Manuel González Sosa
Tránsito a tientas
Estudio preliminar de Jorge Rodríguez Padrón
LA
PALABRA CONFIADA
En el año 1958, Manuel González Sosa
fundó en Las Palmas una colección poética que, aun teniendo en cuenta su vida
efímera, ocupa un lugar decisivo en la poesía de la última posguerra. Gracias
a los Pliegos de San Borondón -tal era su título- accedió a la vida
pública un grupo de jóvenes poetas que, andando el tiempo, se convierten en
nexo fundamental entre la poesía de posguerra propiamente dicha y las jóvenes
generaciones de poetas nacidos a partir de los años cuarenta. San Borondón
dedicó sus entregas a Felipe Baeza, Arturo Maccanti y Manuel Padorno,
escritores que con el propio González Sosa abandonarán la rigurosa dictadura
de la poesía testimonial inmediatamente anterior (que, en cierto modo, también
ellos cultivaron) y, sin abdicar del compromiso directo con la historia que
aquélla había asumido, ni rechazar tampoco su característica expresividad (la
urgencia, la solicitud, los interrogantes fundamentales de la existencia…),
se esforzarán por imponer a su obra una mayor exigencia reflexiva, una mayor
serenidad, y operar con el lenguaje desde una posición abiertamente
experimental, si bien no todos lo hacen con la misma intensidad. En estos
poetas debe destacarse, por encima de toda otra cosa, la superación de la
contingencia inmediata de los temas y la voluntad metafísica que alienta en su
escritura; la dimensión más profunda y abarcadora que encierran sus
acercamientos a la realidad; el individualismo, en fin, del que todos parten
para avanzar -en un proceso explícitamente conceptual- hacia una plenitud
solidaria derivada de la cada vez más exigente exploración de su tiempo y de
su lenguaje. Una poesía que acepta el reto de la historia, pero que no
renuncia por ello -todo lo contrario- a una perfección estética cada vez más
exigente. A esto se refiere Ventura Doreste cuando, al hablar de Manuel
Padorno, diga que para contar -para desarrollar narrativamente su discurso
poético- el poeta «acude a lo significativamente lírico y utiliza un
procedimiento de eliminación y potenciación, con lo cual se acrece la
intensidad emotiva». Para añadir inmediatamente que Padorno «no describe con
fiel objetividad lo que ve, sino que elige intuíciones y palabras, construye
un verso admirable». Procedimientos todos ellos, como se ve, que exigen una
dejación de lo inmediato, de lo propiamente narrativo, para favorecer la
dimensión poética, trascendente, de la palabra; que exigen igualmente un
esfuerzo intelectual sobre el lenguaje y sobre el poema como unidad
significativa y estructural. Eliminar, elegir, dar intensidad nueva a la
palabra, dejarse poseer de las intuiciones; el poema como ámbito de expresión
lingúística que resulta ser, de esa forma, un ámbito de exploración de la
existencia. Poesía conceptual más que comunicativa, pero nunca insolidaria;
poesía -como escribe Miguel Martinón- «como medio aventurado de indagación y
conocimiento».Pero también será común a estos poetas
la tenaz negativa de todos a publicar con regularidad. En realidad
(exceptuando las plaquettes o breves entregas que hayan publicado), sólo
contamos hasta el momento con uno o dos libros tan sólo de cada uno de ellos
(en el caso de Felipe Baeza, ni siquiera eso). Una negativa que, en gran
medida, debemos entender como consecuencia de la exigente autocrítica con que
afrontan el hecho poético; consecuencia de aceptar el oficio de escritor como
compromiso riguroso y extremo con el lenguaje y consigo mismos; consecuencia,
también, de una constante labor correctora y depuradora de sus textos, de ese
proceso de eliminación y potenciación que tiende a elevar la intensidad
emotiva y a reconquistar la pureza y exactitud de la palabra poética. En otras
ocasiones me he referido a este caso, recurrente en la poesía insular, del
escritor retraído, opuesto a una difusión incondicional de su obra; y he dicho
entonces que tal actitud descubre un escaso afán por asumir la condición de
escritor, una voluntad diletante, ensimismadora, que no responde a la
exigencia de diálogo con el lector que la tarea de escribir impone. He dicho
también que tal vez sea éste uno de los escollos más difíciles de salvar por
el escritor insular, cuando pretende alcanzar una normal difusión de su obra.
El ejemplo de los poetas que ahora nos ocupan, si bien participan de esa misma
condición, obedece, y en gran medida, a esos aspectos particulares citados en
primer lugar, y ello los singulariza -sin duda ninguna- frente a sus
coetáneos.Manuel González Sosa (1921) es un caso
característico en este sentido. A su contrastada actividad en favor de la
poesía, que ha sido constante; a su protagonismo como editor de Pliegos de
San Borondón (de esa forma participa y se incluye en las actividades de
este grupo, a pesar de su diferencia de edad), debe añadirse la creación, en
1962, de la sección literaria semanal del Diario de Las Palmas,
«Cartel de las artes y las letras», cuya trayectoria aún hoy se mantiene;
después de pasar por diversas etapas, crisis y alternativas. «Cartel» ha sido,
durante bastantes años, el órgano de expresión de los escritores de la década
del sesenta, lugar de encuentro y de polémica, cuya historia podría explicar,
en no pocos aspectos, las tensiones literarias vividas en esas dos últimas
décadas. Un nuevo intento editorial -también forzosamente breve- fue
protagonizado por González Sosa en 1963: los cuadernillos poéticos de La
fuente que mana y corre. Y a lo largo de todo ese tiempo, la obra poética
propia fue gestándose en el anonimato. Algunos poemas suyos habían visto la
luz en revistas diversas o en las mismas secciones literarias de la prensa
insular, pero muy poco más. Será en 1967 cuando una nueva colección poética,
también con el título de San Borondón, y editada esta vez por el Museo
Canario, al cuidado de Manuel Hernández Suárez, dará a la imprenta el primer
libro de González Sosa: Sonetos andariegos. Constituido por
diecinueve sonetos, escritos entre 1945 y 1963, definitorios de la
personalidad poética de nuestro autor. Estos poemas, y algunos otros
aparecidos -como digo- en publicaciones periódicas, nos han permitido
reconstruir la trayectoria poética de un escritor que a pesar, como veremos,
del interés que la obra tiene, siempre se ha negado a considerarse otra cosa
que un simple amante de la literatura que, ocasionalmente, escribe algunos
poemas.La poesía de Manuel González Sosa se
escribe desde un incuestionable presente, desde una vivencia muy intensa de su
tiempo, situación que por las especiales características de inseguridad,
turbulencia y progresiva deshumanización, obliga al escritor a volverse hacia
su ayer para, a medida que recupera su memoria, su raíz, reflexionar
detenidamente sobre el verdadero sentido de su identidad, no ya individual,
sino como hombre arraigado en una existencia y seguro de ese su inquebrantable
compromiso. Alguna vez, el propio escritor ha declarado cómo la «patria
luminosa y amable; me atrevería a afirmar que enteramente dichosa» de la
infancia dejó en él, como herencia, una «casi altanera certidumbre de que lo
mejor que ellos me ofrecieron sigue vivo y actuante en mí». La poesía, por
tanto, como la propia vida. Poesía ensimismada, que no por ello evasiva, ni
ajena a los problemas cruciales del hombre, ni descuidada en la forma. Ese
conocimiento existencial que se deriva de su obra se instala en el misterio
descubierto en un transcurrir «por geografías interiores», como explica Pedro
Lezcano; un misterio que el poeta se esfuerza por racionalizar, por darle
forma adecuada y exacta, precisa, rigurosa, con una palabra dialógica que
vuelve hacia sí mismo. «González Sosa -continúa Pedro Lezcano- se esfuerza por
conocer y sobre todo por conocerse; pero termina humildemente conforme con su
humana ignorancia, dueño de una sola certeza: esta certeza de que estoy
soñando». La identidad así conseguida es un intercambio, un
reconocimiento, a través del diálogo, de una vivencia unánime (la naturaleza
guarda la respuesta, pero la capacidad del hombre no es suficiente para
«sospechar siquiera qué respuesta/ cela en su voz el mar, el ave, el viento»).
Diálogo entre el poeta y aquellas otras criaturas (personajes o no) que son su
reflejo espejeante; y diálogo también entre el poeta y su doble: protagonista
y testigo, a un tiempo, el escritor formula sus textos desde una segunda
persona, desde un tú de carácter reflexivo, cuya especulación dual concluye en
amarga ironía o en una solícita conversación consigo mismo, en busca del Dios
machadiano, habitante del soliloquio, del convencimiento del amor y del dolor
como sentimientos compartidos y solidarios. Aspectos estos últimos que
González Sosa destaca específicamente en los dos poemas dedicados a Antonio
Machado, uno de ellos incluido en Sonetos andariegos, publicado
el otro en la revista Fablas (julio/agosto, 1970). De ahí la
fuerte expresividad que opone al silencio:¿O una distinta luz mis cicatrices untará? Pero ¿a quién hablo? ¿Acaso sabe el hombre respuestas ciertas? Vaso sólo es de preguntas desaladas. Y lo demás son bocas apretadas.La fuerza de una pregunta que
contrarresta el hermetismo del mensaje que la realidad oculta siempre.
Interrogación ante el misterio de la existencia cotidiana, y explicación
(poética) de las raíces del mismo. Localización del lugar de la palabra allá,
en el territorio de una infancia cuya plenitud ha logrado mantenerse firme a
lo largo del tiempo, y que por eso lo supera, estableciendo una nueva
temporalidad (ahora intelectual, metafísica) en la que el poeta se hace con
aquellos seres que dieron sentido a su vida:No he de pedirte entero tu secreto: si es desierto, o mar, o senda, o cima, o bosque umbrío lo que se ve después. Quiero sentirte para saber si ahí se está despierto.Poesía como la vida. Poesía que es
camino y sabiduría, y que aun contando con el esfuerzo racionalizador del
diálogo, de la distancia conceptual, deja presente la necesidad de recuperar
siempre ese principio, de confirmar la virtud conciliadora y reveladora de la
infancia.Pero este caminar hacia el secreto,
hacia el misterio del conocimiento, se produce gracias a una fuerte excitación
de los sentidos, trasmitida inmediatamente al ritmo con que progresa su
lenguaje («A veces, una súbita fragancia,/ o un cántico de niños, quizá un
trino,/ estremece mi sangre e imagino/ que alborea el milagro. Y crece el
ansia/ de que madure ya. Ya la distancia/ y el tiempo caen a tierra. Un aire
fino/ brota frondas. Allí, aquí estoy soñando/ con el mañana»), puesto que con
la elevación de los sentidos se hace mucho más nítida y absoluta la captación
profunda del conocimiento, de esa sabiduría misteriosa tan arduamente
perseguida. Cuando el poeta confiese -sin que ello suponga restricción de
valor alguno- la cercana influencia en su obra de poetas como Quevedo o San
Juan de la Cruz, de Unamuno o de León Felipe, nos pone en la pista de esa
identidad conceptual, fuertemente intelectualizada, de su obra que sin embargo
fluye con un fervor pasional que no puede ocultar esa fuerte impregnación de
sensualidad; nos pone en la pista de ese sentido místico tan peculiar (místico
en cuanto a persecución del misterio) que la impregna toda; nos confiesa, en
una palabra, su voluntad esencialmente poética, su deseo de alcanzar la
palabra original, inaugural, que define la poesía. Precisamente en un poema
ofrecido a San Juan de la Cruz, escribe:Hasta la propia boca de la fuente traigo mi seco verso y su bautismo ardientemente pido a tu agua pura. Como el tuyo, él discurra bajo el puente del tiempo musitando siempre el mismo aromoso latido de frescura.Nos hallamos, pues, ante una sensualidad
que desborda el sentimiento y concentra y ahonda la meditación reflexiva,
producida a partir de la contemplación de ciertos absortos o desvalidos con
los cuales el poeta se encuentra, bien en la realidad (vid. «Tres poemas
peruanos», en Fablas, noviembre/diciembre 1975) bien en la
expresiva pintura de Antonio Padrón («Qué música secreta de afiladas volutas/
entra por vuestra sangre y va agrandando en incesante siega de latidos/ la
tensa bóveda del éxtasis?»).Como ya he insinuado, el encuentro con
la pureza del lugar y el tiempo (siglos) de la infancia servirá para iluminar
el sentido totalizador y solidario de la experiencia. Lo elemental, «la avidez
y el goce del contacto con la libre Naturaleza», la referencia constante a
elementos desnudos, sencillos y originales (tierra, muro, semilla, vagido…)
se elevará a la categoría de sueño, al nivel metafísico, porque lo anecdótico
rompe sus límites; el espacio se hace absoluto gracias a la voluntad de
transformación poética mostrada por el escritor («Pero sembré los ojos en
lejanos/ cielos que las mantenían más hermosas»), y esa plena identidad
solidaria se establece fuera del tiempo, en un discurrir poético cuyos ritmos
y cuyas presencias inauguran ese orbe deseado.Al publicarse Sonetos andariegos,
hubo quienes dudaron de la oportunidad de reunir, en un mismo libro,
poemas tan arraigados en la insularidad (a la que González Sosa no sólo no ha
renunciado nunca, sino que la expresa con singular eficacia) con otros
explícitamente castellanos por su desnudez y ascetismo, por su condición de
poemas de tierra adentro. Lo que no se comprendió entonces fue que esa fusión
de lugares y personajes aparentemente tan distintos se justificaba, y además
adquiría toda su significación, instalada en esa nueva temporalidad, en ese
espacio metafísico que González Sosa inauguraba con su reflexión poética. Eran
lugares y personajes con los cuales el poeta coincidía a través de un
compartido carácter esencial, gracias a su paralela fuerza en el fluir
interior. «No sólo es el paisaje lo que alienta en sus páginas -escribe Rafael
Morales-, sino también lo que de él ata a la tierra, lo que él significa bajo
el peso interior, íntimo, lo que ahonda en la alegría o la amargura de ir
viviendo, de ir caminando». Nada importa, pues, que el poeta se refiera al
paisaje de Fuerteventura o que se extasíe ante la rudeza de la piedra que ciñe
a la ciudad de Ávila; tanto da que penetre dramáticamente en su propia
existencia, como que se acerque a la herencia dejada tras su muerte por
Unamuno o Machado y reviva sus, por diversas razones, trágicas existencias. La
de González Sosa es una voz que se esfuerza -como la de aquellos escritores,
como la de aquellas tierras- en vivir su aislamiento, en polarizarse entre la
desnudez idéntica de la tierra en que hinca sus raíces y la ligereza y
vibración de absoluto hacia la que tiende siempre su alma y su palabra:Aquí ya sólo falta izar la fuerte ancla de piedra y entregar las velas a los piadosos vientos de la muerte.Con estos versos concluye su poema
«Fuerteventura»: un «aquí» que se repite de forma recurrente, una confianza en
una tierra que no se agota en sí misma, sino que es giro constante provocado
por la luz unánime de ese tiempo encontrado:Todo el paisaje es luz unánime -mentís definitivo de la sombra-. Cielos, lavas, el mar, mi cuerpo juntos arden en una hoguera jubilosa. ............................................................... No tengo ya memoria ni apetencias. Cambié de forma, mas no soy ceniza. Soy una inmensa piedra giratoria.Escribe en otro poema, «Metamorfosis»,
dedicado al paisaje de Lanzarote.De aquí que su lenguaje se revista de un
tono solemne, de una cierta altura literaria, de un prestigio que le confiere
su ritmo reposado y, sobre todo, algo que me parece muy importante subrayar:
de qué manera esta poesía, asentada sin duda en lo conceptuoso, en una palabra
ascética e interrogativa, heredada de poetas como Quevedo o Unamuno, en una
palabra urgida y dramática, asume también la continuidad del modernismo que le
permitirá magnificar la realidad por medio de los sentidos y de la
implantación de una imagen visionaria y de la palabra como conjuro. Tal sucede
en un texto de reciente publicación, «Impromptus de La Umbría», pero observado
ya embrionariamente en poemas anteriores:La hoguera del silencio arde en el huerto. Arrebatada luz el día ordeña. Cerca de un palpitante libro abierto, bajo el durazno en flor, un niño sueña.No en vano la presencia simbolizadora de
la palabra mística de San Juan de la Cruz habita en el centro de esta poesía,
como ya he señalado; y no en vano, tampoco, ese esencialismo conceptista está
cruzado por la peculiar sensualidad irónica del modernismo insular. Valdrá la
pena detenerse en el primero de los textos citados. Se trata, en realidad, de
dos sonetos agrupados bajo ese título común; sonetos que González Sosa libera
sutilmente de su rigor estructural al rimar alternadamente y en asonante los
versos de los cuartetos. Una modificación aparentemente escasa que permite,
sin embargo, al escritor instalarse en otra posición con respecto al texto;
una posición diferente a la observada hasta ahora («Otro es el blanco de mi
búsqueda», escribe en el primero de ellos). Y la sorpresa contemplativa con
que lo inicia establece una relación entre los dos polos de su espacio,
dinámico y sensual, que hallan su punto de confluencia en la propia mirada del
poeta, la distancia perpleja desde la cual observa el mundo:
Contra tu móvil litoral, oh cielo, esta ola vuelca sonrosada espuma. Ola verde parada en el momento de ceder al imán de la llanura.Así, el espacio se matiza con una
extremada sensualidad que es posibilidad, tensión, en el litoral/ llanura, y
que es enriquecido cromatismo en la espuma/ ola. Pero, entre ambos extremos,
como decía, el éxtasis del instante, significado aquí en el apóstrofe «oh
cielo» y en la oportuna atención a ese pararse «en el momento de ceder». Un
espacio no sólo ofrecido a la contemplación, sino al goce, a la vivencia, que
el escritor acepta hasta penetrar decidido sus laberintos:Por la cresta de nácar ya me adentro. Mis pasos por su seno se aventuran. Valvas, espira, laberintos dejo atrás. Otro es el blanco de mi búsqueda.Al ingresar en el misterio que lo
arrastra, como la llanura del cielo a la ola, se produce una nueva vibración
instantánea, en el primer terceto, donde vuelve a fulgurar esa sensualidad
intelectualizada que decíamos: tiempo durativo y tiempo instantáneo dibujan
las dos líneas de fuerza que se conjugan en ese nuevo espacio:El cénit es un ábside de fuego que en incesante ruina se derrumba encima de la concha transparente.Y es precisamente la transparencia lo
que facilita el encuentro con ese nuevo blanco, una transparencia que abatirá
«las piedras que obstruyeron/ el turbio rosetón de mis penumbras». Por eso, el
último verso, en su impresionante imagen posesiva, concluye con una profesión
de fe en la luz: «sorbo esta luz rabiosa y ávidamente». González Sosa, además,
elimina cualquier puntuación en el verso, de modo que el adjetivo «rabiosa»
adjudicado a «luz» puede valer también como adverbio que refuerza la acción
del verbo «sorber». Todo este soneto primero, y no sólo por las formas
verbales, funda un presente, determina un tiempo y un espacio poéticos cuya
sensualidad es la base de toda construcción, que mantiene un equilibrio
sorprendente entre la tensión dinámica contenida en la imagen y la
confirmación extática que aporta la reflexión intelectual del escritor.El otro soneto insiste en la misma
tensión entre dinamismo y estatismo. Pero en vez de referida al espacio,
referida al tiempo (el subtítulo «La estela», ya nos previene de su valor
sucesivo). Un tiempo que gira en una alternativa de creación y destrucción
constantes, iniciándose con ese «segar sin descanso» que conduce al cero, a la
fijación marmórea del suceder. Se inicia, pues, un discurso (la función de los
verbos en presente se destaca ahora de forma especial: «siega sin descanso»,
«tira», «marchita», «edifica», «amasa») que sólo se romperá al final, en la
conclusión encerrada en el último terceto. Pero antes, las dos estrofas
centrales construyen ese ciclo sucesivo del tiempo, por medio de imágenes
paralelas y contrarias: la primera, que perfila ese lento marchitarse, ese
edificar «una nocturna máscara de cera» precisamente con «el zumo de los
siglos», con el residuo que deja ese tiempo. Conviene advertir cómo, en el
primer caso, el mismo «zumo» es el que edifica esa «nocturna máscara», pero
será el tiempo quien amase «con la ceniza» ese nuevo «temblor de belleza». La
«fiebre», los «sueños», las «mejillas» serán así los opuestos de la
enumeración que cierra el primer terceto («tumba su calle espigas, rosas,
alas») que es el resultado (y el poeta los sitúa en el final del ciclo, como
la otra enumeración lo está en el comienzo) de amasar con ceniza «otra vez el
temblor de su belleza»; el resultado de la repetición del ciclo de la vida y
la muerte que se ofrece en una sugestiva relación espejeante. El final del
poema es, sin embargo, sorprendente: a la pujanza igualadora del tiempo, a su
fuerza siempre constructora y siempre destructora, se opondrá la imagen
visionaria de lo que no se nombra, de lo aludido por medio de una metáfora
arriesgada en la que se vuelven a unir lo sensual y lo intelectual, la pasión
y la serenidad, que González Sosa ha aprendido de los místicos:Su furia sólo contra ti fracasa, miel que filtró la solitaria abeja del corazón de Cristo desbandada.La aparición del amor enfrentándose así
a la muerte (del «amor constante más allá de la muerte») anula aquella estela
que el tiempo ha dejado.La poesía de Manuel González Sosa, en
consecuencia, vive de un doble aliento: de una parte, su incontenible fervor,
su pasión por la verdad; de otra, su contenida estructura, su sólida
organización interna. Ya advierte Pedro Lezcano que nuestro poeta no es un
improvisador, que «en reflexiva decantación, va convirtiendo su obra en
vivencia propia». Y Luis Doreste Silva escribió de forma elocuente, al
publicarse Sonetos andariegos: «Improvisador nunca, Manuel
González Sosa, en tanto orfebre. Ciertamente el gran caudal de ternura podría
incitarle. Decantación, siempre…». González Sosa, por mucho que se hunda en
el misterio del mundo, por mucho que se pregunte por (y busque) la esencia
escondida que unifica ese mundo (y al hombre en el mundo) no deja de ser un
poeta confiado, un poeta en quien pervive el fluir inaugural de la infancia y
la memoria iluminadora que hacia ella conduce, aunque, como hemos visto, se
camine con la misma virginidad en otra dirección. Así, su opción por el
soneto, por la ordenación conceptual que el mismo impone y por el desarrollo
rítmico que ofrece, ajustará su escritura a tales pautas. Pero, al mismo
tiempo, el poeta demostrará la vitalidad de su palabra manejando con notable
ductilidad la estructura toda del poema, gracias a la sabia utilización del
encabalgamiento, gracias a la intencionada fragmentación de la sintaxis versal
con pausas, interrogantes o exclamaciones, y gracias también a la valoración
sensual de la palabra con constantes aliteraciones que, curiosamente, atenúan
o suavizan la aspereza e incomodidad de las preguntas, de la tensión
inquietante que lo mueve hacia lo absoluto:Cuando hablo a ver si me responden, tú, callando, me devuelves mi voz sola y ansiosa. Cada imagen o sombra que se posa sobre ti alguna vez, ¿no va a tu fondo y allí se queda para siempre, ilesa? ¿O sólo buceando hacia lo hondo de la riada del tiempo se hace presa?Lamentablemente, la obra poética de
González Sosa es, en estos momentos, una obra prácticamente desconocida.
Aunque haya seguido publicando de forma dispersa y ocasional algunos textos,
pienso que no quedará nunca bien explicada (la nuestra sólo ha pretendido ser
una tentativa inicial) hasta que no sea, primero, ordenada de acuerdo con su
evolución cronológica y, después, publicada en su totalidad. De todas maneras,
valdrá -espero- esta aproximación para entender su poesía en el contexto de su
generación, señalando aquellos rasgos que lo acercan a sus más próximos
compañeros de aventura literaria, y advirtiendo aquellos otros que determinan
los perfiles de su originalidad.JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN
AQUEL durazno... Y busco. Y no lo encuentro. Ni aquel cañaveral, ni la palmera que entregaba, sensual, su cabellera al viento que aún retoza. Allá adentro la cosecha de ausencias precipita vaharadas de sombra y va velando las horas que el cenit está incendiando con los jirones de una luz marchita. Pero la muerte es sólo una mudanza. Todo lo acoge bajo los cristales de su fanal la bienaventuranza. Árboles, muros, rostros, cuantas cosas faltan de este paisaje, están, cabales, vivas, en mi recuerdo. Y más hermosas.
TÚNELES, noches, voces con dientes, manos dentro de unos guantes de ortigas, la inmersión de los pasos, qué miserable precio para este don: sentirte sobre un camino, yendo a cualquier parte, ebrio de la luz donde cuaja ese médano en llamas, aquel vuelo flechando el cenit, los dos labios del horizonte, mudos pero afirmando siempre. (De SONETOS ANDARIEGOS, recopilados en 1992)
INTERMEDIO VENEZOLANO EL DORADO NI riesgos ni horizontes huraños te ocultaban. Pero todos salieron a buscarte por foscos rumbos que pagaban su fatiga y su hambre con ubres manaderas de locura o de muerte. ¿Qué venda espesa los cegaba? Porque basta mirar, como yo miro ahora, a la ladera, al huerto, a la barranca, sólo a cualquier orilla del camino, para untar nuestros ojos con tu fulgor y poseerte sin hazañas ni alquimia, araguaney* solar, trémulo cerro de oro vivo. VISITACIÓN AL ORINOCO CRIATURA soy del jable, de un arenal brizado por la espuma incesante del océano, oh río turbio y vasto que lames mi sombra, modelada hoy por la luz del trópico. Déjame que te beba con mis ojos, que llene mi memoria hasta el fondo con tu visión, que absorba por cada poro el vaho de tu pleamar perenne, sabia en raíces, densa de limos germinales, yéndose en mudas ondas pero herida en la entraña del recuerdo por ecos de clamantes umbrías. Así, cuando rehuelle el terrón de mi cepa, seré muro de aljibe, tacto de nube, ensalmo de raudal arrullando la vieja sed del suelo de irisadas cenizas. Grito soy del sequero mendigando tan sólo vaharadas de tu selva de lentas aguas pardas y espesas, Orinoco. Escúchalo y empápame la entraña con tu hálito. (De CUADERNO AMERICANO, 1997)
ENVÉS No eres tú quien recibe el lanzazo fulgente, sino la noche. Entonces, el viaje en vilo cruza un efímero trecho donde tus ojos pueden entrever el paisaje de la ciega aventura. Un círculo murado de horizontes desiertos. Arriba, sólo el hueco de un cielo fugitivo. Y en el nadir, la sombra cayendo en el vacío sin encontrar el eco de una estela o de un vuelo. (De CONTRALUZ ITALIANA, 1988)
LAS GARZAS NUNCA os vi. Siempre quise horadar vuestro nombre y contemplaros cuando bajabais, lentas, hacia uno de mis recuerdos no vividos. QUERENCIA ERIGES tú sin pausas el sino sedicioso. Nunca cesa tu sueño y, aunque quisiera, nunca descansará. Lo cría la belleza del mundo: el miedo a que tus párpados la aniquilen. Los años disipen tus pisadas, olvido y lejanías el eco de tu nombre, mas la memoria quede errabunda en el aire rondando formas, luces, aromas, pulpas, sones, como un humo invisible. (De PARÉNTESIS, 2000)
ANTE UNA CASA EN RUINAS AQUÍ latió la sangre y se fue trasvasando. Día a día ardió el sueño como hoguera secreta. Dolor o gozo antaño a veces abrevaron criaturas ya perdidas en la muerte o las leguas. Alguna, en este instante, de seguro el abrigo de este nidal vejado conmovida recuerda, y echa a andar de repente su memoria a la busca de un tiempo generoso de las horas risueñas. (Entra un pájaro oscuro por la cuenca vacía de la ventana. Cae, repentina, una piedra sobre la tarde. Pasa su tenue mano el viento por el vello erizado del lomo de la puerta.) Mas no hallará siquiera un rastro evanescente esa sombra anhelosa que aquí acaso ahora llega. La dicha se deshace más pronto que las cosas y de sus ascuas queda solamente la ausencia. FORMA simple, tocada de perfección definitiva, boga sobre los hombros, sola la enlutada yacija. Huele a hornos precoces la tarde de la aldea. Hosco cielo rezuma luz de líquida cera sobre una higuera seca, arrodillada junto al muro de piedra. Humos. Vencejos. ...Y la vida tapiando con olvidos un corazón vacío de recuerdos. PORQUE es de noche, hermanos. Para siempre aquí es de noche. En vano encendemos hogueras en las frentes y en las montañas de la tierra. Nunca es la luz. Nunca será la luz aquí, ni aquí veremos la víspera del alba. La inmensa llamarada de los astros y el caudal de los zumos alumbrados en milenios de búsqueda incesante no bastarán para rasgar la venda que anula nuestros ojos. Somos hombres: pájaros de la sombra, ciegos peces rasando las honduras de un océano. Arriba, derramado sobre el cántico del oleaje, un mediodía perenne tal vez arde. Pero quien surja al ámbito de aquella sobrehaz, ya no es la misma criatura abisal. Se deja tantas porciones de sí misma entre las horas, bajo la tierra, en el recuerdo de los otros hermanos, que acaso ávidamente después añoraría la noche, como ahora el día inalcanzable. SÉ que es de noche, pero sé que arde entre las sombras nuestro sueño, y unta de luz los negros ámbitos. Y vemos radiante espuma en las sombrías olas del tiempo, árboles, alas en fuga hacia una aurora, piedras con mar o mediodía, puros cuerpos que premian con largueza en un instante vastos siglos de tedio, nubes, brazos abiertos anchamente como bahías que nos llaman. Nos da, en fin, la abundante sustancia con que hacemos la cotidiana miel de olvidos y el pan que algunos llaman melancólicamente la esperanza. Con las tibias pavesas que se quedan volando en el recuerdo restauramos la lumbre cuando una dura planta o un viento helado nos la apaga. Nada importa la hora en que sea imposible resucitar de nuevo la fiel misericordia de las llamas, porque ya no seremos -y si somos aún, es porque alguien habrá encendido un día que no acaba. PARÁBOLA LA higuera sobre el aire se volcaba quemada por la flama de la tarde. Roto de plenitud, a mi cobarde apetito su fruto se brindaba, y dudando pasé de largo. Pero volví para comerlo. Era testigo del convite fugaz yo solo. El higo no medró para darse al pudridero. Sino frutal marcó también mi suerte. Batida sin cesar, mi sangre cuaja la pulpa que a colmar vendrá la muerte. Que alguien pase a mi lado en el momento de la plena sazón, que me desgaja si no un íntimo enjambre, o quizá el viento. ¿LLEGA un tiempo tal vez en que las manos pierden su vocación de aves rapaces? ¿El corazón se cubre de cenizas antes de que lo escondan bajo tierra? ¿Tenemos nuestra sangre socavada y por sus minas entra cualquier día una lenta marea que nos pudre con narcótica sal las avideces? ¿Vivir es ir juntando ansiosamente sueños, deseos, esperanzas, para abandonarlos luego uno a uno sin que rabia o dolor llenen sus huecos? (¿Vine a cumplirme sólo en este islote móvil y tenue que es mi sombra en fuga y estorban las raíces que hambreaban viciosamente halagos de otros humus?) ¿O todo estriba acaso en que una fuerza misericorde así nos va templando para llegar curtidos a la fragua donde, omnímodo adiós, quemas tu hierro? NO sé, nadie lo sabe, qué palabras, qué texto escribirá en el viento el azar con el zumo caliente de mi sangre. Pero yo sé que al cabo, donde lo escrito cese, punto final, un poco de oscura cal sembrada resumirá mis huellas. Por eso no preciso tercas señales, tanto recordatorio súbito de cuando en cuando, dentro de tanta pulpa, en pena de cada vuelo ebrio hacia otro azul alzado. Allá donde se hunde mi tiempo en precipicio, del aire que ahora habito se exhalará tu breve polvareda sombría. Lo sé. Lo supe siempre, como sé que en mis huesos secretamente anidas. Por eso, no me aceches día a día los sueños mientras mis horas lleguen encinta de otras horas con luz. No necesito predisponer mi boca a tu sabor. Ayúdame, ceniza, a que olvide. LLANTO SOBRE LA NOCHE NO es de un niño esa queja, no puede ser de un niño aunque del pecho de un niño se derrame. Este nocturno llanto salta desde otro odre de dolor más viejo. Sube desde la cueva profunda donde el tiempo va atesorando lágrimas, congojas, sangre, zumos de agonías, lamentos, cada pena incubada bajo la piel del hombre. Del pozo adonde afluye todo el dolor del mundo que allí, lento, fermenta en el vasto sollozo que ahora anega la noche. Sólo gárgola, cauce, leve arcaduz apenas, es la carne del niño. Ella cruje y se agita, pero un enjambre amargo de ajenas voces viene a sonar en su boca. Así una rama tierna tañida por un viento gemebundo. (De TRÁNSITO A TIENTAS, 2002)
FUENTE:
http://es.geocities.com/r_tintachina/mgonzalezsosa.htm
Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.
