La batalla de los quesos

26 de mayo de 2006 Documentación

LA BATALLA DE LOS QUESOS

             Esta famosa batalla, que
se dio realmente, ha sido y continúa siendo objeto de empecinada
controversia, no por lo que a su existencia se refiere, que como decimos es
aceptada por la mayoría de los especializados en estas cuestiones, sino por
su ubicación, ya que es imposible llegar a un acuerdo en cuanto al tiempo en
que dicha batalla debió celebrarse con exactitud y el lugar concreto donde
pudo haber tenido lugar.

            En sí, la batalla como
tal, y el hecho de ser apellidada “de los quesos”, nada tiene de particular
ni ofrece motivo alguno para que pueda ser puesta en tela de juicio. En
realidad, lo que en ella sucedió no fue ni más ni menos que lo que puede
ocurrir en un caso semejante en cualquier hueco de la historia bélica del
hombre.

            Nos cuentan las
crónicas, que en esto de chismografía siempre parecen estar muy adelantadas
y no sabemos como, pero bien informadas, que después de la primera batalla
de Tirajana, las huestes de Pedro de Vera intentaron acorralar de nuevo al
ejército guanche, que acaudillado por Doramas y Taxarte, había cobrado
nuevos bríos con aquella primera victoria.    Tampoco en esto están de
acuerdo los historiadores. En este caso de la batalla de los quesos la
confusión resulta completa. Hay quienes la achacan
al caudillo guanche Ventagay, al que ya conocemos como intérprete de otros
interesante pasajes de la epopeya canaria y un estratega brillante de su
pueblo. Sin embargo, por razones
físicas y metafísicas, preferimos la primera versión y seguimos a las
huestes de ambos ejércitos jugando a la guerra por las cumbres isleñas, en
donde vemos a Pedro de Vera empeñado en cortar la retirada de los guanches,
para impedirles su acceso a Tejeda.

            Parece ser que para la
época de esta batalla, ya el rey de Gáldar, Egonayga Semidan, se había
convertido al catolicismo y a la causa hispana, con el nombre de Fernando
Guanarteme y era utilizado por Pedro de Vera, Gobernador a la sazón de Gran
Canaria, para intermediar con los indómitos nativos que no querían aceptar la
definitiva sumisión a la nueva Corona. En uno de estos riscos,
rodeados de profundos valles y cañadas, se atrincheraron los canarios,
seguidos muy de cerca por las tropas de Vera, quien antes de dar batalla,
puso en práctica su método disuasivo utilizando para ello los servicios de
don Fernando. Los canarios se hicieron
fuertes en torno a unas cuevas y construcciones de pastores, próximas a un
retirado Cenobio que albergaba un número que la historia no precisa, de
“magadas” dedicadas al culto y a la meditación. Al requerir Don Fernando
a los rebeldes y exhortarles a la pacífica entrega de sus armas, deponiendo
para siempre su hostil actitud hacia la causa invasora, aprovechan los
historiadores tal coyuntura para poner en boca de Doramas una de las más
hermosas y floridas piezas de la oratorio dramática de la epopeya guanche.

            Afeó en efecto 
Doramas
al Guanarteme su papel de sometido intermediario, con estas palabras:   

             "Mucho me afrenta  y avergüenza que un hombre de tu estirpe, apellidado
hermano de raza y mi pariente, a quien un día he servido como fiel vasallo,
haya traicionado nuestra causa, claudicando cobardemente ante el invasor. Vuélvete con tus
aliados si de verdad quieres ponerte de nuevo al frente de los tuyos, ya que
estamos dispuestos a luchar hasta la muerte. ¡Que lejana tu conducta
y tu imagen de mi abuelo y gran Rey Artemi Semidan, que cayó luchando por
su tierra y por los suyos! ¡Imposible me resulta creer que seas hijo de tan
grande hombre!"

           
Pero todo fue en vano y
la batalla dio comienzo. La lucha fue desesperada
y cada hueco del terreno, cada piedra, servía para ocultarse y defenderse
tenazmente de los bien preparados y aguerridos atacantes, secundados además
por un nutrido de nativos muy conocedores de aquellos parajes. La pelea se alargaba
porque Pedro de Vera con objeto de evitar un mayor derramamiento de sangre,
influido por los ruegos de Don Fernando, pretendía sitiar por hambre al
ejército canario , en la seguridad de que en un corto plazo tendrían  que
deponer necesariamente sus armas, al carecer de alimentos.

            Y aquí es donde entra en
juego la tan señalada importancia de estos cenobios o monasterios en los que
las personas encargadas del culto, generalmente sacerdotisas acompañadas por
mujeres ancianas de la familia que las ayudaban en sus menesteres, iban
acumulando objetos y alimentos que en épocas adversas y de malas cosechas,
se repartían entre la población vecina, y a su vez contribuía de algún modo,
al mantenimiento de dichos cenobios.

            En esta oportunidad la
circunstancia de tal almacenamiento no solo sirvió par prolongar la
resistencia de la gente canaria, sino que, como vamos a ver, parte de estos
recursos fueron utilizados como verdaderas armas contra los soldados
españoles. Como pasaron los días y
Pedro de Vera no viera señales de debilidad en el bando contrario, encontró
la explicación al problema, por lo cual ordenó concentrar los esfuerzos de
sus hombres hacia el agreste lugar en donde estaba enclavado el cenobio. El paraje no podía ser
más escabroso. Construido en una
pequeña plataforma que quedaba libre sobre el saliente de un farallón, el
cenobio resultaba casi inexpugnable y los hombres que lo defendían, tenían
suficiente tarea con echar a rodar ladera abajo gruesas piedras que hacían
verdaderos estragos entre la tropa atacante.

            Pero fue tan intensa y
tan duradera la ofensiva, que las piedras comenzaban a menudear  y los
hombres de Vera, protegiéndose tras sus escudos y rodelas, gateando
peligrosamente iban progresando vertiente arriba, pegados al terreno cual si
de él formaran parte. Detrás, los arqueros con
sus venablos trataban de proteger este avance de la infantería, con buenos
resultados.

            Por parte de los
guanches, todo el mundo tomaba parte en la batalla. Grandes y chicos.
Hombres y mujeres. Jóvenes y ancianos. Pero la desazón y el
cansancio si iban apoderando de la gente. Todo comenzaba a escasear y los
heridos mezclaban sus lamentos con los gritos de los combatientes y el
fragor de piedras y venablos chocando estrepitosamente. Alguien dio la orden de
utilizar los grandes y endurecidos quesos que se guardaban en las profundas
cuevas del cenobio, para lanzarlos contra los agresores. Por un momento,
trabajando con ahínco mujeres, niños y ancianos, los defensores pudieron
disponer de nuevo material arrojadizo que utilizaban con verdadera maestría. Los quesos, en forma de
grandes bolas, eran echados a rodar por la pendiente, alcanzando
directamente a los que con tanta tenacidad trataban de cercarse.

            ¿Cuál fue el resultado
de tan singular operación? En principio los cosas
parecían  marchar satisfactoriamente. Sin embargo, como dice
el refrán, “en el pecado se llevó la  penitencia”, porque los quesos al
deshacerse, llamaron la atención de los atacantes, uno de los cuales por pura
curiosidad, se llevo a la boca un trozo de aquella materia blancuzca,
observando con sorpresa, no exenta de satisfacción, que se trataba de balas
comestibles.

            Y esta fue la perdición
de los canarios, ya que sin pretenderlo contribuyeron a alimentar
generosamente sus adversarios.

            Ya se habrá imaginado el
lector que este queso para los sitiados ofrecía pocas posibilidades de ayuda
alimenticia, ya que, faltos de agua, su ingestión mas bien les producía
molestias que beneficio, convirtiéndose así este alimento en el tan conocido
“ahoga-gatos”, que muchos lectores habrán conocido en sus respectivas
regiones. Sin embargo, los
atacantes, con mas libertad de movimientos y mejor pertrechados, encontraron
en estos quesos la providencialidad de un nuevo maná .

            Como era de esperar, la
batalla terminó con  la rendición de la gente canaria que probablemente con
tan infausto motivo, y ante tan adversos resultados obtenidos con el queso de
marras, se formaría el propósito de permanecer sin probar este alimento
durante una buena temporada.

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NOTA:
Leyenda que recoge
García de la Torre en el libro titulado “Nuevas Leyendas Guanches”,
publicado en Barcelona en 1969.

 

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


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