Inicio arrow Prosa arrow Reflexiones arrow La bajada. Santiago Gil Ciudad de Guía, 12 de diciembre de 2017

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miércoles, 08 de diciembre de 2010
La bajada

Santiago Gil

Cuando la gente del norte de Gran Canaria viene a la capital siempre habla de bajar a Las Palmas. No hay pendientes ni las carreteras se trazan con esa sensación que luego llevamos al lenguaje. Sin embargo, una y otra vez nos empeñamos en bajar a la capital y en subir de nuevo a casa. Por eso, cuando veníamos al Insular siendo niños siempre decíamos que bajábamos al partido. Esa bajada equivalía a una fiesta y a alguna noche previa sin dormir si quien venía a jugar era el Barça, el Real Madrid o alguna figura como Kempes, Enzo Ferrero o Lobo Diarte cuando estaba en el Zaragoza. No se bajaba nunca solo. En Guía se formaban grupos que utilizaban los viejos Peugeot para venir al partido. Los niños veníamos en la última fila de asientos, y nuestros padres ocupaban apretados todos los restantes. No se llegaba al partido con el tiempo justo. Había que buscar aparcamiento y que tomarse las cosas con calma. Solíamos llegar una o dos horas antes. Nuestros padres se dirigían a echarse los guanijais en los bares de la zona y nosotros aprovechábamos para agenciarnos de golosinas y de estampas en los estancos antes de ponernos morados con los Nik, las Fantas y los Clipper.

Ya en el estadio todo era mágico y luminoso. Veías a menos de un metro a todos tus ídolos, y en la época que no había vayas podías saltar al césped a conseguir un autógrafo de Quini, de Santillana o de Paul Breitner. Generalmente ganábamos los partidos y cantábamos goles prodigiosos. El viaje, la bajada, casi nunca era en balde. Te podías comer un corneto que pregonaban al grito inolvidable del Kalise p’a los nervios y si había suerte te llevabas una bandera o un banderín del equipo que jugaba contra Las Palmas comprada antes o después del encuentro en función de las alegrías de los mayores. A lo mejor no nos enterábamos de casi nada de lo que sucedía en el campo. Seguíamos el balón como hipnotizados y todo se centraba en la emoción de aquellos minutos siempre inolvidables. Luego, una vez terminaba el partido, subías en el coche escuchando a los mayores como ahora escuchas una emisora de radio analizando el encuentro. Lo que pasaba es que nuestros padres y nuestros abuelos sabían un rato de fútbol, posiblemente mucho más que nosotros, y no los engañaban así como así. Eran muy exigentes con quienes vestían la camiseta amarilla, pero si veían que algún jugador heredaba la genialidad de sus antecesores lo defendían a carta cabal. Los jugadores eran casi como sus hijos, y la Unión Deportiva no sé si tendría parangón con alguna otra afición en su vida. No eran fanáticos, pero no hubieran entendido la existencia sin aquellos sábados a las ocho y media en el Insular. Cuando ahora voy al estadio y veo aparecer coches procedentes de los pueblos de la isla llenos de niños y de mayores dispuestos a vivir intensamente noventa minutos, recreo aquellos momentos inolvidables que tanto contribuyeron a que mi afición por este equipo esté por encima de categorías, contingencias económicas o resultados. La afición se asienta en los recuerdos más cómplices y cercanos, aquellos que compartiste durante años con quienes más admirabas. Un padre y un hijo, cuando ven un partido juntos, olvidan las edades y las jerarquías. Da lo mismo que tú entonces fueras un niño y que tu padre tuviera treinta y tantos años; también importa poco que ahora el adulto seas tú y que él ya tenga setenta años. En el momento en que los once jugadores amarillos empiezan a correr detrás de la pelota se detienen los tiempos y las edades. Hasta que termina el partido, todo juega a favor de esas emociones que nos igualan y nos reencuentran.

 
 
 



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