Inicio arrow Prosa arrow Relatos arrow El huevo milagroso (1). Javier Estévez Ciudad de Guía, 17 de noviembre de 2019

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lunes, 27 de agosto de 2007

Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de

su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo.

”Pedro Páramo”

Juan Rulfo.

 El huevo milagroso (I)


Javier Estévez

Recuerda, nada más girar hacia la izquierda, en la esquina señalada, tendrás que hacerle frente a la calle. Allí la verás, con sus fascinados ojos vigilando eternamente el sueño basáltico de la montaña, a quien adora. Hasta hace un lustro, fue la única casa con alto y bajo en todo el barrio. Le encontrarás una gran similitud estética con muchas fachadas de tu barrio. De hecho, como tu casa, tiene unas puertas altísimas bajo unos arcos escarzados. Pero, también, a diferencia de la tuya, ésta si que consiguieron concluirla.

Bajo esta descripción, no tuvo problema alguno ni para encontrar la casa donde la esperaban, ni para, afortunadamente, aparcar a unos metros de la misma. En efecto, para dominar visualmente la fachada del inmueble hubiese sido necesario trasladarse a la acera de enfrente, sobre todo para disfrutar de una perspectiva adecuada, pero la impaciencia la colocó frente a la puerta principal y le empujó a golpearla secamente dos veces, a pesar de estar tímidamente entreabierta. Esperó unos segundos; nadie le contestó. Decidida, Davinia entró por el pasillo que moría en una puerta de barrotes salomónicamente estrangulados. En el ecuador de su recorrido sonaron unos cantos, y aunque dedujo fácilmente que pertenecían a mujeres aderezadas en tiempo y vida, tenían un aire irremediablemente infantil:

Ay balancé, balancé,

balancé de Juan Molina

que engañó a todo el pueblo

con el huevo de una gallina.

Tras las risas, apareció, al otro lado de la portada, una mujer enjuta, con cierto desaliño y despreocupación en su vestir, pero con unos ojos pequeñísimos que lejos de esconderse en la oscuridad, resplandecían magníficamente en ésta.

-¿Eres Davinia, verdad?- inquirió mientras abría la portezuela con su mano izquierda agarrada a los barrotes.

- Si, soy yo; espero no llegar tarde - espetó Davinia a medio pasillo, acelerando su paso para finalizar cuanto antes el trayecto que aún le separaba de la mujer.

- Pasa, adelante, y se retiró unos pasos hacia atrás para facilitarle la entrada. Las piernas de Davinia, extensas como un pecado sin controlar, adelantaron su presencia. Justo después de traspasar finalmente su cuerpo entero la portada pudo ver a su derecha dos mujeres sentadas en un asiento de tres o cuatro pies sin respaldo pero apoyado en la pared y tapizado con una tela rudimentaria repleta de flores y otros motivos primaverales.- Éstas son mis hermanas, Dolores y Mercedes. Yo, soy María.- Tras presentarlas, ésta última, la más joven de ellas en apariencia, se sentó en una vieja mecedora separada unos metros de sus hermanas pero con la misma orientación. Por su disposición lineal, Davinia expelió unas sinceras disculpas ya que le abrazó la sensación de haber interrumpido algún ceremonial.

Sus ojos, encerrados dentro de unas pestañas pequeñas pero reforzadas por el rimel que se aplicaba diariamente, recorrieron los rostros de ambas hermanas, que permanecieron sentadas. Dolores, que prolongaba sus piernas sobre un pequeño taburete, le exigió un beso por saludo; Mercedes, en cambio, escaneó pacientemente y sin obstáculo el prolongado cuerpo de Davinia, que se sintió ciertamente incómoda ante esos ojos de mirada estricta. Aceptó la oferta de María y se sentó en un pequeño sillón que las enfrentaba a ellas, y que se cobijaba bajo los primeros peldaños de una escalera de espeluznante pendiente que, según le contaron después, costó exactamente quinientas pesetas.

- Entonces, tú eres quien compró la casa de mi tío Juanito el del huevo. Abandonó Dolores estas palabras en el aire del recibidor mientras se incorporaba en su banqueta y obligaba a sus pies desnudos a rechazar el descanso del que disfrutaban. Acomodó su postura apoyando su espalda en la pared y tras un necesario suspiro, apuntó: Quien compra una casa antigua, no se hace solamente con un inmueble; se apropia también de su historia. Estaba segura de que tarde o temprano, la historia de Juanito el huevo, saldría a tu  paso, o, por el contrario, la encontrarías tú abandonada en cualquier cajón o dormida anchamente en una esquina de la casa. Ese encuentro era inevitable, así que, no te miento en absoluto si te confieso que, al menos yo, te esperaba. Es curioso, - añadió mientras se acariciaba sus mejillas y perdía sus ojos en un tiempo inalcanzable,- a lo largo de los últimos veinte años, más que narrarla, me he dedicado a vindicarla, ya que muchas lenguas incautas la han inventado, calumniado, injuriado y menguado. Así que la historia que oirás aquí, desde su comienzo a su final, es la más inequívoca de todas las que pululan por esos mentideros, pues, mi madre, su genuina desencadenante, me la imprimió cientos de veces y letra a letra en los papeles que amontono en mi memoria.

Cuando Dolores se preparaba para iniciar su relato, Davinia la interrumpió para sacar de su pequeño bolso una libreta de anillas donde, desde hacía unos meses, apuntaba todas las ideas, versos y suposiciones que le salían a su encuentro. No esperaba escribir un libro ni un poemario, pero le gustaba la posibilidad de, pasados unos meses, quizás unos años, reencontrarse de nuevo frente a sus pensamientos. Hojeó su libreta para situar sus anotaciones; de manera contemporánea, Mercedes la ojeó a ella. Al cruzar sus pies, volvió a delinear el amazónico recorrido de sus muslos. Destapó el bolígrafo y le pidió cortésmente a Dolores que comenzara la historia que varias semanas atrás oyó por primera vez en una estrafalaria tienda que se encontraba perdida entre los cientos de rincones  que doblaban calladamente el trazado rectilíneo de las calles.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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Modificado el ( miércoles, 31 de diciembre de 2008 )
 
 
 



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