Donde posan su sombra las estrellas: La Lírica de Manuel González Sosa

26 de mayo de 2006 Documentación

“DONDE POSAN SU SOMBRA LAS
ESTRELLAS”:  LA LÍRICA DE MANUEL GONZÁLEZ SOSA

 Por Eugenio
Suárez-Galbán Guerra

Hoy luchan en mí una mezcla de
emociones:  alegría, ante todo, por estar entre vosotros que siempre me habéis
acogido como un hijo más de Guía y de toda Canaria; honra por haber pensado en
mí para hablar de nuestro poeta; pero también miedo, incluso temor, por no
poder hacer justicia a la persona y obra de Manuel González Sosa.  Por eso, no
vacilo en excusarme y escudarme detrás de Cervantes, y más específicamente, de
su “Prólogo” a la primera parte del Quijote.

También como en ese prólogo, quisiera
yo poder dar esta charla monda y desnuda, y también como en ese prólogo me ha
resultado sumamente difícil escribir esto.  Y es que, al igual una vez más que
ese prólogo, también la poesía de González Sosa se esfuma y desvanece frente a
nuestros ojos cuando intentamos captar el milagro y el misterio de su
creación.  No me refiero ahora tan simplemente a la inevitable injusticia o
frustración que supone todo comentario sobre una poesía verdadera que, como
tal, escapa cualquier intento de apresarla: más allá de esta inevitable
limitación, me preocupa no poder alcanzar siquiera un resumen elemental de la
obra de quien considero un poeta ejemplar, cuya poesía no ha dejado de
brillar, aunque como estrella solitaria muchas veces, desde sus comienzos hace
ya más de sesenta años.

No oculto mi alivio por la ausencia
esta noche de Manolo entre nosotros:  sé lo incómodo que le harían sentir mis
palabras ante su extraordinaria modestia, que es precisamente lo que le ha
impedido venir esta noche.  Y sé también que esa enorme modestia convertiría
en incrédulas para él mis palabras, palabras que no pretenden alabar, sino
simplemente intentar explicar lo que irremediablemente tiene que terminar en
admiración por una obra y su autor.

Tampoco oculto la presencia indudable
del peligro que supone glosar la poesía de quien considero amigo y maestro,
cuyos versos, además, a medida que me iban llegando libro tras libro, iban
nutriendo en mí una nostalgia por esta tierra y estas islas que no ha dejado
de acompañarme desde que primero me trajeron aquí de niño.  ¿Cómo no sentirla
ante un poema como “Pico de la Atalaya”?, el cual no me dejaron escalar con
mis hermanos por ser demasiado pequeño.  Recibía, pues, los libros de Manolo
como decía Lezama Lima se recibían los libros de la editorial y revista
Orígenes
en La Habana:  como pan recién horneado para una fiesta de todo
el barrio.  Ha sido la nuestra una amistad ciertamente rara, pues ha sido
mayormente epistolar (aunque salpicada de visitas a Canarias), y todos sabemos
que el don epistolar no es precisamente uno muy hispano.  Comenzó con una
carta que aún conservo y que me entregó José Luis Cano, editor de una revista
en la que yo colaboraba entonces.  Me encargaba de la literatura canaria y
caribeña en dicha revista, así supuse que la carta sería de algún lector
comentando, o incluso quejándose de, alguna reseña o trabajo.  Encontré en vez
una carta, típicamente pulcra y redactada con una sencilla elegancia, valga la
redundancia que puede aplicarse también a las publicaciones de Manolo, de
portada, papel y tipografía a la vez exquisitos y sencillos, como corresponde
a quien ha tenido una intensa actividad como editor.  Me preguntaba la carta
si yo estaba emparentado con . . .   En fin, era prácticamente una genealogía
de mi familia y de Guía entera.  Ahí empezó todo.

No es fácil encontrar en Madrid
literatura canaria.  Creo que fue el propio José Luis quien me consiguió unos
versos de Manolo, describiéndolo como un fino poeta canario, cuya obra,
lamentablemente, no se conocía en la Península como se merecía.  Y a pesar de
lo dicho, la inaccesibilidad de la literatura isleña se encontraba en aquellos
días algo disminuida debido a la labor editorial de Josefina Bethancourt y
Manolo Padorno con sus Talleres JB.  Creo recordar que también ellos me
hablaron de la poesía de Manolo González Sosa, junto con Baltasar Espinosa.  Y
otro canario, de cuyo nombre no quiero acordarme, siempre bromeaba de que Guía
pudiera tener un gran poeta (no era una broma cruel, y, por supuesto, iba
dirigida contra mí por mi relación con la patria chica de Manolo, y no contra
él, cuya poesía en más de una ocasión elogió con total convicción y
sinceridad.  No, ¡no era de Gáldar!, y si no quiero recordar ahora su nombre,
será porque temo que su broma se saque del contexto amistoso en que la
pronunciaba).

Bien:  basta de preámbulos y entremos
en a lo que hemos venido: la poesía, y la poesía de Manuel González Sosa.  En
cuanto a lo primero, es sin duda paradójico lo que estamos haciendo aquí esta
noche.  Venimos a homenajear a un poeta en un mundo cada vez menos interesado
en la poesía.  Tan así que cualquier docente puede atestiguar que motivar al
alumnado a leer, estudiar y disfrutar de la poesía hoy equivale a arrancar
muelas a gallinas, si se me permite y perdona tan prosaica comparación.  Y,
sin embargo, se sigue escribiendo, leyendo y recitando poesía.  Se hace dentro
de un círculo eminentemente minoritario, pero igual de eminentemente fiel.  Y,
sin embargo, los regímenes totalitarios siguen persiguiendo a poetas y
prohibiendo poesías.  No creo que baste con razonar que en un mundo
antipoético la poesía se hace lo suficientemente necesaria como para engendrar
estas minorías perdidas dentro del marasmo del mundo actual.  Algo de razón
habrá en ello, pero creo que la antropología y la sociología de la literatura,
así como la filosofía, podrían proveer argumentos más convincentes: el ser
humano lo es por la palabra.  A partir de la llamada crisis de la razón a
fines del XIX, la creatividad artística como definitoria de la condición
humana va cobrando cada vez más una mayor consideración (piénsese en Nietzsche,
por ejemplo), y con ella, la poesía, con su remite a una dimensión religiosa (George
Santayana), y el lenguaje, cuando cuaja en estética (Wittgenstein).  Volvemos
a lo mismo: si la ciencia ejemplifica lo rápido que cambia la historia y el
progreso, las artes revelan que el ser humano “Vaso/sólo es de preguntas
desaladas” (sin título, de Sonetos andariegos)  Y ese vaso lo llena la
poesía.  De suerte que, consciente o inconscientemente, seguimos buscando en
el poeta al mago, al poseedor del don divino.  Porque en el principio era el
Verbo.  Y así estamos aquí hoy porque – nos demos o no cuenta de ello –
reconocemos en Manolo el juglar de nuestro sueño colectivo. 

La idea de que un verso salva un poema
y un poema a un poeta, puede resultar tan atractiva como apologética. En todo
caso, y ciertamente en el de Manuel González Sosa, hay poemas y poetas que se
salvan de cualquier apología precisamente porque no les sobra nada (caso
también, sin ir más lejos, del "Príncipe de los poetas españoles", San Juan de
la Cruz, a quien el poeta de Guía dedica un bello soneto, por cierto).  Es así
cómo se explica lo compacto de la obra poética de González Sosa: como el
resultado de una vocación y dedicación poéticas tales, que sólo lo que soporta
una rigurosa y constante criba llega a la página impresa. Esta conocida manía
revisionista del poeta termina cuajando en una obra que crece más en hondura
que en extensión, pero que a la vez se extiende a lo largo de un tiempo
prolongado, debido justamente a la lentitud y el cuidado con que la mima el
poeta.  Ya señalaba Sebastían de la Nuez, en su "Introducción" a Poesía
canaria, 1940-1984
, que se trata de una poesía "en continua gestación y
perfeccionamiento", lo que dificulta su inserción dentro de una generación
determinada. Por lo demás, consabido es que, a diferencia de otros géneros, 
la poesía por naturaleza sigue precisamente una orientación vertical opuesta a
otra horizontal.  Si Goethe explicaba la ley de la épica, o narrativa, como la
de un lento detenimiento que implica una acumulación de palabras y frases, no
habrá que recordar que la poesía aspira a exactamente lo contrario: una
concentración de palabras que a su vez concentren al máximo el fondo a través
de la forma.  Y si lo hace con un verso que vibra de emoción, tanto mejor.  De
ahí, el uso del término “lírica” en nuestro título y  en forma de sustantivo. 
Porque adjetivarlo, hablar de la poesía lírica de Manuel González Sosa, podría
dar a entender que sólo una parte de ella lo es.  Pero raro sería hallar entre
sus poemas alguno que no tiemble de un  vivo sentimiento, ya bien sea el de un
dolorido sentir, ya bien el de alguna vaga esperanza perdida paradójicamente
entre la resignación, o ya bien el de algún consuelo que la propia poesía
logra arrebatar por su mera belleza de cualquier contenido triste.  Algo así
como la luz de las estrellas combatiendo su sombra.


Reconocemos que nuestro mundo y época ha sido – y sigue siendo – uno en el que
los géneros tradicionales han ido perdiendo su vocación original.  Desde que
la rebeldía romántica rechazó el mismo concepto de género literario, y
Benedetto Croce aupó a comienzos del siglo pasado ese rechazo a un consenso
considerable entre críticos, la poesía ha ido perdiendo cada vez más en
determinados círculos su fuerza original como canalizadora de emociones
profundas, a diferencia de la narrativa que insiste sobre todo en contar
historias y el drama que propone acción y conflicto como su dimensión
fundamental.  Desde luego que la contaminación entre géneros es inevitable. El
poema que provee la cita de nuestro título (en realidad, parte de dos versos,
repletos de recursos poéticos), titulado “El cuerpo entero” (de Cuaderno
americano),
alcanza una altura épica, claramente rematada por su final,
pero no por ello deja de latir de lirismo. Esa misma cita relativa a la
astronomía introduce una sensación de ternura humana que toma al lector por
sorpresa y le deja impactado de emoción.  No es éste el sitio adecuado para un
minucioso análisis, pero tampoco queremos desperdiciar la oportunidad de
aprovechar – siquiera de paso – un magnífico ejemplo de maestría poética:
quizá un astrónomo pueda explicar – u objetar a – la imagen literal detrás de
la poética, pero a nosotros nos incumbe intentar (otra cosa no permite la
poesía en su mejor sentido) explicar esa reacción lírica de sorpresa:
antítesis (luz de “estrella”-“sombra”), aliteración interna (“posan”-“sombra”,
y también la o de “Donde”), personificación, al menos implícita (“estrellas”
que “posan”) y un hipérbaton, o transposición de la sintaxis, que, por leve
que sea, destaca “estrellas”.  ¿Hace falta volver a destacar ahora la
capacidad de concentración poética de González Sosa?

Este mismo
poema, de comienzo claramente – o mejor dicho, oscuramente – gongorino,
suscita otra reflexión:  la variedad de versos que maneja el poeta de Guía. 
No se crea que atenerse a la dimensión más tradicional del género implica
estancarse en una lírica pasada de moda.   Al contrario, por su poesía ha
pasado más bien  – y perdónese otra redundancia – el pasado remoto y reciente
de la poesía, tanto nacional como universal.  Si Góngora puede surgir en un
poema (“No de roca desnuda,/ de arena los descalzos/ pies que mojan las
olas”), en otro aparecerá Quevedo (“Cuando se venga a tierra/mi esqueleto,/ de
cal será y ceniza,/ pero también de polvo/ de fiel maíz” [ "Maíz", de
Cuaderno americano]
); si la angustia interrogativa de Unamuno late en "Teide
incierto" (¿“Estás allí? ¿Se figura/mi fe que sí eres no siendo”?, de
Paréntesis
), "El poeta contempla un lejano sueño suyo" (Sonetos
andariegos
) suscita la honda melancolía de Antonio Machado (“Es el atrio
de abril y la violeta/desolación del monte lacerado”.). De repente, el verso
libre libera a un soneto de la rima clásica de Sonetos andariegos.
La prosa de El mirador o de "Entrevisiones" (de Paréntesis)
reivindica plenamente el arriesgado experimento de Baudelaire.  Y si los
poemas en prosa de González Sosa lo son, esquivando el peligro de que lo
narrativo ahogue lo poético, también su verso puede incorporar una escritura
afín a la prosa sin perder el temblor de la poesía, como en el magistral "El
cruzado" (Paréntesis).   Luego, a la originalidad formal con que el
poeta dota una intertextualidad múltiple, habría que añadir la personalísima
perspectiva canaria de un fondo que trasciende las típicas alusiones al
paisaje y el folklore.  Ya hemos visto cómo el monumental Teide, abandonando
la larga tradición paisajista,  se convierte en su poesía en un motivo
metafísico existencialista.  Más aún, algo tan aparentemente poco poético como
el gofio se eleva a la categoría quevedesca del polvo humano en el mismo poema
ya mencionado (“Maíz”), donde, además, la histórica unión entre canarios y
diferentes pueblos americanos queda asimismo plasmada por el maíz.  Poesía
también es eso:  elevar lo cotidiano, o lo considerado insignificante a una
altura relevante (caso también de "Juan, grumete de la Santa María" de
Paréntesis).  Porque esa elevación sólo la puede lograr un lenguaje
potenciado a su máxima expresividad.

Como toda
poesía que perdura, un misterio late al lado del milagro en la  poesía de
González Sosa: el significado se pluraliza y la vida entra en el verso con
toda su complejidad y ambigüedad. Entra el lector  en la región religiosa.  Se
escribe como se ora, decía Kafka.  Esa misma actitud sagrada ante el verbo es
la del poeta de Guía.

Feliz
coincidencia entre su lugar natal y su poesía:  ella nos guía por la oscura
pradera que convida.


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NOTA:
 Conferencia pronunciada en la Real Sociedad Económica de Amigos del
País el día 30 de enero de 2003. 
   
                                                              

 

Página recuperada del sitio original de guiadegrancanaria.org a partir de la copia del Wayback Machine de 26/05/2006.


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