Los charcos del recuerdo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Los charcos del recuerdo

Santiago Gil









También guardamos recuerdos humedecidos por la lluvia,
olores de tierra mojada y sensaciones cercanas que nos devuelven siempre a
la infancia desde que caen tres gotas o el frío aparece de repente
anunciando la llegada del otoño. He visto llover en muchas ciudades del
mundo, y sería capaz de reconocer los olores de la lluvia en cada una de
ellas, pero ningún olor a tierra o hierba mojada tendrá nunca la
complicidad y la cercanía que tenían los días de lluvia en mi infancia
guiense. Nuestra lluvia llevaba aguas del Atlántico y cuando descargaba se
asemejaba al olor de las rocas en la bajamar, pero también se mezclaba con
hierbas aromáticas y con plataneras, con el olor de los potajes que salía
de las casas, con el incienso de la iglesia o con el cuero gastado de los
balones embarrados y húmedos que tanto dolían cuando rebotaban violentos
en nuestra cara o nuestros muslos ateridos de fríos. Hay una parte de
todos nosotros que sólo reaparece en los días de lluvia, sensaciones y
olores que de repente nos sorprenden en cualquier parte apenas notamos la
humedad de las primeras gotas de lluvia. Por eso octubre, noviembre y
diciembre son meses tan dados a la melancolía. Estaba el frío de cuando
metíamos los pies accidentalmente en un charco que nos helaba los dedos,
la caída de la bicicleta en el asfalto o en los adoquines mojados o el
referido balonazo en la cara con el balón empapado y dispuesto a dejarnos
una marca encarnada y dolorosa durante varias horas; pero la lluvia
también nos trae el sonido de los barrancos corriendo, o de los
innumerables torrentes que se formaban entre los riscales de las montañas,
y el agua que bajaba rauda y sonora por todas las calles del pueblo, aquel
sonido de invierno y tardes enteras esperando a que escampara para poder
salir al paraíso de la calle. Y estaban los chuchangos que aparecían como
por ensalmo cuando cesaba el aguacero, y las jodidas gotas traicioneras
que asaeteaban la espalda cuando caían desde cualquier balcón o azotea, y
el barro que se pegaba en los zapatos hasta casi impedir que siguieras
caminando. Y también el canto de los pájaros, la salida de la gente a la
calle, la vuelta al ajetreo y a los sonidos cotidianos desde que la lluvia
cesaba y todos actuaban como si hubieran sobrevivido al gran diluvio, y
por supuesto no podía faltar el arcoiris esplendoroso que de vez en cuando
nos sorprendía en medio de la batalla de claroscuros que se traían entre
manos el sol y las nubes negras que recogían el agua del océano. Tenemos
una parte de nuestra historia escrita en ese color cercano al sepia de los
otoños y los inviernos que venían cargados de agua. No todo era azul y
luminoso. Nos damos cuenta ahora que volvemos a quedarnos en casa mirando
cómo cae el agua al otro lado de la ventana. Otra vez nos entretenemos
dibujando siluetas en el vaho de los cristales o mirando arrobados cómo
cae la lluvia sobre los tejados y los adoquines. Y luego está el sonido
hipnótico y cercano que nos devuelve a aquellas mañanas interminables en
el colegio, con el guineo de la tabla de multiplicar confundiéndose con
las cascadas de agua que caían desde las planchas de uralita. Y los
partidos de fútbol o baloncesto de la hora de Educación Física que se
suspendían para meternos en el malhadado gimnasio a colgarnos de las
espalderas o a hacer el mono trepando sogas o palos de madera desde los
que no nos rompimos la crisma de puro milagro. Fuera del colegio, en
cambio, pocas veces suspendimos un partido por culpa de la lluvia. Nos
gustaba aquella sensación de sentirnos casi profesionales en los partidos
improvisados en barrizales o campos encharcados. Otra cosa, como he dicho,
era la sensación que te dejaban los balonazos, sobre todo los inesperados,
que como en la vida son siempre los que más duelen.

Y por supuesto estaba el frío y la lluvia de las
mañanas camino del colegio, con el viento destrozando los paraguas, y
también aquella maravillosa sensación de los sábados y los domingos
desayunando en casa pan y mantequilla con el aroma siempre cómplice y
protector del café con leche o el colacao, cuando la leche era leche, y no
esos sucedáneas en tetra brik que no saben a nada. Entonces la leche nos
la traía Nicolás el lechero, y éramos los niños los que bajábamos con la
lechera cuando escuchábamos su llamada o cuando lo veíamos llegar cargado
de unos recipientes enormes que en muchos casos se iban ensamblando como
una Matriuska: nunca olvidaré el sabor y el color de aquella leche que
luego nuestras madres y abuelas mezclaban con el gofio que nosotros
también recogíamos religiosamente cada viernes por la tarde en el Callejón
del Molino. Eran tiempos de atavismos, de pequeños ritos cotidianos y
costumbres que nos mantenían quizá más atados a nuestros ancestros, a lo
mismo que ya habían hecho nuestros padres y nuestros abuelos muchos años
antes. También a ellos les mojó la lluvia sus recuerdos.

Quienes viven en un lugar, en cualquier lugar,
comparten siempre una patria de olores y recuerdos comunes que vale mil
veces más que cualquier papelucho o certificado a la hora de saber a qué
lugar del mundo pertenecemos, sobre todo cuando nos perdemos a muchos
miles de kilómetros de distancia, o cuando la distancia se confunde con la
impotencia que produce ver los destrozos y la desaparición casi diaria de
muchos de los elementos que conformaban nuestro pequeño paraíso. Pero
siempre nos queda ese olor, ese horizonte perdido y gris que nos regala la
lluvia, cualquier lluvia en cualquier lugar del mundo, para volver y
reconocer uno a uno todos los charcos en los quedaron flotando nuestros
recuerdos más lejanos.

Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Las leyes de la física (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS LEYES DE LA FÍSICA



Santiago Gil














Había un tiempo en que no existían los videojuegos y en
que la televisión era un canal en blanco y negro que emitía sólo unas
cuantas horas al día. La vida estaba en la calle y por supuesto también
los juegos y la diversión. Los fines de semana, los festivos y los días de
vacaciones se convertían en una aventura diaria. A veces los juegos venían
marcados por la llegada al quiosco y a las tiendas de los boliches, las
estampas de la nueva Liga de fútbol o algún artefacto juguetero,
generalmente tirando a cutre, que regalaran por un par de paquetes de
chicles o unos cuantos envoltorios de caramelos. Pero nuestra diversión
era mucho más anárquica e improvisada. Me imagino que a cualquiera de
nosotros se le ocurría sobre la marcha construir una caseta de dos pisos o
una subterránea e inmediatamente nos poníamos manos a la obra buscando
cartones, maderas, tachas y plásticos. Luego los otros grupos de amigos se
picaban y hacían lo propio en otras fincas abandonadas en las afueras del
casco urbano guiense. Casi todo era creado por nosotros mismos. Ahora que
soy un manazas recuerdo con nostalgia la soltura y la sapiencia que
estilábamos entonces, unos con más técnica que otros, en la construcción
de cualquier artefacto o caseta que nos propusiéramos. En el colegio
llamaban trabajos manuales, y luego pretecnología, a aquella asignatura en
lo que uno creaba por sí mismo. En esos casos sí nos parecían aburridas y
ridículas las manufacturas, todas aquellas formas geométricas o los
dibujitos para el Día de la Madre, y no digamos cuando había que
reproducir el careto de Cervantes o la silueta del Quijote para celebrar
el Día del Libro. Eso era parte de una asignatura, y por tanto una
obligación: desde niños teníamos claro que las obligaciones jamás son
divertidas. Luego en la calle seguro que aplicábamos más leyes geométricas
y hacíamos más mediciones cada vez que pergeñábamos un nuevo invento, pero
eso era diferente, era un juego, nadie nos ponía nota, y sobre todo
dejábamos rienda suelta a la imaginación.

Hoy en día seguro que no sabría construir un carro de
cojinetes. De niño construía uno cada año, cuando nos daba a todos por
echarnos a rodar por las calles del pueblo con aquellos estruendosos
inventos que apenas lograban doblar cuando aparecía la primera esquina; y
eso a pesar de que la parte delantera era dinámica y la gobernábamos con
un trozo de soga que imitaba las riendas de los carruajes de las películas
del oeste que veíamos los sábados al mediodía en la televisión. Esos
carros desaparecían luego cuando acababa la moda o el ciclo de sus juegos.
Nunca supe de nadie que guardara uno, y mucho menos que algunos de esos
carros llegaran por ejemplo a nuestros días. Supongo que los
destrozaríamos y una vez destrozados pasarían al barranco, que era donde
entonces se acumulaba la basura, los detritus y los restos inutilizables o
que quedaban fuera de moda o de uso. En el barranco, antes de llegar a
Gáldar, siempre olía a basura quemada y veías cómo las ratas se movían
entre las cáscaras de naranja y las latas carbonizadas. Era otro concepto
de tratamiento de residuos sólidos urbanos, casi el mismo que se habría
seguido durante cientos de años. Nosotros desobedecíamos las órdenes
paternas y una y otra vez nos íbamos al vertedero a buscar bicicletas
medio desconchadas, gomas de camión que todavía rodaban por las cuestas y
todos los artefactos que viéramos y que nos sirvieran para improvisar un
día de juegos diferente. Éramos un poco traperos, pero tan traperos como
osados e imaginativos.

Para casi todo hacía falta dominar las cuatro reglas
básicas de un carpintero o de un maestro de obras. Para las hogueras, por
ejemplo, no bastaba con acumular ramas, cartones o colchones en desuso:
había que saber cómo colocarlos para que quemaran correctamente o para que
no se viniera abajo todo desde que empezaran las llamas a flamear como
grandes banderolas majestuosas. Había un halo mágico en todas aquellas
construcciones, creaciones o colocaciones de arretrancos. Aun no habíamos
estudiado las leyes de física pero las aplicábamos sin conocerlas, y luego
cuando las supimos nunca nos explicó nadie que era lo mismo que estábamos
haciendo desde niños: nos las ponían en fórmulas y en complicados
problemas que nos quitaban el sueño. Nosotros sí que dominábamos el
espacio, la velocidad o el tiempo, pero lo hacíamos con la naturalidad con
la que lo hace la propia naturaleza, como ese pájaro que vuela sin ser
consciente que está desplazándose a una velocidad su cero de no sé cuántos
dígitos y por supuesto sin saber quién diablos era Newton: como mucho
conoce la manzana, pero para comérsela, que es para lo único que existe la
manzana.

La técnica también la empleábamos en la construcción de
cometas. Había que montar correctamente la estructura de caña y verguillas,
y luego teníamos que calcular el tamaño de la cola de retales que hacía
que el viento no la dislocase cuando se elevaba y comenzaba la danza de
improvisados giros casi imposibles por los celajes del pueblo. Nosotros
íbamos soltando o recogiendo hilo carreto según se fuera a derecha o a
izquierda. Todavía hoy soy capaz de oler el hilo carreto entre mis dedos,
aquel olor a aventura y a vuelos lejanos que identificamos sobre la marcha
con las cometas y con la maravilla de comprobar que lo que uno hacía
volaba y se elevaba muy por encima de nosotros, allá donde soñábamos que
todo debía de ser poco menos que divino. Soñábamos con volar, por
supuesto, todos los niños sueñan que vuelan sin saber que están volando
cada vez que se suben en la magia de un nuevo día. Se vuela con
naturalidad y sin grandes alharacas, unos días en el papel cebolla de las
cometas de colores y otros en el humo de las hogueras que se terminaba
confundiendo con el arrebol del horizonte o con las primeras negruras de
la noche.

Hacíamos y deshacíamos nuestros propios sueños. No
hubiéramos soportado nunca la pasividad de los juegos actuales, nos
hubiéramos aburridos como ostras siguiendo el rastro de un balón virtual
sin olor a cuero, sin manchas de barro o sin sentirlo golpear contra el
poste o el larguero de cualquier portería improvisada en mitad de una
finca abandonada, con dos palos o dos piedras superpuestas. También los
campos de fútbol los construíamos nosotros, y el césped duraba sólo unos
días después de las primeras lluvias del invierno, pero no era de plástico
ni de material sintético. Todo tenía olor y palpitaba alrededor nuestro.
De alguna manera nosotros también contribuíamos a que todo fuera mucho más
auténtico, con un par de maderas, con unos cuantos cartones, con unos
pocos metros de hilo carreto o con una caja de clavos y de tachas.
Sabíamos cómo se construían sueños.

Febrero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


El guá de la plaza chica

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EL GUA DE LA PLAZA CHICA

Santiago Gil

Mis recuerdos están dispersos por todo el pueblo.
Cuando paseo por las calles o por los caminos cercanos al casco histórico
de Guía me llegan a todas horas voces, olores e imágenes que me
desenmascaran ante el tiempo. No puede ser que de casi todo aquello hayan
pasado más de veinticinco años. Parece mentira. Rilke decía que nuestra
patria es la infancia, y no sé quién repetía que uno es del lugar en el
que estudió el bachillerato. En ambos casos, salvo los recuerdos que como
otros muchos guienses guardo de los veranos en Agaete, el escenario es el
mismo. Me basta cerrar los ojos para verme sobre la marcha guerreando a
pedrada limpia contra los de La Cuesta en la Montaña del Teléfono o para
reconocerme con un pirulí recién comprado a Doña María y a don Federico en
el quiosco azul de latón que estaba frente a la iglesia. Dejándome llevar
no acabaría nunca de rememorar lugares, personajes y momentos inolvidables
que me fueron abriendo los ojos a la vida.

En Guía aprendí a dar mis primeros pasos sobre la
tierra, leí mis primeras palabras y sentí la libertad casi inexplicable
del primer momento en que parecía que volaba sobre una bicicleta ya sin
las malditas ruedas traseras de la vergüenza, auténtico baldón para quien
las sufría por impericia o por miedo a perder el equilibrio. La Plaza
Chica fue testigo de muchos de esos momentos, aunque la libertad de la
bicicleta la gané en la Plaza Grande, sin duda nuestro circuito predilecto
para todo lo que rodara por no tener obstáculos en todo el contorno. En la
Plaza Chica siempre había alguien que recordaba haber visto la fuente
iluminada y llena de agua. Yo sólo la recuerdo con agua un año para las
Fiestas de la Virgen, y siempre la recreo como parte de nuestro escenario
para los juegos o para andar dando trompicones de un lado para otro o
serpenteando como un reptil ufano.

También estaban el tobogán, unos artilugios aburridos
que creo que conocíamos como los remos y los columpios y la barca. Desde
esta última salimos volando más de una vez sin que de momento a ninguno de
los de entonces nos haya pasado factura en la cabeza. También podías salir
con la cara amoratada y los dientes tirados por el suelo por culpa del
efecto rebote de la jodida barca en el momento en que la impulsabas desde
fuera. Supongo que serían dientes de leche y que además estarían
acostumbrados a salir varias veces al año. Sólo así me puedo explicar que
hoy no estemos mellados todos los guienses que tenemos entre treinta y
cinco y cincuenta años.

En la Plaza Chica también hacíamos mucha vida social en
las escaleras de piedra que conducen a uno de los laterales de la iglesia.
Solía ser el tapete preferido para jugar a las estampas o para
destrozarnos los pantalones o las rodillas rodando por las escalinatas.
También en esas escaleras se escribieron muchas primeras historias de amor
que no pasaban de un ligero y arrobado pestañeo o de unos dedos
entrelazados, que ya me dirán ustedes para qué diablos se entrelazaban los
dedos entonces. En fin, ya más adelante descubrimos los bancos más
recónditos de la Plaza Grande, el gallinero del cine Hespérides y otros
lugares que creo que por el bien de todos y para que no pierdan su propio
encanto lo mejor es que cada uno se guarde para sí con la misma intensidad
con la que se guarda el primer beso.

Junto a esas escaleras, y al lado mismo del que se
supone que es el busto de Luján Pérez - ya desde aquellos años teníamos
claro que a quien se parecía era al Cristóbal Colón que estaba en las
ilustraciones de los libros de texto- se encontraba un gua que fue
sobreviviendo estoica y milagrosamente a las distintas pequeñas reformas
de la plaza. Hasta Tomasito el jardinero se cuidaba de que no se
enchumbara cuando andaba con la manguera reverdeciendo los muchos jardines
del entorno de la Plaza. A Tomasito recuerdo que le pedíamos que nos
echara agua en la cara cuando acabábamos de jugar a las chapas y sudábamos
de arriba abajo. Cuando nos echaba el agua nos sentíamos igual que los
jugadores del Guía o de la Unión Deportiva Las Palmas, y el bueno de
Tomasito nunca quiso que frustráramos nuestros sueños de grandeza
futbolística. También nos dejaba enjuagarnos la boca con el agua y hasta
coger la manguera para echar un par de chorros entre las raíces de los
laureles de indias de la Plaza Grande. Pero yo estaba hablando del gua de
cemento situado en medio de la Plaza Chica. No sé cuántas generaciones
habrán jugado al boliche en ese gua. Yo por lo menos tengo recuerdos de
tardes enteras tirado en el suelo tratando de atinar con el boliche y de
sumar bolas de colorines para mi colección, o lo que era la repera: aquel
bolón enorme que no cabía en el bolsillo y que tenía más de diez colores.
Creo que desde entonces aprendimos que la vida es una cuestión de rachas,
y, tal como sucede ahora, a veces regresabas a tu casa con los bolsillos
llenos y otras con el sabor amargo de la derrota dibujada en la comisura
de los labios. Cierro los ojos y soy capaz de rememorar el ruido que
hacían los boliches cuando chocaban violentamente. Jamás se rompían. Se
ajaban y perdían brillo, pero esos eran justamente los más deseados, los
que habían pasado por las manos de los más expertos y los que habían
protagonizado muchas partidas memorables. No conservo ni un solo boliche
de aquellos años, pero sería capaz de señalar el punto exacto en el que
estaba el gua de la Plaza Chica. De hecho, no creo que pueda mirar el
pavimento de esa plaza sin verlo: uno cuando mira los lugares en los que
fue feliz los vuelve a ver como eran antaño, con los mismos amigos por los
alrededores y el mismo color de la tarde reflejado por todas partes. Por
eso evitamos tantas veces regresar a Ítaca: para salvarnos de los
desengaños y de los destrozos del tiempo. A nosotros no nos queda París.
Lo que tenemos para seguir sobreviviendo es la Guía de entonces, que era
la más nuestra porque fue en la que aprendimos a ver el mundo. Los niños
de ahora seguro que dirán lo mismo dentro de treinta años, aunque la
verdad es que a los niños de ahora no los veo yo como nos veíamos nosotros
en la calle. La calle era la vida, nuestra casa,
nuestra libertad, nuestro único paraíso imaginable.

Agosto de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Las bicicletas (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS BICICLETAS



Santiago Gil






No concebiría la infancia sin bicicletas. Hay un
pedaleo que nos lleva directamente a las tardes en la Plaza Grande dando
vueltas como en un carrusel de sueños. No era cómodo ir en bicicleta por
nuestro pueblo. Por todas partes te encontrabas con subidas y bajadas
pronunciadas, e incluso las que creíamos calles llanas como Médico Estévez
se convertían en empinadas cuestas apenas empezabas a circular por ellas.
No era nada fácil mantener un ritmo de subida constante por la calle del
Agua o la calle Real, y no digamos por el callejón trasero al Ayuntamiento
o cuando nos daba por subir en dirección contraria la calle que hoy lleva
el nombre de Santiago Betancort Brito. Hacían falta buenas piernas para
apechar esas calles empinadas que canta Braulio en su canción y en la que
tantas veces caímos derrotados echando pie en tierra a media subida.

Otra cosa eran las bajadas. Íbamos como locos
desafiando las esquinas y los muchos baches que encontrábamos en los
adoquines. Entonces había pocos coches circulando por las calles del
pueblo y la verdad es que nosotros debíamos ser de goma, que sólo así se
entiende que hayamos llegado sanos y salvos a estos días y que podamos
estar hoy rememorando aquella sensación de libertad absoluta, y creo que
inigualable, de cuando nos sentíamos volar por algunas de las muchas
pendientes del casco histórico guiense.

Todas las bicicletas que tuve fueron rojas. No recuerdo
el color del triciclo, pero sí el de la bici de ruedas macizas y el de la
Orbea que comenzó su andadura arrastrando dos ruedas traseras de seguridad
que, además de hacer un ruido insoportable, nos llenaban de vergüenza y
nos dejaban en evidencia delante de los que ya casi volaban por la Plaza
Grande. Ya he dicho muchas veces que uno de los días más recordados de mi
infancia fue el primero en que con ayuda de una llave inglesa cogida por
algún amigo en su casa separé las dos ruedas traseras y empecé a descubrir
que el mundo era verdaderamente maravilloso cuando te dejabas llevar por
el pedaleo y sentías el aire golpeando tu cara. No voy a decir que
volábamos, pero era como si lo hiciéramos, sobre todo cuando nos dejábamos
ir sin frenos por las carreteras de La Vega y llegábamos a Gáldar casi tan
rápido como los coches que bajaban bordeando el Pico de La Atalaya.

Debíamos tener doce o trece años cuando nos hacíamos
esas escapadas. Para el regreso, previo paseo triunfal por las calles
Gáldar tratando de llamar la atención de la novia soñada de turno, nos
metíamos por la zona de La Montaña y nos adentrábamos por Rojas, Becerril
y La Atalaya. Alguna que otra vez nos las tuvimos que ver con grupos de
gamberros que nos lanzaban piedras o amenazaban con robarnos las
bicicletas, pero la sangre nunca llegó al barranco de Las Garzas y con el
tiempo aquellos gamberros se convirtieron en nuestros camaradas en equipos
de fútbol o lucha canaria, o bien compitiendo cada lunes en los partidos
interescolares que disputábamos en el pabellón Juan Vega Mateos de Gáldar.
Para jugar esos partidos no íbamos en bicicleta sino que nos metíamos ya
con el equipaje puesto en el coche de don Cesáreo. Lo que no entiendo es
cómo cabíamos allí dentro. Creo recordar que era un SEAT 127 rojo, y si no
era ese modelo era uno similar. Desde la distancia, y teniendo en cuenta
la tensión de los músculos en aquel espacio claustrofóbico, empiezo a
entender por qué perdíamos casi todos los partidos. De todas formas jugar
en aquel polideportivo, entonces recién estrenado, era para nosotros casi
como hacerlo en el Nou Camp o en el Bernabéu, aunque en ese caso el césped
era sustituido por el parquet.

Cuando nos íbamos de aventuras nunca íbamos solos. Casi
siempre quedábamos entre cinco y diez amigos que aparecían con distintos
modelos, desde las sofisticadas Chopper y las primeras bicis con cambios
en el volante, hasta la Orbea o la BH de toda la vida que utilizábamos la
mayoría. A la hora de correr o de subir las cuestas no valían los modelos,
y de hecho los más creídos y confiados en las marcas solían quedarse
siempre los últimos.

Con el tiempo nos hicimos con bicicletas de carrera,
pero ya eso fue en el instituto y en mi caso prefiero no recordarlo porque
si hoy estoy vivo es de milagro. Una tarde lluviosa de febrero salí
volando por La Cuesta de Silva a una velocidad tremenda después de no
haber tocado freno en las tres o cuatro curvas que hay después del Cenobio
Valerón. Guardo unas cuantas cicatrices en mi cuerpo que dan fe de aquel
milagro.

Pero esas bicicletas de carrera ya no tenían el encanto
de las otras, de aquellas que pesaban un quintal y que no sé cómo diablos
mantenían la estabilidad. Para ahorrarme las cuestas que conducían a San
Roque yo guardaba la mía en el almacén de la Bodega de mi familia, en El
Siete, aparcada entre cestas de turrones y cajas de refrescos. A veces
estaba varios meses sin moverse. Como todo en nuestra infancia había unos
ciclos, me imagino que atávicos o meteorológicos, que nos hacían
decantarnos por las distintas aficiones o juegos según los meses. Cuando
tocaba bicicleta estábamos todo el santo día con la bici para arriba y
para abajo, lo mismo que cuando tocaba boliches, cometas o carricoches de
cojinetes, pero luego cualquiera de esos fieles acompañantes desaparecía y
se podían tirar meses olvidados. Hubo una vez, claro, en que el olvido se
alargó más de lo debido y ha llegado hasta nuestros días. Quizá el único
objeto al que guardábamos fidelidad todo el año era el balón; de resto
todo era pasajero, cíclico o una cuestión de modas, anuncios en la tele o
en el caso de la bicicleta coincidencia con la Vuelta Ciclista a España o
el Tour de Francia.

Ya digo que un buen día se detuvieron los ciclos y
todos esos juegos se fueron olvidando, lo mismo que los objetos y los
lugares en donde los practicábamos. No sé cómo acabó la Orbea roja, ni si
a estas alturas existe en alguna parte. Tampoco sé en qué lugar se
perdieron las colecciones de estampas, los boliches o los equipajes de
fútbol que se nos fueron quedando pequeños a medida que crecíamos y la
vida nos iba metiendo en otros juegos mucho menos divertidos y
vocacionales. Sucedió lo mismo con los amigos de entonces, con todos
aquellos que se escapaban con nosotros de aventura pedaleando en busca de
unos sueños que creíamos eternos cuando nos daba el aire en la cara y
parecía que siempre íbamos a estar en disposición de descubrir el mundo.



Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/06/2009.


Las canastas (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LAS CANASTAS



Santiago Gil














Uno siempre recuerda las estructuras de las que
colgaban las canastas de baloncesto como unos estorbos que teníamos que
estar todo el santo día moviendo de un lado para otro cuando queríamos
jugar al fútbol. Nosotros no éramos como los niños de ahora que tienen
tropecientas mil ofertas deportivas. Entonces sólo teníamos el fútbol, la
lucha canaria, la natación y un poco de voleibol y balonmano. Pero como el
deporte que practicábamos era improvisado, a menudo montando campos en
pedregales o en fondos de maretas vacías, solía ser el fútbol lo más
demandado y socorrido. También influía que en los periódicos, en la tele o
en la radio no se hablaba de otra cosa. No hacían falta entrenamientos o
estar federados para montar partidos de máxima rivalidad entre calles o
barrios del pueblo. Poco a poco, sin embargo, se fueron sofisticando las
infraestructuras y empezamos a utilizar las canchas que supuestamente se
habían construido para jugar a balonmano, a voleibol o baloncesto como
canchas de futbito, que era como entonces llamábamos todos a eso que ahora
llaman fútbol sala – para nosotros hubiera sido algo hilarante meter en
sala cualquier deporte, y mucho menos el futbito, aunque cuando íbamos a
jugar los partidos interescolares al Vega Mateos de Gáldar casi nos
veíamos jugando en el Bernabéu-. Estaba la cancha del albergue, que
siempre conocimos como la cancha del barranco, la del Instituto y la del
colegio. La preferida era sin duda la del barranco, el gran escenario de
casi todos nuestros pequeños hitos deportivos. El problema de esta cancha
es que era un poco multiusos, y si había gente jugando a baloncesto no se
podía jugar al fútbol. Hasta que tuvimos doce o trece años siempre perdían
los de baloncesto, que eran poco menos que unos bichos raros. Para jugar
tenían que ir a las horas que sabían que no habría nadie con ganas de
jugar al fútbol, después de almorzar o a primera hora de la mañana. Pero
más tarde o más temprano aparecíamos quince o veinte fanáticos con el
balón de fútbol y hacíamos valer nuestra prevalencia y nuestra mayoría
absoluta y aplastante. Antes teníamos que estar rodando las estructuras de
hierro de las que colgaban las canastas. Estaban equipadas con ruedas y a
nosotros nos servían más para hacer el mono que para jugar al baloncesto.

No sé cuando se viraron las tornas, aunque el fútbol
nunca dejó de ser lo más importante. Me imagino que los primeros
acercamientos al baloncesto coincidieron con el Madrid de nuestro paisano
Carmelo Cabrera, y que luego se fueron concretando con la llegada de
aquella generación de grandes jugadores que tuvo su corolario con la
medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. A los doce o
trece años nos entró el gusanillo de la canasta. De repente descubrimos
que nos divertíamos más con la intensidad, la participación y la velocidad
de basket que con las patadas y el alejamiento cada vez mayor del
romanticismo futbolero. Yo hubiera querido ser un gran jugador de fútbol,
pero pronto descubrí que era un poco patán con las piernas. En el
baloncesto, sin embargo, me defendía mucho mejor y además podías progresar
una barbaridad practicando por mi cuenta los tiros a canasta, el dominio
del balón en carrera o las fintas o movimientos más o menos
espectaculares. Por entonces empezamos a ver los primeros partidos de la
NBA en televisión, los famosos Lakers contra los Celtics. Como pasaba como
el Real Madrid y el Barcelona en los terrenos futbolísticos y
baloncestísticos, nuestra generación se fue decantando por la seguridad y
la efectividad de Larry Bird o por los arabescos de Magic Johnson. Yo opté
sobre la marcha por los Lakers y por intentar jugar con el espíritu de
Magic. Pero junto a esas referencias que entonces nos parecían poco menos
que de ciencia ficción estaban aquellos partidos de infarto de la
selección española con los Corbalán, Epi, Fernando Martín y compañía. De
repente las estructuras que servían para sostener y elevar los aros de
baloncesto le fueron ganando la partida a las porterías futboleras. Cada
canasta era un camino a la gloria, y las tardes se nos iban improvisando
partidos de tres contra tres en un solo aro o formando equipos que nos
permitían organizar pequeñas liguillas. Habíamos dejado de ser aquellos
gárrulos que nos reíamos de Feluco, Ferrer, Sosa, Paco y tantos otros
pioneros que cuando nadie sabía siquiera lo que eran tres segundos en la
zona se tiraban la tarde botando el balón y tirando a canasta, casi
siempre solos, y generalmente siendo víctimas de las malévolas bromas de
los que sólo imitábamos a los que salían en las estampas o en el Don
Balón. Poco a poco se fueron mejorando las canchas, los materiales los
aros, los equipajes y por supuesto las playeras. Entonces, cuando nos
empezó a entrar el gusanillo del baloncesto a finales de los setenta, no
había ni redes en las canastas, y lo normal era que jugáramos durante
meses tratando de encestar en un aro medio desconchado y desclavado del
tablero. Al igual que en el futbito y en el resto de los deportes que
practicábamos con una espontánea determinación jamás había árbitro. Nos
entendíamos entre nosotros, y quizá en esa práctica deportiva fue donde
empezamos a descubrir que, al igual que en la vida, los hay nobles e
innobles, tramposos y honrados, creativos e imitadores, y también
compañeros o egoístas: toda la vida se estaba recreando en la cancha,
aunque nosotros entonces no éramos conscientes de ello. También
descubrimos el valor del esfuerzo y la constancia, y por supuesto la
importancia de la suerte. Ahora hace años que no tiro a canasta y que no
pruebo a lanzar un penalti o a practicar una contrapardelera, pero sí
reconozco que aprendí mucho en las canchas de deporte de mi infancia. Con
los años todos aquellos jugadores han ido creciendo y comportándose más o
menos como lo hacían en el deporte. No sé qué ha sido de muchos de ellos
pero seguro que el tramposo sigue dedicado a las trampas y que el
voluntarioso sigue luchando a brazo partido por ganar los partidos de la
vida diaria. Creo que casi todos éramos nobles y buenos deportistas, por
eso podíamos jugar casi siempre sin árbitro. Pero siempre había alguno que
venía a enturbiarlo todo con sus malas formas y sus abusos. Eran pocos,
pero como descubrimos cuando crecemos y nos movemos en otros ámbitos de la
realidad, también entonces se hacían notar y nos terminaban jodiendo los
partidos.

Marzo de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 06/06/2008.


Los papagüevos

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


EN LA PIEL DE UN PAPAGÜEVO

Santiago Gil

Llego a Guía y escucho de lejos la música de los
papagüevos. Estamos a principios de agosto. Los papagüevos eran los que
anunciaban las llegadas de los días festivos, pero al mismo tiempo su
presencia era sinónimo de diversión y de presagios de buenos momentos.
Todavía hoy cuando me los encuentro bajando por la calle del Medio o dando
los revoloteos postreros y vertiginosos en las inmediaciones de la Iglesia
noto cómo el niño que llevo dentro trata de abrirse paso sobre la marcha
para unirse a la fiesta. Los papagüevos de Guía han tenido siempre un halo
mágico y descomunal. Eran más grandes y más llamativos que los de otros
lugares y vistos desde la altura de un niño impresionaban lo suyo. Los
guienses, acostumbrados desde pequeños a su presencia, los veíamos como
parte de nuestro paisanaje. Sin embargo, recuerdo a mis primos o a otros
niños que venían de fuera escondiéndose muertos de miedo entre las faldas
de sus madres cuando veían aparecer a las enormes presencias de madera y
cartón piedra. Lo bueno de los papagüevos de Guía es que siempre siguen
siendo más grandes que nosotros. Quizá por eso quedan a salvo de la
decepción que a uno le supone ir creciendo y encontrando que todo se le va
haciendo chico, pueril o poco divertido. A mí todavía me emocionan cuando
los veo danzar entre los niños y las calles de adoquines en las que llevan
bailando desde que yo era niño. Me emocionan y me ponen un nudo en la
garganta. También hacen el mismo efecto que la magdalena de Marcel Proust:
nos remueve el pasado y nos coloca delante amigos, recuerdos y situaciones
que creíamos olvidadas.

De niño había ritos que cumplir cada estación. Unas
veces tocaba ser monaguillo, otras andar como locos con las manos
manchadas de tinta y chiribitas haciendo alfombras por las calles, o ya en
septiembre tocaba vestirnos de típicos después de haber estado varias
semanas juntando maderas y cañas para preparar una carreta con la que
presumir durante unas horas delante de todo el mundo. Pero sin duda,
llevar un papagüevo era una de las grandes aspiraciones de los niños de mi
generación, sobre todo llevar un papagüevo pequeño o más correctamente un
cabezudo o cabezón. Nos podíamos tirar varias semanas haciéndole la pelota
a Suso el Maipó, a René Gordillo o a Dominguito para que nos dejaran el
cabezón con el que pasearnos por las calles del pueblo como unos héroes
paganos y unos elegidos. Los más galletones trataban de imponer su ley y a
veces no te quedaba más remedio que aliarte con alguno de esos abusadores
para por lo menos salir en un pasacalles. Las joyas de la corona
papagüevera
eran la Cabalgata y la Batalla de Flores, además de La
Rama que entonces se celebraba la mañana antes de la Romería del tercer
domingo de septiembre. Estaban el enano, los cerditos y otros engendros en
cartón piedra que iban acompañados de ropajes pasados de moda, horteras y
deshilachados, que eran parte del encanto de aquella aventura y que además
nos acercaban a las calendas carnavaleras. Los papagüevos estaban en la
trasera del ayuntamiento, donde estaba instalado el mercado municipal que
creo que nunca vi funcionando más allá de una carnicería que había en la
parte superior a la que íbamos a buscar la carne los viernes por la tarde
(después nos dirigíamos al Callejón del Molino para que Lita nos diera los
cartuchos de gofio recién molido para toda la semana). Los niños estábamos
varias horas antes de que salieran los papagüevos haciendo cola en los
portones del callejón que estaba detrás del ayuntamiento, aunque al final
ya digo que solía imponerse la ley del más fuerte o las cuñas de los que
eran amigos de los encargados de distribuir los cabezones que acompañaban
a los papagüevos. Ese callejón tenía la particularidad de estar siempre
lleno de niños en los meses de colegio, y todavía me recuerdo corriendo
por él antes de las nueve de la mañana o de las dos de la tarde, o
tratando de superarlo cuesta arriba después de un día entero de colegio.
El resto del año, y sobre todo los fines de semana, apenas lo
transitábamos. No lo decíamos entonces, pero creo que era como una especie
de repulsa inconsciente a lo que suponía el colegio y a su inevitable robo
de la libertad y el callejeo que era nuestro mundo y nuestro único
escenario para la felicidad y la aventura. Incluso hoy apenas piso ese
callejón estrecho y pronunciado del que, paradojas de la vida, o más que
paradojas amnesias interesadas, no recuerdo ni siquiera el nombre. Más
paradójico aún es que los papagüevos pasaran adonde creo que hoy está el
tanatorio, y si no estaban ahí era justo al lado donde tenían su vivienda
improvisada cuando no nos acordábamos de ellos.

Yo tuve la suerte de conseguir el "cabezudo" que iba
con los papagüevos en más de una Cabalgata y en otros días que carecían
del mismo mérito que ese día grande y estelar para los que entonces no
teníamos otra intención en la vida que tratar de ser felices. Recuerdo,
además, que no hacíamos más que levantarnos todo el rato el cabezón de
marras para que nos vieran y nos reconocieran. Lo de menos era el
misterio: nosotros queríamos ser reconocidos y convertirnos en la envidia
de nuestros amigos cuando nos vieran moviéndonos donde los guardias no
dejaban entrar a nadie y abriendo el cortejo de las carrozas. Lo bueno de
la Cabalgata era que no había gente bailando alrededor de los papagüevos.
Los días de pasacalles, y no digamos en La Rama de septiembre, recibías
golpetazos por todas partes en el cabezón. y estabas más pendiente de
descubrir al malandrín que se divertía tocando los bongós sobre tu cabezón
que de pasártelo bien. Tiempos de papagüevos. Todavía hoy recuerdo los
sonidos de la banda de Agaete marcando los ritmos que íbamos danzando los
cabezones y los papagüevos. Mirabas y respirabas por la boca de un cabezón
repintado de cartón piedra, y les aseguro que el mundo pocas veces me ha
parecido más mágico y más lleno de diversión y de fantasía. Era un lujo
sentirte en medio de la fiesta y ser parte de la misma. Hoy, por mucho que
uno quiera mirar con idénticos ojos, ya no logramos esas intensidades y
esos fogonazos de diversión, y no son precisamente sonrientes y
despreocupados papagüevos lo que nos encontramos cuando alzamos la vista
hacia arriba confiando todavía en los milagros. Por eso nos aferramos
tantas veces a la infancia. Para intentar salvarnos.

Agosto de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los vietnamitas (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS




Los vietnamitas

Santiago Gil


Las primeras nociones que tengo de la actualidad
internacional son la guerra de Vietnam y el caso Watergate. Recuerdo
escuchar el nombre de Richard Nixon como una especie de letanía
ininteligible en los informativos del diario hablado de Radio
Nacional de España. Yo preguntaba que qué era eso del Watergate y que
quién era Nixon, y alguna que otra vez pregunté también por el Vietnam.
Debía tener seis o siete años pero era tal la insistencia diaria de
aquellos locutores que todos esos nombres entraron a formar parte de mi
mitología infantil. Mi madre me decía que eran cosas de mayores, y con el
tiempo descubrí que efectivamente eran chanchullos, abusos de poder y
ataques despiadados a víctimas civiles e inocentes que no tenían nada que
ver con mis juegos de la infancia.

Yo me iba para el colegio repitiendo el nombre de Nixon,
que a mí me sonaba a integrante de Los Hombres de Harrelson o a personaje
secundario de aquellas teleseries policíacas que tanto proliferaban en la
única cadena de televisión que teníamos entonces. Luego en el colegio le
preguntaba a otros amigos si sabían quién era el tal Nixon, pero o no
respondían o estaban tan perdidos como yo en las cuestiones de política
internacional. Tampoco sabíamos nada de Vietnam. Ambos nombres se unieron
a los numerosos arcanos de la infancia que no siempre se aclaran al paso
de los años. Supe luego lo que fue el Watergate, y más o menos tengo un
par de ideas claras de lo que pasó en Vietnam. Otros temas y otros nombres
sí es verdad que se quedaron para siempre en el olvido o en el misterio.

Lo de Vietnam nos cogió más de cerca. Un buen día nos
dijeron en el colegio que iban a venir a quedarse al Hogar Rural unas
cuantas familias vietnamitas que venían huyendo de la guerra. Nos contaron
que habían sufrido mucho y que habían visto atrocidades innombrables.
Pedían que fuéramos solidarios con ellos y que ayudáramos a los niños a
integrarse en nuestro grupo de amigos. Lo hicimos. O por lo menos tratamos
de hacerlo. Había un niño, del que no recuerdo el nombre, que era más o
menos de nuestra edad. Cuando nos acercamos a él se mostró temeroso y
huidizo, desconfiado, y en su mirada se atisbaba el miedo y la soledad.
Siendo como éramos burleteros y crueles los unos con los otros, y sobre
todo con las miserias y los defectos de los demás, no nos atrevimos a
gastarle bromas pesadas ni a burlarnos de su desconocimiento del idioma y
de nuestras costumbres. Los que ya sabíamos algo de inglés por estar
estudiando en clases particulares con María del Carmen Rodríguez (Tata)
nos lográbamos comunicar a duras penas con los recién llegados, pero
tampoco su manejo del inglés era muy avanzado y supongo que el que
conocían sería el más coloquial y peor pronunciado que hablaban los
soldados norteamericanos. Así y todo fuimos poco a poco estableciendo
contacto, sobre todo aprovechando los partidos de ping pong que
disputábamos en una mesa ajada y curtida en mil batallas que estaba en una
de las salas de la planta baja del Hogar Rural. La verdad es que no
recuerdo mesa de ping pong mejor que aquélla. Quizá la del Casino se le
aproximaba, pero el material, las medidas y el lugar en el que estaba la
del Hogar la traen a mi recuerdo como un fogonazo en el que reconozco
muchas tardes inolvidables de la infancia. Luego nos colocaron otras más
modernas en el terrero de luchas, pero nunca superaron la magia y el
encanto de aquella otra que soy capaz de volver a ver, y sobre todo a
oler, con solo cerrar un momento los ojos.

En esa mesa se fraguó nuestra amistad con este amigo
vietnamita al que le castellanizamos el nombre, aunque siempre le seguimos
llamando por su nombre vietnamita, utilizado en diminutivo en el momento
en que dejábamos de llamarnos por nuestros nombres y recurríamos al alias
y al nombrete que cada uno tenía asignado por vínculo familiar o por pura
casualidad azarosa.

Alguna vez hablamos de la guerra. Realmente lo hacíamos
nosotros. Nuestros mayores nos decían que eran niños que habían sufrido
mucho y en todo momento intentábamos que nos contaran batallas y
estruendos de bombas, pero lo que para nosotros era un juego como el que
improvisábamos con dos cartucheras y un par de pistolas de mistos, para
ellos era el desasosiego y la muerte, el desgarro, el dolor y una especie
de miedo permanente que jamás se disipaba de la mirada de ninguno, sobre
todo de la de los abuelos y los padres.

Pasada la novedad y una vez empezaron a aprender
nuestro idioma se integraron en nuestro pueblo y estuvieron varios años
viviendo en el Hogar. Un buen día, sin embargo, les dijeron que debían
marcharse a una casona enorme que estaba en la misma orilla de la
carretera, a la altura de Casa Ayala. Hasta ahí sé se ellos. Luego, con
los años, sí hice un reportaje en Diario de Las Palmas sobre aquellos
vietnamitas que fueron acogidos en Canarias al término de la guerra.
Localicé a uno que tenía un restaurante en San Agustín, pero me contó que
se habían dispersado y se habían perdido la pista los unos a los otros.
Supongo que es parte de esa magia y ese azar que va moviendo cada una de
nuestras existencias. Quién le iba a decir a cualquiera de ellos que iban
a terminar viviendo a muchos miles de kilómetros de sus selvas y sus
arrozales, en un pueblo perdido en mitad de unas islas atlánticas
localizadas en el continente africano pero con cultura y costumbres
occidentales. Y por supuesto, quién me iba a decir a mí que iba a tener
testimonios directos y palpitantes de aquellas noticias extrañas que
escuchaba en mi casa en el informativo de la una y media justo antes de
salir corriendo para el colegio. De Vietnam a Guía en los primeros
setenta, todo un salto al vacío, que para ellos y para nosotros se acabó
convirtiendo en un cruce de culturas y costumbres que seguro que acabó
enriqueciéndonos a todos sin que nos diéramos cuenta. Por lo menos en mi
caso nunca he tenido la sensación de que el mundo le pertenezca a nadie
por haber nacido en uno u otro lugar del planeta. Aprendí que el destino
te podía llevar a Vietnam o a la Conchinchina, y que en ambos lugares uno
tiene el derecho de sentirse como en casa. Hoy pasa algo parecido con los
que vienen huyendo del hambre. El mundo también les pertenece, y dentro
del mundo nuestro mundo, que es tan de ellos como nuestro mientras estemos
vivos. No recuerdo su nombre, pero sí que contribuyó a hacernos más
tolerantes, más sabios y más cosmopolitas. Nos sentíamos unos afortunados
por no haber vivido lo que vivieron ellos. Hasta entonces pensábamos que
las guerras sólo eran cosa de la tele, del cine o de la radio. Sus ojos y
sus largos silencios nos enseñaron que las guerras se quedan para siempre
en la mirada de quienes las sufren. Nunca quiso contarnos lo que le pasó.

Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los trenes (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS TRENES



Santiago Gil














No sé si condiciona o no crecer sin tener cerca una
estación de trenes por la que escaparse. Las aventuras son más aventuras
cuando se mueven en tren, lo mismo que la marcha en busca de la gloria, o
el mismísimo regreso cuando volver es un sinónimo de fracaso. La vida pasa
de otra manera en los trenes, sobre todo en aquellos lejanos de vapor que
ya no vimos, pero también en los destartalados, lentos y oscuros que
recorrían los años sesenta y setenta de la Península. Nosotros no teníamos
trenes a los que subirnos en busca de la gloria o el fracaso. Para escapar
teníamos que acudir al barco o al avión. La tierra no es nunca lugar de
huida para los canarios. Sólo podemos escapar por mar o por aire, de ahí
nuestra inevitable melancolía y la tendencia que tenemos a escondernos en
todas las orillas o en la lejana presencia del cielo y las estrellas. La
huida era un sueño que recreábamos siempre mirando las olas de la playa.
En otros lados bastaba una mochila y un poco de determinación para saltar
a los vagones de un tren, o para subir a una guagua que ayudara a cambiar
de destino, de lengua y de mundo. Nuestras guaguas siempre acababan
encontrando las playas o los acantilados de la costa, y el avión era caro,
caro y poco romántico para marchar llevando sueños volanderos metidos en
la cabeza. Los canarios hubiéramos sido distintos de haber tenido tierra
para huir. Pero nos tuvimos que quedar, o regresamos con los mismos
turistas que vienen aquí como quienes van a Disneylandia. Ahora tampoco
los trenes tienen ese halo aventurero, y de hecho son casi iguales a los
aviones. Nuestro romanticismo viajero lo encontrábamos en el barco, pero
la huida en barco es lenta, pesarosa y dada a la meditación y al
arrepentimiento por las muchas horas muertas que tenemos para pensar. El
tren, en cambio, va rápido y aleja igual de raudo los paisajes. Casi no
nos deja tiempo para la nostalgia.

Nosotros sólo teníamos trenes eléctricos para soñar.
Nos encantaba estar durante horas siguiendo la agilidad casi felina de la
máquina que iba arrastrando sus hierros por los raíles. Éramos capaces de
estar durante horas dejándonos hipnotizar por la velocidad soñadora de los
trenes eléctricos. No recuerdo quedarme quieto de niño muchas veces, me
aburrían los juegos lentos o los que requerían pensar más de la cuenta.
Tampoco aguantábamos los entretenimientos pasivos. Sin embargo los trenes
tenían algo que nos paraba y nos hipnotizaba, tardes enteras escuchando el
runrún mecánico de una maquinaria coordinada y perfecta, casi mítica para
nosotros. Los trenes salían en las películas, y como tales se confundían
con el divismo de las estrellas, con los campos de batalla del Lejano
Oeste y con todo ese otro mundo que tantas veces supimos confundir
benditamente con la realidad.

No estábamos sobrados de máquinas en los setenta.
Recuerdo que de niños sólo había ascensor en el edificio del Banco Hispano
Americano. Para nosotros ir a casa de algunos de los amigos que vivían en
ese edificio era como entrar en algunas de esas películas de las que les
vengo hablando. Nos tirábamos todo el día subiendo y bajando pisos en el
ascensor hasta que el bueno de Dominguito el portero era avisado por
alguna vecina apurada por no poder subir las escaleras en un medio que era
la envidia de todas sus vecinas guienses. Y lo mismo que digo de los
ascensores lo podría decir de los coches teledirigidos: entonces los
coches que funcionaban con pilas iban a donde ellos les daba la gana. Tú
le dabas a una especie de palanca y ellos se desbocaban chocando con las
sillas o partiéndose en cuatro trozos al caer por una escalera. La llegada
del Mercedes o el Pegaso de Rico fue una gran novedad, casi equiparable a
lo que hoy puede ser una videoconsola: esos modelos, y otros semejantes
que empezaron a aparecer, venían con un cable incorporado y un mando con
el que podías dirigir los movimientos y la dirección del vehículo.
Acababas rendido después de estar durante horas siguiendo a menos de medio
metro las evoluciones del Mercedes o del Pegaso, pero por lo menos lo
hacías tuyo y de alguna manera lo controlabas para que no se estrellara
contra las paredes y las patas de todas las sillas de la casa. La
aparición de los primeros coches teledirigidos ya nos cogió un poco
mayores a los de mi generación, pero no por ello dejamos de alucinar con
las inmensas posibilidades de los veloces coches que tú dirigías
tranquilamente desde cualquier banco de la plaza. Eso sólo lo podíamos
hacer nosotros con los bólidos del escalextrix, pero no era lo mismo,
entre otras cosas porque el escalextrix era un coñazo cada vez que te
ponías a armarlo y porque tampoco lo podías llevar a la plaza. Los coches
teledirigidos llegaron más o menos en los mismos años que las teles en
color, y la verdad es que nosotros vimos todo aquello como una
consecuencia de la muerte de Franco: atribuíamos la llegada de las
máquinas y los colores a la desaparición de un régimen que sí percibíamos
opresor, mojigato, sombrío y sacristanesco sin saber siquiera qué
significaban todas esas palabras o la falta de libertad.

Yo los trenes los descubrí en Inglaterra con doce o
trece años, y además pude viajar en una de las réplicas de los primeros
modelos que inventaron los ingleses, con aquella famosa máquina de un tal
Watt (me suena eso de la máquina de vapor del inglés Watt como una
retahíla de las muchas que nos metieron en la sesera en los años de
colegio). Como siempre ocurre en la vida, la experiencia fue muy
gratificante pero no se asemejó en nada a lo que yo había soñado durante
años. Estaba el traqueteo y el paisaje verde que siempre iba quedando
atrás. Y también la sensación de que tú te movías más rápido que la
tierra. Estaba bien, pero no era lo que yo había recreado cuando seguía
los movimientos de los trenes eléctricos de mi infancia. Claro que eran
reales, y que había raíles, y que las estaciones, aún hoy, siguen teniendo
ese encanto que nunca encontraremos en los aeropuertos o las paradas de
guaguas. Tal vez lo que me ocurría es que los trenes no recorrían los
paisajes de nuestra isla, que es lo que soñábamos nosotros todo el rato.
Incluso me acuerdo de unos raíles que estaban por la Avenida Marítima y la
carretera del Sur por los que supuestamente tenía que circular un tren que
yo nunca vi. Siempre preguntábamos y nos quedábamos mirando aquellos
raíles surrealistas que cortaban el horizonte capitalino, pero nos
contestaban con evasivas o no tenían respuestas. Nunca vi el famoso tren,
aunque creo recordar que contemplé algunas fotos en los archivos del
periódico con el susodicho recorriendo la Avenida Marítima por aquellas
aberrantes y antiestéticas vías.

Seguimos sin poder huir en tren; y a lo mejor por eso
nos quedamos y nos vamos quedando. Hace años también nos bastaban cuatro
latas amarradas con una soga para soñar con la escapada y la aventura. La
imaginación era el raíl por el que discurría el traqueteo de la máquina de
nuestros sueños más volanderos. No había estaciones ni factores, pero
parte de nuestra infancia quedó varada entre zigzagueantes trenes
eléctricos que todavía hoy somos capaces de escuchar entrecortadamente
cuando necesitamos aventuras para poder seguir sobreviviendo.

Marzo de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los escaparates de los sueños

 

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Los escaparates de los sueños

Santiago Gil


No creo que haya alegrías
comparables a las que teníamos de niños cuando encontrábamos el escaparate
de la tienda de Pepito el de Maestro Blas atiborrado de juguetes. Yo de
niño le llamaba Pepito Mastroblás y lo recuerdo como un hombre
enjuto y atildado, elegante y con un cierto aire intelectual. Su tienda
era el paraíso, sobre todo cuando cualquier mañana de diciembre camino del
colegio o de misa nos la encontrábamos con los regalos de siempre –antes
del marketing y el merchaindaising los regalos de Reyes duraban decenios-
y con las novedades jugueteras de cada año. Era el anticipo de los Reyes
Magos. A mí lo de la Navidad siempre me parecerá una cosa empalagosa que
no recuerdo que se viviera en casi ninguna casa del pueblo, y que lo que
tenía de especial era la cena, los turrones y el aguantar despiertos hasta
las doce de la noche para ir a la Misa del Gallo. Nosotros éramos de Reyes
Magos, y aun hoy no puedo nombrar a los tres Magos de Oriente sin sentir
un cierto escalofrío. Fueron muchos años teniéndolos como lo más de lo más
de la existencia, y por mucho que los típicos enterados de la caja del
agua se empeñaran en desmontarnos la magia nosotros nos seguíamos
desvelando cada 5 de enero, y siempre jurábamos haberlos visto mientras
nos colocaban la bicicleta Orbea de color rojo, el scalextrix o el
paquetón de los Juegos Reunidos. Pero todo eso que deseábamos lo habías
elegido previamente en el escaparate de Pepito Mastroblás. Nos
tirábamos horas delante de su tienda y él siempre nos terminaba por dejar
pasar a condición de que no manoseáramos los juguetes o le hiciéramos un
estropicio, pero a ver quién era el guapo que se resistía a apretar el
botón del robot o a no dejar de poner en marcha el último modelo de coche
de Rico.

Uno pasaba delante de aquel
escaparate y la Navidad se activaba sobre la marcha, mucho antes de que
llegaran los anuncios de la tele, que en aquellos años no eran como ahora.
Entonces sólo se emitían los días previos, con aquel coñazo cursi de las
muñecas de Famosa que se dirigían al portal y el lacrimoso regreso del
eterno estudiante del Almendro. Los anuncios de nuestra Navidad, o por lo
menos de mi Navidad, eran los escaparates de Pepito en la calle del Agua.
Los domingos, cuando estaba cerrado, recuerdo estar con veinte o treinta
chiquillos delante de la cristalera debatiendo la calidad de cada uno de
los objetos y tratando de decidir cuál de todos ellos iba a ser finalmente
el elegido. No sé si luego mis padres se lo comprarían a Pepito, o si lo
harían en otra tienda de Guía, de Gáldar o de Las Palmas, pero yo en mis
cartas recuerdo especificar no sólo los modelos que deseaba sino hasta
dónde estaban situados en el escaparate. Según Pepito nunca se acababan y
siempre había para todos. Lástima que luego no encontrara explicación
cuando algún amigo con pocos recursos se veía casi sin Reyes o con unos
remiendos que no tenían nada que ver con lo que había pedido mirando el
escaparate de marras. Sí recuerdo, en cambio, la solidaridad juguetera del
6 de enero por la mañana. Nos veíamos en la Plaza Grande y compartíamos
todas las bicicletas, los madelman y los balones, que en eso sí he
reconocer que éramos una piña los amigos de entonces.

Lo lamentable era que casi siempre
llovía el 6 de enero, y por tanto se nos acababa mojando la bicicleta o el
balón dejaba de ser una presencia luminosa y blanquinegra en la que
depositábamos tantos sueños y terminaba manchado de barro, o, lo que era
todavía peor, comenzaba a despintarse y a perder parte del cuero, aunque
los balones que nos gustaban eran precisamente los despintados y un poco
más blandos por el uso y el abuso del balompié por las calles, las plazas
y las canchas del pueblo. Parece mentira, y no soy ningún viejo, pero
recuerdo jugar partidos interminables al fútbol en la calle Real, en la de
la Carrera o en la del Medio, o unos partidos espectaculares que se
montaban entre el cementerio viejo que estaba en San Roque y el taller de
Lalo. Estos encuentros se celebraban sobre la una de la tarde y en los
mismos destacaban los dos hijos del emblemático mecánico, tanto Manolín
como Carmelo, que murió poco después mientras cumplía el Servicio Militar-
unos años más tarde también moriría en la malhadada mili uno de mis
grandes amigos de la infancia guiense, José Antonio Morera, y por eso tuve
siempre claro que jamás iría al Cuartel, y de no haber cogido por los
pelos la recién aprobada Ley de Objeción de Conciencia no creo que hubiera
dudado a la hora de haberme hecho insumiso o de haberme fugado del país-.
Pero estábamos hablando de los juguetes y de los Reyes Magos, aunque se me
ha puesto un nudo en la garganta recordando que José Antonio, Tanito
Mateos y yo éramos los primeros que compartíamos la alegría de aquel día
en el zaguán de nuestras casas o dando tumbos por los alrededores de la
Plaza de San Roque. En fin, supongo que hay que decir que es ley de vida o
alguna de esas frases eufemísticas con las que solemos esconder la
impotencia ante la derrota y las pérdidas de los seres queridos. Sigamos
adelante.

En Casa de Pepito Mastroblás
también se frustró mi vocación de cantante. Yo, como muchos otros guienses
de mi generación, quería ser como Braulio. Bueno, primero quería ser medio
rockero, influido por la imagen de los bajos y las guitarras eléctricas
que estaban en la pared de la habitación de mi primo Carlos Larrodé –
alguien a quien también se llevó malévolamente la parca-. También tuvieron
mucho que ver los ensayos del grupo Los Rayos en un local de la casa de
Antonio Aguiar que daba para la calle Real. Yo, con cuatro o cinco años, y
apelando a la presencia de mi primo Carlos, me colaba casi a diario en los
ensayos y me quedaba abobado escuchando la batería. No recuerdo haber
deseado otra cosa en el mundo con la fuerza con la que deseaba aquella
batería, o cualquier batería que supliera los calderos que le quitaba a mi
madre, y tanto insistí que para Reyes me dejaron una al lado de los
zapatos con todo el esplendor de los tambores, los platillos y las
baquetas. No era la que yo quería. Yo había pedido la que tenían los de la
orquesta, y me costó mucho aceptar aquella imitación preparada para que
los niños dieran sus primeros golpes. No me duró un asalto, y en cuatro
días me cargué el bombo y los tambores. Ahí se quedó por tanto mi vocación
de rockero o de émulo de Ringo Starr. Pero eso no hizo que desistiera en
mis sueños musicales. No sé si sería al año siguiente o un par de Reyes
más adelante cuando pedí a los Magos de Oriente una guitarra para hacerme
cantante como Braulio. Ya en el colegio me había llevado un concurso que
hicieron en mi clase cantando con siete u ocho años el Decir Adiós de mi
paisano. Todavía recuerdo la cara de asombro de un profesor que se llamaba
José Ángel que por esos días sustituía a don Nicolás. Con esos profesores
notábamos que algo estaba empezando a cambiar en el país: se presentaban
con grandes barbas, no nos amenazaban con penas o reglazos y se dirigían a
nosotros como colegas. Claro que eso tenía como consecuencia que no les
hiciéramos ningún caso y que nos volveríamos unos rebeldes de cuidado.
Supongo que con los años se fue acentuando ese colegueo y que poco a poco
los alumnos se han ido haciendo con los profesores. Y no es que defienda
la violencia o las amenazas, que antes me quedo con la anarquía actual,
pero sin el respeto al profesor no hay nada que hacer y todo está
condenado al fracaso. Con don José Ángel – él nos decía que le llamáramos
José Ángel, sin el don, pero ya ven- nos pasábamos tres pueblos, y el buen
hombre no tenía más remedio que llevarnos a su terreno improvisando
partidos de fútbol en el patio o montando concursos como ése de canciones
que les estaba contando. Su cara era un poema cuando escuchaba cómo aquel
chiquilicuatro se ponía serio y decía de carrerilla lo de "regresas hoy a
tu país y abatido pensé: ya no podré saciarme en ti tan lejos de mi ser…"
Yo no sabía qué diablos estaba diciendo, pero el tal José Ángel les
aseguro que estaba totalmente anonadado con mi prematura nostalgia de
cuerpos desnudos y noches de blanco satén.

No fui cantante, como tampoco
logré ser futbolista, que a lo mejor por eso mismo he terminado siendo
escritor, para llorar por las metas no alcanzadas. Lo de cantante me lo
quise tomar más en serio. Mi abuelo paterno era un virtuoso del timple –
en realidad era un virtuoso de muchas cosas, como mi otro abuelo, Zenobito
García, y de los dos me gustaría escribir algo próximamente, aunque a
quien traté y conocí fue a mi abuelo Santiago, o Santiaguito el Bodeguero,
que es como se le conocía por disponer su negocio de un maravilloso mundo
interior compuesto por grandes barriles de vino-, y por tanto se suponía
que yo me tendría que manejar de maravilla entre las cuerdas. Nanay de la
China. Realmente lo que no superé fue el solfeo. Pepito me puso a solfear
desde el primer día, y reconozco que no recuerdo nada tan aburrido ni tan
incomprensible como aquéllo, ni siquiera las matemáticas, y ya es decir.
El bueno de Pepito se esforzaba y yo también, y hasta me aprendía las
lecciones y todo lo que me mandaba, pero los malandrines de mi pandilla se
ponían delante del escaparate exhibiendo los balones, los carros de
cojinetes, las cometas, los boliches o las bicicletas, y después de
haberme invitado a viva voz se iban en busca de aventuras. Yo me quedaba
aliquebrado y con la moral por los suelos. Pepito me decía que tenía que
ser disciplinado si quería ser músico, y yo le respondía que yo no quería
ser músico sino cantante como Braulio o como Nino Bravo. Él insistía en
que para ser un buen cantante había que aprender antes solfeo. Era un
purista y además tenía razón, pero para mí era un suplicio aquel
peregrinaje constante de amigos que se movían entre San Roque y La Plaza
dándome de merecer y mirándome como a un bicho raro cuando me veían
recitar el Do Re Mi de las narices. Lo dejé. Si a lo mejor las clases
hubieran coincidido con la época en que Pepito tenía la tienda llena de
juguetes igual hubiera aguantado, pero los juguetes desaparecían del
escaparate justo al día siguiente de Reyes y no volvían a aparecer hasta
el mes de diciembre. En aquellos años, por supuesto, no estaba en Gran
Canaria El Corte Inglés ni había ningún hipermercado de juguetes: todo
tenía su ciclo, y de alguna forma se imitaban los ciclos de la propia
naturaleza heredados durante siglos a través de ancestrales tradiciones.
No creo que deba aclarar que empecé a faltar a las clases de Pepito y por
ello a variar la ruta cuando bajaba o subía a la Plaza o al Colegio,
evitando cuidadosamente la calle del Agua durante varios meses. Luego
llegaron otra vez los Reyes y ya pudo más el tirón de la ilusión que las
vergüenzas por las deserciones musicales. Pepito, que era todo un
caballero, nunca me echó nada en cara. Supongo que él vería sobre la
marcha mi poco futuro en el mundo de la musa Euterpe y los acordes.

En una tele en color de exhibición
que estaba en su escaparate también vimos en esa época toda la
parafernalia fascistoide de la muerte de Franco, la coronación de Juan
Carlos de Borbón o el mismísimo intento de golpe de Estado de aquel
guardia civil chusquero y ultramontano que se llamaba Tejero. Toda la vida
pasó por el escaparate de Pepito el de Mastroblás y seguro que si
hablo con cualquiera de los entonces me refieren similares momentos
mágicos y maravillosos vividos en aquel paraíso de ilusiones cada vez que
llegaba diciembre. El tiempo, cuando se recuerda desde la vorágine de
estos alocados días, parecía como si fuera mucho más despacio. Y no creo
que sea sólo por el propio concepto temporal que uno tiene en la infancia.
La ciudad era mucho más recoleta y paradójicamente más bullanguera y
divertida. A veces te preguntan que por qué en Guía sale tanta gente
valiosa en sus respectivas dedicaciones, y que por qué se ha dado tanto y
tan bien el cultivo del arte y de la belleza. Mi respuesta es siempre la
misma: porque todos ellos tuvieron una infancia maravillosa, imaginativa y
llena de aventuras. Y sé que no todo el monte es orégano y que siempre
resulta peligroso y pueril generalizar, pero en este caso sé lo que me
digo. Incluso a los indeseables se les veía venir desde que éramos niños.


Agosto de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Cuestionario imprescindible (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Cuestionario imprescindible


Santiago Gil





¿Dónde percibiste la primera emoción de un acorde?
¿Cuál fue la primera canción que escuchaste? ¿Cuándo cantaste por vez
primera? ¿Cómo se llamaba tu primer amor? ¿En qué momento entendiste lo
que era un gol? ¿Dónde golpeaste el primer balón de fútbol? ¿Quién horneó
el primer pan que probaste? ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que
cataste el alcohol? ¿Dónde te fumaste el primer cigarrillo? ¿Con quién lo
compartiste? ¿Cuándo viste el primer pecho de mujer? ¿Recuerdas por qué
llorabas de niño? ¿Qué era lo que más ilusión te hacía cuando tenías seis
o siete años? ¿En qué momento aprendiste que la a era a y que la b con la
a sonaba ba? ¿Cuándo entendiste que dos más dos sumaban cuatro? ¿Quién te
enseñó qué representaba el cuatro y cuantos unos hacían falta para que el
cuatro fuera justamente cuatro y no cinco o dieciséis? ¿Eres capaz de
recordar de carrerilla el nombre de tus diez mejores amigos de la
infancia? ¿Qué alimento te daba asco? ¿Te acuerdas de las truchas de
batata por Navidad? ¿Y del olor a gofio recién molido? ¿Recuerdas cuando
comprabas en la tienda cien gramos de jamonilla? ¿Qué golosinas pedías en
los bazares y los quioscos? ¿Por qué te hiciste del Real Madrid o del
Barça? ¿Cuándo empezaste a entender que en la vida no siempre gana el que
se lo merece? ¿Cuándo fue la primera vez que te diste cuenta de que existe
el abuso? ¿Recuerdas el nombre de alguno de aquellos perros callejeros que
adoptabas con tus amigos durante varias semanas? ¿Dónde se llevaban luego
a esos perros? ¿Por qué desaparecían? ¿Por qué sigues encontrándote perros
con la mirada perdida en las cunetas de las carreteras? ¿Te acuerdas de
los caracoles? ¿Y de las mariposas de colores? ¿Y de aquellos gatos que se
dejaban acariciar por nosotros desde que eran cachorros? ¿Serías capaz de
reconocer los lugares en los que te escondías cuando jugabas a Policías y
Ladrones o al Escondite? ¿Por qué te daban miedo las campanas cuando
tocaban a muerte? ¿Por qué, en cambio, te ponías eufórico cuando tocaban a
rebato y se confundían con las tracas de voladores? ¿Te acuerdas de
aquellas misas interminables? ¿Y de cuando descubrimos el campo en las
primeras escapadas? ¿Y de las casetas que construíamos con cuatro
cartones? ¿Cuánto hace que no te acuerdas de tus abuelos? ¿Serías capaz de
colocar en su sitio a todos los que ya no están, en sus tiendas, sus
talleres, sus balcones o sus tertulias interminables en bancos de madera
de plazas que eran entonces el centro de la actividad cotidiana? ¿Es
preciso olvidar para seguir sobreviviendo? ¿No traicionamos nuestra propia
vida cuando olvidamos? ¿Serías capaz de resolver una raíz cuadrada si te
la pusieran ahora mismo delante? ¿Cuándo entendiste lo que significaba la
muerte? ¿Dónde te viste flotando por primera vez? ¿Cuál fue el primer
poema que te leyeron? ¿Quién fue la primera persona que te levantó la
mano? ¿Podrías rememorar una por una las noches de Reyes de tus primeros
doce años? ¿Y te acuerdas del sabor de la hostia el día de la Primera
Comunión? ¿Quién te explicó en qué consistía el tiempo? ¿Cuándo entendiste
lo que marcaban las manecillas del reloj? ¿Quién te enseñó a montar en
bicicleta? ¿Dónde diste tus primeros pasos sobre la tierra? ¿Qué te hacía
reír cuando eras niño? ¿Cuándo empiezas a alejarte de la esencia de las
cosas? ¿En qué momento comienza la rutina a ganarle la batalla a la
aventura diaria y a la emoción? ¿Por qué las hogueras te llevan sobre la
marcha a la infancia? ¿Por qué hay olores que por más años y más ausencias
que les caigan encima siempre hacen posible el milagro del regreso? ¿Dónde
quedó escrito todo ese pasado que formó parte de cada uno de nosotros?
¿Cuánta vida dejaste entre las calles de tu pueblo?

Noviembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.