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sŠbado, 12 de mayo de 2007

M√ļsica de Papagüevos

Por Santiago Gil

Nosotros nos criamos jugando en la manigua. La presa era nuestra manigua. Desde ni√Īos aquello siempre fue algo distinto al resto del pueblo, un paisaje que desafiabas desde la altura, torrentes de agua cayendo por todas partes, la tupida vegetaci√≥n de laurisilva y palmerales, recovecos, primeros cigarrillos, primeros amores, escenario de sue√Īos y de tardes enteras tratando de entender el mundo mirando hacia las aguas mansas sobre las que dibujaban caminos los patos silenciosos. 
La presa eran las tardes en que mi abuela B√°rbara se animaba a preparar un par de bocadillos que nos com√≠amos en aquel peque√Īo bosque que estaba entre el estanque y el dique. Sal√≠amos de Las Barreras, que es donde estaba mi para√≠so de la infancia, y que adem√°s fue el lugar en el que yo empec√© a descubrir el mundo. All√≠ viv√≠ mis primeros meses de vida y desde que pod√≠a me iba en busca de aquellas fincas que tanto saben de mis juegos y mis sue√Īos. Pero lo m√°s grande era la presa, aquel camino que empezaba antes de llegar al hospital. Primero te encontrabas con un torre√≥n que como muchos otros que hab√≠a por todo el pueblo exhib√≠a una calavera amenazante para que no lo tocaras. Acojonaba lo suyo aquel dibujo, y si quer√≠an asustarnos lo consiguieron de sobra: "Peligro, muerte", y al lado aquella exageraci√≥n de rayos y de s√≠mbolos amenazantes. Recuerdo el momento de tocar esas puertas de metal como uno de los m√°s intensos de mi infancia. Nunca me atrev√≠a, me ten√≠an que estar convenciendo mucho tiempo para que pusiera la mano al lado de la calavera. Pero la puse muchas veces, por no quedar como un cobarde. Si hubiera sido verdad no hubiera llegado nunca a escribir esto. De cualquier forma me qued√≥ siempre ese miedo, y a√ļn hoy no me atrevo a tocar ninguno de esos torreones que entonces formaban parte del paisaje rural y urbano de nuestro pueblo mostrando una est√©tica que s√≠ se ajustaba al paisaje. Mi abuela no nos dejaba tocar el jodido torre√≥n, como tampoco nos dejaba alongarnos a la mareta que estaba justo antes de llegar al bosque y a la presa. Esa mareta era mucho m√°s peligrosa que la propia presa, pero a m√≠ me encantaba acercarme lo m√°s abajo posible para dar de comer a los patos. De alguna manera, lo m√°s que nos gustaba entonces de aquellas excursiones improvisadas era llevarles el pan duro a los patos, a los de la mareta y a los de la presa. Uno les ten√≠a m√°s cari√Īo a los primeros, quiz√° por la costumbre que siempre he tenido de querer lo m√°s d√©bil, lo menos llamativo y lo que te transmite m√°s ternura. Aquellos patos no ten√≠an las distancias para nadar que s√≠ disfrutaban los de la presa. Por eso eran m√°s reconocibles y cercanos, y te agradec√≠an mucho m√°s los mendrugos que les ibas llevando. Me pas√© muchos a√Īos llevando pan a los patos silenciosos que tanto sab√≠an de mis misantrop√≠as y mis sue√Īos. 

La presa tambi√©n se convirti√≥ luego en el escenario de nuestras primeras gamberradas. Fue muchas veces el espacio de combate de nuestras peleas contra los de La Cuesta, y tambi√©n el lugar en el que consegu√≠amos los tallos de las palmas con los que hac√≠amos los arcos con los que dispar√°bamos las flechas de ca√Īa. Tambi√©n nos dec√≠an que no deb√≠amos ba√Īarnos, ni en la presa ni el estanque que lleva tantos a√Īos seco y lleno de alima√Īas. Pero nos ba√Ī√°bamos. A m√≠ nunca me gust√≥ mucho ba√Īarme en la presa. Me metieron mucho miedo con aquello de que te chupaba el agua. Estaba todo el rato pendiente de que no me succionaran, y claro, as√≠ no hay quien disfrute del agua, del ba√Īo ni del paisaje. Hab√≠a que ba√Īarse por lo mismo que hab√≠a que tocar las puertas de los torreones, para que no nos tomaran por cagones y para poder seguir disfrutando de cierto predicamento en la pandilla. Nos vend√≠an peligros por todas partes y nosotros no creo que pudi√©semos ser m√°s felices que desafiando esos peligros, sobre todo cuando nos colg√°bamos por los precipicios tratando de abrir caminos de acceso entre los riscos o las zonas m√°s escarpadas. La presa la compar√°bamos con las selvas que ve√≠amos en las pel√≠culas, sobre todo la parte que est√° m√°s cerca a Ingenio Blanco, por donde discurr√≠an canales de agua helada que dejaban crecer la hierba verde a su alrededor. Nosotros a aquello le llam√°bamos pretenciosamente el c√©sped, y all√≠ nos pod√≠amos tirar largas horas remoj√°ndonos en los canales y tratando de encontrarle el placer a eso de acostarse largas horas en la hierba. Al final lo √ļnico que consegu√≠as era que se te metiera un carrancio en la entrepierna o en las pocas pelambreras que ten√≠amos entonces en nuestras canillas. En ese momento siempre aparec√≠a el bruto de turno que estaba empe√Īado en que la √ļnica manera de arrancar un carrancio o una garrapata era meti√©ndole fuego con un f√≥sforo o un mechero. Menos mal que no me dej√© quemar por aquellos pir√≥manos metidos a galenos. No quiero ni pensar c√≥mo podr√≠a haber sido luego mi vida sexual de haberme dejado meter un f√≥sforo en los cataplines. Pero me fui salvando del fuego, de morir electrocutado y de acabar succionado por los fondos traicioneros. Tambi√©n escap√© loco de las pedradas y de las lanzas de ca√Īa con la punta de verguilla de las guirreas. Gracias a eso pude disfrutar luego de la presa como disfrutar√≠a un neoyorquino de Central Park o un madrile√Īo del Retiro. Ya adolescente la presa era el lugar al que acud√≠a en busca de respuestas. Me encantaba perderme por los campos, sobre todo por la zona que conduce a San Juan, en concreto en un peque√Īo bosque de lauirisilva que hab√≠a si te desviabas a mano derecha. O me entreten√≠a mirando los horizontes del mar y el Teide, o la visi√≥n del casco hist√≥rico y el Pico de La Atalaya. All√≠ acud√≠a a so√Īar mi futuro, a penar mis primeros desamores o a dejar pasar las horas en esa edad en la que todo tu cuerpo y tu cerebro parecen estar a punto de electrocutarse a s√≠ mismos en cualquier momento. La presa era la manigua que sosegaba mi esp√≠ritu convulso. Junto con las orillas de Agaete tambi√©n fue el lugar en el que se me grabaron muchos de los versos que escribo hoy en d√≠a. No manejaba entonces las palabras, pero la energ√≠a vital que ten√≠a y que se enaltec√≠a en aquel paisaje seguro que comenz√≥ a escribir lo que ahora parece que invento. Viene todo de aquellas tardes, de cuando se hac√≠a de noche y bajaba por la Cuesta de Caraballo pregunt√°ndome qu√© iba a hacer en el mundo, y sobre todo qu√© diablos pensaba hacer el mundo conmigo. Hace tiempo que no vuelvo. Cuando regresaba me gustaba ir acompa√Īado de Tomas√≠n. √Čl iba abriendo siempre el camino cuando mi abuela juntaba a unos cuantos nietos y nos regalaba aquellas tarde memorables en un bosque que a uno ahora le parece mentira que pudiera confundir con un bosque.

La presa era el lugar donde m√°s en contacto est√°bamos con la naturaleza, nuestro para√≠so m√°s ed√©nico y salvaje. Detr√°s de cada estela que a√ļn queda en el agua mansa de la tarde est√°n los ojos de todos nosotros cuando nos along√°bamos al dique en busca de aventuras o respuestas. Cierro los ojos y me veo solo, con aquel aire fr√≠o de tantas tardes de invierno golpeando mis sienes, trepando por los riscos o bajando a la orilla donde los patos y las carpas conoc√≠an nuestros nombres. O me asombro igual que entonces siguiendo el vuelo majestuoso de aquella pareja de garzas reales que cada tarde danzaba sobre las aguas antes de ocupar su nido trashumante y c√°lido en la parte m√°s inaccesible de los riscos. Llegaban puntuales cada a√Īo. No s√© si a√ļn seguir√°n volviendo. No conozco el tiempo que vive una garza, ni cu√°ntos a√Īos les suelen durar los amores. Igual hacen como las gaviotas, que cuando ven morir a su pareja se estrellan violentamente contra las rocas para ir en su busca. Se suicidan. Uno cuando escribe lo √ļnico que hace es evitar que los recuerdos terminen haciendo lo mismo que las gaviotas contrariadas. Lo aprend√≠ hace muchos a√Īos en nuestra manigua.

Abril de 2007.






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Modificado el ( sŠbado, 12 de mayo de 2007 )
 


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