Pregón de Néstor Álamo a San Pedro Mártir 1954

20 de septiembre de 2003 Documentación

DOCUMENTOS
DE INTERÉS PARA 

GUÍA DE GRAN CANARIA

NÉSTOR ÁLAMO

MI PREGÓN DE SAN
PEDRO MARTIR

29 DE ABRIL DE
1954

 

 

No debiéramos iniciar
estas palabras, este Pregón de las Fiestas de San Pedro Mártir de 1954,
sino con la ritual excusa por nuestra osadía al enfrentarnos con el tema.
La justificación, que aceptaríamos en lo que toca a nuestra falta de
auténticas facultades para resolver la empresa, la rechazamos ante la
sospecha implícita de una falta de amor y devoción hacia nuestra tierra;
hacia su pasado, hacia sus glorias y sus tristezas; hacia la sombra y el
sol de su vivir de ayer, de hoy y de siempre. En ésto, en querer tanto
como el primero a nuestra isla, en sentir su dolor y su alegría más que si
en la propia carne y en la esencia de nuestro espíritu se asentaran, a
nadie cedemos el más arriesgado lugar de la vanguardia; y por ello
aceptamos la responsabilidad de que en el 471° aniversario de la
hispanización de Gran Canaria, se alce nuestra voz registrando el hecho,
glorioso y eterno.

 

Gran Canaria fue
uncida oficialmente al cortejo de esplendorosos títulos que esmaltaban la
Corona de los Católicos, en 1483. Pero desde el 24 de junio de 1478 había
desembarcado en la Isla el gran soldado de Castilla que fue Juan Rejón; en
ese propio, memorable día, fue fundada la Noble Villa del Real de Las
Palmas; dos años antes de finalizar la Conquista, es decir, en 1481, se
funda el Hospital de San Martín, de renombre imperecedero.

 

Desde aquellos mismos
instantes, lo que hoy es nuestra ciudad no ha hecho más que crecer,
estirarse con ímpetu sin contenciones; un ímpetu que ha llegado en los
últimos cien años a lo asombroso y casi absurdo.

 

A Rejón, como Capitán
de Conquista, suceden dos Pedros: en 1479, Algaba —el degollado-, y Vera,
en 1480.

 

Es Pedro de Vera, de
siniestra memoria en nuestras islas, quien corona la rendición de Gran
Canaria. Esta rendición, por raro que parezca, se efectúa dos veces; es
decir, Gran Canaria se rinde dos veces a las armas castellanas y las dos
veces el día de San Pedro Mártir. La explicación a este curioso problema
histórico, en el que nadie hasta nosotros había caído, pudiera ser la de
que en ese primer 29 de abril -acaso de 1482— se realizara la rendición de
hecho y que el 29 de abril siguiente, es decir, en el de 1483, se
efectuara la rendición de derecho, la entrega oficial, llena de los
protocolarios resplandores que la época permitiera.

 

Tal dualidad de
fechas, esta ambivalencia curiosa que la Gran Historia no registra, la
filaba documento tan fehaciente y auténtico como un acta -hoy
desaparecida-, del glorioso Cabildo Catedral de Canarias; la que
correspondía a la sesión celebérrima de 1.° de diciembre de 1590 y de la
cual existen referencias absolutamente auténticas. (1)

 

Pero antes, hagamos un
poco de alegre historia de lo que a esta ceremonia del Pendón de San Pedro
Mártir se refiere.

 

El Pendón Real de Gran
Canaria fue, según parece, el que trajo el Santo Obispo Don Juan de Frías.
Era —y debe ser lo que queda— de tafetán blanco, con dos puntas en forma
de «rabo de gallo» en la parte opuesta al asta y debió ser por delegación
del Obispo Frías por lo que el Alférez Mayor de la Conquista, Alonso
Jaimez de Sotomayor, dio los gritos de ritual, tanteen las altas cumbres
de la isla en los instantes de la rendición efectiva, como el 29 de abril
de 1483, al efectuarse la simbólica entrega, en la Villa del Real, de
Guayarmina, la heredera de los Reyes y Señores de la Isla, a quien
acompañaban sus leales, ceremonia en la cual, forzosamente, habrían de
alzarse pendones por los Reyes gloriosos de Castilla.

En aquellos instantes,
el cargo de Alférez Mayor no era hereditario; el Cabildo o Ayuntamiento de
la isla nombraba cada año para llenarlo a un regidor, procurando señalar
con ello a elementos de nobleza y categoría. Las prerrogativas oficiales
del cargo eran llevar el Pendón Real en las guerras y batallas así como en
las ocasiones de jura de Reyes Nuevos o en otras señaladas. Además, en
tiempos de guerra se consideraba al Alférez Mayor como segundo del General
Jefe del Ejército; y éste es el exactísimo papel que entre nosotros
representó, con muy serena fortuna, el prudente hombre de armas que fue el
primer Alférez Mayor de Gran Canaria, Alonso Jaimez de Sotomayor.

 

Tras él vemos que
ejerce el cargo su yerno, Juan Melián, quien como tal Alférez Mayor de
nuestra Isla y enarbolando el Pendón de ella —el glorioso Pendón de Gran
Canaria—, asistió con las tropas de la Corona a la Conquista y
Cristianización de Tenerife. Más tarde, en 1520, ejerce estas funciones de
Alférez Mayor aquel magnífico personaje, espléndido, guerrero e
incontrolable que fue Bernardino de Lezcano, el Grande, pero como las
ambiciones se habían despertado y todo el mundo quería para sí y sus
descendientes los pues-tos más altos de la sociedad, vemos que hacia 1550
el honrosísimo cargo se convierte en hereditario; fue Don Alonso Pacheco
quien obtuvo Pragmática Real concediéndole a él y a sus herederos el cargo
de Alférez Mayor Hereditario de Gran Canaria, pero apenas si pudo lucirlo,
ya que a los nueve años, es decir, en 1559, lo adquiere Juan de Civerio
Muxica, de la gran Casa de Civerio, Muxica y Lezcano, que todo fue uno y
lo mismo en tierras de Gran Canaria. Muerto Miguel de Muxica sin heredero
varón, pasa el Alferazgo a su primogénita, Dª Ana del Castillo,
Xaraquemada y Muxica, que casó con Don Agustín del Castillo y León a
comienzos del siglo XVII. Desde entonces, y hasta su extinción a comienzos
del pasado siglo como tal empleo de honra, el oficio de Alférez Mayor
queda vinculado a la familia del Castillo, que incluso tenía una casa
destinada a vivienda del poseedor del cargo en la esquina izquierda de la
Plaza de Santa Ana, frente al Palacio Episcopal y que llamaban «la Casa de
los Alféreces Mayores».

 

Era un caserón enorme
y destartalado, con grandes balcones al estilo del país. A mediados del
pasado siglo lo habitaba una anciana solterona de esta familia, muy suya y
muy llena de manías. La casa tenía una «pila» —la clásica destiladera de
nuestras infancias lejanas— que daba a la calle del Reloj, y se contaba
que la excéntrica señora hacía tirar el agua de la piedra y bernegal cada
vez que pasaba un entierro, por si se hubiera contaminado…

 

Pero hablemos de la
procesión de San Pedro Mártir. Cuanto se ha venido repitiendo sobre su
origen no son más que bellas conjeturas; carece todo ello de realidad
histórica, con perdón de cuantos se han ocupado hasta ahora del tema. Lo
poco que sobre este asunto tiene raíces en auténticas fuentes indubitables
lo vais a escuchar ahora.

 

Existe una verdad
limpia y señera: la ceremonia, desde el propio día 29 de Abril de 1482 o
1483, es patrimonio único y exclusivo del glorioso Ayuntamiento de esta
Muy Leal y Muy Noble Ciudad del Real de Las Palmas. El Ayuntamiento, a
raíz de la conquista. no hacía procesión: y no la hacía porque a ello se
opuso siempre celoso nuestro no menos glorioso Cabildo Catedral, que con
ello creía ver aminorados sus prestigios. Hasta bien entrado el siglo XVI.
la ceremonia conmemorativa se limitaba a que después de la función
religiosa el Alférez Mayor tomara el pendón en sus manos, lo sacara hasta
las gradas de la vieja y primitiva Catedral y en ellas lo tremolara dando
los gritos tradicionales. Luego, solemnemente, volvía la enseña al lugar
de su custodia: a esto se llamaba «alzar el Pendón».

 

Al progresar Gran
Canaria en riqueza y dignidades civiles y castrenses, el Cabildo de la
isla intentó hacer procesión el día de San Pedro Mártir con el estandarte
que luciera en la Conquista. El Ayuntamiento quiso seguir el mismo
itinerario que en su fiesta suntuosa recorría el Santísimo Corpus Christi,
pero a ello, como decimos, se opusieron denodadamente el Deán y Cabildo de
Santa Ana, que con el Gremio de Mareantes eran patronos absolutos de ella.
Al fin venció el Ayuntamiento, aunque no sabemos si con el itinerario de
la procesión del Corpus o con otro, pero es lo cierto que a través de casi
todo el resto del siglo XVI, la procesión de San Pedro Mártir, bajo el
patrocinio del Cabildo de la Isla discurrió por las calles de la vieja
Vegueta sin variantes sensibles.

 

Fue en 1590, es decir,
a fines del propio siglo, cuando se trató por vez primera de llevar esta
procesión, la de más altura y prestigio después de la del Corpus, y por
tanto, la más representativa de todo el archipiélago, a la iglesia del
convento de Santo Domingo. La idea nació del Provincial de la Orden
Dominica, a quien apoyaban los Inquisidores Don Francisco de Magdaleno y
el Fiscal del Santo Oficio, Josepe de Armas, Canónigos a la vez de Santa
Ana, quienes se veían encendidamente secundados por un grupo de
capitulares.

Pero este pretendido
itinerario de la procesión del Pendón de la Conquista a Santo Domingo, no
tenía raíz histórica alguna; obedecía al solo deseo de dominicos e
inquisidores —que así lo dejaron escrito-de que ella fuese a rendir homenaje
a un templo y monasterio de su Orden y Tribunal, templo y monasterio que
aquí en la Ciudad llevaban el nombre del famoso Santo Inquisidor Pedro de
Verona. Así acrecentaban entre nosotros el brillo y prestigio de ambos
institutos; de paso, el Cabildo Catedral no tendría más remedio que
inclinarse ante la importancia de los dominicos al tener que ir a
visitarlos, por obligación y corporativamente, en forma más o menos directa
y reconocer lo que siempre odió: la supremacía inquisitorial.

 A esto se opuso tenaz
nuestra Santa Iglesia Catedral —tan defensora siempre de sus glorias y
prestigios, que han sido y son las glorias y prestigios del país— por
estimarlo innovación irritante. Al frente de la oposición iba el Prior del
Cabildo, el canónigo Don Luis Ruíz de Salazar. Pero trabajados los elementos
catedralicios —que en parte temían las represalias sin reservas del Santo
Oficio—, tras votación enconadísima vemos que es derrotada la Catedral, y a
partir de 1591, con el pleno triunfo de los partidarios de Inquisición y
dominicos, se establece que la procesión del Pendón de la Conquista hiciera
el recorrido desde la Catedral a la iglesia de Santo Domingo, con el
consiguiente regreso.

 Pero escuchad el
argumento, tremendo y sibilino, que el Inquisidor Don Francisco de Magdaleno
esgrimió en la sesión histórica que celebrara el Cabildo Catedral de
Canarias el 1.° de diciembre de 1590, para decidir si dicha procesión iría o
no a la iglesia y monasterio de Predicadores. El Señor Inquisidor habló así:

«Vueseñorías sepan que
voto aquesto por ser cosa justa y ra-zonable. Esta isla tiene por Patrón
al gloriosísimo San Pedro Mártir «y lo tiene por Patrón el monasterio de
Predicadores y es en ella «muy público que en tal día se ganó dos veces a
los infieles y por haber sido Inquisidor el gloriosísimo Santo,
Vueseñorías recibirán particularmente merced yendo allá el Cabildo en
procesión»…

Estas manifestaciones
se hicieron en la famosa junta capitular que narramos en nuestra tradición
«La Peregrina y su misterio». (2) La clarísima y tajante manifestación del
Inquisidor Presidente y Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Canarias,
Don Francisco de Magdaleno, es de tremenda importancia puesto que fija de
manera meridiana, sin dejar puerta ni postigos a distingos ni
interpretaciones, que la isla fue tomada a sus hijos naturales dos veces,
y las dos en el día de San Pedro Mártir, 29 de abril.

 Para afincamos por
nuestra parte en la seguridad absoluta de esta aseveración tenemos en
cuenta, primero, la casi infalibilidad celestial que el cargo de
Inquisidor confería en tiempos de Felipe II a quien tuviese la gloria de
desempeñarlo, y que para documentarse sobre el tema —de enorme importancia
para ellos— el señor Inquisidor Magdaleno debió echar mano sin oposiciones
a cuanto papel o pergamino le diera gana, ya que por su citado cargo nada
ni nadie podía negárselo, y finalmente que le escuchaban hijos y nietos de
conquista-dores -—entre ellos el propio Cayrasco de Figueroa— ante los
cuales su autoridad altísima —ya que era en su aspecto mucho más temido
que el propio Obispo, a quien se amaba, pero no se temía por su autoridad
-, no podía errar, salvo que quisiera correr el peligro del ridículo, cosa
que sabemos perfectamente no entró jamás en la absoluta gravedad de sus
cálculos de hombre de leyes, sotana y bonete.

 Tenemos pues que la
procesión del Pendón de la Conquista a Santo Domingo no obedece a razón
histórica alguna, sino a principios protocolares y de representación; por
ello, solo a partir de 1591 inició el recorrido a dicha iglesia y
monasterio, con el único objeto de rendir pleitesía al Santo Oficio de la
Inquisición y a la Orden poderosa de Santo Domingo.

 A partir de entonces,
la procesión de San Pedro Mártir no hizo más que ganar en barrocos
esplendores y enrevesadas etiquetas y el Cabildo Catedral no tuvo más
remedio que arriar sus banderas. Pero contagiados por los capitulares de
Santa Ana y con el apoyo de la Real Audiencia, el Corregidor y Regidores
de la Isla hacen suyo —años después— el punto de vista de los canónigos
que se oponían a la ida al monasterio y en 28 de abril de 1614 deciden no
volver a Santo Domingo con la procesión de San Pedro Mártir; y pudieron
lograr sus deseos.

 El Concejo hizo un
requerimiento a los Señores Deán y Cabildo —que lo acataron— y durante
unos años, pocos, la procesión recobró su vieja forma; es decir, dejó de
ir a hacer la visita improcedente al monasterio dominico. Escuchad lo que
decía el acta —también desaparecida— de nuestro Ayuntamiento que recogió
aquella actitud inhibitoria de 1614:

 «Se acordó se haga un
requerimiento a los Señores Deán y «Cabildo haciéndoles saber la costumbre
antigua de que ha tanto «tiempo usa la Ciudad —aquí la palabra «Ciudad»
equivale a Ayuntamiento—, que es que el Pendón se entregue después de
dicha la «misa en la Catedral al Capitán Miguel de Moxica, que por orden y
«mandato de la Ciudad acostumbra llevar el Pendón, y que salga la
«procesión con él y se anden las calles principales, y se vuelva a «la
dicha iglesia donde se entregará en el depósito acostumbrado…» 

Pero a la larga, vuelven
a ganar los dominicos; no obstante, aquel descontento que animara antaño al
Cabildo Catedral queda la-tente ahora en el Ayuntamiento, quien por unas
causas o por otras entabló diferentes cuestiones, todas relativas al
protocolo y forma procesionales del acto y en defensa siempre de lo que
estimaba su propia dignidad corporativa. 

La procesión salía de
Santa Ana con toda pompa. Los dos Cabildos en pleno; el de la Isla, con
sus Reyes de Armas, mazas al hombro. El Catedral, con su cohorte
innumerable de señores Dignidades, Canónigos, Racioneros, Sacristanes y
mozos de Coro. Al centro el Alférez Mayor con la enseña, muy asistido de
elementos oficiales y, a veces, hasta de sus particulares servidores
—pajes y lacayos-, con sus armas y librea.

 En la plaza de Santo
Domingo esperaba a la comitiva la plena comunidad de la Orden de
Predicadores con cruz alzada, abierta en dos alas y con su Prior al
frente. Entraban todos los señores en el templo, se rezaban las preces
rituales en honor de San Pedro Mártir, cuyo día se celebraba, y luego,
coordinada la comitiva iniciaban el regreso a Santa Ana con parejas pompa
y ceremonia.

 A mitad del agónico
XVII español, la procesión de San Pedro Mártir se llenó de sofisticaciones
y distingos, a tono con la España de los Austrias postreros. Así tenemos
que se hizo obligatorio que una diputación del Ayuntamiento fuese a buscar
a su casa al Alférez Mayor, lo acompañara a las Casas del Concejo y luego
de asistir con éste a las ceremonias, lo devolviera desde el Ayuntamiento
a su casa. A esto hubo oposición incluso de la Audiencia, quien en 1649
obliga al municipio a regresar a las viejas costumbres. Pero triunfaron
los partidarios de las nuevas formas, aunque la cosa no se decidió hasta
1690 en que el Alférez Mayor, Don Agustín del Castillo, padre del
historiador famoso D. Pedro Agustín, obtiene clara ejecutoria de todos sus
honores y derechos. En 1702, el Ayuntamiento quiere de nuevo sacudirse la
molesta servidumbre de que fuera su pleno, con el Corregidor al frente, a
buscar y devolver a su casa al Alférez Mayor, pero la Audiencia le obligó
a acatar lo ordenado por el Consejo de Castilla.

 En el siglo XVIII, la
procesión de San Pedro Mártir llegó a su climax. Sin saber cómo la vemos
convertida en procesión doble; es decir, una, menor, la víspera, y la otra
el propio día. La víspera iba el Ayuntamiento a buscar al Alférez Mayor a
su casa. Luego, en corporación – creemos que de media gala— iban a la
Catedral a buscar la enseña, que era llevada a las Casas del Concejo,
donde quedaba hasta el siguiente día 29. En esta fecha y con mayor
solemnidad, tras ir a buscar otra vez el pleno del Ayuntamiento, con el
Corregidor al frente, al Alférez a su domicilio, se llevaba el Pendón
desde el edificio municipal de Santa Ana a la Catedral, para celebrar la
ceremonia magna. Una vez terminada ésta se entregaba el trofeo a los
señores Capitulares para su custodia, hasta el año venidero.

 A nuestro entender,
esta doble procesión no tenía más significado que el de hacer constar la
propiedad que el Ayuntamiento tenía sobre la enseña y el carácter de
custodio que respecto a ella ejercía el Capítulo de Santa Ana.

 Así, el Pendón, como
propiedad del Ayuntamiento que era, salía del propio solar del Concejo y
no de la Catedral, donde sólo se hallaba en depósito y a la que en calidad
de tal se entregaba una vez terminados los regios actos conmemorativos.
Esto que es hoy detalle nimio, en aquella época, hervida de distingos y
menudencias protocolares, debió tener vital interés.

 Pero el cargo de
Alférez Mayor tenía también sus quiebras, y era la más sonada la del gran
refresco que por obligación había de ofrecer el titular en su domicilio y
a propia costa, a cuantas personalidades asistieran a las ceremonias.

 En el pasado siglo,
abolidos los antiguos privilegios, desapareció con ellos la efectividad
del vistoso cargo de Alférez Mayor de Gran Canaria y nuestro Ayuntamiento
volvió a las costumbres enraizadas en los primeros momentos de la
hispanización de la isla: es decir, cada año nombraba un elemento de su
seno para enarbolar la enseña por Castilla y su dominio.

 Todo cuanto aquí se
ha dicho tenía comprobantes legales en el tesoro documental existente en
el maravilloso archivo del Cabildo —Ayuntamiento—, de Gran Canaria,
desaparecido en el incendio que manos criminales (3) provocaran el año
triste de 1842. Nuestra isla —el archipiélago todo— no llorará bastante
esta pérdida que anegó en la nada los más valiosos testigos de nuestra
historia regional, desde los tiempos de los Reyes Católicos a la etapa
primera del reinado de Isabel II. Por eso, la historia del Ayuntamiento de
esta Muy Noble y Muy Leal Ciudad del Real de Las Palmas de Gran Canaria,
la de la isla e incluso la del archipiélago, difícilmente podrán ser
escritas con sujección a la más rigurosa verdad.

 Hará diez o quince
años llegó a nuestras manos por milagro verdadero un testimonio de las
diligencias incoadas en 1795, a instancias del Conde de la Vega Grande de
Guadalupe, Don Francisco Xavier del Castillo, sobre los honores que a su
persona, como Alférez Mayor de Gran Canaria, correspondían. Acto seguido
hicimos llegar el valiosísimo texto a Don Alejandro del Castillo y del
Castillo —titular hoy de aquel Condado— a fin de que obtuviera copia de él
por tocar dichos particulares, directísimamente, a su persona y familia.
(4)

Don Alejandro obtuvo
sólo copia de un documento —que damos en apéndice— de los muchos que
conformaban aquel hito monumental de nuestra historia, sin hacerlo con el
resto de ellos, acaso en su interés por devolver unos papeles que no eran
de su propiedad. Por nuestra parte dejamos aquella documentación en la
gaveta principal de la mesa de trabajo que por entonces ocupábamos en la
Biblioteca de El Museo Canario, pero al dejar de asistir a nuestras
funciones de bibliotecario en dicho centro, esta gaveta fue descerrajada
por quienes nos sucedieron, sin que hasta la fecha se nos haya dado cuenta
de lo que allí teníamos de nuestra particular propiedad, una de cuyas más
valiosas piezas era el testimonio a que nos referimos. A base de aquel
texto compusimos entonces una tradición titulada «La Isla y su Alferazgo
Mayor», publicada en el diario «Falange» de Las Palmas, el 29 de abril de
1942 y que por ello se convierte en el más completo comprobante de cuanto
llevamos dicho.

 Este es solo un
incidente de los muchos que han tenido por escenario el Archivo y
Biblioteca de aquella Sociedad, a la que acertada y galdosianamente
pudiéramos llamar «la de los tristes destinos».

 No obstante, y como
al parecer soplan en el Museo vientos regeneradores, confiamos en que
algún día volverá a aparecer aquel resumen documental que tan
maravillosamente situaba los hitos principales de la historia de la
procesión de San Pedro Mártir de la vieja Ciudad de Canaria.

ASI SEA

 

 

Néstor Álamo

Cronista Oficial de
Gran Canaria

Académico
Correspondiente de la Real de la Historia

  

 

NOTAS:

(1) Vid.
W. de Gray Birch.—«Catalogue of a collectíon of original manuscripts…to
the Holy Office… in the Canary Islánds».—

Tomo 1.°.—Londres
1903.

(2) Vid. W. de Gray
Birch, obra citada y N. A. "Thenesoya Vidina y otras Tradiciones "Las
Palmas, 1945, pp. 118 y sigtes.

(3) Las del Secretario
Capitular Don Carlos Grandy y sus secuaces.

 (4) Estimamos que al
entrar en posesión del Título de Vega Grande y de los fondos documentales
de dicha casa será fácil al actual Conde hallar en su archivo de familia
los originales de estos autos, para nosotros, de incalculable valor
histórico.

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 20/09/2003.


Santa María de Guía

Dedicados a la preservación, estudios y divulgación del rico patrimonio histórico y cultural del municipio de Santa María de Guía de Gran Canaria. El Archivo Vivo de Historia y Tradición


© 2024 Santa María de Guía – Archivo Vivo de Historia y Tradición