
Erasmo Quintana
“Cultura mínima” es un concepto acuñado por Miguel Santiago en una conferencia que impartió en el Centro Obrero de Guía en 1930, como respuesta apresurada y voluntarista a una España profundamente analfabeta. Ello nos lo ha recordado con acento emotivo su hija Elena Mª Santiago Páez en su conferencia -que tuvo lugar hace poco en la Casa de la Cultura de Guía-, la cual ilustró con bellas fotos de su álbum familiar. Junto a ella, arropándola, estuvo Teodoro Cardoso León, discípulo y gran admirador de la obra del maestro, así como de Gabriel Cardona Wood, impelido de igual consideración. Éste es autor de una interesante y cuidada biografía que se adentra en la saga de algunos ilustres apellidos canarios: “El alma heroica de Sofía Inglott y Navarro. Evocaciones”
Miguel Santiago Rodríguez es uno de los personajes más eximios que ha parido Guía de Gran Canaria, pues de estrato social de lo más humilde, gracias a su talento portentoso –fue el primer becado que tuvo el Cabildo para hacer estudios superiores en la península; y sus profesores: Millares Carlo, Dámaso Alonso, Menéndez Pidal-, alcanzó las cotas más altas de la cultura. A su trabajo arduo y desinteresado se debe una importante obra investigadora; y, haciendo verdad la sentencia latina “Unos merecen la fama y otros la gozan”, algún investigador de campanillas hubo que se atribuyó como propios descubrimientos que se debieron a la sapiencia y el tesón de nuestro paisano. Y ahí lo dejamos. Sin embargo, tan importante y pródiga fue su cosecha, que a él nunca le preocupó el tema más allá de la anécdota. Entendió por “cultura mínima” un medio de nivelación social y enaltecimiento personal, que lleva al ser humano a un grado de los problemas individuales y sociales con una visión propia e independencia de opinión, sin estar sujeta al pensamiento y criterio de un prójimo que, por más arrojado, sugestione a quien lo escuche. Para Miguel Santiago era muy importante que una “cultura mínima” pueda conseguirse con método y perseverancia, dedicando a ello el tiempo que se pierde en banalidades. Y como hombre de bibliotecas, aconsejó la lectura de buenos libros, “lectura no aburrida sino vivida, palpitante y compartida con los demás”. Esto él lo consideraba fundamental.
Erasmo Quintana
Publicado en LA PROVINCIA del 28 de noviembre de 2007.

