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miércoles, 02 de enero de 2008
EL DÍA DE MAÑANA
Música de Papagüevos II

Santiago Gil
            


Supongo que el día de mañana ya ha llegado. Quedaba lejos cuando nos lo repetían a todas horas nuestras abuelas y los maestros que trataban de hacer de nosotros hombres y mujeres de provecho. Siempre te estaban preguntando que qué querías ser cuando fueras mayor. Quedaba bien elegir lo que a uno le daba la gana, y nunca había nadie que pusiera pegas a nuestras ilusiones más o menos improvisadas. A nosotros, la verdad, nos daba lo mismo ese día indefinido y lejano al que pensábamos que nunca acabaríamos llegando. Uno en la infancia piensa que va a estar en el reino de la felicidad y de la anarquía toda la santa vida. Luego llega, no sabemos cómo, ni a partir de cuándo, pero un buen día nos vemos tomando decisiones que marcan el futuro de nuestra existencia. Desde que nos decantábamos por Ciencias o Letras en el instituto ya estábamos escribiendo nuestro gran parte de nuestro porvenir, y por tanto de este futuro que cada cual lleva como buenamente puede.

Uno sueña siempre con vivir el día a día y con no estar pendiente de un porvenir que ni controla ni sabe siquiera si va a transitar con el resto de los humanos que vayan sobreviviendo. De niño jamás pensábamos en el mañana. Decíamos que sí, que estudiábamos para ese día lejano, y hasta repetíamos de carrerilla que queríamos ser abogados, periodistas, médicos o delanteros de la Unión Deportiva Las Palmas. Pero era una forma de callar a los previsores y de seguir a los nuestro sin dar más explicaciones. Todo aquello era una entelequia que no tenía nada que ver con la improvisación de nuestros juegos y con el único objetivo que marcaba nuestras vidas: divertirnos y estar activos y contentos todo el santo día. Lo demás era el aburrimiento, el sopor de la escuela, las misas interminables o los días en cama cuando llegaba cualquier infección de garganta o andabas con un empacho de dulces, de nísperos todavía verdes o de higos cogidos furtivamente después de un día de solajero. Supongo que hubo un momento en que sin darnos cuenta nos alcanzó por fin ese día de mañana en el que ahora seguimos viviendo temerosos y siempre pendientes de la subida de las hipotecas, de la estabilidad laboral y de una salud cada día más delicada y vulnerable. No tiene nada que ver este trasiego diario que no nos deja tiempo para ser nosotros mismos con la intensidad de los días en los que sólo importaba el presente más palpitante e inmediato.

Sí es cierto que hay preguntas para las que es mejor no encontrar respuestas jamás. Aquel juego que estilábamos para quitarnos de encima a los más previsores se acabó convirtiendo en realidad. A lo mejor no somos todo lo que dijimos que queríamos ser cuando nos preguntaban por un futuro que nos importaba tres pitos, pero yo creo que en la mayoría de los casos lo que se decía se ha ido cumpliendo, y ahora te ves de periodista, de médico o de abogado y te preguntas qué diablos tiene que ver eso con tu vida. O te ves en el paro, o bien mirando de lejos tus sueños, y te respondes con argumentos todavía más descorazonadores, entre otras cosas porque nadie decía entonces que quería ser un pobre infeliz sin oficio ni beneficio, y al que repetía que no quería ser nada, que todo le daba igual, se ponían a buscarle salidas laborales sobre la marcha. Me imagino que para acallar tanto coñazo acabaría aceptando lo que le pronosticaran, aquello de tú tienes cara de maestro, de cura o de arquitecto. Nadie decía que teníamos cara de borrachos, de parados depresivos o de hombres con mucha mala suerte y peor vida. Pero ya digo que el día de mañana se presentó de improviso y puso a cada uno donde le dio la real gana. Ya no salimos a la calle henchidos de ilusiones y con la única intención de divertirnos y no desperdiciar un solo segundo de nuestra existencia. Si añoramos la infancia es precisamente por esa anarquía atrevida que no derrochaba nada de lo esencial y de lo que realmente valía la pena, y porque además era la época del descubrimiento constante y de la creencia en todos los sueños. Ahora no es que malvivamos, que cada cual seguro que tiene sus momentos de gloria y sus querencias, pero ya nadie nos pregunta por el día de mañana con la misma intención que en aquellos años. Ahora ya no te permiten cambiar y decir lo que te dé la gana para quitarte de encima a los inquisidores. Eres lo que eres y estás donde estás, y a veces lo mejor es no pensar en ese día de mañana. Piensas en él porque prácticamente vivimos demorando todos los planes y los sueños, y estamos más pendientes de los pagos que nos quedan que de las alegrías que podamos encontrar. También asusta pensar que al paso de otros veinte o treinta años el referido día de mañana nos convertirá en aquellos viejos que se sentaban a esperar a las parcas en los bancos de la plaza grande. Ya no podemos decir, por ejemplo, que queremos ser delanteros centro del Guía o de Las Palmas, y tendríamos que dar muchas explicaciones si siendo abogados o electricistas decimos que queremos ser fontaneros o médicos, o viceversa. Ya somos lo que somos, y no se espera mucho más de nosotros, o se espera que seamos consecuentes con lo que elegimos en su día o con lo que nos ha tocado. Siempre se puede cambiar por completo el argumento de la historia y romper todo lo que parecía previsible, pero la mayoría deja que todo discurra como está, y se deja llevar, siempre nos dejamos llevar: por más que creamos que somos nosotros los que andamos, suele ser el azar el que marca las rutas. Ya digo que llegó ese día de mañana en el que todos nos querían ver como hombres provecho. Nadie nos dijo que el paso del tiempo acrecienta nuestra condición de mortales y nos vuelve más temerosos y previsores. Cada vez nos quedan menos alas para intentar volar. De niños incluso soñábamos con poder volar algún día, pero ahora sabemos que los golpes de la caída duelen y a veces se vuelven incurables. Andamos asegurando todo lo que tenemos, y hasta nuestros huesos están tasados con una cuota mensual que garantiza unos euros a quien nos sobreviva. No me imagino de niño pensando en esas previsiones. Nos preguntaban por ese futuro y contestábamos lo primero que nos venía a la mente. Era como un juego. Y además nunca pensábamos que llegaríamos a rendir cuentas por aquellas intenciones improvisadas, pero mira por donde aquellas preguntas tenían trampa. Y cuando lo descubres ya no tienes tiempo para soñarte distinto a lo que eres.

Enero de 2008.

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Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.


Modificado el ( miércoles, 02 de enero de 2008 )
 
 
 



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