de ser hijo adoptivo de esta capital dejó
    honda huella entre nosotros. Su recuerdo es imperecedero". La capital
    tinerfeña le debe a D. Valeriano Weyler gran parte de su moderna fisonomía:
    varias de sus mejores calles, la construcción de la Capitanía General, el
    Hospital Militar, el establecimiento de las líneas de vapores interinsulares,
    el tendido del cable telegráfico con la Península, la urbanización de la plaza
    que leva su nombre, etc. Murió el 20 de octubre de 1930, en la ciudad que le
    había visto nacer (Palma de Mallorca). Tras el fallecimiento del general, el
    título de Marqués de Tenerife fue heredado por su hijo D. Fernando Weyler
    Santacana (Comandante de Caballería, Doctor en Derecho, académico numerario de
    la Real Jurisprudencia y escritor). El 23 de enero de 1953 se expidió carta de
    sucesión en favor de D. Fernando Weyler y López de Puga.

         La merced de Conde Santa
    Pola
    es concedido, según Real Decreto de 28 de julio de 1892, a D. Juan
    Bautista de Antequera-Bobadilla y Angosto, por la Reina regente Dña. María
    Cristina de Austria. D. Juan de Antequera-Bobadilla y Angosto, I Conde de
    Santa Pola, era hijo del lagunero D. Juan Bautista de Antequera y Bobadilla
    (Senador del Reino, Consejero de Estado y Ministro de Marina), y de su esposa
    Dña. Atanasia Angosto Sapizburú. El título de Conde de Santa Pola se expidió,
    mediante carta de sucesión, el 18 de abril de 1979 en favor de D. Juan de
    Antequera y Jordán de Urries.

         El título de Marqués de
    Santa Susana
    , del que existen antecedentes en el Archivo General del
    ministerio de Justicia, es concedida, por Real Decreto de 27 de febrero de
    1893, a D. Antonio Benítez de Lugo y de la Cantera, por la Reina Regente Dña.
    María Cristina de Austria.

         La dignidad de Marqués
    del Muni
    es otorgada, según Real Decreto de 19 de octubre de 1900, a D.
    Fernando León y Castillo Olivares y Falcón, Senador del Reino, por la Reina
    regente Dña. María Cristina de Austria. D. Fernando León y Castillo, I Marqués
    del Muni, nace en Telde (Gran Canaria) el 30 de noviembre de 1842. Estudió en
    el colegio de San Agustín, donde coincidió con Benito Pérez Galdós. En 1860
    viaja a Madrid para estudiar la carrera de Derecho. Desde muy joven había sido
    un ávido lector, deseoso de cultivar ciencias y artes que le permitieran
    desarrollar y enriquecer su espíritu. En 1866 se licencia en Derecho. Fue un
    gran orador, quizá pomposo y grandilocuente pero nunca vacío; sabía lo que
    decía y lo decía bien, pues preparaba minuciosamente sus discursos. Su primer
    triunfo como orador lo obtuvo en un debate sobre la abolición de la
    esclavitud. En 1872 fue elegido para representar al distrito gran canario de
    Guía en las Cortes. Su victoria más señalada en la Cámara tuvo lugar en 1887
    al discutirse la ley civil, sesión en la que León y Castillo representó al
    Partido Liberal. Su nombre se ha recordado como uno de los más grandes
    tribunos que hubo en España en el último tercio del s.XIX (época de oro de la
    elocuencia española). La Carrera política de nuestro personaje fue breve,
    fecunda y brillante. Cuando tenía 26 años edad fue nombrado Gobernador Civil
    de Granada. Después estuvo al frente del Gobierno Civil de Valencia. Ya como
    Diputado hizo varios ascensos en su trayectoria política. Así, fue
    subsecretario de ultramar y en 1881 ministro de este departamento en el
    Gobierno presidido por Sagasta. Desde su puesto en el Gobierno pudo apoyar las
    aspiraciones para la Construcción del Puesto de la Luz, que ya defendiera años
    atrás. El proyecto del Puerto salió adelante y en 1883 comenzó a construirse
    el que sería pilar fundamental de la economía en la vida de Gran Canaria. Como
    Ministro de Ultramar llevó a cabo reformas en las colonias que persistían bajo
    el dominio español: Cuba y Filipinas. En el cargo de Ministro de la
    Gobernación consagró su atención a las cuestiones sociales, todavía poco
    entendidas por España. Tras ser nombrado Embajador en París, quizá el mayor
    cargo de representación de España en el extranjero por entonces, su talento
    político se reveló bajo un nuevo aspecto. Allí desarrolló una política
    dirigida a captar las simpatías de Francia e, indirectamente, el respeto de
    Europa. Durante muchos años asistió en París a los grandes acontecimientos que
    modificaron la situación de España y de Europa, sobre todo en el último
    período de su misión diplomática, que coincidió con la Primera Guerra Mundial.
    Junto a la defensa del papel de España en el norte de África, le tocó
    garantizar la neutralidad española durante la gran conflagración. Estos fueron
    los dos ejes de la política exterior española de la época, que llevó León y
    Castillo con gran inteligencia y habilidad. Este canario ilustre fue una
    figura muy destacada de la política nacional y siempre tuvo una más que
    señalada presencia en los problemas políticos de su tierra. D. Fernando León y
    Castillo murió en Biarritz en 1818. El título de Marqués del Muni se expidió,
    mediante carta de sucesión, el 21 de diciembre de 1956 en favor de la señora
    Dña. María del Pino León y Castillo y Manrique de Lara.

         El título de Marqués de
    Arucas
    es concedido, por Real Decreto de 29 de abril de 1911, a D. Ramón
    Madan y Uriondo Cambreleng y Duggi, Caballero Gran Cruz al Mérito Agrícola,
    por Alfonso XIII. D. Ramón Madan, I Marqués de Arucas, era hijo de D. Juan
    José Madan y Cambreleng, y de su segunda esposa, hermana de la primera, Dña.
    Isabel de Uriondo y Duggi. El origen de este marquesado se remonta a 1859,
    fecha en la que el mayorazgo de Arucas es dividido en dos partes. Una de
    ellas, fue comprada por el D. Alfonso Gourié Álvarez, y la otra por D. Bruno
    González Castellano, padre de Dña. María del Rosario González y Fernández del
    Campo (quien heredaría todo el patrimonio).  Dña. María del Rosario casó con
    el tinerfeño D. Ramón Madan y Uriondo, a quien, como indicábamos
    anteriormente, le sería concedido el marquesado en 1911. Este matrimonio no
    dejó descendencia, con lo que el título pasó a su sobrina, y posteriormente, a
    una hija de ésta, Dña. María del Carmen Fernández del Campo y Madan (casada en
    1915 con D. Felipe Massieu de la Rocha). El marquesado de Arucas ha sido
    ostentado desde el 25 de octubre de 1973 por la hija nacida de este
    matrimonio, Dña. Rosario Massieu y Fernández del Campo (casada con D. Luís
    Benítez de Lugo y Ascanio, Marqués de la Florida), recientemente fallecida.

         El título de Condesa de
    Rodríguez de Azero y Salazar de Santa María de Abona
    es otorgado, según
    Bula de S.S. el Papa Pío XII de 1 de julio de 1950, a Dña. María de las
    Mercedes Rodríguez de Azero, autorizado por Decreto de 3 de agosto de 1957.

         En España, a día de hoy
    existen aproximadamente unos 390 títulos nobiliarios legalmente ostentados. De
    ellos, alrededor de unos 37 fueron los concedidos por la Corona de Castilla a
    las Islas Canarias; no obstante, conviene destacar que entre la doctrina aún
    no existe un acuerdo unánime a la hora de cifrar en un número concreto las
    dignidades habidas en nuestro país.      

         Antes de finalizar, me
    gustaría dedicar este pequeño trabajo a la memoria del insigne tratadista
    nobiliario D. Francisco Fernández de Bethencourt, canario ilustre y fundador
    de la Historia Genealógica Moderna en España; a la figura de D. Juan Régulo
    Pérez, reimpulsor de esta disciplina en las islas; así como a todas aquellas
    personas que, directa o indirectamente, han contribuido para que este estudio
    se haya podido hacer realidad.

     

              BIBLIOGRAFÍA:

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    de la Conquista de las Siete Islas de Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 1977.

     ARENCIBIA
    DE TORRES, Juan: Militares Canarios Célebres. Tenerife, 1990.

     ARENCIBIA DE TORRES, Juan:
    Diccionario Biográfico de Literatos, Científicos y Artistas Militares
    Españoles. Madrid, 2001.

     AZNAR VALLEJO, Eduardo: La
    Integración de Canarias en la Corona de Castilla (1478-1526). Las Palmas de
    Gran Canaria, 1992.

     BETHENCOURT Y MASSIEU, Antonio:
    Historia de Canarias. Las Palmas de Gran Canaria, 1995.

     BLANCO, Joaquín: Breve Noticia
    Histórica de las Islas Canarias. Madrid, 1983.

     CASTILLO Y RUÍZ DE VERGARA,
    Pedro Agustín (del): Descripción de las Islas de Canaria. Madrid, 1994.

     CASTILLO Y RUÍZ DE VERGARA,
    Pedro Agustín (del): Descripción Histórica y Geográfica de las Islas Canarias.
    Madrid 1948.

     CEBRIÁN LATASA, José Antonio:
    Ensayo para un Diccionario de Conquistadores de Canarias. La Laguna, 2003.

     CHAPARRO D´ACOSTA, Lino:
    Heráldica de los Apellidos Canarios. Las Palmas de Gran Canaria, 1979.

     CIORANESCU, Alejandro / NÚÑEZ
    MUÑOZ, María F: Bicentenario de la Universidad de La Laguna. Tenerife, 1992.

     FERNÁNDEZ BETHENCOURT,
    Francisco: Nobiliario de Canarias (edición corregida y aumentada). La Laguna,
    1952-67.

     GARCÍA CARRAFFA, ALBERTO y
    ARTURO: Enciclopedia Heráldica y Genealógica Hispano-Americana. Madrid, 1921.

     GONZÁLEZ-DORIA, Fernando:
    Diccionario Heráldico y Nobiliario de los Reinos de España. Madrid, 1994.

     GONZÁLEZ-DORIA, Fernando:
    Diccionario Heráldico y Nobiliario. Madrid, 2000.

     GUIMERÁ PERAZA, Marcos:
    Biografía Política e Histórica Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 2003.

     GUIMERÁ PERAZA, Marcos: D.
    Antonio Porlier, Marqués de Bajamar (1722-1813). Santa Cruz de Tenerife, 2001.

     GUIMERÁ PERAZA, Marcos: El
    Radical Marqués de la Florida (1837-76). Santa Cruz de Tenerife, 1982.

     LAGUNA, Domingo (de): Personas
    en la Vida de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1987.

     LEÓN Y CASTILLO, Fernando (de):
    Mis Tiempos. Madrid, 1978.

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    de las Siete Islas de Canaria. La Laguna, 1993.

     MESSÍA DE LA CERDA Y PITA,
    Luis: Heráldica Española. Madrid, 1998.

     MILLARES CARLÓ, Agustín:
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    Historia General de las Islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1974.

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    Historia de la Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 1997.

     MILLARES TORRES, Agustín:
    Biografías de Canarios Célebres. Las Palmas de Gran Canaria, 1982.

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    Castillo, Embajador (1887-1918). Telde (Gran Canaria), 1998.

     PALMA CHAGUACEDA, Antonio: El
    Historiador Gonzalo Argote de Molina. Las Palmas de Gran Canaria, 1973.

     PÉREZ DEL CRISTO, Cristóbal:
    Excelencias y Antigüedades de las Siete Islas de Canaria. Tenerife, 1996.

     PLATERO FERNÁNDEZ, Carlos: Los
    Apellidos en Canarias. Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

     PUERTA CANSECO, Juan (de la):
    Descripción Geográfica de las Islas Canarias. Madrid, 1988.

     QUINTANA, José: Poetas de las
    Islas Canarias. Bilbao, 1970.

     RODRÍGUEZ PADRÓN, Jorge: Primer
    Ensayo para un Diccionario de la Literatura en Canarias. Madrid, 1992.

     SCHNIEPER, Jacques: Armorial de
    Apellidos Españoles. Madrid, 1999.

     SOSA, José (de): Topografía de
    la Isla Afortunada de la Gran Canaria. Madrid, 1994.

     VIANA, Antonio (de):
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     VIERA Y CLAVIJO, Joseph:
    Noticias de la Historia General de las Islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife,
    1982.

         

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 22/02/2006.


    material gráfico comenzará a digitalizarse en los próximos meses.

    DOCUMENTOS
    DE INTERÉS PARA 

    GUÍA DE GRAN CANARIA


    Santa María de Guía
    Fiestas de la Virgen, Agosto 2004



    HOMENAJE
    A PACO RIVERO


    NOTARIO GRÁFICO DE GUÍA

    Paco
    Rivero (1944-2003) se interesó por el mundo de la fotografía y la imagen
    desde su infancia. A los 7 años tenia su primera máquina fotográfica. A
    los 18 años se instala como profesional en su primer estudio en la calle
    Médico Estévez de Guía.

    Comenzó
    su carrera profesional en 1962 y con el entusiasmo que le caracterizaba
    se interesó por los concursos fotográficos, en los que obtuvo infinidad
    de premios y galardones, tanto de carácter local, como insular,
    provincial, regional, nacional e internacional.

    A finales
    de los años 60 comienza a colaborar en diversos medios de comunicación,
    como “El Eco de Canarias”. En los años 70 se incorpora al mundo de la
    radio, siendo corresponsal en el norte de la isla de Radio Cadena
    Española, Radio Atlántico y Radio Nacional de España.


    En
    el campo de la música, Paco Rivero fue el precursor y director del
    Festival de la Canción del Norte, que organizó durante doce ediciones
    (VER NOTA
    ACLARATORIA)

    Pero su
    mayor aportación es la labor de rescate y mantenimiento de la memoria
    histórica de este pueblo con la recopilación y realización de cientos de
    fotografías y cortometrajes que ayudarán a las generaciones venideras a
    entender la evolución de Guía, a conocer sus edificios, su vida
    cultural, sus festejos, su artesanía, en definitiva la idiosincrasia del
    pueblo guiense desde finales del siglo XIX.

    Una gran
    parte de este material gráfico es obra personal suya. Paco Rivero, hasta
    su fallecimiento en 2003, y ahora su hijo Pachi, fiel seguidor de la
    tradición de su padre, han tenido la generosidad de poner siempre a
    disposición del Ayuntamiento todo ese material fotográfico, que todos
    hemos podido visualizar en las exposiciones públicas organizadas
    principalmente con ocasión de las Fiestas de la Virgen.

    AUTOR:
    Antonio Aguiar Díaz (VER TEXTO COMPLETO).

    FUENTE:
    INFONORTEDIGITAL.COM.

    Guía, a 9 de agosto de 2004.


    VER EL TEXTO  DE BRAULIO


    VER TEXTO
    DE ANTONIO AGUIAR

    Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 31/08/2004.


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    Dedicados a la preservación, estudios y divulgación del rico patrimonio histórico y cultural del municipio de Santa María de Guía de Gran Canaria. El Archivo Vivo de Historia y Tradición


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