Personajes populares 7

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (7)


Maestro Pedro Estévez, conocido por "maestro Pedro Porín"

Por Juan Dávila-García

Guía de Gran Canaria ha tenido siempre el testimonio más singular en lo
referido a sus personajes populares, todos los que conocí tenían una
cierta particularidad, pero especialmente al que voy a referirme ahora
zapatero de profesión, era Maestro Pedro Estévez, conocido por "maestro
Pedro Porín", extrovertido, gracioso y hasta cierto punto hombre del
pueblo. Con su estatura de 1,45 m., aproximadamente, cuando se
emborrachaba, se transformaba de tal manera que parecía más un "ciclón",
que un ser humano, daba unos pantocazos a izquierda y derecha de su corta
humanidad que en más de una ocasión le pudo haber generado algún problema
grave. Era hermano de Francisco Estévez del que ya he hablado y como a
este también le gustaba la pesca.

Guía, en aquellos tiempos tenia en su haber bastantes zapaterías, donde
se hacían reparaciones del calzado en general, pero algunos de estos
profesionales altamente cualificados confeccionaban de manera artesanal
diferentes tipos de zapatos, que con un formato que podríamos denominar
como del tipo unisex, -palabra de connotaciones anglosajona tan utilizada
hoy como exit u otras que en su momento nos complicaron mucho la
vida-Maestro Pedro Porin o Porin-Pompero, era un oficiante virtuoso de tan
significada profesión y por encargo hacía del zapaterismo un elocuente
arte construyendo diferentes tipos de calzados a todo tipo de gentes,
-desde la famosa bota herrada muy usada en el campo, hasta finísimos
prototipos, de diferentes materiales, charol, cueros, pieles de animales,
etc.-. Los lunes era su día libre, día que utilizaba comúnmente para coger
unas borracheras impresionantes. Cuando estaba en ese estado casi cata
tónico, gesticulaba y se contorsionaba de una manera que rayaba en la
ridiculez, los que nos producía una gran hilaridad a los que le
conocíamos, pero en más de alguna ocasión estando en Guía algún visitante
o grupo de gentes que visitaban nuestro pueblo por constituir en aquellos
tiempos el epicentro comercial y administrativo de la comarca, y el pobre
de Porin se ponía delante de ellos haciéndoles las carantoñas citadas,
estos inadecuados personajes que lo desconocían, estimaban que les estaba
tomando el pelo y en más de una ocasión intentaron agredirle, cosa que
evitábamos sus conciudadanos con muy buenas intenciones y por el respeto
que le teníamos.

Tenía varios hijos que destacaron algunos de ellos en el tan denostado
deporte –hoy- conocido por "futbol" dada su total mercantilización. Así
Paco, Nitin y Lelo, fueron reconocidos futbolistas, que formaron en
equipos míticos como el Tirma, Galdense y Guíense de la Atalaya. Paco
además fue durante muchos años taxista en Guía, también tenía varias hijas
pero solo recuerdo a Carmen, que se caso creo que con un guardia civil y
se fue a vivir a la península. Maestro Pedro Porin a esta hija le llamaba
Carmencita, y cuando estaba borracho, hacía alusión a la misma ya que era
muy guapa con la siguiente expresión:

"Mi hija Carmencita es bonita y la vida es macha".

Esta forma tan simpática de elogiar la incuestionable belleza de su
hija, causaba en Guía un torrente de simpatía hacía tan estimado
personaje. Cuando estaba sobrio era un gran profesional, serio y muy
cumplidor con su trabajo. Tenía la zapatería en la parte alta de los
Risquetes, frente a la casa y la tienda de Salustiano Álamo. Procedía de
una familia artesana dado que todos sus hermanos tenían sus oficios,
desarrollando en nuestro pueblo una labor bastante positiva. En su faceta
de pescador se le veía con frecuencia en Barranquillo Moreno, Roque
Prieto, el Becerro, la Baja, Pasopalo y en el Río. Solía obtener buenas
capturas, y como era un hombre muy humanitario la mayor parte de las
capturas que solía hacer las repartía entre sus vecinos. Dentro de sus
limitados conocimientos era una persona que sabía discernir con bastante
objetividad, de ahí su elocuente categoría como reparador y constructor de
calzados. Su muerte fue muy sentida en Guía, donde la gente mayor siempre
le recuerda por su original comportamiento. Mi querido pueblo versátil de
verdad contó y cuenta con estos seres a veces anónimos pero que han
importado en su elocuente y estimulante desarrollo especialmente en el de
connotaciones historicas que le han dado ese cariz de gran ciudad al menos
desde el punto de vista social.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Julio 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/12/2009.


Personajes populares 27

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (27)


Juan Ossorio, conocido por Juan Pina

Por Juan Dávila-García

Juan Ossorio, conocido por Juan Pina, tuvo siempre la herrería en la
calle Trasera, y allí sigue todavía regentada por un resobrino hijo de
Rafael Torres Ossorio, pero dedicada hoy a labores más delicadas y finas
no aquellas de antaño como era la forja, el herraje de todas clases de
bestias y la construcción de grandes artilugios dedicados especialmente a
la agricultura. Juan Pina destaco en sus años mozos con un extraordinario
practicante de la lucha canaria, y le dio a Guía grandes tardes de gloría
como tal. Formo juntamente con, Bernardo y Basilio Ramírez, Manuel
González conocido por Vitorino, Severo y Siso González, Antoñito Estévez
llamado el Pollo Reina y otros un gran equipo, que compitió siempre con
buenos resultados para ellos en todos los terreros de las islas. Eran los
tiempos del gran Mandarrias, un perfecto atleta de enormes y portentosas
condiciones físicas, y en esto del arte de la lucha casi intumbable, y
digo "casi", por lo que más adelante les voy a contar.

Juan Pina, era un hombre más bien bajo, ancho y fuerte, especialmente
de brazos y piernas. La profesión de herrero siempre ha implicado un
desarrollo muscular muy a tener en cuenta sobre todo en los bíceps y si
además eres practicante de un deporte de las condiciones de la lucha
canaria, entrenando con asiduidad el desarrollo muscular y la fortaleza se
extiende a todo el organismo, en nuestro personaje se daban estas
circunstancias con relevantes connotaciones.


Antes decía, que el extraordinario luchador Mandarrias, era "casi"
intumbable, pero en las contiendas donde se enfrentaba con nuestro paisano
Juan Pina, que no le llegaba a la altura del pecho de este ingente
gigante, gran luchador, revestido además de una fortaleza física fuera
de lo común, nuestro convecino con sus mañas, -y fuerza porque no
decirlo-, siempre daba en tierra con este gran atleta, incluso hacía
con su cuerpo sobre la arena la figura de un pino o una palmera,
poniéndolo cabeza abajo con los pies hacia arriba, esto cabreaba a
Mandarrias que prometía que en la próxima sería su venganza, pero esta
nunca llegaba, Juan Pina le tenia el terreno comido y en la mayor
parte de sus enfrentamientos

El equipo de Lucha Canaria en 1917


siempre lo tumbaba.

Y lo mismo ocurría con otros luchadores de las mismas
características existentes en las islas que sucumbían ante nuestro
estimado paisano, tales como, el Rubio, Silvestre Angulo, etc. Juan Pina
tenía la estirpe de un "atlante" y en esto de la lucha así lo acredito.
Era un amante de los animales, pero lo que más le gustaban era los
caballos, de ahí que siempre poseyera alguno en la cuadra de su herrería.
Los domingos y festivos se paseaba por toda la zona a lomos de tan hermoso
animal, igual lo veías en Fontanales, Juncalillo, Montaña Alta, San
Felipe, o en cualquier otro lugar, fue uno de sus mayores vicios que
"exploto" toda su vida.

Fue un insigne profesional como herrero, y con el trabajaron durante
muchos años sus sobrinos Paco y Rafael, y algunos familiares a los cuales
les tuvo en gran estima y les ayudo mucho. Era una gran persona, sencillo,
caballeroso y un excelente amigo de sus amigos, desviviéndose por ayudarle
a los demás. Siempre fue así y se le tenía muchas simpatías en Guía por su
forma de ser y de actuar.

Juan Pina ostento entre otras muchas de las herrerías existentes en
Guía en aquella época, la suya propia. Todas tenían un punto en común, y
este era el parentesco como nexo de unión entre todos ellos. Todos eran
Ossorio de apellido, así estaban las de Juan del Toro Ossorio, la de Pepe,
Camilo y Cristóbal García Ossorio, la de Manolo Ossorio, la de Juan García
Ossorio y otras.

Juan Pina, destaco como herrero y especialmente como gran bregador de
la lucha canaria, donde acredito un elocuente saber estar, dada sus
diferentes mañas y en su constatada fuerza física condensada en un hombre
de reducida estatura, pero ambas aptitudes lo mantuvieron entre la elite
del vernáculo deporte mientras lo ejerció dando en tierra con la crema
luchística existente en aquellos tiempos. Personaje singular estimo es
merecedor de tener un hueco entre los populares de mi pueblo.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Agosto 2006.

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Personajes populares 44

OTG


OFICIOS TRADICIONALES DE GUÍA

 

Los maestros mayores de obras

Por Juan Dávila-García


El arte de la construcción en Guía, siempre estuvo bien servida desde
años inmemoríables, -hoy el aglutinamiento de constructores se ha
disparado y su existencia en todo el norte y noroeste tiene una gran
relevancia-. En aquellos tiempos se llamaban Maestros Mayores de Obras, y
los trabajos que realizaban no tenían esas connotaciones de "reality show"
que hoy detentan, donde destacan edificaciones de enormes bloques de
viviendas con una masificación de cemento y hierro sin el respeto adecuado
al medio ambiente y donde brilla de manera ostensible la especulación.

Es mi intención recordar a los más importantes profesionales que en
aquellos tiempos residían en Guía y que verificaban todo tipo de obras
desde las más rudimentarias hasta las más excelsas y complicadas, así los
Maestros Manuel Rodríguez conocido por todos como Manuel Marina,
-nominación esta que le venia de su esposa Marina González Álamo-, que
tuvo los siguientes hijos Manuel, gran albañil y posteriormente residiendo
en Las Palmas afamado constructor, Antonio, aparejador y alto jefe militar
del Cuerpo de Artillería, y que tuvo el privilegio de ser el primer
Gerente de la empresa de Ramón Beamonte del Río en Canarias, bajo cuyo
auspicios se construyeron la fabrica de cemento y el muelle industrial de
Arguineguín, Marcos todo un experto en radiotecnia y posiblemente el
primero que en Guía llevo a cabo la construcción de un receptor de radio y
María de Guía conocida como Mariaguia, Maestro José Bolaños cuya hija
Nenusa se caso con Santiago Bañolas Reina, padres del actual alcalde
Fernando Bañolas y Maestro Salvador Castellanos conocido por maestro Boro,
que tuvo los siguientes hijos, Salvador, Paulino, Pepe, Carmela, Lolina,
Ramón, Tino y la mujer de Alonso de la cual no recuerdo su nombre.

Es interesante hacer constar que estos constructores no contaban con
los adelantos existentes hoy, por lo cual los desmontes de los terrenos,
cimientos, sótanos, etc., se tenían que hacer a golpe de pico y pala.
Incluso dentro de la obra el transporte de los materiales se hacían en
carretillas o a hombros. La argamasa o mezcla del cemento con la grava,
picón, arena etc., se hacía a mano con sachos y palas y eran servidos por
los peones a los albañiles en unos recipientes que tenían formas de baldes
que eran de plástico y goma. En el gremio de la construcción que yo
recuerde no solían haber accidentes laborales, tan frecuentes hoy, los
trabajadores eran muy respetuosos con las medidas de seguridad estipuladas
en aquellos momentos, que por cierto no eran muchas pero los maestros
mayores le exigían al personal las cumplieran a rajatabla.

Todavía en Guía existen muchos edificios, que fueron construidos por
estos maestros. Hay uno que reviste una gran infraestructura por el rico
contenido que se observa en su construcción, a pesar de los años pasados,
me refiero a la casa de Fernando Máximo Guerra ubicado en la calle Medico
Estévez, y que fue edificado por maestro Manuel Marina y sus hijos Manuel
y Antonio como albañiles. Estos maestros mayores de obras citados tenían
la virtud, de saber acondicionar en cualquier momento cualquier
eventualidad que surgiera en la obra que estaban realizando, con total
exactitud interpretaban los planos, trazaban escaleras, ubicaban las
diferentes piezas utilizadas encajándolas perfectamente en los lugares
adecuados, y todo esto lo hacían con unas técnicas bastantes rudimentarias
pero altamente positivas.

Durante muchos años los maestros mayores de obras citados exhibieron su
sabiduría, sus construcciones tenían una sobriedad extraordinaria y en sus
interiores brillaban el buen quehacer sobre todo y especialmente en la
conformación de los pisos donde a modo de "puzzles" iban ensamblando pieza
a pieza los diferentes ladrillos o placas que le daban al mismo una
exuberante belleza, otra labor destacada eran los estucados que hacían que
solían ser coloreados o simplemente blancos, entre los cuales destacaban
la rugosidad de las paredes tan bien conseguidas y lo mas relevante de
este trabajo era que lo hacían a mano hoy se utilizan unas maquinas
especiales para llevarlos a cabo. El picado de la cantería, hecho también
a mano con la picareta revestía al edificio en su parte exterior de un
color grisáceo, que le daba al mismo el elocuente punto de acabado tan
añorado por sus propietarios que veían así finalizadas las obras del
inmueble de sus sueños.

En fin que el trabajo de estos personajes y de sus trabajadores
requerían una preparación manual de gran transcendencia y veces incluso de
una fortaleza física fuera de lo común ya que no habían tractores,
martillos eléctricos, amasadoras y otros artilugios que hacen hoy tan
fácil el derrumbamiento y la construcción de un edificio y que debido a
esta modernización se suelen finalizar en poco tiempo, cosa imposible en
aquella época. Mi recuerdo para ellos, pioneros posiblemente de la nueva
era de la construcción.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Septiembre 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 12/12/2009.


Personajes populares 9

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (9)

Por Juan Dávila-García

De este personaje del que me voy a ocupar, se sabe bien poco ya que fue
un ser anodino, al que conocí ya con bastante años. No obstante fue un
personaje popular de mi pueblo. Se trata de Pedro Suárez, conocido por el
pseudónimo de maestro Pedro Churchill, era hijo de maestro Nolasco Suárez
hermano de Carmela la mujer de Fabio Álamo y por consiguiente tío de
Paulino –Procurador de los Tribunales- y Salustiano, -Joyero- Álamo
Suárez. Se decía de el que había sido un hombre muy inteligente y que
posiblemente la paranoia que sufrió ya mayor fue como consecuencia de lo
mucho que había leído. Hablar con el resultaba harto complicado pues era
muy huidizo y algo introvertido, quizás influenciado por el complejo de
inferioridad que le revestía producido por su destartalada vida de bohemio
y de empedernido bebedor.

Habitaba en la casa mortuoria del cementerio de San Roque, un
habitáculo muy pequeño sin los servicios más elementales para hacer una
vida medianamente normal.

Como la puerta de tan improvisado domicilio estaba siempre abierta o
mal cerrada, los que componíamos mi pandilla solíamos meterle dentro gran
cantidad de gatos de todos los tamaños, cosa que le irritaba sobremanera,
y cuando nos veía nos dirigía unas palabras muy mal sonantes, pues en
algunas ocasiones especialmente cuando estaba borracho era muy mal
hablado. Nos conocía y sabía perfectamente quienes éramos los que le
hacíamos todo tipo de mataperrerias. En más de una ocasión mi padre me dio
alguna que otra paliza por culpa de las quejas que maestro Pedro Churchill
le hacía referente a mi comportamiento hacía su persona. Lo mismo solía
suceder con mis amigos tan recordados y añorados.

Recuerdo ver a este personaje bajar y subir por mi calle. La forma de
hacerlo tenía dos tesituras bastantes diferenciadas, cuando bajaba lo
hacía lozano y fresco y cuando subía lo hacía cargado de ron o coñac. A la
hora de ingerir algún tipo de licor era bastante selectivo, no tomaba vino
peleón tan común en aquellos tiempos, no, si había alguien en el bar que
le tocaba visitar y lo invitaba a un trago solía tomar brebajes de más o
menos categoría.

Posiblemente maestro Pedro Suárez alias Churchill, no sea un icono de
relevante trascendencia entre los personajes populares de Guía, pero allí
estuvo en su momento y estimo que algo tuvo de representatividad, aunque
no destacara como miembro de la sociedad guíense dado su carácter. No fue
un hombre simpático, no existen anécdotas que contar del mismo, ni tan
siquiera se manifestó en hacer algo que fuera recordado aún con el paso
del tiempo. Como la mayor parte de los borrachos empedernidos era muy
violento a veces y dado a insultar a los viandantes que se cruzaban en su
camino. En fin que como personaje popular, contemplando el significado de
tales palabras, quizás no tenga la relevancia de otros ya citados, pero
sin embargo estimo que fue un ciudadano singular dentro de la sociedad de
nuestro querido pueblo, aunque fuera más por sus defectos que por sus
virtudes, pero recordarlo me transporta a mi añorada juventud. Los que le
conocieron que enjuicien su calidad y sus cualidades como persona, es
posible que entre la gente mayor que todavía residen en Guía haya quien lo
recuerde y me agradezcan que lo haya citado, pues estimo que sin ser una
personaje carismático, tal vez deba figurar entre los personajes populares
de mi querido y amado pueblo, por haber vivido en una época floreciente en
todos los aspectos que hizo de Guía y con orgullo lo digo, la estrella y
el norte de la isla de Gran Canaria.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Julio 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 16/12/2009.


Personajes populares 28

PERSONAJES POPULARES DE GUÍA (28)


Lorenza Dávila González, conocida por "Chencha"

Por Juan Dávila-García

Hoy voy a recordar a una persona muy querida y estimada en San Roque,
por sus inigualables virtudes humanitarias, acreditadas en innumerables
ocasiones, me refiero a Lorenza Dávila González, conocida por "Chencha".
Toda su vida ejerció como enfermera en el Hospital de San Roque,
juntamente con Antonio Suárez, Domingo Abreu, Yoyito, Amparito González
Álamo y como médicos citar a José Blanco, Cayetano Guerra Alemán, Enrique
Blanco Hernández y como practicante a Bernardo Dávila Ossorio. Formaban un
equipo competente y eficiente. En aquellos tiempos el Hospital de San
Roque constituía el epicentro hospitalario de todo el noroeste de la isla,
a él acudían gentes de la Aldea, Agaete, Gáldar, del propio Guía y de toda
la zona cumbrera de la comarca. Lorenza estableció relaciones con gran
cantidad de personas que estuvieron ingresadas en el mismo, muchas de las
cuales todavía la recuerdan con verdadero afecto y cariño.

Lo vocación de este ser tan afectuoso era la de ser monja de la Caridad
y atender a los enfermos, pero desconozco el motivo que la llevo a no
profesar. Por eso se hizo enfermera para estar siempre junto a los
desvalidos enfermos a quienes les dedico toda su vida. En más de una
ocasión le oí decir a Cayetano Guerra, que Lorenza dentro del quirófano
era su mano derecha, me consta que en todas las intervenciones quirúrgicas
que el citado medico realizaba, ella actuaba como una de sus ayudantes.

Lorenza en Guía, pero preferentemente en San Roque hizo muchas obras de
caridad. Ponía inyecciones, hacía curas y en muchas ocasiones velaba a
enfermos sin pedir jamás nada a cambio, en este aspecto era un ser
extraordinario. Cuando alguien se quejaba de tener algún problema, ella de
manera diligente trataba de resolvérselo y así sucedió en infinidad de
ocasiones. Recuerdo que unas vendedoras de pescado del vecino pueblo de
Gáldar, conocidas por las capitanas, querían mucho a Lorenza. Al parecer
una de ellas llamada Milagros estuvo ingresada, -o algún familiar muy
cercano a ella-, en el hospital, y Chencha como siempre hacía, se desvelo
por atenderla, cuando la persona sano y salio del centro, siempre que
venía a Guía a vender le traía la mejor pieza del pescado que cupia en la
"bañadera" y se lo regalaba. Era reticente a recibir regalos pero vista la
buena voluntad de las personas que se los hacían los aceptaba de buen
gusto y lo agradecía, pero siempre daba algo a cambio.

Una chica de San Roque que murió muy joven llamada Reyes Díaz, hija de
Juan Díaz Sánchez, conocido por "Juan el Grande", sentía verdadera pasión
por Lorenza; cuando llegó el momento fatídico, el personaje central de
este trabajo se instalo junto a su cama y hasta que no falleció no se
aparto un instante de su lado. La familia Díaz, muy conocida y estimada en
Guía, todavía la recuerda agradeciéndole cuanto hizo por Reyes y por toda
ella, ya que Lorenza las visitaba con mucha frecuencia. Hoy de esta
familia queda poca gente, algún hermano y bastantes sobrinos, algunos de
los cuales conocí y de verdad que siempre les he tenido un gran afecto y
cariño, aunque hace muchos años que nos lo veo y especialmente a uno que
aunque cambiamos impresiones por teléfono y por correo electrónico, no
conozco y que de verdad me encantaría conocer.

Lorenza Dávila, solía tener guardias de noche, cuando regresaba a su
casa, a veces sin descansar, y era reclamada por algún vecino, para que le
pusiera alguna inyección o le hiciera una cura; rápida acudía al domicilio
del solicitante, llevando en sus manos los pertrechos necesarios para
cumplir la misión precisa. Jamás se arrugo ni alegó cansancio. Siempre
estaba dispuesta para atender la solicitud que le habían hecho. Hace
algunos años que no suelo parar por San Roque, pero en vida de esta
entrañable mujer recuerdo que en todos los sitios que visitaba de tan
querido lugar por mi, siempre alguien comentaba el buen quehacer de
Lorenza. Estimo que mucha gente de mi pueblo con muchos menos meritos que
ella son elocuentemente reconocidos y alabados en muchos círculos y foros
que tienen lugar en Guía. De ella, todo devoción y amor al prójimo,
premisa esta que siempre demostró, casi nadie se acuerda, y digo casi
porque de no hacerlo así mentiría, mi estimado paisano Antonio Aguiar
Díaz, la recordó y nombro en el pregón de
las fiestas de Guía de 2003. Al menos alguien se acordó de lo que
había significado, al menos para la juventud del barrio. Lorenza o
Chencha, como gusten llamarla, creo se merece un reconocimiento, no fue
una enfermera normal, siempre se excedió en el ejercicio de su profesión,
quizás motivada por el pálpito o reminiscencia de haber querido ser monja
y no lo pudo ser y por ese inmenso cariño que sentía por todos los
enfermos que les toco atender. Como tal profesional fue un elocuente icono
digno de imitar.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Agosto 2006.

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Personajes populares 45

OTG


OFICIOS TRADICIONALES DE GUÍA

 

Los molineros de la Ciudad de Guía
de Gran Canaria

Por Juan Dávila-García


Otra profesión que en Guía tuvo una esplendorosa actuación fue las de
los "molineros", en tiempos pasados llegamos a tener en nuestro pueblo
cinco molinos, dispersados por toda la geografía guíense, así teníamos al
final del Callejón del Molino casi lindando con las Boticarias el conocido
como el de Luisito, a la subida de la cuesta donde se inicia el camino
hacía Anzofe, los de Paco Roque y Lola Tovar y en pleno Lomo Guillen los
de Orihuela y Faustino García del Pino donde trabajaban su hijo Tino, su
hermano Antonio García, -padre de Braulio-, y Paco Trujillo. Los primeros
tenían como fuerza motriz el agua, y eran conocidos por "molinos de agua"
y el último llamado "molino de fuego" basaba su funcionamiento en la
electricidad.

Estos molinos le generaban a sus propietarios una alta rentabilidad ya
que el pago por convertir los granos en gofio o harina denominado
"maquila" constituían una buena entrada de dinero en las arcas de tales
industrias. A raíz de la terminación de la Guerra Civil y posteriormente
de la Mundial, la hambruna hizo su aparición en nuestro país el
aislamiento internacional al que fuimos sometidos hizo que las
importaciones de todo tipo de productos fuera nula, pero tuvo especial
relevancia la no llegada de productos alimenticios. En Guía pueblo
agrícola por excelencia tuvimos la suerte de poder pasar las penurias de
la "hambruna" gracias a los cultivos ordinarios que generaban sus tierras,
entre estos destacar al millo y el trigo que eran las materias primas de
donde salía el gofio, que ayudo mucho a las gentes junto con el queso, la
leche y otros tipos de productos a pasar sin mayores problemas tan aciaga
época.

Solo la Argentina de Juan Domingo Perón vino en nuestro auxilio,
enviándonos grandes cantidades de millo, que dada su estructura alargada
se le conocía como el "millo paletudo", con el cual la gente con menos
poder adquisitivo, una vez tostado y convertido en gofio suplieron sus
necesidades, de ahí la importancia de las industrias molineras existentes
en nuestro pueblo. Los molinos denominados de agua, movían toda su
maquinaria con la caída desde una altura considerable de este líquido
elemento que impactando en unas aspas de acero transmitían los movimientos
a las piedras circulares, -dos superpuestas-, mediante una correa de
transmisión para que comprimiendo el grano lo convirtiera en gofio. Estas
piedras que para poder moler tenían que disponer de unas rugosidades, -las
cuales se hacían con picaretas al menos dos veces al mes denominándose
este trabajo como picado-, constituían en esencia el centro neurálgico del
molino, como se podía regular su grado de compresión o aplastamiento con
más o menos intensidad, dada la aplicación de este trabajo se conseguía un
gofio mas fino o más basto a gusto del consumidor que era quien
determinaba la forma del mismo. Existía una forma de moler cuya aplicación
de la fuerza de las piedras era menor obteniéndose así unos granos menos
finos y que se usaban para hacer el "frangollo". El gofio trabajado en los
molinos de agua tenían un color más pálido con respecto al producido en
los molinos de fuego, pero la naturalidad de su molienda le daba un sabor
más agradable.

Por el contrario los molinos de fuego, tenían en su haber una
infraestructura completamente diferente, y como ya he manifestado su
fuerza motriz era generada por el fluido eléctrico, -el sabor del producto
obtenido tenía un gusto relativamente más quemado-, pero en esencia
constituía en su degustación un alimento de sabrosa relevancia. Muchos
amigos residentes en Maspalomas a los cuales les suelo traer gofio
especialmente de Gáldar manifiestan que sabe a galletas y de verdad que no
es una apreciación equivocada. Con leche, el escaldón e incluso con café y
chocolate el depurado sabor de este producto es inigualable, la pella y el
escaldado en los sancochos y caldos de pescados es indispensable y le da
al mismo un elogioso contenido. Hablaba de la infraestructura que
diferenciaba a los molinos de agua de los de fuego, estos estaban
conformados por unos recipientes de grandes dimensiones que tenían la
forma geométrica de conos invertidos llamados "torbas", donde se echaba el
millo tostado que luego pasaban a las trituradoras y desde allí a los
recipientes donde se expendían o se conservaban. Estas trituradoras tenía
la elocuente virtud de ser graduadas con mayor o menor presión lo que
generaba al igual que en los molinos de agua una textura del producto más
fino o más grueso. También se podía regular la obtención del sabor del
gofio en lo relativo a que su gusto fuera más o menos quemado lo cual se
manifestaba en el color del mismo. Decir que Paco Roque cuando se fue con
su familia para Las Palmas le vendió el molino a Pedro Jiménez conocido
por el de los "andenes", padre de Bonifacio ya fallecido y Pepe marido de
Gracia María.

Mientras que la existencia de agua fue abundante en la comarca los
molinos de agua funcionaron a tope, una vez desaparecida esta de las
acequias estas industrias de elocuente significado desaparecieron. En
Lanzarote y Fuerteventura y también en la zona de la Mancha peninsular,
-especialmente-, existieron y existen los molinos de viento cuya fuerza
motriz tenían y tienen connotaciones eólicas.

La singladura de los molineros en Guía siempre estuvo revestida de esa
enorme significación que tenía la de producir un producto de
extraordinario sabor que todavía es básico en muchas casas por sus
elocuentes valores culinarios y alimenticios.

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Juan Dávila-García

jocdavila@yahoo.es

Septiembre 2006.

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Fenómenos paranormales (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

FENÓMENOS PARANORMALES



Santiago Gil



La verdad es que nosotros entonces
éramos unos tipos curiosos. No digo raros, ni excéntricos, pero sí
curiosos y con muchas inclinaciones hacia lo esotérico y los avistamientos
de Objetos Voladores No Identificados. Me imagino que influiría el hecho
de que Paco Julio el médico y Paquito el taxista se convirtieran en
protagonistas de uno de los avistamientos OVNIS que más ha dado que hablar
en la historia de la ufología. Yo era muy amigo de los hijos de Paco
Julio, sobre todo de Julio y de Rubén, y por tanto tuve información de
primera mano del avistamiento de su padre y de las posteriores
consecuencias del mismo cuando intervino la cúpula militar exigiendo
silencios y discreciones obligadas a los protagonistas. No sé qué sería
aquello que vieron en el campo de cebollas de Piso Firme, pero los colores
que quedaron en la tierra y las descripciones de los testigos ponían los
pelos de punta al más pintado. Hablamos, no lo olviden, de unos años en
los que no había Internet ni tantos efectos especiales en las películas.
Cuatro luces que brillaran en el mar o cerca del Pico de La Atalaya se
convertían sobre la marcha en OVNIS. Todos entendíamos de OVNIS; todos
asegurábamos haber visto un OVNI alguna vez. Si nos atuviéramos a las
afirmaciones de aquellos años uno podría llegar a pensar que entonces
éramos poco menos que el centro del universo, el lugar donde confluían los
extraterrestres de todas partes para echarse un enyesque y tomarnos un
rato el pelo. Entre nosotros, y ahora que no nos escucha nadie, sí creo
que todas aquellas luces no eran más que maniobras clandestinas de la OTAN
o de los integrantes del Pacto de Varsovia en nuestras aguas, y que desde
que entramos, muy a nuestro pesar y en nuestra contra, en la Organización
de los Países del Atlántico Norte, que a ver qué diablos tenemos que ver
nosotros con el Atántico Norte, se acabaron los avistamientos, los
misterios y todas las luces de colorines que aparecían a cualquier hora
por tierra, mar o aire. Ahora las maniobras son a plena luz del día y se
cargan decenas de delfines de una forma rastrera con sus jueguitos de
guerra simulada.

La entrada en la OTAN y la llegada
de la Perestroika hicieron desaparecer toda la ufología de nuestro
entorno. Pero esos aconteceres históricos y socioeconómicos sucedieron
cuando ya nosotros habíamos salido de la infancia. Antes, cuando andábamos
con la guerra fría y todas aquellas charranadas de espionajes, es cierto
que había mucho más juego para la imaginación.

Los avistamientos en nuestra
comarca trajeron hasta Guía al mismísimo doctor Jiménez del Oso, el de Más
Allá. Todos creíamos lo que salía en Más Allá, digamos que era la mecha
que nos faltaba para que sucumbiéramos definitivamente a todo lo
misterioso. Jiménez del Oso estuvo en el colegio del Barranco dando una
charla y no sé cómo diablos me tocó ir a buscarlo en nombre de los alumnos
del colegio al bar del albergue donde estaba comiendo. Impresionaban sus
ojeras y su aspecto tétrico, todo vestido de negro, y sobre todo te
acojonaba aquella voz que parecía de ultratumba y que el tipo modulaba
adaptándola a lo que esperábamos de su papel. En el colegio hasta le
enseñaron fotos con supuestos platillos volantes. Nos contó la historia de
muchos avistamientos y ya desde que aquel día raro era que no viéramos un
OVNI cuando mirábamos hacia el Teide o subíamos por la noche la calle del
Agua. Había OVNIS y extraterrestres por todas partes, y estos últimos
podían ser infiltrados, fantasmales, invisibles, sombreados o de colorines.
Todos nosotros jurábamos haber visto uno o varios tipos con antenas como
los que decían que se había encontrado Paco Julio. Con los años me
encontraba a Jiménez del Oso casi todos los días en el barrio de Malasaña
de Madrid. Vivíamos muy cerca el uno y del otro, y alguna vez estuve a
punto de pararlo para preguntarle si todo aquello que nos contó en el
colegio era realmente cierto, o si formaba parte de una broma o un montaje
para mantener la audiencia de Más Allá y nuestra inocencia paranormal. No
me atreví a preguntarle. Nos decíamos buenos días o buenas tardes y cada
cual seguía a lo suyo, él me imagino que con sus marcianos y sus espíritus
burlones y yo tratando de buscarme la vida como buenamente podía.

Pero la fiebre de los
avistamientos se extendía a otras ramas esotéricas. Siempre había quien
tenía una tía o una abuela que había visto desaparecer un gato negro como
por ensalmo, o quien decía que otro familiar, cuando no él mismo, se había
tropezado con un fantasma o un antepasado muerto. No es que te lo
creyeras, es que no te atrevías a poner en duda nada por si acaso, no se
fueran mosquear los gatos negros o los fantasmas y te hicieran alguna
trastada cuando te quedaras solo en la habitación o te cayera la noche
bajando de La Presa o haciendo el gamberro por el barranco o la Vega. Nos
creíamos todo lo que nos echaban, desde los Apocalipsis de don Bruno y don
Fernando en aquellas misas soporíferas hasta las leyendas más herejes y
endemoniadas. Antes también nos habíamos creído lo del Hombre del Saco o
las historias de los locos que te podían coger y meterte cuatro pedradas
por un quítame allá esas pajas o simplemente por maldad, por ver cómo te
desangrabas o llamabas a gritos a tu padre o al primo más membrudo y
fortachón.

También nos creíamos lo de la
capacidad de succión del agua de los estanques y otros fenómenos de física
apócrifa en los que yo sigo creyendo todavía, o por lo menos sería incapaz
de tirarme ahora mismo en un estanque y no tener en la cabeza la imagen de
aquel niño succionado por las aguas con el que siempre nos metían miedo
para que no nos bañáramos en medio de los batracios y las chiribitas.

Entre la poca iluminación que
había entonces por las calles y esa tendencia al tremendismo había noches
en que llegabas a tu casa acongojado y muerto de miedo. Los OVNIS y esas
apariciones estaban bien para verlas o para imaginarlas entre amigos,
envalentonándonos unos a otros y poniendo caras de siete machos y de tíos
duros. Otra cosa era luego la oscuridad de la habitación y de las calles.
Supongo que era parte del juego y de la imaginación de la infancia. Pero
lo que sí me ha dado siempre mucho que pensar es que hasta el mismísimo
Jiménez del Oso viniera a Guía a interesarse por nosotros y por todos esos
fenómenos paranormales que sucedían en la zona. A lo mejor somos una
especia de enviados, unos tipos influenciados por las energías y los
colorines de todos aquellos marcianos que aparecían varias veces por
semana en todos los horizontes. Ya Jiménez del Oso no está entre nosotros
para preguntarle a conciencia, de hombre a hombre, hasta qué punto era
verdad aquella milonga. En Madrid no me atreví a hacerlo las veces que me
lo encontré por la calle, aunque sí es cierto que me miraba medio raro,
como si me reconociera o viera en mí los vestigios de esos mundos que él
supuestamente visitaba de vez en cuando. ¡A ver si al final va a resultar
que los de Guía tenemos poderes y no nos hemos dado cuenta hasta ahora!


Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 21/01/2010.


Las chapas futboleras (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Las chapas futboleras


Santiago Gil





Uno se recuerda de niño golpeando todo lo que nos
tropezábamos por las calles, desde guijarros a chapas de botella, pasando
por trozos de madera, pelotas de papel o pequeñas bolas caídas de
cualquier árbol con necesidad de aligerar peso y echar nuevas simientes en
el planeta. Nuestra obsesión principal por las calles empinadas de nuestro
pueblo era ir subiendo el objeto golpeado a las distintas aceras que nos
íbamos encontrando en nuestro camino. Cuanto más altas más desafiantes
eran nuestros tiros con efecto o con técnicas improvisadas que superaban
al mejor futbolero de aquellos años. Destrozábamos zapatos y playeras que
quedaban enganchadas entre los adoquines o marcadas irremediablemente por
las aristas de las piedras que se convertían en improvisadas pelotas
callejeras. Con una piedra y un buen par de zapatos podíamos estar toda la
tarde subiendo y bajando la calle del Agua, elevando y bajando el
susodicho guijarro en función de nuestras ganas de epatar a los que iban
pasando por la calle en ese momento.

Pero sin duda no había nada como las chapas de las
botellas. Nos daba igual que igual que fueran de Nick, limón o naranja, de
Pepsi Cola, de Clipper de naranja o de Royal Crown. Tampoco les hacíamos
ascos a las del agua de San Roque, de Agaete o de Firgas. Íbamos por todos
los bares pidiendo tapas de botella. En aquellos años también solían venir
regalos debajo de la goma que colocaban en la parte interna de la referida
chapa. Por una parte las cogíamos para hacer equipos de fútbol y jugar con
ellas en campos improvisado en los pasillos de nuestras casas. Les
machacábamos los bordes, les pegábamos el cabezón de los futbolistas de
moda y seguidamente las disparábamos con un tirador de metal que las
presionaba en sus bordes machacados y las conducía a la pelotita que a su
vez sacábamos de los tapones de las botellas de cognac o de whisky. La
verdad es que no tirábamos nada y no necesitábamos apuestas virtuales o
complicadas para divertirnos. Digamos que esa era la utilidad de las
chapas desde el punto de vista manual: íbamos formando diferentes equipos
y les poníamos por debajo cera de vela para que se deslizaran mejor por el
suelo. Para guardarlas les echábamos una capa de polvos talco como mismo
le echan naftalina a la ropa para que no se la coman las polillas. Los
equipos de chapas, machacadas en sus bordes o enteras con la cera también
por debajo, competían con los equipos que hacíamos con cajas de fósforos
en las gavetas más escondidas de nuestras habitaciones. Los equipos con
cajas de fósforos tenían una prestancia más llamativa y colorista, como
más real, y quizá por eso casi siempre acababan ganando la partida a la
hora de decidirnos por qué competición decantarnos en las tardes de verano
o en aquellos sábados eternos en que nos daba tiempo para jugar a veinte
mil juegos y ver la película del mediodía. Con dos tizas trazábamos un
campo de juego en cualquier parte, y para las porterías utilizábamos
trozos de madera y redes que sacábamos de las cajas de fruta. Éramos muy
apañados, la verdad.

Luego estaba la chapa anaeróbica, la que sustituía al
balón o a la pelota de tenis en nuestro golpeo por las calles o en los
interminables partidos en la Plaza Grande. En la Plaza, sobre todo entre
las cuatro y las siete de cualquier tarde, cuando no había casi nadie, o
los que habíamos estábamos sólo para jugar, poníamos dos bancos de madera
de portería y montábamos equipos de hasta diez contra diez, aunque lo
normal es que fuéramos haciendo pequeños equipos de tres o cuatro
jugadores que iban eliminándose entre sí. También estaban los partidos a
dos golpes de uno contra uno, con certeros tiros que elevaban la chapa y
la metían por toda la escuadra del banco de madera. Nunca se podían
utilizar las manos, ni siquiera en la portería. Yo recuerdo salir del
colegio a mediodía y jugar casi hasta la hora de comer, llegar a casa
sudoroso, ser reprendido por nuestra sempiterna tardanza, y volver a la
escuela a dejar que pasaran las horas de la tarde, aquellas dos horas
entre las dos y las cuatro que parecían siempre inacabables y tan
soporíferas, para volver a la cancha de la Plaza Grande a continuar con
nuestra particular liguilla. Teníamos hasta clasificaciones y tabla de
goleadores, y sin necesidad de árbitro éramos capaces de respetar el
fair play
y las más elementales reglas del juego. No consentíamos que
viniera nadie a echar por tierra nuestra diversión, y si venía con esa
ladina intención tenía todas las de perder.

Recuerdo los partidos de las noches de los sábados.
Nuestros padres llegaban de ver a la Unión Deportiva en el Insular y se
tomaban el último guanijai en el bar que estaba en los bajos de la Plaza
Chica. Solíamos coincidir varios amigos que íbamos juntos al Insular cada
quince días en el Peugeot de tres o cuatro filas de asientos de Manuel
Moreno, el de la DISA, o de René del Pino. Cuando llegábamos a la Plaza,
sobre las diez y media o las once de la doce, José Juan, Alexis y yo, y
los que fueran viniendo a cada uno aquellos partidos, nos encontrábamos la
Plaza Grande para nosotros solos. Sobre la marcha improvisábamos partidos
espectaculares en los que tratábamos de imitar los regates eléctricos de
Cruyff que acabábamos de ver en el Estadio Insular o las faltas lanzadas
por Miguel Ángel Brindisi. Nuestros padres solían estar en el bar hasta
las doce de la noche y nos dejaban en la Plaza como mismo pueden dejar hoy
a un niño en una guardería, con la tranquilidad de que estábamos en un
espacio seguro, en nuestro espacio natural, el mismo que treinta o
cuarenta años antes también había sido el suyo, probablemente teniendo
como porterías los mismos bancos decimonónicos de madera que utilizábamos
nosotros.

Me llega el olor de aquellas chapas cuando las
elevábamos al aire para elegir campo o saque. En los bares pedíamos que
tuvieran cuidado al abrirlas para que nos las deterioraran más de la
cuenta. Nos solían hacer caso, y además nos las guardaban en bolsas hasta
que íbamos a buscarlas. Era así de sencillo casi todo, así de sencillo y
así de grandioso. Emocionante, palpable, vivaz. Cualquiera de los de
entonces sólo tiene que cerrar los ojos unos instantes para recordar el
sonido de las chapas rodando por el suelo de la plaza o para rememorar
esos olores de los que les vengo hablando. Lo de menos eran los goles o
quiénes ganaban los partidos. De hecho no recordamos a ningún ganador ni a
ningún perdedor en especial. Sólo nos queda la fiesta del partido, la
libertad de vernos corriendo detrás de un metal en el que depositábamos
cada tarde buena parte de nuestros sueños.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 24/12/2008.


Polos proustianos (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

POLOS PROUSTIANOS



Santiago Gil







Si aquí tuviéramos inviernos plomizos de atardeceres a
las cuatro de la tarde nos recordaríamos mojando la magdalena en el té
caliente, pero nuestro recuerdo y nuestra literatura es más tropical y más
fresca, casi hermanada con el Caribe y con esa América que tanto y tanto
se nos parece.

Marcel Proust empezó a escribir En busca del tiempo
perdido
tras el fogonazo de una magdalena mojada en el té que removió
todos los recuerdos de su infancia. Creo que nuestras magdalenas son los
helados y los polos que nos llevan sobre la marcha hacia una infancia algo
distinta a al del bueno de Marcel. Nuestro es azul, caluroso y estival, y
en ese escenario la magia la ponía lo que refrescaba endulzándonos, lo que
nuestros padres y abuelos siempre conocían como mantecados y aquellos
polos de hielo que igual ahora no me atrevería a llevarme a la boca por
cancerígenos, pero que entonces suponían una delicia difícilmente
superable, una delicia sencilla y barata, como tienen que ser siempre las
cosas buenas de la vida para no convertirse en materia de académicos,
pedantes o bobomierdas con ganas de llamar la atención.

Estaban los helados que nos traía Felito desde Gáldar
en una furgoneta celeste que aparcaba en el colegio a la hora del recreo,
los mantecados que vendían para las fiestas en los puestos que ponían en
los alrededores de la plaza y las primeras variedades de polos y cornetos
que ofrecía Kalise, sobre todo con el mulato, que era la joya de la corona
de entonces junto con el vasito y el referido corneto, aquel "Kalise pá
los nervios" que repetían los vendedores ambulantes del Estadio Insular. Y
luego, claro, estaban los polos de hielo, sobre todo los polos de hielo de
Casa Quenque. Difícilmente podré olvidar el sabor del polo de fresa de
Casa Quenque y la mancha arrebolada que nos dejaba en los labios y en la
boca como prueba delatora de nuestra glotonería. Tampoco sería justo si no
nombrara los polos de leche con sabor a vainilla o a coco, o el de
chocolate, o aquella cosa extraña que pretendía suplantar la fórmula de la
Coca Cola.

Yo era uno de los privilegiados que podía pasar a la
trastienda a cogerlos directamente en un congelador de nevera como la que
podía haber en cualquier casa. Estaban metidos en unos moldes de metal,
diferenciados por los colores exagerados que representaban a cada uno de
los sabores. Los de fresa no sabían a fresa, ni los de naranja a naranja,
pero eran una delicia. Siempre quisimos imitarlos en casa con el Royal
Crown o el Clipper pero nunca sabían igual. Por lo visto se hacían con
unos botes que compraban en la farmacia. Recuerdo que estaban en la
despensa, justo al lado de la nevera, con un formato de medicamento y un
tapón como el que utilizaban para guardar las sustancias químicas en el
laboratorio del colegio. La verdad es que acojona pensar en lo que se
estaba metiendo uno en el cuerpo entonces, como mismo asustan los
componentes de los que estarían hechos aquellos pintalabios casi nacarados
o los mil polvos pica pica que formaban marejada a fuerte marejada en tu
boca y tu laringe. Me imagino lo que podía ser el estómago con todas esas
sustancias fermentando y danzando entre los intestinos y el hígado. De
momento hemos sobrevivido, que es lo importante.

Lo que queda de todo eso son los sabores. Cerramos los
ojos y somos capaces de rememorar el sabor de aquellos polos que creo que
llegué a comprar a una peseta. Nos podemos descubrir llegando desesperados
y sudorosos hasta el callejón del Molino para comprar un polo, y después
otro polo, y a veces incluso otro más. Desde el barranco nos metíamos
entre las fincas, atravesábamos estanques – creo recordar uno con una
virgen muy llamativa en el centro o en uno de sus lados- y aparecíamos
como exploradores subiendo un camino de piedras con olor a plataneras y
animales que estaba justo en el límite del Callejón, donde ya sólo había
un espacio de fincas antes de llegar al molino o de seguir camino a la
Boticaria o a Hoya Pineda. Uno cuando se metía por esos riscos y esas
fincas creía estar descubriendo el mundo, aunque luego siempre aparecía un
perro mal encarado o un guardián con malas pulgas, o por lo menos con
peores pulgas peores que las del propio perro, para enseñarnos desde muy
niños lo que era la jodida propiedad privada y la posesión: de niño uno no
concibe que todo lo que esté en el mundo no le pertenezca, por lo menos lo
que está en la calle, al alcance de todos y para todos. De mayor no es que
lo admitas, pero no te queda más remedio que dejarte convencer y cortar
cada día más las alas libertarias.

Hoy se me ha ocurrido escribir estas líneas mientras me
comía un polo más sofisticado e higiénico que aquellos de entonces. Llegó
el sabor y con él el recuerdo. Ahora, la verdad, te sueles quedar casi
siempre con la miel en los labios cuando vives. No se juntan tan a menudo
la intensidad y la inocencia de aquellos años, ni aparece aquella libertad
tan añorada que te hacía sentir dueño del mundo. Nos hemos vuelto más
asépticos y temerosos, y los niños de ahora ya tienen en la etiqueta de
los polos y los helados hasta el número de calorías y proteínas. Nosotros
comíamos sueños y nos daba lo mismo si éstos engordaban o nos ensuciaban
la barriga. Ahora aparecen convertidos en recuerdos. Saben a fresa.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los celajes (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Los celajes


Santiago Gil





Resulta paradójico, pero a medida que vamos creciendo
nos vamos alejando cada vez más de las nubes y del cielo azul que nos ha
acompañado en cada una de nuestras pequeñas aventuras sobre la tierra.
Cuando éramos niños estábamos más cerca del cielo porque teníamos más
tiempo para mirarlo, o por lo menos para mirarlo con ojos más limpios y
mente más volandera y cómplice con los sueños. A partir de una cierta edad
podemos estar varios años sin mirar a los celajes, o si lo hacemos casi no
nos enteramos de que lo estamos haciendo. Antes, cuando nos tiráramos en
cualquier descampado a mirar hacia arriba podíamos estar descubriendo
animales y caras en las nubes durante horas. Uno también sabía que en todo
momento estaba el cielo azul sobre nuestras cabezas. Nos protegía y nos
hacía sentir como en casa en cualquier parte. A lo mejor ahora, de una
forma inconsciente, todavía nos sigue sirviendo para asentar nuestro
concepto de patria, ese lugar de cualquier parte del planeta en el que
brille un sol parecido al de nuestra infancia. No era yo de los niños
meapilas que estaban buscando a dios todo el rato en las alturas. Para mí
el cielo era sinónimo de seguridad, una especie de parapeto que te podías
llevar a todas partes. Ahora trato nuevamente de mirar durante horas las
formas caprichosas de las nubes, o el brillo que tiene el cielo según las
horas del día o la posición desde donde lo observemos. No tengo la
capacidad de abstracción ni la imaginación de cuando era niño, pero sí que
me tranquiliza comprobar que hay cosas que no cambian, y que en principio
tampoco cambiarán cuando ya no estemos nosotros. Bueno, quizá si no
reaccionamos a tiempo y nos tomamos en serio lo del cambio climático y los
atentados diarios que estamos cometiendo contra la naturaleza – que como
todo lo bello es frágil- un día de éstos hasta nos cargamos el color del
cielo, o el propio cielo. Pero de momento permanece azul cuando uno
precisa mirarlo para poner los pies en el suelo. Otra paradoja: la
necesidad de mirar al cielo para poner los pies sobre la tierra. Sin
embargo, vernos tan pequeños y tan poco trascendentes nos ayuda a tomarnos
la vida con menos agobios y menos angustias existenciales. Mirarnos el
ombligo, en cambio, sólo nos vuelve cada día más mamarrachos y patéticos.
Ahora mismo me puedo dejar llevar por el azul intenso del mediodía. Un
reactor ha dejado la misma estela blanca que nos asombraba desde el patio
del colegio o encaramados a cualquier árbol en el que convivíamos con
pájaros sin nombre que nos miraban asombrados y pendientes todo el rato de
nuestras escaramuzas con el tirachinas.

Todos se empeñaban en alejarnos del cielo, sobre todo
en el colegio, donde no había escape mejor que mirar por la ventana
soñando otros mundos mientras de fondo escuchabas el guineo de las tablas
de multiplicar o cualquiera de aquellas poesías cursis que nos obligaban a
memorizar para escarnio de la propia poesía. Generalmente te despertaba de
tu sueño escapista un vozarrón indignado o un golpetazo que te hacía
volver sobre la marcha a la casposa y aburrida realidad de las aulas
colegiales. Es una pena que nos eduquen alejándonos tanto de los celajes
de la imaginación. Desde ese despertar sobresaltado nos empiezan a robar
parte de unas esencias que con mucho esfuerzo, y valiéndonos de lecturas,
vivencias, canciones y amores, uno trata de volver a recuperar el resto de
su vida. Pero sólo nos volvemos a aproximar al temblor de aquellos sueños
y a la capacidad de descubrir mil formas sugerentes. Ya sabemos, por
ejemplo, que las nubes no son de algodón, y que ese azul que vemos no es
azul ni se puede tocar con las manos por mucho que uno suba y se empeñe en
fundirse con él. La física, la química, los aviones que nos llevan de una
punta a otra del planeta, y nuestro empirismo cada día más tecnológico se
empeñan en alejarnos de aquella sensación de plenitud que encontrabas
cuando te tendías entre la hierba y mirabas alelado durante horas las
formas cambiantes y proteicas del cielo y de las nubes. Había un vértigo
que ahora sería incapaz de describirlo con palabras, una especie de caída
en otra dimensión que sólo estaba al alcance de nuestros ojos casi
vírgenes de patetismos y desvergüenzas. Era un universo de sueños que sólo
era posible descubrir a través de aquellas pequeñas miradas efímeras. El
azul que desde entonces buscamos como locos entre los escasos resquicios
que nos van quedando del paraíso.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Santa María de Guía

Dedicados a la preservación, estudios y divulgación del rico patrimonio histórico y cultural del municipio de Santa María de Guía de Gran Canaria. El Archivo Vivo de Historia y Tradición


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