La parafernalia de los entierros (2006)

 

Mp


MÚSICA DE
PAPAGÜEVOS

La parafernalia de los entierros

Santiago Gil

También estaba presente la
muerte. Nunca podemos dejar de lado a Tánatos. Aun en los momentos
mágicos y luminosos siempre había alguien que moría, el padre de algún
amigo, todos los abuelos, alguna hermana, y hasta algún amigo más o
menos cercano. Sucede como ahora. Siempre está detrás la maldita parca
echando por tierra todas las alegrías. La muerte para los niños tenía
connotaciones tétricas y tremendas, de infiernos, cielos y abismos
insondables. Digamos que estábamos muy marcados por una religión
demasiado carpetovetónica y ultramontana y muchas leyendas pavorosas
de aparecidos, espíritus burlones y negruras tétricas. Pero por otro
lado éramos capaces de jugar con ella y de meternos en los cementerios
y en el frío desangelado de aquellas tumbas abandonadas del camposanto
de San Roque. Nos colábamos por un muro medio caído que estaba en el
callejón que conducía a la casa de Don Juan García Mateos y sobre la marcha
empezábamos a ver más de lo que veíamos y a imaginar lo que no era. Yo
creo que la mayor parte de los recuerdos de aquellas incursiones están
más unidos a la ficción y a las ganas de aventuras y fantasías que
teníamos entonces que a lo que realmente fueron. Es verdad que hubo
macabras bromas con todos los primerizos que acababan pidiendo socorro
en lo hondo de las fosas, y que por todas partes estaban los huesos y
los restos de nuestros antepasados, pero no era para tanto. También
influían las horas de visita al camposanto abandonado: siempre cuando
caía el sol, a oscuras, con aquella oscuridad de entonces casi sin
luces en la calle y con aquel frío de los inviernos con nieve en el Teide y el pavor en las entrañas. Para nosotros la parafernalia de la
muerte era parte de nuestro entretenimiento infantil, entre otras
cosas porque los muertos que había San Roque eran casi todos lejanos,
desconocidos, y sin rostro o recuerdos que nos metieran el miedo en el
cuerpo. Nunca faltaron los mentirosos que decían haber visto luces,
fuegos fatuos, sombras lúgubres, o los que habían escuchado voces y
ronroneos llorosos que me imagino que serían de los muchos gatos en
celo que habría en las fincas de plataneras circundantes. Nunca
escuché nada, aunque desde la distancia quedaría más literario hablar
de leyendas y de sucesos paranormales, pero a pesar de ello guardo de
aquel cementerio un recuerdo idealizado de lugar bello y mágico, sobre
todo con la fachada de Luján Pérez, el diseño de las tumbas y la mala
hierba empeñada en turbar el descanso eterno de los guienses de otros
siglos.

Pero la muerte que a mí me
provocaba pavor era la que te encontrabas por la calle. Tengo cuatro o
cinco imágenes impactantes de cortejos fúnebres bajando por la calle
del Medio o del Agua cuando veníamos tranquilamente del colegio
dándole patadas a los guijarros o a las chapas que nos encontrábamos
entre los adoquines. Te mataba el silencio, el luto de la gente, los
lamentos entrecortados y sobre todo la sobriedad y el tenebrismo de
los ataúdes. Toda la vida cruzaba en la acera de la calle Poeta Bento,
justo enfrente de la Tienda de Los Humildes, y al lado de la relojería
de Fabio Álamo, para no tropezarme con el escaparate de ataúdes que se
exhibían como esperando tu cuerpo o el de las personas que querías. Yo
perdí a una hermana cuando era muy niño. Me acuerdo perfectamente de
ella y de su fallecimiento, y quizá por eso siempre he temido tanto a
la muerte y a sus funestas consecuencias. En aquellos entierros te
imaginabas a tus seres queridos y no entendías cómo el mundo estaba
tan mal planteado. Te engañaban con la martingala de los cielos y los
descansos eternos, pero desde muy niño empecé a tener claro el ciclo
vital al que pertenecemos y la fantasmada de todas esas teorías que
intentan negar la evidencia. Quizá el gran problema de mucha gente es
precisamente ese convencimiento en la vida eterna: los que tenemos
claro que esto es una vida que no da más de sí perdonamos y tratamos
de ser buena gente todo el rato. Los otros a veces utilizan sus
religiones y sus curas para ser unos malandrines que se creen salvados
con tres golpes de pecho y unos cuantos rezos mirando al Sagrario.

La muerte en Guía sonaba en
latín delante de la puerta de la iglesia. Todos nos peleábamos por ser
monaguillos, pero cuando había entierro ningún chiquillo se acercaba a
aquellos ropajes negros manchados de cera para perfumar de incienso
las lágrimas de los deudos. Los entierros siempre contaban con la
figura de Tomasín junto al conductor de la funeraria. Digamos que era
el único signo de vida en medio de aquella negrura, por más que el
bueno de Tomasín tratara de mostrarse compungido y se presentara con
aquella seriedad inquebrantable y solemne que tan bien estilaba si se
daba el caso.

Las campanas de entierro
volvían más frías y desapacibles las tardes de invierno. Y luego
estaba aquel olor del incienso, que aun siendo el mismo nunca olía
igual que en los días de fiesta, y los latinajos que repetíamos
después en el barranco como un juego macabro. La muerte es más dura y
más cercana en un pueblo que en la gran ciudad, y su intensidad es
mucho más tremenda. Los niños la veíamos bajar por las calles y sobre
la marcha sabíamos que no quedaba más remedio que espantarla a fuerza
de alegrías y de juegos. Es lo que luego hemos seguido haciendo con el
paso del tiempo. Siempre tememos que nos coja la parafernalia tétrica
de aquellos entierros que bajaban silenciosos por la calle del Medio.
Por eso vivimos intensamente, por eso amamos, por eso tratamos de no
perder un solo minuto de la vida en estulticias o jodiendas. Yo de
entrada siempre he pedido que me incineren: ni me apetece ser
protagonista de esos paseos lúgubres de las tardes de invierno ni
tampoco que los niños de dentro de ochenta años se entretengan con mi
fémur, mi tibia o mi radio como si fueran cañas o palos de fregona. La
muerte, desde entonces, me ha servido para no perder el norte de la
vida.

Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


El niño que volaba (2007)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

EL NIÑO QUE VOLABA



Santiago Gil








Yo de niño volaba. Con los años he ido perdiendo las
alas, poco a poco, casi sin que me diera cuenta. Realmente no sé cuándo
dejé de volar. Ya algo mayor podía hacerlo de vez en cuando al lado de la
persona que me enseñó a creer que todo lo que uno imagina se puede llegar
a conseguir. Él fue fiel a los sueños hasta el último de sus días. Si
quería ser cura decía que era cura y no había nadie que le llevara la
contraria. Yo vi como cambiaba de oficio cada semana y a veces varias
veces al día. Lo mismo podía ser médico, futbolista, camarero, cantante de
folías, guardia urbano que hombre serio y circunspecto, casi
imperturbable. Yo de niño lo envidiaba porque no tenía que ir al colegio
ni a trabajar. Para él nunca existió la tortura de los domingos por la
tarde. Vivió por tanto una vida libre, defendiendo siempre su particular
anarquía y manteniendo una defensa a ultranza de la amistad y de la
lealtad hacia sus amigos y su amor platónico. Un buen día dijo que se
había enamorado y ya fue fiel para siempre a su amada aunque ésta
estuviera a muchos kilómetros de distancia. En eso, y en casi todo, era
muy Quijote.

Para un niño es un lujo poder jugar con alguien de
treinta y tantos años y hacerlo como lo haría con un compañero de
Primaria. Tomasín marcaba las pautas del juego y los sobrinos seguíamos a
rajatabla sus consignas. También nos convertía en camareros auxiliares,
futbolistas suplentes, o guardias urbanos vigilantes de sus surrealistas
pertenencias. Nos gustaba molestarle y hacerle rabiar, sobre todo
empujándole la puerta de la habitación en la que se encerraba durante
horas a trazar los planes de sus futuros sueños. Tenía Síndrome de Down.
No era como el resto de los mayores, nunca se hizo mayor. Encaneció, se
avejentó, pero nunca dejó de comportarse como un niño grande. Llegó un día
en que los mayores éramos nosotros. Cuando estabas un rato a su lado te
dabas cuenta de cómo te había cambiado la vida. Cada vez iba quedando
menos del niño soñador e imaginativo que fuimos, pero bastaba estar con
Tomás un par de horas para recuperar parte de las esencias perdidas. Él
seguía siendo el mismo, incluso se sentía más importante desde que le
levantaron un busto en la Plaza de San Roque. Antes ya se había sentido
como dios cuando su amigo Braulio le compuso esa canción que tan bien lo
describe. Era un tipo feliz, y de tonto, la verdad, no tenía un pelo. Como
te diera por burlarte de él lo más probable es que salieras trasquilado o
con un par insultos subidos de tono que generalmente daban en la diana de
los burleteros que querían hacerlo pasar por un caricato. Hoy me he
encontrado una foto de uno de mis cumpleaños. En ella Tomasín me está
enseñando a volar. A los pocos meses les juro que ya me soltaba y era
capaz de quedarme flotando en el aire de los juegos y las risas del que
posiblemente me estaba hablando en el momento en que Paco Rivero encendió
el flash. Yo jamás hubiera sido el mismo de no haberme criado tan cerca de
Tomasín. No hubiera desarrollado algunas de mis aficiones favoritas, sobre
todo la de creer que todo puede ser posible si uno se propone que lo sea.
Gracias a eso escribo y puedo hacer creíbles las historias. Él hacía lo
mismo cuando nos contaba trolas increíbles durante horas. Nos las creíamos
todas. El día que lo enterramos, hace ahora siete años, sabía que una
parte de mí se perdería para siempre. Posiblemente por eso desde entonces
es cuando más he escrito y más he leído. Me falta su bendita inocencia y
su capacidad para hacerme revivir al niño que se fue quedando cada vez más
lejos a medida que asumía responsabilidades y se comprometía con hipotecas
y otras zarandajas por el estilo de las que Tomasín jamás tuvo noticia.
Cuando perdí a mi hermana pequeña Tomás fue uno de los que más se preocupó
para que no cayera en una tristeza que inevitablemente siempre ha estado
aposentada por ahí adentro. Era de los pocos que no me decía que mi
hermana Mónica estaba en las estrellas o que era un ángel de los que
aparecían en los cuadros de los santos. Él hablaba de ella como si
estuviera viva, o como si nos la fuéramos a encontrar otra vez en
cualquier fiesta de cumpleaños. Gracias a eso siempre pude endulzar su
ausencia y evitar las negruras con que la iglesia y los más necrófilos
suelen vestir a la muerte. Me enseñó que a los muertos se les mantiene
vivos cuando los recordamos tal como eran, o cuando los escribimos o los
tenemos presentes con toda su felicidad y su ternura. Es lo que estoy
haciendo yo ahora cuando me he acordado de él, escribirle un rato sin
tener que contarle que el mundo sigue siendo el mismo lodazal del que
siempre supo mantenerse a salvo. Nació sabiendo volar.

5 de enero de 2007.

MAS INFORMACIÓN SOBRE TOMASÍN


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 12/12/2008.


Fenómenos paranormales (2006)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

FENÓMENOS PARANORMALES



Santiago Gil



La verdad es que nosotros entonces
éramos unos tipos curiosos. No digo raros, ni excéntricos, pero sí
curiosos y con muchas inclinaciones hacia lo esotérico y los avistamientos
de Objetos Voladores No Identificados. Me imagino que influiría el hecho
de que Paco Julio el médico y Paquito el taxista se convirtieran en
protagonistas de uno de los avistamientos OVNIS que más ha dado que hablar
en la historia de la ufología. Yo era muy amigo de los hijos de Paco
Julio, sobre todo de Julio y de Rubén, y por tanto tuve información de
primera mano del avistamiento de su padre y de las posteriores
consecuencias del mismo cuando intervino la cúpula militar exigiendo
silencios y discreciones obligadas a los protagonistas. No sé qué sería
aquello que vieron en el campo de cebollas de Piso Firme, pero los colores
que quedaron en la tierra y las descripciones de los testigos ponían los
pelos de punta al más pintado. Hablamos, no lo olviden, de unos años en
los que no había Internet ni tantos efectos especiales en las películas.
Cuatro luces que brillaran en el mar o cerca del Pico de La Atalaya se
convertían sobre la marcha en OVNIS. Todos entendíamos de OVNIS; todos
asegurábamos haber visto un OVNI alguna vez. Si nos atuviéramos a las
afirmaciones de aquellos años uno podría llegar a pensar que entonces
éramos poco menos que el centro del universo, el lugar donde confluían los
extraterrestres de todas partes para echarse un enyesque y tomarnos un
rato el pelo. Entre nosotros, y ahora que no nos escucha nadie, sí creo
que todas aquellas luces no eran más que maniobras clandestinas de la OTAN
o de los integrantes del Pacto de Varsovia en nuestras aguas, y que desde
que entramos, muy a nuestro pesar y en nuestra contra, en la Organización
de los Países del Atlántico Norte, que a ver qué diablos tenemos que ver
nosotros con el Atántico Norte, se acabaron los avistamientos, los
misterios y todas las luces de colorines que aparecían a cualquier hora
por tierra, mar o aire. Ahora las maniobras son a plena luz del día y se
cargan decenas de delfines de una forma rastrera con sus jueguitos de
guerra simulada.

La entrada en la OTAN y la llegada
de la Perestroika hicieron desaparecer toda la ufología de nuestro
entorno. Pero esos aconteceres históricos y socioeconómicos sucedieron
cuando ya nosotros habíamos salido de la infancia. Antes, cuando andábamos
con la guerra fría y todas aquellas charranadas de espionajes, es cierto
que había mucho más juego para la imaginación.

Los avistamientos en nuestra
comarca trajeron hasta Guía al mismísimo doctor Jiménez del Oso, el de Más
Allá. Todos creíamos lo que salía en Más Allá, digamos que era la mecha
que nos faltaba para que sucumbiéramos definitivamente a todo lo
misterioso. Jiménez del Oso estuvo en el colegio del Barranco dando una
charla y no sé cómo diablos me tocó ir a buscarlo en nombre de los alumnos
del colegio al bar del albergue donde estaba comiendo. Impresionaban sus
ojeras y su aspecto tétrico, todo vestido de negro, y sobre todo te
acojonaba aquella voz que parecía de ultratumba y que el tipo modulaba
adaptándola a lo que esperábamos de su papel. En el colegio hasta le
enseñaron fotos con supuestos platillos volantes. Nos contó la historia de
muchos avistamientos y ya desde que aquel día raro era que no viéramos un
OVNI cuando mirábamos hacia el Teide o subíamos por la noche la calle del
Agua. Había OVNIS y extraterrestres por todas partes, y estos últimos
podían ser infiltrados, fantasmales, invisibles, sombreados o de colorines.
Todos nosotros jurábamos haber visto uno o varios tipos con antenas como
los que decían que se había encontrado Paco Julio. Con los años me
encontraba a Jiménez del Oso casi todos los días en el barrio de Malasaña
de Madrid. Vivíamos muy cerca el uno y del otro, y alguna vez estuve a
punto de pararlo para preguntarle si todo aquello que nos contó en el
colegio era realmente cierto, o si formaba parte de una broma o un montaje
para mantener la audiencia de Más Allá y nuestra inocencia paranormal. No
me atreví a preguntarle. Nos decíamos buenos días o buenas tardes y cada
cual seguía a lo suyo, él me imagino que con sus marcianos y sus espíritus
burlones y yo tratando de buscarme la vida como buenamente podía.

Pero la fiebre de los
avistamientos se extendía a otras ramas esotéricas. Siempre había quien
tenía una tía o una abuela que había visto desaparecer un gato negro como
por ensalmo, o quien decía que otro familiar, cuando no él mismo, se había
tropezado con un fantasma o un antepasado muerto. No es que te lo
creyeras, es que no te atrevías a poner en duda nada por si acaso, no se
fueran mosquear los gatos negros o los fantasmas y te hicieran alguna
trastada cuando te quedaras solo en la habitación o te cayera la noche
bajando de La Presa o haciendo el gamberro por el barranco o la Vega. Nos
creíamos todo lo que nos echaban, desde los Apocalipsis de don Bruno y don
Fernando en aquellas misas soporíferas hasta las leyendas más herejes y
endemoniadas. Antes también nos habíamos creído lo del Hombre del Saco o
las historias de los locos que te podían coger y meterte cuatro pedradas
por un quítame allá esas pajas o simplemente por maldad, por ver cómo te
desangrabas o llamabas a gritos a tu padre o al primo más membrudo y
fortachón.

También nos creíamos lo de la
capacidad de succión del agua de los estanques y otros fenómenos de física
apócrifa en los que yo sigo creyendo todavía, o por lo menos sería incapaz
de tirarme ahora mismo en un estanque y no tener en la cabeza la imagen de
aquel niño succionado por las aguas con el que siempre nos metían miedo
para que no nos bañáramos en medio de los batracios y las chiribitas.

Entre la poca iluminación que
había entonces por las calles y esa tendencia al tremendismo había noches
en que llegabas a tu casa acongojado y muerto de miedo. Los OVNIS y esas
apariciones estaban bien para verlas o para imaginarlas entre amigos,
envalentonándonos unos a otros y poniendo caras de siete machos y de tíos
duros. Otra cosa era luego la oscuridad de la habitación y de las calles.
Supongo que era parte del juego y de la imaginación de la infancia. Pero
lo que sí me ha dado siempre mucho que pensar es que hasta el mismísimo
Jiménez del Oso viniera a Guía a interesarse por nosotros y por todos esos
fenómenos paranormales que sucedían en la zona. A lo mejor somos una
especia de enviados, unos tipos influenciados por las energías y los
colorines de todos aquellos marcianos que aparecían varias veces por
semana en todos los horizontes. Ya Jiménez del Oso no está entre nosotros
para preguntarle a conciencia, de hombre a hombre, hasta qué punto era
verdad aquella milonga. En Madrid no me atreví a hacerlo las veces que me
lo encontré por la calle, aunque sí es cierto que me miraba medio raro,
como si me reconociera o viera en mí los vestigios de esos mundos que él
supuestamente visitaba de vez en cuando. ¡A ver si al final va a resultar
que los de Guía tenemos poderes y no nos hemos dado cuenta hasta ahora!


Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 21/01/2010.


Las chapas futboleras (2007)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Las chapas futboleras


Santiago Gil





Uno se recuerda de niño golpeando todo lo que nos
tropezábamos por las calles, desde guijarros a chapas de botella, pasando
por trozos de madera, pelotas de papel o pequeñas bolas caídas de
cualquier árbol con necesidad de aligerar peso y echar nuevas simientes en
el planeta. Nuestra obsesión principal por las calles empinadas de nuestro
pueblo era ir subiendo el objeto golpeado a las distintas aceras que nos
íbamos encontrando en nuestro camino. Cuanto más altas más desafiantes
eran nuestros tiros con efecto o con técnicas improvisadas que superaban
al mejor futbolero de aquellos años. Destrozábamos zapatos y playeras que
quedaban enganchadas entre los adoquines o marcadas irremediablemente por
las aristas de las piedras que se convertían en improvisadas pelotas
callejeras. Con una piedra y un buen par de zapatos podíamos estar toda la
tarde subiendo y bajando la calle del Agua, elevando y bajando el
susodicho guijarro en función de nuestras ganas de epatar a los que iban
pasando por la calle en ese momento.

Pero sin duda no había nada como las chapas de las
botellas. Nos daba igual que igual que fueran de Nick, limón o naranja, de
Pepsi Cola, de Clipper de naranja o de Royal Crown. Tampoco les hacíamos
ascos a las del agua de San Roque, de Agaete o de Firgas. Íbamos por todos
los bares pidiendo tapas de botella. En aquellos años también solían venir
regalos debajo de la goma que colocaban en la parte interna de la referida
chapa. Por una parte las cogíamos para hacer equipos de fútbol y jugar con
ellas en campos improvisado en los pasillos de nuestras casas. Les
machacábamos los bordes, les pegábamos el cabezón de los futbolistas de
moda y seguidamente las disparábamos con un tirador de metal que las
presionaba en sus bordes machacados y las conducía a la pelotita que a su
vez sacábamos de los tapones de las botellas de cognac o de whisky. La
verdad es que no tirábamos nada y no necesitábamos apuestas virtuales o
complicadas para divertirnos. Digamos que esa era la utilidad de las
chapas desde el punto de vista manual: íbamos formando diferentes equipos
y les poníamos por debajo cera de vela para que se deslizaran mejor por el
suelo. Para guardarlas les echábamos una capa de polvos talco como mismo
le echan naftalina a la ropa para que no se la coman las polillas. Los
equipos de chapas, machacadas en sus bordes o enteras con la cera también
por debajo, competían con los equipos que hacíamos con cajas de fósforos
en las gavetas más escondidas de nuestras habitaciones. Los equipos con
cajas de fósforos tenían una prestancia más llamativa y colorista, como
más real, y quizá por eso casi siempre acababan ganando la partida a la
hora de decidirnos por qué competición decantarnos en las tardes de verano
o en aquellos sábados eternos en que nos daba tiempo para jugar a veinte
mil juegos y ver la película del mediodía. Con dos tizas trazábamos un
campo de juego en cualquier parte, y para las porterías utilizábamos
trozos de madera y redes que sacábamos de las cajas de fruta. Éramos muy
apañados, la verdad.

Luego estaba la chapa anaeróbica, la que sustituía al
balón o a la pelota de tenis en nuestro golpeo por las calles o en los
interminables partidos en la Plaza Grande. En la Plaza, sobre todo entre
las cuatro y las siete de cualquier tarde, cuando no había casi nadie, o
los que habíamos estábamos sólo para jugar, poníamos dos bancos de madera
de portería y montábamos equipos de hasta diez contra diez, aunque lo
normal es que fuéramos haciendo pequeños equipos de tres o cuatro
jugadores que iban eliminándose entre sí. También estaban los partidos a
dos golpes de uno contra uno, con certeros tiros que elevaban la chapa y
la metían por toda la escuadra del banco de madera. Nunca se podían
utilizar las manos, ni siquiera en la portería. Yo recuerdo salir del
colegio a mediodía y jugar casi hasta la hora de comer, llegar a casa
sudoroso, ser reprendido por nuestra sempiterna tardanza, y volver a la
escuela a dejar que pasaran las horas de la tarde, aquellas dos horas
entre las dos y las cuatro que parecían siempre inacabables y tan
soporíferas, para volver a la cancha de la Plaza Grande a continuar con
nuestra particular liguilla. Teníamos hasta clasificaciones y tabla de
goleadores, y sin necesidad de árbitro éramos capaces de respetar el
fair play
y las más elementales reglas del juego. No consentíamos que
viniera nadie a echar por tierra nuestra diversión, y si venía con esa
ladina intención tenía todas las de perder.

Recuerdo los partidos de las noches de los sábados.
Nuestros padres llegaban de ver a la Unión Deportiva en el Insular y se
tomaban el último guanijai en el bar que estaba en los bajos de la Plaza
Chica. Solíamos coincidir varios amigos que íbamos juntos al Insular cada
quince días en el Peugeot de tres o cuatro filas de asientos de Manuel
Moreno, el de la DISA, o de René del Pino. Cuando llegábamos a la Plaza,
sobre las diez y media o las once de la doce, José Juan, Alexis y yo, y
los que fueran viniendo a cada uno aquellos partidos, nos encontrábamos la
Plaza Grande para nosotros solos. Sobre la marcha improvisábamos partidos
espectaculares en los que tratábamos de imitar los regates eléctricos de
Cruyff que acabábamos de ver en el Estadio Insular o las faltas lanzadas
por Miguel Ángel Brindisi. Nuestros padres solían estar en el bar hasta
las doce de la noche y nos dejaban en la Plaza como mismo pueden dejar hoy
a un niño en una guardería, con la tranquilidad de que estábamos en un
espacio seguro, en nuestro espacio natural, el mismo que treinta o
cuarenta años antes también había sido el suyo, probablemente teniendo
como porterías los mismos bancos decimonónicos de madera que utilizábamos
nosotros.

Me llega el olor de aquellas chapas cuando las
elevábamos al aire para elegir campo o saque. En los bares pedíamos que
tuvieran cuidado al abrirlas para que nos las deterioraran más de la
cuenta. Nos solían hacer caso, y además nos las guardaban en bolsas hasta
que íbamos a buscarlas. Era así de sencillo casi todo, así de sencillo y
así de grandioso. Emocionante, palpable, vivaz. Cualquiera de los de
entonces sólo tiene que cerrar los ojos unos instantes para recordar el
sonido de las chapas rodando por el suelo de la plaza o para rememorar
esos olores de los que les vengo hablando. Lo de menos eran los goles o
quiénes ganaban los partidos. De hecho no recordamos a ningún ganador ni a
ningún perdedor en especial. Sólo nos queda la fiesta del partido, la
libertad de vernos corriendo detrás de un metal en el que depositábamos
cada tarde buena parte de nuestros sueños.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 24/12/2008.


Polos proustianos (2006)

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MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

POLOS PROUSTIANOS



Santiago Gil







Si aquí tuviéramos inviernos plomizos de atardeceres a
las cuatro de la tarde nos recordaríamos mojando la magdalena en el té
caliente, pero nuestro recuerdo y nuestra literatura es más tropical y más
fresca, casi hermanada con el Caribe y con esa América que tanto y tanto
se nos parece.

Marcel Proust empezó a escribir En busca del tiempo
perdido
tras el fogonazo de una magdalena mojada en el té que removió
todos los recuerdos de su infancia. Creo que nuestras magdalenas son los
helados y los polos que nos llevan sobre la marcha hacia una infancia algo
distinta a al del bueno de Marcel. Nuestro es azul, caluroso y estival, y
en ese escenario la magia la ponía lo que refrescaba endulzándonos, lo que
nuestros padres y abuelos siempre conocían como mantecados y aquellos
polos de hielo que igual ahora no me atrevería a llevarme a la boca por
cancerígenos, pero que entonces suponían una delicia difícilmente
superable, una delicia sencilla y barata, como tienen que ser siempre las
cosas buenas de la vida para no convertirse en materia de académicos,
pedantes o bobomierdas con ganas de llamar la atención.

Estaban los helados que nos traía Felito desde Gáldar
en una furgoneta celeste que aparcaba en el colegio a la hora del recreo,
los mantecados que vendían para las fiestas en los puestos que ponían en
los alrededores de la plaza y las primeras variedades de polos y cornetos
que ofrecía Kalise, sobre todo con el mulato, que era la joya de la corona
de entonces junto con el vasito y el referido corneto, aquel "Kalise pá
los nervios" que repetían los vendedores ambulantes del Estadio Insular. Y
luego, claro, estaban los polos de hielo, sobre todo los polos de hielo de
Casa Quenque. Difícilmente podré olvidar el sabor del polo de fresa de
Casa Quenque y la mancha arrebolada que nos dejaba en los labios y en la
boca como prueba delatora de nuestra glotonería. Tampoco sería justo si no
nombrara los polos de leche con sabor a vainilla o a coco, o el de
chocolate, o aquella cosa extraña que pretendía suplantar la fórmula de la
Coca Cola.

Yo era uno de los privilegiados que podía pasar a la
trastienda a cogerlos directamente en un congelador de nevera como la que
podía haber en cualquier casa. Estaban metidos en unos moldes de metal,
diferenciados por los colores exagerados que representaban a cada uno de
los sabores. Los de fresa no sabían a fresa, ni los de naranja a naranja,
pero eran una delicia. Siempre quisimos imitarlos en casa con el Royal
Crown o el Clipper pero nunca sabían igual. Por lo visto se hacían con
unos botes que compraban en la farmacia. Recuerdo que estaban en la
despensa, justo al lado de la nevera, con un formato de medicamento y un
tapón como el que utilizaban para guardar las sustancias químicas en el
laboratorio del colegio. La verdad es que acojona pensar en lo que se
estaba metiendo uno en el cuerpo entonces, como mismo asustan los
componentes de los que estarían hechos aquellos pintalabios casi nacarados
o los mil polvos pica pica que formaban marejada a fuerte marejada en tu
boca y tu laringe. Me imagino lo que podía ser el estómago con todas esas
sustancias fermentando y danzando entre los intestinos y el hígado. De
momento hemos sobrevivido, que es lo importante.

Lo que queda de todo eso son los sabores. Cerramos los
ojos y somos capaces de rememorar el sabor de aquellos polos que creo que
llegué a comprar a una peseta. Nos podemos descubrir llegando desesperados
y sudorosos hasta el callejón del Molino para comprar un polo, y después
otro polo, y a veces incluso otro más. Desde el barranco nos metíamos
entre las fincas, atravesábamos estanques – creo recordar uno con una
virgen muy llamativa en el centro o en uno de sus lados- y aparecíamos
como exploradores subiendo un camino de piedras con olor a plataneras y
animales que estaba justo en el límite del Callejón, donde ya sólo había
un espacio de fincas antes de llegar al molino o de seguir camino a la
Boticaria o a Hoya Pineda. Uno cuando se metía por esos riscos y esas
fincas creía estar descubriendo el mundo, aunque luego siempre aparecía un
perro mal encarado o un guardián con malas pulgas, o por lo menos con
peores pulgas peores que las del propio perro, para enseñarnos desde muy
niños lo que era la jodida propiedad privada y la posesión: de niño uno no
concibe que todo lo que esté en el mundo no le pertenezca, por lo menos lo
que está en la calle, al alcance de todos y para todos. De mayor no es que
lo admitas, pero no te queda más remedio que dejarte convencer y cortar
cada día más las alas libertarias.

Hoy se me ha ocurrido escribir estas líneas mientras me
comía un polo más sofisticado e higiénico que aquellos de entonces. Llegó
el sabor y con él el recuerdo. Ahora, la verdad, te sueles quedar casi
siempre con la miel en los labios cuando vives. No se juntan tan a menudo
la intensidad y la inocencia de aquellos años, ni aparece aquella libertad
tan añorada que te hacía sentir dueño del mundo. Nos hemos vuelto más
asépticos y temerosos, y los niños de ahora ya tienen en la etiqueta de
los polos y los helados hasta el número de calorías y proteínas. Nosotros
comíamos sueños y nos daba lo mismo si éstos engordaban o nos ensuciaban
la barriga. Ahora aparecen convertidos en recuerdos. Saben a fresa.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los celajes (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


Los celajes


Santiago Gil





Resulta paradójico, pero a medida que vamos creciendo
nos vamos alejando cada vez más de las nubes y del cielo azul que nos ha
acompañado en cada una de nuestras pequeñas aventuras sobre la tierra.
Cuando éramos niños estábamos más cerca del cielo porque teníamos más
tiempo para mirarlo, o por lo menos para mirarlo con ojos más limpios y
mente más volandera y cómplice con los sueños. A partir de una cierta edad
podemos estar varios años sin mirar a los celajes, o si lo hacemos casi no
nos enteramos de que lo estamos haciendo. Antes, cuando nos tiráramos en
cualquier descampado a mirar hacia arriba podíamos estar descubriendo
animales y caras en las nubes durante horas. Uno también sabía que en todo
momento estaba el cielo azul sobre nuestras cabezas. Nos protegía y nos
hacía sentir como en casa en cualquier parte. A lo mejor ahora, de una
forma inconsciente, todavía nos sigue sirviendo para asentar nuestro
concepto de patria, ese lugar de cualquier parte del planeta en el que
brille un sol parecido al de nuestra infancia. No era yo de los niños
meapilas que estaban buscando a dios todo el rato en las alturas. Para mí
el cielo era sinónimo de seguridad, una especie de parapeto que te podías
llevar a todas partes. Ahora trato nuevamente de mirar durante horas las
formas caprichosas de las nubes, o el brillo que tiene el cielo según las
horas del día o la posición desde donde lo observemos. No tengo la
capacidad de abstracción ni la imaginación de cuando era niño, pero sí que
me tranquiliza comprobar que hay cosas que no cambian, y que en principio
tampoco cambiarán cuando ya no estemos nosotros. Bueno, quizá si no
reaccionamos a tiempo y nos tomamos en serio lo del cambio climático y los
atentados diarios que estamos cometiendo contra la naturaleza – que como
todo lo bello es frágil- un día de éstos hasta nos cargamos el color del
cielo, o el propio cielo. Pero de momento permanece azul cuando uno
precisa mirarlo para poner los pies en el suelo. Otra paradoja: la
necesidad de mirar al cielo para poner los pies sobre la tierra. Sin
embargo, vernos tan pequeños y tan poco trascendentes nos ayuda a tomarnos
la vida con menos agobios y menos angustias existenciales. Mirarnos el
ombligo, en cambio, sólo nos vuelve cada día más mamarrachos y patéticos.
Ahora mismo me puedo dejar llevar por el azul intenso del mediodía. Un
reactor ha dejado la misma estela blanca que nos asombraba desde el patio
del colegio o encaramados a cualquier árbol en el que convivíamos con
pájaros sin nombre que nos miraban asombrados y pendientes todo el rato de
nuestras escaramuzas con el tirachinas.

Todos se empeñaban en alejarnos del cielo, sobre todo
en el colegio, donde no había escape mejor que mirar por la ventana
soñando otros mundos mientras de fondo escuchabas el guineo de las tablas
de multiplicar o cualquiera de aquellas poesías cursis que nos obligaban a
memorizar para escarnio de la propia poesía. Generalmente te despertaba de
tu sueño escapista un vozarrón indignado o un golpetazo que te hacía
volver sobre la marcha a la casposa y aburrida realidad de las aulas
colegiales. Es una pena que nos eduquen alejándonos tanto de los celajes
de la imaginación. Desde ese despertar sobresaltado nos empiezan a robar
parte de unas esencias que con mucho esfuerzo, y valiéndonos de lecturas,
vivencias, canciones y amores, uno trata de volver a recuperar el resto de
su vida. Pero sólo nos volvemos a aproximar al temblor de aquellos sueños
y a la capacidad de descubrir mil formas sugerentes. Ya sabemos, por
ejemplo, que las nubes no son de algodón, y que ese azul que vemos no es
azul ni se puede tocar con las manos por mucho que uno suba y se empeñe en
fundirse con él. La física, la química, los aviones que nos llevan de una
punta a otra del planeta, y nuestro empirismo cada día más tecnológico se
empeñan en alejarnos de aquella sensación de plenitud que encontrabas
cuando te tendías entre la hierba y mirabas alelado durante horas las
formas cambiantes y proteicas del cielo y de las nubes. Había un vértigo
que ahora sería incapaz de describirlo con palabras, una especie de caída
en otra dimensión que sólo estaba al alcance de nuestros ojos casi
vírgenes de patetismos y desvergüenzas. Era un universo de sueños que sólo
era posible descubrir a través de aquellas pequeñas miradas efímeras. El
azul que desde entonces buscamos como locos entre los escasos resquicios
que nos van quedando del paraíso.

Enero de 2007.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Los colores del ayer (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

LOS COLORES DEL AYER



Santiago Gil











Podríamos dejar de escribir para siempre. Dicen los
apocalípticos que la escritura y la era Gutemberg está tocando a su fin,
que no hay futuro, y que quien se empeñe en seguir emborronando hojas está
condenado al olvido, al fracaso, e incluso a la locura. No escribir es no
recordar, morir antes de tiempo, perder el norte, no saber de qué va el
juego, y por supuesto dejarnos llevar por las inercias de la mediocridad,
la monotonía y la estulticia. Por eso me imagino que seguimos escribiendo,
y da lo mismo que recordemos o no, o que hagamos literatura del recuerdo
confundiendo datos, omitiendo o inventando.

Y cuando digo escribir digo leer, otro ejercicio mental
venido a menos y con escaso reconocimiento social en la infantiloide
escala de valores que quieren imponernos últimamente. Llega un momento en
que sólo nos queda la palabra. No lo digo yo, lo han dicho siempre los
poetas. Piensen por un momento en la cantidad de milagros que han tenido
que producirse para que llegáramos a inventar un idioma y unas palabras
con las que comunicarnos. Ahora imaginen que no quedan palabras, que todo
es mímica y silencio, amnesia, incapacidad de identificar objetos con
palabras, de nombrar pueblos y barrancos, de mantener vivos los sucesos
del ayer y de hacer llegar al futuro los que estamos viviendo ahora mismo.

La mente del ser humano se está acomodando
peligrosamente a la pasividad de la imagen, por eso somos cada vez más
manipulables y más olvidadizos. Creo que los que nos hemos criado en la
cultura de la palabra, la oral y la escrita, tenemos el deber de
transmitir su capacidad de milagro para cambiar el mundo y por ende para
cambiar nuestro mundo, ese entorno cercano al que no debemos quitarle el
ojo de encima en ningún momento para que no se nos escore hacia ningún
ismo peligroso y para que no lo manipulen de la forma que hoy tratan de
manipularlo algunos. Se lo debemos a nuestros antepasados y a tantos y
tantos que soñaron un futuro con cultura e igualdades para todos. No
debemos permitir que se camine para atrás o que se siga adelante sin que
haya buenos sueños que marquen el rumbo. Por eso es tan importante
recordar y no dejar que nos entierren el pasado. Los ecos de las músicas
de papagüevos que de vez en cuando me ponen delante del ordenador son un
buen motivo para refrescar tantas memorias y tantos acontecimientos
olvidados.

Todo lo que se vive de niño es un acontecimiento porque
es novedoso y sorprendente. Llevado al argot periodístico todo lo que
acontece en la infancia es noticia, y generalmente noticia de primera
página. Nuestro mundo se va haciendo con todos esos sucesos
consuetudinarios que, como decía Antonio Machado, acontecen en la rúa.
Nuestra rúa, nuestra calle, fue Guía, y por eso volvemos a ella cada vez
que necesitamos coger resuello o asentar algunos valores fundamentales
para no extraviarnos en este mundo de locos que habitamos. La vida era
otra cosa más sencilla y más simple que la estamos viviendo ahora mismo.
No debemos olvidarlo nunca. Cuando murió en Colliure, recién exiliado tras
el triunfo de los facciosos, en la chaqueta de Antonio Machado aparecieron
unas palabras muy sencillas, como esa vida que les vengo diciendo que no
debemos perder. No hablaba de metafísicas ni era un verso prolijo o
enrevesado. Sólo decía esto: "Estos días azules y este sol de mi
infancia". Machado también se crió en el Sur, en Sevilla, y al igual que
nosotros su descubrimiento de la vida fue azul y luminoso. No perdamos
nunca esos colores del ayer. Recuerda siempre que también será el
argumento de lo que escribamos nosotros en el último momento.



Septiembre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 31/10/2006.


Puertas abiertas (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

PUERTAS ABIERTAS



Santiago Gil










Cuando yo era niño las puertas de casi todas las casas
estaban siempre abiertas de par en par o con el gancho puesto para que uno
pudiera pasar sin necesidad de timbrazos o mirillas de seguridad. Yo creo
que el cierre de las casas es una de las causas que más han contribuido a
la mortandad que a veces se respira en las calles de Guía. Antes se notaba
más la vida y la actividad y el trajín diario de las gentes. Paseabas por
las calles y veías las macetas llenas de flores de los recibidores,
escuchabas el canto de los pájaros o el ladrido de los perros y te parabas
a pegar la hebra con quienes se sentaban junto a la ventana abierta, o
directamente delante de la puerta de su casa. En las casas de mis dos
abuelas nunca hubo timbres. Todo lo más, cuando se cerraba por la noche o
por alguna salida prolongada, se tocaba la aldaba o se golpeaba
directamente la madera. Entrabas y salías levantando el gancho, como mismo
hacías en la mayoría de las casas terreras del pueblo. Tocabas y te decían
que podías pasar, no había los miedos, ni tampoco las inseguridades que
tenemos hoy en día. Hay cosas que cambian para bien, y otras que nos
vuelven más desconfiados y temerosos, y por tanto menos felices. Las
puertas abiertas o entornadas llenaban las calles del pueblo del olor de
las comidas y de los estribillos de las canciones que entonaban quienes
andaban limpiando los suelos o fregando los platos. No se escuchaban los
televisores, entre otras cosas porque no emitían todo el día como ahora, y
también porque la gente no veía más que un par de programas más o menos
populares, las películas y los pocos partidos de fútbol que entonces daban
en directo. La reina de la casa era la radio, una radio de anuncios
imaginativos y sonoros y de mucha participación ciudadana.

Se ha perdido esa sensación de cercanía que te hacía
sentir verdaderamente como en casa reconociendo los olores del sofrito de
los potajes o los adobos. Ya sé que ahora vendrán todos esos ultramontanos
y nostálgicos franquistas hablando de la seguridad que había en la
dictadura, del respeto y de todas esas martingalas con las que intentan
justificar la falta de libertades y el abuso de poder. No cambio la
libertad de ahora por la supuesta seguridad de antes, aunque no creo que
tenga que ver una cosa con la otra. Más bien se trata de un cambio de
hábitos y de formas de entender la vida. También ha influido mucho la
llegada de la droga y el constante machaqueo para que la gente se vuelva
ambiciosa y sólo quiera dinero a costa de cualquier cosa, sobre todo a
costa de su honradez y de su dignidad personal. También el mundo se ha
llenado de miedos y de desconfianzas, y ahora el ocio está de puertas
adentro, mirando como lelos las pantallas de los televisores o de los
ordenadores. Ya no hace falta hablar con el vecino. y si hoy tuviéramos la
puerta abierta como antaño lo más probable es que el primer yonqui
enmonado que pasara junto a ella se llevaría hasta las macetas de violetas
o de geranios luminosos. Yo recuerdo mis trayectos entre San Roque y La
Plaza como una especie de procesión de saludos que uno iba repitiendo en
cada portal y en cada ventana. Vimos envejecer y luego morir a casi todos
los que nos veían pasar de niños camino del colegio o de las canchas del
barranco. Recuerdo, por ejemplo, mis largas peroratas con Delfi, en la
calle del Medio. Estaba todo el día sentada viendo pasar a la gente,
probablemente soñando una vida en la que no tuviera los problemas físicos
que le impidieron salir al mundo en igualdad de condiciones que el resto
de sus vecinas y amigas. Coleccionaba sellos, posiblemente para soñar con
los viajes que nunca pudo hacer, y me imagino que también para inventarse
amores y príncipes azules. También estaban las inevitables chismosas, casi
siempre con rostros avinagrados y miradas traidoras, que actuaban cuando
ya tú habías pasado y podían ponerte a parir entre cuchicheos y
maledicencias. Pero me quedo con la parte festiva de esa vida de calle que
ahora ha desaparecido. A veces, cuando camino por las calles del pueblo
sin tropezarme a nadie por la calle y con todas las puertas cerradas a cal
y canto, soy capaz de recrear todas aquellas voces y aquellos olores de
antaño. Y por supuesto sitúo a los que ya no están entre nosotros en sus
ventanas o sus sillas de tea colocadas junto a la puerta. Recuerdo las
casas de mis amigos, los patios luminosos, las flores y las plantas, los
suelos de madera y sobre todo los olores de cada una de esas casas que
ahora parecen abandonadas o ajenas a la realidad cotidiana de la gente que
hace vida en el pueblo. Entonces golpeabas la aldaba contra el metal de la
puerta o te anunciabas directamente por la ranura que dejaba el gancho que
la mantenía entornada todo el día. Teníamos otra percepción de la ciudad,
la conocíamos por dentro, con sus cocinas, sus patios y sus trasteros, y
quizá por eso la veíamos tan inabarcable y tan grande. No sólo era nuestra
mirada de niño la que la agrandaba y la hacía parecer el centro del
universo. Aquellos escenarios con los cortinajes siempre abiertos de par
en par se convertían en teatros cotidianos que nos hacían soñar en un
mundo lleno de curiosos personajes y decorados variopintos. También detrás
de cada una de esas puertas uno todavía sigue guardando la interminable
galería de personajes que formaban parte de nuestra infancia más
callejera, entrometida y parlanchina.

Enero de 2007.


Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.


Luces de domingo (2006)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS

Luces de domingo

Santiago Gil






La infancia es una mañana de domingo. Podíamos ser
felices todos los días y todas las horas, sobre todo en vacaciones y en
fiestas de guardar, pero lo de los domingos era otra cosa. Quizá todavía
hoy asocie la sensación de paraíso y de despertar casi edénico con los
domingos. Entonces salíamos de la cama para ir a misa de diez. Lo de menos
era la misa, o bien pensado la obligatoriedad de la misa era un buen
motivo para reencontrarnos todos los amigos en una hora y un lugar
determinado. Con los años dejamos de ir a misa y a muchos de los amigos
más cercanos no los vimos durante años y en algunos casos jamás los hemos
vuelto a ver.

Entonces ya digo que todo era más fácil. Había que ir
para no quedarse tullido o para que no nos cayera un malhadado rayo del
cielo por nuestra herejía y nuestro incumplimiento religioso. Cada misa
tenía su público. La de la siete de la tarde del sábado solía contar con
gente mayor, generalmente viudas y viudos, y con los meapilas que se
tragaban la misa diaria. Luego estaba la de las doce y media del domingo,
que era la más festiva y familiar, con todos aquellos niños y niñas
vestidos de domingo chupando un pirulí de los que hacían Doña María y Don
Federico o bien saboreando un petisú recién comprado en la dulcería de
Milagrito a la salida de la iglesia. Digamos que esa era la misa más
importante de la semana, y por supuesto la más concurrida. Luego estaba la
de las siete de la tarde del domingo, que era la de los rezagados, una
misa triste, más solariega, y ya con la amenaza del lunes a la vuelta de
la esquina. La nuestra era la misa de diez. Durante un par de años me tocó
leer las cartas de los apóstoles en la misa de marras, aquellas misivas de
San Pablo a los tesalonicenses o a los corintios de las que nunca me
enteré de nada, y cómo no, me tocó cantar las versiones de Simon and
Garfunkel y compañía con las letras cambiadas y ajustadas al espíritu del
Vaticano Segundo de Juan XXIII. Digamos que esa etapa pía, como la de
ejercer de monaguillo en los grandes fastos, me duró hasta los once o doce
años, o un par de años después de hacer la Primera Comunión. Luego
seguíamos yendo a misa, pero ya empezábamos a salirnos de la iglesia
ocupando los últimos sitios del templo, en nuestro caso los últimos bancos
según se entraba a la derecha. Allí hacíamos los planes para el resto de
la mañana, generalmente con algún partido de fútbol o de voleibol que ver
en el barranco, o con una improvisación de Policías y Ladrones o un
campeonato de chapas o de cajas con los caretos de los jugadores de
Primera División en la casa de Héctor Estévez, en la calle San José.

Lo de menos era la misa. No nos enterábamos de lo que
decía don Bruno, aunque ahora recuerdo que solíamos ir justamente a misa
de diez porque no las daba don Bruno sino don Rafael Izquier, que era un
cura más moderno, más cómplice y por supuesto mucho menos pesado y plúmbeo
que don Bruno. Con don Rafael una misa nunca pasaba de la media hora, y
con don Bruno, y no digamos con don Fernando, siempre te quedabas cerca de
la hora. No llevábamos bien la lentitud de palabra, los latinajos y las
reflexiones interminables de don Bruno. A esa edad, con todas las energías
bullendo para salir a la calle a comerte el mundo, no podían pedirnos que
nos comportáramos y atendiéramos a don Bruno como si nos fuera la vida en
ello. Las veces que dio la misa de diez nos llamó la atención más de una
vez con cajas destempladas desde el púlpito, para vergüenza y escarnio de
quienes ya nos veíamos poco menos que crepitando en las llamas del
infierno. No parábamos de hablar, sobre todo del partido de la noche
anterior de la Unión Deportiva Las Palmas que la mayoría había visto en el
Insular, aunque lo peor era la risa. Jamás me he reído tanto como en la
iglesia y jamás me ha costado tanto reprimir las ganas de reír como en
aquellas misas matinales. Sabíamos que no debíamos hacerlo pero aquéllo
era superior a nuestras fuerzas. Bastaba un parpadeo raro de alguien para
que se desatara la risa floja al fondo del templo. Don Rafael solía hacer
la vista gorda, pero don Bruno, y no digamos algunas señoras de agrio
carácter que te mataban con la mirada, creo que nos llegó a echar de la
iglesia. Con los años cada cual fue racionalizando su fe o creyendo cada
día más en lo que trataban de enseñarnos entonces, y en principio confío
en que ninguno de los muchos que nos poníamos al final de la iglesia
acabemos en el infierno por blasfemos e irreverentes: éramos niños, y
además niños con la energía desbordante de una mañana de domingo, y ante
eso no hay ni dios ni César que logre parar las ganas de vivir. Y a pesar
de esas salidas de tono éramos buena gente. De hecho, cuando entrevisté a
don Bruno para Diario de Las Palmas, en la que fue la última entrevista
que se le hizo, nos reímos bastante con los recuerdos de aquellos años. Él
se acordaba de nuestras escaramuzas rebeldes, pero nos recordaba con
ternura y con la nostalgia de quien ya no era el centro de la vida del
pueblo. Entonces estaba muy mayor, internado la Residencia de Tafira Baja,
siempre con su gran papada y sus enormes gafas como signos distintivos.
Fue emocionante el reencuentro, para él y para mí. No en vano el nombre de
don Bruno era para nosotros casi más importante que el del Papa. No entro
a juzgar su labor en la iglesia durante los muchos años que estuvo en
Guía, que ahí cada cual te da su versión según su experiencia personal,
pero sí reconozco que su nombre está indiscutiblemente unido a la historia
de Guía, o por lo menos a la historia de muchas generaciones que ya vamos
peinando canas.

De la misa salíamos casi antes de que nos dijeran que
podíamos irnos en paz. Salíamos corriendo para ganar sitio en el quiosco,
o para coger la cancha del barranco, o los dos bancos de la plaza grande
que nos servían de porterías para un partido de chapas. Lo que no recuerdo
es que saliéramos meditando las palabras de Cristo ni ungidos de santidad.
A lo mejor el día de la Primera Comunión salimos algo más solemnes, pero a
la hora de la verdad de lo que estábamos pendientes era de los regalos y
de entregar las tarjetitas de recuerdo que avalaban nuestro ingreso en la
grey vestidos de marineritos o de príncipes horteras.

Al mediodía cada cual acudía a su respectiva casa a
comer la sopa y el pollo en salsa, o la sopa y la carne en salsa o
cualquiera de los que entonces estaban considerados como platos de domingo
en casi todos los hogares del municipio. Yo tenía la suerte de que el
domingo nos juntábamos en casa de mi abuela materna en Las Barreras más de
treinta primos, casi todos venidos de Las Palmas, con el consiguiente
prurito de importancia que eso tenía entonces para nosotros, sobre todo
porque nos enseñaban las últimos modismos del habla y algún que otro juego
que todavía no había traspasado la Cuesta de Silva.

Después de comer la cita era en el cine Hespérides.
Como en misa, lo de menos era la película. Allí íbamos a comer chucherías,
a reírnos y a hacer el gamberro ante la desesperación de una histérica
Milagritos que nos buscaba de un lado a otro con la linterna. Casi todas
las películas de entonces eran de aventuras y otras tantas del Oeste, de
aquel Oeste cutre de los Spaghetti westerns que se rodaban en Almería.
Recuerdo que todavía echaban el Nodo y que teníamos descanso. De hecho
jamás hubiéramos ido al cine de no haber habido descanso para comprarle
las golosinas a Milagritos, o para salir fuera y hacer lo propio en la
dulcería de Guillermito, un señor con mucha bonhomía que siempre nos
llamaba bichos.

La salida del cine, casi siempre oscureciendo, ya
presagiaba la llegada del maldito lunes de colegio y madrugón.
Generalmente echábamos el resto en la Plaza Grande, desfogándonos detrás
de una chapa o improvisando juegos que hicieran olvidar los deberes que
habíamos dejado a medio terminar o el examen cogido con alfileres que
teníamos fijado al día siguiente. En mi caso siempre acababa los domingos
dando un paseo con mis padres por las calles de Gáldar y comprando helados
y dulces como difícilmente creo que vuelva a probar en la dulcería
Castellanos, cuando ésta estaba en la calle Guaires. Luego tocaba terminar
los deberes o el mapa que tenías que entregar al día siguiente con los
ríos de España o las capitales de Europa, o bien ver Estudio Estadio,
cuando lo pasaron al domingo, porque antes la tecnología no permitía ver
los resúmenes de los partidos del fin de semana hasta el lunes por la
noche. Contado así no parece que este plan dominguero fuera nada del otro
mundo, pero les aseguro que en medio de todo ese dietario se daba cita la
magia y una alegría desbordante que nos hacía sentirnos dueños del
planeta, entre otras cosas porque el planeta empezaba y acababa entre las
calles y las fincas de nuestro pueblo. No había más. No hacía falta nada
más. La calle, los amigos y todo un día por delante para jugar a ser
felices.


Octubre de 2006.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 15/07/2009.


Los primeros pitillos (2007)

Mp


MÚSICA DE PAPAGÜEVOS


LOS PRIMEROS PITILLOS




Fumar era una manera de sentirnos adultos. No entiendo
esa relación medio freudiana que tenemos con los cigarrillos, pero sí es
cierto que el primer día que sentimos el humo tibio y prohibido bajando
por la laringe nos veíamos ya más hombres y más galletones. Todos
recordamos el primer cigarro, no tanto por la tos y los amagos de asfixia,
como por el sabor tan especial y distinto que cataban nuestras pupilas
gustativas. No había habido nada parecido antes, y con los años sólo damos
con un par de sensaciones que le igualan o le superan. Entre otras cosas
porque fumar era también un acto de osadía y de rebeldía, una
desobediencia que casi nos hermanaba con los gansters de las películas y
sobre todo con esa imagen que inconscientemente todos veneramos de
Humphrey Bogart, y sobre todo de Humpbrey Bogart en Casablanca con Ingrid
Bergman dispuesta a dar la vida por él si hacía falta. Mi primer cigarro
fue un Coronas. Tendría doce o trece años. Fumaríamos durante dos o tres
semanas a la salida del colegio, aunque luego ya no volvería a fumar hasta
los dieciocho. Con los años fui de los devotos a los rubios, mucho más
cinéfilos y seductores que los negros, pero aun así no podía resistirme de
vez en cuando a catar un Coronas que me llevara sobre la marcha a los días
de aventuras y riesgos de la primera adolescencia. Entonces no había tanta
aversión y tantos informes médicos denostando al tabaco. Casi todo el
mundo fumaba en nuestro entorno, pero estaba claro que para los niños
seguía siendo el gran tabú y uno de los vicios más proscritos. Por eso
precisamente nos gustaba tanto. Nosotros ya no éramos de la generación que
pasó del pantalón corto al pantalón largo. Ya nosotros vestíamos ambas
prendas desde los cinco o los seis años, sobre todo con la llegada de los
uniformes a los colegios y su equiparación tanto para los más pequeños
como para los que estaban en los últimos cursos. El cigarro quizá era lo
que marcaba ese cambio metafórico de pantalones. Nos agenciábamos Coronas
porque eran los más baratos y los que teníamos más a mano. Se los quitaba
uno de nuestros amigos a su padre, o bien iba directamente a casa de
Paquito, en San Roque, y lo compraba como para su padre. Ya con el cigarro
rubio tuvimos más problemas porque ninguno de nuestros padres tenía a
Marlboro o a Winston como a uno de sus aliados. Finalmente sí dimos con
uno de la pandilla que tenía una hermana que fumaba Camel. O bien le
robaba los cigarros o iba a la tienda con un par de pesetas a comprar un
par de pitillos sueltos para ella. Recuerdo la sensación placentera que
tuvimos cuando pasamos del Coronas al Camel, con aquella suavidad del
cigarro rubio, y su sabor más dulzón y acaramelado. Poco a poco se fueron
sumando amigos a la fiesta, aunque siempre hubo algún chivato que en lugar
de probarlo, o de callarse si no le apetecía, empezó a contarlo por el
pueblo y hasta se lo confesó a Don Bruno en la iglesia. Recuerdo que el
citado don Bruno, sin venir a cuento, me dijo un día que tuviera cuidado
con los cigarros y con los otros vicios. Yo salté como un resorte y le
dije que nunca había fumado, a lo que él respondió con uno de aquellos
ataques de tos ostentosos y sonoros que hacían temblar hasta las columnas
de la iglesia. Hubo un amigo que se tragó el humo y luego no pudo sacarlo
de los pulmones. Hasta el día de hoy creo que ha estado sin sacar el
dichoso humo para afuera, y encima era asmático y aprensivo. Por supuesto
que nunca más volvió a fumar. Yo luego fumé mucho entre los dieciocho y
los treinta años, y desde entonces logré dejarlo de lado. Posiblemente es
uno de los logros de los que más orgulloso me siento, entre otras cosas
porque uno fumaba buscando el sabor de aquellas primeras caladas, y
necesitaba cincuenta o sesenta cigarrillos para al menos aproximarse en
una calada a las sensaciones de entonces. No compensaba tanto humo, y
mucho menos cuando notabas cómo te afectaba a tu salud y te hacía perder
hasta el gusto y el olfato. Pero cuando fumábamos aquellos primeros
cigarros no se hablaba de efectos secundarios, y si se hubiera hablado de
ellos nos hubiera importado tres pitos.

Para fumar teníamos varios escondites desperdigados por
todo el pueblo, aunque el más frecuentado era el que estaba donde luego se
construyeron Las Malvinas, justo detrás de lo que había sido el terrero de
luchas y la herrería de Juan del Toro con aquella fragua incandescente que
tantos niños de entonces guardamos entre nuestros recuerdos casi míticos,
o por lo menos de unos tiempos asaz alejados de éstos tan asépticos y
tecnológicos. El lugar donde más nos gustaba ponernos estaba detrás de la
casa abandonada en la que creo que tiempo atrás había estado el polvorín
del regimiento militar que estuvo en Guía. Siempre nos contábamos leyendas
de esa casa, que si estaba llena de dinamita, que si había fusiles en su
interior, o bien nos decantábamos por pensar que había sido una cárcel o
una estancia secreta en la que probaban el armamento. Lo más probable es
que dentro no hubiera más que cuatro baldes oxidados y un buen ejército de
ratones o cucarachas, pero es algo que nunca quisimos constatar. Y mejor
la dejamos como la teníamos en nuestras cábalas infantiles, con aquella
azotea que sí tomábamos al asalto para nuestros juegos y nuestras pequeñas
gamberradas. Allí encendíamos los cigarros, después de muchos fósforos
apagados por el viento, pendientes todo el rato de que no pasara nadie por
el camino que conducía al barranco y a las canchas del instituto. Nuestras
primeras caladas guardan la imagen de la ermita de San Juan, el muro
lejano de la presa y todas aquellas fincas de frutales y plataneras que
desafiaban la ley de la gravedad con bancales que hoy, si es que queda
alguno, no son más que terrenos yermos o ya conquistados por la barbarie
urbanística que amenaza con cerrarnos todos los horizontes.

Fumar, como decía, era parte del juego. Luego pasaba la
moda y te dedicabas a otras cosas. Sí es verdad que algunos pasaron del
cigarro al primer porro, y que de ahí hacia arriba se fueron perdiendo
para siempre en cócteles cada vez más explosivos que en algunos casos les
condujeron a la muerte o a la marginalidad. Tampoco hubo nadie que les
avisara entonces del peligro que corrían, y por eso de alguna manera
nosotros fuimos unos afortunados por no seguir esos caminos en muchos
casos inevitables por las malas compañías o las dejaciones familiares. Yo
me quedo con la épica casi anecdótica de los pitillos, aquellos Coronas
que cada vez que huelo por la calle me recuerdan sobre la marcha el humo
azul que salía de nuestra boca haciéndonos más hombres y más osados. Un
humo cómplice, cálido y lejano que como el propio recuerdo se ha ido
diluyendo poco a poco con el paso del tiempo.

Enero de 2007.




Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 17/01/2021.