Polos proustianos (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

POLOS PROUSTIANOS



Santiago Gil







Si aquí tuviéramos inviernos plomizos de atardeceres a
las cuatro de la tarde nos recordaríamos mojando la magdalena en el té
caliente, pero nuestro recuerdo y nuestra literatura es más tropical y más
fresca, casi hermanada con el Caribe y con esa América que tanto y tanto
se nos parece.

Marcel Proust empezó a escribir En busca del tiempo
perdido
tras el fogonazo de una magdalena mojada en el té que removió
todos los recuerdos de su infancia. Creo que nuestras magdalenas son los
helados y los polos que nos llevan sobre la marcha hacia una infancia algo
distinta a al del bueno de Marcel. Nuestro es azul, caluroso y estival, y
en ese escenario la magia la ponía lo que refrescaba endulzándonos, lo que
nuestros padres y abuelos siempre conocían como mantecados y aquellos
polos de hielo que igual ahora no me atrevería a llevarme a la boca por
cancerígenos, pero que entonces suponían una delicia difícilmente
superable, una delicia sencilla y barata, como tienen que ser siempre las
cosas buenas de la vida para no convertirse en materia de académicos,
pedantes o bobomierdas con ganas de llamar la atención.

Estaban los helados que nos traía Felito desde Gáldar
en una furgoneta celeste que aparcaba en el colegio a la hora del recreo,
los mantecados que vendían para las fiestas en los puestos que ponían en
los alrededores de la plaza y las primeras variedades de polos y cornetos
que ofrecía Kalise, sobre todo con el mulato, que era la joya de la corona
de entonces junto con el vasito y el referido corneto, aquel "Kalise pá
los nervios" que repetían los vendedores ambulantes del Estadio Insular. Y
luego, claro, estaban los polos de hielo, sobre todo los polos de hielo de
Casa Quenque. Difícilmente podré olvidar el sabor del polo de fresa de
Casa Quenque y la mancha arrebolada que nos dejaba en los labios y en la
boca como prueba delatora de nuestra glotonería. Tampoco sería justo si no
nombrara los polos de leche con sabor a vainilla o a coco, o el de
chocolate, o aquella cosa extraña que pretendía suplantar la fórmula de la
Coca Cola.

Yo era uno de los privilegiados que podía pasar a la
trastienda a cogerlos directamente en un congelador de nevera como la que
podía haber en cualquier casa. Estaban metidos en unos moldes de metal,
diferenciados por los colores exagerados que representaban a cada uno de
los sabores. Los de fresa no sabían a fresa, ni los de naranja a naranja,
pero eran una delicia. Siempre quisimos imitarlos en casa con el Royal
Crown o el Clipper pero nunca sabían igual. Por lo visto se hacían con
unos botes que compraban en la farmacia. Recuerdo que estaban en la
despensa, justo al lado de la nevera, con un formato de medicamento y un
tapón como el que utilizaban para guardar las sustancias químicas en el
laboratorio del colegio. La verdad es que acojona pensar en lo que se
estaba metiendo uno en el cuerpo entonces, como mismo asustan los
componentes de los que estarían hechos aquellos pintalabios casi nacarados
o los mil polvos pica pica que formaban marejada a fuerte marejada en tu
boca y tu laringe. Me imagino lo que podía ser el estómago con todas esas
sustancias fermentando y danzando entre los intestinos y el hígado. De
momento hemos sobrevivido, que es lo importante.

Lo que queda de todo eso son los sabores. Cerramos los
ojos y somos capaces de rememorar el sabor de aquellos polos que creo que
llegué a comprar a una peseta. Nos podemos descubrir llegando desesperados
y sudorosos hasta el callejón del Molino para comprar un polo, y después
otro polo, y a veces incluso otro más. Desde el barranco nos metíamos
entre las fincas, atravesábamos estanques – creo recordar uno con una
virgen muy llamativa en el centro o en uno de sus lados- y aparecíamos
como exploradores subiendo un camino de piedras con olor a plataneras y
animales que estaba justo en el límite del Callejón, donde ya sólo había
un espacio de fincas antes de llegar al molino o de seguir camino a la
Boticaria o a Hoya Pineda. Uno cuando se metía por esos riscos y esas
fincas creía estar descubriendo el mundo, aunque luego siempre aparecía un
perro mal encarado o un guardián con malas pulgas, o por lo menos con
peores pulgas peores que las del propio perro, para enseñarnos desde muy
niños lo que era la jodida propiedad privada y la posesión: de niño uno no
concibe que todo lo que esté en el mundo no le pertenezca, por lo menos lo
que está en la calle, al alcance de todos y para todos. De mayor no es que
lo admitas, pero no te queda más remedio que dejarte convencer y cortar
cada día más las alas libertarias.

Hoy se me ha ocurrido escribir estas líneas mientras me
comía un polo más sofisticado e higiénico que aquellos de entonces. Llegó
el sabor y con él el recuerdo. Ahora, la verdad, te sueles quedar casi
siempre con la miel en los labios cuando vives. No se juntan tan a menudo
la intensidad y la inocencia de aquellos años, ni aparece aquella libertad
tan añorada que te hacía sentir dueño del mundo. Nos hemos vuelto más
asépticos y temerosos, y los niños de ahora ya tienen en la etiqueta de
los polos y los helados hasta el número de calorías y proteínas. Nosotros
comíamos sueños y nos daba lo mismo si éstos engordaban o nos ensuciaban
la barriga. Ahora aparecen convertidos en recuerdos. Saben a fresa.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los celajes (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Los celajes


Santiago Gil





Resulta paradójico, pero a medida que vamos creciendo
nos vamos alejando cada vez más de las nubes y del cielo azul que nos ha
acompañado en cada una de nuestras pequeñas aventuras sobre la tierra.
Cuando éramos niños estábamos más cerca del cielo porque teníamos más
tiempo para mirarlo, o por lo menos para mirarlo con ojos más limpios y
mente más volandera y cómplice con los sueños. A partir de una cierta edad
podemos estar varios años sin mirar a los celajes, o si lo hacemos casi no
nos enteramos de que lo estamos haciendo. Antes, cuando nos tiráramos en
cualquier descampado a mirar hacia arriba podíamos estar descubriendo
animales y caras en las nubes durante horas. Uno también sabía que en todo
momento estaba el cielo azul sobre nuestras cabezas. Nos protegía y nos
hacía sentir como en casa en cualquier parte. A lo mejor ahora, de una
forma inconsciente, todavía nos sigue sirviendo para asentar nuestro
concepto de patria, ese lugar de cualquier parte del planeta en el que
brille un sol parecido al de nuestra infancia. No era yo de los niños
meapilas que estaban buscando a dios todo el rato en las alturas. Para mí
el cielo era sinónimo de seguridad, una especie de parapeto que te podías
llevar a todas partes. Ahora trato nuevamente de mirar durante horas las
formas caprichosas de las nubes, o el brillo que tiene el cielo según las
horas del día o la posición desde donde lo observemos. No tengo la
capacidad de abstracción ni la imaginación de cuando era niño, pero sí que
me tranquiliza comprobar que hay cosas que no cambian, y que en principio
tampoco cambiarán cuando ya no estemos nosotros. Bueno, quizá si no
reaccionamos a tiempo y nos tomamos en serio lo del cambio climático y los
atentados diarios que estamos cometiendo contra la naturaleza – que como
todo lo bello es frágil- un día de éstos hasta nos cargamos el color del
cielo, o el propio cielo. Pero de momento permanece azul cuando uno
precisa mirarlo para poner los pies en el suelo. Otra paradoja: la
necesidad de mirar al cielo para poner los pies sobre la tierra. Sin
embargo, vernos tan pequeños y tan poco trascendentes nos ayuda a tomarnos
la vida con menos agobios y menos angustias existenciales. Mirarnos el
ombligo, en cambio, sólo nos vuelve cada día más mamarrachos y patéticos.
Ahora mismo me puedo dejar llevar por el azul intenso del mediodía. Un
reactor ha dejado la misma estela blanca que nos asombraba desde el patio
del colegio o encaramados a cualquier árbol en el que convivíamos con
pájaros sin nombre que nos miraban asombrados y pendientes todo el rato de
nuestras escaramuzas con el tirachinas.

Todos se empeñaban en alejarnos del cielo, sobre todo
en el colegio, donde no había escape mejor que mirar por la ventana
soñando otros mundos mientras de fondo escuchabas el guineo de las tablas
de multiplicar o cualquiera de aquellas poesías cursis que nos obligaban a
memorizar para escarnio de la propia poesía. Generalmente te despertaba de
tu sueño escapista un vozarrón indignado o un golpetazo que te hacía
volver sobre la marcha a la casposa y aburrida realidad de las aulas
colegiales. Es una pena que nos eduquen alejándonos tanto de los celajes
de la imaginación. Desde ese despertar sobresaltado nos empiezan a robar
parte de unas esencias que con mucho esfuerzo, y valiéndonos de lecturas,
vivencias, canciones y amores, uno trata de volver a recuperar el resto de
su vida. Pero sólo nos volvemos a aproximar al temblor de aquellos sueños
y a la capacidad de descubrir mil formas sugerentes. Ya sabemos, por
ejemplo, que las nubes no son de algodón, y que ese azul que vemos no es
azul ni se puede tocar con las manos por mucho que uno suba y se empeñe en
fundirse con él. La física, la química, los aviones que nos llevan de una
punta a otra del planeta, y nuestro empirismo cada día más tecnológico se
empeñan en alejarnos de aquella sensación de plenitud que encontrabas
cuando te tendías entre la hierba y mirabas alelado durante horas las
formas cambiantes y proteicas del cielo y de las nubes. Había un vértigo
que ahora sería incapaz de describirlo con palabras, una especie de caída
en otra dimensión que sólo estaba al alcance de nuestros ojos casi
vírgenes de patetismos y desvergüenzas. Era un universo de sueños que sólo
era posible descubrir a través de aquellas pequeñas miradas efímeras. El
azul que desde entonces buscamos como locos entre los escasos resquicios
que nos van quedando del paraíso.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los colores del ayer (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS COLORES DEL AYER



Santiago Gil











Podríamos dejar de escribir para siempre. Dicen los
apocalípticos que la escritura y la era Gutemberg está tocando a su fin,
que no hay futuro, y que quien se empeñe en seguir emborronando hojas está
condenado al olvido, al fracaso, e incluso a la locura. No escribir es no
recordar, morir antes de tiempo, perder el norte, no saber de qué va el
juego, y por supuesto dejarnos llevar por las inercias de la mediocridad,
la monotonía y la estulticia. Por eso me imagino que seguimos escribiendo,
y da lo mismo que recordemos o no, o que hagamos literatura del recuerdo
confundiendo datos, omitiendo o inventando.

Y cuando digo escribir digo leer, otro ejercicio mental
venido a menos y con escaso reconocimiento social en la infantiloide
escala de valores que quieren imponernos últimamente. Llega un momento en
que sólo nos queda la palabra. No lo digo yo, lo han dicho siempre los
poetas. Piensen por un momento en la cantidad de milagros que han tenido
que producirse para que llegáramos a inventar un idioma y unas palabras
con las que comunicarnos. Ahora imaginen que no quedan palabras, que todo
es mímica y silencio, amnesia, incapacidad de identificar objetos con
palabras, de nombrar pueblos y barrancos, de mantener vivos los sucesos
del ayer y de hacer llegar al futuro los que estamos viviendo ahora mismo.

La mente del ser humano se está acomodando
peligrosamente a la pasividad de la imagen, por eso somos cada vez más
manipulables y más olvidadizos. Creo que los que nos hemos criado en la
cultura de la palabra, la oral y la escrita, tenemos el deber de
transmitir su capacidad de milagro para cambiar el mundo y por ende para
cambiar nuestro mundo, ese entorno cercano al que no debemos quitarle el
ojo de encima en ningún momento para que no se nos escore hacia ningún
ismo peligroso y para que no lo manipulen de la forma que hoy tratan de
manipularlo algunos. Se lo debemos a nuestros antepasados y a tantos y
tantos que soñaron un futuro con cultura e igualdades para todos. No
debemos permitir que se camine para atrás o que se siga adelante sin que
haya buenos sueños que marquen el rumbo. Por eso es tan importante
recordar y no dejar que nos entierren el pasado. Los ecos de las músicas
de papagüevos que de vez en cuando me ponen delante del ordenador son un
buen motivo para refrescar tantas memorias y tantos acontecimientos
olvidados.

Todo lo que se vive de niño es un acontecimiento porque
es novedoso y sorprendente. Llevado al argot periodístico todo lo que
acontece en la infancia es noticia, y generalmente noticia de primera
página. Nuestro mundo se va haciendo con todos esos sucesos
consuetudinarios que, como decía Antonio Machado, acontecen en la rúa.
Nuestra rúa, nuestra calle, fue Guía, y por eso volvemos a ella cada vez
que necesitamos coger resuello o asentar algunos valores fundamentales
para no extraviarnos en este mundo de locos que habitamos. La vida era
otra cosa más sencilla y más simple que la estamos viviendo ahora mismo.
No debemos olvidarlo nunca. Cuando murió en Colliure, recién exiliado tras
el triunfo de los facciosos, en la chaqueta de Antonio Machado aparecieron
unas palabras muy sencillas, como esa vida que les vengo diciendo que no
debemos perder. No hablaba de metafísicas ni era un verso prolijo o
enrevesado. Sólo decía esto: "Estos días azules y este sol de mi
infancia". Machado también se crió en el Sur, en Sevilla, y al igual que
nosotros su descubrimiento de la vida fue azul y luminoso. No perdamos
nunca esos colores del ayer. Recuerda siempre que también será el
argumento de lo que escribamos nosotros en el último momento.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 31/10/2006.


Puertas abiertas (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

PUERTAS ABIERTAS



Santiago Gil










Cuando yo era niño las puertas de casi todas las casas
estaban siempre abiertas de par en par o con el gancho puesto para que uno
pudiera pasar sin necesidad de timbrazos o mirillas de seguridad. Yo creo
que el cierre de las casas es una de las causas que más han contribuido a
la mortandad que a veces se respira en las calles de Guía. Antes se notaba
más la vida y la actividad y el trajín diario de las gentes. Paseabas por
las calles y veías las macetas llenas de flores de los recibidores,
escuchabas el canto de los pájaros o el ladrido de los perros y te parabas
a pegar la hebra con quienes se sentaban junto a la ventana abierta, o
directamente delante de la puerta de su casa. En las casas de mis dos
abuelas nunca hubo timbres. Todo lo más, cuando se cerraba por la noche o
por alguna salida prolongada, se tocaba la aldaba o se golpeaba
directamente la madera. Entrabas y salías levantando el gancho, como mismo
hacías en la mayoría de las casas terreras del pueblo. Tocabas y te decían
que podías pasar, no había los miedos, ni tampoco las inseguridades que
tenemos hoy en día. Hay cosas que cambian para bien, y otras que nos
vuelven más desconfiados y temerosos, y por tanto menos felices. Las
puertas abiertas o entornadas llenaban las calles del pueblo del olor de
las comidas y de los estribillos de las canciones que entonaban quienes
andaban limpiando los suelos o fregando los platos. No se escuchaban los
televisores, entre otras cosas porque no emitían todo el día como ahora, y
también porque la gente no veía más que un par de programas más o menos
populares, las películas y los pocos partidos de fútbol que entonces daban
en directo. La reina de la casa era la radio, una radio de anuncios
imaginativos y sonoros y de mucha participación ciudadana.

Se ha perdido esa sensación de cercanía que te hacía
sentir verdaderamente como en casa reconociendo los olores del sofrito de
los potajes o los adobos. Ya sé que ahora vendrán todos esos ultramontanos
y nostálgicos franquistas hablando de la seguridad que había en la
dictadura, del respeto y de todas esas martingalas con las que intentan
justificar la falta de libertades y el abuso de poder. No cambio la
libertad de ahora por la supuesta seguridad de antes, aunque no creo que
tenga que ver una cosa con la otra. Más bien se trata de un cambio de
hábitos y de formas de entender la vida. También ha influido mucho la
llegada de la droga y el constante machaqueo para que la gente se vuelva
ambiciosa y sólo quiera dinero a costa de cualquier cosa, sobre todo a
costa de su honradez y de su dignidad personal. También el mundo se ha
llenado de miedos y de desconfianzas, y ahora el ocio está de puertas
adentro, mirando como lelos las pantallas de los televisores o de los
ordenadores. Ya no hace falta hablar con el vecino. y si hoy tuviéramos la
puerta abierta como antaño lo más probable es que el primer yonqui
enmonado que pasara junto a ella se llevaría hasta las macetas de violetas
o de geranios luminosos. Yo recuerdo mis trayectos entre San Roque y La
Plaza como una especie de procesión de saludos que uno iba repitiendo en
cada portal y en cada ventana. Vimos envejecer y luego morir a casi todos
los que nos veían pasar de niños camino del colegio o de las canchas del
barranco. Recuerdo, por ejemplo, mis largas peroratas con Delfi, en la
calle del Medio. Estaba todo el día sentada viendo pasar a la gente,
probablemente soñando una vida en la que no tuviera los problemas físicos
que le impidieron salir al mundo en igualdad de condiciones que el resto
de sus vecinas y amigas. Coleccionaba sellos, posiblemente para soñar con
los viajes que nunca pudo hacer, y me imagino que también para inventarse
amores y príncipes azules. También estaban las inevitables chismosas, casi
siempre con rostros avinagrados y miradas traidoras, que actuaban cuando
ya tú habías pasado y podían ponerte a parir entre cuchicheos y
maledicencias. Pero me quedo con la parte festiva de esa vida de calle que
ahora ha desaparecido. A veces, cuando camino por las calles del pueblo
sin tropezarme a nadie por la calle y con todas las puertas cerradas a cal
y canto, soy capaz de recrear todas aquellas voces y aquellos olores de
antaño. Y por supuesto sitúo a los que ya no están entre nosotros en sus
ventanas o sus sillas de tea colocadas junto a la puerta. Recuerdo las
casas de mis amigos, los patios luminosos, las flores y las plantas, los
suelos de madera y sobre todo los olores de cada una de esas casas que
ahora parecen abandonadas o ajenas a la realidad cotidiana de la gente que
hace vida en el pueblo. Entonces golpeabas la aldaba contra el metal de la
puerta o te anunciabas directamente por la ranura que dejaba el gancho que
la mantenía entornada todo el día. Teníamos otra percepción de la ciudad,
la conocíamos por dentro, con sus cocinas, sus patios y sus trasteros, y
quizá por eso la veíamos tan inabarcable y tan grande. No sólo era nuestra
mirada de niño la que la agrandaba y la hacía parecer el centro del
universo. Aquellos escenarios con los cortinajes siempre abiertos de par
en par se convertían en teatros cotidianos que nos hacían soñar en un
mundo lleno de curiosos personajes y decorados variopintos. También detrás
de cada una de esas puertas uno todavía sigue guardando la interminable
galería de personajes que formaban parte de nuestra infancia más
callejera, entrometida y parlanchina.

Enero de 2007.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Luces de domingo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Luces de domingo

Santiago Gil






La infancia es una mañana de domingo. Podíamos ser
felices todos los días y todas las horas, sobre todo en vacaciones y en
fiestas de guardar, pero lo de los domingos era otra cosa. Quizá todavía
hoy asocie la sensación de paraíso y de despertar casi edénico con los
domingos. Entonces salíamos de la cama para ir a misa de diez. Lo de menos
era la misa, o bien pensado la obligatoriedad de la misa era un buen
motivo para reencontrarnos todos los amigos en una hora y un lugar
determinado. Con los años dejamos de ir a misa y a muchos de los amigos
más cercanos no los vimos durante años y en algunos casos jamás los hemos
vuelto a ver.

Entonces ya digo que todo era más fácil. Había que ir
para no quedarse tullido o para que no nos cayera un malhadado rayo del
cielo por nuestra herejía y nuestro incumplimiento religioso. Cada misa
tenía su público. La de la siete de la tarde del sábado solía contar con
gente mayor, generalmente viudas y viudos, y con los meapilas que se
tragaban la misa diaria. Luego estaba la de las doce y media del domingo,
que era la más festiva y familiar, con todos aquellos niños y niñas
vestidos de domingo chupando un pirulí de los que hacían Doña María y Don
Federico o bien saboreando un petisú recién comprado en la dulcería de
Milagrito a la salida de la iglesia. Digamos que esa era la misa más
importante de la semana, y por supuesto la más concurrida. Luego estaba la
de las siete de la tarde del domingo, que era la de los rezagados, una
misa triste, más solariega, y ya con la amenaza del lunes a la vuelta de
la esquina. La nuestra era la misa de diez. Durante un par de años me tocó
leer las cartas de los apóstoles en la misa de marras, aquellas misivas de
San Pablo a los tesalonicenses o a los corintios de las que nunca me
enteré de nada, y cómo no, me tocó cantar las versiones de Simon and
Garfunkel y compañía con las letras cambiadas y ajustadas al espíritu del
Vaticano Segundo de Juan XXIII. Digamos que esa etapa pía, como la de
ejercer de monaguillo en los grandes fastos, me duró hasta los once o doce
años, o un par de años después de hacer la Primera Comunión. Luego
seguíamos yendo a misa, pero ya empezábamos a salirnos de la iglesia
ocupando los últimos sitios del templo, en nuestro caso los últimos bancos
según se entraba a la derecha. Allí hacíamos los planes para el resto de
la mañana, generalmente con algún partido de fútbol o de voleibol que ver
en el barranco, o con una improvisación de Policías y Ladrones o un
campeonato de chapas o de cajas con los caretos de los jugadores de
Primera División en la casa de Héctor Estévez, en la calle San José.

Lo de menos era la misa. No nos enterábamos de lo que
decía don Bruno, aunque ahora recuerdo que solíamos ir justamente a misa
de diez porque no las daba don Bruno sino don Rafael Izquier, que era un
cura más moderno, más cómplice y por supuesto mucho menos pesado y plúmbeo
que don Bruno. Con don Rafael una misa nunca pasaba de la media hora, y
con don Bruno, y no digamos con don Fernando, siempre te quedabas cerca de
la hora. No llevábamos bien la lentitud de palabra, los latinajos y las
reflexiones interminables de don Bruno. A esa edad, con todas las energías
bullendo para salir a la calle a comerte el mundo, no podían pedirnos que
nos comportáramos y atendiéramos a don Bruno como si nos fuera la vida en
ello. Las veces que dio la misa de diez nos llamó la atención más de una
vez con cajas destempladas desde el púlpito, para vergüenza y escarnio de
quienes ya nos veíamos poco menos que crepitando en las llamas del
infierno. No parábamos de hablar, sobre todo del partido de la noche
anterior de la Unión Deportiva Las Palmas que la mayoría había visto en el
Insular, aunque lo peor era la risa. Jamás me he reído tanto como en la
iglesia y jamás me ha costado tanto reprimir las ganas de reír como en
aquellas misas matinales. Sabíamos que no debíamos hacerlo pero aquéllo
era superior a nuestras fuerzas. Bastaba un parpadeo raro de alguien para
que se desatara la risa floja al fondo del templo. Don Rafael solía hacer
la vista gorda, pero don Bruno, y no digamos algunas señoras de agrio
carácter que te mataban con la mirada, creo que nos llegó a echar de la
iglesia. Con los años cada cual fue racionalizando su fe o creyendo cada
día más en lo que trataban de enseñarnos entonces, y en principio confío
en que ninguno de los muchos que nos poníamos al final de la iglesia
acabemos en el infierno por blasfemos e irreverentes: éramos niños, y
además niños con la energía desbordante de una mañana de domingo, y ante
eso no hay ni dios ni César que logre parar las ganas de vivir. Y a pesar
de esas salidas de tono éramos buena gente. De hecho, cuando entrevisté a
don Bruno para Diario de Las Palmas, en la que fue la última entrevista
que se le hizo, nos reímos bastante con los recuerdos de aquellos años. Él
se acordaba de nuestras escaramuzas rebeldes, pero nos recordaba con
ternura y con la nostalgia de quien ya no era el centro de la vida del
pueblo. Entonces estaba muy mayor, internado la Residencia de Tafira Baja,
siempre con su gran papada y sus enormes gafas como signos distintivos.
Fue emocionante el reencuentro, para él y para mí. No en vano el nombre de
don Bruno era para nosotros casi más importante que el del Papa. No entro
a juzgar su labor en la iglesia durante los muchos años que estuvo en
Guía, que ahí cada cual te da su versión según su experiencia personal,
pero sí reconozco que su nombre está indiscutiblemente unido a la historia
de Guía, o por lo menos a la historia de muchas generaciones que ya vamos
peinando canas.

De la misa salíamos casi antes de que nos dijeran que
podíamos irnos en paz. Salíamos corriendo para ganar sitio en el quiosco,
o para coger la cancha del barranco, o los dos bancos de la plaza grande
que nos servían de porterías para un partido de chapas. Lo que no recuerdo
es que saliéramos meditando las palabras de Cristo ni ungidos de santidad.
A lo mejor el día de la Primera Comunión salimos algo más solemnes, pero a
la hora de la verdad de lo que estábamos pendientes era de los regalos y
de entregar las tarjetitas de recuerdo que avalaban nuestro ingreso en la
grey vestidos de marineritos o de príncipes horteras.

Al mediodía cada cual acudía a su respectiva casa a
comer la sopa y el pollo en salsa, o la sopa y la carne en salsa o
cualquiera de los que entonces estaban considerados como platos de domingo
en casi todos los hogares del municipio. Yo tenía la suerte de que el
domingo nos juntábamos en casa de mi abuela materna en Las Barreras más de
treinta primos, casi todos venidos de Las Palmas, con el consiguiente
prurito de importancia que eso tenía entonces para nosotros, sobre todo
porque nos enseñaban las últimos modismos del habla y algún que otro juego
que todavía no había traspasado la Cuesta de Silva.

Después de comer la cita era en el cine Hespérides.
Como en misa, lo de menos era la película. Allí íbamos a comer chucherías,
a reírnos y a hacer el gamberro ante la desesperación de una histérica
Milagritos que nos buscaba de un lado a otro con la linterna. Casi todas
las películas de entonces eran de aventuras y otras tantas del Oeste, de
aquel Oeste cutre de los Spaghetti westerns que se rodaban en Almería.
Recuerdo que todavía echaban el Nodo y que teníamos descanso. De hecho
jamás hubiéramos ido al cine de no haber habido descanso para comprarle
las golosinas a Milagritos, o para salir fuera y hacer lo propio en la
dulcería de Guillermito, un señor con mucha bonhomía que siempre nos
llamaba bichos.

La salida del cine, casi siempre oscureciendo, ya
presagiaba la llegada del maldito lunes de colegio y madrugón.
Generalmente echábamos el resto en la Plaza Grande, desfogándonos detrás
de una chapa o improvisando juegos que hicieran olvidar los deberes que
habíamos dejado a medio terminar o el examen cogido con alfileres que
teníamos fijado al día siguiente. En mi caso siempre acababa los domingos
dando un paseo con mis padres por las calles de Gáldar y comprando helados
y dulces como difícilmente creo que vuelva a probar en la dulcería
Castellanos, cuando ésta estaba en la calle Guaires. Luego tocaba terminar
los deberes o el mapa que tenías que entregar al día siguiente con los
ríos de España o las capitales de Europa, o bien ver Estudio Estadio,
cuando lo pasaron al domingo, porque antes la tecnología no permitía ver
los resúmenes de los partidos del fin de semana hasta el lunes por la
noche. Contado así no parece que este plan dominguero fuera nada del otro
mundo, pero les aseguro que en medio de todo ese dietario se daba cita la
magia y una alegría desbordante que nos hacía sentirnos dueños del
planeta, entre otras cosas porque el planeta empezaba y acababa entre las
calles y las fincas de nuestro pueblo. No había más. No hacía falta nada
más. La calle, los amigos y todo un día por delante para jugar a ser
felices.


Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/07/2009.


Los primeros pitillos (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


LOS PRIMEROS PITILLOS




Fumar era una manera de sentirnos adultos. No entiendo
esa relación medio freudiana que tenemos con los cigarrillos, pero sí es
cierto que el primer día que sentimos el humo tibio y prohibido bajando
por la laringe nos veíamos ya más hombres y más galletones. Todos
recordamos el primer cigarro, no tanto por la tos y los amagos de asfixia,
como por el sabor tan especial y distinto que cataban nuestras pupilas
gustativas. No había habido nada parecido antes, y con los años sólo damos
con un par de sensaciones que le igualan o le superan. Entre otras cosas
porque fumar era también un acto de osadía y de rebeldía, una
desobediencia que casi nos hermanaba con los gansters de las películas y
sobre todo con esa imagen que inconscientemente todos veneramos de
Humphrey Bogart, y sobre todo de Humpbrey Bogart en Casablanca con Ingrid
Bergman dispuesta a dar la vida por él si hacía falta. Mi primer cigarro
fue un Coronas. Tendría doce o trece años. Fumaríamos durante dos o tres
semanas a la salida del colegio, aunque luego ya no volvería a fumar hasta
los dieciocho. Con los años fui de los devotos a los rubios, mucho más
cinéfilos y seductores que los negros, pero aun así no podía resistirme de
vez en cuando a catar un Coronas que me llevara sobre la marcha a los días
de aventuras y riesgos de la primera adolescencia. Entonces no había tanta
aversión y tantos informes médicos denostando al tabaco. Casi todo el
mundo fumaba en nuestro entorno, pero estaba claro que para los niños
seguía siendo el gran tabú y uno de los vicios más proscritos. Por eso
precisamente nos gustaba tanto. Nosotros ya no éramos de la generación que
pasó del pantalón corto al pantalón largo. Ya nosotros vestíamos ambas
prendas desde los cinco o los seis años, sobre todo con la llegada de los
uniformes a los colegios y su equiparación tanto para los más pequeños
como para los que estaban en los últimos cursos. El cigarro quizá era lo
que marcaba ese cambio metafórico de pantalones. Nos agenciábamos Coronas
porque eran los más baratos y los que teníamos más a mano. Se los quitaba
uno de nuestros amigos a su padre, o bien iba directamente a casa de
Paquito, en San Roque, y lo compraba como para su padre. Ya con el cigarro
rubio tuvimos más problemas porque ninguno de nuestros padres tenía a
Marlboro o a Winston como a uno de sus aliados. Finalmente sí dimos con
uno de la pandilla que tenía una hermana que fumaba Camel. O bien le
robaba los cigarros o iba a la tienda con un par de pesetas a comprar un
par de pitillos sueltos para ella. Recuerdo la sensación placentera que
tuvimos cuando pasamos del Coronas al Camel, con aquella suavidad del
cigarro rubio, y su sabor más dulzón y acaramelado. Poco a poco se fueron
sumando amigos a la fiesta, aunque siempre hubo algún chivato que en lugar
de probarlo, o de callarse si no le apetecía, empezó a contarlo por el
pueblo y hasta se lo confesó a Don Bruno en la iglesia. Recuerdo que el
citado don Bruno, sin venir a cuento, me dijo un día que tuviera cuidado
con los cigarros y con los otros vicios. Yo salté como un resorte y le
dije que nunca había fumado, a lo que él respondió con uno de aquellos
ataques de tos ostentosos y sonoros que hacían temblar hasta las columnas
de la iglesia. Hubo un amigo que se tragó el humo y luego no pudo sacarlo
de los pulmones. Hasta el día de hoy creo que ha estado sin sacar el
dichoso humo para afuera, y encima era asmático y aprensivo. Por supuesto
que nunca más volvió a fumar. Yo luego fumé mucho entre los dieciocho y
los treinta años, y desde entonces logré dejarlo de lado. Posiblemente es
uno de los logros de los que más orgulloso me siento, entre otras cosas
porque uno fumaba buscando el sabor de aquellas primeras caladas, y
necesitaba cincuenta o sesenta cigarrillos para al menos aproximarse en
una calada a las sensaciones de entonces. No compensaba tanto humo, y
mucho menos cuando notabas cómo te afectaba a tu salud y te hacía perder
hasta el gusto y el olfato. Pero cuando fumábamos aquellos primeros
cigarros no se hablaba de efectos secundarios, y si se hubiera hablado de
ellos nos hubiera importado tres pitos.

Para fumar teníamos varios escondites desperdigados por
todo el pueblo, aunque el más frecuentado era el que estaba donde luego se
construyeron Las Malvinas, justo detrás de lo que había sido el terrero de
luchas y la herrería de Juan del Toro con aquella fragua incandescente que
tantos niños de entonces guardamos entre nuestros recuerdos casi míticos,
o por lo menos de unos tiempos asaz alejados de éstos tan asépticos y
tecnológicos. El lugar donde más nos gustaba ponernos estaba detrás de la
casa abandonada en la que creo que tiempo atrás había estado el polvorín
del regimiento militar que estuvo en Guía. Siempre nos contábamos leyendas
de esa casa, que si estaba llena de dinamita, que si había fusiles en su
interior, o bien nos decantábamos por pensar que había sido una cárcel o
una estancia secreta en la que probaban el armamento. Lo más probable es
que dentro no hubiera más que cuatro baldes oxidados y un buen ejército de
ratones o cucarachas, pero es algo que nunca quisimos constatar. Y mejor
la dejamos como la teníamos en nuestras cábalas infantiles, con aquella
azotea que sí tomábamos al asalto para nuestros juegos y nuestras pequeñas
gamberradas. Allí encendíamos los cigarros, después de muchos fósforos
apagados por el viento, pendientes todo el rato de que no pasara nadie por
el camino que conducía al barranco y a las canchas del instituto. Nuestras
primeras caladas guardan la imagen de la ermita de San Juan, el muro
lejano de la presa y todas aquellas fincas de frutales y plataneras que
desafiaban la ley de la gravedad con bancales que hoy, si es que queda
alguno, no son más que terrenos yermos o ya conquistados por la barbarie
urbanística que amenaza con cerrarnos todos los horizontes.

Fumar, como decía, era parte del juego. Luego pasaba la
moda y te dedicabas a otras cosas. Sí es verdad que algunos pasaron del
cigarro al primer porro, y que de ahí hacia arriba se fueron perdiendo
para siempre en cócteles cada vez más explosivos que en algunos casos les
condujeron a la muerte o a la marginalidad. Tampoco hubo nadie que les
avisara entonces del peligro que corrían, y por eso de alguna manera
nosotros fuimos unos afortunados por no seguir esos caminos en muchos
casos inevitables por las malas compañías o las dejaciones familiares. Yo
me quedo con la épica casi anecdótica de los pitillos, aquellos Coronas
que cada vez que huelo por la calle me recuerdan sobre la marcha el humo
azul que salía de nuestra boca haciéndonos más hombres y más osados. Un
humo cómplice, cálido y lejano que como el propio recuerdo se ha ido
diluyendo poco a poco con el paso del tiempo.

Enero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Tenis en Barranco Hondo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

TENIS EN BARRANCO HONDO



Santiago Gil





No era Macondo, pero teníamos una cancha de tenis en
medio de las plataneras y los riscos. Nadie nos enseñó nunca a jugar al
tenis. Aprendimos viendo en la tele a Ilie Nastasse y a Manuel Orantes, y
más adelante a McEnroe, a Borg o a Jimmy Connors. Nunca supimos quiénes
eran los dueños de la pista. Era de todos, y sólo bastaba con llegar a
Barranco Hondo y pedirle a Paquito la red y los tubos que la sustentaban
para sentirnos como en Roland Garros o en Wimblendon. Fueron muchos los
días de verano y los sábados que pasamos jugando al tenis en medio del
campo. También había una pequeña pared pintada de verde para el frontenis,
aunque para la práctica de este deporte nada se podía igualar a la pared
del campo de La Atalaya.

La cancha de Barranco Hondo estaba pintada de color
tierra, como queriendo imitar la pista central de París, y la verdad es
que uno jugaba allí sintiéndose un profesional. Imitábamos el revés a dos
manos de Connors, la agresividad de McEnroe y la seguridad en los golpes
del sueco Borg. No sé quién mandaría a construir la cancha ni tampoco si
en estos momentos sigue existiendo. Digamos que es uno de esos lugares que
uno prefiere dejar a salvo del regreso para no llevarse decepciones y no
descubrir que lo que nos parecía poco menos que un club de lujo no era más
que una bacheada cancha con desniveles, grietas y hierbajos que casi se
metían en la línea de fondo. En Guía también teníamos la cancha de tenis
del Instituto, con sus defectos de construcción y una superficie infame
que te provocaba heridas y raspaduras si tenías la mala suerte de dar un
mal paso, y durante un tiempo también tuvimos una pista que se improvisó
en donde estaba la cancha de futbito del colegio del barranco. En esa
pista del colegio, un sábado por la mañana, no se me ocurrió otra cosa que
interponerme entre la raqueta y la pelota de tenis que iba a golpear el
ahora destacado artista plástico Francis Naranjo. Me quedé con los labios
rotos y llenos de sangre, y todavía hoy Francis recuerda el impacto y el
mal rollo que le produjo ver mi boca manchada de rojo por culpa de aquel
malhadado raquetazo. Yo sólo recuerdo la sensación que se te queda en la
cara cuando te dan un golpe y notas que todo se vuelve sangre y moretón.
Digamos que de niños estábamos muy acostumbrados a esos accidentes
prácticamente diarios, lo mismo que a ver sangrar las rodillas sin que
nunca llegara a cicatrizar una herida antes de que se abriera la otra.

Pero de lo que estábamos hablando era de la cancha de
tenis de Barranco Hondo y de los muchos momentos memorables que vivimos
allí los amigos de los setenta y los ochenta. Sin que nadie nos enseñara
tengo que reconocer que jugábamos con mucha soltura, apurando los golpes a
las líneas de fondo y marcando perfectamente los movimientos de los
saques, tal como veíamos que hacían nuestros ídolos en la televisión.
Teníamos polos de tenis, pantalones cortos y tratábamos de estar a la
última en las raquetas. El problema de Barranco Hondo eran las pelotas. En
cualquier partido lo normal era que desaparecieran dos o tres pelotas y
que encontráramos otras tantas que habían perdido jugadores de otras
semanas o meses anteriores. Digamos que había como una democrática norma
no escrita por la que cada jugador contribuía dejando entre las tabaibas,
los veroles y las tuneras un par de pelotas de tenis más o menos
desgastadas para que los que vinieran luego pudieran seguir con el juego
sin mucha demora y sin estar buscando la bola de marras todo el día.

Al principio jugábamos cuando aún no se había abierto
la Variante de Silva, y por tanto llegar hasta la cancha tenía a veces más
riesgos que tirarte en parapente. Luego, una vez desviaron el tráfico por
la referida Variante, sólo te jugabas el pellejo hasta el Albercón de la
Virgen. De ahí en adelante podíamos ir incluso golpeando las pelotas de
tenis o haciendo el gamberro entre los árboles y el barranco. La verdad es
que ahora recuerdo el grupo de casas que estaban antes de llegar a la
cancha como si fuera una especie de pueblo del Caribe, con el agua por la
acequia, las macetas llenas de verdor y de flores y una cierta sensación
de lugar tropical incluso en los días de invierno en que aquello se volvía
poco menos que Siberia. Por eso nombraba Macondo al principio del relato,
porque en el entorno de la cancha, en el propio diseño de la misma y en el
paisaje que teníamos de fondo, siempre con el mar y los riscales
delimitando barrancos y precipicios, había algo esotérico y mágico, como
si no perteneciera a nuestro mundo.

Jugar al tenis nos hacía sentir un poco anglosajones y
nos alejaba de la casposa realidad que vivíamos a veces. Alguna vez me
contaron el origen de la cancha, y supongo que sería la historia de algún
terrateniente esnob o de influencia inglesa que quiso darse el capricho de
disponer de una cancha de tenis para uso personal y familiar. Me imagino
que en los años en que la cancha estuvo cuidada y pintada cada año no
podría entrar el populacho como luego entramos nosotros, cuando ya no
había puertas y las raíces empezaban a salir entre las mismísimas líneas
que delimitaban la cancha de juego. Prefiero que no me cuenten cómo la
diseñaron o quién fue el impulsor de la idea. Lo que me importa es que
estaba allí, pintada la superficie de color tierra como si fuera tierra
batida y perfectamente trazada debajo de un cielo limpio en el que no
paraba de escucharse el trino de los pájaros que elevaban el vuelo para no
verse sorprendidos por una bola desviada por algún patán con poca maña
para un deporte que nos hacía sentir importantes y cosmopolitas durante
unas horas. Ninguno de nosotros llegó a nada en el tenis, pero en Barranco
Hondo soñamos muchas veces que dejábamos a Borg plantado en la red, o que
McConroe rompía la raqueta a golpetazos ante la impotencia de nuestras
dejadas, nuestras voleas de drive o nuestros smashs demoledores. Podría
volver, pero no quiero. Igual ya no queda cancha o si queda estará oculta
entre la maleza. No es conveniente acercarse a los recuerdos o a los
sueños más de lo que nos acercaríamos a una hoguera. Es preferible que nos
llegue el calor, la imagen de entonces, y no que no nos abrasemos delante
de las evidencias. Incluso estando igual nunca sería la misma. Seguro que
quedan muchas de nuestras pelotas perdidas entre las tabaibas y las
tuneras. Lo mejor será que las encuentren otros y que esos otros sigan
perpetuando los sueños. Nosotros ya fuimos héroes en esa cancha. Lo saben
todas esas pelotas picoteadas por los lagartos y los mirlos que se ocultan
entre la maleza del Barranco Hondo.

Octubre de 2006.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 29/09/2008.


Música de Papagüevos

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

MÁSCARAS Y CENIZAS



Santiago Gil














Hace años la vida tenía sus ciclos mucho más marcados
que ahora. Los carnavales no necesitaban de diseñadores rumbosos ni de
campañas publicitarias y mediáticas para lograr que las fiestas salieran a
la calle. En los años del franquismo estaban prohibidas las
carnestolendas, aunque en sus epígonos recuerdo disfrazarme por las calles
del pueblo con tres o cuatro retales y una careta desgastada de diablo o
de payaso. Posiblemente hicieran la vista gorda con los niños, no lo sé.
Sí recuerdo que entonces no había comparsas glamurosas, murgas o
parafernalias espectaculares. Lo que había eran mascaritas que salían a la
calle con un palo de fregona o de escoba, cuatro telas viejas para cubrir
el cuerpo y una voz atiplada con la que esconder la identidad. Nosotros
éramos la mascaritas que andábamos por Guía en los primeros años de los
setenta. Lo que nos gustaba, aparte de la asunción de nuevas
personalidades y del vacilón, era ir de casa en casa pidiendo huevos. No
queríamos caramelos, ni dulces, y a lo sumo aceptábamos alguna media
peseta o un duro: lo que perseguíamos las muchas mascaritas que entonces
nos cruzábamos por las calles con nuestra cutre puesta en escena era
llenar los cestos o las talegas de huevos. Tocabas en las puertas, o
directamente pasabas al interior de la casa anunciando la fiesta con tu
voz más festiva o con un par de aplausos más o menos ruidosos. Salían
todos a preguntarte que quién eras, y se podían tirar media tarde
haciéndote preguntas y sacándote pistas por la voz, por tus movimientos o
por lo poco que tapábamos nuestra verdadera identidad. El premio era que
te dieran un huevito, que es lo que pedíamos nosotros desde que tocábamos
en la puerta, "¿me da un huevito?", mientras que los que trataban de
sonsacarte empezaban con frases con retranca en las que siempre aparecía
la palabra mascarita como una letanía que posiblemente se llevaba
repitiendo cientos de años. Las caretas eran de plástico y generalmente se
presentaban en los escaparates con colores chillones y llamativos que
luego se iban destiñendo con el agua de las lluvias o nuestro propio
sudor. Molestaba una barbaridad el elástico con el que te las sujetabas a
la cabeza, y como ya he dicho solían durar varios carnavales y además eran
intercambiables. Nos pasábamos las caretas unos a otros, cada vez más
ajadas, cada vez menos engañosas. A medida que fueron pasando los años ya
sabíamos cada uno de nosotros quién estaba detrás de la cara de Popeye o
de aquellos diablillos pintarrajeados con colores chillones que se iban
quedando cada vez más mansos y descoloridos. Pero a pesar de ese cutrerío
había mucho encanto en aquellos carnavales improvisados que nos sacaban a
la calle desde que salíamos del colegio. En las casas también nos daban
tortillas de carnaval, de hecho el premio mejor era la combinación de unas
cuantas tortillas de carnaval y un par de huevitos. No recuerdo si los
huevos llegaban luego a nuestras casas. Eso era lo menos que nos
importaba. Lo que valía es que a las ocho de la noche, que era la hora en
que nos solíamos reencontrar casi todas las mascaritas en el entorno de la
plaza grande, tú tuvieras el número suficiente para ganar y para demostrar
que eras el que más habías llamado la atención en el pueblo. Se entendía
que cuanto más gracioso, más llamativo y más festivo fuera tu disfraz y tu
gracejo más huevos te darían en las casas, y de alguna forma se cumplía
ese adagio, aunque supongo que siempre estaría el listillo que compraría
los huevos en la tienda o los cogería directamente en la nevera de su
casa. Las ropas valían más cuanto más horteras, viejas y coloristas, y
sobre todo nos volvíamos locos por las más antiguas, por sagalejos, trajes
o batas del año de Maricastaña. Nos encantaba hurgar en los baúles y los
cuartos de trastos de las casas de nuestras abuelas y encontrar entre los
gramófonos y las lavativas cualquier prenda que nos convirtiera por unas
horas en los reyes del mambo carnavalero guiense. También recuerdo algunas
guerras a palazo limpio por las calles. Había algunos que ni disfrazados
podían dejar a un lado las pendencias, y luego estaban los cobardes que
aprovechándose del palo y la careta pretendían vengar afrentas pasadas.
Pero fueron pocas las emboscadas y las peleas, entre otras cosas porque
uno también llevaba su palo y no dudaba en esgrimirlo cuando aparecía
alguno de aquellos gaznápiros que ya desde entonces andaban enturbiando la
fiesta. No duraban mucho los carnavales, y de hecho creo recordar que sólo
salíamos a la calle el lunes y el martes de carnaval, y que por supuesto
no había festivos a los que agarrarse. Siendo febrero y conociendo el frío
y el chirote de nuestras calles en esa época, me siento extraño recordando
el sudor y el calor de las ropas y las caretas, como si el carnaval
hubiera sido en el mes de julio y en un entorno caribeño. Luego todo se
fue sofisticando y ya empezaron las cabalgatas y las murgas que nosotros
veíamos alelados cuando ponían en la tele los carnavales de Tenerife,
incluso recuerdo que estuve en Santa Cruz con ocho o nueve años y descubrí
qué poco se parecía aquel tropel festivo y ruidoso con el carnaval de
huellas lejanas de mascaritas pisando los adoquines del pueblo silencioso.
Pero igual que llegaba el carnaval se presentaba el Miércoles de Ceniza
con toda la carga de tristeza y de fin de fiesta. El Miércoles de Ceniza
era lo que con los años fue para nosotros el amanecer en las noches de
fiestas más rumbosas y divertidas, el final de la diversión, la vuelta a
la rutina y al silencio, y también la desaparición del otro yo que sólo
aspiraba a divertirse y a epatar a la gente que se encontraba en su
camino. Porque entonces íbamos a la iglesia y nos sentábamos junto a todas
aquellas señoras vestidas de negro y de mirada torva que tarde tras tarde
andaban por el templo repitiendo letanías interminables. Nos decían que
teníamos que ir a que nos dibujaran la cruz en la frente. Era como el
estigma que acababa con la fiesta y nos encerraba en las negruras previas
a la Semana Santa. El cura repetía que aquella señal era indeleble y
eterna, y todavía hoy me miro de vez en cuando al espejo por si se
reproduce o me ha vuelto a salir sin darme cuenta. Nos tiznaban y nos
metían miedo diciendo que no podíamos tocarla. Las amenazas eran más o
menos las de siempre, todo aquel ritual del fuego eterno, la caída de los
rayos fulminantes de los cielos y el resto del martirilogio con el que
trataban de matarnos toda la fiesta que llevábamos dentro. Uno lo ve ahora
como parte del mismo ritual y casi me parecen más literarias que reales
todas esas vivencias que la gente de veinte años se niega a creer cuando
se las cuentas. No conciben un mundo tan rudimentario hace tan poco
tiempo. Pero es verdad que somos la última generación que vivió esos ritos
ancestrales como parte de la normalidad de la infancia. Por eso quizá
cuando miramos al pasado nos vemos más como personajes de ficción que como
seres reales. No resulta normal, mirado con los ojos de estos tiempos, que
fuéramos por las casas pidiendo huevos y que luego nos dejáramos tiznar la
frente con música de órgano y cantos religiosos de fondo. La verdad es que
parece todo cosa de la literatura, del cine o del teatro.

Febrero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los olvidos (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS OLVIDOS



Santiago Gil











Cuando miramos hacia atrás nos las tenemos que ver con
el olvido. Casi siempre nos gana la partida y nos deja aliquebrados y con
la moral por los suelos cuando nos damos cuenta de que no podemos recordar
el nombre de aquel compañero de juegos con el que compartimos muchos días
de aventuras, o cuando se nos ha borrado de la mente un camino o un lugar
del que sólo nos llegan sombras, pequeños retazos casi irreconocibles que
casi siempre acaban confundiéndonos o haciéndonos dudar hasta de nuestra
propia existencia. El pasado, por tanto, tiene el constante riesgo del
olvido, y contra él tenemos que luchar a brazo partido si no queremos
quedarnos amnésicos y sin referencias. Y tampoco conviene enfrentarse
abiertamente a ese olvido del que les vengo hablando: a veces es mejor
parlamentar, llegar a acuerdos y suscribir pequeños pactos en los que
nosotros cedemos a su influjo y renunciamos a algunos momentos ya vividos
a cambio de que él nos deje recuperar de vez en cuando otras vivencias que
ni siquiera recordábamos haber protagonizado.

Ahora, por ejemplo, me gustaría recordar cómo se
llamaban las bolas con pequeñas púas con las que montábamos unas guerras
de campeonato por los barrancos, o cuál era el nombre de aquellas otras
semillas, que venían en vainas como las habichuelas, que cuando las
pisabas dejaban un hedor insoportable alrededor. Huelga decir que éstas
últimas fueron utilizadas mil veces como bombas fétidas en cines, espacios
públicos y otros lugares que es mejor no desvelar no sea que me meta en
algún follón al paso de tantos años. No le pido al olvido que me deje
rememorar su nombre botánico o su referencia científica: me conformaría
con volver a recordar cómo las llamábamos nosotros. Esos nombres, casi
siempre originales, pasajeros e inventados se quedaron en el olvido para
siempre, lo mismo que los nombretes con que nos conocíamos todos entonces,
o los lugares que rebautizábamos en pos de las aventuras, sitios como los
Tres Caballos o las Dos Palmeras en los que jugábamos a imitar a los
héroes de las películas del Oeste de Sesión de tarde o de los Spaghetti
Western que nos ponían en la matiné de los domingos en el cine Hespérides.

Y luego están los nombres de tantas y tantas personas
del pueblo que veíamos por las calles camino de misa o del colegio. Los
nombres, y en muchos casos las caras, las voces y los gestos de aquéllos
que formaban parte de nuestro decorado de la infancia, y sin cuya
presencia nada hubiera sido como fue y como lo vivimos. Supongo que no
queda más remedio que olvidar si queremos acumular nuevos datos en el
magín que nos permitan seguir sobreviviendo, o también pudo ser que
entonces no hicimos ningún esfuerzo por grabar en la zona más protegida
del cerebro nuestros recuerdos: de niño pensamos que todo va a durar
eternamente, y que jamás flaquearán las fuerzas o empezarán a escasear las
neuronas. Yo he olvidado los nombres de muchas caras, de los juegos, y
también de los árboles y de las flores que tan bien conocíamos entonces
gracias a nuestras abuelas o a los más viejos del lugar. Igual que no
sería capaz de resolver una raíz cuadrada tampoco me veo echando mano de
fórmulas que me permitan recuperar lo perdido. De vez en cuando me llegan
fogonazos mientras escribo, y a lo mejor por eso escribimos, para intentar
que en medio de lo que imagina a nuestro cerebro se le escapen datos que
formaron parte de nuestra vida y que ahora el hace, deshace o esconde a su
antojo.

Dicen los que han estado en el umbral de la muerte y
han vuelto a la vida que en ese momento revivimos todo, de ahí que siempre
se diga que lo que se hace en la vida se terminará pagando en el otro
lado. Yo más que en el otro lado creo que se paga en ese viaje postrero,
cuando lo que recordamos nos devuelva la paz de haber sido buena gente y
haber obrado siempre con buenas intenciones, o bien cuando nos encontremos
que en ese recuento final sólo hay mentiras, falsedades y mezquindades.
Por eso conviene no convertirse nunca en un cabrón o un indeseable si no
queremos sufrir un viaje con náuseas provocadas por nosotros mismos. Uno
se consuela pensando que en ese momento llegarán todos los nombres, las
vivencias memorables y aquello que uno ha amado de todo corazón en la
vida. Me desespera no poder recuperar ahora cada minuto vivido en el
pasado, sobre todo en esa patria llena de intensidades y grandezas que es
la infancia. Escribo estos recuerdos para tratar de poner un poco de orden
en ese caos que mezcla lo imaginado con lo vivido. Sé que aunque sea a
tientas uno puede rastrear siempre en el pasado. A lo mejor seguimos sin
poder recordar los nombres, las caras y las calles, pero nos llega su
calor y nos sentimos seguros. Hay algo de nosotros escondido entre las
calles de Guía que nos salvaguarda de la miseria y de las mezquindades
cotidianas que nos encontramos a diario en esa selva que es a veces la
realidad. No es que huyamos o tratemos de evadirnos a todas horas. De lo
que se trata es de no perder las referencias y de no dejar que el olvido
arrase con todo. Dicen que los enfermos de Alzheimer adonde primero
vuelven es a la infancia. Nosotros, de una forma o de otra, también
acabaremos volviendo algún día.



Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


El pan como milagro (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EL PAN COMO MILAGRO



Santiago Gil















El pan siempre tiene algo de milagro. Ya lo comían tus
bisabuelos y también ellos se asombraban delante del horno viéndolo crecer
y dorarse antes de partirlo y llevárselo a la boca. El pan no sólo es
sabor, yo diría que es más olor que sabor, más visión que gusto, y por
supuesto es recuerdo, mañanas de infancia untando mantequilla y remojando
en el café con leche los trozos que tu madre iba cortando según salían de
la talega. Nos encantaba ir a la panificadora (entonces no la llamábamos
panadería). Estaba en la calle del Medio. Lo de menos era el recado que
teníamos que hacer. Generalmente odiábamos tener que hacer de recaderos,
todas aquellas idas y vueltas en busca de un paquete de fideos o de un
kilo de papas que nos robaban minutos de juego y diversión. Lo del pan era
diferente. Nos atraía el olor que aún hoy nos sigue llevando sobre la
marcha a la infancia, y también todo aquel trajín de harina y levadura, de
cajones de madera oliendo a pan caliente y de hombres sudorosos
acercándose al calor del horno para sacar el pan recién horneado. No había
cosa que nos gustara más que ayudar a hacer el pan dándole forma a una
masa fría, sin ánima y escurridiza. Al rato la veíamos convertida en pan.
Era un milagro, y casi nos daba pena comernos el milagro cuando llegábamos
a casa. Recuerdo a Miguel, siempre presto a explicarnos los intríngulis de
todo el proceso de fabricación, y al padre y la madre de Norberto y de
Puri, compañeros de estudios en el colegio. También hacían, y por suerte
siguen haciendo, unos dulces exquisitos, pero a nosotros lo que nos
gustaba era el pan, el olor del pan que avanzaba por la calle y llegaba a
San Roque y casi hasta La Plaza, el mismo olor que hoy me hace detenerme
en cualquier calle del mundo y rememorar inmediatamente a los amigos y a
los familiares que entonces formaban parte de nuestro pequeño paraíso
cotidiano. Mis primos de Las Palmas se volvían locos con el pan de Guía,
tanto con el de la calle del Medio como con el que fabricaba Nino en
Becerril. Cada pan era diferente, con su sabor, su textura y su cuidado
particular, pero ya digo que uno entonces se decantaba por el proceso de
fabricación y por los olores. Entrar en la panificadora de la calle del
Medio era como adentrarse en el mismo misterio atávico de nuestros
antepasados. Se conservaba el decorado de las tahonas de principios de
siglo, con el fulgor del horno irradiándolo todo y el calor quemando
nuestras caras y tiznando las paredes. Los que crecimos asistiendo casi a
diario al milagro del pan jamás nos lo podremos comer sin olvidar de donde
viene y lo que representa. El pan es recuerdo, puntas crujientes que
llevarnos a la boca, talega de tela que quemaba si la acercabas a la cara,
todo un mundo de sensaciones que uno se niega a olvidar o a trivializar
para poder seguir existiendo. Cierro los ojos y recuerdo el sabor y la
textura de aquellos panes que nos encontraron cuando no levantábamos un
par de palmos del suelo y nos dejaron un día a las puertas de la
universidad. Nos alejamos del pan que nos pertenece como mismo dejamos las
calles y las gentes que crecieron con nosotros, pero el pan sigue presente
y sigue facilitándonos los viajes de vuelta según nos damos de bruces con
su esencia eterna.. No entenderíamos nuestra existencia sin ese aroma
misterioso que se va idealizando a medida que crecemos. Ahora que casi
todo es asepsia y que ya no asistimos a la creación de los productos, uno
se da cuenta de hasta qué punto fuimos afortunados en nuestra infancia
guiense. La panificadora era como la fragua, como las hogueras de junio,
un culto al fuego como redención y como alimento, el milagro de lo que
arde y lejos de consumirse se renueva. No todo sucumbe en las llamas. La
crudeza tampoco nos dice mucho si no se combina con el calor que hace
crujir los recuerdos. El pan como metáfora, el pan como símbolo y como
atavismo de otros tiempos más rudimentarios y cercanos. Milagrosamente
sigue llegando cada mañana a casa. Ya no sabemos de dónde, ya no conocemos
a las personas que le dan forma y lo hornean, pero sigue llegando, que es
lo importante. El día que nos falte el pan nos faltará la vida. Sólo me
basta llevarme las manos a la cara con la inocencia de entonces para
recuperar el olor de aquellas cestas en las que caían los panes recién
horneados. Cierras los ojos y en medio de ese cúmulo mágico de sensaciones
también se te aparece el niño que corría como loco por las calles del
pueblo con la talega llena de panes calientes. Corríamos sin saber que
estábamos llevando con nosotros un milagro que ya rara vez nos hemos
vuelto a encontrar con la intensidad de entonces.

Febrero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 21/06/2008.