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Inicio arrow Crónicas del Ayer arrow Música de papaguevos II arrow La rondas de la radio. Por Santiago Gil Ciudad de Guía, 10 de septiembre de 2010

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sábado, 15 de marzo de 2008
LAS RONDAS DE LA RADIO
Música de Papagüevos II


Santiago Gil



Las radios de galena siempre retransmitían sueños. Yo crucé mi infancia con el eco de estas radios sonando en casa de mis dos abuelas. Recuerdo coplas, radionovelas o rosarios interminables. Sonaba como el Nodo, pero con el tiempo todas aquellas voces se terminaron volviendo mágicas, tan mágicas y tan milagrosas que soy capaz de rememorarlas con toda la intensidad y todo el misterio de entonces.

A los niños de hoy en día les puede parecer cosa de lelos que uno preguntara todo el rato de dónde salían aquellas voces. Como eran radios grandes te podías imaginar a un hombre muy pequeño metido dentro del aparato. Yo siempre pensé que había alguien metido dentro de aquellas radios con nombres de ciudades lejanas en las pantallas iluminadas y unos botones que parecían los mandos de trenes o de los aviones que veíamos volar cerca de nosotros cuando levantábamos la cabeza hacia el cielo interminable y siempre azul que coronaba nuestra infancia.

El fútbol parecía algo mucho más épico cuando escuchabas el sonido ambiente de los estadios entre pitidos de interferencias y gritos apasionados de comentaristas que yo creo que sentían más las camisetas, por lo menos la camiseta amarilla de la Unión Deportiva, que los propios jugadores. También los presentadores declamaban de otra manera, y no digamos los actores y las actrices de las radionovelas. A lo mejor uno no se acuerda, pero igual llegamos a la magia de la literatura y la imaginación poniéndole imágenes a aquellas palabras que contaban desamores o rutinas cotidianas mientras nosotros andábamos con el Lego o haciendo rodar coches de hojalata. Nos vamos haciendo en muchas partes y con muchos sonidos, y la mayor parte de las veces ni siquiera recordamos lo que nos convirtió en lo que somos. Yo, sin la radio, jamás hubiera sido el mismo. Sus emisoras morunas, las canciones que aprendías de memoria, los anuncios, las cuestaciones de San Juan de Dios, qué se yo, Mara González, el Butanito, la música clásica que no sabíamos que era música clásica y que nos detenía en mitad de la tarde para descubrir un violín o un acorde de Mozart, las misas, los cánticos regionales, el ángelus, el mismo ángelus que teníamos que rezar en el colegio antes de volver a casa a las doce, la sintonía del parte de Radio Nacional de España, Nixon, el Watergate, Braulio sonando para toda España, las músicas militares cuando murió Carrero o Franco robándole el espacio a la alegría de las voces y de los sorteos de productos de limpieza o pastillas de Avecrem. Parece cosa de hace muchos siglos si lo acercamos al fuego de las nuevas tecnologías. A esos recuerdos les pasa un poco lo que a nosotros, que estamos y no estamos en estos nuevos tiempos. Aquellas radios de galena, y los transistores cutres de unos años más tarde, fueron nuestra escuela tecnológica y nuestra ventana a un mundo que parecía mucho más fantástico y lejano que lo que vemos ahora en el google earth o en cualquier viaje de un par de horas que nos lleva de una punta a otra del planeta. Somos de donde venimos. También de lo que fuimos escuchando.

Las noches de nuestra primera infancia también servían para soñar amores platónicos. Y lo hacíamos al ritmo de las canciones que nos iban poniendo en La Ronda, un programa de peticiones musicales que escuchábamos todos metidos en la cama, con el transistor debajo de la almohada y dejándonos acunar por los boleros y las canciones que elegían los enamorados para acercar las distancias o penar males de amores. Me llega el eco de La Ronda en la radio del coche cuando veníamos de Las Palmas o íbamos camino de Agaete, o cuando estaba jugando un parchís porque al día siguiente no había colegio y te podías acostar más tarde. La radio fue también nuestra escuela. De ella nos llegaron noticias y canciones que fueron cambiándonos la vida y la propia manera de entender el mundo. Más tarde, ya en la adolescencia, llegó El loco de la colina para rematar todos esos años de escuchas previas. Nos licenció en sensibilidades, versos, seducciones y canciones inolvidables. Desde entonces soy incapaz de dormir sin escuchar, aunque sea sólo unos minutos, lo que dice la radio. Ese hombre, que ahora debe ser todavía más viejo y más pequeño, sigue empeñado en contar historias que vienen de ninguna parte y se quedan debajo de la almohada confundiéndose muchas veces con mis propios sueños.

15 de marzo de 2008.

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